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miércoles, 1 de octubre de 2025

Quieto, de Eduardo Otálora Marulanda

En la página web de Editorial Planeta dice que Eduardo Otálora Marulanda es hijo único. Ser hijo único consiste en no tener hermanos. Suena obvio pero quizás no lo es: ¿es hijo único el que tuvo hermanos y ya no los tiene? ¿si alguien llega hasta la adolescencia siendo hijo único y luego le nace un hermano, se considera que tiene personalidad de hijo único? 

Quieto es una novela basada en la vida personal de Eduardo Otálora Marulanda, hijo único hasta los 14 años, cuando nació Santiago, un niño inesperado pero bienvenido. El bebé nació con un problema en las piernas. Nada grave. Sin embargo poco tiempo después de cumplir un año falleció. 

A los 15 años Eduardo Otálora volvió a ser hijo único, pero las circunstancias de su familia habían cambiado de manera radical y definitiva.

No es común encontrar libros sobre la muerte temprana de niños y en eso Quieto ya resulta una obra novedosa. Sin embargo su mayor valor está en la voz narradora que construye el autor: la novela está narrada por Santiago, el bebé muerto, quien desde la primera línea anuncia: "Morí una semana después de cumplir un año".


La voz de un bebé no es igual a la de un adulto. Este niño pequeño narra desde el asombro, la ternura y la falta de prejuicios. Describe lo que ve, cuenta lo que observa, lo que siente, pero no juzga. Es el lector el que arma el rompecabezas de esta historia dolorosa, conmovedora y honesta, que retrata con maestría a una familia de clase media en Bogotá en los años 80 y 90.

Algunos subrayados
Esa tarde mamá tenía el pelo recogido en una trenza que le bajaba por la espalda. Todavía lo usaba largo. Cuando me le morí, se lo cortó bien bajito y nunca más lo dejó crecer (p. 22).

Todo ese tiempo intentaron mantener amarrada la famailia, aunque por dentro estuvieran rotos y desmadejados. Lo único que lograron fue envenenarse el uno al otro y, de paso, a mi hermano (p. 29).

Quizás por eso le gustan tanto las ventanas a mi hermano. Son como una pantalla gigante que transmite lo que está pasando en el mundo de afuera y le permiten olvidarse de lo que le duele en el mundo de adentro (p. 33).

Entonces mamá dijo ya estoy muy vieja para ponerme con abortos; toca tenerlo (p. 48).

El miedo es más fuerte que el amor. Eso fue lo que me alcanzó a enseñar mi familia mientras les duré vivo (p. 53).

Mamá nunca decía nada, para que no se avivara la pelea. Se quedaba quieta. Quizás por eso en la panza de ella yo me quedé quieto. 
El cuerpo aprende del cuerpo (p. 55). 

Un hombre de verdad se reconoce por cómo recibe los golpes (p. 65). 

Entendí algo: lo único que tenemos los muertos es pasado (p. 75).

Cuando mis abuelos se vieron sin hijos de quienes hacerse cargo, se dieron cuenta de que no les quedaba amor y mucho menos ganas de aguantarse chocheras de viejos (p. 79).

En la mirada notó que le hacía falta un papá que la cogiera de la mano y le dijera vení, dame un abrazo y tranquila, mi niña, que todo va a estar bien (p. 82).

Papá siempre teme quedarse sin nada y piensa que todos está contra él.
Papá y su miedo horrible, que convierte en un egoismo colmilludo que termina desgarrándolo todo (p. 85).

Las obras completas de Esquilo, Sófocles, Shakespeare y Dostoievski, para mostrar que era culto y conocía a los clásicos. Únicamente había leído lo que obligaban en el colegio y no se lograba aprender ni los nombres de los personajes ni nada. Nunca entendió por qué todo el mundo decía que eran los libros más importantes de la humanidad (p. 88). 

se acomodó a lo que ella le dijo porque así es papá, buscando siempre la manera de ahorrarse las decisiones difíciles de la vida (p. 99). 

paciente como una nube (p. 120)

un par de hijos que eran, pensaba a veces, dos tiernas sanguijuelas que le drenaban la vida (p. 121).

Nadie está preparado para ver la muerte en la cara de un bebé (p. 141).

Quieto
Eduardo Otálora Marulanda
Seix Barral
Bogotá
junio de 2025
142 páginas 

lunes, 14 de octubre de 2024

La vegetariana, de Han Kang

Yi Sang (1910-1937) fue un poeta coreano que vivió en la época en la que su país fue ocupado por Japón. Murió a los 27 años (la mítica edad de la muerte de Janis Joplin, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse, entre otros artistas) y es posible que su nombre hubiese sido olvidado si la premio nobel de literatura 2024, Han Kang (1970), no hubiese leído su verso 
"Creo que los humanos deberían ser plantas".

Con esa idea Han Kang escribió en el año 2000 el relato "Los frutos de mi mujer", la historia de una mujer que se convierte en planta, su marido la siembra en un matero y la mata se seca luego de dar unos frutos. "Los frutos de mi mujer" fue el primer fruto de Han Kang a partir de la semilla sembrada por Yi Sang, pero el verso siguió germinando hasta terminar en "La vegetariana" una novela de 2007 que sigue trabajando la idea de una mujer-planta, aunque sin la fantasía de su primer relato.

Yeonghye es una mujer ordinaria, corriente, ni fea ni bonita, cuya mayor rareza consiste en que a veces prefiere no usar brasier. Eso cuenta sobre ella su marido, quien con extrañeza observa cómo, de manera súbita, Yeonghye decide dejar de comer carne. La primera parte de la novela está narrada desde el punto de vista del marido, quien observa a una mujer que se convierte en una extraña para él. Su dictamen es que perdió la razón.

La segunda parte de la novela ocurre casi dos años después y la cuenta el cuñado, un artista visual casado con Inhye, la hermana mayor de Yeonghye. Él le propone a su cuñada posar para un video arte que imagina, en donde el cuerpo desnudo es un lienzo en el que él pinta flores de colores. Las imágenes y el potente erotismo de esta segunda parte constituyen uno de los momentos más sublimes de la novela, y uno de los pasajes eróticos más destacados de la literatura contemporánea, en donde, además, la autora cuestiona esa línea difusa entre arte erótico y pornografía.

La última parte la narra Inhye, con Yeonghye internada en un hospital mental. Yeonghye ya no quiere comer: no solo rechaza la carne sino cualquier tipo de alimento. Sólo necesita agua y sol, como las plantas.

Han Kang logra con maestría crear todo un simbolismo alrededor de la falta de autonomía de las mujeres, de su borrado cultural (la voz de Yeonghye apenas aparece brevemente en el relato) y del rechazo o la repulsión que provoca lo humano. Es también un útil retrato para conocer algunas marcas culturales coreanas: la familia de Yeonghye se disculpa con su marido por el cambio súbito de ella (como si el marido hubiese hecho una especie de "favor" al casarse, o la familia de la novia estuviera en deuda) y hay dos escenas de violación cometidas por esposos en contra sus esposas. 
 
La vegetariana es un relato crudo, duro, impactante, en el que la reflexión sobre la autonomía humana y la posibilidad de romper normas sociales está en el centro.

Algunos subrayados
Cuando alguien cambia de un modo an tajante, no hay más remedio que seguirle la corriente (p. 21).

A veces pensaba que no era tan malo convivir con una mujer rara. Vivíamos como si fuéramos desconocidos o, mejor dicho, como si ella fuera mi hermana o la empleada doméstica que hacía la comida y limpiaba la casa (p. 34). 

sentía que detestaba con todas mis fuerzas a mi mujer (p. 45). 

si no comes carne, te devorará el resto del mundo (p. 49).

son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio. No me cabe la menor duda. La sangre y la carne fueron digeridas y diseminadas por todos los rincones del cuerpo y los residuos fueron excretados, pero las vidas se obstinan en obstruirme el plexo solar (p. 49).

se podía sentir en ella la fuerza de un árbol silvestre y sin podar (p. 62).

y en los momentos en que se encontraba en casa se le veía incómodo como un viajero alojado en un hotel de paso (p. 122)-

existía un abismo entre sus apasionados trabajos y su vida cotidiana, en la que se veía como un pez encerrado en una pecera, hasta tal punto que no parecía ser la misma persona en uno y otro ámbito (p. 123).

Tu propio cuerpo es lo único a lo único a lo que puedes hacer daño. Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieras. Pero ni eso te dejan hacer (p. 162)
 
La vegetariana
Han Kang
Traducción de Sunme Yoon
Editorial Penguin Random House
Bogotá
2024 (primera edición en coreano: 2007)
168 páginas


domingo, 6 de octubre de 2024

La cuadra, de Gilmer Mesa

El narrador de La cuadra vive en el barrio Aranjuez de Medellín. Su papá maneja un camión desvencijado, su mamá trabaja, su hermano menor estudia y el mayor también, pero además hace trabajitos para los pillos de la esquina. 

En la cuadra pasa todo. La vida ocurre en la calle: la de los chicos que quieren ser más grandes, y la de los grandes que conversan afuera. Hay solidaridad y rebusque, pero también hay miedo porque el combo de Los Riscos impone su ley. 

La cuadra es la primera novela de Gilmer Mesa. La obra está dividida en nueve capítulos y en cada uno desarrolla la historia de algún personaje de la cuadra, aunque desde el comienzo se entreteje que la historia avanza hacia el despeñadero: hacia la muerte que quiebra en dos a una familia, aunque la cuadra siga siendo la misma.

Resulta interesante observar el rol de las mujeres en una obra tan masculina y cargada de tanta violencia: hay mujeres víctimas de homicidio y de violencia sexual, hay prostitutas y hay madres que sufren por sus hijos. Se describe en detalle "El revolión", una violación masiva de hombres armados a mujeres adolescentes, una práctica que similar a la que ocurre en El Salvador con las maras, y que ha descrito el medio El Faro. Pero La Cuadra presenta tamb a mujeres vengadoras, mujeres que salen adelante sin el apoyo de familiares o de parejas y esta multiplicidad permite vislumbrar los matices complejos de una sociedad en la que ellos, los hombres, cargan con la obligación de disparar, porque demostrar que son muy machos es una imposición social. 


Algunos subrayados
Para quienes nacimos en un barrio popular de una ciudad como esta, el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire (p. 14).

cuando uno nace, crece y se reproduce viendo a sus similares morir todos jóvenes, sus expectativas de vida no superan los veinte años, y entonces cuando la única vida posible y vivible es la adolescencia, ahí es donde se tiene que ser alguien, no hay tiempo de espera (p. 15).

Al ingresar la pareja, el hombre, con alguna excusa, se devolvía y entreabría la puerta para que pasados treinta segundos entraran los compinches armados y obligaran a la mujer a tener sexo con todos y cada uno, a veces por turnos, pero la mayor parte del tiempo al unísono y por los diferentes orificios de su cuerpo (p. 40).

Las mujeres sometidas a estas vejaciones tenían que guardar silencio (p. 40).

Esa rabia impúdica y resentida que los feos suelen sentir frente a la belleza (p. 42). 

era tan solo miedo, el mismo que cargábamos todos para enfrentarnos a lo desconocido que era el mundo femenino: no dejan de ser paradójicas las formas que tiene el miedo de instalarse en los hombres, nunca apareció para detetener la mano del matón de policías pero emergía imponente y total a la hora de encarar a una mujer (p. 44). 

Los seres humanos no somos uno solamente, inmutable y parejo, somos antes que nada plurales, con una pluralidad dicotómica y contradictoria que nos hace levantarnos angélicos virtuosos y acostarnos demoniacos porque en ambos estados mantenemos la misma mueva (p. 62).

nuestros ídolos de niñez nunca fueron superhéroes de historietas ni futbolistas famosos, nosotros queríamos ser bandidos como los que veíamos a diario en la esquina (p. 98). 

En esos barrios pobres la calle es el sitio en donde se pasa la mayor parte de tiempo en la infancia, a falta de guarderías y jardines infantiles, la calle suplía con ardor la sed de aprendizaje (p. 115). 

El delito ha sido siempre patrocinado más por las gentes que se dicen de bien que por los mismos delincuentes, quienes solo son la cara visible del crimen, pero bajo la superficie se mueven los verdaderos favorecedores de todas las fechorías, los que compran lo robado, los que mandan a matar, los que consumen lo ilegal, ahí está la verdadera cara de la sociedad que inculpa y sataniza al criminal pero lo tolera, disculpa e incluso ampara la infracción (p. 122). 

Lo menos difícil de llegar al poder es acceder a él, lo verdaderamente importante es mantenerlo y la forma más fácil de lograrlo es mantener el bienestar de los súbditos y de los trabajadores (p. 125). 

Las personas suelen creer que el poder y el dinero cambian a la gente, pero eso es falso, lo que hacen el poder y el dinero es que nos desenmascaran, nos ponen en evidencia con nosotros mismos, con nuestras propias miserias (p. 133). 

Más que trabarse lo que uno buscaba con la mariguana en los enrevesados años de adolescencia era aceptación (p. 172). 

La tristeza es un sentimiento que se padece en soledad, que necesita del aislamiento (p. 179). 

Después del entierro la esquina siguió siendo la esquina, con sus crímenes, su agite y sus muertos, pero mi familia y yo ya nunca volvimos a ser los mismos (p. 188). 


La cuadra
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, 2016
194 páginas

viernes, 17 de febrero de 2023

Ceniza en la boca, de Brenda Navarro

Diego García es un islote en el Pacífico, aislado y rodeado de mar, lejos de todo. Diego García es también un adolescente mexicano que vive con su hermana mayor y sus abuelos porque su mamá se fue a España y de su papá casi nada se sabe. Esa es su vida inicial, porque luego viaja con su hermana a Madrid para vivir con su mamá. Ahí le cae la adolescencia, y hasta ahí llega porque lo que sigue es nada: Diego se lanza de un quinto piso, cansado de ser un islote aislado, lejos de todo.

Esta obra de Brenda Navarro se divide en cuatro partes y, al igual que en Casas Vacías, su primera novela, hay una voz narradora femenina que habla en primera persona y desde un largo monólogo nos cuenta, más que la vida de Diego, su vida antes y después del suicidio de Diego. Tiene la crudeza narrativa de Casas Vacías, la fuerza para retratar la violencia de la exclusión a partir de frases cortas e imágenes potentes, y un profundo cuestionamiento sobre la maternidad, el patriarcado y la violencia intrafamiliar. 


Cenizas en la boca es también una novela sobre el amor entre hermanos, que es un tópico menos frecuente en la literatura que el amor entre parejas o entre padres e hijos. Y es también el relato descarnado de la exclusión que siente el migrante. Como lo pinta la autora en una sola línea (ese es su talento, decir mucho en pocas líneas): 
Los españoles te ofrecen su casa, pero nunca te dan la dirección.

Esta segunda novela confirma que Brenda Navarro es una novelista demoledora, capaz de adentrarse en complejidades humanas y de presentar constelaciones familiares densas, a partir de una capacidad de síntesis asombrosa en la que la economía de palabras aparece como una de sus principales virtudes.

Algunas frases
 
La vida es así: las mamás queriendo abrazar a sus hijas lastimadas y las hijas lastimadas que no se dejan abrazar (p. 23). 

A la familia hay que tenerla lejos pero presente, como el sol (p. 52).

me mapeaba el cuerpo como si buscara oro debajo de mi arena (p.66).

mentí porque cuando una mentira se dice, hay que seguir mintiendo para sostenerla (p.75).

todos los días me voy a la cama pensando que será la última noche y todos los días despierto más vieja, más cansada y con la misma vida de siempre (p. 83).

¿Te gusta, te gusta aquí? Es lo mismo, donde estés es lo mismo, nomás sobrevivir (p.92).

Desde que llegamos a España estábamos como amputados, pero sin diagnóstico. Como que nos faltaba algo, pero todos lo negaban. ¿Faltarnos algo? ¡Al contrario! ¡Si lo habíamos conseguido todo: casa, papeles, mamá! ¿Qué nos podían amputar? Pues México, pensaba yo (p. 108).

Diego no dejó nada que pudiera darnos una pista, ni una carta de despedida, ni un mensaje. Nos ahorró el trabajo de querer encontrar la verdad, nadie nos la iba a decir (p. 109).

¿Quién llorará por mí si todos están ocupados llorándote a ti? (p.111).

No sé si pasó de pronto, a veces siento que lo planeó demasiado, que llevaba tiempo despidiéndose y no lo escuchamos, pensé (p. 120).

De pronto, así, acompañada, justifiqué a Diego, abracé su decisión (p. 134).

vas a tener que escoger entre querer una mamá como la que crees que mereces, pero no vas a tener, o abrazarte a la que tienes (p. 165).  

 (p. 167).

siento como traición que se haya ido y pienso que el muy cabrón no quiso a nadie (p. 167).

tiene ese humor dañino que le sale solo. Como si en el estómago le corriera la ironía y ella nomás se dedicara a vomitarlo, no por mala, sino porque así es (p. 179).

Entendí que no hay verdades, sino puntos de vista (p. 181).

¿Por qué siempre estás enojada?, me recriminaba mi mamá. ¿Por qué no estás enojada tú? ¡Esa es la pregunta! (p. 182).


Ceniza en la boca
Brenda Navarro
Editorial Sexto Piso
Madrid, 2022
196 páginas

lunes, 17 de enero de 2022

El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

Hay libros que uno quiere que otras personas lean porque son entretenidos, porque son sorprendentes, porque están muy bien escritos, porque narran cosas con las que uno se identifica o porque tocan fibras sensibles. El invencible verano de Liliana es una obra de no ficción que muchos deberían leer, por todo eso, pero principalmente por razones políticas y estéticas. En esta obra Cristina Rivera Garza hace una labor periodística dentro de su familia y otras personas para reconstruir la vida y la muerte de su hermana menor, Liliana, asesinada el 16 de julio de 1990 en ciudad de México por su ex pareja. Tenía 20 años.

Al comienzo del libro la autora dice "uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje" y esa idea se repite. En los 90 no existía la palabra feminicidio; durante muchos años el machismo ha sido invisible a los ojos de muchas (algo que no se nombra) y también los duelos están llenos de silencios, de falta de lenguaje. Este libro es una construcción lingüística que permite a los dolientes (ellos y nosotros) comprender la dimensión física del riesgo, el tamaño de la pérdida y elaborar el duelo en compañía.

El invencible verano de Liliana se publica 30 años después de la muerte de la protagonista pero es un libro urgente que debería estar en bibliotecas y leerse en los colegios. Es útil para aprender a identificar esas microviolencias cotidianas que pueden desencadenar en una tragedia, para reconocer los riesgos del amor posesivo, que no es amor, y para desestigmatizar la violencia intrafamiliar como un problema exclusivo de clases bajas e iletradas. 

Pero el libro no es solo eso. No es un informe académico o pericial. Es el testimonio de una autora que domina los mecanismos del lenguaje y logra estructurar una obra polifónica, con distintos registros (incluso distintas tipografías) en la que incluye un plano arquitectónico, fotos, textos de prensa, informes judiciales y voces de amigos y parientes. El resultado es una relato que parece un rompecabezas en el que muchas fichas tratan de armar un retrato al que le faltan las piezas centrales: lel asesino fugitivo y todo lo que calla Liliana, que aparece con su voz en las notas que escribió en vida, pero que claramente solo muestran fragmentos de su vida y ocultan aquellos aspectos más oscuros de su relación. 

Es también un retrato de familia, un libro sobre la vida universitaria, una crónica de la ciudad de México, una obra sobre mujeres adolescentes y un relato del amor entre hermanas. Hay mucha vida y mucho vértigo en estas 302 páginas atravesadas por la muerte y, al mismo tiempo, tan llenas de Liliana. 

Algunas frases
A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo (p. 13). 

Es fácil amar una ciudad donde todo pasa al mismo tiempo. Donde todo tiempo es tiempo real. (P. 16).

¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? (p. 24).

Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo (p. 25). 

Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora (p. 41). 

Uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje (p. 42).

La infancia termina con un beso. El sueño no es el sueño de cien años y la boca abierta no es la del príncipe azul, pero ese puro esperar que es la niñez finalmente llega a su fin con un beso. Labios sobre labios. Dientes. Saliva. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos. La infancia termina con la instauración del secreto (p. 47). 

Se ha requerido el trabajo de generaciones enteras, por ejemplo, para que el piropo callejero, visto con enfermiza frecuencia como un mero acto natural, cuando no como un halago, sea denunciado como una instancia cotidiana de acoso en el espacio público. (p. 52).

Llamar a las cosas por su nombre requiere, a menudo, de inventar nuevos nombres (p. 52). 

Que se desesperaran los otros. Que los otros azotaran puertas cuando no podían usar la inteligencia o la capacidad de observación, o la paciencia. Que los otros perdieran el tiempo y desperdiciaran sus talentos porque nosotros que lo venceríamos todo, teníamos cosas que hacer (p. 62).

Tal vez no existan en el mundo cartas de amor más ardientes que las que se hacen llegar, ya por correo o ya en persona, las adolescentes (p. 63). 

La capacidad del lenguaje para descubrir y encubrir al mismo tiempo. Ventana y cortina. Telescopio y niebla (p. 74). 

¿qué será de este pobre mundo si uno no se callara algunas cosas? ¿si todo se dijera? ¿Sin misterio? Qué aburrido, ¿no? (p. 79).

Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en todos los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la interperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia (p. 118). 

El duelo es el fin de la soledad (p. 118). 

Los intrincados vericuetos de la justicia, que son los vericuetos infinitos de la impunidad (p. 119). 

Siempre es extraño poner los pies en los espacios de los muertos (p. 123). 

Ni Liliana, ni los que la quisimos, tuvimos a nuestra disposición un lenguaje que nos permitiera identificar las señales del peligro. Esa ceguera, que nunca fue voluntaria sino social, ha contribuido al asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo (p. 196). 

El aborto es y ha sido un riesgo enorme para las chicas embarazadas porque es ilegal (p. 202). 

Los abortos siguen existiendo y, aunque una parte de la sociedad mojigata y conservadora, aliada sempiterna del machismo, los considera todavía como una cuestión moral, es cada vez más aceptado que los abortos son asuntos de salud pública en los que la decisión final corresponde tomarla a las mujeres. (p. 204).

Los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador (p. 276).

...elaboran esa línea moral que divide el nosotros del ustedes. Ésta en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante de que se culpe a la víctima y de que te inculpes con ella. Está en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante, de exonerar al asesino a toda costa. 
Uno no aprende a callar; uno es forzado a callarse.
A uno le callan la boca (p. 277). 

La libertad no es el problema. El problema son los hombres (p. 289).



El invencible verano de Liliana
Cristina Rivera Garza
Literatura Random House
Bogotá
Abril, 2021
303 páginas