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martes, 13 de mayo de 2025

Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince

El 27 de junio de 2023, cuando la invasión de Rusia a Ucrania ya completaba año y medio, tres colombianos, una escritora ucraniana y un fixer de ese país se reunieron para cenar en una pizería de Kramatorsk, una ciudad al oriente de Ucrania. Llevaban dos días recorriendo zonas afectadas por la invasión, a escasos 35 km de la línea de combate. En medio de la cena un misil cayó sobre el restaurante. Murieron 13 personas, entre ellas la escritora ucraniana Victoria Amelina, que estaba con el fixer y los tres colombianos.

Uno de esos colombianos era el escritor Héctor Abad Faciolince, quien acaba de publicar "Ahora y en la hora", libro que relata ese instante del atentado, los días previos, los posteriores y el quiebre que significó en su vida haberse expuesto a ese riesgo.

Se trata de un libro de no ficción, una crónica de viaje y guerra, aunque quizás la etiqueta de crónica tampoco le encaja bien porque al texto le falta reportería y le falta contexto para ser un libro realmente periodístico. Es más bien un testimonio en primera persona en el que Héctor Abad se ubica en el centro de la narración para contar lo que vivió y lo que vio, aunque el libro se presente como un homenaje a Victoria Amelina, que en realidad es una figura brumosa dentro del relato. 

Al comienzo Abad afirma:"el 24 de febrero (de 2022) marcó el comienzo del más devastador y mortífero conflicto bélico que ha habido en Europa en ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial" (p. 17). La certeza de este dato depende de la fuente y la fecha de corte, porque para algunos la guerra de la antigua Yugoslavia dejó más muertos que los que ha dejado la invasión a Ucrania. Este podría ser un detalle menor en una obra literaria, pero tratándose de un libro de no ficción el rigor en los datos es imprescindible. 

Ahora y en la hora incluye introspección, poemas de Abad, algunos perfiles y una mezcla de textos que se cosen para construir un alegato a favor de Ucrania. El libro explica poco sobre el conflicto bélico, quizás porque para el autor la única explicación válida consiste en que Putin es un déspota que decidió invadir. Afirma que algunos amigos escritores no comparten su visión, pero tampoco desarrolla cuál es la visión de ellos. En una entrevista oí que el manuscrito original incluia una novela y las editoras depuraron la ficción, dejaron la no ficción y, en consecuencia, lo que llegó al lector es el fruto del trabajo que el autor no pudo terminar y dejó en manos de las editoras. Creo que eso se nota. 

 
Algunos subrayados

Mi más querido aliado, siempre, es el olvido (p. 13).

Cada libro que he escrito es tan radicalmente distinto a los anteriores que en todos ellos (en los publicados y en los que reposan en el sepulcro de mis intentos fallidos) he sentido lo mismo: que al abordarlos vuelvo a ser un aprendiz (p. 36). 

Mi cobardía habitual (enmascarada con el bello nombre de prudencia) (p. 37)

empezamos una de esas amistades a la inglesa, que —como dice Borges— excluyen las confidencias (p. 67).


es más fácil hacer el retrato de alguien a quien no conoces que el de alguien a quien conoces mucho o al menos crees conocer bastante. Es esto lo que explica que el retrato más difícil de hacer sea el de uno mismo (p. 76).

si hay quienes quieren tener la experiencia de cada instante tan intensamente como si fuera el último, estos son precisamente aquellos que sienten todo el tiempo su vida amenazada (p. 82).

La guerra es una especie de agujero negro que engulle vidas como si fueran átomos (p. 85). 

ya no tenía tiempo ni ganas de escribir ficción. La realidad era mucho más fuerte y rotunda que cualquier cosa que pudiera imaginar (p. 91). 

Cuando un escritor no ha leído a otro, la conversación entre ellos se hace ardua y es común que entre los dos se instale una especie de timidez teñida de culpa. Vamos a ciegas, los escritores, si no nos hemos leído. Al fin y al cabo, los escritores no somos casi nada, o mejor dicho, somos casi tan solo lo que hemos escrito (p. 99).

Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad (p. 115). 

Me quedo aterrada cuando me dicen valiente en Colombia. Toda la gente que me rodea hace lo mismo que yo. No es raro. Es normal. Soy reportera, somos reporteros. No nos sentimos valientes. No le doy dimensiones extraordinarias. Pienso que me falta mucho por aprender; todavía lo hago muy mal. Una y otra vez pienso que la embarré. La vez siguiente lo hago mejor. Eso me mueve a seguir haciéndolo (p. 127). 

Después de una experiencia límite, uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando (p. 132). 

Al leer a los escritores nos volvemos sus amigos, a veces casi íntimos, porque nada se parece tanto a nosotros como lo que dejamos por escrito (p. 135). 

y los escritores —algunos por lo menos— aspiramos a que los libros (y hasta los fracasos que no editamos) nos representen cuando estemos muertos, en la ilusión de una forma de supervivencia (p. 158). 

sentir plenamente la felicidad de estar vivo (que consiste sobre todo en abrazar a las personas que uno más quiere) (p. 171).

Es una gran virtud morirse sin ganas de dejar la vida, amándola todavía a pesar de todo, a pesar del dolor y los achaques, a pesar de la vejez y el deterioro inevitable del cuerpo (p. 173). 

La muerte es eso: que la realidad cesa, que el mundo que amas (tus hijos, tu mujer, tu país, tus paisajes, tus cosas) se terminan de repente y pasan a no ser nada. (p. 179). 

A mi vida le han sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias. Me doblegan, me derriban, me elevan, me exaltan, me asfixian (p. 187). 

el peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos (p. 188). 

La religión no será el opio de los pueblos, pero sí de los padres; de los padres huérfanos de hijos (p. 194). 

casi todos los libros, incluido este que quisiera escribir en mi cuaderno negro, son libros de amor (p. 199).

Tres dedos sostienen la pluma, pero todo el cuerpo trabaja (p. 201).



Ahora y en la hora
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Mayo de 2025
222 páginas

sábado, 12 de octubre de 2024

El silencio del violonchelo, de Vera Grabe

Hace al menos 30 años leí "Vida mía" un libro de Silvia Gálvis que recoge testimonios de mujeres colombianas reconocidas que tuvieron que afrontar distintas dificultades, y recuerdo aún la crudeza de lo que Vera Grabe le contó a la periodista, o quizás mejor, de lo que la periodista logró sacarle: detalles de las torturas que sufrió a manos de militares, cuando la capturaron por su militancia guerrillera en el M-19, y la difícil vida de la clandestinidad y la muerte de sus compañeros.

"El silencio del violonchelo" no llega a ese nivel de intimidad y emotividad. Es un ensayo escrito en primera persona en el que Vera Grabe reflexiona sobre las circunstancias particulares que implica la lucha armada para una mujer: la dificultad de decidir sobre la maternidad, la sexualidad en los campamentos, el secretismo con la familia, como medida de protección, y la necesidad de vivir las relaciones y los afectos en un eterno y radical presente, porque el futuro es incierto.

Vera Grabe tiene la posibilidad de contar detalles de la vida cotidiana en la tropa que han sido poco narrados en nuestra literatura y que ella conoció de primera mano. Sin embargo, quizás por sus años en la clandestinidad y su disciplina en el secretistmo, todo se narra con hondura y honestidad, pero con distancia. Sin infidencias, sin confesiones emotivas, con contención emocional, aunque no con frialdad. Usa el plural de la primera persona para evitar referencias personales que fueron colectivas pero que apelan directamente a su vida, como por ejemplo el sentimiento de deuda por los hijos que no pudieron criar. 

Después de la desmovilización del M-19 en 1990 varios de sus militantes fueron asesinados y otros lograron participación en la vida política de Colombia, por la vía electoral. Ese compromiso público exige costos o renuncias personales. "El silencio del violonchelo" habla sobre esos intereses personales que fueron aplazados o silenciados ante las necesidades de la vida guerrillera.
 
Algunos subrayados
Y aún hoy, la política como ejercicio dista mucho de humanizarse, en el sentido de que opone vida a compromiso público: sigue siendo una actividad absorbente (p. 9).

Después de muchos años es fácil caer en lecturas moralizantes, juzgar el ayer según parámetros actuales. El reto es cómo contar la historia incorporando los aprendizajes actuales, pero comprendiendo el ayer (p. 10).

"Usted no ha perdido el vicio de la clandestinidad". ¿Qué quería decir con eso? Más que la introversión como un rasgo de mi personalidad, se refería a la inmensa dificultad que me costaba haclar de mí como persona, expresar lo que sentía y quería, contar cosas de mi vida (p. 15).

La paz es también recuperar proyectos individuales (p. 16). 

ir a la cárcel significó para mi padre la recuperación de su hija; y para mí recuperar al padre como confidente, porque por fin, sin el obstáculo del secreto, pudimos recuperar el diálogo perdido por años (p. 20).

Una compañera dijo una vez que para ella era fácil amar a cualquier compañero, porque la afinidad los convertía en seres muy cercanos y amables, es decir, aptos para ser amados (p. 22). 

Los secretos amorosos eran tal vez los únicos que compartíamos entre mujeres, porque las cosas que nos pasan en la vida, lo que nos conmueve y ocupa, realmente sólo existe cuando lo podemos socializar, así, en secreto, con destinos afines (p. 23). 

en una vida que se vivía en tiempo presente, las exigencias de fidelidad eterna estaban suspendidas (p. 25).

En ese mundo de milicia no se hablaba de lo que se sentía, de cómo se sentía cada cual. Eran colectivos que tenían que probar que eran fuertes. Pero en el juego de los desafíos y del afianzamiento del colectivo, la mayoría de hombres y mujeres se hacían sus propias preguntas, y tenían sus propias dudas, su propia soledad (p. 29). 

el afecto genera incondicionalidad, pero al mismo tiempo implica un sentido de responsabilidad, de poner límites a la guerra (p. 35). 

aunque no estaba escrito, se suponía que los mandos femeninos debían pedir permiso para tener hijos (p. 39). 

(sobre los hijos) lo único que a estas alturas sé es que desprenderse también puede ser un acto de amor (p. 42).

muchos de quienes tuvimos hijos e hijas en medio de la guerra sentimos que tenemos una deuda con ellos. Tuvimos encuentros furtivos, a nuestro modo estuvimos presentes en su vida, pero no en su cotidianidad. Y ese es un tiempo que no se recupera. Vivir momentos no es lo mismo que vivir procesos cotidianos (p. 43). 

El silencio del violonchelo
Vera Grabe
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del Pueblo
Bogotá
Octubre de 2023
47 páginas

miércoles, 26 de junio de 2024

Mis recuerdos de colegio, de Rita Andrión de Mejía

Lo poco que se encuentra en Internet sobre Rita Andrión es que fue la esposa de Alfonso Mejía Robledo, el autor de Rosas de Francia. En unos cuantos textos académicos aparecen breves referencias a su libro "Mis recuerdos de colegio", pero siempre como una glosa al margen del análisis sobre la obra de su marido.

Mis recuerdos de colegio es un libro publicado en 1938 en Pereira en la Editorial Panoramas que fundó Alfonso Mejía. La introducción escrita por él informa que el libro corresponde a la compilación de textos publicados por ella en la Revista Panoramas, en los que fue recordando historias alrededor del colegio. Este dato es importante porque el libro está construido a partir de 25 relatos de anécdotas o episodios que al irse sumando dan estructura a un relato en el que la autora rememora aventuras y travesuras de sus años como interna en un colegio de monjas en Bélgica.

El libro no trae fechas así que no es fácil ubicar la época en la que ocurre el relato, pero sí es posible intuirlo. Rita Andrión nació en Panamá en 1893. Al comienzo del libro ella dice que llegó a Bélgica luego de estudiar un año en Estados Unidos y tres años en Curazao, o sea que sumaba al menos 4 años de formación fuera de su hogar. Al final del libro la autora indica que poco después de regresar de Europa empezó la "Gran guerra europea", que inicia en julio de 1914, y también regresa poco antes de la muerte de su padre. El registro de defunción de Benigno Andrión Tejada daría un dato más preciso, aunque es claro que el libro ocurre en una época que se ubica a comienzos de la segunda década del siglo XX o finales de la primera. Es decir que Rita Andrión escribe su obra al menos 25 años después de ocurridos los hechos que rememora, y quizás pueden ser más.

Aunque el libro describe la vida en un internado de monjas, las historias de Rita Andrión no son religiosas o místicas. Su texto se regodea en describir travesuras juveniles, escapadas, risas y acciones realizadas a escondidas. Hay también el relato del amor filial que ella siente por una docente religiosa, con la que intercambia notas y furtivos espacios. No hay insinuación de un amor lésbico juvenil aunque en un ambiente tan prohibitivo como el de aquellos años quizás el libro admita una lectura con ese enfoque. 

Otro ángulo de análisis es la literatura de viajes: aunque el libro transcurre en buena parte en el colegio, la autora narra el viaje desde su Panamá natal hasta Francia, el viaje de regreso en un trasatlántico y los viajes en tren de Francia a Bélgica. Así mismo recrea un viaje largo en compañía de compañeras de colegio a Londres.

La edición del libro se parece a la de "Memorias de un viaje", de María Botero Robledo: es un libro pequeño, ilustrado con fotografías de los lugares que se van narrando. Así mismo comparte con Uva Jaramillo Gaitán la narración similar de un suceso impactante: la muerte de un viajero dentro del trasatlántico y la imagen del cadáver que se arroja al mar. Aunque la descripción que aparece en Diario fugaz es mucho más detallada, hay similitud frente a lo que describe Rita Andrión.


Algunos subrayados
Muchas veces pensé que en el suntuoso colegio de Wavre Notre Dame no iba a ser feliz (p. 17)

Su belleza era virginal y sus modales de una distinción exquisita. Correspondía él nucstro cariño y se propuso ser una madre,cita angelical para cada una de nosotras (p. 20)

Estábamos en diciembre, el mes más bello del invierno. Ya habían caído varias nevadas y los árboles estaban cubiertos de nieve; el cielo bajo y gris. Otras veces, al mirarlo, me parecía que el hielo se me iba corazón adentro (p. 26).

pedimos a Madre Matilde que nos prestara unos hábitos para vestirnos de monjas, a lo que ella accedió gozosa. Mucho gozamos poniéndonos esos, para nosotras, molestosos ropajes y recuerdo yo que al verme en el pequeño espejo de mi tocador me pareció que aquello de mi apariencia monjil era una realidad y exclamé angustiada: -Nó, nó, núnca seré monja!. ..(p. 30).

en los países civilizados, de vieja cultura donde las gentes están acostumbradas e ver y a comprender el arte desde su niñez, nadie se extraña ni se altera ante un desnudo que representa una obra de arte (p. 32).

Traducíamos del inglés al francés los poetas y escritores ingleses; entre los difícles recuerdo el canto guerrero de Walter Scott, -The Lay of the last Minstre,.; -Harnlet- ,- «Julius Ceaser-, « Othelo » ; «The Comedy of Errors- de Shakespeare, y muchos otros de Dickens, .Wordwooth, Longfellow, etc (p. 43).

Rita es de un caracter alegre y franco y magnifica arruga; es muy buena o muy mala alumna, depende de la maestra. Si usted logra interesarla realmente, tendrá en ella la mejor alumna y una armga adicta» (p. 46).

la Reverenda Madre, María Josefa quiso que yo recitara en español y me enseñó, una bellísirna composición de Zorrilla (p. 47).

En cuanto a paisajes, el. belga tiene muy poco atractivo, porque es siempre igual; su suelo es llano, cultivado integralmente; tierras bajas, donde no se. puede admirar ni una pequeña montaña, ni siquiera una colina que valga la pena (p. 48).

Sin ofender la modestia, creo que puedo decir que las latino-americanas éramos siempre las más desprendidas y que las monjas, a la vez que se extrañaban sentían gozo marcado con nuestras dádivas (p. 67)

Otra vez ya me había contestado en forma semejante al contarle que me había robado unas manzanas del jardín: 
-Cuántas? 
-Tres, padre. 
-Mañana róbate seis! (p. 76).

Siempre había recordado la costumbre de mi abuelita materna que recibía en su casa todos los sábados a los pobres de los campos y les ayudaba a Curar de sus dolencias; ella misma les vendaba las heridas, les lavaba las úlceras, cte. y yo me recreaba pensando en el gozo de mi abuela cuando una de sus nietas pudiera ayudarla en sus uootcs tareas humanitarias (p. 97).

envidiaba a los hombres que podían ser médicos para curar a tanto desgraciado, para aliviar las infinitas dolencias corporales de las gentes, porque, aun cuando yo sabía ya que había algunas doctoras en medicina, nunca me pareció propia de la mujer esta noble profesión por considerar que la que a ella se dedica no puede cumplir a cabalidad con sus deberes profesionales o descuida la más importante y hermosa tarea que Dios le ha encomendado: la maternidad (p. 102)

yo decía que las medallas eran una responsabilidad que le daba a la vida de colegio una monotonía desesperante-, yo no quería tenerlas sin merecimientos y los merecimientos eran muy cansones, pues querían decir silencio a todas horas; jamás una escapada; abdicar de las amigas normalistas, seriedad y compostura! (p. 104) 

Quién me iba a decir también que pocos días después la gran guerra europea iba a azotar el país que yo dejaba y que mi hermoso colegio, convertido en Hospital de Sangre, iba a contemplar días de terrible fiereza y de terror sin medida! (p. 110).

Si nos ponemos a mirar hacia atrás en nuestra vida, encontramos que muchas veces se repiten en ellas algunos hechos como viajes y encuentros; entonces sino fuera porque nos duele una herida mal cicatrizada o viva aún, que lastima aquello mismo que volvemos a ver. creeríamos que el tiempo no había pasado y que jamás nos habíamos alejado de aquel s~- tío, o dejado de ver aquella persona. Y al sentir nuevamente la emoción lejana, nos parece que una daga misteriosa apuñalara nuestro corazón hasta hacerlo sangrar (p. 119). 

Amo el mar! Siento un íntimo deleite cuando voy descalza sobre la arena en busca de sus aguas tibias y acariciadoras; aspiro entonces el aire salobre que brinda alegria y ofrece salud; beben mis ojos el supremo paisaje de la infinita lejania; me tiendo gozosa sobre el lomo de la ola y siento que bulle en mí el sano deleite de vivir la vida intensamente (123) 
 


Mis recuerdos de colegio
Rita Andrión de Mejía
Pereira
Editorial Panoramas
1938
126 páginas

domingo, 19 de mayo de 2024

Niñapájaroglaciar, de Mariana Matija

Niñapájaroglaciar es el relato escrito en primera persona por Mariana Matija, diseñadora visual nacida en Manizales que se dedica a trabajar en proyectos de activismo ambientalista que buscan cambiar la relación con la tierra.

Este libro está escrito con un lenguaje singular, cercano al tono de la oralidad, que seguramente otras mujeres que crecimos a finales del siglo XX en Manizales podemos sentir tan cercano que el texto nos convierte a nosotras, las lectoras, en otras niñaspájaroglaciar, en la medida en que abre los sentidos para ver, oír y apreciar la riqueza del entorno cercano. 

Mariana Matija visita Islandia y descubre que en islandés muchas palabras se forman de unir dos sustantivos: el volcán que explotó allá se llama Eyjafjallajokull que significa algo así como Islamontañaglaciar, y así hay otras palabras que le permiten construir a la autora, desde el lenguaje, conceptos singulares que van desde tucuerpomicuerpo, para explicar la simbiosis con una gata, hasta Niñapájaroglaciar, el título del libro, que refleja bien el tipo de ser que ella es. Con ese lenguaje ella comunica y saca al exterior su paisaje interno, poblado de un amor expandido a múltiples formas de vida y a distintos lenguajes distintos al habla de los humanos.

Niñapájaroglaciar es un texto autobiográfico que trasciende en mucho la mera anécdota. Hay humor, hay una crítica al colegio, hay recuerdos de la infancia y la adolescencia, hay una lectura sobre lo que significa ser niña en una sociedad machista y hay, sobre todo, un duelo que no se enuncia como tal: el duelo por los animales que se extinguen, los glaciares que se derriten y el paisaje que cambia. Las montañas que se pueblan de árboles de aguacate, en fila y uniformados como si estuvieran en un colegio. Un duelo que duele, por sentir que el paisaje amado muere y que los humanos siguen siendo incapaces de entender que son un animal más. El animal más destructor.


Algunos subrayados 

Mi corazón se convirtió fugazmente en pájaro y se reconoció en otro pájaro y no quiero que esa sensación se me olvide (p. 10).

Llegaron a mi vida inesperadamente y, como todas las cosas bellas, trajeron un nuevo vacío, el que me quedaba en el corazón y en el estómago cuando íbamos a la cabaña (p. 12).

Cuando volví a Manizales y oí un afrechero me sentí en casa. Mi casa es la sensación que me aparece en el cuerpo al oír el canto de los afrecheros (p. 16). 

no recuerdo cómo eran los nevados cuando estaba chiquita, aunque recuerdo haberlos mirado mucho. Pero sí sé cómo son ahora y puedo compararlos con fotos tomadas antes de que yo naciera y darme cuenta de cuánto han cambiado sus glaciares. Tampoco recuerdo cómo eran los cerros que rodean a los nevados, pero me imagino que estaban menos pelados que ahora. Me gustaría recordar. Me gustaría tener fotos. Me gustaría haber tenido la lucidez para hacer un registro de los nevados y los cerros que los rodean, para poder saber cómo se han transformado (p. 18).

Están en el mismo lugar pero no siguen siendo los mismos y no todo está bien. Los glaciares están subiendo, buscando pisos térmicos más fríos que no existen. Están deshaciéndose, chorreándose en riachuelos que son tragados por la vegetación esponjosa y las lagunas del páramo. El páramo, por lo tanto, tampoco es el mismo: está tragándose a los glaciares porque no le queda más remedio, y después los deja seguir chorreando hacia abajo ya convertidos en agua que no volverá a ser hielo, o por lo menos no de ese glaciar. Tal vez llegará a una bocatoma y pasará por un tubo y llegará a un grifo de un lavaplatos en una casa en la que se convertirá en hielo de cubeta para echarle a una cocacola que será bebida por alguien que no sabe que su hielo está hecho con agua de un glaciar en extinción (p. 19). 

La memoria siempre es creativa, pero unas veces más que otras. Recuerda, sí, pero también inventa y hace collages mezclando cosas que sí pasaron y que se vivieron en primera persona, cosas que sí pasaron y que llegaron a través de la experiencia de otra persona, y cosas que no pasaron pero hacen que la historia sea más interesante o más digerible o más tolerable. Y la memoria, claro, también olvida (p. 23).

no hay malestares o bienestares, sino solo estares que a veces se sienten bien y a veces no tanto (p. 36).

No sabía que ser niña implicaba tener un límite, un borde (p. 45). 

Descubrí que unas palabras mal escogidas podían matar lo que amo (p. 50).

Yo no quería correr para darle vueltas a la misma cancha ni jugar los mismos partidos obligados de baloncesto ni darme golpes en los antebrazos con los balones de voleibol que parecían de piedra ni nada de lo que nos ponían a hacer para castigarnos por el pecado horrible de ser cuerpos, de ser niñas y cuerpos en un mundo que no nos veía como animales sino como máquinas que transportan mente (p. 53). 

El colegio era el lugar en el que me tenía que vestir y comportar igual que todo el mundo, en el que tenía que pensar en cómo sentarme porque tenía falda todo el tiempo y entonces se me veían los calzones, en el que no me podía subir a los árboles ni rodar por la manga ni correr con las perras. Era el lugar en el que si me reía mucho me ganaba un regaño. Si hablaba mucho me ganaba un regaño. Si dibujaba mucho me ganaba un regaño. Era la feria del regaño (p. 56). 

en esa temporada en la que el foco de mi atención se hizo más y más pequeño, hasta que parecía que solo cabían mis propios inflamados dramas, cuando pensaba que iba a descubrir quién era yo metida en un salón de espejos, mirándome a mí misma y a otros que se me parecieran, mirándome el ombligo sin verlo (p. 64). 

Hay gente que piensa que llorar por la muerte de un perro amado es una exageración, pero es porque nunca han amado a un perro, así que en sus vidas no cabe el vacío de esa ausencia. Para que haya espacio para ese vacío la vida se les tendría que haber expandido antes lo suficiente para contener todo ese amor (p. 66). 

Y cuando se acababan las vacaciones -o al menos la parte de las vacaciones que pasaba en la cabaña 4- y volvíamos por esa misma carretera hacia Manizales, me quedaba mirando los bordes negros de esos árboles en contraluz en un fondo de atardecer de muchos colores, y sentía esa mezcla entre tristeza y alegría que suele aparecer en el paisaje interno cuando uno se despide de un paseo y vuelve a la casa (p. 133). 

Hasta llegar a Bogotá que también está arriba y por eso también es fría, aunque es un frío que siempre sentí muy diferente al de Manizales, más seco, con menos nubes, sin miradas directas de glaciar (p. 138).

no recuerdo haberme sentido orgullosa de haber nacido en Manizales. Tampoco me avergonzaba, sencillamente no pensaba que haber nacido en una ciudad particular pudiera decir algo importante sobre mí o pudiera tener algo que ver con quién soy (p. 140). 

Manizales va a cambiar un montón cuando se termine de morir el glaciar del Poleka Kasué. Va a cambiar mucho más de lo que podemos percibir, más de lo que muchos humanos están dispuestos a reconocer. El cambio no va a ser simplemente que se deje de ver la cubierta blanca de una montaña, porque cuando se extingue un glaciar no solo se extingue ese glaciar, sino que con él se extinguen todas sus relaciones: aparecen dolores de ausencia en los paisajes internos de todos los seres que lo han amado y se extingue su propio paisaje interno. Se extinguen las conversaciones que surgen entre su brillo blanco y el de las nubes que le pasan por encima, las cartas subterráneas que le escriben sus aguas derretidas a las raíces de las plantas paramunas, se extinguen familias de rocas que se mantienen juntas bajo su peso, se extinguen las caricias específicas que el viento tiene para las formas de ese hielo, se extinguen los caminitos que ha aprendido a horadar el agua, se extinguen las canciones que canta con aire frío y que escuchamos con la piel los animales que vivimos bajo su mirada (p. 143). 

Me encerré para protegerme de la tristeza y no me di cuenta de que me metí en una jaula (p. 151).

El volcán está activo. Echa fumarolas, echa cenizas, tiembla. Tiene hielo arriba y fuego adentro. Es un borde. Un fin del mundo. Estoy suficientemente lejos para que parezca que lo único que pasa es lo grande, pero cada vez que miro procuro recordar que allá siempre está pasando también lo pequeño. Aunque yo no los alcance a ver desde aquí, allá hay conejos de páramo corriendo y escondiéndose entre los matorrales, hay pájaros haciendo nidos en las ramas de los arbustos, hay bichos escarbando la tierra y abriendo madrigueras para poner huevos, hay lluvia cayendo y rodando por los pelos de las orejas de los frailejones y por los pelos de las orejas de las vacas, hay plantas pequeñísimas haciendo hojas nuevas, hay conversaciones entre todos los animales, entre la fumarola y el aire, entre la ceniza y el hielo. Afilo los oídos para escuchar esas conversaciones pequeñas. Me dicen que la Tierra habla por arriba, por abajo, por la mitad. Habla en voces de hace millones de años. Algunas desaparecieron y ya no se oyen. Otras han cambiado tanto que parece que ya no son ellas pero todavía no se han ido (p. 189).


Niñapajaroglaciar
Mariana Matija
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
2023
192 páginas

sábado, 4 de mayo de 2024

Fragmentos de vida, de Florence Thomas

Luego de escribir muchos libros sobre feminismo y artículos en tono académico, a sus 80 años Florence Thomas decide publicar un libro íntimo, fragmentario y autobiográfico en el que cuenta su vida a partir de jirones de recuerdos: desde su infancia en Ruan (Francia), sus años universitarios en París, su amor por un colombiano y el impacto de su nueva vida en Bogotá, su vinculación a la Universidad Nacional, la creación del Grupo Mujer y Sociedad, la maternidad, el divorcio, la militancia feminista por el derecho al aborto, la jubilación, las columnas periodísticas y la vida lenta de la vejez.

"Fragmentos de vida" es un libro cálido, honesto, cercano, en el que Florence Thomas narra su vida en primera persona sin protagonismos ni aspavientos. Es el testimonio de una mujer que por tener acento francés fue más escuchada que otras en su lucha feminista, y que comparte su visión del país, de la vida y las mujeres desde la sabiduría y la tranquilidad que le dan 80 años intensamente vividos.

Desde 1998 Florence escribe una columna en El Tiempo y algunos de los capítulos de este libro parecen columnas: textos más o menos breves, con título, que abordan un momento específico de su vida y se detienen en una época para narrar, más que una anécdota, un hecho vital que se teje con otros hasta completar una autobiografía. Florence advierte que no es escritora pero luego dice que la escritura femenina pasa por el cuerpo y que la escritura, a diferencia de la oralidad, permite corregir, borrar, editar. De esa consciencia se construye este libro: una obra sin pretensiones literarias, con un cuerpo femenino muy presente, con emociones narradas con un tono oral, como contando un cuento, pero con el trabajo de edición que hace que parezca fluido y fácil lo que toma trabajo tejerse. 

Una idea que se repite en el texto es la de "uno se vuelve feminista con su historia". Que Florence Thomas cuente su vida tiene valor por mostrarle intimidades personales a un público lector sino por tomarse ella misma como objeto de estudio para mirar la evolución íntima de una mujer que no nació feminista pero a partir de una familia, una profesora, un aborto, unas parejas patriarcales, unas amigas con enorme capacidad de escucha y unas lecturas a tiempo va convirtiéndose en una persona capaz de cuestionar los roles de género y las brechas existentes. La gracia del libro consiste en mostrar todo esto con ternura, calidez y una entrañable honestidad.


Algunos subrayados

Uno no puede conocerse, solo puede contarse (p. 11).

Uno se hace feminista con su historia, o por lo menos con muchos elementos de su historia (p. 13). 

(los carteros) Un oficion que no hubiera debido desaparecer porque hay noticias que necesitan tiempo para llegar a su destinatario, que son demasiado violentas para llegar de una o demasiado personales y amorosas para un frío mensaje de texto (p. 38).

Los mensajes de texto se borran, desaparecen de repente en esa fría pantalla de un teléfono celular, se pierden para siempre; las cartas se guardan como guardé las de mi madre (p. 38).

Francia es mi memoria, Colombia mi actuar cotidiano (p. 42).

La escritura permite siempre borrar la frase, borrar la palabra, buscar en ese diccionario de sinónimos y volver a ensayar con estas letras que no siempre se dejan domar. Siempre es posible leer, releer y volver a escribir al otro día (p. 43).  

no había llegado el tiempo de las mujeres, o más exactamente, de la escucha de las voces femeninas (p. 48). 

Ninguna mujer planea hacerse un aborto, solo se llega a él cuando no hay otra alternativa pues es siempre fruto de una situación inesperada (p. 55)

En mi vida nunca había sentido un temblor y tengo que confesar que me quedó una sensación de máxima vulnerabilidad nada agradable. Cincuenta y cinco años después, sigo temiendo a los temblores (p. 62). 

cuando llegué a Colombia no encontré mujeres, quiero decir, mujeres en cuanto sujetas de derechos, ciudadanas plenas, no encontré sino madres, madres acompañadas de muy pocos padres pero de muchos hombres, grandes machos y pequeños patriarcas (p. 65). 

en estos asuntos que todan a la dinámica del amor de pareja nada, absolutamente nada, es sencillo (p. 69). 

reafirmar que uno se vuelve feminista con su historia, pero también con sus emociones, sus encuentros, sus amores, sus lecturas y sus tropiezos (p. 88).

Mis recuerdos son los de un tiempo sin afanes y sin esas obligaciones que hoy tienen los profesores universitarios de publicar en revistas indexadas y, mas de una vez, según me cuenta la actual generación de profesores, aguantar el genio de los y las estudiantes quienes hoy son los que creen tener la verdad y las herramientas para exigir un mínimo de 4.0 con el fin de pasar la asignatura sin problema (p. 104).

aprendimos que la escritura de las mujeres pasa por el cuerpo y solo así se vuelve inaugural porque deja de ser la repetición del discurso paterno o sea del discurso del amo (p. 114). 

las redes sociales que les permiten una visibilidad política que mi generación o puede sino envidiar a pesar de algún riesgo de mucha diversidad y fragmentaciones que hacen difíciles a veces las articulaciones entre los centenares de grupos actuales. Son otros tiempos (p. 116). 

siempre he pensado que la relación madre-hijo es mucho más confortable, mucho menos compleja que la relación madre-hija (p. 127).

quitarse la ropa, no para representar un papel, sino siendo una misma, era una prueba muy confrontadora (p. 138).

esos tiempos de dictadura de una belleza estandarizada que enferma (p. 139).

esta revolución que nos permitió romper con la idea de que una mujer existe solo cuando existe la mirada o el deseo de un hombre (p. 139).

Feminizar la política fue también un tema que trabjé mucho, pues se había vuelto un tema de primera importancia cuando en estos tiempos la participación política de las mujeres era aún muy escasa (p. 144).

encontré siempre muy difícil hablar con mujeres de clase alta o mujeres empresarias. Difícil porque escuchando lo que significaba para ellas romper viejos moldes, sabían, entendían que tenían demasiado que perder (p. 145).

Teníamos que aprender día a día que militancia rimaba con resistencia (p. 148).

he conocido una generación de hombres que nunca fueron capaces de confesar su fragilidad o, más exactamente, su cansancio ante los roles que debían asumir (p. 170).

los hombres que amé fueron todos patriarcas vulnerables, hombres asustados ante una mujer que ya no se parecía a sus madres y que por consiguiente no reconocían, no conocían (p. 171). 

el amor era un imposible, una trampa mortal para las mujeres (p. 176).

preguntarme cómo las mujeres iban a reinventarse su lugar en el amor (p. 176).

este feminismo antes del feminismo, es decir, todas estas mujeres que nos abrieron camino, todas aquellas que permitieron que nuestras voces salieran de un largo, demasiado largo exilio (p. 189).

Vengo de una familia que leía y sé que esto me sitúa como una mujer privilegiada (p. 189).

la liberación de las mujeres pasa por una firme conviccion que se tiene que concretar en la acción, en la escritura, en la palabra (p. 191). 

el valor de la vida lenta es uno de los privilegios de la vejez (p. 196).

No sé si hay una edad razonable para pensionarse, pero uno debe tener ese derecho de proyectarse en otra vida, una vida lenta que le permita mirar el mundo sin precipitación (p. 196).

ese derecho a una pereza pensada (p. 196)

Fragmentos de vida. Ochenta años tejiendo recuerdos
Florence Thomas
Editorial Debate
Bogotá
abril de 2024
200 páginas

miércoles, 17 de enero de 2024

La Amazonia, de Eliane Brum

Eliane Brum es una premiada periodista brasilera que nació en Ijuí, en el estado Río Grande del Sur, al sur de Brasil. Allí creció, estudió, tuvo a su hija y empezó a trabajar como periodista. Durante muchos años se definió como gaucha, esa cultura que comparte territorio con Argentina, Uruguay y Paraguay y que se enorgullece del dominio del hombre sobre el campo abierto. Cuando tenía 30 años empezó a trabajar en una revista de Sao Paulo. Allí vivió 17 años, se casó, habitó un apartamento de clase media y viajó en labores de reportería a distintas zonas de los Brasiles, como ella los llama, en plural. 

Alguno de esos viajes la llevó a la Amazonia. Viajó, regresó y cada vez sintió con más fuerza la necesidad de hacer algo más que entrevistas y reportería. Sintió que la emergencia climática, la destrucción de la selva, necesitaba un activismo radicales y por eso en 2017 tomó la decisión de dejarlo todo y radicarse en Altamira, una ciudad de 110.000 en plena selva amazónica. Para llegar desde Sao Paulo hay que tomar 3 vuelos y, como si fuera poco, Altamira ostenta el primer lugar en homicidios en Brasil.

"La Amazonia" cuenta todo esto. Es un testimonio en el que Eliane Brum habla en una contundente primera persona, desde las entrañas. Dice que está en un proceso de forestación: de dejar la blanquitud para integrarse a los pueblos-selva, aunque sabe que por su origen es mucho lo que no puede ver ni entender de los pueblos ribereños, indígenas y de los "más que humanes", como denomina a los animales, en una apuesta política desde el lenguaje por abandonar el antropocentrismo.

La Amazonia habla del racismo, de la amenaza política de personajes como Jair Bolsonaro, pero también de la hipocresía de la izquierda política que defiende un desarrollo sostenible que permite exploración petrolera, carreteras e hidroeléctricas en plena selva amazónica. Eliane Brum denuncia el asesinato de líderes ambientales, la manera como desde el poder central se abandona a la selva a su suerte y su suerte son hombres armados que, con la complicidad de poderes locales, deforestan, desplazan y amenazan. A las quemas de árboles y a los parches deforestados se suman otras zonas de "selva carcaza": territorios que desde el aire se ven verdes, pero que abajo han sido talados a intervalos, para sacar maderas valiosas que supuestamente no se pueden explotar.

Y en medio de tanta violencia y tanta tristeza hay también relatos de resistencia. De re-existencia: los liderazgos ambientales femeninos, los feminismos amazónicos, las investigaciones científicas, la presencia de misioneras que defienden los derechos de los indígenas y los ribereños y las formas organizativas comuntarias, en redes horizontales y colaborativas, que permiten la defensa del territorio.

En Colombia, cuando se habla de la Amazonía, la primera referencia que surge es la del Río Amazonas, o la de Leticia, capital del departamento del Amazonas, a orillas de ese río. No obstante, la Amazonia es mucho más que el río. En Colombia la selva amazónica cubre el 23,3% del territorio colombiano, incluido el marino, y el 42,3% de la parte continental. Es decir: casi la mitad de nuestro territorio continental es amazónico, y el Amazonas es apenas un río que nos toca en la punta sur. Este contexto es importante para comprender el concepto de Amazonía que desarrolla Eliane Brum: una enorme selva tropical que se despliega a través de 436 páginas y sólo en una de ellas, de manera tangencial, se menciona el río Amazonas.

Brum hace un esfuerzo por escribir su libro en lenguaje neutro (otres, nosotres, humanes y no humanes, etc.). No obstante, la traducción al español de España (vosotros, os digo, pensad que...) hace que en muchos pasajes el texto se sienta distante de la calidez narrativa con la que evidentemente fue escrito, en donde las reflexiones constantes sobre el lenguaje y el ejercicio de la escritura constituyen un deleite para el lector. 


Algunos subrayados

La Amazonia lo vuelve todo literal. Ya no puedo ser cartesiana, porque el cuerpo es todo y todo lo domina. La persona que entra en la selva por primera vez no sabe qué hacer con las sensaciones que experimenta, con las partes del cuerpo que ignoraba que tenía y que, de repente, nunca la abandonarán (p. 10).

Es fácil ahogarse en la escritura. Lo difícil es no hacerlo (p. 11) 

A la muerte no le gusta morir sola. Va muriendo en cadena. La muerte no sufre de agorafobia, le gusta todo el mundo: los peces, los mosquitos, los árboles, nosotros (p. 12).

La escritura me ancla; las palabras escritas son la fuerza de gravedad que me sujetan al suelo (p. 16). 

Ahora me doy cuenta de que no sé por qué motivo elegí ese camino para contar esta historia. Pero he aprendido a no desperdiciar ninguna oportunidad para perderme (p. 16).

El antropólogo o periodista cree que está observando, pero siempre está siendo observado, y con gran diversión. Somos los conejillos de indias de estos otros pueblos. Esos para quienes nosotros, «los blancos», somos los otros (p. 17).

no hay forma de ser blanco y ser bueno en países donde los negros viven peor y mueren primero. A eso lo llamo «existir violentamente» (p. 19).

La batalla por la Amazonia no es una lucha por el desarrollo sostenible. Éste es el término empleado por quienes creen posible sortear el abismo sin renunciar al sistema capitalista que nos llevó a él. Es un discurso agradable para que, con algunos cambios cosméticos, todo pueda proseguir sin alterar radicalmente la desigualdad estructural entre géneros, razas y especies (p. 51).

debería explicar lo que significa para mí escuchar. En mi opinión es la principal herramienta de un periodista. Antes de acercarme a otra persona, procuro vaciarme de mí, de mi visión del mundo, de mis creencias, de mis prejuicios. Este vaciado no es completo, por supuesto, porque es imposible abandonar totalmente un cuerpo cultural. Pero es un movimiento fundamental. Es lo que permite que el relato de otre ocupe mi cuerpo como relato de otre, y no el relato de otre distorsionado por lo que mis creencias o prejuicios no me permiten oír. En caso contrario, no puedo alcanzar esa otra experiencia de existir (p. 62)

La lógica de la destrucción no distingue entre los cuerpos a destruir, selva o mujer. Es un elemento estructural del sistema que conforma el mundo. Más que cambiar el sistema, hay que derrocarlo, porque la violencia no es un dato más, sino la misma estructura que sostiene todo el edificio (p. 64).

En una entrevista que le hice a Eduardo Viveiros de Castro, una de las voces más originales de la antropología contemporánea, me dijo: «Los indios son especialistas en el fin del mundo, ya que su mundo acabó en el año 1500.» (p. 74).

La escritura es mucho de mucho. Y también es un arma para oprimir, subyugar, esclavizar y destruir a todos los que narran la vida oralmente, a través del cuerpo del río, de los árboles, de las piedras, de los mapas hechos de otra materia (p. 90).

El fracaso es condición de quien escribe. La vida siempre escapa. La vida desborda, la vida es más grande (p. 95). 

Hacer memoria y evitar que se olvide es una de las misiones más nobles del periodismo que merece ese nombre (p. 143).

Incluso al leer sobre ella, la Amazonia tan sólo podía captarse como una experiencia de los sentidos (p. 195). 

Las reuniones del consejo de redacción estaban salpicadas de jerga corporativa en inglés, lo que hacía que me sintiera analfabeta hasta que comprendí que la lengua inglesa era obviamente un instrumento de poder que indicaba la clase de uno. (P. 196). 

una ciudad moderna es, por definición, una ruina de la naturaleza (p. 216).

renunciar a la esperanza, una postura impopular que a menudo se malinterpreta y que siempre me causa problemas. No, no tengo ninguna esperanza. Y no, no soy infeliz ni feliz. Tampoco soy pesimista ni optimista. Estas polarizaciones me importan poco (p. 244) la esperanza ha sustituido cada vez más a la felicidad como mercancía (p. 245).

sabemos que el peor colonizador es el que no sabe que lo es (p. 273).

No creo en el sacrificio. Creo en la elección de perder para estar con los demás. Pero nunca a través del sacrificio, esa fábrica de santos que mastica carne para escupir estatuas por el otro extremo. Creo en los poetas, no en los mártires.  (p. 280).

Establecerse en algún lugar es crear un mapa afectivo (p. 286).

aunque el suicidio sigue siendo un tabú en tiempos de «paz», se convierte en una traición a la especie en un momento en que tantos luchan por seguir vivos. Pero los suicidios ocurren. Y no son raros (p. 291).

Un buen antropólogo vive con un pueblo indígena durante años, décadas, no para entenderlo, sino para traicionarlo menos en lo poco que entiende. Lo mismo ocurre con los periodistas como yo. Lo único que conseguimos es narrar otra experiencia, después de que haya recorrido nuestro cuerpo, siempre después de que haya recorrido nuestro cuerpo (p. 313).

el lenguaje es un campo donde se libran continuamente las batallas realmente importantes (p. 315)

la humanidad es un club exclusivo restringido a la minoría dominante (p. 352). 

Es importante repetir, una vez más, que en el pasado nunca hubo paz. Sabemos que el pasado estuvo plagado de conflictos, sometimientos, supresiones y exterminios. Déspotas electos como Trump y Bolsonaro «han limpiado» el pasado de sus conflictos y muertes y lo han empaquetado para ofrecérselo a una población asustada por un mundo cambiante (p. 379). 

Imaginar resultó ser una acción más difícil de lo que parecía al principio. Descubrimos hasta qué punto ha sido aprisionada, cuadriculada y formateada nuestra imaginación. Decir qué mundo se quiere realmente, con propuestas claras, es mucho más complicado de lo que parece para personas que han sido domesticadas para obedecer o, en el mejor de los casos, para vivir sólo reaccionando a los ataques (...) De hecho, no es casualidad que los neofascistas ataquen tanto al arte. El arte promueve la imaginación y siempre es lo primero que intentan suprimir los Gobiernos y gobernantes autoritarios (p. 385).


La Amazonia. Viaje al centro del mundo.
Eliane Brum
Traducción: Mercedes Vaquero Granados
Penguin Random House
Bogotá
Enero de 2024 (primera edición en portugués: "Banzeiro òkòtó. Uma viagem à Amazônia Centro do Mundo", 2021)
432 páginas

lunes, 17 de enero de 2022

El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

Hay libros que uno quiere que otras personas lean porque son entretenidos, porque son sorprendentes, porque están muy bien escritos, porque narran cosas con las que uno se identifica o porque tocan fibras sensibles. El invencible verano de Liliana es una obra de no ficción que muchos deberían leer, por todo eso, pero principalmente por razones políticas y estéticas. En esta obra Cristina Rivera Garza hace una labor periodística dentro de su familia y otras personas para reconstruir la vida y la muerte de su hermana menor, Liliana, asesinada el 16 de julio de 1990 en ciudad de México por su ex pareja. Tenía 20 años.

Al comienzo del libro la autora dice "uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje" y esa idea se repite. En los 90 no existía la palabra feminicidio; durante muchos años el machismo ha sido invisible a los ojos de muchas (algo que no se nombra) y también los duelos están llenos de silencios, de falta de lenguaje. Este libro es una construcción lingüística que permite a los dolientes (ellos y nosotros) comprender la dimensión física del riesgo, el tamaño de la pérdida y elaborar el duelo en compañía.

El invencible verano de Liliana se publica 30 años después de la muerte de la protagonista pero es un libro urgente que debería estar en bibliotecas y leerse en los colegios. Es útil para aprender a identificar esas microviolencias cotidianas que pueden desencadenar en una tragedia, para reconocer los riesgos del amor posesivo, que no es amor, y para desestigmatizar la violencia intrafamiliar como un problema exclusivo de clases bajas e iletradas. 

Pero el libro no es solo eso. No es un informe académico o pericial. Es el testimonio de una autora que domina los mecanismos del lenguaje y logra estructurar una obra polifónica, con distintos registros (incluso distintas tipografías) en la que incluye un plano arquitectónico, fotos, textos de prensa, informes judiciales y voces de amigos y parientes. El resultado es una relato que parece un rompecabezas en el que muchas fichas tratan de armar un retrato al que le faltan las piezas centrales: lel asesino fugitivo y todo lo que calla Liliana, que aparece con su voz en las notas que escribió en vida, pero que claramente solo muestran fragmentos de su vida y ocultan aquellos aspectos más oscuros de su relación. 

Es también un retrato de familia, un libro sobre la vida universitaria, una crónica de la ciudad de México, una obra sobre mujeres adolescentes y un relato del amor entre hermanas. Hay mucha vida y mucho vértigo en estas 302 páginas atravesadas por la muerte y, al mismo tiempo, tan llenas de Liliana. 

Algunas frases
A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo (p. 13). 

Es fácil amar una ciudad donde todo pasa al mismo tiempo. Donde todo tiempo es tiempo real. (P. 16).

¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? (p. 24).

Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo (p. 25). 

Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora (p. 41). 

Uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje (p. 42).

La infancia termina con un beso. El sueño no es el sueño de cien años y la boca abierta no es la del príncipe azul, pero ese puro esperar que es la niñez finalmente llega a su fin con un beso. Labios sobre labios. Dientes. Saliva. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos. La infancia termina con la instauración del secreto (p. 47). 

Se ha requerido el trabajo de generaciones enteras, por ejemplo, para que el piropo callejero, visto con enfermiza frecuencia como un mero acto natural, cuando no como un halago, sea denunciado como una instancia cotidiana de acoso en el espacio público. (p. 52).

Llamar a las cosas por su nombre requiere, a menudo, de inventar nuevos nombres (p. 52). 

Que se desesperaran los otros. Que los otros azotaran puertas cuando no podían usar la inteligencia o la capacidad de observación, o la paciencia. Que los otros perdieran el tiempo y desperdiciaran sus talentos porque nosotros que lo venceríamos todo, teníamos cosas que hacer (p. 62).

Tal vez no existan en el mundo cartas de amor más ardientes que las que se hacen llegar, ya por correo o ya en persona, las adolescentes (p. 63). 

La capacidad del lenguaje para descubrir y encubrir al mismo tiempo. Ventana y cortina. Telescopio y niebla (p. 74). 

¿qué será de este pobre mundo si uno no se callara algunas cosas? ¿si todo se dijera? ¿Sin misterio? Qué aburrido, ¿no? (p. 79).

Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en todos los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la interperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia (p. 118). 

El duelo es el fin de la soledad (p. 118). 

Los intrincados vericuetos de la justicia, que son los vericuetos infinitos de la impunidad (p. 119). 

Siempre es extraño poner los pies en los espacios de los muertos (p. 123). 

Ni Liliana, ni los que la quisimos, tuvimos a nuestra disposición un lenguaje que nos permitiera identificar las señales del peligro. Esa ceguera, que nunca fue voluntaria sino social, ha contribuido al asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo (p. 196). 

El aborto es y ha sido un riesgo enorme para las chicas embarazadas porque es ilegal (p. 202). 

Los abortos siguen existiendo y, aunque una parte de la sociedad mojigata y conservadora, aliada sempiterna del machismo, los considera todavía como una cuestión moral, es cada vez más aceptado que los abortos son asuntos de salud pública en los que la decisión final corresponde tomarla a las mujeres. (p. 204).

Los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador (p. 276).

...elaboran esa línea moral que divide el nosotros del ustedes. Ésta en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante de que se culpe a la víctima y de que te inculpes con ella. Está en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante, de exonerar al asesino a toda costa. 
Uno no aprende a callar; uno es forzado a callarse.
A uno le callan la boca (p. 277). 

La libertad no es el problema. El problema son los hombres (p. 289).



El invencible verano de Liliana
Cristina Rivera Garza
Literatura Random House
Bogotá
Abril, 2021
303 páginas

jueves, 27 de mayo de 2021

Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha


Confiesa Rodrigo García Barcha al final de su testimonio: "sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad" (p. 91). Esa preocupación, la de un escritor dedicado al cine (guionista, director y productor), hijo a su vez de uno de los mitos de la literatura del siglo XX, seguramente atravesó la construcción de este libro: ¿cómo saber que el libro es bueno en sí mismo y no sólo porque revela detalles íntimos (chismosos, diría Mercedes) de los últimos días de la vida de Gabriel García Márquez?

Para los lectores de García Márquez el libro resulta revelador en la medida en que presenta una mirada distinta. El acercamiento al Nobel se hace normalmente desde su propia voz narrativa: desde lo que dejó escrito y también desde lo que dejó dicho en entrevistas en prensa, radio y televisión. Este libro permite acercarse desde un ángulo distinto: el de un autor que tiene acceso directo a un material privilegiado y lo narra desprovisto de la mitificación del personaje central. Rodrigo García no presenta al Nobel sino al padre enfermo y en irreversible deterioro hasta su muerte.

Se trata entonces de un ejercicio de desmitificación y humanización similar al que el propio Gabo hizo con Bolívar en "El general en su laberinto": ocuparse de narrar no las glorias sino la derrota final que significa el deterioro del cuerpo, la salud y la muerte. Rodrigo García presenta entonces a un anciano demente, que no reconoce a sus hijos y a veces tampoco reconoce a su esposa, al que las enfermeras deben incluso untarle crema en sus genitales para evitar que se queme y que en medio de su delirio solo desea regresar a su casa y con ese pedido, que hace desde su casa de México, se refiere al regreso a la casa de la infancia, la misma que narró en Vivir para contarla, su único libro autobiográfico.

"Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha" es un libro breve, en el que un tercio de las páginas se dedica a fotografías familiares y el resto se compone en capítulos cortos en los que el autor deja mencionados algunos asuntos espinosos: la posibilidad de practicar la eutanasia, lo patriarcal que resulta el apodo de "Gaba" o el tratamiento de "viuda de Gabo" para Mercedes, la tensión que implica para la familia hacer un duelo íntimo en medio de tanta gente y el alivio que llega con la muerte del escritor, que en razón de su enfermedad se había convertido en un peso cotidiano para la familia. 

Quienes quieran encontrar las claves de la literatura de García Márquez, sus rutinas de escritor, sus influencias y sus logros deben buscar otros libros. En este texto no aparece Gabo, aparece un padre, un abuelo viejo, enfermo y deteriorado, que quiere oír vallenatos para regresar a ese mundo antiguo en el que fue feliz. 


Algunas frases
"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta" (p.16).

"Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil" (p. 16).

"Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo" (p. 19).

"Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta" (p. 19).

"–¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
–Llorar.
–¿Llorar? Usted no está llorando.
–Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (p.19).

"Habla con una propiedad que hace olvidar, en la alegría del momento, que lleva años sumido en la demencia, y que el hombre con el que hablamos casi no está presente ni entiende nada, y apenas es él" (p. 25).

""Se está muriendo mucha gente que antes no se moría", y se divertía con la risa que provocaba" (p. 30). 

"Tal vez la única historia que vale la pena contar es la que nos haga reír" (p. 32).

"Casi todo lo que vale la pena saber se aprende todavía en casa" (p. 33).

"Cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir" (p. 35). 

"Consideraba que una enorme disciplina era una de las piedras angulares para escribir una novela, en particular cuando se trataba de estructurar la forma y los límites del relato" (p. 48).

"Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras" (p. 51).

"la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido" (p. 62).

"Un buen cuento siempre supera la verdad. Un buen cuento es la verdad" (P. 83).

"Mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta" (p. 87).

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir" (p. 91).

"Lamento no haberles preguntado más por los detalles de sus vidas, sus pensamientos más íntimos, sus mayores esperanzas y temores" (p. 103).

"Un hogar es un lugar muy diferente para cada uno de sus habitantes (p. 103).

"Con los años, la fragmentación continuará y la vida se sedimentará sobre las capas del mundo de mis padres y las capas de otras vidas vividas, hasta que llegue el día en que nadie en esta Tierra tenga memoria de su presencia física" (p. 104).

Gabo y Mercedes: una despedida
Rodrigo García Barcha
Editorial Random House
Bogotá, mayo de 2021
Traducción: Marta Mesa
138 páginas