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miércoles, 1 de abril de 2026

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Albalucía Ángel

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
 es una novela compleja en su estructura, que desde múltiples narradores y puntos de vista presenta un triple ejercicio de memoria: la memoria histórica nacional, la memoria regional de la colonización del Eje Cafetero y la memoria personal de Ana, desde su infancia hasta su juventud.

La memoria nacional parte desde la tragedia desatada a raíz de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, continúan con el período de La Violencia, la presidencia de Laureano Gómez, el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 y el posterior Frente Nacional, de 1958 a 1974, y que el libro define al final como "ni chicha ni limoná".

La historia regional se narra desde las vivencias de la dinastía Araque y su rol en la colonización antioqueña que en el siglo XIX partió del sur de Antioquia para, con hacha y machete, tumbar monte y fundar poblados en lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero.

Esas dos historias, la nacional y la regional en un tiempo anterior, se mezclan con la memoria de Ana, quien recuerda su infancia en la finca, la muerte trágica de su amiga Julieta, el abuso sexual, su viaje a Bogotá y sus años universitarios. 

Al igual que en otras obras de la autora, su propuesta literaria consiste en una narración experimental, fragmentaria y magistral, que le exige al lector concentración y atención a los detalles. La pájara pinta es rica en datos históricos precisos y en referentes culturales que van desde las radionovelas hasta el inicio de la televisión en Colombia, pero así mismo amalgama esos hechos concretos con una ficción encarnada en Ana que le sirve para dejar un registro sobre las brechas de género y las múltiples violencias que sufren las mujeres, no solo en generaciones anteriores sino en el momento en el que se escribe la novela, cuando el Frente Nacional llega a su fin. 

Algunos subrayados
el valor de nuestro sexo está muy desprestigiado. Yo siempre he creído que somos iguales o másvalientes que los hombres. Y que no se diga que es tal vez porque no nos dábamos cuenta (p. 61).

¿Es de la pura Grecia? ¿Verdad viene de allá? Y donde queda eso, muy lejos, ¿no? En el carajoqueda. En los quintos infiernos ¿Y usted no ha ido, no? Qué voy a haber ido, sino me dejan ir más lejos que Cerritos o es que no entiendes lo que te estoy diciendo (p. 66).

Al día siguiente se entera todo el pueblo, por supuesto, ellas son como el radioperiódico, si el cura les dijera que hicieran lo de la gallina, eso de recoger pluma por pluma, las Aparicio no acabarían nunca, ni a los doscientos años, son capaces de seguir vivas a esa edad, viejas arpías (p. 68).

No puede ser que todo se repita. Que el tiempo ante y desande sin variar de camino (p. 73).

Cómo decir lo que no tiene nombre. Cómo narrar una historia que el viento se llevó pero esta vez sin Scarlett O´Hara ni Clark Gable, porque una muerte así, en un país de América Latina en esa época, no merecía ni tan siquiera un mal cortometraje de dieciséis milímetros. No estábamos de moda (p. 87).

La desaparición de la población indígena no se puede atribuir a la destrucción sistemática por parte de los españoles, aunque indudablemente en la lucha por defender sus dominios perecieron muchos... y yo no sé lo que quiere decir sistemática pero en la historia de los Aztecas que tiene mi tía dice que Cortés engañó a Moctezuma, que lo mató haciéndole trampa y que asesinó a íntegro el pueblo en una encerrona donde no quedaron ni niños ni viejos ni nada, exagerada, ¿no? (p. 97).

muy parecida a esas encopetadas que se sienten el ombligo del mundo porque viven en los barrios altos y su casa la perfuman con inciensos hindúes y las sábanas son Canon traídas de Miami y las camas de Artecto Ltda., y la casa la diseñó Obregón & Valenzuela, más o menos así, cuando ella me preguntó que qué pensaba hacer cuando saliera del colegio (p. 101).

como si la palabra de Valeria fuera el Corán (p. 103).

imaginándose al Hojarasquín del monte comiendo niños crudos y oyendo aullar la Patasola. Ana Feliz decía que si hacían cosas malas, la Patasola se enteraba, aunque uno creyera que nadie lo veía, pues era igual que Dios, la Patasola: estaba en todas partes (p. 105).

Saturia se reía, tun-tun, quién es, la vieja In,es y Ana muy tiesa, envarillada, mientras aquel calor le daba escalofríos porque sentía los dedos como algo electrizado que le pegara correntazos (p. 106).

y al otro día La Julia amaneció plagada de bandoleros, y a ellos les prohibieron que volvieran (p. 109).

Saturia chillaba ya no más, un poquitico no más, decía él, no seas mailita, te voy a regalar una muñeca grande desas que tiene don Severiano en la vitrina, y Saturia que no, que yo no quiero, y otra vez los gritos, y entonces el hombre le taponó la boca con la ruana (p. 110).

entre todos resolvieron que era mejor no irle a contar a nadie. Para qué. (p. 111).

él había oído decir a los arrieros que los bandidos perjudicaban a las mujeres y que a los hombres les cortaban el vergajo y que a los niños también los mataban a machetazo limpio y después los dejaban chamuscarse con casa y todo y esa gente no tenía corazón sino una víbora en el pecho y Ana pensó que qué sería perjudicar pero o se atrevió a preguntar nada porque a lo mejor si le contaban se lo iba a soñar esa noche (p. 112).

La cabuya eran unas pilas enormes de pelo largo, amarillento, que se sacaba de las matas de fique y que había que unir matojo por matojo y retorcer a mano tirando de las puntas con una rueca pequeña, hasta que se convertía en una especie de guasca trenzada que servía para enlazar las bestias, menear el ganado en los corrales, empacar los colchones, o vendérselas a los caminantes que se detenían a tomar su Freskola o su cerveza Póker, en la ventanilla del repostero que daba al camino, y que la gente llamaba la Fonda de las Álvarez (p. 115).

asegurando que había asistido a la muerte de don Jorge Robledo, a garrotazos, decretada por Sebastián de Belalcázar y que la gente comenzó a llamarlo el loco Belalcázar después de eso (p. 115).

ellas a duras penans recitan lo de Manecita rosadita y el hijo de Rana Rin-Rin Renacuajo salió esta mañana muy tieso y muy majo, pues no las dejan aprender sino de La Alegría de leer (p. 123).

La muerte es algo dulce, repitió muy segura. Un despertar en otra parte donde si quieres puedes ir a pasear a caballo por las nubes, a mí me gustaría... (p. 124).

Lo peor es que cualquier cosa que trate de escribir está sometido al lenguaje absurdo de la desesperación o sea: confuso, repetitivo, hasta me creo Proust (p. 127).

¿tú crees que la religión es la fuerza de los débiles o la debilidad de los fuertes? (p 130).

y me preguntó por qué me contentaba con escribir en una pinche página deportiva si me consideraba periodista (p. 130).

en esa época era un caído del zarzo que le hacía tragar a la gran masa de lectores todo lo que el jefe me hacía tragar a mí, pero no creas. Yo sabía que los americanos sólo consideran compatriotas a los negros cuando se trata de victorias olímpicas (p. 132).

Mejor mirar lo grandotota que era la catedral de Manizales. Es gótica. ¿Ah... sí?, como si fuera de maíz trillado, no entendían ni jota pero ya se sabía que si preguntaban de a mucho Tina no iba a parar con las palabras raras (p. 134). 

¿Es muy larga la muerte? le preguntó a Sabina y ella dijo que claro, que para casi siempre (p. 135).

y la radio no transmitía sino música cláica y boletines pero nada concreto (p. 141). 

Rézale a María Auxiliadora para que no vayan a ganar los godos (p. 144).

su papá se sentó en la mecedora muy callado y muy pálido, como el nueve de abril. A escuchar las noticias, que eran malas, muy malas (p. 145). 

No te absolvían los curas porque ser liberal era pecado, y si leías El Tiempo o El Espectador te excomulgaban (p. 146). 

Laureano Gómez ganó las elecciones y al otro día dedicó a Dios la victoria, por el radio (p. 148). 

en los corredores de la casa de las Álvarez pasaron muchas cosas. Armaban el pesebre todas las navidades, y por las noches la novena, y era una gran pachanga. Su mamá rezando Dulce Jesús mío mi Niño adorado y ellos con panderetas y maracas: ven a nuestras almas ven no tardes tanto; pensando sólo en los regalos que les iba a traer el veinticuatro. Las Álvarez hacían buñuelos y natilla y los dejaban estar despiertos quemando luces de Bengala y viendo elevar globos, casi hasta medianoche; pero lo más emocionante fue aquella vez que se metieron al monte a coger musgo, y se encontraron con el cipote de culebra (p. 149).

una felicidad parecida a la de comerse un mango biche en clase de aritmética (p. 149). 

Y no sé por qué la gente pierde la memoria. Se olvida. Pasan diez años y es como si no hubiera sido más que un aguacero aquel diluvio que nos dejó el país inundado tanto tiempo (p. 153). 

y se quedó callado, pensando de seguro en todos los cadáveres que flotan en los ríos. En los ancianos y niños fusilados. En el señor que el otro día le cortaron la lengua para que no volviera a gritar viva el Partido Liberal (p. 158). 

y ella pensó que pobres, ni para combinar colores tienen gusto (p. 160)

Quién sabe porqué la gente resolvió que hay que cubrir la muerte con flores a porfía. Con aromas que dentro de poco será también detritus fétidos, cadáveres de cosas, polvo. Por que esas letanías. Esos rezos tan lúgubres (p. 165). 

despilfarraba los billetes como si fueran Kleenex (p. 173). 

¿cómo es el mar?, quiso saber Jacinto, y Eleazar: es como eso, igualito; pero en vez de árboles, agua, del color de esas lomas (p. 192). 

cuando los cuarenta te están pisando los talones, ya el hombre se embromó (p. 209).

En realidad no sé en qué creo. Cómo quieres que lo sepa con tanto enredo. Si yo pudiera decir creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, con la misma inocencia con que lo decía a los ocho años, a lo mejor estaría salvado. Pero si hoy me están diciendo que la Alianza para el progreso es la única manera de salvar estos países que están de mierda hasta la coronilla, y yo empiezo a hacer números como cualquiera que sepa sumar y dividir y me doy cuenta de que no, que eso es sólo una trampa para ratones subdesarrollados, entonces tú dirás. La gente ya no sabe por dónde va la tabla (p. 230). 

el que inventó la cama fue un genio incomprendido (p. 266). 

Sería imposible escribir la historia del país en el orden civil y militar sin la figura siempre activa del estudiante colombiano (p. 276). 

la felicidad es siempre así: prestada por raticos (p. 280). 

Silbar no es cosa de niñas, nada en la vida es para niñas, definitivamente, cada vez que uno va a hacer algo ¡no es de niñas! y ni subirse a un árbol, ni ensuciarse el vestido, ni ponerse bluyines en el pueblo, ni jugar trompo por la calle, como si sólo los varones tuvieran permiso de hacer y deshacer, de dónde lo sacaron, ¿se los dio el Santo Padre? (p. 283)

andabas con la tranquilidad de quien no pertenece a los rebaños (p. 289).

Y qué mejor que un bosque para guardar un árbol (p. 311)

Lo peor fue la censura. Comenzaron a amordazar la opinión pública y a cerrar los periódicos. Porque dijeron, simplemente. Denunciaron y basta. La clausura de El Tiempo, después de aquella orden de a callarse, relacionada con la matanza de estudiantes, fue la piedra de toque (p. 312).

si esos curas predican la pobreza qué es lo que andan haciendo con tanto convento tan lujoso y tanta tierra de labrantío sin producir ni nada mientras que el pueblo que oye misa y comulga y cree en ellos y les paga tributo del sudor de su frente y los muy sinvergüenzas viviendo a la bartola dizque rezando dicen rogando por nosotros cuando más les valiera fijarse en esa viga que tienen en el ojo y no en las pajas ajenas ¿no es así como dicen? (p. 331).


Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
Albalucía Ángel Marulanda
Ediciones B 
2015 (Primera edición 1975)
Bogotá
374 páginas

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Gaitán vive bajo los puentes, de Cristian Valencia

Dentro de la serie "Vientos del pueblo" (libros cortos en ediciones económicas e ilustradas, editados por el Fondo de Cultura Económica) fue publicada la crónica de Cristian Valencia "Gaitán vive bajo los puentes", un texto que viaja entre el presente y el pasado: el pasado del 9 de abril de 1948 cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, y el presente de Colombia, en donde la figura de Gaitán sigue vigente porque las exclusiones que denunciaba todavía persisten.

El autor describe el barrio Las Cruces, de Bogotá, en donde nació Gaitán; el Museo de Gaitán, en donde a juicio del autor no solo está muerto el caudillo sino todo lo que allí se exhibe, los barrios que se llaman "Gaitán" en distintas zonas del país, e intercala esto con fragmentos de discursos de Gaitán, que gracias a una cuidada selección se leen hoy con absoluta actualidad.


Gaitán vive bajo los puentes
Cristian Valencia (ilustraciones de Daniel Silva Páramo)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2021
32 páginas
 

sábado, 10 de julio de 2021

Los dormidos y los muertos, de Gustavo López Ramírez

Los dormidos y los muertos es una novela de 484 páginas y esa dimensión da cuenta de las pretensiones del autor: su objetivo no es el de la novela corta, rápida, sino el de una obra grande, ampulosa no solo en su tamaño sino también en su lenguaje y en la cantidad de datos históricos que desfilan por sus páginas.

La muy conservadora familia Almanza llega a Manizales huyendo de la violencia en Santander. En la capital de Caldas el peluquero Deogracias Almanza, junto con su esposa Adelaida, se ubican en una casona del barrio Los Agustinos y empiezan a criar a sus hijos Alvaro Pío, León Décimo, Antonieta, Elenita, Eccehomo y Laureano Ramón. La novela avanza mientras los hijos crecen y el desangre del país aumenta: el Bogotazo, Laureano "El monstruo", Rojas Pinilla, el Frente Nacional, Guillermo León Valencia, Tirofijo, los hermanos Fabio y Manuel Vásquez y Camilo Torres son algunos de los personajes que desfilan por las páginas de esta novela-libro de historia que narra la violencia política de los años 40, 50 y 60 a partir de las emociones, pasiones y animadversiones de sus protagonistas.

El autor utiliza un lenguaje recargado, rico en adjetivos, que le dan al libro un tono muy singular, en la medida en que las acciones se narran con precisión histórica pero, al mismo tiempo, con el aura de solemnidad que los mismos personajes creen tener. Se trata de 484 páginas llenas de detalles históricos de una época clave para entender el nacimiento de las guerrillas en Colombia, y pese a lo monumental de la obra, el libro se lee con agilidad e incluso con humor.
 
Algunas frases
"Manizales, la ciudad más conservadora y católica de este país católico y conservador" (p. 7). 

"El viejo barrio de los Agustinos, un vecindario de la pequeña burguesía local construido en bahareque y con grandes alerones de tejas de barro cocido (p. 8)

"¿Cómo era posible que aquel hombre tempestuoso y colérico despertara tal pasión en personas sensatas y decentes, a sabiendas de las sórdidas historias que de él y de sus aúlicos contaba todo el mundo? (p. 13. sobre Laureano).

"Jamás disparó un arma, jamás nadie murió por su propia mano, pero sus palabras, su vindicta y sus odios estaban en cada muerto de cada día, de cada recodo, de cada camino, de cada pueblo de esta nación levantada sobre un tapiz de muertos (p. 14). 

"sabían que la sinceridad, la lealtad y la honradez estaban proscritas de la política colombiana" (p. 23)

"comenzó la parte más temida de toda reunión nacional, aparte claro está de la conversación política: la declamadera" (p. 29)

"la ciudad, que había sido destruida dos veces por incendios en el año 25 y en el 26, estaba siendo levantada de nuevo por una compañía de arquitectos europeos a imagen y semejanza de las viñetas francesas de la Belle Époque, con quintas normandas rodeadas de sauces melancólicos, palacetes de columnas dóricas atiborrados de repostería ornamental y una catedral en concreto de un gótico indescifrable. La ciudad, levantada por siervos antioqueños a mediados del siglo XIX, se había convertido en una parada obligada entre la provincia del Cauca y Bogotá, y había prosperado de tal manera que se había dado el lujo de tener banco propio y construir el cable aéreo más largo del mundo. Todo esto lo habían hecho a punta de arriería y tráfico de mercancías. A la vuelta del tiempo los hijos de los fundadores se habían afrancesado, no se sabe cómo: escribían poesías vesperales, églogas y cántigas, y terminaban las tertulias cantando arias operáticas mientras pasaban el coñac con habanos Montecristo" (p. 34). 

"La ciudad se extendía de oriente a occidente ahorcajada sobre el filo de la cordillera y, agarradas de sus faldas, las casas luchaban contra el principio de la gravedad y el buen sentido de la topografía (p. 35). 

"los hijos se hacen en la casa o fuera de ella pero se hacen, esa es la naturaleza de los hombres, le dijo perentorio. A ella no le quedó más opción que doblegarse" (p. 43). 

"eran conservadores moderados, de los que se permitían leer El Tiempo. "Todos los que leen El Tiempo terminan masones o evangélicos", decía el tío" (p. 52.)

"–Padre, yo pecador me confieso que estoy leyendo El Tiempo, incluso los artículos del masón de Calibán" (p. 53). 

"Las familias se reunían todas las noches alrededor del radio, esperando que funcionara y los pudiera salvar de la zozobra. Y lo que la radio traía eran señales de pavor" (p. 56).

"Lo único que los salvaba de la muerte brutal y cotidiana era el drama radiofónico: ese drama era el nombre de la vida y la vida estaba hecha de lágrimas furtivas y promesas postergadas que iban y venían en el aire remecido del parlante" (p. 57). 

"Los horarios de visitas, las reuniones académicas, el inicio de las películas, todo tenía que sujetarse al tiempo de la radionovela" (p. 60).

"Lo único que tiene esa mujer es que como a todas le llegó la hora de cerrar edad" (p. 85).

"–No conozco el primer político que permita que dos o tres principios le dañen un buen cargo" (p. 111). 

"Si el código de las madres es la cantaleta, el de los hermanos es el encubrimiento" (p. 124). 

"Tú sabes cómo son los liberales: sin puestos no hay respaldo" (p. 152). 

"Usaba la morfina con generosidad sobre sí mismo para curar la adicción a la cocaína" (p. 187). 

"Estoy aprendiendo que unos callos en las manos y montar en bus almizclado nunca le hicieron mal a nadie. Debería ser una obligación para los intelectuales: contra la soberbia, bus" (p. 218). 

"Como dice el capellán de la Universidad Nacional, el padre Camilo Torres, el deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución (p. 224). 

"Bogotá, una ciudad hecha de chismorreo político, pavoneo social y difamación generalizada" (p. 246). 

"Optó por el único amor que le pareció que nunca lo iba a traicionar: los libros" (p. 268)

"–¿El precio de la historia, León? Dime, ¿cuánta historia vale una
vida? (p. 277).

"pensó que resultaba paradójico que uno tuviera que pagar para que lo declararan enfermo, le dictaran un regaño y le soltaran una sarta de prohibiciones, como solían hacer todos los médicos" (p. 317). 

"Lo que existe de peligroso en el mundo no es el vicio sino la virtud cuando es falsa" (p. 344).


Los dormidos y los muertos
Gustavo López Ramírez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
Septiembre de 2018
484 páginas


martes, 3 de abril de 2018

Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez

Cuando Silvia Gálvis publicó "Los García Márquez", su compilación de entrevistas a los hermanos de Gabriel García Márquez, dijo que en el habla común de la familia y en las historias que contaban con naturalidad estaban las claves del realismo mágico de Macondo y Cien años de Soledad.

Vivir para contarla es la autobiografía de Gabriel García Márquez (anunció varios volumenes y finalmente sólo publicó éste) que confirma esa afirmación de Silvia Gálvis: la vida cotidiana de García Márquez, su infancia, su mamá, las historias de sus abuelos maternos, la pobreza y tantos detalles particulares de sus primeros años configuraron un universo propio que se refleja en su obra posterior.

El complemento para esa vida fueron sus lecturas y en Vivir para contarla el Nobel de literatura hace un reconocimiento a sus maestros de sus primeros años: Estando en el colegio leyó la poesía del Siglo de Oro español, La isla del Tesoro, El conde de Montecristo, las mil y una noches, Nostradamus, El hombre de la máscara de hierro y La Montaña Mágica, de Thomas Mann, entre muchas otras. En sus primeros años en Bogotá se acercó a Jorge Luis Borges, D.H. Lawrence, "Contrapunto", de Aldous Huxley, "La señora Dalloway", de Virginia Woolf, (a quien le robó el nombre de su seudónimo Séptimus) Graham Greene, Chesterton, William Irish y Katherine Mansfield. Dedica un buen espacio para explicar la turbación que le produjo La Metamorfosis de Kafka, y en distintos apartes del libro menciona a William Faulkner, con Luz de Agosto, El sonido y la Furia y Palmeras Salvajes. También cuenta que leía a León de Greiff y lo escuchaba en un café en Bogotá; que el "Ulises", de James Joyce es la otra Biblia; que Bola de Sebo, de Maupassant es un gran cuento, y La pata de mono, de W.W. Jacob es el cuento perfecto.


La autobiografía está escrita en ocho capítulos de extensión similar y cada uno con un tema definido. No se trata de una narracción lineal ya que empieza con García Márquez trabajando como periodista en Barranquilla, pero ese rol lo desarrolla muchas páginas después. La primera parte se dedica a un viaje de regreso con su mamá a Aracataca, que sirve para entrar en el mundo de su infancia, su familia y a partir de ahí en su universo literario posterior.

El libro se ocupa de la infancia errante, el bachillerato en Zipaquirá, el estudio de Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá, el Bogotazo, su inicio como periodista en El Universal de Cartagena, su traslado a Barranquilla y su trabajo posterior en El Espectador de Bogotá. El libro termina cuando El Espectador lo envía a Europa por dos semanas, en un viaje que se prolonga por varios años.

Se trata de un libro muy colombiano, lleno de nombres propios de lugares y personas, con comentarios de la historia política colombiana, y por eso puede resultar difícil para un lector extranjero. Pero para un colombiano se trata de una lectura que permite entender otras facetas del Nobel, desde detalles anecdóticos sobre cómo sobrellevaba la pobreza o su pánico a montar en avión hasta su pasión por el periodismo y su concepto de la amistad.

Algunas frases:
Las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa.

Todo novio era un intruso.

En una época tuve una cierta tentación por sus costumbres de cazador furtivo, pero la vida me enseñó que es la forma más árida de la soledad.

Nada se comía en casa que no estuviera sazonado en el caldo de las añoranzas.

Le quedaban tan ceñidos al cuerpo que parecía más desnuda que sin ropa.

También de allí puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

Era un matrimonio ejemplar del machismo en una sociedad matriarcal, en la que el hombre es rey absoluto de su casa, pero la que gobierna es su mujer.

Nuestra fortuna mayor fue que aun en los apuros más extremos podíamos perder la paciencia pero nunca el sentido del humor.

Más que una entrevista clásica de preguntas y respuestas -que tantas dudas me dejaban y siguen dejándome- (...) me puso a pensar por primera vez en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. novela y reportaje son hijos de una misma madre. 

La cumbre de la poesía universal son las coplas de don Jorge Manrique a la muerte de su padre. 

El terror de escribir puede ser tan insoportable como el de no escribir. 

Sobre todo de poesía, aún de la mala, pues en los peores ánimos estuve convencido de que la mala poesía conduce tarde o temprano a la buena.

Aún no existía la televisión en Colombia, pero Gloria Valencia inventó el prodigio metafísico de hacer por radio un programa de desfiles de modas. 

Hasta descubrir el milagro de que todo lo que suena es música, incluidos los platos y los cubiertos en el lavadero, siempre que cumplan la ilusión de indicarnos por dónde va la vida. 


Vivir para contarla
Gabriel García Márquez
Editorial Norma
Bogotá, 2002
584 páginas

miércoles, 28 de marzo de 2018

Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal

Risaralda, la obra publicada en 1935 por Bernardo Arias Trujillo fue considerada "La novela del Gran Caldas" en el Siglo XX, hasta que en 1985 Editorial Planeta publicó Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal.

Los rankings o escalafones sobre las mejores novelas de la década, o de la literatura caldense, o de la literatura de la violencia resultan odiosos por las exclusiones que hacen, pero en todos ellos figura con sobrados méritos la primera novela de Alonso Aristizábal, que leída más de 30 años después de haber sido publicada resiste muy bien el paso del tiempo, quizás porque, por tratarse de una novela histórica, el autor fue consciente del reto que tenía para construir un texto verosímil sobre una época pretérita, y esa reconstrucción del pasado quedó tan bien armada que sigue sólida aunque pasen décadas.

El relato se ocupa de Rubelio Aristizábal, su esposa Sola, sus hijos, sus padres y su vida en Pensilvania a mediados de los años 30. Un primer valor de esta novela es recordarle al lector que antes de La Violencia desatada en 1948 con El Bogotazo ya había violencia, y mucha, entre liberales y conservadores. Pero el autor no se ocupa de los muertos sino del miedo en el que viven los vivos: zozobra porque los pueden matar y angustia por la precariedad económica que implica vivir en un pueblo en el que el gran empleador es el Estado y la Alcaldía puede cambiar de bando en cualquier momento.

En la obra de Aristizábal hay zaguanes, aguapanela, chuchas que corren sobre los zarzos, mujeres que rezan el rosario e hijos que sueñan con ser monaguillos. Hay una vida anterior a la radio, la televisión y el teléfono, en la que la prensa escrita es la que conecta la cotidianidad con el mundo que hay más allá de las montañas. Hay mulas, cafés, aguardiente, billares, gallos y peleas. Hay discursos, tedio y miedo. Mucho miedo de puertas para adentro en una época en que la filiación política y la religión marcan el destino familiar.

Hay también un contraste narrativo entre la vida en Pensilvania y la vida posterior en Bogotá, una urbe que aparece antes y después del Bogotazo. Bogotá se presenta como una ciudad hostil, dura para el inmigrante, con un clima frío y una vida más costosa y limitada que la que se tiene en los pueblos.

La prosa de Alonso Airstizábal es cuidada. En su relato aparecen sombras y espectros que evocan a Rulfo, pero también hay homenajes a otros autores clásicos, empezando por Virgilio, alter ego del autor, que evoca a Dante.

Algunas frases
¡Muévanse eternidades!

Este es un pueblo miserable donde la gente no está pensando sino en matarse los unos a los otros.

Tenían el rostro amargo del que hace una guerra

Interminable como un mareo.

(cuando casó a la hija) con certeza comprendía que aquél era el primer día de su vejez.

Concluyó que cada cosa tiene su historia y que cada lugar u objeto guarda un pasado.

La sucesión infinita de instantes iguales a cajones vacíos.

Él se negaba a terminar el libro en el cual leía uno de esos pasajes deslumbrantes por los que se puede cambiar el mundo.

Por ello prefería no compararse en fotografías porque no se encontraba consigo mismo, sino con todos los hombres que había sido.

Los hijos nacen con dolor, no hacen más que dolerle a uno cuando crecen y le duelen y lo matan cuando se van de la casa.

Penas como silencios discurriendo por sus venas. 

Y hablaba solo para decir que aún no entendía por qué la gente tenía que abandonar los pueblos.

Insistía en mostrar un rostro amargo y casi bohemio de los que no toman trago sino que se emborrachan a costa de sentimientos.

Escribir es revivir a sus papás en el fondo de los años.


Una y muchas guerras
Alonso Aristizábal Escobar
Editorial Planeta
Bogotá, 1985
233 páginas