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lunes, 29 de junio de 2026

Que pase lo peor, de Antonio García Ángel

¿Cómo hacer humor a partir de la reflexión literaria? ¿Se pueden releer los clásicos como Ana Karenina, de Tolstoi; La Metamorfosis, de Kafka, o El Aleph, de Borges, desde Choachí o desde Ciudad Montes, en Bogotá?

Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, puede ser leído como una mamadera de gallo de 318 páginas o como una genialidad psicodélica, a medio camino entre lo erudito y lo popular. O como ambas cosas. O también como una novela distópica que incluye la destrucción de Bogotá (pensé en Cassiani, de Octavio Escobar Giraldo), o como una reflexión descarnada sobre lo difícil que es sobrevivir desde la literatura, con trabajos mal remunerados y la preocupación constante por reunir la plata para poder pagar el alquiler. Es también una crónica sobre Bogotá, sobre el Park Way y el sur poco literario de la zona de Ciudad Montes, y es un homenaje a los años 80 y 90 punketos, con lugares y bandas que hoy ya nadie recuerda. 

Podría escribir en qué consiste el argumento de Que pase lo peor, pero es tan disparatado que tiene poco sentido resumirlo en tres líneas. El personaje principal, Nelson Camargo Acevedo, es un escritor fracasado al que acaban de despedir de su trabajo como profesor. Conoce a Reynaldo Mestizo, un vendedor de telas que desea lanzarse como concejal, a quien le sobra en plata lo que le falta en conocimiento. Mestizo contrata a Nelson para que le redacte un perfil y sus propuestas políticas y ahí comienza una cadena de sucesos hilarantes, que incluyen al segundo mejor lugar del mundo para comer chuleta y a Kafka; a los termales de Choachí y a los cachos de Ana Karenina; a las chocolatinas jet, el chocorramo y el periodismo cutre de Vicky Dávila, que en la novela se llama Chiqui Ávila.

Más allá de la risa, de la mucha risa que hay en estas páginas, Nelson Camargo es un personaje honesto: verosímil (a pesar de las situaciones absurdas que vive) y fracasado, que al final de la novela se asoma a rincones oscuros que lo habitan y que ni él sospechaba que existían. 

Que pase lo peor es una novela llena de intertextualidad, de referencias que van desde la alta literatura hasta la música de plancha, y que se burla de todo, empezando por el propio escritor y su círculo de amigos, con humor desenfadado.

Algunos subrayados

Hay dos formas sin éxito y con cierta vergüenza, y la rimbaudiana, la que se reserva la pluma apenas para asuntos prácticos como firmar o hacer una lista del supermercado (p. 19).

—Así que usted es el escritor —dijo—. ¿Y uno qué estudia para volverse escritor?
—Literatura. O nada: escribe y ya.
—Ah.  (p. 22).


—Uy, yo soy malísimo para cobrar.
—Y yo soy buenísimo para pagar poquito (p. 25).

recordé las pintorescas flores de ignorancia y corrupción que han retoñado en el fango de la política nacional (p. 27). 

"Deja en paz a la literatura, ella no te ha hecho nada malo, no merece tus parrafitos de mierda" (p. 31).

La ortografía le daba al texto un aire de español medieval: "La ciudad nesesita soluciones" (p. 74).

he sido incapaz de bañarme con agua fría en el calor ígneo de Honda, en el amazónico clima de Leticia y en Cereté, donde hay dos estaciones: verano e infierno (p. 131). 

No sabía hasta qué punto podían considerarse amistades esas relaciones cordiales, tibias, carentes de intimidad y casi nunca presenciales (p. 148).

Tampoco extrañaba las redes sociales, esa vitrina de las miserias humanas, mundillo de celebridades de gama baja, melting pot del odio, la pose y la superioridad , cloaca de la opinión, sumidero de la inteligencia, venero de venenos, camposanto de la verdad, cilicio con el que se victimizan los victimarios y hoguera en que los savanarolas del teclado hacen sus purgas morales (p. 158). 

mis conocimientos en jardinería consistían en haber bailado "El jardinero", de Wilfrido Vargas, en fiestas del siglo XX (p. 186).

Un signo unívoco de mi soledad era que había empezado a narrarme las cosas en voz alta: "bueno, llegó la hora de dormir", "voy a comerme esta piña", "va a llover" (p. 190). 

Ya no tengo sueños. Y no me refiero a los de cada noche. Sueños de futuro, proyectos. Mi sueño quizá es estar tranquilo.  No es lo mismo que ser feliz pero me conformo con eso (p. 198).

Para mí, los cincuenta eran el umbral de la vejez, el momento de cosechar lo sembrado, pero mi cultivo vital era un triste rastrojo que me auguraba pobreza y soledad (p. 207).



Que pase lo peor
Antonio García Ángel
Editorial Random House
Bogotá
Julio de 2025
318 páginas

lunes, 10 de octubre de 2022

Cartas abiertas, de Juan Esteban Constaín


Marcelino Quijano y Quadra es un payanés que desde niño tuvo gustos de viejo: su pijama infantil fue una bata de seda que mandó confeccionar por muestra de una que vio en una revista; coleccionaba recortes de periódicos viejos, era muy lector, jugaba ajedrez y cartas, en vez de deportes de contacto, y en general prefería la vida que leía en vez de la vida de las calles.

Juan Esteban Constaín explica que el nombre de este protagonista nació de otro Marcelino: un cartero de una provincia argentina al que le allanaron la casa buscando drogas y la policía encontró miles de cartgas abiertas para leerle a su suegra ciega, aficionada a las novelas. Un amigo le envió a Juan Esteban el recorte de prensa con esta noticia insólita, y aunque él escribió una columna en El Tiempo sobre el tema, sintió que en esa historia había quizás una novela, que años después se convirtió en Cartas abiertas, una obra en la que Marcelino es "un ladrón de cartas que, así descubría los destinos ajenos, para desviarlos con su mano providencial y hacerlos mejores y más felices, a veces, solo cuando se podía, en eso consiste el destino".

La novela está dividida en 12 capítulos. Los primeros son una especie de sucesión de aventuras, en la que los capítulos podrían titularse "Marcelino y el cura perverso", "Marcelino y los nazis" o "Marcelino en la posada solitaria", y así, uno por cada carta abierta, que lo embarca en un proyecto distinto. La segunda parte se concentra en una empresa de más largo aliento: el armisticio entre el Reino de Bélgica y el Estado Soberano de Boyacá, luego de una guerra declarada en el siglo XIX y que duró más de 120 años.

La novela ofrece un juego entre ficción y realidad, entre lo que es invención y los hechos históricos. "La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo" y para ello el texto refuerza su verosimilitud con recursos como recortes de prensa y fotos, que buscan darle fuerza histórica y documental al disparatado relato. 

Constaín utiliza un narrador muy invisible, que solo aparece un poco al final, y quien cuenta sin proponerse ser chistoso, hechos divertidos y risibles porque rayan con el ridículo. Ese tono contrasta con la atmósfera anacrónica, solemne, erudita y ceremoniosa, en la que el autor rinde homenaje a personajes como Alvaro Mutis, Nicolás Gómez Dávila, José Fernando Calle, Santiago Mutis Durán, Juan Gustavo Cobo Borda y otros señores viejos o fallecidos, por los que el autor siente particular fascinación y cariño. La presencia femenina, en contraste, es espectral: la única mujer con algo de protagonismo en el relato es Karina Garabundo, una argentina rica que se convierte en mentora de Marcelino Quijano y Quadra y muere poco tiempo después. Una mujer ciega. 


Algunas frases
Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. (p. 19).

Me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y para eso no se necesita salir de la casa... Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa; para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. (p. 22). 

La nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría (p. 22).

La verdad, nacie es culpable de ser lo que es. (p. 35).

Todos cargamos en nuestra espalda, me dijo, con recuerdos que nos habría gustado no tener, no haberlos engendrado nunca. (p. 35).

En silencio, esas son las conversaciones más importantes de un matrimonio feliz. (p. 37).

El olor del tiempo: nada huele más que el tiempo (p. 65).

La fe es un acto de fe en la fe (p. 85).

Eso pasa un día cuando crecen nuestros hijos, que se vuelven nuestros contemporáneos (p. 86).

(Sobre Francia:) Esa antipatía que en ese país es un talento (p. 103).

Es la mejor forma de conocer el alma de la gente: ver los libros que cada cual tiene y ver también cómo trata cada quien a los humildes, ahí está dicho todo (p. 106).

De una u otra forma todos en algún momento de nuestra vida pertenecemos a una minoría, eso somos (p. 113).

Uno puede sobrevivirlo todo, pero nadie sobrevive al ridículo (p. 115).

A veces pasa así: que basta una mirada, basta una palabra, basta un gesto y ya sabemos cómo es y será esa persona a la que tenemos delante, sin conocerla siquiera, pero un instante nos revela su alma, nos une con ella para toda la vida (p. 122).

Había ganado, aunque nadie gana en la guerra (p. 135).

No hay nunca un plan descabellado ni absurdo ni malo ni nada, todo puede suceder si uno se lo propone. Pero hay que mantener la calma: que no se vean jamás las costuras de lo que urdimos, porque entonces se muere la magia, quedamos al descubierto (p. 146).

Las tragedias de la gente no se pueden comparar ni jerarquizar ni matizar porque para cada quien su tragedia es única y tiene un valor absoluto; eso es lo que las vuelve una tragedia, justo eso, su condición aplastante, devastadora, para el que la lleva a cuestas (p. 149).

Eso era lo otro: que en este mundo la gente se junta, que uno no puede hacer nunca nada bueno con gente normal. Esa era su premisa, trabajar y vivir solo con gente distinta (p. 158).

Nada podía ser normal; nada lo es, por eso lo mejor es estar cerca solo de quien tiene eso clarísimo (p. 158). 

La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo (p. 177).

La historia, si uno prescinde de sus aspiraciones científicas, suele parecer un milagro (p. 236).

Creer hace posible que aquello en lo que creemos ocurra, la fe es un acto de fe en la fe (p. 243).

No había mejor mapa para visitar los sitios que los libros antiguos que hablaban de ellos; "nos libran de la plaga del turismo" (p. 251).

La mayor parte de la gente pasa por la vida resignada a sus rutinas, sus miserias, plegada a eso tan mezquino que se suele llamar la realidad (p. 273).

Ninguna muerte es prematura: la muerte ocurre cuando tiene que ocurrir, no antes ni después (p. 277).

Una cosa es la izquierda y otra el Gulag (p. 279).

Nunca se dio lujos ni aires, no presumía, no alardeaba, no humillaba. Y tenía clarísimo que esa era la clave de su éxito, ser anacrónico y discreto (p. 279).

La ficción es la forma más bella y tangible de la realidad (p. 280).

Como buen humorista, era un hombre muy serio (p. 282).


Cartas abiertas
Juan Esteban Constaín
Literatura Random House
Bogotá
Marzo de 2022
288 páginas

lunes, 17 de enero de 2022

El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

Hay libros que uno quiere que otras personas lean porque son entretenidos, porque son sorprendentes, porque están muy bien escritos, porque narran cosas con las que uno se identifica o porque tocan fibras sensibles. El invencible verano de Liliana es una obra de no ficción que muchos deberían leer, por todo eso, pero principalmente por razones políticas y estéticas. En esta obra Cristina Rivera Garza hace una labor periodística dentro de su familia y otras personas para reconstruir la vida y la muerte de su hermana menor, Liliana, asesinada el 16 de julio de 1990 en ciudad de México por su ex pareja. Tenía 20 años.

Al comienzo del libro la autora dice "uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje" y esa idea se repite. En los 90 no existía la palabra feminicidio; durante muchos años el machismo ha sido invisible a los ojos de muchas (algo que no se nombra) y también los duelos están llenos de silencios, de falta de lenguaje. Este libro es una construcción lingüística que permite a los dolientes (ellos y nosotros) comprender la dimensión física del riesgo, el tamaño de la pérdida y elaborar el duelo en compañía.

El invencible verano de Liliana se publica 30 años después de la muerte de la protagonista pero es un libro urgente que debería estar en bibliotecas y leerse en los colegios. Es útil para aprender a identificar esas microviolencias cotidianas que pueden desencadenar en una tragedia, para reconocer los riesgos del amor posesivo, que no es amor, y para desestigmatizar la violencia intrafamiliar como un problema exclusivo de clases bajas e iletradas. 

Pero el libro no es solo eso. No es un informe académico o pericial. Es el testimonio de una autora que domina los mecanismos del lenguaje y logra estructurar una obra polifónica, con distintos registros (incluso distintas tipografías) en la que incluye un plano arquitectónico, fotos, textos de prensa, informes judiciales y voces de amigos y parientes. El resultado es una relato que parece un rompecabezas en el que muchas fichas tratan de armar un retrato al que le faltan las piezas centrales: lel asesino fugitivo y todo lo que calla Liliana, que aparece con su voz en las notas que escribió en vida, pero que claramente solo muestran fragmentos de su vida y ocultan aquellos aspectos más oscuros de su relación. 

Es también un retrato de familia, un libro sobre la vida universitaria, una crónica de la ciudad de México, una obra sobre mujeres adolescentes y un relato del amor entre hermanas. Hay mucha vida y mucho vértigo en estas 302 páginas atravesadas por la muerte y, al mismo tiempo, tan llenas de Liliana. 

Algunas frases
A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo (p. 13). 

Es fácil amar una ciudad donde todo pasa al mismo tiempo. Donde todo tiempo es tiempo real. (P. 16).

¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? (p. 24).

Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo (p. 25). 

Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora (p. 41). 

Uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje (p. 42).

La infancia termina con un beso. El sueño no es el sueño de cien años y la boca abierta no es la del príncipe azul, pero ese puro esperar que es la niñez finalmente llega a su fin con un beso. Labios sobre labios. Dientes. Saliva. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos. La infancia termina con la instauración del secreto (p. 47). 

Se ha requerido el trabajo de generaciones enteras, por ejemplo, para que el piropo callejero, visto con enfermiza frecuencia como un mero acto natural, cuando no como un halago, sea denunciado como una instancia cotidiana de acoso en el espacio público. (p. 52).

Llamar a las cosas por su nombre requiere, a menudo, de inventar nuevos nombres (p. 52). 

Que se desesperaran los otros. Que los otros azotaran puertas cuando no podían usar la inteligencia o la capacidad de observación, o la paciencia. Que los otros perdieran el tiempo y desperdiciaran sus talentos porque nosotros que lo venceríamos todo, teníamos cosas que hacer (p. 62).

Tal vez no existan en el mundo cartas de amor más ardientes que las que se hacen llegar, ya por correo o ya en persona, las adolescentes (p. 63). 

La capacidad del lenguaje para descubrir y encubrir al mismo tiempo. Ventana y cortina. Telescopio y niebla (p. 74). 

¿qué será de este pobre mundo si uno no se callara algunas cosas? ¿si todo se dijera? ¿Sin misterio? Qué aburrido, ¿no? (p. 79).

Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en todos los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la interperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia (p. 118). 

El duelo es el fin de la soledad (p. 118). 

Los intrincados vericuetos de la justicia, que son los vericuetos infinitos de la impunidad (p. 119). 

Siempre es extraño poner los pies en los espacios de los muertos (p. 123). 

Ni Liliana, ni los que la quisimos, tuvimos a nuestra disposición un lenguaje que nos permitiera identificar las señales del peligro. Esa ceguera, que nunca fue voluntaria sino social, ha contribuido al asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo (p. 196). 

El aborto es y ha sido un riesgo enorme para las chicas embarazadas porque es ilegal (p. 202). 

Los abortos siguen existiendo y, aunque una parte de la sociedad mojigata y conservadora, aliada sempiterna del machismo, los considera todavía como una cuestión moral, es cada vez más aceptado que los abortos son asuntos de salud pública en los que la decisión final corresponde tomarla a las mujeres. (p. 204).

Los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador (p. 276).

...elaboran esa línea moral que divide el nosotros del ustedes. Ésta en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante de que se culpe a la víctima y de que te inculpes con ella. Está en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante, de exonerar al asesino a toda costa. 
Uno no aprende a callar; uno es forzado a callarse.
A uno le callan la boca (p. 277). 

La libertad no es el problema. El problema son los hombres (p. 289).



El invencible verano de Liliana
Cristina Rivera Garza
Literatura Random House
Bogotá
Abril, 2021
303 páginas

jueves, 27 de mayo de 2021

Mediocristán es un país tranquilo, de Luis Noriega


Un bumangués que estudia en Bogotá y luego se radica en Barcelona es el narrador de esta novela, en la que a partir de capítulos cortos se cuentan sus coqueteos con el fracaso: su inestabilidad económica, su desinterés por el "éxito" o la estabilidad, su negativa rotunda a tener hijos y formar una familia y su comodidad en una relación de pareja sin compromisos, viendo tele y metiendo droga. Los altibajos más fuertes en su cotidianidad son los que proporciona el desempeño de su equipo de fútbol favorito. 

Mediocristán es su país pero también su vida: una medianía en la que es mejor vivir en un eterno presente. Garantizar el placer inmediato es la apuesta más segura para evitar hacerse preguntas sobre el futuro. 

A partir de anécdotas mínimas que suenan a experiencia autobiográfica, Noriega construye con humor ácido y sarcasmo un personaje que evidencia que desea prolongar la libertad de su adolescencia y se resiste a los estereotipos que se esperan de la adultez y ese protagonista es un buen álter ego de su país de origen: Mediocristán, un país en el que es un derecho fundamental tener a quién echarle la culpa.

El humor es un poderoso recurso para desnudar las fisuras del poder. Es a partir de allí, de la sátira y la ironía, que Noriega habla de la camisa de fuerza que representan la familia, el matrimonio y la paternidad, y las carencias normalizadas en un país violento y mediocre como Colombia, en el que una de las buenas alternativas que se le ofrecen a los jóvenes consiste en migrar. 


Algunas frases
"Tener a quién echarle la culpa es casi un derecho fundamental" (p.11)

"Las generaciones pasan.
La tierra permanece.
La memoria es frágil (p. 12).

"En ocasiones, tener un culpable es la mejor excusa" (p. 13).

"una generación que para tener a quién echarle la culpa ha tenido que abandonar la comodidad del ámbito familiar y tomar un curso rápido de política de cafetería sobre la falta de oportunidades y las mentiras del Estado del bienestar" (p. 13).

"El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es "fracaso"" (p. 14).

"Las palabras son una medida de la vanidad" (p. 14). 

"Tal vez lo que te hace especial no sea ser lo que mal que bien has podido ser, léase nada, sino ser el padre de alguien cuya historia será completamente diferente de la tuya. Una historia esta-vez-sí" (P. 20).

"En Mediocristán procuramos no meternos en problemas: es la mejor forma de no perder inútilmente el tiempo intentando hallarles solución. Preferimos los crucigramas, los acertijos verbales, las novelas de intriga, los videojuegos" (p. 23).

"Mi única queja contra la sociedad de consumo, el imperio de lo efímero y demás, siempre ha sido que haya tanto con que enajenarse y tan poco tiempo" (p. 23)

"En otra época fui crédulo. Otros dirían "joven". Otros dirían "guevón".
Otros corregirán "todavía"" (p. 25).

"El razonamiento que puso fin a mi vocación política fue que yo no era nadie para luchar contra las venerables tradiciones nacionales del peculado, la repartición del pastel y la puñalada por la espalda" (p. 26).

"Entre Mediocristán y Fracaso hay estaciones bastante peores para los políticos de cafetería. La cárcel. El cementerio. El Congreso. Y eso solo por la C" (p. 26).

"La política, dice el poeta, es una afición reservada a los miembros mejor vestidos de las clases criminales" (p. 27).

"Cuando me canso del realismo, cambio de canal" (p. 28).

"Dentro y fuera de Mediocristán la ley de la vida es el autoengaño" (p. 31). 

"la familia, el monopolio de una Iglesia cuyo deporte preferido es organizar marchas por el derecho a la vida de todo puñado de células que pueda convertirse, de acuerdo con la voluntad de Dios y las leyes de la naturaleza, en carnecita de cura pedófilo" (p. 32).

"La felicidad es comer, beber y follar. La felicidad es comer, beber y meter. La felicidad es comer, beber y ver la tele. La felicidad es comer, beber, follar y meter mientras ves la tele. Etcétera" (p. 40).

"Los bancos no necesitan muchos argumentos para convencernos de que el crédito es una buena religión" (p. 40).

"El nacionalista mamerto es un vástago de la aristocracia local, cuyos privilegios ha rechazad para combatir el sistema atiborrándose de porros y resúmenes de Marx en un humilde piso de doscientos metros cuadrados mientras cobra el paro" (p. 66). 

"No hay sitio, por más maravilloso que sea, que puedas visitar sin cargar contigo mismo. Y en mi caso, aun cuando consigo viajar con la mejor versión de mí mismo, la resaca suele ser atroz" (p. 77).

"El lugar común acerca de las reuniones de ex alumnos es que se planean como grandes ocasiones para el recuerdo y terminan siendo reuniones de borrachos más o menos decepcionantes que nadie quiere repetir en mucho tiempo" (p. 139). 

"En Mediocristán me resulta doloroso reconocer, abundan los idiotas convencidos de que viven en otro país, cuando no en otro planeta" (p. 140).

"El Pasado es el país del que nunca te has dio, el país en el que siempre estás de vuelta" (p. 146). 

"Para ser un buen budista a veces solo se necesita dar con la combinación de drogas adecuada" (p. 164). 

Mediocristán es un país tranquilo
Luis Noriega
Editorial Random House
2014
Bogotá
168 páginas.

Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha


Confiesa Rodrigo García Barcha al final de su testimonio: "sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad" (p. 91). Esa preocupación, la de un escritor dedicado al cine (guionista, director y productor), hijo a su vez de uno de los mitos de la literatura del siglo XX, seguramente atravesó la construcción de este libro: ¿cómo saber que el libro es bueno en sí mismo y no sólo porque revela detalles íntimos (chismosos, diría Mercedes) de los últimos días de la vida de Gabriel García Márquez?

Para los lectores de García Márquez el libro resulta revelador en la medida en que presenta una mirada distinta. El acercamiento al Nobel se hace normalmente desde su propia voz narrativa: desde lo que dejó escrito y también desde lo que dejó dicho en entrevistas en prensa, radio y televisión. Este libro permite acercarse desde un ángulo distinto: el de un autor que tiene acceso directo a un material privilegiado y lo narra desprovisto de la mitificación del personaje central. Rodrigo García no presenta al Nobel sino al padre enfermo y en irreversible deterioro hasta su muerte.

Se trata entonces de un ejercicio de desmitificación y humanización similar al que el propio Gabo hizo con Bolívar en "El general en su laberinto": ocuparse de narrar no las glorias sino la derrota final que significa el deterioro del cuerpo, la salud y la muerte. Rodrigo García presenta entonces a un anciano demente, que no reconoce a sus hijos y a veces tampoco reconoce a su esposa, al que las enfermeras deben incluso untarle crema en sus genitales para evitar que se queme y que en medio de su delirio solo desea regresar a su casa y con ese pedido, que hace desde su casa de México, se refiere al regreso a la casa de la infancia, la misma que narró en Vivir para contarla, su único libro autobiográfico.

"Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha" es un libro breve, en el que un tercio de las páginas se dedica a fotografías familiares y el resto se compone en capítulos cortos en los que el autor deja mencionados algunos asuntos espinosos: la posibilidad de practicar la eutanasia, lo patriarcal que resulta el apodo de "Gaba" o el tratamiento de "viuda de Gabo" para Mercedes, la tensión que implica para la familia hacer un duelo íntimo en medio de tanta gente y el alivio que llega con la muerte del escritor, que en razón de su enfermedad se había convertido en un peso cotidiano para la familia. 

Quienes quieran encontrar las claves de la literatura de García Márquez, sus rutinas de escritor, sus influencias y sus logros deben buscar otros libros. En este texto no aparece Gabo, aparece un padre, un abuelo viejo, enfermo y deteriorado, que quiere oír vallenatos para regresar a ese mundo antiguo en el que fue feliz. 


Algunas frases
"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta" (p.16).

"Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil" (p. 16).

"Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo" (p. 19).

"Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta" (p. 19).

"–¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
–Llorar.
–¿Llorar? Usted no está llorando.
–Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (p.19).

"Habla con una propiedad que hace olvidar, en la alegría del momento, que lleva años sumido en la demencia, y que el hombre con el que hablamos casi no está presente ni entiende nada, y apenas es él" (p. 25).

""Se está muriendo mucha gente que antes no se moría", y se divertía con la risa que provocaba" (p. 30). 

"Tal vez la única historia que vale la pena contar es la que nos haga reír" (p. 32).

"Casi todo lo que vale la pena saber se aprende todavía en casa" (p. 33).

"Cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir" (p. 35). 

"Consideraba que una enorme disciplina era una de las piedras angulares para escribir una novela, en particular cuando se trataba de estructurar la forma y los límites del relato" (p. 48).

"Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras" (p. 51).

"la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido" (p. 62).

"Un buen cuento siempre supera la verdad. Un buen cuento es la verdad" (P. 83).

"Mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta" (p. 87).

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir" (p. 91).

"Lamento no haberles preguntado más por los detalles de sus vidas, sus pensamientos más íntimos, sus mayores esperanzas y temores" (p. 103).

"Un hogar es un lugar muy diferente para cada uno de sus habitantes (p. 103).

"Con los años, la fragmentación continuará y la vida se sedimentará sobre las capas del mundo de mis padres y las capas de otras vidas vividas, hasta que llegue el día en que nadie en esta Tierra tenga memoria de su presencia física" (p. 104).

Gabo y Mercedes: una despedida
Rodrigo García Barcha
Editorial Random House
Bogotá, mayo de 2021
Traducción: Marta Mesa
138 páginas

jueves, 24 de diciembre de 2020

Caperucita se come al lobo, de Pilar Quintana

Empecé la primera página de este libro en la sala de espera del aeropuerto. Seguí leyendo durante el vuelo y terminé al aterrizar. Quiso el azar que leyera "El estigma de Yosef" la víspera de Navidad y "Hasta el infinito", que trata sobre un accidente aéreo, a muchos pies de altura. 

Caperucita se come al lobo reúne ocho cuentos breves. Seis ya habían sido publicados en 2012 y los dos últimos se sumaron para esta edición. Son cuentos sobre sexo y violencia física o simbólica en dosis más o menos similares, aunque en las críticas sobre este libro prime la lectura erótica, quizás por lo normalizada que está la violencia en general, y la violencia del patriarcado en particular. 

La mayoría de los cuentos, como "Olor", "El hueco", "Caperucita se come al lobo", "Amiguísimos", "Una segunda oportunidad" y "Hasta el infinito", abordan desde distintos ángulos el deseo femenino: la necesidad biológica y mental de las mujeres para relacionarse sexualmente con otros, sin culpas ni encadenamientos, aunque esa forma de atracción haya sido tradicionalmente asignada a los hombres. La autora, desde la ficción, reivindica este ámbito erótico para las mujeres casadas o solteras, jóvenes o maduras.

"El hueco" es un cuento con una tremenda violencia física, que remite sin mencionarlo a las épocas duras del narcotráfico. "Violación" es otro cuento sobre violencia, en este caso sexual, en el que el punto de vista desde el que se narra es el del violador y por eso es el título el que pone la acción en un justo contexto.

La mayoría de los cuentos de este volumen son anteriores a La Perra, una novela que al igual que este libro utiliza un lenguaje centrado en la acción, con pocos adjetivos y casi ninguna digresión. La autora edita y depura hasta conseguir textos narrativos breves que en pocas palabras concentran la fuerza de personajes corrientes de clase media colombiana, que podrían habitar en cualquier ciudad. 


Caperucita se come al lobo

Editorial Random House

Bogotá, 2020 (primera edición 2012).

99 páginas.


domingo, 28 de junio de 2020

¿Será que soy feminista?, de Alma Guillermoprieto

Le he oído a algunos periodistas decir que no se debe titular con una pregunta: si se sabe la respuesta, la noticia entonces está en la respuesta, y si no se sabe la respuesta, entonces para qué atraer al lector con una pregunta que la información no va a contestar. 

Esa enseñanza (en desuso en épocas en las que las preguntas atraen curiosidad y clics) resulta llamativa en este ensayo escrito por una periodista. No solo titula con una pregunta sino que en una parte del texto afirma que tiene más preguntas que respuestas, y que hay laberintos confusos en los que no desea enredarse. 

Como si no fuera suficiente con la pregunta inicial (¿Será que soy feminista?), muy al final del libro la autora formula otras más: "¿Será que se puede ser feminista sin ser activista? ¿Y será que se puede ser activista, y feminista, sin ser activista del feminismo? Es decir, ¿El feminismo es una forma de ver el mundo, una práctica cotidiana o una militancia? ¿o puede ser cualquiera de las tres cosas?".

Este breve ensayo tiene la virtud de no ser un texto pretencioso en sus objetivos: no busca formular una teoría ni refutar a alguna o algunas de las corrientes del feminismo. Cita a autores como Simone de Beauvoir, Germaine Greer, Andrea Dworkin, Mariarosa Dalla Costa, Mary Wollstonecraft y John Stuart Mill, pero no atiborra el texto de citas ni de pies de página. Rescata los nombres de George Rosenkranz y Gregory Pincus como pilares del feminismo, al haber investigado sobre la píldora anticonceptiva, y reivindica la máxima feminista de "lo personal es político".

A Guillermoprieto no le interesan las discusiones teóricas entre corrientes feministas. Le interesan la política, el medio ambiente y el feminismo, vistos desde la vida cotidiana: las mujeres que pueden decidir si abortan o no, las que pueden salir a trabajar y reivindican un salario mejor, las que se convierten en líderes en sus comunidades, las que sufren violencia sexual o política, las mujeres asesinadas.

Alma Guillermoprieto dice que lleva 40 años ejerciendo el periodismo y en toda su vida solo escribió un texto feminista, muy al comienzo de su carrera. También dice que no milita en ninguna causa. Sin embargo, en el ejercicio del periodismo ha entrevistado a miles de mujeres y ha escrito sobre cientos de causas sociales y políticas. ¿Será que es feminista? La respuesta simple es que sí... pero nunca se sabe: hay tantas vertientes del feminismo que no en vano incluye una frase que le oyó al cura nicaragüense Miguel d´Escoto, en la Revolución Sandinista: "lo que la Iglesia Católica tenía que aportarle a la izquierda revolucionaria era su gran experiencia con el sectarismo". El feminismo le discute muchas cosas al clero. En su lista de críticas no se ve el sectarismo. Guillermoprieto es lúcida al advertir ahí un gran peligro.


Algunas frases:
"Toda autobiografía es una novela —no hay que fiarse nunca de la memoria—". (p.11).

"(...) se esconde la voz de los hombres que a estas alturas todavía dicen que las mujeres que no se maquilla ni se pintan el pelo son feas, o deseadas, y que seguramente no tienen quién se las coja. Lo dicen no porque una mujer con nalgas postizas se vea más apetitosa que una mujer sin plastiaumentos, sino porque tienen miedo a que nos libremos de su mirada". (p. 28).

"En el capitalismo, el mercado de la belleza es en realidad un mercado dedicado a explotar la inseguridad que sentimos frente a los hombres: me angustio, luego compro" (p.33).

Explicando El Segundo Sexo, de Simone de Beauvoir: "La mujer es un ser definido por la sociedad, y por una sociedad —el patriarcado— creada por los hombres, en la que ellos ocupan el lugar de jerarquía" (p. 37).

"Resumiendo, el mensaje central de Beauvoir fue más o menos el siguiente:  los hombres nos ven como objetos —de uso, de placer, de trabajo, de reproducción—. Son ellos los que han construido las sociedades, y estas sociedades existen para amoldarnos en objetos útiles, de tal manera que nosotras también nos veamos como objetos a nosotras mismas" (p. 41).

"El machismo existe independientemente de la estructura de clases; se manifiesta de manera variada en cada clase social, pero ha sido universal". (p. 65). 

"La liberación de la mujer necesariamente conlleva la liberación de los hombres de los mitos y terrores —y obligaciones estúpidas— que los oprimen". (p. 67).

"Hay que ser valiente hasta para las cosas que en teoría no requieren de ningún valor, como sentarse en un parque a meditar, porque el machismo es una cultura basada en la vergûenza de no ser suficientemente macho, de no ser digno de la opresión que hay que ejercer sobre las personas —reducidas ya a sus órganos genitales— que se desean más que ninguna cosa en el mundo". (p. 68).

"Una visión de la sexualidad transmitida a lo largo de milenios, en la que el hombre es el súbdito de su propio pene y la mujer su esclava y su tormento" (p. 70).

"El machismo es una enfermedad que se padece a nivel personal; un individuo deformado, contrahecho por el mal, ejerciendo el daño contra otros seres humanos con distinto aparato reproductivo. Otra cosa es el patriarcado, un sistema completo, omnipresente, inescapable en el mundo entero, paralelo a, y también base de, los sistemas económicos y de Gobierno del mundo y de toda estructura de poder". (P. 71). 

Sobre el aborto: "Una mujer que es dueña de su decisión de gestar, o no llevar el embarazo a término, es peligrosamente libre" (p. 73).


"Si nos hacen tanto daño es porque nos tienen miedo, pobres" (p. 74).

"La mala broma que nos ha jugado el patriarcado es que nos ha enseñado a vestir con orgullo nuestras cadenas. me espanta constatar que el patriarcado, en cualquiera de las formas en que se manifieste, siempre les ha encargado a las mujeres el trabajo de amaestrar a las niñas en las tareas de la sumisión" (p. 89).

"La lucha de las mujeres por ascender al poder es vital, porque abre puertas y derriba murallas para todas". (p. 92).

Los hombres se ocupan en sus guerras —no sé si será porque como no llegan del trabajo a ocuparse de la comida y de las tareas de los hijos y de la ropa sucia, les sobra tiempo libre—. Mientras tanto las mujeres a las que les han matado hijos, padres, compañeros, hacen esfuerzos por inventar la paz" (p. 109).

"Al igual que el antisemitismo, el racismo es una enfermedad que nace de la envidia, la culpa, el deseo vergonzante, la furia. Es la forma en que el opresor se justifica ante sí mismo". (p. 111).

¿Han visto, o han leído, la serie de Harry Potter? ¿Se acuerdan que cuando el profesor Dumbledore se siente particularmente turbado o confuso se encierra en su estudio, extrae con su varita mágica el hilo plateado de sus pensamientos enredados y lo vierte en una especie de fuente encantada, el pensieve, donde se puede ver con distancia y claridad las cosas que le preocupan? Eso, para mí, es la escritura". (p. 125).

¿Será que soy feminista?
Alma Guillermoprieto
Random House
Febrero de 2020
145 páginas

lunes, 5 de noviembre de 2018

Plata quemada, de Ricardo Piglia

Huir es más divertido si se hace en compañía. Eso es lo que el cine enseña en películas como Bonny and Clyde,  Thelma y Louise o Butch Cassidy and the Sundance Kid. Parejas fugitivas que mientras huyen caen, pero también ríen. Cuando no hay mucho futuro hay que vivir con intensidad el presente.

De ese río parece beber Plata quemada, la novela que el argentino Ricardo Piglia escribió durante años y finalmente publicó en 1997, el mismo año del estreno en Argentina de Trainspotting, la película del inglés Danny Boyle con protagonistas que permanecen tan drogados y tan ávidos de dinero que perfectamente habrían podido cometer el mismo hurto que El Nene y Dorda llevaron a cabo en el Parque San Fernando, un suburbio del Gran Buenos Aires, según la reconstrucción de Piglia.

Plata quemada es una novela histórica. Parte de un hecho de la vida real: de un crimen de esos que acaparan la atención de la crónica roja y luego se hunden en el olvido. En el epílogo de Plata quemada, que podría ser también el prólogo, el narrador informa que el 27 de septiembre de 1965 se cometió un hurto en Buenos Aires y los ladrones emprendieron una huida frenética que los llevó hasta Montevideo. La fuga terminó el 6 de noviembre del mismo año.
 
El material informativo que da origen a la novela es ese. En su momento la prensa registró la noticia con fruición pero con los días las noticias nuevas sepultaron a las viejas, como suele ocurrir. La maestría de Piglia consiste en tomar esa información y convertirla años después en literatura. Piglia toma una noticia criminal vieja (como hace Gabo en Crónica de una muerte anunciada) y amasa los datos para cocinar algo nuevo. Los ingredientes, es decir los datos y el contexto de la época, estaban en los periódicos que se empolvan en los archivos de las bibliotecas.

Plata quemada es una novela histórica porque se basa en un hecho real ocurrido en el pasado, pero no es una novela histórica convencional. En Piglia la historia está para transgredirla, para dessacralizarla, para violarla. La historia particular del crimen pero también, en términos más amplios, la historia de Argentina. El autor tiene claro el rol de los héroes: El Gaucho Dorda, uno de los dos protagonistas, (el otro es El Nene) es un asesino ex convicto que pasa todo el día drogado, oye voces, es homosexual y habla poco. Su único interés, además de la droga, es la lectura de la revista Mecánica Popular. Pues bien, sobre Dorda escribe Piglia:
Parado y tirando con las dos manos, sereno, bum, bum, con una elegancia y los canas cagados de miedo. Cuando ven a un tipo así, decidido, que no le importa un belín, le tienen respeto. Si hubiera una guerra, supongamos que hubiera nacido en la época del general San Martín, el Gaucho, decía El Nene, bueno, tendría un monumento. Sería, no sé, qué se yo, un héroe, pero nació fuera de época (P. 56).

Las transgresiones en Plata quemada son varias. Para empezar, el concepto mismo de la plata, del dinero, que interesa por su valor de cambio. El título habla del acto de quemar billetes, que puede ser el mayor gesto de desapego al sistema capitalista: tener dinero para dilapidarlo: no para regalarlo como gesto populista, sino para destruirlo, para hacer visible lo obvio: que el dinero es papel. Se lee en la obra: “… quedó una pila de ceniza, una pila funeraria de los valores de la sociedad”. Esa postura política de la novela está clara desde el epígrafe, una frase de Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”.

Los elementos con los que se construye la historia son también transgresores. Plata quemada es una novela de antihéroes. Los policías son corruptos personajes que se dedican a la picana mientras esperan la jubilación, y los protagonistas, Dorda, El Nene y su entorno, son ex presidiarios sin interés en redimirse. Los mueve, si acaso, el afán de conseguir plata para irse de Argentina e instalarse en Nueva York, en una forma de evidenciar que el sueño americano es una constante latina que permea todas las capas sociales y todos los imaginarios, desde hace décadas.

Mientras preparan el robo y la fuga, Dorda, El Nene, Malito y Mereles meten cocaína, se empepan, fuman marihuana, ven televisión, hablan banalidades (como los diálogos de los criminales de Tarantino) y tienen sexo en distintas variedades. “Cuando la carne escaseaba, se acostaban juntos, El Nene y el Gaucho Rubio” (p. 54). Las mujeres de la novela, sin excepción, cumplen uno de estos dos roles: son sus madres o son objetos sexuales: “A veces pensaba en una mujer y la sentaba en la ventana de la celda y le empezaba a chupar el clítoris, podía ser cualquier mina, mi hermana podía ser” (p. 68).

Plata quemada es una transgresora novela histórica que además propone una cartografía distinta de Buenos Aires. La capital argentina de estas páginas está muy lejos de la París suramericana que sueñan sus habitantes. Aparecen el subte, la Plaza de San Fernando, Rivadavia, Florida, el cine del Rex y el Tigre. Pero también Adrogué, la provincia en donde nació Piglia y en algún momento de la novela se dice de un personaje que prefiere la periferia. El autor nos habla de los límites en su sentido sociológico pero también geográfico, y de las relaciones entre ambas marginalidades. La estética bizarra del lenguaje concuerda con los espacios elegidos: en vez de narrar calles bonitas y edificios de mármol, Piglia prefiere describir otras arquitecturas. En este sentido Plata quemada es una obra que en sus páginas incluye personajes borde, pero también barrios y calles que distan de la postal turística, el lujo y el glamour. De hecho, buena parte de la novela ocurre de puertas para adentro, en cuartos a puerta cerrada, que corresponden a esta descripción: “las paredes vacías dan al ambiente el tono de precariedad que tienen los lugares así” (p.99).

Es también interesante el rol que le da Piglia a los medios de comunicación. No sólo le dan la oportunidad de incluir también en estas páginas a su querido personaje Emilio Renzi, sino que además muestran la relación ambigua entre los medios y sus receptores: por un lado, el lenguaje impostado y aséptico que usan  algunos periodistas para describir la acción en caliente, reproduciendo versiones oficiales, pero por otro lado los medios aparecen como validadores de la realidad. En medio de la balacera final el narrador cuenta que los protagonistas “habían  puesto el televisor en el piso para que no lo reventaran las balas y a ratos, cuando había una pausa, miraban lo que pasaba en la calle. También escuchaban el relato de los hechos transmitidos por Radio Carve, la voz de alterada de los locutores que se turnaban para contar los tremendos momentos vividos en la ciudad de Montevideo” (p. 108). Sobre Malito, el único de los cuatro sobrevivientes que no participa en la balacera final, se ha dicho setenta páginas antes: “Malito era entonces, como todos los pistoleros profesionales, un ávido lector de la página policial de los diarios, y ésa era una de sus debilidades” (p. 40).

No se trata, en todo caso, de un triller más. Plata quemada tiene un trabajo minucioso del lenguaje y un elemento que la potencia como obra: el humor. El narrador parece pensar que no hay nada sagrado en la Argentina: ni los militares, ni los policías, ni la religión, ni el sistema financiero ni Perón, ni Evita, ni la belleza de la ciudad. Todo puede ser objeto de burla y nada más eficaz que el humor para desnudar tiranías y autoritarismos.

Como todos los libros, Plata quemada tiene varias capas de lectura. El robo es una anécdota que permite mostrar un contexto de corrupción, capitalismo, exclusión y decadencia, sin discursos moralizantes. Sin embargo, quizás no es necesario que el lector haga todos estos análisis para disfrutar un libro como éste, que es un enorme divertimento. Ya lo decía la revista Selecciones del Reader´s Digest: la risa, remedio infalible.  


Plata quemada
Ricardo Piglia
Penguin Random House
Buenos Aires, 2013 (primera edición 1997)
172 páginas