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lunes, 4 de noviembre de 2024

Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett

Emilia tiene 64 años, escribe crónicas para una revista a la que solo va al consejo de redacción cada 15 días, y en donde todos los periodistas y jefes son mucho más jóvenes que ella. Vive con su marido de toda la vida, que toma decisiones por ella sin que eso le parezca anómalo, y sobreviven en una tensa convivencia que se alimenta de rutinas y silencios. Emilia tiene un hermano, Luciano, que vive viajando, y una hermana, Angélica, que es quien está pendiente de la cada vez más deteriorada salud de su papá. La hija de Emilia, Pilar, tiene 30 años, está casada y vive en otro país con su marido y su hija Sara. Emilia resiente el desapego de su hija, y no habla con nadie de Pablo, su hijo que murió súbitamente cuando tenía once meses de nacido. La persona con la que a veces conversa infidencias es Mima, la empleada de la casa, madre de Betsy, quien a su vez es madre de un niño de 3 años.

Esta es la cartografía de afectos y desafectos en la que se teje Qué hacer con estos pedazos, una novela en la que Piedad Bonnett utiliza la metáfora de la remodelación de una cocina para mostrar cómo pequeños cambios pueden sacar a flote grandes grietas en la convivencia cotidiana. En principio Emilia es una mujer normal, con una vida normal y una familia normal, sin grandes problemas, pero a medida que avanza el relato se entiende que Emilia es una equilibrista que ha hecho del silencio, el aguante y la sumisión su forma de vida, todo para no romper la frágil armonía familiar.

Feminicidio, clasismo, apariencias, envejecimiento, machismo y silencios familiares son los hilos que tensan esta novela en la que se presta voz a una mujer madura para preguntarse, luego de toda una vida de entrega y amor, si realmente todo eso valió la pena. Leer esta novela en paralelo con La mujer incierta puede ser un ejercicio de leer desde la ficción y la no ficción la lectura que hace Piedad Bonnett sobre lo difíciles que son las relaciones familiares y cómo los micromachismos alimentan el día a día de la convivencia en pareja.

Algunos subrayados

Porque a los veinte, una biblioteca es una ilusión, a los cuarenta un lugar de pleinitud y a los sesenta un recordatorio permanente de que la vida no te va a alcanzar para leerlos todos (p. 12).

Se antoja de alguno, lo empieza a leer de manera urgente, para luego dejarlo muchas veces por la mitad. Por aburrición. Por avidez de leer otro. Porque un viaje. Porque en realidad quisiera leerlos todos al mismo tiempo (p. 13). 

cuando se es pobre da miedo comprar libros (p. 13).

una narración cualquier narración es algo que siempre derrota el vacío, que crea un vínculo o sostiene el que todavía existe (p. 22).

preguntar es como tirar anzuelos a una laguna llena de peces: algo cae (p. 27).

viajar era para él abrir una puerta a la incertidumbre, a la ansiedad, al malestar (p. 33).

La rivalidad, la envidia y el odio a menudo crean vínculos más fuertes que el amor (p. 34).

a veces puede durar ocho, diez horas, frente al computador. Es para que las ideas no se me escapen. Es que ya cogí el ritmo. Es para mantener el tono. En realidad, aunque Emilia no lo sabe, lo que esas horas le dan es aire y fuego. Oxígeno para que haya compustión en su vida marchita (p. 36).

En la incondicionalidad perenne de su madre, en su incapacidad de rebeldía, Emilia creía reconocer un mandato transmitido de abuela en abuela. También su madre las instaba a ella y a su hermana a la sumisión (p. 38). 

esa extraña capacidad que tienen tantos hombres de erigirse como patrones o patriarcas mientras se comportan, sin aparente contradicción, como hijos incapaces (p. 39). 

Envejecer es reununciar. Dejar atrás. Desinteresarse (p. 57).

La amistad con ella es como recorrer desde la ventanilla de un tren un país desconocido, de paisajes siempre distintos y atrayentes (p. 60).

Sólo el tiempo es capaz de señalar la rotundidad del fracaso (p. 80).

El dulce placer de procastinar (p. 81).

Como siempre que está por salir de esos paréntesis que son sus viajes, una nostalgia prematura se mezcla con el deseo de volver (p. 116).


Qué hacer con estos pedazos
Piedad Bonnett
Editorial Alfaguara
Bogotá
Noviembre de 2001
168 páginas

domingo, 29 de septiembre de 2024

Aranjuez, de Gilmer Mesa

Manizales tiene un barrio popular que se llama Aranjuez, en el que hay venta de empanadas, niños que juegan en la calle y pequeños negocios abiertos hasta la noche, atendidos por sus propietarios, los vecinos que viven y trabajan allí. Todo esto ocurre en el barrio Aranjuez de Medellín, y sin embargo no se pueden comparar: el Aranjuez que Gilmer Mesa describe en su libro es un barrio en el que los muchachos, casi niños, empiezan a hacer trabajos para "Los pillos" que mandan desde una esquina. "Los sanos" juegan fútbol, hacen mandados y se mueven con cuidado para no levantar sospechas y poder sobrevivir. 

Aranjuez es un libro que Gilmer Mesa escribió para honrar la memoria de su padre, que murió luego de que su mente, su memoria y sus recuerdos lo hubieran abandonado. Pero el libro, aunque habla de ese padre ausente, retrata estampas de personajes de un barrio en el que morir joven y violentamente es un sino que cargan muchos hogares, incluido el del narrador. 

La obra está compuesta por 15 capítulos, cada uno con unidad en sí mismo. Es decir: cada capítulo eventualmente podría funcionar como un relato independiente, aunque el personaje que se menciona en uno se desarrolla a profundidad en otro. El barrio es una suma de personajes y el libro pasea por cada uno de ellos. Cada capítulo corresponde a los 15 minutos de fama de algún habitante de Aranjuez.

El autor tiene una posición política clara: no le interesa hacer una división maniquea entre buenos y malos, entre pillos y sanos. Critica a quienes llegan al barrio a hacer etnografía con la profundidad de un turista y descree de los poderes mesiánicos. Explica que en la pobreza también hay clases sociales y que aunque la exclusión es norma general en el barrio, hay algunos más excluidos que otros. No sataniza, no juzga, no señala, pero sí se duele de la muerte, de la impotencia y de la fatalidad que rodea a varios vecinos.

La prosa de Gilmer Mesa es vertiginosa: párrafos muy largos con frases separadas por comas, por puntos y comas, en donde los puntos seguidos se demoran. El texto se lee con el frenesí de una historia que se siente honesta, urgente y digna. Una visión en la que la periferia es el centro. Como dice en alguna parte del libro, "la ciudad era un Aranjuez grandote".

Algunos subrayados

Era una casa de apariencia pobre y fea aunque con una belleza íntima como el dibujo de un niño al que le falta destreza pero tiene talento porque a las casas como a las gentes nos definen los interiores (p. 17). 

un padre maltratador pero padre al fin que toma la figura de un caudillo cualquiera que ejerce el poder a la manera de un mal padre, imponiendo el maltrato como único trato: en un país de malos padres y malos tratos el maltratador es rey (p. 22). 

Escribo estos textos para mejorarlos a todos en el recuerdo, para mejorarme yo de esta angustia presente de ya no tenerlos (p. 25).

Ojeaba el periódico más amarillista de la ciudad al cual estaba suscrito y que todos los días traía historias crudas e inverosímiles para cualquier parte del mundo, menos para esta en donde lo imposible es cotidiano (p. 28). 

no quería trastocar su rutina que, si bien no le complacía, al menos no lo atormentaba (p. 29). 

si algo hicieron bien los bandidos en nuestra ciudad fue que nos endilgaron su modo de vida y su desparpajo como aspiración hasta hacerlo cultura (p. 46). 

las penas nunca pasan, solo se estancan en una quietud lóbrega cebada en silencio porque ellas son en sí mismas estridencia ensordecedora, grito total y acuciante que no debe contaminarse con otras voces (p. 52). 

apoyados en los hijos que fue lo único que alcanzaron a hacer y que en este país cicatero son la única recompensa de los padres y su jubilación (p. 55). 

no trastocaba la rutina diaria de tantos años, que es lo único que garantiza una convivencia armónica entre un matrimonio viejo (p. 56). 

era un raro, que es como la sociedad llana y procaz llama despectivamente a lo que no entiende (p. 70). 

en los barrios populares contemplar el paso del tiempo es casi un oficio (p. 73). 

nuestros padres fueron castrados en su expresividad por la misma sociedad machista y altanera que castiga con burlas y rechazos cualquier síntoma de debilidad (p. 76). 

la música lo va a salvar, no de sufrir, de eso nada nos salva, pero sí le va a dar la fuerza para resistir la vida, para aguantar los malos trances sin volverse un resentido ni una mala persona, ya tiene en qué descargar sus dolores sin hacerle daño a nadie, y eso es más de lo que muchos pueden tener y lo único que yo como padre puedo desear para él (p. 78). 

en la edad en que estaba había entendido que las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar (p. 91). 

Terminamos borrachos cantando tangos y llorando sin pudor y sin freno como se deben llorar las tristezas cuando son reales (p. 103).

hasta la pobreza tiene gradaciones: están los menos pobres que logran tener las tres comidas diarias, una de las cuales tiene carne en el menú; están los que a duras penas llegan a fin de mes y tienen que hacer piruetas con el esmirriado sueldo para poner arroz con huevo y aguapanlea todos los días en el plato; están los pobres vergonzantes, que son la mayoría, los que sin tener un centavo aparentan plétoras y se endeudan por mantener una posición en la que solo ellos creen, puesto que todo el mundo sabe que están vaciados, que mantienen reventadas las diversas libretas del fiado en las tiendas cercanas, les cortan la luz y el agua cada tanto y tienen que invetar cada día una nueva excusa para salvaguardar su marginalidad evidente —en esta categoría estábamos casi todos en el barrio—; y salidos de la pirámide social de pobreza que constituyen nuestros barrios populares están los pobres extremos que rayan en la indigencia, aquellos para quienes no alcanzó ni siquiera una sucia esquina de la cobija zarrapastroza con la que cubrimos nuestras miserias, los que pasan hambre pura y dura, frío y mal sueño día a día, los que hasta nuestras escaseces envidian porque las ven como opulencia (p. 142). 

somos cuando más una sociedad lavada pero nunca limpia (p. 144). 

ofreciéndolo como cultivo popular perfeccionado, con esa extraña pirueta de vender lo barrial como moda para las élites que gustan de las expresiones y maneras de los pobres pero sin pobres (p. 187).

Lo malo de vivir tanto tiempo escondido es que fácilmente la trinchera se vuelve morada (p. 188). 

Esa precisamente es una de las primeras cosas en las que interviene la religión para conseguir adepots: insulfa un sentimiento de superioridad moral en sus miembros que los hace juzgar a los demás como inferiores por no compartir sus más primarios temores, expresados en bisutería ideológica contra el cuerpo y las libertades civiles (p. 194).

nada une más a dos personas que haber sufrido juntas (p. 199).

tenía belleza pero carecía de encanto, que es de alguna manera la revancha de los feos y lo único que equilibra un poco el universo seductor de la adolescencia; un feo encantador incrementa las posibilidades y en ocasiones arrasa contra un bonito lerdo (p. 224).

en el fondo la aventura está en la conquista, no en lo conquistado, el vértigo lo da la búsqueda, es el camino lo que aporta, no su llegada (p. 229).

Uno debe estar donde perdió lo querido y donde quiso lo perdido, y aquí están mis muertos, que son lo que más quise y perdí, de manera que debo quedarme donde mis muertos sepan donde hallarme, irme sería cambiar de geografía pero mantener la mente y el corazón en estas esquinas a las que extrañaría a diario (p. 249).

estoy seguro de que solo el amor y la amistad trascienden la insignificancia de la vida (p. 251). 

las motos parecían gritar lo que ellos no podían, que existían, que eran importantes, y de ahí que entre más roncas y potentes, mejor el grito, más significativo (p. 273).

la muerte del padre cuando se lo ha tenido tan cerca tanto tiempo precisa el principio de la propia extinción (p. 284). 

La pérdida ha sido y es el tema, y toda la literatura que me interesa está compuesta de pérdidas y de muerte (p. 287).

Aranjuez
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, Septiembre de 2023
296 páginas

lunes, 26 de febrero de 2024

Cien cuyes, de Gustavo Rodríguez

Cien cuyes es una novela sobre la vejez, la muerte, el deseo de morir y también el de vivir. Ocurre en Lima en la época contemporánea, pero hay capítulos al estilo "road movie" que nos llevan a la playa y también al norte del país. 

Eufrasia Vela es una mujer que trabaja cuidando ancianos. Les ayuda a lidiar con las angustias propias de la edad y la cercanía de la muerte pero, en cambio, poco sabemos de las angustias de Eufrasia y de los cuidados que necesita. Así, entre casas habitadas por viejos en soledad, y un ancianato en el que la única compañía son los otros viejos, Eufrasia es una especie de ángel lleno de alegría y vitalidad, de cariño y cuidado. Es, también, la mujer que amorosamente ayuda a morir a estos viejos, y ese dilema, el de la eutanasia y la muerte digna, aparece en esta novela con naturalidad y calidez, sin asomo de prejuicios o de juicios moralizantes. Las cosas se hacen porque hay que hacerlas, porque es bueno hacerlas, y no hay demasiadas preguntas para hacerse alrededor de su conveniencia.

Cien cuyes ganó el Premio Alfaguara 2023 y en realidad no sé si mereciera este galardón. Hay subtramas que emergen sin suficiente construcción narrativa, y otras que, después de mucha tensión, se disuelven de manera mágica. En ese sentido creo que hay debilidades en la verosimilitud de la historia. No obstante, es claro que la novela presenta un retrato de Lima y de las exclusiones peruanas, y aborda con sensibilidad la soledad de la vejez contemporánea en las grandes ciudades.


Algunos subrayados
a cierta edad hay heridas que ya no dependen del calcio ni del resto de la tabla periódica (p. 13).

Pasado cierto límite, que, según la persona, varía desde el digno uso de un bastón hasta la orpobiosa limpieza del culo, sobreviene el terror (p. 13).

esa era una de las características de envejecer: no saber nunca si se acaba de hacer algo por última vez (p. 22).

La gran tragedia de doña Carmen radicaba en que tenía un cuerpo muy deteriorado, pero una mente afinada (p. 35). 

Llega una edad en que la felicidad consiste en que nada te duela demasiado (p. 37). 

La felicidad es eso que hoy das por descontado (p. 40). 

Aquí los hijos de ingleses y de gringos siempre han valido más que los hijos de cualquiera (p. 47). 

ser el único receptáculo del dolor de otro ser humano implicaba pagar un alto precio emocional (p. 60). 

No era, como su progenitora solía decir, que la ociosidad fuera la madre de todos los vicios, sino que era la puerta abierta a todos los pensamientos (p. 63). 

Deberíamos hablar de la muerte con la misma naturalidad con la que hablamos del nacimiento. ¿Te has dado cuenta de cómo nos inventamos maneras de no nombrarla? "Fulano ya no está con nosotros". "Pasó a otro plano". "Trascendió". "Ahora duerme el sueño de los justos". ¡Murió, carajo!. (P. 92).

los viejos se parecen a los infantes no solo en la indefensión física, sino también en que necesitan de adultos activos que peleen por sus derechos (p. 99). 

se sintió estúpido, como en cada velorio en que se había visto en el trance de rendirle respetos a un muerto. En rigor, pensaba, no se trataba más que de materia orgánica en proceso de descomposición, pero la gente les añadía a esos restos historias atadas a sus emociones (p. 112). 

las clases sociales también heredan códigos materializados en objetos (p. 115).

a los muertos hay que agasajarlos cuando aún respiran. Faltaba más (p. 115). 

los niños que no ven muertos a sus seres queridos, luego desarrollan síntomas (p. 118). 

la palabra "elegancia"; una noción difícil de definir, pero reconocible apenas es vista, porque la elegancia es como el poder: quien se esfuerza en decir que la tiene, es porque no la tiene (p. 122).

Quizá envejecer fuera eso, pensó, que cada porción de tiempo por afrontar se convirtiera en una fracción cada vez menor de lo vivido (p. 131).

La mayoría de las personas no tenía tiempo para pensar, debían trabajar y trabajar, y por eso pocos filósofos salían de entre los pobres (p. 132).

Islas de progresismo en las que se hablaba combativamente de feminismo y equidad, hasta que llegaba el momento de servir el café o de partir la torta de cumpleaños: los varones se dejaban llevar por la inercia que había gobernado sus historias y las mujeres presentes se colocaban el delantal simbólico (p. 146). 

cuando una mente muere, también muere un mundo en el universo (p. 155).

a las personas, incluso las más queridas, se las va olvidando en la medida que nos son menos útiles (p. 223). 



Cien cuyes
Gustavo Rodríguez
Editorial Alfaguara 
Marzo de 2023
Bogotá
264 páginas

martes, 23 de enero de 2024

Manual de hipocondria, de Octavio Escobar Giraldo

En 1997 Octavio Escobar Giraldo publicó siete poemas en "La manzana oxidada", un volumen colectivo en el que también aparecieron poemas de Alberto Verón y Flobert Zapata. En los años siguientes Escobar Giraldo se concentró en publicar cuentos y novelas y la poesía desapareció de su producción editorial durante casi dos décadas, hasta que en 2016 sorprendió con un premio por "Historias clínicas", un volumen de 33 poemas firmados por él, de verso muy libre, ambientados en hospitales, con imágenes potentes que perduran en el lector.

La experiencia con "Historias clínicas" al parecer le quedó gustando porque tan solo cinco años después volvió a ganar otro premio lírico: el Premio Internacional de Poesía Las Palmas de Gran Canaria en su edición número 24, por el volumen "Manual de hipocondria", que continúa esa veta iniciada en "Historias clínicas", en la que el autor reflexiona sobre el cuerpo, la vejez, la enfermedad y la muerte en poemas cortos (algunos cortísimos) que se construyen a partir de personajes concretos.

Manual de hipocondria presenta 31 poemas. Los títulos son números: Uno, Dos, Tres, hasta llegar al último. En los versos hay humor, ironía, cierta actitud de no tomarse muy en serio su rol de poeta y, en cambio, jugar con la escritura y con el lector a partir de las posibilidades que ofrece el lenguaje escueto para plantear situaciones que orbitan alrededor del inevitable deterioro del cuerpo humano. 

VEINTICUATRO

Lo cierto,
lo dolorosamente cierto,
es que estoy vivo
y ese es el verdadero milagro,
el que abrazo pero no entiendo.

El libro fue escrito en medio de la pandemia por Covid-19, donde toda la humanidad de manera súbita se volvió más consciente de la importancia de una bocanada de aire. Alguna vez le escuché a Octavio Escobar decir que como médico-escritor le llamaba la atención que en tantas novelas y cuentos los personajes no se enfermaran, y ni siquiera tosieran: personajes que al parecer habitan cuerpos perfectos y por lo tanto inexistentes. "Manual de hipocondria" es un giro frente a ese planteamiento: un poemario en el que la tos, el cáncer, los tumores, el alzheimer y la muerte tienen presencia cotidiana, y esa corporeidad se reviste de belleza y de cierta ternura, en medio del dolor.

Un valor adicional del libro es la bella edición de la editorial Verso Libre, de Medellín. Pequeñas ilustraciones, el uso de dos tintas y la calidad del papel son detalles que permiten disfrutar de esta obra también como objeto para ojear.


Manual de hipocondria
Octavio Escobar Giraldo
Editorial Verso Libre
Medellín, mayo de 2022
80 páginas

domingo, 6 de noviembre de 2022

Salvo mi corazón, todo está bien, de Héctor Abad Faciolince


En Medellín hubo un cura que se llamó Luis Alberto Álvarez Córdoba, que escribía crítica de cine en El Colombiano, fundó la revista Kinetoscopio y murió a los 51 años durante una cirugía al corazón. Este personaje, querido por muchos, es la base que le sirve a Héctor Abad Faciolince (Héctor Joaquín es su nombre completo) para escribir Salvo mi corazón, todo está bien, una novela sobre Luis Córdoba narrada por Lelo, su compañero de sacerdocio durante más de 20 años, quien se pone en la tarea de apuntar memorias y recuerdos sobre Luis o El Gordo, estimulado por Joaquín, un amigo escritor que está enfermo del corazón y quiere escribir algo sobre el cura muerto. 

Este juego de ficción y realidad, de narradores y personajes vivos y muertos es el andamiaje a partir del cual Héctor Abad Faciolince escribe una novela que se lee también como una oportunidad personal para saldar asuntos pendientes: por un lado, ratificar su ateísmo y su desprecio por algunos jerarcas de la iglesia pero, al mismo tiempo, exaltar la figura de un cura bueno y a través de él la de los católicos creyentes e inteligentes, como su devota mamá, quien falleció recientemente. La novela es también la oportunidad de plasmar reflexiones y conocimientos alrededor del corazón, la falla cardiaca, los transplantes y sus riesgos, ya que no solo el protagonista de la obra sufre del corazón: el mismo autor escribe esta novela en vísperas de una cirugía de corazón abierto. Por otro lado, después de la publicación de Lo que fue presente, los descarnados diarios en los que Héctor Abad Faciolince desnuda sus infidelidades y su vida conyugal con la esposa que decide abandonar, esta novela se lee como una reivindicación de esa esposa abandonada, que acá se llama Teresa y que se presenta como una mujer culta, amorosa e injustamente tratada por su exmarido. 

Más allá de las necesidades personales del autor por reivindicar, aclarar o ajustar cuentas, la novela es el regreso del autor al campo de la narrativa de ficción, con Medellín como escenario de la trama y con la muerte como horizonte permanente. Sospecho que para lectores extranjeros la novela puede resultar en algunos apartes pesada, por la cantidad de referencias a la Iglesia Católica local, y porque algunas disertaciones sobre la religión están más cerca de la columna de opinión que de la literatura. En este sentido es un texto irregular, con algunos capítulos mejor logrados que otros. Dudo, eso sí, que a la Iglesia le guste esta novela, aunque se trate de un cura bueno: que el cura se enamore y tome la decisión de dejar el sacerdocio y vivir plenamente su sexualidad es también una declaración de principios porque da a entender que no es posible congeniear la vida religiosa y la bondad espiritual con el celibato. 


Hay un elemento de la novela que resulta notable y al mismo tiempo estremecedor: la irrupción de la muerte. La manera en la que se presenta un personaje enfermo pero vital, lúcido, con buen apetito, buen humor y en plena capacidad mental, que se entrega confiadamente a la anestesia y la ciencia médica. El terror del quirófano aparece en este libro detallado con precisión quirúrjica. No se le llama homicidio, pero es increible la mansedumbre con la que tantas personas acuden a la cita con su verdugo. 

Algunas frases
Hay que tener en cuenta que cualquier relato, cualquier película o cualquier novela, si se alarga lo suficiente, terminaría siempre de la misma manera, con la muerte de sus protagonistas e incluso de su mismo narrador (p. 20).

el final malogrado de una vida consiste en que esta se termine antes de tiempo (p. 20). 

Envejecer es duro, y mucho más para las actrices, casi ninguna envejece bien (p. 25).

el juicio estético es siempre precario e irremediablemente dudoso, inseguro, nunca definitivo y totalitario como la sentencia final de un juez supremo o de un Papa infalible (p. 55).

Luis me preguntaba si no serían los suicidas por completo inocentes al cometer su último acto, dictado por alguna extraña conexión neuronal o por un exceso o una carencia de neurotransmisores (p. 67).

A veces en la religión que profeso les pedimos mucho, quizás más de lo que pueden dar, a estos dos conceptos: el libre albedrío y la voluntad (p. 68). 

El arte, la belleza son una guerra declarada a la brutalidad y al desamor (p. 85).

Lo verdaderamente misterioso no es la enfermedad ni el mal, sino la salud, la bondad y la belleza (p. 85).

Lo único bueno de envejecer es que desaparece ese angustioso y terco e insaciable apetito sexual (p. 87).

Los agustinos recoletos tenían, quizá tengan aún, su seminario cerca de Manizales, en la vereda La Linda (p. 89).

La dictadura del amor uno la acepta con mucho gusto (p. 122).

En este país lo que más falta son padres (p. 127).

El mejor negocio que puede hacer un hombre es casarse con una mujer. Solo nosotras somos capaces de un sacrificio casi místico por amor (p. 130). 

El mismo viejo truco de poner nervioso al inferior, haciéndolo esperar (p. 141).

El problema de ustedes los paisas, don Luis, empieza por una cosa muy simple: por el miedo al cuerpo. Les da pena estar desnudos (p. 155). 

un sueño como aquel que solo experimentamos cuando estábamos muertos todavía, antes de nacer (p. 157).

tenía una belleza más discreta, menos llamativa, que no se le notaba tanto cuando estaba vestida (p. 159). 

No es verdad que el amor entre por los ojos; el amor entra por la boca (p. 161).

La tragedia de los malos cuando nos hacen una maldad es que esa maldad se convierte, tarde o temprano, en nuestra misma redención (p. 169). 

no le gustaba la pornografía porque para él ver gente teniendo sexo sin amor era como ver parejas bailando, pero sin música. El baile sin música y el sexo sin amor le resultaban toscos, ridículos (p. 183). 

lo que tiene es pereza, o miedo a no ser capaz de escribir un buen libro con este tema tan incorrecto para nuestra época: un cura bueno (p. 184).

Al volverlo a ver el amor real era mucho menos interesante que el amor que había idealizado (p. 190). 

Si todos fuéramos perfectos, nadie necesitaría a nadie. Cada carencia implica que alguien suple esa carencia y la mejora y la hace menos honda (p. 213). 

La vida es bella porque es siempre un borrador (p. 214). 

es el sexo el que todo lo baraja y lo complica. El sexo, por ejemplo, es un gran generador de celos (p. 217). 

El paraíso, insistía, tan solo puede ser temporal, intermitente, porque si no se vuelve como un postre perpetuo o un eterno domingo (p. 218). 

Hay sin duda dulzura y suavidad cuando se entra a formar parte de una familia; salir de ella, en cambio, es siempre una experiencia desgarradora, sobre todo cuando hay niños (...) Hace falta entusiasmopara entrar, pero tiene que sobrar valentía  -a veces maquillada de indolencia y cinismo- para irse (p. 223). 

Le gustaba también, y mucho, la forma en que educaba a sus hijos, más concentrada en estimular lo que estaba bien que en censurar lo que no le gustaba (p. 226). 

con los honores no hay nada que hacer. Uno queda mal si los recibe, y queda mucho peor si no los recibe. Y yo prefiero parecer bobo que arrogante (p. 238). 

Tengo miedo de lo que el presente, cuando sea pasado, me hará en el futuro (p. 268).

Anulé en mí la inteligencia, el análisis, y me dediqué a ser ingenioso (p. 274).

La verdadera dicha es una familia, vivir en familia (p. 286).

Últimamente los curas, y hasta el Papa, no hacen otra cosa que pedir perdón con humildad por todos los errores de la Iglesia en la historia, y cuanto más perdón piden, más los atacan y desprecian (p. 313). 

oigo lo que dicen esos cristianos evangélicos y siento una gran añoranza por los curas católicos (p. 314). 

La anestesia produce un sueño muchísimo más profundo que el sueño profundo, del cual, a los que sobreviven, no les queda ni percepción del tiempo transcurrido ni recuerdo alguno. Es la nada total, la nada de la muerte (p. 331). 

La muerte no le ocurre a quien se muere, que ni cuenta se da, sino a quienes quedamos vivos. La muerte es un asunto de los vivos y no de los muertos porque solo los vivos la sentimos y padecemos (p. 339). 

La muerte es todo aquello que se trunca y no podrá ser (p. 340). 

Quisiera tener el consuelo de creer en la resurrección, pero, aquí entre nos, no siempre creo en ella. Hay días en que sí y noches en que no (p. 341).

Paraeso nos juntamos; por eso somos seres sociales, no para sufrir, sino para disminuir el sufrimiento y, si se puede, aumentar la felicidad (p. 347).

Salvo mi corazón, todo está bien.
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Octubre de 2022
360 páginass

jueves, 16 de diciembre de 2021

Camposanto, de Marcela Villegas Gómez

Amalia es la hija de Ignacio y Elena, una pareja profesional que se separó hace años y rehizo su vida cada cual por su lado. Elena no tiene aún 60 años, es independiente y autónoma pero de un tiempo para acá tiene comportamientos extraños. Se olvida de cosas, su aspecto está descuidado... nada que parezca grave aunque en realidad lo es: está desarrollando Alzheimer y Amalia tendrá que hacerse cargo de ella.

Ese es en síntesis el comienzo de esta novela corta en la que la relación madre-hija es protagonista. La hija es antropóloga forense y se dedica a rastrear fosas comunes para identificar desaparecidos. ¿qué tan desaparecida está su mamá en su mente? ¿es posible identificarla? las huellas de la violencia política aparecen como ecos lejanos en esta obra en la que los dramas íntimos ocupan el primer plano. 

Con capítulos cortos y humor Marcela Villegas se acerca a una realidad cruda. Así como Amalia, la protagonista, toma uno por uno los huesos que encuentra y los limpia con espátulas y pinceles hasta lograr dejarlos como quiere, así mismo se percibe el trabajo minuicioso de la autora con cada frase y cada párrafo. Las palabras de Camposanto están cuidadas de manera que permiten condensar en pocas páginas una atmósfera familiar y amorosa, en la que también la impotencia y cansancio a veces nublan la esperanza. 

Algunas frases
La compasión más auténtica es la de los desconocidos (p. 12). 

Después de tanto tiempo aún me asombra encontrarme con el horror entre la belleza del paisaje (p. 16).

Uno pensaría que los asesinos recuerdan dónde enterraron a sus víctimas, pero el olvido no siempre distingue lo nimio de lo importante (p. 16).

Un día despedí el sentido del humor de mi mamá, otro, su buena memoria, otro más, su control sobre lo cotidiano. Hoy, que estoy enterrando su independencia, siento que he parido una hija vieja que me entrega no una enfermera sino un neurólogo. Y he de cuidarla y no verla crecer, sino encogerse o diluirse (p. 16). 

Siempre hemos detestado participar de esa peregrinación semanal de los bogotanos acomodados que regresa al final de la tarde indigesta y melancólica en un atasco de tráfico aun peor que el viaje de ida (p. 25). 

Ellos ven el tiempo del paciente como una sucesión ordenada de procedimientos que ocurre en un universo paralelo. Uno, en cambio, sabe que está en una carrera contra el deterioro y que la enfermedad avanza cada minuto que pasa. 

¿Cómo voy a despedir a Elena? ¿Cómo se celebra el velorio de un vivo que se muere a pedazos? (p 33).

Se queja de que la enfermera la trata como a una niña. "No aguanto un diminutivo más: "la pastillita", "el vasito de agua","la comidita"... Quiero que se vaya a la mierdita". (p. 34). 

Tal vez todo es más grande en la memoria (p. 37). 

Casi siempre lo más importante de un cuadro es lo que no se ve (p. 44)

A lo largo de la historia casi siempre han sido las mujeres las encargadas de lavar y amortajar a los muertos. "Nos traen al mundo y nos despiden". (p. 55). 

Estoy perdiendo la capacidad de recordar, pero los recuerdos me visitan vivos y vuelvo a sentirlos como si los sucesos ocurrieran ahora. (p. 59). 

Ella siempre detestó a los puritanos y su temor a la felicidad ajena (p. 63). 

Ahora sé que los padres amorosos también pueden ser asesinos despiadados (p. 73).

El aprendizaje más difícil en esta profesión no es entrenarse para convivir con la muerte y la descomposición del cuerpo. Es aprender a conservar el temple ante las revelaciones que hacen los muertos sobre los vivos (p. 73). 

Para el neurólogo existo como una colección de síntomas que corroboran sus conocimientos y confirman su posición de privilegio (p. 76)

Oigo la risa de bebé de Amalia y daría todos los sonidos del mundo a cambio de ese (p. 86). 

Uno no educa a los hijos como debe sino como puede (p. 96). 

Nunca nos escribimos porque nos avergonzábamos demasiado de nuestras emociones como para dejarlas por escrito (p. 102) 

Siempre me he preguntado cómo aprendemos a vivir entre las ruinas, a volverlas habitables (p. 117). 

Me da rabia este cuerpo que no se resigna a vivir sin que lo toquen (p. 118). 

Camposanto
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Enero de 2018
134 páginas

lunes, 28 de junio de 2021

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère


"De vidas ajenas" es un título preciso. En esta obra de no ficción Emmanuel Carrère no se ocupa de su vida, como en "Una novela rusa" ni de una vida ajena en particular, como en "El adversario", sino de varias vidas ajenas que se presentan como la cara y el sello de una tragedia: los padres que pierden al hijo (la hija, en este caso) y las hijas que pierden a la madre. 

El libro está dividido en capítulos de aproximadamente 10 páginas cada uno en los que Carrère va cambiando el foco de atención, de manera que el relato se desplaza de unas vidas a otras: empieza en 2004 con el año nuevo en Sri Lanka y el gran tsunami que devastó la costa del Índico; luego viaja a Francia y se ocupa de la enfermedad y muerte de su cuñada Juliette; pero el relato sobre este cáncer se aborda primero desde el punto de vista de Étienne, un magistrado amigo, y luego desde la propia familia. Y como si fuera poco, en el interregno aparece un tema jurídico que ocupa la atención de Etienne y Juliette: la defensa de deudores morosos de crédito de consumo y la materialización del derecho a no pagar, y el telón de fondo son los altibajos de la relación de pareja de Carrère y Hélene, hermana de Juliette.
 

Carrère construye relatos muy visuales en los que es fácil ubicarse en el espacio, imaginar las escenas y recorrer con él como autor-narrador las distintas locaciones. Sin embargo quizás en este libro, más que en los anteriores, la lectura genera varias veces el interrogante de: "¿esta historia para dónde va?" porque se trata de un texto que se centra en personajes que luego se abandonan a su suerte para ocuparse de otros asuntos, como por ejemplo los temas jurídicos, que no habían sido anunciados previamente y que al final tampoco se resuelven con claridad. Para los acostumbrados a la narración con el esquema introducción-nudo-desenlace este libro resulta fallido. Pero quizás esa es la apuesta del autor: la vida propia y las vidas ajenas fluyen, y lo que en algún momento fue relevante o ocupó nuestra atención deja de estar tan presente con el paso del tiempo.


Algunas frases
Comprendió que no había llegado el fin del mundo, que estaba vivo y comenzaba la verdadera pesadilla (p. 380).

Ya no buscaba conquistar nada, sino tan solo saborear lo que había conquistado: la felicidad.

Esta mujer lo ha perdido todo porque lo tenía todo, al menos todo lo que importa. El amor, el deseo y la voluntad de hacer que dure y la confianza: durará (p. 399).

Para los padres de Héléne, como para los míos, la buena educación consiste, en primer lugar, en reservarte tus emociones (417).

A la gente que frecuento no le plantea problemas un libro que sea horrible: por el contrario, muchos ven en este hecho un mérito, una prueba de audacia que acredita la valía del autor. A los lectores más candorosos, como la madre de Patrice, les perturba. No juzgan que esté mal escribir estas cosas, pero de todos modos se preguntan por qué escribirlas. Se dicen que un tipo amable y bien educado, que les ayuda a cortar en rodajas los pepinos, que parece participar sinceramente en el duelo de la familia, debe ser, pese a todo, o muy retorcido o bien desgraciado, en cualquier caso debe haber en él algo anómalo (p. 421).

Nada me parecía más valioso que aquella seguridad, la certeza de poder descansar hasta el último instante en los brazos de alguien que te ama totalmente (p. 426). 

(citando Le livre de Pierre): "El peor sufrimiento es el que no se puede compartir. Y el enfermo de cáncer casi siempre experimenta este sufrimiento por partida doble. Doblemente porque, enfermo, no puede compartir con quienes le rodean la angustia que siente, porque debajo de este sufrimiento yace otro, más antiguo, que data de la infancia y que tampoco ha sido compartido ni observado por nadie. Pues bien, lo peor es eso: que nunca te hayan visto, que no te hayan reconocido nunca" (p. 460).

Me escandalizan tanto los que dicen que somos libres, que la felicidad se decide, que es una elección moral. Para esos profesores de la alegría la tristeza es una falta de gusto, la depresión una señal de pereza, la melancolía un pecado. Estoy de acuerdo, es un pecado, incluso un pecado mortal, pero hay personas que nacen pecadoras, que nacen condenadas, y a las que todos sus esfuerzos, todo su coraje y su buena voluntad no liberará de su condición (p. 462). 

Quiero recordar aquel que he sido y que son muchas otras personas (462). 

Descubría lo fácil que es convencer a los pobres de que, aun siendo pobres, pueden comprar una lavadora, un automóvil, una consola Nintendo para los niños o simplemente alimentos, que pagarán más adelante y que no les costará, como quien dice, nada más que si pagasen al contado (p. 475). 

Porque incluso cuando eres pobre tienes apetencias, ahí está el drama (p. 476).

Amaba el derecho, porque entre el débil y el fuerte está la ley que protege y la libertad que sojuzga (p. 499).

El dogma, para los suyos, es la discusión: se puede hablar de todo, se debe hablar de todo, de la discusión nace la luz (p. 499).

Tampoco se puede discutir con alguien que te dice que la Tierra es plana y que el Sol gira alrededor de ella. No hay dos opiniones dignas de ser tomadas en consideración, sino por un lado la gente que sabe y por el otro la que no sabe, y es inútil fingir que se enfrentan con armas iguales (p. 499). 

Soy ambicioso, inquieto, necesito creer que lo que escribo es excepcional, que será admirado, me exalto creyéndolo y me derrumbo cuando dejo de creerlo (p. 504). 

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2011
Traducción de Jaime Zulaika
200 páginas


jueves, 27 de mayo de 2021

Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha


Confiesa Rodrigo García Barcha al final de su testimonio: "sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad" (p. 91). Esa preocupación, la de un escritor dedicado al cine (guionista, director y productor), hijo a su vez de uno de los mitos de la literatura del siglo XX, seguramente atravesó la construcción de este libro: ¿cómo saber que el libro es bueno en sí mismo y no sólo porque revela detalles íntimos (chismosos, diría Mercedes) de los últimos días de la vida de Gabriel García Márquez?

Para los lectores de García Márquez el libro resulta revelador en la medida en que presenta una mirada distinta. El acercamiento al Nobel se hace normalmente desde su propia voz narrativa: desde lo que dejó escrito y también desde lo que dejó dicho en entrevistas en prensa, radio y televisión. Este libro permite acercarse desde un ángulo distinto: el de un autor que tiene acceso directo a un material privilegiado y lo narra desprovisto de la mitificación del personaje central. Rodrigo García no presenta al Nobel sino al padre enfermo y en irreversible deterioro hasta su muerte.

Se trata entonces de un ejercicio de desmitificación y humanización similar al que el propio Gabo hizo con Bolívar en "El general en su laberinto": ocuparse de narrar no las glorias sino la derrota final que significa el deterioro del cuerpo, la salud y la muerte. Rodrigo García presenta entonces a un anciano demente, que no reconoce a sus hijos y a veces tampoco reconoce a su esposa, al que las enfermeras deben incluso untarle crema en sus genitales para evitar que se queme y que en medio de su delirio solo desea regresar a su casa y con ese pedido, que hace desde su casa de México, se refiere al regreso a la casa de la infancia, la misma que narró en Vivir para contarla, su único libro autobiográfico.

"Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha" es un libro breve, en el que un tercio de las páginas se dedica a fotografías familiares y el resto se compone en capítulos cortos en los que el autor deja mencionados algunos asuntos espinosos: la posibilidad de practicar la eutanasia, lo patriarcal que resulta el apodo de "Gaba" o el tratamiento de "viuda de Gabo" para Mercedes, la tensión que implica para la familia hacer un duelo íntimo en medio de tanta gente y el alivio que llega con la muerte del escritor, que en razón de su enfermedad se había convertido en un peso cotidiano para la familia. 

Quienes quieran encontrar las claves de la literatura de García Márquez, sus rutinas de escritor, sus influencias y sus logros deben buscar otros libros. En este texto no aparece Gabo, aparece un padre, un abuelo viejo, enfermo y deteriorado, que quiere oír vallenatos para regresar a ese mundo antiguo en el que fue feliz. 


Algunas frases
"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta" (p.16).

"Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil" (p. 16).

"Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo" (p. 19).

"Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta" (p. 19).

"–¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
–Llorar.
–¿Llorar? Usted no está llorando.
–Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (p.19).

"Habla con una propiedad que hace olvidar, en la alegría del momento, que lleva años sumido en la demencia, y que el hombre con el que hablamos casi no está presente ni entiende nada, y apenas es él" (p. 25).

""Se está muriendo mucha gente que antes no se moría", y se divertía con la risa que provocaba" (p. 30). 

"Tal vez la única historia que vale la pena contar es la que nos haga reír" (p. 32).

"Casi todo lo que vale la pena saber se aprende todavía en casa" (p. 33).

"Cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir" (p. 35). 

"Consideraba que una enorme disciplina era una de las piedras angulares para escribir una novela, en particular cuando se trataba de estructurar la forma y los límites del relato" (p. 48).

"Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras" (p. 51).

"la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido" (p. 62).

"Un buen cuento siempre supera la verdad. Un buen cuento es la verdad" (P. 83).

"Mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta" (p. 87).

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir" (p. 91).

"Lamento no haberles preguntado más por los detalles de sus vidas, sus pensamientos más íntimos, sus mayores esperanzas y temores" (p. 103).

"Un hogar es un lugar muy diferente para cada uno de sus habitantes (p. 103).

"Con los años, la fragmentación continuará y la vida se sedimentará sobre las capas del mundo de mis padres y las capas de otras vidas vividas, hasta que llegue el día en que nadie en esta Tierra tenga memoria de su presencia física" (p. 104).

Gabo y Mercedes: una despedida
Rodrigo García Barcha
Editorial Random House
Bogotá, mayo de 2021
Traducción: Marta Mesa
138 páginas

martes, 9 de febrero de 2021

El fin del Océano Pacífico, de Tomás González

Al comienzo de la novela el narrador, el médico Ignacio dice que "avanzamos en la vida en un mar de digresiones". Así como la vida avanza esta novela: en un mar de digresiones desde una hamaca frente a una playa del Océano Pacífico.

La novela no está dividida en capítulos ni partes. En la primera página empieza el flujo de consciencia y avanzan los días en esa costa selvática del Pacífico chocoano hasta que, unos meses más tarde, es decir, 261 páginas después, el flujo se detiene. Es una narración incontenible en la que una voz paisa, simpática, burlona, habla de su mamá, sus seis hermanos, sus cuñados, sus sobrinos, la persona que les cocina, la enfermera, el que los cuida y una cantidad de personajes que van y vienen, como las ballenas que se avistan desde el corredor de la casa, pero ese flujo también viaja en el tiempo, a la casa de la infancia, la finca cafetera antioqueña, el colegio y de nuevo regresa a este presente que se ve tan paradisíaco pero no lo es.

Un lector puede pensar que es una novela en la que no pasa nada. Pasa la cotidianidad de una familia con peleas y amores, pasan el desayuno, el almuerzo, la comida y el malestar de la mamá que después se alivia. Pero en medio de esta vida corriente pasan los pensamientos de Ignacio, sus reflexiones sobre la vida, el amor, la historia política, los animales, y pasa también, de lejos y casi invisible, la violencia que azota a esa región del país. 

No pasa nada pero pasa la vida. Dice Ignacio "¡Y todo lo que se me va a quedar por ver y oír y pensar!" "Lástima lo cortos de tiempo" y al terminar las páginas, el viaje al Pacífico y la vida misma piensa uno que sí, que lástima lo poco que dura todo, incluyendo este libro profundo, hondo, sobre lo efímera que es la experiencia de la vida y sobre la muerte que siempre acecha, contado con humor y con un lenguaje tan coloquial y tan íntimo que me hizo evocar a La historia de Horacio, otro libro de Tomás González que también me resulta entrañable.

Algunas frases

Sabía de alta cocina, pero estaba lejos de hacerle feos a la "baja", y con toda razón, pues tiene sus riesgos, pero sin duda tiene sus maravillas (p. 10).

Nunca en la vida ha estado tranquila, si ha podido evitarlo (p. 17).

No le gustaba que la tomaran del pelo. Prefería encargarse ella sola de ese departamento (p. 20).

(sobre los narcos) Esas personas y también sus admiradores e imitadores son incapaces de formar oraciones verbales, aun las indiferentes o neutras, sin ponerles el veneno de su intranquilidad anómala, patológica: "pásame la hijueputa sal, por favor, ¿sí? Pilas. Gracias. (p.22).

Hay gente que piensa que sin niños ningún viaje es verdadero. Mi mamá, para no ir muy lejos, y también yo, siempre y cuando brinquen lejos (p.27).

El asunto de la mariquería produce curiosidad invencible y va a inquietar a la humanidad hasta el fin de los tiempos, pues no sirve para nada, no produce hijos y uno diría que se trata de amor desinteresado -variedad esta que ha sido poco respetada por la humanidad- y de cierta estética fuerte (p. 34).

Avanzamos en la vida en un mar de digresiones (p. 40)

La vida se expande en forma de digresiones y regresa a la nada (p. 40).

Oír música me ha gustado tanto como mi profesión, a ratos más. Y esto otro que me ha llegado con los años y que es parecido al gusto por la música o tal vez sea lo mismo es el gusto por la manera como se forman y despliegan mis pensamientos, que a veces no tienen nada que ver con la verdad y ni siquiera con la realidad. Ya sean piedras, arboledas, humaredas o hilos de humo, son su propia realidad (p. 41).

!Y todo lo que se me va a quedar por ver y oír y pensar! (p. 41) Lástima lo cortos de tiempo (p.41).

La infancia es una especie aceptada de locura, bastante apreciada e incluso sobrevalorada, casi siempre provisional, con un toque mínimo de retardo (p. 45).

Se encargaba con gran éxito de que los obreros no explotaran demasiado a los patrones (p. 46). 

Su mirada era una mezcla de agua líquida y agua evaporada, nube (p. 51). 

Algunas personas nunca tienen paz con su propia belleza (p. 58). 

Imágenes tal vez tomadas de Salgari o de Julio Verne, tan poco aficionados como nosotros a las verdades secas y estériles (p. 67). 

Pero seguía esbelto de intelecto (p. 85).

Vender la finca, ni soñar. Los asesinos van y vienen y la tierra permanece (p. 91). 

-¿Cómo hacen los mujeriegos para convencer a cada una de sus conquistas de que ella, ahora sí, por fin -créeme, amor-, es la mujer de tu vida? Y sobre todo ¿para qué? (p. 103).

A mí me da miedo pensar. Prefiero estar haciendo cosas desde por la mañana (p.130).

La novedad no está en las cosas sino en la forma de mirarlas (p.133).

La Creación es una mariposa multicolor que come mierda de perro (p.149). 

Hablaba con mi mamá sobre lo que hay más allá de más allá; de lo que sigue o no sigue a la muerte y de la ninguna importancia que tiene todo lo anterior, en realidad, porque lo único que importa y existe es el presente (p. 153).

Silbido del viento, rayos chillidos, gruñidos, aullidos y ruidos constantes del agua. La naturaleza siempre ha hecho ruido. Crepitaciones de la candela. Desde que se formó la atmósfera hay ruido (p. 154). 

Hombres superiores no hay. No habemos. Todos proyectamos las mismas sombras (p. 179).

Cuando se va el último turista otra vez se siente el tiempo antiguo y tranquilo de los alcatraces (p. 191).

Es raro y desesperante que los seres humanos vivamos un manojo de años, vislumbremos la infinitud de este asunto, conozcamos dos o tres cosas, la ley de la gravedad, la existencia de los neutrinos, y pum se nos apague el mundo. Mirándolo de otra forma, si uno conoce la parte, por pequeña, que sea, minúscula, infenitesimal, conoce el todo (p. 215). 

Hay mujeres que se van poniendo más bellas a medida que uno las conoce (p. 227).

Hacía algunos meses los paramilitares que habían azotado la región se habían disuelto después de una negociación con el mismo presidente que los había creado (p. 232).

Más necesita el obrero respeto que pan (p.254).

Que una frase sea profunda y armoniosa no la hace verdadera (p. 259).


El fin del Océano Pacífico

Tomás González

Seiz Barral

Bogotá, octubre de 2020

261 páginas