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jueves, 26 de septiembre de 2024

El vacío en el que flotas, de Jorge Franco

El vacío en el que flotas
es el título de la segunda novela de Ánderson Posada, quien tuvo un éxito temprano e inesperado con su primera novela Aquel monstruo indomable, con la cual ganó un premio internacional en 2002. Esto, lo del premio, lo sabe el lector en la primera página de esta obra de Jorge Franco. 

Hay en este libro de Jorge Franco muchos vacíos: en el hogar de Sergio y Celmira hay un vacío enorme porque Richi, su niño de cinco años, desapareció tras la explosión de una bomba en un centro comercial. Está también el vacío de Uriel o Kike Boreal, que no tiene una familia a la que pueda aferrarse y tiene, además, múltiples vacíos económicos. Ánderson, por su parte, tiene una primera infancia que es un gran vacío en su memoria: Uriel le dice que sus padres murieron en un accidente, pero la historia tiene tantos huecos que Ánderson duda de su veracidad. Está, por supuesto, el vacío físico que deja la explosión de una bomba, que es el hecho que detona toda la historia, y hay, a través de todas las páginas, la presencia/ausencia del dolor de un desaparecido. 

Entre tanto vacío es posible caer, hundirse, pero Jorge Franco tiene otra apuesta: en medio del vacío sus personajes pueden flotar, que es una manera de sobrevivir. 

El vacío en el que flotas ocurre en una ciudad colombiana que parece Medellín pero no se nombra dentro del libro. Es una historia urbana que se narra de manera fragmentada y asincrónica, a partir del punto de vista de distintos personajes. La estructura del libro es un artefacto sólido que evidencia el trabajo del autor: Sergio escribe un libro que por momentos parece ser la historia entre Anderson y Uriel. Sergio y Anderson son escritores y, en consecuencia, reflexionan sobre el proceso de escribir. En la armazón de esta novela Franco le propone al lector el juego de adivinar si Anderson existe o es una creación literaria, y ese salón de espejos devuelve múltiples imágenes con distintas respuestas factibles.

Uriel o Kike Boreal o Api es el personaje más atractivo de esta novela. Un travesti pobre, solitario y marginal que comete el delito de raptar a Richi y sin embargo logra despertar ternura y humor. Tiene tantos matices que resulta imposible leerlo como "el villano". Su oralidad, sus diálogos con la Virgen o las matas y sus costumbres muestran una ética personal difícil de encasillar.

Jorge Franco tiene un estilo vertiginoso, rápido y ameno, que mantiene el ritmo y engancha al lector. En esta novela un personaje dice que está "hasta el cogote de las novelitas burguesas y almibaradas de Jorge Franco". Ésta puede ser otra novelita burguesa y almibarada, quizás. No todo tiene que ser Proust. Yo difruté la lectura. 



Algunos subrayados 
Ya había cruzado el umbral de otra realidad inimaginable que le imponía buscar a su hijo en el mundo de los muertos (p. 20).

Sobre el escritorio estaban las páginas arrumadas, bocaabajo y perfectamente alineadas, de lo que él mismo llamaba "el embeleco de un periodista con ínfulas de escritor". Lo más probable era que nunca fuera a escribir un libro (p. 28).

―También me mandan libros de autoayuda ―continuó Celmira―. Sobre la pérdida de un ser querido, sobre el duelo, de cómo establecer comunicación con los ángeles, con los muertos, con los espíritus, hasta con los extraterrestres.
―En situaciones desesperadas, la gente se pega de lo que sea. Y algunos logran cierta paz (p. 34).

―¿O sea que recordar es limpiar? (p. 35). 

como artista no estoy en la obligación de decir más de lo que mi arte dice. Ni siquiera tendría que estar asistiendo a este evento ni dando esta entrevista. Mi libro ―continuas―, que tampoco estoy seguro de que sea arte, dice lo que tiene que decir de mí como escritor (p. 39). 

en la mitad de las entrevistas que he dado en mi vida, el entrevistador no se ha leído mi único libro (p. 41). 

Sabía de la desazón de los escritores al volver sobre lo escrito (p. 65). 

estaba hasta el cogote de las novelitas burguesas y almibaradas de Jorge Franco (p. 107).

Leer a McCarthy ameritaba también un trago de cualquier cosa (p. 107). 

Culpa porque en algún momento iba a aflojar y dejaría de pensar en su hijo. Porque cualquier mañana se iba a despertar con menos agonía que el día anterior. Porque cuando menos lo imaginara, iba a retomar la inercia de su vida antes de aquel día (p. 130). 

abres algunos portales de los periódicos colombianos. Treinta segundos para confirmar que todo sigue igual. Seguimos odiándonos (p. 135). 

quedó frente a ella, indeciso y perturbado, como queda cualquiera frente a una mujer que llora (p. 149). 

―¿No eres creyente? ―le preguntó ella.
―No sé ―respondió Sergio. Se quedó pensativo y luego dijo―: Me da trabajo asimilar ese lado mágico de la religión. Ante los misterios, me he refugiado siempre en los libros. 
―¿Y ahí está la respuesta? ―Preguntó la fiscal.
―Claro. Y siempre es la misma: todo lo del hombre es, únicamente, del hombre. Punto (p. 152). 

Va mal porque es mi primer libro, porque el aprendizaje es duro, porque nunca llegaré a escribir como los autores que admiro, porque el protagonista de mi libro es un escritor exitoso y yo no lo soy, porque las ideas no se acoplan con las palabras y las palabras se me escapan. Eso suena bonito, dijo Clarisa. ¿Qué? Eso que acaba de decir; debería escribirlo. Le apuesto a que si lo escribo, dijo Sergio, ya no va a sonar igual. Así de caprichosa es la escritura (p. 153).

―"Interesante" es una expresión interesante ―le comentas―. No descalifica, pero tampoco elogia. No compromete a quien la dice. Abre la puerta a la discusión. Los pensamientos opuestos pueden coincidir en algo o en alguien "interesante". (p. 163). 

―Lo importante es que quieran tus libros. Nosotros nos vamos a morir (p. 167). 

―¿A quién decepcionas si no cumples con tu rol de madre dolorida? ¿A ti misma, a tu familia, a la sociedad? (p. 248). 

Lo que ignoran los demás es que detrás de un autor hay un ser humano, despreciable en la mayoría de los casos, vanidoso y sobrevalorado, porque el mercado de la cultura es tan vil como cualquier otro mercado (p. 302). 

―¿Usted va a misa, Carolina? ―le preguntó Celmira.
―Por supuesto ―respondió―, si allá están los que me buscan por las noches (p. 315). 

Te angustia soltar tu libro al mundo. Pronto llegarán las galeradas y será tu última oportunidad para intervenir, después tu trabajo caerá en manos de lectores y críticos, y lo peor, de las redes sociales, inundadas de sabiondos y reseñistas de último minuto. Hasta los que no leen opinarán de tu libro. Lo elogiarán o despedazarán dependiendo de si les caes bien o mal (p. 321). 

Quien vive en el mundo de la escritura no puede irse nunca y estará condenado a habitarlo ya sea en un tugurio, en la suite de un hotel, en una mansión o en la sucia calle. Morirás dándole vueltas a alguna historia en tu cabeza, es irremediable (p. 324). 

no es sino mirar para darse cuenta de que casi todos los escritores están muertos, y él está muy joven para morirse, que mejor se dedique a eso cuando esté viejo, o muerto, como esos otros (p. 326). 

Los escombros siguen pegados a los esqueletos, y sobre los que cayeron no se visulmbran restauraciones ni construcciones nuevas (p. 333). 



El vacío en el que flotas
Jorge Franco
Editorial Alfaguara

Agosto de 2023
Bogotá
336 páginas

lunes, 18 de diciembre de 2023

Asombro, de Tomás González

No sé por qué no leí este libro antes. Desde hace más de una década leo los libros de Tomás González tan pronto como salen, porque son regalos de la vida que quiero disfrutar tan rápido como se pueda. Asombro se me pasó, quizás porque, como no es una novela ni un libro de cuentos, tuvo menor registro en la prensa y no supe de su existencia. Lo descubrí hasta que hace poco, curioseando estantes de Leo Libros, y me alegré como quien encuentra la última lámina que le falta al álbum.

Leer a Tomás González es un placer, pero este volumen es un placer particularmente delicioso para quienes además de leer escribimos, porque en este libro el autor reflexiona sobre por qué escribe y cómo escribe: lo que le interesa de la escritura (el caos) y el rol de la poesía en la narrativa. Además, como suele ocurrir con sus obras, las digresiones poéticas las salpimienta con un humor que arranca carcajadas sonoras.

Asombro es un conjunto de textos breves divididos en tres grandes bloques: "Ideas", "Vida" y "Libros. En "Ideas" Tomás González filosofa sobre la relación con la naturaleza, los premios literarios, el asombro, la belleza y la muerte, entre otros asuntos, pero lo hace sin pesadez ni tono erudito. Al contrario, sus ideas se presentan de manera cristalina, como las reflexiones de un hombre que ya ha vivido y leído bastante y sabe que la sencillez es una virtud de la vida y de la prosa difícil de lograr. En "Vida" cuenta anécdotas personales, historias de su matrimonio, sus amigos, sus viajes, la muerte de sus hermanos y la infancia, en un tono ameno y a la vez profundo, con la familia como eje articulador de las historias personales. "Libros", la tercera parte, es una compilación de lo que ha dicho en distintas entrevistas sobre cada uno de los libros publicados: sobre cómo los escribió y qué deseaba explorar o aprender con cada uno.

Asombro es, en suma, un libro generoso, pero además un libro imprescindible para los lectores del gran Tomás González.


Algunos subrayados (muchos)

Los seres humanos, únicos sobre el planeta dotados de inteligencia, gracias a nuestro valor, esfuerzo, disciplina e ingenio, nos las hemos arreglado para quedar flotando, medio asfixiados, en la masa revuelta de nuestros propios desperdicios. Pero todos, curiosamente, conservamos la firme creencia de que somos la imagen de Dios y los reyes de la creación. Y es esa noción, o estructura mental, producto y causa del desarrollo descontrolado de la ciencia y de la técnica, la que ha disparado el tiempo y lo ha hecho irse de bruces, derrumbarse hacia adelante (p. 12). 

el empobrecimiento de la literatura que se produce cuando cada escritor trabaja con la intención, a veces inconsciente, de que su novela pueda llegar a ser película (p. 14).

Por fortuna la muerte es apenas provisional y dura poco (p. 18). 

Para mí es esencial, entonces, que en la narración sea constante la presencia del caos (p. 20).

no hay experiencia alguna, sea individual o colectiva, que no se viva en la intimidad (p. 22). 

En tantos libros de poemas los escasos momentos de intimidad que tiene el poeta Borges bastan para hacernos saber que el hombre que los escribió era capaz de sentir con toda la fuerza y expresar aquello que está clavado demasiado hondo en el corazón. En mi opinión son esos momentos de intimidad los que hacen de él un poeta (p. 25).

Me interesa, como a todo el mundo, la Historia con mayúscula, y sé bien que nos movemos en ella, pero también sé que por grandes que sean los hechos, solo se viven en el corazón propio. La intimidad en primer plano, y la Historia en el trasfondo (p. 26). 

cualquier representación de la muerte es solo manifestación de vida (p. 27). 

Creo que las obras literarias están siempre formadas por memorias, es decir, por ecos de hechos. Esto sin excepción. Incluso en aquellas que se habla de marcianos (p. 28). 

a los seres humanos nos es posible elaborar, pero no inventar. Creo que solo la naturaleza, o Dios, puede inventar; y que a nosotros nos corresponde trabajar sobre lo ya inventado y recrearlo, reinventarlo. 
Es decir, recordarlo (p. 29). 

¿Para qué, entonces, vinimos a este mundo?
Vinimos a admirarlo, digo yo (p. 31).

Las fechas crean la ilusión de que uno entiende el mundo y sus acontecimientos, pero son solamente eso: elementos, no inútiles del todo, no, pero casi, de la fantasmagoría que es la realidad (p. 39). 

Tengo problemas con el concepto de trama para las novelas. Me parece que la obligación de que tengan trama las convierte en productos artificales, que no reflejan la manera como está constituida la realidad (p. 51). 

para mí la narrativa debe estar cargada de poesía, pues sin ella el texto se hace plano, pierde vida (p. 53).

Lo que sí es para mí cuestión de principios es tratar de decir tanto como sea posible con las palabras, con las frases (p. 53). 

Al escribir trato de quitarme el miedo de meter la pata, de equivocarme, de escribir barrabasadas (p. 55). 

No existe historia que no se pueda contar bien en ciento cincuenta páginas. Tal vez el truco consista en gozar con las digresiones sin dejar que se pierda el hilo principal. También ayudarían las historias o tramas secundarias... Claro que de esa forma se diluye la contundencia... En fin, ya se verá. En cuento, sin embargo, sigo trabajando con historias más bien largas, que se me dan mejor que las cortas, creo yo, y en las que se gana o pierde por puntos, y no por nocaut, para usar la comparación de Cortázar (p. 56). 

La verdad es que no sé muy bien por qué escribo (p. 58).

La literatura nos hace ver el mundo en todo su horror y toda su belleza, es decir, nos produce ese entusiasmo estético (p. 58). 

Voy a cumplir sesenta y cinco años, y a esta edad ya casi nada se siente como obligatorio o imprescindible. Ya casi todo es paisaje (p. 60). 

Hay que abolir los premios literarios (p. 63)

Los jurados son, por definición, personas que consideran que el trabajo literario de muchos escritores muy distintos unos de otros pueden, no solamente compararse cualitativamente, sino ponerse a correr como caballos (p. 65). 

Si alguien vive en un apartamento, digamos en Manizales, podría creerse separado de la naturaleza, lo cual sería un error, a mi modo de ver (p. 77). 

Me gustaría mucho que solo se extinguieran los humanos rapaces pero es más probable que se extinga la especie completa, y eso tal vez sea lo mejor para la naturaleza como totalidad (p. 79).

Todos los himnos nacionales de todos los países deberían ir a la basura. Nada que incite al nacionalismo deberá ser condonado, y menos en los colegios y las escuelas, que es de donde sale la carne de cañón para las guerras (p. 83). 

(sobre la mamá) ella rea una señora de buena familia de Manizales y nadie hubiera pensado que le gustaba el jefe (Daniel Santos). (p. 99).

Por esos días estuve a punto de que me gustara la salsa (p. 100). 

Una de esas personas de quienes el poeta dice que, como a los caracoles, su caparazón resistente les da mucha capacidad de ternura (p. 112). 

siempre utilizamos vivencias propias o ajenas para escribir (p. 123).

El escritor toma la materia que ya está inventada o creada, y hace "edición", que consiste en utilizar la historia casi tal cual le llegó (como hice en Primero estaba el mar) o extrapolar situaciones de aquí y de allá, personajes de un lado y de otro, y recomponer o interpretar la realidad según su sensibilidad (p. 123). 

En general, las personas que me sirven de punto de partida para los personajes entienden bien la diferencia entre ellas y los personajes, y saben que estos se sostienen solos, sin necesidad de que se los relacione con personas reales, se sostienen solas sin que tengan que ser "plasmadas" en cuentos o novelas. Nunca me he sentido obligado a serles fiel a las personas reales, y en el momento de crear al personaje me siento en libertad de hacer lo que quiera. Lo importante para mí es que tenga coherencia interna y esté vivo (p. 131). 

Todo esto de las artes y las artesanías no es más que un juego. Un juego muy complejo y serio, como el de los niños (p. 135). 

El narcotráfico lo toqué en un cuento, "Las palmas del ghetto", y es muy probable que en algún momento vuelva a escribir sobre eso (p. 143). 

También recuerdo la novela Carretera al mar, del caldense Tulio Bayer, que me impresionó mucho (p. 144). 

Me interesaba en igual medida intentar entender la visión de la vida que se podría alcanzar desde la vejez avanzada (p. 149). 

El intento de plasmar el caos para así vencerlo se da en este y en todos mis libros. Que ese es el eje de mi narrativa se me ha hecho claro ahora, cuando alcanzo ya a tener una visión amplia del conjunto de mi trabajo (p. 150). 

Un porcentaje altísimo de la literatura universal gira alrededor de este asunto del amor. Hay excelentes novelas, gran literatura, que se construyeron en su totalidad sobre las preguntas: ¿se casan?, ¿no se casan? Un porcentaje altísimo de la música que hemos producido los humanos está inspirada por el asunto. Todos los boleros. La mayoría de los tangos. La mayoría de las rancheras. Casi toda la poesía. El poder del amor para generar imágenes es inmenso, asombroso y bastante absurdo (p. 155). 

es bueno saber estar solo. Sin pareja, quiero decir, porque solos nunca estamos. En el peor de los casos, como bien decía un poeta de aquellos que tienen humor, estamos con Dios (p. 157). 

La convicción de que la vida, mi vida, solamente por haberme dejado ver la belleza de lo que es bello y también de lo terrible, ya ha valido la pena (p. 161). 

La expresión "descansó en paz" es exacta. Este asunto de vivir va cansando, y en ese sentido morirse es bueno. Lo que preocupa es que el cuerpo, el organismo, al no entender esas razones, podría dar una pelea dolorosa, larga y perdida en la crisis final. La muerte asusta, aunque en muchos sentidos sea una liberación (p. 162). 

Los triunfos no duran para siempre y todo termina por deshacerse (p. 163).

La derrota está en aquello que muere antes de alcanzar su forma plena, no en lo que muere después de hacerlo (p. 163). 

He leído cuentos tan bien logrados que al final he sentido ganas de aplaudir. Con los de Rulfo me pasó así. Con los de Cortázar. Con los de Truman Capote. Aplaudí de hecho cuando leí Dilema doméstico de Carson McCullers (p. 167). 

La diferencia entre un relato y una novela es parecida a la que hay entre trabajar al óleo y hacerlo con acuarelas. Idealmente se trabaja rápido y se retoca poco, pero lo cierto es que en algunos se trabaja muy, muy despacio y se retoca mucho, de modo que parezcan escritos al vuelo y sin retoques (p. 167). 

Reunir todos mis relatos en La espinosa belleza del mundo fue como si al fin se hubieran juntado partes dispersas y pudiera ver mejor el conjunto de mi trabajo de varias décadas. Su coherencia. (p. 169). 

esta filosofía en mi escritura está en el convencimiento de que cada frase debe contener la totalidad y en cada una debe apoyarse el peso completo de la narración toda. El centro de gravedad se traslada de frase en frase (p. 172).

Los seres humanos somos animales de grupo, y el más importante de los grupos, el esencial, es la familia (p. 175). 


Asombro
Tomás González
Seix Barral
Bogotá, 2021
182 páginas

jueves, 17 de mayo de 2018

La hora de la estrella, de Clarice Lispector

En marzo de 1977, pocos meses antes de su muerte, Clarice Lispector publicó La hora de la estrella, una novela corta que revela su genialidad como escritora. De hecho hay quienes piensan que haberle negado el Premio Nobel a ella es tan injusto como no habérselo dado a Jorge Luis Borges. Quizás su temprano fallecimiento, a los 57 años, explique en parte dicha omisión.

La hora de la estrella es una novela sobre la marginalidad, sobre sentirse diferente, pero es, sobre todo, un texto sobre la escritura: sobre el poder creador del artista. Primero estuvieron el artista y la palabra y luego vino la obra, parece decir Lispector en esta novela en la que primero se presenta al escritor, "pero tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lagrimear sentimentalidades". Luego, ese escritor va configurando el escenario, el personaje y luego el personaje va desplazando al escritor hasta casi hacerlo desaparecer.

El personaje es Macabea, una mujer fea, pobre, virgen, huérfana, migrante, que creció en medio del maltrato y ahora sobrevive con un trabajo precario y mal pago. Sufre humillaciones pero como nunca ha tenido más que eso ni siquiera es muy consciente de la condición en la que vive: "No sabía que era infeliz porque tenía fe. ¿En qué? En ustedes, aunque no es necesario creer en alguien o en alguna cosa. Con creer es suficiente".




A diferencia de Macabea, Clarice Lispector fue una mujer bella, muy consciente de su cuerpo, sobre todo después de que sufrió severas quemaduras. Tampoco fue pobre, pero al igual que Macabea fue migrante, marginal y quedó huérfana de madre a muy temprana edad. 

Sin embargo la historia de Macabea puede ser anecdótica. El valor de La hora de la estrella está en mostrar las costuras sobre cómo la autora concibe (literalmente concibe, de concebir) una novela: cómo surgen el narrador, los personajes y el espacio. Una narración que se siente contemporánea y vigente, aunque ya tiene más de 40 años. La hora de la estrella es como un vestido puesto con las costuras a la vista. Todo un regalo para quienes quieren escribir.

En 2015 la editorial argentina Corregidor reeditó esta novela, con tres bonus track: Una introducción de Gonzalo Aguilar y dos estudios críticos de Italo Moriconi y Florencia Garramuño. Muy recomendados.


Algunas frases
Me dedico a la nostalgia de mi antigua pobreza, cuando todo era más sobrio y digno y todavía jamás había comido langosta.

Ese yo que son ustedes pues no aguanto ser solamente yo, necesito de los otros para mantenerme de pie.

Lo que me estorba la vida es escribir.

Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria estaba la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. no sé cómo, pero sé que el universo jamás comenzó.

Sólo consigo la simplicidad a través de mucho trabajo.

Mientras tenga preguntas y no haya respuestas continuaré escribiendo.

Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos - soy yo que escribo lo que estoy escribiendo.

Si posee veracidad -y está claro que la historia es verdadera aunque inventada- que cada uno la reconozca en sí mismo.

¿Quién no se preguntó alguna vez: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?

Cada día es un día robado a la muerte. Yo no soy un intelectual, escribo con el cuerpo.

¿Por qué escribo? Antes que nada porque capté el espíritu de la lengua y así a veces la forma hace al contenido.

No, no es fácil escribir. Es duro como romper rocas.

La palabra es fruto de la palabra. La palabra tiene que parecerse a la palabra. Tomarla es el primer deber para conmigo. Y la palabra no puede ser ornamentada y artísticamente vana, tiene que ser sólo ella misma. 

Por ahora no leo nada para no contaminar con lujos la simplicidad de mi lenguaje.

No tenía aquella cosa delicada que se llama encanto.

En la hora de la muerte las personas se vuelven brillantes estrellas de cine, es el instante de gloria de cada uno y es como cuando en el canto coral se oyen agudos silbantes.

El domingo ella se despertaba más temprano para quedarse con más tiempo sin hacer nada.

Su vida era una extensa meditación sobre la nada.

Tenía la vaga idea de que mujer que entra en restaurante es francesa y hecha para el disfrute.

Ella tuvo por primera vez en su vida una de las cosas más valiosas: la soledad.

En términos generales, no se preocupaba por su futuro: tener futuro era un lujo.

Y hasta la tristeza también era cosa de ricos, para quien podía, para quien no tenía nada que hacer. Tristeza era lujo.

Tenía la felicidad pura de los idiotas.

Nunca había tenido el coraje de tener esperanza.

El destino de una mujer es ser mujer.


La hora de la estrella
Clarice Lispector
Editorial Corregidor
Buenos Aires
2015 (primera edición 1977)
116 páginas.

lunes, 5 de junio de 2017

Contarlo todo, de Jeremías Gamboa


Jeremías Gamboa es un escritor peruano que dejó el periodismo para dedicarse a la literatura. En 2013 publicó su primera novela, titulada "Contarlo todo", una obra que narra la historia de Gabriel Lisboa, periodista peruano que abandona su oficio para dedicarse a escribir un libro titulado "El día de contarlo todo". Así de autobiográfica es esta historia: una novela real con nombres cambiados.

Gabriel Lisboa es un muchacho de bajos recursos que vive con unos tíos en el populoso barrio Santa Anita, de Lima. Con esfuerzo estudia en una universidad privada, se gradúa, trabaja en medios de comunicación y de pronto decide abandonar su carrera exitosa para dedicarse a escribir. Jeremías Gamboa nos narra la historia de Gabriel con todos los detalles. Su misión es "Contarlo todo": Las novias de Gabriel, sus inseguridades, sus amigos, las dificultades económicas, el sexo, las lecturas, la ropa que usa, la música que oye, el paisaje de su barrio. Lo cuenta todo en una narración hiperreal de 500 páginas en las que el lector se adentra en los pensamientos y temores de Gabriel, y de su mano en la ciudad de Lima de los años 90 y comienzos de 2000, en las salas de redacción, en las conversaciones absurdas con sus amigos. 

Se trata de una vida común y corriente. Tan común, tan corriente, tan ordinaria, que habrá quien piense que de las 500 páginas del libro sobran 400 porque en muchos capítulos la acción es apenas la vida cotidiana: Gabriel en el trabajo, con novia nueva, en la universidad, trotando por las mañanas, intentando superar el bloqueo de la página en blanco. A los lectores que buscan grandes acciones, aventuras, viajes o suspenso, más les vale cambiar de página. En este libro no hay homicidios ni suicidios; no hay accidentes súbitos ni grandes tragedias, distintas a la tragedia que a veces significa llegar al final del día o al final del mes. 


La belleza del libro está en la narración detallada y amorosa de la vida común, con la que se puede identificar fácilmente cualquier lector de clase media latinoamericano. Es una novela juvenil que comienza con Gabriel universitario y termina con el protagonista de 28 años. Un personaje que se transforma a medida que el libro avanza, y que desnuda defectos y debilidades del protagonista, alter ego del escritor: las inseguridades sobre la calidad de su obra, que son explícitas, pero también otras menos evidentes pero igualmente visibles, como cierto machismo y algo de resentimiento social. 

La novela es también un texto sobre la dificultad de escribir una novela: la falta de tiempo, de inspiración, de tema; la dificultad para encontrar una voz, un tono, y la pregunta sobre si vale la pena el esfuerzo. Finalmente Gabriel logra escribir su libro, que es el de Jeremías Gamboa, un autor que contó con la bendición de Mario Vargas Llosa y Carmen Balcells para el lanzamiento de esta primera obra en la que cuenta toda su vida. Habrá que esperar si después de contarlo todo, le queda algo por decir en otro libro. Algo que valga la pena. 

Algunas frases:
Quizás se trate simplemente de eso, de que he aprendido finalmente que la cosa es hacer y no juzgarme. Eso es. De vencerme escribiendo. Y basta. 

-Usa puntos para separar ideas. Si tienes ideas, estas se separan por puntos. Una idea, un punto. Los textos, todos los textos, son cadenas de ideas. Por eso están separados por puntos. Tienes las ideas. Debes separarlas por puntos. Siempre.
-No adjetives; eso es de señoritas relamidas y de poetas. Sin adjetivos. Con ellos perdemos seriedad.
-Si tienes ideas sólidas, tus textos serán breves. Textos larguísimos casi siempre denotan falta de ideas. 

Escribo sobre esos primeros años en la universidad y me doy cuenta de que fue en ellos también cuando por primera vez empecé a leer literatura. No se bien por qué comencé a hacerlo. En cierto momento, quizás, pensé que me ayudaría a suplirlas desventajas de lenguaje que notaba ante algunos profesores y ciertos alumnos de la universidad, pero ahora creo que en el fondo lo hice por una irremediable sensación de soledad y cierto desasosiego.

Siempre puede haber un poeta de verdad escondido detrás de cualquier puerta. Los buenos escritores nunca se hacen notar.

Ferrero me enseñó algunos de los aspectos del lenguaje que yo aún desconocía o de los que todavía no tenía plena conciencia, y que con el tiempo me convertirían en un editor: la inutilidad de los gerundios y los conectores lógicos, el abuso de las frases subordinadas, el tipo de palabra que evidenciaba pobreza léxica y la total necesidad de encontrar el término más justo para aquella idea que deseábamos compartir con los lectores.

Para tener los temas más diversos y novedosos en una revista era indispensable reclutar seres excéntricos y balas perdidas lo suficientemente freaks como para ver el mundo desde perspectivas fuera de lo común. 

Porque ella, la vida, como un manuscrito en proceso podía reescribirse. Y entonces yo tendría la posibilidad de reformular ciertas frases y suprimir otras, buscar nuevos personajes y quedarme con los que me gustara. 

No tenía la más puta idea de cómo yo me podía enseñar a mi mismo a escribir lo mío si precisamente era yo quien ignoraba todo. 

Encendía la máquina religiosamente y me sentaba frente a su pantalla, pero la verdad es que hacía cualquier cosa menos escribir: miraba el documento abierto como un autista, pensaba en cosas absurdas, esperaba el mínimo estímulo para encontrar una excusa y abandonar la silla y así alejarme de la comprobación diaria de mi ineptitud. Supongo que esperaba demasiado de mí, y que ahí radicaba la base de todo el problema, pero por esos días no tenía la menor capacidad de darme cuenta. 

El escritor de verdad -así lo pensé- debía estar haciendo eso siempre, atravesar esa parte trabajosa que para el tablista era salir al frío de la playa de mañana, preparar su tabla y su ropa, calentar y meterse al mar aun cuando las olas se vieran pésimas y lo más probable es que saliera decepcionado de ellas. ¿Tendría recompensa estar braceando obstinadamente en el agua? La tendría cuando viniera la ola perfecta y uno no estuviera en otro lugar que frente a ella, dentro del mar, y supiera tomarla en el tiempo correcto para después mantenerse encima de la tabla. Los libros que a mí me encantaban habrían sido escritos por hombres así, que habían permanecido sentados ante una máquina de escribir o frente al papel a la espera paciente de la ola interior aun cuando no ocurriera nada. Escribir era eso.

sus esfuerzos debían dirigirse por completo al logro de una frase que no fuera bonita ni sonora sino "auténtica", una que contuviera realmente una verdad. Aunque se preguntaba cómo diablos definir la "verdad".

le empezaría a hablar a su amigo de armas imperceptibles guardadas en los cajones de las casas, de heridas que la gente que se quiere de veras se propina sin intención y control alguno, de la erosión del tiempo que de pronto detiene las cosas o las congela. 


Contarlo todo
Jeremías Gamboa
Editorial Mondadori
Barcelona
2013
507 páginas

miércoles, 15 de enero de 2014

Mientras escribo, de Stephen King



Si no me lo hubiera recomendado la persona que lo hizo (y que merece toda mi credibilidad) no habría leído "Mientras escribo", básicamente porque está firmado por Stephen King y no he leído nada de King porque he leído lo que se dice de él: autor de best sellers, de libros de consumo rápido y fácil que no pueden ponerse en el mismo estante de la literatura de verdad-verdad.

Prejuicios aparte, leí "Mientras escribo" y me gustó. Me entretuvo y además me pareció honesto el ejercicio de poner por escrito cuáles son las motivaciones de un escritor, sus dificultades, sus "atascos de imaginación", su caja de herramientas (el vocabulario, la gramática, los personajes, los diálogos, la historia, las figuras literarias...), etc. 

El libro tiene una primera parte autobiográfica, narrada con bastante humor, en la que King narra su infancia, las penurias económicas de su familia y sus inicios como escritor (ganaba 6.000 dólares mensuales y cuando un agente logró vender su primera obra a una editorial, por 400.000 dólares, se le ocurrió que había que celebrar y decidió comprarle un regalo lujoso a su esposa. Le compró un secador de pelo). 

La segunda parte aborda los asuntos más técnicos: cómo escribir, qué errores evitar, de qué hablar, cómo corregir y editar, cómo buscar agente literario, etc...

En resumen, un libro útil para quienes quieren escribir, y un libro entretenido para quienes gustan de las (auto)biografías.
 
Algunas frases:
Me acuerdo de que en la misma época creía que una puta era una mujer altísima. Un hijo de puta tenía condiciones para jugar a baloncesto.



La aparición de la tele en el domicilio de los King fue relativamente tardía, de lo cual me alegro. Pensándolo bien, pertenezco a un grupo bastante selecto: el de la última promoción de novelistas norteamericanos que aprendieron a leer y escribir antes que a tragarse su ración diaria de basura visual.



Si no hay objeción, me gustaría aclarar algo lo antes posible. No hay ningún Depósito de Ideas, Central de Relatos o Isla de los Best-sellers Enterrados. Parece que las buenas ideas narrativas surjan de la nada, planeando hasta aterrizar en la cabeza del escritor: de repente se juntan dos ideas que no habían tenido ningún contacto y procrean algo nuevo. El trabajo del narrador no es encontrarlas, sino reconocerlas cuando aparecen



La verdad es que estaba bastante contento. A la edad en que todavía no hay que afeitarse, el optimismo es una respuesta perfectamente legítima al fracaso.



Casi todos los escritores de novelas, cuentos o poesía de quienes se ha publicado siquiera una línea han sufrido alguna u otra acusación de estar derrochando el talento que les ha regalado



Escribir una historia es contársela uno mismo —dijo él—. Cuando reescribes, lo principal es quitar todo lo que no sea la historia.



Había veces (sobre todo en verano, al tomarme la pastilla de sal de la tarde) en que tenía la impresión de repetir la vida de mi madre. Solía tomármelo a chunga, menos cuando estaba cansado o se me acumulaban las facturas. Entonces me deprimía y pensaba: ¿Para esto he nacido? No puede ser. Luego me decía: Media humanidad piensa lo mismo.



Los matrimonios jóvenes reciben pocas cartas. Parece que se haya olvidado todo el mundo de ellos, menos las compañías del gas y la electricidad



Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en ti. Tampoco es necesario que hagan discursos. Basta, normalmente, con que crean.



Ahora ya sé qué significa estar borracho: una vaga sensación de buena voluntad, otra más nítida de tener casi toda la conciencia fuera del cuerpo, flotando encima como una cámara en una película de ciencia ficción y filmándolo todo, y por último el mareo, el vómito y el dolor de cabeza.





Los libros son la magia más portátil que existe.



La primera regla del vocabulario es usar la primera palabra que se te haya ocurrido siempre y cuando sea adecuada y dé vida a la frase. Si tienes dudas y te pones a pensar, alguna otra palabra saldrá (eso seguro porque siempre hay otra), pero lo más probable es que sea peor que la primera, o menos ajustada a lo que querías decir.



Si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho. No conozco ninguna manera de saltárselas. No he visto ningún atajo



Una descripción acertada suele componerse de una serie de detalles bien escogidos que lo resumen todo. En la mayoría de los casos serán los primeros que se le ocurran al escritor



Para aprender a escribir diálogos conviene hablar y escuchar mucho; sobre todo escuchar, v fijarse en los acentos, los ritmos, los dialectos y la jerga de varios grupos. A los solitarios como Lovecraft suele salirles mal el diálogo, o poco espontáneo, como sí no lo escribieran en su lengua materna.



Cuando se sufre un atasco imaginativo, el aburrimiento puede ser muy aconsejable.



Opino que estar casado, entre otras cosas, significa emitir el voto decisivo cuando el otro no sabe qué derrotero tomar


Mientras escribo
Stephen King
Editorial Plaza y Janés
2002
320 páginas