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sábado, 15 de marzo de 2025

Estación cárcel, de Carolina Calle Vallejo

Luego
Cartas de puño y reja y El viaje del hincha, Carolina Calle Vallejo publica con su Editorial remitentes "Estación cárcel. Pasaporte de crónicas", un volumen que reúne nueve crónicas que giran alrededor de la población detenida y de sus familias, y que fueron publicadas previamente en El Colombiano, Universo Centro o en su blog. 

El libro tiene un formato similar en color y tamaño al pasaporte colombiano. Ese pasaporte que sirve para entrar y salir del país es una metáfora del oficio de Carolina, quien lleva años entrando y saliendo de las cárceles de Medellín para contarle al mundo de afuera la vida de quienes pasan meses o años entre rejas. 
Las historias de la cárcel suelen ser conmovedoras, no porque todos los detenidos sean inocentes de los delitos de los que son acusados. Varios protagonistas de los relatos de Carolina se declaran culpables y aún así flota una sensación de injusticia, porque aunque las vidas y circunstancias son distintas, sí hay factores comunes que atraviesan todos estos dramas: familias pobres, con poca educación, pocas oportunidades e infancias marcadas por la violencia o la exclusión. 

Estación cárcel es un libro profundamente político, sin declaraciones panfletarias. Que en pleno siglo XXI el Estado siga aplicando castigos sobre el cuerpo de los ciudadanos, privándoles del sol y el movimiento, seguramente será visto en algunas décadas como una aberración.

Las crónicas de este libro fueron publicadas previamente en prensa. Todas envejecen bien, porque no responden a asuntos de coyuntura, pero quizás el tránsito del periódico al libro exige un poco más de reelaboración de la escritura. En estos textos prima la historia a narrar sobre el cuidado por el detalle de la forma narrativa. 

El libro incluye el texto de "El viaje del hincha", publicado previamente en formato de novela gráfica, la crónica "Sí acepto", con la que la autora ganó el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en 2019 y "Una carta de puño y reja", incluida en el volumen del mismo título. 

Estación cárcel. Pasaporte de crónicas
Carolina Calle Vallejo
Editorial remitentes
Medellín
2024
156 páginas

domingo, 6 de octubre de 2024

La cuadra, de Gilmer Mesa

El narrador de La cuadra vive en el barrio Aranjuez de Medellín. Su papá maneja un camión desvencijado, su mamá trabaja, su hermano menor estudia y el mayor también, pero además hace trabajitos para los pillos de la esquina. 

En la cuadra pasa todo. La vida ocurre en la calle: la de los chicos que quieren ser más grandes, y la de los grandes que conversan afuera. Hay solidaridad y rebusque, pero también hay miedo porque el combo de Los Riscos impone su ley. 

La cuadra es la primera novela de Gilmer Mesa. La obra está dividida en nueve capítulos y en cada uno desarrolla la historia de algún personaje de la cuadra, aunque desde el comienzo se entreteje que la historia avanza hacia el despeñadero: hacia la muerte que quiebra en dos a una familia, aunque la cuadra siga siendo la misma.

Resulta interesante observar el rol de las mujeres en una obra tan masculina y cargada de tanta violencia: hay mujeres víctimas de homicidio y de violencia sexual, hay prostitutas y hay madres que sufren por sus hijos. Se describe en detalle "El revolión", una violación masiva de hombres armados a mujeres adolescentes, una práctica que similar a la que ocurre en El Salvador con las maras, y que ha descrito el medio El Faro. Pero La Cuadra presenta tamb a mujeres vengadoras, mujeres que salen adelante sin el apoyo de familiares o de parejas y esta multiplicidad permite vislumbrar los matices complejos de una sociedad en la que ellos, los hombres, cargan con la obligación de disparar, porque demostrar que son muy machos es una imposición social. 


Algunos subrayados
Para quienes nacimos en un barrio popular de una ciudad como esta, el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire (p. 14).

cuando uno nace, crece y se reproduce viendo a sus similares morir todos jóvenes, sus expectativas de vida no superan los veinte años, y entonces cuando la única vida posible y vivible es la adolescencia, ahí es donde se tiene que ser alguien, no hay tiempo de espera (p. 15).

Al ingresar la pareja, el hombre, con alguna excusa, se devolvía y entreabría la puerta para que pasados treinta segundos entraran los compinches armados y obligaran a la mujer a tener sexo con todos y cada uno, a veces por turnos, pero la mayor parte del tiempo al unísono y por los diferentes orificios de su cuerpo (p. 40).

Las mujeres sometidas a estas vejaciones tenían que guardar silencio (p. 40).

Esa rabia impúdica y resentida que los feos suelen sentir frente a la belleza (p. 42). 

era tan solo miedo, el mismo que cargábamos todos para enfrentarnos a lo desconocido que era el mundo femenino: no dejan de ser paradójicas las formas que tiene el miedo de instalarse en los hombres, nunca apareció para detetener la mano del matón de policías pero emergía imponente y total a la hora de encarar a una mujer (p. 44). 

Los seres humanos no somos uno solamente, inmutable y parejo, somos antes que nada plurales, con una pluralidad dicotómica y contradictoria que nos hace levantarnos angélicos virtuosos y acostarnos demoniacos porque en ambos estados mantenemos la misma mueva (p. 62).

nuestros ídolos de niñez nunca fueron superhéroes de historietas ni futbolistas famosos, nosotros queríamos ser bandidos como los que veíamos a diario en la esquina (p. 98). 

En esos barrios pobres la calle es el sitio en donde se pasa la mayor parte de tiempo en la infancia, a falta de guarderías y jardines infantiles, la calle suplía con ardor la sed de aprendizaje (p. 115). 

El delito ha sido siempre patrocinado más por las gentes que se dicen de bien que por los mismos delincuentes, quienes solo son la cara visible del crimen, pero bajo la superficie se mueven los verdaderos favorecedores de todas las fechorías, los que compran lo robado, los que mandan a matar, los que consumen lo ilegal, ahí está la verdadera cara de la sociedad que inculpa y sataniza al criminal pero lo tolera, disculpa e incluso ampara la infracción (p. 122). 

Lo menos difícil de llegar al poder es acceder a él, lo verdaderamente importante es mantenerlo y la forma más fácil de lograrlo es mantener el bienestar de los súbditos y de los trabajadores (p. 125). 

Las personas suelen creer que el poder y el dinero cambian a la gente, pero eso es falso, lo que hacen el poder y el dinero es que nos desenmascaran, nos ponen en evidencia con nosotros mismos, con nuestras propias miserias (p. 133). 

Más que trabarse lo que uno buscaba con la mariguana en los enrevesados años de adolescencia era aceptación (p. 172). 

La tristeza es un sentimiento que se padece en soledad, que necesita del aislamiento (p. 179). 

Después del entierro la esquina siguió siendo la esquina, con sus crímenes, su agite y sus muertos, pero mi familia y yo ya nunca volvimos a ser los mismos (p. 188). 


La cuadra
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, 2016
194 páginas

domingo, 29 de septiembre de 2024

Aranjuez, de Gilmer Mesa

Manizales tiene un barrio popular que se llama Aranjuez, en el que hay venta de empanadas, niños que juegan en la calle y pequeños negocios abiertos hasta la noche, atendidos por sus propietarios, los vecinos que viven y trabajan allí. Todo esto ocurre en el barrio Aranjuez de Medellín, y sin embargo no se pueden comparar: el Aranjuez que Gilmer Mesa describe en su libro es un barrio en el que los muchachos, casi niños, empiezan a hacer trabajos para "Los pillos" que mandan desde una esquina. "Los sanos" juegan fútbol, hacen mandados y se mueven con cuidado para no levantar sospechas y poder sobrevivir. 

Aranjuez es un libro que Gilmer Mesa escribió para honrar la memoria de su padre, que murió luego de que su mente, su memoria y sus recuerdos lo hubieran abandonado. Pero el libro, aunque habla de ese padre ausente, retrata estampas de personajes de un barrio en el que morir joven y violentamente es un sino que cargan muchos hogares, incluido el del narrador. 

La obra está compuesta por 15 capítulos, cada uno con unidad en sí mismo. Es decir: cada capítulo eventualmente podría funcionar como un relato independiente, aunque el personaje que se menciona en uno se desarrolla a profundidad en otro. El barrio es una suma de personajes y el libro pasea por cada uno de ellos. Cada capítulo corresponde a los 15 minutos de fama de algún habitante de Aranjuez.

El autor tiene una posición política clara: no le interesa hacer una división maniquea entre buenos y malos, entre pillos y sanos. Critica a quienes llegan al barrio a hacer etnografía con la profundidad de un turista y descree de los poderes mesiánicos. Explica que en la pobreza también hay clases sociales y que aunque la exclusión es norma general en el barrio, hay algunos más excluidos que otros. No sataniza, no juzga, no señala, pero sí se duele de la muerte, de la impotencia y de la fatalidad que rodea a varios vecinos.

La prosa de Gilmer Mesa es vertiginosa: párrafos muy largos con frases separadas por comas, por puntos y comas, en donde los puntos seguidos se demoran. El texto se lee con el frenesí de una historia que se siente honesta, urgente y digna. Una visión en la que la periferia es el centro. Como dice en alguna parte del libro, "la ciudad era un Aranjuez grandote".

Algunos subrayados

Era una casa de apariencia pobre y fea aunque con una belleza íntima como el dibujo de un niño al que le falta destreza pero tiene talento porque a las casas como a las gentes nos definen los interiores (p. 17). 

un padre maltratador pero padre al fin que toma la figura de un caudillo cualquiera que ejerce el poder a la manera de un mal padre, imponiendo el maltrato como único trato: en un país de malos padres y malos tratos el maltratador es rey (p. 22). 

Escribo estos textos para mejorarlos a todos en el recuerdo, para mejorarme yo de esta angustia presente de ya no tenerlos (p. 25).

Ojeaba el periódico más amarillista de la ciudad al cual estaba suscrito y que todos los días traía historias crudas e inverosímiles para cualquier parte del mundo, menos para esta en donde lo imposible es cotidiano (p. 28). 

no quería trastocar su rutina que, si bien no le complacía, al menos no lo atormentaba (p. 29). 

si algo hicieron bien los bandidos en nuestra ciudad fue que nos endilgaron su modo de vida y su desparpajo como aspiración hasta hacerlo cultura (p. 46). 

las penas nunca pasan, solo se estancan en una quietud lóbrega cebada en silencio porque ellas son en sí mismas estridencia ensordecedora, grito total y acuciante que no debe contaminarse con otras voces (p. 52). 

apoyados en los hijos que fue lo único que alcanzaron a hacer y que en este país cicatero son la única recompensa de los padres y su jubilación (p. 55). 

no trastocaba la rutina diaria de tantos años, que es lo único que garantiza una convivencia armónica entre un matrimonio viejo (p. 56). 

era un raro, que es como la sociedad llana y procaz llama despectivamente a lo que no entiende (p. 70). 

en los barrios populares contemplar el paso del tiempo es casi un oficio (p. 73). 

nuestros padres fueron castrados en su expresividad por la misma sociedad machista y altanera que castiga con burlas y rechazos cualquier síntoma de debilidad (p. 76). 

la música lo va a salvar, no de sufrir, de eso nada nos salva, pero sí le va a dar la fuerza para resistir la vida, para aguantar los malos trances sin volverse un resentido ni una mala persona, ya tiene en qué descargar sus dolores sin hacerle daño a nadie, y eso es más de lo que muchos pueden tener y lo único que yo como padre puedo desear para él (p. 78). 

en la edad en que estaba había entendido que las cuentas del alma no se acaban nunca de pagar (p. 91). 

Terminamos borrachos cantando tangos y llorando sin pudor y sin freno como se deben llorar las tristezas cuando son reales (p. 103).

hasta la pobreza tiene gradaciones: están los menos pobres que logran tener las tres comidas diarias, una de las cuales tiene carne en el menú; están los que a duras penas llegan a fin de mes y tienen que hacer piruetas con el esmirriado sueldo para poner arroz con huevo y aguapanlea todos los días en el plato; están los pobres vergonzantes, que son la mayoría, los que sin tener un centavo aparentan plétoras y se endeudan por mantener una posición en la que solo ellos creen, puesto que todo el mundo sabe que están vaciados, que mantienen reventadas las diversas libretas del fiado en las tiendas cercanas, les cortan la luz y el agua cada tanto y tienen que invetar cada día una nueva excusa para salvaguardar su marginalidad evidente —en esta categoría estábamos casi todos en el barrio—; y salidos de la pirámide social de pobreza que constituyen nuestros barrios populares están los pobres extremos que rayan en la indigencia, aquellos para quienes no alcanzó ni siquiera una sucia esquina de la cobija zarrapastroza con la que cubrimos nuestras miserias, los que pasan hambre pura y dura, frío y mal sueño día a día, los que hasta nuestras escaseces envidian porque las ven como opulencia (p. 142). 

somos cuando más una sociedad lavada pero nunca limpia (p. 144). 

ofreciéndolo como cultivo popular perfeccionado, con esa extraña pirueta de vender lo barrial como moda para las élites que gustan de las expresiones y maneras de los pobres pero sin pobres (p. 187).

Lo malo de vivir tanto tiempo escondido es que fácilmente la trinchera se vuelve morada (p. 188). 

Esa precisamente es una de las primeras cosas en las que interviene la religión para conseguir adepots: insulfa un sentimiento de superioridad moral en sus miembros que los hace juzgar a los demás como inferiores por no compartir sus más primarios temores, expresados en bisutería ideológica contra el cuerpo y las libertades civiles (p. 194).

nada une más a dos personas que haber sufrido juntas (p. 199).

tenía belleza pero carecía de encanto, que es de alguna manera la revancha de los feos y lo único que equilibra un poco el universo seductor de la adolescencia; un feo encantador incrementa las posibilidades y en ocasiones arrasa contra un bonito lerdo (p. 224).

en el fondo la aventura está en la conquista, no en lo conquistado, el vértigo lo da la búsqueda, es el camino lo que aporta, no su llegada (p. 229).

Uno debe estar donde perdió lo querido y donde quiso lo perdido, y aquí están mis muertos, que son lo que más quise y perdí, de manera que debo quedarme donde mis muertos sepan donde hallarme, irme sería cambiar de geografía pero mantener la mente y el corazón en estas esquinas a las que extrañaría a diario (p. 249).

estoy seguro de que solo el amor y la amistad trascienden la insignificancia de la vida (p. 251). 

las motos parecían gritar lo que ellos no podían, que existían, que eran importantes, y de ahí que entre más roncas y potentes, mejor el grito, más significativo (p. 273).

la muerte del padre cuando se lo ha tenido tan cerca tanto tiempo precisa el principio de la propia extinción (p. 284). 

La pérdida ha sido y es el tema, y toda la literatura que me interesa está compuesta de pérdidas y de muerte (p. 287).

Aranjuez
Gilmer Mesa
Penguin Random House
Bogotá, Septiembre de 2023
296 páginas

domingo, 7 de julio de 2024

El velo que cubre la piedra, de Ignacio Piedrahíta Arroyave

"Las narrativas contemplativas de Piedrahíta" es como denomina Daniel Jiménez Quiroz a ese estilo del geólogo-escritor Ignacio Piedrahíta Arroyave en la segunda edición de El velo que cubre la piedra, un libro que reune 28 textos cortos a medio camino entre el relato, la crónica y la columna, en los que el autor camina, observa y reflexiona sobre lo que ve.

Este volumen recoge textos escritos en distintas épocas y de extensión variable: hay una caminata a un cerro de Medellín, una toma de Yagé, un viaje de cinco días en un barco de la Armada colombiana, una historia sobre la Patagonia argentina, otra sobre la conquista del Polo Sur, varias sobre Nueva York, una de un documental sobre un esquimal del Polo Norte... Todos los temas pueden caber en la curiosidad del autor. Todos los sitios pueden convertirse en motivo de escritura. Es su mirada, aguda y reposada, lejana a la coyuntura, lo que le da a estos textos una especie de solidéz geológica, de imperturbable vigencia, lejana a la actualidad.

El libro viene acompañado de un conjunto de ilustraciones, a manera de cómic sin texto, que acompañan y complementan algunas de las historias del libro. La autora de las imágenes a color es Yapi, nacida en Itaguí.

Algunos subrayados
es una de esas personas que aprendió a hacer de la humildad la mejor de las armas para sobrevivir (p. 27).

En la vida todo es mezcla y combinación, quen busca la pureza se decepciona (p. 27).

Antes de que las culturas pudieran ponerse de acuerdo a través del teléfono roto de la globalización, todas consideraban al oro como una de sus posesiones más valiosas (p. 50).

El oro, como muchas cosas bellas, se obtiene a través de un proceso sucio (p. 51).

Pero hay uno en especial que hace cambiar la manera cómo percibimos el cielo, el SO2, dióxido de azufre, que al mezclarse con vapor de agua va a formar diminutas gotas de ácido sulfúrico. De ahí que los amaneceres y los atardeceres se vean empañados y amarillos (p. 58). 

Lo mejor de navegar es que, una vez se zarpa, los problemas de la vida corriente quedan en tierra firme (p. 72). 

En un bargo, hasta el capitán se puede marear, pero nunca el cocinero (p. 77). 

(Pitágoras citado por Ovidio:) La tierra es un ser vivo y tiene pulmones que por mil respiraderos exhalan fuego (p. 80).

La mayoría de los que se dedican a la pluma se desahogan escribiendo en las redes sociales y columnas de opinión, desde donde se atrincheran y disparan con incuria (p. 125).

Nombrar el paisaje es uno de los mayores placeres de un paseo por el campo. Decir ahí va un azulejo o, están florecidos los samanes, o, ya más selvático que campestre, se escucha a lo lejos el cascabel de la serpiente; qué bello y qué agradable y, a medida que pasa el tiempo, qué nostálgico (p. 145). 

La roca es afuera y adentro y en todas direcciones, en cualquiera de sus infinitas caras se halla uno un ambiente, una atmósfera del pasado remoto (p. 147). 

Resnick era un escéptico del éxito del artista. Concebía el proceso creativo como un movimiento oscilatorio de altos y bajos. Cuando el artista estaba en su mejor momento, era dado a pensar que cualquier cosa que hiciera estaba bien. Entonces empezaría a caer, y solo si era honesto se daría cuenta de ello y reuniría fuerzas para escalar de nuevo. Ese, según él, era el momento de verdadero crecimiento. Para seguir creciendo a lo largo de toda una carrera había que estar dispuesto a volver a hundirse. En el momento en el que un artista aprendía alguna técnica personal para evitar esa caída, habría cesado su progreso, se habría estancado (p. 188).

Girando vanidosamente sobre sí misma, la Tierra se va bronceando por partes a lo largo del año (p. 205). 

el arte de escribir está plagado de espíritus vagabundos, de mentes erráticas incapaces de efectuar la más mínima tarea ajena a la confección de su obra (p. 215).

El empleo, para quien es obsesivo por su obra, no es más que una circunstancia cruel. No solo le quita sus horas más fructuosas sino que le priva de fisgonear la vida a la hora que le venga en gana. Y, lo peor, le autoriza falsas expectativas sobre la vida, diciéndole, con su cheque mensual, que es alguien en el mundo (p. 217).

Maestro en el arte de pedir dinero fue Miller, quien aconsejaba el matrimonio a quien deseara tener con qué respaldar la solicitud de un crédito (p. 217). 

El artista es el único empleado que gana más viendo trabajar que trabajando (p. 218). 

 
El velo que cubre la piedra
Ignacio Piedrahíta Arroyave
Yaneth Pineda (Yapi): ilustraciones
Comfama y Metro de Medellín, colección Palabras Rodantes
Medellín
Octubre de 2023
230 páginas


viernes, 10 de mayo de 2024

Nido, de Laura Guarisco

Con unos dibujos precisos, sencillos y hermosos, Laura Guarisco cuenta una historia de ficción basada en testimonios reales sacados de su propia experiencia como migrante venezolana en Medellín y de muchos amigos y conocidos que salieron huyendo de la situación política en Venezuela y entraron a Colombia por Cúcuta, para continuar a pie por carreteras colombianas hasta llegar a su destino.

Ángel, un joven arquitecto caraqueño, es el protagonista de esta historia que empieza por el final y se cuenta con saltos en el tiempo muy bien resueltos a partir de recursos gráficos, de forma que el lector ubica rápidamente el momento en el que está dentro del relato. 

Ángel viaja de Caracas a Medellín, llega a donde una amiga de la familia y se emplea en oficios varios hasta lograr los papeles que le permiten aspirar a un trabajo como arquitecto. El libro nos muestra todo ese periplo de Ángel, pero además su pasado inmediato, antes de salir de Caracas, y lo que ocurre con él en Medellín hasta que lleva año y medio en la ciudad.

Sin señalamientos, sin juicios ni moralinas, Nido logra evidenciar la solidaridad de algunos y la xenofobia de otros. Muestra las dificultades humanas de migrantes que padecieron una pobreza súbita y la mirada indolente de colombianos que desdeñan a los venezolanos a partir de un mero prejuicio. Así mismo, el libro conecta la migración venezolana en Colombia con el desplazamiento interno que vivieron a comienzos de siglo muchos colombianos a raíz del conflicto armado. 

Nido es una novela gráfica que logra comunicar emociones: hay ternura, hay dolor, hay impotencia y hay también ilusión. Es una obra que muestra postales de Medellín, pero también calles anónimas en las que transcurre un drama humano que se narra desde la perspectiva de las víctimas. La autora presenta una clara posición política pero sin resentimiento ni odio. Al contrario: está escrito y dibujado con nostalgia, pero sobre todo con amor. 


Nido
Laura Guarisco
Editorial Planeta
Bogotá
Septiembre de 2023
200 páginas

domingo, 5 de mayo de 2024

El viaje del hincha, de Carolina Calle Vallejo y Nicolás Torres Victoria

En "El viaje del hincha" Carolina Calle Vallejo vuelve a hablar de las cárceles, pero ahora lo hace con una novela gráfica de no ficción. Luego de "Cartas de puño y reja", en donde acudió al género epistorlar para contar historias reales de mujeres analfabetas en las cárceles de Medellín, ahora en "El viaje del hincha" presenta una novela gráfica de no ficción en la que desarrolla, con ilustraciones de Nicolás Torres Victoria, la historia de Diego, un joven hincha del Atlético Nacional que en medio de una riña asesina a otro muchacho y es condenado a prisión.

Leí hace un tiempo"El viaje del hincha" como una crónica publicada en Universo Centro, pero ahora, en este formato de novela gráfica, la historia gana en potencia y en profundidad. Las ilustraciones son creativas y útiles para guiar la historia que se narra a partir de cortas viñetas, que responden a la misma estructura de la crónica original, pero fueron reescritas para adaptarlas al formato gráfico.

Existe estigmatización social alrededor de las barras bravas de los equipos de fútbol, pero también es innegable que hay violencias no sólo simbólicas sino también letales en las que han participado miembros de las barras. En esa difícil línea entre contar una historia real sin caer en la banalidad de reforzar un prejuicio avanza esta novela gráfica, que podría contar el crimen de un asesino pero opta por narrar la vida de un hincha: sus días felices en el estadio y sus horas felices al salir de la prisión. Lo que ocurrió durante los años que estuvo detenido se muestra en pocas ilustraciones y pocas páginas. Le queda al lector el trabajo de imaginar lo que está fuera de foco y, sobre todo, de imaginar la vida futura del hincha que regresa a empezar una nueva vida en donde había sido feliz. 

Hay, en consecuencia, una decisión narrativa y ética de una autora que busca humanizar al victimario y mostrarlo no sólo con sus oscuridades sino también y sobre todo con su luz.

Como dice la autora en una viñeta de la parte final del libro, Diego "aprendió que también es de varones esquivar una riña callejera". Esa visión esperanzadora final sobre un héroe improbable confronta al lector con sus propios prejuicios. 

"El viaje del hincha" es un viaje inesperado, en el que el título contrasta con el contenido del libro. Esa misma capacidad de adaptación ante lo imprevisto es la que parece reclamar el libro para la relación que el lector establece con los exconvictos: gente que habita en nuestro entorno aunque muchos sentirían mayor tranquilidad si habitaran lejos.


El viaje del hincha
Carolina Calle Vallejo (textos) y Nicolás Torres Victoria (ilustraciones)
Editorial Remitentes y Ministerio de Cultura
Medellín
Noviembre de 2023
80 páginas

domingo, 5 de marzo de 2023

Cartas de puño y reja, de Carolina Calle Vallejo

Este es un libro raro, único, bello y profundamente conmovedor. Carolina Calle Vallejo es periodista, pero no le interesa el lado masivo de la comunicación. Decidió utilizar las técnicas de la investigación, la reportería y la escritura para ponerlas al servicio del amor y de causas íntimas: para escribirle en privado a quienes necesitan de sus textos.

En varias entrevistas ha contado que su interés por las cárceles surgió desde que en el colegio la llevaron a una visita formativa y el susto que la cárcel generó en sus compañeros se transformó en ella en curiosidad. Estando en la Universidad Pontifica Bolivariana decidió explorar posibilidades narrativas con historias desde las cárceles, y es así como ha escrito y ha producido documentales con temas que van desde personas que alquilan chanclas para quienes van a hacer visita a las cárceles hasta crónicas sobre los buses que llevan y traen familiares desde municipios lejanos para visitar a los presos, en algo que podría considerarse como un turismo penitenciario.


Cartas de puño y letra es un libro pequeñito, cuidado en cada uno de sus más mínimos detalles de escritura y edición, porque su contenido es altamente sensible: son 11 cartas que la autora escribió a nombre de internas de la Cárcel El Pedregal, de Medellín, que no saben leer ni escribir y necesitaban comunicarse por escrito con personas de "afuera": la mamá, el novio, los hijos, la novia que está en detenida en otro patio, el hijo muerto, los nietos. 

Todas las cartas son cortas y todas tienen una introducción aún más breve en la que la autora explica quién es la remitente. Al final, en un pie de página, la autora cuenta si pudo o no entregar la carta al destinatario y en qué circunstancias. La teoría del Iceberg de la que hablaba Ernest Hemigway aparece acá en todo su esplendor: pocos detalles, pocas palabras, ayudan para intuir todo aquello que no se cuenta ni se escribe, pero que atraviesa cada una de las páginas del libro: la injusticia de un mundo desigual en el que mujeres empobrecidas (son analfabetas en pleno siglo XXI) pagan condenas privadas de la libertad y con la angustia sobre el bienestar de sus seres queridos. Todas son historias distintas, con destinatarios diferentes, así como sus remitentes: las hay jóvenes, viejas, solteras y casadas, con o sin hijos, del campo y de la ciudad. El hilo común es que todas pertenecen a un mísmo círculo social: el de los excluidos.

Cartas de puño y reja
Carolina Calle Vallejo
Remitentes Editorial, con el apoyo de Ministerio de Cultura y Alcaldía de Medellín
Medellín, noviembre de 2022
62 páginas

martes, 13 de diciembre de 2022

Soñar lo imposible: desafiando las miradas desiguales, de Paula Moreno

Este libro tiene cinco capítulos claramente definidos, el primero es un breve texto, a manera de introducción, en el que la autora, la exministra Paula Moreno, escribe desde Brasil. Narra un encuentro casual con una persona que, en medio de un diálogo cálido e inesperado, le da el impulso para sentarse a escribir este libro. Los tres capítulos siguientes son la esencia del libro: tres perfiles de líderes sociales que desde su quehacer engrandecen su entorno y transforman su comunidad.

El primer perfil es el de María Roa, oriunda de Apartadó y primera presidente del sindicato de empleadas domésticas afrocolombianas. Ese origen al lado del mar hace que la autora presente a María como un personaje de agua, que fluye y deja correr lo que le llega. María llegó a Medellín siendo aún muy joven, vivió la tragedia de Villatina y luego tuvo que devolverse para Apartadó, de donde había salido huyendo de la violencia que asesinó a su hermana mayor. Luego regresa a Medellín y allí, como empleada del servicio, empieza a indignarse por la inequidad y el maltrato, hasta formar el sindicato de empleadas domésticas, que hoy tiene más de 770 afiliadas.

El segundo perfil es la inspiradora historia de Rafael Palacios, quien creció en Copacabana, aunque siempre tuvo que oír la pregunta "¿de dónde vienes?" porque un niño negro no se presume oriundo de Antioquia. Rafael empezó a interesarse por la danza en las clases que su papá les daba en el colegio, pero antes de terminar el bachillerato decidió asumir la danza como profesión, cuando se ganó un cupo en el Ballet de Sonia Osorio. Allí se sintió incómodo con la folclorización del maltrato a indígenas y negros y decidió seguir explorando. Logró llegar a París, en donde se formó al lado de grandes maestras, y después de mucho recorrer decidió regresar a su raíz, a su tierra, y desde hace 25 años dirigie Sankofa, y grupo de danza afro en Medellin. 

El mar de María y la Tierra de Rafael se complementan con el fuego del padre Jhon Reina Ramírez, un hombre mestizo, con rasgos indígenas, que desde Buenaventura ha resistido todos los fuegos cruzados. Lideró el paro de 2017 y ha sido un bastión de resistencia y dignidad para su comunidad. 


El último capítulo es un texto breve, sobre el aire que representa el lector, en el que la autora invita a cuestionar qué es imposible y desde dónde cada cuál puede sumarse a la inclusión transformadora.

Algunas frases
una sociedad “paisa” con múltiples vestigios de épocas coloniales que hacía que, a sus hijos, a pesar de haber nacido allí, se les considerara —aún hoy— eternos migrantes y con ciudadanía parcial o relativa, que solo cuentan en época de elecciones. Después vuelven a ser extranjeros en su ciudad, aquella en la que nacieron y crecieron. Ese imaginario de una ciudad blanca-mestiza los pone afuera casi siempre, en la tercera ciudad afro del país. Los censos, bastante cuestionados, hablan de que uno de cada diez habitantes en esta ciudad es negro, y la mitad son mujeres (p. 54).

¿por qué sus jefes o “patrones” merecían criar a sus hijos y ella no? ¿Por qué, si sus jefes eran personas que habían ido a la universidad, no le pagaban lo justo? ¿Por qué, si eran tan inteligentes, la desigualdad no les incomodaba? Si yo cocino tus alimentos, ¿por qué no puedo comer de lo que cocino para ti, sino otra cosa? ¿Por qué debo usar otros platos y cubiertos, si yo misma los lavo y los mantengo limpios para ti? ¿Por qué me asignan el rincón más oscuro de la casa, y muchas veces ni siquiera una cama, sino el piso, o me obligan a compartir el espacio con las mascotas? ¿Por qué marcar estas diferencias si soy yo quien cuido de tus hijos y de ti? Cuando los empleadores presentaban a María, decían: “Le presento a María, trabaja para mí”. Ella se cuestionaba en su interior: ¿trabaja para mí o conmigo? ¿Era ella una posesión? (p. 56).

Hablamos de inclusión, como un parapeto para mantener los círculos bien cerrados e intacto el statu quo, sin querer asumir ningún riesgo y con muy poca voluntad para mejorar el punto de partida (p. 62).

Cuando me avisaron miré las noticias en redes sociales y me puse a llorar, con esa impotencia que se siente al saber que un solo disparo puede silenciar todas las palabras, borrar el registro de las miradas, suspender de forma definitiva los pasos y marcar un “hasta aquí” fulminante. (p. 129).

Buenaventura se convierte en ese espacio del que no puede escapar, porque sin él no existe para el mundo, pero su gente le estorba. Por esto, se quieren resolver los problemas creando consejerías en Bogotá, en almuerzos de empresarios de Cali o lanzando alianzas para el Pacífico en el Caribe (Cartagena), porque no se quiere —o les da pena— mostrar la capital natural de ese Pacífico que es Buenaventura. Nunca se le ha mirado a los ojos para ver su belleza, que no está en edificios lujosos ni pretenciosos, sino en un encanto más humilde, genuino y distinto (p. 150).

Como diría Sueli Carneiro, esa gran líder afrobrasileña, cuando le preguntaron sobre política: “Entre izquierda y derecha, yo sigo siendo negra (p. 151).

A quien mucho exige, mucho se le exige (p. 172)

A veces, cuando asisto a eventos de nuestras élites tradicionales, solo pienso: ¡qué falta de sofisticación y de sintonía con los tiempos actuales! Resuena en mi cabeza la palabra vanguardia: necesitamos liderazgos de vanguardia, que enciendan la imaginación, que actualicen los lentes, que usen otras lupas para ver mejor y anticiparse (p. 184).



Soñar lo imposible
Paula Marcela Moreno Zapata
Penguin Random House
Septiembre de 2022
200 páginas

miércoles, 15 de junio de 2022

El cielo a tiros, de Jorge Franco

En El cielo a tiros todo es decadente. Larry es el hijo menor de Fernanda y Libardo: ella es exseñorita Medellín y él un mafioso al servicio de Pablo Escobar. Larry y su hermano Julio viven en una casa llena de lujos, guardaespaldas y miedo, en donde el ambiente enrarecido es su vida cotidiana. Claro que esa es la vida de antes; la presente es Larry devolviéndose de Londres en un avión, para recibir los restos de su papá desaparecido 12 años antes.

La novela está dividida en 78 capítulos cortos que ocurren en tres momentos distintos: la infancia y juventud de Larry, el presente de Larry en Medellín, el día de la Alborada, cuando llega a recoger los restos de su papá, y un pasado cercano, de hace unas pocas horas, que narra el viaje en avión de Londres a Medellín. Entre esos tres planos el autor teje una historia que da cuenta del drama de ser hijo de un narcotraficante: la soledad, la exclusión y la angustia de vivir una vida que no eligió y que lo marca desde el origen.

La vida que se narra en El cielo a tiros no es la de la opulencia del narcotráfico sino la de la resaca. Un ambiente sórdido en lo estético y lo emocional, con vacíos que evidencian lo que le falta a una familia que solo se tiene dinero: reguetón de fondo, pólvora, mucho ruido, mucho aguardiente, droga y un frenesí que no se detiene dan cuenta también de un vértigo vital en el que el silencio, la pausa y la belleza no tienen cabida. Los ambientes llenos de humo y saturación auditiva son metáfora de vidas intoxicadas, sin tiempo para el sosiego.  


Algunas frases

Por qué darle tanta importancia al cadáver si lo que duele es la ausencia (p. 83). 

Todo está justificado aquí. La pólvora, la violencia, las balas, los muertos... todos nuestros males tienen una excusa. Y del pretexto pasamos a la resignación, y de ahí a aceptarlo todo, como si fuera normal (p. 111).

Me molestaba que trataran de solucionarlo todo con un abrazo. Paños de agua tibia. Ningún abrazo ha salvado a nadie de una enfermedad mortal (p. 135). 

La muerte de alguien junta o separa, la soledad une y tal vez también el miedo, aunque creo que la incertidumbre a veces separa (p. 152). 

Cara periodista se inventa una historia para ganarse aplausos. Mariquitas que creen que porque tienen una máquina de escribir son los dueños del mundo, pero se van a tragar sus putas máquinas, sus cámaras y sus mentiras esos malparidos que andan pavoneándose los muy gonorreas (p. 159).

Él siempre creyó que la gente hermosa no sufría de soledad (p. 168).


El cielo a tiros

Editorial Alfaguara

Septiembre de 2018

Bogotá

382 páginas

lunes, 13 de septiembre de 2021

Cómo maté a mi padre, de Sara Jaramillo Klinkert

Sara Jaramillo Klinkert tenía 11 años, una mamá y cuatro hermanos cuando un sicario mató a su papá en Medellín. Ese segundo marca el quiebre entre un antes y un después en la vida de esta familia y los ecos de ese disparo todavía resuenan 30 años después.

Escribir es terapéutico, sana, cura. Los psicólogos hablan de la importancia de "verbalizar", de poner en palabras lo que uno siente o piensa porque solo cuando esos miedos o temores se vuelven lenguaje y empiezan a expresarse pueden salir de la mente y cobrar su justa dimensión.

Este libro tiene entonces esa primera dimensión: es un ejercicio honesto de la autora por matar a su padre. Como lo dice al final "te mato porque estoy cansada de intentar mantenerte vivo en mi cabeza" y dejarlo plasmado en un libro es sacarlo de la mente en la que ese muerto es un fardo muy pesado para cargar durante tantos años.

El libro está dividido en 30 capítulos cortos, con muy pocos diálogos. Son 30 escenas que se ensamblan con una cronología más o menos lineal para dar cuenta de la vida de la narradora, desde su infancia hasta hoy. Una narradora cuya voz evoluciona a medida que crece, aunque quizás la voz infantil se siente con algunos lugares comunes.


Para algunos lectores el libro puede representar un ejercicio de asomarse al duelo íntimo, tal vez demasiado personal, de una adolescente de clase alta de Medellín. Para otros el libro puede mostrar, a partir de un duelo individual, el impacto de la violencia urbana en la vida familiar. El texto ofrece muy pocos elementos de contexto político o histórico que permitan construir una mirada más macro de la época narrada. La apuesta de la autora no está en el entorno sino en fijar una lupa en la cotidianidad familiar y hogareña para mostrar la manera en que una única bala puede causar tantos destrozos continuados durante tantos años, y la paradoja que representa vivir en una sociedad que está llena de muertos y, sin embargo, aborda los duelos desde el silencio. 



Algunas frases

Cuando mi profesora de ciencias preguntara qué es un centímetro, diría que es la distancia que debe recorrer un dedo para tirar del gatillo (p. 21)

Toda partida sin adiós es inconclusa (p. 38).

Suele decir que lo más grave que pudo pasarle en la vida ya tuvo lugar, que nada peor puede ocurrir. Y es verdad. Creo que enfrentar una tragedia muy fuerte hace que cualquier otro problema parezca una tontería. Se altera el sentido de la gravedad (p. 59).

Uno quiere estar solo y abrazarse a su dolor. Familiarizarse con él. Hacerse a la idea de que estará dentro de uno durante toda la vida (p. 60).

Mii madre todo lo solucionaba con su medicina favorita: el "no-piense-en-eso". Si la cosa estaba grave ameritaba un Dolex. Y si estaba más que grave ameritaba dos. (p. 74).

Sus ojos brillaban de tantas lágrimas retenidas, pero llorar es un lujo que las mamás no pueden darse en ciertos momentos (p. 90).

Nosotros nos creíamos los fuertes, pero la única verdaderamente fuerte en la casa ha sido la mamá (p. 123).

Sabíamos que el silencio aturde más que los regaños y que el descontrol no puede combatirse a gritos (p. 124). 

Las plantas siempre han sido grandes maestras. Bastaba observarlas para entender el valor de la paciencia, para saber que el crecimiento solo ocurre cuando existen las condiciones adecuadas (p. 124). 

El único plan minuciosamente elaborado en toda mi vida ha sido evitar embarazarme. Nunca he bajado la guardia. Hago bien mis cuentas. Sé, desde hace mucho tiempo, que ni la muerte ni los hijos tienen reversa (p. 126). 

Si alguna vez quise morirme deseché la idea de solo pensar que los muertos no pueden leer. Y mientras más leía, más me daba cuenta de todos los que me faltaban. Era cosa de nunca acabar, necesitaría nacer mil veces más para poder hacerlo. Los libros me salvaron la vida (p. 133). 

No volvimos a mencionar el nombre del papá. No hablamos de lo que le pasó. Cuando alguien tocaba el tema, desviábamos la conversación. Lo matamos con la fuerza de nuestro propio silencio (p. 135). 

Hoy, por mi padre, siento más respeto que cariño (p. 136). 

Los niños que tienen una infancia feliz, crecen con la ingenua creencia de que así será el resto de la vida, porque la felicidad es algo que la mayoría de las veces solo se aprecia cuando ya no se tiene (p. 147). 

No quería verle la cara a nadie y que nadie le viera la cara y le dijera: "pobrecita, todo va a estar bien", "encomiéndese al de arriba", "mi Dios le dé fortaleza". No quería que nadie enviara flores ni que la llamara ni fuera a visitarla. Lo sé porque ya habíamos pasado por eso y no estábamos dispuestas a repetir el espectáculo (p. 187).

Una casa sin sus habitantes no es más que muros de ladrillo y tejas de barro tostadas por el sol y esculpidas por la lluvia. Nada más (p. 194).

Uno es de los lugares que extraña, no de los que habita (p. 203).

De un momento a otro empecé a pensar en él con compasión y no con odio. Me dio mucho pesar lo triste que debió ser su vida cargando con semejante insatisfacción durante tanto tiempo (p. 229).

Tengo talento para aburrirme, creo que aburrirse es una actividad infravalorada (p. 231).

Escribir no es para gente normal (p. 234).

Cuando escribo me desnudo sin quitarme ni una sola prenda (p. 236).

El silencio es precisamente lo que no lo deja a uno olvidar, pero cada cual tiene su propia forma de sobrellevar las penas (p. 245).

Te mato porque estoy cansada de intentar mantenerte vivo en mi cabeza (p. 252). 


Cómo maté a mi padre
Sara Jaramillo Klinkert
Editorial Angosta
Medellín 2019
256 páginas

lunes, 5 de octubre de 2020

Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince

"Eugenia: este cuaderno no es tuyo. No lo leas. No contiene secretos; no contiene traiciones reales ni imaginarias. No lo leas. No seas metida, no lo leas. Quita los ojos de aquí. Deja de leerlo en esta misma página". Eso escribe Héctor Abad Faciolince en su diario el 18 de octubre de 2001. Y yo, que ya llevo 510 páginas leídas, desde la primera entrada del 30 de diciembre de 1985, sigo leyendo porque no me llamo Eugenia.

Leer diarios tiene algo culposo. Es un ejercicio voyerista aunque se haga con la anuencia del autor, como en este caso. Escribirlos y publicarlos puede ser un acto de vanidad: pensar que la vida ordinaria en realidad tiene momentos extraordinarios con algún tipo de interés para otros. Pero no es vanidad mostrarse con cicatrices y miserias: un ser humano inseguro, pobre, infiel, mentiroso, paranoico, insensible, machista, impotente, silencioso, aburrido, con incapacidades para escribir, para el sexo y para la alegría.

Es un acierto que estos diarios terminen cuando el editor le dice al autor que publicará El olvido que seremos, porque esa novela lo lanzó a la fama, y supone uno, significó también el fin de las angustias económicas que tanto pesan en tantas páginas de este diario. Como el lector completa la obra del autor, estos diarios publicados se completan entonces con la imagen que el lector tiene del autor desde su vida pública, que es más pública después de la novela sobre el papá asesinado. Ese contraste entre un escritor famoso, exitoso, muy vendido, contrasta fuerte con la de un ser humano que no tiene cómo pagar sus cuentas, que corrige textos de la Andi y que, además, sufre de impotencia sexual con la mujer que desea.

No es un tono lastimero o de víctima. Es un tono sincero: el de la escritura como lugar para narrarse sin máscaras y en descarnada desnudez. En el diario no es "el hijo de" o "el autor de". Es un ser humano con inseguridades que recurre a sus cuadernos cuando las cosas no están bien. La vida que fluye feliz no aparece con tanta intensidad porque cuando está contento el autor se ocupa de vivir, no de escribir. 

Toda lectura es un pretexto, uno en el libro se lee a sí mismo, se refleja", escribe Héctor Abad y yo encuentro en estos diarios varios reflejos que son espejo: el del que quiere escribir pero tiene dudas (y deudas y falta de tiempo); el del amor desmedido por los hijos pero, al mismo tiempo, la culposa sensación de pensar que los hijos quitan tiempo o silencio, y las reflexiones sobre lo doloroso que es el divorcio pero, al mismo tiempo, lo difícil que resulta vivir en pareja después del tiempo del enamoramiento. Y también lo extraña que es la compañía de la familia, y lo sabroso que es caminar y perderse por ciudades nuevas, y la necesidad de soledad para poder pensar, pero, al mismo tiempo, la necesidad de tener alguien para compartir lo que se piensa. 

En fin, son 21 años de diarios y más de 600 páginas. Seguro que ustedes encuentran otro tipo de reflejos en esta lectura desigual, como la vida. 

Algunas frases:

"Para escribir necesito estar solo. "Escribir es hablar sin que a uno lo interrumpan", leí en alguna parte. Y basta una mirada para interrumpir el pensamiento y empezar a pensar en la mirada" (p. 20).

"El pensamiento es un caballo salvaje, loco, cerrero; la escritura es una forma de domarlo" (p. 23).

"Tener un hijo envejece" (p. 31).

"La religión dominical. Buena definición para el catolicismo. De lunes a sábado capitalismo, comunismo, sensualismo, armamentismo, mafia, cualquier otra cosa. La religión del viernes, islam; la religión del sábado, judaísmo. La religión del lunes, capitalismo" (p. 33).

"Dios es la más pura imaginación del hombre: lo más grande y lo más perfecto que no existe o existe solo en la fantasía nuestra, que es una manera privilegiada y muy real de existir" (p. 34).

"Quiero leer y leer y leer. Toda la vida, todo el tiempo, y lo que me dé la gana (¡todo!) solamente lo que me dé la gana. Retirarme, jubilarme, tener una casa sin polvo y ordenada a lo mejor en el campo. Y que las visitas vengan solo de vez en cuando, que no molesten tanto las visitas. Para poder leer y leer y no hacer otra cosa que leer" (p. 43.)

"Gente que no te llama, sino que te autoriza para que la llames: si estás mal, si necesitas algo..." (p. 68).

"Cuando estoy feliz, no escribo" (p. 79).

"Las palabras dichas repelen, excluyen a las palabras escritas. Las gastan. Mi lenguaje tiene fuerza solamente para una vez" (p. 84).

"Pero peor estaba Cervantes en los baños de Argel. Y escribió el Quijote después de los cincuenta, con una mano inútil" (p. 85).

"Leo, releo, logro adaptarme a libros prestados (¿ves?, algo aprendes), yo, que siempre quise comprar los libros que leía para poder rayarlos, guardarlos, releerlos. He descubierto a Simenon, vuelvo a Rulfo (p. 86).

"Pienso en la posición de mis manos dentro del ataúd" (p. 90).

"Creo que no quiero ser doctor. Si me vuelvo doctor, la academia será mi destino. Leo lo que quiero y no lo que debo" (p. 94).

"Yo no escribo para celebrar mis orgasmos, sino para conjurar mis impotencias. No me gusta el exhibicionismo de la danza de la victoria, sino el tímido rito propiciatorio que precede a la batalla. El dolor expiatorio que sigue a la derrota. Los rituales de purificación" (p. 97).

"Mi forma de amar es la añoranza, el deseo. La presencia, el otro, me importan menos, me alejan" (p. 98).

"A los hijos, si los queremos buenos, tenemos que hacerlos felices. La felicidad educa a la bondad" (p. 102).

"Este es el único sentido que le he encontrado al sufrimiento, a las tragedias: te da la dimensión exacta de los contratiempos. No hay que temer ningún contratiempo; solo hay que temer tragedias. Vivir con serenidad, casi con alegría, todo contratiempo, porque son parte de la vida feliz" (p. 114).

"Tener hijos es la condición que más cambia por dentro el carácter de una persona; más que ateos o religiosos, progresistas o reaccionarios, la gente se divide entre aquellos que tienen la experiencia de haber tenido hijos y los que no" (p. 129).

"Lo horrible no es el "yo no tengo quien me quiera". Peor es "yo no tengo a quien querer". La soledad fundamental, la más tremenda" (p. 174).

"¿Los hijos son una interferencia en la vida de un escritor? No, los hijos le hacen entender al escritor cómo es la vida verdadera" (p. 175).

"Si tuviera que definir la actitud de Irene ante lo que hago (que casi siempre es «lo que escribo»), tendría que decir: enfriadora, desestimulante.
Al terminar mi novela dice: «Me quedé empezada, a medias». Y eso es todo lo que dice, después de doscientas cincuenta páginas. Si oyera lo que me dijo Margaret, lo que me dijo Mario Jursich, lo que me dijo Consuelo. Lee un artículo que escribí para una revista: no dice que no le gusta, no lo critica, dice: «No sé esto para una revista...». «¿Y entonces para dónde?» «No sé».
Tener siempre al lado a una persona así, francotiradora de mi oficio, es desastroso, deprimente. Parecemos hechos de sustancias distintas" (Pág 197).

"Talento tiene cualquier imbécil. Lo difícil es encontrar a alguien con la suficiente voluntad como para hacer algo con él" (p. 201).

"pues es cierto que aspiro a esta curiosa obscenidad: durar después de la muerte mediante las huellas de mis letras: que este surco que trazo sobre las hojas sea alguna vez descifrado por ojos curiosos" (p. 223).

"la altiva Manizales, que tantas cosas se cree y no es ninguna de ellas" (p.228).

"No me gustan los poetas. Tienen ese aire, esa altivez de creer que su palabra es la salvación del mundo" (p.243).

"¿Por qué a veces queremos tan poco a las mujeres perfectas? (p. 269).

"Sufro dos idealizaciones de la cultura en la que me levanté: idealizo el arte (la literatura en mi caso) y el amor. Tal vez debería dedicarme a despojar de ese halo ideal a las dos cosas. Pero el entusiasmo se alimenta de un ideal irracional. Si no creo en esas mentiras, en esas dos ilusiones absolutas, la literatura y el amor, pierdo el entusiasmo. Y sin entusiasmo todo es deprimente. Hay que vivir en la ficción del entusiasmo" (p. 344).

"¿No te gustó mi novela? La leíste con sueño" (p. 361).

"pero a veces es inevitable que la franqueza nos suene brusca cuando nos duele un poco" (p. 364).

"un optimismo firme, radical, solo pueden tenerlo quienes hayan conocido a fondo la tristeza y, a pesar de ella, no hayan perdido la confianza". (p. 369).

"los malos libros son indispensables en cualquier biblioteca. Los malos escritores te enseñan a reconocer lo que no debes hacer nunca" (p. 401).

"A mí se me considera superficial porque soy fácil de comprender. Es cierto que muchas ideas profundas son difíciles de comprender. Pero profundidad no es sinónimo de dificultad" (p. 443).

"si uno no se acostumbra a esas molestias (y comete la ingenuidad de separarse) acaba por no aguantarse ni a sí mismo" (p. 468).

"La escritura exige una especie de monogamia absoluta: conmigo y nada más" (p. 488).

"Toda lectura es un pretexto, uno en el libro se lee a sí mismo, se refleja" (p. 494).


Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)

Héctor Abad Faciolince

Editorial Alfaguara

2019, Bogotá

610 páginas

sábado, 8 de febrero de 2020

De una vez y para siempre, de María Cristina Restrepo

De una vez y para siempre se vale de una anécdota, la historia de Rosita Posada y su familia, para recrear la vida de las mujeres antioqueñas a finales del siglo XIX y particularmente la (falta de) educación a la que acceden y sus sesgos, marcados por una cultura fuertemente patriarcal y el entorno político de las guerras civiles entre liberales y conservadores.

La novela cuenta una historia de amor: Rosita Posada, nacida en Andes, Antioquia, y dueña de una belleza que se comenta en el pueblo, conoce en Medellín al militar liberal Antonio Acosta. Conoce es una forma de decir: para ser precisos simplemente se ven y con solo mirarse se enamoran "de una vez y para siempre".

Rosita es hija de Lázaro Posada y Zoraida Robledo y Lázaro a su vez es hijo de José Antonio y Rafaela. Rosita es una niña-mujer reblede y autónoma en una época en la que estas características se ven pecaminosas. Su temprana viudez, la maternidad y su posterior matrimonio son los elementos que hacen avanzar la trama de una hija-esposa-madre que cree en el amor y la felicidad que proporciona el amor romántico y filial, en un entorno que la invita a someterse, aguantar y resignarse.

La novela está construida a partir de capítulos cortos, con numerosos diálogos y un recurso que resulta llamativo: los chismes del pueblo se presentan a manera de diálogos corales, en los que no es posible identificar quién dice qué pero sí queda claro qué habladurías circulan en el pueblo. Se trata de una novela que atrapa, que engancha y que resulta a su vez un documento valioso y enriquecedor para los análisis con perspectiva de género.

Algunas frases
Era apenas lógico que mamá hubiera seguido amando al general, porque no tuvo tiempo de desengañarse (pag 1).

poder encontrar un marido rico que la restataría de las humillaciones de ser "pobre pero bien" (pag 10)

Poco a poco, la vida iría convirtiendo a Rosita en una como las demás, quebrantada por los partos, cansada de prodigar cuidados, de vivir en un duelo permanente y secreto por haber ido enterrando, uno tras uno, todos los sueños (pag 25).

ese hombre en el que había puesto la fe de una vez y para siempre (pag 46).

un piquete de soldados pertenecientes al ejército invasor. Eran cuatro o cinco hombres mal alimentados y peor vestidos, pero estaban armados y eso les daba autoridad (pag 47).

--¿Qué es eso?
--Un caracol. Si se lo pone en el oído sabrá cómo suena el mar.
--¿Y qué es el mar? (pag 58).

mi pobreza nada tiene que ver con la felicidad (pag 64).

--!Ni las muchachas decentes están a salvo en una guerra!
--Pues entonces será mejor que se vayan acostumbrando, porque aquí siempre vamos a estar en guerra (pag 67).

El amor no era más que una ilusión que pronto moría, asfixiada por la realidad: el egoísmo del marido, el temor reverencial que despertaba la autoridad masculina y esa rabia sorda que iba creciendo con los años, que echaba raíces en lo más hondo del alma y envenenaba la existencia, pero que también la rescataba de la ilusión y el autoengaño (pag 68).

--Hay algo que debe recordar siempre: las mujeres no fuimos hechas para sentir placer, pero sí para proporcionárselo a los hombres (...) complacer al marido no es pecado. !Al contrario, es una obligación!. (pag 84).

--Mamá, ¿usted ha sido feliz? --preguntó--, aunque ya conocía la respuesta.
--¿Feliz? !No espere la felicidad, Rostia! la felicidad no existe.
--Yo pienso que sí.
--Ya tendrá tiempo de cambiar de opinión. Mejor busque la paz. Esa sí se puede encontrar. (pag 85).

El amor es el arma que tenemos para vencer los golpes de la fatalidad (pag 93).

Aunque los curas repitan lo contrario, nosotros no vinimos aquí para sufrir. La miseria humana confirma nuestro deber de amar y ser felices. (pag 112).

Sabía que la lealtad de los amigos tenía precio, consideraba que los políticos eran un azote para el país, opinaba que los médicos estaban dotados con más capacidades para enfermar a la gente que para aliviarla, le irritaban los niños, a quienes no creía inocentes, y había marcado cada pieza de la vajilla del Hotel con una divisa en letras góticas que rezaba: Robado al Hotel Cosmos. (pag 125).

--La felicidad es una cosa que se va gastando, como el dolor, y cuando una menos cuenta se da, !se acabó! En la vida no hay sino ratos buenos. El resto son puros inventos (pag 135).

Notaba que aquellas personas se sentían aliviadas porque, al menos por esta vez, la desgracia había golpeado una vida ajena (pag 136).

Aunque parezca raro, descubrí que se puede sufrir una pena y ser feliz al mismo tiempo (pag 148).

Una pérdida así se acepta con el tiempo pero jamás tiene consuelo (pag 156).

!Los hijos crean lazos muy fuertes entre un hombre y una mujer (pag 158).

Cualquier decisión, aún la más insignificante, puede cambiar el rumbo de muchas vidas... (pag 159).

comprendieron que habían sido felices cuando dejaron de serlo (pag 169).

Con el tiempo comprenderás el error que cometiste al inventar un hombre que nada tenía que ver con el real (...) Olvidarás a Pablo. Pero el recuerdo de su traición te acompañará siempre (pag 176).

Un matrimonio fracasado era un deshonor. Algo debía faltarle a una mujer para permitir que eso pasara (pag 180).


De una vez y para siempre
María Cristina Restrepo
Editorial Universidad de Antioquia
2000
184 páginas