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lunes, 26 de febrero de 2024

Cien cuyes, de Gustavo Rodríguez

Cien cuyes es una novela sobre la vejez, la muerte, el deseo de morir y también el de vivir. Ocurre en Lima en la época contemporánea, pero hay capítulos al estilo "road movie" que nos llevan a la playa y también al norte del país. 

Eufrasia Vela es una mujer que trabaja cuidando ancianos. Les ayuda a lidiar con las angustias propias de la edad y la cercanía de la muerte pero, en cambio, poco sabemos de las angustias de Eufrasia y de los cuidados que necesita. Así, entre casas habitadas por viejos en soledad, y un ancianato en el que la única compañía son los otros viejos, Eufrasia es una especie de ángel lleno de alegría y vitalidad, de cariño y cuidado. Es, también, la mujer que amorosamente ayuda a morir a estos viejos, y ese dilema, el de la eutanasia y la muerte digna, aparece en esta novela con naturalidad y calidez, sin asomo de prejuicios o de juicios moralizantes. Las cosas se hacen porque hay que hacerlas, porque es bueno hacerlas, y no hay demasiadas preguntas para hacerse alrededor de su conveniencia.

Cien cuyes ganó el Premio Alfaguara 2023 y en realidad no sé si mereciera este galardón. Hay subtramas que emergen sin suficiente construcción narrativa, y otras que, después de mucha tensión, se disuelven de manera mágica. En ese sentido creo que hay debilidades en la verosimilitud de la historia. No obstante, es claro que la novela presenta un retrato de Lima y de las exclusiones peruanas, y aborda con sensibilidad la soledad de la vejez contemporánea en las grandes ciudades.


Algunos subrayados
a cierta edad hay heridas que ya no dependen del calcio ni del resto de la tabla periódica (p. 13).

Pasado cierto límite, que, según la persona, varía desde el digno uso de un bastón hasta la orpobiosa limpieza del culo, sobreviene el terror (p. 13).

esa era una de las características de envejecer: no saber nunca si se acaba de hacer algo por última vez (p. 22).

La gran tragedia de doña Carmen radicaba en que tenía un cuerpo muy deteriorado, pero una mente afinada (p. 35). 

Llega una edad en que la felicidad consiste en que nada te duela demasiado (p. 37). 

La felicidad es eso que hoy das por descontado (p. 40). 

Aquí los hijos de ingleses y de gringos siempre han valido más que los hijos de cualquiera (p. 47). 

ser el único receptáculo del dolor de otro ser humano implicaba pagar un alto precio emocional (p. 60). 

No era, como su progenitora solía decir, que la ociosidad fuera la madre de todos los vicios, sino que era la puerta abierta a todos los pensamientos (p. 63). 

Deberíamos hablar de la muerte con la misma naturalidad con la que hablamos del nacimiento. ¿Te has dado cuenta de cómo nos inventamos maneras de no nombrarla? "Fulano ya no está con nosotros". "Pasó a otro plano". "Trascendió". "Ahora duerme el sueño de los justos". ¡Murió, carajo!. (P. 92).

los viejos se parecen a los infantes no solo en la indefensión física, sino también en que necesitan de adultos activos que peleen por sus derechos (p. 99). 

se sintió estúpido, como en cada velorio en que se había visto en el trance de rendirle respetos a un muerto. En rigor, pensaba, no se trataba más que de materia orgánica en proceso de descomposición, pero la gente les añadía a esos restos historias atadas a sus emociones (p. 112). 

las clases sociales también heredan códigos materializados en objetos (p. 115).

a los muertos hay que agasajarlos cuando aún respiran. Faltaba más (p. 115). 

los niños que no ven muertos a sus seres queridos, luego desarrollan síntomas (p. 118). 

la palabra "elegancia"; una noción difícil de definir, pero reconocible apenas es vista, porque la elegancia es como el poder: quien se esfuerza en decir que la tiene, es porque no la tiene (p. 122).

Quizá envejecer fuera eso, pensó, que cada porción de tiempo por afrontar se convirtiera en una fracción cada vez menor de lo vivido (p. 131).

La mayoría de las personas no tenía tiempo para pensar, debían trabajar y trabajar, y por eso pocos filósofos salían de entre los pobres (p. 132).

Islas de progresismo en las que se hablaba combativamente de feminismo y equidad, hasta que llegaba el momento de servir el café o de partir la torta de cumpleaños: los varones se dejaban llevar por la inercia que había gobernado sus historias y las mujeres presentes se colocaban el delantal simbólico (p. 146). 

cuando una mente muere, también muere un mundo en el universo (p. 155).

a las personas, incluso las más queridas, se las va olvidando en la medida que nos son menos útiles (p. 223). 



Cien cuyes
Gustavo Rodríguez
Editorial Alfaguara 
Marzo de 2023
Bogotá
264 páginas

jueves, 27 de abril de 2023

Al oído de la cordillera, de Ignacio Piedrahíta

Al oído de la cordillera es un hermoso libro de viaje, escrito con un lenguaje poético, preciso y reposado, con palabras que permiten ver las distintas geografías que visita el narrador durante su recorrido desde el suroeste antioqueño, en la carretera que bordea el Río Cauca a la altura de Marmato, hasta Ushuaia, en la punta sur del continente.

El libro tiene algunos pasajes que coquetean con la novela, algunos personajes que acompañan momentáneamente al portagonista en su viaje solitario, pero esos figurantes son secundarios: sólo sirven para develar esa voz del narrador sin nombre, que se parece al geólogo escritor, y es a través de sus ojos, sus intereses y su saber que el lector ve belleza en las rocas corrientes y disfruta el paisaje verde de Colombia, la explosión de un volcán en Ecuador, el oasis de la Huacachina, en Perú, y las formaciones geológicas únicas al norte de Argentina, hasta llegar al Perito Moreno y descender hasta el estrecho de Beagle. 

Al oído de la cordillera es un libro poético en cuanto ejercicio de contemplación y deslumbramiento con la belleza. Se trata de una obra corta en la que en apariencia no pasa nada, o al menos nada distinto a un viajero que mira y cuenta lo que ve, que son espacios casi deshabitados o con poca interacción con los locales y con vidas lentas. Lo que importan son las rocas, las montañas, los fósiles y las formaciones geológicas que se cuentan en miles y millones de años, pero no como aparecerían en un atlas o en un libro de geografía, sino como las observa y siente un artista: ese paisaje bello, imponente y cambiante habla también del ser humano y sus transformaciones, sus erupciones y sus sedimentos. 


Algunos subrayados 

"Stock de Marmato". El término stock se refiere a un gran cuerpo de roca ígnea, y Marmato no es más que una población asentada en sus laderas, un asentamiento de mineros que durante siglos han buscado el oro alojado en las entrañas de la la montaña, en sus venas (p. 17).

Sé que esas muestras de erudición no son otra cosa que una carencia de recursos para ocultar de otra manera mi encanto por su silenciosa compañía (p. 18).

Me siento tentado a decirle que sigamos juntos, que no vale la pena separarnos tan pronto. Pero me detengo tal vez no haya cabida sino para ese momento, porque el viaje quizás sea precisamente eso: los encuentros, la vida segmentada que nos 
llega de repente y que, como un torrente sobre la arena, agita nuestro corazón. Ella debe irse tal como llegó, volando como atrapada por un sueño (p. 21).

La enormidad es a menudo invisible cuando se la tiene muy cerca, el volcán parece haberse propuesto reivindicar esa verdad a costa mía (p. 31). 

Es curioso que un volcán, que parece tan dueño de sí mismo, tenga también que someterse a las leyes de la vejez y de la inutilidad. En su juventud están plenos de materia incandescente que expulsan como si obedecieran a su propia y ostentosa iniciativa, pero después adquieren la apariencia de a maquinaria desechada y obsoleta (p. 31).

El hombre halla propicio vivir a los pies de los cráteres, pues la tierra que estos castigan hoy, mañana amanece fértil (p. 32).

Despojado del anhelo de una visión pretendidamente espectacular, comienzo a sentir que la fuerza del, volcán se halla justo bajo mis pies (p. 33).

El cráter del Pichincha, al igual que el de la mayoría de los volcanes andinos, es rebelde y tumultuosos para desgracia de los pueblos aledaños (p. 33). 

el volcán es en sí mismo una ventana al interior de la tierra, cuya misión no es la de castigar a los hombres ino la de proporcionar una salida al calor contenido en las profundidades (p. 36).

Dicha ceniza, sin embargo, no parece estar siendo expulsada, sino tranquilamente exhalada. El interior de la tierra fuma para mí en lo alto de la cordilelra (p. 40). 

el volcán es un cuadro en exceso portentoso para el hombre-, un hecho superior a la sensibilidad ante el cual el espíritu se siente inevitablemente sobrecogido, de modo que al mirarlo fija y empecinadamente se tenga la molesta sensación de que la imagen comienza a decaer. Sin embargo, se trata de una decadencia que no proviene del volcán sino de uno mismo, pues el ojo renuncia voluntariamente a seguir en busca de una perfección que ya se le ha revelado (p. 42).

Cuando esta mezcla está todavía bajo tierra se le llama magma, y una vez sale a la superficie se conoce como lava (p. 46).

dos corrientes de aire frío se encuentran para dejar sin agua la costa peruana. Una de estas proviene del mar, la otra de la cordillera. La primera tiene origen en la corriente marina de Humboldt, que surge cerca de la costa y enfría el aire que sopla sobre el desierto. La otra nace en las cumbres de las montañas de los Andes, y baja por sus flancos hasta encontrarse con lap rimera. Esta concentración de vientos fríos y húmedos es incapaz de elevarse para formar nubes y engendrar lluvias (p. 55).

El desierto no es sinónimo de muerte, sino de vida lenta y sosegada (p. 56).

Contrario a los asuntos de la vida cotidiana, donde los momentos se fijan por la repetición del día a día, en un viaje lo hacen precisamente por ser irrepetivles (p. 70). 

¿Qué hacen las piedras mientras la gente duerme? (p. 74)

¿Se puede escribir sobre las piedras, al igual que se las puede, por ejemplo, pintar? La tierra está compuesta por capas, como lo están la pintura y la escritura. El pintor echa una capa sobre otra para ir logrando su obra. Debajo de un color suele haber otro, y otro, porque los pigmentos se potencian al superponerse. Así mismo ocurre con la escritura: cada vez que el escritor pasa por párrafos que acaba de escribir -o que escribió ayer, la semana pasada, hace años-, va agregando, quitando, modificando, como si pasara un rodillo sobre una masa que en apariencia ya tiene suficiente (p, 77).

Al fósil, como ocurre con el alma de algunas personas, se le hace necesario visitar las profundidades para adquirir su carácter (p. 94). 

Pitágoras, quien decía que la Tierra es un ser vivo con pulmones que exhalan fuego a través de mil respiraderos (p. 102).

En aquel tiempo la geología estaba muy cerca de la poesía, lo cual me habría ahorrado muchas explicaciones al pasar de la una a la otra (p. 102). 

Sus fracturas, ahora más visibles, están lejos de imprimirle una idea de fragilidad; al contrario, acentúan su figura de igual manera que las cicatrices hacen parecer a un hombre más enigmático y no pocas veces más atractivo (p. 104).

Me parece que la actitud impasible del monte ocultaba de alguna manera cierta indiferencia hacia el resto de la cordilera, incluso, un ocio displicente hacia todo lo que lo rodea. Si desde el poblado lo he percibido como escéptico a la mirada del hombre, desde esta distancia es evidente que reclama esa mirada. no pide que se le apruebe, es cierto, pero sí que se le preste atención. ¿Hay en él, quizá, algún asomo de vanidad? (p. 104).

Mirando el mapa de abajo hacia arriba, como si el continente naciera en el sur y terminara en el trópico, su forma me recuerda a la del genio persa que sale de la lámpara de aceite (p. 124).

Curiosa metáfora del escritor, hombre con derecho a todo pero sin responsabilidad de nada, que dedica las horas a contar lo que otros hacen (p. 127).


Al oído de la cordillera
Ignacio Piedrahíta
Fondo Editorial Universidad Eafit
Medellín, 2011
142 páginas

miércoles, 14 de diciembre de 2022

La suma de todos los ruidos (The Hum), de Sebastián Krieger


El 2% de la población mundial padece de "The Hum", un zumbido que suena como a un avión muy alto que no termina de irse y que puede afectar a las personas de formas que van desde el insomnio hasta el suicidio.

Ese trastorno es el que padecen las mujeres de "La suma de todos los ruidos", la novela en la que Sebastián Krieger presenta un rompecabezas de tres vidas femeninas en tres momentos distintos, aunque pueden ser leídas también como la vida de una misma mujer en tres etapas diferentes. 

El primer relato, que ocupa dos tercios del libro, es la historia de Ale, una motociclista que deja Rosario (Argentina) para emprender un viaje por Suramérica. En capítulos cortos y organizados de una forma que no es cronológica, se presenta una especie de "road movie", muy visual, con descripciones muy bien logradas de parajes desérticos, de ciudades como Guayaquil, Salta o Chimbote, del Chimborazo y Atacama, en las que Ale acelera su motocicleta como huyendo de sí misma, para regresar al final al mismo apartamento de sus padres y ver su imagen reflejada en la ventana.

La segunda historia es la de Rebeca, una mujer que envejece mal en un ancianato de Montreal, y la tercera es una especie de "precuela", un diario de una chica de 15 años, que se presenta con un tipo de letra juvenil, a la que sus padres le notifican que deberán mudarse a Rosario (Argentina).

Al zumbido que escuchan las tres se suma otro elemento conector: el pensamiento más o menos permanente en la posibilidad del suicidio, como válvula de escape. Pensar en el suicidio, en que es posible cometerlo, se presenta como un seguro que permite atravesar momentos difíciles. "Si todo empeora, siempre será posible suicidarse", parece pensar la protagonista.

La soledad del viaje en motocicleta por parajes desérticos y solitarios del pacífico chileno o peruano son una imagen que sintetiza esta novela: un viaje que es una introspección por la soledad del alma de mujeres que se sienten incomprendidas o que no encajan en las instituciones que, más que paredes protectoras, sienten como cárceles: la familia, el anciano, el colegio. De ahí la necesidad de huir para buscar libertad.

Con muy pocos diálogos y un narrador omnisciente que muestra a Rebeca y Ale con distancia fría, el autor construye escenografías por las que transitan mujeres que se muestran desde un observador externo. Es llamativo que salvo en la última parte, en la que aparece el diario, durante mas de 100 páginas el lector vea todo el tiempo a mujeres a las que en muy pocas ocasiones se les escucha su voz. En esa decisión estética hay también un zumbido, un enrarecimiento, una constatación. 

Algunas frases

Más que el miedo a la muerte, a lo desconocido o el terror a la nada, lo que le había impedido lanzarse desde una ventana era la culpa. La vergüenza. Aunque en el fondo sabía que con eso podría vivir (p. 14).

El ronroneo, la oscilación inconfundible. Como la estela que deja un trueno pero que nunca termina de desaparecer, como la máquina lavadora detrás del muro aunque al lado no exista otro apartamento, como un tren infinito a la madrugada, un rumor lejano debajo de la almohada (p. 21).

El tiempo lo decoloraba todo, hasta el sabor de la nicotina, lástima (p. 25).

si querías ofender de verdad a alguien, el gentilicio debía acompañar el insulto. No importa si el fulano compartía tus genes y había nacido y crecido junto a ti. Por ejemplo: boliguayo huevón, colombiano malparido, brasuca hijodeputa, rata veneca, etcétera. Seguro los políticos y el fútbol eran los responsables de tanto odio, porque los individuos compartían más o menos la misma historia, la misma religión, el mismo idioma y hasta la misma pobreza. Ah, y todos coincidían en culpar siempre al otro de sus propias carencias (p. 37).

¿Cobardía o valentía? Un debate entre suicidas resultaría empatado siempre: todos igual de triunfadores e igual de vencidos (p. 42).

El peor día en moto es mejor que el mejor día en la oficina (p. 42).

Entendía a la perfección que era una carencia absoluta de sentido molerse los huesos y el cerebro para luego quedar sin tiempo para el deleite; o peor, para morir y dejar una fortuna que otros se peleen, roben o malgasten (p. 46). 

Terminar el viaje era dejar de existir. Y no sabía cómo más prolongar su agonía (p. 50).

Se preguntaría qué era lo más raro que le había ocurrido en la vida. Que de todas las mamás del mundo me hubiera tocado preciso la mía (p. 53).

Y fue justo cuando reconoció que se había apartado de la ansiedad, de la sensación de habitar el ojo de una tormenta que no llegaba, pero estaba cerca. Quiso prolongar el momento, respirar más hondo, relajar los hombros de nuevo, mirar al sol. Pero la culpa la había encontrado. Otra vez. La culpa de ser feliz; así fuera solo por un minuto de paz interior y un horizonte como fondo de pantalla. La felicidad era un pecado por el que tocaba sentirse culpable, así le habían enseñado a ella, a su madre, a sus abuelas y a todos sus antepasados (p. 60).

Una cosa era ser negativo, otra era ver solo el lado malo de todo, incluso de lo que era imposible que empeorara (p. 73).

¿Por qué, si se detestan, mamá y papá siguen juntos, se preguntó. ¿Por costumbre? ¿Por pereza a un largo pleito de divorcio o por miedo a quedar arruinados y encima íngrimos? ¿Por los comentarios ponsoñozos de su reducido grupo de conocidos o porque no concebían una existencia distinta? ¿Porque habían jurado en una iglesia mantenerse unidos hasta que la muerte los separe? ¿Todas o ninguna las anteriores? Sí y no. Más por cansancio que por haber encontrado una explicación satisfactoria a ese raudal de inquietudes, concluyó que era por simple adicción. Eran su droga mutua, la heroína que los consumía lento y sin la cual no tenía sentido sobrevivir. (p. 82). 

Reflexiona: el asunto, además de que today nadie lee ni revistas, es que no tiene sentido el esfuerzo de escribir. Ni un solo libro, ni siquiera el propio, ni como el aporte mínimo al cementerio universal de textos que nadie leerá (p. 97).

Pero en el corazón sabe que es lo correcto, que la que se extingue es ella y no su hija, que su mayor gesto de amor es excluirla de la impotencia frente a la espiral de decadencia de la que no escapará (p. 98). 

El maldito amor, la fascinante trampa de la naturaleza humana para continuarse, la paradisiaca sensación que venda el drama de existir, ese era el verdadero y maléfico verdugo. Sí, el amor es el malechor cobarde. (P. 105).

Nacer me jodió la vida (p. 107)

Este es el instante en el que lo más inteligente es resignarse, dejar de luchar, y reconocer que al final lo único seguro es que moriremos todos. Y que no quedará nada. Ni la memoria. Porque por más que nos esforcemos y queramos negarlo, el tiempo es inflexible. Como las olas indiferentes a los dibujos y castillos en la playa. No dejaremos huella (p. 109). 

A él le enseñaron que los hombres no lloran, solo cuando les entra un mugre en el ojo, qué estupidez (p. 119).

Me dio un abrazo y me dijo que siempre recordara que yo misma era mi propio castigo, pero también mi propio alivio (p. 149).


La suma de todos los ruidos (The Hum)
Sebastián Krieger
Calixta Editores
Bogotá, septiembre de 2022
156 páginas

miércoles, 13 de octubre de 2021

Ese camino existe, de Luis Fernando Cueto Chavarría

En "Dos o tres cosas sobre la novela de la violencia" Gabriel García Márquez escribió en 1959 que todas las novelas sobre la violencia escritas en Colombia hasta ese momento eran malas porque se centraban en el detalle de los muertos en vez de contar el drama de los vivos: "El exhaustivo inventario de los decapitados, los castrados, las mujeres violadas, los sexos esparcidos y las tripas sacadas, y la descripción minuciosa de la crueldad con que se cometieron esos crímenes, no era probablemente el camino que llevaba a la novela".

Luis Fernando Cueto Chavarría ganó en 2011 el Premio Copé Internacional de Novela, que otorga Petroperú, con "Ese camino existe" una novela exhaustiva en el inventario de las modalidades de violencia cometidas por Sendero Luminoso y por el Ejército Peruano en la zona de Ayacucho en los años 80. 

Masacres, mutilaciones, torturas, disparos, homicidios con arma blanca, desplazamientos forzados, secuestros, violaciones, infanticidios, profanación de cadáveres, bombas... no hay modalidades de la violencia que queden por fuera de este registro en el que se evidencia un afán por construir una memoria del horror, contado con aparente neutralidad: el autor intercala capítulos en el que uno se centra en la vida en el batallón con capítulos que narran la vida en el pueblo al que luego llega Sendero y termina borrado del mapa. 

El libro presenta numerosos personajes que no acaban de construirse cuando mueren de manera violenta, a excepción de Cubo, el infante de marina que cuenta lo que ocurre en el cuartel y que muestra consciencia sobre la cantidad de violaciones a los derechos humanos que allí ocurren. 

Aunque Colombia vivió fenómenos de violencia y paramilitarismo comparables con los que vivió Perú, la atmósfera de Ese camino existe resulta lejana al terreno colombiano por cuenta de la geografía que minuciosamente construye el autor, y que muestra un territorio frío, en el que cae una permanente garúa y en el que los desplazados caminan entre chacras y peñascos. Un territorio pobre, lejano y hostil, que hace aún más áspero el drama que narra la novela. 

Algunas frases
hombres desconocidos que, de sorpresa, se aparecieron un día con el propósito de imponer, en nombre del Perú, un concepto de orden que sólo existía en sus desquiciadas mentes. Los desconocidos pasaron, como aves peregrinas, y nunca más volvieron a interesarse por esas comunidades perdidas en la lejanía; sin embargo, con seguridad, los sobrevivientes de esos pueblos, los huérfanos y las viudas, los recordarían a cada momento por el resto de sus vidas (p. 214)

Todos los demás, sean del bando que fuere, estaban condenados, tarde o temprano, a acabar perdiendo. Esa era la verdad: era una guerra para perder, para terminar muriendo en cualquier parte del camino, más arriba o más abajo, pero muerto, al fin y al cabo, sin importar de qué lado estuvieras (p. 216).

Todos los hombres saben que van a morir, sólo que nosotros lo vamos a hacer de la mejor manera, por una gran causa. Y por ese motivo nos encumbramos por encima de los demás mortales. Esa es la diferencia. Ese es nuestro valor agregado (p. 241)

La frazada sobre la cual yacía el universitario estaba seca; entonces, Ordenanza cayó en cuenta de que alguien, con seguridad otro detenido, había cambiado la anterior manta húmeda. Este hecho lo conmovió. Quizá no todo está perdido, pensó. Quizá en las peores condiciones, en el fondo de tanta crueldad, aún era posible encontrar una pequeña chispa de solidaridad que brotase de improviso y expandiera su calor en el corazón de todas las personas (p. 279)

¿Qué pecado tan grande habían cometido para merecer ese castigo? ¿Por qué, de pronto, el mundo se había estrechado tanto que ahora tenían que vivir entre dos fuegos? Si no es uno, es el otro. La represión o el Partido, y nosotros en el medio. ¿Quién redujo el mundo de ese modo? ¿Cuándo? ¿Con el permiso de quién? Si antes eran libres de caminar por los cerros, por la cordillera y la montaña, ¿por qué ahora desfilaban por un callejón oscuro, sin escapatoria? Y, lo que es peor, ¿cuándo acabaría ese andar sin esperanzas? (p. 291)

No hay río que cruce el mundo que no se pueda pasar, sino no hubieran cristianos en la otra orilla; así saben decir los arrieros... (p. 306).

Su nombre era Simón. El hombre que había en- terrado hacía pocas horas, en la madrugada, se llamaba Simón. Y eso era distinto. Ya no se trataba de una cifra, de un número, sino de una historia. Y no comprendía por qué la carga que había sobrellevado ligera hasta ese momento, de pronto se volvía insoportable en su conciencia. Simón. (p. 356).

Siempre que alguien habla en nombre de la Patria es por- que está tramando hacer alguna pendejada. Alguien dijo, no sé quién, no recuerdo dónde, que la Patria tiembla cuando se acercan sus defensores (p. 395)

Vio rápidamente sus rostros: eran jóvenes, imberbes, y estaban tan desorientados y angustia- dos como los detenidos. Si los roles se invirtieran, pensó, el mundo no se detendría, nada cambiaría. Casi no hay diferencia entre el verdugo y su víctima. ¿Por qué unos muchachos tienen que vivir y otros marchar al encuentro de la Muerte? (p. 410).

Ese camino existe

Luis Fernando Cueto Chavarría

Ediciones Copé

Lima, 2012

420 páginas.






jueves, 30 de mayo de 2019

La cuarta espada, de Santiago Roncagliolo

La cuarta espada es un libro de no ficción. Un reportaje periodístico en el que su autor, Santiago Roncagliolo, se plantea un objetivo aparentemente simple pero lleno de dificultades: contar quién es Abimael Guzmán, el líder de la organización Sendero Luminoso, que desde 1980 y hasta su captura en 1992 promovió una guerra contra el gobierno peruano que dejó un saldo de 69.000 víctimas, la mitad de ellas a manos de las fuerzas militares.

Abimael Guzmán es una figura famosa de la que poco se sabe. No da entrevistas, no habla con periodistas y su discurso es ideologizado: sus textos hablan de Mariátegui, de Mao, de Stalin. Maldice el revisionismo de Nikita Kruschev y de Den Xiao Ping. El Che y Fidel le parecen blandos. Pero más allá de su pensamiento político-filosófico es poco lo que se sabe de él: que nunca llora, que su mamá lo abandonó cuando tenía 10 años, que siempre fue un tipo rudo y que fue un alumno brillante de derecho y un profesor destacado. Poco más.

Roncagliolo trata de armar el rompecabezas de quién es el Presidente Gonzalo a partir de los textos que hay sobre él, los videos, las declaraciones ante la Comisión de la Verdad y los testimonios de las personas que tuvieron alguna relación con él: un hermanastro, el libro de una hermanastra, otros militantes de Sendero Luminoso, compañeros de universidad y al final su última esposa, Elena Iparraguirre, también capturada con él en 1992 y condenada como Abimael Guzmán a cadena perpetua.

El título del libro alude al ideario de Abimael Guzmán, quien pensaba que después del Marxismo, el Leninismo y el Maoismo vendría el Gonzalismo, que se convertiría en la cuarta espada del comunismo mundial.

Los muchos muertos que causó Sendero Luminoso y lo recientes de los hechos narrados hacen que este sea un libro quizás difícil para el público peruano, que lo puede encontrar condescendiente, débil o poco comprometido. Sendero Luminoso cometió numerosas masacres de campesinos y como carecían de armas muchas fueron perpetradas con piedras y machetes. La crueldad de sus actos hace que, como dice el libro, para muchos peruanos sea preferible tener 10 inocentes detenidos bajo la sospecha de haber militado en Sendero Luminoso que un terrorista en libertad. Frente a este fanatismo de buenos y malos Roncagliolo se permite la duda y mostrar que en la escala de blancos y negros hay demasiados grises: cuestiona las fuerzas militares y paramilitares de los gobiernos de Alan García y Fujimori, las condiciones de extrema pobreza de la provincia de Ayacucho en donde nació Sendero Luminoso y las desigualdades económicas y de clase que se viven en Perú.

Se trata de un libro útil y necesario para entender la violencia guerrillera que vivió el Perú, y que sin mencionar a Colombia también enciende luces sobre lo que se vivió acá.


Algunas frases:
"un comunista tiene claro quiénes son los buenos y quiénes son los malos en este mundo. Un comunista, por sobre todo, es inclaudicable y sus principios son inamovibles. No importa qué evidencia se le muestre, no importa qué hechos se eleven ante él, se mantendrá imperturbable religiosamente seguro de que la realidad pertenece al mundo de las apariencias, y que en el fondo, en el plano de las esencias, más allá de toda discusión posible, hay una verdad fundamental que él conoce. Todos los puntos de vista que se opongan a esa verdad son farsas, productos de una gran conspiración destinada a asegurar el orden social por cualquier medio" (p. 66).

"epistemológicamente el marxismo no funciona como una ciencia sino como una religión, con su propia moral, sus sagradas escrituras y su paraíso prometido. Y, sobre todo, con su código de acción, un código que lleva directamente al martirio" (p. 72).

"La guerra es una especie de empujón que le damos a la historia para que se dé prisa" (p. 72).

"Ya he entrevistado a gente que se niega a hablar de un tema. Es sorprendente la facilidad con que, si se cambia el punto de vista, terminan hablando de todo lo que acaban de decir que no hablarían. Es cuestión de que se relajen, se sientan cómodos, se sientan escuchados. Es un proceso lento pero, con cierto oficio, no es difícil" (p. 177).

"-Bueno, Maritza, pero yo no tengo tus ideas. Lo que yo escriba puede no gustarte.
-Claro. El mundo sería muy aburrido si todos pensáramos igual".

"Es más difícil odiar con tranquilidad a alguien con quien has conversado. Algo en tus defensas morales se viene abajo cuando te ves obligado a reconocer que el monstruo habla tu idioma, tiene amigos: en suma, no es tan distitno de ti (p. 187).

"Cuando me dirijo a un agente del estado, siempre enfatizo que la prensa internacional quiere conocer de cerca la gloriosa derrota del terrorismo en el Perú. En cambio, cuando me dirijo a alguna fuente cercana al Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso, digo que la prensa internacional quiere conocer la versión de sus compañeros que ha sido silenciada. En realidad, ambas cosas son ciertas. Lo demás es una formalidad, tengo que demostrar a cada fuente que conozco su lenguaje. Esto es política. Las palabras están llenas de sentidos distintos, según quién las escuche" (p. 204).




La cuarta espada. La historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso
Santiago Roncagliolo
Editorial Debate - Random House Mondadori
Bogotá
2007
286 páginas

martes, 1 de mayo de 2018

No soy tu cholo, de Marco Avilés

El cholo es un término que usan los peruanos pero que puede tener sinónimos o equivalentes en Colombia. Cholo es un insulto: sirve para rotular al que no es blanco, al que no es rico, al que se ve, por su raza, más aindiado, más mestizo, más moreno, y, por ese motivo, se sospecha entonces menos educado, menos capaz, menos digno.

No soy tu cholo plantea a partir de situaciones totalmente cotidianas, como las entrevistas en radio, el ingreso a las discotecas o las playas privadas, la exclusión de nuestras sociedades por razón de la raza, aunque no es sólo el color de la piel: si eres cholo pero tienes plata entonces no eres tan cholo. Ser cholo es ser pobre, es no tener el dinero suficiente para comprar un apartamento o un estatus social que te quite la condición de cholo.

Marco Avilés no echa cantaleta, no hace un ensayo retórico sobre los problemas del racismo en el Siglo XXI o las injusticias que implica suponer que hay razas o clases superiores y otras excluidas. Su función no es la del sociólogo que teoriza sino la del cronista que muestra: Avilés hace evidente y visible lo que está a los ojos de todos pero a fuerza de cotidianidad ha dejado de indignar. Su técnica narrativa es el testimonio y con ello gana en fuerza e intensidad.

Cuando Avilés describe que Lima ha construido un muro para privatizar las playas resulta imposible no pensar en Cartagena o en Santa Marta, en la zona de Pozos Colorados, Gaira y El Rodadero. Cuando Avilés señala que los conjuntos cerrados se edifican en zonas que eran parques públicos inmediatamente se piensa en los megaproyectos urbanos que se han construido a costa de desplazamiento interno de antiguos habitantes de barrios tradicionales que súbitamente se vuelven de interés para los constructores. Cuando Avilés habla de Perú resulta imposible no pensar en Colombia. Y ese es quizás el principal mérito de este breve libro: constatar que en pleno Siglo XXI, nuestros países, profundamente mestizos, siguen soñando con el blanqueamiento del que se hablaba hace ya cien años.

Algunas frases:
Las palabras son seres más duraderos. Se heredan. Pasan de generación en generación y le dan forma a lo que somos.

Cumplir el sabio consejo del maestro Ray Bradbury: escribe al menos mil palabras cada día.

Por definición, los racistas son incapaces de advertir su propia suciedad.

La lucha contra el machismo no es una batalla de las mujeres contra una sociedad que las maltrata. Es una batalla de todos contra esa misma sociedad taimada, cortesana y calzonuda que así como las oprime a ellas también lo hace con los cholos, con los campesinos, con los homosexuales. El monstruo al que nos enfrentamos es el mismo.

Los limeños somos invasores de nuestro propio espacio común. Forasteros permanentes.

Lima es una ciudad de posguerra.

El muro de Lima es una obra digna de estudio psicológico (...) el muro de Lima tiene un aspecto útil. Es la arquitectura del innegable racismo que divide el país.

Asisten a una universidad privada, de esas que tienen espíritu de centro comercial: los baños tienen aromatizador, pero las bibliotecas carecen de libros. En ese modelo educativo, los estudiantes reciben trato de clientes.

Es la eterna disyuntiva de los cholos. Si no vienen a Lima, no existen.

O sea, los cholos jamás podremos soñar con ser cholos.

Es el efecto de la piel blanca. Te otorga el privilegio de la neutralidad.

La pobreza, la de ellos y la mía, es un idioma común.

El cholo cholea no porque no se siente cholo, sino porque intenta jugar como blanco.

La raza no solo se "mejora" teniendo hijos con alguien de piel más clara, sino acumulando más dinero, pasando por una universidad costosa, mudándote a otro barrio, podando las ramas de tu árbol genealógico, cortando tus raíces, olvidándote de dónde vienes.

El racismo es un demonio familiar. Vive con nosotros, se sienta en nuestra mesa, se echa en nuestra cama, nos susurra al oído.

Todo periodista es un turista que cree conocer las miserias del mundo porque las ha visto o caminando entre ellas. Esta profesión te vende esa ilusión. Pero hay un nivel de la pobreza que solo se conoce siendo pobre.

Según esa mentalidad rancia, el pobre no tiene derecho a hablar de su pobreza ni a protestar para que lo escuchen.

inmigrante... esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos desde el sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos, a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. 

El limeño es bien acogedor con el inmigrante. Con el inmigrante extranjero, quiero decir. Con los que venimos de provincias la historia es más jodida.

Cuando eres pobre la carrera que eliges no siempre es una expresión directa de tu talento o de lo que quieres ser en el futuro, sino la ruta que emprendes para salir de la pobreza.

¿Es tan difícil notar el privilegio cuando tú eres el privilegiado?


No soy tu cholo
Marco Avilés
Editorial Debate
Perú
Agosto de 2017
59 páginas

lunes, 5 de junio de 2017

Contarlo todo, de Jeremías Gamboa


Jeremías Gamboa es un escritor peruano que dejó el periodismo para dedicarse a la literatura. En 2013 publicó su primera novela, titulada "Contarlo todo", una obra que narra la historia de Gabriel Lisboa, periodista peruano que abandona su oficio para dedicarse a escribir un libro titulado "El día de contarlo todo". Así de autobiográfica es esta historia: una novela real con nombres cambiados.

Gabriel Lisboa es un muchacho de bajos recursos que vive con unos tíos en el populoso barrio Santa Anita, de Lima. Con esfuerzo estudia en una universidad privada, se gradúa, trabaja en medios de comunicación y de pronto decide abandonar su carrera exitosa para dedicarse a escribir. Jeremías Gamboa nos narra la historia de Gabriel con todos los detalles. Su misión es "Contarlo todo": Las novias de Gabriel, sus inseguridades, sus amigos, las dificultades económicas, el sexo, las lecturas, la ropa que usa, la música que oye, el paisaje de su barrio. Lo cuenta todo en una narración hiperreal de 500 páginas en las que el lector se adentra en los pensamientos y temores de Gabriel, y de su mano en la ciudad de Lima de los años 90 y comienzos de 2000, en las salas de redacción, en las conversaciones absurdas con sus amigos. 

Se trata de una vida común y corriente. Tan común, tan corriente, tan ordinaria, que habrá quien piense que de las 500 páginas del libro sobran 400 porque en muchos capítulos la acción es apenas la vida cotidiana: Gabriel en el trabajo, con novia nueva, en la universidad, trotando por las mañanas, intentando superar el bloqueo de la página en blanco. A los lectores que buscan grandes acciones, aventuras, viajes o suspenso, más les vale cambiar de página. En este libro no hay homicidios ni suicidios; no hay accidentes súbitos ni grandes tragedias, distintas a la tragedia que a veces significa llegar al final del día o al final del mes. 


La belleza del libro está en la narración detallada y amorosa de la vida común, con la que se puede identificar fácilmente cualquier lector de clase media latinoamericano. Es una novela juvenil que comienza con Gabriel universitario y termina con el protagonista de 28 años. Un personaje que se transforma a medida que el libro avanza, y que desnuda defectos y debilidades del protagonista, alter ego del escritor: las inseguridades sobre la calidad de su obra, que son explícitas, pero también otras menos evidentes pero igualmente visibles, como cierto machismo y algo de resentimiento social. 

La novela es también un texto sobre la dificultad de escribir una novela: la falta de tiempo, de inspiración, de tema; la dificultad para encontrar una voz, un tono, y la pregunta sobre si vale la pena el esfuerzo. Finalmente Gabriel logra escribir su libro, que es el de Jeremías Gamboa, un autor que contó con la bendición de Mario Vargas Llosa y Carmen Balcells para el lanzamiento de esta primera obra en la que cuenta toda su vida. Habrá que esperar si después de contarlo todo, le queda algo por decir en otro libro. Algo que valga la pena. 

Algunas frases:
Quizás se trate simplemente de eso, de que he aprendido finalmente que la cosa es hacer y no juzgarme. Eso es. De vencerme escribiendo. Y basta. 

-Usa puntos para separar ideas. Si tienes ideas, estas se separan por puntos. Una idea, un punto. Los textos, todos los textos, son cadenas de ideas. Por eso están separados por puntos. Tienes las ideas. Debes separarlas por puntos. Siempre.
-No adjetives; eso es de señoritas relamidas y de poetas. Sin adjetivos. Con ellos perdemos seriedad.
-Si tienes ideas sólidas, tus textos serán breves. Textos larguísimos casi siempre denotan falta de ideas. 

Escribo sobre esos primeros años en la universidad y me doy cuenta de que fue en ellos también cuando por primera vez empecé a leer literatura. No se bien por qué comencé a hacerlo. En cierto momento, quizás, pensé que me ayudaría a suplirlas desventajas de lenguaje que notaba ante algunos profesores y ciertos alumnos de la universidad, pero ahora creo que en el fondo lo hice por una irremediable sensación de soledad y cierto desasosiego.

Siempre puede haber un poeta de verdad escondido detrás de cualquier puerta. Los buenos escritores nunca se hacen notar.

Ferrero me enseñó algunos de los aspectos del lenguaje que yo aún desconocía o de los que todavía no tenía plena conciencia, y que con el tiempo me convertirían en un editor: la inutilidad de los gerundios y los conectores lógicos, el abuso de las frases subordinadas, el tipo de palabra que evidenciaba pobreza léxica y la total necesidad de encontrar el término más justo para aquella idea que deseábamos compartir con los lectores.

Para tener los temas más diversos y novedosos en una revista era indispensable reclutar seres excéntricos y balas perdidas lo suficientemente freaks como para ver el mundo desde perspectivas fuera de lo común. 

Porque ella, la vida, como un manuscrito en proceso podía reescribirse. Y entonces yo tendría la posibilidad de reformular ciertas frases y suprimir otras, buscar nuevos personajes y quedarme con los que me gustara. 

No tenía la más puta idea de cómo yo me podía enseñar a mi mismo a escribir lo mío si precisamente era yo quien ignoraba todo. 

Encendía la máquina religiosamente y me sentaba frente a su pantalla, pero la verdad es que hacía cualquier cosa menos escribir: miraba el documento abierto como un autista, pensaba en cosas absurdas, esperaba el mínimo estímulo para encontrar una excusa y abandonar la silla y así alejarme de la comprobación diaria de mi ineptitud. Supongo que esperaba demasiado de mí, y que ahí radicaba la base de todo el problema, pero por esos días no tenía la menor capacidad de darme cuenta. 

El escritor de verdad -así lo pensé- debía estar haciendo eso siempre, atravesar esa parte trabajosa que para el tablista era salir al frío de la playa de mañana, preparar su tabla y su ropa, calentar y meterse al mar aun cuando las olas se vieran pésimas y lo más probable es que saliera decepcionado de ellas. ¿Tendría recompensa estar braceando obstinadamente en el agua? La tendría cuando viniera la ola perfecta y uno no estuviera en otro lugar que frente a ella, dentro del mar, y supiera tomarla en el tiempo correcto para después mantenerse encima de la tabla. Los libros que a mí me encantaban habrían sido escritos por hombres así, que habían permanecido sentados ante una máquina de escribir o frente al papel a la espera paciente de la ola interior aun cuando no ocurriera nada. Escribir era eso.

sus esfuerzos debían dirigirse por completo al logro de una frase que no fuera bonita ni sonora sino "auténtica", una que contuviera realmente una verdad. Aunque se preguntaba cómo diablos definir la "verdad".

le empezaría a hablar a su amigo de armas imperceptibles guardadas en los cajones de las casas, de heridas que la gente que se quiere de veras se propina sin intención y control alguno, de la erosión del tiempo que de pronto detiene las cosas o las congela. 


Contarlo todo
Jeremías Gamboa
Editorial Mondadori
Barcelona
2013
507 páginas

sábado, 11 de enero de 2014

El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa

El héroe discreto es un libro discreto. Dentro de la prolífica obra de Mario Vargas Llosa, su última novela es una obra que empieza fuerte, porque tiene un protagonista definido, metido en un embrollo que parece complejo, pero al avanzar las páginas la historia se difumina en medio de diálogos, descripciones e historias que quizás pudieron editarse, para dejar una historia central más corta y contundente.

El libro está construido a partir de dos historias paralelas que sólo se unen al final: Por un lado, las amenazas y extorsiones a Felícito Yanaqué, un hombre humilde, propietario de una empresa de transportes en Piura, y por otro lado las vicisitudes de Don Rigoberto, su esposa Lucrecia y su hijo Fonchito (los mismos de Los Cuadernos de don Rigoberto), que ven como se complica su vida cuando Ismael Carrera, jefe de don Rigoberto, decide casarse con su empleada del servicio.

En el manejo del lenguaje me parece novedoso el uso de diálogos mezclados: dos personas conversan sobre lo que otras dos conversaron, o evocan otro diálogo, y ambas conversaciones se entremezclan sin confundir al lector y sin necesidad de atribuir permanentemente la voz a cada personaje.

Aparecen acá además de Don Rigoberto, el policía Lituma, de Lituma en los Andes, y se menciona la Casa Verde. "Homenajes" o nostalgias del autor por sus personajes idos.


Algunas citas:
Felícito recordó las palabras de su padre antes de morir: "Nunca te dejes pisotear por nadie, hijo. Este consejo es la única herencia que vas a tener".

- Tú y yo somos buenos amigos, ¿sí o no? -le soltó su jefe de pronto, como despertando.
- Supongo que sí, Ismael -repuso Rigoberto-. Si es que entre un patrón y su empleado puede haber de veras amistad. Existe la lucha de clases, ya sabes. 

Aprendieron inglés pero hablaban un español de analfabetos mechado con toda esa horrible jerga y apócopes de la juventud.

A él le parecía que Gertrudis se había convertido con los años en una especie de mueble, que había dejado de ser una persona viviente.

Oyendo la voz de esa muchacha le pareció comprender cabalmente por primera vez, muchas palabras de los valses criollos que antes le parecían misteriosas e incomprensibles como arpegios, celajes, arrobo, cadencia, anhelo, celestía.

Sólo se debe llevar una pistola cuando uno está dispuesto a usarla y usted no me parece una persona capaz de matar a nadie.

Tendrías que leer un poco la Biblia, hijito. Como cultura general. El Nuevo Testamento siquiera. El mundo en que vivimos está repleto de referencias bíblicas y si no las entiendes vivirás en la confusión y la ignorancia total. Por ejemplo, no entenderás nada del arte clásico, de la historia antigua.

Se supone que el diablo no existe. Yo creía en él cuando te conocí, Rigoberto. En Dios y en el diablo, como cree toda familia católica normal. Tú me convenciste de que eran supersticiones, tonterías de la gente ignorante.

Un psicólogo puede ser más peligroso que el mismísimo diablo, lo supe desde que leí a Freud.

Pero el potito, te habrás fijado, deja bastante que desear. No es muy tocable. No acabó de desarrollarse, no floreció, en algún momento se quedó atrofiado. En mi sistema de clasificación, el suyo es un culito tímido, ya me entiendes.

En las biblioteas, a veces uno se aisla demasiado del mundo de todos los días, de la gente común. Yo no creo en tus espacios de civilización, que te apartan de los demás y te convierten en un anacoreta.

Es verdad que es imposbile conocer a fondo a las personas, todas son insondables.

La función del periodismo en este tiempo, o por lo menos, en esta sociedad, no era informar, sino hacer desaparecer toda forma de discernimiento entre la mentira y la verdad, sustituir la realidad por una ficción en la que se manifestaba la oceánica masa de complejos, frustraciones, odios y traumas de un público roído por el resentimiento y la envidia. Otra prueba de que los pequeños espacios de civilización nunca prevalecerían sobre la incomnensurable barbarie.

Pero un día perdí la fe y nunca más la he recobrado. Creo que la perdí apenas empecé a pensar. Para ser creyente no conviene pensar mucho.



El héroe discreto
Mario Vargas Llosa
Editorial Alfaguara
2013
383 páginas