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sábado, 22 de febrero de 2025

La grieta, de Juan Camilo Gallego Castro

Este libro es la historia de dos vecinos en una zona rural de Puerto Triunfo, Antioquia, en los años 70 del siglo XX. A un lado de la montaña viven los colonos Ramón y su primo Antonio, y del otro lado, separados por el río, están los hermanos Manuel y Horacio. Los vecinos se reunen con frecuencia en parrandas que incluyen aguardiente, y canciones con guitarra a cargo de Ramón. Todo es armonía y paz, hasta que deja de serlo. 

Las causas de la ruptura dependen de quién las narre: para Ramón, su vecino Manuel y los hijos de éste son muy cercanos al cura de la vereda Santa Rita, Bernardo López Arroyave, y ese cura tiene fama de guerrillero. Para Manuel, la razón es concreta: el 17 de septiembre de 1982 llegaron a su casa hombres armados preguntando por él. Como no estaba ordenaron que los hombres salieran de la vivienda. Mataron a sus hijos Carlos y Alirio Buitrago, a su cuñado Gildardo Ramírez, a su sobrino Fabián Buitrago y a Marcos Marín, un trabajador de la finca. En la masacre estuvo presente, dando las órdenes, su vecino Ramón Isaza, que ya para entonces era paramilitar. 

La grieta cuenta cómo, en cualquier lugar, puede estallar una guerra. La rivalidad entre las familias Isaza y Buitrago desencadenó una oleada de terror que dejó numerosos muertos en distintos municipios del Magdalena Medio: las víctimas de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, comandadas por Ramón Isaza, y las del frente Carlos Alirio Buitrago, del ELN, denominado así en memoria de los dos hermanos asesinados, y del que hicieron parte su padre Manuel y los hermanos que sobrevivieron a la masacre y luego también murieron víctimas del conflicto.

La grieta es un libro útil para entender el origen del conflicto armado en el Magdalena Medio, aunque puede dar una idea sobresimplificada al reducir el conflicto a la disputa entre dos familias. El libro cuenta que Ramón Isaza prestó servicio militar y como soldado combatió a la guerrilla en el sur del Tolima. Luego regresó a su tierra, trabajó en su finca y, por su pasado militar fue invitado a formar un ejército de autodefensa. El 22 de febrero de 1978, con apenas ocho escopetas se enfrentaron a las Farc. Desde ahí su grupo se llamó "Los Escopeteros". Recibió ayuda y armas del Ejército y quedó bajo órdenes del paramilitar Henry Pérez. En algún momento Pablo Escobar le propuso a Henry Pérez unirse en su causa de combatir al Estado, pero Isaza se opuso porque le pesaba su pasado como soldado. Así se fracturó la relación entre Isaza y Henry Pérez, e Isaza ya no sólo combatió a la guerrilla de la zona sino también a Pablo Escobar, quien se supone estuvo detrás del atentado que cobró la vida de John Kennedy, uno de sus hijos. Luego de la muerte de Escobar en 1993 su poder creció: llegó a comandar más de mil hombres y controló Puerto Triunfo, Puerto Nare, parte de Sonsón, el oriente de Caldas, el occidente de Cundinamarca y el norte del Tolima. En 1997 viajó a Córdoba para el nacimiento de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), con Carlos Castaño a la cabeza, y poco después otro de sus hijos, Omar, murió cuando el carro en el que transportaba 100 granadas explotó. En 2004 Ramón Isaza se acogió junto con su hijo Oliverio, alias "Terror" al proceso de desmovilización. Pagó 8 años de cárcel y hoy vive en Casa Azul, en Doradal, y según el libro es un hombre enfermo de hipertensión, diabetes, párkinson y escoliosis. Su otro hijo, Ovidio, alias Roque, no se desmovilizó, fue capturado en 2012 y espera un proceso de extradición, mientras que su esposa ya fue extraditada.

Por su parte, el cura Bernardo López Arroyave si bien nunca hizo parte del ejército militar del ELN sí facilitó que miembros de la vereda Santa Rita se enrolaran en esa guerrilla, entre ellos los hijos de Manuel Buitrago, y eso originó  la masacre de 1982 en la casa de Manuel Buitrago. Al cura lo mataron el 25 de mayo de 1987 en Sincé, Sucre y finalizando ese mismo año se registró la primera acción del Frente Carlos Alirio Buitrago: un retén en la vereda La Josefina, en la autopista Medellín-Bogotá. El frente tenía 30 personas y entre ellas estaban Manuel Buitrago, el papá de Carlos y Alirio, su esposa Herlinda Ramírez y sus hijos Rigoberto, Gonzalo, Gustavo y Gabriel. León fue el único que no se enroló y que sobrevivió a ese conflicto.

La grieta es un reportaje que narra en paralelo la historia de dos familias violentas. El autor humaniza a los personajes, pero esa humanización tiene el riesgo de construir una falsa equivalencia, porque al mostrar a los perpetradores como víctimas, se desdibujan los miles de víctimas desarmadas que cayeron en en medio de este fuego cruzado y que nunca emprendieron el camino de la guerra y la venganza. No obstante, el libro sobre las víctimas podría ser otro libro: éste es sobre Manuel Buitrago y Ramón Isaza y sin duda aporta datos interesantes para entender mejor el conflicto que asoló durante años al Magdalena Medio.


Algunos subrayados

Del prólogo de Francisco de Roux:
(La guerra) afecta sobre todo a los que no quieren la guerra (p. 13)

Recuerdo cuando subí a Medellín por el camino de Cisneros para ver a Álvaro Uribe, gobernador de Antioquia, y decirle que parara a las Convivir porque Ramón isaza era un paramilitar. Me respondió que estaba equivocado y seguiría apoyándolos (p. 14).

Del libro:
A veces el pasado es una ficción, un relato amasado cientos de veces, alimentado por imágenes opacas, sueños y pesadillas, nuevos testimonios, y más detalles, así no hayan sucedido (p. 67).

Aquí no hay una historia de buenos ni de malos, de limpios ni de sucios, porque lo que se mataron y murieron fueron vecinos y amigos, desconocidos y enemigos, que creyeron en unas causas, justas o no, y que por delante se llevaron tantas vidas, por la rabia o la venganza o la revolución o la defensa del Estado (p. 74).

Las Mercedes, donde vivió Ramón cuando era campesino y guitarrero, a donde llegó cuando bajó de las montañas de Argelia, en donde creció su familia, fue y sigue siendo un territorio de los Isaza (p. 75). 

En décadas, esa región pasó de ser colonizada por agricultores como los Buitrago, los Mazo, los Daza, los Castaño, los Ramírez y los Isaza, a terminar en manos de petroleras, grandes ganaderos y comerciantes (p. 78).

el dolor que causó el exterminio del Movimiento Cívico del Oriente, el que se opuso a las hidroeléctricas que para siempre cambiarían la vocación de la región (p. 83). 

Siempre ha habido un lema en la guerra y es que el problema es de los hombres y no de las mujeres (p. 103). 

Mientras los Isaza querían vengar en Pablo Escobar la muerte de John Kennedy, los Buitrago querían vengar en Ramón la masacre de Santa Rita (p. 105). 

La guerra es una masacre de jóvenes que no se conocen y se matan de cuenta de quienes sí se conocen, pero no se matan (p. 118).

Los campesinos en Colombia lo saben: si hay un grupo, se acomodan a él; si hay dos grupos, juegan al equilibrista (p. 119).

¿Qué nos deja la guerra? lo primero que pienso es que nos deja una grieta. En esa grieta caben el odio y la venganza, las despedidas que aumentan y las ausencias que estarán por siempre (p. 136). 

entre 2003 y 2006 el presidente Álvaro Uribe Vélez acordó con los paramilitares la desmovilización de 35.317 combatientes. Entre ellos estaban su abuelo Ramón y su tío Oliverio. Pero Roque, su tío preferido, decidió seguir armado, seguir siendo el Señor, seguir controlando el Magdalena Medio (p. 141). 

El Viejo le da varios besos y sonríe. Además de los siete hijos de su matrimonio, tiene veintidós nietos y once bisnietos (p. 157).

La grieta
Juan Camilo Gallego Castro
Editorial Sílaba
Medellín
agosto de 2024
184 páginas

jueves, 3 de febrero de 2022

La conmoción de los encuentros, de Marcela Villegas

Leí una reseña sobre La conmoción de los encuentros que clasifica este libro como una colección de relatos. No estoy segura de que sea una etiqueta precisa, pero tampoco estoy segura de lo contrario: el libro trae una tabla de contenido con 10 títulos, como los libros de cuentos, y todos estos relatos podrían tener vida independiente. Pero en conjunto, que es como están presentados, narran de forma cronológica la historia de una familia desde la voz de la mamá. Así, más que 10  relatos, las 10 partes pueden entenderse como capítulos de un único relato.

La familia está compuesta por Laura Echeverri, quien narra en primera persona, su esposo Daniel y sus hijos Martín y Luciana. Una familia colombiana que vive en California durante la primera parte del libro y luego en Miami, durante la otra media mitad. Una familia que se parece mucho a la de la autora, manizaleña radicada en Miami, aunque la cantidad mayor o menor de biografía o de ficción que hay en su texto resulta irrelevante: se trata de una obra autosuficiente, que se explica en sí misma con solidez y con ternura. 

La migración, la adaptación de los latinos al entorno gringo, los prejuicios y las renuncias son algunos de los temas que atraviesan esta novela. Los otros están relacionados con la maternidad (lo que cuesta ser madre, los juicios a la madre, lo que se espera de una buena madre) y el cáncer que se lanza como una bomba atómica inesperada en medio de un relato que iba de otra cosa, de la misma manera en que la noticia del cáncer irrumpe sobre una vida que tenía otros planes. O como la muerte, que es el otro tema que sutilmente atraviesa por casi todos estos textos.

Esa voz amorosa, con frases cuidadas y con escenas nítidas que aparece en Camposanto, la primera novela de Marcela Villegas, regresa a La conmoción de los encuentros con una prosa desnuda, desprovista de adjetivos o descripciones exahustivas. Marcela Villegas perfila sus personajes e historias a partir de detalles que iluminan cada párrafo, con precisión y sin sentimentalismo. Cada capítulo (o relato) incluye tensión entre el mundo de adentro y el mundo de afuera: entre la vida doméstica y el entorno político, social o ambiental, que transforma las vidas privadas e impacta la cotidianidad de sus protagonistas. Uno de los méritos de esta obra consiste en que la autora logra identificar la belleza en pequeñas minucias de la vida cotidiana. 

Algunas frases

De "Grupo de juego":
Éramos expertas en esquivar temas que pudieran traer conflictos: no hablábamos de política, raza o religió o de cuánto ganaban nuestros maridos. También evitábamos opinar sobre los modos de crianza de las demás (p. 17).

A veces hablábamos de lo pobre que se había vuelto el sexo después de la llegada de los hijos o de cómo lo que éramos se disolvía para poder cumplir con las exigencias sin fin de los niños y nuestras propias expectativas sobre la crianza (p. 17).

De "Perritos de pradera":
Tal vez, pensé, eso era lo que buscaba: la blandura tibia que a veces tiene lo doméstico (p. 37). 

A diferencia de las mujeres, los hombres tienen la capacidad de ser muy amigos sin hablar de sus vidas íntimas (p. 40). 

De "Parto":
Me enfurecía que fuera casi imposible encontrar un tono verosímil para expresar el dolor cuando se es mujer (p. 45).

Me sentí culpable por traer hijos a este mundo que ardía, o se derrumbaba, o estallaba, o masticaba gente, culpable por obedecer los mandatos ciegos de mi biología y reproducirme (p. 50). 

De "En todas partes y en ninguna"
Siempre llega el día en el que termina la mudanza y se empieza a vivir el nuevo orden (p. 54). 

La muerte era esa contrariedad menor que estaba próxima a sucederles (p. 63).

La muerte era una ocurrencia afortunada si llegaba para salvarlos de la demencia senil o las secuelas de la apoplejía; de convertirse en "viejos viejos" así decían, en viejos invisibles languideciendo en un asilo (p. 63). 

No sabía eu escribía poemas.
No escribo poemas; esto es un ejercicio.
Todo lo que uno escribe es un ejercicio, querid a (p. 66). 

De "Peregrinaje"
Hay lugares que solo pueden disfrutarse si se está borracho (p. 73).

Estábamos en ese momento, común a todas las vacaciones en familia, en que la armonía pende de un hilo y es mejor cuidarse de no romperlo (p. 74).

De "Invasiones"
Mi marido, que tiene el don de morirse cada noche, roncaba impávido (p. 77).

La reina de los bandidos
Luego me enfermé. El diagnóstico, que recibí sin haber experimentado un solo síntoma, fue cáncer de ovarios avanzado. Me sometí a varias cirugías y numerosos ciclos de quimioterapias sabiendo que las probabilidades de sanarme eran, en el mejor de los casos, modestas. Durante meses perdí de vista casi todo: solo podía quedarme en la cama, con los ojos cerrados y sin dormir, sintiendo mi cuerpo devastado, reducido a tres cuartos de su peso (p. 95).



La conmoción de los encuentros
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Marzo de 2021
110 páginas 

jueves, 16 de diciembre de 2021

Camposanto, de Marcela Villegas Gómez

Amalia es la hija de Ignacio y Elena, una pareja profesional que se separó hace años y rehizo su vida cada cual por su lado. Elena no tiene aún 60 años, es independiente y autónoma pero de un tiempo para acá tiene comportamientos extraños. Se olvida de cosas, su aspecto está descuidado... nada que parezca grave aunque en realidad lo es: está desarrollando Alzheimer y Amalia tendrá que hacerse cargo de ella.

Ese es en síntesis el comienzo de esta novela corta en la que la relación madre-hija es protagonista. La hija es antropóloga forense y se dedica a rastrear fosas comunes para identificar desaparecidos. ¿qué tan desaparecida está su mamá en su mente? ¿es posible identificarla? las huellas de la violencia política aparecen como ecos lejanos en esta obra en la que los dramas íntimos ocupan el primer plano. 

Con capítulos cortos y humor Marcela Villegas se acerca a una realidad cruda. Así como Amalia, la protagonista, toma uno por uno los huesos que encuentra y los limpia con espátulas y pinceles hasta lograr dejarlos como quiere, así mismo se percibe el trabajo minuicioso de la autora con cada frase y cada párrafo. Las palabras de Camposanto están cuidadas de manera que permiten condensar en pocas páginas una atmósfera familiar y amorosa, en la que también la impotencia y cansancio a veces nublan la esperanza. 

Algunas frases
La compasión más auténtica es la de los desconocidos (p. 12). 

Después de tanto tiempo aún me asombra encontrarme con el horror entre la belleza del paisaje (p. 16).

Uno pensaría que los asesinos recuerdan dónde enterraron a sus víctimas, pero el olvido no siempre distingue lo nimio de lo importante (p. 16).

Un día despedí el sentido del humor de mi mamá, otro, su buena memoria, otro más, su control sobre lo cotidiano. Hoy, que estoy enterrando su independencia, siento que he parido una hija vieja que me entrega no una enfermera sino un neurólogo. Y he de cuidarla y no verla crecer, sino encogerse o diluirse (p. 16). 

Siempre hemos detestado participar de esa peregrinación semanal de los bogotanos acomodados que regresa al final de la tarde indigesta y melancólica en un atasco de tráfico aun peor que el viaje de ida (p. 25). 

Ellos ven el tiempo del paciente como una sucesión ordenada de procedimientos que ocurre en un universo paralelo. Uno, en cambio, sabe que está en una carrera contra el deterioro y que la enfermedad avanza cada minuto que pasa. 

¿Cómo voy a despedir a Elena? ¿Cómo se celebra el velorio de un vivo que se muere a pedazos? (p 33).

Se queja de que la enfermera la trata como a una niña. "No aguanto un diminutivo más: "la pastillita", "el vasito de agua","la comidita"... Quiero que se vaya a la mierdita". (p. 34). 

Tal vez todo es más grande en la memoria (p. 37). 

Casi siempre lo más importante de un cuadro es lo que no se ve (p. 44)

A lo largo de la historia casi siempre han sido las mujeres las encargadas de lavar y amortajar a los muertos. "Nos traen al mundo y nos despiden". (p. 55). 

Estoy perdiendo la capacidad de recordar, pero los recuerdos me visitan vivos y vuelvo a sentirlos como si los sucesos ocurrieran ahora. (p. 59). 

Ella siempre detestó a los puritanos y su temor a la felicidad ajena (p. 63). 

Ahora sé que los padres amorosos también pueden ser asesinos despiadados (p. 73).

El aprendizaje más difícil en esta profesión no es entrenarse para convivir con la muerte y la descomposición del cuerpo. Es aprender a conservar el temple ante las revelaciones que hacen los muertos sobre los vivos (p. 73). 

Para el neurólogo existo como una colección de síntomas que corroboran sus conocimientos y confirman su posición de privilegio (p. 76)

Oigo la risa de bebé de Amalia y daría todos los sonidos del mundo a cambio de ese (p. 86). 

Uno no educa a los hijos como debe sino como puede (p. 96). 

Nunca nos escribimos porque nos avergonzábamos demasiado de nuestras emociones como para dejarlas por escrito (p. 102) 

Siempre me he preguntado cómo aprendemos a vivir entre las ruinas, a volverlas habitables (p. 117). 

Me da rabia este cuerpo que no se resigna a vivir sin que lo toquen (p. 118). 

Camposanto
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Enero de 2018
134 páginas