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lunes, 4 de noviembre de 2024

Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett

Emilia tiene 64 años, escribe crónicas para una revista a la que solo va al consejo de redacción cada 15 días, y en donde todos los periodistas y jefes son mucho más jóvenes que ella. Vive con su marido de toda la vida, que toma decisiones por ella sin que eso le parezca anómalo, y sobreviven en una tensa convivencia que se alimenta de rutinas y silencios. Emilia tiene un hermano, Luciano, que vive viajando, y una hermana, Angélica, que es quien está pendiente de la cada vez más deteriorada salud de su papá. La hija de Emilia, Pilar, tiene 30 años, está casada y vive en otro país con su marido y su hija Sara. Emilia resiente el desapego de su hija, y no habla con nadie de Pablo, su hijo que murió súbitamente cuando tenía once meses de nacido. La persona con la que a veces conversa infidencias es Mima, la empleada de la casa, madre de Betsy, quien a su vez es madre de un niño de 3 años.

Esta es la cartografía de afectos y desafectos en la que se teje Qué hacer con estos pedazos, una novela en la que Piedad Bonnett utiliza la metáfora de la remodelación de una cocina para mostrar cómo pequeños cambios pueden sacar a flote grandes grietas en la convivencia cotidiana. En principio Emilia es una mujer normal, con una vida normal y una familia normal, sin grandes problemas, pero a medida que avanza el relato se entiende que Emilia es una equilibrista que ha hecho del silencio, el aguante y la sumisión su forma de vida, todo para no romper la frágil armonía familiar.

Feminicidio, clasismo, apariencias, envejecimiento, machismo y silencios familiares son los hilos que tensan esta novela en la que se presta voz a una mujer madura para preguntarse, luego de toda una vida de entrega y amor, si realmente todo eso valió la pena. Leer esta novela en paralelo con La mujer incierta puede ser un ejercicio de leer desde la ficción y la no ficción la lectura que hace Piedad Bonnett sobre lo difíciles que son las relaciones familiares y cómo los micromachismos alimentan el día a día de la convivencia en pareja.

Algunos subrayados

Porque a los veinte, una biblioteca es una ilusión, a los cuarenta un lugar de pleinitud y a los sesenta un recordatorio permanente de que la vida no te va a alcanzar para leerlos todos (p. 12).

Se antoja de alguno, lo empieza a leer de manera urgente, para luego dejarlo muchas veces por la mitad. Por aburrición. Por avidez de leer otro. Porque un viaje. Porque en realidad quisiera leerlos todos al mismo tiempo (p. 13). 

cuando se es pobre da miedo comprar libros (p. 13).

una narración cualquier narración es algo que siempre derrota el vacío, que crea un vínculo o sostiene el que todavía existe (p. 22).

preguntar es como tirar anzuelos a una laguna llena de peces: algo cae (p. 27).

viajar era para él abrir una puerta a la incertidumbre, a la ansiedad, al malestar (p. 33).

La rivalidad, la envidia y el odio a menudo crean vínculos más fuertes que el amor (p. 34).

a veces puede durar ocho, diez horas, frente al computador. Es para que las ideas no se me escapen. Es que ya cogí el ritmo. Es para mantener el tono. En realidad, aunque Emilia no lo sabe, lo que esas horas le dan es aire y fuego. Oxígeno para que haya compustión en su vida marchita (p. 36).

En la incondicionalidad perenne de su madre, en su incapacidad de rebeldía, Emilia creía reconocer un mandato transmitido de abuela en abuela. También su madre las instaba a ella y a su hermana a la sumisión (p. 38). 

esa extraña capacidad que tienen tantos hombres de erigirse como patrones o patriarcas mientras se comportan, sin aparente contradicción, como hijos incapaces (p. 39). 

Envejecer es reununciar. Dejar atrás. Desinteresarse (p. 57).

La amistad con ella es como recorrer desde la ventanilla de un tren un país desconocido, de paisajes siempre distintos y atrayentes (p. 60).

Sólo el tiempo es capaz de señalar la rotundidad del fracaso (p. 80).

El dulce placer de procastinar (p. 81).

Como siempre que está por salir de esos paréntesis que son sus viajes, una nostalgia prematura se mezcla con el deseo de volver (p. 116).


Qué hacer con estos pedazos
Piedad Bonnett
Editorial Alfaguara
Bogotá
Noviembre de 2001
168 páginas

jueves, 19 de enero de 2023

Los peces miran a Dios, de Jorge Eduardo Vélez Arango

El pasado 7 de enero de 2023 falleció en Manizales Jorge Eduardo Vélez Arango (1943), autor de al menos 5 novelas, 3 libros de cuento, otros 3 de ensayo, 3 de poesía y otros cinco libros que él catalogaba como "otros", y que corresponden a fábulas, testimonios y aforismos.

Jorge Eduardo Vélez Arango era nieto del escritor Rafael Arango Villegas y se casó con  Isabelita Jaramillo Pineda, pintora, librera y promotora de la Feria del Libro de Manizales, que en los últimos años del siglo XX y comienzos del XXI se celebraba en Expoferias. Del matrimonio nacieron dos hijas, Alejandra y Mariana. Alejandra, la mayor, falleció de leucemia siendo aún adolescente.

Todos estos datos biográficos, así como su experiencia como tallerista literario en la Clínica Siquiátrica San Juan de Dios de Manizales, son relevantes para leer "Los peces miran a Dios", un breve libro que incluye 9 cuentos cortos en los que se mezclan vivencias reales del autor (su alcoholismo, la enfermedad de su hija, su vida en Francia) con ficciones que recrea en espacios que van desde la Catedral de Manizales y la Plaza de Bolívar hasta Miami, El Escorial, en España, París y Roma.

"Normandía", uno de los relatos incluidos en este volumen, plantea una ucronía interesante: Hitler no se suicidó y tampoco fue culpable: fue obligado a matar judíos y sobrevive escondido en el sótano de la Catedral de Manizales. 

El libro trae al comienzo una especie de ensayo o testimonio en donde el autor explica el origen de cada cuento y el por qué los escribió.

Se trata de cuentos desiguales, irregulares, en los que hay bastante de catarsis y elaboración del duelo, pero también se fija una imagen de Manizales que es interesante para el lector contemporáneo, y la incursión en la ciencia ficción con "Normandía", resulta novedosa.

Los cuentos incluidos en este volumen son:
Tristeza en El Escorial
La isla de la muerte
Flores para ti
El parricida
Envidia de amor
Normandía
La soledad de Dios
El vendedor de Biblias
Cita en Roma

Algunas frases

De la introducción: 
Imaginar es vencer la muerte diaria.

El acto de creación artística es un acto de soledad comunicada 

el escritor escribe en un momento dado, contra el no-ser para vencer el olvido, la muerte y la historia misma.

el artista tiene el privilegio de hacer estallar en su obra todas sus pasiones destructoras. La ficción es más verdadera que la historia porque aquella expresa lo que pudiese haber sido, lo cual es más amplio que lo que es. 

De "La isla de la muerte"
él lo que quiso imaginar fue que estaba muerto; eso lo deseó sentir para ver cómo era aquel estado de su muerte. Cuando lo imaginó, al instante se detuvo su corazón, su cuerpo quedó sin vida y él comenzó a ser milagrosamente feliz al mirar allá abajo, en la ciudad del mundo, sin tener ahora ya sufrimiento alguno (p. 17).

De "Normandía"
Hitler había sido obligado, bajo amenaza de muerte, a firmar las órdenes de ejecución de millones de judíos en los campos de concentración, tristemente célebres. Ellos, los clérigos, aseguraban que Hitler era inocente y tenían pruebas visibles de ello (p. 52).

De "Cita en Roma"
se sentía humillado por esas gentes a las que envidiaba y que hacían el amor con tanta facilidad por tener ellas más belleza física o más dinero (p. 75).

Los peces miran a Dios
Jorge Eduardo Vélez Arango
Talleres litográficos de Gráficas JES
Manizales, 1995
98 páginas

jueves, 20 de octubre de 2022

Nueve noches con Violeta del Río, de Leonardo Padura



En las pocas páginas de este libro Leonardo Padura logra mostrar el desgarro vital que implica en las vidas privadas la Revolución Cubana: el narrador, un joven de pueblo que acaba de llegar a La Habana para estudiar, escucha en un bar a Violeta del Río, una cantante de boleros con la que se obsesiona. La mujer parece inaccesible, pero contra todo pronóstico él logra abordarla y vivir nueve noches con ella. El desenlace es el de tantos romances y familias en el marco de la Revolución.

La anécdota del cuento parece sencilla, pero la maestría de Padura es magistral: logra trasladar al lector a La Habana, el calor, el ambiente político y la imposibilidad del reencuentro. El desenlace resulta particularmente poético: el recuerdo emocionado contrasta con la realidad y el  inevitable paso del tiempo,que se siente como un enorme peso. 

El cuento tiene un elemento muy valioso: incorpora pasajes de los boleros que canta Victoria del Río: "Me recordarás, de Frank Domínguez; "Vete de mí", de Virgilio y Homero Expósito, y "La vida es un sueño", de Arsenio Rodríguez.

Nueve noches con Violeta del Río
Leonardo Padura (ilustraciones de Edu Molina)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2022
31 páginas


jueves, 3 de febrero de 2022

La conmoción de los encuentros, de Marcela Villegas

Leí una reseña sobre La conmoción de los encuentros que clasifica este libro como una colección de relatos. No estoy segura de que sea una etiqueta precisa, pero tampoco estoy segura de lo contrario: el libro trae una tabla de contenido con 10 títulos, como los libros de cuentos, y todos estos relatos podrían tener vida independiente. Pero en conjunto, que es como están presentados, narran de forma cronológica la historia de una familia desde la voz de la mamá. Así, más que 10  relatos, las 10 partes pueden entenderse como capítulos de un único relato.

La familia está compuesta por Laura Echeverri, quien narra en primera persona, su esposo Daniel y sus hijos Martín y Luciana. Una familia colombiana que vive en California durante la primera parte del libro y luego en Miami, durante la otra media mitad. Una familia que se parece mucho a la de la autora, manizaleña radicada en Miami, aunque la cantidad mayor o menor de biografía o de ficción que hay en su texto resulta irrelevante: se trata de una obra autosuficiente, que se explica en sí misma con solidez y con ternura. 

La migración, la adaptación de los latinos al entorno gringo, los prejuicios y las renuncias son algunos de los temas que atraviesan esta novela. Los otros están relacionados con la maternidad (lo que cuesta ser madre, los juicios a la madre, lo que se espera de una buena madre) y el cáncer que se lanza como una bomba atómica inesperada en medio de un relato que iba de otra cosa, de la misma manera en que la noticia del cáncer irrumpe sobre una vida que tenía otros planes. O como la muerte, que es el otro tema que sutilmente atraviesa por casi todos estos textos.

Esa voz amorosa, con frases cuidadas y con escenas nítidas que aparece en Camposanto, la primera novela de Marcela Villegas, regresa a La conmoción de los encuentros con una prosa desnuda, desprovista de adjetivos o descripciones exahustivas. Marcela Villegas perfila sus personajes e historias a partir de detalles que iluminan cada párrafo, con precisión y sin sentimentalismo. Cada capítulo (o relato) incluye tensión entre el mundo de adentro y el mundo de afuera: entre la vida doméstica y el entorno político, social o ambiental, que transforma las vidas privadas e impacta la cotidianidad de sus protagonistas. Uno de los méritos de esta obra consiste en que la autora logra identificar la belleza en pequeñas minucias de la vida cotidiana. 

Algunas frases

De "Grupo de juego":
Éramos expertas en esquivar temas que pudieran traer conflictos: no hablábamos de política, raza o religió o de cuánto ganaban nuestros maridos. También evitábamos opinar sobre los modos de crianza de las demás (p. 17).

A veces hablábamos de lo pobre que se había vuelto el sexo después de la llegada de los hijos o de cómo lo que éramos se disolvía para poder cumplir con las exigencias sin fin de los niños y nuestras propias expectativas sobre la crianza (p. 17).

De "Perritos de pradera":
Tal vez, pensé, eso era lo que buscaba: la blandura tibia que a veces tiene lo doméstico (p. 37). 

A diferencia de las mujeres, los hombres tienen la capacidad de ser muy amigos sin hablar de sus vidas íntimas (p. 40). 

De "Parto":
Me enfurecía que fuera casi imposible encontrar un tono verosímil para expresar el dolor cuando se es mujer (p. 45).

Me sentí culpable por traer hijos a este mundo que ardía, o se derrumbaba, o estallaba, o masticaba gente, culpable por obedecer los mandatos ciegos de mi biología y reproducirme (p. 50). 

De "En todas partes y en ninguna"
Siempre llega el día en el que termina la mudanza y se empieza a vivir el nuevo orden (p. 54). 

La muerte era esa contrariedad menor que estaba próxima a sucederles (p. 63).

La muerte era una ocurrencia afortunada si llegaba para salvarlos de la demencia senil o las secuelas de la apoplejía; de convertirse en "viejos viejos" así decían, en viejos invisibles languideciendo en un asilo (p. 63). 

No sabía eu escribía poemas.
No escribo poemas; esto es un ejercicio.
Todo lo que uno escribe es un ejercicio, querid a (p. 66). 

De "Peregrinaje"
Hay lugares que solo pueden disfrutarse si se está borracho (p. 73).

Estábamos en ese momento, común a todas las vacaciones en familia, en que la armonía pende de un hilo y es mejor cuidarse de no romperlo (p. 74).

De "Invasiones"
Mi marido, que tiene el don de morirse cada noche, roncaba impávido (p. 77).

La reina de los bandidos
Luego me enfermé. El diagnóstico, que recibí sin haber experimentado un solo síntoma, fue cáncer de ovarios avanzado. Me sometí a varias cirugías y numerosos ciclos de quimioterapias sabiendo que las probabilidades de sanarme eran, en el mejor de los casos, modestas. Durante meses perdí de vista casi todo: solo podía quedarme en la cama, con los ojos cerrados y sin dormir, sintiendo mi cuerpo devastado, reducido a tres cuartos de su peso (p. 95).



La conmoción de los encuentros
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Marzo de 2021
110 páginas 

martes, 16 de enero de 2018

Tiempo muerto, de Margarita García Robayo

Tiempo muerto, la última novela corta de Margarita García Robayo, tiene pocos personajes y la autora logra que todos, en algún momento, nos caigan mal: Pablo, el esposo infiel y pusilánime; Lucía, la esposa fría y dura; los papás de ella, pedorros y ordinarios; Cindy la empleada, llenadora y bullosa; Rosa y Tomás, los hijos... hasta los niños, tan idealizados en toda la literatura, por no decir en toda la historia, aparecen acá como inoportunos, o cansones. Niños que viven pegados a las pantallas para que no estorben.


Cada línea de esta novela parece construida con escalpelo: es precisa en los cortes que produce. No es amable, no es condescendiente, no es dulce. La vida tampoco lo es y en particular las relaciones de pareja pueden llegar a niveles de crueldad inesperados en personas que se supone que son buenas, que se quieren. El matrimonio logra sacar también lo peor de cada cual y de eso se encarga esta novela: de narrar el derrumbe de una relación que viene rota de tiempo atrás.

Es una obra sobre el fin del matrimonio, pero también sobre la inmigración. La protagonizan unos colombianos que viven en New Haven, son vecinos de unos argentinos y Lucía, el eje del relato, parte de vacaciones con sus hijos a Miami en donde la atiende Cindy, una gringa de origen cubano. Toda esa mezcla de desarraigo y adaptación hace parte de la novela.

Así mismo es un relato sobre la maternidad: sobre el quiebre que producen los hijos en una pareja y también en las vidas individuales de los papás. "Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural", escribe la autora en una frase corta, que como todas las del libro, logra condensar en pocas líneas todo el drama de un desgarramiento que se vive con la aparente fortaleza de dos personajes que se niegan a llorar o a reflexionar sobre su fracaso. La vida es así. Punto. La vida tiene que seguir. Punto. Así son los personajes de esta novela contemporánea, que mezcla racismo, clasismo, arribismo y soledad en dosis pequeñas de ironía y sarcasmo, página tras página. Como quien administra veneno. 

Algunas frases
Estaba en crisis, era cierto, pero pensó Lucía y se llenó de furia: ¿quién no estaba en crisis?

Abría los ojos en la noche, sentía la turgencia en su barriga, el movimiento interno, y pensaba: mi cuerpo es una casa invadida por aliens.

Lucía era, con gran diferencia, la persona más inteligente que él conocía. Antes de parir era la persona más inteligente y más bondadosa que él conocía, y ahí estaba su falla, pero él no la vio, o no quiso verla: nadie podía ser las dos cosas en grado superlativo. La experiencia abundaba en casos de villanos brillantes y santos bobos.

Sus alumnos tenían la facultad de vaciarlo de criterio. De hacerle perder el entusiasmo por absolutamente todo. Y de convertir su mundo en un abismo.

Cuando mira a otras mujeres de su edad las ve viejas, porque lo son. Pero rara vez se piensa a sí misma dentro de ese conjunto.

pero un día te vas a dar cuenta de que un hombre sin raíces es un hombre muerto.

Lo raro no son las infidelidades. Lo verdaderamente raro es mirar al otro y preguntarse quién es, qué hace ahí, en qué momento le cambiaron tanto los rasgos de la cara. El desconocimiento es el saldo del tiempo acumulado, nadie puede decir con exactitud cuándo se planta la semilla. Empieza como un síntoma de desinterés, algo minúsculo que después se naturaliza y ambos dejan de preguntarse cómo es que siguen ahí, adobando la abulia frente al otro, asintiendo a lo que dice como un trámite: excediendo el período en el que aquello que decía te parecía interesante. O digno de ser escuchado. Hacía mucho que su relación estaba mal, pero hacía mucho también que había dejado de pensar en que debía hacer algo al respecto. 

A veces le parece que es otro el que habla por su boca. Ese otro, también, es el que escribe.

Eso tienen, aparte de hijos y ollas: asentamientos de tiempo muerto que ninguno se ha dignado a remover.

La espiaba con la intención de descubir si ella se habría arrepentido de tenerlos (a los niños). Era probable, pero tenía la decencia, y sobre todo, la piedad de no haberlo dicho nunca.

Hay cosas que elijo bien: las carteras, los duraznos; y otras que elijo mal: los maridos.

Lo mejor que hace por su familia es sembrarles en el estómago capas de colesterol.

prefiero cuatro millones de refrigeradores mal cerrados que la voz de mi marido o, peor, que el silencio de mi marido. Nada más ruidoso y violento que su silencio.

mantener los afectos es cuestión de disciplina.

es obvio que Cindy, como el resto del género humano, disfruta de la desgracia ajena porque la coloca mágicamente en un lugar de superioridad moral: estoy aquí para ayudarte.

una mujer inteligente jamás dejaría a un marido de tantos años. Preferiría una vida desgraciada pero cierta, a lo impredecible de la felicidad.

mucho menos de novelas realistas latinoamericanas que se escudan en dibujó comillas en el aire "la sugerencia estética" para esquivar la intención política. Yo me pregunto: si la intención es política, ¿por qué no hacerla explícita?, ¿por qué fingir que te caíste en ella accidentalmente, como en una alcantarilla destapada?

Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural. 

la patria es eso que se muda contigo.

conversar con Lucía se ha vuelto eso: ir tanteando, virando el timón, pisando huevos. Buscar la reacción menos explosiva.

El mal gusto para la ropa es el último rasgo de pobreza que se va.

Era un tipo formado, pero tarde, cuando ya los vicios de crianza se le habían hecho costra dura en el cerebro.


Tiempo muerto
Margarita García Robayo
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2017
151 páginas