martes, 16 de enero de 2018

Tiempo muerto, de Margarita García Robayo

Tiempo muerto, la última novela corta de Margarita García Robayo, tiene pocos personajes y la autora logra que todos, en algún momento, nos caigan mal: Pablo, el esposo infiel y pusilánime; Lucía, la esposa fría y dura; los papás de ella, pedorros y ordinarios; Cindy la empleada, llenadora y bullosa; Rosa y Tomás, los hijos... hasta los niños, tan idealizados en toda la literatura, por no decir en toda la historia, aparecen acá como inoportunos, o cansones. Niños que viven pegados a las pantallas para que no estorben.


Cada línea de esta novela parece construida con escalpelo: es precisa en los cortes que produce. No es amable, no es condescendiente, no es dulce. La vida tampoco lo es y en particular las relaciones de pareja pueden llegar a niveles de crueldad inesperados en personas que se supone que son buenas, que se quieren. El matrimonio logra sacar también lo peor de cada cual y de eso se encarga esta novela: de narrar el derrumbe de una relación que viene rota de tiempo atrás.

Es una obra sobre el fin del matrimonio, pero también sobre la inmigración. La protagonizan unos colombianos que viven en New Haven, son vecinos de unos argentinos y Lucía, el eje del relato, parte de vacaciones con sus hijos a Miami en donde la atiende Cindy, una gringa de origen cubano. Toda esa mezcla de desarraigo y adaptación hace parte de la novela.

Así mismo es un relato sobre la maternidad: sobre el quiebre que producen los hijos en una pareja y también en las vidas individuales de los papás. "Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural", escribe la autora en una frase corta, que como todas las del libro, logra condensar en pocas líneas todo el drama de un desgarramiento que se vive con la aparente fortaleza de dos personajes que se niegan a llorar o a reflexionar sobre su fracaso. La vida es así. Punto. La vida tiene que seguir. Punto. Así son los personajes de esta novela contemporánea, que mezcla racismo, clasismo, arribismo y soledad en dosis pequeñas de ironía y sarcasmo, página tras página. Como quien administra veneno. 

Algunas frases
Estaba en crisis, era cierto, pero pensó Lucía y se llenó de furia: ¿quién no estaba en crisis?

Abría los ojos en la noche, sentía la turgencia en su barriga, el movimiento interno, y pensaba: mi cuerpo es una casa invadida por aliens.

Lucía era, con gran diferencia, la persona más inteligente que él conocía. Antes de parir era la persona más inteligente y más bondadosa que él conocía, y ahí estaba su falla, pero él no la vio, o no quiso verla: nadie podía ser las dos cosas en grado superlativo. La experiencia abundaba en casos de villanos brillantes y santos bobos.

Sus alumnos tenían la facultad de vaciarlo de criterio. De hacerle perder el entusiasmo por absolutamente todo. Y de convertir su mundo en un abismo.

Cuando mira a otras mujeres de su edad las ve viejas, porque lo son. Pero rara vez se piensa a sí misma dentro de ese conjunto.

pero un día te vas a dar cuenta de que un hombre sin raíces es un hombre muerto.

Lo raro no son las infidelidades. Lo verdaderamente raro es mirar al otro y preguntarse quién es, qué hace ahí, en qué momento le cambiaron tanto los rasgos de la cara. El desconocimiento es el saldo del tiempo acumulado, nadie puede decir con exactitud cuándo se planta la semilla. Empieza como un síntoma de desinterés, algo minúsculo que después se naturaliza y ambos dejan de preguntarse cómo es que siguen ahí, adobando la abulia frente al otro, asintiendo a lo que dice como un trámite: excediendo el período en el que aquello que decía te parecía interesante. O digno de ser escuchado. Hacía mucho que su relación estaba mal, pero hacía mucho también que había dejado de pensar en que debía hacer algo al respecto. 

A veces le parece que es otro el que habla por su boca. Ese otro, también, es el que escribe.

Eso tienen, aparte de hijos y ollas: asentamientos de tiempo muerto que ninguno se ha dignado a remover.

La espiaba con la intención de descubir si ella se habría arrepentido de tenerlos (a los niños). Era probable, pero tenía la decencia, y sobre todo, la piedad de no haberlo dicho nunca.

Hay cosas que elijo bien: las carteras, los duraznos; y otras que elijo mal: los maridos.

Lo mejor que hace por su familia es sembrarles en el estómago capas de colesterol.

prefiero cuatro millones de refrigeradores mal cerrados que la voz de mi marido o, peor, que el silencio de mi marido. Nada más ruidoso y violento que su silencio.

mantener los afectos es cuestión de disciplina.

es obvio que Cindy, como el resto del género humano, disfruta de la desgracia ajena porque la coloca mágicamente en un lugar de superioridad moral: estoy aquí para ayudarte.

una mujer inteligente jamás dejaría a un marido de tantos años. Preferiría una vida desgraciada pero cierta, a lo impredecible de la felicidad.

mucho menos de novelas realistas latinoamericanas que se escudan en dibujó comillas en el aire "la sugerencia estética" para esquivar la intención política. Yo me pregunto: si la intención es política, ¿por qué no hacerla explícita?, ¿por qué fingir que te caíste en ella accidentalmente, como en una alcantarilla destapada?

Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural. 

la patria es eso que se muda contigo.

conversar con Lucía se ha vuelto eso: ir tanteando, virando el timón, pisando huevos. Buscar la reacción menos explosiva.

El mal gusto para la ropa es el último rasgo de pobreza que se va.

Era un tipo formado, pero tarde, cuando ya los vicios de crianza se le habían hecho costra dura en el cerebro.


Tiempo muerto
Margarita García Robayo
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2017
151 páginas

Soñamos que vendrían por el mar, de Juan Diego Mejía

Al comienzo de Soñamos que vendrían por el mar Juan Diego Mejía escribe la siguiente advertencia: "Quienes crean verse en estas páginas olvídenlo, todo es pura ficción". Puede ser un guiño para sus amigos, o para la gente de Medellín que vivió la movida política y teatral de los años 70 y 80. Sin embargo, para un lector ajeno a la realidad local en esa época, es difícil creer que todo lo que se lee es pura ficción: hay tantos detalles, tan minuciosamente contados, que resulta inevitable concluir que esta novela tiene un trasfondo autobiográfico concreto.

Soñamos que vendrían por el mar es la historia de un entusiasmo. Es prima hermana de la novela de Laura Restrepo, que narra el entusiasmo de hacer la revolución y conquistar el poder, que embriagó a muchos universitarios en los años 70. Juan Diego Mejía, el autor, fue uno de ellos. Salió de Medellín para convertirse en militante en Zona Bananera, en Magdalena. Esa geografía y esa experiencia nutren la mitad de la historia de Pável Vlasov, el protagonista de este libro, un joven estudiante de arquitectura que se dedica al teatro y abandona Medellín para irse de guerrillero. El teatrero Pável, que toma su nombre de un papel que interpretó en La madre, de Gorki, está inspirado en Rodrigo Saldarriaga, creador y director del Pequeño Teatro de Medellín, y líder del Polo Democrático en sus últimos años, según contó Juan Diego en una entrevista.


Así las cosas, Soñamos que vendrían por el mar podría leerse como la fusión de apartes de dos biografías: la de Juan Diego Mejía y la de Rodrigo Saldarriaga, en el personaje de Pável Vlasov. Sin embargo esa lectura resulta reduccionista frente a una obra que propone un abordaje literario particular del conflicto armado colombiano, contado desde un punto de vista poco frecuente en la narrativa colombiana: el testimonio del guerrillero, del combatiente, aunque decir combatiente en el caso de Pável resulta inexacto porque combates no hay: los guerrilleros de esta novela obedecen al título de la obra de Alvaro Cepeda Samudio Todos estábamos a la espera. La revolución acá es imaginaria, es lo que esperan que ocurra y que, como lo narra el libro con delicadeza, lentamente se descubre que no va a pasar. Cuando los sandinistas se toman el poder en Nicaragua Pável ve la noticia en televisión y concluye que Colombia todavía está muy lejos de algo parecido. La ilusión y el entusiasmo trasmutan en desesperanza o cansancio.

La novela ocurre en dos escenarios: Medellín y Zona Bananera y el contraste entre la época del relato (1978-1983) y la época actual es evidente. En Zona Bananera pocas cosas han cambiado, la gente sigue siendo pobre, sigue careciendo de lo más elemental. En Medellín, en cambio, permanecen algunos referentes puntuales como la cafetería Versalles, pero muchos otros de los espacios narrados ya no existen. La novela es la reconstrucción de un territorio ido. 

Pável el protagonista es un actor y director de teatro y ese rol resulta particularmente interesante en la trama, no solo por la cantidad de obras que su grupo, El Nuevo Teatro, monta a lo largo de la novela, y que revelan matices del personaje y la historia, sino también porque la novela narra la militancia política de teatreros y artistas, a finales de los 70, y plantea el debate entre el arte comprometido y el arte por el arte. Que Pável al final, regrese al teatro, evidencia la postura del autor frente a este tema.

Los lectores habituales de Juan Diego Mejía encontrarán en este libro ese tono pausado que caracteriza su obra. Esperar, desgranar los días, entender que lo importante es la rutina, lo que está ocurriendo hoy, así parezca mínimo, parece ser una apuesta común entre este y otros libros de Mejía, como El cine era mejor que la vida. Así mismo su cuento Esperando a Agustín, con el que ganó en 1982 el primero Concurso Nacional de Cuento de la Gobernación del Quindío, aparece reescrito en esta novela sutil, hermosa y necesaria.

Algunas frases:
Uno va definiendo su ideología de tanto oír hablar a los de las distintas corrientes. También juegan las simpatías personales.

El que piensa mucho se enreda mucho.

La vida  le va tendiendo trampas a uno.

"pero que sean obras que le sirvan al pueblo". "Este sí es bobo", pensé, y estuve a punto de decirlo. Todas las buenas obras le deben servir al pueblo, ¿o es que el pueblo no está formado por seres humanos?

Los pasajeros de los aviones que volaban muy alto sobre esa región nunca sabrían lo que era vivir abajo, en un pueblo. 

¿Vos creés en esas brujerías, pelao?
Compañero, a las masas hay que creerles.
Pero vos sos un marxista.
Bueno, digo, pero que las hay las hay.

Aprendí a tomar el café sin azúcar, a dormir sin cobijas y a andar bajo la lluvia, como una forma de prepararme para lo que vendría tarde o temprano.

Alguno de los que hablaron, junto a las mismas palabras de todos, al lado de "clase obrera", "imperialismo yanqui", "oligarquía colombiana", pronunció la palabra alondra. Fue una especie de abracadabra en medio del aguacero. "El canto de la alondra volverá a escucharse en Colombia", algo así dijo. "Le creo a este", pensé. Así sí me gusta la revolución, con imágenes. 

Se trataba de no quedarnos al margen de la fiesta. Sería imperdonable llegar a viejos y morir de aburrición tomando leche tibia en la cama.

A veces veía el proyectil que venía en el aire directo a mi frente. Abría un hueco en el hueso, entraba en el cerebro y cuando estaba bien adentro, en el lugar donde se mueven las ideas y descansan los recuerdos, explotaba como un Big Bang que creaba un nuevo universo.  El resto de mis órganos morían de a uno como un dominó que iba cayendo, hasta cuando quedaba quieto, en silencio, a oscuras, en paz. 

lo mismo que las mujeres humildes. Son dulces cuando no hablan de política. Son buenas amigas. Saben que a tipos como yo nos da pánico la soledad de los domingos por la tarde.

—Despréndase de esa culpas —me djio— La vida es sencilla.

no ambicionaba nada. Le gustaba viajar sin pensar. Irse lejos. No volver sobre los pasos andados.

un proyecto es un paso antes de la realidad.

era un viejo de esos duros que viven hasta los cien años porque se alimentan con aguardiente, con mentiras y con plata.

se acuestan al sol, se emborrachan, compran baratijas de contrabando, regresan sin un peso a sus casas con el consuelo de unas fotografías como testimonio de que un día fueron felices.


Soñamos que vendrían por el mar
Juan Diego Mejía
Alfaguara
Bogotá, 2016
272 páginas

lunes, 13 de noviembre de 2017

La perra, de Pilar Quintana


En La perra ninguna palabra sobra. 108 páginas le bastan a Pilar Quintana para recrear un universo sobrecogedor, en el que el paisaje tiene directa relación con la historia: la selva y el Océano Pacífico se ven hermosos pero son traicioneros. En las playas se bañan turistas pero en sus aguas se ahoga la gente y las tormentas torrenciales, que se ven bonitas en la lejanía, se cuelan entre los techos de las casas y causan inundaciones. Así es La perra: cualquier armonía se puede romper. 

La novela se ubica en Juanchaco, a una hora en lancha de Buenaventura. Damaris vive con su esposo Rogelio en un humilde rancho. La gente ya dejó de preguntar "para cuándo los bebés". Damaris quería ponerle Chirli a su hija, pero como no se pudo bautiza así a una cachorra que le regalan. Damaris hace trabaja haciendo oficio y Rogelio es pescador. A veces se va la luz, a veces no tienen cómo pagarle al tendero lo que les ha fiado. Hay múltiples violencias que han sido naturalizadas y hacen parte de la vida cotidiana. La escasez en la que viven contrasta con la exuberante naturaleza que los rodea: selva, mar, toneladas de pescado, animales de todo tipo.

Dice Hemingway en su teoría del iceberg, que todo relato refleja sólo una parte muy pequeña de la historia. Lo que soporta el texto está sumergido y le corresponde al lector encontrarlo, interpretarlo. La perra no es una historia críptica o confusa. Al contrario, es clara, directa y fuerte, pero todo el tiempo invita al lector a entender lo que no se cuenta o apenas se esboza y eso le da a la novela un aura de misterio y tensión creciente. El texto es perturbador.

En La perra los personajes se transforman. No hay buenos ni malos. Hay gente corriente con la que el lector empatiza en unas páginas y más adelante ya no, o viceversa. Que la escritora logre esto con tan pocos diálogos y digresiones me parece un trabajo maestro: son las acciones cotidianas de los personajes las que revelan los rasgos ambiguos y densos de sus personalidades. 

Buena parte de la literatura contemporánea refleja la urbanización de la población. Hoy casi el 80% de la gente vive en ciudades y muchos cuentos y novelas que se publican hoy narran historias que se ubican en centros urbanos. La perra es un relato contemporáneo (sus personajes usan celular, ven televisión), que ocurre en una región muy poco contada por la literatura colombiana: la selva del Pacífico. Ese entorno selvático es distinto al paisaje que hace un siglo narró José Eustasio Rivera en La vorágine, pero así como a Arturo Cova y Alicia se los tragó la selva, en La perra la naturaleza no es mero decorado. Puede ser, como lo dice la autora, el lugar más terrible.


Algunas frases:
"Él quería comprarse un nuevo trasmallo y un equipo de sonido grande con cuatro parlantes, pero Damaris llevaba un tiempo pensando cómo decirle que ella no había dejado de desear un hijo".

"Quiso huir, perderse, no decirle nada a nadie y que la selva se la tragara. Empezó a correr, se tropezó, cayó, se levantó y volvió a correr".

"No había viento. Las hojas de los árboles se habían quedado quietas y lo único que se oía era el mar. A Damaris le pareció que el tiempo se estiraba y que ella estaría ahí hasta hacerse adulta y luego vieja".

"La única ciudad que conocía era Buenaventura, que quedaba a una hora en lancha y no tenía grandes edificios. Tampoco conocía el frío de las montañas, pero por lo que veía en televisión y decía la gente, se figuraba que Bogotá debía ser como la oficina de Telecom luego de una semana de lluvia: un lugar oscuro, con ecos y que olía a humedad como las cuevas".

"Damaris pensó que seguro querrían mucho a la chachorra, pues ellos tampoco tenían hijos, y se preguntó si sería eso lo que los mantenía unidos".

"Así que eso era matar. Damaris pensó que no era difícil ni tomaba demasiado tiempo".


La perra
Pilar Quintana
Random House Mondadori
Bogotá, 2017
108 páginas

martes, 17 de octubre de 2017

Hasta que pase un huracán, de Margarita García Robayo

El escritor Héctor Abad Faciolince ha dicho que Medellín se mira mucho su propio ombligo entre otras cosas porque es una ciudad rodeada de montañas. Cuando los paisas divisan el horizonte, el más allá queda a pocos kilómetros y eso explica en parte, según él, esa tendencia tan propia de la gente de Medellín de creer que es mejor que todas las demás. Su ojo no está acostumbrado a mirar lejos.

Si se acepta esta hipótesis de Héctor Abad, entonces lo contrario ocurre en una ciudad costera: si se vive a orillas del mar la mirada se pierde en el horizonte y el permanente flujo de barcos invita a explorar otros mundos en donde la vida puede ser mejor.

Esa ilusión mueve a la protagonista sin nombre de Hasta que pase un huracán, una novela corta de Margarita García Robayo. La ciudad del relato no se nombra pero es posible identificarla como Cartagena, el sitio en el que nació la autora. Allí crece una chica de clase media que tampoco se nombra, que se ve a sí misma como pobre y que anhela con todas sus fuerzas vivir en Estados Unidos. Su hermano quiere lo mismo y su plan es casarse con una gringa. El de ella es convertirse en azafata y que alguien la embarace.

La vida consiste en eso: en soñar una vida distinta. Los días de la narradora se desgranan entre el tedio y pequeñas violencias normalizadas que no escandalizan a nadie, esperando que algún día pase algo. Y cuando pasa algo ella espera que pase algo distinto, algo más. Y en ese cúmulo de sueños minúsculos la protagonista crece, estudia, se empareja (es difícil decir que se enamora), trabaja y llena sus días de aburrimiento e insatisfacción, esperando el momento en que pase un huracán. 


Quizás haya quien catalogue a Hasta que pase un huracán como una novela feminista. Si el feminismo es la reivindicación del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio destino entonces lo es. Pero no se trata de una diatriba sino de un relato sutil, que no necesita la fuerza de un huracán para expresar claramente el desasosiego que plantea: le basta la suave brisa de la playa para lograr su cometido poético y político.


Algunas frases
A mi me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera.

Si yo fuera rica no me querría ir, los ricos pueden vivir bien en cualquier parte.

La estética latinoamericana es la estética del cliché.

se pegará a mi espalda, me abrazará por la cintura y me dirá al oído: algún día saldremos de acá. Y yo: acá nos quedaremos hasta que pase un huracán.


Hasta que pase un huracán
Margarita García Robayo
Editorial Laguna Libros
Bogotá, enero de 2015 (primera edición en Editorial Tamarisco, Buenos Aires, 2012).
67 páginas

sábado, 9 de septiembre de 2017

24 señales para descubrir a un alien, de Juliana Muñoz Toro

¿Es El Principito un libro para niños? o ¿Es un libro para adultos protagonizado por un niño? La primera vez que leí El Principito estaba en el colegio. Me obligaron a leerlo y no me gustó. Tenía ilustraciones que aún recuerdo pero el texto me pareció confuso, largo, aburrido. No entendí. No hay mucha aventura en conversarle a una rosa... Pero años después volví a leerlo y pude disfrutarlo a plenitud y comprender por qué sigue vigente después de tanto tiempo.

Creo que pasa algo parecido con 24 señales para descubrir a un alien, una corta novela escrita por la periodista bogotana Juliana Muñoz Toro e ilustrado por Elizabeth Builes. La portada del libro trae el dibujo de un niño que al avanzar en la lectura descubrimos que se llama Benjamín. También se ve una gallina, de la que luego sabremos su nombre: Pascuala.

Ben es el narrador de esta breve novela, estructurada en 24 capítulos cortos. Cada uno se dedica a narrar una señal para descubrir un alien. Ben cree que su papá es un alien y está rastreando pistas para descubrirlo. 

Pero la búsqueda de Ben es un viaje para el lector: a su propia infancia, a su relación con sus padres y a su propio rol como padre o madre. Una historia sencilla, elemental, en la que se intuyen referencias muy personales de la autora sobre su propia experiencia vital, que revela la enorme distancia que hay en la comunicación y en los intereses entre padres e hijos. Una relación construida con un amor intenso, aunque a veces no se entiende así.

Compré 24 señales para descubrir a un alien para leérselo por las noches a mi hija de 5 años antes de apagar la luz. Cada noche leímos un capítulo. Algunos los disfrutó, en algunos se emocionó, en otros se aburrió y en varios se durmió. Cada vez que llegamos a una página con ilustraciones fue como alcanzar un oasis. Al comienzo quiso que todas las noches volviéramos a empezar desde el principio así que el primer capítulo lo leímos numerosas veces... y el segundo también. Pero luego accedió a retomar la lectura en donde la habíamos dejado la última vez, aunque era muy poco lo que recordaba. Creo que un libro de 118 páginas es inapropiado o al menos un reto muy grande para un niño tan pequeño, que tiene períodos de concentración cortos. Quizás ella lo goce mejor cuando esté más grande. Yo en cambio lo disfruté: me sorprendió y me cuestionó. Que su protagonista tenga ocho años no significa que sea un libro para niños. Es una voz infantil que habla... y a los adultos a veces nos hace falta recordar esa voz y escucharla.


24 señales para descubrir a un alien
Juliana Muñoz Toro
Editorial Tragaluz
2017, Medellín
123 páginas


A Larissa no le gustaban los escargots, de Sergio Ocampo Madrid

Nueve cuentos variopintos conforman el libro A Larissa no le gustaban los escargots, publicado en el año 2009 por el antes periodista y ahora escritor antioqueño, Sergio Ocampo Madrid.

El único común denominador de todos los cuentos es su extensión. Se trata de cuentos largos, cada uno de 20 páginas o más. De resto, no hay un eje que conecte a los cuentos, que transcurren en diversas geografías y versan sobre muy distintas temáticas. O quizás sí hay un elemento recurrente: la soledad. Los protagonistas de varios de los cuentos no son personas solas sino personas que padecen la soledad. Gente que, a veces consciente y a veces no tanto, vive una vida que no encaja con el entorno.

A Sergio Ocampo se le nota que consulta el diccionario. Usa palabras precisas, algunas no muy comunes. El lenguaje es rico aunque a veces el tono suena macondiano.

Hay relatos ambientados en España, en Francia, el sur de Bogotá, en algún pueblo azotado por la violencia paramilitar, en Inglaterra, en la costa caribe colombiana. Algunos narran historias de mujeres, otros de hombres. Ocampo escribe sobre personas del estrato 1 y del 6. Hay una historia gay, una religiosa... El libro ofrece una mirada detallada, como una lupa, sobre distintas posibilidades de vida en la sociedad contemporánea. 

Algunas frases
Entendió entonces que los temores de un hombre provienen de sus esperanzas: cuando todo está perdido no hay lugar para el espanto.

Adquirieron un tono más pausado, como de gente de páramo, que siempre habla para que no la oigan.

La soledad es siempre una idea que exige la referencia obligada a los otros; si los demás no existen, o si no importan, que es una forma de no existir, la soledad tampoco existe.

pero se había quedado sola esperando la llamada del amor genuino, y este nunca llamó, o probablemente lo hizo, pero ella no estaba para contestar.

recordó sus días de polvos menesterosos y de compañías fugaces, y notó feliz que ahora su voracidad sexual se había vuelto desenfreno gastronómico.

mantenían una quietud como de burócrata cercano a la jubilación.

La disciplina no es tanto un valor social, como predicaban sus papás, sino una norma de supervivencia.


A Larissa no le gustaban los escargots
Sergio Ocampo Madrid
Editorial Norma, La otra orilla
2009, Bogotá
190 páginas

domingo, 20 de agosto de 2017

¿Sueñan los androides con alpacas eléctricas?, antología de ciencia ficción contemporánea latinoamericana

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es una novela corta que Philip K.Dick publicó en 1968 y se hizo mundialmente famosa por su adaptación al cine que hizo en 1982 Ridley Scott con el nombre de Blade Runner.

Antonio García Ángel, el editor de esta compilación, cambia ovejas por alpacas para situar los relatos en una geografía concreta: Latinoamérica. En apenas 101 páginas se reúnen 6 cuentos que permiten vislumbrar en qué está la literatura de ciencia ficción en América Latina en este comienzo de siglo.

Los autores seleccionados son Jorge Aristizábal Gáfaro, de Bogotá, con "La delación", un hilarante cuento que se debate entre los extraterrestres y la mamadera de gallo. En segundo lugar aparece el cubano Jorge Enrique Lage, con "Straigth", un cuento que trastoca lo excepcional para volverlo regla. El mexicano Bernardo Fernández presenta "Las últimas horas de los últimos días", una narración apocalíptica ubicada en el DF. El venezolano José Urriola participa con "La droga", un relato que mezcla el amor con la química, de manera literal. Pedro Mairal, de Argentina, plantea en "Recuerdo de 2030" una nueva versión del gran hermano. Por último el peruano Carlos Yushimito presenta en "Oz" a un autómata humanoide.

El prólogo de Antonio García Ángel presenta un breve resumen del estado actual de la ciencia ficción en América Latina, a manera de introducción, que bien vale la pena para los interesados en el tema.

El libro circuló gratuitamente en Bogotá, dentro de la iniciativa de "Libro al viento" que promueve la Alcaldía Mayor. La primera vez que oí de él fue por recomendación del escritor Miguel Ángel Manrique. Me costó conseguir un ejemplar: entre las muchas ediciones de Libro al Viento esta se volvió de culto por la buena calidad de la mayoría de sus relatos. Si lo ven por ahí, en una librería, biblioteca o biblioparque, no lo dejen ir. También se puede descargar gratuitamente en el siguiente enlace: http://www.idartes.gov.co/publicaciones/libro-al-viento/suenan-los-androides-con-alpacas-electricas

Algunas frases:
Straight, de Jorge Enrique Lage
"Adán y Eva están solos. Solos y desnudos. Se gustan, no lo pueden evitar. Olvídate de la manzana. En el mundo nunca habrá una fruta cuyo sabor sea capaz de competir con el sabor de las miradas que se cruzaron bajo los árboles del Paraíso".

"No voy a entrar en detalles; me los ahorro no porque me moleste la cara de asco que ustedes van a poner, sino porque los quiero conservar intactos (los detalles) y de sobra sé que la escritura puede partir en pedazos la memoria a golpes de teclado ansioso".

Las últimas horas de los últimos días, de Bernardo Fernández

"La vida no es tan cruel como dice Wok. No puede serlo. Tampoco es como lo que venden los gurús de la superación personal. No es cebolla cruda ni pastel de cerezas. Es agridulce como el amor. Dulce como el querer, agria como el dolor".

La droga, de José Urriola
Dejemos las hipocresías aparte. Para qué mierdas buscar estar bien si en el fondo somos autodestructivos y lo que nos gusta es estar mal. Somos unos saboteadores miserables que nos engañamos y nos tendemos trampas. Supuestamente buscamos estar mejor y bajo esa mentira nos lanzamos a vivir una vida que no nos gusta ni merecemos".

Oz, de Carlos Yushimito

"Hay una vaga jactancia en el ser humano que le hace imposible aceptar la derrota frente a cualquier artefacto. Perder contra un objeto es perder contra uno mismo y esa es, si se piensa, la derrota más difícil de asimilar para las personas".



¿Sueñan los androides con alpacas eléctricas?
Jorge Aristizábal Gáfaro, Jorge Enrique Lage, Bernardo Fernández, José Urriola, Pedro Mairal y Carlos Yushimito. Editor: Antonio García Ángel.
Instituto Distrital de las Artes, Idartes.
Bogotá
2012
101 páginas.

domingo, 13 de agosto de 2017

Los almuerzos, de Evelio Rosero

Los almuerzos es una novela corta publicada inicialmente por la Universidad de Antioquia en 2001 y reeditada en 2009 por Editorial Tusquets.

Es una novela corta y contenida. Corta por su brevedad (136 páginas) y contenida porque la trama se desarrolla con pocos personajes, en un único espacio y en el curso de una tarde, la noche y la mañana siguiente. Leyéndola se imagina uno su puesta en escena en una obra de teatro. 

La iglesia del Padre Juan Pablo Almida reparte almuerzos como obra de caridad: los lunes a la putas, los martes a los martes a los ciegos, los miércoles a los gamines, los jueves a los ancianos... una obra posible gracias al trabajo de las tres Lilias, que se encargan de cocinar grandes cantidades de comida, todos los días de la vida, y a Tancredo, el jorobado ayudante que sirve, limpia, recoge y reprime su miedo de convertirse en un animal.

El Padre Almida gana indulgencias con padrenuestros ajenos: el esfuerzo lo hacen sus ayudantes y gracias a ese trabajo el padre, con el apoyo del sacristán Celeste Machado recibe dinero de origen no muy claro que le da un benefactor. Un día el sacristán y el padre visitan a su benefactor y en reemplazo llega el padre Matamoros, quien con su mera presencia trastoca el orden establecido.

En la casa cural de la parroquia, contigua a la iglesia, viven el Padre Almida, el jorobado Tancredo, las tres Lilias, el sacristán Celeste y su sobrina Sabina. Entre esos pocos personajes y en el estrecho espacio de la iglesia y la casa cural transcurre la novela de Rosero, una obra en la que se cruzan odios, injusticias y tensiones, bajo el manto protector de la iglesia. 

La narrativa de Evelio Rosero tiene elementos carnavalescos, de acuerdo con la categoría utilizada por Mijail Bajtin. No se trata de la presencia manifiesta del carnaval, como ocurre en su obra La carroza de Bolívar, sino de la creación de una atmósfera bufa, ambivalente, en la que los personajes no son lo que aparentan ser y en donde se transgreden los moldes de la jerarquía social, empezando por el omnipresente poder de la Iglesia Católica, tan preocupada por los asuntos divinos y tan untada de las bajezas mundanas. 

Lolita Bosch escribió en Babelia, de El País, de España, que Los almuerzos es "un libro a puerta cerrada" que habla de "un mundo que podría no necesitar al lector. Quizás se deba al entorno religioso en el que todo sucede y a los extraños personajes que lo habitan, que convierten el entorno de la novela en un mundo voluntariosamente enrarecido. Un lugar que no podría ser el nuestro". Estoy de acuerdo: es una novela que se siente lejana, anacrónica y artificiosa. Pero quizás por eso mismo ha sido tan estudiada en los programas de literatura: porque tiene un mecanismo interno de perfecta relojería, al que no le sobra una sola línea o personaje. Es una obra construida de una manera deliberadamente racional para llegar hasta el desenlace que se empieza a plantear desde el comienzo. Una novela-artefacto en donde todas las piezas encajan.

Algunas frases:
Nada es peor que la vejez, nada más deplorable y digno de compasión.

La comida empieza por los ojos, los antojos están a los ojos, sólo hay que extender la mano y traerlos a la boca.

No hay pareja más feliz que un niño y un perro.

Toda la vida sirviendo sin otro horizonte que toda la vida sirviendo.


Los almuerzos
Evelio Rosero
Editorial Tusquets
2009 (primera edición: 2001)
México
136 páginas

lunes, 7 de agosto de 2017

Tácticas contra el tedio, de Mauricio Bernal

Santiago Buscáceres tiene 49 años, una esposa, dos hijos grandes, una hija recién nacida, un trabajo como profesor de colegio y una vida terriblemente tediosa: "la más sofisticada de sus expectativas tiene que ver con la elección de un lugar para pasar las siguientes vacaciones en familia".

Sin embargo, un golpe de suerte le da la oportunidad de cambiar esa monotonía. La forma en la que Santiago decide romper con su rutina es la nuez de esta segunda novela del periodista Mauricio Bernal Rodríguez, bogotano radicado desde hace más de una década en Barcelona.

La historia ocurre en un pequeño pueblo de más de 10.000 habitantes en un país que puede ser España o Colombia. No se precisa ni hace falta porque el tedio de la vida urbana contemporánea de una familia de clase media puede ser parecido en muchas ciudades. La maestría de Mauricio consiste, a mi modo de ver, en hacer una disección del tedio, del aburrimiento, sin aburrir al lector. Al contrario: la historia tiene giros inesperados y un humor negro, sarcástico, que hace de esta lectura una sorpresa agradable al tiempo que perturbadora. 

Levantarse, asearse, comer, trabajar, hablar, dormir. Actos repetidos día tras día durante todos los días. En eso consiste la vida de muchos. Vidas libres que parecen a una cárcel. Sobre eso reflexiona Mauricio Bernal en una novela que merecería más lectores y comentarios. 


Algunas frases:

recuerda que es domingo, el peor del día para descansar: nadie trabaja, nadie va al colegio, todos entran y salen y saludan y se despiden y consideran obligatorio entablar conversación, decirse lo que no tienen tiempo de decirse durante el resto de la semana.

una tregua que ha dado como resultado una convivencia en la que ambos hacen de morderse la lengua una práctica cotidiana. En su caso no ha supuesto un esfuerzo considerable; deja que el tiempo pase, que la rutina se agote, permite que los días se vayan acumulando y delega en el tiempo la responsabilidad de que algo venga a cambiarlo todo.

la más sofisticada de sus expectativas tiene que ver con la elección de un lugar para pasar las siguientes vacaciones en familia, y que sus pequeños destinos son un espejo en el que puede reflejarse el universo. Se da cuenta, por supuesto, de que su conciencia del mañana es ser conscientes de que el mañana no les depara nada distinto del presente. 

Un hijo, dos hijos, tres hijos: el tercero no cambia nada. Un padre de familia es un padre de familia, tenga los hijos que tenga.

por supuesto que estaba a favor del aborto, del derecho al aborto, del derecho a decidir, pero una cosa era formularlo y otra muy distinta ponerlo en práctica... con su hija. ¿Cuántos padres viven y mueren en la felicidad de la ignorancia, sin saber ni intuir que sus hijas pasaron alguna vez por una clínica de abortos?

En realidad no tuvo nunca ninguna idea, en realidad lo único que hizo fue obedecer el impulso simple de huir pensando que en la huida estaba la respuesta. Pero ahora tiene claro que se ha equivocado.

ahora no sólo sabe que escapar no es simplemente tomarse unas vacaciones sino que la más provechosa de las huidas es la transformación.

¿Anhelaba una vida distinta? La va a tener, su vida distinta, pero la va a tener aquí, en un mundo cerrado, sin posibilidades, sin ilusiones, en un mundo donde no hay que anhelar nada porque todo está escrito, pensado de antemano, donde lo único que se precisa es sumisión, incorporación a la rueda; dejarse llevar.

El ridículo sólo es posible cuando la mirada de censura del otro logra que nos sintamos incómodos.


Tácticas contra el tedio
Mauricio Bernal Rodríguez
Villegas Editores
Bogotá, 2008
287 páginas

lunes, 24 de julio de 2017

Kaputt, de Curzio Malaparte

Una característica fundamental de las obras maestras es que saben envejecer: con el paso de los años se añejan como el vino y no pierden vigencia. Como es una característica poco frecuente, es usual que de la avalancha de libros que se publican cada año sólo unos pocos sobreviven. Cuando ha pasado la efervescencia de la publicación reciente y el libro sigue siendo recomendable, vale la pena darle una mirada.

Creo que en esa categoría está Kaputt, de Curzio Malaparte: en la de obra maestra. El libro fue escrito entre 1941 y 1943 en plena Guerra Mundial, y sorprende que una obra de casi 75 años tenga una estructura narrativa tan moderna y un uso del lenguaje que en cada capítulo construye escenas, al estilo cinematográfico.

Kaputt no tiene propiamente una trama o lo que en los colegios llaman "personajes principales" y "personajes secundarios". El narrador es el propio Curzio Malaparte, un diplomático y periodista italiano, quien en su rol de corresponsal de guerra viaja por Finlandia, Suecia, Polonia, Ucrania, Rumania, Hungría, Alemania e Italia, entre otros países. Cada capítulo se centra en una geografía en particular que tiene como trasfondo la guerra pero como primer plano los diálogos, banquetes y chismes de los diplomáticos europeos: la trivialidad refuerza con mayor intensidad el drama del conflicto.

Kaputt no es un libro que merezca una síntesis. El libro no consiste en un argumento que se desarrolle de manera lineal a lo largo de 530 páginas. Consiste más bien en una sucesión de imágenes, terriblemente brutales y poéticas, que ayudan a dimensionar la guerra: la imagen de un lago congelado en Finlandia en el que sobresalen las cabezas de caballos muertos; la imagen de unas judías obligadas a prostituirse en Soroca, en donde atienden a 40 alemanes por día, durante 20 días, antes de ser fusiladas; la imagen de los soldados polacos a los que el frío les congeló los párpados y entonces no pueden cerrar los ojos; la imagen del alemán que no puede pescar a un salmón y para evitar la humillación entonces lo mata a bala.

El libro tiene apartes en inglés, francés, finés, italiano, alemán, polaco... pero no por ello es incomprensible. Al contrario, esa polifonía ayuda a entender la multiculturalidad europea en medio de una guerra que, como dice Malaparte en algún capítulo, no se sabe quién va a ganar pero en todo caso ya perdieron Polonia e Italia. Un libro lleno de ironía que ofrece detalles de la guerra desde adentro pero que, sobre todo, es una lección magistral de buena literatura.

Algunas frases:
Me pareció que carecía de cierto sense of humour, aunque, como todos los dictadores (Mosley no era más que un aspirante a dictador, aunque sin duda tenía, ay, madera de perfecto dictador; !y ya se sabe qué clase de madera es ésa!) no sospechaba ni de lejos que alguien pudiera mofarse de él. 

En Europa oriental, los pogromos se organizan y se ejecutan siempre con la connivencia de las autoridades oficiales. En los países de más allá del Danubio y los Cárpatos, la casualidad nunca forma parte del curso de los acontecimientos, no hay espacio para hechos fortuitos.

-Es muy probable que nos dirijamos hacia una Edad Media de color rosa salmón.
-cuál podría ser la función de los intelectuales en una nueva Edad Media. Apuesto a que aprovecharían la ocasión para intentar salvar una vez más la civilización europea.
-Los intelectuales son incorregibles.

El público de las corridas era fascista; el de los partidos de fútbol, marxista.

Ninguna voz humana, por doliente que sea, iguala a la de los perros a la hora de expresar el dolor universal. Ninguna música, ni siquiera la música más pura, logra expresar el dolor del mundo como la voz de los perros.

En alemán el sol es de género femenino: die sonne. No puede entenderse la historia del pueblo alemán sin tener en mente que e trata de la historia de un pueblo para el que el sol es de género femenino. (...) En alemán la palabra luna es de género masculino: der Mond. También esto es de vital importancia para entender la historia del pueblo alemán. 

Hasta ser un héroe, hasta combatir por la libertad, es una manera de prostituirse. 

Himmler en persona ha venido hasta aquí para intentar poner fin a esta epidemia de suicidios. Mandará arrestar a los muertos. Hará que los entierren con las manos atadas. Cree que con el terror logrará impedir los suicidios. Ignora que estar muerto es maravilloso. 

Los alemanes desnudos parecen increíblemente inofensivos. No ocultan secretos. no dan miedo. El secreto de su fuerza no está en su piel, sus huesos, su sangre, sino en el uniforme. 

El lenguaje tiene una gran importancia no solo para los escritores, sino también para los pueblos y los Estados. Las guerras, en cierto sentido, son errores de sintáxis. 

Curzio Malaparte
Kaputt
Galaxia Gutenberg
Barcelona, 2012 (primera edición 1944).
530 páginas