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domingo, 17 de marzo de 2024

La Vorágine, de José Eustasio Rivera

Aunque algunos dan por descontado que José Eustasio Rivera leyó "El corazón de las tinieblas", el libro que Joseph Conrad publicó en 1899 y que narra el horror de la explotación colonial belga en las selvas del Congo, las profesoras Margarita Serje y Erna von der Walde aseguran que ni Rivera leyó a Conrad ni Conrad leyó a Rivera.

Se diría entonces que fue casualidad que surgieran dos novelas tan similares con tan pocos años de diferencia, pero más que la casualidad es el auge del colonialismo y la explotación capitalista la que explica el surgimiento de este tipo de relatos. Con ese contexto y con los viajes que realizó por el oriente y el sur de Colombia, José Eustasio Rivera publicó hace un siglo, en 1924, "La Vorágine" la novela que fue escogida por la Revista Arcadia como la más importante del siglo XX en Colombia, y que también ocupó el primer lugar en el estudio sobre las 200 obras más importantes de la literatura republicana en Colombia, realizado en 2019 por la UTP, la Feria del Libro de Manizales y La Patria. 

La Vorágine está narrada por Arturo Cova, un poeta bogotano que huye de la ciudad con su novia Alicia, quien está embarazada. El recorrido los lleva a Meta y Casanare, luego a Vichada y Vaupés, en un viaje que cada vez se torna más hostil, no solo por la naturaleza agreste que al final no permite ver el sol, sino también por la violencia en el entorno y por la angustia interior que sufren los personajes.

La relación entre Cova y Alicia es el telón a partir del cual Rivera denuncia la situación de esclavitud que viven los indígenas y algunos colonos en el sur del país, a manos de la Casa Arana y de caucheros que ejercen control territorial y violento en vastos territorios sin autoridad legal. A este respecto resulta premonitoria una frase de Cova, hacia la mitad del libro: "cuente usted con que la novela tendrá más éxito que la historia": de las caucherías sabemos más por La Vorágine, y por El sueño del celta, la novela que publicó en 2010 Mario Vargas Llosa, que por los libros de historia.

La Vorágine se divide en tres partes de similar extensión: la primera cuenta la salida de Cova y Alicia desde Bogotá, pasando por Cáqueza, para llegar al Meta y luego a Casanare. En esta parte de la novela Cova y Alicia están juntos, aunque la relación es tensa, y el espacio de la narración es el Llano colombiano,con sus faenas de vaquería, sus atardeceres y las jornadas a caballo.

En la segunda parte irrumpe la selva. Alicia y la niña Griselda se han ido con Barrera, el cauchero, y Cova y Franco, la pareja de Griselda, emprenden la búsqueda de las dos mujeres a través de las selvas del Vichada. El paisaje se vuelve cada vez más oscuro y difícil, Cova entra en contacto con comunidades indígenas que no comprende y se observa cada día más extraño en un territorio que ofrece amenazas internas y externas que socaban la paz mental del personaje. Hacia la mitad del libro aparece el viejo Clemente Silva, quien les narra su historia sobre la búsqueda de su hijo Luciano y las vejaciones que sufren los indígenas y colonos a manos de los caucheros.

La tercera parte es la llegada de Cova, Clemente Silva, Franco y Helí Mesa al corazón de las tinieblas: a la cauchería que regenta la madona Zoraida Ayram y en donde El Cayeno y El Váquiro ejercen control a punta de terror. En esta parte la violencia se siente real y cercana y al final, como lo escribe el cónsul, los devora la selva.

Es una verdadera lástima que los profesores de colegio obliguen a leer La Vorágine, un libro rico en referencias que se escapan para un lector principiante, que estará mucho más cerca de aborrecer el lenguaje del texto que de apreciar su maestría. En cambio, un lector más informado, puede encontrar en esta obra monumental varios hilos para comprender la historia nacional y el contexto en el que se desarrolla su historia.

A un siglo de haberse publicado, encuentro al menos tres razones por las cuales La Vorágine es la gran obra literaria del siglo XX en Colombia:

En primer lugar, como lo dice Arturo Cova al final del libro, "a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos". Cova ha visto un "mapa costoso, aparatoso, mentiroso y deficientísimo" elaborado en Bogotá y la novela presenta una cartografía de zonas desconocidas que equivalen a la mitad del territorio nacional y que se ignoran por mucho más de la mitad de la población. Rivera propone un viaje por nombres, ríos, llanos y selvas de las que el lector tiene poco o nulo referente: río Curicuriarí, río Yurubaxí, Río Negro, Guaracú, Yaguanarí, chorros de Atures y de Maipures, caños Mica y Rayao, Río Inírida, Río Guainía, Río Isana, Río Apaporis, Río Taraiza y una cantidad de referentes que se extienden desde Iquitos hasta Manaos y que resultan imposibles de ubicar en el mapa para la mayoría de los lectores. 

Un segundo elemento vigente en la novela es la lectura sobre la violencia, que se presenta desde la primera línea famosa: "Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia". "La Vorágine" incluye todos los repertorios de violencia: violencia física, violencia sexual, violencia colonial, explotación económica, violencia contra los indígenas, etc... hay homicidio, suicidio, golpes, trampas, engaños, estafas y esclavitud. Hay armas de fuego winchester, armas blancas, muertos en ríos, muertos por animales, decapitados, torturas, latigazos... Y hay también una permanente reflexión del autor sobre estas violencias. El libro se publica seis años después del final de la primera guerra mundial y en ese contexto es valioso que José Eustasio Rivera observe: "todo hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia".

Otro enfoque de lectura es el del rol de la mujer, que resulta sumamente interesante en esta obra adelantada. Arturo Cova se presenta como un hombre propio de su tiempo y de su clase: machista, mujeriego, que piensa que "la superioridad del macho debe imponérseles por la fuerza, en cambio de sumisión y de ternura". Esto que dice y hace Cova contrasta con la fortaleza de las mujeres que construye Rivera: Alicia, La Niña Griselda, Clarita y la madona Zoraida Ayram son las cuatro mujeres con las que Cova se relaciona a lo largo de la novela y todas, a su modo, son mujeres libres, autónomas, que no están sometidas a ningún varón y que toman decisiones que incluso contrarían al protagonista. Cova, además, defiende a una indígena sometida a abuso sexual hacia el final del libro.

La Vorágine es una obra magistral: monumental, enorme, totalizante. Tiene pasajes en los que el autor muestra una temprana preocupación ambiental, hay denuncia social y habla de un país abandonado por sus gobernantes y devorado por la selva, y habla también de unos personajes que, perdidos en sus pasiones y ambiciones, sucumben ante la naturaleza indomable.


Algunos subrayados
"Antes de que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia" (p. 11). 

El lazo que a las mujeres te une, lo anuda el hastío (p. 12).

No es cuerdo replicarle a una mujer airada (p. 15).

Usted sólo tiene un problema sumo, a cuyo lado huelgan todos los otros: adquirir dinero para sustentar la modestia decorosamente (p. 26). 

―Con ese traje parecerás un tizón encendido.
―Blanco ―me replicó―: pior es no parecer náa (p. 32).

jué que los indios le mataron a él la jamilia, y como puaquí no hay autoridá, tié uno que desenrearse solo (p. 57). 

el cariño es como el viento; sopla pa cualquier lao (p. 64). 
El cariño y el viento soplan de cualquier lado (p. 295).

Una vez me apañaron antes de acabá el rezo y me encerraron en una pieza, con doble yave; pero me volví hormiga y me picurié (p. 72).

Si alguna culpa podía corresponderme en el trance calamitoso, era la de no haber sido severo con ella, la de no haberle impuesto a toda cosa mi autoridad y mi cariño (p. 72). 

Ella debía perdonarme, aunque no le pidiera perdón, porque le pertenecía con mis cualidades y defectos, sin que le fuera dable hacer distingos en mí (p. 73).

Sepulté en mi ánimo el ardid vengativo, como puede guardarse un alacrán en el seno: a cada instante se despertaba para clavarme el aguijón (p. 79).

cuán dulce era el pensamiento de la reconciliación, que se anunciaba como aroma de sementera, como lontananza del amanecer. De todo nuestro pretérito sólo quedaría perdurable la huella de los pesares, porque el alma es como el tronco del árbol que no guarda memoria de las floraciones pasadas ino de las heridas que le abrieron en la corteza (p. 88). 

La justicia es como el cielo, que nos cubre a todos (p. 95).

En esta sabana caben muchísimas sepulturas; el cuidado está en conseguir que otros hagan de muertos y nosotros de enterradores (p. 100).     

―¡Oh selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? (p. 115).

la superioridad del macho debe imponérseles por la fuerza, en cambio de sumisión y de ternura (p. 129).

Cierta vez la niña Griselda, ausente yo, le daba clases de tiro al blanco. Sorprendílas con el revólver humeante, y permanecieron impasibles, como si estuvieran con la costura (p. 158).

―¡Es que las mujeres debemos saber de tóo! Ya no hay garantía ni con los maríos (p. 158). 

No hemos nacido para reliquias (p. 159). 

a fuerza de ser crueles ascienden a capataces, y esperan cada noche con libreta en mano, a que entreguen los trabajadores la goma extraída para sentar su precio en la cuenta. nunca quedan contentos con el trabajo y el rebenque mide su disgusto. Al que trajo diez libros le abonan sólo la mitad, y con el resto enriquecen ellos su contrabando; que venden en reserva al empresario de otra región, o que entierran para cambiarlo por licores y mercancías al primer "chuchero" que visite los siringales. Por su parte, algunos peones hacen lo propio. La selva los arma para destruirlos, y se roban y se asesinan, a favor del secreto y la impunidad, pues no hay noticia de que los árboles hablen de las tragedias que provocan (p. 165).

―Cuente usted con que la novela tendrá más éxito que la historia (p. 168).

Jamás cauchero alguno sabe cuánto le cuesta lo que recibe ni cuánto le abonan por lo que entrega, pues la mira del empresario está en guardar el modo de ser siempre acreedor. Esta nueva especie de esclavitud vence la vida de los hombres y es transmisible a sus herederos (p. 169). 

En el fondo de cada alma hay algún eposodio íntimo que constituye su vergüenza (p. 170).

Hay que ser avaros con el dolor (p. 172).

Cualquier indio que tenga mujer o hija debe presentarla en este establecimiento para saber qué se hace con ella (p. 175).

peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y reciben franelas a veinte pesos; indios que trabajan hace seis años, y aparecen debiendo aún el mañoco del primer mes; niños que heredan deudas enormes, procedentes del padre que les mataron, de la madre que les forzaron, hasta de las hermanas que les violaron, y que no cubrirían en toda su vida, porque cuando conozcan la pubertad, los solos gastos de su niñez les darán medio siglo de esclavitud" (p. 195). 

La mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de los explotados sirve de incentivo a la explotación (p. 212). 

los caucheros que hay en Colombia destruyen anualmente millones de árboles. En los territorios de Venezuela el "balatá" desapareció. De esta suerte ejercen el fraude contra las generaciones del porvenir (p. 219). 

Y por este proceso ―¡Oh selva!― hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine (p. 221).

todo hombre armado está siempre a dos pasos de la tragedia (p. 237). 

¡Otra vez, como en las ciudades, la hembra bestial y calculadora, sedienta de provechos, me vendía su tentación! (p. 246). 

A tal punto cundía la matazón, que hasta los asesinos se asesinaron (p. 273).

Hoy, como nunca, siento nostalgia de la mujer ideal y pura (p. 278). 

aquel mapa costoso, aparatoso, mentiroso y deficientísimo (p. 284).

a esta pobre patria no la conocen sus propios hijos, ni siquiera sus geógrafos (p. 284). 



La Vorágine
José Eustasio Rivera
Prólogo de Juan Luis Panero
Círculo de lectores, colección "Joyas de la literatura colombiana"
Bogotá, 1984 (primera edición 1924)
320 páginas

lunes, 18 de diciembre de 2023

Asombro, de Tomás González

No sé por qué no leí este libro antes. Desde hace más de una década leo los libros de Tomás González tan pronto como salen, porque son regalos de la vida que quiero disfrutar tan rápido como se pueda. Asombro se me pasó, quizás porque, como no es una novela ni un libro de cuentos, tuvo menor registro en la prensa y no supe de su existencia. Lo descubrí hasta que hace poco, curioseando estantes de Leo Libros, y me alegré como quien encuentra la última lámina que le falta al álbum.

Leer a Tomás González es un placer, pero este volumen es un placer particularmente delicioso para quienes además de leer escribimos, porque en este libro el autor reflexiona sobre por qué escribe y cómo escribe: lo que le interesa de la escritura (el caos) y el rol de la poesía en la narrativa. Además, como suele ocurrir con sus obras, las digresiones poéticas las salpimienta con un humor que arranca carcajadas sonoras.

Asombro es un conjunto de textos breves divididos en tres grandes bloques: "Ideas", "Vida" y "Libros. En "Ideas" Tomás González filosofa sobre la relación con la naturaleza, los premios literarios, el asombro, la belleza y la muerte, entre otros asuntos, pero lo hace sin pesadez ni tono erudito. Al contrario, sus ideas se presentan de manera cristalina, como las reflexiones de un hombre que ya ha vivido y leído bastante y sabe que la sencillez es una virtud de la vida y de la prosa difícil de lograr. En "Vida" cuenta anécdotas personales, historias de su matrimonio, sus amigos, sus viajes, la muerte de sus hermanos y la infancia, en un tono ameno y a la vez profundo, con la familia como eje articulador de las historias personales. "Libros", la tercera parte, es una compilación de lo que ha dicho en distintas entrevistas sobre cada uno de los libros publicados: sobre cómo los escribió y qué deseaba explorar o aprender con cada uno.

Asombro es, en suma, un libro generoso, pero además un libro imprescindible para los lectores del gran Tomás González.


Algunos subrayados (muchos)

Los seres humanos, únicos sobre el planeta dotados de inteligencia, gracias a nuestro valor, esfuerzo, disciplina e ingenio, nos las hemos arreglado para quedar flotando, medio asfixiados, en la masa revuelta de nuestros propios desperdicios. Pero todos, curiosamente, conservamos la firme creencia de que somos la imagen de Dios y los reyes de la creación. Y es esa noción, o estructura mental, producto y causa del desarrollo descontrolado de la ciencia y de la técnica, la que ha disparado el tiempo y lo ha hecho irse de bruces, derrumbarse hacia adelante (p. 12). 

el empobrecimiento de la literatura que se produce cuando cada escritor trabaja con la intención, a veces inconsciente, de que su novela pueda llegar a ser película (p. 14).

Por fortuna la muerte es apenas provisional y dura poco (p. 18). 

Para mí es esencial, entonces, que en la narración sea constante la presencia del caos (p. 20).

no hay experiencia alguna, sea individual o colectiva, que no se viva en la intimidad (p. 22). 

En tantos libros de poemas los escasos momentos de intimidad que tiene el poeta Borges bastan para hacernos saber que el hombre que los escribió era capaz de sentir con toda la fuerza y expresar aquello que está clavado demasiado hondo en el corazón. En mi opinión son esos momentos de intimidad los que hacen de él un poeta (p. 25).

Me interesa, como a todo el mundo, la Historia con mayúscula, y sé bien que nos movemos en ella, pero también sé que por grandes que sean los hechos, solo se viven en el corazón propio. La intimidad en primer plano, y la Historia en el trasfondo (p. 26). 

cualquier representación de la muerte es solo manifestación de vida (p. 27). 

Creo que las obras literarias están siempre formadas por memorias, es decir, por ecos de hechos. Esto sin excepción. Incluso en aquellas que se habla de marcianos (p. 28). 

a los seres humanos nos es posible elaborar, pero no inventar. Creo que solo la naturaleza, o Dios, puede inventar; y que a nosotros nos corresponde trabajar sobre lo ya inventado y recrearlo, reinventarlo. 
Es decir, recordarlo (p. 29). 

¿Para qué, entonces, vinimos a este mundo?
Vinimos a admirarlo, digo yo (p. 31).

Las fechas crean la ilusión de que uno entiende el mundo y sus acontecimientos, pero son solamente eso: elementos, no inútiles del todo, no, pero casi, de la fantasmagoría que es la realidad (p. 39). 

Tengo problemas con el concepto de trama para las novelas. Me parece que la obligación de que tengan trama las convierte en productos artificales, que no reflejan la manera como está constituida la realidad (p. 51). 

para mí la narrativa debe estar cargada de poesía, pues sin ella el texto se hace plano, pierde vida (p. 53).

Lo que sí es para mí cuestión de principios es tratar de decir tanto como sea posible con las palabras, con las frases (p. 53). 

Al escribir trato de quitarme el miedo de meter la pata, de equivocarme, de escribir barrabasadas (p. 55). 

No existe historia que no se pueda contar bien en ciento cincuenta páginas. Tal vez el truco consista en gozar con las digresiones sin dejar que se pierda el hilo principal. También ayudarían las historias o tramas secundarias... Claro que de esa forma se diluye la contundencia... En fin, ya se verá. En cuento, sin embargo, sigo trabajando con historias más bien largas, que se me dan mejor que las cortas, creo yo, y en las que se gana o pierde por puntos, y no por nocaut, para usar la comparación de Cortázar (p. 56). 

La verdad es que no sé muy bien por qué escribo (p. 58).

La literatura nos hace ver el mundo en todo su horror y toda su belleza, es decir, nos produce ese entusiasmo estético (p. 58). 

Voy a cumplir sesenta y cinco años, y a esta edad ya casi nada se siente como obligatorio o imprescindible. Ya casi todo es paisaje (p. 60). 

Hay que abolir los premios literarios (p. 63)

Los jurados son, por definición, personas que consideran que el trabajo literario de muchos escritores muy distintos unos de otros pueden, no solamente compararse cualitativamente, sino ponerse a correr como caballos (p. 65). 

Si alguien vive en un apartamento, digamos en Manizales, podría creerse separado de la naturaleza, lo cual sería un error, a mi modo de ver (p. 77). 

Me gustaría mucho que solo se extinguieran los humanos rapaces pero es más probable que se extinga la especie completa, y eso tal vez sea lo mejor para la naturaleza como totalidad (p. 79).

Todos los himnos nacionales de todos los países deberían ir a la basura. Nada que incite al nacionalismo deberá ser condonado, y menos en los colegios y las escuelas, que es de donde sale la carne de cañón para las guerras (p. 83). 

(sobre la mamá) ella rea una señora de buena familia de Manizales y nadie hubiera pensado que le gustaba el jefe (Daniel Santos). (p. 99).

Por esos días estuve a punto de que me gustara la salsa (p. 100). 

Una de esas personas de quienes el poeta dice que, como a los caracoles, su caparazón resistente les da mucha capacidad de ternura (p. 112). 

siempre utilizamos vivencias propias o ajenas para escribir (p. 123).

El escritor toma la materia que ya está inventada o creada, y hace "edición", que consiste en utilizar la historia casi tal cual le llegó (como hice en Primero estaba el mar) o extrapolar situaciones de aquí y de allá, personajes de un lado y de otro, y recomponer o interpretar la realidad según su sensibilidad (p. 123). 

En general, las personas que me sirven de punto de partida para los personajes entienden bien la diferencia entre ellas y los personajes, y saben que estos se sostienen solos, sin necesidad de que se los relacione con personas reales, se sostienen solas sin que tengan que ser "plasmadas" en cuentos o novelas. Nunca me he sentido obligado a serles fiel a las personas reales, y en el momento de crear al personaje me siento en libertad de hacer lo que quiera. Lo importante para mí es que tenga coherencia interna y esté vivo (p. 131). 

Todo esto de las artes y las artesanías no es más que un juego. Un juego muy complejo y serio, como el de los niños (p. 135). 

El narcotráfico lo toqué en un cuento, "Las palmas del ghetto", y es muy probable que en algún momento vuelva a escribir sobre eso (p. 143). 

También recuerdo la novela Carretera al mar, del caldense Tulio Bayer, que me impresionó mucho (p. 144). 

Me interesaba en igual medida intentar entender la visión de la vida que se podría alcanzar desde la vejez avanzada (p. 149). 

El intento de plasmar el caos para así vencerlo se da en este y en todos mis libros. Que ese es el eje de mi narrativa se me ha hecho claro ahora, cuando alcanzo ya a tener una visión amplia del conjunto de mi trabajo (p. 150). 

Un porcentaje altísimo de la literatura universal gira alrededor de este asunto del amor. Hay excelentes novelas, gran literatura, que se construyeron en su totalidad sobre las preguntas: ¿se casan?, ¿no se casan? Un porcentaje altísimo de la música que hemos producido los humanos está inspirada por el asunto. Todos los boleros. La mayoría de los tangos. La mayoría de las rancheras. Casi toda la poesía. El poder del amor para generar imágenes es inmenso, asombroso y bastante absurdo (p. 155). 

es bueno saber estar solo. Sin pareja, quiero decir, porque solos nunca estamos. En el peor de los casos, como bien decía un poeta de aquellos que tienen humor, estamos con Dios (p. 157). 

La convicción de que la vida, mi vida, solamente por haberme dejado ver la belleza de lo que es bello y también de lo terrible, ya ha valido la pena (p. 161). 

La expresión "descansó en paz" es exacta. Este asunto de vivir va cansando, y en ese sentido morirse es bueno. Lo que preocupa es que el cuerpo, el organismo, al no entender esas razones, podría dar una pelea dolorosa, larga y perdida en la crisis final. La muerte asusta, aunque en muchos sentidos sea una liberación (p. 162). 

Los triunfos no duran para siempre y todo termina por deshacerse (p. 163).

La derrota está en aquello que muere antes de alcanzar su forma plena, no en lo que muere después de hacerlo (p. 163). 

He leído cuentos tan bien logrados que al final he sentido ganas de aplaudir. Con los de Rulfo me pasó así. Con los de Cortázar. Con los de Truman Capote. Aplaudí de hecho cuando leí Dilema doméstico de Carson McCullers (p. 167). 

La diferencia entre un relato y una novela es parecida a la que hay entre trabajar al óleo y hacerlo con acuarelas. Idealmente se trabaja rápido y se retoca poco, pero lo cierto es que en algunos se trabaja muy, muy despacio y se retoca mucho, de modo que parezcan escritos al vuelo y sin retoques (p. 167). 

Reunir todos mis relatos en La espinosa belleza del mundo fue como si al fin se hubieran juntado partes dispersas y pudiera ver mejor el conjunto de mi trabajo de varias décadas. Su coherencia. (p. 169). 

esta filosofía en mi escritura está en el convencimiento de que cada frase debe contener la totalidad y en cada una debe apoyarse el peso completo de la narración toda. El centro de gravedad se traslada de frase en frase (p. 172).

Los seres humanos somos animales de grupo, y el más importante de los grupos, el esencial, es la familia (p. 175). 


Asombro
Tomás González
Seix Barral
Bogotá, 2021
182 páginas

miércoles, 11 de enero de 2023

Varias cuentistas colombianas, de Daniel Samper Ortega


En la colección de 100 títulos de Literatura Colombiana, compilada y publicada por Daniel Samper Ortega entre 1926 y 1937, el volumen 11 consiste en una selección de "varias cuentistas colombianas". Este volumen se complementa con el 89, titulado "las mejores poetisas colombianas". Los restantes 98 títulos de la colección se dedican a la literatura escrita por hombres.

El libro que reune a las cuentistas consiste en la selección de 17 cuentos de 15 escritoras (hay dos de Josefa Acevedo de Gómez y dos de María Cárdenas Roa, quien firmaba como Luz Stella). Según Samper "en el presente volumen hemos querido reunir lo que a nuestro juicio representa mejor la mentalidad femenina colombiana expresada en prosa" y explica que el criterio de selección tuvo en cuenta que hubiese escritoras de distintas zonas del país.

Los cuentos incluidos en el volumen son: 
Josefa Acevedo de Gómez: "Mis recuerdos de Tibacuy" y "El amor conyugal".
Mercedes Párraga de Quijano: "Aurora".
Waldina Dávila de Ponce: "Mis próceres".
Soledad Acosta de Samper: "Luz y sombra".
Eufemia Cabrera de Borda: "Un caballero español".
Priscila Herrera de Núñez: "Un asilo en la Goajira.
Herminia Gómez Jaime de Abadía: "Bajo la bandera".
Concepción Jiménez de Araújo: "Tres deseos".
Ester Flórez Alvarez de Sánchez Ramírez: "Confidencias".
Julia Jimeno de Pertuz: "Fe infantil".
Sofía Ospina de Navarro: "Oyendo a un paisa".
Blanca Isaza de Jaramillo Meza: "Emociones infantiles".
María Cárdenas Roa (Luz Stella): "F.C. Tolima-Huila" y "De la vida".
María Castello: "La tragedia del hombre que oía pensar".
Cleonice Nannetti (Ecco Nelly): "Garoso".

El prólogo consiste en un breve comentario biográfico de cada una de las autoras incluidas en la selección y al final trae una lista de 150 nombres de escritoras colombianas "tomada del estudio que publicó D. Jorge Wills Pradilla en el número 7127 de El Espectador". 

Los textos más antiguos son los de Josefa Acevedo de Gómez. Se trata de relatos que parecen crónicas y textos de "no ficción", al igual que Mis próceres, de Waldina Dávila de Ponce. En contraste, Aurora, de Mercedes Párraga de Quijano, Luz y sombra, de Soledad Acosta de Samper y Confidencias, de Ester Flórez Álvarez de Sánchez, se ocupan de historias románticas en las que el amor frustrado es protagonista. Es interesante el relato Un asilo en la Goajira, de Priscila Herrera, con un contexto histórico claro, y más interesante aún el fuerte anti-peruanismo que se respira en Bajo la bandera, de Herminia Gómez Jaime de Abadía. Los textos Fe infantil, Emociones infantiles y Garoso, tienen como protagonistas a niños (el de Blanca Isaza está más cerca de la crónica o la memoria que de la ficción), y tanto en el texto de Blanca Isaza como en el de Sofía Ospina de Navarro hay una consciencia de lenguaje y de poner por escrito el habla oral paisa. La joya del libro puede ser "La tragedia del hombre que oía pensar", de la bogotana María Castello, relato precursor de la ciencia ficción en Colombia.

Algunos apartes:
Los sectores literarios que nuestras mujeres han cultivado no son abundantes: aparte del místico, en que solamente descuella la madre Castillo (y en el cual se ensayó después doña Silveria Espinosa de Rendón), y del histórico, donde son notables las señoras Gaibrois de Ballesteros y Acosta de Samper, apenas si han cultivado el cuento y la poesía y, en menor escala, el periodismo; con excepción de doña Manuela Sanz de Santamaría de Manrique, que cultivó las ciencias naturales, y doña Josefa Acevedo de Gómez, que también espigó en el campo de la historia y en el costumbrismo (p. 5).

De las modernas, son sin duda las antioqueñas las más interesantes; y aunque no todas quepan en la presente selección, y hayamos de limitarnos a doña Sofía Ospina de Navarro y doña Blanca Isaza de Jaramillo Meza, como a dos de las más caracterizadas, no por ello podemos olvidar que en la privilegiada región en donde vio la luz Tomás Carrasquilla, alentaron y alientan otras buenas cultivadoras de las letras, como Uva Jaramillo Gaitán, Ester Arango, Lorenza de Cock y Amelia Uribe (p. 6). 

temían, además, el calificativo de bachilleras, pues el ambiente de la colonia se prolongó en muchos de sus aspectos hasta bien mediado el siglo, y era muy colonial la idea de que a la mujer le bastaba con saber coser y cocer para su recorrido en este "valle de lágrimas" (p. 12).




Varias cuentistas colombianas
Daniel Samper Ortega (selección y prólogo)
Editorial Minerva
Bogotá, 1936
242 páginas

Entre escritoras: seis ensayos sobre escritoras colombianas, de Patricia Aristizábal Montes

El título de este libro editado por la Universidad del Cauca es preciso: el volumen recoge seis ensayos sobre escritoras colombianas, que habían sido publicados previamente por la autora en revistas y publicaciones académicas. Como fueron escritos de manera independiente y reunidos para este volumen, entonces hay diferencias en la metodología del análisis, la profundidad y la argumentación, aunque en conjunto permiten hacer un breve viaje por el ejercicio de escritura de seis mujeres colombianas, desde el siglo XIX hasta el XXI. 

Las seis escritoras que se abordan son, en su orden, Josefa Acevedo de Gómez, Agripina Montes del Valle, Marta Traba, Helena Araújo, Laura Restrepo (el análisis se centra únicamente en la novela Delirio) y Alexandra Mora Hernández. 

La profesora Patricia Aristizábal presenta sus análisis sobre el trabajo de estas autoras desde al menos tres ángulos: el sentido que tiene la escritura para las mujeres, los asuntos sobre los que se ocupan sus obras y los usos y atributos del lenguaje que utilizan (p. 9).


Se trata de un aporte al estudio de la literatura escrita por mujeres, que tanto en corpus como en investigación es exigua en comparación con las publicaciones que se hacen sobre escritores hombres. Entre otras razones para el desbalance, la autora explica que las mujeres estuvieron durante siglos al margen del proceso de alfabetización: "En 1821 Antonio Nariño impulsó la creación de escuelas públicas para niñas de los estratos sociales menos favorecidos (...) y hacia 1872 se fundaron escuelas de comercio y de artes y oficios, en las que las mujeres podían capacitarse. Ese mismo año se empezaron a formar las primeras maestras (p. 37).

Un detalle al margen, incluido dentro de una carta escrita a mediados del siglo XIX por Josefa Acevedo de Gómez, permite constatar los profundos cambios que ha vivido la mujer en menos de dos siglos. En su texto, la autora, hija de un político destacado, hermana de generales y mujer de alta cuna bogotana, narra que a sus 33 años ya ha perdido casi todos sus dientes. Si esa es la situación de una mujer de su clase y condición, qué puede pensarse de las que tenían menos privilegios...


Algunos apartes:
muchas de ellas sólo publicaron en las revistas y periódicos de la época mientras que otras se sirvieron de pseudónimos para guardar su identidad (p. 10).

(cita de Soledad Acosta de Samper, 1895) Hubiera muchas más mujeres escritoras si fueran menos tímidas, si se persuadiesen de que tienen una misión benéfica que desempeñar, pues la mujer siempre quiere ser útil cuando es buena, y olvida todo si se persuade de que en su mano está hacer el bien (p. 15).

La escritura de las mujeres en la Nueva Granada tiene en Josefa Acevedo de Gómez una conciencia que podemos denominar "republicadan" que asume el compromiso de orientar intelectualmente su sociedad desde una perspectiva de género, abordando problemáticas sociales, éticas y económicas (p. 21).

Como fue costumbre en las escritoras colombianas decimonónicas, Acevedo de Gómez minimiza sus capacidades intelectuales al momento de abordar los asuntos más álgidos de su época (p. 22).

Nacidas con treinta años de diferencia, las dos escritoras colombianas del siglo XIX, Josefa Acevedo de Gómez y Soledad Acosta de Samper, estuvieron de acuerdo en que el deber de la escritora consistía en escribir obras con el fin de civilizar y moralizar a los ciudadanos de la nueva república, pues el futuro de ésta estaba sin dudarlo "en manos de las mujeres" (p. 27).

el escaso acceso que tuvieron las mujeres a la educación, que se restringía a las labores manuales, al adoctrinamiento cristiano y a algunos rudimentos de matemáticas, lectura y escritura. La formación de la mujer estaba orientada a la observación del culto mariano (p. 37).

Como fue costumbre entre las mujeres del siglo XIX que ingresaban a la esfera de lo público, Montes del Valle reconoce su "pequeñez" frente a seres "mejores dotados" que ella. Este acto se puede calificar como una muestra de modestia, pero al mismo tiempo como la solicitud del permiso para irrumpir con ímpetu propio en el mundo de la escritura (p. 41).

el tema más recurrente en la poesía de Agripina Montes del Valle es, sin duda, la melancolía que la invade al verse lejos de su tierra natal (p. 41). 

(citando a Marta Traba) el arte no sólo es una forma exhaustiva del conocimiento, sino que es el único lenguaje universal que existe entre los hombres (p. 47).

(citando a Marta Traba) la eminente condición moral del crítico debe ser su honestidad. Debe ser inmisericorde y no tener la más mínima blandura, si realmente quiere adiestrar al público en el conocimiento de la verdadera belleza y de los auténticos valores artícsticos (p. 50).

...llevaron a Marta Traba a plantearse en contra de quienes pretendían ver el arte desde una visión "local", dejando de lado lo "universal", pues consideraba que este estado de cosas guardaba relación con el "conformismo" y con la mediocridad (p. 53).

(citando a Marta Traba) para ser un buen crítico hay que ser, también, un buen escritor. Y no se puede ser un gran escritor sin espíritu crítico (p. 55). 

(sobre Helena Araújo) presenta situaciones de orden matrimonial que se tornan problemáticas en la medida en que dichos personajes deben enfrentar las normas que les impiden realizarse como mujeres (p. 72). 

ella se propuso narrar desde el cuerpo, ese cuerpo constreñido al que alude Michel Foucault, cuerpo sometido, negado y castigado. En su labor como crítica y en sus obras literarias, Araújo buscó liberar el cuerpo y hablar desde él (p. 72).

La novela Delirio guarda relación con otras obras literarias, que le permiten contar la historia de una mujer sometida a los valores de la sociedad patriarcal, que no puede subvertir la autoridad del padre y ante su incapacidad de actuar cae en la locura (p. 78).

Hasta hace poco, la mujer era excluida de la vida cultural, lo que significaba que permanecía en silencio, sin expresar sus opiniones ni sus deseos, permitiendo a otros decidir por ella. Los otros, en la estructura de la sociedad patriarcal, son el padre, el hermano, el esposo o el hijo. También la iglesia puede incluirse dentro de esta lista, pues la religión católica ha jugado un importante papel en el control de la mujer, especialmente de su cuerpo y su sexualidad. Pero el silencio femenino no solamente consiste en lo "no dicho", sino también en aquello de lo que "no se habla", o de lo que "no se puede hablar", dicho silencio conlleva la negación de la mujer como sujeto portador de un discurso (p. 89).

Al ignorar la capacidad de la mujer como ser deseado y deseante, su cuerpo es tenido en cuenta solamente como espacio para la maternidad y no como espacio del deseo (p. 93).

(citando a Adrienne Rich) La victimización de una madre no sólo la humilla, sino que mutila a la hija que la observa como prueba de lo que significa ser una mujer (p. 96).

La hija odia ver en la madre lo que ella será cuando sea una mujer adulta y teme que la única posibilidad para su futuro sea repetir el papel materno de sumisión silenciosa y negación de la individualidad (p. 97). 

Mora Hernández hace en su novela Conexión Purg@ttorio, una reescritura de la Divina Comedia desde una perspectiva feminista, pues utiliza la obra de Dante Alighieri para a partir de su concepto del infierno colocar allí a su personaje Mikko Lecter y hacerlo recorrer cada uno de los círculos, recibir diversos castigos hasta llegar al paraíso y ser redimido en un juicio, despues del cual se le permite volver a la tierra "a restaurar lo que ha dañado" (p. 113).


Entre escritoras. Seis ensayos sobre escritoras colombianas
Patricia Aristizábal Montes
Editorial Universidad del Cauca
Popayán, noviembre de 2019
126 páginas


martes, 20 de febrero de 2018

Sobre literatura colombiana, de Germán Vargas Cantillo


Aunque el título de esta compilación de textos (columnas, prólogos, reseñas, breves ensayos literarios) se llama "Sobre literatura colombiana", en realidad la mayoría de las páginas son sobre el Grupo de Barranquilla, bautizado así en El Tiempo por Próspero Morales Padilla, y del que hicieron parte el autor, Germán Vargas Cantillo, así como otros nombres destacados, encabezados por Gabriel García Márquez, y seguido por Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio.

En algún aprte del libro el autor aclara que ellos cuatro fueron los miembros permanentes del grupo, y que a su alrededor en distintas épocas estuvieron otros como el pintor Alejandro Obregón, el fotógrafo Enrique Scopell y otra serie de nombres.

Este libro, publicado en 1985, recoge distintos textos sobre literatura colombiana escritos por Germán Vargas Cantillo entre 1949 y 1983. Leerlo es hacer un viaje ameno por la historia de la literatura colombiana, en la que el autor destaca a Tomás Carrasquilla, Efe Gómez y José Estasio Rivera, entre los muy pocos nombres a resaltar antes de la irrupción de García Márquez y Cepeda Samudio, que le deben buena parte de su oficio narrador al escritor José Félix Fuenmayor.

El libro está dividido en tres partes y en total incluye 30 textos relativamente cortos sobre autores, libros, revistas literarias. Es muy llamativa la descripción que hace de un escritor desconocido, un tal Fermando Vallejo, "un autor de quien no se tienen mayores noticias, fuera de la que es un escritor antioqueño que vive en México y que investigó en forma exhaustiva, completísima, la vida y obra de Barba Jacob". Así mismo son memorables sus textos sobre el momento en el que García Márquez recibe la noticia del Nobel en México, y la posterior ceremonia de entrega en Estocolmo. Esos dos textos justifican plenamente el esfuerzo de conseguir este libro, que hace años dejó de circular.

Algunas frases
El país ha vivido, hasta ahora, si se apartan las obras de Efe Gómez, de lo que equivocadamente se califica como cuento "terrígeno", cuyo centro de producción se ha emplazado en la feraz comparca caldense. Los cuentistas de Manizales y de Riosucio, de Salamina y de Calarcá, se han entregado a una especie singularísima de cuento "nacionalista" que resulta tremendamente falso por el uso y el abuso de la retórica empalagosa y que, al fin y al cabo, viene a ser la negación de lo auténticamente nacional.

La obra de José Eustasio Rivera es una de las mejores novelas que se han escrito en Colombia, lo cual no es mucho decir. 

Toda la literatura colombiana de la violencia, escrita y publicada en los primeros años, cuando aún se vivía en forma permanente esa tremenda etapa, se leyó y pasó, sin que hoy merezca ser considerada literariamente como nada distinto de documentos de consulta.

Cepeda Samudio es, como podrá apreciarlo quien lea estos cuentos, un poeta, que es una de las mejores maneras de ser algo: un cuentista, un novelista, por ejemplo. Y es también -condición básica para quien escribe literatura y ficción- un periodista.

Con José Félix Fuenmayor irrumpe en la literatura colombiana la novela urbana, la ciudad de cuerpo entero. Un joven crítico colombiano, Juan Gustavo Cobo Borda ya dijo, con su habitual agudeza que Cosme es la primera novela urbana en Colombia.


Sobre literatura colombiana
Germán Vargas Cantillo
Fundación Simón y Lola Guberek
Editorial Lealón
Medellín 1985
251 páginas