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lunes, 10 de octubre de 2022

Cartas abiertas, de Juan Esteban Constaín


Marcelino Quijano y Quadra es un payanés que desde niño tuvo gustos de viejo: su pijama infantil fue una bata de seda que mandó confeccionar por muestra de una que vio en una revista; coleccionaba recortes de periódicos viejos, era muy lector, jugaba ajedrez y cartas, en vez de deportes de contacto, y en general prefería la vida que leía en vez de la vida de las calles.

Juan Esteban Constaín explica que el nombre de este protagonista nació de otro Marcelino: un cartero de una provincia argentina al que le allanaron la casa buscando drogas y la policía encontró miles de cartgas abiertas para leerle a su suegra ciega, aficionada a las novelas. Un amigo le envió a Juan Esteban el recorte de prensa con esta noticia insólita, y aunque él escribió una columna en El Tiempo sobre el tema, sintió que en esa historia había quizás una novela, que años después se convirtió en Cartas abiertas, una obra en la que Marcelino es "un ladrón de cartas que, así descubría los destinos ajenos, para desviarlos con su mano providencial y hacerlos mejores y más felices, a veces, solo cuando se podía, en eso consiste el destino".

La novela está dividida en 12 capítulos. Los primeros son una especie de sucesión de aventuras, en la que los capítulos podrían titularse "Marcelino y el cura perverso", "Marcelino y los nazis" o "Marcelino en la posada solitaria", y así, uno por cada carta abierta, que lo embarca en un proyecto distinto. La segunda parte se concentra en una empresa de más largo aliento: el armisticio entre el Reino de Bélgica y el Estado Soberano de Boyacá, luego de una guerra declarada en el siglo XIX y que duró más de 120 años.

La novela ofrece un juego entre ficción y realidad, entre lo que es invención y los hechos históricos. "La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo" y para ello el texto refuerza su verosimilitud con recursos como recortes de prensa y fotos, que buscan darle fuerza histórica y documental al disparatado relato. 

Constaín utiliza un narrador muy invisible, que solo aparece un poco al final, y quien cuenta sin proponerse ser chistoso, hechos divertidos y risibles porque rayan con el ridículo. Ese tono contrasta con la atmósfera anacrónica, solemne, erudita y ceremoniosa, en la que el autor rinde homenaje a personajes como Alvaro Mutis, Nicolás Gómez Dávila, José Fernando Calle, Santiago Mutis Durán, Juan Gustavo Cobo Borda y otros señores viejos o fallecidos, por los que el autor siente particular fascinación y cariño. La presencia femenina, en contraste, es espectral: la única mujer con algo de protagonismo en el relato es Karina Garabundo, una argentina rica que se convierte en mentora de Marcelino Quijano y Quadra y muere poco tiempo después. Una mujer ciega. 


Algunas frases
Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. (p. 19).

Me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y para eso no se necesita salir de la casa... Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa; para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. (p. 22). 

La nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría (p. 22).

La verdad, nacie es culpable de ser lo que es. (p. 35).

Todos cargamos en nuestra espalda, me dijo, con recuerdos que nos habría gustado no tener, no haberlos engendrado nunca. (p. 35).

En silencio, esas son las conversaciones más importantes de un matrimonio feliz. (p. 37).

El olor del tiempo: nada huele más que el tiempo (p. 65).

La fe es un acto de fe en la fe (p. 85).

Eso pasa un día cuando crecen nuestros hijos, que se vuelven nuestros contemporáneos (p. 86).

(Sobre Francia:) Esa antipatía que en ese país es un talento (p. 103).

Es la mejor forma de conocer el alma de la gente: ver los libros que cada cual tiene y ver también cómo trata cada quien a los humildes, ahí está dicho todo (p. 106).

De una u otra forma todos en algún momento de nuestra vida pertenecemos a una minoría, eso somos (p. 113).

Uno puede sobrevivirlo todo, pero nadie sobrevive al ridículo (p. 115).

A veces pasa así: que basta una mirada, basta una palabra, basta un gesto y ya sabemos cómo es y será esa persona a la que tenemos delante, sin conocerla siquiera, pero un instante nos revela su alma, nos une con ella para toda la vida (p. 122).

Había ganado, aunque nadie gana en la guerra (p. 135).

No hay nunca un plan descabellado ni absurdo ni malo ni nada, todo puede suceder si uno se lo propone. Pero hay que mantener la calma: que no se vean jamás las costuras de lo que urdimos, porque entonces se muere la magia, quedamos al descubierto (p. 146).

Las tragedias de la gente no se pueden comparar ni jerarquizar ni matizar porque para cada quien su tragedia es única y tiene un valor absoluto; eso es lo que las vuelve una tragedia, justo eso, su condición aplastante, devastadora, para el que la lleva a cuestas (p. 149).

Eso era lo otro: que en este mundo la gente se junta, que uno no puede hacer nunca nada bueno con gente normal. Esa era su premisa, trabajar y vivir solo con gente distinta (p. 158).

Nada podía ser normal; nada lo es, por eso lo mejor es estar cerca solo de quien tiene eso clarísimo (p. 158). 

La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo (p. 177).

La historia, si uno prescinde de sus aspiraciones científicas, suele parecer un milagro (p. 236).

Creer hace posible que aquello en lo que creemos ocurra, la fe es un acto de fe en la fe (p. 243).

No había mejor mapa para visitar los sitios que los libros antiguos que hablaban de ellos; "nos libran de la plaga del turismo" (p. 251).

La mayor parte de la gente pasa por la vida resignada a sus rutinas, sus miserias, plegada a eso tan mezquino que se suele llamar la realidad (p. 273).

Ninguna muerte es prematura: la muerte ocurre cuando tiene que ocurrir, no antes ni después (p. 277).

Una cosa es la izquierda y otra el Gulag (p. 279).

Nunca se dio lujos ni aires, no presumía, no alardeaba, no humillaba. Y tenía clarísimo que esa era la clave de su éxito, ser anacrónico y discreto (p. 279).

La ficción es la forma más bella y tangible de la realidad (p. 280).

Como buen humorista, era un hombre muy serio (p. 282).


Cartas abiertas
Juan Esteban Constaín
Literatura Random House
Bogotá
Marzo de 2022
288 páginas

martes, 18 de agosto de 2020

El desterrado, de Leonardo Valencia

Leonardo Valencia es un escritor ecuatoriano consagrado, con varios libros de novela y ensayo publicados, además de un volumen de cuentos, "La luna nómada", que aunque fue su primera obra publicada sigue en construcción. El autor además fue profesor de escritura creativa durante varios años en Barcelona, y ahora ejerce la misma labor docente en Quito.

El desterrado fue su primera novela. Publicada en el año 2000, esta ópera prima de Leonardo Valencia ya muestra la maestría del autor en el cuidado del lenguaje y en la construcción de una estructura narrativa elíptica, con una buena cantidad de personajes y un manejo temporal en el que el narrador va y viene entre el pasado y el futuro.

La destreza narradora se siente desde la primera oración de la novela: "El Viejo Elefante cumplía cada semana con el mismo ritual. Llegaba el jueves a media tarde y se anunciaba desde las escaleras con las tres notas de su paso: el taconeo de los zapatos y la tilde del bastón".

Nebbiolo Bentornato es "El Viejo Elefante" un personaje amigo de la familia Dalbono. Es él el hilo conductor a partir del cual se narra la historia del padre Domiziano, su esposa Sabina, sus hijos Orlando y Carlo y las esposas e hijos de estos. Se trata de una novela sobre una saga familiar, con Orlando como protagonista, aunque se trata de un protagonista que durante toda la novela sólo pronuncia una palabra ("sí") y que toma fuerza cuando ya ha transcurrido al menos un tercio de la novela, porque la primera parte se centra sobre todo en los padres de Orlando.

Es entonces una novela sobre una constelación familiar, pero es mucho más que eso: es un retrato sobre cómo se vivió en Italia el nacimiento del fascismo y el fortalecimiento de las camisas negras, y sobre cómo estos hechos políticos afectaron las vidas cotidianas de personas que no tenían militancia política. Es entonces una novela sobre el miedo, sobre el enrarecimiento de la vida, contada a partir de sutiles detalles de la vida de barrio.

Para quien no la haya leído y vaya a acercarse a este libro, recomiendo un ejercicio similar al que vale la pena hacer cuando se lee Cien años de soledad: escribir los nombres y construir el árbol genealógico correspondiente. En El desterrado no hay tantos nombres como en la novela de Gabo, pero a veces por la forma de la narración el hilo puede confundirse.

El autor ha sido pintor y Audry, uno de los personajes de la novela, también pinta. En algún momento ella mancha un cuadro. Lo pinta en exceso y lo daña. Quizás algo así pasa también con El desterrado: una gran novela que pudo terminar unas páginas antes, o que tiene un final que a mi modo de ver no le hace justicia a la tensión que se vive en buena parte del libro.

Algunas frases:
"Nuestro lenguaje es un desorden encubierto por una serie de convenciones" (p. 27).

"El sol simplemente no se mueve alrededor de nosotros. Nuestro lenguaje no ha asimilado esa revelación. El caos está en nuestro lenguaje" (p. 30).

"Que aprendan riendo, doctor Milvio. ¿Cuál es el problema? Si de paso ríen y disfrutan aprendiendo, ¿qué tiene de malo que nos ríamos todos...?" (p. 37).

"Si les da usted la libertad de reírse a cada momento, van a relativizar la importancia de lo que les está enseñando" (p. 37)-

"Está escrito: las reinas no pueden elegir lo que les manda su corazón. Y el corazón les manda rendirse ante quienes las tratan como tales" (p. 44).

"Cuando vio el primer elefante de su vida, sopesó las proporciones y dijo que era un toro rechoncho de cuernos caídos" (p. 50).

"Nunca te detengas mucho donde te fulminó la suerte" (p. 83).

"Esa organización perfecta lo fascinaba. La clandestinidad era su encargo. Si él estaba así, cuántos más no andarían por las calles de la misma manera. Al descubrir esa posibilidad se sorprendió mirando a un costado y a otro. A él también podrían estarlo vigilando otros desconocidos, aunque no tuvieran ningún distintivo" (p. 108).

"Las proporciones de lo que aparece en una obra no son reales, aunque el conjunto sea impactante y creíble. En una fotografía, en cambio, aparecen las proporciones reales. La distorsión que puedes lograr es mínima. Y sólo tienen el blanco y el negro. No saben nada de color" (p. 128).

"Los compradores eran amigos de su familia, familiares de sus amigos, conocidos de los académicos, y muchos de los pintores terminaban también siendo galeristas. Un laberinto en el que se sentía encerrada. Lo peor era ser considerada tan poco, al menos hasta que se casara con alguno de los grandes compradores de pintura" (p. 136).

"Es como si el mundo fuera un gran colegio. Debes seguir la corriente, si no, te expulsan" (p. 190).

"Como si supiera que el amor tiene apenas una oportunidad para desatar su epicentro" (p. 240).

"Los hombres deben dar vueltas durante toda su vida, detenerse muy poco en el descanso de una alegría ocasional y luego retomar camino para concluir en su propia desgracia" (p. 267).

"Como todo burócrata, vestían impecables. Sin una sola arruga, pero sin imaginación" (p. 284).

"Las mujeres saben morir con más dignidad" (p. 307).

"Era el simple ciclo interior que se perfila en cada ser humano en un momento de su vida y le pide a gritos el ritmo de otra tierra, de un paisaje diferente, de grupos inusitados de seres humanos que le permitan creer en otras posibilidades, para las que no ha sido diseñada ninguna habitación en la casa que lo ha visto nacer, y en la que siempre se ha sentido a solas" (p. 362).


El desterrado
Leonardo Valencia
Penguin Random House-Punto de lectura
2013
Bogotá
377 páginas

jueves, 6 de febrero de 2020

Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa




Tiempos recios puede ser el mejor libro escrito por Vargas Llosa después de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en 2010. Luego de novelas menores como El héroe discreto y Cinco esquinas, en Tiempos recios reaparece el escritor interesado en novelar la historia política de América Latina en los años 50 y 60. Ya lo había hecho con La fiesta del chivo, una obra memorable sobre Rafael Leonidas Trujillo, el dictador de República Dominicana, y acá vuelve a hacerlo para contar la historia de Guatemala, y particularmente el papel de Estados Unidos, la CIA y la United Fruit Company en el derrocamiento del presidente Jacobo Árbenz, la llegada del dictador Carlos Castillo Armas y el posterior asesinato de éste. 

Se trata de una novela contada a dos tiempos, con capítulos intercalados que al principio no se conectan pero a medida que avanza el libro empiezan a entretejerse. Abundan los diálogos, que Vargas Llosa escribe tan bien, y despliega en este libro una característica de su estilo que es sostener dos diálogos simultáneos o introducir un tema dentro de otro, sin que se pierda el hilo del relato.

En su juventud Vargas Llosa simpatizó con la izquierda pero con los años se derechizó. Aunque él se define como un liberal, numerosas voces lo califican de neoliberal. En ese contexto este libro resulta llamativo (y valioso) porque es una lectura crítica sobre la política exterior intervencionista norteamericana y porque propone una hipótesis fascinante: lo que en el interior de Estados Unidos sus ciudadanos califican como democracia, por fuera de sus fronteras se lee como comunismo. El presidente Jacobo Árbenz quería que en su país hubiesen sindicatos, servicios básicos para los más pobres, propiedad privada de la tierra para los campesinos, tributación para las multinacionales, y todo esto, que en Estados Unidos existía y se entendían como derechos ciudadanos en un marco democrático, fue calificado como prueba evidente de que Árbenz quería convertir a Guatemala en un satélite de la URSS, en plena Guerra Fría.

La novela trae múltiples personajes que hacen parte de la historia de Guatemala, y que Vargas Llosa logra modelar con humanidad y suspenso. Se destacan las figuras de Johnny Abbes y de Miss Guatemala, Marta Borrero. En cuanto a los espacios, se trata de una novela de puertas para adentro: si bien ocurre en Guatemala, San Salvador y Santo Domingo, las ciudades no aparecen de manera nítida. En cambio si se crean imágenes potentes de escenas claves como los asesinatos de los protagonistas, o las huidas. 

Por último, el título invita a una pregunta: ¿cuáles son los tiempos recios? El tiempo recio de la novela son los convulsionados años 50 y 60 en Guatemala, con presidentes derrocados y asesinados. En todos los casos el libro evidencia la influencia de Estados Unidos y surge la inquietud sobre cuál habría sido el destino de Guatemala (y de la Cuba de Fidel) si Jacobo Árbenz hubiera podido hacer su Reforma Agraria. La CIA y la United Fruit no dejaron. 70 años después los métodos y formas de los gringos pueden haber cambiado (quizás no mucho) pero la política intervencionista sigue intacta. Los tiempos recios no han terminado aún.

Algunas frases:
Su amor desmedido por la democracia representa una seria amenaza para la United Fruit. Esto, caballeros, es bueno saberlo, no decirlo (pag 22).

Aunque sus esfuerzos para hacer de su país una democracia moderna me parecen inútiles, todo avance que haga en ese campo, no nos engañemos, sería muy perjudicial para nosotros (pág 23)..

una ley del trabajo que permite constituir sindicatos en las empresas y haciendas, y autoriza a los trabajadores y campesinos a afiliarse a ellos. Y ha dictado una ley antimonopólica, calcada de la que existe en los Estados Unidos (pag 23).

El peligro, señores, es el mal ejemplo (pag 24). 

Organizando las cosas de manera que la opinión pública, decisiva en una democracia, presione sobre el gobierno para que actúe, a fin de frenar una seria amenaza (pag 25). 

¿Cómo convencer a la opinión pública de que Guatemala está convirtiéndose en un país en el que el comunismo es ya una realidad viva? Mediante la prensa, la radio y la televisión, la prinicipal fuente que informa y orienta a los ciudadanos tanto en un país libre como en un país esclavo (pag 25).

Había que masajear con cariño el ego de los periodistas, pues solían tenerlo crecido (pag 25).

el siglo XX sería el del advenimiento de la publicidad como la herramienta primordial del poder y de la manipulación de la opinión pública en las sociedades tanto democráticas como autoritarias (pag 25).

la propaganda había impuesto una afable ficción sobre la realidad y era sobre ella que los impreparados periodistas norteamericanos escribían sus crónicas, la gran mayoría de ellos sin advertir que eran los muñecos de un titiritero genial (pag 28).

su "socialismo espiritual" (¿qué querría decir eso?) traería a Guatemala catástrofes, los indios levantarían la cabeza y comenzarían a matar a las personas decentes, los comunistas a apoderarse de las tierras de los hacendados y a mandar a los niños de las buenas familias a Rusia para ser vendidos como esclavos (pag 31).

Lo que sí había funcionado muy bien era la campaña en las radios y la prensa acusando al gobierno de Árbenz de haber convertido a Guatemala en una cabecera de playa de la Unión Soviética y de planear apoderarse del Canal de Panamá (pag 66). 

Los supuestos peritos y técnicos querían desnaturalizar la ley entibiándola con excepciones, exclusiones y compromisos que habrían dejado la propiedad de la tierra tal como existía en Guatemala hacía siglos (pag 92).

la Reforma Agraria cambiaría de raíz la situación económica y social de Guatemala (pag 92). 

sólo un puñado de sus compatriotas disfrutaba los privilegios de la civilización, y en entender que era preciso ir a la raíz del problema social para que aquella situación cambiara y los privilegios de la minoría se extendieran a todos los guatemaltecos. La llave era la Reforma Agraria (pag 93). 

Habría que cambiar la estructura feudal que reinaba en el campo, donde la inmensa mayoría de guatemaltecos, los campesinos, carecían de tierras y trabajaban sólo para los hacendados ladinos y blancos, por sueldos miserables (pag 95). 

El anticomunismo que se había apoderado del país se parecía a una de esas plagas que enloquecían de pavor a las ciudades europeas de la Edad Media (pag 124). 

la historia retrocedía a toda carrera hacia la tribu y el ridículo. "¿Se reestablecerá pronto la esclavitud?". (pag 125). 

ya ni siquiera sabía si creía o no creía en algo (pag 126). 

las damas católicas no mencionaron el asunto. Venían a transmitirle la preocupación de la "Guatemala católica", la inmensa mayoría del país, por la penetración sistemática de sectas protestantes, de supuestos "misioneros" que, cargados de dólares, venían a construir iglesias, a adoctrinar a los indígenas, a levantar templos, que más parecían circos de iglesias, donde montar esos espectáculos de cantos y bailes grotescos de negros africanos con que pretendían seducir al pueblo ignorante, para luego hacer propaganda a favor del divorcio y mil prácticas anticatólicas, incluso hasta el aborto. Si el gobierno no ponía fin a esta agresión contra la Iglesia católica, que era la religión del noventa y nueve por ciento de la población, Guatemala sería pronto un país protestante. (pag 201).

defendiendo la virginidad de su culo a mordiscos y patadas cuando los viciosos, aprovechando la promiscuidad y el hacinamiento en esas pocilgas llenas de bichos que era los calabozos colectivos, trataron de arrebatársela (pag 206). 

-Los Estados Unidos nos han mandado de embajador a un chimpancé.
-¿Por qué no? -repuso ella-. ¿No somos para los gringos una especie de zoológico? (pag 232).

era un hombre inmunizado contra razones y argumentos. Ni siquiera las oía. Se limitaba a repetir, como el muñeco de un ventrílocuo (pag 235).

Tendría que buscarse una mujer allá. Había estado demasiado solo todo este tiempo, dedicado a la difícil tarea de vivir. 

Pareciera que en el fondo de todos nosotros hubiese un monstruo. Que sólo espera el momento propicio para salir a la luz y causar estragos (pag 283).

Cuando nos dejan libres, lo hacemos todavía peor. Lo menos malo parecería ser que sigamos siendo esclavos (pag 284).

El acuerdo prometía tres cosas que se incumplirían a cabalidad (pag 314).



lunes, 5 de noviembre de 2018

Plata quemada, de Ricardo Piglia

Huir es más divertido si se hace en compañía. Eso es lo que el cine enseña en películas como Bonny and Clyde,  Thelma y Louise o Butch Cassidy and the Sundance Kid. Parejas fugitivas que mientras huyen caen, pero también ríen. Cuando no hay mucho futuro hay que vivir con intensidad el presente.

De ese río parece beber Plata quemada, la novela que el argentino Ricardo Piglia escribió durante años y finalmente publicó en 1997, el mismo año del estreno en Argentina de Trainspotting, la película del inglés Danny Boyle con protagonistas que permanecen tan drogados y tan ávidos de dinero que perfectamente habrían podido cometer el mismo hurto que El Nene y Dorda llevaron a cabo en el Parque San Fernando, un suburbio del Gran Buenos Aires, según la reconstrucción de Piglia.

Plata quemada es una novela histórica. Parte de un hecho de la vida real: de un crimen de esos que acaparan la atención de la crónica roja y luego se hunden en el olvido. En el epílogo de Plata quemada, que podría ser también el prólogo, el narrador informa que el 27 de septiembre de 1965 se cometió un hurto en Buenos Aires y los ladrones emprendieron una huida frenética que los llevó hasta Montevideo. La fuga terminó el 6 de noviembre del mismo año.
 
El material informativo que da origen a la novela es ese. En su momento la prensa registró la noticia con fruición pero con los días las noticias nuevas sepultaron a las viejas, como suele ocurrir. La maestría de Piglia consiste en tomar esa información y convertirla años después en literatura. Piglia toma una noticia criminal vieja (como hace Gabo en Crónica de una muerte anunciada) y amasa los datos para cocinar algo nuevo. Los ingredientes, es decir los datos y el contexto de la época, estaban en los periódicos que se empolvan en los archivos de las bibliotecas.

Plata quemada es una novela histórica porque se basa en un hecho real ocurrido en el pasado, pero no es una novela histórica convencional. En Piglia la historia está para transgredirla, para dessacralizarla, para violarla. La historia particular del crimen pero también, en términos más amplios, la historia de Argentina. El autor tiene claro el rol de los héroes: El Gaucho Dorda, uno de los dos protagonistas, (el otro es El Nene) es un asesino ex convicto que pasa todo el día drogado, oye voces, es homosexual y habla poco. Su único interés, además de la droga, es la lectura de la revista Mecánica Popular. Pues bien, sobre Dorda escribe Piglia:
Parado y tirando con las dos manos, sereno, bum, bum, con una elegancia y los canas cagados de miedo. Cuando ven a un tipo así, decidido, que no le importa un belín, le tienen respeto. Si hubiera una guerra, supongamos que hubiera nacido en la época del general San Martín, el Gaucho, decía El Nene, bueno, tendría un monumento. Sería, no sé, qué se yo, un héroe, pero nació fuera de época (P. 56).

Las transgresiones en Plata quemada son varias. Para empezar, el concepto mismo de la plata, del dinero, que interesa por su valor de cambio. El título habla del acto de quemar billetes, que puede ser el mayor gesto de desapego al sistema capitalista: tener dinero para dilapidarlo: no para regalarlo como gesto populista, sino para destruirlo, para hacer visible lo obvio: que el dinero es papel. Se lee en la obra: “… quedó una pila de ceniza, una pila funeraria de los valores de la sociedad”. Esa postura política de la novela está clara desde el epígrafe, una frase de Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”.

Los elementos con los que se construye la historia son también transgresores. Plata quemada es una novela de antihéroes. Los policías son corruptos personajes que se dedican a la picana mientras esperan la jubilación, y los protagonistas, Dorda, El Nene y su entorno, son ex presidiarios sin interés en redimirse. Los mueve, si acaso, el afán de conseguir plata para irse de Argentina e instalarse en Nueva York, en una forma de evidenciar que el sueño americano es una constante latina que permea todas las capas sociales y todos los imaginarios, desde hace décadas.

Mientras preparan el robo y la fuga, Dorda, El Nene, Malito y Mereles meten cocaína, se empepan, fuman marihuana, ven televisión, hablan banalidades (como los diálogos de los criminales de Tarantino) y tienen sexo en distintas variedades. “Cuando la carne escaseaba, se acostaban juntos, El Nene y el Gaucho Rubio” (p. 54). Las mujeres de la novela, sin excepción, cumplen uno de estos dos roles: son sus madres o son objetos sexuales: “A veces pensaba en una mujer y la sentaba en la ventana de la celda y le empezaba a chupar el clítoris, podía ser cualquier mina, mi hermana podía ser” (p. 68).

Plata quemada es una transgresora novela histórica que además propone una cartografía distinta de Buenos Aires. La capital argentina de estas páginas está muy lejos de la París suramericana que sueñan sus habitantes. Aparecen el subte, la Plaza de San Fernando, Rivadavia, Florida, el cine del Rex y el Tigre. Pero también Adrogué, la provincia en donde nació Piglia y en algún momento de la novela se dice de un personaje que prefiere la periferia. El autor nos habla de los límites en su sentido sociológico pero también geográfico, y de las relaciones entre ambas marginalidades. La estética bizarra del lenguaje concuerda con los espacios elegidos: en vez de narrar calles bonitas y edificios de mármol, Piglia prefiere describir otras arquitecturas. En este sentido Plata quemada es una obra que en sus páginas incluye personajes borde, pero también barrios y calles que distan de la postal turística, el lujo y el glamour. De hecho, buena parte de la novela ocurre de puertas para adentro, en cuartos a puerta cerrada, que corresponden a esta descripción: “las paredes vacías dan al ambiente el tono de precariedad que tienen los lugares así” (p.99).

Es también interesante el rol que le da Piglia a los medios de comunicación. No sólo le dan la oportunidad de incluir también en estas páginas a su querido personaje Emilio Renzi, sino que además muestran la relación ambigua entre los medios y sus receptores: por un lado, el lenguaje impostado y aséptico que usan  algunos periodistas para describir la acción en caliente, reproduciendo versiones oficiales, pero por otro lado los medios aparecen como validadores de la realidad. En medio de la balacera final el narrador cuenta que los protagonistas “habían  puesto el televisor en el piso para que no lo reventaran las balas y a ratos, cuando había una pausa, miraban lo que pasaba en la calle. También escuchaban el relato de los hechos transmitidos por Radio Carve, la voz de alterada de los locutores que se turnaban para contar los tremendos momentos vividos en la ciudad de Montevideo” (p. 108). Sobre Malito, el único de los cuatro sobrevivientes que no participa en la balacera final, se ha dicho setenta páginas antes: “Malito era entonces, como todos los pistoleros profesionales, un ávido lector de la página policial de los diarios, y ésa era una de sus debilidades” (p. 40).

No se trata, en todo caso, de un triller más. Plata quemada tiene un trabajo minucioso del lenguaje y un elemento que la potencia como obra: el humor. El narrador parece pensar que no hay nada sagrado en la Argentina: ni los militares, ni los policías, ni la religión, ni el sistema financiero ni Perón, ni Evita, ni la belleza de la ciudad. Todo puede ser objeto de burla y nada más eficaz que el humor para desnudar tiranías y autoritarismos.

Como todos los libros, Plata quemada tiene varias capas de lectura. El robo es una anécdota que permite mostrar un contexto de corrupción, capitalismo, exclusión y decadencia, sin discursos moralizantes. Sin embargo, quizás no es necesario que el lector haga todos estos análisis para disfrutar un libro como éste, que es un enorme divertimento. Ya lo decía la revista Selecciones del Reader´s Digest: la risa, remedio infalible.  


Plata quemada
Ricardo Piglia
Penguin Random House
Buenos Aires, 2013 (primera edición 1997)
172 páginas

Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez

En 1962 el artista Andy Warhol realizó su primera exposición individual: 32 lienzos con las latas de sopas Campbell. La reproducción semimecanizada de la obra, su elaboración en serie y su conexión con el mundo comercial fueron claves dentro del arte pop que con él se consolidaba. Años después reprodujo en serie la imagen de Marilyn Monroe.

Hay muchas formas de entender el arte pop y este texto no pretende explorarlas. En términos muy generales se trata de una expresión estética basada en la cultura popular (por oposición a la “cultura culta” o de élite) y dentro de lo popular caben el cine, la publicidad, los medios masivos de comunicación y lo que se conocen como industrias culturales.

En alguna de esas vertientes de lo popular pensó el mexicano Carlos Monsiváis en el año 2000, cuando se refirió a Santa Evita, la novela que publicó el argentino Tomás Eloy Martínez en 1995, diez años después de haber editado su otro libro histórico, La novela de Perón como versiones pop de la historia, como géneros pop.

Santa Evita es pop en más de un sentido.  Si Warhol reprodujo las latas de sopa para construir su obra, Tomás Eloy hizo lo propio con Eva Duarte. “Volveré y seré millones” es una frase que se le atribuye a Evita, aunque otros dicen que es del líder indígena Túpac Katari, quien la pronunció en La Paz en el Siglo XVIII. No importa: el concepto de autor se diluye en la cultura pop; lo que importa es lo que crean las masas y Evita es millones: se reproduce en películas, óperas, afiches, fotos, estampas, canciones, poemas. Su embalsamador, el médico Pedro Ara, creó al menos tres copias del cadáver de esta santa-política-puta-Virgen María-madrecita-trepadora, a la que embalsama tan pronto muere de cáncer a los 33 años –la edad de Cristo-. Los destinos de esas Evitas, falsas y verdaderas, intercambiables como muñecas de cera o muñecas inflables, ocupan buena parte de la novela que escribe Tomás Eloy, a veces en clave policíaca.
 
(Como si no fuera suficiente con las múltiples copias del cadáver, al final de la novela aparecen en los balcones de Buenos Aires “Evitas esculpidas en yeso, a las que habían aderezado con tocas de Virgen María”).

¿Es verdad lo que cuenta Tomás Eloy Martínez en Santa Evita?. La pregunta es irrelevante: la novela es verosímil. Usa un lenguaje periodístico, con datos, testimonios y fuentes documentales, para narrar cosas extraordinarias como la fluorescencia del cuerpo yacente de Evita (aunque yacente sea una condición inestable en esta muerta peculiar que vive en movimiento) o la cadena de fatalidades que, a manera de maleficio siniestro, le ocurren a cada persona que entra en contacto con ella. Si Duchamp enseñó con La Fuente que arte es lo que un artista dice que es arte, entonces Santa Evita es una novela porque así lo dice su autor. Si Tomás Eloy hubiese publicado el texto en La Nación o La Opinión, periódicos en los que trabajó como periodista, otras serían las claves para leer esta obra. Pero es una novela en la que el mismo autor reflexiona en sus páginas sobre esa condición: : “En esta novela poblada por personajes reales, los únicos a los que no conocí fueron Evita y el Coronel” (p. 55); “¿Santa Evita iba a ser una novela? No lo sabía y tampoco me importaba. Se me escurrían las tramas, las fijezas de los puntos de vista, las leyes del espacio y de los tiempos” (p.65); “Todo relato es, por definición, infiel” (p. 97); “las fuentes sobre las que se basa esta novela son de confianza dudosa, pero sólo en el sentido en que también lo son la realidad y el lenguaje: se han infiltrado en ellas deslices de la memoria y verdades impuras” (p. 143), “en esos papeles había un relato. Es decir, el manantial de un mito: o más bien un accidente en el camino donde mito e historia se bifurcan y en el medio queda el reino indestructible y desafiante de la ficción” (p.366) y “en las novelas, lo que es verdad es también mentira. Los autores construyen a la noche con los mismos mitos que han destruido por la mañana” (p. 389). 

Tomás Eloy Martínez se permite jugar en Santa Evita con esa relación difusa entre historia y ficción para reescribir la historia argentina, con sus mitos, tragedias, fatalidades y militares en medio de toda la trama. El narrador tiene el mismo nombre del autor: aparece Tomás Eloy con su nombre propio, reuniéndose con personas “de la vida real” en un ejercicio de investigación que se parece mucho a la reportería periodística.

Pero las claves pop de la Santa Evita van más allá: su protagonista es Evita, uno de los mitos icónicos de la cultura popular argentina, al lado del Ché y Gardel. Pero a diferencia de ellos, Evita es mujer y su historia ocurre en la primera mitad del Siglo XX, en un mundo político altamente masculinizado.

Sin tratarse de una obra feminista, o escrita con ese propósito, Santa Evita sí permite una lectura de género, en la medida en que documenta una época en la que el ascenso de una mujer al poder era prácticamente imposible. Evita fue la segunda esposa de Juan Domingo Perón, hasta su temprana muerte en 1952. La tercera esposa de Perón,  María Estela Martínez, se convirtió en 1974, en la primera mujer presidenta de un país latinoamericano, al suceder en el cargo a su esposo fallecido.

La novela está llena de alusiones machistas. Si Santa Evita se lee como una biografía, se trata entonces de la vida de una mujer pobre y ordinaria que logró convertirse en la más poderosa de su país gracias a que recibió la ayuda de muchos hombres: del cantautor de tango Agustín Magaldi, que la sacó de Junín y la llevó a Buenos Aires cuando tenía 15 años; del peluquero Julio Alcaraz, que la conoció en un set de cine cuando tenía 23, le decoloró el pelo y la peinó con esa moña icónica que le sumó edad y clase hasta su muerte; de Perón, que la doblaba en edad cuando se conocieron y a quien en esa primera noche ella le dice en la novela “gracias por existir”; o del médico español Pedro Ara, el embalsamador, que protegió su cuerpo de la descomposición natural. En algún momento de la novela el peluquero Alcaraz, Perón y Ara dicen, a su manera: “Yo la hice”.

Leer Santa Evita en clave de género implica también referirse a un cuerpo. La novela es la historia de un cadáver que se mueve, que parece vivo, tibio, que enamora. Hay numerosas alusiones al cuerpo de Evita: a su figura menuda, su pelo dorado, su piel perfecta, de alabastro, que se quemó cuando niña, a sus senos pequeños y su pubis de vello oscuro.  Es una santa vestida de túnica blanca, que después aparece desnuda, ultrajada, mutilada: para reconocer a la verdadera muerta de las demás copias, un coronel le corta una falange y un pedazo del lóbulo de la oreja. Es entonces un cuerpo mutilado, mancillado, y esta condición representa una continuidad en la muerte de lo que fue en vida: Tomás Eloy Martínez describe con detalle las hemorragias que sufre Evita a consecuencia del cáncer de útero que le cuesta la vida, pero además narra un aborto clandestino que se practicó antes de conocer a Perón, y que la obligó a permanecer ausente de la radio durante varios meses.  

En una visita al Papa Pío XII éste le dice que orará para que Dios le dé hijos. Para el Papa el cuerpo de Evita es un cuerpo estéril, inútil. Y para las mujeres de la Sociedad de Beneficencia el de Evita es un cuerpo impuro, indigno, porque se ha permitido el placer del sexo con múltiples hombres, sin estar unida en matrimonio.

Para los “grasitas”, la gente del pueblo que la idolatra, Evita es sobre todo una voz: la voz política que les da esperanza y les promete justicia (o les reparte billetes, casas o cajas de dientes), pero es sobre todo la voz familiar y cálida que conocen porque los ha acompañado durante años en el espacio íntimo de sus hogares a través de la radio.

Un acierto de Tomás Eloy es entender el poder de la radio en la construcción del mito de Evita.  La televisión llegó a Argentina en octubre de 1951 y su primera transmisión fue un acto público en el que Evita iba a ser proclamada como candidata vicepresidencial. El cáncer se le atravesó en el destino. Pero antes de la televisión, fue la radio el vehículo que movilizó a las masas no sólo en América Latina, sino también en Europa. Goebbels lo supo bien.
  
El cine llegó por vía de latas que permitieron ver el mundo, pero la producción local de cine no se dio de manera rápida en toda América Latina, e incluso hoy hay países o ciudades capitales con industrias cinematográficas débiles. Fue la radio, con sus radioteatros, el medio que permitió que en la primera mitad del Siglo XX surgieran en toda América Latina mitos locales de cobertura nacional.  En 1943 Radio Belgrano contrata a Evita para caracterizar a 18 heroínas de la historia universal. En ese trabajo se convierte ella misma en otra heroína y pocos meses después se casa con Perón. Su vida es en ese entonces un radioteatro con final feliz que siguen de cerca millones de hogares de las provincias argentinas. Pero esa popularidad no es absoluta: “para la gente de bien que oía poca radio, Evita era sólo una cómica que entretenía a los coroneles y a los capitanes de fragata” (p. 183).

Hay en Santa Evita numerosas alusiones al cine y al menos 40 a la radio: al comienzo de la novela ocurre la muerte de Evita y el narrador informa que el coronel que la vigilaba todo el tiempo “siguió los movimientos del cortejo fúnebre por las descripciones de la radio”. Más adelante doña Juana, la mamá de Evita, comenta que “aquél final de Evita fue triste, como las radionovelas de los años 40” (p. 40) y en otra página el autor escribe que durante su agonía “Renzi descompuso los aparatos de radio para que Evita no oyera el largo y terrible llanto de las multitudes” (p. 123). Se alude al radioteatro de Radio París y Radio Belgrano, a las alocuciones públicas de Evita y su marido, que cuando fue derrocado en 1955 “no habló por radio para pedir ayuda” (p.185), y a la música que escuchaba Magaldi en la radio. Incluso Tomás Eloy dice que, para despejarse del computador, sale en su carro a manejar sin rumbo por las rutas de New Jersey “con la radio prendida. Cuando menos lo espero, canta Evita. La oigo salir de la garganta raspada de la rapada Sinead O`Connor” (p. 203). No en vano el autor plantea que el ataúd que esconde a uno de los cuerpos de Evita, se registra en un barco a nombre de un radioaficionado: “el cajón es de pino, con la leyenda LV2 La Voz de la Libertad” (p. 340). Se supone que la caja, en vez de una muerta, transporta equipos de radio.

Durante casi 400 páginas el lector avanza al lado de un cuerpo ultrajado y escondido que, si cae en manos de quienes la buscan, puede desatar un enfrentamiento sangriento en el país. Lo mismo ocurriría si se sabe la verdad de lo que ha pasado con ese cuerpo al que los militares llaman “Persona” y los vejámenes que ha sufrido. Al final de la novela se dice que Evita es Argentina. El lector ha entonces recorrido un país embalsamado, que en cualquier momento puede desbaratarse. Eso es lo que plantea Tomás Eloy Martínez con su reescritura de este pedazo de la historia argentina, que se publicó 43 años después de la muerte de Evita y tan solo 12 años después del fin de la dictadura militar, que causó 30.000 desaparecidos y obligó al autor al exilio. Luego de la dictadura Argentina es Evita: un país necrológico, un cadáver embalsamado, un muerto viviente, un zombie, una caja llena de secretos


Santa Evita
Tomás Eloy Martínez
Biblioteca del Sur - Planeta
Buenos Aires, 1995
398 páginas