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lunes, 29 de junio de 2026

Que pase lo peor, de Antonio García Ángel

¿Cómo hacer humor a partir de la reflexión literaria? ¿Se pueden releer los clásicos como Ana Karenina, de Tolstoi; La Metamorfosis, de Kafka, o El Aleph, de Borges, desde Choachí o desde Ciudad Montes, en Bogotá?

Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, puede ser leído como una mamadera de gallo de 318 páginas o como una genialidad psicodélica, a medio camino entre lo erudito y lo popular. O como ambas cosas. O también como una novela distópica que incluye la destrucción de Bogotá (pensé en Cassiani, de Octavio Escobar Giraldo), o como una reflexión descarnada sobre lo difícil que es sobrevivir desde la literatura, con trabajos mal remunerados y la preocupación constante por reunir la plata para poder pagar el alquiler. Es también una crónica sobre Bogotá, sobre el Park Way y el sur poco literario de la zona de Ciudad Montes, y es un homenaje a los años 80 y 90 punketos, con lugares y bandas que hoy ya nadie recuerda. 

Podría escribir en qué consiste el argumento de Que pase lo peor, pero es tan disparatado que tiene poco sentido resumirlo en tres líneas. El personaje principal, Nelson Camargo Acevedo, es un escritor fracasado al que acaban de despedir de su trabajo como profesor. Conoce a Reynaldo Mestizo, un vendedor de telas que desea lanzarse como concejal, a quien le sobra en plata lo que le falta en conocimiento. Mestizo contrata a Nelson para que le redacte un perfil y sus propuestas políticas y ahí comienza una cadena de sucesos hilarantes, que incluyen al segundo mejor lugar del mundo para comer chuleta y a Kafka; a los termales de Choachí y a los cachos de Ana Karenina; a las chocolatinas jet, el chocorramo y el periodismo cutre de Vicky Dávila, que en la novela se llama Chiqui Ávila.

Más allá de la risa, de la mucha risa que hay en estas páginas, Nelson Camargo es un personaje honesto: verosímil (a pesar de las situaciones absurdas que vive) y fracasado, que al final de la novela se asoma a rincones oscuros que lo habitan y que ni él sospechaba que existían. 

Que pase lo peor es una novela llena de intertextualidad, de referencias que van desde la alta literatura hasta la música de plancha, y que se burla de todo, empezando por el propio escritor y su círculo de amigos, con humor desenfadado.

Algunos subrayados

Hay dos formas sin éxito y con cierta vergüenza, y la rimbaudiana, la que se reserva la pluma apenas para asuntos prácticos como firmar o hacer una lista del supermercado (p. 19).

—Así que usted es el escritor —dijo—. ¿Y uno qué estudia para volverse escritor?
—Literatura. O nada: escribe y ya.
—Ah.  (p. 22).


—Uy, yo soy malísimo para cobrar.
—Y yo soy buenísimo para pagar poquito (p. 25).

recordé las pintorescas flores de ignorancia y corrupción que han retoñado en el fango de la política nacional (p. 27). 

"Deja en paz a la literatura, ella no te ha hecho nada malo, no merece tus parrafitos de mierda" (p. 31).

La ortografía le daba al texto un aire de español medieval: "La ciudad nesesita soluciones" (p. 74).

he sido incapaz de bañarme con agua fría en el calor ígneo de Honda, en el amazónico clima de Leticia y en Cereté, donde hay dos estaciones: verano e infierno (p. 131). 

No sabía hasta qué punto podían considerarse amistades esas relaciones cordiales, tibias, carentes de intimidad y casi nunca presenciales (p. 148).

Tampoco extrañaba las redes sociales, esa vitrina de las miserias humanas, mundillo de celebridades de gama baja, melting pot del odio, la pose y la superioridad , cloaca de la opinión, sumidero de la inteligencia, venero de venenos, camposanto de la verdad, cilicio con el que se victimizan los victimarios y hoguera en que los savanarolas del teclado hacen sus purgas morales (p. 158). 

mis conocimientos en jardinería consistían en haber bailado "El jardinero", de Wilfrido Vargas, en fiestas del siglo XX (p. 186).

Un signo unívoco de mi soledad era que había empezado a narrarme las cosas en voz alta: "bueno, llegó la hora de dormir", "voy a comerme esta piña", "va a llover" (p. 190). 

Ya no tengo sueños. Y no me refiero a los de cada noche. Sueños de futuro, proyectos. Mi sueño quizá es estar tranquilo.  No es lo mismo que ser feliz pero me conformo con eso (p. 198).

Para mí, los cincuenta eran el umbral de la vejez, el momento de cosechar lo sembrado, pero mi cultivo vital era un triste rastrojo que me auguraba pobreza y soledad (p. 207).



Que pase lo peor
Antonio García Ángel
Editorial Random House
Bogotá
Julio de 2025
318 páginas

miércoles, 1 de abril de 2026

Dos veces Alicia, de Albalucía Ángel

Como todas las novelas de Albalucía Ángel, Dos veces Alicia es una obra exigente para el lector, llena de intertextualidad y con una narración no lineal: la historia es una especie de misterio que el lector debe ir descifrando a medida que avanza.

La señora Alice Wilson vive en Londres y tiene un inquilinato por el que desfilan sus hijos, hijas, yernos, arrendatarios y amantes ocasionales. Una de esas es la narradora, quien con agudeza observa la cantidad de prejuicios que conviven en esa casa: el clasismo, el racismo, las apariencias sociales, la guerra, la difícil convivencia familiar, los secretos, la homosexualidad y, como si todo esto fuera poco, falta la nuez de la historia: hay un crimen, que al principio no se sabe no solo quién lo comente, sino además, quien es el/la víctima, y al final dudamos si en realidad hubo un crimen.

Dos veces Alicia juega con el doble, con los espejos, con la escritura dentro de la escritura y con las posibilidades que ofrece la hipertextualidad. A partir de Alicia en el país de las maravillas, su fantasía y sus personajes, Albalucía Ángel construye una fantasía situada en Londres en la segunda mitad del siglo XX.


Algunos subrayados

Del prólogo de Alejandra Jaramillo Morales e Ivonne Alonso-Mondragón:
No hablamos de una literatura testimonial —de hechos—, sino de una literatura testigo —de experiencias— (p. 13).

el género policial y detectivesco, así como la fantasía y la ciencia ficción, fueron considerados géneros literarios trabajados exclusivamente por hombres durante siglos. Por lo tanto, allí aparece una apuesta de apropiación de la literatura y la escritura (p. 19).

para Albalucía Ángel escribir es una suerte de testimonio (p. 20). 

De la novela:
También leí que, a lo mejor, te conviertes en un meteorito o en un planetoide. ¡Un meteorito...!, ¡qué hijos de la gran...!, eso sí que sería la aventura del siglo, convertirse en meteorito, oye, entonces quiere decir que uno no se muere nunca, o sea, que jamás te pueden comprobar si de veras estás muerto, ¿te imaginas eso?, piensa un poco en lo que dirán los doctores de la Iglesia: ¿están muertos o no?, ¿en el infierno o en el cielo?, ¿ah?, y entonces se armará el despelote, cada uno diciendo que sí, que sí está muerto, y los otros que no, que está dando vueltas per secula seculorum, que son tumbas errantes, lo que más me gusta es lo del nombre, ¿a ti no? A mi también. ¿Te gustaría ser astronauta? No sé, además, hay muy pocas mujeres astronautas, ¿no? ¿Y qué...? (p 53).

¿no te das cuenta de que llegará el día en que nadie se va a morir...? ¿Ah, no?, mira qué bien, ¿y eso también está escrito? No, pero lo van a escribir muy pronto, ya verás, y cuando el hombre rompa la barrera del tiempo será dueño y señor de la vida y la muerte, se morirá cuando le dé la pinche gana, eso está claro. ¡Pero entonces sería terrible! ¿El qué? Que nadie se muera. ¡Cretina¡, se muere el que le da la gana. Pero nadie va a querer morirse, ¿tú crees que sí? ¿Que nadie va a querer?, bueno, contigo es perder el tiempo, hablemos de otra cosa (p. 54). 

el mínimo rumor se escucha en los cuatro pisos con una nitidez que envidiaría el teatro griego (p. 63). 

Los árboles son el mejor invento de la naturaleza (p. 103).

algo de que comprendía las palabras pero no su significado, o mejor, su significado era obvio pero las palabras no existían, o mejor, lo que significaban las palabras no estaba de acuerdo con el texto, o mejor... no sabía cómo explicarlo (p. 131). 

jamás la he visto consultarlos, pues sufro de pereza mental apenas abro un libro, dice (p. 135).

la Elefanta, atragantada de mazapanes, me contó que lo habían mutilado a sangre fría con una cuchilla de afeitar para que confesara el escondite de otros judíos amigos suyos (p. 152)

porque yo creo que es amor
porque yo siento que es amor
porque yo quiero que sea amor
sé amor
dame amor
bebe amor
sueña amor (p. 154). 

hay que creer por lo menos en seis cosas imposibles antes del desayuno, insistió la reina Blanca (p. 157).

Los árboles sirven para que las hojas tengan de dónde aferrarse. Exacto, dijo la reina Blanca. Los árboles sirven para que la gente sepa dónde están los bosques. Exacto, corroboró la reina Roja. No soportaba ese par de sabiondas. Los árboles sirven para que la niebla se enrede en ellos y uno a su vez se enrede en la niebla neblina neblinosa (p. 158). 

todos los caminos conducen a donde uno quiere y uno camina por donde le da la gana y llega si quiere y si no quiere no (p. 172).

¿has sido bueno...?, preguntaban, ¿le has obedecido a mamá?, qué aburrimiento, la cantinela de siempre, y que tal si uno contesta, ¡no he sido bueno para nada y me importa un carajo...!, menuda cara la de papá Noel, y eso es lo que deberíamos de hacer, sí señor, desde pequeño, decir a la cara de papá Noel, y de quien sea, lo que pensamos, ¿por qué no? Porque no. Porque nos enseñaron a decir: sí he sido bueno, sí le he obedecido a mamá (p. 183).



Dos veces Alicia
Albalucía Ángel Marulanda
Ministerio de Cultura, Biblioteca de Escritoras Colombianas
2021 (primera edición Barral 1971.
Bogotá
192 páginas




Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Albalucía Ángel

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
 es una novela compleja en su estructura, que desde múltiples narradores y puntos de vista presenta un triple ejercicio de memoria: la memoria histórica nacional, la memoria regional de la colonización del Eje Cafetero y la memoria personal de Ana, desde su infancia hasta su juventud.

La memoria nacional parte desde la tragedia desatada a raíz de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, continúan con el período de La Violencia, la presidencia de Laureano Gómez, el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 y el posterior Frente Nacional, de 1958 a 1974, y que el libro define al final como "ni chicha ni limoná".

La historia regional se narra desde las vivencias de la dinastía Araque y su rol en la colonización antioqueña que en el siglo XIX partió del sur de Antioquia para, con hacha y machete, tumbar monte y fundar poblados en lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero.

Esas dos historias, la nacional y la regional en un tiempo anterior, se mezclan con la memoria de Ana, quien recuerda su infancia en la finca, la muerte trágica de su amiga Julieta, el abuso sexual, su viaje a Bogotá y sus años universitarios. 

Al igual que en otras obras de la autora, su propuesta literaria consiste en una narración experimental, fragmentaria y magistral, que le exige al lector concentración y atención a los detalles. La pájara pinta es rica en datos históricos precisos y en referentes culturales que van desde las radionovelas hasta el inicio de la televisión en Colombia, pero así mismo amalgama esos hechos concretos con una ficción encarnada en Ana que le sirve para dejar un registro sobre las brechas de género y las múltiples violencias que sufren las mujeres, no solo en generaciones anteriores sino en el momento en el que se escribe la novela, cuando el Frente Nacional llega a su fin. 

Algunos subrayados
el valor de nuestro sexo está muy desprestigiado. Yo siempre he creído que somos iguales o másvalientes que los hombres. Y que no se diga que es tal vez porque no nos dábamos cuenta (p. 61).

¿Es de la pura Grecia? ¿Verdad viene de allá? Y donde queda eso, muy lejos, ¿no? En el carajoqueda. En los quintos infiernos ¿Y usted no ha ido, no? Qué voy a haber ido, sino me dejan ir más lejos que Cerritos o es que no entiendes lo que te estoy diciendo (p. 66).

Al día siguiente se entera todo el pueblo, por supuesto, ellas son como el radioperiódico, si el cura les dijera que hicieran lo de la gallina, eso de recoger pluma por pluma, las Aparicio no acabarían nunca, ni a los doscientos años, son capaces de seguir vivas a esa edad, viejas arpías (p. 68).

No puede ser que todo se repita. Que el tiempo ante y desande sin variar de camino (p. 73).

Cómo decir lo que no tiene nombre. Cómo narrar una historia que el viento se llevó pero esta vez sin Scarlett O´Hara ni Clark Gable, porque una muerte así, en un país de América Latina en esa época, no merecía ni tan siquiera un mal cortometraje de dieciséis milímetros. No estábamos de moda (p. 87).

La desaparición de la población indígena no se puede atribuir a la destrucción sistemática por parte de los españoles, aunque indudablemente en la lucha por defender sus dominios perecieron muchos... y yo no sé lo que quiere decir sistemática pero en la historia de los Aztecas que tiene mi tía dice que Cortés engañó a Moctezuma, que lo mató haciéndole trampa y que asesinó a íntegro el pueblo en una encerrona donde no quedaron ni niños ni viejos ni nada, exagerada, ¿no? (p. 97).

muy parecida a esas encopetadas que se sienten el ombligo del mundo porque viven en los barrios altos y su casa la perfuman con inciensos hindúes y las sábanas son Canon traídas de Miami y las camas de Artecto Ltda., y la casa la diseñó Obregón & Valenzuela, más o menos así, cuando ella me preguntó que qué pensaba hacer cuando saliera del colegio (p. 101).

como si la palabra de Valeria fuera el Corán (p. 103).

imaginándose al Hojarasquín del monte comiendo niños crudos y oyendo aullar la Patasola. Ana Feliz decía que si hacían cosas malas, la Patasola se enteraba, aunque uno creyera que nadie lo veía, pues era igual que Dios, la Patasola: estaba en todas partes (p. 105).

Saturia se reía, tun-tun, quién es, la vieja In,es y Ana muy tiesa, envarillada, mientras aquel calor le daba escalofríos porque sentía los dedos como algo electrizado que le pegara correntazos (p. 106).

y al otro día La Julia amaneció plagada de bandoleros, y a ellos les prohibieron que volvieran (p. 109).

Saturia chillaba ya no más, un poquitico no más, decía él, no seas mailita, te voy a regalar una muñeca grande desas que tiene don Severiano en la vitrina, y Saturia que no, que yo no quiero, y otra vez los gritos, y entonces el hombre le taponó la boca con la ruana (p. 110).

entre todos resolvieron que era mejor no irle a contar a nadie. Para qué. (p. 111).

él había oído decir a los arrieros que los bandidos perjudicaban a las mujeres y que a los hombres les cortaban el vergajo y que a los niños también los mataban a machetazo limpio y después los dejaban chamuscarse con casa y todo y esa gente no tenía corazón sino una víbora en el pecho y Ana pensó que qué sería perjudicar pero o se atrevió a preguntar nada porque a lo mejor si le contaban se lo iba a soñar esa noche (p. 112).

La cabuya eran unas pilas enormes de pelo largo, amarillento, que se sacaba de las matas de fique y que había que unir matojo por matojo y retorcer a mano tirando de las puntas con una rueca pequeña, hasta que se convertía en una especie de guasca trenzada que servía para enlazar las bestias, menear el ganado en los corrales, empacar los colchones, o vendérselas a los caminantes que se detenían a tomar su Freskola o su cerveza Póker, en la ventanilla del repostero que daba al camino, y que la gente llamaba la Fonda de las Álvarez (p. 115).

asegurando que había asistido a la muerte de don Jorge Robledo, a garrotazos, decretada por Sebastián de Belalcázar y que la gente comenzó a llamarlo el loco Belalcázar después de eso (p. 115).

ellas a duras penans recitan lo de Manecita rosadita y el hijo de Rana Rin-Rin Renacuajo salió esta mañana muy tieso y muy majo, pues no las dejan aprender sino de La Alegría de leer (p. 123).

La muerte es algo dulce, repitió muy segura. Un despertar en otra parte donde si quieres puedes ir a pasear a caballo por las nubes, a mí me gustaría... (p. 124).

Lo peor es que cualquier cosa que trate de escribir está sometido al lenguaje absurdo de la desesperación o sea: confuso, repetitivo, hasta me creo Proust (p. 127).

¿tú crees que la religión es la fuerza de los débiles o la debilidad de los fuertes? (p 130).

y me preguntó por qué me contentaba con escribir en una pinche página deportiva si me consideraba periodista (p. 130).

en esa época era un caído del zarzo que le hacía tragar a la gran masa de lectores todo lo que el jefe me hacía tragar a mí, pero no creas. Yo sabía que los americanos sólo consideran compatriotas a los negros cuando se trata de victorias olímpicas (p. 132).

Mejor mirar lo grandotota que era la catedral de Manizales. Es gótica. ¿Ah... sí?, como si fuera de maíz trillado, no entendían ni jota pero ya se sabía que si preguntaban de a mucho Tina no iba a parar con las palabras raras (p. 134). 

¿Es muy larga la muerte? le preguntó a Sabina y ella dijo que claro, que para casi siempre (p. 135).

y la radio no transmitía sino música cláica y boletines pero nada concreto (p. 141). 

Rézale a María Auxiliadora para que no vayan a ganar los godos (p. 144).

su papá se sentó en la mecedora muy callado y muy pálido, como el nueve de abril. A escuchar las noticias, que eran malas, muy malas (p. 145). 

No te absolvían los curas porque ser liberal era pecado, y si leías El Tiempo o El Espectador te excomulgaban (p. 146). 

Laureano Gómez ganó las elecciones y al otro día dedicó a Dios la victoria, por el radio (p. 148). 

en los corredores de la casa de las Álvarez pasaron muchas cosas. Armaban el pesebre todas las navidades, y por las noches la novena, y era una gran pachanga. Su mamá rezando Dulce Jesús mío mi Niño adorado y ellos con panderetas y maracas: ven a nuestras almas ven no tardes tanto; pensando sólo en los regalos que les iba a traer el veinticuatro. Las Álvarez hacían buñuelos y natilla y los dejaban estar despiertos quemando luces de Bengala y viendo elevar globos, casi hasta medianoche; pero lo más emocionante fue aquella vez que se metieron al monte a coger musgo, y se encontraron con el cipote de culebra (p. 149).

una felicidad parecida a la de comerse un mango biche en clase de aritmética (p. 149). 

Y no sé por qué la gente pierde la memoria. Se olvida. Pasan diez años y es como si no hubiera sido más que un aguacero aquel diluvio que nos dejó el país inundado tanto tiempo (p. 153). 

y se quedó callado, pensando de seguro en todos los cadáveres que flotan en los ríos. En los ancianos y niños fusilados. En el señor que el otro día le cortaron la lengua para que no volviera a gritar viva el Partido Liberal (p. 158). 

y ella pensó que pobres, ni para combinar colores tienen gusto (p. 160)

Quién sabe porqué la gente resolvió que hay que cubrir la muerte con flores a porfía. Con aromas que dentro de poco será también detritus fétidos, cadáveres de cosas, polvo. Por que esas letanías. Esos rezos tan lúgubres (p. 165). 

despilfarraba los billetes como si fueran Kleenex (p. 173). 

¿cómo es el mar?, quiso saber Jacinto, y Eleazar: es como eso, igualito; pero en vez de árboles, agua, del color de esas lomas (p. 192). 

cuando los cuarenta te están pisando los talones, ya el hombre se embromó (p. 209).

En realidad no sé en qué creo. Cómo quieres que lo sepa con tanto enredo. Si yo pudiera decir creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, con la misma inocencia con que lo decía a los ocho años, a lo mejor estaría salvado. Pero si hoy me están diciendo que la Alianza para el progreso es la única manera de salvar estos países que están de mierda hasta la coronilla, y yo empiezo a hacer números como cualquiera que sepa sumar y dividir y me doy cuenta de que no, que eso es sólo una trampa para ratones subdesarrollados, entonces tú dirás. La gente ya no sabe por dónde va la tabla (p. 230). 

el que inventó la cama fue un genio incomprendido (p. 266). 

Sería imposible escribir la historia del país en el orden civil y militar sin la figura siempre activa del estudiante colombiano (p. 276). 

la felicidad es siempre así: prestada por raticos (p. 280). 

Silbar no es cosa de niñas, nada en la vida es para niñas, definitivamente, cada vez que uno va a hacer algo ¡no es de niñas! y ni subirse a un árbol, ni ensuciarse el vestido, ni ponerse bluyines en el pueblo, ni jugar trompo por la calle, como si sólo los varones tuvieran permiso de hacer y deshacer, de dónde lo sacaron, ¿se los dio el Santo Padre? (p. 283)

andabas con la tranquilidad de quien no pertenece a los rebaños (p. 289).

Y qué mejor que un bosque para guardar un árbol (p. 311)

Lo peor fue la censura. Comenzaron a amordazar la opinión pública y a cerrar los periódicos. Porque dijeron, simplemente. Denunciaron y basta. La clausura de El Tiempo, después de aquella orden de a callarse, relacionada con la matanza de estudiantes, fue la piedra de toque (p. 312).

si esos curas predican la pobreza qué es lo que andan haciendo con tanto convento tan lujoso y tanta tierra de labrantío sin producir ni nada mientras que el pueblo que oye misa y comulga y cree en ellos y les paga tributo del sudor de su frente y los muy sinvergüenzas viviendo a la bartola dizque rezando dicen rogando por nosotros cuando más les valiera fijarse en esa viga que tienen en el ojo y no en las pajas ajenas ¿no es así como dicen? (p. 331).


Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
Albalucía Ángel Marulanda
Ediciones B 
2015 (Primera edición 1975)
Bogotá
374 páginas

martes, 31 de marzo de 2026

Misiá señora, de Albalucía Ángel

Aunque la novela más conocida de Albalucía Ángel Marulanda es Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), la escritora considera que su obra más lograda es Misiá señora (1982), un libro se publicó en España y tardó varias décadas para llegar a Colombia. Por eso, según Albalucía, nadie lo leyó.

Misiá señora tiene muchos puntos comunes con Estaba la pájara pinta: el lenguaje oral, la sexualidad femenina (el despertar sexual, la violación), la violencia política y una escritura fragmentada, no lineal, le le exige al lector construir la historia a partir de los fragmentos. Esta característica hace que para muchos lectores Albalucía sea una escritora "difícil": son libros que exigen una lectura atenta y que invitan a una participación activa del lector.

Misiá señora está dividida en tres partes que corresponden a tres generaciones. En la primera aparece Mariana, la hija menor de una familia aristocrática del Eje Cafetero. La segunda corresponde a Mariana, la mamá de Mariana, y la tercera parte tiene como protagonista a la abuela Mariana de Ontaneda y Álvarez del Pino, y ocurre en Quimbaya, Quindío, en los años 30.

En la escritura de Albalucía Ángel hay un manejo magistral de los diálogos, cargados de humor y de oralidad, de chispa e ingenio. Hay también un interés por narrar el mundo de las niñas, la violencia que padecen las niñas en mundos en los que los padres y hermanos ejercen control sobre sus cuerpos, y también el deseo sexual, que la Iglesia reprime y el cuerpo reclama. 

Misiá señora, como otros libros de Albalucía Ángel, es una novela que envejece muy bien, porque al momento de su publicación abordó asuntos adelantados para su momento, pero que hoy hacen parte de la agenda cultural contemporánea: el aborto, las relaciones lésbicas, el alcohol, la marihuana, las brechas de género y la violencia machista. Todo eso ella lo narra con un lenguaje deliberadamente literario, en el que la intención no es informativa sino artística. Es un lenguaje provocador, que mezcla referencias a Cuco Sánchez y Chavela Vargas con Vivaldi y el Nocturno de José Asunción Silva, y que se burla de la omnipresencia de la iglesia con frases que en su momento pudieron ser vistas como provocadoras blasfemias.

Algunos subrayados
Los hombres buscan siempre ese no sé qué que una mujer hermosa oculta en su sonrisa, y usar Pepsodent, claro, como locas (p. 37).

A mí un hombre en calzoncillos me da más bien vergüenza ajena (p. 46).

Cuando insinuó que haría bachillerato y a lo mejor seguía carrera, le armaron bochinche. ¿Vas a ser secretaria? (p. 47). 

misiá señora Piraquive que reparte consejo y mejorana pues es mejor la prevención que andar por ahí curando desgracias (p. 49). 

¿Te tocas por las noches cuando estás sola?, le preguntó en la confesión, tocarme dónde, se le ocurrió decirle (p. 51).

Le regalaron un equipo de gimnasia y se la pasa todo el día con las barras, a mí nunca me dejan porque eso es feo en las mujeres, se le ponen las piernas muy boludas y la espalda de nadadora, qué pereza, es el consejo de mi mamá, ¿a ti te gusta el tenis...?, pone bonita la figura, o el golf también, es un deporte suave y elegante, ¿de dónde sacas tantas maricadas?, yo juego fútbol y hago barras, y en realidad más bella no se puede, piernas torneadas, espalda redondita, senos de anón (p. 55).

Yasmina ya es mujer, eso se nota al rompe. no por trozuda, exuberante, sino por lo que piensa, cómo hará (p. 55). 

mieeeeércoles... llegó la menstruación, la oye de pronto y no se atreve a nada, como un tomate, le parece, nunca jamás hizo mención de esa palabra, estoy enferma, o mala, se decía, o me llegó la margarita, como inventó Disnarda, que se ponía como un tití cuando eso le venía, por lo poquito que me sirve ni que me va a servir, no pienso tener niños, con colico, además, maldita sea (p. 56). 

y te encontraste el hombre que se arrimó muy confianzudo y comenzó a decirte que qué muñeca tan bonita mientras te manoseaba y tú dejándolo bajarte los calzones, envarillada, tartajosa, contestando que sí, que tu primo Alciguel era ese niño con los bucles dorados que parecía una niña, o un ángel del pesebre (p. 64)

¿Ya está comiendo mocos otra vez...?
Sí, y qué. Y vuelvo mierda el overol, y qué. Y no soy niña juiciosa ni mucho menos un encanto qué maravilla qué belleza jamás seré como esas lamenalgas que apenas ven la ceja levantada vuelan a hacer mandados a la esquina a recoger juguetes a limpiarse los dientes no me jodan que doble esa camisa que no se ensucie los zapatos que ande derecha se va a volver como Elisenda gorobeta póngase así camine asá no hable tan duro no se suba a los árboles porque eso no es de niñas no juegue trompo con su hermano porque eso no es de niñas no silbe en el recreo porque eso no es de niñas no brinque así porque eso no es de niñas no diga groserías porque eso no es de niñas saque las manos del bolsillo porque eso no es de niñas no haga carrizo porque eso es cosa de hombres así se ven vulgares mujeres que tienen siempre que decir a dónde van con quién salieron a qué horas llegan y a quién vieron jampas tomar la iniciativa dejar que el hombre escoja. Que el hombre sea el que mande flores. Coquetee. Silbe en la calle. Dé la acera. Diga piropos. Manosee. Susurre obscenidades cuando te vea pasar. Se arreche. Se masturbe. Sea manirroto y se emborrache. lleve las serenatas. Te pegue las palizas. Busque una moza. Se acueste con las putas. Trabaje y dé la plata del mercado. Te vapulee en su casa porque eres la mujer y el que posee el mango, según San Pablo, es él, y tú sumisa, al sartén, a tener hijos para el cielo, mientras él, el supremo, se cree el ombligo del mundo pues le dijeron que su vergajo es oro en paño y que él es el rey midas, la imagen de mi Dios, el Amo, el Redentor, el que posee la vara y se le entiesa, para el goce absoluto de once mil o más vírgenes que se mueren por él (p. 71)

Yasmina nunca cambia. Ya va en segundo de medicina, contradiciendo a su mamá que reviró inmediatamente que más bonito es enfermera, más femenino, mejor dicho más lucido (p. 88). 

Es peor el hospital, cuando hacen los raspados. Son casi siempre jóvenes los médicos, y oyó contar mil veces que te espatarran como a vaca, te dan, si acaso, un analgésico, y empiezan: que ya vas a aprender a dárselo a los ingasueltas, ¿te lo gozaste chévere esa vez... no?, ¿cuántos más te comieron?, hurgándolas con saña, haciéndolas tasajo, la próxima convidas, ya debes ser muy buena en movimientos y en recalentamientos, yo prefieron morirme, hijos de puta (p. 107). 

¿Fumas ahora...? ¿Desde cuándo?
Desde que resolví que qué carajo, que el cáncer a la mierda (p. 112).

No sé, Pienso en Idaly, en que un aborto es espantoso, se puede uno morir... ¿verdad?
Si no lo haces como es. Un aborto es muy simple,  pero hay que hacerlo en una clínica, o con el Karman, no hay peligro, como sacar un diente. Pero me da coraje que las mujeres tengan que hacerlo así, ¡maldita sea...!, como si fuera un crimen. La ley de este país con las mujeres no sirve ni para tacos de escopeta, no ayuda ni un carajo, es una mierda... (p. 117).

O sea, las vomitonas, las maluqueras más horribles, el miedo, y esos sudores fríos, consumiéndote. Yo tenía horror de estar posesa. No lo entendí jamás, pero cuando sentía las pataditas me imaginaba un monstruo, a veces, y otras soñaba con mi madre, pariendo ella a la niña, que había nacido casi muerta (p.  163).

más amarrado que una casa de bahareque (p. 178)

¿Después de ese trabajo que fue lograr que un pereirano dijera al fin que sí, que la aceptara así: ¿de Manizales?
¿Se acuerdan de lo que fue el noviazgo de Lorencita...?
Como Montesco y Capuleto, yo me acuerdo... (p. 179).

Las guerras son angurria, también. Las necesitan. El poderoso para mostrar que es fuerte, el inseguro para ganar terreno hacia la izquierda o terreno a la derecha, el de al lado aprovecha para venderles armas, y hay uno que es el que siempre ayuda y manda tropas, para ganar honores y repartir después medallas a las viudas, fuera de que ganan amigos y prestigios en la ONU (p. 183).

Desde que el mundo es mundo los hombres descubrieron que el gran placer del matrimonio es acostarse con las otras (p. 189).

a echar pestes de una señora inglesa que habían canonizado pero que según él un bodrio inmarcesible, el escritor fue marido, un señor Woolf, que se pasó la vida publicando las cursiladas de esa vieja, y tragaba y hablaba al mismo tiempo, parecía más bien la Enciclopedia Espasa, atiborrado, de ron y arroz con coco. Marimachos, dedujo. Que había una prima de él que le había dado por creerse Balzac, como si eso de escribir fuera como soplar botellas, par boliones y listo (p. 226).

Cuando vuelva a nacer me gustaría ser hombre (p. 271)

Elisenda contaba que él era liberal pero iba a misa (p. 280). 


Misiá señora
Albalucía Ángel Marulanda
Primera edición: Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1982.

Edición más reciente: 
Bogotá
2021
312 páginas

miércoles, 1 de octubre de 2025

Quieto, de Eduardo Otálora Marulanda

En la página web de Editorial Planeta dice que Eduardo Otálora Marulanda es hijo único. Ser hijo único consiste en no tener hermanos. Suena obvio pero quizás no lo es: ¿es hijo único el que tuvo hermanos y ya no los tiene? ¿si alguien llega hasta la adolescencia siendo hijo único y luego le nace un hermano, se considera que tiene personalidad de hijo único? 

Quieto es una novela basada en la vida personal de Eduardo Otálora Marulanda, hijo único hasta los 14 años, cuando nació Santiago, un niño inesperado pero bienvenido. El bebé nació con un problema en las piernas. Nada grave. Sin embargo poco tiempo después de cumplir un año falleció. 

A los 15 años Eduardo Otálora volvió a ser hijo único, pero las circunstancias de su familia habían cambiado de manera radical y definitiva.

No es común encontrar libros sobre la muerte temprana de niños y en eso Quieto ya resulta una obra novedosa. Sin embargo su mayor valor está en la voz narradora que construye el autor: la novela está narrada por Santiago, el bebé muerto, quien desde la primera línea anuncia: "Morí una semana después de cumplir un año".


La voz de un bebé no es igual a la de un adulto. Este niño pequeño narra desde el asombro, la ternura y la falta de prejuicios. Describe lo que ve, cuenta lo que observa, lo que siente, pero no juzga. Es el lector el que arma el rompecabezas de esta historia dolorosa, conmovedora y honesta, que retrata con maestría a una familia de clase media en Bogotá en los años 80 y 90.

Algunos subrayados
Esa tarde mamá tenía el pelo recogido en una trenza que le bajaba por la espalda. Todavía lo usaba largo. Cuando me le morí, se lo cortó bien bajito y nunca más lo dejó crecer (p. 22).

Todo ese tiempo intentaron mantener amarrada la famailia, aunque por dentro estuvieran rotos y desmadejados. Lo único que lograron fue envenenarse el uno al otro y, de paso, a mi hermano (p. 29).

Quizás por eso le gustan tanto las ventanas a mi hermano. Son como una pantalla gigante que transmite lo que está pasando en el mundo de afuera y le permiten olvidarse de lo que le duele en el mundo de adentro (p. 33).

Entonces mamá dijo ya estoy muy vieja para ponerme con abortos; toca tenerlo (p. 48).

El miedo es más fuerte que el amor. Eso fue lo que me alcanzó a enseñar mi familia mientras les duré vivo (p. 53).

Mamá nunca decía nada, para que no se avivara la pelea. Se quedaba quieta. Quizás por eso en la panza de ella yo me quedé quieto. 
El cuerpo aprende del cuerpo (p. 55). 

Un hombre de verdad se reconoce por cómo recibe los golpes (p. 65). 

Entendí algo: lo único que tenemos los muertos es pasado (p. 75).

Cuando mis abuelos se vieron sin hijos de quienes hacerse cargo, se dieron cuenta de que no les quedaba amor y mucho menos ganas de aguantarse chocheras de viejos (p. 79).

En la mirada notó que le hacía falta un papá que la cogiera de la mano y le dijera vení, dame un abrazo y tranquila, mi niña, que todo va a estar bien (p. 82).

Papá siempre teme quedarse sin nada y piensa que todos está contra él.
Papá y su miedo horrible, que convierte en un egoismo colmilludo que termina desgarrándolo todo (p. 85).

Las obras completas de Esquilo, Sófocles, Shakespeare y Dostoievski, para mostrar que era culto y conocía a los clásicos. Únicamente había leído lo que obligaban en el colegio y no se lograba aprender ni los nombres de los personajes ni nada. Nunca entendió por qué todo el mundo decía que eran los libros más importantes de la humanidad (p. 88). 

se acomodó a lo que ella le dijo porque así es papá, buscando siempre la manera de ahorrarse las decisiones difíciles de la vida (p. 99). 

paciente como una nube (p. 120)

un par de hijos que eran, pensaba a veces, dos tiernas sanguijuelas que le drenaban la vida (p. 121).

Nadie está preparado para ver la muerte en la cara de un bebé (p. 141).

Quieto
Eduardo Otálora Marulanda
Seix Barral
Bogotá
junio de 2025
142 páginas 

sábado, 3 de mayo de 2025

Para otros es el cielo, de Piedad Bonnett

Silvia es una profesora universitaria y editora que en la primera página de este libro aparece en un entierro. Pronto nos enteramos que el muerto es Alvar, un profesor universitario que fue su amante nueve años atrás. El libro se encarga de develar lentamente quién fue ese personaje, que murió joven, a los 54 años, y cuáles fueron las circunstancias que lo llevaron a esa muerte.

Esta novela de Piedad Bonnett se estructura a partir de 21 capítulos cortos en los que la autora cambia de narrador: algunos apartados se narran por Silvia, en primera persona, y otros tienen un narrador omnisciente que muestra a Alvar desde su infancia hasta su muerte.

La autora trabaja dos escenarios de interés: la universidad, con sus tedios, sus mediocridades y sus celos entre académicos, y Bogotá, con algunas calles identificables, algunos parques y una atmósfera plomiza y de soledad.

A diferencia de otras novelas suyas más autorreferenciales, este texto se siente distante y brumoso. Alvar deja un manuscrito para Silvia, del que el lector va leyendo pequeñas frases a lo largo del texto. Se trata de frases que reflexionan sobre el sentido de la vida, y ese tono reflexivo permea todo el relato: una novela en la que la introspección y el análisis antecede a la acción.

Esta novela es que fue publicada en 2006 y en ella abundan las reflexiones en torno al suicidio. Se trata de un elemento interesante, toda vez que la obra fue escrita varios años antes del suicidio de Daniel Segura, hijo de Piedad Bonnet, quien a raiz de esa muerte escribió "Lo que no tiene nombre", obra que la catapultó al reconocimiento del público lector. 


Algunos subrayados
Hay personas que cumplen el horrible papel de hacer palidecer el entorno, el pasado y el porvenir, porque su luz deslumbrante queda habitando en nuestras pupilas cegándolas para siempre (p. 15).

la vida no es más que un montón de tristes malentendidos (p. 18).

todas las infancias del mundo tienen un ingrediente de infortunio (p. 24).

Así como hay escritores que son ante todo grandes lectores, Marcel, siendo un magnífico conversador, era ante todo un buen escucha (p. 27).

También la universidad se ha estupidizado, amigo, como la prensa (p. 28). 

Pero si uno iba a ser explotado por un patrón, y por desgracia a él le tocaba serlo todavía por unos años, hasta su jubilación, era preferible que ese patrón fuera la universidad, más respetuoso y menos mezquino que casi todos los patrones (p. 28). 

mientras tuviera que asistir a las tediosas reuniones profesorales, y enterrar sus horas en el inútil ejercicio de la corrección, no podría hacer lo que de verdad estaba obligado a hacer, que era escribir y publicar sus ensayos (p. 29).

que nunca es más irreal el mundo que cuando amamos. Y que si el amor no es correspondido, si es un amor imposible, la consecuencia resultante es no sólo que un mundo de fantasías e ilusiones suplanta al mundo real y lo desplaza, sino que el yo, cortado su nexo con el tiempo real, queda en un estado de suspensión perpetua, de flotación en un mar de deseos y frustraciones (p. 54).

Con el paso del tiempo iba a abominar de la especialización, esa cárcel laberíntica que impide a tantos talentos alzar vuelo. Y aunque muchos de sus alumnos apreciaban esa manera singular de acercarse a las cosas, tan poco ortodoxa, la universidad le iba a hacer pagar un precio por ello (p. 60). 

repulsa contra todo lo que era afirmado con certidumbre, un disgusto producido por la fe sin resquicios (p. 67).

todos vamos por la vida haciendo pequeñas traiciones, a veces a los demás, a veces a nosotros mismos (p. 70). 

a medida que envejecía le iba resultando más evidente la idea de que la sabiduría del universo escapa del todo a la mente humana, y por tanto, que la empresa de ordenarlo, clasificarlo, penetrarlo, resulta vanidosa, y patético el esfuerzo de traducir en palabras el saber (p. 73). 

Los últimos diez años los he dedicado a prescindir de los demás y no me cabe duda de que esa prescindencia equivale a conquistar la libertad (p. 76).

me mortifican las personas que se inventan a sí mismas como personajes. En eso Vallejo se parecía a su augografiado, Barba Jacob, que fungió de poeta maldito con talentosa premeditación (p. 94).

La gente se conoce por la forma en que camina (p. 95).

me habían enseñado dos cosas: que no estaba hecha para la convivencia apacible que sucede al enamoramiento, que a cambio de equilibrio nos corta las alas; y que no se puede dejar pasar el amor, así nos deje maltrechos y llenos de cicatrices (p. 95). 

es difícil dejar a una esposa que al fin y al cabo es compañía y nos da hijos y piensa en pequeños detalles en los que uno no está dispuesto a pensar -entonces ya no se le puede dejar porque viene una dependencia atroz, una necesidad que sólo es mayor que la misma rabia impaciente que ella nos causa (p. 103).

El infierno no debe ser otra cosa que la suma incontable de minúsculos hechos que nos violentan sin sentido mientras la cordura nos dice que debemos ser tolerantes y no exteriorizar nuestro disgusto (p. 107).

Wilde dice que la coherencia es el último refugio de los que no tienen imaginación (p. 129).

Entre la sensatez y el peligro me quedo con el peligro. Si de algo me lamento hoy es de los errores que no cometí... (p. 138). 

La vida no es más que una larga sucesión de hechos sin interés, un paisaje plano conformado por miles y miles de momentos aburridos, y vivir equivale, sobre todo, a sobreponerse al tedio (p. 141).

Una espsoa no es nunca una verdadera rival para una amante (p. 151).

un cuerpo que a unas pocas horas de la muerte sigue estando poderosamente vivo (p. 156).


Para otros es el cielo
Piedad Bonnett
Editorial Penguin Random House
Bogotá, 2015 (primera edición 2006).
183 páginas

martes, 25 de marzo de 2025

Carretera al mar, de Tulio Bayer

Crecí en Manizales, leo a autores de la región y no sé cómo sucedió que llegué hasta mis 50 años sin haber leído a Tulio Bayer. No solo eso: sin haberlo leído, y sin haber escuchado sobre su historia de vida ni su obra, salvo algún comentario marginal.

Vi en una librería "Carretera al mar" con una anotación en la portada: "un aporte al Informe de la Comisión de la Verdad, para que el origen del conflicto que nos ha devastado no quede en la sombra". Se trataba de una reedición de 2023 de una novela descatalogada y olviadada publicada en 1960. La compré y la ubiqué en mi biblioteca hasta que se llegara el momento de leerla. Pasaron casi dos años. Este fin de semana la saqué de su refugio y me sumergí en sus páginas, con el placer de quien emprende un viaje por carretera y con el deslumbramiento de estar descubriendo a un amigo perdido. 

El libro empieza con un prólogo en el que Orlando Villanueva Martínez se encarga de contar quién fue Tulio Bayer: un médico que ejerció su profesión en donde pudo, porque desde muy pronto fue señalado como bandolero, chusmero, guerrillero, comunista o raro, en una sociedad profundamente conservadora. Tulio Bayer nació el 18 de enero de 1924 en Riosucio, Caldas, entró a Medicina a la Universidad de Antioquia en 1943, fue secretario de higiene y educación de Manizales, profesor universitario, columnista de La Patria y médico arrinconado en Puerto Carreño, punto lejano al que llegó buscando trabajo y en donde empezó a escribir Carretera al mar. Después de que este libro publicó otros, fue detenido, estuvo en prisión y se exilió en París en donde murió en 1982.

Carretera al mar es la historia de Antonio Uribe, un alter eco de Bayer. Se trata de un médico que llega a hacer su rural a Dabeiba, un municipio de pasado liberal pero gobernado por alcaldes militares y por poderes aliados con la policía chulavita. Cada liberal es un chusmero, cada chusmero es un bandolero y cada bandolero es objetivo militar. Corre el año 1947. 

El libro se divide en dos partes: la primera ocurre en Dabeiba, con el joven médico recién llegado. Los capítulos cortos sirven para presentar a los distintos personajes y alrededor de cada personaje se teje una historia: el cura que pide limosnas para remodelar el templo en un municipio sin escuela; el boticario conservador que le propone al médico que formule lo que él tiene en su farmacia y a cambio ofrece comisión; el carpintero que vive de hacer ataúdes en medio de la ola de violencia, el expolicía que ayuda en las necropsias; el exalcalde liberal que ahora vive en el ostrasismo, y Zoraida, la prostituta del pueblo, que se convierte en la pareja del médico, como le ocurrió en la vida real al escritor Bayer.

La segunda parte ocurre en la zona rural de Mutatá, a donde huyen Antonio y Zoraida luego de que los conservadores logran poner a un alcalde de bolsillo. Acá la carretera al mar cobra mayor presencia, porque Antonio es el médico de los trabajadores de la construcción, aunque el protagonismo en esta segunda parte se lo lleva Saulo José Villada, un joven ingeniero civil que asume el control de la obra.

Carretera al mar es una novela que le sirve a Tulio Bayer como instrumento para exponer sus tesis políticas y sus denuncias sociales: el olvido en el que vive la ruralidad, la corrupción, la violencia que ejercen los conservadores, la división de clases, la prostitución, el daño que hacen las religiones y muchos otros temas. Alaba a  Fernando González Ochoa y considera que el mejor poeta colombiano es León de Greiff. Se explaya en descripciones detalladas de las necropsias (en su tesis universitaria Bayer dijo que ni siquiera los cadáveres de todos los campesinos de Colombia sirvieron para hacer progresar la medicina legal colombiana) y reitera que el hambre infantil es la principal consecuencia de la violencia. Por ser una novela de tesis algunos personajes están desdibujados y en la trama aparecen y desaparecen nombres que funcionan como meros figurantes. Pero más allá de eso, el libro sí retrata con precisión la violencia bipartidista, que quedó sepultada en el relato histórico y literario por la posterior violencia guerrillera y narcotraficante. En ese sentido la novela es un documento valioso que permite comprender el miedo y la zozobra que vivieron tantos pueblos de Colombia, en esa época conocida como La Violencia que, aunque parezca increíble, fue más violenta que los años que vinieron después. 


Algunos subrayados
Los ricos no necesitan venir a hacer el año de Medicina Rural. Tampoco los hijos de los profesores. Se quedan en las ciudades, y si se ponen a escribir sobre temas de salubridad rural, llegarán inclusive a ser ministros (p. 37).

Eso de poder hablar del tema que a uno le dé la gana es más importante que tener plata (p. 65).

¡Miércoles! se interrumpió estás pensando en fermentaciones y en urdimbres a lo grecolatino. Recuerda que eres un hombre y no un ruiseñor manizalita (p. 75).

Pereira es una ciudad muy agradable. El clima lo mantiene a uno en buen tono. Yo diría que es un clima propicio al amor. Las muchachas muestran sus atractivos en la calle bajo sus trajes ligeros. El Obispo no ha podido convertirla con decretos y sermones en tierra fría... (p. 80).

¿Y por qué siempre estaban inconclusos los templos de Antioquia? ¿No sería mejor hacer una Escuela? (pág. 100). 

¿No era cierto aquello de Axel Munthe de que "se puede rezar a Dios en todas partes, pero no se puede operar sino en los Hospitales?" (pág. 101). 

La chusma, hermana... la chusma es como Dios que está en todas partes (p. 126). 

Habiendo muchos superiores a uno en muchos aspectos, ¿no basta con el milagro de que a uno lo quieran algún tiempo? ¿O, por lo menos, que la mujer le esté diciendo a uno que lo quiere aunque experimente cariño por otros? (pág. 145). 

Durante el día hay que atenerse a la vista, por la noche al oído (p. 156).

Creía que más bien uno muere por partes, se muere lentamente, y que la última no es la peor de las muertes (p. 193). 

Los historiadores de la historia oficial, es decir de la escrita a dos manos para los escolares, no suelen esclarecer nunca las características íntimas de los gobernantes. Y ello porque está establecido que aseveraciones de tal género son de mal gusto, mal admitidas y una educación popular que no está encaminada a la democracia sino inspirada en la doctrina medioeval de que los gobernantes representan a Dios. Humanizarlos es humanizar a Dios mismo. Divinizarlos tiene la ventaja de mantener al pueblo alejado del arte divino de gobernar (p. 218).

Comencé a comprender desde entonces que el hombre con las mujeres debe ser como el toro. Llegar a un sitio, esperar a que se acerquen las hembras, que ellas siempre se acercan, hacer bien hecho lo que hay que hacer, si alguna de ellas está dispuesta a hacerlo y.... seguir. Seguir hacia otros pastizales... (p. 232). 

esa olvidada maravilla que es para todo transeúnte un puente sobre un río (p. 244). 

Y detrás de ese trabajo, de cualquier trabajo bien ejecutado, había además una alta dosis de satisfacción, una compensación subjetiva no valorable en dinero. 

sus reclutas atrapaban a las indias en grupos de a tres, de a cinco, de a ocho, cazándolas por los alrededores, y usándolas por turnos sucesivos (p. 269)

el remordimiento estaba tan lejos de su conciencia como puede estar el deseo de volverse vegetariano en el cerebro de un tigre (p. 282). 

—Porque no resuelve el problema  —comenzó a decirle a Uribe— Porque la prostitución es una enfermedad de la Sociedad y la persiguen como un delito del pueblo. Y porque para controlar las enfermedades venéreas trata a las mujeres como pecadoras y no como enfermas. Y a las mujeres solamente...
—No te entiendo bien  —dijo Zoraida.
—Me entenderás mejor con este ejemplo: ¿Qué tal si la Policía reconoció por la noche a los prostitutos? ¿Qué tal si les dieran a todos carnet de prostitución y los obligarán a asistir cada semana a los puestos profilácticos?
Zoraida rio. Y después de un momento le dijo:
—Pero es que los hombres no viven de la prostitución, mejor dicho...
—Pero sí transmiten enfermedades, ¿sí o no?
—¡Ah sí, claro que sí!
—Entonces lo que persiguen es el pecado y no el control de la enfermedad. Y además el Estado no tiene por qué castigar pecados. Ni tampoco obligar a nadie a que se cure de una enfermedad. Lo que debe hacer es ayudar a que la enfermedad no se propague ya que los más pobres puedan curársela (p. 294).



Carretera al mar
Tulio Bayer (presentación de Orlando Villanueva Martínez)
Ediciones Desde abajo
Bogotá
mayo de 2023 (primera edición 1960  por Editorial Iqueima)
310 páginas