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martes, 13 de diciembre de 2022

Soñar lo imposible: desafiando las miradas desiguales, de Paula Moreno

Este libro tiene cinco capítulos claramente definidos, el primero es un breve texto, a manera de introducción, en el que la autora, la exministra Paula Moreno, escribe desde Brasil. Narra un encuentro casual con una persona que, en medio de un diálogo cálido e inesperado, le da el impulso para sentarse a escribir este libro. Los tres capítulos siguientes son la esencia del libro: tres perfiles de líderes sociales que desde su quehacer engrandecen su entorno y transforman su comunidad.

El primer perfil es el de María Roa, oriunda de Apartadó y primera presidente del sindicato de empleadas domésticas afrocolombianas. Ese origen al lado del mar hace que la autora presente a María como un personaje de agua, que fluye y deja correr lo que le llega. María llegó a Medellín siendo aún muy joven, vivió la tragedia de Villatina y luego tuvo que devolverse para Apartadó, de donde había salido huyendo de la violencia que asesinó a su hermana mayor. Luego regresa a Medellín y allí, como empleada del servicio, empieza a indignarse por la inequidad y el maltrato, hasta formar el sindicato de empleadas domésticas, que hoy tiene más de 770 afiliadas.

El segundo perfil es la inspiradora historia de Rafael Palacios, quien creció en Copacabana, aunque siempre tuvo que oír la pregunta "¿de dónde vienes?" porque un niño negro no se presume oriundo de Antioquia. Rafael empezó a interesarse por la danza en las clases que su papá les daba en el colegio, pero antes de terminar el bachillerato decidió asumir la danza como profesión, cuando se ganó un cupo en el Ballet de Sonia Osorio. Allí se sintió incómodo con la folclorización del maltrato a indígenas y negros y decidió seguir explorando. Logró llegar a París, en donde se formó al lado de grandes maestras, y después de mucho recorrer decidió regresar a su raíz, a su tierra, y desde hace 25 años dirigie Sankofa, y grupo de danza afro en Medellin. 

El mar de María y la Tierra de Rafael se complementan con el fuego del padre Jhon Reina Ramírez, un hombre mestizo, con rasgos indígenas, que desde Buenaventura ha resistido todos los fuegos cruzados. Lideró el paro de 2017 y ha sido un bastión de resistencia y dignidad para su comunidad. 


El último capítulo es un texto breve, sobre el aire que representa el lector, en el que la autora invita a cuestionar qué es imposible y desde dónde cada cuál puede sumarse a la inclusión transformadora.

Algunas frases
una sociedad “paisa” con múltiples vestigios de épocas coloniales que hacía que, a sus hijos, a pesar de haber nacido allí, se les considerara —aún hoy— eternos migrantes y con ciudadanía parcial o relativa, que solo cuentan en época de elecciones. Después vuelven a ser extranjeros en su ciudad, aquella en la que nacieron y crecieron. Ese imaginario de una ciudad blanca-mestiza los pone afuera casi siempre, en la tercera ciudad afro del país. Los censos, bastante cuestionados, hablan de que uno de cada diez habitantes en esta ciudad es negro, y la mitad son mujeres (p. 54).

¿por qué sus jefes o “patrones” merecían criar a sus hijos y ella no? ¿Por qué, si sus jefes eran personas que habían ido a la universidad, no le pagaban lo justo? ¿Por qué, si eran tan inteligentes, la desigualdad no les incomodaba? Si yo cocino tus alimentos, ¿por qué no puedo comer de lo que cocino para ti, sino otra cosa? ¿Por qué debo usar otros platos y cubiertos, si yo misma los lavo y los mantengo limpios para ti? ¿Por qué me asignan el rincón más oscuro de la casa, y muchas veces ni siquiera una cama, sino el piso, o me obligan a compartir el espacio con las mascotas? ¿Por qué marcar estas diferencias si soy yo quien cuido de tus hijos y de ti? Cuando los empleadores presentaban a María, decían: “Le presento a María, trabaja para mí”. Ella se cuestionaba en su interior: ¿trabaja para mí o conmigo? ¿Era ella una posesión? (p. 56).

Hablamos de inclusión, como un parapeto para mantener los círculos bien cerrados e intacto el statu quo, sin querer asumir ningún riesgo y con muy poca voluntad para mejorar el punto de partida (p. 62).

Cuando me avisaron miré las noticias en redes sociales y me puse a llorar, con esa impotencia que se siente al saber que un solo disparo puede silenciar todas las palabras, borrar el registro de las miradas, suspender de forma definitiva los pasos y marcar un “hasta aquí” fulminante. (p. 129).

Buenaventura se convierte en ese espacio del que no puede escapar, porque sin él no existe para el mundo, pero su gente le estorba. Por esto, se quieren resolver los problemas creando consejerías en Bogotá, en almuerzos de empresarios de Cali o lanzando alianzas para el Pacífico en el Caribe (Cartagena), porque no se quiere —o les da pena— mostrar la capital natural de ese Pacífico que es Buenaventura. Nunca se le ha mirado a los ojos para ver su belleza, que no está en edificios lujosos ni pretenciosos, sino en un encanto más humilde, genuino y distinto (p. 150).

Como diría Sueli Carneiro, esa gran líder afrobrasileña, cuando le preguntaron sobre política: “Entre izquierda y derecha, yo sigo siendo negra (p. 151).

A quien mucho exige, mucho se le exige (p. 172)

A veces, cuando asisto a eventos de nuestras élites tradicionales, solo pienso: ¡qué falta de sofisticación y de sintonía con los tiempos actuales! Resuena en mi cabeza la palabra vanguardia: necesitamos liderazgos de vanguardia, que enciendan la imaginación, que actualicen los lentes, que usen otras lupas para ver mejor y anticiparse (p. 184).



Soñar lo imposible
Paula Marcela Moreno Zapata
Penguin Random House
Septiembre de 2022
200 páginas

domingo, 29 de noviembre de 2020

El hereje: Carlos Gaviria, de Ana Cristina Restrepo Jiménez

El hereje es un perfil periodístico sobre Carlos Gaviria Díaz, ex magistrado de la primera Corte Constitucional surgida después de la Constitución de 1991, ex senador y candidato presidencial en 2006.

Describir este libro como un perfil periodístico es darle precisión frente a lo que no pretende ser: no es una "biografía autorizada" y ni siquiera es una biografía, porque hay datos y detalles que se escapan en una narración que no es del todo cronológica, y en todo caso tampoco es un panegírico ni una oda sobre uno de los juristas más importantes de las últimas décadas en Colombia.

Es un perfil, es decir, el fruto de una reportería extensa en número de fuentes y en el tiempo de investigación, que le permitió a la autora recoger muchas voces, aproximaciones y anécdotas sobre este personaje. El libro presenta entonces un caleidoscopio vital en el que aparecen sus luces y también sus sombras. Gaviria fue un hombre digno, ético, incorruptible, riguroso en su ejercicio académico y en su labor como jurista, libertario y comprometido con la solución pacífica de los conflictos, en una época marcada por la violencia. Pero también fue un hombre fruto de la cultura patriarcal, que aunque tenía claros los conceptos sobre la igualdad y la equidad de género, esperaba que alguien le sirviera el desayuno y se encargara del cuidado de los niños. La autora lo presenta como un hombre vanidoso, un profesor temido y un marido no del todo ejemplar.

El libro tiene un prólogo de Cecilia Orozco y un epílogo de Santiago Pardo. El epílogo se presenta como un espacio dedicado al registro de la huella de Gaviria en las jurisprudencias de la Corte Constitucional, pero en realidad se centra particularmente en sus tensiones con el magistrado Eduardo Cifuentes. Estos detalles, así como otros incluidos por Ana Cristina en los cinco capítulos que componen el libro, plantea a mi modo de ver una pregunta interesante sobre el sentido de incluir detalles íntimos personales sobre una persona fallecida (que en consecuencia ya no puede defenderse) y presentarlos para el conocimiento público. Algunos dirán que se trata de datos ciertos que humanizan al personaje y denotan una detallada investigación. Otros dirán que se trata de asuntos menores, más cercanos al chisme, que distraen frente a lo que es realmente relevante en el legado sociojurídico y política de este personaje. 

El libro tiene el tono y el estilo que Ana Cristina ya ha construido en sus columnas de opinión, con saltos de temas entre un párrafo y otro y con un registro polifónico de sus temas. Acá, además, el texto se enriquece con una banda sonora que intercala estrofas de canciones populares, principalmente los tangos que tanto le gustaban a Gaviria, y que revelan una faceta más fiestera y menos estudiosa que la que lo hizo famoso en la U.de Antioquia y en la Corte Constitucional.

El volumen se cierra con un anexo de 32 páginas con fotografías personales y familiares a full color. Se echa de menos un árbol genealógico que ayude a desenredar la maraña de nombres de hijos, nietos, yernos, nueras, hermanas, abuelos y una extensa red familiar de afectos y miradas alrededor de la figura de Gaviria.

Algunas frases

Lamentaba que en Antioquia el buen comportamiento esté vinculado a preceptos religiosos y no a la observancia de las normas de mayor trascendencia (p. 35).

No tengo pruebas de la existencia ni de la inexistencia de Dios. Soy agnóstico. Lo que me queda claro es que Dios o la creencia en un ser trascendental no puede ser el fundamento de las reglas de comportamiento. (p. 36).

El idilio campesino materializado en la finca del paisa es una impronta cultural (p. 51).

Es imposible tener una vida intelectual en medio del ruido. Cuando tú tienes cuatro hijos y un perro, la cantidad de ruido que se genera es increíble. (p. 51).

El amor, como la ética, no se predica, se aplica. (p. 55).

(sobre Socrates y Wittgenstein) "por una parte la claridad, yo he buscado siempre la claridad (...) la otra consiste en que la persona debe decir, pensar y hablar de una misma manera" (p. 74).

(sobre Wittgenstein) "solamente se pueden responder preguntas pertinentes, que tengan sentido (...) la ética no se enseña, la ética se muestra" (p. 109).

"Encuentro que los planteamientos positivistas son muy rigurosos, y los iusnaturalistas no" (p. 120).

"Me obsesiona la conducta moral: qué es bueno y qué es malo, de ahí mi amor por Wittgenstein, ese es un problema que a uno no se lo puede resolver nadie. Los problemas de la física y de la matemática te los resuelve alguien, pero el ético ¿qué sentido le doy yo a mi vida? !eso lo resuelve uno solo! (p. 120).

"Las cosas inútiles son muy importantes en la vida" (p. 121).

"Lo peor del Congreso es que las cosas ya están negociadas antes, y los horarios tan terribles" (p. 168).

"Como senador se mantenía cansado, frustrado por verse rodeados de personajes diametralmente distintos a él" (p. 171).

"Uno nunca jamás es responsable de las cosas que hagan los demás con lo que uno dice en clase" (p. 172).

"A los colombianos se nos educa en una filosofía de la obediencia, según la cual es reprochable desviarse de la ortodoxia, del pensamiento oficial" (p. 174).

"desde el poder se han criminalizado las formas de pensamiento que no encajan en el espectro ideológico de la derecha" (p. 197).

(su hijo Juan Carlos): "Los libros más queridos para él eran los que fueron emblemáticos por alguna razón en su vida, por ejemplo, los libros de Borges, el Tractatus de Wittgenstein; en materia jurídica, el libro de Hart; la decadencia de Occidente, de Spengler..." (p. 237).

La autoridad paterna no se puede construir a partir del miedo al castigo porque ese tipo de modelos solo perpetúan y profundizan la violencia que ha vivido el país (p. 262).

"el suicidio de su padre influyó bastante en ese episodio, ya que é consideraba que todo acto frente a la vida propia era un acto de libertad" (p. 266).


El hereje: Carlos Gaviria

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Editorial Ariel

Bogotá

Septiembre de 2020

288 páginas (más 32 de fotografías).