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sábado, 24 de febrero de 2018

11 bombas antes de las cenizas, de Natalia Mejía Echeverry

Leer es viajar, pero así como una parte muy feliz del viaje es el regreso a casa, a veces también es muy grato cuando las letras leídas proponen un recorrido por las calles que habitamos a diario. La lectura se vuelve entonces una complicidad y también un redescubrimiento.


11 bombas antes de las cenizas es una novela corta de Natalia Mejía Echeverry, quien en un ejercicio de autoficción cuenta una biografía novelada que inicia en un recuerdo de infancia en la Plaza de Toros de Manizales. A la autora no le interesa el debate entre taurinos y antitaurinos. Se concentra en el lenguaje, en palabras como grana, gaonera, chicuelina y otras tantas que solo se pronuncian en ese sitio específico, y en determinada época del año.


La narración fluye natural de los toros hacia las rutinas de patinaje artístico en el Coliseo Mejor, en donde la protagonista practica con una disciplina férrea muchas horas de todas las semanas del año, hasta bien entrada la adolescencia. Luego la vida sigue, en otros sitios y con otras compañías.

La estructura del texto está fragmentada por permanentes digresiones en torno a la escritura, al ejercicio de escribir, tan distante e indiferente frente al de publicar. Natalia atraviesa su novela con una reflexión constante sobre la insignificancia de las palabras. 

Se trata de una novela ágil, diáfana, inteligente y cosmopolita, aunque esté anclada en una ciudad conservadora como Manizales y tenga como eje fundamental el tema de los lazos familiares.

Algunas frases
Vista desde afuera, la tauromaquia es un espectáculo sangriento. Desde adentro es pura sensualidad.

Soñar es cursi pero es privado, y gratis. Menos mal.

Puedo decir: soy escritora. Es irrefutable. Si digo: soy escritora, es como si dijera: soy mujer. ¿Quién puede negarlo? Quién va a decir: no Natalia, no lo eres. Y sin embargo ser, por sí sólo, no significa nada; no sirve para nada. Ser escritora no significa hacer lo que hace una escritora. 

Tampoco en la vida, las cosas suceden tan ordenadamente como en la escritura. 

Escribir para qué. En principio para capotear (...) Escribir para separar pedazos y recorrer líneas de fuga. 

Dijo algo que se aplica a la escritura: "La música clásica te gusta porque es una experiencia abisal. Morís, pero sin morir".

La escritura es una semilla y se hidrata invisible, germina en presencia ajena.

Para qué escribir: para sentir equilibrio. Equilibrar qué: la vida que acontece, con la vida que puedo hacer que acontezca. 


11 bombas antes de las cenizas

Natalia Mejía Echeverry
Editorial Malisia
La Plata, Argentina
2017
70 páginas

El sol y la rabia, de Natalia Mejía Echeverry

"Es un experimento bizarro medio en borrador". Así describe Natalia Mejía Echeverry este remolino de frases bipolares, sueltas, que sin embargo tienen una fuerza interna arrolladora y que unidas en medio de su caos construyen una novela corta fresca, ágil, arriesgada y contemporánea. Algunos podrían decir que posmoderna, aunque a estas alturas ese epíteto puede sonar vetusto para el ejercicio que la autora propone. 

Natalia nació en Manizales en 1986, estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de Manizales y vivió 9 años en Buenos Aires, en donde estudió Dirección de Fotografía y Dramaturgia, trabajó en proyectos audiovisuales y se graduó de una Maestría en Escritura Creativa.

Esa cercanía con el mundo audiovisual se nota en su escritura de una manera particular. Normalmente la relación más obvia entre el cine y la escritura es la llamada "narración por escenas" de la que hablaba Tom Wolfe. Natalia no construye escenas, pero su texto tiene una estructura audiovisual: el vértigo narrativo de su prosa se emparenta de manera próxima con el de el videoclip.

El libro se enmarca en lo que algunos denominan autoficción. La protagonista del texto es una manizaleña que se llama Natalia Mejía, que vive en Buenos Aires. Las licencias narrativas de la historia son la maravillosa libertad que permite navegar por el terreno de la ficción, que en su relato viaja entre Buenos Aires, Manizales y San Andrés, y que insinúa de manera entrecortada una ruptura sentimental, un trastorno mental y una historia de violencia familiar. 

Algunas frases:
Nosotros pagamos fortunas para meternos a la piscina de un barco y reclamamos la falta de refrigerio.

Ya sabemos que de amor nadie se muere, no soy tan ridícula, pero cómo mierda se puede hablar de muerte si uno sólo se muere una vez, sin darse cuenta, y en cambio amar puede llegar a dos, tres, cuatro veces.

Vos tenés tiempo, yo palabras. Espero que lleguemos juntos, pero si no, quedate tranca que llegaré sola, sabré llegar. 

Mejor dicho puedo hablar desde la tristeza, que es entrecortada, que se agota pronto, que es tan poco fuerte, lábil. 

¿Quién ignora la tristeza? Es decir, quién no la conoce.

¿Qué pasó? Pasó lo que pasa siempre. Los humanos nacemos con un corazón palpitante, propenso a las tinieblas, que tira -todo tira- de un carro desbocado, deseoso, dispuesto a llegar hasta donde la mente quiera, hasta donde la mente lo permita. ¿Qué pasó? Al carro se le empezaron a desgastar las ruedas. 

El ego es una cucaracha y las cucarachas, además de ser rápidas, fueron capaces de sobrevivir a la bomba atómica. 

Señores: aunque no les guste, aunque no lo crean, cada una es dueña de su ingenuidad.


El sol y la rabia
Natalia Mejía Echeverry
Editorial Malisia
La Plata, Argentina
2017
60 páginas