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miércoles, 7 de mayo de 2025

Imposible decir adiós, de Han Kang


Gyeongha es una mujer que vive en Seul y atraviesa una situación límite (está pensando a quién encargar lo que debe hacerse después de que ella muera) cuando recibe un mensaje de su amiga 
Inseon. Inseon es una fotógrafa que trabajó hace años con Gyeongha y aunque son cercanas llevan tiempo sin hablar. Inseon le pide que la visite en un hospital y cuando Gyeongha lo hace Inseon la insta a que vaya inmediatamente a su casa a salvar a un pájaro que morirá si ella no llega a tiempo, porque se agotarán el agua y la comida. Inseon vive en Jeju, una isla, lejos de Seul. Gyeongha sale del hospital al aeropuerto y al llegar a la isla se encuentra con una tormenta pavorosa. La nieve le llega a los muslos.

Así empieza Imposible decir adiós, una novela muy distinta y a la vez con elementos que recuerdan a La vegetariana, quizás la obra más reconocida de la coreana Han Kang.

Ambas obras están divididas en tres partes. Las dos se centran en mujeres de mediana edad en situaciones críticas. En las dos son recurrentes las pesadillas y los sueños. En ambas hay escenas de gran belleza visual escritas a partir de un proyecto artístico que alguno de los personajes está ejecutando. En las dos hay enfermedad, hospitales y detalles explícitos sobre la corporalidad y tanto La vegetariana como Imposible decir adiós son novelas cortas, escritas de manera muy fragmentada, en donde se intercala la narración con pasajes de profundo calado lírico.

Teniendo tantos elementos comunes, la historia, no obstante, es muy distinta. Gyeongha es la narradora y al comienzo parece ser la protagonista del libro, pero a medida que avanza la lectura el interés se centra en Inseon, y más que en ella en sus antepasados: en su madre, su padre, sus abuelos, su tío: en las víctimas de la masacre de la Isla de Jeju, que empezó el 3 de abril de 1948 y cobró la vida de al menos 30.000 personas, en la masacre de la Liga Bodo, una persecusión a los comunistas de Corea del Sur, que mató a al menos 50.000 personas, y la masacre de la Mina de Cobalto de Gyeongsan, en donde fueron asesinados al menos 3.500 presos. 

Es difícil que un lector occidental tenga información sobre cada una de estas masacres, pero para eso está Wikipedia. Han Kang no hace un relato pormenorizado o periodístico de los hechos que denuncia. Ofrece los referentes básicos para que el lector complemente la información que considere, y su trabajo consiste en elaborar una memoria histórica a partir de un lenguaje poético que permita revivir a los muertos a partir del diálogo que establecen con los vivos que mueren. En una zona liminal y fantasmagórica, en la que no es claro si los personajes de la primera parte del libro siguen vivos en la segunda (¿Han Kang leyó Pedro Páramo?) la autora se sustrae de dar explicaciones racionales a hechos extraordinarios y simplemente narra la manera en la que esa casa de Inseon en una zona apartada y rural de Jeju, estuvo habitada antes por su madre, ya fallecida, quien a su vez investigó y documentó la muerte de su hermano mayor y de su madre, arrasados por una violencia política que allá y acá se ensaña con campesinos y personas pobres.

La prosa de Han Kang es tremendamente visual, con varias capas de sentido para navegar con belleza en medio del dolor. El texto (que evidencia un trabajo de traducción extraordinario) permite viajar al lector por distintas sensaciones (dolor, frío, escozor, asombro) y permite también identificar elementos similares en geografías distantes: el desplazamiento forzado, el drama de los desaparecidos, las detenciones arbitrarias y la zozobra que causan decisiones políticas que se toman en la capital y que se ensañan con los cuerpos más débiles en zonas remotas.

Algunos subrayados
Entonces caí en la cuenta de lo frágil que es la existencia humana; de lo fácil que se quiebran y desgarran la piel, los órganos, los huesos y la vida. Todo por una decisión (p. 15).

¿Cómo pude ser tan ingenua, tener la desfachatez de creer que podría escapar algún día del sufrimiento y librarme de los vestigios de violencia cuando había tomado la decisión de escribir sobre masacres y torturas? (p. 22).

La nieve siempre me provoca una sensación de irrealidad. ¿Sería por la morosidad con que caía? ¿Por su belleza? Cuando veía moverse los copos con la lentitud de la eternidad, de pronto se me hacía patente lo que era realmente importante y lo que no (p. 37).

Mi madre me contó que aquel día aprendió, de una vez y para siempre, que cuando alguien se muere y su cuerpo se enfría la nieve se acumula sobre sus mejillas y la sangre se escarcha (p. 67).

A veces no resulta fácil diferenciar la paciencia de la resignación, la tristeza de la reconciliación incompleta, la fortaleza de la soledad (p. 83). 

el mensaje que yo había recibido en Seúl y todo lo que me había pasado en la isla no eran sino las fantasías de alguien que ya no era de este mundo (p. 150)

Estamos sentadas donde el fuego lo devoró todo -pensé- Estamos sentadas donde se desplomaron las vigas y nubes de ceniza volaron por los aires (p. 190). 

Cuando los vecinos le preguntaban a mi abuela para qué diablos se molestaba en hacer estudiar a sus tres hijas, ella les respondía sonriendo que el mundo iba a cambiar algún día (p. 193).

¡Qué poco sabía yo de mi madre! Y eso que creía conocerla bien (p. 199).

Como sabes, al menos unas cien mil personas perdieron la vida en todo el país.
Al tiempo que asentía con la cabeza me pregunté para mi adentros si no habrían sido muchos más (p. 212).

(1960) En aquel entonces mi madre tenía ya veinticinco años. Todos estaban preocupados porque había sobrepasado la edad de casarse, pero ella no tenía ningún interés en contraer matrimonio (p. 218).

Mi madre se sentó en cuclillas y yo la imité. Entonces se giró hacia mí sonriendo y me acarició la mejilla. Luego me pasó la mano por la cabeza, por el hombro, por la espalda. Sentí su amor como un dolor sordo que me traspasaba la piel, se hundía hasta la médula de los huesos y me encogía el corazón... Fue entonces cuando supe lo mucho que duele amar a alguien (p. 242).

Creí que después de que ella muriera podría recuperar mi vida, pero el puente que podía llevarme de regreso había desaparecido. Mi madre ya no entraba a mi cuarto, pero yo no podía dormir de todas maneras (p. 244) 

Ya no me sorprendía nada de lo que un ser humano podía hacerle a otro ser humano... (246)

Porque la guerra nunca terminó, porque solo quedó en suspenso, porque el enemigo sigue allí, al otro lado de la Línea del Armisticio, porque todos se callaron, incluso los familiares de los masacrados, porque abrir la boca equivalía a ponerse del lado del enemigo (p. 247).


Imposible decir adiós
Han Kang
Traductora: Sunme Yoon
Random House
Bogotá, 2024 (primera edición 2021)
252 páginas

lunes, 3 de junio de 2024

Trilogía, de Jon Fosse

Como tantos, yo tampoco había oído hablar del noruego Jon Fosse hasta que en octubre de 2004 lo anunciaron como ganador del Premio Nobel de Literatura. Leí varias entrevistas, varios comentarios y supe que era un dramaturgo muy representado, que su obra está fuertemente impregnada por la religión y que la estructura de sus textos puede ser pesada por la falta de puntos.

Con esas coordenadas entré en "Trilogía", el primer libro que leo de Fosse, y quedé deslumbrada. Cuánto amor, cuánta tragedia y cuánta maestría encerrada en apenas 160 páginas. Una prosa poética que logra saltar del presente, al pasado y al futuro sin que el lector se pierda, y que logra construir unos personajes duros y complejos, en donde el mal se reviste de ternura y la justicia aparece vengativa. 

Trilogía está compuesta por tres capítulos que funcionan como relatos con cierta independencia: Vigilia, Los sueños de Olav y Desaliento. El primero evoca la escena de José y María buscando posada antes de la nochebuena. Acá se trata de Asle y Alida, dos adolescentes muy pobres y solitarios. Asle es huérfano mientras que a Alida su padre la abandonó a los 3 años y la relación con su mamá está rota. Alida está a punto de dar a luz y la pareja busca algún lugar en Borgen, hasta donde han navegado desde su pueblo natal. Llueve mucho, hace frío, está oscuro y no tienen a quién acudir. Solo se tienen el uno al otro.

Al comienzo de Los sueños de Olav el narrador advierte: 
"ahora es Olav, no Asle, y ahora Alida no es Alida, sino Ásta, ahora son Ásta y Olav Vik" (p. 59). El cambio de nombres obedece a la necesidad de Asle (Olav) de ocultarse y huir porque ha cometido crímenes que en el relato apenas se insinúan. El narrador se detiene en la pareja, en sus figuras y sus dramas, mientras los crímenes quedan fuera de foco y por ello, aunque el lector sabe o presiente lo que Asle hace, no es posible sentir por él rechazo o aprehensión. Si en el capítulo uno la evocación es hacia las horas previas al nacimiento de Jesús, en el capítulo dos hay apartes que hacen pensar en la crucifixión: un lugar alto, con público y sin juicio. 

Desaliento muestra a Ales, la segunda hija de Alida, quien ve a su madre en su casa. Su madre lleva años muerta. Se suicidó en el mar. En este último capítulo el lector se entera de lo que ocurrió con Alida después de la muerte de Asle y el final se parece al de Alfonsina Storni.

Hay mucha maestría en la forma de narrar de Fosse. Trilogía parece un cuento de hadas (y en eso me hizo recordar a En las montañas de Holanda, de Cees Nooteboom). Hay saltos en el tiempo y saltos de narrador que, sin embargo, suenan naturales; hay un narrador poco confiable que dosifica la información y a veces suelta puntos de vista contradictorios; hay referentes geográficos concretos, pero, en cambio, no es posible ubicar la época en la que ocurre la historia. Al final del libro, como si se tratara de Las Meninas de Velásquez, Fosse escribe que uno de los personajes tuvo un nieto que se llama Jon y ha publicado poemas. Un artefacto literario perfecto que permite adentrarse en una geografía lejana, con una historia cercana.


Algunos subrayados
Así son las cosas, los hay que son propietarios de algo y los hay que no lo son, dice
Y los propietarios mandan sobre los que no tenemos nada, dice (p. 16).

Aunque lo de ser músico quizá hubiera que verlo más bien como una desgracia, dijo padre Sigvald, pero cuando se era músico, se era músico y, una vez que lo eras, ya nada se podía hacer, seguramente, al menos eso pensaba él, dijo padre Sigvald y si alguien le preguntara a qué se debía, respondería que debía de tener que ver con el dolor, con el dolor por algo o solo con el dolor, y padre Sigvald dijo que al tocar, el dolor podía aliviarse y transformarse en vuelo, y que el vuelo podía transformarse en alegría y felicidad, y por eso había que tocar, por eso tenía que tocar él y algo de ese dolor debían de compartir también los demás y por eso había tanta gente a la que le gustaba escuchar música, así creía él que era, porque la música elevaba la existencia y le proporcionaba altura (p. 35). 

El destino del músico es una desgracia, dijo entonces padre Sigvald
Siempre fuera de casa, siempre marchándote, dijo
Sí, dijo Asle
Despedirte de la amada y despedirte de ti mismo, dijo padre Sigvald
Siempre entregándote a los demás, dijo (p. 37).

No debe perderse con los hombres por poco y nada, y sí, eso fue lo que hizo ella, y ya se ve lo que ha recibido a cambio, nada, nada ha recibido a cambio, salvo la vergüenza, porque quizá no esté tan mal mientras dura, pero es que no dura, porque en cuanto te acercas a la edad en la que puedes hacer lo que quieras, se acaba, sí, se acaba, se acaba porque ya nadie te ofrece nada, así es (p. 98).

la hija tuvo un hijo que por lo visto se llama Jon y que dicen que también es músico y ha publicado un libro de poemas, pues sí, qué cosas más raras hace la gente (p. 158).


Trilogía
Jon Fosse
Traducción del noruego por Cristina Gómez Baggethun y Kirsti Baggethun
Editorial Seix Barral
México
2023 (publicación original 2007)
162 páginas

sábado, 18 de mayo de 2024

Un mar, de Ignacio Piedrahíta Arroyave

El geólogo y escritor Ignacio Piedrahíta Arroyave publicó en 2006 la novela "Un mar", un texto de ficción construido a partir de su conocimiento sobre la minería, la exploración y las rocas, en este caso las piedras calizas, y en el que la narración fluye con ese ritmo pausado y hondo que es habitual en sus textos. "N
o hay prisa para la tierra en estas profundidades", escribe en un aparte de esta novela, y ese "no hay prisa" está presente también en la forma de narrar.

"Un mar" está estructurada en 25 capítulos cortos que cuentan unos meses en la vida de Arenas, un geólogo que se traslada a una ciudad al lado del mar para liderar la exploración de una montaña en la que una fábrica cementera espera encontrar roca caliza. La superficie de la montaña no permite ver lo que hay en su interior. Es necesario perforar con paciencia y con la certeza de saber que muchas veces la exploración no conduce a un hallazgo de valor. Lo mismo hace el escritor con el personaje: de Arenas vemos su uniforme, su rutina, su vivienda, pero es necesario explorar a través de las páginas, con mucha paciencia, para poder identificar sus pensamientos más profundos. 

La novela recrea la cotidianidad de una exploración minera, un ambiente fuertemente masculino, pero al mismo tiempo explora una veta que al comienzo apenas se insinúa y luego empieza a crecer: el interés de Arenas por una mujer casada. Esa condición de casada ofrece un sustrato tan conocido para el lector que el autor se abstiene de cualquier exploración existencial o juicio de valor. Los hechos y las ensoñaciones permiten construir un relato que va del corazón de la montaña a la profundidad del océano, en donde el protagonista Arenas se muestra como un personaje mineral: pausado, reservado, cerrado, solitario. Sólo el tiempo permite verle variaciones.

Esta novela fue ganadora de una beca de creación en Medellín y finalista de un concurso convocado por Mincultura. Hizo bien la Editorial Eafit al decidir volver a editarla en 2023.


Algunos subrayados
El exterior de una piedra se asemeja a un velo (p. 32). 

Con su herramienta parte la roca y examina su anatomía interna con el fin de averiguar su pasado. Su oficio tiene algo de examen oculto de los hechos antiguos (p. 32). 

Hay algo de macabro en esa condición de explorador, pues se trata de entender el funcionamiento de la tierra para ir directo a su destrucción (p. 35). 

el secreto de esta profesión es pasar inadvertido (p. 88)

Bajemos más y más, no importa el calor, no importa la presión, nuestros oídos son de cuarzo y nuestros cuerpos de vapor. sienta lo que ocurre aquí debajo de la corteza de la tierra, todo es calor y presión, mire las rocas cómo se funden y se oprimen unas contra otras. Ahora entréguese a ese magma. Ese es el punto de partida de nuestro viaje, ahora comenzaremos a ir hacia adelante. Suspéndase, sienta que a pesar de nuestro esfuerzo hay algo que nos empuja hacia arriba, es la roca fundida que quiere subir porque está muy caliente y necesita enfirarse. Venga aferrémonos a esa masa incandescente que va lentamente hacia arriba, no podrá hacernos daño. Tardará millones de años en subir a la superficie, pero no hay problema, podemos esperar: no hay prisa para la tierra en estas profundidades. Viajemos con ella en el tiempo hasta que llegue a la cima, hasta que ella misma sea la montaña. Nosotros somos ahora la montaña. ¿Lo comprende? (p. 103). 

cada pie que penetra el taladro equivale a miles de años rumbo a ese pasado de aguas cálidas y transprentes, anteriores al lio y a la arcilla que lo cubrieron todo (p. 113).

Lo extraño de la noche no es más que su propio estado de aturdimiento (p. 121). 

Un mar
Ignacio Piedrahíta Arroyave
Editorial Eafit
Medellín 
2023 (primera edición 2006)
178 páginas

martes, 9 de febrero de 2021

El fin del Océano Pacífico, de Tomás González

Al comienzo de la novela el narrador, el médico Ignacio dice que "avanzamos en la vida en un mar de digresiones". Así como la vida avanza esta novela: en un mar de digresiones desde una hamaca frente a una playa del Océano Pacífico.

La novela no está dividida en capítulos ni partes. En la primera página empieza el flujo de consciencia y avanzan los días en esa costa selvática del Pacífico chocoano hasta que, unos meses más tarde, es decir, 261 páginas después, el flujo se detiene. Es una narración incontenible en la que una voz paisa, simpática, burlona, habla de su mamá, sus seis hermanos, sus cuñados, sus sobrinos, la persona que les cocina, la enfermera, el que los cuida y una cantidad de personajes que van y vienen, como las ballenas que se avistan desde el corredor de la casa, pero ese flujo también viaja en el tiempo, a la casa de la infancia, la finca cafetera antioqueña, el colegio y de nuevo regresa a este presente que se ve tan paradisíaco pero no lo es.

Un lector puede pensar que es una novela en la que no pasa nada. Pasa la cotidianidad de una familia con peleas y amores, pasan el desayuno, el almuerzo, la comida y el malestar de la mamá que después se alivia. Pero en medio de esta vida corriente pasan los pensamientos de Ignacio, sus reflexiones sobre la vida, el amor, la historia política, los animales, y pasa también, de lejos y casi invisible, la violencia que azota a esa región del país. 

No pasa nada pero pasa la vida. Dice Ignacio "¡Y todo lo que se me va a quedar por ver y oír y pensar!" "Lástima lo cortos de tiempo" y al terminar las páginas, el viaje al Pacífico y la vida misma piensa uno que sí, que lástima lo poco que dura todo, incluyendo este libro profundo, hondo, sobre lo efímera que es la experiencia de la vida y sobre la muerte que siempre acecha, contado con humor y con un lenguaje tan coloquial y tan íntimo que me hizo evocar a La historia de Horacio, otro libro de Tomás González que también me resulta entrañable.

Algunas frases

Sabía de alta cocina, pero estaba lejos de hacerle feos a la "baja", y con toda razón, pues tiene sus riesgos, pero sin duda tiene sus maravillas (p. 10).

Nunca en la vida ha estado tranquila, si ha podido evitarlo (p. 17).

No le gustaba que la tomaran del pelo. Prefería encargarse ella sola de ese departamento (p. 20).

(sobre los narcos) Esas personas y también sus admiradores e imitadores son incapaces de formar oraciones verbales, aun las indiferentes o neutras, sin ponerles el veneno de su intranquilidad anómala, patológica: "pásame la hijueputa sal, por favor, ¿sí? Pilas. Gracias. (p.22).

Hay gente que piensa que sin niños ningún viaje es verdadero. Mi mamá, para no ir muy lejos, y también yo, siempre y cuando brinquen lejos (p.27).

El asunto de la mariquería produce curiosidad invencible y va a inquietar a la humanidad hasta el fin de los tiempos, pues no sirve para nada, no produce hijos y uno diría que se trata de amor desinteresado -variedad esta que ha sido poco respetada por la humanidad- y de cierta estética fuerte (p. 34).

Avanzamos en la vida en un mar de digresiones (p. 40)

La vida se expande en forma de digresiones y regresa a la nada (p. 40).

Oír música me ha gustado tanto como mi profesión, a ratos más. Y esto otro que me ha llegado con los años y que es parecido al gusto por la música o tal vez sea lo mismo es el gusto por la manera como se forman y despliegan mis pensamientos, que a veces no tienen nada que ver con la verdad y ni siquiera con la realidad. Ya sean piedras, arboledas, humaredas o hilos de humo, son su propia realidad (p. 41).

!Y todo lo que se me va a quedar por ver y oír y pensar! (p. 41) Lástima lo cortos de tiempo (p.41).

La infancia es una especie aceptada de locura, bastante apreciada e incluso sobrevalorada, casi siempre provisional, con un toque mínimo de retardo (p. 45).

Se encargaba con gran éxito de que los obreros no explotaran demasiado a los patrones (p. 46). 

Su mirada era una mezcla de agua líquida y agua evaporada, nube (p. 51). 

Algunas personas nunca tienen paz con su propia belleza (p. 58). 

Imágenes tal vez tomadas de Salgari o de Julio Verne, tan poco aficionados como nosotros a las verdades secas y estériles (p. 67). 

Pero seguía esbelto de intelecto (p. 85).

Vender la finca, ni soñar. Los asesinos van y vienen y la tierra permanece (p. 91). 

-¿Cómo hacen los mujeriegos para convencer a cada una de sus conquistas de que ella, ahora sí, por fin -créeme, amor-, es la mujer de tu vida? Y sobre todo ¿para qué? (p. 103).

A mí me da miedo pensar. Prefiero estar haciendo cosas desde por la mañana (p.130).

La novedad no está en las cosas sino en la forma de mirarlas (p.133).

La Creación es una mariposa multicolor que come mierda de perro (p.149). 

Hablaba con mi mamá sobre lo que hay más allá de más allá; de lo que sigue o no sigue a la muerte y de la ninguna importancia que tiene todo lo anterior, en realidad, porque lo único que importa y existe es el presente (p. 153).

Silbido del viento, rayos chillidos, gruñidos, aullidos y ruidos constantes del agua. La naturaleza siempre ha hecho ruido. Crepitaciones de la candela. Desde que se formó la atmósfera hay ruido (p. 154). 

Hombres superiores no hay. No habemos. Todos proyectamos las mismas sombras (p. 179).

Cuando se va el último turista otra vez se siente el tiempo antiguo y tranquilo de los alcatraces (p. 191).

Es raro y desesperante que los seres humanos vivamos un manojo de años, vislumbremos la infinitud de este asunto, conozcamos dos o tres cosas, la ley de la gravedad, la existencia de los neutrinos, y pum se nos apague el mundo. Mirándolo de otra forma, si uno conoce la parte, por pequeña, que sea, minúscula, infenitesimal, conoce el todo (p. 215). 

Hay mujeres que se van poniendo más bellas a medida que uno las conoce (p. 227).

Hacía algunos meses los paramilitares que habían azotado la región se habían disuelto después de una negociación con el mismo presidente que los había creado (p. 232).

Más necesita el obrero respeto que pan (p.254).

Que una frase sea profunda y armoniosa no la hace verdadera (p. 259).


El fin del Océano Pacífico

Tomás González

Seiz Barral

Bogotá, octubre de 2020

261 páginas

viernes, 31 de mayo de 2019

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway


Volví a leer El viejo y el mar y como suele suceder con los grandes clásicos, el libro me reveló cosas nuevas.

La novela fue escrita en Cuba en 1951. En septiembre de 1952 la Revista Life la publicó en una edición monográfica. En 1953 ganó el Pulitzer y un año más adelante Hemingway recibió el Premio Nobel de Literatura. 

El viejo y el mar es una novela corta de 26.601 palabras, sin división de capítulos, por lo que algunos señalan que se lee “con la intensidad de un cuento” o “de una sola sentada”. Cuenta la historia de Santiago, un viejo que lleva 84 días sin pescar. Decide salir “más lejos” y captura un enorme merlín que no cabe en su bote, así que lo amarra a un costado, pero se lo comen los tiburones. Regresa sólo con el esqueleto, la cabeza y la cola.

La historia tiene un antecedente real: la del barrio  Cabanas, que Hemingway había publicado en 1936 en la Revista Squire. Así mismo se dice que el personaje de Santiago está inspirado en Gregorio Fuentes, pescador y amigo de Hemingway en Cuba. 

La novela no precisa una fecha ni ubicación geográfica de los hechos. Se narran 5 días cronológicos en el mes de septiembre, a finales de los años 40. Hay pocas elipsis. La historia ocurre posiblemente entre Cojímar (a 7 km de La Habana) y las aguas entre el Golfo de México y el Atlántico (entre Cuba y Miami).

El autor intercala narrador omnisciente con la voz de Santiago, quien habla de tres maneras: en diálogos con Manolín, un adolescente que es su aprendiz: en monólogos interiores y cuando Santiago habla solo en el bote. 

La novela puede leerse con base en la teoría del iceberg que formuló el mismo Hemingway, de acuerdo con la cual "hay siete octavos del iceberg bajo el agua”. Se trata de un estilo conciso con frases cortas, conectadas por “and” o “but”. Se dice que ese estilo tan propio de Hemingway lo aprendió de Gertrude Stein, quien le aconsejó comprimir, concentrar y evitar adornos. Ese esfuerzo se evidencia en el libro, en donde hay más sustantivos que adjetivos calificativos y la narración se centra en la acción. El texto original, que Hemingway revisó casi 200 veces, incluye en 118 ocasiones la palabra "hand", prefiere las palabras monosílabas y bisílabas, le da enorme protagonismo a los términos propios de la pesca y utiliza verbos contundentes como "to be".

Este cuidado por el lenguaje le confiere a la obra un ritmo musical, difícil de mantener en las traducciones (cabe recordar que Hemingway tuvo formación como músico y aprendió a tocar el violonchelo). Para lograr la musicalidad, además de frases cortas con palabras breves, el autor se vale de figuras literarias como la aliteración (repetición de uno o varios sonidos en una misma frase o palabra); polisíndeton (repetición de una o varias conjunciones en una misma frase) y sinécdoque (la primera frase resume el libro).  Además el autor utiliza la prosopopeya, pero no en el sentido fabulesco de personificar a los animales, sino que en realidad les confiere características humanas, desde un punto de vista ético: "Me gustaría dar de comer al pez –pensó–. Es mi hermano. Pero tengo que matarlo”.   

Por último, con relación al lenguaje, vale la pena destacar que la versión original en inglés incluye palabras en español: guano, ¡qué va!, dentuso, galanos.  

Entre las interpretaciones de la obra hay una reiterada sobre el carácter religioso de Santiago. El texto señala que en los primeros 40 días Manolín estuvo con él, y 40 días es el tiempo del Arca de Noé. Hay entre Santiago y Manolín una relación de maestro y discípulo, que al final se refuerza cuando Manolín llora al ver las manos de Santiago, quien yace boca abajo y con los brazos extendidos, en una imagen que parece la de Cristo. Santiago se refiere con frecuencia a la fe, y su mismo nombre tiene una referencia bíblica, pues Santiago el apóstol era "pescador de hombres". No obstante, Santiago advierte en el libro: "I am not religious”.

Además de las alusiones bíblicas y cristianas, El viejo y el mar tiene constantes referencias al béisbol, y en especial a Joe Di Maggio, quien se muestra como un héroe capaz de sobreponerse a su propia debilidad física. 

El viejo y el mar puede leerse en diálogo con otras obras literarias que tienen al mar (o La Mar, como dice Santiago, en femenino) como protagonista: 
  • La Eneida, de Virgilio
  • Simbad el marino (Las mil y una noches)
  • Robinson Crusoe, de Daniel Defoe
  • Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift
  • Moby Dick, de Herman Melville
  • La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson
  • Corsario negro, de Emilio Salgari
  • La canción del pirata, de José de Espronceda
  • 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne


Algunas frases sobre algunos de los grandes temas de la obra
La soledad: “En otro tiempo había habido una desvaída foto de su esposa en la pared, pero la había quitado porque le hacía sentirse demasiado solo al verla”.

-La vejez: “Conozco muchos trucos y tengo voluntad”.
“Nadie debería estar solo en su vejez –pensó. Pero es inevitable”.

-El equilibrio: “Y trató de no pensar: sólo aguantar”.

-La naturaleza: “El hombre no es gran cosa junto a las grandes aves y fieras”.

-La espiritualidad: “Su fe y su esperanza no le habían fallado nunca”.
“Dios me ayude a resistir. Rezaré cien padrenuestros y cien avemarías. Pero no puedo rezarlos ahora”.

-La derrota: “El hombre no está hecho para la derrota –dijo-. Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”.

-Pasado y futuro: “Es idiota no abrigar esperanzas”.

-La supervivencia: “Me pregunto si tendrá algún plan o si estará, como yo, en la desesperación”.

-La amistad: “Notó lo agradable que era tener alguien con quien hablar en vez de hablar sólo consigo mismo en el mar-. Te he echado de menos –dijo-”

-La suerte: “La suerte es una cosa que viene en muchas formas, y ¿quién puede reconocerla? Sin embargo, yo tomaría alguna en cualquier forma y pagaría lo que pidieran”.
“Al diablo con la suerte –dijo el muchacho-. Yo llevaré la suerte conmigo”.

-La muerte: “Sintió que quizás estaba ya muerto”.
“Estás cansado, viejo –dijo-. Estás cansado por dentro”.
“Cómanse eso, galanos. Y sueñen con que han matado a un hombre”.




El viejo y el mar
Ernest Hemingway
1952
Editorial DeBolsillo 2011 - Traducción de Miguel Temprano García
Barcelona
200 páginas

miércoles, 2 de abril de 2014

Temporal, de Tomás González



Después de las montañas de Abraham entre bandidos, o la finca de La Historia de Horacio y Los caballitos del Diablo, Tomás González vuelve al mar. El mar que se vislumbra entre la ciudad de La luz difícil, y que es tan relevante en Primero estaba el mar, su primera novela.

En Temporal el mar es tan protagonista como puede serlo en El viejo y el mar, el clásico de Ernest Hemingway. Y es que es muy difícil leer Temporal sin recordar la historia de Santiago el pescador solitario. Acá también hay una jornada de pesca, una pesca formidable y luego el mar arrebata lo que antes se ha sacado con tanto esfuerzo. Pero a diferencia de Santiago, los pescadores de Temporal no van solos. Son tres: El padre odiado y sus hijos mellizos, Mario y Javier, tan distintos en todo que no se confunden en ni una sola línea del relato.

Si algo le compite en protagonismo al mar en esta historia, es el odio. El odio de los hijos al padre, del padre a los hijos, del padre a la madre y viceversa. Un odio que define a la familia y que el escritor califica como frío.

Creo que esta no es la mejor novela de Tomás González, pero es una excelente novela. Es tan buen escritor que tiene obras mejores que ésta, en mi concepto. No tiene el humor que caracteriza otros de sus libros, pero sí ese lenguaje desenfadado, seco, sin adornos ni artificios. Un lenguaje directo, despojado de todo artilugio, que suena tan tan tan natural que debe tener mucho trabajo de edición detrás.

Algunas frases:

Nunca es mucha la plata para eso de comprar libros, así sean usados

A Javier lo exasperaba la manía de Mario de decir que no le había pedido el ser a nadie y que mejor habría sido no haber nacido, y se debía controlar para no responderle que eso uno no lo pedía, ser o no ser, no seas marica, eso te llega y es cosa tuya si te pegas un tiro o metes la puta cabeza al inodoro, a nadie le importa un soberano culo.

La admiración que alguna vez sintió por él –única forma de amor que el viejo al final hizo posible- había desaparecido hacía ya mucho tiempo. El poder absoluto quizás deslumbre a un niño, no a un joven.

Javier tendía a concluir que la vida no era más que un perpetuo entrar a los infiernos y salir de ellos.

“Aquí se cansa uno a la larga de contemplar tanto hijueputa atardecer, creeme”.

Ustedes, güevones, nacieron con el pan debajo del brazo. No es sino salir y agarrar el pescado y volverse para la casa a fritarlo y comérselo. Los cocos les caen en las mismas cocorotas desde las palmas. El plátano y el arroz no valen nada. Pero ni eso hacen estos negros vagos.

Su ira reapareció y se hizo fría.

En los libros que hasta ahora había leído casi nunca había gente feliz.

En alguna parte Javier había leído que uno no nace para ser feliz sino para admirar el mundo. Cuando llega la alegría, lo hace sin ton ni son y porque le dio la gana.

Aunque mucho menos intensa e ingenua que en Mario, en Javier la conciencia de la crueldad de la Creación es constante. No era por lástima de los animales sino más bien por sentido estético que tanta matazón lo asombraba –pues las cosas son como son, y a quién carajo le importa una gallina-. Y además, siendo Dios tan poco escrupuloso en lo que a justicia se refiere, ellos, llegado el caso, tendrían, ¿cierto?, la opción de hacer lo que quisieran. Cosa que nunca había ocurrido, por supuesto, al menos no en instancias graves, pero esa decisión de respetar a los demás es algo que uno toma libremente, piensa Javier, y libremente puede dejar de tomar según le dé la gana.

Con la idea de dar un toque ambientalista, bueno siempre para el negocio, puso basureros de plástico verde abrazados a los troncos de las palmas y avisos en las duchas, que decían: “El agua es de todos, cuídela”. Pero era realista y se ahorró los costos de un nuevo pozo séptico”.

Fugaces en su eternidad, como todo lo demás, son las tormentas.



Temporal
Tomás González
Alfaguara
2013
147 páginas