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sábado, 2 de mayo de 2026

Quince años de mal agüero, de Antonio Caballero

"Quince años de mal agüero" reúne una selección de columnas publicadas por Antonio Caballero entre 1981 y 1996 en El Espectador, Semana y Cambio 16. Es decir: se trata de textos anteriores a los publicados en "No es por aguar la fiesta", su libro de 1999.

Leer estas columnas 30 años después (o más) de haber sido publicadas es constatar la lucidez de Antonio Caballero: su capacidad para conectar hechos y ofrecer una visión panorámica e independiente, en medio del fragor del conflicto armado. Sus columnas, en medio de la balacera, advierten sobre las relaciones entre paramilitares y militares, sobre las torturas que ocurren en el Cantón Norte, sobre la irracionalidad de los secuestros que cometen los grupos guerrilleros y sobre el inmenso problema económico, político y social que representa el narcotráfico. 

Caballero critica a los medios (a El Tiempo, al Grupo Santodomingo), a los militares, a todos los presidentes (Barco, Gaviria, Samper) a la guerrilla, a los paramilitares y a la clase política arrodillada ante Estados Unidos, que es el verdadero jefe de todos.

Critica con argumentos (también con generalizaciones) pero sobre todo con humor. Es un maestro en el uso del lenguaje y usa la sátira ácida para mostrar los remiendos del poder. Cita clásicos, sin ser pesado ni posar de erudito, y mezcla política con temas populares. Fue en su momento el mejor columnista de Colombia y hoy, cinco años después de muerto, lo sigue siendo.


Algunos subrayados 

Colgadores de lápidas (El Espectador, diciembre 17 de 1987)
Tal vez no sobra tampoco, en vista de que estamos en Colombia, resumir mi pensamiento en un pleonasmo: me parecen criminales los crímenes. Los que cometen los guerrilleros, los que cometen los paramilitares y los que cometen los criminales sueltos. Creo además que denunciarlos es mi oficio de periodista y, mi deber de ciudadano, aunque esto suene algo grotesco en la Colombia en que vivimos (p. 61).

Constituyente y revolución (Semana, noviembre 27 de 1990)
Siempre ha sido un cuerpo constituyente el que consagra el vuelco revolucionario de una sociedad, y lo encauza en nuevas instituciones (p. 67).

No se pierde puñalada (Semana, febrero 11 de 1992)
no es un azar si El Tiempo y el Grupo [Santodomingo] son las dos instituciones más temidas, además de odiadas, del país. A las dos las caracteriza esa "mal disimulada prepotencia" que menciona Enrique Santos al hablar del Grupo (p. 78).

"La propiedad no es buena ni mala: lo que cuenta son los principios". Yo digo, es al revés: los principios no son buenos ni malos: lo que cuenta es la propiedad (p. 79).

El amo: me paga este artículo Semana de los López, que en Caracol son socios de Santo Domingo. Pero también me paga Cambio 16, hoy socio de Santo Domingo, propiedad de un antiguo empleado de los Santos, que son socios, en la televisión por cable, de Santo Domingo. Me pagan además los Cano de El Espectador, rivales de los Santos, y deudores de Santo Domingo y los Santos a su vez me pagaron durante años y me deben todavía un artículo publicado en la revista Credencial. Parece mucho, ya lo sé. Pero todos me pagan mal: el capitalismo consiste en que las ganancias van a los dueños del capital y no a los del trabajo.
Y eso es lo que tenemos (p. 81)

Los Santos inocentes (Cambio 16 Colombia, enero 16 de 1995)
De el diario El Tiempo podría decirse con justicia lo mismo que decían de un gobernante español: que "sólo acierta cuando se rectifica" (p. 82).

El Tiempo pone presidentes, y los quita; hace o deshace reputaciones —de estadistas, de intelectuales, de generales, de toreros, inclusive de obispos—; nombra diplomáticos, corona poetas, escoge reinas de belleza, fija tipos de interés, traza pautas de comercio exterior (a veces se da el gusto de designar directamente a los ministros de Comercio Exterior. Despierta más lambonerías, y suscita más irritaciones que cualquier otra institución colombiana: más que la Iglesia, más que las Fuerzas Armadas, más que la primera dama (p. 82).

El Tiempo es un gobierno paralelo —cuando no es, ni más, el gobierno— (p. 83). 

El hoyo y el bobo (Semana, mayo 28 de 1996)
Ese debería ser el símbolo de la nacionalidad colombiana: el hoy. Ese hoyo abierto al lado del montón de problemas para enterrar en él los problemas que no tienen solución. La violencia que se resuelve con más violencia, la sangre derramada que se oculta derramando más sangre (p. 86).

La prensa y la crisis (Semana, agosto 13 de 1996)
El periodismo ha sido siempre y lo seguirá siendo, político: un instrumento para hacer política. En todas partes, pero tal vez en Colombia más que en ninguna (p. 88).

Quién hace prensa hace política consciente o no, del mismo modo en que aquel personaje de Moliére "escribía prosa sin saberlo" (p. 89).

La plata de los mafiosos (El Espectador, julio 18 de 1983)
Si de verdad se quiere hacer una caracterización correcta de los políticos colombianos por sus lecturas, hay que partir de la base de que ninguno ha leído nunca un libro, salvo la propia izquierda, que ha leído muy pocos, y siempre los mismos (p. 93).

¿Cuál gobernabilidad? (Semana, febrero 6 de 1996)
La gobernabilidad en Colombia la tiene cualquiera que se deje gobernar por los Estados Unidos. Y el que no, no. Aunque se le derrumbe el país entre las manos, como se les derrumba a todos (p. 126).

Los gringos y nosotros (Cambio 16 Colombia, enero 30 de 1995)
Ya es demasiado el hecho de aceptar —y encima, pidiendo perdón— que del inmenso negocio de las drogas los gringos lo tengan todo, salvo la culpa (p. 232). 

Por etapas (Cambio 16 Colombia, junio 19 de 1995)
Solo hay dos oficios rentables hoy en Colombia: el de narcotraficante y el de delator de narcotraficantes (para lo cual, claro está, se necesita también ser narcotraficante). (p. 239).

Como el cangrejo (Semana, diciembre 11 de 1990)
todos los ejércitos latinoamericanos se siguen rigiendo (y rigen a sus países) por la doctrina norteamericana de la Seguridad Nacional: el único enemigo que hay es el "enemigo interno". Son, en consecuencia, ejércitos de golpe de Estado o de guerra civil (p. 286).


Quince años de mal agüero
Antonio Caballero
La Hoja
Medellín
Noviembre de 1996
324 páginas

viernes, 13 de marzo de 2026

No es por aguar la fiesta..., de Antonio Caballero

Aunque murió el 10 de septiembre de 2021, Antonio Caballero está muy vivo, y para constatarlo basta con leerlo. 

Es usual que los columnistas publiquen libros con compilaciones de columnas. Yo he pensado hacerlo con las mías, y me lo han propuesto, pero me disuade de la idea leer otros libros de columnas: suelen ser malos por una razón simple: la columna es fruto de la coyuntura, de la actualidad, de la urgencia, y se escribe al calor del momento para un público que sabe cuál fue el titular de este martes o la noticia del jueves, y entonces no han necesidad de explicar quién es fulano y por qué lo destituyeron. Pero pasados unos años, todos esos contextos se evaporan, y por eso las columnas envejecen mal. Las que mejor lo hacen son las que no están atadas a la coyuntura, sino a la intimidad, al tono confesional, pero esas, al menos en mi caso, son las más escasas.

No sé si Antonio Caballero escribió alguna columna de esas íntimas o confesionales. No recuerdo haberla leído. Todas sus columnas eran fruto de la actualidad, la política y la guerra, que en Colombia suelen ser la misma cosa. Todas era lecturas del instante, que, no obstante, envejecen bien, o mejor dicho no envejecen: rejuvenecen, porque leer en 2026 lo que Caballero publicó en 1996 evidencia que este país avanza en círculos y que eso ya lo había dicho él, como todo. Cualquier idea sobre la actualidad política, Caballero la dijo primero.

"No es por aguar la fiesta..." es un libro publicado en 1999 que reúne 79 columnas de Caballero organizadas en varios bloques: "guerra y paz", que corresponden a la mitad del libro, y "droga", "política y país", "política exterior" y "mundo". Leerlo hoy es una delicia porque ese lenguaje suyo tan musical, tan lleno de humor, con las palabras precisas, sirve para constatar que él hablaba siempre de los mismos temas, como dijo varias veces, que llevaba años escribiendo la misma columna, porque en Colombia siempre se habla de los mismos temas: hoy y hace 30 años. De los mismos temas (la paz, la guerra, las drogas, la guerrilla, los partidos, los militares, la inexistente reforma agraria) y de la misma gente: Galán, Gaviria, Pastrana, Uribe. 

En la columna "Las causas de la guerra", del 20 de julio de 1998, Caballero escribe que "a la paz solo se llegará cuando hayan desaparecido las causas de la guerra" (p. 59) y esas causas, según él, son la lucha por la tierra, el desempleo, la "aberrante distribución de la riqueza y del ingreso" la inexistencia de la justicia y la represión política. En mayor o menor medida todas sus columnas tocan alguna de estas aristas. Machaca la idea de que el descarado intervencionismo gringo empuja a Colombia a una guerra que es ajena; que la impunidad y la corrupción alimentan la guerra; que a los militares les conviene el negocio de la guerra y que la guerrilla no puede defender ninguna idea política si usa como armas el secuestro y otras barbaridades que desdibujan su origen rural y campesino.

Las ideas de Caballero son claras y siguen vigentes, pero lo que lo hace un maestro es el virtuosismo con el lenguaje: su capacidad para hacer reír, para usar el sarcasmo, para afilar la ironía y encontrar la imagen precisa que desnuda al poderoso. Ese humor, sustentado en un profundo conocimiento de la historia universal y colombiana, hacen de Caballero el mejor columnista de prensa en Colombia. Qué le hace que esté muerto.



Algunos subrayados
De la columna "Ojo, comandante Bochica": "nada hay más cobarde que un secuestro, y nada que envilezca más un proyecto político" (p. 16).

De la columna "El salto militar": "cualquier país, por pobre que sea, encuentra siempre dinero para financiar la guerra, y la financiación de la guerra genera en todas partes, como es lógico, más guerra" (p. 20).

De la columna "La guerra: costo y beneficio": "Si en vez de sofocar la guerra mediante métodos políticos se escoge ganarla mediante métodos militares, resulta inevitable darles a los militares el poder político (p. 26).

De la columna "Historia y geografía": "para hacer la paz, como lo enseña la historia, se necesitan solamente dos cosas que poco tienen que ver con las virtudes cívicas, o con las teologales, o con las cardinales: decisión política y autoridad sobre los militares (p. 41).

De la columna "La tierra y la guerra": "En la historia de Colombia los ganaderos han sido, desde hace cinco siglos, los principales promotores de la guerra y sus más directos beneficiarios" (p. 43).

De la columna "Conversaciones en Maguncia": "No es que no tenga opinión, sino que la tengo propia. Y tengo además la suerte de que —en razón de mi oficio de "periodista de opinión"— mi opinión se publica en los periódicos. Lo cual no significa, sin embargo, ni mucho menos, que represente la opinión de esos periódicos; y ni siquiera la opinión de mis lectores, que a veces la comparten y a veces no, pero a quienes espero que les pueda servir de uno, entre varios, puntos de referencia. Y creo en consecuencia que mi función es ésa: la de opinar en público, y no la de participar en coloquios a puerta cerrada, por ancha que sea esa puerta" (p. 55).

De la columna "Las cuentas del campo": "La violencia actual, que tuvo sus primeros brotes en los años treinta, y después se politizó (se partidizó) en los cuarenta y cincuenta, y se volvió "subversiva" en los sesenta y setenta (y hasta hoy), hunde sus raíces en el conflicto por la propiedad agraria" (p. 90).

De la columna "Vana y torpe": "si estamos como estamos [en este país], es porque siempre se ha pretendido callar las opiniones discrepantes por la fuerza (p. 98).

De la columna "La intervención": "si algo nos enseña la historia, y en particular la historia de Estados Unidos, es que la estupidez acaba siempre por triunfar" (p. 114).

De la columna "La ley del Talión": "El miedo genera odio hacia quien nos inspira miedo, y el odio, miedo a quien nos odia y por odio puede matarnos. En la Colombia de hoy nos odiamos todos "(p. 118).

De la columna "Las risotadas de Frechette": "En esas listas de enemigos del gobierno de Estados Unidos no figura ningún narco, ni ha figurado nunca. y no figuran por la sencilla razón de que no son enemigos. ¿Cómo van a ser enemigos unos señores que manejan el negocio más rentable —más que el de las armas y que el del petróleo, dice la ONU— que han tenido jamás los bancos norteamericanos? Son amigos. Por eso les dan visa. (p. 138).

De la columna "Actos de fe": "Ninguna versión de las autoridades colombianas sobre casos con muerto ha sido nunca verosimil, tanto si el muerto es "malo", como Santacruz, como si es "bueno", como Galán, o incluso si no está muerto, como en cualquiera de las cien veces que han anunciado la muerte de Tirofijo" (p. 139).

De la columna "La ley hipócrita": la mitad de la economía y la mitad de la política del país reposan sobre dineros de origen turbio: no sólo del narcotráfico, sino del peculado, del secuestro, del contrabando, de la compraventa de votos, del atraco en carretera, o hasta del parricidio cometido por un hijo impaciente para lograr su herencia (p. 144).

De la columna "El eslabón más débil": "nunca cae preso ningún narco norteamericano: ni siquiera en el cine" (p. 146).
"Sólo a los imbéciles se les puede ocurrir que la mejor manera de perseguir un negocio que sólo vive de la prohibición consiste en mantener la prohibición, sin la cual el negocio no existiría. Pero además de imbecilidad hay codicia: de las colosales ganancias del negocio, el 95% se queda en Estados Unidos; y esas ganancias solo existen porque el negocio está prohibido (147).

De la columna "Sobre la extradición": "la extradición es el reconocimiento de la impotencia del Estado colombiano para impartir justicia; como, del mismo modo, la invención de las Convivir (otra monstruosidad) es el reconocimiento de su impotencia para mantener el orden" (p. 156).

De la columna "Insisto: es una guerra ajena": "De esa guerra, curiosamente, solo están excluidos el propio Estados Unidos, único país a quien nadie "descertifica" ni fumiga ni castiga a pesar de que es el primer consumidor de todo tipo de drogas en el mundo, el primer productor de marihuana y de "drogas de diseño" (éxtasis, etc.) del mundo, y el principal receptor y "lavador" del dinero negro de las drogas del mundo" (p. 164).

De la columna "Los inmortales": "el expresidente Barco, de quien durante todo su período presidencial se creyó que estaba muerto, acaba de resucitar para recibir un premio por los servicios prestados a su partido cuando ocupó la presidencia" (p. 206).

De la columna "Plata y plomo electorales": "el funcionamiento del sistema electoral hace que, naturalmente, los políticos que ganan elecciones sean los más corruptos. Y ése es el vicio original de lo que llamamos democracia en Colombia" (p. 209).

De la columna "No es por aguar la fiesta...": "En cuanto al Partido Liberal, no es un azar que sea el heredero directo de aquel que en el siglo pasado formó Florentino González, bajo el prometedor nombre de "partido de los partidarios del gobierno". Nunca, salvo cuando a la fuerza ha sido expulsado del festín burocrático, ha querido el Partido liberal hacer oposición: prefiere pedir puestos. (Lo mismo que el Partido Conservador, por otra parte: no en balde son idénticos)" (p 227).


No es por aguar la fiesta...
Antonio Caballero Holguín
Editorial Planeta
Bogotá
1999
280 páginas

viernes, 6 de febrero de 2026

Camilo Torres. El cura guerrillero, de Walter J. Broderick

Hay casualidades increíbles. Hace años, en una librería de usados, compré Camilo Torres, el cura guerrillero, en la edición de pasta dura de El círculo de lectores. Como tantos libros que compro, lo guardé para un día de estos... y ese día fueron meses y años. Hace poco lo empecé a leer y había avanzado un poco más de la mitad cuando una noticia inesperada irrumpió en todos los medios de comunicación: después de 60 años la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas encontró los restos del cura Camilo Torres. 

Y así, de pronto, la historia que estaba leyendo en la soledad de la casa saltó a cientos de pantallas. 

Walter Joe Broderick es un escritor australiano, afincado en Colombia, que comparte con Camilo su pasado como sacerdote. El libro sobre Camilo es una impresionante investigación que lo llevó a consultar múltiples fuentes, desde documentos del ejército, archivos de prensa y libros de historia, hasta testimonios de militares, guerrilleros, parientes y amigos de Camilo.

El resultado es una biografía extensa que, a través de la vida de Camilo, cuenta la historia de Colombia, con especial énfasis en los años del Frente Nacional. Se trata de una biografía documentada, con un narrador omnisciente y con entrecomillados que permiten identificar la voz del protagonista, pero es también una biografía en la que el autor deja claro su punto de vista: en Colombia los partidos tradicionales han representado a las oligarquías y el pueblo raso, sin posibilidad de acceso al poder político para transformar su vida precaria, se ve forzado a buscar vías violentas. Así, la decisión de Camilo se presenta como fatídica pero justificada, en una época en la que la Teología de la Liberación generó curas rojos en diversos países de América Latina. 


El libro cuenta la vida del cura desde su origen en una familia de clase alta de Bogotá, la relación con sus padres y hermanos, el divorcio de sus papás y las murmuraciones que eso suscitó y su decisión de dedicarse al sacerdocio en un hogar anticlerical. Al ordenarse viaja a Lovaina, en donde estudia sociología, y al regreso se vincula a la UNal como profesor, al lado de Orlando Fals Borda, y también como auxiliar en la capellanía universitaria. El trabajo social en barrios como Tunjuelito empieza a motivarlo para una acción más eficaz y así, en pocos años, el religioso Camilo se convierte en un hombre de compromiso político, que casa peleas fuertes con el cardenal Luis Concha y algunos obispos. La iglesia lo obliga a salir de la UNal y encuentra asiento en la Esap, en donde tiene fuertes encontrones con Alvaro Gómez Hurtado, miembro de la junta directiva. Luego es también forzado a salir de allí, pero ya la figura de Camilo ha crecido hasta ser un personaje reconocido a nivel nacional. En 1965 renuncia al sacerdocio y realiza una serie de giras por distintas ciudades de Colombia. Se enrola en el ELN "en comisión" en trabajo urbano, y allí recibe los nombres de Alfredo y Argemiro. En octubre Fabio Vásquez Castaño lo llama al monte. Está cuatro meses en un campamento guerrillero y en el primer combate con el ejército cae muerto, junto con otros compañeros guerrilleros.

La vida de Camilo Torres es fascinante, pero ha sido contada múltiples veces, en el teatro, el cine y la literatura. El valor de este libro imprescindible está en el rigor de los datos, la exhaustiva investigación y la vocación de totalidad: no se centra en un aspecto específico de la vida de Camilo, sino que abarca desde su nacimiento, en febrero de 1929, hasta su muerte, 37 años después.


Algunos subrayados
sembraron cafetales allí donde nadie creía posible un cultivo. Fundaron el departamento de Antioquia y sus nietos se convirtieron en los industriales y banqueros del siglo XX. Eran los únicos hombres poderosos en Colombia que, como grupo, tuvieron ciertamente algo del espíritu capitalista-burgués. Los otros, simples terratenientes, eran conservadores en el fondo, aun cuando algunos presumieran de liberales y se afiliaran al Partido Liberal (p. 19).

Tú no la conociste sino a través de los defectos que te eran molestos (p. 27).

El sindicalismo se desarrolló especialmente en el corazón del trópico colombiano, a orillas del gran río arteria, el Magdalena, donde estaba concentrado el grueso del transporte entre la costa atlántica y el interior —los ferrocarriles y las vías marítimas—, además de los pozos petroleros y los grandes cultivos de banano (p. 30).

(sobre Bogotá) la ciudad se construyó de tal manera que la clase adinerada no tenía contacto con los desposeídos (p. 32). 

"La inquietud periodística —dijo el joven Camilo— es la expresión lógica de la inquietud intelectual" (p. 39).

En Caldas, por entonces, aparecieron las primeras pandillas de los que más tarde se denominarían "pájaros", matones a sueldo organizados y entrenados por un respetabilísimo político conservador (p. 55).

En una palabra, el documento proponía la unión de los dos partidos. O sea, los mismos jefes que, hasta entonces, habían exhortado a sus partidarios a matar o morir por su partido, se encaramaban ahora encima de los cadáveres de casi medio millón de campesinos masacrados, y publicaban, desvergonzadamente, la noticia de su cordialísima reconciliación en un lejano balneario de España. Al sentir amenazados sus bolsillos, la oligarquía, tanto liberal como conservadora, había llegado al más perfecto acuerdo (p. 105).

en Colombia lo único que estaba en vías de desarrollo era el subdesarrollo mismo y a pasos alarmantes. La mayoría de los colombianos trabajaban como esclavos. Esto permitía a los norteamericanos y a clases altas de Colombia vivir como príncipes (p. 145).

Para un obispo colombiano, la neutralidad en materia política es mera ficción (p. 162).

al pintar como hampones a los agricultores que se defendían de la violencia y la opresión, los periódicos tergiversaban deliberadamente la verdad (p. 177).

"la función de las instituciones militares consistía en mantener el orden establecido". El ejército era "el instrumento de los grupos dominantes" (p. 182).

"El ejército tiene como función primordial mantener el orden interno, lo que, traducido al campo político, significa mantener las estructuras vigentes. El ejército guerrillero tiene por objeto precisamente lo contrario: transformar esas estructuras". (p. 188).

Lo que distinguía a Camilo era precisamente ese afán de acercarse a los trabajadores. Como intelectual, no era nada erudito; incompletos quedaban sus análisis, sus artículos y pronunciamientos casi siempre torpes, a veces hasta inexactos en algún detalle. Pero, eso sí, duros y desafiantes (p. 212). 

(Marquetalia) la operación representaba un "compromiso trascendental de liberar a las Repúblicas Independientes". Costaría unos treinta millones de dólares y movilizaría a dieciséis mil soldados del ejército (p. 219)...emplearía las más modernas técnicas norteamericanas: el napalm yla guerra bacteriológica (p. 219).

Camilo vio unas estadísticas que reflejaban el saldo total de la Operación Marquetalia. Con treinta millones de dólares, el gobierno colombiano y sus consejeros norteamericanos habían obtenido lo siguiente: cien fincas destruidas y sus cien ranchos incendiados; las tierras comunales de Marquetalia ocupadas; cien mil aves consumidas y aproximadamente el mismo número de reses; dos mil campesinos encarcelados, de los cuales doscientos fueron asesinados y quién sabe cuántos torturados. El daño causado en la zona se estimaba en dos millones de dólares y por parte de la gente de Marquetalia, la cifra total de los caídos en combate sumaba diecisiete: un guerrillero, una mujer y los quince niños que se refugiaron en la cueva (p. 223).

(propuesta de Camilo) una renuncia a la exclusividad de educación confesional y la aceptación del pluralismo; la eliminación de los factores sociales y psicológicos que impiden una adhesión consciente y personal a la Iglesia, tales como el poder económico de la Iglesia, y el poder político de la Iglesia: formal, mediante leyes y concordatos; informal, por medio de la intromisión del clero, con ánimo de dominio, en el terreno temporal (p. 261).

Los que fueron los más aguerridos revolucionarios durante los estudios, en muchas ocasiones comienzan a hacerse perdonar de las oligarquías sus devaneos juveniles. Por eso, frecuentemente los estudiantes más revoltosos se convierten en los profesionales que defienden con más ahínco los privilegios, los símbolos de prestigio y aun las formas exteriores de vida de las clases dirigentes (p. 272). 

"Mientras no seamos capaces de abandonar nuestro sistema de vida burgués, no podremos ser revolucionarios. El inconformismo cuesta, y cuesta caro. Cuesta descenso en el nivel de vida, cuesta destituciones de los empleos, cambiar y descender de ocupación, cambiar de barrio y de vestido. Puede ser que implique el paso a una actividad puramente manual..." (p. 273).

Entendió que tanto el Partido Liberal como el Conservador defendían los intereses de la oligarquía (p. 310).

"El aparato electoral —gritó desde la ducha— está en manos de la oligarquía y por eso el que escruta elige, el que cuenta los votos determina la victoria. Las elecciones se hacen más en las oficinas del gobierno oligárquico que en las mesas de votación (p. 320).

Cualquiera que participara en elecciones se estaba comprometiendo con el statu quo (p. 333).

...los casos de Marquetalia, Pato, Guayabero y Río Chiquito. Conocemos la similitud del desembarco de los marines en Santo Domingo con los desembarcos del ejército colombiano, dirigidos por la misión militar norteamericana en las "repúblicas independientes" (p. 345).

Eran capaces de soportan las raciones escasas, los entrenamientos constantes, el calor, los mosquitos, cualquier cosa menos la inercia (p. 362).

De pronto surgió un bulto. Un soldado. Que le apuntaba con su arma. E hizo fuego. Una terrible quemadura le abrasó el cuerpo. Cayó. Oyó gritos, tiros. Intentó levantarse pero no pudo. El calor estaba invadiendo su mente. Quería moverse, pero sus músculos no eran capaces. no respondían (p. 380).

Camilo Torres. El cura guerrillero
Walter J. Broderick
Círculo de lectores
Bogotá
1975
432 páginas

domingo, 1 de febrero de 2026

Balas por encargo, de Juan Miguel Álvarez

No me gusta hablar de los libros con la frase manida de "es lectura obligada", no sólo porque se trata de una frase hecha sino, principalmente, porque la lectura no es una obligación: es un placer, un gusto, una curiosidad, pero nunca una tarea.

Sin embargo, a quienes usan esa frase con frecuencia, les valdría poner como ejemplo el libro Balas por encargo. vida y muerte de los sicarios en Colombia, de Juan Miguel Álvarez, cuya lectura resulta reveladora para el colombiano común, que piensa que el Eje Cafetero es un supuesto "remanso de paz" y no una zona de violento conflicto urbano, y en particular resulta reveladora para los habitantes de esta región, que muchas veces tenemos vidas tranquilas, al margen de las tragedias que ocurren a pocas cuadras de distancia.

Balas por encargo es una lección de periodismo. El cronista Juan Miguel Álvarez realiza un minucioso y paciente trabajo de reportería que lo lleva a hablar con múltiples fuentes, a leer cientos de documentos y a visitar distintos barrios de Pereira y algunos municipios del Eje Cafetero, para entender por qué tantos pelaítos, como escribió Alonso Salazar sobre algunas comunas de Medellín, no nacieron pa´semilla.

Aunque el subtítulo del libro es "vida y muerte de los sicarios en Colombia", el trabajo se refiere a Pereira y su área metropolitana, una zona que, como bien lo dice el autor, de manera inexplicable no se hizo famosa con el nombre de "Cartel de Pereira", que sí tuvieron Medellín y Cali, y la única explicación que encuentra para esto es que la DEA empezó a usar el nombre "cartel" en 1982 y el auge del narcotráfico en Pereira había comenzado al menos una década antes.

Balas por encargo cuenta esa historia del narcotráfico en Pereira: de cómo el contrabando allanó no solo las rutas, sino también la legitimación social, para que los narcotraficantes empezaran a sacar coca a comienzos de los años 70. Explica quiénes fueron esos primeros capos, cómo se llenaron de sicarios y guardaespaldas, cuáles fueron sus relaciones con los grupos paramilitares y cómo, tras la desmovilización de los paramilitares en 2005, surgieron en la ciudad poderosas estructuras que cooptaron no solo el microtráfico sino todo el portafolio delincuencial, como la banda Cordillera.

El libro está dividido en capítulos y cuenta con abundantes fuentes. La escritura es amena, rica en testimonios y en imágenes, y el autor lleva al lector por distintos barrios de Pereira, así como por fincas de la región (qué bueno sería una reedición que actualice la información desde 2013 e incorpore un mapa). Al final del texto quizás la intensidad decae un poco, cuando se centra en la coyuntura de actualidad de los años 2008-2010, con entrevistas a funcionarios públicos y debates en el Concejo. No obstante, todo ese contexto es relevante para comprender cómo es que una región aparentemente pacífica ha sido cuna de tantos crímenes y cómo la economía regional subsiste en buena medida por el lavado de activos. 

Algunos subrayados 

antes de 1973 Pereira ya tenía varios capos respetados. Mire la fecha: ¡1973! Y piense que por ese entonces Pablo Escobar apenas era un jalador de carros y los Rodríguez Orejuela se rebuscaban asaltando camiones en las carreteras (p. 40).
Mientras duró, esta oficina [de Olmedo Ocampo] tuvo entre cuatrocientos y quinientos pistoleros (p. 85).

Mientras tronaban balaceras en las calles, el brazo político de Macaco acaparaba los cargos de elección popular que siempre fueron ocupados por caciques históricos. Nombres sin ninguna tradición electoral y con cuantiosos capitales invertidos en las campañas ganaron escaños en los concejos de Dosquebradas y Pereira, en la Asamblea de Risaralda y en el Congreso de la República (p. 103).

Muy a pesar de que Pereira fue la ciudad con la más alta tasa de homicidios en América Latina [2005], nada de esta guerra tuvo eco nacional (p. 106). 

el Batallón San Mateo dice que en Pereira cada mes se venden 30.000 proyectiles, una cosa extravagante (p. 115).

En Pereira se estaba consumiendo droga por valor de 300 millones de pesos diarios; estamos hablando de 10.000 millones de pesos mensuales (p. 115).

el dato más revelador, sin embargo, lo publicó una agencia de inteligencia de resorte directo de la Presidencia de la República llamada Unidad de Información y Análisis Financiero (UIAF): de 42.937 "operaciones sospechosas" registradas entre enero de 2006 y enero de 2011 en todos los sectores de la economía nacional, en las que participaron más de 160.000 personas y más de 14.000 empresas, 25,57% fue urdido en Pereira, Dosquebradas y Santa Rosa de Cabal (p. 229).

—Todos esos hombres de Macaco que han capturado —me dijo Charlie, el antiguo pistolero de los Henao Montoya— son puros sicarios. Leo, Niño Fabián, Nico; hasta los Comba y Diego Rastrojo son sicarios, matones de pistola y fusil. Donde comiencen a perseguir a los reales narcotraficantes de Pereira, a los que han estado aquí desde siempre, la ciudad se acaba: ¡la ciudad se acaba! —exclamó, henchido de autoridad—. Le voy a decir algo Juan Miguel: ¿de dónde sale tanta hijueputa plata para construir aquí tantos centros comerciales y edificios y condominios? ¿De dónde sale? ¡Dígame! ¿Qué empresa hay aquí en Pereira, qué empresarios hay aquí en Pereira que produzcan tanta plata como para que gasten millones y millones en construcción? (p. 244)

Balas por encargo. Vida y muerte de los sicarios en Colombia
Juan Miguel Álvarez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
2013
300 páginas

lunes, 3 de julio de 2023

Magdalena, Historias de Colombia, de Wade Davis

"Magdalena" es un libro de 480 páginas, tan caudaloso y denso como el río que le da origen. Wade Davis, un antropólogo, etnobotánico, fotógrafo y escritor enamorado de Colombia, emprende el ejercicio de recorrer toda la cuenca del Río Magdalena, desde el Páramo de las Papas hasta Bocas de Ceniza y sus alrededores. 

Los alrededores son importantes. El libro no se limita a las orillas del río, sino que se adentra en sus cuencas para contar "Historias de Colombia", que a veces suenan más vinculadas al río y a veces se alejan de su cauce. Así, aparecen la historia de la coca, la Conquista Española, los conflictos entre Bolívar y Santander, la época dura de Pablo Escobar en Medellín, la tragedia de Armero, el paramilitarismo que convirtió al Magdalena en un cementerio de desaparecidos, la cumbia y las músicas que se escuchan en el Bajo Magdalena, y otra cantidad de relatos que avanzan a medida que el autor recorre el Yuma, con curiosidad y asombro. 

El libro está dividido en tres partes, que corresponden a la división geográfica del río: Alto Magdalena, entre el Páramo de las Papas y Honda, Medio Magdalena, entre Honda y La Gloria, y Bajo Magdalena, desde La Gloria hasta la desembocadura. Cada parte, a su vez, está compuesta por distintos capítulos que, desde un punto determinado de la geografía de la cuenca del Magdalena, le sirven al autor para contar variadas "Historias de Colombia", como lo señala el subtítulo de la obra.

"Magdalena" es una obra difícil de encasillar: puede leerse como un libro de viajes, como un libro de historia de Colombia, como una compilación de crónicas de espacios y personajes, como una documentada guía turística o como una carta de amor hacia la naturaleza colombiana. Es un libro que tiene como hilo conductor el Río Magdalena, pero que salta de tema en tema porque al autor le interesan múltiples cosas: las comunidades indígenas, la botánica, la fauna, la historia política de Colombia, el transporte, la música y por ello el libro recoge una amplia lista de voces, que van desde pescadores hasta expresidentes.

Si bien en algunos pasajes suena condescendiente o benigno frente a personajes como Álvaro Uribe, también resulta interesante esa mirada extranjera que le da valor y esperanza a lo que ve en Colombia. Los pasajes que dedica a Humboldt y su expedición por la Gran Colombia, el asombro de Humbold y su aporte al espíritu de la independencia, conectan bien con ese esfuerzo que hace Wade Davis por investigar, documentar y mostrar riquezas que están aquí pero parecen ocultas, ignoradas o despreciadas para el grueso de la población.


Algunos subrayados

No hay un lugar en Colombia que esté a más de un día de todos los hábitats naturales que hay en el mundo (p. 24).

En la cuenca dlMagdalena viven cuatro de cada cinco colombianos. Es la fuente del ochenta por ciento de la riqueza económica del país (p. 26).

Si toda el agua del mundo se vertiera en un recipiente equivalente a un galón, lo que podríamos beber apenas llenaría una cucharita (p. 38). 

Ya existían, por supuesto, otros nombres para el río: Yuma, Guaca-Hayo, Karakalí, Kariguaña (p. 41). 

Quizás porque el país alberga más de la mitad de todos los páramos del mundo, muchos colombianos no saben apreciar la rareza de estos exóticos y misteriosos ecosistemas y su fundamental importancia en el ciclo hidrológico (p. 49). 

...a diferencia de los científicos y académicos de hoy, condenados a saber cada vez más y más sobre menos y menos (p. 51).

La coca no es cocaína, así como la papa no es vodka (p. 58). 

es muy poco probable que Colombia pueda llegar a eliminar el cultivo de coca (p. 61).

Si se comerciara como té, o como suplemento nutritivo, la coca podría volverse el mejor regalo de Colombia para el mundo, atenunado el éxito comercial de su café. No es que el café tenga nada de malo, claro está, pero es que su origen está en la lejana Abisinia. La coca, en cambio, nació en Colombia (p. 62). 

Los extranjeros que viajaron por estas estrechas carreteras se sorprendían de que una nación tan moderna pudiera tener un sistema de transporte tan precario (p. 63). 

Todo se movía gracias a la fuerza, habilidad y resiliencia de los arrieros y sus animales. Era una cultura de vivir al aire libre, de niños y hombres cuyo único arraigo era la tierra que pisaban, y cuyas pasiones y sentimientos los diferenciaban por completo del vaquero tradicional (p. 64).

(Sobre la Conquista) Los hombres, desesperados por la falta de sal, peleaban entre ellos por la carne de aquellos que ya habían perecido (p. 73). 

Los muiscas de las montañas llamaban al río Magdalena el río Yuma, es decir, el Río del País Amigo (p. 74). 

Los muiscas eran una comunidad de más de un millón de habitantes (p. 77). 

La cultura muisca se fue desvaneciendo, hasta que incluso su lengua desapareció a comienzos del siglo dieciocho (p. 80). 

la gente solo sobrevive si cultiva el gusto por el silencio (p. 83). 

Y por más riqueza que hubiera salido del Perú, fue Colombia la que más oro puso en las arcas de la Corona Española, además de costales llenos de esmeraldas y pierdas preciosas (p. 84). 

La Ciudad Perdida, la antigua metrópoli de los taironas en la Sierra Nevada de Santa Marta, fue descubierta por los guaqueros apenas en 1972. Los arqueólogos solo comenzaron su labor de investigación allí en 1976. Construida seiscientos cincuenta años antes que Macchu Picchu, Teyuna, como la conocen los koguis y los arahuacos, es un monumento igual o más imponente que cualquier otro que se pueda encontrar en América. Aún más asombroso que las maravillas de la Ciudad Perdida, tanto en tamaño como en importancia, es San Agustiín, el sitio arqueológico más amplio y misterioso de toda Colombia (p. 86)... más que quinientas figuras esparcidas por sus linderos (p. 87). 

San Agustín no estaba en absoluto aislado, más bien era el epicentro de una red extensa y compleja de rutas que conectaban comercialmente distintas partes del sur de Colombia (p. 90). 

En muchos casos, las figuras tienen cachetes abultados que sugieren mandíbulas mascando hojas de hayo. Estas son las representaciones más antiguas del ritual de la coca y las primeras evidencias de que la lanta gozaba de veneración en las antiguas civilizaciones de los Andes (p. 93).

El elemento central en todos los monumentos megalíticos de San Agustín es la transformación (p. 95)

Cuando comenzó el período colonial y el sistema de encomienda redujo a todos los nativos a la servidumbre, el destino de las comunidades indígenas que quedaban fue sobrellevar una vida de sufrimiento: varicela, masacres, flagelaciones, peonaje por deudas o la cárcel, todo aprobado por la bondad y la gracia de la Iglesia Católica (p. 105). 

En la medida en que todavía hoy se siguen descubriendo nuevas especies de peces -van ocho tan solo desde el 2013-, nadie sabe con certeza cuántas alcanzaron a coexistir en el río, pero la cifra oscila entre doscientos veinte y doscientos noventa. Más de la mitad son especies endémicas, es decir, que no existen en ningún otro entorno natural (p. 111). 

el champán era todo un logro, pues redujo el trayecto de Cartagena a Honda de dos meses en una piragua a apenas treinta y cinco días (p. 121). 

En Colombia, por el contrario, algunos cálculos sugieren que hasta el noventa por ciento de la tierra cultivable -aparte de la que es propiedad del Estado- está en manos de apenas el cinco por ciento de la población (p. 127). 

La Tatacoa produce una sensación de estar fuera del planeta Tierra. Es como si Dios, habiendo decidido darle a Colombia un poco de todo, hubiera seguido su capricho hasta el final, colocando a la sombra pluviométrica de la cordillera Central un terreno sacado directamente de la superficie de Marte (p. 128). 

La guerra (de los Mil Días) estalló cuando los cafeteros, apegados al compromiso liberal con el mercado libre y el comercio internacional, se rebelaron contra un gobierno conservador que asfixiaba el crecimiento con tarifas punitivas y aranceles de exportación que hacían que los cafeteros operaran a pérdida (p. 131). 

(en 1915) el deslizador hizo su viaje inaugural en los últimos meses del año, y fue de Barranquilla a Girardot en apenas cuatro días. Cuatro años después, tras varias modificaciones y mejoras que dieron luz a un deslizador de segunda generación, el Luz I logró hacer el trayecto de Honda a Barranquilla en tan solo veinticuatro horas (p. 132). 

El 19 de octubre de 1920 el (avión) Colombia despegó de Barranquilla camino a Girardot (133). 

Colombia también fue pionero en el envío de cartas y paquetes por avión (p. 134). 

el Magdalena ha servido como cementerio de la nación, al llevarse sus muertos anónimos (p. 141). 

(Sobre la tragedia del Ruiz en 1985) La avalancha que se abrió paso por el valle de Chinchiná destruyó más de cuatrocientos hogares y enterró vivas a mil ochocientas personas en la ciudad de Chinchiná (...) Fue el peor desastre natural en la historia de Suramérica (160). 

Un amigo colombiano describió alguna vez el Medio Magdalena, esa franja larga del río que se extiende entre honda y El Banco, como el patio trasero del país (171).

Desde la perspectiva de las capitales departamentales, esos pueblos eran puestos de comercio lejanos y aislados, en los que la gente se gobernaba a sí misma y las autoridades nacionales eran, en el mejor de los casos, una presencia muda (p. 172). 

En la década de 1880, un viaje en barco de vapor entre Barranquilla y Honda tomaba noventa horas, y el regreso a la costa, apenas cuarenta y ocho, lo que implicaba un consumo aproximado de cuatrocientos "burros de leña" para un solo viaje de ida y vuelta (...) Para comienzos del nuevo siglo, los vapores del Magdalena ya habían quemado alrededor de treinta millones de metros cúbicos de invaluables maderas como el caimito, el comino, el cedro, el sangretoro, el abarco y el suán (p. 176). 

Estoy de acuerdo con que no olvidar es importante. Pero olvidar también es importante. No para negar lo sucedido, sino para poder avanzar (p. 226). 

(Pablo) Escobar les dio todo su apoyo a los paramilitares, financiando sus operativos y aconsejándoles que se metieran en el negocio de la cocaína. Incluso contrató a mercenarios israelís y británicos para que los entrenaran (p. 242). 

Puerto Boyacá estaba bajo el mando de Ramón Isaza Arango, el padrino, según Juan, de toda la causa paramilitar (p. 244). 

Pocos en la izquierda confiaban en Uribe, un prominente terrateniente que había sido de los primeros en promover y brindar apoyo al movimiento paramilitar (p. 247).

En los ocho años entre el 2002 y 2010, las Farc perdieron a la mitad de sus miembros. Para el 2010, momento en que Santos asumió la Presidencia, sus filas habían quedado reducidas a apenas ocho mil combatientes (p. 248). 

Por ejemplo, un kilo de panela -los bloques de azúcar morena que extraían con mucho trabajo de la capa- se vendía en seiscientos o, en el mejor de los casos, ochocientos pesos, aproximadamente veintisiete centavos de dólar. Ese mismo peso en hojas de coca les dejaba a los campesinos cuatrocientos mil pesos y, si la procesaban para que quedara en pasta, la primera etapa de la producción de la cocaina, esa cifra ascendía a ochocientos mil pesos (p. 263). 

Puerto Berrío, una ciudad pequeña, cuya mejor descripción es la de un lugar en el que sucedieron cosas importantes, pero hace mucho tiempo (p. 274). 

la pérdida en 1961 del David Arango (...). Para 1969, el número total de pasajeros había disminuido a 22.688 y la era del transporte fluvial era cosa del pasado (276).

el manatí es el único mamífero marino que vive debajo del agua y puede permanecer sumergido hasta quince minutos entre una respiración y otra (302). 

Cuando los españoles se abrieron paso por la inmensa planicie de la Costa Caribe, documentaron no menos de cincuenta lenguas indígenas diferentes (p. 317). 

De las mil cuatrocientas lenguas habladas en Suramérica antes de la llegada de Colón, más de mil terminarían desapareciendo, muchas apenas décadas después de entrar en contacto con los europeos (p. 318). 

Transcurridos apenas 150 años desde la llegada de Colón, la población nativa de América pasó de 70 a 3,5 millones (p. 320). 

Quinientos años después de la Conquista, Colombia sigue siendo el hogar de más de ochenta naciones indígenas diversas y vibrantes (...) estos pueblos suman casi dos millones de personas, más o menos el mismo número de habitantes que se cree que vivían en Colombia a la llegada de los europeos (321). 

Hoy día hay más de setecientos resguardos o zonas indígenas autónomas, que ocupan casi el treinta por ciento del territorio colombiano, una cifra que no se compara con lo que ocurre en ningún otro país (p. 324). 

La verdad es que Mompox es uno de los tesoros más valiosos de América Latina (p. 365). 

(sobre el origen de USA) Las Trece Colonias fueron ocupadas por quienes buscaban libertad de culto,pero a su vez, y quizás hasta en cantidades aún mayores, por aquellos en busca de un lugar donde practicar su propia forma de intolerancia religiosa (p. 379).

solo una nación de tontos elegiría a los rangos más altos de su ejército por voto popular. Pero para que un país no fuera gobernado por generales y clérigos, sino por leyes, el gobierno republicano implicaba y exigía la participación activa del pueblo, argumentaba Santander (p. 413). 


 
Magdalena, Historias de Colombia
Wade Davis
Editorial Planeta
Bogotá
2021
480 páginas

martes, 10 de enero de 2023

Los hechos casuales, de Juan Carlos Botero

Los hechos casuales es una novela de 550 páginas publicada en 2022. Ese dato, el de su extensión, sumado a la fecha de su publicación, da cuenta de un hecho notorio: en la actualidad es poco usual que se publiquen novelas largas (una de 300 páginas ya parece larga en el mercado editorial contemporáneo) y por eso esta novela aparece a primera vista como fuera de tiempo.

Se trata de una obra con varios giros narrativos tan fundamentales que parece como tres novelas en una: la del inicio, en la que nos presentan a Sebastián Sarmiento, un magnate colombiano, multimillonario, huérfano, viudo y solo; la segunda, en la que conoce a Mara Ordóñez, la mujer que lo saca del pozo de soledad, y la tercera en la que la violencia urbana incursiona en la vida de Sebastián, como un hecho no tan casual. 

No solo por su extensión Los hechos casuales parece una novela del siglo XX, aunque se haya publicado ya entrado el XXI. Si bien buena parte de los hechos que describe ocurren en Bogotá en los años 80 y 90, no es la temporalidad cronológica del relato lo que hace que se ubique en el pasado, sino su lenguaje: el enfoque sobre los personajes y temas. Por ejemplo, los personajes femeninos se presentan y se construyen desde su aspecto físico (su piel bronceada, labios carnosos, pelo sedoso y el color de los ojos), o, en algunos casos, su ternura, su sensualidad, su prudencia. Son mujeres-esposas o mujeres-madres en el sentido idealizado del rol, con una visión eurocéntrica y esquemática del concepto de belleza, sin agencia propia y con papeles estereotipados, desde la mirada de los varones que narran (todos los narradores son masculinos). En el caso de los hombres, hay una insistencia curiosa en la pulcritud y la limpieza como rasgos inherentes a la belleza.

Otra visión que se siente "pasada de moda" es la relacionada con la filantropía, vista como un ejercicio de caridad. Una cosa es que el protagonista sea un millonario discreto que se dedique a labores filantrópicas y otra que esa actividad se presente desde una mirada idealizada, tipo Robin Hood. Se siente tan fuerte el sesgo oligarca que la novela se resuelve con el protagonista donando la mitad de su empresa, y haciendo "rico" a su mejor amigo: repartir plata desde una posición de privilegio es la forma en la que el personaje logra relacionarse con los demás. 

El autor, Juan Carlos Botero, es un excelente columnista. Parte de ese ejercicio de opinión periodística llega hasta las páginas de esta novela: el autor presenta su lectura sobre la violencia política y el conflicto armado colombiano, con digresiones que en algunos casos se leen más cercanas a una columna de opinión que a una novela de ficción. Lo mismo ocurre con la insistencia, a lo largo de distintas páginas, en explicar que la vida se determina a partir de hechos casuales o que el azar define los destinos. Si bien esta hipótesis, que le da título a la novela, queda suficientemente explicada, y el autor usa ejemplos "de la vida real" para dar sustento a su argumentación, tanta reiteración explícita delata un interés más pedagógico o explicativo, cercano al periodismo, que un interés linguístico cercano a la insinuación, la sugerencia o la metáfora, tan placenteras en el ámbito literario.

Escribir una novela de 550 páginas exige un enorme esfuerzo para un escritor y a la vez permite mostrar distintas facetas del autor. En Los hechos casuales hay sugestivas páginas eróticas, muy bien logradas, hay páginas de acción con balas, peleas y suspenso; hay digresiones sobre la soledad, el azar y el poder, y hermosas descripciones de Bogotá, que aparece retratada desde la Plaza de Bolívar hasta la carrera 7 con 76 y la zona del Centro Andino. Para muchos lectores será, sin duda, una lectura muy entretenida y completa. Para mí, aunque disfruté la lectura de largo aliento, faltó verosimilitud. 


Algunos apartes:

Preferimos creer que ejercemos cierto control sobre nuestro destino, y nos rodeamos de inventos cada vez más confiables y seguros a fin de reducir el peligro y eliminar el riesgo de la vida cotidiana. Pero es una ilusión, pues a pesar de los cuidados y las precauciones un hecho mínimo, fruto del azar, puede desencadenar el cataclismo (p. 13).

Los hechos insignificantes no existen (p. 14). 

esa clase de personas que les dedican excesiva importancia a las relaciones públicas, las que están con uno pero a la vez dan la sensación de que en realidad están pendientes de los demás, otra gente quizá más interesante o relevante, y siempre hay alguien afuera del círculo de presentes que puede ser más importante o valioso (p. 33). 

desconocen lo que son las exasperantes colas para pagar los servicios públicos, las largas filas en clase turista para subirse a un vuelo comercial, las incomodidades y agresiones del transporte citadino, y la avalancha de angustias que viene con la pérdida del empleo o la zozobra económica. Son señores que viven que viven lo que otros sólo vemos en el cine o en las revistas, y son los mismos que con apenas una mirada, un dedo levantado en alto o un movimiento discreto de la cabeza obtienen la atención que requieren en cafés, restaurantes y cenas de esplendor, y sus deseos son inmediatamente atendidos (p. 36). 

En realidad, nunca se supo qué fue peor: la insania suprema de la guerrilla al promover un atentado tan violento en pleno centro de la capital, la incompetencia del Gobierno civil que careció de la autoridad para impedir o atajar la tragedia, o la ferocidad de las fuerzas armadas que retomaron el palacio a sangre y fuego (p. 54). 

Esta esquina de la carrera Séptima con la calle Once es nada menos que el epicentro de la violencia nacional (p. 58). 

La pérdida de un hijo. La pérdida de la salud. La pérdida de la fortuna. La pérdida de los afectos. La pérdida de la honra. Una parte de esa ausencia se aposenta en la mirada luego de padecer una vivencia de esa magnitud, como el cráter que yace tras el impacto de un meteorito en la superficie de la Luna (p. 59).

pienso que las oportunidades que se nos presentan en la vida son frágiles y fugaces, fruto del azar, el resultado de una serie de hechos casuales que pueden cambiar en un instante y por eso hay que aprovecharlas cuando éstas se dan (p. 97). 

La culpa compartida por toda la sociedad, por ser testigo de tantas desgracias que dejan preguntas que escuecen, inmensas e insoslayables, que arden sin falta en la mente. ¿Yo habría podido hacer algo para impedir ese crimen? ¿Para atajarlo o prevenirlo? ¿Para denunciarlo? ¿Para anticiparme a la violación, a la matanza, al asesinato o el atropello? Porque eso es lo grave de vivir en un país como el nuestro (p. 108).

cuando ocurre una barbarie de esa escala monumental, como la violencia actual en Colombia y todas las otras que te acabo de enumerar, aquéllas no sólo las producen unos cuantos fulanos sanguinarios, sino que se requieren también grandes sectores de la población -mediante diferentes grados de pasividad y colaboración- para permitirlas. Para que existan. Para que sean posibles. Por acción u omisión (p. 109).

Ver es saber, y saber es participar. Y de ahí la culpa (p. 110).

la literatura fue nada menos que un refugio espiritual para Sebastián, lleno de temas, personajes, historias y enseñanzas que le brindaban un alimento tan vital para su existencia como la comida diaria (p. 119).

Es una gran cualidad, pensó el ejecutivo, encontrar personas que saben escuchar, en vez de aquellas que apenas fingen hacerlo mientras sólo esperan su turno para hablar (p. 135). 

Y aunque es verdad que hoy tengo otros amigos con los que me veo más, y colegas profesionales con los que comparto una afinidad de intereses, todas esas personas llegaron a mi vida después y son relaciones distintas, que jamás tendrán la hondura ni la misma coraza de solidez que tienen las que se forjaron en el colegio. Las amistades que uno hizo en esos años juveniles tienen una envoltura casi sagrada, pues son inmunes a la distancia o a la erosión del tiempo, y, aunque pasen los meses, tan pronto uno se junta con esos amigos del alma se retoman los hilos del afecto y de la confianza sin esfuerzo, como si nos hubiéramos despedido con un fuerte abrazo la tarde anterior (p. 151). 

para que suceda un acontecimiento que en retrospectiva luce de capital importancia en nuestra vida, se requiere un número incalculable y abrumador de hechos y circunstancias, de casualidades y decisiones grandes y pequeñas. Y basta que uno solo de esos hechos o de esas decisiones no se dé -que se rompa un solo eslabón de esa larga cadena de sucesos fortuitos-, o se dé con una mínima variante, para que nuestra existencia, tal como la conocemos, sea otra, radicalmente diferente, ya sea para bien o para mal (p. 195). 

Era una pena tan grande e inconsolable que sentí que me iba a destruir; pero con el tiempo descubrí una verdad atroz, Roberto, una de las más terribles de la condición humana, y es que todo sufrimiento, por profundo y abrumador que sea, precisamente no nos mata. Aunque nos parezca insoportable y así pensemos que el duelo nos va a aniquilar; pues la vida con semejante carga es invivible, y aunque la existencia carezca de sentido a raíz de esa aflicción y de esa ausencia inconmensurable, la triste realidad es que somos lo suficientemente duros y egoístas para seguir viviendo. Porque en la contienda que se produce entre la persona desaparecida y nuestro apetito por la vida triunfa lo segundo, y lo sobrellevamos como la mayor traición hacia la persona fallecida. Seguir viviendo es nada menos que una afrenta y un acto de deslealtad, como si el ser amado nos llamara desde la otra orilla de la muerte para preguntarnos, cuestionarnos; ¿Cómo es posible que puedas sobrevivir sini mí? ¿Que puedas continuar? ¿Que puedas, efectivamente, existir sin mi presencia? Porque vivir significa hacer, tarde o temprano, lo mismo que hacíamos con esa persona... pero con alguien distinto (p. 205). 

al carecer de ilusiones nada nos jalona hacia adelante. no contamos con una meta hacia dónde enfocar nuestros actos; un día se vuelve igual al anterior y un año no se diferencia del siguiente, y da lo mismo si llueve o si hace sol porque todo, al fin y al cabo, nos es indiferente (p. 215). 

A esta edad, caviló, todos arrastramos un bagaje considerable. Hemos sido lastimados de una forma u otra, y nos acercamos al otro asustados, con recelos y suspicacias, procurando conservar cierta distancia emocional para protegernos en caso necesario (p. 226). 

a fin de sobresalir en un proyecto o ser el mejor en un empeño, más que habilidad o talento a veces eran definitivas otras cosas más básicas, como la dedicación y la disciplina, o la simple disponibilidad de tiempo (p. 322). 

La nuestra es una democracia representativa, qué duda cabe, pero no nos engañemos: aquí unos intereses están bastante mejor representados que otros (p. 358). 

confirmé dos cosas importantes que siempre he pensado. La primera es que existen muchas personas buenas en este país que desean ayudarle al prójimo, pero no lo hacen porque carecen de los recursos o desconocen la forma de hacerlo. Y la segunda es el efecto multiplicador que puede tener una ayuda menor; cómo una pequeña suma de dinero puede generar un beneficio comunitario; una cifra que, invertida de cualquier otra manera, jamás tendría una resonancia tan positiva (p. 366). 

la calidad de una persona no se mide en lo que puede producir para sí, sino en la felicidad y en la plenitud que puede producir para los demás. Hay muchas cosas en la vida que tienen doble filo, como el amor, la ambición, el dinero, y mil cosas similares. Pero la generosidad es de las pocas socas que tienen doble bondad: el bien que produce en el que recibe, y el bien que produce en el que da (p. 367). 

era nefasto para la democracia colombiana la cercanía de la prensa con las esferas de poder -no era extraño que los directores de los principales medios almorzaran una vez a la semana en el palacio presidencial, lo cual se prestaba para manipular la información que después se transmitía a la opinión pública-, y que la independencia periodística tenía que ser un valor sagrado para fiscalizar al Gobierno que fuera, como sucedía en los países más avanzados del mundo (p. 417). 

En Colombia ninguno de esos bandos tiene una motivación ideológica, y se lo digo yo que los conocí bien por dentro. La guerrilla invoca los textos de la izquierda para justificar sus actos de barbarie, y los paramilitares invocan los de la derecha por lo mismo. Y sí, a lo mejor algún jefe o cabecilla de un frente se cree esos rolos, pero son la escepción, se lo garantizo, y no es por eso que están alzados en armas. Quizás en otros lugares sí fue así, y tal vez aquí hubo cierta intención romántica o idealista al comienzo, inspirada en la Revolución cubana y en la figura legendaria del Che. Pero hoy en día, en este país, lo de ambos es un puro y simple negocio. Disfrazan sus crímenes con discursos políticos, pero en realidad sólo les interesan el poder y el billete. Es una lucha por la tierra, por el dominio de unas mafias sobre otras, una pelea a muerte por el tráfico de drogas y otras fuentes de riqueza como son el oro, el petróleo, la extorsión, el boleteo, el contrabando y la trata de personas. Es un negocio y nada más. Y creer que hay una motivación política o ideológica detrás de esa guerra sucia y sangrienta es de una candidez ridícula (p. 447).

Lo espantó la fragilidad de las vivencias, comprender que el pasado no era un trayecto estático y congelado en el tiempo, inmune al peligro y a salvo en la memoria, como él siempre había creído, sino que era un recorrido precario, maleable y, sobre todo, vulnerable. Una simple frase, vislumbró, puede abolir un pasado entero (p. 480). 

cualquier suceso es trivial únicamente en apariencia, pues los hechos insignificantes no existen. Y si así lo parecen es sólo porque no hemos escuchado el último de sus ecos, o no hemos percibido la última de sus ondulaciones (p. 483). 

me moldeé a tu figura ideal. Fui la mujer que querías que yo fuera, y o hay nada que enamore más a un hombre que eso. Todos ustedes son predecibles (p. 488). 

el valor de una biblioteca no es por la cantidad de libros que se tiene sino por lo bien leídos que éstos sean (p. 525). 

la bondad es discreta y modesta, casi invisible, adversa a la fama y a la figuración, y los titulares de la prensa se los llevan los malos que producen la noticia, de la misma manera que los periódicos registran los pocos aviones que se caen o accidentan y no los miles que cada día realizan la asombrosa hazaña de despegar y aterrizar con éxito. El público confunde la realidad con lo que aparece en los diarios, y por eso los corruptos y los violentos parecen más. Pero no es verdad (p. 531).

El pesimismo es un lujo que sólo se dan aquellas personas que no son conscientes, realmente conscientes, de que son mortales (p. 537). 


Los hechos casuales
Juan Carlos Botero
Editorial Penguin Random House
Bogotá
Septiembre de 2022
556 páginas