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domingo, 8 de septiembre de 2024

Manu, de Octavio Escobar Giraldo

No tengo claro a partir de cuántos libros publicados se puede empezar a decir que un autor es un escritor prolífico pero creo que Octavio Escobar Giraldo ya lo es. En este espacio he comentado más de 10 títulos suyos, entre novelas, poemarios y libros de cuentos. 

"Manu", su último libro, es el cuarto que dedica al público infantil y juvenil, después de Las láminas más difíciles del álbum, El mapa de Sara y El viaje del príncipe, aunque también al menos la mitad de los cuentos de El color del agua podría caber en esa categoría de "literatura infantil y juvenil", que siempre resulta tan problemática. ¿Qué es un libro infantil? Tener como protagonista a un niño o adolescente no necesariamente lo define, porque dudo que alguien considere El diario de Ana Frank como un libro infantil. ¿Es el tema? ¿Es el tono? La categoría de "literatura infantil" apela a un lector de nicho, limitado a un rango de edad, pero yo misma publiqué el año pasado "Sakas", un libro que se supone que también va para ese público, y en las dedicatorias que firmé escribí algunas veces que el libro es para el niño interior que habita en cada lector, independiente de la edad biológica que revele la cédula.

Mi niña interior viajó con "Manu" a través de los túneles que conectan a todas las ciudades del mundo y que salen de las piscinas de pelotas que hay en los centros comerciales. Comprendió perfectamente la explicación según la cual los cordones de los zapatos se desamarran porque en realidad son lombrices juguetonas, y admiró los atardeceres anaranjados que se disfrutan desde Manizales, con el Cerro Tatamá como límite visual.

"Manu" tiene todas las características que se esperan de un buen libro infantil: es alegre, juguetón, se lee con agilidad, su protagonista despierta simpatía y además el libro se complementa con ilustraciones hermosas, de Elizabeth Builes, que le ponen cuerpo a lo que Octavio Escobar narra.

Pero además de mi niña interior, me acerqué a la lectura de "Manu" como la adulta que soy y sabiendo que Octavio Escobar Giraldo es un escritor al que le gusta el juego y la experimentación en sus textos. Lo que encontré fue una primera capa de lectura que presenta a un personaje juguetón y fantasioso, pero, en otra capa, encontré un libro acerca de lo que no se narra. Es decir: normalmente a los escritores les preguntan "de qué se trata tu libro", o "de qué va tu novela". En este caso pareciera que Octavio Escobar se preguntó eso pero, al mismo tiempo, se preguntó también de qué no va a hablar. De identificar cuáles son los elementos claves que no se mencionan, que se le esconden al lector y que es éste el que debe aceptar sumergirse en la lectura, sin datos esenciales. 

¿Manu es Manuel o Manuela? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo llegó a la familia en la que vive? ¿Cuáles son los detalles de lo que ocurrió con sus padres? Las respuestas, que son claves para adentrarse en este texto, están escondidas en un túnel que sale de una piscina de pelotas de color lapislázuli.


Algunos subrayados 
Manu me explica que algunas piscinas de pelotas se comunican por túneles que recorren el mundo, y que por eso conoce Ciudad de México y Lima (p. 9).

Cuando Manu me pide que le amarre los zapatos, me insiste en que lo haga con mucho cuidado, con suavidad, porque los cordones son gusanitos que a veces hacen fiesta y se desamarran de la emoción (p. 61).

--¿Y qué es un omnívoro?
--Que come de todo --respondió mamá--. Como papá (p. 89).

las nubes se estaban coloreando de rojo y anaranjado y al fondo se veía el relieve del cerro Tatamá, que es una reserva natural que mamá y papá visitaron muchas veces y a donde llevan a los turistas. Me alegro cuando lo veo desde la ventana de nuestra habitación (p. 100).

Creo que Manu piensa lo mismo que mamá, que los libros nunca terminan (p. 110).




Manu
Octavio Escobar Giraldo
Ilustraciones de Elizabeth Builes
Editorial Planeta
Agosto de 2024
Bogotá
128 páginas

domingo, 7 de julio de 2024

El velo que cubre la piedra, de Ignacio Piedrahíta Arroyave

"Las narrativas contemplativas de Piedrahíta" es como denomina Daniel Jiménez Quiroz a ese estilo del geólogo-escritor Ignacio Piedrahíta Arroyave en la segunda edición de El velo que cubre la piedra, un libro que reune 28 textos cortos a medio camino entre el relato, la crónica y la columna, en los que el autor camina, observa y reflexiona sobre lo que ve.

Este volumen recoge textos escritos en distintas épocas y de extensión variable: hay una caminata a un cerro de Medellín, una toma de Yagé, un viaje de cinco días en un barco de la Armada colombiana, una historia sobre la Patagonia argentina, otra sobre la conquista del Polo Sur, varias sobre Nueva York, una de un documental sobre un esquimal del Polo Norte... Todos los temas pueden caber en la curiosidad del autor. Todos los sitios pueden convertirse en motivo de escritura. Es su mirada, aguda y reposada, lejana a la coyuntura, lo que le da a estos textos una especie de solidéz geológica, de imperturbable vigencia, lejana a la actualidad.

El libro viene acompañado de un conjunto de ilustraciones, a manera de cómic sin texto, que acompañan y complementan algunas de las historias del libro. La autora de las imágenes a color es Yapi, nacida en Itaguí.

Algunos subrayados
es una de esas personas que aprendió a hacer de la humildad la mejor de las armas para sobrevivir (p. 27).

En la vida todo es mezcla y combinación, quen busca la pureza se decepciona (p. 27).

Antes de que las culturas pudieran ponerse de acuerdo a través del teléfono roto de la globalización, todas consideraban al oro como una de sus posesiones más valiosas (p. 50).

El oro, como muchas cosas bellas, se obtiene a través de un proceso sucio (p. 51).

Pero hay uno en especial que hace cambiar la manera cómo percibimos el cielo, el SO2, dióxido de azufre, que al mezclarse con vapor de agua va a formar diminutas gotas de ácido sulfúrico. De ahí que los amaneceres y los atardeceres se vean empañados y amarillos (p. 58). 

Lo mejor de navegar es que, una vez se zarpa, los problemas de la vida corriente quedan en tierra firme (p. 72). 

En un bargo, hasta el capitán se puede marear, pero nunca el cocinero (p. 77). 

(Pitágoras citado por Ovidio:) La tierra es un ser vivo y tiene pulmones que por mil respiraderos exhalan fuego (p. 80).

La mayoría de los que se dedican a la pluma se desahogan escribiendo en las redes sociales y columnas de opinión, desde donde se atrincheran y disparan con incuria (p. 125).

Nombrar el paisaje es uno de los mayores placeres de un paseo por el campo. Decir ahí va un azulejo o, están florecidos los samanes, o, ya más selvático que campestre, se escucha a lo lejos el cascabel de la serpiente; qué bello y qué agradable y, a medida que pasa el tiempo, qué nostálgico (p. 145). 

La roca es afuera y adentro y en todas direcciones, en cualquiera de sus infinitas caras se halla uno un ambiente, una atmósfera del pasado remoto (p. 147). 

Resnick era un escéptico del éxito del artista. Concebía el proceso creativo como un movimiento oscilatorio de altos y bajos. Cuando el artista estaba en su mejor momento, era dado a pensar que cualquier cosa que hiciera estaba bien. Entonces empezaría a caer, y solo si era honesto se daría cuenta de ello y reuniría fuerzas para escalar de nuevo. Ese, según él, era el momento de verdadero crecimiento. Para seguir creciendo a lo largo de toda una carrera había que estar dispuesto a volver a hundirse. En el momento en el que un artista aprendía alguna técnica personal para evitar esa caída, habría cesado su progreso, se habría estancado (p. 188).

Girando vanidosamente sobre sí misma, la Tierra se va bronceando por partes a lo largo del año (p. 205). 

el arte de escribir está plagado de espíritus vagabundos, de mentes erráticas incapaces de efectuar la más mínima tarea ajena a la confección de su obra (p. 215).

El empleo, para quien es obsesivo por su obra, no es más que una circunstancia cruel. No solo le quita sus horas más fructuosas sino que le priva de fisgonear la vida a la hora que le venga en gana. Y, lo peor, le autoriza falsas expectativas sobre la vida, diciéndole, con su cheque mensual, que es alguien en el mundo (p. 217).

Maestro en el arte de pedir dinero fue Miller, quien aconsejaba el matrimonio a quien deseara tener con qué respaldar la solicitud de un crédito (p. 217). 

El artista es el único empleado que gana más viendo trabajar que trabajando (p. 218). 

 
El velo que cubre la piedra
Ignacio Piedrahíta Arroyave
Yaneth Pineda (Yapi): ilustraciones
Comfama y Metro de Medellín, colección Palabras Rodantes
Medellín
Octubre de 2023
230 páginas


martes, 11 de junio de 2024

Bitácora de vuelo, de Ana María Robledo Jaramillo

"Bitácora de vuelo" es un poemario que reune 22 poemas de Ana María Robledo Jaramillo, autora nacida en Manizales en 1953 y quien, según se lee en el mismo volumen, ha publicado otros libros de poemas, así como un cuento infantil.

Los poemas de este libro giran en torno al amor, al encuentro amoroso con el amado que está ausente, y al viaje. El poema "Camino a ti" trae referentes concretos de Manizales, como la Carrera 23 y el Banco de la República, pero es una excepción en la poética de la autora, que prefiere ubicar sus creaciones en espacios etéreos o lejanos. El viaje como motivo poético es uno de los ejes de este volumen.

Es una lástima que una colección editada por la Secretaría de CUltura de la Gobernación de Caldas tenga tanto descuido en la edición de los textos: gazapos, errores de mayúsculas y otro tipo de descuidos que podrían solucionarse con un trabajo riguroso de edición y corrección.


Bitácora de vuelo
Ana María Robledo Jaramillo
Gobernación de Caldas, Secretaría de Cultura. Colección Libros al aire.
Manizales
Noviembre de 2023
48 páginas

jueves, 27 de abril de 2023

Al oído de la cordillera, de Ignacio Piedrahíta

Al oído de la cordillera es un hermoso libro de viaje, escrito con un lenguaje poético, preciso y reposado, con palabras que permiten ver las distintas geografías que visita el narrador durante su recorrido desde el suroeste antioqueño, en la carretera que bordea el Río Cauca a la altura de Marmato, hasta Ushuaia, en la punta sur del continente.

El libro tiene algunos pasajes que coquetean con la novela, algunos personajes que acompañan momentáneamente al portagonista en su viaje solitario, pero esos figurantes son secundarios: sólo sirven para develar esa voz del narrador sin nombre, que se parece al geólogo escritor, y es a través de sus ojos, sus intereses y su saber que el lector ve belleza en las rocas corrientes y disfruta el paisaje verde de Colombia, la explosión de un volcán en Ecuador, el oasis de la Huacachina, en Perú, y las formaciones geológicas únicas al norte de Argentina, hasta llegar al Perito Moreno y descender hasta el estrecho de Beagle. 

Al oído de la cordillera es un libro poético en cuanto ejercicio de contemplación y deslumbramiento con la belleza. Se trata de una obra corta en la que en apariencia no pasa nada, o al menos nada distinto a un viajero que mira y cuenta lo que ve, que son espacios casi deshabitados o con poca interacción con los locales y con vidas lentas. Lo que importan son las rocas, las montañas, los fósiles y las formaciones geológicas que se cuentan en miles y millones de años, pero no como aparecerían en un atlas o en un libro de geografía, sino como las observa y siente un artista: ese paisaje bello, imponente y cambiante habla también del ser humano y sus transformaciones, sus erupciones y sus sedimentos. 


Algunos subrayados 

"Stock de Marmato". El término stock se refiere a un gran cuerpo de roca ígnea, y Marmato no es más que una población asentada en sus laderas, un asentamiento de mineros que durante siglos han buscado el oro alojado en las entrañas de la la montaña, en sus venas (p. 17).

Sé que esas muestras de erudición no son otra cosa que una carencia de recursos para ocultar de otra manera mi encanto por su silenciosa compañía (p. 18).

Me siento tentado a decirle que sigamos juntos, que no vale la pena separarnos tan pronto. Pero me detengo tal vez no haya cabida sino para ese momento, porque el viaje quizás sea precisamente eso: los encuentros, la vida segmentada que nos 
llega de repente y que, como un torrente sobre la arena, agita nuestro corazón. Ella debe irse tal como llegó, volando como atrapada por un sueño (p. 21).

La enormidad es a menudo invisible cuando se la tiene muy cerca, el volcán parece haberse propuesto reivindicar esa verdad a costa mía (p. 31). 

Es curioso que un volcán, que parece tan dueño de sí mismo, tenga también que someterse a las leyes de la vejez y de la inutilidad. En su juventud están plenos de materia incandescente que expulsan como si obedecieran a su propia y ostentosa iniciativa, pero después adquieren la apariencia de a maquinaria desechada y obsoleta (p. 31).

El hombre halla propicio vivir a los pies de los cráteres, pues la tierra que estos castigan hoy, mañana amanece fértil (p. 32).

Despojado del anhelo de una visión pretendidamente espectacular, comienzo a sentir que la fuerza del, volcán se halla justo bajo mis pies (p. 33).

El cráter del Pichincha, al igual que el de la mayoría de los volcanes andinos, es rebelde y tumultuosos para desgracia de los pueblos aledaños (p. 33). 

el volcán es en sí mismo una ventana al interior de la tierra, cuya misión no es la de castigar a los hombres ino la de proporcionar una salida al calor contenido en las profundidades (p. 36).

Dicha ceniza, sin embargo, no parece estar siendo expulsada, sino tranquilamente exhalada. El interior de la tierra fuma para mí en lo alto de la cordilelra (p. 40). 

el volcán es un cuadro en exceso portentoso para el hombre-, un hecho superior a la sensibilidad ante el cual el espíritu se siente inevitablemente sobrecogido, de modo que al mirarlo fija y empecinadamente se tenga la molesta sensación de que la imagen comienza a decaer. Sin embargo, se trata de una decadencia que no proviene del volcán sino de uno mismo, pues el ojo renuncia voluntariamente a seguir en busca de una perfección que ya se le ha revelado (p. 42).

Cuando esta mezcla está todavía bajo tierra se le llama magma, y una vez sale a la superficie se conoce como lava (p. 46).

dos corrientes de aire frío se encuentran para dejar sin agua la costa peruana. Una de estas proviene del mar, la otra de la cordillera. La primera tiene origen en la corriente marina de Humboldt, que surge cerca de la costa y enfría el aire que sopla sobre el desierto. La otra nace en las cumbres de las montañas de los Andes, y baja por sus flancos hasta encontrarse con lap rimera. Esta concentración de vientos fríos y húmedos es incapaz de elevarse para formar nubes y engendrar lluvias (p. 55).

El desierto no es sinónimo de muerte, sino de vida lenta y sosegada (p. 56).

Contrario a los asuntos de la vida cotidiana, donde los momentos se fijan por la repetición del día a día, en un viaje lo hacen precisamente por ser irrepetivles (p. 70). 

¿Qué hacen las piedras mientras la gente duerme? (p. 74)

¿Se puede escribir sobre las piedras, al igual que se las puede, por ejemplo, pintar? La tierra está compuesta por capas, como lo están la pintura y la escritura. El pintor echa una capa sobre otra para ir logrando su obra. Debajo de un color suele haber otro, y otro, porque los pigmentos se potencian al superponerse. Así mismo ocurre con la escritura: cada vez que el escritor pasa por párrafos que acaba de escribir -o que escribió ayer, la semana pasada, hace años-, va agregando, quitando, modificando, como si pasara un rodillo sobre una masa que en apariencia ya tiene suficiente (p, 77).

Al fósil, como ocurre con el alma de algunas personas, se le hace necesario visitar las profundidades para adquirir su carácter (p. 94). 

Pitágoras, quien decía que la Tierra es un ser vivo con pulmones que exhalan fuego a través de mil respiraderos (p. 102).

En aquel tiempo la geología estaba muy cerca de la poesía, lo cual me habría ahorrado muchas explicaciones al pasar de la una a la otra (p. 102). 

Sus fracturas, ahora más visibles, están lejos de imprimirle una idea de fragilidad; al contrario, acentúan su figura de igual manera que las cicatrices hacen parecer a un hombre más enigmático y no pocas veces más atractivo (p. 104).

Me parece que la actitud impasible del monte ocultaba de alguna manera cierta indiferencia hacia el resto de la cordilera, incluso, un ocio displicente hacia todo lo que lo rodea. Si desde el poblado lo he percibido como escéptico a la mirada del hombre, desde esta distancia es evidente que reclama esa mirada. no pide que se le apruebe, es cierto, pero sí que se le preste atención. ¿Hay en él, quizá, algún asomo de vanidad? (p. 104).

Mirando el mapa de abajo hacia arriba, como si el continente naciera en el sur y terminara en el trópico, su forma me recuerda a la del genio persa que sale de la lámpara de aceite (p. 124).

Curiosa metáfora del escritor, hombre con derecho a todo pero sin responsabilidad de nada, que dedica las horas a contar lo que otros hacen (p. 127).


Al oído de la cordillera
Ignacio Piedrahíta
Fondo Editorial Universidad Eafit
Medellín, 2011
142 páginas

domingo, 19 de marzo de 2023

Recuerdos de un viaje, de María Botero Robledo

Sobre María Botero Robledoo no se sabe prácticamente nada. En el libro "Recuerdos de un viaje" narra una travesía desde Manizales hasta Barranquilla y Cartagena en 1916, pero ni el texto ni el libro en sus anexos trae algún dato que permita ubicar su contexto personal o familiar. Sólo dice que es de Manizales y estudió con religiosas, que este viaje lo hace con su familia (no se sabe quiénes la conforman), y con una paisana, y cuando está en Barranquilla informa que su abuela la visitará. Al final el libro incluye una foto de su casa en Manizales.

Ante la falta de información sobre la autora, conviene centrarse en el libro: Recuerdos de un viaje fue publicado en 1929 en Pamplona (España) y el pretencioso prólogo escrito por el Padre Fabo deja claro que fue él quien se encargó de la publicación. Se trata de un libro precioso, de formato pequeño, que incluye una foto de la autora a color, así como ornamentación en color azul en la parte superior e inferior de todas las páginas. La impresión es en papel satinado y el texto se acompaña de pequeñas fotos de los lugares que menciona la autora, aunque pareciera que son fotos proporcionadas por el Padre Fabo o el editor, y no de autoría de la escritora, pues ella misma en el texto dice que quisiera que sus ojos fueran una cámara fotográfica que pudiera guardar lo que ve. 

El viaje parte a finales de 1916, posiblemente octubre, desde Manizales. El grupo avanza cuatro días a caballo hasta Mariquita. La primera noche duermen en Chupaderos, la segunda en Mesones, la tercera en Fresno y al cuarto día llegan a Mariquita. Descansan una jornada y luego toman un tren a La Dorada, con escala de dos horas en Honda. En la Dorada abordan el vapor Medellín por el Río Magdalena y las páginas que siguen a continuación son quizás las más valiosas del libro, porque está lleno de detalles descriptivos sobre una forma de transporte que desapareció.

La autora informa los nombres de todos los vapores con los que se cruzan, los pueblos y caseríos que hay a orillas del río, y describe algunos en los que evidentemente se baja del barco y tiene la oportunidad de recorrer. 

El vapor parte un lunes de La Dorada y llega el sábado a Barranquilla, en donde la autora permanece más o menos dos o tres semanas, aunque no es claro el tiempo de la estadía. En Barranquilla describe los barrios, los sitios que conoce de la ciudad y costumbres locales que ella ve con el asombro de una visitante. La descripción minuciosa de la Barranquilla de comienzos de siglo es sin duda otro elemento que hace que esta lectura cobre interés. 

Luego toma un vapor hasta Calamar y allí abordan el "tren correo" a Cartagena, ciudad en la que visita sitios que todavía hoy se pueden identificar. Para el regreso toman el mismo tren a Calamar y allí abordan el vapor Córdoba hasta La Dorada, luego el tren a Mariquita y por último el viaje a caballo o a pie hasta volver a Manizales. 

Este libro es sin duda una curiosidad: el nombre de María Botero Robledo no aparece en las historias de la literatura caldense y se trata de uno de los primeros libros de narrativa publicados por mujeres en esta región, anterior a la novela Una mujer, de Natalia Ocampo de Sánchez, publicada por Editorial Zapata en junio de 1936. Recuerdos de un viaje es un texto descriptivo de lugares, geografías y costumbres, en el que la autora muy ocasionalmente incluye reflexiones sobre la mujer, los sacerdotes o la educación. Se trata de una prosa clara que permite viajar con la autora y recuperar a través de este libro paisajes que hoy ya no existen.

Algunas frases
Del prólogo del Padre Fabo: "La Srta. Botero no filósofa, ni alardea de erudita, ni plantea problemas de compleja psicología, ni mete sus tijeritas de oro entre las labores políticas de sus coterráneos, sino que echa al aire sus impresiones casi infantiles y canta la canción de la vida" p. 8. 

"No he pretendido jamás figurar en el bello campo de la literatura, tanto más tenido cuánto es más deleznable, y en el que basta una plumada para caer en el rango del ridículo  Suplico, por eso, a los que leyeron, anticipen su indulgencia y disimulen los errores que encuentren" p 13. 

No goza tanto una prometida con sus atavíos de boda, como yo arreglando baúles o maletas para emprender un viaje. p 15.

Se me pareció este arriesgado lance a la lucha tenaz del periodismo: los grandes barcos como los escritores con ideas amplias y fijas, afianzados en su casco, enarbolando la bandera de la verdad y dirigidos por hábiles pilotos, permanecen firmes, desafiando serenos el empuje de las olas. Al contrario, los pequeños botes, remadod con zozobra, fluctuando entre la duda, luchando con las encontradas aguas de la contradicción, en más de una ocasión y a no ser por la ayuda de sus mayores, hubieran desaparecido en el agitado mar de la sociedad p. 32.

A la salida del templo presenciamos una curiosa entrevista de un viejecito como de 70 años; se encontraron en el atrio y, al reconocerse, fué tal el entusiasmo, que el anciano, estrechando la mano de su amiga, le dio el saludo acostumbrado en esta tierra: un beso. p. 43

Estudiar el corazón de la mujer es analizar un enigma, sólo comprendido por el Supremo Artista que lo formó. p. 47.

cuando a él se acerca uno con la cautela del minero, extrae de su rica mina el precioso metal que correo por sus venas; pero el que con mano brusca levanta la pica y rompe la roca, un torrente de agua despiadada de desoriente, y al caer en tierra levanta el polvo y se convierte en modo, salpica sus vestidos y oscurece sus atrevidos ojos...... p. 48

¡Honor y gloria al médico que, convencido de su nombre misión sobre la tierra, al alejarse de la presencia del doliente, deja un vivo recuerdo semejante a la estela luminosa que deja el vapor, cruzando en noche oscura el mar borrascosas de la enferma humanidad! p. 50.

"felices las niñas que pueden desde temprana edad gustar la educación religiosa, como el dulce néctar que puede acompañar a la mujer en los días de peregrinación sobre la tierra" p. 52. 

En Barranquilla no se ve a nadie descalzo, ni se ven ruanas ni pañoloness, a no ser forasteros. p. 58

Yo deseaba que mis ojos fuesen como cámara fotográfica para poder grabar en ellos los bellísimos paisajes que en ese día logré contemplar. P. 65

A diario se oyen disparos a bordo, persiguiendo los enormes caimanes que con aterradora malicia engañando los inocentes animales con su mirada astuta los ahuyentan de las orillas p. 89.


Recuerdos de un viaje
María Botero Robledo
Editorial Aramburu
Pamplona, España
1929
100 páginas

miércoles, 14 de diciembre de 2022

La suma de todos los ruidos (The Hum), de Sebastián Krieger


El 2% de la población mundial padece de "The Hum", un zumbido que suena como a un avión muy alto que no termina de irse y que puede afectar a las personas de formas que van desde el insomnio hasta el suicidio.

Ese trastorno es el que padecen las mujeres de "La suma de todos los ruidos", la novela en la que Sebastián Krieger presenta un rompecabezas de tres vidas femeninas en tres momentos distintos, aunque pueden ser leídas también como la vida de una misma mujer en tres etapas diferentes. 

El primer relato, que ocupa dos tercios del libro, es la historia de Ale, una motociclista que deja Rosario (Argentina) para emprender un viaje por Suramérica. En capítulos cortos y organizados de una forma que no es cronológica, se presenta una especie de "road movie", muy visual, con descripciones muy bien logradas de parajes desérticos, de ciudades como Guayaquil, Salta o Chimbote, del Chimborazo y Atacama, en las que Ale acelera su motocicleta como huyendo de sí misma, para regresar al final al mismo apartamento de sus padres y ver su imagen reflejada en la ventana.

La segunda historia es la de Rebeca, una mujer que envejece mal en un ancianato de Montreal, y la tercera es una especie de "precuela", un diario de una chica de 15 años, que se presenta con un tipo de letra juvenil, a la que sus padres le notifican que deberán mudarse a Rosario (Argentina).

Al zumbido que escuchan las tres se suma otro elemento conector: el pensamiento más o menos permanente en la posibilidad del suicidio, como válvula de escape. Pensar en el suicidio, en que es posible cometerlo, se presenta como un seguro que permite atravesar momentos difíciles. "Si todo empeora, siempre será posible suicidarse", parece pensar la protagonista.

La soledad del viaje en motocicleta por parajes desérticos y solitarios del pacífico chileno o peruano son una imagen que sintetiza esta novela: un viaje que es una introspección por la soledad del alma de mujeres que se sienten incomprendidas o que no encajan en las instituciones que, más que paredes protectoras, sienten como cárceles: la familia, el anciano, el colegio. De ahí la necesidad de huir para buscar libertad.

Con muy pocos diálogos y un narrador omnisciente que muestra a Rebeca y Ale con distancia fría, el autor construye escenografías por las que transitan mujeres que se muestran desde un observador externo. Es llamativo que salvo en la última parte, en la que aparece el diario, durante mas de 100 páginas el lector vea todo el tiempo a mujeres a las que en muy pocas ocasiones se les escucha su voz. En esa decisión estética hay también un zumbido, un enrarecimiento, una constatación. 

Algunas frases

Más que el miedo a la muerte, a lo desconocido o el terror a la nada, lo que le había impedido lanzarse desde una ventana era la culpa. La vergüenza. Aunque en el fondo sabía que con eso podría vivir (p. 14).

El ronroneo, la oscilación inconfundible. Como la estela que deja un trueno pero que nunca termina de desaparecer, como la máquina lavadora detrás del muro aunque al lado no exista otro apartamento, como un tren infinito a la madrugada, un rumor lejano debajo de la almohada (p. 21).

El tiempo lo decoloraba todo, hasta el sabor de la nicotina, lástima (p. 25).

si querías ofender de verdad a alguien, el gentilicio debía acompañar el insulto. No importa si el fulano compartía tus genes y había nacido y crecido junto a ti. Por ejemplo: boliguayo huevón, colombiano malparido, brasuca hijodeputa, rata veneca, etcétera. Seguro los políticos y el fútbol eran los responsables de tanto odio, porque los individuos compartían más o menos la misma historia, la misma religión, el mismo idioma y hasta la misma pobreza. Ah, y todos coincidían en culpar siempre al otro de sus propias carencias (p. 37).

¿Cobardía o valentía? Un debate entre suicidas resultaría empatado siempre: todos igual de triunfadores e igual de vencidos (p. 42).

El peor día en moto es mejor que el mejor día en la oficina (p. 42).

Entendía a la perfección que era una carencia absoluta de sentido molerse los huesos y el cerebro para luego quedar sin tiempo para el deleite; o peor, para morir y dejar una fortuna que otros se peleen, roben o malgasten (p. 46). 

Terminar el viaje era dejar de existir. Y no sabía cómo más prolongar su agonía (p. 50).

Se preguntaría qué era lo más raro que le había ocurrido en la vida. Que de todas las mamás del mundo me hubiera tocado preciso la mía (p. 53).

Y fue justo cuando reconoció que se había apartado de la ansiedad, de la sensación de habitar el ojo de una tormenta que no llegaba, pero estaba cerca. Quiso prolongar el momento, respirar más hondo, relajar los hombros de nuevo, mirar al sol. Pero la culpa la había encontrado. Otra vez. La culpa de ser feliz; así fuera solo por un minuto de paz interior y un horizonte como fondo de pantalla. La felicidad era un pecado por el que tocaba sentirse culpable, así le habían enseñado a ella, a su madre, a sus abuelas y a todos sus antepasados (p. 60).

Una cosa era ser negativo, otra era ver solo el lado malo de todo, incluso de lo que era imposible que empeorara (p. 73).

¿Por qué, si se detestan, mamá y papá siguen juntos, se preguntó. ¿Por costumbre? ¿Por pereza a un largo pleito de divorcio o por miedo a quedar arruinados y encima íngrimos? ¿Por los comentarios ponsoñozos de su reducido grupo de conocidos o porque no concebían una existencia distinta? ¿Porque habían jurado en una iglesia mantenerse unidos hasta que la muerte los separe? ¿Todas o ninguna las anteriores? Sí y no. Más por cansancio que por haber encontrado una explicación satisfactoria a ese raudal de inquietudes, concluyó que era por simple adicción. Eran su droga mutua, la heroína que los consumía lento y sin la cual no tenía sentido sobrevivir. (p. 82). 

Reflexiona: el asunto, además de que today nadie lee ni revistas, es que no tiene sentido el esfuerzo de escribir. Ni un solo libro, ni siquiera el propio, ni como el aporte mínimo al cementerio universal de textos que nadie leerá (p. 97).

Pero en el corazón sabe que es lo correcto, que la que se extingue es ella y no su hija, que su mayor gesto de amor es excluirla de la impotencia frente a la espiral de decadencia de la que no escapará (p. 98). 

El maldito amor, la fascinante trampa de la naturaleza humana para continuarse, la paradisiaca sensación que venda el drama de existir, ese era el verdadero y maléfico verdugo. Sí, el amor es el malechor cobarde. (P. 105).

Nacer me jodió la vida (p. 107)

Este es el instante en el que lo más inteligente es resignarse, dejar de luchar, y reconocer que al final lo único seguro es que moriremos todos. Y que no quedará nada. Ni la memoria. Porque por más que nos esforcemos y queramos negarlo, el tiempo es inflexible. Como las olas indiferentes a los dibujos y castillos en la playa. No dejaremos huella (p. 109). 

A él le enseñaron que los hombres no lloran, solo cuando les entra un mugre en el ojo, qué estupidez (p. 119).

Me dio un abrazo y me dijo que siempre recordara que yo misma era mi propio castigo, pero también mi propio alivio (p. 149).


La suma de todos los ruidos (The Hum)
Sebastián Krieger
Calixta Editores
Bogotá, septiembre de 2022
156 páginas

lunes, 7 de agosto de 2017

Tácticas contra el tedio, de Mauricio Bernal

Santiago Buscáceres tiene 49 años, una esposa, dos hijos grandes, una hija recién nacida, un trabajo como profesor de colegio y una vida terriblemente tediosa: "la más sofisticada de sus expectativas tiene que ver con la elección de un lugar para pasar las siguientes vacaciones en familia".

Sin embargo, un golpe de suerte le da la oportunidad de cambiar esa monotonía. La forma en la que Santiago decide romper con su rutina es la nuez de esta segunda novela del periodista Mauricio Bernal Rodríguez, bogotano radicado desde hace más de una década en Barcelona.

La historia ocurre en un pequeño pueblo de más de 10.000 habitantes en un país que puede ser España o Colombia. No se precisa ni hace falta porque el tedio de la vida urbana contemporánea de una familia de clase media puede ser parecido en muchas ciudades. La maestría de Mauricio consiste, a mi modo de ver, en hacer una disección del tedio, del aburrimiento, sin aburrir al lector. Al contrario: la historia tiene giros inesperados y un humor negro, sarcástico, que hace de esta lectura una sorpresa agradable al tiempo que perturbadora. 

Levantarse, asearse, comer, trabajar, hablar, dormir. Actos repetidos día tras día durante todos los días. En eso consiste la vida de muchos. Vidas libres que parecen a una cárcel. Sobre eso reflexiona Mauricio Bernal en una novela que merecería más lectores y comentarios. 


Algunas frases:

recuerda que es domingo, el peor del día para descansar: nadie trabaja, nadie va al colegio, todos entran y salen y saludan y se despiden y consideran obligatorio entablar conversación, decirse lo que no tienen tiempo de decirse durante el resto de la semana.

una tregua que ha dado como resultado una convivencia en la que ambos hacen de morderse la lengua una práctica cotidiana. En su caso no ha supuesto un esfuerzo considerable; deja que el tiempo pase, que la rutina se agote, permite que los días se vayan acumulando y delega en el tiempo la responsabilidad de que algo venga a cambiarlo todo.

la más sofisticada de sus expectativas tiene que ver con la elección de un lugar para pasar las siguientes vacaciones en familia, y que sus pequeños destinos son un espejo en el que puede reflejarse el universo. Se da cuenta, por supuesto, de que su conciencia del mañana es ser conscientes de que el mañana no les depara nada distinto del presente. 

Un hijo, dos hijos, tres hijos: el tercero no cambia nada. Un padre de familia es un padre de familia, tenga los hijos que tenga.

por supuesto que estaba a favor del aborto, del derecho al aborto, del derecho a decidir, pero una cosa era formularlo y otra muy distinta ponerlo en práctica... con su hija. ¿Cuántos padres viven y mueren en la felicidad de la ignorancia, sin saber ni intuir que sus hijas pasaron alguna vez por una clínica de abortos?

En realidad no tuvo nunca ninguna idea, en realidad lo único que hizo fue obedecer el impulso simple de huir pensando que en la huida estaba la respuesta. Pero ahora tiene claro que se ha equivocado.

ahora no sólo sabe que escapar no es simplemente tomarse unas vacaciones sino que la más provechosa de las huidas es la transformación.

¿Anhelaba una vida distinta? La va a tener, su vida distinta, pero la va a tener aquí, en un mundo cerrado, sin posibilidades, sin ilusiones, en un mundo donde no hay que anhelar nada porque todo está escrito, pensado de antemano, donde lo único que se precisa es sumisión, incorporación a la rueda; dejarse llevar.

El ridículo sólo es posible cuando la mirada de censura del otro logra que nos sintamos incómodos.


Tácticas contra el tedio
Mauricio Bernal Rodríguez
Villegas Editores
Bogotá, 2008
287 páginas

miércoles, 15 de febrero de 2012

Oriente empieza en El Cairo, de Héctor Abad Faciolince

Este es un libro de viajes, pero no sólo del viaje de Héctor Abad a El Cairo, sino también de las lecturas que Héctor Abad hizo sobre los viajes a Egipto de otros: Mark Twain, Flaubert, Kipling... 

Tal vez eso se siente más de la cuenta: no sé si sobran citas o referencias bibliográficas, pero sí creo que falta un poco más de anécdota local de El Cairo de hoy. No es que el libro no tenga historias sobre el Egipto actual, claro que sí, y de hecho el autor recorre cafés, calles, mercados, mezquitas, va a las pirámides, al Nilo... pero así como él dice que El Cairo está escondido tras una capa de polvo, así mismo la historia del viaje se esconde entre citas de otros y entre detalles personales de Héctor con las 2 mujeres que viaja. El libro puede tener muchos párrafos que demuestren lo contrario, anécdotas en hoteles y taxis, pero mi sensación general al terminar es que me quedé con ganas de oír más voces de los egipcios. Seguro es difícil conseguirlo (o seguramente ése sería otro libro) pero es el sabor que me quedó.

Aunque también puede ser otra cosa y es que como me han gustado tanto otros libros de Héctor Abad, esperaba mucho más de este libro y me quedé con ganas. La culpa en ese caso no es de un libro publicado hace 10 años sino de mi propia expectativa. 

Una anécdota: en varios pasajes el autor destaca la inmensa pobreza de El Cairo pero así mismo la tranquilidad y seguridad de la ciudad y en alguna parte señala que es difícil imaginar una revuelta o una manifestación social violenta como la que finalmente ocurrió el año pasado. Las revoluciones políticas ocurren cuando y donde menos se espera años atrás.

Me encantaría que algunos que ya han ido a El Cairo, como Laverde, leyeran el libro y me contaran qué piensan... no es lo mismo leer y juzgar un libro de viajes de un sitio que uno conoce, que de un sitio que apenas imagina por los libros de otros...

Oriente empieza en El Cairo es sobre cultura oriental y occidental, reflexión sobre las religiones, las mujeres, etc. y eso se nota en las frases que van a continuación:



“Sentimos una extraña nostalgia por lo nunca visto; nostalgia de todos los lugares menos el propio”.

“El viaje empieza mucho antes de partir, en el ensueño del viaje; lo que leemos y lo que imaginamos”.

“Me da igual. Todas las religiones son absurdas, y todos los dioses están tan muertos como los dioses del Egipto antiguo”.

“para ellos sigue siendo válido el retorcido silogismo del cabecilla musulmán que hizo incendiar la Biblioteca de Alejandría: Toda la sabiduría, toda la belleza y toda la bondad están contenidas en el Libro. Si otro libro es bello o sabio, su belleza y su sabiduría también están en el Corán. Si ya están en el Corán, no es necesario conservar esos libros. Si no están en el Corán, quiere decir que son malos y dañinos; en vez de leerlos, hay que destruirlos”.

“agradezco que el baile ya no sea tan serio y tan sangriento, como agradecería que a los toros de las corridas ya no los torturaran ni mataran. Lo agradezco, pero entiendo que lo que queda de las danzas antiguas es una mera pantomima, y que el toreo sin sangre sería, sí, más civilizado, pero perdería la mitad de su bárbaro encanto. Ya los bailes rituales no son más que remedos edulcorados de lo que fueron”.

“Todo lo que los puritanos critican de Occidente, la altanería de sus mujeres en minifalda, la arrogancia de sus pechos forrados y su pelo suelto, el desafío de su maquillaje, la coquetería de su moda traslúcida, todo eso que está quizá en la frontera de la vulgaridad, es también, a ratos, la felicidad”.

“Hay una sabiduría del ayuno que los occidentales no conocemos; no es el martirio lento de la dieta; es una abstinencia que resalta uno de los placeres más grandes de la existencia: la de suprimir una molestia, saciar un deseo, calmar un apetito. En Occidente, cada vez más, los deseos se cumplen demasiado pronto; somos una cultura sometida a una especie de ejaculatio praecox”

“Nuestro supuesto temor reverencial por los muertos, nuestro respeto a los antepasados, es una pía idea humana que casi nadie cumple. La regla es el saqueo, la destrucción, el robo, la apropiación de lo ajeno, la desacralización de lo que era para otros sagrado. Las nuevas religiones, fingiéndose más sabias, más sensatas y más santas, desalojan a las viejas a fuerza de codazos, de espaldas o de alfanjes”.

“Si hubiera dioses que miraran a los hombres, ellos nos adorarían, por este pertinaz e inútil esfuerzo nuestro por oponernos a la muerte, y por robarnos o ganarnos cualquier trozo de vida. Aunque a veces agobie su indiferente transparencia, el cielo es maravilloso, cuando miramos hacia arriba; pero mucho más variada e interesante es la tierra cuando la observamos desde el cielo, y cuando vemos abajo reflejado el paciente trabajo de los seres humanos”.

“La caridad cristiana ha tumbado más templos y borrado más mitos y ritos que todas las demás religiones juntas (supuestamente más bárbaras). Escombros en México, escombros en Guatemala, escombros en Colombia y Perú, escombros en Norteamérica, escombros en Egipto, eso han dejando las hordas cristianas (asesinas de dioses a nombre de otro Dios supuestamente menos furibundo) al entrar en contacto con otras religiones”.

“Los seres humanos no somos otra cosa que mamíferos con un cerebro más complejo. Esta complejidad nos da una ventaja de astucia contra los animales, que nos ha permitido esclavizarlos. Pero debería darnos también una ventaja moral: la compasión”.

“Los dioses, las religiones, nacen en Oriente, y en Occidente se mueren”.

Héctor Abad Faciolince
Oriente Empieza en El Cairo
Editorial Alfaguara
Bogotá
2002
211 páginas