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sábado, 26 de octubre de 2024

Darién, de Federico Ríos Escobar

Una noche de lunes el querido Juan Sebastián Bar está atestado de gente. Hay muchas personas de pie que ni siquiera alcanzan un rincón de la barra para poder ubicar allí su vaso. Otros ni siquiera pueden entrar. Al fondo hay una improvisada tarima con una mesa. El fotógrafo y editor de Raya, Santiago Escobar-Jaramillo conversa con la estrella de la jornada: Federico Ríos Escobar, quien hace más de dos décadas empezó su vida laboral como mesero en este bar de Manizales y ahora es fotógrafo del New York Times y finalista en el premio Pulitzer. Es 21 de octubre de 2024 y Federico elige Juan Sebastián Bar como la primera de muchas paradas que hará para presentar su fotolibro Darién. Está en casa, con los amigos, y los amigos no caben en el recinto, que se queda pequeño para el tamaño de su obra.

En 2021 Federico Ríos publicó Verde un fotolibro que recoge su trabajo de muchos años registrando imágenes de la intimidad de las Farc. En su momento buscó editoriales que una a una lo fueron rechazando porque publicar un libro en donde los guerrilleros se ven como seres humanos y no como monstruos podría generarles ruido. Se alió entonces con su amigo, socio y editor Santiago Escobar-Jaramillo y publicó su obra. La preventa se hizo por Vaki y cuando resultó la plata necesaria imprimieron Verde. Fue un éxito inmediato y le siguieron varias reimpresiones. Federico comprobó que sí tiene un público ávido de sus fotos y por eso para publicar Darién utilizó la misma fórmula: alianza con Raya Editorial y preventa por Vaki. Estar por fuera de los canales comerciales de distribución es también un mensaje.

Del Darién aprendimos en el colegio que es la frontera entre Colombia y Panamá y que es un tapón de selva tan espeso que por eso la carretera Panamericana no recorre de Norte a Suramérica sin interrupciones. Allí se corta. Eso fue lo que supimos del Darién durante décadas, hasta que hace pocos años Federico Ríos empezó a contar otra historia sobre este territorio: la de miles de migrantes, sobre todo venezolanos, pero también afganos, chinos, haitianos y de diversas nacionalidades, que se someten a una travesía extenuante, peligrosa y costosa con tal de llegar a Centroamérica para continuar hacia Estados Unidos y lograr el sueño americano. El recorrido se cuenta en tres líneas, pero puede tardar un año, acabar con el exiguo capital de una familia y en muchas ocasiones que nadie cuantifica cobra la vida de los migrantes, o la tranquilidad, porque las agresiones sexuales en el lado panameño son constantes y masivas.

En la presentación de Darién Federico y Santiago contaron que tenían más de 33.000 fotografías para elegir, tomadas a lo largo de 11 años. El reto consistió en seleccionar 200 que contaran una historia clara. El libro trae un prólogo de Julie Turkewitz, la periodista del New York Times que ha acompañado a Federico en diversos recorridos por esta frontera, y a continuación vienen las imágenes, que a veces se complementan con pequeños textos en los que el autor ofrece contexto y, sobre todo, cuenta quiénes son los migrantes.

Darién documenta una enorme tragedia humanitaria de la que se habla poco. Los ricos migran en avión pero los que poco tienen deben hacerlo a pie durante meses, bajo lluvias o soles inclmentes, caminando entre la arena, el lodo, los ríos, y extorsionados por toda clase de personas que encuentran en la urgencia de los migrantes un negocio lucrativo. Darién es un libro profundamente político sin necesidad de enlistar presidentes o partidos: le enrostra al lector en primer plano cómo es que tantos sobreviven a guerras, dictaduras o decisiones políticas excluyentes. Se trata de imágenes impactantes, fuertes, que comunican una profunda empatía. Hay respeto por la dignidad de las personas fotografiadas y por eso es tan potente el mensaje de las últimas nueve fotos del libro: imágenes que los migrantes le envían por Whatsapp a Federico de sus nuevas vidas, luego del paso por el Darién. Pocos reporteros gráficos conservan con sus fotografiados relaciones cercanas tan perdurables en el tiempo. Eso habla de la calidad profesional del autor, que se sustenta en una visión humanista del periodismo que da esperanza en el oficio.

Darién
Federico Ríos Escobar
Raya Editorial
Manizales, Colombia
Septiembre de 2024
308 páginas

jueves, 12 de agosto de 2021

Los lugares habitados, de Alberto Saldarriaga Roa


Alberto Saldarriaga Roa es un arquitecto bogotano que nació en 1941, estudió en la Universidad Nacional, ha sido profesor de teoría e historia de la arquitectura, diseñador, experto en planeación urbana, dibujante, pintor, fotógrafo aficionado, autor de distintos libros y viajero.

Todo lo anterior es relevante para comprender esta obra de prosa breve y poética que no es una autobiografía en el sentido tradicional, pero sí presenta un recorrido personal por la vida e intereses del autor a partir de cuatro partes: "La memoria", "La arquitectura", "El viaje" y "Habitar".

El libro se divide entonces en cuatro grandes capítulos y cada uno está conformado de textos breves (una línea, un párrafo o máximo dos) acompañados en algunas ocasiones de fotografías o dibujos publicados en un formato pequeño, y de autoría del escritor.

La propuesta estética plantea un recorrido fragmentario, a partir de jirones, por los espacios habitados por Saldarriaga Roa, desde la casa en la que nació, su biblioteca o el comedor de la abuela hasta las ciudades y paisajes que ha recorrido (y querido), como Cartagena, Venecia, Nueva York, Teotihuacán, Chichen Itza, Machu Pichu, el desierto, el mar, la selva y el nevado. 

¿Qué es habitar? se habita en el tiempo y en el espacio y al habitar un lugar se transforma el sujeto. "El tema es habitar, lo demás son variaciones", plantea este arquitecto que escribe y que, como se evidencia en estas páginas-postales, lleva muchas décadas reflexionando sobre el espacio, la mirada, la luz, la escritura y las consecuencias de la transformación del paisaje. 

Un libro pequeño, íntimo, que insinúa provocaciones éticas y estéticas. En lo personal me resulta forzada o molesta la escritura en tercera persona para referirse a uno mismo, pero más allá de ese detalle veo en este libro un recorrido afectuoso por lugares físicos y mentales, en los que hay belleza y hay amor. Con sus textos, fotos y dibujos Saldarriaga construye ventanas que permiten asomarse a emociones entrañables.

Algunas frases:
Escribir es comprometerse con las palabras y también con la memoria y con lo sucedido. La experiencia personal no es literaria; se transforma en literatura cuando se cuenta, cuando se escribe (p. 12).

Las casas albergan las almas de quienes las habitaron y los espectros de los difuntos (p. 18)

El mundo penetraba en la casa a través del ojo anaranjado de la radio (p. 24).

La casa operaba como una primitiva "máquina de habitar" (p. 25). 

Salir de la casa era entrar a la ciudad. La puerta era el umbral. (p. 29).

Los colegios nacieron como la representación desagradable del dolor de conocer (p. 32).

El traslado del centro de Bogotá al barrio de Chapinero fue algo parecido a un cambio de continente (p. 46). 

Ir a la biblioteca era y es un signo más de crecimiento (p. 58).

Ciertas rutinas duran más que otras, los cambios parecen no percibirse. Cada año se cambia de salón en el colegio, hay libros y cuadernos nuevos. Cada cambio de casa trae consigo nuevas vivencias. Los viajes y las nuevas amistades abren ventanas antes desconocidas. Este ritmo de repeticiones y descubrimientos dura toda la vida. (p. 61).

La evocación es una dimensión poética de la memoria, es su dimensión afectiva (p. 70).

Aprender arquitectura es aprender otra forma de música (p. 78). 

Aprender a dibujar es el inicio de una toma de posesión del mundo (p. 84).

El dibujo es la extensión de la mirada guiada por la mente a través de la mano (p. 86).

Hay incertidumbres que solo se resuelven durante el transcurso de los estudios (p. 92). 

Las bibliotecas son lugares que se habitan con el ojo y con la mente (p. 94). 

Llegar a Nueva York es adquirir otro título en la existencia: el de haber pisado el lugar donde todo sucede (p. 146). 

Martín Heiddegger afirmó alguna vez que los humanos "habitamos en el lenguaje". Su afirmación permite pensar que se habita en un universo de palabras materializado en espacios y edificios. No es posible saber qué existió primero, si el hecho construido o la palabra que lo denominó. Esa pregunta ya no es relevante. (P. 184). 

Habitar en la ciudad significa –casi siempre– estar ocupado. El ocio es un privilegio del que se disfruta cuando no se trabaja. Sin embargo, hay ciudades para el ocio en las que muchos trabajan para que otros no hagan nada (p. 192). 

Los libros son también lugares de habitación. En ellos se viven momentos singulares, únicos. (p. 206).

Atrapar el tiempo y el espacio en las palabras es un trabajo interminable. Hay relatos memorables, relatos pasajeros. La experiencia de leer, sin embargo, es irreemplazable. (p. 206). 

Habitar la música es habitar en uno mismo. La música aloja el alma. (p. 218).

El tema es habitar, lo demás son variaciones (p. 219). 


Los lugares habitados
Alberto Saldarriaga Roa
Laguna libros (segunda edición)
Bogotá
Junio de 2021
224 páginas

martes, 20 de abril de 2021

Verde, de Federico Ríos Escobar


Hace unos años le oí decir al periodista Sinar Alvarado que Federico Ríos Escobar era distinto a los demás fotógrafos de prensa que conocía porque no era fotógrafo sino fotorreportero: "Federico maneja fuentes, busca noticias, entrevista" me dijo Sinar para explicar cómo el trabajo de Federico va mucho más allá del registro de imágenes para "acompañar" notas de prensa. Federico es un reportero gráfico con agudo sentido de la reportería y no sólo de la parte visual. 

Hace algunos años Federico publicó otro libro. "Verde tierra calcinada" fue un volumen en el que Juan Miguel Álvarez incluyó varias crónicas sobre el conflicto armado en distintas zonas del país y Federico se encargó de las fotos. Este nuevo volumen, "Verde", lo leo con una línea de continuidad frente a ese trabajo previo. Acá hablan el color (las sombras, los claroscuros, los camuflados), los rostros, las sonrisas y los detalles en los cuerpos, en la ropa, en el paisaje. Sobran las palabras, los títulos, los pies de foto: es un libro de 310 páginas en el que deliberadamente el texto es escaso. El texto sobra cuando las fotos logran esa expresividad. 

"Para mí cada decisión, cada gesto y cada detalle del libro son muy importantes. La raíz es poderosa, por eso el libro es editado e impreso en Manizales", me dijo Federico cuando hablamos sobre "Verde", un fotolibro que reúne imágenes que tomó sobre miembros de las Farc en los últimos 10 años en distintas regiones, desde las selvas del Yarí hasta el Pacífico. El libro muestra la violencia de la guerra, por supuesto, pero genera incomodidad en la medida en que las fotos retratan hombres y mujeres de carne y hueso, con amores, vanidades, alegrías, hijos y pudores. Gente pobre, joven y campesina, armada con fusiles y distante de la imagen de "monstruos" o "máquinas de guerra" con las que la narrativa oficial ha intentado deshumanizar al enemigo. 

El papel y el formato distancian a este libro de los tradicionales volúmenes fotográficos para la mesa de la sala. Este es un libro para la biblioteca. Un libro para consultar, un álbum que funciona como un Atlas en la medida en que revela una geografía desconocida. El detalle de la cubierta, un mapa plegable de Colombia que en su reverso trae la ubicación y fecha de cada una de las fotografías, es uno de los detalles simbólicos más significativos de la propuesta editorial: Colombia arropa estas imágenes, las cubre, las contiene. Colombia envuelve todo lo que el libro trae. La parte del mapa de Colombia que queda en la portada es la de la orinoquía: la media Colombia que no conocemos y que permanece excluida, así como lo están los colombianos que Federico retrata.

Alejandro Gaviria, rector de los Andes, plantea en el prólogo una hipotética división en capítulos para mostrar una línea cronológica entre las imágenes iniciales de la guerra, las de la esperanza por la desmovilización y la frustración posterior ante la incertidumbre por las amenazas a los excombatientes. Uno de los pocos textos del libro, al final, indica que al momento de imprimirse el libro, 3 años y medio después de la firma del acuerdo de paz, habían sido asesinados 259 excombatientes, 1147 líderes sociales y 80 líderes ambientales, según Indepaz, y en el mismo período se deforestaron 800.000 hectáreas, de acuerdo con el Ideam. Es frustrante que la guerra no cese, pero es valioso que periodistas como Federico documenten esta tragedia.


Verde
Federico Ríos Escobar
Raya Editorial
Manizales, 2021
310 páginas

domingo, 30 de octubre de 2016

Qué raro que me llame Federico, de Yolanda Reyes


 Que raro que me llame Federico narra una historia sencilla, repetida hasta la saciedad, que por alguna razón había estado ausente de nuestra literatura más reciente: una española viene a Colombia para adoptar un niño, se lo lleva y el niño crece allá. Luego el niño, convertido en joven adulto, quiere regresar a su país de origen para buscar las raíces perdidas de su infancia.

Eso es todo. Pero en esa síntesis hay mucho dolor y también mucho amor: el de Belén, la editora que intenta quedar embarazada y luego decide adoptar, y el de Federico, llamado así por su nueva madre, pues el nombre de Freddy que tuvo hasta los cinco años a ella no le gustó y se lo cambia por Federico, inspirada en el verso "Qué raro que me llame Federico", de García Lorca. 

Es entonces una novela sobre la maternidad y la familia, pero también sobre la adaptación a otros mundos: el de acá y el de allá, el de vivir sola y vivir con un hijo, el de convivir en el presente con un pasado brumoso, el de comunicarse a partir de lenguajes distintos. 

Yolanda Reyes aborda la historia con una prosa limpia, sin artificios, en una narración a dos voces. La novela esta dividida en tres partes y cada una está compuesta por capítulos breves que tienen dos componentes: la vida de Belén, contada en tercera persona y en orden cronológico, desde su pasado profesional hasta hoy, y la de Federico, contada por él mismo a partir del momento presente.  


El libro plantea inquietudes sobre el lenguaje (el español de Colombia no es el de España), sobre los nuevos modelos de familia y sobre la forma en la que acogemos a los que nos son diferentes. Pero por encima de eso, es una novela sobre los desgarramientos y sus huellas: el del parto, el de un niño que es separado de su madre biológica y el de un joven fotógrafo que decide separarse de lo que es, para intentar unirse a lo que alguna vez fue. Sin duda, un libro hermoso.

 Algunas frases: 
"leía otro manuscrito para primerísimos lectores basado en las mismas fórmulas del disparate: qué pasaría si la cama fuera un barco, ¿acaso no había ya nada nuevo que escribir?

"Se podría hacer un doctorado en rejas bogotanas: historia de las rejas, arquitectura de las rejas, semiótica de las rejas, las rejas en el tiempo, de la Colonia a nuestros días".

"que un hijo no es un trofeo ni una mercancía, que no resuelve problemas de pareja ni llena los vacíos de otras pérdidas".

"En esta casa no hay padre; hay familias de familias y algunas están formadas por una madre y un niño, nada más, como la nuestra".

"No más, basta de esfuerzos: se sintió tranquila con su frase, no puedo más. Punto final. Una opción es tener hijos y otra opción es no tenerlos y ya está. Pero la máquina de su cabeza no paraba y las ideas y los latidos seguían peleando, bullendo, resistiendo".

"las mamás necesitan creer siempre, pase lo que pase, ese es un punto que se repite en las historias: la necesidad de las mamás de creer, incluso cuando saben que es mentira".

"El niño, ella y el libro, en triángulo amoroso".

"Yo quería encontrar mi casa. Significaba mucho menos que un país, pero significaba mucho más: mi casa". 

"—Nunca me había imaginado así a Bogotá.
—¿Así cómo?
—No sé. Tan parecida a todas las ciudades".

"—¿Cómo le voy a quitar su nombre?, ¿cómo voy a decidir por él?
—Eso es lo que hacemos: decidir por ellos todo el tiempo".

"¿Los bebés adoptados toman leche?
Claro que toman leche. Todos los bebés toman leche.
¿De dónde sacan la leche los bebés adoptados?
Del tarro de la leche.

"Dos corazones rotos: el de mi madre, por no haberme tenido entre sus tripas. Y el mío, por no haber nacido de las suyas. Dos dolores que se encuentran. Será dolor lo que nos une".


Qué raro que me llame Federico
Yolanda Reyes
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2016
199 páginas