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martes, 6 de diciembre de 2022

Pensamientos desde mi cabaña, de Kamo no Chōmei

"Pensamientos desde mi cabaña" es una reflexión personal y corta escrita en 1212 por un hombre que decide abandonar todo (gente, vivienda, ciudad) y retirarse a vivir como ermitaño en una cabaña pequeña en donde tiene un pequeño huerto, disfruta el atardecer y de vez en cuando dialoga y camina con un niño de 10 años.

El libro es una invitación budista (sin predicamento religioso) al desprendimiento, a la serenidad mental y la búsqueda de paz interior. El autor reflexiona sobre las posesiones, las riquezas y la serenidad que se obtiene desde aprender a desprenderse no solo de las posesiones materiales sino también de los apegos emocionales. 
 
Algunas frases

No sabemos de dónde vienen ni adónde van los hombres, tan sólo que nacen para morir. Tampoco sabemos por qué se afanan de esa manera en construir casas necesariamente tan frágiles que apenas perdurarán. (p. 30).


Sí, he tenido la desgracia deviviren un tiempo inmundo de extrema decadencia, obligado a ser testigo de escenas desoladoras (p. 41). 

Por lo que vi, creo que un terremoto es lo más terrorífico que puede ocurrir en el mundo (p. 44). 

Aun al hombre más valiente no le importa en lo más mínimo la opinión ajena cuando pierde un hijo (p. 44). 

La belleza de un paisaje no tiene dueño, de modo que cualquiera puede obtener consuelo con su contemplación (p. 54).

Solamente en una morada provisional como la mía logra uno estar en paz y libre de todo temor (p. 56).

El cangrejo ermitaño prefiere refugiarse en pequeñas conchas porque conoce muy bien su tamaño (p. 56).

Sólo busco la tranquilidad y el placer que me ofrece la ausencia de toda angustia (p. 57). 

He dividido mi cuerpo y le he dado así dos usos: mis manos son mis sirvientes, mis piernas mi vehículo, y ambos me responden de forma satisfactoria (p. 58).


Pensamientos desde mi cabaña
Kamo no Chōmei. Traducción de Kazuya Sakai. Prólogo de Natsume Soseki
Errata Naturae
Abril de 2018 (primera edición 1212)
Madrid, España
152 páginas


jueves, 26 de septiembre de 2013

La presa, de Kensaburo Oé

La presa es una novela corta, muy corta, narrada por un niño japonés. El niño vive en una aldea pobre y aislada con su papá y su hermano. Un día se oye un estruendo y es un avión de guerra que se cayó relativamente cerca. Sobrevive un soldado negro, la presa, al que el niño, su padre y su hermano deben cuidar, alimentar, como a un animal doméstico. La presa transforma la vida del niño, se convierte en su más importante responsabilidad, e incluso empiezan a congeniar, a hacerse amigos, hasta que la realidad mete mano en el idílico mundo que empieza a crearse.

La anécdota del libro es la que acabo de contar, pero el valor extraordinario de esta obrita maestra está, por un lado, en la forma en la que se dosifica la información, de tal manera que el lector siempre está tenso, y por otro lado en las digresiones y análisis que se presentan desde una voz infantil, con el asombro de quien ve las cosas por primera vez.

Es una historia que ocurre en Japón, pero perfectamente podría ocurrir en cualquier lugar, narrada a partir de imágenes que se construyen con una admirable economía de palabras.

Los fragmentos:
Morro de Liebre, tumbado completamente desnudo en la losa mas ancha y más cómoda, dejaba que las chiquillas acariciaran su sexo rosado como si fuera una muñequita. Congestionado, con una risa tan estridente como un chillido de pájaro, de vez en cuando daba una sonora palmada en el trasero, también desnudo, de una niña.

La niebla, igual que un ser dotado de vida, se arrojó sobre mí y me rodeó; en un abrir y cerrar de ojos se me metió hasta el fondo de la nariz.

nos miró, con la cara relajada, descubriendo sus fuertes dientes que ahora amarilleaban a causa de la suciedad; entonces tuvimos la revelación brutal de que un soldado negro también podía sonreír, y tomamos conciencia de que entre él y nosotros, de golpe, acababan de establecerse unso vínculos solidos, profundos y casi "humanos".

Kensaburo Oé
La presa
Editorial Anagrama
1994
114 páginas.


lunes, 23 de septiembre de 2013

Seda, de Alessandro Baricco

Cuando este Club Secreto de Lectura era aún más secreto, no teníamos blog y los comentarios de los libros nos los envíabamos por correo. Por eso no encuentro en este blog un comentario que estoy segura que alguno de ustedes escribió sobre Seda, elogiando el libro con tanta insistencia que desde hace años tenía curiosidad de leerlo.

A Seda se le llegó su hora (quedó chuliado, como dice otro de ustedes) y los que aún no lo han leído están en mora de hacerlo. Es una obrita maestra de la sutileza, el misterio, de la economía de palabras... y además es una hermosa historia de amor, de viajes y aventura.

Para todos los que escribimos cosas (crónicas, reportajes, entrevistas, cuentos, novelas), a veces es complicado describir en pocas palabras muchas acciones. Pues bien: Baricco es un maestro en eso. Seda tiene 125 páginas. En la página 20 ya sabemos el protagonista con quién vive, qué hace, a qué se dedica, qué hacen los de su pueblo, en qué época estamos, y además el señor ya atravesó Europa para luego embarcarse en el Pacífico y llegar hasta Japón.

Se puede decir que Seda recibe su nombre porque el protagonista comercia con gusanos de seda... pero más allá de eso, está la delicadeza del lenguaje, y así como quien se viste con seda parece desnudo, acá las palabras están puestas con tal sutileza que ni se notan. Todo el relato flota en un halo de misterio.

Las frases:
Los productores de seda de Lavilledieu eran, quien más quien menos, gente de bien, y nunca habrían pensado en infringir ninguna de las leyes de su país. La hipótesis de hacerlo en la otra punta del mundo, sin embargo, les pareció razonablemente sensata.

le trajo de regalo una túnica de seda que ella, por pudor, nunca se puso. Si se sostenía entre los dedos, era como coger la nada.

Llovía su vida, frente a sus ojos, espectáculo quieto.

Todo el pueblo vivía para aquel hombre y casi no había gesto, en aquellas colinas, que no fuera hecho en su defensa y para su placer. La vida discurría en voz baja, se movía con una lentitud astuta, como un animal acorralado en su madriguera. El mundo parecía estar a siglos de distancia. 

Tenía los labios entrecerrados, parecían la prehistoria de una sonrisa.

Es siempre difícil resistir la tentación de volver. 

-¿Tú sabes por qué Jean Berbeck dejó de hablar? -le preguntó.
-Es una de las muchas cosas que no dijo nunca.

Morir de nostalgia por algo que no vivirás nunca. 


Alessandro Baricco
Seda
1996
Editorial Anagrama
125 páginas

viernes, 21 de diciembre de 2012

La Casa de las Bellas Durmientes, de Yasunari Kawabata

No tendría forma de haber llegado a leer a Yasunaria Kawabata de no ser por la recomendación de un amigo. La información de la contraportada indica que Kawabata nació en Osaka en 1899 y que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1968, que fue un insomne notable y que se suicidó a los setenta y dos años.
La Casa de las Bellas Durmientes es una reflexión breve acerca del amor, la juventud, la vejez y la muerte. No sabría si debe catalogarse como un cuento extenso o como una novela corta. Yo sentí que la historia era una pequeña fábula sin animales y sin una moraleja concreta.
La Casa de las Bellas Durmientes es un lugar donde los hombres viejos pagan por pasar la noche al lado de una mujer joven. No tienen sexo, solo duermen; pero el mero hecho de visitar la casa en varias ocasiones lleva al viejo Eguchi (protagonista de la historia) a cuestionarse vagamente acerca de muchas cosas de su propia vida. ¿Pero no nos pasa acaso a todos? ¿No pensamos todos un poco acerca de lo que significa estar vivo, de lo que significa envejecer, de lo que significa tener sexo con alguien y después dejar que se pierda para siempre en el olvido? 
Si las reflexiones de Florentino Ariza me llevaron a pensar que empecé a envejecer (después de los 30 no voy a hacerme propiamente más bello o más joven) las del viejo Eguchi me hicieron pensar que en menos de lo que imagino voy a estar viejo, voy a oler mal, voy a estar más cerca de la muerte que del nacimiento y voy a estar preguntándome más cosas acerca de la existencia. Es probable que la vejez no traiga respuestas, sino que por el contrario traiga - además de preguntas nuevas - mucha melancolía.

Aquí, un fragmento:

No la vio nunca más. Hacía más de diez años que se había enterado de su muerte. Eguchi, a sus sesenta y siete años, había perdido a muchos amigos y parientes, pero el recuerdo de la muchacha seguía siendo joven. Reducido ahora a tres detalles, la gorra blanca de la niña, la pulcritud del lugar secreto y la sangre en el pecho, era todavía claro y fresco. Probablemente no había nadie en el mundo aparte de Eguchi que conociera aquella pulcritud incomparable, y con su muerte, ahora no muy distante, desaparecería del mundo por completo. Aunque con timidez, ella le había permitido mirar cuanto quisiera. Tal vez fuese una actitud propia de las jóvenes, pero no podía caber la menor duda de que ella misma no conocía su pulcritud. No podía verla.

lunes, 5 de marzo de 2012

Tokio blues, Norwegian Wood, de Haruki Murakami

Voy a empezar por el final, es decir por la conclusión que quisiera que quedara de esta reseña: Este libro hay que leerlo. Si sólo van a leer un libro este año, que sea éste.

Esta es una novela con banda sonora y trasfondo culinario, literario y cinematográfico. Watanabe, el narrador de la historia, nos cuenta qué está leyendo, que está oyendo, qué película vio o qué comió en distintos episodios del libro, y esas elecciones no son gratuitas. Para un lector occidental se pueden escapar muchos guiños de la cocina japonesa, pero las claves literarias y musicales, al menos esas dos, son clarísimas: Norwegian wood, el subtítulo del libro, es una canción de los Beattles que habla de una ocasión en la que al "cantante" lo invitan a pasar una noche en una cabaña rústica y él espera todo el tiempo "el momento adecuado", pero tarde en la noche la anfitriona le anuncia que es la hora de dormir. Por su parte, el narrador lee varias obras (menciona a Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, Eurípides, Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens) pero buena parte del tiempo lo dedica a La Montaña Mágica de Thomas Mann, ese lugar maravilloso, frío, rodeado de aire saludable, al que acuden enfermos terminales en busca de mejoría. En otra parte habla de El Guardián entre el Centeno, el clásico de Salinger sobre un joven incomprendido y errante. Junten esas historias, la de la canción y las de los libros de Thomas Mann y Salinger, y ya tienen al menos parte de la historia.

Pero no se necesita haber oído a los Beattles o haber leído La Montaña Mágica, para leer el libro. Al contrario, Murakami tiene una prosa clara, vertiginosa, que le impide al lector soltar el libro. Mezcla muy hábilmente drama con suspenso y humor. La historia ocurre en Tokio entre 1968 y 1970, en un Tokio bastante occidentalizado y parecido a cualquier otra ciudad grande. Los personajes principales son estudiantes universitarios que rondan los 20 años y entre las clases, la poca plata, los romances y el sexo van describiendo de forma magistral la fragilidad de la vida, el valor de los instantes, lo grabados que se quedan en la memoria pequeños detalles de situaciones que no se repetirán.

Así como a veces uno queda tarareando varios días una canción que le gustó, o queda con escenas grabadas de películas que le gustaron y que regresan a la mente de un momento a otro, así mismo pasa con los personajes de esta obra: Naoko, Kizuki, Midori, Reiko, Watanabe... de pronto uno se sorprende pensando todavía en ellos, muchos días después de haber cerrado la última página del libro.

En alguna parte de "Era lunes cuando cayó del cielo", la novela que ya les comenté de Juan Diego Mejía, dice que cualquier escritor que vaya a hablar del suicidio debe leer "Tokio Blues", de Murakami. Tiene razón.

Las frases (ojo a la última):

"pensé en la infinidad  de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían".

"Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo".

"La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella".

"Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. "Sólo me fío de estos libros", decía.
- No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo ¿Sabes?, la vida es corta".

"Llegué a la conclusión de que la educación universitaria no tenía ningún sentido. Y decidí tomármelo como un período de aprendizaje del tedio".

"Me explicó que no estamos aquí para corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas".

"Bañado por la suave luz de la luna, su cuerpo tenía el lustre de la carne recién nacida, y casi despertaba compasión".

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando".

"Las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos".

"Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad".

"Entre las sábanas, oyendo cómo caía la lluvia, unimos nuestros labios y hablamos de todo lo imaginable, desde la formación del universo hasta cómo nos gustaban los huevos duros".

"Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes".

"El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso".


Haruki Murakami
Tokio blues, Norwegian wood
Editorial Tusquets
Barcelona
1987
381 páginas