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martes, 15 de octubre de 2024

La clase de griego, de Han Kang

Si "La vegetariana" parte de la pregunta ¿qué pasa si una mujer decide dejar de comer? "La clase de griego" parece ser la respuesta a ¿qué pasa si una mujer decide dejar de hablar?. Al igual que en "La vegetariana", en "La clase de griego" la premio Nobel Han Kang habla de sueños, pesadillas, de mujer divorciadas en la conservadora sociedad contemporánea de Corea, en donde el machismo se observa desde la aniquilación de la voz femenina hasta escenas de mujeres que reciben bofetadas. Hay también en los dos libros manchas marrón de sangre seca en la ropa, numerosos personajes sin nombre y 
árboles que se mueven como si fueran humanos o animales. Hay un lenguaje poético y reflexión sobre las honduras de la condición humana. Hay muchos elementos comunes y sin embargo la experiencia lectora es tan distinta que por momentos parecen libros escritos por dos autores diferentes. 

Mientras "La vegetariana" tiene un ritmo trepidante, de vértigo, en La clase de griego se privilegia la lentitud. La autora presenta a un profesor de griego que está a punto de perder la vista y a una estudiante de esta lengua muerta que, por segunda vez en su vida, ha dejado de hablar. El encuentro entre un hombre que pronto verá en sueños y una mujer a la que él no puede oír y tampoco podrá ver provoca una necesidad de aguzar otros sentidos. 

En esta novela Han Kang habla menciona el racismo que sufren los coreanos en Alemania, pero no se trata de una novela de denuncia. Hay dos cuerpos que transitan por Seúl en profunda soledad y la desconexión sensorial es la metáfora de sociedades en las que hay poco contacto. La obra también es una oda a la literatura, desde Borges hasta Platón: una reflexión sobre el sistema de pensamiento que se pierde cuando se muere una lengua, sobre las distintas dimesiones de significado que tienen las palabras a través de los siglos y sobre los lenguajes no convencionales, como la lengua de señas, el braille y otros sitemas. 

"La clase de griego" es una obra para paladear, para detenerse con lentitud en cada página, en los párrafos que son poemas, en las frases que evidencian por qué este premio Nobel estuvo bien asignado.


Algunos subrayados

sentía vergüenza de las oraciones que se desprendían de su lengua y de sus dedos como blancos hilos de telaraña (p. 15).

El lenguaje, que la aprisionaba y la hería como una prenda hecha con miles de alfileres, desapareció de un día para otro. Podía oirlo, pero su silencio como una gruesa y compacta capa de aire se interponía entre el caracol de sus oídos y el cerebro (p. 15). 

Una vez que alcanza su cota máxima, la lengua cambia hacia formas más sencillas, descendiendo en una curva suave y gradual. En cierto modo se trata de un deterioro, de su decadencia, pero desde otro punto de vista, supone un avance. Las lenguas europeas de hoy en día son el resultado de un largo proceso de evolución que las hizo menos estrictas, menos elaboradas y menos complicadas (p. 29). 

La gente cree que cuando dejas de ver bien empiezas a oír mejor, pero eso no es cierto. Lo que percibes, sobre todo, es el paso del tiempo (p. 38). 

Aunque cada tanto ocurra algo que valga la pena recordar, se borra sin dejar rastro alguno, sepultado bajo la mole gigantesca y opaca del tiempo (p. 39). 

descubrí que estar enamorado era como estar poseído (p. 44).

yo no habría necesitado tu voz tras quedarme ciego, pues, al mismo tiempo que el mundo visible se alejase de mí como la bajamar, nuestro silencio se había ido perfeccionando a la par (p. 47).

Simplemente no le gustaba acaparar espacio. Todo el mundo ocupa un espacio físico proporcional al volumen de su cuerpo, pero la voz se propaga a una distancia aún mayor. Y ella no deseaba amplificar de ese modo su persona (p. 50).

Para ella no existía una forma de relacionarse más inmediata y directa que la mirada, pues era la única forma de establecer contacto sin tocarse (p. 54). 

A veces no se siente como una persona, sino más bien como una sustancia, una materia sólida o líquida en movimiento. Cuando come arroz caliente, se siente arroz; cuando se lava la cara con agua fría, se siente agua (p. 58).

últimamente todo lo que escribo se convierte enseguida en algo apagado y sin vida (p. 72).

A veces me quedo pensando
en lo extraño que es formar parte de una familia,
en lo extrañamente triste que es eso (p. 78).

Cuando algún día escriba un libro, me gustaría que también tuviera una edición en braille, para que alguien lo leyera pasando sus dedos por cada letra y cada línea hasta el final. Eso sería como... una auténtica conexión, como tocar de verdad a esa persona (p. 107).

Que cuando le devolvamos al mundo material la vida, lo más frágil, blando y triste que poseemos, no recibiremos ninguna compensación. Que cuando llegue ese día, no podré recordar todas las experiencias que habré acumulado hasta entonces en términos de belleza (p. 117).

Tomé conciencia de que el cuerpo humano es triste, de que está lleno de zonas cóncavas, suaves y vulnerables, como brazos, axilas, pecho y entrepierna; de que es un cuerpo nacido para abrazar y desear el abrazo de alguien (p. 120).

Con el tiempo... sólo veré en sueños (p. 148).

Me aterra no poder enmendar las palabras una vez pronunciadas, que esas palabras sepan mucho más de lo que yo sé (p. 155).



La clase de griego
Han Kang
Traducción de Sunme Yoon
Penguin Random House
Bogotá
Septiembre de 2023 (publicado originalmente en coreano en 2011)
176 páginas

domingo, 9 de abril de 2023

Siete veces Lucía, de Juliana Javierre

Carlos está en silla de ruedas desde que su papá le pegó un tiro en la espalda que le lesionó una vértebra. Ocurrió cuando Carlos lo iba a atacar con un cuchillo porque sentía el deber de defender a Carmen, su mamá, de los golpes frecuentes que le daba su papá, y además de las infidelidades del padre con la tía Julia, que cada día se parece más a Carmen, hasta parecer suplantarla. Carlos es gay y en el hospital desea a Raúl el enfermero, pero además, habla con Lucía. Lucía escribe en un periódico en el que le ordenan investigar el caso de El Farmaceuta, que se llama Cesar Gaviria y es un estafador. Carlos está enamorado de Lucía, la desea, la espera. Lucía a veces piensa en su hijo Emanuel y otras veces piensa en su abuelo muerto. Lucía, Carlos y el diario de Carlos nos cuentan esta historia a manera de rompecabezas fragmentado en dos planos temporales, pero con una estructura compleja y unas voces oníricas cuesta identificar qué de lo que narran es real y qué ocurre en el sueño, la consciencia o la perturbación de la mente enferma. En últimas, es posible que todo sea una alucinación o que todos estén muertos, como si se tratara de un Pedro Páramo contemporáneo. 

"Siete veces Lucía" es la primera novela de Juliana Javierre y en algunos apartes se parece a "La Casa Rosada", la primera novela de Orlando Mejía Rivera: hay un sanatorio, hay voces de pacientes que desde sus mentes perturbadas narran su percepción de la realidad y hay, sobre todo, una omnipresencia de la muerte que se mezcla con un deseo de quien escribe por explorar los múltiples recursos que ofrece el lenguaje y esa exploración conduce a una novela experimental. 

Siete veces Lucía es una novela que no ofrece una lectura fácil ni una estructura lineal. Hay reflexiones en torno a la circularidad del tiempo y un trabajo poético del lenguaje. Hay alusiones al doble, desde los espejos hasta la oveja Dolly y Carmen, la madre, que se duplica en Julia, la tía. Hay también alusiones muy remotas a la muerte de Galán, de Garzón y la caída del Muro de Berlín, que permiten anclar la novela a algunos hitos históricos, aunque en realidad eso poco importa: el texto ocurre en la cabeza de los personajes y quizás por eso hay tan poca alusión a la calle, el barrio, la ciudad o el mundo exterior.

Algunos subrayados
De pronto, una arruga en el rostro o una mancha que ya no desaparece nos hacen saber que el tiempo ha dejado su huella, que no somos más que arena, que tan fácil cobra forma como se derrumba. Vamos muriendo (p. 56).

Entre lo que sé y lo que adivino, un abismo (p. 76).

Qué tal si ella no fuera más que un muerto hablando con muertos (p. 81).

Si ella fuera una de esas diosas de múltiples brazos de la mitología india, no necesitaría en absoluto de los hombres para procurarse placer (p. 85).

Ella había dejado de vivir en su cuerpo, pero había empezado a vivir en las cosas: los cuadros en la pared, la disposición de los muebles en la sala, el orden o el desorden de la cocina, todo era reflejo de su estado interior y, por tanto, de partir no podría reconstruirse (p. 94). 

Yo no sé cómo, en este país, hay cosas que nos sorprenden. Se supone que si uno solo conoce la oscuridad no tiene por qué anhelar la luz (p. 116).

su olvido es una forma de resistencia (p. 117).

Si no hay nadie a quien deba corresponder con la obligación de vivir; si nadie ha de llorar cuando ella falte, como si algún día hubiera estado; si no hay propósito ni meta, ¿para qué quedarse? Camina, sin saber a dónde. Va por la vida buscando excusas para no irse tan pronto, para no sentir que consume recursos sin fin alguno. Hay formas de hacerse anclas: tener hijos, fundar una empresa, obtener un crédito, amar (¿pero amar a quién?). Lucía apenas se encuentra, tras mucho preguntarse sin llegar a nada, una razón para seguir estando (p. 127). 

lo que nos resulta bello en el otro no es la perfección, sino el defecto: el lunar en el rostro, una cicatriz tras la que se esconde una historia pasada, el caminar torpe (p. 155). 

Acaso hay realidades que ignoro, acaso el enfermo soy yo (p. 162).

Uno siempre se está muriendo, ¿no? (p. 165)


Siete veces Lucía
Juliana Javierre
Alcaldía de Pereira, Secretaría de Cultura
Pereira, 2018
178 páginas