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martes, 13 de mayo de 2025

Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince

El 27 de junio de 2023, cuando la invasión de Rusia a Ucrania ya completaba año y medio, tres colombianos, una escritora ucraniana y un fixer de ese país se reunieron para cenar en una pizería de Kramatorsk, una ciudad al oriente de Ucrania. Llevaban dos días recorriendo zonas afectadas por la invasión, a escasos 35 km de la línea de combate. En medio de la cena un misil cayó sobre el restaurante. Murieron 13 personas, entre ellas la escritora ucraniana Victoria Amelina, que estaba con el fixer y los tres colombianos.

Uno de esos colombianos era el escritor Héctor Abad Faciolince, quien acaba de publicar "Ahora y en la hora", libro que relata ese instante del atentado, los días previos, los posteriores y el quiebre que significó en su vida haberse expuesto a ese riesgo.

Se trata de un libro de no ficción, una crónica de viaje y guerra, aunque quizás la etiqueta de crónica tampoco le encaja bien porque al texto le falta reportería y le falta contexto para ser un libro realmente periodístico. Es más bien un testimonio en primera persona en el que Héctor Abad se ubica en el centro de la narración para contar lo que vivió y lo que vio, aunque el libro se presente como un homenaje a Victoria Amelina, que en realidad es una figura brumosa dentro del relato. 

Al comienzo Abad afirma:"el 24 de febrero (de 2022) marcó el comienzo del más devastador y mortífero conflicto bélico que ha habido en Europa en ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial" (p. 17). La certeza de este dato depende de la fuente y la fecha de corte, porque para algunos la guerra de la antigua Yugoslavia dejó más muertos que los que ha dejado la invasión a Ucrania. Este podría ser un detalle menor en una obra literaria, pero tratándose de un libro de no ficción el rigor en los datos es imprescindible. 

Ahora y en la hora incluye introspección, poemas de Abad, algunos perfiles y una mezcla de textos que se cosen para construir un alegato a favor de Ucrania. El libro explica poco sobre el conflicto bélico, quizás porque para el autor la única explicación válida consiste en que Putin es un déspota que decidió invadir. Afirma que algunos amigos escritores no comparten su visión, pero tampoco desarrolla cuál es la visión de ellos. En una entrevista oí que el manuscrito original incluia una novela y las editoras depuraron la ficción, dejaron la no ficción y, en consecuencia, lo que llegó al lector es el fruto del trabajo que el autor no pudo terminar y dejó en manos de las editoras. Creo que eso se nota. 

 
Algunos subrayados

Mi más querido aliado, siempre, es el olvido (p. 13).

Cada libro que he escrito es tan radicalmente distinto a los anteriores que en todos ellos (en los publicados y en los que reposan en el sepulcro de mis intentos fallidos) he sentido lo mismo: que al abordarlos vuelvo a ser un aprendiz (p. 36). 

Mi cobardía habitual (enmascarada con el bello nombre de prudencia) (p. 37)

empezamos una de esas amistades a la inglesa, que —como dice Borges— excluyen las confidencias (p. 67).


es más fácil hacer el retrato de alguien a quien no conoces que el de alguien a quien conoces mucho o al menos crees conocer bastante. Es esto lo que explica que el retrato más difícil de hacer sea el de uno mismo (p. 76).

si hay quienes quieren tener la experiencia de cada instante tan intensamente como si fuera el último, estos son precisamente aquellos que sienten todo el tiempo su vida amenazada (p. 82).

La guerra es una especie de agujero negro que engulle vidas como si fueran átomos (p. 85). 

ya no tenía tiempo ni ganas de escribir ficción. La realidad era mucho más fuerte y rotunda que cualquier cosa que pudiera imaginar (p. 91). 

Cuando un escritor no ha leído a otro, la conversación entre ellos se hace ardua y es común que entre los dos se instale una especie de timidez teñida de culpa. Vamos a ciegas, los escritores, si no nos hemos leído. Al fin y al cabo, los escritores no somos casi nada, o mejor dicho, somos casi tan solo lo que hemos escrito (p. 99).

Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad (p. 115). 

Me quedo aterrada cuando me dicen valiente en Colombia. Toda la gente que me rodea hace lo mismo que yo. No es raro. Es normal. Soy reportera, somos reporteros. No nos sentimos valientes. No le doy dimensiones extraordinarias. Pienso que me falta mucho por aprender; todavía lo hago muy mal. Una y otra vez pienso que la embarré. La vez siguiente lo hago mejor. Eso me mueve a seguir haciéndolo (p. 127). 

Después de una experiencia límite, uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando (p. 132). 

Al leer a los escritores nos volvemos sus amigos, a veces casi íntimos, porque nada se parece tanto a nosotros como lo que dejamos por escrito (p. 135). 

y los escritores —algunos por lo menos— aspiramos a que los libros (y hasta los fracasos que no editamos) nos representen cuando estemos muertos, en la ilusión de una forma de supervivencia (p. 158). 

sentir plenamente la felicidad de estar vivo (que consiste sobre todo en abrazar a las personas que uno más quiere) (p. 171).

Es una gran virtud morirse sin ganas de dejar la vida, amándola todavía a pesar de todo, a pesar del dolor y los achaques, a pesar de la vejez y el deterioro inevitable del cuerpo (p. 173). 

La muerte es eso: que la realidad cesa, que el mundo que amas (tus hijos, tu mujer, tu país, tus paisajes, tus cosas) se terminan de repente y pasan a no ser nada. (p. 179). 

A mi vida le han sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias. Me doblegan, me derriban, me elevan, me exaltan, me asfixian (p. 187). 

el peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos (p. 188). 

La religión no será el opio de los pueblos, pero sí de los padres; de los padres huérfanos de hijos (p. 194). 

casi todos los libros, incluido este que quisiera escribir en mi cuaderno negro, son libros de amor (p. 199).

Tres dedos sostienen la pluma, pero todo el cuerpo trabaja (p. 201).



Ahora y en la hora
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Mayo de 2025
222 páginas

sábado, 27 de enero de 2024

Diario de los sucesos de la Revolución en la Provincia de Antioquia en los años de 1840-1841, de María Martínez de Nisser

El "Diario de los sucesos de la Revolución en la Provincia de Antioquia en los años de 1840-1841" es el primer texto que se conoce escrito por una mujer que haga referencia al actual territorio de Caldas.

María Martínez de Nisser nació en Sonsón en 1812. Se casó con Pedro Nisser, médico sueco radicado en el sur de Antioquia, y estando en ese municipio los tomó la "Guerra de los Supremos" o "Guerra de los Conventos", el primer conflicto interno que se desató en Colombia luego de la independencia de España. La guerra tuvo lugar entre 1839 y 1841 y su origen fue religioso: el gobierno ordenó suprmir conventos y templos con menos de 8 religiosos para subastarlos y usar el dinero para escuelas públicas. La decisión generó descontento que fue aprovechado por líderes de distintas provincias que veían con prevención las decisiones que se tomaban desde Bogotá. Esos líderes provinciales, conocidos como Los supremos, estaban liderados por figuras como el general Obando, en el sur, o el recién fallecido general Santander, y se oponían al presidente Alcántara Herrán. En Antioquia la insurrección de los Supremos la lideró Salvador Córdova, hermano del prócer.

Este es el contexto histórico en el que María Martínez de Nisser escribe su diario, y conviene comprenderlo porque ella no lo explica en su texto: lo da por entendido porque le habla a sus contemporáneos. Se trata de un diario que comienza con la retórica del desprecio, tan común hasta mediados del siglo XX, de acuerdo con la cual las mujeres escritoras se excusan por atreverse a escribir y por la calidad de sus letras, que consideran menor. 

El diario comienza el 11 de octubre de 1840 en Sonsón. María Martínez informa cómo avanza "la facción" de Córdova por distintos cantones de Antioquia y cómo se preparan algunos ciudadanos defensores del presidente para combatirlos. Los desplazamientos a caballo, la falta de armas, lasdetenciones de hombres del pueblo y la zozobra por posibles enfrentamientos y capuras son los sucesos que aparecen en esta parte del diario, rico en nombres propios y detalles de la sociedad de la época en Sonsón. 

A mediados de abril de 1841, cuando ya ha avanzado un 65% del diario, el texto da un giro: Pedro Nisser es capturado y María decide enrolarse en la tropa que enfrenta a los sublevados. Dice que se cortó el pelo, se cosió un traje de hombre y se presentó ante la tropa con su padre y sus hermanos. A partir de ahí el diario narra el viaje a caballo por Sonsón, Abejorral, Aguadas, Pácora y Salamina, en donde se libra una batalla que le da la victoria al grupo de María Martínez de Nisser, quien regresa a Sonsón y luego a La Ceja, Marinilla y Medellín, en donde es recibida como heroina. 

El diario aporta pocos datos personales sobre María Martínez de Nisser, pero es evidente que se trata de una mujer muy ativa políticamente y, además, con conocimientos de historia y literatura. En su texto evoca la fecha en la que se cumplen los 20 años de la muerte de Napoleón, recuerda a Bolívar y, al final, cierra su diario en francés. 

El diario resulta interesante por la cantidad de detalles y datos que aporta sobre el contexto político y social en el que se dio la colonización antioqueña. María Martínez combatió junto a Elías González y Marcelino Palacios, figuras claves en la fundación de Manizales, y además estuvo bajo las órdenes de Braulio Henao y su hermano Félix Henao, reconocidos conservadores en varias guerras civiles. 

Cabe recordar que parala época que narra el diario (1840-1841) aún no existen los partidos liberal y conservador y tampoco ha sido fundada Manizales.

Algunos subrayados
Pocas provincias como Pasto, que ha sido y será el pasto para la insubordinación en todos tiempos (p. 22).

son personas insignificantes los que se han agregado al partido de los rebeldes; sin embargo, para hacer mal todos sirven (p. 28).

Sin duda, no hay más remedio que el terror, para contener los males en que se halla ya sumergida mi pobre patria… (p. 30).

Aunque nada versada en cosas de política por lo poco que he leído, y por lo que estoy viendo, conozco que siempre es mejor un gobierno legítimamente establecido, aunque tenga sus faltas, que la rebelión, la facción, o llámese guerra civil, cuyos males son tantos, tan enormes y de tan funestas consecuencias, que siempre son el rompimiento del pacto social, de ese pacto formado por la voluntad del pueblo legalmente representado (p, 37).

las mentiras son tantas, que nada se puede creer (p. 37).

—¡Que largo se vuelve el tiempo cuando esperamos la definición de un problema que nos es de sumo interés...! (p. 45).  

La libertad, este bien inestimable de la naturaleza y de la sociedad, es una prerrogativa que se debe recobrar a cualesquiera precio que sea, sin omitir sacrificio alguno (p. 64).

que no; porque allí ¿de qué utilidad puedo ser para mi patria o para mi esposo? Mañana me presentaré a Braulio, le pediré una lanza; marcharé en compañía de mis dos hermanos y demás patriotas de este pueblo, y contribuiré de este modo a la libertad de mi suelo (p. 67). 

me dijo: “me parece una acción demasiado heroica, pero peligrosa”. Yo sólo quiero saber si perjudicará a mi honor, le interrumpí, porque esto sólo será capaz de contenerme; a lo que me contestó: deshonroso no es, sino al contrario, una acción virtuosa; pero Ud. debe hacer lo que su padre diga (p. 68). 

me ofendía en creer que por ser mujer no era capaz de ser firme en mis resoluciones, y que me creía con suficiente valor, para arrostrar los peligros y soportar las fatigas del mismo modo que los demás: no teman por mí, que seré un ejemplo de resignación… (p. 75). 

Salamina, este pueblo patriota y raro, donde no hay un solo individuo que no aborrezca la facción, ha manifestado su regocijo, con nuestra llegada (p. 79).  

Vi el campo lleno de muertos y heridos; y al oír los clamores, ayes y lamentos, me horroricé y llené de pena contemplando esta dolorosa escena, y tanto más me sentía conmovida, cuando reflexionaba que todo esto se debía unos pocos ambiciosos (p. 92). 

Diario de los sucesos en la Revolución en la Provincia de Antioquia en los años de 1840-1841
María Martínez de Nisser
Editorial Eafit
Medellín, 2012
106 páginas


lunes, 10 de octubre de 2022

Cartas abiertas, de Juan Esteban Constaín


Marcelino Quijano y Quadra es un payanés que desde niño tuvo gustos de viejo: su pijama infantil fue una bata de seda que mandó confeccionar por muestra de una que vio en una revista; coleccionaba recortes de periódicos viejos, era muy lector, jugaba ajedrez y cartas, en vez de deportes de contacto, y en general prefería la vida que leía en vez de la vida de las calles.

Juan Esteban Constaín explica que el nombre de este protagonista nació de otro Marcelino: un cartero de una provincia argentina al que le allanaron la casa buscando drogas y la policía encontró miles de cartgas abiertas para leerle a su suegra ciega, aficionada a las novelas. Un amigo le envió a Juan Esteban el recorte de prensa con esta noticia insólita, y aunque él escribió una columna en El Tiempo sobre el tema, sintió que en esa historia había quizás una novela, que años después se convirtió en Cartas abiertas, una obra en la que Marcelino es "un ladrón de cartas que, así descubría los destinos ajenos, para desviarlos con su mano providencial y hacerlos mejores y más felices, a veces, solo cuando se podía, en eso consiste el destino".

La novela está dividida en 12 capítulos. Los primeros son una especie de sucesión de aventuras, en la que los capítulos podrían titularse "Marcelino y el cura perverso", "Marcelino y los nazis" o "Marcelino en la posada solitaria", y así, uno por cada carta abierta, que lo embarca en un proyecto distinto. La segunda parte se concentra en una empresa de más largo aliento: el armisticio entre el Reino de Bélgica y el Estado Soberano de Boyacá, luego de una guerra declarada en el siglo XIX y que duró más de 120 años.

La novela ofrece un juego entre ficción y realidad, entre lo que es invención y los hechos históricos. "La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo" y para ello el texto refuerza su verosimilitud con recursos como recortes de prensa y fotos, que buscan darle fuerza histórica y documental al disparatado relato. 

Constaín utiliza un narrador muy invisible, que solo aparece un poco al final, y quien cuenta sin proponerse ser chistoso, hechos divertidos y risibles porque rayan con el ridículo. Ese tono contrasta con la atmósfera anacrónica, solemne, erudita y ceremoniosa, en la que el autor rinde homenaje a personajes como Alvaro Mutis, Nicolás Gómez Dávila, José Fernando Calle, Santiago Mutis Durán, Juan Gustavo Cobo Borda y otros señores viejos o fallecidos, por los que el autor siente particular fascinación y cariño. La presencia femenina, en contraste, es espectral: la única mujer con algo de protagonismo en el relato es Karina Garabundo, una argentina rica que se convierte en mentora de Marcelino Quijano y Quadra y muere poco tiempo después. Una mujer ciega. 


Algunas frases
Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. (p. 19).

Me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y para eso no se necesita salir de la casa... Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa; para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. (p. 22). 

La nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría (p. 22).

La verdad, nacie es culpable de ser lo que es. (p. 35).

Todos cargamos en nuestra espalda, me dijo, con recuerdos que nos habría gustado no tener, no haberlos engendrado nunca. (p. 35).

En silencio, esas son las conversaciones más importantes de un matrimonio feliz. (p. 37).

El olor del tiempo: nada huele más que el tiempo (p. 65).

La fe es un acto de fe en la fe (p. 85).

Eso pasa un día cuando crecen nuestros hijos, que se vuelven nuestros contemporáneos (p. 86).

(Sobre Francia:) Esa antipatía que en ese país es un talento (p. 103).

Es la mejor forma de conocer el alma de la gente: ver los libros que cada cual tiene y ver también cómo trata cada quien a los humildes, ahí está dicho todo (p. 106).

De una u otra forma todos en algún momento de nuestra vida pertenecemos a una minoría, eso somos (p. 113).

Uno puede sobrevivirlo todo, pero nadie sobrevive al ridículo (p. 115).

A veces pasa así: que basta una mirada, basta una palabra, basta un gesto y ya sabemos cómo es y será esa persona a la que tenemos delante, sin conocerla siquiera, pero un instante nos revela su alma, nos une con ella para toda la vida (p. 122).

Había ganado, aunque nadie gana en la guerra (p. 135).

No hay nunca un plan descabellado ni absurdo ni malo ni nada, todo puede suceder si uno se lo propone. Pero hay que mantener la calma: que no se vean jamás las costuras de lo que urdimos, porque entonces se muere la magia, quedamos al descubierto (p. 146).

Las tragedias de la gente no se pueden comparar ni jerarquizar ni matizar porque para cada quien su tragedia es única y tiene un valor absoluto; eso es lo que las vuelve una tragedia, justo eso, su condición aplastante, devastadora, para el que la lleva a cuestas (p. 149).

Eso era lo otro: que en este mundo la gente se junta, que uno no puede hacer nunca nada bueno con gente normal. Esa era su premisa, trabajar y vivir solo con gente distinta (p. 158).

Nada podía ser normal; nada lo es, por eso lo mejor es estar cerca solo de quien tiene eso clarísimo (p. 158). 

La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo (p. 177).

La historia, si uno prescinde de sus aspiraciones científicas, suele parecer un milagro (p. 236).

Creer hace posible que aquello en lo que creemos ocurra, la fe es un acto de fe en la fe (p. 243).

No había mejor mapa para visitar los sitios que los libros antiguos que hablaban de ellos; "nos libran de la plaga del turismo" (p. 251).

La mayor parte de la gente pasa por la vida resignada a sus rutinas, sus miserias, plegada a eso tan mezquino que se suele llamar la realidad (p. 273).

Ninguna muerte es prematura: la muerte ocurre cuando tiene que ocurrir, no antes ni después (p. 277).

Una cosa es la izquierda y otra el Gulag (p. 279).

Nunca se dio lujos ni aires, no presumía, no alardeaba, no humillaba. Y tenía clarísimo que esa era la clave de su éxito, ser anacrónico y discreto (p. 279).

La ficción es la forma más bella y tangible de la realidad (p. 280).

Como buen humorista, era un hombre muy serio (p. 282).


Cartas abiertas
Juan Esteban Constaín
Literatura Random House
Bogotá
Marzo de 2022
288 páginas

jueves, 2 de septiembre de 2021

Tomar tu mano, de Claudia Hernández

Si se pasan rápido las páginas de este libro, a primera vista luce como un volumen de poesía, o el texto de una obra teatral llena de diálogos. La autora escribe frases cortas, oraciones de una línea o menos, y así, casi sin párrafos y a partir de una larga sucesión de sentencias, preguntas y respuestas, afirmaciones o enumeraciones breves, avanzan los 55 capítulos cortos de este relato en el que los personajes no tienen nombre porque pueden ser cualquiera: cualquier mujer campesina que se va joven y enamorada a vivir con su novio; cualquier hombre que se cansa pronto de su pareja y decide buscar otra y otra y otra; cualquier pariente que combina su trabajo campesino con encargos paramilitares nocturnos; cualquier joven o vieja que recibe golpes físicos y de los otros y debe vivir sometida a su pareja.

"Tomar tu mano" es un libro difícil de clasificar. Es un hondo grito de auxilio de mujeres que no quieren tener tantos hijos, que desean trabajar o estudiar, pero no pueden, y que viven sometidas a la violencia cotidiana que implica habitar una casa con una pareja que a la vez es su enemigo. Ante tanta violencia, la de las pandillas urbanas y los paramilitares en el campo se siente apenas como un eco que replica lo que ocurre de puertas para adentro.

La autora es salvadoreña y aunque en el libro se perciben las violencias de las guerras centroamericanas y las pandillas, no hay un referente geográfico ni temporal específico y por ello la historia puede trasladarse perfectamente a la geografía colombiana, en donde también hay  mujeres que sufren estas violencias y en donde las autoridades que imponen el orden en las calles no siempre son las estatales. 

Los celos, la falta de independencia económica, la violencia física, las armas y las redes de apoyo entre mujeres son algunos de los temas que atraviesan este libro coral en el que la autora demuestra gran dominio de las técnicas narrativas en los cambios de voces y narradores y en la construcción de personajes que se identifican sin necesidad de utilizar nombres. 

"Tomar tu mano" propone una mirada femenina a las violencias domésticas de las mujeres pobres del campo y de la ciudad. Es un libro áspero, rudo, que se construye desde los silencios y contrasta con el título que, además, cierra la historia. Es un libro que busca tomar la mano de mujeres que merecen y necesitan ternura, afecto y protección.

Algunas frases
Hay cosas que no deben ser sabidas (p. 11).

A veces es más valioso ser invisible, dice la madre (p. 12).

Las mujeres no entienden lo que quieren ni saben lo que dicen (p. 43). 

¿Cómo era estar embarazada?
Se sentía como si tuviera un gatito dentro (p. 55)

¿Para qué quería ella otro hombre?, preguntó.
¿Para qué quería ella alguno?, pensaba (p. 148).

Cualquiera estaría feliz de estar contigo.
Ella estaría más feliz si no tuviera que estar con ninguno (p. 149).

El tiempo total nunca se sabe (p. 181) 

Mientras, puede ayudar con cosas de la casa, dice la madre.
De ninguna manera, dice el padre.
Su hijo no va a hacer trabajo de mujer.
Necesitan la ayuda ahora que ella trabaja más horas.
Que le ayude su niña. (p. 192). 

La madre no quiere decirle que, a la edad que tiene y por el cuerpo que ya tiene, cualquier hombre en ese pueblo puede reclamarla como suya y llevársela, quiera ella o no.

Podía ser que, con tragos de más, alguno de los hombres ahí pensara que la niña y su habitación estaban también a disposición. (p. 225).

Las mujeres que dejan a sus maridos no regresan, le dice la madre. (p. 231).

La mujer que tenía lo ha dejado.
¿Por otro?
Por ella misma.
Prefiere estar sola. (P. 268).

La vida es lo que ya fue (p. 277). 


Tomar tu mano
Claudia Hernández
Laguna Libros
Bogotá, Junio de 2021
300 páginas

sábado, 17 de julio de 2021

Rendición, de Ray Loriga

Un hombre y una mujer viven en una comarca en un sitio indefinido y en una época también indefinida. Sus dos hijos, Pablo y Augusto, partieron para la guerra y no se sabe nada de ellos. A la casa llega un niño de cerca de 9 años. El niño no habla y la pareja empieza a tratarlo como un hijo al que llaman Julio. Los tres son obligados a dejar la comarca, quemar la casa y partir hacia la Ciudad Transparente, en donde les hacen un proceso de cristalización luego del cual él, el narrador, empieza a notar que vive permanentemente tranquilo, contento, incapaz de sentir rabia o incomodidad.

Rendición es una distopía con la que el español Ray Loriga ganó el Premio Alfaguara 2017. Mientras lo leí pensé en La Carretera, de Cormac McCarthy, y en La hora gris, de Eduardo Otálora. Se trata de una metáfora potente sobre la transparencia, la visibilidad, la pérdida de vida privada y la presión para amoldarse, adaptarse y no rebelarse. Es también una reflexión sobre la paternidad, sobre las relaciones padre-hijo y lo transformador que puede ser ese amor.

La novela está dividida en tres partes que a su vez se subdividen en capítulos cortos. Sólo se mencionan tres nombres propios (los tres hijos) y sólo hay un diálogo, al final. El resto del libro está narrado en primera persona del singular desde la voz de Él y es notorio el trabajo del autor al construir un narrador potente, con visos de humor, con ingenuidad y humildad, que se siente inferior a su esposa que describe acciones y reflexiona sobre ellas y que se transforma con enorme maestría a lo largo del relato. La construcción de ese narrador es motivo suficiente para haberle concedido a Loriga el Premio Alfaguara. Pero además el libro tiene potentes imágenes que develan la experiencia cinematográfica de un autor que busca perturbar.

Algunas frases 
La guerra no cambia nada por sí misma, sólo nos recuerda, con su ruido, que todo cambia (p. 14).

Si algo he aprendido viendo morir nuestro jardín es que ni lo bueno ni lo malo se detiene a revisar nuestros cálculos, ni aprecia nuestros esfuerzos, simplemente sucede (p. 16).

Desde que empezó la guerra, las sospechas han hecho más daño que las balas (p. 18). 

Ella, como todas las mujeres, es más fuerte que los hombres, pero a veces se rompe y la abrazo (p. 28).

La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía (p. 32). 


Según me lo ha explicado ella, o según yo lo he entendido, se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida, la otra al parecer salva el alma (p. 42).

Aunque ya teníamos permiso para hablar, no se me ocurrió nada que decir (p. 49). 

saqué la conclusión de que no hay cosas muy distintas en ningún lugar del mundo y que por eso la gente se viste de colores diferentes y canta canciones distintas para soñar por un segundo que algo distinto son (p. 55). 

con imaginación todo se lleva mejor y no se condena uno tanto a las cosas que tiene delante (p. 78).

Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones y con más razón en las peores condiciones (p. 82).

a veces, sin saber por qué, a falta de gloria va uno y se la inventa (p. 84).

hasta que no te quedas sin olor no sabes lo extraño que te sientes cuando te lo arrebatan (p. 94).

sin afectos el trabajo se podía hacer monótono, aburrido y eterno (p. 105)

si algo sé es que no hay más gente que la gente y ésa es toda parecida en todas partes (p. 116).

Es curioso lo que une una comarca cuando se encuentran dos paisanos en un lugar extraño (p. 120).

Supongo que el miedo se quita más despacio que el olor, o nunca (p. 128).

El pasado y el futuro empezaron a apartar de mí la sombra siniestra de las nostalgias y las ambiciones, que son como manos capaces de ahogar a un hombre (p. 139).

sin miedo alguno se duerme bien pero se levanta uno extraño (p. 146).

Cómo es que un hombre pierde su propia naturaleza y con ella lo que da sentido a su pequeña inteligencia no sabría decirlo (p. 150).

Una vez que se admite que Dios no lo ha elegido a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir, con los pies y las manos dentro de un círculo marcado en la arena, sin pisar más allá de lo que te toca ni querer coger lo que no es tuyo (p 160).

Dicen que se puede sacar a un hombre de su comarca fácilmente, pero que es mucho más difícil sacar la comarca del interior de un hombre (p. 168).

¿Es suficiente con que te pongan la comida en el plato para soportarlo todo? (p. 185).

Un hombre debería poder viajar de un lugar a otro sin perder su alma (p. 187).


Rendición
Ray Loriga
Editorial Alfaguara
Barcelona
2017
210 páginas

martes, 18 de mayo de 2021

Sofoco, de Laura Ortiz Gómez

Nueve cuentos alrededor del conflicto armado colombiano componen "Sofoco", el hermoso libro con el que la autora bogotana Laura Ortiz Gómez ganó el premio de narrativa Elisa Mújica en 2020. 

Son cuentos que dialogan entre sí, pero no a partir de personajes o situaciones comunes sino desde la sensación de sofoco que los atraviesa. Los cuentos de Laura Ortiz ocurren en este "paisito de narcos", en el que los soldados cantan "sube sube guerrillero, que en la cima yo te espero con granadas y morteros" y que ella relata desde los márgenes. No aparecen en sus páginas las grandes ciudades ni los poderosos, sino los ríos, los pueblos, los animales y la gente que vive el ahogo del conflicto, la violencia y la pobreza: desplazamiento forzado, tortura, guerrilla, paramilitares, violencia sexual y racismo son algunos de los hechos victimizantes que reconstruye la autora, a partir de un ejercicio literario que mezcla datos y aguda observación con un manejo de voces y tiempos que le permiten construir atmósferas opresivas, asfixiantes. 

La muerte ronda por casi todas las páginas del libro. La muerte física de la guerra, pero también la muerte de los sueños, de la infancia y de la alegría. Los personajes de Sofoco son tristes pero no resignados: casi todos los cuentos traen un punto de giro en el que el personaje intenta darle una vuelta a su destino para liberarse del terror o el tedio. 

Los textos de Laura Ortiz están construidos a partir de frases cortas, como sentencias, y de imágenes precisas del entorno en el que transcurren las historias. La ubicación geográfica no ofrece nombres propios de ciudades, pueblos o veredas que se ubiquen en el mapa, pero la descripción del territorio permite identificar con claridad los espacios en los que ocurren los relatos: espacios muy colombianos, marcados por la ruralidad y el miedo. 

Los nueve cuentos incluidos en el libro son "Aíta la muerte", "Tigre americano, panthera onca", "Mingus el ardiente", "Esperar el alud", "El corazón del señorito", "La cajita de Avon", "El último Pibe Valderrama", "Un toro bien bonito" y "Parto de vaca". En varios de ellos la autora trabaja el giro animal como una forma de potenciar la atmósfera brutal, salvaje o enrarecida que describen sus historias

Sofoco aporta en la construcción de una memoria literaria del conflicto armado colombiano y lo hace sobre todo desde sus personajes femeninos que presentan puntos de vista diversos alrededor del impacto de la violencia (incluyendo la sexual) en sus vidas y sus familias. Es, sin duda, un libro valioso. 


Algunas frases

Aíta la muerte
Una diría que la guerra es como las películas de acción. Pero no. Es quieta. Más que quieta es monótona. A la gente la matan y la matan y la matan, pero la guerra sigue (p. 9).

La guerra no se trata de nada. Es un agujero que escupe muertos (p. 9).

El ruido es enemigo del recuerdo (p. 10).

El noviazgo de pueblo se consuma en cualquier rinconcito oscuro (p. 12).

La muerte es la única cosa respetable que nos queda (p. 12).

Cuando una mujer pasa de los cuarenta, los hombres ya ni se esfuerzan en ocultar que se sienten superiores (p. 14). 

Tigre Americano, Panthera Onca
Me pongo muy triste cuando pienso en todo lo bueno y bonito que era el mundo antes de que yo naciera (p. 24). 

Doña Cleo le toma la mano y le dice: A Luisa también. Y a la Mónica. No les vaya a decir que yo le conté, a ellas les da mucha vergüenza. Pero solo le cuento esto para que vea que usted no está sola. Que les ha pasado a muchas. Ellos no tienen alma y no se merecen nada. (p. 27). 

Mingus el ardiente
Los palenqueros ya estaban hartos de recoger yanquis, darles comida, aparecer en sus documentales independientes y nunca más saber de ellos (p. 38). 

Esperar el alud
El socialismo es un verso que alcanza solo para el sexo; el piso de tierra no, nunca, será amor (p. 55).

Solías decir: Estoy curado de espanto. No era cierto. De los espantos no se cura nadie. (p. 59). 

Entre tanto advenedizo quién es Dios (p. 60). 

Los suicidios no suelen tener testigos. Voy a cerrar los ojos por pudor (p. 61). 
 
El corazón del señorito
Todos quieren amor, pero nadie quiere lavar los platos (p. 66).

¿Cómo se dice cuando puedes ver la belleza de lo que ya estás perdiendo? ¿Cómo se dice, Ricardito, cuando hay nostalgia de algo que sucede en presente? (p. 76). 

El último Pibe Valderrama
Tampoco le gustaban los niños. Solía decir: Los hijos son pedos, solo se los aguanta el dueño (p. 91).

En mi casa éramos así, apilábamos secretos, unos sobre otros, minuciosamente, haciendo un exoesqueleto familiar. (p. 98).

Como de gente que quería la aprobación del padre mundial, para existir por fuera de la cara de Pablo Escobar (p. 99). 

Un toro bien bonito
Escribir sirve para conjurar fantasmas. Traer vida a lo que se ama y lo que se odia. (p. 105). 

Parto de vaca
Lo más cercano a parir es cagar (p. 111)

El paisaje es un lujo pa´los ricos que se sientan a ver (p. 111).

Ya estoy caminando, esquivando las miradas de los vecinos, que a su vez esquivan mis miradas. Aquí en Alto Bonito nos presentimos en diagonal (p. 112).


Sofoco
Laura Ortiz Gómez
Laguna Libros
Bogotá
Abril de 2021
121 páginas

martes, 20 de abril de 2021

Verde, de Federico Ríos Escobar


Hace unos años le oí decir al periodista Sinar Alvarado que Federico Ríos Escobar era distinto a los demás fotógrafos de prensa que conocía porque no era fotógrafo sino fotorreportero: "Federico maneja fuentes, busca noticias, entrevista" me dijo Sinar para explicar cómo el trabajo de Federico va mucho más allá del registro de imágenes para "acompañar" notas de prensa. Federico es un reportero gráfico con agudo sentido de la reportería y no sólo de la parte visual. 

Hace algunos años Federico publicó otro libro. "Verde tierra calcinada" fue un volumen en el que Juan Miguel Álvarez incluyó varias crónicas sobre el conflicto armado en distintas zonas del país y Federico se encargó de las fotos. Este nuevo volumen, "Verde", lo leo con una línea de continuidad frente a ese trabajo previo. Acá hablan el color (las sombras, los claroscuros, los camuflados), los rostros, las sonrisas y los detalles en los cuerpos, en la ropa, en el paisaje. Sobran las palabras, los títulos, los pies de foto: es un libro de 310 páginas en el que deliberadamente el texto es escaso. El texto sobra cuando las fotos logran esa expresividad. 

"Para mí cada decisión, cada gesto y cada detalle del libro son muy importantes. La raíz es poderosa, por eso el libro es editado e impreso en Manizales", me dijo Federico cuando hablamos sobre "Verde", un fotolibro que reúne imágenes que tomó sobre miembros de las Farc en los últimos 10 años en distintas regiones, desde las selvas del Yarí hasta el Pacífico. El libro muestra la violencia de la guerra, por supuesto, pero genera incomodidad en la medida en que las fotos retratan hombres y mujeres de carne y hueso, con amores, vanidades, alegrías, hijos y pudores. Gente pobre, joven y campesina, armada con fusiles y distante de la imagen de "monstruos" o "máquinas de guerra" con las que la narrativa oficial ha intentado deshumanizar al enemigo. 

El papel y el formato distancian a este libro de los tradicionales volúmenes fotográficos para la mesa de la sala. Este es un libro para la biblioteca. Un libro para consultar, un álbum que funciona como un Atlas en la medida en que revela una geografía desconocida. El detalle de la cubierta, un mapa plegable de Colombia que en su reverso trae la ubicación y fecha de cada una de las fotografías, es uno de los detalles simbólicos más significativos de la propuesta editorial: Colombia arropa estas imágenes, las cubre, las contiene. Colombia envuelve todo lo que el libro trae. La parte del mapa de Colombia que queda en la portada es la de la orinoquía: la media Colombia que no conocemos y que permanece excluida, así como lo están los colombianos que Federico retrata.

Alejandro Gaviria, rector de los Andes, plantea en el prólogo una hipotética división en capítulos para mostrar una línea cronológica entre las imágenes iniciales de la guerra, las de la esperanza por la desmovilización y la frustración posterior ante la incertidumbre por las amenazas a los excombatientes. Uno de los pocos textos del libro, al final, indica que al momento de imprimirse el libro, 3 años y medio después de la firma del acuerdo de paz, habían sido asesinados 259 excombatientes, 1147 líderes sociales y 80 líderes ambientales, según Indepaz, y en el mismo período se deforestaron 800.000 hectáreas, de acuerdo con el Ideam. Es frustrante que la guerra no cese, pero es valioso que periodistas como Federico documenten esta tragedia.


Verde
Federico Ríos Escobar
Raya Editorial
Manizales, 2021
310 páginas

viernes, 1 de abril de 2016

Adiós a las armas, de Ernest Hemingway

Soy de quienes se dieron cuenta de la existencia de Gertrude Stein por Medianoche en París (Woody Allen, 2011). Es ella la escritora que acepta leer la novela que está escribiendo Gil Pender, el protagonista de la película, y días después le hace sugerencias que mejoran sustancialmente la calidad del libro. También la muestran como una consultora permanente de Pablo Picasso, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway,

Eso fue en los 20 del siglo pasado. Décadas más tarde, Hemingway escribió que alguna vez Stein, que solía acogerlo en su casa parisina junto con otros escritores gringos, lo increpó por bebedor, y en medio de la cantaleta le dijo: "Todos los jóvenes que sirvieron en la guerra son una generación perdida. No le tienen respeto a nada. Se emborrachan hasta matarse".

La pulla contenía un carácter definitorio, porque fue así como la escritora les acuñó esa expresión, "generación perdida", a un grupo de escritores marcados por la Primera Guerra Mundial y la crisis del 29.Adiós a las armas es un ejemplo preciso. Rebosa de aquello que mencionó Stein en su célebre sentencia: guerra, falta de respeto (a cánones religiosos y morales), alcohol y muerte.

Hemingway cuenta allí, tomando como sustancia su paso por la Gran Guerra, la historia de un gringo al servicio del Ejército italiano que resulta herido y, durante su convalecencia, se enlaza en un amor incondicional con la enfermera que lo cuida. En lo formal, uno ve desplegada la técnica de las frases cortas y de los diálogos largos y constantes que lo identifican como narrador, recursos a partir de los cuales también uno termina comprendiendo eso de sugerir en vez de decir. En Hemingway, lo dicho corresponde a acciones más que a digresiones, aunque claro: son acciones que definen las personalidades de los personajes y, en esa medida, terminan elevando su significado a algo más allá de lo meramente físico.

Más allá de la apuesta estilística, la novela se preocupa por dejarle claro al lector que quien escapa de la guerra no está a salvo del horror, ni siquiera si se refugia bajo sus cobijas, lejos de los obuses. La vida en paz, así sea con amor de por medio, también trae sus propias tragedias.


Van las frases:


Sí, yo me había propuesto ir a los Abruzos. No conocía ninguno de estos lugares en los que los caminos están helados y duros como el hierro; donde el frío es seco y la nieve finísma y también seca; donde el rastro de las liebres se puede ver en la nieve; donde los campesinos saludan levantando el sombrero y nos llaman señor, y donde la caza es abundante. En vez de estos lugares, yo solamente conocía el humo de los cafés, las noches en que la cabeza nos da vueltas y es necesario mirar un determinado punto de la pared, fijamente, para no seguir girando; las noches, en la cama, borracho, con la creencia de que no existe nada más que aquello, y la extraña sensación que produce el despertarse y no saber quién está a nuestro lado; y, en la oscuridad, el mundo irreal que nos rodea; esto se repite cada noche, es excitante, y uno lo hace con la convicción de que no existe nada más, nada más, y que todo nos es igual.


Empezaba a notar esta dificultad, tan masculina, de permanecer mucho tiempo con una mujer en los brazos.


En la cantina hablaban mucho y bebí vino porque aquella noche, de no haberlo hecho, no hubiese podido experimentar la impresión de que todos éramos hermanos.


Si nadie atacara, la guerra terminaría.


-Uno piensa, uno lee. No somos campesinos. Somos mecánicos. Pero ni los campesinos son los bastante torpes para creer en la guerra. Todos odian esta guerra.
-Al frente de los países hay gente estúpida que no comprende y no comprenderá nunca nada.
-También se enriquecen con ella.
-No la mayoría -dijo Passini-. Son muy tontos. Lo hacen por nada... por pura estupidez.


No acostumbro amar.


No hay yo. Yo soy tú. No separes tú de mí.


Pronto estarás hasta la coronilla de nuestra felicidad.


Es un buen cura, pero no deja de ser un cura.


Tenía un periódico pero no leía, pues no quería saber nada más de la guerra. Quería olvidar la guerra. Había hecho una paz aparte.


A menudo un hombre tiene la necesidad de estar solo, y una mujer también tiene esta necesidad; y, si se quieren, están celosos de constatar ese sentimiento mutuo; pero puedo decir con toda sinceridad que esto no nos había pasado nunca. Cuando estábamos juntos nos sentíamos solos, pero solos en relación a los demás. Sólo sentí esta impresión una vez, y así es como uno se siente más solo; pero, nosotros dos, nunca nos sentíamos solos, y nunca teníamos miedo estando juntos.


Cuando los individuos se enfrentan con el mundo con tanto valor, el mundo sólo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. El mundo quiebra a los individuos, y, en la mayoría, se les forma cal en el lugar de la fractura; pero a los que no quieren dejarse doblegar entonces, a estos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos y a los muy dulces, y a los muy valientes.


No, la sabiduría de los viejos es un gran error. No es que se vuelvan más sabios, sino más prudentes.

domingo, 10 de enero de 2016

Voces de Chernóbil, crónica del futuro, de Svetlana Alexievich

A veces el Premio Nobel de literatura se lo gana un autor conocido como Vargas Llosa y entonces uno siente que quedó entre la familia. Otras veces, en cambio, la tómbola cae en un autor de nombre impronunciable, de un país que no se ubica automáticamente en el mapa. Es entonces la oportunidad de conocer y ampliar el espectro.

Svetlana Alexievich es una periodista bielorrusa que estudió en Minsk y trabajó como reportera en distintos medios de comunicación, hasta que se dedicó a escribir reportajes de largo aliento. 

El anuncio de su nombre como ganadora del Premio Nobel de Literatura en octubre 2015, una reivindicación a las posibilidades literarias del periodismo escrito, cogió desprevenidos a los editores y libreros hispanoamericanos, ya que aunque entre 1985 y 2015 Alexievich publicó al menos seis libros de ensayo y reportaje, en ese momento sólo 2 habían sido traducidos al español y sólo Voces de Chernóbil estaba disponible en Colombia. El otro, La guerra no tiene rostro de mujer, fue importado en pequeñas cantidades después del anuncio del premio y aún no se consigue por fuera de las grandes ciudades.

Voces de Chernóbil parece un coro griego. Así como en las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides hay unos protagonistas acompañados de un coro polifónico que interviene para encadenar hechos, anunciar desgracias o lamentar desastres, así en Voces de Chernóbil aparecen múltiples voces individuales que narran su desgracia y que en conjunto construyen un coro que da voz y forma a un desastre que no fue un accidente sino un crimen de Estado en tiempos de Gorbachov. 

La historia que nos ha llegado a quienes vivimos al otro lado del planeta dice que el 26 de abril de 1986 explotó un reactor atómico en Chernóbil, Ucrania, en la frontera con Bielorrusia. Producto de ese accidente y la nube radioactiva que generó, y que sólo fue alertada días después por Suecia, en los meses y años siguientes la población de la zona nació con malformaciones y fue más propensa al cáncer. Leer a Alexievich es conocer el drama por dentro: Las mentiras de la prensa soviética, la falta de protección de bomberos, soldados, campesinos; la desinformación a las personas afectadas; la corrupción con las donaciones, el duelo de las viudas, la tristeza eterna de los padres que entierran hijos y nietos por leucemia y cáncer de tiroides.

Acertadamente el libro tiene como subtítulo "Crónica del futuro". Se trata de una crónica sobre una amenaza nueva para la humanidad. No es una guerra pero la guerra es lo más parecido que hay para describir los estragos causados. Es una crónica del futuro por la incertidumbre que genera la tragedia, por las preguntas que provoca: niños que saben que morirán pronto, niñas que temen engendrar monstruos, el miedo de esperar la muerte. Pero también porque en medio de la rabia contra el poder hay nuevas formas para la alegría, el amor y la familia.

Más allá del contenido de la historia, para los periodistas es particularmente interesante la forma del relato. La autora hace numerosas entrevistas y decide escribir monólogos. No son diálogos ni perfiles. No sabemos casi nada de la apariencia física de los entrevistados, ni muchos detalles sobre sus viviendas u oficinas o su atuendo. Tampoco sabemos qué preguntas les hace. Sólo conocemos sus voces, algunas ilustradas, ordinarias, algunas rabiosas, muchas resignadas. En un pueblo soviético, acostumbrado al ateísmo estatal, llama la atención la necesidad de tantos por aferrarse a la religión como única explicación o consuelo para tanta desgracia.

Su estilo es efectivo, atrapa desde las primeras páginas. Tiene la fuerza que los lectores colombianos ya conocemos en la obra de Alfredo Molano Bravo. Los testimonios de Molano tienen más de una similitud con los de esta nueva Premio Nobel.

Algunas frases:
Él la lanza por el aire hacia el techo y los dos ríen. Y yo los miro y pienso: qué sencillo es ser feliz. Tan sencillo...

Quería ser como todos los demás. No hay que tenerme lástima. Hubo un tiempo en que fui feliz. 

Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes. 

Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos a nuestros ojos.

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a as aves que debían sacrificar para alimentarse.

Los hijos te aguantan, te aguantan y, al final, acaban por herirte. Los hijos te dan alegrías mientras son chicos.

Durante el día vivíamos en el lugar nuevo, pero por la noche en casa. En sueños.

Recé para reunirme con ellos. De algunos, Dios se apiada, pero a mí aún no me ha dado muerte. Sigo viva.
—Pues a mí no me da miedo morirme. Nadie vive dos veces. ¿No caen las hojas? ¿O los árboles?

Y nosotros que nos creíamos que todo aquello era indestructible, que sería así para siempre. Que lo que hierve en la olla es eterno. Nunca me hubiera creído que todo cambiaría. 

¿Hay algo más pavoroso que el hombre?

La vida del hombre es como la hierba, que crece, se seca y se arroja al fuego.

No sé por qué nadie se mete con los pescadores y en cambio todos echan pestes de los cazadores. 

Somos fatalistas. No tomamos ninguna iniciativa porque estamos convencidos de que las cosas irán como han de ir. Creemos en el destino. Y esta es nuestra historia. A cada generación le tocó su guerra. Cuánta sangre. 

Una mezcla de prisión y jardín de infancia: esto es el socialismo. El hombre entregaba al Estado el alma, la conciencia, el corazón, y a cambio recibía una ración.

El progreso exige víctimas y cuando más lejos vayamos, más serán las victimas. 

Si la fe en la razón abandona al hombre, en su alma se instala el miedo, como ocurre con los salvajes.

Una persona que sacrifica su vida, me venía a decir, no se percibe a sí misma como una personalidad única, irrepetible, como un ser que ya no volverá a existir nunca más.

He comprendido que solo tiene sentido el tiempo vivido. Nuestro tiempo vivido.

Somos metafísicos. No vivimos en la tierra sino en nuestras quimeras, en las conversaciones. En las palabras. Debemos añadirle algo más a la vida cotidiana para comprenderla. Incluso cuando nos encontramos junto a la muerte. 

Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder. En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder, la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero.

Soy una buena bibliotecaria, pero no entiendo cómo alguien puede querer apasionadamente un trabajo. Yo solo lo quería a él. A él solo. Y no puedo vivir sin él.


Voces de Chernóbil, crónica del futuro
Svetlana Alexievich
Traducción de Ricardo San Vicente
Editorial DeBolsillo
Edición original 2005
406 páginas