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sábado, 2 de mayo de 2026

Quince años de mal agüero, de Antonio Caballero

"Quince años de mal agüero" reúne una selección de columnas publicadas por Antonio Caballero entre 1981 y 1996 en El Espectador, Semana y Cambio 16. Es decir: se trata de textos anteriores a los publicados en "No es por aguar la fiesta", su libro de 1999.

Leer estas columnas 30 años después (o más) de haber sido publicadas es constatar la lucidez de Antonio Caballero: su capacidad para conectar hechos y ofrecer una visión panorámica e independiente, en medio del fragor del conflicto armado. Sus columnas, en medio de la balacera, advierten sobre las relaciones entre paramilitares y militares, sobre las torturas que ocurren en el Cantón Norte, sobre la irracionalidad de los secuestros que cometen los grupos guerrilleros y sobre el inmenso problema económico, político y social que representa el narcotráfico. 

Caballero critica a los medios (a El Tiempo, al Grupo Santodomingo), a los militares, a todos los presidentes (Barco, Gaviria, Samper) a la guerrilla, a los paramilitares y a la clase política arrodillada ante Estados Unidos, que es el verdadero jefe de todos.

Critica con argumentos (también con generalizaciones) pero sobre todo con humor. Es un maestro en el uso del lenguaje y usa la sátira ácida para mostrar los remiendos del poder. Cita clásicos, sin ser pesado ni posar de erudito, y mezcla política con temas populares. Fue en su momento el mejor columnista de Colombia y hoy, cinco años después de muerto, lo sigue siendo.


Algunos subrayados 

Colgadores de lápidas (El Espectador, diciembre 17 de 1987)
Tal vez no sobra tampoco, en vista de que estamos en Colombia, resumir mi pensamiento en un pleonasmo: me parecen criminales los crímenes. Los que cometen los guerrilleros, los que cometen los paramilitares y los que cometen los criminales sueltos. Creo además que denunciarlos es mi oficio de periodista y, mi deber de ciudadano, aunque esto suene algo grotesco en la Colombia en que vivimos (p. 61).

Constituyente y revolución (Semana, noviembre 27 de 1990)
Siempre ha sido un cuerpo constituyente el que consagra el vuelco revolucionario de una sociedad, y lo encauza en nuevas instituciones (p. 67).

No se pierde puñalada (Semana, febrero 11 de 1992)
no es un azar si El Tiempo y el Grupo [Santodomingo] son las dos instituciones más temidas, además de odiadas, del país. A las dos las caracteriza esa "mal disimulada prepotencia" que menciona Enrique Santos al hablar del Grupo (p. 78).

"La propiedad no es buena ni mala: lo que cuenta son los principios". Yo digo, es al revés: los principios no son buenos ni malos: lo que cuenta es la propiedad (p. 79).

El amo: me paga este artículo Semana de los López, que en Caracol son socios de Santo Domingo. Pero también me paga Cambio 16, hoy socio de Santo Domingo, propiedad de un antiguo empleado de los Santos, que son socios, en la televisión por cable, de Santo Domingo. Me pagan además los Cano de El Espectador, rivales de los Santos, y deudores de Santo Domingo y los Santos a su vez me pagaron durante años y me deben todavía un artículo publicado en la revista Credencial. Parece mucho, ya lo sé. Pero todos me pagan mal: el capitalismo consiste en que las ganancias van a los dueños del capital y no a los del trabajo.
Y eso es lo que tenemos (p. 81)

Los Santos inocentes (Cambio 16 Colombia, enero 16 de 1995)
De el diario El Tiempo podría decirse con justicia lo mismo que decían de un gobernante español: que "sólo acierta cuando se rectifica" (p. 82).

El Tiempo pone presidentes, y los quita; hace o deshace reputaciones —de estadistas, de intelectuales, de generales, de toreros, inclusive de obispos—; nombra diplomáticos, corona poetas, escoge reinas de belleza, fija tipos de interés, traza pautas de comercio exterior (a veces se da el gusto de designar directamente a los ministros de Comercio Exterior. Despierta más lambonerías, y suscita más irritaciones que cualquier otra institución colombiana: más que la Iglesia, más que las Fuerzas Armadas, más que la primera dama (p. 82).

El Tiempo es un gobierno paralelo —cuando no es, ni más, el gobierno— (p. 83). 

El hoyo y el bobo (Semana, mayo 28 de 1996)
Ese debería ser el símbolo de la nacionalidad colombiana: el hoy. Ese hoyo abierto al lado del montón de problemas para enterrar en él los problemas que no tienen solución. La violencia que se resuelve con más violencia, la sangre derramada que se oculta derramando más sangre (p. 86).

La prensa y la crisis (Semana, agosto 13 de 1996)
El periodismo ha sido siempre y lo seguirá siendo, político: un instrumento para hacer política. En todas partes, pero tal vez en Colombia más que en ninguna (p. 88).

Quién hace prensa hace política consciente o no, del mismo modo en que aquel personaje de Moliére "escribía prosa sin saberlo" (p. 89).

La plata de los mafiosos (El Espectador, julio 18 de 1983)
Si de verdad se quiere hacer una caracterización correcta de los políticos colombianos por sus lecturas, hay que partir de la base de que ninguno ha leído nunca un libro, salvo la propia izquierda, que ha leído muy pocos, y siempre los mismos (p. 93).

¿Cuál gobernabilidad? (Semana, febrero 6 de 1996)
La gobernabilidad en Colombia la tiene cualquiera que se deje gobernar por los Estados Unidos. Y el que no, no. Aunque se le derrumbe el país entre las manos, como se les derrumba a todos (p. 126).

Los gringos y nosotros (Cambio 16 Colombia, enero 30 de 1995)
Ya es demasiado el hecho de aceptar —y encima, pidiendo perdón— que del inmenso negocio de las drogas los gringos lo tengan todo, salvo la culpa (p. 232). 

Por etapas (Cambio 16 Colombia, junio 19 de 1995)
Solo hay dos oficios rentables hoy en Colombia: el de narcotraficante y el de delator de narcotraficantes (para lo cual, claro está, se necesita también ser narcotraficante). (p. 239).

Como el cangrejo (Semana, diciembre 11 de 1990)
todos los ejércitos latinoamericanos se siguen rigiendo (y rigen a sus países) por la doctrina norteamericana de la Seguridad Nacional: el único enemigo que hay es el "enemigo interno". Son, en consecuencia, ejércitos de golpe de Estado o de guerra civil (p. 286).


Quince años de mal agüero
Antonio Caballero
La Hoja
Medellín
Noviembre de 1996
324 páginas

domingo, 1 de febrero de 2026

Balas por encargo, de Juan Miguel Álvarez

No me gusta hablar de los libros con la frase manida de "es lectura obligada", no sólo porque se trata de una frase hecha sino, principalmente, porque la lectura no es una obligación: es un placer, un gusto, una curiosidad, pero nunca una tarea.

Sin embargo, a quienes usan esa frase con frecuencia, les valdría poner como ejemplo el libro Balas por encargo. vida y muerte de los sicarios en Colombia, de Juan Miguel Álvarez, cuya lectura resulta reveladora para el colombiano común, que piensa que el Eje Cafetero es un supuesto "remanso de paz" y no una zona de violento conflicto urbano, y en particular resulta reveladora para los habitantes de esta región, que muchas veces tenemos vidas tranquilas, al margen de las tragedias que ocurren a pocas cuadras de distancia.

Balas por encargo es una lección de periodismo. El cronista Juan Miguel Álvarez realiza un minucioso y paciente trabajo de reportería que lo lleva a hablar con múltiples fuentes, a leer cientos de documentos y a visitar distintos barrios de Pereira y algunos municipios del Eje Cafetero, para entender por qué tantos pelaítos, como escribió Alonso Salazar sobre algunas comunas de Medellín, no nacieron pa´semilla.

Aunque el subtítulo del libro es "vida y muerte de los sicarios en Colombia", el trabajo se refiere a Pereira y su área metropolitana, una zona que, como bien lo dice el autor, de manera inexplicable no se hizo famosa con el nombre de "Cartel de Pereira", que sí tuvieron Medellín y Cali, y la única explicación que encuentra para esto es que la DEA empezó a usar el nombre "cartel" en 1982 y el auge del narcotráfico en Pereira había comenzado al menos una década antes.

Balas por encargo cuenta esa historia del narcotráfico en Pereira: de cómo el contrabando allanó no solo las rutas, sino también la legitimación social, para que los narcotraficantes empezaran a sacar coca a comienzos de los años 70. Explica quiénes fueron esos primeros capos, cómo se llenaron de sicarios y guardaespaldas, cuáles fueron sus relaciones con los grupos paramilitares y cómo, tras la desmovilización de los paramilitares en 2005, surgieron en la ciudad poderosas estructuras que cooptaron no solo el microtráfico sino todo el portafolio delincuencial, como la banda Cordillera.

El libro está dividido en capítulos y cuenta con abundantes fuentes. La escritura es amena, rica en testimonios y en imágenes, y el autor lleva al lector por distintos barrios de Pereira, así como por fincas de la región (qué bueno sería una reedición que actualice la información desde 2013 e incorpore un mapa). Al final del texto quizás la intensidad decae un poco, cuando se centra en la coyuntura de actualidad de los años 2008-2010, con entrevistas a funcionarios públicos y debates en el Concejo. No obstante, todo ese contexto es relevante para comprender cómo es que una región aparentemente pacífica ha sido cuna de tantos crímenes y cómo la economía regional subsiste en buena medida por el lavado de activos. 

Algunos subrayados 

antes de 1973 Pereira ya tenía varios capos respetados. Mire la fecha: ¡1973! Y piense que por ese entonces Pablo Escobar apenas era un jalador de carros y los Rodríguez Orejuela se rebuscaban asaltando camiones en las carreteras (p. 40).
Mientras duró, esta oficina [de Olmedo Ocampo] tuvo entre cuatrocientos y quinientos pistoleros (p. 85).

Mientras tronaban balaceras en las calles, el brazo político de Macaco acaparaba los cargos de elección popular que siempre fueron ocupados por caciques históricos. Nombres sin ninguna tradición electoral y con cuantiosos capitales invertidos en las campañas ganaron escaños en los concejos de Dosquebradas y Pereira, en la Asamblea de Risaralda y en el Congreso de la República (p. 103).

Muy a pesar de que Pereira fue la ciudad con la más alta tasa de homicidios en América Latina [2005], nada de esta guerra tuvo eco nacional (p. 106). 

el Batallón San Mateo dice que en Pereira cada mes se venden 30.000 proyectiles, una cosa extravagante (p. 115).

En Pereira se estaba consumiendo droga por valor de 300 millones de pesos diarios; estamos hablando de 10.000 millones de pesos mensuales (p. 115).

el dato más revelador, sin embargo, lo publicó una agencia de inteligencia de resorte directo de la Presidencia de la República llamada Unidad de Información y Análisis Financiero (UIAF): de 42.937 "operaciones sospechosas" registradas entre enero de 2006 y enero de 2011 en todos los sectores de la economía nacional, en las que participaron más de 160.000 personas y más de 14.000 empresas, 25,57% fue urdido en Pereira, Dosquebradas y Santa Rosa de Cabal (p. 229).

—Todos esos hombres de Macaco que han capturado —me dijo Charlie, el antiguo pistolero de los Henao Montoya— son puros sicarios. Leo, Niño Fabián, Nico; hasta los Comba y Diego Rastrojo son sicarios, matones de pistola y fusil. Donde comiencen a perseguir a los reales narcotraficantes de Pereira, a los que han estado aquí desde siempre, la ciudad se acaba: ¡la ciudad se acaba! —exclamó, henchido de autoridad—. Le voy a decir algo Juan Miguel: ¿de dónde sale tanta hijueputa plata para construir aquí tantos centros comerciales y edificios y condominios? ¿De dónde sale? ¡Dígame! ¿Qué empresa hay aquí en Pereira, qué empresarios hay aquí en Pereira que produzcan tanta plata como para que gasten millones y millones en construcción? (p. 244)

Balas por encargo. Vida y muerte de los sicarios en Colombia
Juan Miguel Álvarez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
2013
300 páginas

domingo, 13 de abril de 2025

Cartografía verbal del odio en Colombia, de Beatriz Arana, Belén del Rocío Moreno, Julio Roberto Arenas, Marta Renza y otros

"Cartografía verbal del odio en Colombia" es un libro colaborativo en el que Beatriz Arana, Belén del Rocío Moreno, Julio Roberto Arenas y Marta Renza, adscritos a la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional, ofician como curadores y compiladores de distintos textos escritos por 36 autores.
El subtítulo del libro es "Un manual para desarmar las palabras" y esa es la propuesta central de la obra: desbaratar el sentido o los sentidos de términos que en Colombia han mutado desde su significado original para designar algún aspecto de la conflictividad nacional: sapo, perra, falso positivo, bandolero, polarizar, intolerancia, facha, cerdo, pirobo, gonorrea... términos que permean el habla cotidiana con cargas de violencia que se perciben normales, aunque no lo sean.

Los textos varían en extensión, profundidad y género. Hay poemas, microensayos de un párrafo y artículos de tres o cuatro páginas. Esa diversidad, en algunas páginas, puede leerse como irregularidad en tono y calidad, aunque en general hay uniformidad en el enfoque: la mayoría de los microcapítulos se asemejan a columnas de opinión que se detienen a reflexionar sobre algún aspecto del lenguaje y sobre lo que las palabras dicen de quién las pronuncia. 
En la lista de autores hay nombres desconocidos y hay escritores de prestigio, como los poetas Juan Manuel Roca y Horacio Benavides, los narradores Julio César Londoño, Ricardo Silva Romero y el ensayista Gonzalo Sánchez. Yo participo con dos textos que fueron solicitados por los curadores: "No es broma, es violencia" y "Susceptibilidades lingüísticas", ambos previamente publicados en La Patria como columnas de opinión.

La decisión editorial de borrar el nombre de los autores de cada texto, para registrarlos únicamente en la solapa del libro, impide que el lector pueda identificar quién escribió qué capítulo. Ese gesto puede entenderse como el deseo de hacer una obra coral y colectiva, pero se corre el riesgo de borrar el disenso y presumir que todos los autores están dispuestos a suscribir todos los textos. En una obra colectiva es posible que en caso de solicitarse la firma en una página, alguien desee responder como Bartleby, el escibiente: preferiría no hacerlo.

Más allá de esa sutileza editorial, el libro permite una lectura ágil, e incluso con humor, lejana de la rigidez de los textos académicos. Ese tono se complementa además con una invitación valiosa y profunda: hacer una pausa para pensar qué se dice cuando se habla; cuál es el sentido de cada palabra y darle valor a aquello que decimos y escuchamos. 

Algunos subrayados:
La gran apuesta de toda formación cultural es domesticar los desafueros del odio —que siempre lo habrá—, para que este no se desborde contra la vida. Tal domesticación implica la simbolización del odio (p. 37).

meretriz era el término delicado y loba el rústico. La historia es bonita: el pastor le pagaba a la prostituta bucólica con una oveja, y luego le decía al patrón: un lobo (lupus)  se comió una oveja. Por esto los burdeles romanos se llamaban lupanares (p. 51).

hubo un señor que fungió de presidente que dice haber acabado de raíz con el paramilitarismo en Colombia. Lo demás sólo es Bacrim (p. 101).

La historia la escriben los vencedores, dicen, y sus letras capitales son los monumentos, pero también es cierto que los revolucionarios reescriben la historia (p. 165). 

vándalos han sido, con contadas y brevísimas interrupciones, los que desde la Colonia han manejado este país como si se tratara de su inodoro personal (p. 167).

(según Umberto Eco) el fascismo rinde culto a la tradición, repudia la razón, enaltece las virtudes de la acción, sospecha de las actitudes críticas, considera el desacuerdo como traición, exacerva el natural miedo a la diferencia (de donde es racista por definición), está obsesionado por el complot (internacional o interno), se alimenta con la frustración individual o colectiva, considera a los enemigos demasiado fuertes o demasiado débiles, no lucha por la vida sino que vive para la lucha (de donde la paz es considerada connivencia con el enemigo), es de entraña elitista (los miembros del partido son los mejores ciudadanos, lo que no obsta para que empleen la fueza bruta en el ejercicio de la política y expurguen con violencia una sociedad que califican de decadente), hace de la mitología del héroe su norma (por lo tanto encomia la muerte de los enemigos o de quienes no pertenecen a su facción), transfiere su voluntad de poder al ámbito sexual (es machista e intolerante con las manifestaciones de la vida erótica que no sean heterosexuales), habla en una "neolengua" de léxico y sintaxis elementales (p. 218).


Cartografía verbal del odio en Colombia. Un manual para desarmar las palabras
Curadores: Beatriz Arana, Belén del Rocío Moreno, Julio Roberto Arenas, Marta Renza
Fondo de Cultura Económica y Universidad Nacional
Bogotá
Noviembre de 2024
304 páginas.





sábado, 22 de febrero de 2025

La grieta, de Juan Camilo Gallego Castro

Este libro es la historia de dos vecinos en una zona rural de Puerto Triunfo, Antioquia, en los años 70 del siglo XX. A un lado de la montaña viven los colonos Ramón y su primo Antonio, y del otro lado, separados por el río, están los hermanos Manuel y Horacio. Los vecinos se reunen con frecuencia en parrandas que incluyen aguardiente, y canciones con guitarra a cargo de Ramón. Todo es armonía y paz, hasta que deja de serlo. 

Las causas de la ruptura dependen de quién las narre: para Ramón, su vecino Manuel y los hijos de éste son muy cercanos al cura de la vereda Santa Rita, Bernardo López Arroyave, y ese cura tiene fama de guerrillero. Para Manuel, la razón es concreta: el 17 de septiembre de 1982 llegaron a su casa hombres armados preguntando por él. Como no estaba ordenaron que los hombres salieran de la vivienda. Mataron a sus hijos Carlos y Alirio Buitrago, a su cuñado Gildardo Ramírez, a su sobrino Fabián Buitrago y a Marcos Marín, un trabajador de la finca. En la masacre estuvo presente, dando las órdenes, su vecino Ramón Isaza, que ya para entonces era paramilitar. 

La grieta cuenta cómo, en cualquier lugar, puede estallar una guerra. La rivalidad entre las familias Isaza y Buitrago desencadenó una oleada de terror que dejó numerosos muertos en distintos municipios del Magdalena Medio: las víctimas de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, comandadas por Ramón Isaza, y las del frente Carlos Alirio Buitrago, del ELN, denominado así en memoria de los dos hermanos asesinados, y del que hicieron parte su padre Manuel y los hermanos que sobrevivieron a la masacre y luego también murieron víctimas del conflicto.

La grieta es un libro útil para entender el origen del conflicto armado en el Magdalena Medio, aunque puede dar una idea sobresimplificada al reducir el conflicto a la disputa entre dos familias. El libro cuenta que Ramón Isaza prestó servicio militar y como soldado combatió a la guerrilla en el sur del Tolima. Luego regresó a su tierra, trabajó en su finca y, por su pasado militar fue invitado a formar un ejército de autodefensa. El 22 de febrero de 1978, con apenas ocho escopetas se enfrentaron a las Farc. Desde ahí su grupo se llamó "Los Escopeteros". Recibió ayuda y armas del Ejército y quedó bajo órdenes del paramilitar Henry Pérez. En algún momento Pablo Escobar le propuso a Henry Pérez unirse en su causa de combatir al Estado, pero Isaza se opuso porque le pesaba su pasado como soldado. Así se fracturó la relación entre Isaza y Henry Pérez, e Isaza ya no sólo combatió a la guerrilla de la zona sino también a Pablo Escobar, quien se supone estuvo detrás del atentado que cobró la vida de John Kennedy, uno de sus hijos. Luego de la muerte de Escobar en 1993 su poder creció: llegó a comandar más de mil hombres y controló Puerto Triunfo, Puerto Nare, parte de Sonsón, el oriente de Caldas, el occidente de Cundinamarca y el norte del Tolima. En 1997 viajó a Córdoba para el nacimiento de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con Carlos Castaño a la cabeza, y poco después otro de sus hijos, Omar, murió cuando el carro en el que transportaba 100 granadas explotó. En 2004 Ramón Isaza se acogió junto con su hijo Oliverio, alias "Terror" al proceso de desmovilización. Pagó 8 años de cárcel y hoy vive en Casa Azul, en Doradal, y según el libro es un hombre enfermo de hipertensión, diabetes, párkinson y escoliosis. Su otro hijo, Ovidio, alias Roque, no se desmovilizó, fue capturado en 2012 y espera un proceso de extradición, mientras que su esposa ya fue extraditada.

Por su parte, el cura Bernardo López Arroyave si bien nunca hizo parte del ejército militar del ELN sí facilitó que miembros de la vereda Santa Rita se enrolaran en esa guerrilla, entre ellos los hijos de Manuel Buitrago, y eso originó  la masacre de 1982 en la casa de Manuel Buitrago. Al cura lo mataron el 25 de mayo de 1987 en Sincé, Sucre y finalizando ese mismo año se registró la primera acción del Frente Carlos Alirio Buitrago: un retén en la vereda La Josefina, en la autopista Medellín-Bogotá. El frente tenía 30 personas y entre ellas estaban Manuel Buitrago, el papá de Carlos y Alirio, su esposa Herlinda Ramírez y sus hijos Rigoberto, Gonzalo, Gustavo y Gabriel. León fue el único que no se enroló y que sobrevivió a ese conflicto.

La grieta es un reportaje que narra en paralelo la historia de dos familias violentas. El autor humaniza a los personajes, pero esa humanización tiene el riesgo de construir una falsa equivalencia, porque al mostrar a los perpetradores como víctimas, se desdibujan los miles de víctimas desarmadas que cayeron en en medio de este fuego cruzado y que nunca emprendieron el camino de la guerra y la venganza. No obstante, el libro sobre las víctimas podría ser otro libro: éste es sobre Manuel Buitrago y Ramón Isaza y sin duda aporta datos interesantes para entender mejor el conflicto que asoló durante años al Magdalena Medio.


Algunos subrayados

Del prólogo de Francisco de Roux:
(La guerra) afecta sobre todo a los que no quieren la guerra (p. 13)

Recuerdo cuando subí a Medellín por el camino de Cisneros para ver a Álvaro Uribe, gobernador de Antioquia, y decirle que parara a las Convivir porque Ramón isaza era un paramilitar. Me respondió que estaba equivocado y seguiría apoyándolos (p. 14).

Del libro:
A veces el pasado es una ficción, un relato amasado cientos de veces, alimentado por imágenes opacas, sueños y pesadillas, nuevos testimonios, y más detalles, así no hayan sucedido (p. 67).

Aquí no hay una historia de buenos ni de malos, de limpios ni de sucios, porque lo que se mataron y murieron fueron vecinos y amigos, desconocidos y enemigos, que creyeron en unas causas, justas o no, y que por delante se llevaron tantas vidas, por la rabia o la venganza o la revolución o la defensa del Estado (p. 74).

Las Mercedes, donde vivió Ramón cuando era campesino y guitarrero, a donde llegó cuando bajó de las montañas de Argelia, en donde creció su familia, fue y sigue siendo un territorio de los Isaza (p. 75). 

En décadas, esa región pasó de ser colonizada por agricultores como los Buitrago, los Mazo, los Daza, los Castaño, los Ramírez y los Isaza, a terminar en manos de petroleras, grandes ganaderos y comerciantes (p. 78).

el dolor que causó el exterminio del Movimiento Cívico del Oriente, el que se opuso a las hidroeléctricas que para siempre cambiarían la vocación de la región (p. 83). 

Siempre ha habido un lema en la guerra y es que el problema es de los hombres y no de las mujeres (p. 103). 

Mientras los Isaza querían vengar en Pablo Escobar la muerte de John Kennedy, los Buitrago querían vengar en Ramón la masacre de Santa Rita (p. 105). 

La guerra es una masacre de jóvenes que no se conocen y se matan de cuenta de quienes sí se conocen, pero no se matan (p. 118).

Los campesinos en Colombia lo saben: si hay un grupo, se acomodan a él; si hay dos grupos, juegan al equilibrista (p. 119).

¿Qué nos deja la guerra? lo primero que pienso es que nos deja una grieta. En esa grieta caben el odio y la venganza, las despedidas que aumentan y las ausencias que estarán por siempre (p. 136). 

entre 2003 y 2006 el presidente Álvaro Uribe Vélez acordó con los paramilitares la desmovilización de 35.317 combatientes. Entre ellos estaban su abuelo Ramón y su tío Oliverio. Pero Roque, su tío preferido, decidió seguir armado, seguir siendo el Señor, seguir controlando el Magdalena Medio (p. 141). 

El Viejo le da varios besos y sonríe. Además de los siete hijos de su matrimonio, tiene veintidós nietos y once bisnietos (p. 157).

La grieta
Juan Camilo Gallego Castro
Editorial Sílaba
Medellín
agosto de 2024
184 páginas

viernes, 4 de agosto de 2023

Gente como nosotros, de Martín Franco Vélez

En 2020 Martín Franco presentó La sombra de mi padre, un libro de no ficción en el que narra los problemas que el alcoholismo trajo a su familia. En este segundo libro, "Gente como nosotros", Martín construye un relato que, a diferencia del primero, es ficción, aunque parece tener más de un pie en la realidad.

Gente como nosotros es una novela realista ambientada en Manizales de los años 90 y comienzos de los 2000. El protagonista es un periodista radicado en Bogotá (como Martín), que desde la adultez rememora la adolescencia, la época del colegio en Manizales, los amigos, el licor, la torpeza del despertar sexual y el cambio de vida que significa irse a vivir a Bogotá.

El conflicto que plantea la novela es una pregunta generacional: ¿qué pasaría si hoy, tantos años después, me doy cuenta de que el papá de uno de mis amigos del colegio apoyó a los paramilitares? Esa pregunta es perfectamente factible entre "Gente como nosotros": personas que nacieron en Manizales entre los 70 y los 90, que asistieron a colegios privados de la ciudad, que se movían en barrios de estrato 5 y 6, que asistían a discotecas en El Cable y paseaban en carros entre Chipre y Coca Cola mientras en muchas zonas del país, e incluso del departamento, avanzaba sin tregua la matazón.

Gente como nosotros es una novela dividida en dos partes, con capítulos cortos que abordan distintas épocas y que se presentan como un rompecabezas que va del presente al pasado y se devuelve, hasta que el lector arma el entramado completo de una historia de ficción, aunque parece tan cercana que se lee como si fuera real con nombres cambiados. Ese es quizás su principal mérito.




Algunos subrayados

Ya no recordaba a cuántos habían echado, pero sí la zozobra que precedía a las noticias: días antes, el rumor de un nuevo recorte empezaba a expandirse por la redacción y todos lo deformábamos, agrandando el pánico (p. 13). 

Las mujeres eran un mundo inconcebible, algo que estaba más allá de mi alcance. Me parecía inverosímil que alguna se fijara en mí (p. 49).

Salimos a la Avenida Paralela, subimos por la falda de Carpán a buscar el sector de El Cable y luego de pasar la Zona Rosa bajamos otra vez hacia el barrio La Estrella (p. 55).

Héctor explicó que, en su reciente visita al batallón, el comandante se había comprometido a ayudarlos. Ese día le dijo que debían ser muy discretos y evitar las reuniones cara a cara, explicándole que su gran problema era -recalcó con desdén- "el hijueputa temita ese de los derechos humanos" (p. 60).

pasaría mucho tiempo -décadas, quizás- antes de que algún poderoso ganadero respondiera ante la justicia, cualquiera que esta fuera, como uno de los tantos reponsables de hechos atroces como el que allí se narraba (p. 66).

escoger la violencia es un acto deliberado (p. 67).

es tan asesino el que aprieta el gatillo como el que da la orden y voltea la mirada (p. 85).

el pasado es un puente que no conduce a ningún lado (p. 102)

el pánico de los que se creen buenos es muy fácil de detectar (p. 103).

Terminamos igualándonos a esos hijueputas y en algún momento se borraron los límites: fuimos ellos y ellos fueron nosotros: los mismos matones (p. 104). 

Terminé instalándome en esa plácida comodidad de la academia, desde donde sentía a veces culpa por enseñarle a unos jóvenes esa cantidad de teorías anacrónicas sobre el periodismo que quizás jamás iban a ajustarse a la realidad que pronto les tocaría vivir (p. 133).

Habíamos logrado establecer una rutina que nos anclaba (p. 137). 

no dejábamos de ser unos privilegiados para quienes la sangre y el dolor y el sonido de las armas estaban lejos, en otro lugar distinto a ese en el que vivíamos. Un lugar que veíamos en la noche en los noticieros, y que nos horrorizaba tanto que preferíamos cambiar el canal (p. 150). 

Con el tiempo dejé de aprovechar cada minuto libre para viajar a Manizales, la ciudad que hasta ese día creía la única posible (p. 159). 

La universidad era una prolongación de la vida del colegio, pero con mayores libertades, lo que la hacía mucho más interesante (p. 160).

Toda la seguridad que había sentido hasta ese día se esfumó cuando empecé de nuevo en aquella ciudad, donde me sorprendió comprobar que mis costumbres provincianas me hacían sentir verguenza (p. 161). 

la discusión se zanjó cuando entendí que la vida en pareja implica, sobre todo, dejar de pensar en uno mismo (p. 179).

Porque a la larga éramos como cualquier otra pareja y nada nos hacía especiales ni distintos: los miedos, los celos y el deseo por otros cuerpos iban a estar siempre ahí y eso era algo a lo que tendríamos que acostumbrarons. Nos gustara o no. (p. 183).

Cada día me convencía más de que este país no quería saber la verdad. Resultaba evidente que jamás iba a revelarse lo que había sucedido durante tantos años de odios, muertes y venganzas, por la sencilla razón de que a mucha gente con poder no le convenía (p. 185).

el tiempo no cura las heridas, como suele creerse, pero al menos logra calmar las aguas tempestuosas (p. 185). 

con los años fuimos aprendiendo algunas cosas: que cada uno hace lo mejor que puede, que hay que luchar a diario contra los propios fantasmas, y que siempre estamos al borde dle abismo (p. 186). 

Gente como nosotros
Martín Franco Vélez
Editorial Seix Barral
Bogotá, 2023
203 páginas

miércoles, 12 de abril de 2023

Plaga, de Juliana Javierre

Plaga es una novela corta estructurada en capítulos cortos (algunos de apenas un párrafo) en la que la autora presenta a una adolescente negra llamada Emilia, a su madre, "Mamá Carmela" y a la madre de ésta, la "Abuela Josefa". 

La historia se cuenta de manera lineal aunque es una narración simbólica, metafórica, en la que el lector debe hacer su trabajo. En Sopinga (el antiguo nombre de La Virginia, Risaralda) aparece una plaga de moscas. Emilia se tragó (o dice haberse tragado) una mosca que empieza a crecer y ensancharse en su barriga. El inspector del pueblo soluciona la plaga de moscas con una invasión de sapos, y a esta segunda plaga se suma otra aún más amenazante: los rapaces, que llegan armados, siembran miedo y hacen flotar cadáveres sobre el río.

Plaga es una novela en la que importa lo que no se nombra: no se habla del abuso sexual, de la fecundación, el embarazo o la maternidad, que es lo que le está sucediendo al cuerpo adolescente de Emilia; no se habla de los paramilitares ni sus lazos con el Ingenio cercano, pero aparecen los rapaces, los cuerpos en el río y un ambiente tan hostil que la casa se presenta como un útero protector. No se habla tampoco de los hombres de la familia, porque no existen: el abuelo murió, del padre de Emilia no sabemos y Esteban, el novio de Emilia, se fue del pueblo, o desapareció, que como dice la autora, es una forma bonita de llamar a la muerte. 

Plaga tiene algunos puntos comunes con Siete veces Lucía: la presencia permanente del vómito, el interés de la autora por el cuerpo y la muerte que ronda espectral, con personajes que parecen vivos pero están muertos, o mueren en vida como la abuela. 

No obstante, y a diferencia de Siete veces Lucía, Plaga es una novela más clara para el lector, tanto en su estructura como en su temática, sin que esto signifique que sea complaciente: todo lo contrario, es una lectura exigente, crítica, original y perturbadora.


Algunos subrayados:

Más hambre. Vomitar es un lujo que no deberían permitirse los pobres, pensó (p. 11). 

"¡Estos hijueputas blancos!", decía, en lugar de decir "¡Estas hijueputas moscas!", sabiendo que las moscas eran negras (p. 17). 

La carretera era una promesa, la promesa de abrir la jaula (p. 47). 

El amor, decía el Padre en sus incansables sermones, todo lo puede, todo lo soporta, todo lo perdona. Este amor mío, Esteban, hace rato te odia. 

Los blancos son igualitos a las moscas alegó, sin atender a lo que decía Emilia—: se meten en todas partes sin que nadie los invite (p. 53). 

En el pueblo todos sabían que desaparecer era una forma bonita de decir morir. (p. 81).

Es como arder en fuego y no sentir dolor, o ser el dolor mismo. Buscamos el Paraíso, pero por alguna razón llegamos siempre al Infierno. (p. 83). 

Mientras les sucediera a otros, el mal no debía quitarles el sueño (p. 106). 

Por qué no pidió ayuda para sacársela antes de que se reprodujera; por qué, cuando la reproducción era inevitable, no tomó acciones severas; por qué quedar mal a la luz de las personas del pueblo y ante sí misma (p. 109). 

—Usted no tiene que buscar un hombre, Emilia —solía decirle la Abuela en sus momentos de reflexión—. Es la abeja la que busca la flor (p. 112). 


Plaga
Juliana Javierre
Editorial Seix Barral
Bogotá, 2021
138 páginas

miércoles, 13 de octubre de 2021

Ese camino existe, de Luis Fernando Cueto Chavarría

En "Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia" Gabriel García Márquez escribió en 1959 que todas las novelas sobre la violencia escritas en Colombia hasta ese momento eran malas porque se centraban en el detalle de los muertos en vez de contar el drama de los vivos: "El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela".

Luis Fernando Cueto Chavarría ganó en 2011 el Premio Copé Internacional de Novela, que otorga Petroperú, con "Ese camino existe" una novela exhaustiva en el inventario de las modalidades de violencia cometidas por Sendero Luminoso y por el Ejército Peruano en la zona de Ayacucho en los años 80. 

Masacres, mutilaciones, torturas, disparos, homicidios con arma blanca, desplazamientos forzados, secuestros, violaciones, infanticidios, profanación de cadáveres, bombas... no hay modalidades de la violencia que queden por fuera de este registro en el que se evidencia un afán por construir una memoria del horror, contado con aparente neutralidad: el autor intercala capítulos en el que uno se centra en la vida en el batallón con capítulos que narran la vida en el pueblo al que luego llega Sendero y termina borrado del mapa. 

El libro presenta numerosos personajes que no acaban de construirse cuando mueren de manera violenta, a excepción de Cubo, el infante de marina que cuenta lo que ocurre en el cuartel y que muestra consciencia sobre la cantidad de violaciones a los derechos humanos que allí ocurren. 

Aunque Colombia vivió fenómenos de violencia y paramilitarismo comparables con los que vivió Perú, la atmósfera de Ese camino existe resulta lejana al terreno colombiano por cuenta de la geografía que minuciosamente construye el autor, y que muestra un territorio frío, en el que cae una permanente garúa y en el que los desplazados caminan entre chacras y peñascos. Un territorio pobre, lejano y hostil, que hace aún más áspero el drama que narra la novela. 

Algunas frases
hombres desconocidos que, de sorpresa, se aparecieron un día con el propósito de imponer, en nombre del Perú, un concepto de orden que sólo existía en sus desquiciadas mentes. Los desconocidos pasaron, como aves peregrinas, y nunca más volvieron a interesarse por esas comunidades perdidas en la lejanía; sin embargo, con seguridad, los sobrevivientes de esos pueblos, los huérfanos y las viudas, los recordarían a cada momento por el resto de sus vidas (p. 214)

Todos los demás, sean del bando que fuere, estaban condenados, tarde o temprano, a acabar perdiendo. Esa era la verdad: era una guerra para perder, para terminar muriendo en cualquier parte del camino, más arriba o más abajo, pero muerto, al fin y al cabo, sin importar de qué lado estuvieras (p. 216).

Todos los hombres saben que van a morir, sólo que nosotros lo vamos a hacer de la mejor manera, por una gran causa. Y por ese motivo nos encumbramos por encima de los demás mortales. Esa es la diferencia. Ese es nuestro valor agregado (p. 241)

La frazada sobre la cual yacía el universitario estaba seca; entonces, Ordenanza cayó en cuenta de que alguien, con seguridad otro detenido, había cambiado la anterior manta húmeda. Este hecho lo conmovió. Quizá no todo está perdido, pensó. Quizá en las peores condiciones, en el fondo de tanta crueldad, aún era posible encontrar una pequeña chispa de solidaridad que brotase de improviso y expandiera su calor en el corazón de todas las personas (p. 279)

¿Qué pecado tan grande habían cometido para merecer ese castigo? ¿Por qué, de pronto, el mundo se había estrechado tanto que ahora tenían que vivir entre dos fuegos? Si no es uno, es el otro. La represión o el Partido, y nosotros en el medio. ¿Quién redujo el mundo de ese modo? ¿Cuándo? ¿Con el permiso de quién? Si antes eran libres de caminar por los cerros, por la cordillera y la montaña, ¿por qué ahora desfilaban por un callejón oscuro, sin escapatoria? Y, lo que es peor, ¿cuándo acabaría ese andar sin esperanzas? (p. 291)

No hay río que cruce el mundo que no se pueda pasar, sino no hubieran cristianos en la otra orilla; así saben decir los arrieros... (p. 306).

Su nombre era Simón. El hombre que había en- terrado hacía pocas horas, en la madrugada, se llamaba Simón. Y eso era distinto. Ya no se trataba de una cifra, de un número, sino de una historia. Y no comprendía por qué la carga que había sobrellevado ligera hasta ese momento, de pronto se volvía insoportable en su conciencia. Simón. (p. 356).

Siempre que alguien habla en nombre de la Patria es por- que está tramando hacer alguna pendejada. Alguien dijo, no sé quién, no recuerdo dónde, que la Patria tiembla cuando se acercan sus defensores (p. 395)

Vio rápidamente sus rostros: eran jóvenes, imberbes, y estaban tan desorientados y angustia- dos como los detenidos. Si los roles se invirtieran, pensó, el mundo no se detendría, nada cambiaría. Casi no hay diferencia entre el verdugo y su víctima. ¿Por qué unos muchachos tienen que vivir y otros marchar al encuentro de la Muerte? (p. 410).

Ese camino existe

Luis Fernando Cueto Chavarría

Ediciones Copé

Lima, 2012

420 páginas.






jueves, 2 de septiembre de 2021

Tomar tu mano, de Claudia Hernández

Si se pasan rápido las páginas de este libro, a primera vista luce como un volumen de poesía, o el texto de una obra teatral llena de diálogos. La autora escribe frases cortas, oraciones de una línea o menos, y así, casi sin párrafos y a partir de una larga sucesión de sentencias, preguntas y respuestas, afirmaciones o enumeraciones breves, avanzan los 55 capítulos cortos de este relato en el que los personajes no tienen nombre porque pueden ser cualquiera: cualquier mujer campesina que se va joven y enamorada a vivir con su novio; cualquier hombre que se cansa pronto de su pareja y decide buscar otra y otra y otra; cualquier pariente que combina su trabajo campesino con encargos paramilitares nocturnos; cualquier joven o vieja que recibe golpes físicos y de los otros y debe vivir sometida a su pareja.

"Tomar tu mano" es un libro difícil de clasificar. Es un hondo grito de auxilio de mujeres que no quieren tener tantos hijos, que desean trabajar o estudiar, pero no pueden, y que viven sometidas a la violencia cotidiana que implica habitar una casa con una pareja que a la vez es su enemigo. Ante tanta violencia, la de las pandillas urbanas y los paramilitares en el campo se siente apenas como un eco que replica lo que ocurre de puertas para adentro.

La autora es salvadoreña y aunque en el libro se perciben las violencias de las guerras centroamericanas y las pandillas, no hay un referente geográfico ni temporal específico y por ello la historia puede trasladarse perfectamente a la geografía colombiana, en donde también hay  mujeres que sufren estas violencias y en donde las autoridades que imponen el orden en las calles no siempre son las estatales. 

Los celos, la falta de independencia económica, la violencia física, las armas y las redes de apoyo entre mujeres son algunos de los temas que atraviesan este libro coral en el que la autora demuestra gran dominio de las técnicas narrativas en los cambios de voces y narradores y en la construcción de personajes que se identifican sin necesidad de utilizar nombres. 

"Tomar tu mano" propone una mirada femenina a las violencias domésticas de las mujeres pobres del campo y de la ciudad. Es un libro áspero, rudo, que se construye desde los silencios y contrasta con el título que, además, cierra la historia. Es un libro que busca tomar la mano de mujeres que merecen y necesitan ternura, afecto y protección.

Algunas frases
Hay cosas que no deben ser sabidas (p. 11).

A veces es más valioso ser invisible, dice la madre (p. 12).

Las mujeres no entienden lo que quieren ni saben lo que dicen (p. 43). 

¿Cómo era estar embarazada?
Se sentía como si tuviera un gatito dentro (p. 55)

¿Para qué quería ella otro hombre?, preguntó.
¿Para qué quería ella alguno?, pensaba (p. 148).

Cualquiera estaría feliz de estar contigo.
Ella estaría más feliz si no tuviera que estar con ninguno (p. 149).

El tiempo total nunca se sabe (p. 181) 

Mientras, puede ayudar con cosas de la casa, dice la madre.
De ninguna manera, dice el padre.
Su hijo no va a hacer trabajo de mujer.
Necesitan la ayuda ahora que ella trabaja más horas.
Que le ayude su niña. (p. 192). 

La madre no quiere decirle que, a la edad que tiene y por el cuerpo que ya tiene, cualquier hombre en ese pueblo puede reclamarla como suya y llevársela, quiera ella o no.

Podía ser que, con tragos de más, alguno de los hombres ahí pensara que la niña y su habitación estaban también a disposición. (p. 225).

Las mujeres que dejan a sus maridos no regresan, le dice la madre. (p. 231).

La mujer que tenía lo ha dejado.
¿Por otro?
Por ella misma.
Prefiere estar sola. (P. 268).

La vida es lo que ya fue (p. 277). 


Tomar tu mano
Claudia Hernández
Laguna Libros
Bogotá, Junio de 2021
300 páginas

jueves, 20 de mayo de 2021

La mata, de Eliana Hernández y María Isabel Rueda


Del 16 al 21 de febrero de 2000 los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia mataron a 105 personas en El Salado y las veredas aledañas, en el departamento de Bolívar. Luego de la masacre hubo un masivo desplazamiento forzado y quienes años después regresaron al pueblo narraron que las casas, cancha y en general las construcciones estaban cubiertas de vegetación.

La antropóloga Eliana Hernández leyó el informe que sobre esta masacre publicó en 2009 el Centro de Memoria Histórica. Con base en esa información y con la imagen de la vegetación cubriendo el espacio que habitó la muerte construyó el poema "La mata", en el que las voces de dos campesinos, Pablo y Ester, se unen a otras voces, como los investigadores y los testigos para contar desde múltiples ángulos y detalles el horror que allí se vivió. 

El resultado es un libro hermoso y doloroso: un largo poema con ecos de coro griego en donde la vida cotidiana empieza a abrirse lentamente para darle paso a la tragedia. El mundo particular de Pablo y Ester se enrarece con un helicóptero del que caen volantes que dicen "Cómanse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este año porque no van a disfrutar más". Pablo Rodríguez, líder de la junta de acción comunal, sale de su casa para enterrar una caja con escrituras que prueban que es el dueño del terreno. Otras voces dicen "salgan, partida de guerrilleros, que todo el mundo se muere hoy" y así, narrando en diagonal, sin describir los vejámenes sino sus ecos, el poema acerca a una de las peores masacres cometidas en la historia de Colombia. 

Además del poema, el libro es hermoso como artefacto. Los dibujos de María Isabel Rueda funcionan como esos cuadernos artefacto de colegio en los que el paso rápido de las páginas permite crear la ilusión de movimiento a partir de múltiples imágenes con variaciones. La mata que dibuja María Isabel Rueda empieza como algo pequeño, unas cuantas hojas sobre lo que parece una casa, y a medida que avanza el poema la mata crece y crece hasta abarcar toda la página. Una simbiosis perfecta entre el poema y la imagen, en donde al final, se ofrece algo de esperanza: "para quienes volvieron: un manojo de flores de totumo", dice la autora al inicio de los últimos versos, en donde la fuerza de la naturaleza se ofrece como una posibilidad de vida después de la muerte. 

Algunas frases
El miedo se acomoda
como un gato en la garganta,
mejor hacer con ellos una bola,
tirarla al monte enfurecido (p. 19).

Me lo hicieron con un cuchillo, dice la mujer 
y señala una marca en el brazo. 
También me hicieron cosas peores
que no puedo decir (p. 29). 

Mejor no pensar. Mejor
enumerar las cosas que le gusta hacer:
echarle maíz a los pollos
podar el jardín
meter las manos
en la leche
fresca para el queso (p. 33). 

Cuando caen los cuerpos en la cancha,
elegidos al azar
quedan en las casas los patios,
las cocinas, las sábanas extendidas
recibiendo aún
la tibieza del sol (p. 49).

En sus huesos, 
en sus últimas formas palpables,
se condensan hasta extinguirse 
lo que alguna vez fueron:
lunares, masas,
luego humus, tierra, simple tejido
que con el peso de los días
se vuelve poco a poco
una capa de tierra transparente (p. 57).


La mata
Eliana Hernández (poema) y María Isabel Rueda (Ilustraciones)
Laguna Libros
Bogotá, septiembre de 2020
96 páginas

martes, 18 de mayo de 2021

Sofoco, de Laura Ortiz Gómez

Nueve cuentos alrededor del conflicto armado colombiano componen "Sofoco", el hermoso libro con el que la autora bogotana Laura Ortiz Gómez ganó el premio de narrativa Elisa Mújica en 2020. 

Son cuentos que dialogan entre sí, pero no a partir de personajes o situaciones comunes sino desde la sensación de sofoco que los atraviesa. Los cuentos de Laura Ortiz ocurren en este "paisito de narcos", en el que los soldados cantan "sube sube guerrillero, que en la cima yo te espero con granadas y morteros" y que ella relata desde los márgenes. No aparecen en sus páginas las grandes ciudades ni los poderosos, sino los ríos, los pueblos, los animales y la gente que vive el ahogo del conflicto, la violencia y la pobreza: desplazamiento forzado, tortura, guerrilla, paramilitares, violencia sexual y racismo son algunos de los hechos victimizantes que reconstruye la autora, a partir de un ejercicio literario que mezcla datos y aguda observación con un manejo de voces y tiempos que le permiten construir atmósferas opresivas, asfixiantes. 

La muerte ronda por casi todas las páginas del libro. La muerte física de la guerra, pero también la muerte de los sueños, de la infancia y de la alegría. Los personajes de Sofoco son tristes pero no resignados: casi todos los cuentos traen un punto de giro en el que el personaje intenta darle una vuelta a su destino para liberarse del terror o el tedio. 

Los textos de Laura Ortiz están construidos a partir de frases cortas, como sentencias, y de imágenes precisas del entorno en el que transcurren las historias. La ubicación geográfica no ofrece nombres propios de ciudades, pueblos o veredas que se ubiquen en el mapa, pero la descripción del territorio permite identificar con claridad los espacios en los que ocurren los relatos: espacios muy colombianos, marcados por la ruralidad y el miedo. 

Los nueve cuentos incluidos en el libro son "Aíta la muerte", "Tigre americano, panthera onca", "Mingus el ardiente", "Esperar el alud", "El corazón del señorito", "La cajita de Avon", "El último Pibe Valderrama", "Un toro bien bonito" y "Parto de vaca". En varios de ellos la autora trabaja el giro animal como una forma de potenciar la atmósfera brutal, salvaje o enrarecida que describen sus historias

Sofoco aporta en la construcción de una memoria literaria del conflicto armado colombiano y lo hace sobre todo desde sus personajes femeninos que presentan puntos de vista diversos alrededor del impacto de la violencia (incluyendo la sexual) en sus vidas y sus familias. Es, sin duda, un libro valioso. 


Algunas frases

Aíta la muerte
Una diría que la guerra es como las películas de acción. Pero no. Es quieta. Más que quieta es monótona. A la gente la matan y la matan y la matan, pero la guerra sigue (p. 9).

La guerra no se trata de nada. Es un agujero que escupe muertos (p. 9).

El ruido es enemigo del recuerdo (p. 10).

El noviazgo de pueblo se consuma en cualquier rinconcito oscuro (p. 12).

La muerte es la única cosa respetable que nos queda (p. 12).

Cuando una mujer pasa de los cuarenta, los hombres ya ni se esfuerzan en ocultar que se sienten superiores (p. 14). 

Tigre Americano, Panthera Onca
Me pongo muy triste cuando pienso en todo lo bueno y bonito que era el mundo antes de que yo naciera (p. 24). 

Doña Cleo le toma la mano y le dice: A Luisa también. Y a la Mónica. No les vaya a decir que yo le conté, a ellas les da mucha vergüenza. Pero solo le cuento esto para que vea que usted no está sola. Que les ha pasado a muchas. Ellos no tienen alma y no se merecen nada. (p. 27). 

Mingus el ardiente
Los palenqueros ya estaban hartos de recoger yanquis, darles comida, aparecer en sus documentales independientes y nunca más saber de ellos (p. 38). 

Esperar el alud
El socialismo es un verso que alcanza solo para el sexo; el piso de tierra no, nunca, será amor (p. 55).

Solías decir: Estoy curado de espanto. No era cierto. De los espantos no se cura nadie. (p. 59). 

Entre tanto advenedizo quién es Dios (p. 60). 

Los suicidios no suelen tener testigos. Voy a cerrar los ojos por pudor (p. 61). 
 
El corazón del señorito
Todos quieren amor, pero nadie quiere lavar los platos (p. 66).

¿Cómo se dice cuando puedes ver la belleza de lo que ya estás perdiendo? ¿Cómo se dice, Ricardito, cuando hay nostalgia de algo que sucede en presente? (p. 76). 

El último Pibe Valderrama
Tampoco le gustaban los niños. Solía decir: Los hijos son pedos, solo se los aguanta el dueño (p. 91).

En mi casa éramos así, apilábamos secretos, unos sobre otros, minuciosamente, haciendo un exoesqueleto familiar. (p. 98).

Como de gente que quería la aprobación del padre mundial, para existir por fuera de la cara de Pablo Escobar (p. 99). 

Un toro bien bonito
Escribir sirve para conjurar fantasmas. Traer vida a lo que se ama y lo que se odia. (p. 105). 

Parto de vaca
Lo más cercano a parir es cagar (p. 111)

El paisaje es un lujo pa´los ricos que se sientan a ver (p. 111).

Ya estoy caminando, esquivando las miradas de los vecinos, que a su vez esquivan mis miradas. Aquí en Alto Bonito nos presentimos en diagonal (p. 112).


Sofoco
Laura Ortiz Gómez
Laguna Libros
Bogotá
Abril de 2021
121 páginas