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martes, 13 de mayo de 2025

Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince

El 27 de junio de 2023, cuando la invasión de Rusia a Ucrania ya completaba año y medio, tres colombianos, una escritora ucraniana y un fixer de ese país se reunieron para cenar en una pizería de Kramatorsk, una ciudad al oriente de Ucrania. Llevaban dos días recorriendo zonas afectadas por la invasión, a escasos 35 km de la línea de combate. En medio de la cena un misil cayó sobre el restaurante. Murieron 13 personas, entre ellas la escritora ucraniana Victoria Amelina, que estaba con el fixer y los tres colombianos.

Uno de esos colombianos era el escritor Héctor Abad Faciolince, quien acaba de publicar "Ahora y en la hora", libro que relata ese instante del atentado, los días previos, los posteriores y el quiebre que significó en su vida haberse expuesto a ese riesgo.

Se trata de un libro de no ficción, una crónica de viaje y guerra, aunque quizás la etiqueta de crónica tampoco le encaja bien porque al texto le falta reportería y le falta contexto para ser un libro realmente periodístico. Es más bien un testimonio en primera persona en el que Héctor Abad se ubica en el centro de la narración para contar lo que vivió y lo que vio, aunque el libro se presente como un homenaje a Victoria Amelina, que en realidad es una figura brumosa dentro del relato. 

Al comienzo Abad afirma:"el 24 de febrero (de 2022) marcó el comienzo del más devastador y mortífero conflicto bélico que ha habido en Europa en ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial" (p. 17). La certeza de este dato depende de la fuente y la fecha de corte, porque para algunos la guerra de la antigua Yugoslavia dejó más muertos que los que ha dejado la invasión a Ucrania. Este podría ser un detalle menor en una obra literaria, pero tratándose de un libro de no ficción el rigor en los datos es imprescindible. 

Ahora y en la hora incluye introspección, poemas de Abad, algunos perfiles y una mezcla de textos que se cosen para construir un alegato a favor de Ucrania. El libro explica poco sobre el conflicto bélico, quizás porque para el autor la única explicación válida consiste en que Putin es un déspota que decidió invadir. Afirma que algunos amigos escritores no comparten su visión, pero tampoco desarrolla cuál es la visión de ellos. En una entrevista oí que el manuscrito original incluia una novela y las editoras depuraron la ficción, dejaron la no ficción y, en consecuencia, lo que llegó al lector es el fruto del trabajo que el autor no pudo terminar y dejó en manos de las editoras. Creo que eso se nota. 

 
Algunos subrayados

Mi más querido aliado, siempre, es el olvido (p. 13).

Cada libro que he escrito es tan radicalmente distinto a los anteriores que en todos ellos (en los publicados y en los que reposan en el sepulcro de mis intentos fallidos) he sentido lo mismo: que al abordarlos vuelvo a ser un aprendiz (p. 36). 

Mi cobardía habitual (enmascarada con el bello nombre de prudencia) (p. 37)

empezamos una de esas amistades a la inglesa, que —como dice Borges— excluyen las confidencias (p. 67).


es más fácil hacer el retrato de alguien a quien no conoces que el de alguien a quien conoces mucho o al menos crees conocer bastante. Es esto lo que explica que el retrato más difícil de hacer sea el de uno mismo (p. 76).

si hay quienes quieren tener la experiencia de cada instante tan intensamente como si fuera el último, estos son precisamente aquellos que sienten todo el tiempo su vida amenazada (p. 82).

La guerra es una especie de agujero negro que engulle vidas como si fueran átomos (p. 85). 

ya no tenía tiempo ni ganas de escribir ficción. La realidad era mucho más fuerte y rotunda que cualquier cosa que pudiera imaginar (p. 91). 

Cuando un escritor no ha leído a otro, la conversación entre ellos se hace ardua y es común que entre los dos se instale una especie de timidez teñida de culpa. Vamos a ciegas, los escritores, si no nos hemos leído. Al fin y al cabo, los escritores no somos casi nada, o mejor dicho, somos casi tan solo lo que hemos escrito (p. 99).

Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad (p. 115). 

Me quedo aterrada cuando me dicen valiente en Colombia. Toda la gente que me rodea hace lo mismo que yo. No es raro. Es normal. Soy reportera, somos reporteros. No nos sentimos valientes. No le doy dimensiones extraordinarias. Pienso que me falta mucho por aprender; todavía lo hago muy mal. Una y otra vez pienso que la embarré. La vez siguiente lo hago mejor. Eso me mueve a seguir haciéndolo (p. 127). 

Después de una experiencia límite, uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando (p. 132). 

Al leer a los escritores nos volvemos sus amigos, a veces casi íntimos, porque nada se parece tanto a nosotros como lo que dejamos por escrito (p. 135). 

y los escritores —algunos por lo menos— aspiramos a que los libros (y hasta los fracasos que no editamos) nos representen cuando estemos muertos, en la ilusión de una forma de supervivencia (p. 158). 

sentir plenamente la felicidad de estar vivo (que consiste sobre todo en abrazar a las personas que uno más quiere) (p. 171).

Es una gran virtud morirse sin ganas de dejar la vida, amándola todavía a pesar de todo, a pesar del dolor y los achaques, a pesar de la vejez y el deterioro inevitable del cuerpo (p. 173). 

La muerte es eso: que la realidad cesa, que el mundo que amas (tus hijos, tu mujer, tu país, tus paisajes, tus cosas) se terminan de repente y pasan a no ser nada. (p. 179). 

A mi vida le han sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias. Me doblegan, me derriban, me elevan, me exaltan, me asfixian (p. 187). 

el peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos (p. 188). 

La religión no será el opio de los pueblos, pero sí de los padres; de los padres huérfanos de hijos (p. 194). 

casi todos los libros, incluido este que quisiera escribir en mi cuaderno negro, son libros de amor (p. 199).

Tres dedos sostienen la pluma, pero todo el cuerpo trabaja (p. 201).



Ahora y en la hora
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Mayo de 2025
222 páginas

sábado, 19 de junio de 2021

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère

Así como las matrioskas contienen una muñeca dentro de otra, Una novela rusa contiene varias historias aparentemente inconexas, que se articulan a partir del protagonista-personaje-narrador: Emmanuel Carrère.

Por un lado está la historia András Toma, un húngaro prisionero de la Segunda Guerra Mundial, que pasó 54 años sin hablar en un hospital psiquiátrico de Kotelnich, una ciudad rusa, hasta que fue repatriado a su país. Por otro lado está la historia del abuelo de Carrère, quien desapareció en Burdeos en 1944 durante la Guerra. Está también la historia de la madre de Carrère, quien perdió el rastro de su padre; la de Carrère, que viaja a filmar una película en Kotelnich; están los personajes del documental; hay una muerte violenta, y, por último, todo lo anterior aparece atravesado por la tortuosa relación de Carrère con Sophie, una historia de amor llena de conflicto. Y en medio del libro el autor reproduce un cuento erótico publicado en Le Monde.

Una novela rusa está narrada en la primerísima persona del singular. Es a través de los ojos de Carrère que conocemos el paisaje ruso, los trenes, La Rochelle, la isla de Re y París, los lugares en los que transcurre la historia. Es él el que decide presentarse ante el lector como un hombre clasista, egoísta, celoso, desconectado de sus hijos. Un hombre orgulloso de su sexualidad, que se deprime, se aburre, tiene relaciones difíciles con sus padres y su pareja y escribe a partir de allí.

Cuando Carrère publicó El Adversario le cayó el éxito encima: fue un libro superventas, se rodó una película con base en esa historia y su nombre saltó a la fama internacional. Luego vino la sequía narrativa y Una novela rusa es el libro que publicó siete años después. Sorprende en este el cambio de registro, de tono, de tema. En muchos sentidos parece un libro escrito por otra persona y, al mismo tiempo, tiene profundas conexiones con su antecesor: ambos se parapetan en la no ficción, en la narración de los hechos a partir de las vivencias y datos del autor, y en la honestidad del texto. Una novela rusa es (debió ser) un libro doloroso de escribir, pero al mismo tiempo escribir salva.

 
Algunas frases
No estaba en absoluto preso, ni siquiera enfermo: vivía aquí, esto era su casa y punto (p. 153).

Es un acto doloroso, pero psíquicamente indispensable: un desaparecido es un fantasma, fuente de una angustia sin nombre que puede contaminar varias generaciones, mientras que por un muerto se puede guardar luto, llorarlo, olvidarlo (p. 172). 

Kotelnich, para mí, es donde uno reside cuando ha desaparecido (p. 176). 

Una obra maestra de economía descriptiva: las montañas, dice el narrador, son tan altas que por mucho que levantes los ojos nunca ves a los pájaros recortándose en el fondo del cielo (p. 177). 

Decir que haces textos educativos o que atiendes la ventanilla de la Seguridad Social es decir: no lo he elegido, trabajo para ganarme la vida, estoy sometida a la ley de la necesidad (p. 181). 

Nabokov estaba seguro de sí mismo y de su genio; fueran cuales fuesen las pruebas que atravesó, vemos bien que se despertaba cada mañana dando gracias a Dios por el privilegio único de haber nacido en la piel de Vladimir Nabokov (p. 185). 

Amaba las ideas, los ensayos más que las novelas, y leer un libro equivalía para él a conversar con su autor (p. 186). 

Creo que sobre todo habría querido que le respetasen. Ser importante. Visible. Existir ante los demás. Que no le vieran como un fracasado, un pobre de solemnidad toda su vida. (p. 190). 

Esta será la regla de mi nueva vida: andar derecho hacia donde me lleven los pies, sin retorno ni pesar (p. 198). 

Todo el mundo, y yo el primero, me considera un compañero encantador. Me represento mi vida futura como una sucesión de dichas y de victorias (p. 203). 

Escribiré un libro sobre su padre. Pensé durante mucho tiempo que no lo haría mientras ella viviera, y al salir de la Academia aquel día pensé lo contrario: que debo escribirlo y publicarlo antes de que ella muera. Que lo escribo para ella. Para liberarla, y no solo para liberarme yo (p. 210).

Recuerdo una novela en la que el narrador se percataba maravillado de que en todas las circunstancias las mujeres están siempre desnudas debajo de la ropa. Compartí y aún comparto ese estupor. (p. 231). 

Si tuviese el valor, yo mismo escribiría al defensor (del lector) para recordarle esta regla elemental del periodismo: cuando a un lector le gusta un artículo escribe autor, cuando no le gusta escribe a la redacción (p. 316).

¿Hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? (p.323).

Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien (p. 323). 

Cuando dos personas que han atravesado una crisis semejante, en la que cada uno ha sido la imagen de la felicidad pero también la del miedo, entonces todo se vuelve posible, la confianza debe por fin explayarse (p. 33). 

Dice que descuidamos lo que creamos poseer, que esperamos a haberlo perdido para llorarlo (p. 354). 

piedad por el dolor intolerable que Nicolás afronta y va a afrontar hasta el final de su vida (p. 365). 

No hace falta tirarse por la ventana para morir, otros como tú mueren bien vivos (p. 367). 


Emmanuel Carrère
Una novela rusa
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2007
270 páginas

domingo, 14 de febrero de 2021

Campamento de cisnes, Versos a Blok y Poesía elegíaca, de Marina Tsvietáieva

Marina Tsvietáieva nació en Moscú en 1892 y se ahorcó en agosto de 1941, luego de la invasión alemana a Rusia. Dos días antes, desesperada por su situación económica, había pedido un puesto como lavaplatos en la Unión de Escritores y se lo habían negado. Su esposo y su hija Alía habían sido detenidos en 1939. La hija estuvo 8 años condenada a trabajos forzados y el esposo, Serguei Efrón, fue fusilado luego del suicidio de Marina, acusado de traición. No fueron esas las únicas tragedias familiares: durante la Revolución Rusa dejó a sus hijas en un hospicio público porque no podía mantenerlas y la menor, Irina, murió de inanición a los 3 años. Su otro hijo, Mur, murió en 1944, a los 19 años, en la Segunda Guerra Mundial. Su hermana, la cuentista Anastasia Tsvietáieva, fue detenida en 1937 y condenada a 10 años de trabajos forzados.

La vida de Marina Tsvietáieva atraviesa su obra poética. Su esposo hizo parte del ejército contrarrevolucionario y su obra poética reunida en Campamento de cisnes se distancia de la euforia del ejército rojo para narrar el dolor de la guerra y la muerte de soldados, independiente del bando en el que militen. 

Empezó a escribir poesía a los 6 años y a publicar desde los 16. En un ejercicio de "contestar una encuesta", solicitado por su amigo Boris Pasternak, Marina explica que su mayor influencia poética viene de su madre, quien tenía una especial sensibilidad musical. También dice que sus autores favoritos son Heine, Goethe y Holderlin y sus libros favoritos El Cantar de los Nibelungos, La Ilíada y El Cantar de Ígor. 

Vivió en París, Praga y otras ciudades, y desde joven escribía en ruso, alemán y francés, y la traducción le permitió sobrevivir en épocas de crisis económica. Aunque permaneció muchos años casada con Serguei Efrón, él no fue el único amor de su vida. Fue amante de Ósip Mandelstam, así como de distintas mujeres. Mantuvo estrecha correspondencia con Rainer María Rilke, Boris Pasternak, Maiakovski y otros autores de su tiempo.

El volumen editado por Sílaba incluye un completo prólogo de Jesús García Gabaldón, traductor de los poemas. Allí se incluyen algunas afirmaciones y reflexiones sobre Marina, de donde extraigo las siguientes frases: 

"La creación es un estado de fascinación. Mientras no se ha comenzado con el trabajo, es una obsesión. Mientras no se ha terminado, una posesión. Alguien o algo nos invade y a mano no nos sigue a nosotros sino al otro. ¿Quién o qué? Aquello que exige ser a través de nosotros" (p. 26).

"Según ella, todo poeta es en esencia un emigrante del reino de los cielos y del paraíso terrenal de la naturaleza. El poeta lleva siempre el estigma especial del inconformismo, de la incomodidad" (p.26).

"La poesía, afirma Tsvietáieva, es una traducción de la lengua natal a otra, una forma de comunicación con alguien ausente. Es una forma de conjurar la separación, el vacío, la muerte, el olvido" (p. 27).

"¿Escribí yo el libro? No. El libro surgió" (p. 29).

"... un lamento por la pérdida de la tradición rusa, que conlleva, por una parte, una destrucción de la identidad cultural del espíritu ruso; y, por otra, una pérdida de la libertad individual, que para Tsvietáieva es el valor supremo de la vida humana" (p. 31). 

"Mis versos son un diario íntimo; mi poesía, una poesía de nombres propios" (p. 32).

"A diferencia de los poetas, los revolucionarios aspiran a arrebatar el poder para hacerlo más fuerte" (p. 35).

"Mi forma de comunicación favorita es con el más allá: en sueños. Soñar con alguien. La segunda es la correspondencia. Las cartas son una forma de comunicación con el más acá, no tan perfecta como los sueños, pero sujetas a las mismas leyes" (p. 42). 

"Mis cosas preferidas en el mundo: la música, la naturaleza, la poesía, la soledad. Total indiferencia hacia la vida social, el teatro, las artes plásticas y visuales. El sentimiento de propiedad se limita a hijos y cuadernos. Si fuera un escudo llevaría el lema "No te dignes". La vida es una estación, pronto partiré: a dónde, no lo diré" (p.56)


Campamento de cisnes, Versos a Blok y Poesía elegíaca

Marina Tsvietáieva

Sílaba Editores

Medellín, 2020

268 páginas

martes, 25 de abril de 2017

El fin del "Homo sovieticus", de Svetlana Aleksiévich


Se cumple este año un siglo de la Revolución Rusa de octubre de 1917, de la muerte del zar Nicolás II y su familia, y de la llegada de Lenin al poder.

Hace un siglo el comunismo se volvió una política de estado en Rusia, y pocos años más tarde se extendería por el territorio que durante décadas se conoció como la URSS. Un imperio que ganó la II Guerra Mundial, que retó a Estados Unidos y que diseminó la semilla del comunismo en los países de la Cortina de Hierro, pero también en Latinoamérica, África y Asia. El fin del "Homo sovieticus", de la premio Nobel de Literatura bielorrusa Svetlana Aleksiévich se ocupa del fin de esa historia: de la sustitución del comunismo por el capitalismo a partir de la Perestroika de Gorbachov, a finales de los 80 y comienzos de los 90.

Desde occidente el fin de la URSS se recibió con alborozo: acabó la Guerra Fría, terminó la amenaza latente de una tercera guerra mundial y para muchos ciudadanos de "el resto del mundo", el desmonte del régimen comunista significó una especie de liberación de ciudadanos que sufrieron todo tipo de violaciones a los derechos humanos, desde las purgas estalinistas anteriores a la II Guerra Mundial hasta las detenciones masivas y los trabajos forzados en los gulags en Siberia, narrados por Aleksandr Solzhenitsyn, así como restricciones a derechos fundamentales como la movilidad y la expresión, denunciados por los premios Nobel  Boris Pasternak (literatura) y Andréi Sájarov (Paz). 

Sin embargo esa es apenas una versión de los hechos, real pero incompleta. Svetlana Aleksiévich usa la entrevista periodística como recurso para recoger las voces de centenares de personas, a lo largo y ancho de la geografía de la URSS, para narrar desde sus propias vidas lo que significó para cada cual el fin del comunismo en su país. Y la conclusión es que hay tantas lecturas posibles como ciudadanos soviéticos.

El método y la estructura son muy similares a Voces de Chernóbil, el libro coral en el que múltiples voces cuentan lo que significó el accidente nuclear ocurrido en 1996. El interés de Alexsiévich por las voces de gente del común queda explícito desde las primeras páginas: "Siempre me ha atraído ese espacio minúsculo, el espacio que ocupa un solo ser humano, uno solo... Porque, en verdad, es ahí donde ocurre todo". Y agrega: "Nunca deja de sorprenderme lo apasionante que puede ser una vida humana cualquiera. O la infinidad de verdades que esgrimen los hombres, cada uno la suya. A la historia sólo parecen preocuparle los hechos, las emociones quedan siempre marginadas, no se les suele dar cabida en la historia. Pero yo observo el mundo con ojos de escritora, no de historiadora. Y siento una gran fascinación por el ser humano...".

Durante más de 70 años los soviéticos aprendieron a despreciar el dinero y el libre mercado. Sufrían restricciones y escasez pero al mismo tiempo tenían acceso a educación superior de calidad y a pensiones. El libro narra el drama de personas que confiaron en el comunismo, esperaban si acaso un comunismo con "rostro humano", con menos violencia y sangre, pero la transición al capitalismo los dejó en la miseria, con un desempleo rampante y el surgimiento de una nueva clase hábil para los negocios y el dinero fácil. 

Aleksiévich narra paradojas como las de las ex repúblicas soviéticas, que siempre vieron a Moscú como su capital y ahora la ven como su enemigo porque sus países están en guerra con los rusos; la añoranza que las generaciones más jóvenes tienen hoy de Stalin, a quien ven como el héroe de un imperio que le ganó a los nazis, y no como un dictador opresor; la lealtad a toda prueba hacia el comunismo de varias generaciones de rusos que salían de la cárcel para seguir sirviéndole a Stalin o al Partido Comunista con convicción; la enorme distancia que hay entre Moscú y las comunidades rurales de Rusia; la nostalgia que les produce haber dejado de ser un imperio militar; la delincuencia que se tomó las calles rusas luego del fin del hipercontrol estatal soviético y la cantidad de suicidios ocurridos en los años de la transición al capitalismo.

El fin del "Homo" Sovieticus es un libro duro, magistralmente escrito, útil para repasar la historia rusa del Siglo XX y para constatar que la realidad tiene mucho más que dos caras. La historia está llena de matices.


Algunas frases
"Muchos vieron en la verdad a un enemigo. Lo mismo que hicieron después con la libertad".

"Para nosotros, el descubrimiento del dinero fue como la deflagración de una bomba atómica".

"la gente de a pie no vive preocupada por la historia. Sus vidas son mucho más elementales: enamorarse, casarse, ver crecer a sus hijos... Levantar una casa".

"Ahora los poetas han cedido su sitio en las tribunas a los magos y los videntes".

"Dar libertad a los rusos es como proporcionar anteojos a una comadreja. Nadie sabe qué hacer con ella..."

"Nos hemos convertido en un país del tercer mundo. ¿Dónde están ahora los que animaban a Yeltsin? Creían que vivirían como los estadounidenses y los alemanes, pero ahora vivimos como los colombianos. Somos los perdedores... Hemos perdido el país".

"Dicen los libros que la Rusia zarista se desvaneció en tres días. otro tanto le sucedió a la Rusia comunista. Dos días bastaron..."

"Yo soy atea, pero si no lo fuera tendría muchas preguntas que hacerle a Dios..."

"hace mal en confiar tanto en el hombre, en la verdad que pueda comunicarle un hombre... La historia recoge la vida de las ideas. Y no son los hombres quienes la escriben, sino el tiempo. Las verdades que manejan los hombres son como esos clavos en los que cualquiera puede colgar un sombrero".

"¿Sabe qué anhelábamos realmente? Un socialismo light, un socialismo con rostro humano... ¿Y qué es lo que tenemos ahora? El capitalismo salvaje".

"El comunismo es como la ley seca: una buena idea que no funciona".

"Uno puede vivir de la limosna de los recuerdos".

"En las guerras no hay héroes... Nadie que empuñe un arma puede comportarse con nobleza. Jamás. Es imposible".

"Las palabras guerra y cárcel son las piedras angulares de la lengua rusa. ¡Ay, Rusia! Ninguna mujer rusa ha podido vivir jamás junto a un hombre normal".

"El amor es un trabajo pesado. Sí, yo concibo el amor, sobre todo, como un trabajo".

"Porque en mi infancia estuve rodeado de mucho amor", decía. Eso es lo que nos salva, la cantidad de amor recibido, ésa es la reserva que nos hace resistentes".

"Y descubrí que una mujer puede ir por el mundo contando las humillaciones que ha padecido, pero un hombre jamás se puede permitir tal cosa".

"Las víctimas son las que cuentan sus historias, las que quedan aquí para hablar, pero los verdugos... Los verdugos callan. Escurren el bulto, se meten en un agujero... Los verdugos carecen de nombre propio y apellidos, de voz. Los verdugos no dejan huellas. No sabemos nada de ellos".

"La soledad es la libertad... Cada día me felicito de la libertad de la que disfruto".

"Mi madre me dio un consejo muy útil hace tiempo: "ningún hombre ha superado jamás la edad de catorce años".


El fin del "Homo sovieticus"
Svetlana Aleksiévich
Traducción de Jorge Ferrer
Editorial Acantilado
Edición original 2013
643 páginas

domingo, 10 de enero de 2016

Voces de Chernóbil, crónica del futuro, de Svetlana Alexievich

A veces el Premio Nobel de literatura se lo gana un autor conocido como Vargas Llosa y entonces uno siente que quedó entre la familia. Otras veces, en cambio, la tómbola cae en un autor de nombre impronunciable, de un país que no se ubica automáticamente en el mapa. Es entonces la oportunidad de conocer y ampliar el espectro.

Svetlana Alexievich es una periodista bielorrusa que estudió en Minsk y trabajó como reportera en distintos medios de comunicación, hasta que se dedicó a escribir reportajes de largo aliento. 

El anuncio de su nombre como ganadora del Premio Nobel de Literatura en octubre 2015, una reivindicación a las posibilidades literarias del periodismo escrito, cogió desprevenidos a los editores y libreros hispanoamericanos, ya que aunque entre 1985 y 2015 Alexievich publicó al menos seis libros de ensayo y reportaje, en ese momento sólo 2 habían sido traducidos al español y sólo Voces de Chernóbil estaba disponible en Colombia. El otro, La guerra no tiene rostro de mujer, fue importado en pequeñas cantidades después del anuncio del premio y aún no se consigue por fuera de las grandes ciudades.

Voces de Chernóbil parece un coro griego. Así como en las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides hay unos protagonistas acompañados de un coro polifónico que interviene para encadenar hechos, anunciar desgracias o lamentar desastres, así en Voces de Chernóbil aparecen múltiples voces individuales que narran su desgracia y que en conjunto construyen un coro que da voz y forma a un desastre que no fue un accidente sino un crimen de Estado en tiempos de Gorbachov. 

La historia que nos ha llegado a quienes vivimos al otro lado del planeta dice que el 26 de abril de 1986 explotó un reactor atómico en Chernóbil, Ucrania, en la frontera con Bielorrusia. Producto de ese accidente y la nube radioactiva que generó, y que sólo fue alertada días después por Suecia, en los meses y años siguientes la población de la zona nació con malformaciones y fue más propensa al cáncer. Leer a Alexievich es conocer el drama por dentro: Las mentiras de la prensa soviética, la falta de protección de bomberos, soldados, campesinos; la desinformación a las personas afectadas; la corrupción con las donaciones, el duelo de las viudas, la tristeza eterna de los padres que entierran hijos y nietos por leucemia y cáncer de tiroides.

Acertadamente el libro tiene como subtítulo "Crónica del futuro". Se trata de una crónica sobre una amenaza nueva para la humanidad. No es una guerra pero la guerra es lo más parecido que hay para describir los estragos causados. Es una crónica del futuro por la incertidumbre que genera la tragedia, por las preguntas que provoca: niños que saben que morirán pronto, niñas que temen engendrar monstruos, el miedo de esperar la muerte. Pero también porque en medio de la rabia contra el poder hay nuevas formas para la alegría, el amor y la familia.

Más allá del contenido de la historia, para los periodistas es particularmente interesante la forma del relato. La autora hace numerosas entrevistas y decide escribir monólogos. No son diálogos ni perfiles. No sabemos casi nada de la apariencia física de los entrevistados, ni muchos detalles sobre sus viviendas u oficinas o su atuendo. Tampoco sabemos qué preguntas les hace. Sólo conocemos sus voces, algunas ilustradas, ordinarias, algunas rabiosas, muchas resignadas. En un pueblo soviético, acostumbrado al ateísmo estatal, llama la atención la necesidad de tantos por aferrarse a la religión como única explicación o consuelo para tanta desgracia.

Su estilo es efectivo, atrapa desde las primeras páginas. Tiene la fuerza que los lectores colombianos ya conocemos en la obra de Alfredo Molano Bravo. Los testimonios de Molano tienen más de una similitud con los de esta nueva Premio Nobel.

Algunas frases:
Él la lanza por el aire hacia el techo y los dos ríen. Y yo los miro y pienso: qué sencillo es ser feliz. Tan sencillo...

Quería ser como todos los demás. No hay que tenerme lástima. Hubo un tiempo en que fui feliz. 

Yo, en cambio, me dedico a lo que he denominado la historia omitida, las huellas imperceptibles de nuestro paso por la tierra y por el tiempo. Escribo y recojo la cotidianidad de los sentimientos, los pensamientos y las palabras. Intento captar la vida cotidiana del alma. La vida de lo ordinario en unas gentes corrientes. 

Ha quedado claro que además de los desafíos comunista y nacionalista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros, más salvajes y totales, pero que aún siguen ocultos a nuestros ojos.

Todo lo que conocemos de los horrores y temores tiene más que ver con la guerra. El gulag estalinista y Auschwitz son recientes adquisiciones del mal.

Hubo un tiempo en que los indios de México e incluso los hombres de la Rusia precristiana pedían perdón a los animales y a as aves que debían sacrificar para alimentarse.

Los hijos te aguantan, te aguantan y, al final, acaban por herirte. Los hijos te dan alegrías mientras son chicos.

Durante el día vivíamos en el lugar nuevo, pero por la noche en casa. En sueños.

Recé para reunirme con ellos. De algunos, Dios se apiada, pero a mí aún no me ha dado muerte. Sigo viva.
—Pues a mí no me da miedo morirme. Nadie vive dos veces. ¿No caen las hojas? ¿O los árboles?

Y nosotros que nos creíamos que todo aquello era indestructible, que sería así para siempre. Que lo que hierve en la olla es eterno. Nunca me hubiera creído que todo cambiaría. 

¿Hay algo más pavoroso que el hombre?

La vida del hombre es como la hierba, que crece, se seca y se arroja al fuego.

No sé por qué nadie se mete con los pescadores y en cambio todos echan pestes de los cazadores. 

Somos fatalistas. No tomamos ninguna iniciativa porque estamos convencidos de que las cosas irán como han de ir. Creemos en el destino. Y esta es nuestra historia. A cada generación le tocó su guerra. Cuánta sangre. 

Una mezcla de prisión y jardín de infancia: esto es el socialismo. El hombre entregaba al Estado el alma, la conciencia, el corazón, y a cambio recibía una ración.

El progreso exige víctimas y cuando más lejos vayamos, más serán las victimas. 

Si la fe en la razón abandona al hombre, en su alma se instala el miedo, como ocurre con los salvajes.

Una persona que sacrifica su vida, me venía a decir, no se percibe a sí misma como una personalidad única, irrepetible, como un ser que ya no volverá a existir nunca más.

He comprendido que solo tiene sentido el tiempo vivido. Nuestro tiempo vivido.

Somos metafísicos. No vivimos en la tierra sino en nuestras quimeras, en las conversaciones. En las palabras. Debemos añadirle algo más a la vida cotidiana para comprenderla. Incluso cuando nos encontramos junto a la muerte. 

Pero lo que les preocupaba no era la gente, sino su poder. En un país donde lo importante no son los hombres sino el poder, la prioridad del Estado está fuera de toda duda. Y el valor de la vida humana se reduce a cero.

Soy una buena bibliotecaria, pero no entiendo cómo alguien puede querer apasionadamente un trabajo. Yo solo lo quería a él. A él solo. Y no puedo vivir sin él.


Voces de Chernóbil, crónica del futuro
Svetlana Alexievich
Traducción de Ricardo San Vicente
Editorial DeBolsillo
Edición original 2005
406 páginas