viernes, 18 de mayo de 2018

Distancia de rescate, de Samanta Schweblin

La distancia de rescate es el espacio que hay entre la madre y el hijo. Ambos están unidos por un hilo invisible que sale del estómago de la madre. A veces el hilo se alarga, permisiva y tranquilamente, cuando no hay peligros aparentes en el entorno, y se acorta hasta que la madre va de la mano del hijo, cuando es necesario que no se separen para poder cuidarlo.

Esa distancia de rescate que conocen (conocemos) todas las mamás es el punto de partida para esta novela corta (¿es una novela corta? parece más bien un cuento largo) en la que cuatro personajes construyen una atmósfera tensa, por momentos aterradora, por momentos fantástica y siempre perturbadora.

Hay dos mamás, Carla y Amanda, con sus dos hijos, David y Nina. Carla le alquila una finca a Amanda. Amanda viaja al campo argentino a pasar unas vacaciones con su hija Nina. Usa bikini, hay piscina, toman limonada. Carla vive cerca, con David, su esposo Omar y los caballos que él cría. Carla advierte a Amanda que no consuma el agua pues parece estar contaminada. Luego le cuenta algo que pasó con su hijo David, sobre una intoxicación, pero Amanda no ata cabos, no se concentra en lo importante.


El relato se construye a partir del diálogo entre Amanda y David. Amanda es la adulta, David es el niño, pero él es el que entiende lo que está ocurriendo y el que obliga a Amanda a mirar los detalles y concentrarse en lo importante. El diálogo ocurre en un espacio físico y temporal ambiguo. Pero a medida que avanza la conversación se descubren nuevos elementos para entender por qué David, Nina y Amanda se intoxican. En la mitad del libro Amanda lo describe: hay unos bidones, son muchos bidones, están a la vista de todos: químicos con fungicidas o glifosato para la soya, que todos ven y manipulan pero nadie conecta con las enfermedades que azotan a los habitantes de la región.

Más allá de la denuncia ecológica cifrada, el valor del relato está en la forma en la que el diálogo entre Amanda y David logra crear una siniestra tensión que obliga a avanzar en la lectura. Se trata de una narración rural, visual, cinematográfica y perturbadora.


Algunas frases
El punto exacto está en un detalle, hay que ser observador.

-Es que a veces no alcanzan todos los ojos, Amanda. No sé cómo no lo vi.

Lo llamo "distancia de rescate", así llamo a esa distancia variable que me separa de mi hija y me paso la mitad del día calculándola, aunque siempre arriesgo más de lo que debería.

El hilo invisible que nos une se estiraba otra vez, presente pero permisivo, dándonos a ratos cierta independencia.

"Tarde o temprano algo malo va a suceder", decía mi madre, "y cuando pase quiero tenerte cerca".


Distancia de rescate
Samanta Schweblin
Editorial Random House
2015
Barcelona
124 páginas

Donde habitan las palabras, de Eduardo Otálora Marulanda


En el "prólogo mínimo" de esta obra dice Octavio Escobar Giraldo que se trata de una novela que contiene muchas: puede ser leída en clave de comedia romántica, o de una reflexión sobre el mutismo, o una novela sobre la familia, o sobre la enajenación, o sobre los libros, o una novela experimental.

Todo eso logra Eduardo Otálora Marulanda en escasas 80 páginas, distribuidas en cuatro capítulos bien diferenciados en tono, lenguaje y forma. 

La novela gira en torno a Santiago Arana, desde su nacimiento hasta su fin. Santiago es silente, no mudo. No habla aunque puede hacerlo. Se comunica por escrito aunque realmente escribe para él mismo. Se enamora (todo amor es una obsesión) de Águeda, también silente; abandona su casa, vive en las calles, devora libros, escribe una novela que vende en los buses intermunicipales, luce como un perturbado mental. 

Esa podría ser la narración lineal pero la propuesta estética es más compleja: cada capítulo contiene al siguiente. El libro funciona como una especie de caja china y el narrador, que cobra protagonismo en el último capítulo, parece proponerle un juego al lector en el que lo que se lee puede ser la acción narrativa o simplemente una historia escrita por el protagonista.

Santiago en realidad es una herramienta, una excusa, para abordar el verdadero protagonista de la obra, que es el silencio: la ausencia de palabras. Eduardo Otálora plantea en su corta novela con prólogo mínimo una reflexión sobre las muchas palabras, el mucho ruido, la inutilidad de hablar demasiado. Su texto, aunque suene contradictorio, usa las palabras para reivindicar el silencio. 


Algunas frases
Hoy mi vida sería más sencilla, porque los escritores no escriben para cambiar el mundo, porque sus palabras no salvan ni quitan vidas, porque pueden ser irresponsables.

Cuando el amor anida en el silencio, las palabras sobran.

Para quienes sabemos escuchar, el silencio habla más que las palabras.

José me dijo una vez que el mejor espejo es la sombra. Decía que es un reflejo sin detalles.

"quien domina el lenguaje del enemigo domina también su forma de pensar".

La literatura es la tinta de la vida.

¿Cómo serán las bibliotecas sin luz? Las palabras que no se pueden leer son como mudas.

Comer es una costumbre que tendré que revisar, leer no me deja tiempo. Dormir también habría que pensarlo.

Entonces debo aceptar que ninguna palabra es inmortal, que el papel no es la tumba de las palabras.

José: escribir es abandonar el mundo
dudar de los hechos y no querer que en ellos
estén las respuestas. Escribir es declararse,
con toda honestidad, un mentiroso.

Así que el jefe de redacción tuvo las razones que necesitaba para degradarlo a lo más bajo de la cadena alimenticia del periodismo: reportero de variedades.

"10% inspiración 90% exudación", decía el pelmazo de Morábito. ¿Entonces cómo es que escriben los genios, "maestro" Morábito? ¿Se los imagina así como yo, sufriendo por una puta primera línea? La cosa debe ser más fácil, porque, de lo contrario, no habrían tantos escritores. ¿Quién se va a tomar todo ese trabajo porque sí? O es que de pronto hay muchos tontos en el mundo".

Regresa al escritorio y, antes de sentarse, mira ese diminuto cubículo en que lo han recluido. Levanta la cabeza y ve los demás: todos idénticos. "Gallinas ponedoras de noticias", piensa.


Donde habitan las palabras
Eduardo Otálora Marulanda
Editorial Universidad del Cauca
Popayán
2017
95 páginas


Las formas del odio, de Alonso Sánchez Baute

Nueve columnas escritas por Alonso Sánchez Baute entre octubre de 2017 y enero de 2018, y publicadas en la Revista Semana y el diario El Heraldo conforman este pequeño libro-folleto, que se complementa con una introducción del autor y una presentación de Anotnio Celia Martínez-Aparicio, presidente de Promigás y financiador del proyecto.

Las columnas, como bien lo señala el título de este volumen, se refieren a distintas formas del odio: la misoginia, la homofobia, la aporofobia (término acuñado por Adela Cortina para referirse al odio hacia los pobres), el racismo, el narcisismo, y en general esas formas que van más allá de la incomodidad o incomprensión por el otro y que hacen que los seres humanos se sientan con el derecho de agredir a los demás, con el lenguaje o los actos, reclamando para sí mismos un supuesto derecho a la libre expresión.

Se trata de columnas de opinión escritas en medio de la coyuntura de la elección del presidente de Colombia para el período 2018-2022, y algunas tienen referencias concretas a hechos noticiosos o personajes que en unos meses o años estarán en el olvido. Pero más allá de esos detalles puntuales, las reflexiones que ofrece Baute resultan pertinentes y oportunas en una sociedad dividida en bandos políticos, religiosos, sociales, económicos, que se ha acostumbrado a tratar a los otros, desde el lenguaje, como enemigos.

Algunas frases
(Según el DRAE) El odio es el deseo de hacer el mal a una persona, a una colectividad o a una cosa.

Esto es lo que hace el odio: explota las emociones del ciudadano de a pie.

El antónimo de odio no es amor, como comúnmente se piensa, sino empatía.

Si bien no todas las personas intolerantes odian, todos los que odian son intolerantes.

Se odia con descaro, lo que ha llevado a la idea de que "odiar está bien": está de moda, es como un "derecho a la libre expresión".

Hay la idea de que quien escupe con furia, y solo con furia, "tiene carácter".

"Entiendo y comparto tu dolor. Soy solidario con tu dolor, pero no con tu odio". Sé que no tengo que odiar lo que él odia.

Definió a los extremistas como aquellos que pretenden que el mundo se parezca a ellos, lo cual habla de la intolerancia que nace en el narcisismo. 

Como dijo Antonio Machado "de diez cabezas, nueve embisten y una piensa".

Lo que polariza al país no es el interés nacional, sino el narcisismo de esos pocos.

Colombia no ha enfrentado el mayor de sus demonios: la misoginia, de la cual el machismo es tan solo su principal síntoma.

Hay un odio, así sea oculto (...) miedo ancestral, profundo y denso hacia lo femenino.

En nuestro país lo que más indigna no es la corrupción, como podría esperarse, sino los temas asociados con la familia vistos con la lente deformada del fanatismo religioso.

La desconfianza es el primero síntoma de esa enfermedad que envenena el alma llamada odio.

"Tener carácter" es, aquí, sinónimo de gritos y amenazas, como aquella frase: "Le voy a dar en la jeta, marica".


Las formas del odio
Alonso Sánchez Baute
Rey Naranjo Editores
Bogotá 
2018
64 páginas

jueves, 17 de mayo de 2018

Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez

Con cinco capítulos, cada uno precedido por un verso del Purgatorio de Dante, construye Tomás Eloy Martínez su última novela, un ejercicio narrativo en el que la protagonista principal, Emilia Dupuy, se desvanece en las manos de su autor-escritor.

La novela cuenta el drama de Emilia, cartógrafa, hija de un militar argentino en la época de la dictadura. Emilia se casa con un colega, Simón, quien desaparece en Tucumán. Aunque algunas personas le indican que lo torturaron y lo asesinaron el mismo día de su desaparición, ella se niega a creerlo. Viaja a Brasil, Caracas y México siguiendo su rastro, y luego se radica en New Jersey en donde desarrolla una vida "normal", entre el trabajo y la soledad de la casa, hasta que 30 años después encuentra a Simón en una cafetería. Ella luce de 60 y él de 30. 

El narrador de la historia es un escritor que se parece bastante a Tomás Eloy. Algunos apartes se ubican en el presente en New Jersey y otros en los años de la dictadura, con el telón de fondo del Mundial de Fútbol, la Guerra de las Malvinas y los desaparecidos. Que los protagonistas sean cartógrafos es una bella metáfora sobre la posibilidad de perderse en los mapas, en la geografía, pero también en el tiempo: sobre los encuentros y desencuentros. Así mismo, el libro propone una mirada crítica sobre el duelo personal, la dificultad para sanar las heridas pese al transcurso de los años, y la violencia familiar y política, que arrasan vidas con fuerza de huracán. 


Algunas frases
Los mapas son ficciones mal escritas. Demasiada información y ninguna historia.

La verdadera identidad de las personas son los recuerdos.

Le parecía que compartir el cine con alguien era casi como compartir la cama. En el cine la gente llora, suspira, revela la carne viva de los sentimientos.

Las parejas se dicen todo el tiempo frases hipócritas y gastadas por el uso.

Cualquier sentimiento la hubiera perdido y al final pensó que estaba a salvo porque no había tenido ninguno.

Un desaparecido es una incógnita, no tiene entidad, no está ni vivo ni muerto, no está. Es un desaparecido.

Nada de lo que se come acá tiene gusto. Lo que se vende en los mercados es una imaginación de la genética, el caldo de cultivo de todas las enfermedades futuras.

Me interesé en el mundo de los cartógrafos, que se parece tanto al de los novelistas en el afán de corregir la realidad.

Nada es tan terrible como desear lo que se tiene creyendo que nunca se lo podrá tener.

El purgatorio es una espera de la que no se conoce el fin.

Los muertos no tenemos recuerdos.

Lo que no existe siempre está buscando un padre (...) Las cosas que no existen son muchas más que las que llegan a existir (...) Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió.

El matrimonio era tal como ella lo había imaginado: una ruina sin alivio y sin distracciones, que apagaba todas las llamas del amor antes de que nacieran.

Te das cuenta de que tu viaje fue de ida, sólo de ida. Del exilio nadie regresa. Lo que abandonás te abandona.


Purgatorio
Tomás Eloy Martínez
Editorial Alfaguara
2008
Buenos Aires
291 páginas

La hora de la estrella, de Clarice Lispector

En marzo de 1977, pocos meses antes de su muerte, Clarice Lispector publicó La hora de la estrella, una novela corta que revela su genialidad como escritora. De hecho hay quienes piensan que haberle negado el Premio Nobel a ella es tan injusto como no habérselo dado a Jorge Luis Borges. Quizás su temprano fallecimiento, a los 57 años, explique en parte dicha omisión.

La hora de la estrella es una novela sobre la marginalidad, sobre sentirse diferente, pero es, sobre todo, un texto sobre la escritura: sobre el poder creador del artista. Primero estuvieron el artista y la palabra y luego vino la obra, parece decir Lispector en esta novela en la que primero se presenta al escritor, "pero tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lagrimear sentimentalidades". Luego, ese escritor va configurando el escenario, el personaje y luego el personaje va desplazando al escritor hasta casi hacerlo desaparecer.

El personaje es Macabea, una mujer fea, pobre, virgen, huérfana, migrante, que creció en medio del maltrato y ahora sobrevive con un trabajo precario y mal pago. Sufre humillaciones pero como nunca ha tenido más que eso ni siquiera es muy consciente de la condición en la que vive: "No sabía que era infeliz porque tenía fe. ¿En qué? En ustedes, aunque no es necesario creer en alguien o en alguna cosa. Con creer es suficiente".




A diferencia de Macabea, Clarice Lispector fue una mujer bella, muy consciente de su cuerpo, sobre todo después de que sufrió severas quemaduras. Tampoco fue pobre, pero al igual que Macabea fue migrante, marginal y quedó huérfana de madre a muy temprana edad. 

Sin embargo la historia de Macabea puede ser anecdótica. El valor de La hora de la estrella está en mostrar las costuras sobre cómo la autora concibe (literalmente concibe, de concebir) una novela: cómo surgen el narrador, los personajes y el espacio. Una narración que se siente contemporánea y vigente, aunque ya tiene más de 40 años. La hora de la estrella es como un vestido puesto con las costuras a la vista. Todo un regalo para quienes quieren escribir.

En 2015 la editorial argentina Corregidor reeditó esta novela, con tres bonus track: Una introducción de Gonzalo Aguilar y dos estudios críticos de Italo Moriconi y Florencia Garramuño. Muy recomendados.


Algunas frases
Me dedico a la nostalgia de mi antigua pobreza, cuando todo era más sobrio y digno y todavía jamás había comido langosta.

Ese yo que son ustedes pues no aguanto ser solamente yo, necesito de los otros para mantenerme de pie.

Lo que me estorba la vida es escribir.

Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula y nació la vida. Pero antes de la prehistoria estaba la prehistoria de la prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. no sé cómo, pero sé que el universo jamás comenzó.

Sólo consigo la simplicidad a través de mucho trabajo.

Mientras tenga preguntas y no haya respuestas continuaré escribiendo.

Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos - soy yo que escribo lo que estoy escribiendo.

Si posee veracidad -y está claro que la historia es verdadera aunque inventada- que cada uno la reconozca en sí mismo.

¿Quién no se preguntó alguna vez: ¿soy un monstruo o esto es ser una persona?

Cada día es un día robado a la muerte. Yo no soy un intelectual, escribo con el cuerpo.

¿Por qué escribo? Antes que nada porque capté el espíritu de la lengua y así a veces la forma hace al contenido.

No, no es fácil escribir. Es duro como romper rocas.

La palabra es fruto de la palabra. La palabra tiene que parecerse a la palabra. Tomarla es el primer deber para conmigo. Y la palabra no puede ser ornamentada y artísticamente vana, tiene que ser sólo ella misma. 

Por ahora no leo nada para no contaminar con lujos la simplicidad de mi lenguaje.

No tenía aquella cosa delicada que se llama encanto.

En la hora de la muerte las personas se vuelven brillantes estrellas de cine, es el instante de gloria de cada uno y es como cuando en el canto coral se oyen agudos silbantes.

El domingo ella se despertaba más temprano para quedarse con más tiempo sin hacer nada.

Su vida era una extensa meditación sobre la nada.

Tenía la vaga idea de que mujer que entra en restaurante es francesa y hecha para el disfrute.

Ella tuvo por primera vez en su vida una de las cosas más valiosas: la soledad.

En términos generales, no se preocupaba por su futuro: tener futuro era un lujo.

Y hasta la tristeza también era cosa de ricos, para quien podía, para quien no tenía nada que hacer. Tristeza era lujo.

Tenía la felicidad pura de los idiotas.

Nunca había tenido el coraje de tener esperanza.

El destino de una mujer es ser mujer.


La hora de la estrella
Clarice Lispector
Editorial Corregidor
Buenos Aires
2015 (primera edición 1977)
116 páginas.

martes, 1 de mayo de 2018

No soy tu cholo, de Marco Avilés

El cholo es un término que usan los peruanos pero que puede tener sinónimos o equivalentes en Colombia. Cholo es un insulto: sirve para rotular al que no es blanco, al que no es rico, al que se ve, por su raza, más aindiado, más mestizo, más moreno, y, por ese motivo, se sospecha entonces menos educado, menos capaz, menos digno.

No soy tu cholo plantea a partir de situaciones totalmente cotidianas, como las entrevistas en radio, el ingreso a las discotecas o las playas privadas, la exclusión de nuestras sociedades por razón de la raza, aunque no es sólo el color de la piel: si eres cholo pero tienes plata entonces no eres tan cholo. Ser cholo es ser pobre, es no tener el dinero suficiente para comprar un apartamento o un estatus social que te quite la condición de cholo.

Marco Avilés no echa cantaleta, no hace un ensayo retórico sobre los problemas del racismo en el Siglo XXI o las injusticias que implica suponer que hay razas o clases superiores y otras excluidas. Su función no es la del sociólogo que teoriza sino la del cronista que muestra: Avilés hace evidente y visible lo que está a los ojos de todos pero a fuerza de cotidianidad ha dejado de indignar. Su técnica narrativa es el testimonio y con ello gana en fuerza e intensidad.

Cuando Avilés describe que Lima ha construido un muro para privatizar las playas resulta imposible no pensar en Cartagena o en Santa Marta, en la zona de Pozos Colorados, Gaira y El Rodadero. Cuando Avilés señala que los conjuntos cerrados se edifican en zonas que eran parques públicos inmediatamente se piensa en los megaproyectos urbanos que se han construido a costa de desplazamiento interno de antiguos habitantes de barrios tradicionales que súbitamente se vuelven de interés para los constructores. Cuando Avilés habla de Perú resulta imposible no pensar en Colombia. Y ese es quizás el principal mérito de este breve libro: constatar que en pleno Siglo XXI, nuestros países, profundamente mestizos, siguen soñando con el blanqueamiento del que se hablaba hace ya cien años.

Algunas frases:
Las palabras son seres más duraderos. Se heredan. Pasan de generación en generación y le dan forma a lo que somos.

Cumplir el sabio consejo del maestro Ray Bradbury: escribe al menos mil palabras cada día.

Por definición, los racistas son incapaces de advertir su propia suciedad.

La lucha contra el machismo no es una batalla de las mujeres contra una sociedad que las maltrata. Es una batalla de todos contra esa misma sociedad taimada, cortesana y calzonuda que así como las oprime a ellas también lo hace con los cholos, con los campesinos, con los homosexuales. El monstruo al que nos enfrentamos es el mismo.

Los limeños somos invasores de nuestro propio espacio común. Forasteros permanentes.

Lima es una ciudad de posguerra.

El muro de Lima es una obra digna de estudio psicológico (...) el muro de Lima tiene un aspecto útil. Es la arquitectura del innegable racismo que divide el país.

Asisten a una universidad privada, de esas que tienen espíritu de centro comercial: los baños tienen aromatizador, pero las bibliotecas carecen de libros. En ese modelo educativo, los estudiantes reciben trato de clientes.

Es la eterna disyuntiva de los cholos. Si no vienen a Lima, no existen.

O sea, los cholos jamás podremos soñar con ser cholos.

Es el efecto de la piel blanca. Te otorga el privilegio de la neutralidad.

La pobreza, la de ellos y la mía, es un idioma común.

El cholo cholea no porque no se siente cholo, sino porque intenta jugar como blanco.

La raza no solo se "mejora" teniendo hijos con alguien de piel más clara, sino acumulando más dinero, pasando por una universidad costosa, mudándote a otro barrio, podando las ramas de tu árbol genealógico, cortando tus raíces, olvidándote de dónde vienes.

El racismo es un demonio familiar. Vive con nosotros, se sienta en nuestra mesa, se echa en nuestra cama, nos susurra al oído.

Todo periodista es un turista que cree conocer las miserias del mundo porque las ha visto o caminando entre ellas. Esta profesión te vende esa ilusión. Pero hay un nivel de la pobreza que solo se conoce siendo pobre.

Según esa mentalidad rancia, el pobre no tiene derecho a hablar de su pobreza ni a protestar para que lo escuchen.

inmigrante... esa palabra se usa en un solo sentido: para señalar a los que nos movemos desde el sur hacia el norte. Es decir, para etiquetar a los latinos, a los africanos, a los asiáticos y a todos los que venimos a vivir y a trabajar a los llamados países desarrollados. 

El limeño es bien acogedor con el inmigrante. Con el inmigrante extranjero, quiero decir. Con los que venimos de provincias la historia es más jodida.

Cuando eres pobre la carrera que eliges no siempre es una expresión directa de tu talento o de lo que quieres ser en el futuro, sino la ruta que emprendes para salir de la pobreza.

¿Es tan difícil notar el privilegio cuando tú eres el privilegiado?


No soy tu cholo
Marco Avilés
Editorial Debate
Perú
Agosto de 2017
59 páginas

jueves, 26 de abril de 2018

El mundo de afuera, de Jorge Franco

Don Diego, su esposa Dita y su hija Isolda son una familia más que feliz: son una familia rica, de Medellín, que habita un castillo construido al gusto del padre de familia, con jardines y lujos. Dita es alemana y llegó a Medellín de la mano de su esposo, quien pertenece a la familia dueña de Coltejer. La niña no asiste al colegio, porque recibe instrucción personalizada en su castillo, la cual incluye clases de piano, bordado e idiomas. Todo parece un cuento de hadas.

Pero afuera, el mundo de afuera, es distinto: tiene pobres, tiene caos. Hay vecinos que se trepan a los árboles a observar a Isolda; hay un delincuente en ciernes que se enamora de ella. Hay tragedias que se cocinan lento y de pronto se desencadenan como una tempestad.

El mundo de afuera es una novela basada en hechos reales: el secuestro de Diego Echavarria ocurrido en 1971. A partir de ese hecho el autor empieza a tejer un relato con capítulos cortos, construidos con una estructura muy cuidada que le permite dar saltos en el tiempo, hasta los años de la posguerra en alemania, o la infancia de Isolda, o el tiempo presente de los días largos del secuestro.


El logro principal de la novela es la estructura y quizás por ello recibió el Premio de Novela Alfaguara en 2014. Tiene múltiples personajes que a veces lucen etéreos, así como algunas situaciones que resultan inverosímiles o forzadas, pero en general se trata de un libro cuidado, bien escrito, que se lee con el frenetismo de una novela policiaca: desde la primera página se crea la necesidad de saber qué va a pasar con Don Diego y su familia, y cada capítulo revela detalles que enredan aún más la historia, hasta la última página.

Algunas frases: 
Los sueños se van desechando y los que quedan se dejan para después.

Yo les pregunto por qué tenemos que preocuparnos por una guerra que no es nuestra, y mi papá me dice que todas las guerras del mundo son nuestras.

La gente dice que su rareza no es más que soledad.

Pero hasta París cansa.

Un avión no te da tiempo de saborear la nostalgia, te lleva muy rápido y cuando llegas tienes que ocuparte de tu nueva vida. En cambio el barco... Tienes todo el tiempo del día para los recuerdos, para extrañar.

Ninguna ropa de verano es adecuada -renegó don Diego-. Es deslucida, no viste bien.

Estoy harta del tiempo, dijo, lo que trae se lo lleva sin misericordia. Trae el amor, lo gasta y se lo lleva. Se lleva la memoria, los recuerdos, se va con tus fuerzas. También trae el dolor y, si se aguanta, queda una herida con la que toca vivir hasta que el maldito tiempo decida llevárselo a uno. y no por las buenas, sino que nos deja alguna enfermedad para que conozcamos la eternidad antes de irnos.

El tiempo es el infierno.

El mundo de afuera
Jorge Franco Ramos
2015
Bogotá
303 páginas

miércoles, 25 de abril de 2018

Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño

El padre Sebastián Urrutia Lacroix, del Opus Dei, está muriéndose y en medio de ese proceso inicia un monólogo que es un viaje por su vida, sus intereses en la literatura y la poesía y sus amistades. De la mano de él se devela también un viaje por la historia chilena del período anterior a la dictadura y lo que ocurre después del golpe, contado desde la visión de un cura de derecha.

Bolaño juega con el lenguaje. En un diálogo escribe que Neruda decía "no huevón, no sé", y con un humor ácido, negro, narra la historia de unos arqueólogos que le cuentan al Papa una buena y una mala noticia: la buena: encontraron el Santo Sepulcro. La mala: tenía el cadáver de Jesús.

Se trata de un monólogo continuo, ascesante, lleno de digresiones mezcladas con la narración de viajes por Chile y por Europa. Es una obra si se quiere "menor" o "sencilla" dentro de la narrativa de Bolaño, en la que presenta una radiografía de la derecha de su país y de cierta clase social que fue condescendiente con el golpe.


Algunas frases: 
Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, sí, de sus silencios.

La vida es una sucesión de equívocos que nos conducen a la verdad final, la única verdad.

En este país de dueños de fundo, dijo, la literatura es una rareza y carece de mérito el saber leer.

Aquejado por lo que entonces algunos facultativos llamaban melancolía y hoy se llama anorexia.

O tal vez sólo carraspeó el hum hum de los diplomáticos que puede significar cualquier cosa o su contrario.

Y me dijo que probablemente las palabras de Salvador Reyes me habían impresionado. Mala cosa. Querer es bueno. Impresionarse es malo.

Entregado a su obra como solo un artista puede hacerlo, contra viento y marea.

De qué sirve la vida, para qué sirven los libros, son sólo sombras.

cuando yo ya no esté aquí, es decir cuando yo ya no exista o sólo exista mi reputación, mi reputación que semeja un crepúsculo.

Qué agradable resulta no oír nada.

De repente aparecen dos arqueólogos franceses, muy excitados y nerviosos, y le dien al Santo Padre que acaban de volver de Israel y que le traen dos noticias, una muy buena y otra más bien mala. El Papa les suplica que le hablen de una vez, que no lo tengan en ascuas. Los franceses, atropellándose, dicen que la buena noticia es que han encontrado el Santo Sepulcro. ¿El Santo Sepulcro? dice el Papa. El Santo Sepulcro. Sin la más mínima duda. El Papa llora de emoción. ¿Cuál es la mala noticia?, pregunta secándose las lágrimas. Que en el interior del Santo Sepulcro hemos encontrado el cadáver de Jseucristo. El Papa se desmaya. Los franceses se abalanzan a echarle aire. El teólogo alemán que es el único tranquilo, dice: ah, ¿pero entonces Jesucristo existió realmente?

Hoy gobierna un socialista y vivimos exactamente igual. Los comunistas (que viven como si el Muro no hubiera caído), los democristianos, los socialistas, la derecha y los militares. O al revés. ¡Lo puedo decir al revés! ¡El orden de los factores no altera el producto!

El padre Antonio murió, me dije, ahora está en el cielo o en el infierno. Con más probabilidad: en el cementerio de Burgos.

Porque la costumbre distiende toda precaución, porque la rutina matiza todo horror.


Nocturno de Chile
Roberto Bolaño
Editorial DeBolsillo
2017 (primera edición 1999)
Barcelona
110 páginas

miércoles, 18 de abril de 2018

Siete breves lecciones de física, de Carlo Rovelli

 "De joven, Albert Einstein pasó un año entero haranganeando ocioso. Si no se pierde el tiempo no se llega a ningún sitio". Con esta frase el italiano empieza Carlo Rovelli la primera de sus siete breves lecciones sobre física, en las que con pasión y un lenguaje simple explica la teoría de la relatividad de Einstein y la teoría de los cuantos de Bohr. A continuación, en un bello capítulo tres, el más claro y revelador para mi gusto, explica la evolución de las distintas teorías que pretenden explicar la arquitectura del cosmos, luego aborda la teoría de las partículas o quartz, los agujeros negros y, por último, la naturaleza física de la especie humana.

Se trata de un libro escrito de una manera poética. Los físicos podrán alegar que le falta rigor (no lo sé), pero a falta de fórmulas y términos confusos el texto gana en claridad y, sobre todo, en el interés que despierta en el lector por tratar de entender lo que usualmente se ha pensado que sólo puede ser comprendido por un grupo de iniciados.

El libro tiene la virtud de hacer visibles los puentes entre la física y la filosofía: cómo el avance de la ciencia plantea nuevos retos filosóficos y cómo los grandes filósofos se han ocupado de aspectos científicos. Visto así, se trata de siete lecciones sobre física escritas para los humanistas que buscan entender mejor las leyes que explican cómo funciona el entorno que habitamos.

Algunas frases:
En los períodos de vacaciones es cuando mejor se estudia, porque no se tienen las distracciones de la escuela.

¿Debemos aceptar la idea de que la realidad sólo es interacción?

Lo que existe nunca es estable: es sólo un salto de una interacción a otra.

No existe un verdadero vacío, que esté vacío por completo.

Un agujero negro es una estrella que rebota, vista a cámara extremadamente lenta.

Somos nodos de una red de intercambios.

Probablemente seamos la única especie de la Tierra consciente de la inevitabilidad de nuestra muerte individual.


Siete breves lecciones de física
Carlo Rovelli
Editorial Anagrama
2016
Bogotá
95 páginas

martes, 3 de abril de 2018

Vivir para contarla, de Gabriel García Márquez

Cuando Silvia Gálvis publicó "Los García Márquez", su compilación de entrevistas a los hermanos de Gabriel García Márquez, dijo que en el habla común de la familia y en las historias que contaban con naturalidad estaban las claves del realismo mágico de Macondo y Cien años de Soledad.

Vivir para contarla es la autobiografía de Gabriel García Márquez (anunció varios volumenes y finalmente sólo publicó éste) que confirma esa afirmación de Silvia Gálvis: la vida cotidiana de García Márquez, su infancia, su mamá, las historias de sus abuelos maternos, la pobreza y tantos detalles particulares de sus primeros años configuraron un universo propio que se refleja en su obra posterior.

El complemento para esa vida fueron sus lecturas y en Vivir para contarla el Nobel de literatura hace un reconocimiento a sus maestros de sus primeros años: Estando en el colegio leyó la poesía del Siglo de Oro español, La isla del Tesoro, El conde de Montecristo, las mil y una noches, Nostradamus, El hombre de la máscara de hierro y La Montaña Mágica, de Thomas Mann, entre muchas otras. En sus primeros años en Bogotá se acercó a Jorge Luis Borges, D.H. Lawrence, "Contrapunto", de Aldous Huxley, "La señora Dalloway", de Virginia Woolf, (a quien le robó el nombre de su seudónimo Séptimus) Graham Greene, Chesterton, William Irish y Katherine Mansfield. Dedica un buen espacio para explicar la turbación que le produjo La Metamorfosis de Kafka, y en distintos apartes del libro menciona a William Faulkner, con Luz de Agosto, El sonido y la Furia y Palmeras Salvajes. También cuenta que leía a León de Greiff y lo escuchaba en un café en Bogotá; que el "Ulises", de James Joyce es la otra Biblia; que Bola de Sebo, de Maupassant es un gran cuento, y La pata de mono, de W.W. Jacob es el cuento perfecto.


La autobiografía está escrita en ocho capítulos de extensión similar y cada uno con un tema definido. No se trata de una narracción lineal ya que empieza con García Márquez trabajando como periodista en Barranquilla, pero ese rol lo desarrolla muchas páginas después. La primera parte se dedica a un viaje de regreso con su mamá a Aracataca, que sirve para entrar en el mundo de su infancia, su familia y a partir de ahí en su universo literario posterior.

El libro se ocupa de la infancia errante, el bachillerato en Zipaquirá, el estudio de Derecho en la Universidad Nacional en Bogotá, el Bogotazo, su inicio como periodista en El Universal de Cartagena, su traslado a Barranquilla y su trabajo posterior en El Espectador de Bogotá. El libro termina cuando El Espectador lo envía a Europa por dos semanas, en un viaje que se prolonga por varios años.

Se trata de un libro muy colombiano, lleno de nombres propios de lugares y personas, con comentarios de la historia política colombiana, y por eso puede resultar difícil para un lector extranjero. Pero para un colombiano se trata de una lectura que permite entender otras facetas del Nobel, desde detalles anecdóticos sobre cómo sobrellevaba la pobreza o su pánico a montar en avión hasta su pasión por el periodismo y su concepto de la amistad.

Algunas frases:
Las setenta bacinillas que compraron mis abuelos cuando mi madre invitó a sus compañeras de curso a pasar vacaciones en la casa.

Todo novio era un intruso.

En una época tuve una cierta tentación por sus costumbres de cazador furtivo, pero la vida me enseñó que es la forma más árida de la soledad.

Nada se comía en casa que no estuviera sazonado en el caldo de las añoranzas.

Le quedaban tan ceñidos al cuerpo que parecía más desnuda que sin ropa.

También de allí puede venir mi convicción de que son ellas las que sostienen el mundo, mientras los hombres lo desordenamos con nuestra brutalidad histórica.

Era un matrimonio ejemplar del machismo en una sociedad matriarcal, en la que el hombre es rey absoluto de su casa, pero la que gobierna es su mujer.

Nuestra fortuna mayor fue que aun en los apuros más extremos podíamos perder la paciencia pero nunca el sentido del humor.

Más que una entrevista clásica de preguntas y respuestas -que tantas dudas me dejaban y siguen dejándome- (...) me puso a pensar por primera vez en las posibilidades del reportaje, no como medio estelar de información, sino mucho más: como género literario. novela y reportaje son hijos de una misma madre. 

La cumbre de la poesía universal son las coplas de don Jorge Manrique a la muerte de su padre. 

El terror de escribir puede ser tan insoportable como el de no escribir. 

Sobre todo de poesía, aún de la mala, pues en los peores ánimos estuve convencido de que la mala poesía conduce tarde o temprano a la buena.

Aún no existía la televisión en Colombia, pero Gloria Valencia inventó el prodigio metafísico de hacer por radio un programa de desfiles de modas. 

Hasta descubrir el milagro de que todo lo que suena es música, incluidos los platos y los cubiertos en el lavadero, siempre que cumplan la ilusión de indicarnos por dónde va la vida. 


Vivir para contarla
Gabriel García Márquez
Editorial Norma
Bogotá, 2002
584 páginas

viernes, 30 de marzo de 2018

Gabo periodista, antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez. Edición de Héctor Feliciano

En "Viaje a la semilla" la biografía autorizada de Gabriel García Márquez escrita por Dasso Saldívar, el autor señala que Gabo muchas veces confesó que "los años más fructíferos y deslumbrantes de su vida habían sido los tres o cuatro que pasó con sus amigos en aquella ciudad". Se refiere a a sus amigos del Grupo de Barranquilla en sus inicios como periodista. Por ello, Héctor Abad Faciolince señala en su ensayo para "Gabo Periodista" que "es extraño que no se lean con más cuidado sus columnas de entonces, los casi cuatrocientos artículos que escribió frenéticamente y varias veces a la semana durante los mil días que pasó en Barranquilla".

Gabo periodista es un homenaje de 512 páginas a la faceta periodística del Nobel García Márquez. El libro es rico en imágenes, tiene una diagramación generosa, que le permite incluir faccimiles de textos originales, fotografías de archivo y frases a manera de destacados que ocupan páginas completas.

El editor Héctor Feliciano, presenta la obra en su introducción y luego viene un texto histórico escrito por Gerald Martin. A continuación, el libro se despliega en textos originales de Gabo seleccionados por distintos periodistas y luego de cada paquete de artículos viene un ensayo o comentario escrito por el seleccionador: Héctor Abad Faciolince, Juan Villoro, Sergio Ramírez, Joaquín Estefanía, Martín Caparrós, María Jimena Duzán, Alex Grijelo, Jon Lee Anderson, Antonio Muñoz Molina, Alma Guillermo Prieto, Teodoro Petkof, María Elvira Samper, María Teresa Ronderos, José Salgar y Jean-Francois Fogel. Al final el editor Feliciano remata con una entrevista difícil a la parca Mercedes Barcha, y el libro se cierra con un epílogo de Jaime Abello.

Una antología construida por distintos autores puede tener textos desiguales, y así mismo es desigual la calidad y profundidad de los ensayos que los acompañan. Pero el conjunto de la selección permite hacer un recorrido por la cronología periodística de García Márquez, que él mismo la definió en los siguientes términos: "A los diecinueve años —siendo el peor estudiante de derecho— empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso".

La selección incluye textos desde 1948 en El universal de Cartagena, de 1950 a 1952 en El Heraldo de Barranquilla (las famosas "jirafas"), de 1955 a 1958 en El Espectador, en donde empezó a escribir reportajes, de 1958 en Cromos, de 1969 en la revista Momento, de Caracas, de 1959 en Cromos, de 1961 en la revista Novedades de México, de 1974 a 1978 en la revista Alternativa, de Bogotá, en la que se considera su época de mayor militancia política: de 1980 a 1987 en El Espectador y El país, y de 1999 en Revista Cambio. Entre los textos seleccionados está el primer capítulo de Noticia de un Secuestro, un fragmento de Relato de un Náufrago, el caso de Wilma Montesi, un aparte de la crónica De viaje por los países socialistas y sus perfiles sobre Hugo Chavez y Shakira, entre otros. Curiosamente el libro no incluye algunos de los textos periodísticos más famosos de García Márquez como La marquesita de la Sierpe, Caracas sin agua y el reportaje que escribió para El Espectador sobre manifestaciones en el Chocó (aparece un faccimil de la primera página del texto, pero no el texto completo).

Se trata de un libro útil para periodistas y lectores de la obra de García Márquez, pues su lectura lleva necesariamente a una conclusión: buena parte del universo narrativo que le dio fama a García Márquez por su obra de ficción tiene su semilla en su estética periodística: en los temas que elige y el lenguaje que utiliza.


Gabo periodista. Antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez.
Edición de Héctor Feliciano
Fundación Nuevo periodismo Iberoamericano FNPI
Cartagena, 2012
512 páginas

El orden de la libertad, Mauricio García Villegas

 El escudo de Colombia dice "libertad y orden". El abogado Mauricio García Villegas explica en este ensayo ameno, escrito en un lenguaje al alcance de todo el mundo, que esa "y" ha sido una falacia: los conservadores han optado por el orden, la izquierda por la libertad y ha sido hasta ahora imposible un sistema político que le dé a Colombia ambas cosas: libertad y orden.

El ensayo parte de una premisa y es que en Colombia mucha gente desobedece muchas normas con facilidad. Con base en esta hipótesis la pregunta que se hace el autor es "¿por qué?". Se refiere a normas que van desde el respeto por las señales de tránsito hasta el pago de impuestos y que generan un clima general de "desorden" ante la norma.

Las razones que el autor da son varias: la tradición cristiana del pecado y la confesión, tan arraigada en nuestra cultura, lleva a pensar que el que peca y reza empata. Hay también una ineficacia del Estado para hacer cumplir las normas, y poco interés de algunos individuos en cumplirlas, cuando saben que los demás no lo hacen.

El autor señala que la Constitución de 1991 es la mejor que ha tenido Colombia pero cuestiona instituciones como la tutela o la elección popular de alcaldes, pues se han convertido en instrumentos de concentración de poder por parte de criminales en zonas donde el Estado es débil, es decir en muchas regiones del país. También cuestiona a los programas de derecho (llenos de profesores que son litigantes y enseñan desde esa óptica del negocio) y considera que el Estado es el primer "incumplidor" de normas en Colombia.

Sin embargo la crítica más severa es para la izquierda, que ha dejado de lado la reflexión relacionada con el orden y con la moral, por considerar que son discursos de derecha, y ese vacío ha permitido que se afiance no solo la derecha sino particularmente el discurso de iglesias cristianas en tantas regiones del país, con una mezcla de religión y política bastante explosiva.

Un libro pertinente, claro, completo, ameno y provocador, útil en medio de las coyunturas electorales que vive Colombia, y que se repiten cada año.


Algunas frases
"Una sociedad como la nuestra (como las de América Latina) en donde se toleran altos niveles de incumplimiento y desorden, está abocada a padecer calamidades colectivas (...) cuando un porcentaje importante de individuos no está dispuesto a ceder parte de la libertad que tiene para cumplir o no con reglas básicas de comportamiento, se produce un déficit social de coordinación y de regulación (un desorden) que afecta a la sociedad en general y por esa vía a esos mismos individuos incumplidores".

"La misma elección popular de alcaldes ha alimentado un populismo sin Estado que ha sido causa, en muchas regiones periféricas de Colombia, de la cooptación de instituciones locales por parte de organizaciones criminales".

"Es posible hacer una defensa del orden que no caiga en la visión autoritaria que invocan los conservadores (...) Durante siglos hemos estado empeñados en espantar el fantasma del tirano, pero en esa lucha hemos minimizado los efectos terribles de la falta de instituciones eficaces que proporciones orden, seguridad, paz y tranquilidad a la gente".

"Si pecar es algo que le puede pasar a cualquiera ¿cómo no habría de ser el juez condescendiente con el delincuente? La anuencia con el pecado se traducía en actitudes magnánimas, tanto de las autoridades como de las víctimas con respecto a los violadores de normas. Mientras el católico valoraba la misericordia y el perdón, el protestante era frío e inclemente ante la infracción (...) mi hipótesis es que la confesión, implantada en el corazón de la vida social hasta mediados del siglo XX, banalizó el pecado, flexibilizó el sistema normativo y relativizó la autoridad de los confesores.

"Desde el punto de vista comunicacional (la norma crea imágenes de justicia, igualdad, libertad, paz, etc) la eficacia del derecho es muy grande. El derecho es ante todo lenguaje. Dado que los textos jurídicos, como todo lenguaje, producen imágenes den las personas a las cuales van dirigidos, los efectos políticos de esas imágenes sobre la justicia, la paz, etc, son tan importantes como los otros efectos, los consagrados en las normas".

"Mientras más incapaz es el Estado de proveer orden social a partir de instituciones operantes y eficaces, más apremiante es la necesidad de orden y seguridad y más dispuestos están los ciudadanos a acoger cualquier propuesta política que ofrezca esos bienes. La incapacidad del Estado es la gran incubadora de las propuestas autoritarias de orden y seguridad que, de manera recurrente, se ofrecen en el continente y que vienen de todas las posiciones del espectro político, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, pasando por el centro y por todo lo demás".

"El patriotismo es el parroquialismo del Siglo XX".

"la facilidad del perdón católico fomentó el incumplimiento de reglas y el deterioro de la autoridad, lo cual, a su turno, creó un ambiente de desconfianza entre los individuos. Así las cosas, tenemos sociedades en donde, paradójicamente, se perdona tanto como se desconfía".

"Nuestra historia transcurre entre un liberalismo que menosprecia el orden estatal y un conservatismo que desdeña la libertad social".

"Creo que hay que recuperar para la democracia (para la izquierda y para los liberales progresistas) los temas del orden, de la moral, de la estética, de la cultura, de la planeación y de la seguridad. 


El orden de la libertad
Mauricio García Villegas
Fondo de cultura económica
Bogotá, 2017
254 páginas


miércoles, 28 de marzo de 2018

Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal

Risaralda, la obra publicada en 1935 por Bernardo Arias Trujillo fue considerada "La novela del Gran Caldas" en el Siglo XX, hasta que en 1985 Editorial Planeta publicó Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal.

Los rankings o escalafones sobre las mejores novelas de la década, o de la literatura caldense, o de la literatura de la violencia resultan odiosos por las exclusiones que hacen, pero en todos ellos figura con sobrados méritos la primera novela de Alonso Aristizábal, que leída más de 30 años después de haber sido publicada resiste muy bien el paso del tiempo, quizás porque, por tratarse de una novela histórica, el autor fue consciente del reto que tenía para construir un texto verosímil sobre una época pretérita, y esa reconstrucción del pasado quedó tan bien armada que sigue sólida aunque pasen décadas.

El relato se ocupa de Rubelio Aristizábal, su esposa Sola, sus hijos, sus padres y su vida en Pensilvania a mediados de los años 30. Un primer valor de esta novela es recordarle al lector que antes de La Violencia desatada en 1948 con El Bogotazo ya había violencia, y mucha, entre liberales y conservadores. Pero el autor no se ocupa de los muertos sino del miedo en el que viven los vivos: zozobra porque los pueden matar y angustia por la precariedad económica que implica vivir en un pueblo en el que el gran empleador es el Estado y la Alcaldía puede cambiar de bando en cualquier momento.

En la obra de Aristizábal hay zaguanes, aguapanela, chuchas que corren sobre los zarzos, mujeres que rezan el rosario e hijos que sueñan con ser monaguillos. Hay una vida anterior a la radio, la televisión y el teléfono, en la que la prensa escrita es la que conecta la cotidianidad con el mundo que hay más allá de las montañas. Hay mulas, cafés, aguardiente, billares, gallos y peleas. Hay discursos, tedio y miedo. Mucho miedo de puertas para adentro en una época en que la filiación política y la religión marcan el destino familiar.

Hay también un contraste narrativo entre la vida en Pensilvania y la vida posterior en Bogotá, una urbe que aparece antes y después del Bogotazo. Bogotá se presenta como una ciudad hostil, dura para el inmigrante, con un clima frío y una vida más costosa y limitada que la que se tiene en los pueblos.

La prosa de Alonso Airstizábal es cuidada. En su relato aparecen sombras y espectros que evocan a Rulfo, pero también hay homenajes a otros autores clásicos, empezando por Virgilio, alter ego del autor, que evoca a Dante.

Algunas frases
¡Muévanse eternidades!

Este es un pueblo miserable donde la gente no está pensando sino en matarse los unos a los otros.

Tenían el rostro amargo del que hace una guerra

Interminable como un mareo.

(cuando casó a la hija) con certeza comprendía que aquél era el primer día de su vejez.

Concluyó que cada cosa tiene su historia y que cada lugar u objeto guarda un pasado.

La sucesión infinita de instantes iguales a cajones vacíos.

Él se negaba a terminar el libro en el cual leía uno de esos pasajes deslumbrantes por los que se puede cambiar el mundo.

Por ello prefería no compararse en fotografías porque no se encontraba consigo mismo, sino con todos los hombres que había sido.

Los hijos nacen con dolor, no hacen más que dolerle a uno cuando crecen y le duelen y lo matan cuando se van de la casa.

Penas como silencios discurriendo por sus venas. 

Y hablaba solo para decir que aún no entendía por qué la gente tenía que abandonar los pueblos.

Insistía en mostrar un rostro amargo y casi bohemio de los que no toman trago sino que se emborrachan a costa de sentimientos.

Escribir es revivir a sus papás en el fondo de los años.


Una y muchas guerras
Alonso Aristizábal Escobar
Editorial Planeta
Bogotá, 1985
233 páginas