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miércoles, 7 de mayo de 2025

Imposible decir adiós, de Han Kang


Gyeongha es una mujer que vive en Seul y atraviesa una situación límite (está pensando a quién encargar lo que debe hacerse después de que ella muera) cuando recibe un mensaje de su amiga 
Inseon. Inseon es una fotógrafa que trabajó hace años con Gyeongha y aunque son cercanas llevan tiempo sin hablar. Inseon le pide que la visite en un hospital y cuando Gyeongha lo hace Inseon la insta a que vaya inmediatamente a su casa a salvar a un pájaro que morirá si ella no llega a tiempo, porque se agotarán el agua y la comida. Inseon vive en Jeju, una isla, lejos de Seul. Gyeongha sale del hospital al aeropuerto y al llegar a la isla se encuentra con una tormenta pavorosa. La nieve le llega a los muslos.

Así empieza Imposible decir adiós, una novela muy distinta y a la vez con elementos que recuerdan a La vegetariana, quizás la obra más reconocida de la coreana Han Kang.

Ambas obras están divididas en tres partes. Las dos se centran en mujeres de mediana edad en situaciones críticas. En las dos son recurrentes las pesadillas y los sueños. En ambas hay escenas de gran belleza visual escritas a partir de un proyecto artístico que alguno de los personajes está ejecutando. En las dos hay enfermedad, hospitales y detalles explícitos sobre la corporalidad y tanto La vegetariana como Imposible decir adiós son novelas cortas, escritas de manera muy fragmentada, en donde se intercala la narración con pasajes de profundo calado lírico.

Teniendo tantos elementos comunes, la historia, no obstante, es muy distinta. Gyeongha es la narradora y al comienzo parece ser la protagonista del libro, pero a medida que avanza la lectura el interés se centra en Inseon, y más que en ella en sus antepasados: en su madre, su padre, sus abuelos, su tío: en las víctimas de la masacre de la Isla de Jeju, que empezó el 3 de abril de 1948 y cobró la vida de al menos 30.000 personas, en la masacre de la Liga Bodo, una persecusión a los comunistas de Corea del Sur, que mató a al menos 50.000 personas, y la masacre de la Mina de Cobalto de Gyeongsan, en donde fueron asesinados al menos 3.500 presos. 

Es difícil que un lector occidental tenga información sobre cada una de estas masacres, pero para eso está Wikipedia. Han Kang no hace un relato pormenorizado o periodístico de los hechos que denuncia. Ofrece los referentes básicos para que el lector complemente la información que considere, y su trabajo consiste en elaborar una memoria histórica a partir de un lenguaje poético que permita revivir a los muertos a partir del diálogo que establecen con los vivos que mueren. En una zona liminal y fantasmagórica, en la que no es claro si los personajes de la primera parte del libro siguen vivos en la segunda (¿Han Kang leyó Pedro Páramo?) la autora se sustrae de dar explicaciones racionales a hechos extraordinarios y simplemente narra la manera en la que esa casa de Inseon en una zona apartada y rural de Jeju, estuvo habitada antes por su madre, ya fallecida, quien a su vez investigó y documentó la muerte de su hermano mayor y de su madre, arrasados por una violencia política que allá y acá se ensaña con campesinos y personas pobres.

La prosa de Han Kang es tremendamente visual, con varias capas de sentido para navegar con belleza en medio del dolor. El texto (que evidencia un trabajo de traducción extraordinario) permite viajar al lector por distintas sensaciones (dolor, frío, escozor, asombro) y permite también identificar elementos similares en geografías distantes: el desplazamiento forzado, el drama de los desaparecidos, las detenciones arbitrarias y la zozobra que causan decisiones políticas que se toman en la capital y que se ensañan con los cuerpos más débiles en zonas remotas.

Algunos subrayados
Entonces caí en la cuenta de lo frágil que es la existencia humana; de lo fácil que se quiebran y desgarran la piel, los órganos, los huesos y la vida. Todo por una decisión (p. 15).

¿Cómo pude ser tan ingenua, tener la desfachatez de creer que podría escapar algún día del sufrimiento y librarme de los vestigios de violencia cuando había tomado la decisión de escribir sobre masacres y torturas? (p. 22).

La nieve siempre me provoca una sensación de irrealidad. ¿Sería por la morosidad con que caía? ¿Por su belleza? Cuando veía moverse los copos con la lentitud de la eternidad, de pronto se me hacía patente lo que era realmente importante y lo que no (p. 37).

Mi madre me contó que aquel día aprendió, de una vez y para siempre, que cuando alguien se muere y su cuerpo se enfría la nieve se acumula sobre sus mejillas y la sangre se escarcha (p. 67).

A veces no resulta fácil diferenciar la paciencia de la resignación, la tristeza de la reconciliación incompleta, la fortaleza de la soledad (p. 83). 

el mensaje que yo había recibido en Seúl y todo lo que me había pasado en la isla no eran sino las fantasías de alguien que ya no era de este mundo (p. 150)

Estamos sentadas donde el fuego lo devoró todo -pensé- Estamos sentadas donde se desplomaron las vigas y nubes de ceniza volaron por los aires (p. 190). 

Cuando los vecinos le preguntaban a mi abuela para qué diablos se molestaba en hacer estudiar a sus tres hijas, ella les respondía sonriendo que el mundo iba a cambiar algún día (p. 193).

¡Qué poco sabía yo de mi madre! Y eso que creía conocerla bien (p. 199).

Como sabes, al menos unas cien mil personas perdieron la vida en todo el país.
Al tiempo que asentía con la cabeza me pregunté para mi adentros si no habrían sido muchos más (p. 212).

(1960) En aquel entonces mi madre tenía ya veinticinco años. Todos estaban preocupados porque había sobrepasado la edad de casarse, pero ella no tenía ningún interés en contraer matrimonio (p. 218).

Mi madre se sentó en cuclillas y yo la imité. Entonces se giró hacia mí sonriendo y me acarició la mejilla. Luego me pasó la mano por la cabeza, por el hombro, por la espalda. Sentí su amor como un dolor sordo que me traspasaba la piel, se hundía hasta la médula de los huesos y me encogía el corazón... Fue entonces cuando supe lo mucho que duele amar a alguien (p. 242).

Creí que después de que ella muriera podría recuperar mi vida, pero el puente que podía llevarme de regreso había desaparecido. Mi madre ya no entraba a mi cuarto, pero yo no podía dormir de todas maneras (p. 244) 

Ya no me sorprendía nada de lo que un ser humano podía hacerle a otro ser humano... (246)

Porque la guerra nunca terminó, porque solo quedó en suspenso, porque el enemigo sigue allí, al otro lado de la Línea del Armisticio, porque todos se callaron, incluso los familiares de los masacrados, porque abrir la boca equivalía a ponerse del lado del enemigo (p. 247).


Imposible decir adiós
Han Kang
Traductora: Sunme Yoon
Random House
Bogotá, 2024 (primera edición 2021)
252 páginas

martes, 31 de diciembre de 2024

No es un río, de Selva Almada

Enero Rey, El Negro y Eusebio son amigos desde la infancia. Crecieron en el mismo barrio y ahora que están adultos salen a pescar en río que no sabemos cuál es pero es un río grande y profundo porque tiene islas y porque allí pescan rayas. Eusebio es el papá de Tilo, pero está separado de Diana Maciel, la mamá. Está separado al momento de su muerte, porque Eusebio murió y Tilo ya no es un niño sino un joven que va a pescar con Enero y El Negro, los amigos de su papá. 

"No es un río" relata en tres tiempos entremezclados el pasado de Enero, El Negro y Eusebio, el viaje de los dos amigos con Tilo a la isla, en donde conocen a Lucy y Mariela y lo que ocurre con ellas después. Pero la estructura del libro no está dividida en capítulos ni está armada de manera cronológica, de manera que el lector tiene la tarea de ir armando los fragmentos que la escritora tiene claros desde el comienzo y que para quien entra en este río son visibles apenas por trozos. 

Selva Almada construye una historia muy masculina, con frases cortas y diálogos escasos y breves. La descripción también es exigua. Los personajes se delinean a partir de sus acciones y sus silencios. La pesca exige paciencia, silencio y tiempo y así mismo la autora exige que el lector tenga paciencia, tiempo y concentración para que emerjan no solo la historia de violencia que narra (de varias violencias) sino también el perfil de cada personaje. 

La acción ocurre en un río y una isla sin nombre. El único referente espacial es la ciudad de Santa Fe y también al comienzo menciona Paraná. No hay tampoco referentes temporales o históricos precisos. Sólo el uso de palabras como bikini y la presencia de carros o de botes con motor de gasolina permiten ubicar la historia en un contexto contemporáneo. Si no fuera por esos anclajes, la acción podría ubicarse en tiempos más remotos. 

En el libro hace mucho calor. Hay un clima ardiente y hay además fuego en varias escenas. Este sopor que enrarece el aire se acentúa además con un enrarecimiento del lenguaje. Si la literatura es una afectación de la lengua en esta novela hay múltiples ejemplos de ello. Se trata de un libro en español, pero en un español de una zona específica ubicada al norte de Argentina, con la influencia guaraní paraguaya, y por eso el lector se encuentra con palabras como tanzas, gurises, yuyos, pilchas, chircas, chota, bambula, viyela, chúcara, porrón, picuí, aguaribay, sucucho, abichado, acaroína y muchas otras. En casi todas las páginas hay palabras que exigen ir al diccionario o deducir su sentido a partir del contexto. Esa afectación, sumada a las frases cortas, le da al texto una musicalidad singular, que hace de este libro una pieza única.

Algunos subrayados
Este hombre no es de este monte y el monte lo sabe. Pero lo deja. Que se meta, que se quede el tiempo que le lleve juntar la leña. Después, el propio monte va a escupirlo, los brazos llenos de ramas, otra vez hacia la orilla (p. 21).

Las hermanas eran evangélicas y para ellas todo lo que no era cosa de Dios era cosa del diablo (p. 30). 

A veces los sueños son ecos del futuro (p. 34). 

La casa está en silencio, de no ser por los pequeños quejidos que hacen las casas en verano. La chapa de cinc dilatándose por el calor. El ir y venir de los ararás que taladran las vigas de madera. El piso de cemento que cruje en alguna parte, el comienzo de una grieta nueva. La respiración pausada de su humanidad recién despierta (p. 86). 

¿Será que piensa tanto en la madre porque hijos no tuvo? ¿Será que la gente con familia propia ya no piensa tanto para atrás sino para adelante? (p. 87).

Una cosa es divertirse un rato y otra armar familia (p. 89). 

Algo le molestaba de su presente en ese lugar de mala muerte y algo de su pasado, como si fuera dos personas distintas que solamente se parecen en la incomodidad (p. 112). 

Mejor no hablar para no embarullarse (p. 120). 

Está contento como perro con dos colas (p. 122). 


No es un río
Selva Almada
Penguin Random House
Buenos Aires
2020
138 páginas

martes, 15 de octubre de 2024

La clase de griego, de Han Kang

Si "La vegetariana" parte de la pregunta ¿qué pasa si una mujer decide dejar de comer? "La clase de griego" parece ser la respuesta a ¿qué pasa si una mujer decide dejar de hablar?. Al igual que en "La vegetariana", en "La clase de griego" la premio Nobel Han Kang habla de sueños, pesadillas, de mujer divorciadas en la conservadora sociedad contemporánea de Corea, en donde el machismo se observa desde la aniquilación de la voz femenina hasta escenas de mujeres que reciben bofetadas. Hay también en los dos libros manchas marrón de sangre seca en la ropa, numerosos personajes sin nombre y 
árboles que se mueven como si fueran humanos o animales. Hay un lenguaje poético y reflexión sobre las honduras de la condición humana. Hay muchos elementos comunes y sin embargo la experiencia lectora es tan distinta que por momentos parecen libros escritos por dos autores diferentes. 

Mientras "La vegetariana" tiene un ritmo trepidante, de vértigo, en La clase de griego se privilegia la lentitud. La autora presenta a un profesor de griego que está a punto de perder la vista y a una estudiante de esta lengua muerta que, por segunda vez en su vida, ha dejado de hablar. El encuentro entre un hombre que pronto verá en sueños y una mujer a la que él no puede oír y tampoco podrá ver provoca una necesidad de aguzar otros sentidos. 

En esta novela Han Kang habla menciona el racismo que sufren los coreanos en Alemania, pero no se trata de una novela de denuncia. Hay dos cuerpos que transitan por Seúl en profunda soledad y la desconexión sensorial es la metáfora de sociedades en las que hay poco contacto. La obra también es una oda a la literatura, desde Borges hasta Platón: una reflexión sobre el sistema de pensamiento que se pierde cuando se muere una lengua, sobre las distintas dimesiones de significado que tienen las palabras a través de los siglos y sobre los lenguajes no convencionales, como la lengua de señas, el braille y otros sitemas. 

"La clase de griego" es una obra para paladear, para detenerse con lentitud en cada página, en los párrafos que son poemas, en las frases que evidencian por qué este premio Nobel estuvo bien asignado.


Algunos subrayados

sentía vergüenza de las oraciones que se desprendían de su lengua y de sus dedos como blancos hilos de telaraña (p. 15).

El lenguaje, que la aprisionaba y la hería como una prenda hecha con miles de alfileres, desapareció de un día para otro. Podía oirlo, pero su silencio como una gruesa y compacta capa de aire se interponía entre el caracol de sus oídos y el cerebro (p. 15). 

Una vez que alcanza su cota máxima, la lengua cambia hacia formas más sencillas, descendiendo en una curva suave y gradual. En cierto modo se trata de un deterioro, de su decadencia, pero desde otro punto de vista, supone un avance. Las lenguas europeas de hoy en día son el resultado de un largo proceso de evolución que las hizo menos estrictas, menos elaboradas y menos complicadas (p. 29). 

La gente cree que cuando dejas de ver bien empiezas a oír mejor, pero eso no es cierto. Lo que percibes, sobre todo, es el paso del tiempo (p. 38). 

Aunque cada tanto ocurra algo que valga la pena recordar, se borra sin dejar rastro alguno, sepultado bajo la mole gigantesca y opaca del tiempo (p. 39). 

descubrí que estar enamorado era como estar poseído (p. 44).

yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, nuestro silencio se había ido perfeccionando a la par (p. 47).

Simplemente no le gustaba acaparar espacio. Todo el mundo ocupa un espacio físico proporcional al volumen de su cuerpo, pero la voz se propaga a una distancia aún mayor. Y ella no deseaba amplificar de ese modo su persona (p. 50).

Para ella no existía una forma de relacionarse más inmediata y directa que la mirada, pues era la única forma de establecer contacto sin tocarse (p. 54). 

A veces no se siente como una persona, sino más bien como una sustancia, una materia sólida o líquida en movimiento. Cuando come arroz caliente, se siente arroz; cuando se lava la cara con agua fría, se siente agua (p. 58).

últimamente todo lo que escribo se convierte enseguida en algo apagado y sin vida (p. 72).

A veces me quedo pensando
en lo extraño que es formar parte de una familia,
en lo extrañamente triste que es eso (p. 78).

Cuando algún día escriba un libro, me gustaría que también tuviera una edición en braille, para que alguien lo leyera pasando sus dedos por cada letra y cada línea hasta el final. Eso sería como... una auténtica conexión, como tocar de verdad a esa persona (p. 107).

Que cuando le devolvamos al mundo material la vida, lo más frágil, blando y triste que poseemos, no recibiremos ninguna compensación. Que cuando llegue ese día, no podré recordar todas las experiencias que habré acumulado hasta entonces en términos de belleza (p. 117).

Tomé conciencia de que el cuerpo humano es triste, de que está lleno de zonas cóncavas, suaves y vulnerables, como brazos, axilas, pecho y entrepierna; de que es un cuerpo nacido para abrazar y desear el abrazo de alguien (p. 120).

Con el tiempo... sólo veré en sueños (p. 148).

Me aterra no poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho más de lo que yo sé (p. 155).



La clase de griego
Han Kang
Traducción de Sunme Yoon
Penguin Random House
Bogotá
Septiembre de 2023 (publicado originalmente en coreano en 2011)
176 páginas

lunes, 14 de octubre de 2024

La vegetariana, de Han Kang

Yi Sang (1910-1937) fue un poeta coreano que vivió en la época en la que su país fue ocupado por Japón. Murió a los 27 años (la mítica edad de la muerte de Janis Joplin, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse, entre otros artistas) y es posible que su nombre hubiese sido olvidado si la premio nobel de literatura 2024, Han Kang (1970), no hubiese leído su verso 
"Creo que los humanos deberían ser plantas".

Con esa idea Han Kang escribió en el año 2000 el relato "Los frutos de mi mujer", la historia de una mujer que se convierte en planta, su marido la siembra en un matero y la mata se seca luego de dar unos frutos. "Los frutos de mi mujer" fue el primer fruto de Han Kang a partir de la semilla sembrada por Yi Sang, pero el verso siguió germinando hasta terminar en "La vegetariana" una novela de 2007 que sigue trabajando la idea de una mujer-planta, aunque sin la fantasía de su primer relato.

Yeonghye es una mujer ordinaria, corriente, ni fea ni bonita, cuya mayor rareza consiste en que a veces prefiere no usar brasier. Eso cuenta sobre ella su marido, quien con extrañeza observa cómo, de manera súbita, Yeonghye decide dejar de comer carne. La primera parte de la novela está narrada desde el punto de vista del marido, quien observa a una mujer que se convierte en una extraña para él. Su dictamen es que perdió la razón.

La segunda parte de la novela ocurre casi dos años después y la cuenta el cuñado, un artista visual casado con Inhye, la hermana mayor de Yeonghye. Él le propone a su cuñada posar para un video arte que imagina, en donde el cuerpo desnudo es un lienzo en el que él pinta flores de colores. Las imágenes y el potente erotismo de esta segunda parte constituyen uno de los momentos más sublimes de la novela, y uno de los pasajes eróticos más destacados de la literatura contemporánea, en donde, además, la autora cuestiona esa línea difusa entre arte erótico y pornografía.

La última parte la narra Inhye, con Yeonghye internada en un hospital mental. Yeonghye ya no quiere comer: no solo rechaza la carne sino cualquier tipo de alimento. Sólo necesita agua y sol, como las plantas.

Han Kang logra con maestría crear todo un simbolismo alrededor de la falta de autonomía de las mujeres, de su borrado cultural (la voz de Yeonghye apenas aparece brevemente en el relato) y del rechazo o la repulsión que provoca lo humano. Es también un útil retrato para conocer algunas marcas culturales coreanas: la familia de Yeonghye se disculpa con su marido por el cambio súbito de ella (como si el marido hubiese hecho una especie de "favor" al casarse, o la familia de la novia estuviera en deuda) y hay dos escenas de violación cometidas por esposos en contra sus esposas. 
 
La vegetariana es un relato crudo, duro, impactante, en el que la reflexión sobre la autonomía humana y la posibilidad de romper normas sociales está en el centro.

Algunos subrayados
Cuando alguien cambia de un modo an tajante, no hay más remedio que seguirle la corriente (p. 21).

A veces pensaba que no era tan malo convivir con una mujer rara. Vivíamos como si fuéramos desconocidos o, mejor dicho, como si ella fuera mi hermana o la empleada doméstica que hacía la comida y limpiaba la casa (p. 34). 

sentía que detestaba con todas mis fuerzas a mi mujer (p. 45). 

si no comes carne, te devorará el resto del mundo (p. 49).

son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar (p. 49).

se podía sentir en ella la fuerza de un árbol silvestre y sin podar (p. 62).

y en los momentos en que se encontraba en casa se le veía incómodo como un viajero alojado en un hotel de paso (p. 122)-

existía un abismo entre sus apasionados trabajos y su vida cotidiana, en la que se veía como un pez encerrado en una pecera, hasta tal punto que no parecía ser la misma persona en uno y otro ámbito (p. 123).

Tu propio cuerpo es lo único a lo único a lo que puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieras. Pero ni eso te dejan hacer (p. 162)
 
La vegetariana
Han Kang
Traducción de Sunme Yoon
Editorial Penguin Random House
Bogotá
2024 (primera edición en coreano: 2007)
168 páginas


domingo, 6 de octubre de 2024

La cuadra, de Gilmer Mesa

El narrador de La cuadra vive en el barrio Aranjuez de Medellín. Su papá maneja un camión desvencijado, su mamá trabaja, su hermano menor estudia y el mayor también, pero además hace trabajitos para los pillos de la esquina. 

En la cuadra pasa todo. La vida ocurre en la calle: la de los chicos que quieren ser más grandes, y la de los grandes que conversan afuera. Hay solidaridad y rebusque, pero también hay miedo porque el combo de Los Riscos impone su ley. 

La cuadra es la primera novela de Gilmer Mesa. La obra está dividida en nueve capítulos y en cada uno desarrolla la historia de algún personaje de la cuadra, aunque desde el comienzo se entreteje que la historia avanza hacia el despeñadero: hacia la muerte que quiebra en dos a una familia, aunque la cuadra siga siendo la misma.

Resulta interesante observar el rol de las mujeres en una obra tan masculina y cargada de tanta violencia: hay mujeres víctimas de homicidio y de violencia sexual, hay prostitutas y hay madres que sufren por sus hijos. Se describe en detalle "El revolión", una violación masiva de hombres armados a mujeres adolescentes, una práctica que similar a la que ocurre en El Salvador con las maras, y que ha descrito el medio El Faro. Pero La Cuadra presenta tamb a mujeres vengadoras, mujeres que salen adelante sin el apoyo de familiares o de parejas y esta multiplicidad permite vislumbrar los matices complejos de una sociedad en la que ellos, los hombres, cargan con la obligación de disparar, porque demostrar que son muy machos es una imposición social. 


Algunos subrayados
Para quienes nacimos en un barrio popular de una ciudad como esta, el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire (p. 14).

cuando uno nace, crece y se reproduce viendo a sus similares morir todos jóvenes, sus expectativas de vida no superan los veinte años, y entonces cuando la única vida posible y vivible es la adolescencia, ahí es donde se tiene que ser alguien, no hay tiempo de espera (p. 15).

Al ingresar la pareja, el hombre, con alguna excusa, se devolvía y entreabría la puerta para que pasados treinta segundos entraran los compinches armados y obligaran a la mujer a tener sexo con todos y cada uno, a veces por turnos, pero la mayor parte del tiempo al unísono y por los diferentes orificios de su cuerpo (p. 40).

Las mujeres sometidas a estas vejaciones tenían que guardar silencio (p. 40).

Esa rabia impúdica y resentida que los feos suelen sentir frente a la belleza (p. 42). 

era tan solo miedo, el mismo que cargábamos todos para enfrentarnos a lo desconocido que era el mundo femenino: no dejan de ser paradójicas las formas que tiene el miedo de instalarse en los hombres, nunca apareció para detetener la mano del matón de policías pero emergía imponente y total a la hora de encarar a una mujer (p. 44). 

Los seres humanos no somos uno solamente, inmutable y parejo, somos antes que nada plurales, con una pluralidad dicotómica y contradictoria que nos hace levantarnos angélicos virtuosos y acostarnos demoniacos porque en ambos estados mantenemos la misma mueva (p. 62).

nuestros ídolos de niñez nunca fueron superhéroes de historietas ni futbolistas famosos, nosotros queríamos ser bandidos como los que veíamos a diario en la esquina (p. 98). 

En esos barrios pobres la calle es el sitio en donde se pasa la mayor parte de tiempo en la infancia, a falta de guarderías y jardines infantiles, la calle suplía con ardor la sed de aprendizaje (p. 115). 

El delito ha sido siempre patrocinado más por las gentes que se dicen de bien que por los mismos delincuentes, quienes solo son la cara visible del crimen, pero bajo la superficie se mueven los verdaderos favorecedores de todas las fechorías, los que compran lo robado, los que mandan a matar, los que consumen lo ilegal, ahí está la verdadera cara de la sociedad que inculpa y sataniza al criminal pero lo tolera, disculpa e incluso ampara la infracción (p. 122). 

Lo menos difícil de llegar al poder es acceder a él, lo verdaderamente importante es mantenerlo y la forma más fácil de lograrlo es mantener el bienestar de los súbditos y de los trabajadores (p. 125). 

Las personas suelen creer que el poder y el dinero cambian a la gente, pero eso es falso, lo que hacen el poder y el dinero es que nos desenmascaran, nos ponen en evidencia con nosotros mismos, con nuestras propias miserias (p. 133). 

Más que trabarse lo que uno buscaba con la mariguana en los enrevesados años de adolescencia era aceptación (p. 172). 

La tristeza es un sentimiento que se padece en soledad, que necesita del aislamiento (p. 179). 

Después del entierro la esquina siguió siendo la esquina, con sus crímenes, su agite y sus muertos, pero mi familia y yo ya nunca volvimos a ser los mismos (p. 188). 


La cuadra
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, 2016
194 páginas

domingo, 29 de septiembre de 2024

Aranjuez, de Gilmer Mesa

Manizales tiene un barrio popular que se llama Aranjuez, en el que hay venta de empanadas, niños que juegan en la calle y pequeños negocios abiertos hasta la noche, atendidos por sus propietarios, los vecinos que viven y trabajan allí. Todo esto ocurre en el barrio Aranjuez de Medellín, y sin embargo no se pueden comparar: el Aranjuez que Gilmer Mesa describe en su libro es un barrio en el que los muchachos, casi niños, empiezan a hacer trabajos para "Los pillos" que mandan desde una esquina. "Los sanos" juegan fútbol, hacen mandados y se mueven con cuidado para no levantar sospechas y poder sobrevivir. 

Aranjuez es un libro que Gilmer Mesa escribió para honrar la memoria de su padre, que murió luego de que su mente, su memoria y sus recuerdos lo hubieran abandonado. Pero el libro, aunque habla de ese padre ausente, retrata estampas de personajes de un barrio en el que morir joven y violentamente es un sino que cargan muchos hogares, incluido el del narrador. 

La obra está compuesta por 15 capítulos, cada uno con unidad en sí mismo. Es decir: cada capítulo eventualmente podría funcionar como un relato independiente, aunque el personaje que se menciona en uno se desarrolla a profundidad en otro. El barrio es una suma de personajes y el libro pasea por cada uno de ellos. Cada capítulo corresponde a los 15 minutos de fama de algún habitante de Aranjuez.

El autor tiene una posición política clara: no le interesa hacer una división maniquea entre buenos y malos, entre pillos y sanos. Critica a quienes llegan al barrio a hacer etnografía con la profundidad de un turista y descree de los poderes mesiánicos. Explica que en la pobreza también hay clases sociales y que aunque la exclusión es norma general en el barrio, hay algunos más excluidos que otros. No sataniza, no juzga, no señala, pero sí se duele de la muerte, de la impotencia y de la fatalidad que rodea a varios vecinos.

La prosa de Gilmer Mesa es vertiginosa: párrafos muy largos con frases separadas por comas, por puntos y comas, en donde los puntos seguidos se demoran. El texto se lee con el frenesí de una historia que se siente honesta, urgente y digna. Una visión en la que la periferia es el centro. Como dice en alguna parte del libro, "la ciudad era un Aranjuez grandote".

Algunos subrayados

Era una casa de apariencia pobre y fea aunque con una belleza íntima como el dibujo de un niño al que le falta destreza pero tiene talento porque a las casas como a las gentes nos definen los interiores (p. 17). 

un padre maltratador pero padre al fin que toma la figura de un caudillo cualquiera que ejerce el poder a la manera de un mal padre, imponiendo el maltrato como único trato: en un país de malos padres y malos tratos el maltratador es rey (p. 22). 

Escribo estos textos para mejorarlos a todos en el recuerdo, para mejorarme yo de esta angustia presente de ya no tenerlos (p. 25).

Ojeaba el periódico más amarillista de la ciudad al cual estaba suscrito y que todos los días traía historias crudas e inverosímiles para cualquier parte del mundo, menos para esta en donde lo imposible es cotidiano (p. 28). 

no quería trastocar su rutina que, si bien no le complacía, al menos no lo atormentaba (p. 29). 

si algo hicieron bien los bandidos en nuestra ciudad fue que nos endilgaron su modo de vida y su desparpajo como aspiración hasta hacerlo cultura (p. 46). 

las penas nunca pasan, solo se estancan en una quietud lóbrega cebada en silencio porque ellas son en sí mismas estridencia ensordecedora, grito total y acuciante que no debe contaminarse con otras voces (p. 52). 

apoyados en los hijos que fue lo único que alcanzaron a hacer y que en este país cicatero son la única recompensa de los padres y su jubilación (p. 55). 

no trastocaba la rutina diaria de tantos años, que es lo único que garantiza una convivencia armónica entre un matrimonio viejo (p. 56). 

era un raro, que es como la sociedad llana y procaz llama despectivamente a lo que no entiende (p. 70). 

en los barrios populares contemplar el paso del tiempo es casi un oficio (p. 73). 

nuestros padres fueron castrados en su expresividad por la misma sociedad machista y altanera que castiga con burlas y rechazos cualquier síntoma de debilidad (p. 76). 

la música lo va a salvar, no de sufrir, de eso nada nos salva, pero sí le va a dar la fuerza para resistir la vida, para aguantar los malos trances sin volverse un resentido ni una mala persona, ya tiene en qué descargar sus dolores sin hacerle daño a nadie, y eso es más de lo que muchos pueden tener y lo único que yo como padre puedo desear para él (p. 78). 

en la edad en que estaba había entendido que las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar (p. 91). 

Terminamos borrachos cantando tangos y llorando sin pudor y sin freno como se deben llorar las tristezas cuando son reales (p. 103).

hasta la pobreza tiene gradaciones: están los menos pobres que logran tener las tres comidas diarias, una de las cuales tiene carne en el menú; están los que a duras penas llegan a fin de mes y tienen que hacer piruetas con el esmirriado sueldo para poner arroz con huevo y aguapanlea todos los días en el plato; están los pobres vergonzantes, que son la mayoría, los que sin tener un centavo aparentan plétoras y se endeudan por mantener una posición en la que solo ellos creen, puesto que todo el mundo sabe que están vaciados, que mantienen reventadas las diversas libretas del fiado en las tiendas cercanas, les cortan la luz y el agua cada tanto y tienen que invetar cada día una nueva excusa para salvaguardar su marginalidad evidente —en esta categoría estábamos casi todos en el barrio—; y salidos de la pirámide social de pobreza que constituyen nuestros barrios populares están los pobres extremos que rayan en la indigencia, aquellos para quienes no alcanzó ni siquiera una sucia esquina de la cobija zarrapastroza con la que cubrimos nuestras miserias, los que pasan hambre pura y dura, frío y mal sueño día a día, los que hasta nuestras escaseces envidian porque las ven como opulencia (p. 142). 

somos cuando más una sociedad lavada pero nunca limpia (p. 144). 

ofreciéndolo como cultivo popular perfeccionado, con esa extraña pirueta de vender lo barrial como moda para las élites que gustan de las expresiones y maneras de los pobres pero sin pobres (p. 187).

Lo malo de vivir tanto tiempo escondido es que fácilmente la trinchera se vuelve morada (p. 188). 

Esa precisamente es una de las primeras cosas en las que interviene la religión para conseguir adepots: insulfa un sentimiento de superioridad moral en sus miembros que los hace juzgar a los demás como inferiores por no compartir sus más primarios temores, expresados en bisutería ideológica contra el cuerpo y las libertades civiles (p. 194).

nada une más a dos personas que haber sufrido juntas (p. 199).

tenía belleza pero carecía de encanto, que es de alguna manera la revancha de los feos y lo único que equilibra un poco el universo seductor de la adolescencia; un feo encantador incrementa las posibilidades y en ocasiones arrasa contra un bonito lerdo (p. 224).

en el fondo la aventura está en la conquista, no en lo conquistado, el vértigo lo da la búsqueda, es el camino lo que aporta, no su llegada (p. 229).

Uno debe estar donde perdió lo querido y donde quiso lo perdido, y aquí están mis muertos, que son lo que más quise y perdí, de manera que debo quedarme donde mis muertos sepan donde hallarme, irme sería cambiar de geografía pero mantener la mente y el corazón en estas esquinas a las que extrañaría a diario (p. 249).

estoy seguro de que solo el amor y la amistad trascienden la insignificancia de la vida (p. 251). 

las motos parecían gritar lo que ellos no podían, que existían, que eran importantes, y de ahí que entre más roncas y potentes, mejor el grito, más significativo (p. 273).

la muerte del padre cuando se lo ha tenido tan cerca tanto tiempo precisa el principio de la propia extinción (p. 284). 

La pérdida ha sido y es el tema, y toda la literatura que me interesa está compuesta de pérdidas y de muerte (p. 287).

Aranjuez
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, Septiembre de 2023
296 páginas

sábado, 3 de agosto de 2024

La mujer incierta, de Piedad Bonnett

"La mujer incierta" abre con una breve nota dirigida "Al lector" en la que la autora explica que este libro nació en la pandemia y que no son unas memorias "pues de forma deliberada he dejado muchos aspectos de mi vida en la sombra". Se trata entonces de jirones de memoria, de fragmentos subjetivos que sirven para reflexionar sobre asuntos de interés público, como la brecha entre mujeres y hombres, la educación sentimental, el "hacerse escritora", la vida universitaria y la maternidad, entre otros aspectos.

Piedad Bonnett escribe desde hace años una columna de opinión los domingos en El Espectador y este libro tiene algún parentesco con esas columnas: se trata de piezas breves (un poco más largas que las columnas, pero no mucho más) en las que la autora reconstruye una escena de su vida, un momento puntual, y a partir de esa anécdota mínima arroja luces para entender su pasado y su presente, pero también el pasado y el presente de otras de su generación.

"La mujer incierta" tiene un tono autobiográfico desde la portada, que trae la imagen triplicada de una Piedad Bonnett muy joven. Ese tríptico da cuenta de la imposibilidad de encasillar a la autora (y a cualquier ser humano) en un solo rol o en un solo registro: Piedad Bonnett se presenta en este libro como escritora, profesora, esposa, hija, hermana, madre, amiga, lectora, oficinista aburrida, niña rebelde y mujer de consciente de su época y su clase social. Hay pasajes dolorosos y tristes, como cuando reconstruye la eutanasia de la escritora Marcela Villegas, la mejor amiga de su hija; otros ácidamente críticos, como en los que recrea la vida universitaria, tan llena de lambones e impostores, y que me llevaron a recordar esa maravillosa novela que es Stoner, y también escribe episodios graciosos, como aquellos en los que se burla de ella misma y de sus "triunfos literarios", en los que el éxito luce muy distinto al que aparece en las revistas de farándula.

En un pasaje la autora dice que mientras uno no sea huérfano goza de juventud, y como ella tiene a sus padres vivos, casi centenarios, se siente aún joven, aunque tiene 73 años (nació en 1951). Esa vitalidad interna se refleja en una escritura segura y honesta que desnuda sin reservas algunos aspectos íntimos, como sus episodios de depresión y ataques de pánico, y resguarda otros, como casi todo lo relacionado con su vida conyugal. Su marido en este libro, es un fantasma sin nombre, de muy escasa figuración. 

Piedad Bonnett ha sido reconocida por su poesía y ha publicado varias novelas. Sin embargo, su título más popular es Lo que no tiene nombre, un libro personal, doloroso y único en el que vuelve palabra el dolor y el amor tras el suicidio de su hijo. "La mujer incierta" tiene una forma narrativa que recuerda ese título: ensayo personal en el que cita a distintos autores que le sirven para explicar o completar ideas personales que a la vez son universales.

Algunos subrayados
El pudor es bello en su contención y su misterio. En su discreta elegancia (p. 20).

La vida es eso, una zozobra diaria, una cárcel donde uno mismo es el carcelero, un pasadizo oscuro por donde se camina tambaleando sin saber si al otro lado nos espera el sol reconfortante de la mañana o el abismo (p. 40).

El escritor hace tres movimientos mentales mientras escribe. Va hacia adentro, hacia su yo más profundo, buscando el filón de la memoria, en la que caben todas las lecturas convertidas ya en experiencia. Hacia afuera, hacia la página que se prepara ya para un lector, donde cada palabra aspira a la precisión o a la revelación. Y hacia los lados, en un incesante ejercicio de relacionar (p. 65). 

Para las mujeres de la generación anterior a la mía, el matrimonio era un destino, ser madres un imperativo, y un privilegio tener al hombre como único proveedor de la familia. Para otras cuantas solía ser una opción desesperada cuando llegaban a la edad de vestir santos, porque la soltería era vista como una deshonra: ninguno las había elegido, serían mujeres sin hijos, jumilladas para siempre (p. 66). 

Como en todo enamoramiento, la mirada de un extraño me otorgó de pronto una existencia nueva. La posibilidad de una renovación. En eso consiste (p. 85).

Fuimos criados en la obediencia, la forma doméstica de llamar a la sumisión.

Lo que nos hace falta después de salir de la escuela --sea de ricos o de pobres-- es tiempo para desaprender lo enseñado (p. 108).

(Citando a Stephanie Coontz) A finales de la década de 1950, hasta las personas que habían crecido en sistemas familiares completamente diferentes llegaron a creer que el casamiento universal, a edad muy temprana, con el propósito de formar una familia con un marido proveedor era la forma tradicional y permanente del matrimonio (p. 110).

Traición tras traición en aras de la complacencia (p. 124). 

el machismo muchas veces comienza en las madres (p. 126). 

Comienza a rondarte la idea de que eres una inepta. O de que la niña está enferma. Vuelves a examinar su pañal. Será que quedó con hambre. Y así, en perpetua incertidumbre, en esa primera parte de la crianza (p. 131). 

¿Quién dijo que se estudia para ser escritor? Te formaron para ser maestra, editora, crítica, pero ser escritora es otra cosa: es enfrentarte a ti misma, a tus miedos, a tus carencias. Peor aún, ¿quién te ha dicho que tienes talento? (p. 139).

el camino de todo buen maestro es el de la seducción (p. 140). 

El perfeccionismo no es otra cosa que un deseo de complacer, de ser amado, de cumplir con las expectativas, de no fallar. El perfeccionismo es una de las formas de la inseguridad y de la desdicha. Una carrera a la que le van corrriendo la meta (p. 143). 

El resentimiento político sólo lo sienten los que no aspiran a pertenecer al mundo de los privilegiados, ese que odian porque choca con sus ideales de igualdad. El resentido es lo contrario del arribista. Este es patético, el otro es trágico (p. 148). 

Hay formas de abuso para las que nadie nos prepara, y menos en el medio oscurantista en el que fui criada (p. 151). 

La poesía, ese género que se escribe en la frontera entre la lucidez de la racionalidad y la oscuridad del subsonsciente, es el lenguaje que mejor expresa ese estao de enajenación (p. 156). 

y todavía hoy me pregunto si no dilapidé demasiadas horas preparando minuciosamente mis clases en vez de estar leyendo todo lo que mi avidez me pedía que leyera (p. 165). 

puedo leerme un libro para escribir un párrafo (p. 165). 

un maestro debía mostrar siempre a sus alumnos que no era el dueño de un saber sin resquicios sino un hombre vulnerable (p. 166).

Y mientras das tu clase los amas a todos, en abstracto, con una fe remota en su sensibilidad, pero a la vez te son indiferentes, porque finalmente son presencias pasajeras en ese largo trasegar de la docencia (p. 166). 

Yo enseñé siempre con todo el cuerpo, firmemente soportada por la tierra, aun cuando mis alumnos me percibieran inmóvil, sin sospechar hasta qué punto iba yo volando por las circunvoluciones de mi cerebro, temiendo sobreactuarme, pero dispuesta a perdonarme si lo hacía. De mis clases salía siempre con las mejillas afiebradas y el corazón acelerado. Con la serotonina, la dopamina, las endorfinas y la oxitocina en plena actividad y equilibrio. Al fin y al cabo lo que en el salón sucedía era un intercambio amoroso. Por eso la preparación nunca me resultó aburrida. Pesada, sí, fatigosa también. Pero siempre estimulante y llena de descubrimientos. Toda esa felicidad era aplastada de golpe, sin embargo, por la corrección de trabajos, que me hacía descender al infierno de lo interminable. ¿Cuándo 3, cuándo 4, cuándo 5? Lo único sencillo era un 1 decidido y rabioso. Que era casi nunca, pero ejecutaba como un verdugo sin rastro de piedad (p. 167). 

La universidad está plagada de impostores. me retracto: tal vez no plagada pero sí salpicada de ellos, personajes a veces insignificantes, a veces siniestros, que logran embaucar a sus alumnos con lo que Natalia Ginzburg llama "ideas artificiosas". Las universidades los toleran porque hacen parte de su ecosistema, elementos naturales que crecen a expensas de las jergas del saber, como el moho en los alimentos (...) No hay impostor que pueda existir si no lo sostienen sus fanáticos (p. 168).

El humor inteligente de los intelectuales, capaz de la autoparodia, pero también de la acción ponzoñosa (p. 170).

Aniñar es una de las formas más bienintencionadas y nocivas del machismo, que nace de la idea de que somos "el sexo débil", como se le decía antes. Aniñar es, para los machos, sólo una forma de proteger (p. 189).

Aunque suene chato o rudo: sólo eres novelista cuando tu novela es publicada, pero, sobre todo, cuando alguien la lee y ya no es enteramente tuya (p. 204).

las emociones que un libro despierta son a la vez estéticas y políticas (p. 213).

Mis escritores preferidos son los que encuentro inimitables. Aquellos que me abruman con su inteligencia, con su capacidad metafórica, con la amplitud y complejidad de su mundo. Los que me deslumbran, porque me hacen sentir que jamás podré ser como ellos. Los demás me aburren (p. 227).

El lenguaje, las historias de ficción o de no ficción, las ideas que ha encontrado en los libros, tendrán siempre más fuerza para el lector que la conversación con el autor, por más que esta sea lúcida, original, vibrante (p. 230).

no evito casi nunca para apoyarme en un referente de autoridad. Lo hago para reconocer a esos que lo pensaron antes que yo, pero sobre todo que lo dijeron mejor que yo. Para agradecerles con humildad, porque dispararon mis propios fantasmas, mis emociones, mi memoria, que es una de las cosas que busco cuando leo (p. 236).

la puerta por la que dejamos entrar a gente desconocida se va achicando con el tiempo. Lo milagroso es lo contrario: que un desconocido llegue a nuestra vida, y permitamos que entre y se instale en ella de una manera totalmente natural, como un hermano al que nunca habíamos visto, pero en cuyos rasgos nos reconocemos, con alegría (p. 238).

El primer espejo es siempre la mirada de nuestra madre (p. 243). 


La mujer incierta
Piedad Bonnett
Penguin Random House
Bogotá
Agosto de 2024 
252 páginas

sábado, 9 de marzo de 2024

En agosto nos vemos, de Gabriel García Márquez

Un libro debe ser autosuficiente. Defenderse por sí mismo y ser leído sin tener en cuenta la biografía o circunstancias del autor. Al fin y al cabo la literatura tiene pretensión de inmortalidad y lo escrito permanece mucho más allá de la vida del escritor. 

No obstante es imposible leer "En agosto nos vemos" sin pensar en el alzheimer que afectó a Gabriel García Márquez en sus últimos años y en la decisión que tomaron sus dos hijos varones (porque por supuesto Indira Cato, la hija no reconocida, no es tenida en cuenta para estas determinaciones) de publicar esta novela aunque su padre de manera expresa hubiera pedido que no lo hicieran. Ellos se justifican diciendo que su padre también dijo que después de muerto ellos podían hacer lo que quisieran y que quizá la enfermedad de los últimos años le había afectado el criterio que tuvo antes para juzgar su propia obra con rigor. 

En el prólogo los dos hijos, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, se autoexculpan así: "si ellos (los lectores) lo celebran (el libro), es posible que Gabo nos perdone. En eso confiamos". Como leer a García Márquez suele ser un deleite entonces van sobre seguro. Como escribió Juan Esteban Constaín: hasta la novela más mala de un genio como García Márquez es mejor que los mejores libros de muchos escritores. Y claro que es mejor que muchas de las novelas que se publican cada año, en una avalancha de títulos para el olvido.

Y sin embargo... 

Desde que se anunció que "En agosto nos vemos" saldría el 6 de marzo de 2024 en simultánea en más de 30 países encargué el mío. He leído la obra completa de García Márquez y no iba a dejar de leer esta última publicación. No haber acudido a esta última cita habría sido una traición de lectora, aunque haberlo hecho también se siente como traición, porque es estar hurgando líneas que el autor no quería ver impresas para un público masivo.

Claro que "En agosto nos vemos" produce el placer de releer a Gabo. Aparece el Caribe, están esos sustantivos suyos tan deslumbrantes que obligan a consultar el diccionario, hace mucho calor y hay escenas sexuales llenas de sudor. El libro se puede leer en clave musical y como la protagonista siempre está leyendo, los títulos de esos libros son también guiños de García Márquez. Trae, además, la novedad de tener por primera vez en el conjunto de su obra a una mujer como protagonista íntegra y solitaria de una novela: Ana Magdalena Bach es una mujer que al comienzo del libro tiene 46 años y al final 50, y cada 16 de agosto viaja a una isla para dejar gladiolos en la tumba de su madre. Esos viajes, además, son un escape conyugal en el que encuentra cada año un amante distinto con el que pasa una noche que le sacia sus deseos.

Se ha dicho que esta mujer empoderada (porque claro que se ha usado ese término de moda para hablar de la libertad y autonomía de Ana Magdalena) es un justo cierre para la obra de Gabriel García Márquez, quien construyó personajes femeninos poderosos pero al final, en Memoria de mis putas tristes, dejó un sinsabor con una novela menor en la que el universo femenino se circunscribe a una prostituta de débil contundencia. En ese sentido, Ana Magdalena una reivindicación femenina y es, además y como si fuera poco, su mujer más contemporánea: la novela no precisa la época en la que ocurre ni el espacio, aunque quizás la isla podría ser quizás Aruba (que tiene un lago como el que se menciona en el libro), y la ciudad en la que habita Ana Magdalena sería Caracas, que tiene (por la alusión a la estatua de Bolívar y por la distancia de 4 horas entre la ciudad y la isla). En todo caso el libro sí ocurre en un tiempo contemporáneo al de la escritura, es decir a comienzos del siglo XXI, o si acaso a finales del siglo XX y por eso su protagonista es la mujer más moderna de todas las que construyó García Márquez.

Y sin embargo, después de leer los seis capítulos (algunos funcionan como cuentos) y de gozar el placer de visitar otra vez fulgores de la genialidad de García Márquez, no dejo de pensar en el dilema ético de la publicación de este libro, que es una traición expresa a la voluntad del autor. Por lo que escribe el editor Cristóbal Pera al final del libro, la versión publicada es una construcción a partir de armar el rompecabezas de distintas versiones que dejó García Márquez. Es decir: no hubo un único manuscrito sino múltiples versiones, con enmendaduras, comentarios y variaciones, y el editor tomó un poquito de aquí y otro de allá para entregar un texto definitivo, en el que incluso suprime frases para evitar contradicciones, como un personaje que en el manuscrito aparece con bigote al principio, pero el editor se lo quita porque de lo contrario sería incoherente con una parte que aparece al final del libro.

Estas correcciones del editor, sin embargo, no alcanzan para evitar que el texto tenga frases o expresiones cursis y repita varias fórmulas, un error de principiante que un genio como García Márquez sospecho que no perdonaría. Así, la novela repite líneas como "maestría de los dedos", "esta es mi noche de suerte", "mago de feria", "los brazos en cruz" e incluso en una misma página habla de "noche de perros" y "noche de lobos". ¿Así lo quiso el Nobel? difícil saberlo. Intuyo que lo que él quería fue lo que dijo claramente: pidió que no publicaran el libro porque no estaba terminado. En ese sentido veo en "En agosto nos vemos" el esbozo de una historia a la que aún le falta complejidad, con un personaje que actúa desde el deseo femenino pero se ve plano o predecible. Es una obra en borrador, que apenas insinúa sin desarrollar el hilo más interesante de la obra, que es el de la relaciones madre-hija: de Ana Magdalena con Micaela mamá y con Micaela hija. 

Los seguidores de García Márquez nos acercamos con ojos de vouyeur: con curiosidad morbosa y a la vez culposa, por estar leyendo lo que el autor quiso mantener en privado, y al mismo tiempo lo leemos con la indulgencia y la gratitud que nacen de otros libros de García Márquez que precedieron a éste, y en los que la genialidad de la escritura, la complejidad narrativa y el universo creado se ubica a una distancia enorme frente a esta novela menor. Leer a García Márquez con condescendencia es una afrenta que no merece.

Que los hijos publiquen esta novela con el argumento de la vejez y la demencia senil de su padre no deja de ser una paradoja: fue precisamente García Márquez quien en su literatura, con obras enormes como "El amor en los tiempos del cólera", "Cien años de soledad", "El coronel no tiene quien le escriba" y "El general en su laberinto" construyó un andamiaje poético potente para reflexionar sobre la dignidad y la validez de las decisiones que un ser humano toma al final de sus días.


Algunos subrayados
No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella sola y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron perplejos y exhaustos en una sopa de sudor (p. 28). 

Ella lo sometió al método mortal de no tomarlo en serio (p. 71).

le había abierto los ojos a la realidad de su matrimonio, sostenido hasta entonces por una felicidad convencional que esquivaba las discrepancias para no tropezar con ellas, como se esconde la basura debajo de la alfombra. Nunca habían sido más felices que enconces (p. 78).

-Infiel, nunca -dijo él-. Pero si lo que quieres es saber si me he acostado con alguien, hace años me advertiste que no lo quieres saber (p. 83). 

parecía hablar no tanto para decir como para ocultar (p. 97).

por no suscitarle alguna duda de hombre, que son las menos fáciles pero las más certeras (p. 107). 

-A mi edad -le dijo- todas las mujeres estamos solas (p. 118).

 llorando de rabia contra ella misma por la desgracia de ser mujer en un mundo de hombres (p. 120). 


En agosto nos vemos
Gabriel García Márquez
Penguin Random House
Bogotá
Marzo de 2024
144 páginas