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domingo, 19 de mayo de 2024

Niñapájaroglaciar, de Mariana Matija

Niñapájaroglaciar es el relato escrito en primera persona por Mariana Matija, diseñadora visual nacida en Manizales que se dedica a trabajar en proyectos de activismo ambientalista que buscan cambiar la relación con la tierra.

Este libro está escrito con un lenguaje singular, cercano al tono de la oralidad, que seguramente otras mujeres que crecimos a finales del siglo XX en Manizales podemos sentir tan cercano que el texto nos convierte a nosotras, las lectoras, en otras niñaspájaroglaciar, en la medida en que abre los sentidos para ver, oír y apreciar la riqueza del entorno cercano. 

Mariana Matija visita Islandia y descubre que en islandés muchas palabras se forman de unir dos sustantivos: el volcán que explotó allá se llama Eyjafjallajokull que significa algo así como Islamontañaglaciar, y así hay otras palabras que le permiten construir a la autora, desde el lenguaje, conceptos singulares que van desde tucuerpomicuerpo, para explicar la simbiosis con una gata, hasta Niñapájaroglaciar, el título del libro, que refleja bien el tipo de ser que ella es. Con ese lenguaje ella comunica y saca al exterior su paisaje interno, poblado de un amor expandido a múltiples formas de vida y a distintos lenguajes distintos al habla de los humanos.

Niñapájaroglaciar es un texto autobiográfico que trasciende en mucho la mera anécdota. Hay humor, hay una crítica al colegio, hay recuerdos de la infancia y la adolescencia, hay una lectura sobre lo que significa ser niña en una sociedad machista y hay, sobre todo, un duelo que no se enuncia como tal: el duelo por los animales que se extinguen, los glaciares que se derriten y el paisaje que cambia. Las montañas que se pueblan de árboles de aguacate, en fila y uniformados como si estuvieran en un colegio. Un duelo que duele, por sentir que el paisaje amado muere y que los humanos siguen siendo incapaces de entender que son un animal más. El animal más destructor.


Algunos subrayados 

Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide (p. 10).

Llegaron a mi vida inesperadamente y, como todas las cosas bellas, trajeron un nuevo vacío, el que me quedaba en el corazón y en el estómago cuando íbamos a la cabaña (p. 12).

Cuando volví a Manizales y oí un afrechero me sentí en casa. Mi casa es la sensación que me aparece en el cuerpo al oír el canto de los afrecheros (p. 16). 

no recuerdo cómo eran los nevados cuando estaba chiquita, aunque recuerdo haberlos mirado mucho. Pero sí sé cómo son ahora y puedo compararlos con fotos tomadas antes de que yo naciera y darme cuenta de cuánto han cambiado sus glaciares. Tampoco recuerdo cómo eran los cerros que rodean a los nevados, pero me imagino que estaban menos pelados que ahora. Me gustaría recordar. Me gustaría tener fotos. Me gustaría haber tenido la lucidez para hacer un registro de los nevados y los cerros que los rodean, para poder saber cómo se han transformado (p. 18).

Están en el mismo lugar pero no siguen siendo los mismos y no todo está bien. Los glaciares están subiendo, buscando pisos térmicos más fríos que no existen. Están deshaciéndose, chorreándose en riachuelos que son tragados por la vegetación esponjosa y las lagunas del páramo. El páramo, por lo tanto, tampoco es el mismo: está tragándose a los glaciares porque no le queda más remedio, y después los deja seguir chorreando hacia abajo ya convertidos en agua que no volverá a ser hielo, o por lo menos no de ese glaciar. Tal vez llegará a una bocatoma y pasará por un tubo y llegará a un grifo de un lavaplatos en una casa en la que se convertirá en hielo de cubeta para echarle a una cocacola que será bebida por alguien que no sabe que su hielo está hecho con agua de un glaciar en extinción (p. 19). 

La memoria siempre es creativa, pero unas veces más que otras. Recuerda, sí, pero también inventa y hace collages mezclando cosas que sí pasaron y que se vivieron en primera persona, cosas que sí pasaron y que llegaron a través de la experiencia de otra persona, y cosas que no pasaron pero hacen que la historia sea más interesante o más digerible o más tolerable. Y la memoria, claro, también olvida (p. 23).

no hay malestares o bienestares, sino solo estares que a veces se sienten bien y a veces no tanto (p. 36).

No sabía que ser niña implicaba tener un límite, un borde (p. 45). 

Descubrí que unas palabras mal escogidas podían matar lo que amo (p. 50).

Yo no quería correr para darle vueltas a la misma cancha ni jugar los mismos partidos obligados de baloncesto ni darme golpes en los antebrazos con los balones de voleibol que parecían de piedra ni nada de lo que nos ponían a hacer para castigarnos por el pecado horrible de ser cuerpos, de ser niñas y cuerpos en un mundo que no nos veía como animales sino como máquinas que transportan mente (p. 53). 

El colegio era el lugar en el que me tenía que vestir y comportar igual que todo el mundo, en el que tenía que pensar en cómo sentarme porque tenía falda todo el tiempo y entonces se me veían los calzones, en el que no me podía subir a los árboles ni rodar por la manga ni correr con las perras. Era el lugar en el que si me reía mucho me ganaba un regaño. Si hablaba mucho me ganaba un regaño. Si dibujaba mucho me ganaba un regaño. Era la feria del regaño (p. 56). 

en esa temporada en la que el foco de mi atención se hizo más y más pequeño, hasta que parecía que solo cabían mis propios inflamados dramas, cuando pensaba que iba a descubrir quién era yo metida en un salón de espejos, mirándome a mí misma y a otros que se me parecieran, mirándome el ombligo sin verlo (p. 64). 

Hay gente que piensa que llorar por la muerte de un perro amado es una exageración, pero es porque nunca han amado a un perro, así que en sus vidas no cabe el vacío de esa ausencia. Para que haya espacio para ese vacío la vida se les tendría que haber expandido antes lo suficiente para contener todo ese amor (p. 66). 

Y cuando se acababan las vacaciones -o al menos la parte de las vacaciones que pasaba en la cabaña 4- y volvíamos por esa misma carretera hacia Manizales, me quedaba mirando los bordes negros de esos árboles en contraluz en un fondo de atardecer de muchos colores, y sentía esa mezcla entre tristeza y alegría que suele aparecer en el paisaje interno cuando uno se despide de un paseo y vuelve a la casa (p. 133). 

Hasta llegar a Bogotá que también está arriba y por eso también es fría, aunque es un frío que siempre sentí muy diferente al de Manizales, más seco, con menos nubes, sin miradas directas de glaciar (p. 138).

no recuerdo haberme sentido orgullosa de haber nacido en Manizales. Tampoco me avergonzaba, sencillamente no pensaba que haber nacido en una ciudad particular pudiera decir algo importante sobre mí o pudiera tener algo que ver con quién soy (p. 140). 

Manizales va a cambiar un montón cuando se termine de morir el glaciar del Poleka Kasué. Va a cambiar mucho más de lo que podemos percibir, más de lo que muchos humanos están dispuestos a reconocer. El cambio no va a ser simplemente que se deje de ver la cubierta blanca de una montaña, porque cuando se extingue un glaciar no solo se extingue ese glaciar, sino que con él se extinguen todas sus relaciones: aparecen dolores de ausencia en los paisajes internos de todos los seres que lo han amado y se extingue su propio paisaje interno. Se extinguen las conversaciones que surgen entre su brillo blanco y el de las nubes que le pasan por encima, las cartas subterráneas que le escriben sus aguas derretidas a las raíces de las plantas paramunas, se extinguen familias de rocas que se mantienen juntas bajo su peso, se extinguen las caricias específicas que el viento tiene para las formas de ese hielo, se extinguen los caminitos que ha aprendido a horadar el agua, se extinguen las canciones que canta con aire frío y que escuchamos con la piel los animales que vivimos bajo su mirada (p. 143). 

Me encerré para protegerme de la tristeza y no me di cuenta de que me metí en una jaula (p. 151).

El volcán está activo. Echa fumarolas, echa cenizas, tiembla. Tiene hielo arriba y fuego adentro. Es un borde. Un fin del mundo. Estoy suficientemente lejos para que parezca que lo único que pasa es lo grande, pero cada vez que miro procuro recordar que allá siempre está pasando también lo pequeño. Aunque yo no los alcance a ver desde aquí, allá hay conejos de páramo corriendo y escondiéndose entre los matorrales, hay pájaros haciendo nidos en las ramas de los arbustos, hay bichos escarbando la tierra y abriendo madrigueras para poner huevos, hay lluvia cayendo y rodando por los pelos de las orejas de los frailejones y por los pelos de las orejas de las vacas, hay plantas pequeñísimas haciendo hojas nuevas, hay conversaciones entre todos los animales, entre la fumarola y el aire, entre la ceniza y el hielo. Afilo los oídos para escuchar esas conversaciones pequeñas. Me dicen que la Tierra habla por arriba, por abajo, por la mitad. Habla en voces de hace millones de años. Algunas desaparecieron y ya no se oyen. Otras han cambiado tanto que parece que ya no son ellas pero todavía no se han ido (p. 189).


Niñapajaroglaciar
Mariana Matija
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
2023
192 páginas

sábado, 4 de mayo de 2024

Fragmentos de vida, de Florence Thomas

Luego de escribir muchos libros sobre feminismo y artículos en tono académico, a sus 80 años Florence Thomas decide publicar un libro íntimo, fragmentario y autobiográfico en el que cuenta su vida a partir de jirones de recuerdos: desde su infancia en Ruan (Francia), sus años universitarios en París, su amor por un colombiano y el impacto de su nueva vida en Bogotá, su vinculación a la Universidad Nacional, la creación del Grupo Mujer y Sociedad, la maternidad, el divorcio, la militancia feminista por el derecho al aborto, la jubilación, las columnas periodísticas y la vida lenta de la vejez.

"Fragmentos de vida" es un libro cálido, honesto, cercano, en el que Florence Thomas narra su vida en primera persona sin protagonismos ni aspavientos. Es el testimonio de una mujer que por tener acento francés fue más escuchada que otras en su lucha feminista, y que comparte su visión del país, de la vida y las mujeres desde la sabiduría y la tranquilidad que le dan 80 años intensamente vividos.

Desde 1998 Florence escribe una columna en El Tiempo y algunos de los capítulos de este libro parecen columnas: textos más o menos breves, con título, que abordan un momento específico de su vida y se detienen en una época para narrar, más que una anécdota, un hecho vital que se teje con otros hasta completar una autobiografía. Florence advierte que no es escritora pero luego dice que la escritura femenina pasa por el cuerpo y que la escritura, a diferencia de la oralidad, permite corregir, borrar, editar. De esa consciencia se construye este libro: una obra sin pretensiones literarias, con un cuerpo femenino muy presente, con emociones narradas con un tono oral, como contando un cuento, pero con el trabajo de edición que hace que parezca fluido y fácil lo que toma trabajo tejerse. 

Una idea que se repite en el texto es la de "uno se vuelve feminista con su historia". Que Florence Thomas cuente su vida tiene valor por mostrarle intimidades personales a un público lector sino por tomarse ella misma como objeto de estudio para mirar la evolución íntima de una mujer que no nació feminista pero a partir de una familia, una profesora, un aborto, unas parejas patriarcales, unas amigas con enorme capacidad de escucha y unas lecturas a tiempo va convirtiéndose en una persona capaz de cuestionar los roles de género y las brechas existentes. La gracia del libro consiste en mostrar todo esto con ternura, calidez y una entrañable honestidad.


Algunos subrayados

Uno no puede conocerse, solo puede contarse (p. 11).

Uno se hace feminista con su historia, o por lo menos con muchos elementos de su historia (p. 13). 

(los carteros) Un oficion que no hubiera debido desaparecer porque hay noticias que necesitan tiempo para llegar a su destinatario, que son demasiado violentas para llegar de una o demasiado personales y amorosas para un frío mensaje de texto (p. 38).

Los mensajes de texto se borran, desaparecen de repente en esa fría pantalla de un teléfono celular, se pierden para siempre; las cartas se guardan como guardé las de mi madre (p. 38).

Francia es mi memoria, Colombia mi actuar cotidiano (p. 42).

La escritura permite siempre borrar la frase, borrar la palabra, buscar en ese diccionario de sinónimos y volver a ensayar con estas letras que no siempre se dejan domar. Siempre es posible leer, releer y volver a escribir al otro día (p. 43).  

no había llegado el tiempo de las mujeres, o más exactamente, de la escucha de las voces femeninas (p. 48). 

Ninguna mujer planea hacerse un aborto, solo se llega a él cuando no hay otra alternativa pues es siempre fruto de una situación inesperada (p. 55)

En mi vida nunca había sentido un temblor y tengo que confesar que me quedó una sensación de máxima vulnerabilidad nada agradable. Cincuenta y cinco años después, sigo temiendo a los temblores (p. 62). 

cuando llegué a Colombia no encontré mujeres, quiero decir, mujeres en cuanto sujetas de derechos, ciudadanas plenas, no encontré sino madres, madres acompañadas de muy pocos padres pero de muchos hombres, grandes machos y pequeños patriarcas (p. 65). 

en estos asuntos que todan a la dinámica del amor de pareja nada, absolutamente nada, es sencillo (p. 69). 

reafirmar que uno se vuelve feminista con su historia, pero también con sus emociones, sus encuentros, sus amores, sus lecturas y sus tropiezos (p. 88).

Mis recuerdos son los de un tiempo sin afanes y sin esas obligaciones que hoy tienen los profesores universitarios de publicar en revistas indexadas y, mas de una vez, según me cuenta la actual generación de profesores, aguantar el genio de los y las estudiantes quienes hoy son los que creen tener la verdad y las herramientas para exigir un mínimo de 4.0 con el fin de pasar la asignatura sin problema (p. 104).

aprendimos que la escritura de las mujeres pasa por el cuerpo y solo así se vuelve inaugural porque deja de ser la repetición del discurso paterno o sea del discurso del amo (p. 114). 

las redes sociales que les permiten una visibilidad política que mi generación o puede sino envidiar a pesar de algún riesgo de mucha diversidad y fragmentaciones que hacen difíciles a veces las articulaciones entre los centenares de grupos actuales. Son otros tiempos (p. 116). 

siempre he pensado que la relación madre-hijo es mucho más confortable, mucho menos compleja que la relación madre-hija (p. 127).

quitarse la ropa, no para representar un papel, sino siendo una misma, era una prueba muy confrontadora (p. 138).

esos tiempos de dictadura de una belleza estandarizada que enferma (p. 139).

esta revolución que nos permitió romper con la idea de que una mujer existe solo cuando existe la mirada o el deseo de un hombre (p. 139).

Feminizar la política fue también un tema que trabjé mucho, pues se había vuelto un tema de primera importancia cuando en estos tiempos la participación política de las mujeres era aún muy escasa (p. 144).

encontré siempre muy difícil hablar con mujeres de clase alta o mujeres empresarias. Difícil porque escuchando lo que significaba para ellas romper viejos moldes, sabían, entendían que tenían demasiado que perder (p. 145).

Teníamos que aprender día a día que militancia rimaba con resistencia (p. 148).

he conocido una generación de hombres que nunca fueron capaces de confesar su fragilidad o, más exactamente, su cansancio ante los roles que debían asumir (p. 170).

los hombres que amé fueron todos patriarcas vulnerables, hombres asustados ante una mujer que ya no se parecía a sus madres y que por consiguiente no reconocían, no conocían (p. 171). 

el amor era un imposible, una trampa mortal para las mujeres (p. 176).

preguntarme cómo las mujeres iban a reinventarse su lugar en el amor (p. 176).

este feminismo antes del feminismo, es decir, todas estas mujeres que nos abrieron camino, todas aquellas que permitieron que nuestras voces salieran de un largo, demasiado largo exilio (p. 189).

Vengo de una familia que leía y sé que esto me sitúa como una mujer privilegiada (p. 189).

la liberación de las mujeres pasa por una firme conviccion que se tiene que concretar en la acción, en la escritura, en la palabra (p. 191). 

el valor de la vida lenta es uno de los privilegios de la vejez (p. 196).

No sé si hay una edad razonable para pensionarse, pero uno debe tener ese derecho de proyectarse en otra vida, una vida lenta que le permita mirar el mundo sin precipitación (p. 196).

ese derecho a una pereza pensada (p. 196)

Fragmentos de vida. Ochenta años tejiendo recuerdos
Florence Thomas
Editorial Debate
Bogotá
abril de 2024
200 páginas

lunes, 18 de diciembre de 2023

Asombro, de Tomás González

No sé por qué no leí este libro antes. Desde hace más de una década leo los libros de Tomás González tan pronto como salen, porque son regalos de la vida que quiero disfrutar tan rápido como se pueda. Asombro se me pasó, quizás porque, como no es una novela ni un libro de cuentos, tuvo menor registro en la prensa y no supe de su existencia. Lo descubrí hasta que hace poco, curioseando estantes de Leo Libros, y me alegré como quien encuentra la última lámina que le falta al álbum.

Leer a Tomás González es un placer, pero este volumen es un placer particularmente delicioso para quienes además de leer escribimos, porque en este libro el autor reflexiona sobre por qué escribe y cómo escribe: lo que le interesa de la escritura (el caos) y el rol de la poesía en la narrativa. Además, como suele ocurrir con sus obras, las digresiones poéticas las salpimienta con un humor que arranca carcajadas sonoras.

Asombro es un conjunto de textos breves divididos en tres grandes bloques: "Ideas", "Vida" y "Libros. En "Ideas" Tomás González filosofa sobre la relación con la naturaleza, los premios literarios, el asombro, la belleza y la muerte, entre otros asuntos, pero lo hace sin pesadez ni tono erudito. Al contrario, sus ideas se presentan de manera cristalina, como las reflexiones de un hombre que ya ha vivido y leído bastante y sabe que la sencillez es una virtud de la vida y de la prosa difícil de lograr. En "Vida" cuenta anécdotas personales, historias de su matrimonio, sus amigos, sus viajes, la muerte de sus hermanos y la infancia, en un tono ameno y a la vez profundo, con la familia como eje articulador de las historias personales. "Libros", la tercera parte, es una compilación de lo que ha dicho en distintas entrevistas sobre cada uno de los libros publicados: sobre cómo los escribió y qué deseaba explorar o aprender con cada uno.

Asombro es, en suma, un libro generoso, pero además un libro imprescindible para los lectores del gran Tomás González.


Algunos subrayados (muchos)

Los seres humanos, únicos sobre el planeta dotados de inteligencia, gracias a nuestro valor, esfuerzo, disciplina e ingenio, nos las hemos arreglado para quedar flotando, medio asfixiados, en la masa revuelta de nuestros propios desperdicios. Pero todos, curiosamente, conservamos la firme creencia de que somos la imagen de Dios y los reyes de la creación. Y es esa noción, o estructura mental, producto y causa del desarrollo descontrolado de la ciencia y de la técnica, la que ha disparado el tiempo y lo ha hecho irse de bruces, derrumbarse hacia adelante (p. 12). 

el empobrecimiento de la literatura que se produce cuando cada escritor trabaja con la intención, a veces inconsciente, de que su novela pueda llegar a ser película (p. 14).

Por fortuna la muerte es apenas provisional y dura poco (p. 18). 

Para mí es esencial, entonces, que en la narración sea constante la presencia del caos (p. 20).

no hay experiencia alguna, sea individual o colectiva, que no se viva en la intimidad (p. 22). 

En tantos libros de poemas los escasos momentos de intimidad que tiene el poeta Borges bastan para hacernos saber que el hombre que los escribió era capaz de sentir con toda la fuerza y expresar aquello que está clavado demasiado hondo en el corazón. En mi opinión son esos momentos de intimidad los que hacen de él un poeta (p. 25).

Me interesa, como a todo el mundo, la Historia con mayúscula, y sé bien que nos movemos en ella, pero también sé que por grandes que sean los hechos, solo se viven en el corazón propio. La intimidad en primer plano, y la Historia en el trasfondo (p. 26). 

cualquier representación de la muerte es solo manifestación de vida (p. 27). 

Creo que las obras literarias están siempre formadas por memorias, es decir, por ecos de hechos. Esto sin excepción. Incluso en aquellas que se habla de marcianos (p. 28). 

a los seres humanos nos es posible elaborar, pero no inventar. Creo que solo la naturaleza, o Dios, puede inventar; y que a nosotros nos corresponde trabajar sobre lo ya inventado y recrearlo, reinventarlo. 
Es decir, recordarlo (p. 29). 

¿Para qué, entonces, vinimos a este mundo?
Vinimos a admirarlo, digo yo (p. 31).

Las fechas crean la ilusión de que uno entiende el mundo y sus acontecimientos, pero son solamente eso: elementos, no inútiles del todo, no, pero casi, de la fantasmagoría que es la realidad (p. 39). 

Tengo problemas con el concepto de trama para las novelas. Me parece que la obligación de que tengan trama las convierte en productos artificales, que no reflejan la manera como está constituida la realidad (p. 51). 

para mí la narrativa debe estar cargada de poesía, pues sin ella el texto se hace plano, pierde vida (p. 53).

Lo que sí es para mí cuestión de principios es tratar de decir tanto como sea posible con las palabras, con las frases (p. 53). 

Al escribir trato de quitarme el miedo de meter la pata, de equivocarme, de escribir barrabasadas (p. 55). 

No existe historia que no se pueda contar bien en ciento cincuenta páginas. Tal vez el truco consista en gozar con las digresiones sin dejar que se pierda el hilo principal. También ayudarían las historias o tramas secundarias... Claro que de esa forma se diluye la contundencia... En fin, ya se verá. En cuento, sin embargo, sigo trabajando con historias más bien largas, que se me dan mejor que las cortas, creo yo, y en las que se gana o pierde por puntos, y no por nocaut, para usar la comparación de Cortázar (p. 56). 

La verdad es que no sé muy bien por qué escribo (p. 58).

La literatura nos hace ver el mundo en todo su horror y toda su belleza, es decir, nos produce ese entusiasmo estético (p. 58). 

Voy a cumplir sesenta y cinco años, y a esta edad ya casi nada se siente como obligatorio o imprescindible. Ya casi todo es paisaje (p. 60). 

Hay que abolir los premios literarios (p. 63)

Los jurados son, por definición, personas que consideran que el trabajo literario de muchos escritores muy distintos unos de otros pueden, no solamente compararse cualitativamente, sino ponerse a correr como caballos (p. 65). 

Si alguien vive en un apartamento, digamos en Manizales, podría creerse separado de la naturaleza, lo cual sería un error, a mi modo de ver (p. 77). 

Me gustaría mucho que solo se extinguieran los humanos rapaces pero es más probable que se extinga la especie completa, y eso tal vez sea lo mejor para la naturaleza como totalidad (p. 79).

Todos los himnos nacionales de todos los países deberían ir a la basura. Nada que incite al nacionalismo deberá ser condonado, y menos en los colegios y las escuelas, que es de donde sale la carne de cañón para las guerras (p. 83). 

(sobre la mamá) ella rea una señora de buena familia de Manizales y nadie hubiera pensado que le gustaba el jefe (Daniel Santos). (p. 99).

Por esos días estuve a punto de que me gustara la salsa (p. 100). 

Una de esas personas de quienes el poeta dice que, como a los caracoles, su caparazón resistente les da mucha capacidad de ternura (p. 112). 

siempre utilizamos vivencias propias o ajenas para escribir (p. 123).

El escritor toma la materia que ya está inventada o creada, y hace "edición", que consiste en utilizar la historia casi tal cual le llegó (como hice en Primero estaba el mar) o extrapolar situaciones de aquí y de allá, personajes de un lado y de otro, y recomponer o interpretar la realidad según su sensibilidad (p. 123). 

En general, las personas que me sirven de punto de partida para los personajes entienden bien la diferencia entre ellas y los personajes, y saben que estos se sostienen solos, sin necesidad de que se los relacione con personas reales, se sostienen solas sin que tengan que ser "plasmadas" en cuentos o novelas. Nunca me he sentido obligado a serles fiel a las personas reales, y en el momento de crear al personaje me siento en libertad de hacer lo que quiera. Lo importante para mí es que tenga coherencia interna y esté vivo (p. 131). 

Todo esto de las artes y las artesanías no es más que un juego. Un juego muy complejo y serio, como el de los niños (p. 135). 

El narcotráfico lo toqué en un cuento, "Las palmas del ghetto", y es muy probable que en algún momento vuelva a escribir sobre eso (p. 143). 

También recuerdo la novela Carretera al mar, del caldense Tulio Bayer, que me impresionó mucho (p. 144). 

Me interesaba en igual medida intentar entender la visión de la vida que se podría alcanzar desde la vejez avanzada (p. 149). 

El intento de plasmar el caos para así vencerlo se da en este y en todos mis libros. Que ese es el eje de mi narrativa se me ha hecho claro ahora, cuando alcanzo ya a tener una visión amplia del conjunto de mi trabajo (p. 150). 

Un porcentaje altísimo de la literatura universal gira alrededor de este asunto del amor. Hay excelentes novelas, gran literatura, que se construyeron en su totalidad sobre las preguntas: ¿se casan?, ¿no se casan? Un porcentaje altísimo de la música que hemos producido los humanos está inspirada por el asunto. Todos los boleros. La mayoría de los tangos. La mayoría de las rancheras. Casi toda la poesía. El poder del amor para generar imágenes es inmenso, asombroso y bastante absurdo (p. 155). 

es bueno saber estar solo. Sin pareja, quiero decir, porque solos nunca estamos. En el peor de los casos, como bien decía un poeta de aquellos que tienen humor, estamos con Dios (p. 157). 

La convicción de que la vida, mi vida, solamente por haberme dejado ver la belleza de lo que es bello y también de lo terrible, ya ha valido la pena (p. 161). 

La expresión "descansó en paz" es exacta. Este asunto de vivir va cansando, y en ese sentido morirse es bueno. Lo que preocupa es que el cuerpo, el organismo, al no entender esas razones, podría dar una pelea dolorosa, larga y perdida en la crisis final. La muerte asusta, aunque en muchos sentidos sea una liberación (p. 162). 

Los triunfos no duran para siempre y todo termina por deshacerse (p. 163).

La derrota está en aquello que muere antes de alcanzar su forma plena, no en lo que muere después de hacerlo (p. 163). 

He leído cuentos tan bien logrados que al final he sentido ganas de aplaudir. Con los de Rulfo me pasó así. Con los de Cortázar. Con los de Truman Capote. Aplaudí de hecho cuando leí Dilema doméstico de Carson McCullers (p. 167). 

La diferencia entre un relato y una novela es parecida a la que hay entre trabajar al óleo y hacerlo con acuarelas. Idealmente se trabaja rápido y se retoca poco, pero lo cierto es que en algunos se trabaja muy, muy despacio y se retoca mucho, de modo que parezcan escritos al vuelo y sin retoques (p. 167). 

Reunir todos mis relatos en La espinosa belleza del mundo fue como si al fin se hubieran juntado partes dispersas y pudiera ver mejor el conjunto de mi trabajo de varias décadas. Su coherencia. (p. 169). 

esta filosofía en mi escritura está en el convencimiento de que cada frase debe contener la totalidad y en cada una debe apoyarse el peso completo de la narración toda. El centro de gravedad se traslada de frase en frase (p. 172).

Los seres humanos somos animales de grupo, y el más importante de los grupos, el esencial, es la familia (p. 175). 


Asombro
Tomás González
Seix Barral
Bogotá, 2021
182 páginas

lunes, 11 de septiembre de 2023

Mi vida en estaciones, Helena Benítez de Zapata

Mi vida en estaciones es un libro que recoge las memorias de Helena Benítez de Zapata, una mujer que nació en Riosucio el 26 de junio de 1915 y murió en Cali el 5 de junio de 2009, después de haber dedicado su vida a la docencia y el periodismo, aunque también se reconoce como la primera mujer colombiana en haber ocupado la alcaldía de un municipio: fue alcaldesa de Riosucio entre 1956 y 1957, durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Helena, de filiación conservadora, escribió este libro en 1987, en Cali, cuando tenía 72 años. "Mi vida en estaciones" es una canción que compuso cuando murió su madre y es también el título de este volumen, en el que estructura el relato de su propia vida en cuatro partes, una para cada estación: en la primavera rememora la niñez, en el verano la juventud, en el otoño los años más fructíferos de su vida laboral y el invierno corresponde a su vida en Cali y sus trabajos en periodismo y relaciones públicas en esa ciudad, aunque su actividad periodística comenzó en Manizales, tanto en La Patria como en Radio Manizales. El periodismo le venía de herencia porque su padre, Manuel Benítez, fue fundador y director del semanario "El Deber", en Riosucio.

El libro no tiene mayores pretensiones literarias y sin embargo está lleno de datos y frases valiosas. Por un lado, es útil para entender el contexto de la mujer escritora, periodista, docente, música y política entre los años 40 y 70 en Colombia. Helena Benítez escribe para sus allegados, en un tono casi confidencial, y eso la lleva a contar anécdotas personales y familiares que permiten adentrarse en la cotidianidad de las mujeres de su tiempo. Pero, de otro lado, se trata de una escritora hábil con el lenguaje, a quien se le notan los muchos años que ejerció el periodismo, y por eso su texto está lleno de frases conmovedoras y de descripciones vívidas. 

El prólogo, escrito por su primo Otto Morales Benítez, ayuda a ubicar la época y el contexto del legado de Helena Benítez de Zapata.

Algunos subrayados

era la calle del Mochilón, para mí el centro de donde partían todos los caminos del mundo (p. 28).

se vivía sin miedo. Ese miedo que acecha, desde hace tiempos, por los caminos detrás de los matorrales y hasta en la propia casa (p. 34).

(sobre viajar en carro) si alguien se mareaba, lo atribuían a una especie de alergia a la gasolina u otra enfermedad cualquiera. No se conocía el mareo (p. 57). 

esos pueblos nada ofrecían fuera de su aburridora monotonía. Todo permanecía en ellos igual y la vida era igual que las calles y las casas quietas sin el menor cambio. Uno se levantaba sabiendo a cuáles personas encontraría en cada sitio, en cada puerta, en cada esquina (p. 71). 

Cuando concebí a mi primer hijo, me parecía pequeño el mundo para que pudiera caber allí tanta dicha (p. 72). 

Mi esposo era liberal y en aquellos pueblos lo sabían, jamás fue activista, ni desempeñó cargo alguno en el gobierno, ni hizo parte de directorios o comités políticos. Pero en los pueblos se conoce de cualquier manera la identidad de todos. A Belén no pudo volver, y yo misma le pedí que se abstuviera de hacerlo (p. 79)

El boleteo y el secuestro son modalidades que vienen desde aquella infortunada época, porque en ellas encontró la guerrilla su mejor manera de financiarse, y de vivir en forma espléndida sin trabajar. Cualquier sitio que se toman queda devastado, pero no siembran un grano de maiz (p. 87).

ese estado de viudez para una mujer joven, que en razón de sus circunstancias económicas tiene que trabajar, la hacen a veces objetivo para rodearse de amigos espontáneos que con falsas intenciones buscan de manera especial una forma de acercarse a ella, declararle su admiración y hasta sus deseos de ayudarle, cuando en el fondo sus sentimientos son otros (p. 92).


Mi vida en estaciones
Helena Benítez de Zapata
Editorial Lealón
Medellín
Noviembre de 1990
178 páginas


sábado, 11 de febrero de 2023

Mujeres de América, de Bernardo Uribe Muñoz


"La mujer americana ha llegado a la literatura con poco tiempo de diferencia respecto a la mujer española. No se encuentra obras de mujer en la literatura primitiva de España ni aparecen damas que se hagan notar por su saber hasta comienzos de la edad moderna", escribe la española Carmen de Burgos al inicio del prólogo que abre el volumen Mujeres de América, un libro en el que Bernardo Uribe Muñoz recogió en 1934 los datos biobibliográficos de las mujeres que a su juicio eran las principales escritoras del continente en ese momento.

Esta antología de autor
as incluye biografías (la mayoría autobiografías) de 149 escritoras, y algunas de ellas se publican con foto. La mayoría son poetas (poetisa, escribe Uribe), pero las hay también novelistas, periodistas, cuentistas e historiadoras. El autor agrupa las biografías de acuerdo con el país de origen de cada escritora, y a cada una le dedica un promedio de 3 páginas que incluyen foto de la autora (en ocasiones), autobiografía de la autora, o datos biográficos tomados de distintas fuentes, un poema, fragmento de cuento o alguna muestra de su obra literaria y un breve comentario del autor del libro. 

Se trata de un libro útil para conocer el panorama de la escritura de mujeres en las primeras décadas del siglo XX, sobre todo porque en varias de las autobiografías se hace evidente la dificultad de combinar escritura con trabajo en el hogar y maternidad, así como la poca valoración que las escritoras hacen de su trabajo literario.

Entre las autoras que hacen parte de esta antología están las colombianas Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Uva Jaramillo Gaitán, Rosario Grillo de Salgado, Fita Uribe, Sofía Ospina de Navarro, Marzia de Lusignan, Lidia Bolena, Luz Stella, María Cano y Laura Victoria, entre otras. Entre las escritoras de otros países están Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, María Monvel, Delmira Agustini, Juana De Ibarbourou y Rosario Sansores, entre otras. 


Algunos apartes 
Prólogo de Carmen de Burgos: 
"Continuó mucho tiempo la literatura siendo sólo patrimonio de monjas y grandes damas, cosa no rara si se considera el atraso con que los prejuicios hacen luchar aún a muchas mujeres" p. XVIII.

"Se tenía a desdoro pintar pasiones y discutir ideas que no cayesen bajo lo que la serie de convencionalismos exigía a la mujer. No se podía escribir como un hombre".  p. XVIII.



Mujeres de América
Bernardo Uribe Muñoz
Medellín, 1934
Imprenta Oficial de Antioquia
492 páginas

martes, 3 de enero de 2023

El acontecimiento, de Annie Ernaux

En 1999 Annie Ernaux escribe sobre algo que le ocurrió en octubre de 1963, cuando era estudiante universitaria en Ruen: quedó embarazada y aunque quería abortar el aborto no estaba permitido en su país, así que debía hacerse de manera clandestina.

En esta novela corta, escrita sin sentimentalismo ni digresión, ateniéndose a las pruebas, como ella las denomina, es decir a su diario y a la memoria de datos, fechas, nombres y lugares, Ernaux reconstruye con precisión lo que vivió entre el momento en el que confirma que está embarazada, y mediados de enero, cuando finalmente se practica el aborto. Pero lo más interesante no es la descripción fría del hecho sino la constancia política de para qué lo cuenta tanto tiempo después: para convertir su cuerpo en escritura y que ese acontecimiento se disuelva en la cabeza del lector. 


Algunas frases
El hecho de que la forma en la que yo viví la experiencia del aborto, la clandestinidad, forme parte del pasado no me parece un motivo válido para que se siga ocultando (p. 24). 

Sor Sonrisa forma parte de esas mujeres a las que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, y a pesar de todas las diferencias, siento que tengo algo en común (p. 41).

Como la mayoría de los padres, los míos se imaginaban que podían detectar de forma infalible a primera vista la más mínima señal de descarrío. Para tranquilizarlos, bastaba con ir a verlos regularmente (con una sonrisa en los labios y la cara lavada), llevarles la ropa sucia e irse de allí cargada de provisiones (p. 53).

si no cuento esta experiencia hasta el final, contriburé a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo (p. 55). 

Ver con la imaginación o volver a ver por medio de la memoria es el patrimonio de la escritura (p. 59).

Hacíamos poco el amor y con prisas, sin sacar partido de la ventaja que nos procuraba mi estado el mal ya estaba hecho, de la misma manera que el parado no aprovecha el tiempo y la libertad que le proporciona el hecho de no tener trabajo; o el enfermo desahuciado no aprovecha el permiso para comer y beber de todo (p. 67). 

Siempre que escribo me planteo la cuestión de las pruebas (...) La única y auténtica memoria es material (p. 69).

Todavía no sé qué palabras utilizaré para escribir sobre aquello. No sé qué me deparará la escritura. Me gustaría retrasar ese momento, permanecer todavía a la espera. Quizá tenga miedo de que la escritura disuelva las imágenes (p. 71).

Me aliviaba el hecho de decir que tenía miedo (p. 75).

Hoy en día se persigue a los traficantes de personas y se deplora su existencia de la misma forma que hace treinta años se deploraba a las personas que practicaban abortos. Pero no se cuestionan las leyes ni el orden mundial que provocan este fenómeno. Y seguramente entre los traficantes de inmigrantes, como antes entre las aborteras, debe de haber algunos más serios que otros (p. 85).

Me he quitado de encima la única culpablidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento; el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y la vida de los otros (p. 115).


El acontecimiento
Annie Ernaux
Editorial Tusquets
Bogotá 2022 (primera edición 2001)
119 páginas


domingo, 18 de octubre de 2020

La sombra de mi padre, de Martín Franco Vélez

Es difícil juzgar un libro que transcurre en la ciudad que uno habita y en la misma época que uno ha vivido. Hay demasiados referentes personales que complementan la lectura, pero entonces uno como lector carece de la distancia necesaria para comprender cómo puede ser recibida la obra en lectores que no tienen el mismo contexto. El escritor dice "Palermo" y yo entiendo a qué se refiere, porque es el barrio en el que vivo, pero quizás un lector de otra ciudad necesita más pistas para ubicar el estrato y la arquitectura.

Pienso en esto a propósito de "La sombra de mi padre", de Marín Franco Vélez, un autor al que conozco y aprecio, y por esa relación supe de algunos pasajes de su vida, que aparecen en este libro,  pero llegué a ellos por su voz antes que por su escritura.

La sombra de mi padre es un testimonio personal, de no ficción, con referentes de actualidad, escrito desde una primerísima primera persona y también desde el dolor, la rabia, la frustración y el amor. Está dividido en tres partes, cada una con varios capítulos: en la primera Martín aborda la relación difícil que tiene con su papá, Jorge; en la segunda la relación de admiración y cariño que tiene con su abuelo Emilio, y en la tercera el cambio de vida que significa la llegada de su hijo, que también se llama Emilio.

En estos tres bloques la primera sombra que se advierte no es la del padre, el abuelo o el hijo. Es la sombra de la mamá, la abuela, la esposa, las tías, que aparecen como espectros. Es una historia sobre hombres, narrada por un hombre, desde la perspectiva masculina.

La sombra de mi padre es, sobre todo, una larga carta de amor: es un texto en el que Martín explora las huellas del amor que le tuvo a su padre en la infancia, la forma en la que ese amor se transformó durante la juventud, el distanciamiento, las peleas, los conflictos familiares, y la forma en la que ya en la madurez del padre, y con el autor convertido en papá, ese amor se decanta para fortalecerse desde el respeto por la mutua aceptación de las diferencias que los separan. 

El libro es un testimonio sobre una familia de clase media-alta de Manizales. Habla de suicidio, alcoholismo, homofobia, depresión, desempleo, arribismo, machismo y patriarcado. "Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera", dice León Tolstoi al comienzo de Ana Karenina. Las familias guardan secretos infelices que normalmente permanecen en la sombra y esos secretos construyen singularidades. Poner luz sobre esas sombras a veces resulta revelador: las familias infelices también pueden parecerse y, a veces, lo que se juzga con severidad y se cataloga como infelicidad, varía cuando se mira desde otra perspectiva.



Algunas frases
"...esa ciudad parroquial de cuestas empinadas y días muertos no era la maravilla que había creído. Que la sociedad en que crecí resultaba de una pacatería irremediable, y que al final la gente vivía más preocupada por lo que dijeran de ellos que por ocuparse de sus propios asuntos" (p. 16).

"...acabé yéndome de Manizales hace casi dos décadas: porque hacía parte de esa sociedad de apariencias y charlas de pasillo que no me permitía ver lo que había al otro lado, la realidad que se cocinaba en esos barrios que iban más allá de Palermo" (p. 22).

"Pocas cosas son tan implacables como el juicio de un hijo" (p. 24).

"... las palabras (esas mismas que estoy escribiendo ahora) nos hacen prisioneros. No podemos escapar de ellas; una vez puestas en el papel, no queda lugar donde escondernos" (p. 27).

"... él siempre ha estado convencido de que aprender a tomar es uno de los ritos más importantes para volverse hombre" (p. 27).

"El trago estaba presente, siempre, en todas las reuniones familiares; en la finca, los fines de semana, se nos volvió una costumbre ineludible destapar una botella antes del almuerzo y por eso a las dos o dos y media de la tarde mi madre nunca dejó servir más tarde, estábamos casi siempre borrachos" (p. 28).

"siempre quedará algo de nosotros en los sitios donde ha transcurrido parte de nuestra vida" (p. 31).

"Tener un hijo ahora lo entiendo es poner a prueba la paciencia de manera constante. Tener un hijo es pasar del amor más grande a la rabia intensa en cuestión de segundos (p. 41).

"Tendrían que pasar varios años para que regresara a consulta y entendiera que a veces no podemos solos; que las batallas diarias nos van agotando y que en ocasiones el río interior de nuestros problemas se crece y nos desborda" (p. 43).

"Me gustaba tomar mucho, y lo hacía cada que podía porque en Manizales eso nunca estuvo mal visto; al contrario: el que más bebía era un berraco y se ganaba la admiración del resto. Y nosotros bebíamos siempre: en las fincas, en la calle, en las casas, en los bares" (p. 45).

"Eso hacen los libros, después de todo: hablarnos como si no hubiera nadie más en el mundo para decirnos que no estamos solos, que a muchos también les ha pasado lo mismo alguna vez" (p.63).

"hace lo que hacemos todos: adornamos las historias vividas con detalles y matices que no existieron, o sucedieron de un modo más anodino, para que se tornen interesantes, únicas, dignas de ser contadas" (p. 78).

"escribir la propia vida era algo valiente, aunque no entendía muy bien para qué hacerlo. Hoy lo sé, o al menos en el caso de Emilio: para que la existencia no se nos vaya entre las manos y quede algo, cualquier cosa, para los demás. Vivimos mientras estamos en la mente de los que nos amaron; luego nos vamos del todo" (p. 89).

"Las relaciones entre padres e hijos solo requieren de tiempo para enfriarse" (p. 89).

"lo despreciable que me resulta ahora esa clase alta en la que crecí, en su profunda falta de empatía y en lo mucho que se esmera por preservar a cualquier precio esos privilegios que ha tenido durante años, o siglos, sin preocuparse nada más que en seguir alimentando su codicia" (p. 106).

"Todos pasamos por el tribunal de los hijos, quienes rara vez nos absuelven. Somos implacables como hijos y esperamos benevolencia como padres" (p. 117).

"Una de las cosas más duras de la muerte, además de despedir a un ser querido, es que nos da una bofetada de realidad: eso seremos todos, en algún momento" (p. 128).

La sombra de mi padre
Martín Franco Vélez
Editorial Planeta,
Bogotá, septiembre de 2020
135 páginas



jueves, 15 de octubre de 2020

Historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma


Catalina es una niña a la que internan en un convento a sus cuatro años de edad, en compañía de otras tres hermanas. Allí crece, desobedece, se desadapta y un día aprovecha un descuido para fugarse y salir al mundo exterior, que desconoce por completo.
Su primera decisión, cuando accede a la calle, es convertirse en hombre: con aguja, hilo y tijeras transforma su hábito de religiosa en un traje varonil y decide que a partir de ese momento se llamará Francisco y empezará a vivir las aventuras que le están vetadas a las monjas de clausura.

La historia, así contada, ya resulta inverosímil. Lo sorprendente es el contexto en el que ocurre: Catalina de Erauso nació en 1585 en la villa de San Sebastián en la provincia de Guipuzcoa, en España, y cuando decide "vivir aventuras" éstas consisten en embarcarse hacia el Nuevo Mundo y recorrerlo a pie, a caballo y en barco desde Panamá hasta Concepción, en Chile, pasando por Tucumán, Cochabamba, Potosí, La Paz, Cuzco, Lima y Trujillo, entre otras ciudades. En este recorrido Erauso tiene combates con espadas, apuesta y pierde dinero, va varias veces a la cárcel, la hieren y se enrola en el ejército, en donde accede al título de alférez.

"La historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma" ofrece numerosos ángulos para abordar el texto: es una obra con elementos de picaresca, autobiografía, viaje de aventuras, historias de milicia e historias de la colonia. Sin entrar en la controversia sobre si Catalina de Erauso es la real autora del texto, o se trata de una transcripción o una ficción (se sabe que Catalina de Erauso sí existió), resulta relevante conocer el ejercicio escritural de una mujer que decide ser hombre y referirse a sí misma en masculino cuando está en compañía de otras personas, pero conservar el género femenino para los momentos de intimidad y soledad. Es como si el tránsito entre géneros fuera una oportunidad para disfrutar de las libertades vedadas para las mujeres, sin que ello signifique una renuncia absoluta o definitiva a su condición femenina.

Erauso es un personaje singular, ambiguo y magnífico para los estudios queer. El texto no ofrece digresiones, introspecciones o análisis personales. Se trata de una sucesión de episodios de aventuras y viajes, en donde la acción prevalece sobre la descripción, tal y como ocurre con El lazarillo de Tormes y El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, dos obras relativamente contemporáneas, a las que podría acercarse. La singularidad de la historia de la monja alférez consiste en que la acción y el lenguaje develan aspectos relevantes del tránsito por los géneros: Catalina cuenta cómo el vestido y el corte de pelo le permiten pasar como varón; explica el mecanismo utilizado para lograr que no le crezcan los senos; en algún aparte del texto se describe al personaje con un bigote incipiente y en una escena en Perú, en la que se descubre su verdadera identidad, el juicio relevante de las comadronas no consiste en revelar que es mujer, sino que es virgen. La autora narra una épica construida con múltiples batallas, pero la batalla más significativa es la que se libra sobre su propio cuerpo.

La lectura de textos del siglo XVI a veces se torna farragosa por el uso de palabras desconocidas y por una ortografía que hace que el lector se concentre más en superar la forma que en develar el fondo. El trabajo hecho por Ediciones Tres Cantos, una nueva editorial independiente creada en Pereira, permite superar ese obstáculo: el libro trae una ortografía limpia y actualizada y  cuenta con algunos pies de página que permiten contextualizar. Estos recursos, junto con el prólogo de la profesora de literatura María Piedad Quevedo Alvarado, y la hermosa tipografía con que se construyeron las páginas, ponen esta obra clásica al alcance de cualquier lector que desee conocer una nueva autora, si es que es posible decirle "nueva" a una escritora del siglo XVI.


Historia de la monja alférez, doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma
Ediciones Tres Cantos
Pereira, Colombia
2020 (primera edición 1829).
152 páginas

martes, 3 de abril de 2018

Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez

Cuando Silvia Gálvis publicó "Los García Márquez", su compilación de entrevistas a los hermanos de Gabriel García Márquez, dijo que en el habla común de la familia y en las historias que contaban con naturalidad estaban las claves del realismo mágico de Macondo y Cien años de Soledad.

Vivir para contarla es la autobiografía de Gabriel García Márquez (anunció varios volumenes y finalmente sólo publicó éste) que confirma esa afirmación de Silvia Gálvis: la vida cotidiana de García Márquez, su infancia, su mamá, las historias de sus abuelos maternos, la pobreza y tantos detalles particulares de sus primeros años configuraron un universo propio que se refleja en su obra posterior.

El complemento para esa vida fueron sus lecturas y en Vivir para contarla el Nobel de literatura hace un reconocimiento a sus maestros de sus primeros años: Estando en el colegio leyó la poesía del Siglo de Oro español, La isla del Tesoro, El conde de Montecristo, las mil y una noches, Nostradamus, El hombre de la máscara de hierro y La Montaña Mágica, de Thomas Mann, entre muchas otras. En sus primeros años en Bogotá se acercó a Jorge Luis Borges, D.H. Lawrence, "Contrapunto", de Aldous Huxley, "La señora Dalloway", de Virginia Woolf, (a quien le robó el nombre de su seudónimo Séptimus) Graham Greene, Chesterton, William Irish y Katherine Mansfield. Dedica un buen espacio para explicar la turbación que le produjo La Metamorfosis de Kafka, y en distintos apartes del libro menciona a William Faulkner, con Luz de Agosto, El sonido y la Furia y Palmeras Salvajes. También cuenta que leía a León de Greiff y lo escuchaba en un café en Bogotá; que el "Ulises", de James Joyce es la otra Biblia; que Bola de Sebo, de Maupassant es un gran cuento, y La pata de mono, de W.W. Jacob es el cuento perfecto.


La autobiografía está escrita en ocho capítulos de extensión similar y cada uno con un tema definido. No se trata de una narracción lineal ya que empieza con García Márquez trabajando como periodista en Barranquilla, pero ese rol lo desarrolla muchas páginas después. La primera parte se dedica a un viaje de regreso con su mamá a Aracataca, que sirve para entrar en el mundo de su infancia, su familia y a partir de ahí en su universo literario posterior.

El libro se ocupa de la infancia errante, el bachillerato en Zipaquirá, el estudio de Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá, el Bogotazo, su inicio como periodista en El Universal de Cartagena, su traslado a Barranquilla y su trabajo posterior en El Espectador de Bogotá. El libro termina cuando El Espectador lo envía a Europa por dos semanas, en un viaje que se prolonga por varios años.

Se trata de un libro muy colombiano, lleno de nombres propios de lugares y personas, con comentarios de la historia política colombiana, y por eso puede resultar difícil para un lector extranjero. Pero para un colombiano se trata de una lectura que permite entender otras facetas del Nobel, desde detalles anecdóticos sobre cómo sobrellevaba la pobreza o su pánico a montar en avión hasta su pasión por el periodismo y su concepto de la amistad.

Algunas frases:
Las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa.

Todo novio era un intruso.

En una época tuve una cierta tentación por sus costumbres de cazador furtivo, pero la vida me enseñó que es la forma más árida de la soledad.

Nada se comía en casa que no estuviera sazonado en el caldo de las añoranzas.

Le quedaban tan ceñidos al cuerpo que parecía más desnuda que sin ropa.

También de allí puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

Era un matrimonio ejemplar del machismo en una sociedad matriarcal, en la que el hombre es rey absoluto de su casa, pero la que gobierna es su mujer.

Nuestra fortuna mayor fue que aun en los apuros más extremos podíamos perder la paciencia pero nunca el sentido del humor.

Más que una entrevista clásica de preguntas y respuestas -que tantas dudas me dejaban y siguen dejándome- (...) me puso a pensar por primera vez en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. novela y reportaje son hijos de una misma madre. 

La cumbre de la poesía universal son las coplas de don Jorge Manrique a la muerte de su padre. 

El terror de escribir puede ser tan insoportable como el de no escribir. 

Sobre todo de poesía, aún de la mala, pues en los peores ánimos estuve convencido de que la mala poesía conduce tarde o temprano a la buena.

Aún no existía la televisión en Colombia, pero Gloria Valencia inventó el prodigio metafísico de hacer por radio un programa de desfiles de modas. 

Hasta descubrir el milagro de que todo lo que suena es música, incluidos los platos y los cubiertos en el lavadero, siempre que cumplan la ilusión de indicarnos por dónde va la vida. 


Vivir para contarla
Gabriel García Márquez
Editorial Norma
Bogotá, 2002
584 páginas