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domingo, 19 de mayo de 2024

Niñapájaroglaciar, de Mariana Matija

Niñapájaroglaciar es el relato escrito en primera persona por Mariana Matija, diseñadora visual nacida en Manizales que se dedica a trabajar en proyectos de activismo ambientalista que buscan cambiar la relación con la tierra.

Este libro está escrito con un lenguaje singular, cercano al tono de la oralidad, que seguramente otras mujeres que crecimos a finales del siglo XX en Manizales podemos sentir tan cercano que el texto nos convierte a nosotras, las lectoras, en otras niñaspájaroglaciar, en la medida en que abre los sentidos para ver, oír y apreciar la riqueza del entorno cercano. 

Mariana Matija visita Islandia y descubre que en islandés muchas palabras se forman de unir dos sustantivos: el volcán que explotó allá se llama Eyjafjallajokull que significa algo así como Islamontañaglaciar, y así hay otras palabras que le permiten construir a la autora, desde el lenguaje, conceptos singulares que van desde tucuerpomicuerpo, para explicar la simbiosis con una gata, hasta Niñapájaroglaciar, el título del libro, que refleja bien el tipo de ser que ella es. Con ese lenguaje ella comunica y saca al exterior su paisaje interno, poblado de un amor expandido a múltiples formas de vida y a distintos lenguajes distintos al habla de los humanos.

Niñapájaroglaciar es un texto autobiográfico que trasciende en mucho la mera anécdota. Hay humor, hay una crítica al colegio, hay recuerdos de la infancia y la adolescencia, hay una lectura sobre lo que significa ser niña en una sociedad machista y hay, sobre todo, un duelo que no se enuncia como tal: el duelo por los animales que se extinguen, los glaciares que se derriten y el paisaje que cambia. Las montañas que se pueblan de árboles de aguacate, en fila y uniformados como si estuvieran en un colegio. Un duelo que duele, por sentir que el paisaje amado muere y que los humanos siguen siendo incapaces de entender que son un animal más. El animal más destructor.


Algunos subrayados 

Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide (p. 10).

Llegaron a mi vida inesperadamente y, como todas las cosas bellas, trajeron un nuevo vacío, el que me quedaba en el corazón y en el estómago cuando íbamos a la cabaña (p. 12).

Cuando volví a Manizales y oí un afrechero me sentí en casa. Mi casa es la sensación que me aparece en el cuerpo al oír el canto de los afrecheros (p. 16). 

no recuerdo cómo eran los nevados cuando estaba chiquita, aunque recuerdo haberlos mirado mucho. Pero sí sé cómo son ahora y puedo compararlos con fotos tomadas antes de que yo naciera y darme cuenta de cuánto han cambiado sus glaciares. Tampoco recuerdo cómo eran los cerros que rodean a los nevados, pero me imagino que estaban menos pelados que ahora. Me gustaría recordar. Me gustaría tener fotos. Me gustaría haber tenido la lucidez para hacer un registro de los nevados y los cerros que los rodean, para poder saber cómo se han transformado (p. 18).

Están en el mismo lugar pero no siguen siendo los mismos y no todo está bien. Los glaciares están subiendo, buscando pisos térmicos más fríos que no existen. Están deshaciéndose, chorreándose en riachuelos que son tragados por la vegetación esponjosa y las lagunas del páramo. El páramo, por lo tanto, tampoco es el mismo: está tragándose a los glaciares porque no le queda más remedio, y después los deja seguir chorreando hacia abajo ya convertidos en agua que no volverá a ser hielo, o por lo menos no de ese glaciar. Tal vez llegará a una bocatoma y pasará por un tubo y llegará a un grifo de un lavaplatos en una casa en la que se convertirá en hielo de cubeta para echarle a una cocacola que será bebida por alguien que no sabe que su hielo está hecho con agua de un glaciar en extinción (p. 19). 

La memoria siempre es creativa, pero unas veces más que otras. Recuerda, sí, pero también inventa y hace collages mezclando cosas que sí pasaron y que se vivieron en primera persona, cosas que sí pasaron y que llegaron a través de la experiencia de otra persona, y cosas que no pasaron pero hacen que la historia sea más interesante o más digerible o más tolerable. Y la memoria, claro, también olvida (p. 23).

no hay malestares o bienestares, sino solo estares que a veces se sienten bien y a veces no tanto (p. 36).

No sabía que ser niña implicaba tener un límite, un borde (p. 45). 

Descubrí que unas palabras mal escogidas podían matar lo que amo (p. 50).

Yo no quería correr para darle vueltas a la misma cancha ni jugar los mismos partidos obligados de baloncesto ni darme golpes en los antebrazos con los balones de voleibol que parecían de piedra ni nada de lo que nos ponían a hacer para castigarnos por el pecado horrible de ser cuerpos, de ser niñas y cuerpos en un mundo que no nos veía como animales sino como máquinas que transportan mente (p. 53). 

El colegio era el lugar en el que me tenía que vestir y comportar igual que todo el mundo, en el que tenía que pensar en cómo sentarme porque tenía falda todo el tiempo y entonces se me veían los calzones, en el que no me podía subir a los árboles ni rodar por la manga ni correr con las perras. Era el lugar en el que si me reía mucho me ganaba un regaño. Si hablaba mucho me ganaba un regaño. Si dibujaba mucho me ganaba un regaño. Era la feria del regaño (p. 56). 

en esa temporada en la que el foco de mi atención se hizo más y más pequeño, hasta que parecía que solo cabían mis propios inflamados dramas, cuando pensaba que iba a descubrir quién era yo metida en un salón de espejos, mirándome a mí misma y a otros que se me parecieran, mirándome el ombligo sin verlo (p. 64). 

Hay gente que piensa que llorar por la muerte de un perro amado es una exageración, pero es porque nunca han amado a un perro, así que en sus vidas no cabe el vacío de esa ausencia. Para que haya espacio para ese vacío la vida se les tendría que haber expandido antes lo suficiente para contener todo ese amor (p. 66). 

Y cuando se acababan las vacaciones -o al menos la parte de las vacaciones que pasaba en la cabaña 4- y volvíamos por esa misma carretera hacia Manizales, me quedaba mirando los bordes negros de esos árboles en contraluz en un fondo de atardecer de muchos colores, y sentía esa mezcla entre tristeza y alegría que suele aparecer en el paisaje interno cuando uno se despide de un paseo y vuelve a la casa (p. 133). 

Hasta llegar a Bogotá que también está arriba y por eso también es fría, aunque es un frío que siempre sentí muy diferente al de Manizales, más seco, con menos nubes, sin miradas directas de glaciar (p. 138).

no recuerdo haberme sentido orgullosa de haber nacido en Manizales. Tampoco me avergonzaba, sencillamente no pensaba que haber nacido en una ciudad particular pudiera decir algo importante sobre mí o pudiera tener algo que ver con quién soy (p. 140). 

Manizales va a cambiar un montón cuando se termine de morir el glaciar del Poleka Kasué. Va a cambiar mucho más de lo que podemos percibir, más de lo que muchos humanos están dispuestos a reconocer. El cambio no va a ser simplemente que se deje de ver la cubierta blanca de una montaña, porque cuando se extingue un glaciar no solo se extingue ese glaciar, sino que con él se extinguen todas sus relaciones: aparecen dolores de ausencia en los paisajes internos de todos los seres que lo han amado y se extingue su propio paisaje interno. Se extinguen las conversaciones que surgen entre su brillo blanco y el de las nubes que le pasan por encima, las cartas subterráneas que le escriben sus aguas derretidas a las raíces de las plantas paramunas, se extinguen familias de rocas que se mantienen juntas bajo su peso, se extinguen las caricias específicas que el viento tiene para las formas de ese hielo, se extinguen los caminitos que ha aprendido a horadar el agua, se extinguen las canciones que canta con aire frío y que escuchamos con la piel los animales que vivimos bajo su mirada (p. 143). 

Me encerré para protegerme de la tristeza y no me di cuenta de que me metí en una jaula (p. 151).

El volcán está activo. Echa fumarolas, echa cenizas, tiembla. Tiene hielo arriba y fuego adentro. Es un borde. Un fin del mundo. Estoy suficientemente lejos para que parezca que lo único que pasa es lo grande, pero cada vez que miro procuro recordar que allá siempre está pasando también lo pequeño. Aunque yo no los alcance a ver desde aquí, allá hay conejos de páramo corriendo y escondiéndose entre los matorrales, hay pájaros haciendo nidos en las ramas de los arbustos, hay bichos escarbando la tierra y abriendo madrigueras para poner huevos, hay lluvia cayendo y rodando por los pelos de las orejas de los frailejones y por los pelos de las orejas de las vacas, hay plantas pequeñísimas haciendo hojas nuevas, hay conversaciones entre todos los animales, entre la fumarola y el aire, entre la ceniza y el hielo. Afilo los oídos para escuchar esas conversaciones pequeñas. Me dicen que la Tierra habla por arriba, por abajo, por la mitad. Habla en voces de hace millones de años. Algunas desaparecieron y ya no se oyen. Otras han cambiado tanto que parece que ya no son ellas pero todavía no se han ido (p. 189).


Niñapajaroglaciar
Mariana Matija
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
2023
192 páginas

miércoles, 17 de enero de 2024

La Amazonia, de Eliane Brum

Eliane Brum es una premiada periodista brasilera que nació en Ijuí, en el estado Río Grande del Sur, al sur de Brasil. Allí creció, estudió, tuvo a su hija y empezó a trabajar como periodista. Durante muchos años se definió como gaucha, esa cultura que comparte territorio con Argentina, Uruguay y Paraguay y que se enorgullece del dominio del hombre sobre el campo abierto. Cuando tenía 30 años empezó a trabajar en una revista de Sao Paulo. Allí vivió 17 años, se casó, habitó un apartamento de clase media y viajó en labores de reportería a distintas zonas de los Brasiles, como ella los llama, en plural. 

Alguno de esos viajes la llevó a la Amazonia. Viajó, regresó y cada vez sintió con más fuerza la necesidad de hacer algo más que entrevistas y reportería. Sintió que la emergencia climática, la destrucción de la selva, necesitaba un activismo radicales y por eso en 2017 tomó la decisión de dejarlo todo y radicarse en Altamira, una ciudad de 110.000 en plena selva amazónica. Para llegar desde Sao Paulo hay que tomar 3 vuelos y, como si fuera poco, Altamira ostenta el primer lugar en homicidios en Brasil.

"La Amazonia" cuenta todo esto. Es un testimonio en el que Eliane Brum habla en una contundente primera persona, desde las entrañas. Dice que está en un proceso de forestación: de dejar la blanquitud para integrarse a los pueblos-selva, aunque sabe que por su origen es mucho lo que no puede ver ni entender de los pueblos ribereños, indígenas y de los "más que humanes", como denomina a los animales, en una apuesta política desde el lenguaje por abandonar el antropocentrismo.

La Amazonia habla del racismo, de la amenaza política de personajes como Jair Bolsonaro, pero también de la hipocresía de la izquierda política que defiende un desarrollo sostenible que permite exploración petrolera, carreteras e hidroeléctricas en plena selva amazónica. Eliane Brum denuncia el asesinato de líderes ambientales, la manera como desde el poder central se abandona a la selva a su suerte y su suerte son hombres armados que, con la complicidad de poderes locales, deforestan, desplazan y amenazan. A las quemas de árboles y a los parches deforestados se suman otras zonas de "selva carcaza": territorios que desde el aire se ven verdes, pero que abajo han sido talados a intervalos, para sacar maderas valiosas que supuestamente no se pueden explotar.

Y en medio de tanta violencia y tanta tristeza hay también relatos de resistencia. De re-existencia: los liderazgos ambientales femeninos, los feminismos amazónicos, las investigaciones científicas, la presencia de misioneras que defienden los derechos de los indígenas y los ribereños y las formas organizativas comuntarias, en redes horizontales y colaborativas, que permiten la defensa del territorio.

En Colombia, cuando se habla de la Amazonía, la primera referencia que surge es la del Río Amazonas, o la de Leticia, capital del departamento del Amazonas, a orillas de ese río. No obstante, la Amazonia es mucho más que el río. En Colombia la selva amazónica cubre el 23,3% del territorio colombiano, incluido el marino, y el 42,3% de la parte continental. Es decir: casi la mitad de nuestro territorio continental es amazónico, y el Amazonas es apenas un río que nos toca en la punta sur. Este contexto es importante para comprender el concepto de Amazonía que desarrolla Eliane Brum: una enorme selva tropical que se despliega a través de 436 páginas y sólo en una de ellas, de manera tangencial, se menciona el río Amazonas.

Brum hace un esfuerzo por escribir su libro en lenguaje neutro (otres, nosotres, humanes y no humanes, etc.). No obstante, la traducción al español de España (vosotros, os digo, pensad que...) hace que en muchos pasajes el texto se sienta distante de la calidez narrativa con la que evidentemente fue escrito, en donde las reflexiones constantes sobre el lenguaje y el ejercicio de la escritura constituyen un deleite para el lector. 


Algunos subrayados

La Amazonia lo vuelve todo literal. Ya no puedo ser cartesiana, porque el cuerpo es todo y todo lo domina. La persona que entra en la selva por primera vez no sabe qué hacer con las sensaciones que experimenta, con las partes del cuerpo que ignoraba que tenía y que, de repente, nunca la abandonarán (p. 10).

Es fácil ahogarse en la escritura. Lo difícil es no hacerlo (p. 11) 

A la muerte no le gusta morir sola. Va muriendo en cadena. La muerte no sufre de agorafobia, le gusta todo el mundo: los peces, los mosquitos, los árboles, nosotros (p. 12).

La escritura me ancla; las palabras escritas son la fuerza de gravedad que me sujetan al suelo (p. 16). 

Ahora me doy cuenta de que no sé por qué motivo elegí ese camino para contar esta historia. Pero he aprendido a no desperdiciar ninguna oportunidad para perderme (p. 16).

El antropólogo o periodista cree que está observando, pero siempre está siendo observado, y con gran diversión. Somos los conejillos de indias de estos otros pueblos. Esos para quienes nosotros, «los blancos», somos los otros (p. 17).

no hay forma de ser blanco y ser bueno en países donde los negros viven peor y mueren primero. A eso lo llamo «existir violentamente» (p. 19).

La batalla por la Amazonia no es una lucha por el desarrollo sostenible. Éste es el término empleado por quienes creen posible sortear el abismo sin renunciar al sistema capitalista que nos llevó a él. Es un discurso agradable para que, con algunos cambios cosméticos, todo pueda proseguir sin alterar radicalmente la desigualdad estructural entre géneros, razas y especies (p. 51).

debería explicar lo que significa para mí escuchar. En mi opinión es la principal herramienta de un periodista. Antes de acercarme a otra persona, procuro vaciarme de mí, de mi visión del mundo, de mis creencias, de mis prejuicios. Este vaciado no es completo, por supuesto, porque es imposible abandonar totalmente un cuerpo cultural. Pero es un movimiento fundamental. Es lo que permite que el relato de otre ocupe mi cuerpo como relato de otre, y no el relato de otre distorsionado por lo que mis creencias o prejuicios no me permiten oír. En caso contrario, no puedo alcanzar esa otra experiencia de existir (p. 62)

La lógica de la destrucción no distingue entre los cuerpos a destruir, selva o mujer. Es un elemento estructural del sistema que conforma el mundo. Más que cambiar el sistema, hay que derrocarlo, porque la violencia no es un dato más, sino la misma estructura que sostiene todo el edificio (p. 64).

En una entrevista que le hice a Eduardo Viveiros de Castro, una de las voces más originales de la antropología contemporánea, me dijo: «Los indios son especialistas en el fin del mundo, ya que su mundo acabó en el año 1500.» (p. 74).

La escritura es mucho de mucho. Y también es un arma para oprimir, subyugar, esclavizar y destruir a todos los que narran la vida oralmente, a través del cuerpo del río, de los árboles, de las piedras, de los mapas hechos de otra materia (p. 90).

El fracaso es condición de quien escribe. La vida siempre escapa. La vida desborda, la vida es más grande (p. 95). 

Hacer memoria y evitar que se olvide es una de las misiones más nobles del periodismo que merece ese nombre (p. 143).

Incluso al leer sobre ella, la Amazonia tan sólo podía captarse como una experiencia de los sentidos (p. 195). 

Las reuniones del consejo de redacción estaban salpicadas de jerga corporativa en inglés, lo que hacía que me sintiera analfabeta hasta que comprendí que la lengua inglesa era obviamente un instrumento de poder que indicaba la clase de uno. (P. 196). 

una ciudad moderna es, por definición, una ruina de la naturaleza (p. 216).

renunciar a la esperanza, una postura impopular que a menudo se malinterpreta y que siempre me causa problemas. No, no tengo ninguna esperanza. Y no, no soy infeliz ni feliz. Tampoco soy pesimista ni optimista. Estas polarizaciones me importan poco (p. 244) la esperanza ha sustituido cada vez más a la felicidad como mercancía (p. 245).

sabemos que el peor colonizador es el que no sabe que lo es (p. 273).

No creo en el sacrificio. Creo en la elección de perder para estar con los demás. Pero nunca a través del sacrificio, esa fábrica de santos que mastica carne para escupir estatuas por el otro extremo. Creo en los poetas, no en los mártires.  (p. 280).

Establecerse en algún lugar es crear un mapa afectivo (p. 286).

aunque el suicidio sigue siendo un tabú en tiempos de «paz», se convierte en una traición a la especie en un momento en que tantos luchan por seguir vivos. Pero los suicidios ocurren. Y no son raros (p. 291).

Un buen antropólogo vive con un pueblo indígena durante años, décadas, no para entenderlo, sino para traicionarlo menos en lo poco que entiende. Lo mismo ocurre con los periodistas como yo. Lo único que conseguimos es narrar otra experiencia, después de que haya recorrido nuestro cuerpo, siempre después de que haya recorrido nuestro cuerpo (p. 313).

el lenguaje es un campo donde se libran continuamente las batallas realmente importantes (p. 315)

la humanidad es un club exclusivo restringido a la minoría dominante (p. 352). 

Es importante repetir, una vez más, que en el pasado nunca hubo paz. Sabemos que el pasado estuvo plagado de conflictos, sometimientos, supresiones y exterminios. Déspotas electos como Trump y Bolsonaro «han limpiado» el pasado de sus conflictos y muertes y lo han empaquetado para ofrecérselo a una población asustada por un mundo cambiante (p. 379). 

Imaginar resultó ser una acción más difícil de lo que parecía al principio. Descubrimos hasta qué punto ha sido aprisionada, cuadriculada y formateada nuestra imaginación. Decir qué mundo se quiere realmente, con propuestas claras, es mucho más complicado de lo que parece para personas que han sido domesticadas para obedecer o, en el mejor de los casos, para vivir sólo reaccionando a los ataques (...) De hecho, no es casualidad que los neofascistas ataquen tanto al arte. El arte promueve la imaginación y siempre es lo primero que intentan suprimir los Gobiernos y gobernantes autoritarios (p. 385).


La Amazonia. Viaje al centro del mundo.
Eliane Brum
Traducción: Mercedes Vaquero Granados
Penguin Random House
Bogotá
Enero de 2024 (primera edición en portugués: "Banzeiro òkòtó. Uma viagem à Amazônia Centro do Mundo", 2021)
432 páginas

viernes, 9 de diciembre de 2022

Educar para la sostenibilidad de la vida, una mirada ecofeminista a la educación, de Yayo Herrero

Este ensayo escrito en lenguaje accesible para el público en general ofrece un repaso por el concepto de ecofeminismo, que entiende como algo más que la simple sumatoria de feminismo+activismo ecológico. A partir de experiencias concretas de organizaciones sociales, la autora invita a repensar la educación básica y superior, no sólo para "enseñar" sobre ecología sino para ofrecer una perspectiva transversal del currículo que le permita a los estudiantes desarrollar un pensamiento crítico que subvierta las estructuras económicas y sociales que han conducido al desastre ambiental.

En este orden de ideas el ensayo propone pensar e invitar a trabajar desde los principios de suficiencia (ni mucho ni poco), reparto y cuidado, así como desde el principio de reducción, y al final ofrece una serie de herramientas para lograr que colegios y universidades aterricen las ideas ecofeministas en la cotidianidad del aula de clase.


Algunas citas

 
El derecho al territorio, la autonomía, la soberanía alimentaria, el reconocimiento de los derechos de los diversos grupos de mujeres (indígenas, rurales, campesinas, urbanas, negras), los derechos sexuales y reproductivos, el autocuidado y el autoconocimiento, las nuevas visiones en el ámbito de la espiritualidad y la formación de las mujeres para el fortalecimiento de su participación política son algunos de los temas de su agenda desde finales de la década de 1980 hasta la actualidad (p. 27).
 
A pesar de las diferencias de enfoques, podríamos decir que todos los ecofeminismos comparten la visión de que la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la naturaleza son dos caras de una misma moneda y responden a una lógica común: la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida a la lógica de la acumulación (p. 28)
 
Todos los cuerpos tienen necesidades que deben ser cubiertas para poder mantenerse vivos: alimentos, agua, energía, vivienda, cuidados, relaciones… Si un ser humano no tiene necesidades es porque está muerto. Por eso decimos que todos los seres humanos son vulnerables e interdependientes (p. 31)
 
El proceso educativo puede constituirse como uno de los ámbitos privilegiados para disputar una hegemonía cultural que prioriza el dinero por encima de las vidas. La educación es un lugar desde el que poder forjar gafas que permitan mirar el mundo desde otro modelo (p. 35).
 
A partir de los ochenta, el capitalismo mundializado ha «perfeccionado» los mecanismos de apropiación de tierra, agua, energía, animales, minerales, urbanización masiva, privatizaciones y explotación de trabajo humano. Los instrumentos financieros, la deuda, las compañías aseguradoras y toda una pléyade de leyes, tratados internacionales y acuerdos constituyen una arquitectura de la impunidad (p. 51)

el movimiento en defensa de la vivienda, contra los cortes de luz, el de las jornaleras en lucha o los «biosindicalismos» de las trabajadoras domésticas, por ejemplo, se construyen en torno a los imaginarios ecofeministas, que sitúan la subsistencia en buenas condiciones como una prioridad. (p. 53).

Cuando se analiza la procedencia de las mujeres migrantes que hoy cuidan de quienes son más vulnerables en casas, residencias, centros de día un otros dispositivos sociales, se comprueba que vienen de los mismos países de los que proceden las materias primas que sostienen materialmente las economías ricas. Se puede decir que las sociedades desarrolladas tienen contraída una deuda ecológica y de cuidados con las zonas que fueron colonizadas y que a día de hoy continúan siendo explotadas (p. 58).
 
Las mayorías sociales creen y sienten que, antes que agua, vivienda, luz, alimentos o cuidados, necesitan dinero. Y la creencia está tan asentada que se asume una especie de «lógica sacrificial».116 Si lo que se necesita es dinero, todo merece la pena ser sacrificado con tal de que crezcan la economía y el dinero (p. 80).
 
Vivir con lo suficiente es a la vez una obligación y un derecho. Obligación, porque hay personas que pueden y deben vivir con muchos menos materiales y energía. Derecho, porque hay otras que no tienen lo necesario para cubrir sus necesidades (vivienda, energía, cuidados, alimentos saludables, etc.) y tienen derecho a tenerlo (p. 90).
 
En un planeta físicamente limitado, en el que un crecimiento económico ilimitado no es posible, el bienestar para todas las personas se relaciona directamente con la distribución y reparto de la riqueza (p. 91).
 
En una escuela que permite la humillación no es posible aprender (p.113)


Educar para la sostenibilidad de la vida, una mirada ecofeminista a la educación
Yayo Herrero López
Ediciones Octaedro
Barcelona
Noviembre de 2022
172 páginas