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sábado, 7 de febrero de 2026

El visitador, de Martha Patricia Meza

La aparición de una novela escrita por una mujer caldense es motivo de celebración para la literatura regional. 

Cuando publiqué El oído miope, en 2018, alguien me dijo que era la única novela publicada por una mujer caldense... ¿o cuál otra hay? Camposanto, de Marcela Villegas Gómez, salió un mes antes, pero salvo ese título me costaba mencionar otros. Por eso cambié de tema de tesis doctoral y me dediqué a investigar sobre las escritoras pioneras del Gran Caldas, para descubrir que claro que sí había otras novelistas.

Sí hay, pero no tantas. Por eso cada nueva novela escrita por una autora de esta región es una novedad que merece leerse y comentarse. 

Martha Patricia Meza es una poeta salamineña premiada en el departamento, que con El visitador incursiona por primera vez en la novela. Se trata de la historia de Pedro Santa, un carnicero que vive en Villa Otún (¿Pereira?) y se queda sin trabajo. Una excompañera de la carnicería, Adriana López, lo llama un día a contarle que lleva 11 meses en la cárcel y pregunta si él la puede visitar. Él va sin saber que acude a una visita conyugal por la que ella le paga. Así, él se convierte en el visitador de la cárcel, que cobra por satisfacer sexualmente a distintas reclusas.

La novela está estructurada en capítulos cortos y cada uno de ellos cuenta una historia concreta: el encuentro sexual con una reclusa, el proceso judicial de Adriana y, lentamente, cómo se va enredando un trabajo que inicialmente iba a ser solo de prostitución. En la cárcel conviven todos los delitos y es difícil entrar y salir permaneciendo al margen del narcotráfico, el sicariato y todo lo que allí ocurre. 


El visitador le propone al lector un vértigo cinematográfico: a Pedro Santa le pasan muchas cosas, viaja mucho, se mete en peligros y la narración avanza a ritmo rápido. Quizás demasiado rápido: algunos personajes quedan a medio esbozar y algunas situaciones lucen inverosímiles. Tiene, eso sí, coqueteos con la literatura erótica: la autora describe los encuentros sexuales de Pedro con sus clientas, con minucia y atención.

Algunos subrayados
Se dio cuenta de la escasez de hombres en el lugar. Los pocos que veía parecían tener vínculos familiares con ellas: hermanos, padres, tal vez. Muy pocos entraban con las mujeres a los cuchos, esos cuartos estrechos para las visitas conyugales (p. 15).

Era tal la prostitución en la cárcel de hombres que cuando visitaba a su papá vio catálogos de prostitutas. Muchas mujeres se quedaban adentro y salían a mitad de semana. Los poderosos pagaban fortunas por las visitas de modelos, reinas de belleza y hombres jóvenes. (p. 15).

Si uno deja caer el ánimo también deja caer la casa (p. 31).

A un man preso la familia no lo ve como un delincuente y hasta les debe parecer que está encerrado por ser héroe. Nadie les reprocha lo que hicieron y sus madres les perdonan lo que no están dispuestas a perdonarle a una hija (p. 35).

En su imaginación, las monjas eran habitantes de otro planeta, vírgenes intocables, incapaces de sentir deseo, y si lo sentían era entre mujeres a escondidas de Jesucristo (p. 107).


El visitador
Martha Patricia Meza
El Taller Blanco Ediciones
Bogotá
Mayo de 2025
200 páginas

sábado, 19 de junio de 2021

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère

Así como las matrioskas contienen una muñeca dentro de otra, Una novela rusa contiene varias historias aparentemente inconexas, que se articulan a partir del protagonista-personaje-narrador: Emmanuel Carrère.

Por un lado está la historia András Toma, un húngaro prisionero de la Segunda Guerra Mundial, que pasó 54 años sin hablar en un hospital psiquiátrico de Kotelnich, una ciudad rusa, hasta que fue repatriado a su país. Por otro lado está la historia del abuelo de Carrère, quien desapareció en Burdeos en 1944 durante la Guerra. Está también la historia de la madre de Carrère, quien perdió el rastro de su padre; la de Carrère, que viaja a filmar una película en Kotelnich; están los personajes del documental; hay una muerte violenta, y, por último, todo lo anterior aparece atravesado por la tortuosa relación de Carrère con Sophie, una historia de amor llena de conflicto. Y en medio del libro el autor reproduce un cuento erótico publicado en Le Monde.

Una novela rusa está narrada en la primerísima persona del singular. Es a través de los ojos de Carrère que conocemos el paisaje ruso, los trenes, La Rochelle, la isla de Re y París, los lugares en los que transcurre la historia. Es él el que decide presentarse ante el lector como un hombre clasista, egoísta, celoso, desconectado de sus hijos. Un hombre orgulloso de su sexualidad, que se deprime, se aburre, tiene relaciones difíciles con sus padres y su pareja y escribe a partir de allí.

Cuando Carrère publicó El Adversario le cayó el éxito encima: fue un libro superventas, se rodó una película con base en esa historia y su nombre saltó a la fama internacional. Luego vino la sequía narrativa y Una novela rusa es el libro que publicó siete años después. Sorprende en este el cambio de registro, de tono, de tema. En muchos sentidos parece un libro escrito por otra persona y, al mismo tiempo, tiene profundas conexiones con su antecesor: ambos se parapetan en la no ficción, en la narración de los hechos a partir de las vivencias y datos del autor, y en la honestidad del texto. Una novela rusa es (debió ser) un libro doloroso de escribir, pero al mismo tiempo escribir salva.

 
Algunas frases
No estaba en absoluto preso, ni siquiera enfermo: vivía aquí, esto era su casa y punto (p. 153).

Es un acto doloroso, pero psíquicamente indispensable: un desaparecido es un fantasma, fuente de una angustia sin nombre que puede contaminar varias generaciones, mientras que por un muerto se puede guardar luto, llorarlo, olvidarlo (p. 172). 

Kotelnich, para mí, es donde uno reside cuando ha desaparecido (p. 176). 

Una obra maestra de economía descriptiva: las montañas, dice el narrador, son tan altas que por mucho que levantes los ojos nunca ves a los pájaros recortándose en el fondo del cielo (p. 177). 

Decir que haces textos educativos o que atiendes la ventanilla de la Seguridad Social es decir: no lo he elegido, trabajo para ganarme la vida, estoy sometida a la ley de la necesidad (p. 181). 

Nabokov estaba seguro de sí mismo y de su genio; fueran cuales fuesen las pruebas que atravesó, vemos bien que se despertaba cada mañana dando gracias a Dios por el privilegio único de haber nacido en la piel de Vladimir Nabokov (p. 185). 

Amaba las ideas, los ensayos más que las novelas, y leer un libro equivalía para él a conversar con su autor (p. 186). 

Creo que sobre todo habría querido que le respetasen. Ser importante. Visible. Existir ante los demás. Que no le vieran como un fracasado, un pobre de solemnidad toda su vida. (p. 190). 

Esta será la regla de mi nueva vida: andar derecho hacia donde me lleven los pies, sin retorno ni pesar (p. 198). 

Todo el mundo, y yo el primero, me considera un compañero encantador. Me represento mi vida futura como una sucesión de dichas y de victorias (p. 203). 

Escribiré un libro sobre su padre. Pensé durante mucho tiempo que no lo haría mientras ella viviera, y al salir de la Academia aquel día pensé lo contrario: que debo escribirlo y publicarlo antes de que ella muera. Que lo escribo para ella. Para liberarla, y no solo para liberarme yo (p. 210).

Recuerdo una novela en la que el narrador se percataba maravillado de que en todas las circunstancias las mujeres están siempre desnudas debajo de la ropa. Compartí y aún comparto ese estupor. (p. 231). 

Si tuviese el valor, yo mismo escribiría al defensor (del lector) para recordarle esta regla elemental del periodismo: cuando a un lector le gusta un artículo escribe autor, cuando no le gusta escribe a la redacción (p. 316).

¿Hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? (p.323).

Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien (p. 323). 

Cuando dos personas que han atravesado una crisis semejante, en la que cada uno ha sido la imagen de la felicidad pero también la del miedo, entonces todo se vuelve posible, la confianza debe por fin explayarse (p. 33). 

Dice que descuidamos lo que creamos poseer, que esperamos a haberlo perdido para llorarlo (p. 354). 

piedad por el dolor intolerable que Nicolás afronta y va a afrontar hasta el final de su vida (p. 365). 

No hace falta tirarse por la ventana para morir, otros como tú mueren bien vivos (p. 367). 


Emmanuel Carrère
Una novela rusa
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2007
270 páginas

domingo, 10 de enero de 2016

Las vueltas del baile, de Jaime Echeverri

Las vueltas del baile es un cuento publicado originalmente en 1992, que fue reeditado en 2014 por la Universidad de Caldas dentro de la colección Estados de la Lujuria.

El cuento narra una anécdota simple: Isadora y María se conocen a orillas del mar, se aman, su amor prohibido se difunde y María sufre una violación múltiple. Para que aprenda. Fin.

La riqueza está en un lenguaje cercano a la poesía, en el que lo que se sugiere es mucho más de lo que se dice. Frases eróticas construyen un relato que no se aferra a una geografía ni una época específica y le permite permanecer vigente en el tiempo.

El libro, de apenas 32 páginas, trae unas bellas ilustraciones de Edward Muñoz y Camilo Marín López, que le agregan al volumen un valor superior al propio texto. La impresión en papel satinado, con letra grande e imágenes a doble página y full color contribuyen al deleite estético de la lectura, incluso por encima de la calidad original que pueda tener el texto del caldense Jaime Echeverri.

Las vueltas del baile
Jaime Echeverri
Editorial Universidad de Caldas
Manizales
2014
32 páginas

viernes, 22 de octubre de 2010

Los Cuadernos de don Rigoberto, de Mario Vargas Llosa

Casualmente el anuncio del Nobel a Vargas Llosa me cogió leyendo Los Cuadernos de Don Rigoberto.

Para describir este libro pienso en 2 "antecedentes" o "referentes: El Decamerón de Bocaccio, o Fragmentos de Amor Furtivo de Héctor Abad.

Se trata de las historias que Don Rigoberto escribe sobre su esposa Lucrecia, todas relacionadas con temas eróticos: Lucrecia le pone los cachos a Rigoberto, Lucrecia se acuesta con la empleada del servicio, Lucrecia se va de luna de miel a Europa con un ex novio, Lucrecia participa en un trío, en un cuarteto, Lucrecia tiene una relación con el hijo de Rigoberto, que tiene 10 ó 11 años, etc.

Más que frases, hay párrafos. Muchísimos. Acá les mando una amplia muestra:


Sé que ofendo sus más caras creencias, pues no ignoro que usted y los suyos —¡otra conspiración colectivista!— están convencidos, o van camino de estarlo, de que los animales tienen derechos y acaso alma, todos, sin excluir al anofeles palúdico, la hiena carroñera, la sibilante cobra y la piraña voraz. Yo confieso paladinamente que para mí los animales tienen un interés comestible, decorativo y acaso deportivo (aunque le precisaré que el amor a los caballos me produce tanto desagrado como el vegetarianismo y que tengo a los caballistas de testículos enanizados por la fricción de la montura por un tipo particularmente lúgubre del castrado humano). Aunque respeto, a la distancia, a quienes les asignan funcionalidad erótica, a mí, personalmente, no me seduce (más bien, me hace olfatear malos olores y presumir variadas incomodidades físicas) la idea de copular con una gallina, una pata, una mona, una yegua o cualquier variante animal con orificios, y albergo la enervante sospecha de que quienes se gratifican con esas gimnasias son, en el tuétano —no lo tome usted como algo personal— ecologistas en estado salvaje, conservacionistas que se ignoran, muy capaces, en el futuro, de ir a apandillarse con Brigitte Bardot (a la que también amé de joven, por lo demás) para obrar por la supervivencia de las focas. Aunque, alguna vez, he tenido fantasías desasosegadoras con la imagen de una hermosa mujer desnuda retozando en un lecho espolvoreado de micifuces, saber que en los Estados Unidos hay sesenta y tres millones de gatos y cincuenta y cuatro millones de perros domésticos me alarma más que el enjambre de armas atómicas almacenadas en media docena de países de la ex-Unión Soviética.

La Naturaleza no pasada por el arte o la literatura, la Naturaleza al natural, llena de moscas, zancudos, barro, ratas y cucarachas, es incompatible con placeres refinados, como la higiene corporal y la elegancia indumentaria.

Un abotargado sesentón e iba por la vida armado de una libretita y unos prismáticos con los que, en sus andanzas por el centro y en la luz roja de los semáforos cuando conducía su anticuado Cadillac color concho de vino, veía y anotaba, además de la estadística general (feas o bonitas), una más especializada: las respingadas nalgas, los encabritados pechos, las piernas mejor torneadas, los cuellos más cisnes, las bocas más sensuales y los ojos más brujos que le deparaba el tráfico. Su investigación, rigurosa y arbitraria a más no poder, dedicaba a veces un día, y hasta una semana, a una parte de las anatomías femeninas transeúntes, de manera no muy diferente a la que don Rigoberto configuraba para el aseo de sus órganos: lunes, culos; martes, pechos; miércoles, piernas; jueves, brazos; viernes, cuellos; sábados, bocas y domingos, ojos. Las calificaciones, de cero a veinte, las promediaba cada fin de mes

Fue el único trabajo agradable de mi vida (…) Poner tiesos, en el momento de salir a escena, los pezones de las coristas. Para lo que, en su agujero de las bambalinas, disponía de un balde de hielo. Las muchachas, engalanadas con penachos de plumas, adornos de flores, exóticos peinados, largas pestañas, uñas postizas, mallas invisibles y colas de pavorreal, nalgas y pechos al aire, se inclinaban ante Fito Cebolla, quien frotaba cada pezón y la corola circundante con un cubito de hielo. Ellas, entonces, dando un gritito, saltaban a escena, los pechos como espadas.

Tengo a la práctica de los deportes en general, y al culto de la práctica de los deportes en particular, por formas extremas de la imbecilidad que acercan al ser humano al carnero, las ocas y la hormiga, tres instancias agravadas del gregarismo animal. Calme usted sus ansias cachascanistas de triturarme, y escuche, ya hablaremos de los griegos y del hipócrita mens sana in corpore sano dentro de un momento. Antes, debo decirle que los únicos deportes a los que exonero de la picota son los de mesa (excluido el ping-pong) y de cama (incluida, por supuesto, la masturbación). A los otros, la cultura contemporánea los ha convertido en obstáculos para el desenvolvimiento del espíritu, la sensibilidad y la imaginación (y, por tanto, del placer). Pero, sobre todo, de la conciencia y la libertad individual. Nada ha contribuido tanto en este tiempo, más aún que las ideologías y religiones, a promover el despreciable hombre-masa, el robot de condicionados reflejos, a la resurrección de la cultura del primate de tatuaje y taparrabos emboscados detrás de la fachada de la modernidad, como la divinización de los ejercicios y juegos físicos operada por la sociedad de nuestros días.

No objeto nada de lo que hacen los gays. Celebro que la pasen bien y los apuntalo en sus campañas contra las leyes que los discriminan. No puedo acompañarlos más allá, por una cuestión práctica. Nada relativo al quevedesco «ojo del culo» me divierte.

No conozco mentira más abyecta que la expresión con que se alecciona a los niños: «Mente sana en cuerpo sano». ¿Quién ha dicho que una mente sana es un ideal deseable? «Sana» quiere decir, en este caso, tonta, convencional, sin imaginación y sin malicia, adocenada por los estereotipos de la moral establecida y la religión oficial. ¿Mente «sana», eso? Mente conformista, de beata, de notario, de asegurador, de monaguillo, de virgen y de boyscout. Eso no es salud, es tara. Una vida mental rica y propia exige curiosidad, malicia, fantasía y deseos insatisfechos, es decir, una mente «sucia», malos pensamientos, floración de imágenes prohibidas, apetitos que induzcan a explorar lo desconocido y a renovar lo conocido, desacatos sistemáticos a las ideas heredadas, los conocimientos manoseados y los valores en boga.


¿Era Narciso un mero imbécil? ¿Uno más de ese protoplasma limeño autodenominado gente decente?


Aseguró que en el sur de Italia cada varón consumía una tonelada de albahaca en el curso de su vida pues la tradición asegura que de aquella hierba aromática depende, además del buen sabor de los tallarines, el tamaño del pene, y que, en la India, se vendía en los mercados un ungüento —él lo regalaba a sus amigos que cumplían cincuenta años— a base de ajo y légañas de mono que, frotado donde correspondía, provocaba erecciones en serie, como estornudos de alérgico


Temo que ser rotario, igual que león, kiwani, masón, boyscout, opus, sea (perdóname) una acobardada apuesta a favor de la estupidez.

Toda actividad humana que no contribuya, aun de la manera más indirecta, a la ebullición testicular y ovárica, al encuentro de espermatozoides y óvulos, es despreciable.

Orina también para mí.
—Primero, tengo que comprobar que, cerrando puertas y ventanas, el baño queda totalmente a oscuras —dijo doña Lucrecia, con pragmatismo de albacea—. Cuando sea el momento, te llamaré. Entrarás sin ruido, para no cortarme. Te sentarás en el rincón. No te moverás ni dirás palabra. Para entonces, los cuatro vasos de agua empezarán a hacer su efecto. Ni una exclamación, ni un suspiro, ni el menor movimiento, Manuel. Caso contrario, me iré y no pisaré más esta casa. Puedes quedarte en tu rincón mientras me seco y arreglo el vestido. En el momento de salir, acércate, arrastrándote, y, en agradecimiento, bésame los pies.

¿Me aceptas como tu cocinerita? Soy limpiecita, pues por lo menos dos veces al día me doy un bañito. No masco chiclecitos, ni fumo cigarritos, ni tengo vellitos en las axilas y mis manitas y patitas son tan perfectas como mis tetitas y mi pompis. Trabajaré todas las horas que haga falta para tener bien contentitos a tu paladar y a tu pancita. Si hace falta, también te vestiré, desvestiré, jabonaré, afeitaré, cortaré las uñitas y limpiaré cuando hagas el dos. En las noches, te abrigaré con mi cuerpito para que en la camita no tengas friecito. Además de hacer tus comiditas, seré tu valecito, tu estufita, tu maquinita de afeitar, tu tijerita y tu papelito higiénico.
¿Me aceptas, señorcito?

No hay manía o fobia que carezca de grandeza, ya que ellas constituyen la originalidad de un ser humano, la mejor expresión de su soberanía

El cordón umbilical que los enlaza a través de las centurias se llama pavor a lo desconocido, odio a lo distinto, rechazo a la aventura, pánico a la libertad y a la responsabilidad de inventarse cada día, vocación de servidumbre a la rutina, a lo gregario, rechazo a descolectivizarse para no tener que afrontar el desafío cotidiano que es la soberanía individual.

La única patria que reverencio es la cama que holla mi esposa

Todo lo que brilla es feo.

Toda persona que escribe «nuclearse», «planteo», «concientizar», «visualizar», «societal» y sobre todo «telúrico» es un hijo (una hija) de puta. También lo son quienes usan escarbadientes en público, infligiendo al prójimo ese repelente espectáculo que afea los paisajes. Y, lo mismo, esos asquerosos que sacan la miga del pan, la amasan y la dejan hecha bolitas sobre la mesa

La obligación de una película y de un libro es entretenerme. Si viéndola o leyéndolo me distraigo, cabeceo o me quedo dormido, han faltado a su deber y son un mal libro, una mala película. Ejemplos conspicuos: El hombre sin cualidades, de Musil, y todas las películas de esos embauques llamados Oliver Stone o Quentin Tarantino.

¿Podía ser lo mismo que un hombre adulto violase a una niña impúber de diez años, crimen punible, que una señora de veinticuatro descubriese la dicha corporal y los milagros del sexo a un jovencito de diez, capaz ya de tímidos endurecimientos y escuetas transpiraciones seminales? Si en el primer caso la presunción de violencia del victimario contra la víctima era de rigor (aun si la niña tuviera suficiente uso de razón para dar su consentimiento, sería víctima de una agresión física contra su himen), en el segundo era simplemente inconcebible, pues si había habido cópula, sólo pudo haberla, de parte del niño, con aquiescencia y entusiasmo, sin los cuales el acto carnal no se habría consumado. Don Rigoberto cogió la pluma y escribió, enfebrecido de rabia: «Aunque odio las utopías y las sé cataclísmicas para la vida humana, acaricio, ahora, ésta: que todos los niños de la ciudad sean desvirgados al cumplir diez años por señoras casadas treintañeras, de preferencia tías, maestras y madrinas»

El derecho es una técnica amoral que sirve al cínico que mejor la domina