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martes, 16 de enero de 2018

Soñamos que vendrían por el mar, de Juan Diego Mejía

Al comienzo de Soñamos que vendrían por el mar Juan Diego Mejía escribe la siguiente advertencia: "Quienes crean verse en estas páginas olvídenlo, todo es pura ficción". Puede ser un guiño para sus amigos, o para la gente de Medellín que vivió la movida política y teatral de los años 70 y 80. Sin embargo, para un lector ajeno a la realidad local en esa época, es difícil creer que todo lo que se lee es pura ficción: hay tantos detalles, tan minuciosamente contados, que resulta inevitable concluir que esta novela tiene un trasfondo autobiográfico concreto.

Soñamos que vendrían por el mar es la historia de un entusiasmo. Es prima hermana de la novela de Laura Restrepo, que narra el entusiasmo de hacer la revolución y conquistar el poder, que embriagó a muchos universitarios en los años 70. Juan Diego Mejía, el autor, fue uno de ellos. Salió de Medellín para convertirse en militante en Zona Bananera, en Magdalena. Esa geografía y esa experiencia nutren la mitad de la historia de Pável Vlasov, el protagonista de este libro, un joven estudiante de arquitectura que se dedica al teatro y abandona Medellín para irse de guerrillero. El teatrero Pável, que toma su nombre de un papel que interpretó en La madre, de Gorki, está inspirado en Rodrigo Saldarriaga, creador y director del Pequeño Teatro de Medellín, y líder del Polo Democrático en sus últimos años, según contó Juan Diego en una entrevista.


Así las cosas, Soñamos que vendrían por el mar podría leerse como la fusión de apartes de dos biografías: la de Juan Diego Mejía y la de Rodrigo Saldarriaga, en el personaje de Pável Vlasov. Sin embargo esa lectura resulta reduccionista frente a una obra que propone un abordaje literario particular del conflicto armado colombiano, contado desde un punto de vista poco frecuente en la narrativa colombiana: el testimonio del guerrillero, del combatiente, aunque decir combatiente en el caso de Pável resulta inexacto porque combates no hay: los guerrilleros de esta novela obedecen al título de la obra de Alvaro Cepeda Samudio Todos estábamos a la espera. La revolución acá es imaginaria, es lo que esperan que ocurra y que, como lo narra el libro con delicadeza, lentamente se descubre que no va a pasar. Cuando los sandinistas se toman el poder en Nicaragua Pável ve la noticia en televisión y concluye que Colombia todavía está muy lejos de algo parecido. La ilusión y el entusiasmo trasmutan en desesperanza o cansancio.

La novela ocurre en dos escenarios: Medellín y Zona Bananera y el contraste entre la época del relato (1978-1983) y la época actual es evidente. En Zona Bananera pocas cosas han cambiado, la gente sigue siendo pobre, sigue careciendo de lo más elemental. En Medellín, en cambio, permanecen algunos referentes puntuales como la cafetería Versalles, pero muchos otros de los espacios narrados ya no existen. La novela es la reconstrucción de un territorio ido. 

Pável el protagonista es un actor y director de teatro y ese rol resulta particularmente interesante en la trama, no solo por la cantidad de obras que su grupo, El Nuevo Teatro, monta a lo largo de la novela, y que revelan matices del personaje y la historia, sino también porque la novela narra la militancia política de teatreros y artistas, a finales de los 70, y plantea el debate entre el arte comprometido y el arte por el arte. Que Pável al final, regrese al teatro, evidencia la postura del autor frente a este tema.

Los lectores habituales de Juan Diego Mejía encontrarán en este libro ese tono pausado que caracteriza su obra. Esperar, desgranar los días, entender que lo importante es la rutina, lo que está ocurriendo hoy, así parezca mínimo, parece ser una apuesta común entre este y otros libros de Mejía, como El cine era mejor que la vida. Así mismo su cuento Esperando a Agustín, con el que ganó en 1982 el primero Concurso Nacional de Cuento de la Gobernación del Quindío, aparece reescrito en esta novela sutil, hermosa y necesaria.

Algunas frases:
Uno va definiendo su ideología de tanto oír hablar a los de las distintas corrientes. También juegan las simpatías personales.

El que piensa mucho se enreda mucho.

La vida  le va tendiendo trampas a uno.

"pero que sean obras que le sirvan al pueblo". "Este sí es bobo", pensé, y estuve a punto de decirlo. Todas las buenas obras le deben servir al pueblo, ¿o es que el pueblo no está formado por seres humanos?

Los pasajeros de los aviones que volaban muy alto sobre esa región nunca sabrían lo que era vivir abajo, en un pueblo. 

¿Vos creés en esas brujerías, pelao?
Compañero, a las masas hay que creerles.
Pero vos sos un marxista.
Bueno, digo, pero que las hay las hay.

Aprendí a tomar el café sin azúcar, a dormir sin cobijas y a andar bajo la lluvia, como una forma de prepararme para lo que vendría tarde o temprano.

Alguno de los que hablaron, junto a las mismas palabras de todos, al lado de "clase obrera", "imperialismo yanqui", "oligarquía colombiana", pronunció la palabra alondra. Fue una especie de abracadabra en medio del aguacero. "El canto de la alondra volverá a escucharse en Colombia", algo así dijo. "Le creo a este", pensé. Así sí me gusta la revolución, con imágenes. 

Se trataba de no quedarnos al margen de la fiesta. Sería imperdonable llegar a viejos y morir de aburrición tomando leche tibia en la cama.

A veces veía el proyectil que venía en el aire directo a mi frente. Abría un hueco en el hueso, entraba en el cerebro y cuando estaba bien adentro, en el lugar donde se mueven las ideas y descansan los recuerdos, explotaba como un Big Bang que creaba un nuevo universo.  El resto de mis órganos morían de a uno como un dominó que iba cayendo, hasta cuando quedaba quieto, en silencio, a oscuras, en paz. 

lo mismo que las mujeres humildes. Son dulces cuando no hablan de política. Son buenas amigas. Saben que a tipos como yo nos da pánico la soledad de los domingos por la tarde.

—Despréndase de esa culpas —me djio— La vida es sencilla.

no ambicionaba nada. Le gustaba viajar sin pensar. Irse lejos. No volver sobre los pasos andados.

un proyecto es un paso antes de la realidad.

era un viejo de esos duros que viven hasta los cien años porque se alimentan con aguardiente, con mentiras y con plata.

se acuestan al sol, se emborrachan, compran baratijas de contrabando, regresan sin un peso a sus casas con el consuelo de unas fotografías como testimonio de que un día fueron felices.


Soñamos que vendrían por el mar
Juan Diego Mejía
Alfaguara
Bogotá, 2016
272 páginas

domingo, 4 de marzo de 2012

El cine era mejor que la vida, de Juan Diego Mejía

Esta novela de Juan Diego Mejía tiene el sabor de la nostalgia porque ocurre en una ciudad que ya no existe. Pasa en Medellín, pero en el Medellín de antes del metro, antes de Pablo Escobar, antes del narcotráfico y las bombas. El narrador es un niño de 8 años que vive en un caserón del barrio Manrique, con su mamá Laura y su papá Mejía, que trabaja en El Caballero, un almacén de ropa, zapatos y variedades en Guayaquil. 

Esta novela ganó en 1996 el Premio de Novela de Colcultura y es quizás el libro más conocido del autor.  Recrea el mundo infantil del narrador, con sus juegos de vaqueros, sus lecturas de piratas, su interés por el fútbol y su gusto por el cine, pero también desde la mirada del niño se cuentan las angustias familiares por la plata que no alcanza, el negocio que no prospera, el papá que bebe más de la cuenta. Tiene un lenguaje preciso, lleno de imágenes, con poca digresión y en cambio muchas escenas que muestran las situaciones en vez de explicarlas. 

Las frases:
"Por un instante no hubo un solo ruido en el universo. El viento pasaba en oleadas silenciosas".

"Es una pequeña vieja que usa pulseras de imanes para controlar los dolores del reumatismo, y en el esfuerzo por escuchar el reacomodamiento del polvo de sus huesos se olvidó de oír los sonidos del resto del mundo. Doña Elisa es sorda como una piedra".

"Yo creo que Mejía buscaba algo y se pasó toda su vida tratando de encontrarlo sin saber exactamente que era. Nunca lo vi completamente feliz".

"Mejía se retira a su escritorio al fondo de la nave. Desde allí los mira moverse como hormiguitas. Los escucha aplaudir y cantar en coro la palabra "alaordensiga", "alaordensiga", que se convierte en el abracadabra de El Caballero, y la gente empieza a entrar como sonámbula".


Juan Diego Mejía
El cine era mejor que la vida
Ediciones Pluma de Mompox SA
Cartagena
2011 (1 ed 1997)
128 páginas

domingo, 26 de febrero de 2012

Era lunes cuando cayó del cielo, de Juan Diego Mejía

Aunque fue publicada en 2008, uno lee esta novela hoy y no puede evitar pensar en Lina Marulanda, la exitosa modelo paisa, bonita, elegante, seductora, que decidió lanzarse al vacío desde un quinto piso en mayo de 2010.

La modelo que protagoniza este libro es Lucía, también es paisa, bonita, elegante, seductora. Ella se lanza al vacío desde un piso 19 de un edificio ubicado frente al hotel Dann en el Poblado, en Medellín, en mayo de un año indeterminado, en la década del 2000.

Mejía la describe como una modelo de permanente mirada triste, enigmática. Es una mujer callada de la que se sabe poco, y lo poco que se sabe lo averigua o especula Mejía, el narrador de la obra, luego de la muerte de Lucía. Y así nos enteramos de su origen humilde, de su adolescencia sin papá, de sus amigos sicarios, de su cambio de vida con el amor que encuentra en Marcelo, director de comerciales y amigo de Mejía, de su decadencia ahora que va a cumplir 30 años y ya no la llaman para hacer desfiles.

Es una novela que se lee rápido, que ambienta la Medellín post-Pablo Escobar y recrea el entorno de las productoras de televisión y comerciales, espacio que Juan Diego Mejía conoce bien, pues además de escritor y alumno de Manuel Mejía Vallejo, fue director durante varios años de Telemedellín. Es una novela bonita que encierra el enigma del suicidio, del porqué se suicida alguien, y tiene la delicadeza de no dar demasiadas explicaciones sobre el asunto y mucho menos juzgar a ninguno de los personajes de la historia.

Las frases:

"Entró en la categoría de mujeres Casablanca. Ingrid Bergmans modernas. Una clase de mujeres elegantes que viajan solas, se les ve en aeropuertos, en restaurantes, en oficinas públicas. Algunas llevan niños y equipaje, pero se defienden bien, no piden ayuda. Son mujeres que andan solas temporalmente, es decir, no son las clásicas solteras acostumbradas a gozarse el mundo y a que les coqueteen en todas partes. Son mujeres de alguien que ahora no está con ellas. En sus miradas hay cierto desamparo que disfrazan con dureza. Así reemplazan a su marido y se lo hacen saber a todo el mundo".

"Volví a recorrer el barrio y esta vez me pasó lo mismo que me pasa cuando regreso a lugares que tengo en la memoria. Me pareció más pequeño, más estrechas las calles, las casas más tristes".

"Medicina Legal, el sitio adonde llevan a todos los muertos que mueren por bala, cuchillo, atropellados por carros, todos los cadáveres que no debían morir todavía pero se adelantaron".


Juan Diego Mejía
Era lunes cuando cayó del cielo
Editorial Alfaguara
Bogotá
2008
218 páginas