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viernes, 6 de febrero de 2026

Camilo Torres. El cura guerrillero, de Walter J. Broderick

Hay casualidades increíbles. Hace años, en una librería de usados, compré Camilo Torres, el cura guerrillero, en la edición de pasta dura de El círculo de lectores. Como tantos libros que compro, lo guardé para un día de estos... y ese día fueron meses y años. Hace poco lo empecé a leer y había avanzado un poco más de la mitad cuando una noticia inesperada irrumpió en todos los medios de comunicación: después de 60 años la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas encontró los restos del cura Camilo Torres. 

Y así, de pronto, la historia que estaba leyendo en la soledad de la casa saltó a cientos de pantallas. 

Walter Joe Broderick es un escritor australiano, afincado en Colombia, que comparte con Camilo su pasado como sacerdote. El libro sobre Camilo es una impresionante investigación que lo llevó a consultar múltiples fuentes, desde documentos del ejército, archivos de prensa y libros de historia, hasta testimonios de militares, guerrilleros, parientes y amigos de Camilo.

El resultado es una biografía extensa que, a través de la vida de Camilo, cuenta la historia de Colombia, con especial énfasis en los años del Frente Nacional. Se trata de una biografía documentada, con un narrador omnisciente y con entrecomillados que permiten identificar la voz del protagonista, pero es también una biografía en la que el autor deja claro su punto de vista: en Colombia los partidos tradicionales han representado a las oligarquías y el pueblo raso, sin posibilidad de acceso al poder político para transformar su vida precaria, se ve forzado a buscar vías violentas. Así, la decisión de Camilo se presenta como fatídica pero justificada, en una época en la que la Teología de la Liberación generó curas rojos en diversos países de América Latina. 


El libro cuenta la vida del cura desde su origen en una familia de clase alta de Bogotá, la relación con sus padres y hermanos, el divorcio de sus papás y las murmuraciones que eso suscitó y su decisión de dedicarse al sacerdocio en un hogar anticlerical. Al ordenarse viaja a Lovaina, en donde estudia sociología, y al regreso se vincula a la UNal como profesor, al lado de Orlando Fals Borda, y también como auxiliar en la capellanía universitaria. El trabajo social en barrios como Tunjuelito empieza a motivarlo para una acción más eficaz y así, en pocos años, el religioso Camilo se convierte en un hombre de compromiso político, que casa peleas fuertes con el cardenal Luis Concha y algunos obispos. La iglesia lo obliga a salir de la UNal y encuentra asiento en la Esap, en donde tiene fuertes encontrones con Alvaro Gómez Hurtado, miembro de la junta directiva. Luego es también forzado a salir de allí, pero ya la figura de Camilo ha crecido hasta ser un personaje reconocido a nivel nacional. En 1965 renuncia al sacerdocio y realiza una serie de giras por distintas ciudades de Colombia. Se enrola en el ELN "en comisión" en trabajo urbano, y allí recibe los nombres de Alfredo y Argemiro. En octubre Fabio Vásquez Castaño lo llama al monte. Está cuatro meses en un campamento guerrillero y en el primer combate con el ejército cae muerto, junto con otros compañeros guerrilleros.

La vida de Camilo Torres es fascinante, pero ha sido contada múltiples veces, en el teatro, el cine y la literatura. El valor de este libro imprescindible está en el rigor de los datos, la exhaustiva investigación y la vocación de totalidad: no se centra en un aspecto específico de la vida de Camilo, sino que abarca desde su nacimiento, en febrero de 1929, hasta su muerte, 37 años después.


Algunos subrayados
sembraron cafetales allí donde nadie creía posible un cultivo. Fundaron el departamento de Antioquia y sus nietos se convirtieron en los industriales y banqueros del siglo XX. Eran los únicos hombres poderosos en Colombia que, como grupo, tuvieron ciertamente algo del espíritu capitalista-burgués. Los otros, simples terratenientes, eran conservadores en el fondo, aun cuando algunos presumieran de liberales y se afiliaran al Partido Liberal (p. 19).

Tú no la conociste sino a través de los defectos que te eran molestos (p. 27).

El sindicalismo se desarrolló especialmente en el corazón del trópico colombiano, a orillas del gran río arteria, el Magdalena, donde estaba concentrado el grueso del transporte entre la costa atlántica y el interior —los ferrocarriles y las vías marítimas—, además de los pozos petroleros y los grandes cultivos de banano (p. 30).

(sobre Bogotá) la ciudad se construyó de tal manera que la clase adinerada no tenía contacto con los desposeídos (p. 32). 

"La inquietud periodística —dijo el joven Camilo— es la expresión lógica de la inquietud intelectual" (p. 39).

En Caldas, por entonces, aparecieron las primeras pandillas de los que más tarde se denominarían "pájaros", matones a sueldo organizados y entrenados por un respetabilísimo político conservador (p. 55).

En una palabra, el documento proponía la unión de los dos partidos. O sea, los mismos jefes que, hasta entonces, habían exhortado a sus partidarios a matar o morir por su partido, se encaramaban ahora encima de los cadáveres de casi medio millón de campesinos masacrados, y publicaban, desvergonzadamente, la noticia de su cordialísima reconciliación en un lejano balneario de España. Al sentir amenazados sus bolsillos, la oligarquía, tanto liberal como conservadora, había llegado al más perfecto acuerdo (p. 105).

en Colombia lo único que estaba en vías de desarrollo era el subdesarrollo mismo y a pasos alarmantes. La mayoría de los colombianos trabajaban como esclavos. Esto permitía a los norteamericanos y a clases altas de Colombia vivir como príncipes (p. 145).

Para un obispo colombiano, la neutralidad en materia política es mera ficción (p. 162).

al pintar como hampones a los agricultores que se defendían de la violencia y la opresión, los periódicos tergiversaban deliberadamente la verdad (p. 177).

"la función de las instituciones militares consistía en mantener el orden establecido". El ejército era "el instrumento de los grupos dominantes" (p. 182).

"El ejército tiene como función primordial mantener el orden interno, lo que, traducido al campo político, significa mantener las estructuras vigentes. El ejército guerrillero tiene por objeto precisamente lo contrario: transformar esas estructuras". (p. 188).

Lo que distinguía a Camilo era precisamente ese afán de acercarse a los trabajadores. Como intelectual, no era nada erudito; incompletos quedaban sus análisis, sus artículos y pronunciamientos casi siempre torpes, a veces hasta inexactos en algún detalle. Pero, eso sí, duros y desafiantes (p. 212). 

(Marquetalia) la operación representaba un "compromiso trascendental de liberar a las Repúblicas Independientes". Costaría unos treinta millones de dólares y movilizaría a dieciséis mil soldados del ejército (p. 219)...emplearía las más modernas técnicas norteamericanas: el napalm yla guerra bacteriológica (p. 219).

Camilo vio unas estadísticas que reflejaban el saldo total de la Operación Marquetalia. Con treinta millones de dólares, el gobierno colombiano y sus consejeros norteamericanos habían obtenido lo siguiente: cien fincas destruidas y sus cien ranchos incendiados; las tierras comunales de Marquetalia ocupadas; cien mil aves consumidas y aproximadamente el mismo número de reses; dos mil campesinos encarcelados, de los cuales doscientos fueron asesinados y quién sabe cuántos torturados. El daño causado en la zona se estimaba en dos millones de dólares y por parte de la gente de Marquetalia, la cifra total de los caídos en combate sumaba diecisiete: un guerrillero, una mujer y los quince niños que se refugiaron en la cueva (p. 223).

(propuesta de Camilo) una renuncia a la exclusividad de educación confesional y la aceptación del pluralismo; la eliminación de los factores sociales y psicológicos que impiden una adhesión consciente y personal a la Iglesia, tales como el poder económico de la Iglesia, y el poder político de la Iglesia: formal, mediante leyes y concordatos; informal, por medio de la intromisión del clero, con ánimo de dominio, en el terreno temporal (p. 261).

Los que fueron los más aguerridos revolucionarios durante los estudios, en muchas ocasiones comienzan a hacerse perdonar de las oligarquías sus devaneos juveniles. Por eso, frecuentemente los estudiantes más revoltosos se convierten en los profesionales que defienden con más ahínco los privilegios, los símbolos de prestigio y aun las formas exteriores de vida de las clases dirigentes (p. 272). 

"Mientras no seamos capaces de abandonar nuestro sistema de vida burgués, no podremos ser revolucionarios. El inconformismo cuesta, y cuesta caro. Cuesta descenso en el nivel de vida, cuesta destituciones de los empleos, cambiar y descender de ocupación, cambiar de barrio y de vestido. Puede ser que implique el paso a una actividad puramente manual..." (p. 273).

Entendió que tanto el Partido Liberal como el Conservador defendían los intereses de la oligarquía (p. 310).

"El aparato electoral —gritó desde la ducha— está en manos de la oligarquía y por eso el que escruta elige, el que cuenta los votos determina la victoria. Las elecciones se hacen más en las oficinas del gobierno oligárquico que en las mesas de votación (p. 320).

Cualquiera que participara en elecciones se estaba comprometiendo con el statu quo (p. 333).

...los casos de Marquetalia, Pato, Guayabero y Río Chiquito. Conocemos la similitud del desembarco de los marines en Santo Domingo con los desembarcos del ejército colombiano, dirigidos por la misión militar norteamericana en las "repúblicas independientes" (p. 345).

Eran capaces de soportan las raciones escasas, los entrenamientos constantes, el calor, los mosquitos, cualquier cosa menos la inercia (p. 362).

De pronto surgió un bulto. Un soldado. Que le apuntaba con su arma. E hizo fuego. Una terrible quemadura le abrasó el cuerpo. Cayó. Oyó gritos, tiros. Intentó levantarse pero no pudo. El calor estaba invadiendo su mente. Quería moverse, pero sus músculos no eran capaces. no respondían (p. 380).

Camilo Torres. El cura guerrillero
Walter J. Broderick
Círculo de lectores
Bogotá
1975
432 páginas

sábado, 10 de julio de 2021

Los dormidos y los muertos, de Gustavo López Ramírez

Los dormidos y los muertos es una novela de 484 páginas y esa dimensión da cuenta de las pretensiones del autor: su objetivo no es el de la novela corta, rápida, sino el de una obra grande, ampulosa no solo en su tamaño sino también en su lenguaje y en la cantidad de datos históricos que desfilan por sus páginas.

La muy conservadora familia Almanza llega a Manizales huyendo de la violencia en Santander. En la capital de Caldas el peluquero Deogracias Almanza, junto con su esposa Adelaida, se ubican en una casona del barrio Los Agustinos y empiezan a criar a sus hijos Alvaro Pío, León Décimo, Antonieta, Elenita, Eccehomo y Laureano Ramón. La novela avanza mientras los hijos crecen y el desangre del país aumenta: el Bogotazo, Laureano "El monstruo", Rojas Pinilla, el Frente Nacional, Guillermo León Valencia, Tirofijo, los hermanos Fabio y Manuel Vásquez y Camilo Torres son algunos de los personajes que desfilan por las páginas de esta novela-libro de historia que narra la violencia política de los años 40, 50 y 60 a partir de las emociones, pasiones y animadversiones de sus protagonistas.

El autor utiliza un lenguaje recargado, rico en adjetivos, que le dan al libro un tono muy singular, en la medida en que las acciones se narran con precisión histórica pero, al mismo tiempo, con el aura de solemnidad que los mismos personajes creen tener. Se trata de 484 páginas llenas de detalles históricos de una época clave para entender el nacimiento de las guerrillas en Colombia, y pese a lo monumental de la obra, el libro se lee con agilidad e incluso con humor.
 
Algunas frases
"Manizales, la ciudad más conservadora y católica de este país católico y conservador" (p. 7). 

"El viejo barrio de los Agustinos, un vecindario de la pequeña burguesía local construido en bahareque y con grandes alerones de tejas de barro cocido (p. 8)

"¿Cómo era posible que aquel hombre tempestuoso y colérico despertara tal pasión en personas sensatas y decentes, a sabiendas de las sórdidas historias que de él y de sus aúlicos contaba todo el mundo? (p. 13. sobre Laureano).

"Jamás disparó un arma, jamás nadie murió por su propia mano, pero sus palabras, su vindicta y sus odios estaban en cada muerto de cada día, de cada recodo, de cada camino, de cada pueblo de esta nación levantada sobre un tapiz de muertos (p. 14). 

"sabían que la sinceridad, la lealtad y la honradez estaban proscritas de la política colombiana" (p. 23)

"comenzó la parte más temida de toda reunión nacional, aparte claro está de la conversación política: la declamadera" (p. 29)

"la ciudad, que había sido destruida dos veces por incendios en el año 25 y en el 26, estaba siendo levantada de nuevo por una compañía de arquitectos europeos a imagen y semejanza de las viñetas francesas de la Belle Époque, con quintas normandas rodeadas de sauces melancólicos, palacetes de columnas dóricas atiborrados de repostería ornamental y una catedral en concreto de un gótico indescifrable. La ciudad, levantada por siervos antioqueños a mediados del siglo XIX, se había convertido en una parada obligada entre la provincia del Cauca y Bogotá, y había prosperado de tal manera que se había dado el lujo de tener banco propio y construir el cable aéreo más largo del mundo. Todo esto lo habían hecho a punta de arriería y tráfico de mercancías. A la vuelta del tiempo los hijos de los fundadores se habían afrancesado, no se sabe cómo: escribían poesías vesperales, églogas y cántigas, y terminaban las tertulias cantando arias operáticas mientras pasaban el coñac con habanos Montecristo" (p. 34). 

"La ciudad se extendía de oriente a occidente ahorcajada sobre el filo de la cordillera y, agarradas de sus faldas, las casas luchaban contra el principio de la gravedad y el buen sentido de la topografía (p. 35). 

"los hijos se hacen en la casa o fuera de ella pero se hacen, esa es la naturaleza de los hombres, le dijo perentorio. A ella no le quedó más opción que doblegarse" (p. 43). 

"eran conservadores moderados, de los que se permitían leer El Tiempo. "Todos los que leen El Tiempo terminan masones o evangélicos", decía el tío" (p. 52.)

"–Padre, yo pecador me confieso que estoy leyendo El Tiempo, incluso los artículos del masón de Calibán" (p. 53). 

"Las familias se reunían todas las noches alrededor del radio, esperando que funcionara y los pudiera salvar de la zozobra. Y lo que la radio traía eran señales de pavor" (p. 56).

"Lo único que los salvaba de la muerte brutal y cotidiana era el drama radiofónico: ese drama era el nombre de la vida y la vida estaba hecha de lágrimas furtivas y promesas postergadas que iban y venían en el aire remecido del parlante" (p. 57). 

"Los horarios de visitas, las reuniones académicas, el inicio de las películas, todo tenía que sujetarse al tiempo de la radionovela" (p. 60).

"Lo único que tiene esa mujer es que como a todas le llegó la hora de cerrar edad" (p. 85).

"–No conozco el primer político que permita que dos o tres principios le dañen un buen cargo" (p. 111). 

"Si el código de las madres es la cantaleta, el de los hermanos es el encubrimiento" (p. 124). 

"Tú sabes cómo son los liberales: sin puestos no hay respaldo" (p. 152). 

"Usaba la morfina con generosidad sobre sí mismo para curar la adicción a la cocaína" (p. 187). 

"Estoy aprendiendo que unos callos en las manos y montar en bus almizclado nunca le hicieron mal a nadie. Debería ser una obligación para los intelectuales: contra la soberbia, bus" (p. 218). 

"Como dice el capellán de la Universidad Nacional, el padre Camilo Torres, el deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución (p. 224). 

"Bogotá, una ciudad hecha de chismorreo político, pavoneo social y difamación generalizada" (p. 246). 

"Optó por el único amor que le pareció que nunca lo iba a traicionar: los libros" (p. 268)

"–¿El precio de la historia, León? Dime, ¿cuánta historia vale una
vida? (p. 277).

"pensó que resultaba paradójico que uno tuviera que pagar para que lo declararan enfermo, le dictaran un regaño y le soltaran una sarta de prohibiciones, como solían hacer todos los médicos" (p. 317). 

"Lo que existe de peligroso en el mundo no es el vicio sino la virtud cuando es falsa" (p. 344).


Los dormidos y los muertos
Gustavo López Ramírez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
Septiembre de 2018
484 páginas