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viernes, 26 de junio de 2026

El sujeto sufragista, feminismo y feminidad en Colombia 1930-1957, de Lola G. Luna

Este libro, editado por primera vez en 2004 y reeditado en 2025, consiste en un trabajo de interpretación sociológica y discursiva de los procesos sufragistas en Colombia, a partir de tres períodos que delimita la autora: 1930 a 1943, 1944 a 1948 y 1949 a 1947. El derecho al voto se aprueba el 25 de agosto de 1954 en la Asamblea Nacional Constituyente y se refrenda en el plebiscito del 10 de diciembre de 1957, fecha en la que por primera vez votan las mujeres en Colombia.

Se trata de un trabajo riguroso y completo en el que la autora Lola G. Luna explica dos vertientes del sufragismo colombiano: la feminista, más asociada a movimientos liberales y socialistas, y la femenina, de tradición conservadora y católica. De acuerdo con la profesora Luna, la particularidad del proceso colombiano radica en el rol que cumplió el movimiento conservador dentro del sufragismo y cómo esa visión que intenta conciliar los nuevos derechos políticos para las mujeres con el modelo mariano de ángel del hogar pervive en la cultura colombiana.

El libro es rico en nombres, referencias y fuentes bibliográficas. La periodización propuesta permite observar la evolución de la discusión y evidencia que si bien el debate comenzó en la República Liberal, fueron los liberales quienes inicialmente se opusieron al voto femenino, mientras que los conservadores se mostraron favorables por considerar que las mujeres votarían azul por la influencia que sobre ellas ejercía el clero. En ese orden de ideas es significativo que la aprobación del sufragio femenino se haya dado en la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, de raigambre conservadora.

Algunos subrayados
Otros de los reclamos que han jalonado las demandas feministas han sido el derecho a una vida libre de violencias, movilizaciones por la paz y contra la guerra, y la libre opción de la maternidad (p. 16).


En la Asamblea Nacional Constituyente, las mujeres tuvieron una participación del 5,7% con cuatro mujeres: María Mercedes Carranza (Alianza AD-M19), María Teresa Garcés (Alianza AD-M19), Aída Abella Esquivel (Unión Patriótica) y Helena Herrán de Montoya (Partido Liberal) (p. 22). 

de la mayoría de las mujeres que participaron en el movimiento sufragista se conocen algunos nombres y datos de origen geográfico y de profesión porque ocuparon cargos en las organizaciones, pero están pendientes de ser rescatadas del olvido en que están sumidas y estudiarlas en profundidad en los casos que sea posible (p. 31).

El sufragismo colombiano albergó, por un lado, la tendencia feminista de la época, que reivindicaba que las mujeres junto a ser el centro del hogar podían participar políticamente más allá del voto, y por otro, una corriente sufragista conservadora que daba mayor importancia al hecho de que las mujeres fueran madres de la patria y de sus hijos, y por ello merecedoras del voto (p. 33).

Las feministas actúan junto a una sujeta sufragista construida en el discurso católico conservador que a su vez participa del discurso moderno en lo que se refiere a educar a las mujeres y reconocerles el derecho a votar, pero con la finalidad de que sigan siendo las "reinas del hogar", unas reinas ahora "ilustradas" (p. 38).

La particularidad que encierra el caso colombiano consiste en que en la construcción del sujeto sufragista concurrió el conservatismo con el legado colonial discursivo, la modernización liberal, y el proyecto de sociedad igualitaria socialista (p. 39).

El período de 1930-1943, es el subperíodo en el que las sujetas sufragistas se diferencian en su identidad y se produce el debate entre feminismo y feminidad, en un contexto liberal (p. 39).

Entre 1944-48 hubo un cierto avance en la ampliación de los derechos de las mujeres. Se logró el reconocimiento formal de la ciudadanía en 1945, pero, aunque se sucedieron los proyectos de ley del sufragio no se logró su aprobación(...) Fue el momento de aglutinamiento en organizaciones y congresos, de consolidación de órganos de expresión como las revistas Agitación Femenina y Mireya (p. 40).

El género encuentra su lugar como "objeto" y el feminismo como "sujeto", ambos construidos significativamente a través del lenguaje (p. 48).

El género es el discurso de la diferencia entre los sexos (p 56).

Esa "mujer" estaba rodeada de virtudes consideradas naturales, representando un "modelo normativo de heterosexualidad reproductora. La modernidad alentada por la Ilustración hizo que esa mujer, "ángel del hogar" y buena madre, se consolidara e institucionalizara, imponiéndose en las metrópolis europeas y en sus colonias (p 60).

"las condiciones de desigualdad de derechos en las que vivían las mujeres no causaron la acción colectiva de la sujeta sufragista hasta el momento histórico en que un discurso, el moderno liberal, actuó como mediación significativa de esas condiciones y la posición en que las mujeres vivían en ellas" (p. 66).

Las maestras fueron agentes de feminización, transmitiendo los dereberes domésticos que configuraban la identidad de las discípulas. Pero muchas veces esas maestras no eran madres y en realidad no respondían a la "madre burguesa" de los manuales, porque habían encontrado en el magisterio un espacio de libertad para desarrollarse como escritoras e intelectuales, lo que les permitía transgredir la frontera y participar en un nuevo modelo de mujer que se estaba gestando también en otros campos (p 72).

es útil hacer la distinción entre estos dos grupos de sufragistas, feministas y conservadoras. La especificidad colombiana reside en la existencia de un discurso conservador, católico, marianista, patriarcal, que sobrevive en el discurso moderno (p.80).

Se señala como materias apropiadas para las mujeres el arte, la historia, la medicina y las "industrias domésticas", y por encima de todo estaba la "misión de madres" (p. 88).

valga como conclusión que sus significados de género constituían no solamente un sujeto de mujer pasivo, sino que aspiraban a ser un modelo único para las diferentes clases de mujeres existentes en la realidad (p. 91).

Las mujeres de las élites urbanas, desde el siglo XIX ejercían de reinas del hogar, y se buscaba su identificación con las virtudes de María virgen (p. 92). 

hasta las reformas legales de la década del treinta, cuarenta y cincuenta, la ciudadanía era un privilegio de los varones mayores de 21 años, que sabían leer y escribir, gozaban de un empleo no servil y tenían una renta mínima (p. 97).

Una vez que fue conseguido el primer derecho: administrar los propios bienes, la educación se volvió una cuestión prioritaria (p. 99).

"igualdad" y "democracia" eran categorías del discurso socialista, mientras "igualdad jurídica", "diferencia", "justicia" y "dignidad procedían en otros momentos del discurso liberal y conservador (p. 102). 

A mediados de la década de los cuarenta se debatió reformar la Constitución en su artículo 13 para reconocer que las mujeres eran ciudadanas y podían ser elegidas para cargos públicos (de hecho podían hacerlo desde la reforma de 1936) pero se especificaba que no tenían derecho a elegir, es decir a votar (p. 106).

Josefina Canal de Reyes, Camila Uribe y Rosa María Aguilera representaban a un sujeto sufragista conservador con intereses representados por los valores tradicionales de género femenino, en los que se aceptaba una cierta modernización en la educación y en los derechos civiles y políticos, con el fin de mejor cumplir "su misión" de madre y esposa (p. 111).

La ley 28 de 1932 en que se reconoció a las mujeres el derecho de administrar sus bienes (p. 112).

Gladys Jimeno ha señalado la existencia de algunas mujeres que reclamaban derechos y cuya vida fue un testimonio feminista, como es el caso de María Rojas Tejada, en la Antioquia del primer cuarto de siglo (p. 117).

Se comenzaron a dibujar dos posturas: la primera postulaba la emancipación de la mujer de su "condición de esclava", y hacía un llamamiento a todas las mujeres a tomar conciencia de que el Proyecto de Capitulaciones Matrimoniales -uno de los más importantes que se presentaban- significaba la libertad (p. 123).  La nueva categoría discursiva que aparece en estos primeros momentos es "feminismo" y su significado se expresa en términos de igualdad (p124). La segunda postura, partiendo de una exaltación de los valores atribuidos al rol femenino como la "prudencia" y "modestia", y la confesión expresa de catolicidad, reivindicaba la feminidad como el argumento definitivo para que la mujer fuera "siempre tenida como compañera" y se cumplieran las palabras de San Pablo (p. 125).

Una tendencia conservadora, y otra liberal y feminista, cercana a las ideas liberales y populistas de la "revolución en marcha" y del gaitanismo. Más tarde aparecerían en escena las mujeres socialistas (p. 126).

Se trataba de dar a las mujeres la administración de sus propios bienes, y por tanto venía a resolver una situación que afectaba a las que procedían de familias acomodadas y burguesas (p. 127). 

1934-38: el voto; los liberales mantuvieron una posición contraria, mientras los conservadores eran más proclives, creyendo el argumento de que el voto femenino era conservador por estar las mujeres influidas por el clero (p. 128).

centrando la atención en la educación como un requisito para la obtención del voto (p. 128).

Las feministas no cuentan en estos años con canales de expresión escrita ni han llegado a organizarse de forma estructurada. Comienzan a abrirse espacios a través de conferencias y programas de radio (129).

Se abría un pequeño espacio en el que algunas mujeres educadoras eran llamadas a participar, y de hecho lo hicieron mostrando sus ideas sobre la educación femenina a través de las revistas y la prensa (p. 131). 

El derecho al voto era planteado en la prensa femenina que estamos examinando, como un reconocimiento a la feminidad de las mujeres y a los valores que de ella se derivaban, y no como un derecho de ciudadanía y participación política en igualdad con los hombres (p. 137). 

un feminismo femenino, conservador desde nuestro punto de vista, porque aunque reivindicaban el derecho al voto, estaban lejos de la idea de igualdad. Por su parte las feministas pugnaban por hacerse oír (...) en la conservadora Tunja, desde 1938 hasta 1942 existió el programa de radio La Hora feminista (140). 

La II Conferencia de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas fue celebrada en Lima (1924), en conmemoración de la batalla de Ayacucho. En esta Conferencia participó la colombiana Claudina Múnera, representando a Georgina Fletcher, que a su vez fue nombrada representante de la Liga en Colombia (...) El III Congreso Internacional Femenino se celebró en Buenos Aires (1927), al que asistieron las colombianas Claudina Múnera, Etelvina López y López y otra educadora de Armenia (p. 145). 

Entre 1944 y 1948 hubo un cierto avance en la ampliación de los derechos de las mujeres. Se logró el reconocimiento formal de la ciudadanía en 1945(p. 151).

Hasta once proyectos de ley a favor del sufragio femenino se pueden contabilizar en Colombia entre 1933 y 1954 (p. 161). 

(Radio) Tenemos noticia de los siguientes: La Hora Feminista, en la emisora de Tunja; Tribuna Liberal Femenina; Avanzada Femenina en Radio Pacífico, que se emitía los sábados y era la voz de la Alianza Femenina y Hora de Variedades, dentro del programa de Stella, en la Emisora Suramericana, Agitación Femenina num. 14, 1946, p. 1 (p. 161).

un liberal, por cierto, mantenía la idea de que el voto destruía los hogares y conducía al ateísmo, estableciendo una analogía entre política, barbarie e infierno (significados masculinos), de la que había que salvar a la mujer de naturaleza buena y santa (significados femeninos). (p. 163).

Las conexiones políticas de la mujer con el mundo público a través de la construcción: madre/nación (p. 163).

De esta forma se presentaban como verdades incuestionables que la educación de los hijos y el cuidado del hogar eran tareas exclusivamente femeninas y de "más valor" que la participación en la vida pública y en la política (p. 165). 

En Gaitán estaba unida la idea de liberación de la mujer a significados maternalistas (169). 

Lucila Rubio de Laverde puntualizaba que los postulados del feminismo eran cuatro: educación, derecho a administrar los propios bienes, igualdad en el salario y derechos políticos, afín de rebatir el tópico de que el feminismo preconizaba que los hombres realizaran las faenas del hogar" (p. 171).

Desde la antigüedad clásica pervivía la idea de una identidad femenina por naturaleza esencialmente buena, y el hogar y la maternidad como única función social, se contraponía a la política. En la modernidad se extendió el ámbito de las mujeres hasta el espacio público y político reconociéndose su capacidad racional, y la colaboración y complementariedad con el hombre fue un discurso armonizador del dilema de la diferencia (p. 177). 

Se puede afirmar que en Colombia sectores del conservadurismo habían tomado la bandera del sufragio femenino desde décadas atrás y aunque las sufragistas liberales y socialistas tuvieron una posición feminista de acuerdo con la corriente internacional, fueron finalmente las conservadoras las que a la hora de la obtención jugaron el papel político más visible junto a Rojas Pinilla (p. 191). 

El sujeto sufragista, feminismo y feminidad en Colombia 1930-1957
Lola G Luna
Editorial Gente Nueva
Barcelona
2025
246 páginas


martes, 31 de marzo de 2026

Misiá señora, de Albalucía Ángel

Aunque la novela más conocida de Albalucía Ángel Marulanda es Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), la escritora considera que su obra más lograda es Misiá señora (1982), un libro se publicó en España y tardó varias décadas para llegar a Colombia. Por eso, según Albalucía, nadie lo leyó.

Misiá señora tiene muchos puntos comunes con Estaba la pájara pinta: el lenguaje oral, la sexualidad femenina (el despertar sexual, la violación), la violencia política y una escritura fragmentada, no lineal, le le exige al lector construir la historia a partir de los fragmentos. Esta característica hace que para muchos lectores Albalucía sea una escritora "difícil": son libros que exigen una lectura atenta y que invitan a una participación activa del lector.

Misiá señora está dividida en tres partes que corresponden a tres generaciones. En la primera aparece Mariana, la hija menor de una familia aristocrática del Eje Cafetero. La segunda corresponde a Mariana, la mamá de Mariana, y la tercera parte tiene como protagonista a la abuela Mariana de Ontaneda y Álvarez del Pino, y ocurre en Quimbaya, Quindío, en los años 30.

En la escritura de Albalucía Ángel hay un manejo magistral de los diálogos, cargados de humor y de oralidad, de chispa e ingenio. Hay también un interés por narrar el mundo de las niñas, la violencia que padecen las niñas en mundos en los que los padres y hermanos ejercen control sobre sus cuerpos, y también el deseo sexual, que la Iglesia reprime y el cuerpo reclama. 

Misiá señora, como otros libros de Albalucía Ángel, es una novela que envejece muy bien, porque al momento de su publicación abordó asuntos adelantados para su momento, pero que hoy hacen parte de la agenda cultural contemporánea: el aborto, las relaciones lésbicas, el alcohol, la marihuana, las brechas de género y la violencia machista. Todo eso ella lo narra con un lenguaje deliberadamente literario, en el que la intención no es informativa sino artística. Es un lenguaje provocador, que mezcla referencias a Cuco Sánchez y Chavela Vargas con Vivaldi y el Nocturno de José Asunción Silva, y que se burla de la omnipresencia de la iglesia con frases que en su momento pudieron ser vistas como provocadoras blasfemias.

Algunos subrayados
Los hombres buscan siempre ese no sé qué que una mujer hermosa oculta en su sonrisa, y usar Pepsodent, claro, como locas (p. 37).

A mí un hombre en calzoncillos me da más bien vergüenza ajena (p. 46).

Cuando insinuó que haría bachillerato y a lo mejor seguía carrera, le armaron bochinche. ¿Vas a ser secretaria? (p. 47). 

misiá señora Piraquive que reparte consejo y mejorana pues es mejor la prevención que andar por ahí curando desgracias (p. 49). 

¿Te tocas por las noches cuando estás sola?, le preguntó en la confesión, tocarme dónde, se le ocurrió decirle (p. 51).

Le regalaron un equipo de gimnasia y se la pasa todo el día con las barras, a mí nunca me dejan porque eso es feo en las mujeres, se le ponen las piernas muy boludas y la espalda de nadadora, qué pereza, es el consejo de mi mamá, ¿a ti te gusta el tenis...?, pone bonita la figura, o el golf también, es un deporte suave y elegante, ¿de dónde sacas tantas maricadas?, yo juego fútbol y hago barras, y en realidad más bella no se puede, piernas torneadas, espalda redondita, senos de anón (p. 55).

Yasmina ya es mujer, eso se nota al rompe. no por trozuda, exuberante, sino por lo que piensa, cómo hará (p. 55). 

mieeeeércoles... llegó la menstruación, la oye de pronto y no se atreve a nada, como un tomate, le parece, nunca jamás hizo mención de esa palabra, estoy enferma, o mala, se decía, o me llegó la margarita, como inventó Disnarda, que se ponía como un tití cuando eso le venía, por lo poquito que me sirve ni que me va a servir, no pienso tener niños, con colico, además, maldita sea (p. 56). 

y te encontraste el hombre que se arrimó muy confianzudo y comenzó a decirte que qué muñeca tan bonita mientras te manoseaba y tú dejándolo bajarte los calzones, envarillada, tartajosa, contestando que sí, que tu primo Alciguel era ese niño con los bucles dorados que parecía una niña, o un ángel del pesebre (p. 64)

¿Ya está comiendo mocos otra vez...?
Sí, y qué. Y vuelvo mierda el overol, y qué. Y no soy niña juiciosa ni mucho menos un encanto qué maravilla qué belleza jamás seré como esas lamenalgas que apenas ven la ceja levantada vuelan a hacer mandados a la esquina a recoger juguetes a limpiarse los dientes no me jodan que doble esa camisa que no se ensucie los zapatos que ande derecha se va a volver como Elisenda gorobeta póngase así camine asá no hable tan duro no se suba a los árboles porque eso no es de niñas no juegue trompo con su hermano porque eso no es de niñas no silbe en el recreo porque eso no es de niñas no brinque así porque eso no es de niñas no diga groserías porque eso no es de niñas saque las manos del bolsillo porque eso no es de niñas no haga carrizo porque eso es cosa de hombres así se ven vulgares mujeres que tienen siempre que decir a dónde van con quién salieron a qué horas llegan y a quién vieron jampas tomar la iniciativa dejar que el hombre escoja. Que el hombre sea el que mande flores. Coquetee. Silbe en la calle. Dé la acera. Diga piropos. Manosee. Susurre obscenidades cuando te vea pasar. Se arreche. Se masturbe. Sea manirroto y se emborrache. lleve las serenatas. Te pegue las palizas. Busque una moza. Se acueste con las putas. Trabaje y dé la plata del mercado. Te vapulee en su casa porque eres la mujer y el que posee el mango, según San Pablo, es él, y tú sumisa, al sartén, a tener hijos para el cielo, mientras él, el supremo, se cree el ombligo del mundo pues le dijeron que su vergajo es oro en paño y que él es el rey midas, la imagen de mi Dios, el Amo, el Redentor, el que posee la vara y se le entiesa, para el goce absoluto de once mil o más vírgenes que se mueren por él (p. 71)

Yasmina nunca cambia. Ya va en segundo de medicina, contradiciendo a su mamá que reviró inmediatamente que más bonito es enfermera, más femenino, mejor dicho más lucido (p. 88). 

Es peor el hospital, cuando hacen los raspados. Son casi siempre jóvenes los médicos, y oyó contar mil veces que te espatarran como a vaca, te dan, si acaso, un analgésico, y empiezan: que ya vas a aprender a dárselo a los ingasueltas, ¿te lo gozaste chévere esa vez... no?, ¿cuántos más te comieron?, hurgándolas con saña, haciéndolas tasajo, la próxima convidas, ya debes ser muy buena en movimientos y en recalentamientos, yo prefieron morirme, hijos de puta (p. 107). 

¿Fumas ahora...? ¿Desde cuándo?
Desde que resolví que qué carajo, que el cáncer a la mierda (p. 112).

No sé, Pienso en Idaly, en que un aborto es espantoso, se puede uno morir... ¿verdad?
Si no lo haces como es. Un aborto es muy simple,  pero hay que hacerlo en una clínica, o con el Karman, no hay peligro, como sacar un diente. Pero me da coraje que las mujeres tengan que hacerlo así, ¡maldita sea...!, como si fuera un crimen. La ley de este país con las mujeres no sirve ni para tacos de escopeta, no ayuda ni un carajo, es una mierda... (p. 117).

O sea, las vomitonas, las maluqueras más horribles, el miedo, y esos sudores fríos, consumiéndote. Yo tenía horror de estar posesa. No lo entendí jamás, pero cuando sentía las pataditas me imaginaba un monstruo, a veces, y otras soñaba con mi madre, pariendo ella a la niña, que había nacido casi muerta (p.  163).

más amarrado que una casa de bahareque (p. 178)

¿Después de ese trabajo que fue lograr que un pereirano dijera al fin que sí, que la aceptara así: ¿de Manizales?
¿Se acuerdan de lo que fue el noviazgo de Lorencita...?
Como Montesco y Capuleto, yo me acuerdo... (p. 179).

Las guerras son angurria, también. Las necesitan. El poderoso para mostrar que es fuerte, el inseguro para ganar terreno hacia la izquierda o terreno a la derecha, el de al lado aprovecha para venderles armas, y hay uno que es el que siempre ayuda y manda tropas, para ganar honores y repartir después medallas a las viudas, fuera de que ganan amigos y prestigios en la ONU (p. 183).

Desde que el mundo es mundo los hombres descubrieron que el gran placer del matrimonio es acostarse con las otras (p. 189).

a echar pestes de una señora inglesa que habían canonizado pero que según él un bodrio inmarcesible, el escritor fue marido, un señor Woolf, que se pasó la vida publicando las cursiladas de esa vieja, y tragaba y hablaba al mismo tiempo, parecía más bien la Enciclopedia Espasa, atiborrado, de ron y arroz con coco. Marimachos, dedujo. Que había una prima de él que le había dado por creerse Balzac, como si eso de escribir fuera como soplar botellas, par boliones y listo (p. 226).

Cuando vuelva a nacer me gustaría ser hombre (p. 271)

Elisenda contaba que él era liberal pero iba a misa (p. 280). 


Misiá señora
Albalucía Ángel Marulanda
Primera edición: Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1982.

Edición más reciente: 
Bogotá
2021
312 páginas

jueves, 19 de febrero de 2026

Lo que sabe la señorita Kim, de Cho Nam-Joo

Después de leer a Han Kang, los 8 cuentos que Cho Nam-Joo publica bajo el título "Lo que sabe la señorita Kim", el nombre de uno de los relatos, ayudan a reafirmar esa imagen de la Corea contemporánea como una sociedad profundamente patriarcal, incluso más que la latinoamericana, lo cual ya es mucho decir.

Los ocho cuentos de este volumen son relativamente extensos. No hay cuentos de 1 ó 2 ó 3 páginas. Son cuentos que ocurren en Corea, en el presente, y en donde las mujeres son protagonistas y narradoras.

La vejez, la maternidad, las relaciones de pareja, la amistad, la familia y todos esos lazos íntimos en entornos próximos son los que la autora privilegia en sus relatos: una mujer que rompe con el novio que le propone matrimonio (Para Hyeonnam); una jubilada que viaja con su suegra de 80 años a ver la aurora boreal (Noche de aurora boreal), una estudiante de bachillerato que denuncia una situación de acoso escolar y le confía los detalles a su abuela antes que a su madre (Y la niña creció), la tensa relación con una profesora (Lo que sabe la señorita Kim), y una pareja de colegiales separada por el Covid (Primer amor, 2020) son algunos de los cuentos en los que la autora reflexiona y complejiza las relaciones cercanas.

El libro presenta una perspectiva feminista. Es decir: son relatos con mujeres como protagonistas pero, además, son relatos que muestran brechas de género en una sociedad como la coreana, en donde la figura del padre, el hermano mayor o el esposo tienen enorme incidencia en las decisiones familiares. 


Algunos subrayados

Bajo el ciruelo
¿O acaso el envejecimiento es una enfermedad? (p. 11).

Lo único que puedo hacer es mirar por la ventana y plantearme preguntas sobre el tiempo que me queda y sobre si algún día no me arrepentiré de haber dejado que transcurrieran tantas horas sin hacer nada (p. 14).

A estas alturas me parece que la vida era mejor cuando podía arriesgarme, intentar lo que fuera para sobrevivir (p. 20).

Intransigencia
Por primera vez tomé prestado un episodio de mi vida como material narrativo, traicionando lo que me había prometido empezar a escribir: no incluir experiencias personales y de no usar la escritura como medio para desahogar mis emociones (p. 52).

Lo que sabe la señorita Kim
—Convivimos bien como familia. ¿No es suficiente con eso? ¿También te tengo que amar? (p. 89)

Para Hyeonnam (estimado ex)
Por eso te pregunté si estabas enfadado, eso sí, con discreción, como si fuera la culpable de tu disgusto. No tardaste en gritarme que no, que no estabas enfadado (p. 117).

Tenía veinticinco años y me sentía una vieja, en parte por ti, que por entonces bromeabas diciendo que a los veinticinco se acababan los mejores años en la vida de una mujer (p. 123).

Mis comentarios sobre nuestros potenciales hijos me los reservé al oírte hablar de la paternidad como algo natural en la vida. Preguntabas cuántos prefería tener, en vez de qué pensaba sobre ser madre. no querías saber si estaba dispuesta a hacerme cargo del cuidado de los niños, sino durante cuánto tiempo estaría en casa dedicada a ellos (p. 128).

la mayoría del tiempo parecíamos una pareja mayor cuyos días transcurrían sin grandes eventos, entre comidas ordinarias, paseos al cine, copas de cerveza, sexo y nada más (p. 129).

Creí que podría verme con amigas que no te caían bien sin avisarte. Traté de ignorar tus desplantes y pensé que lo mejor era no entrar en conflicto contigo, a pesar de que siempre te salías con la tuya, incluso a la hora de pedir en los restaurantes. Sin embargo, poco a poco empecé a dudar de que mantuviéramos una relación sana (p. 130).

Noche de aurora boreal
Probabilidad no es igual a promesa, aunque nos permite aventurarnos (p. 132).

Mi percepción del extranjero era como una pintura abstracta, nada realista e incluso absurda, donde se mezclaban escenas de películas estadounidenses dobladas y anécdotas de una de mis tías que inmigró a otro país (p. 134).

Hay palabras que son como una navaja que jamás pierde el filo (p. 138).

en las ciudades actuales no había muchos espacios con tantos árboles y flores como las urbanizaciones con jardines artificiales (p. 141).

cuanto más vieja, más tienes que esforzarte por imitar a los jóvenes (p. 142).

a menudo los recuerdos que una se guarda para sí misma se evaporan sin poder seguir el ritmo de la vida, igual que las comas para el pelo que se meten en el cajón del pupitre o que se pierden debajo de la cama (p. 149).

Haz lo que te dé la gana mientras seas joven. Porque, con la edad, lo único que ganarás será cobardía y arrepentimientos (p. 159).

Desde que me casé, dos constantes en mi vida fueron la presión de que tenía que velar no solo por mi vida, sino por las vidas de otras dos personas, y la fatiga que me producía la carga que me había impuesto (p. 163).

Quiero vivir por muchos años más. Que me pongan respiradores artificiales y lo necesario para mantenerme con vida. ¿Qué diablos ganaré viéndome guapa al morir? No quiero ser guapa. Lo que deseo es tener una vida larga, respirar el aire de este mundo maravilloso todo lo que se pueda (p. 172).

Existen situaciones que escapan al alcance de los seres humanos. Y ante esta verdad irrefutable solo podemos esperar, prepararnos para el futuro, no caer en la desesperación y aceptar humildemente todas las oportunidades, dando gracias a la vida sin soberbia (p. 173).

Si por momentos me costaba creer que la hija que creció dentro de mí y que di a luz era tan distinta a mí, siempre me resignaba tratando de convencerme de que nuestras diferencias eran obvias, ya que después de vivir en mi vientre nueve meses, la niña había crecido fuera durante décadas hasta convertirse en mujer (p. 176).

Y la niña creció
¿De veras crees que una mujer puede vivir la vida que desea teniendo marido e hijos? (p. 186).

Lo que sabe la señorita Kim
Cho Nam-Joo
Traducción de Joo Hasun
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2024 (primera edición coreana 2021).
228 páginas

lunes, 4 de noviembre de 2024

Qué hacer con estos pedazos, de Piedad Bonnett

Emilia tiene 64 años, escribe crónicas para una revista a la que solo va al consejo de redacción cada 15 días, y en donde todos los periodistas y jefes son mucho más jóvenes que ella. Vive con su marido de toda la vida, que toma decisiones por ella sin que eso le parezca anómalo, y sobreviven en una tensa convivencia que se alimenta de rutinas y silencios. Emilia tiene un hermano, Luciano, que vive viajando, y una hermana, Angélica, que es quien está pendiente de la cada vez más deteriorada salud de su papá. La hija de Emilia, Pilar, tiene 30 años, está casada y vive en otro país con su marido y su hija Sara. Emilia resiente el desapego de su hija, y no habla con nadie de Pablo, su hijo que murió súbitamente cuando tenía once meses de nacido. La persona con la que a veces conversa infidencias es Mima, la empleada de la casa, madre de Betsy, quien a su vez es madre de un niño de 3 años.

Esta es la cartografía de afectos y desafectos en la que se teje Qué hacer con estos pedazos, una novela en la que Piedad Bonnett utiliza la metáfora de la remodelación de una cocina para mostrar cómo pequeños cambios pueden sacar a flote grandes grietas en la convivencia cotidiana. En principio Emilia es una mujer normal, con una vida normal y una familia normal, sin grandes problemas, pero a medida que avanza el relato se entiende que Emilia es una equilibrista que ha hecho del silencio, el aguante y la sumisión su forma de vida, todo para no romper la frágil armonía familiar.

Feminicidio, clasismo, apariencias, envejecimiento, machismo y silencios familiares son los hilos que tensan esta novela en la que se presta voz a una mujer madura para preguntarse, luego de toda una vida de entrega y amor, si realmente todo eso valió la pena. Leer esta novela en paralelo con La mujer incierta puede ser un ejercicio de leer desde la ficción y la no ficción la lectura que hace Piedad Bonnett sobre lo difíciles que son las relaciones familiares y cómo los micromachismos alimentan el día a día de la convivencia en pareja.

Algunos subrayados

Porque a los veinte, una biblioteca es una ilusión, a los cuarenta un lugar de pleinitud y a los sesenta un recordatorio permanente de que la vida no te va a alcanzar para leerlos todos (p. 12).

Se antoja de alguno, lo empieza a leer de manera urgente, para luego dejarlo muchas veces por la mitad. Por aburrición. Por avidez de leer otro. Porque un viaje. Porque en realidad quisiera leerlos todos al mismo tiempo (p. 13). 

cuando se es pobre da miedo comprar libros (p. 13).

una narración cualquier narración es algo que siempre derrota el vacío, que crea un vínculo o sostiene el que todavía existe (p. 22).

preguntar es como tirar anzuelos a una laguna llena de peces: algo cae (p. 27).

viajar era para él abrir una puerta a la incertidumbre, a la ansiedad, al malestar (p. 33).

La rivalidad, la envidia y el odio a menudo crean vínculos más fuertes que el amor (p. 34).

a veces puede durar ocho, diez horas, frente al computador. Es para que las ideas no se me escapen. Es que ya cogí el ritmo. Es para mantener el tono. En realidad, aunque Emilia no lo sabe, lo que esas horas le dan es aire y fuego. Oxígeno para que haya compustión en su vida marchita (p. 36).

En la incondicionalidad perenne de su madre, en su incapacidad de rebeldía, Emilia creía reconocer un mandato transmitido de abuela en abuela. También su madre las instaba a ella y a su hermana a la sumisión (p. 38). 

esa extraña capacidad que tienen tantos hombres de erigirse como patrones o patriarcas mientras se comportan, sin aparente contradicción, como hijos incapaces (p. 39). 

Envejecer es reununciar. Dejar atrás. Desinteresarse (p. 57).

La amistad con ella es como recorrer desde la ventanilla de un tren un país desconocido, de paisajes siempre distintos y atrayentes (p. 60).

Sólo el tiempo es capaz de señalar la rotundidad del fracaso (p. 80).

El dulce placer de procastinar (p. 81).

Como siempre que está por salir de esos paréntesis que son sus viajes, una nostalgia prematura se mezcla con el deseo de volver (p. 116).


Qué hacer con estos pedazos
Piedad Bonnett
Editorial Alfaguara
Bogotá
Noviembre de 2001
168 páginas

sábado, 12 de octubre de 2024

El silencio del violonchelo, de Vera Grabe

Hace al menos 30 años leí "Vida mía" un libro de Silvia Gálvis que recoge testimonios de mujeres colombianas reconocidas que tuvieron que afrontar distintas dificultades, y recuerdo aún la crudeza de lo que Vera Grabe le contó a la periodista, o quizás mejor, de lo que la periodista logró sacarle: detalles de las torturas que sufrió a manos de militares, cuando la capturaron por su militancia guerrillera en el M-19, y la difícil vida de la clandestinidad y la muerte de sus compañeros.

"El silencio del violonchelo" no llega a ese nivel de intimidad y emotividad. Es un ensayo escrito en primera persona en el que Vera Grabe reflexiona sobre las circunstancias particulares que implica la lucha armada para una mujer: la dificultad de decidir sobre la maternidad, la sexualidad en los campamentos, el secretismo con la familia, como medida de protección, y la necesidad de vivir las relaciones y los afectos en un eterno y radical presente, porque el futuro es incierto.

Vera Grabe tiene la posibilidad de contar detalles de la vida cotidiana en la tropa que han sido poco narrados en nuestra literatura y que ella conoció de primera mano. Sin embargo, quizás por sus años en la clandestinidad y su disciplina en el secretistmo, todo se narra con hondura y honestidad, pero con distancia. Sin infidencias, sin confesiones emotivas, con contención emocional, aunque no con frialdad. Usa el plural de la primera persona para evitar referencias personales que fueron colectivas pero que apelan directamente a su vida, como por ejemplo el sentimiento de deuda por los hijos que no pudieron criar. 

Después de la desmovilización del M-19 en 1990 varios de sus militantes fueron asesinados y otros lograron participación en la vida política de Colombia, por la vía electoral. Ese compromiso público exige costos o renuncias personales. "El silencio del violonchelo" habla sobre esos intereses personales que fueron aplazados o silenciados ante las necesidades de la vida guerrillera.
 
Algunos subrayados
Y aún hoy, la política como ejercicio dista mucho de humanizarse, en el sentido de que opone vida a compromiso público: sigue siendo una actividad absorbente (p. 9).

Después de muchos años es fácil caer en lecturas moralizantes, juzgar el ayer según parámetros actuales. El reto es cómo contar la historia incorporando los aprendizajes actuales, pero comprendiendo el ayer (p. 10).

"Usted no ha perdido el vicio de la clandestinidad". ¿Qué quería decir con eso? Más que la introversión como un rasgo de mi personalidad, se refería a la inmensa dificultad que me costaba haclar de mí como persona, expresar lo que sentía y quería, contar cosas de mi vida (p. 15).

La paz es también recuperar proyectos individuales (p. 16). 

ir a la cárcel significó para mi padre la recuperación de su hija; y para mí recuperar al padre como confidente, porque por fin, sin el obstáculo del secreto, pudimos recuperar el diálogo perdido por años (p. 20).

Una compañera dijo una vez que para ella era fácil amar a cualquier compañero, porque la afinidad los convertía en seres muy cercanos y amables, es decir, aptos para ser amados (p. 22). 

Los secretos amorosos eran tal vez los únicos que compartíamos entre mujeres, porque las cosas que nos pasan en la vida, lo que nos conmueve y ocupa, realmente sólo existe cuando lo podemos socializar, así, en secreto, con destinos afines (p. 23). 

en una vida que se vivía en tiempo presente, las exigencias de fidelidad eterna estaban suspendidas (p. 25).

En ese mundo de milicia no se hablaba de lo que se sentía, de cómo se sentía cada cual. Eran colectivos que tenían que probar que eran fuertes. Pero en el juego de los desafíos y del afianzamiento del colectivo, la mayoría de hombres y mujeres se hacían sus propias preguntas, y tenían sus propias dudas, su propia soledad (p. 29). 

el afecto genera incondicionalidad, pero al mismo tiempo implica un sentido de responsabilidad, de poner límites a la guerra (p. 35). 

aunque no estaba escrito, se suponía que los mandos femeninos debían pedir permiso para tener hijos (p. 39). 

(sobre los hijos) lo único que a estas alturas sé es que desprenderse también puede ser un acto de amor (p. 42).

muchos de quienes tuvimos hijos e hijas en medio de la guerra sentimos que tenemos una deuda con ellos. Tuvimos encuentros furtivos, a nuestro modo estuvimos presentes en su vida, pero no en su cotidianidad. Y ese es un tiempo que no se recupera. Vivir momentos no es lo mismo que vivir procesos cotidianos (p. 43). 

El silencio del violonchelo
Vera Grabe
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del Pueblo
Bogotá
Octubre de 2023
47 páginas

sábado, 3 de agosto de 2024

La mujer incierta, de Piedad Bonnett

"La mujer incierta" abre con una breve nota dirigida "Al lector" en la que la autora explica que este libro nació en la pandemia y que no son unas memorias "pues de forma deliberada he dejado muchos aspectos de mi vida en la sombra". Se trata entonces de jirones de memoria, de fragmentos subjetivos que sirven para reflexionar sobre asuntos de interés público, como la brecha entre mujeres y hombres, la educación sentimental, el "hacerse escritora", la vida universitaria y la maternidad, entre otros aspectos.

Piedad Bonnett escribe desde hace años una columna de opinión los domingos en El Espectador y este libro tiene algún parentesco con esas columnas: se trata de piezas breves (un poco más largas que las columnas, pero no mucho más) en las que la autora reconstruye una escena de su vida, un momento puntual, y a partir de esa anécdota mínima arroja luces para entender su pasado y su presente, pero también el pasado y el presente de otras de su generación.

"La mujer incierta" tiene un tono autobiográfico desde la portada, que trae la imagen triplicada de una Piedad Bonnett muy joven. Ese tríptico da cuenta de la imposibilidad de encasillar a la autora (y a cualquier ser humano) en un solo rol o en un solo registro: Piedad Bonnett se presenta en este libro como escritora, profesora, esposa, hija, hermana, madre, amiga, lectora, oficinista aburrida, niña rebelde y mujer de consciente de su época y su clase social. Hay pasajes dolorosos y tristes, como cuando reconstruye la eutanasia de la escritora Marcela Villegas, la mejor amiga de su hija; otros ácidamente críticos, como en los que recrea la vida universitaria, tan llena de lambones e impostores, y que me llevaron a recordar esa maravillosa novela que es Stoner, y también escribe episodios graciosos, como aquellos en los que se burla de ella misma y de sus "triunfos literarios", en los que el éxito luce muy distinto al que aparece en las revistas de farándula.

En un pasaje la autora dice que mientras uno no sea huérfano goza de juventud, y como ella tiene a sus padres vivos, casi centenarios, se siente aún joven, aunque tiene 73 años (nació en 1951). Esa vitalidad interna se refleja en una escritura segura y honesta que desnuda sin reservas algunos aspectos íntimos, como sus episodios de depresión y ataques de pánico, y resguarda otros, como casi todo lo relacionado con su vida conyugal. Su marido en este libro, es un fantasma sin nombre, de muy escasa figuración. 

Piedad Bonnett ha sido reconocida por su poesía y ha publicado varias novelas. Sin embargo, su título más popular es Lo que no tiene nombre, un libro personal, doloroso y único en el que vuelve palabra el dolor y el amor tras el suicidio de su hijo. "La mujer incierta" tiene una forma narrativa que recuerda ese título: ensayo personal en el que cita a distintos autores que le sirven para explicar o completar ideas personales que a la vez son universales.

Algunos subrayados
El pudor es bello en su contención y su misterio. En su discreta elegancia (p. 20).

La vida es eso, una zozobra diaria, una cárcel donde uno mismo es el carcelero, un pasadizo oscuro por donde se camina tambaleando sin saber si al otro lado nos espera el sol reconfortante de la mañana o el abismo (p. 40).

El escritor hace tres movimientos mentales mientras escribe. Va hacia adentro, hacia su yo más profundo, buscando el filón de la memoria, en la que caben todas las lecturas convertidas ya en experiencia. Hacia afuera, hacia la página que se prepara ya para un lector, donde cada palabra aspira a la precisión o a la revelación. Y hacia los lados, en un incesante ejercicio de relacionar (p. 65). 

Para las mujeres de la generación anterior a la mía, el matrimonio era un destino, ser madres un imperativo, y un privilegio tener al hombre como único proveedor de la familia. Para otras cuantas solía ser una opción desesperada cuando llegaban a la edad de vestir santos, porque la soltería era vista como una deshonra: ninguno las había elegido, serían mujeres sin hijos, jumilladas para siempre (p. 66). 

Como en todo enamoramiento, la mirada de un extraño me otorgó de pronto una existencia nueva. La posibilidad de una renovación. En eso consiste (p. 85).

Fuimos criados en la obediencia, la forma doméstica de llamar a la sumisión.

Lo que nos hace falta después de salir de la escuela --sea de ricos o de pobres-- es tiempo para desaprender lo enseñado (p. 108).

(Citando a Stephanie Coontz) A finales de la década de 1950, hasta las personas que habían crecido en sistemas familiares completamente diferentes llegaron a creer que el casamiento universal, a edad muy temprana, con el propósito de formar una familia con un marido proveedor era la forma tradicional y permanente del matrimonio (p. 110).

Traición tras traición en aras de la complacencia (p. 124). 

el machismo muchas veces comienza en las madres (p. 126). 

Comienza a rondarte la idea de que eres una inepta. O de que la niña está enferma. Vuelves a examinar su pañal. Será que quedó con hambre. Y así, en perpetua incertidumbre, en esa primera parte de la crianza (p. 131). 

¿Quién dijo que se estudia para ser escritor? Te formaron para ser maestra, editora, crítica, pero ser escritora es otra cosa: es enfrentarte a ti misma, a tus miedos, a tus carencias. Peor aún, ¿quién te ha dicho que tienes talento? (p. 139).

el camino de todo buen maestro es el de la seducción (p. 140). 

El perfeccionismo no es otra cosa que un deseo de complacer, de ser amado, de cumplir con las expectativas, de no fallar. El perfeccionismo es una de las formas de la inseguridad y de la desdicha. Una carrera a la que le van corrriendo la meta (p. 143). 

El resentimiento político sólo lo sienten los que no aspiran a pertenecer al mundo de los privilegiados, ese que odian porque choca con sus ideales de igualdad. El resentido es lo contrario del arribista. Este es patético, el otro es trágico (p. 148). 

Hay formas de abuso para las que nadie nos prepara, y menos en el medio oscurantista en el que fui criada (p. 151). 

La poesía, ese género que se escribe en la frontera entre la lucidez de la racionalidad y la oscuridad del subsonsciente, es el lenguaje que mejor expresa ese estao de enajenación (p. 156). 

y todavía hoy me pregunto si no dilapidé demasiadas horas preparando minuciosamente mis clases en vez de estar leyendo todo lo que mi avidez me pedía que leyera (p. 165). 

puedo leerme un libro para escribir un párrafo (p. 165). 

un maestro debía mostrar siempre a sus alumnos que no era el dueño de un saber sin resquicios sino un hombre vulnerable (p. 166).

Y mientras das tu clase los amas a todos, en abstracto, con una fe remota en su sensibilidad, pero a la vez te son indiferentes, porque finalmente son presencias pasajeras en ese largo trasegar de la docencia (p. 166). 

Yo enseñé siempre con todo el cuerpo, firmemente soportada por la tierra, aun cuando mis alumnos me percibieran inmóvil, sin sospechar hasta qué punto iba yo volando por las circunvoluciones de mi cerebro, temiendo sobreactuarme, pero dispuesta a perdonarme si lo hacía. De mis clases salía siempre con las mejillas afiebradas y el corazón acelerado. Con la serotonina, la dopamina, las endorfinas y la oxitocina en plena actividad y equilibrio. Al fin y al cabo lo que en el salón sucedía era un intercambio amoroso. Por eso la preparación nunca me resultó aburrida. Pesada, sí, fatigosa también. Pero siempre estimulante y llena de descubrimientos. Toda esa felicidad era aplastada de golpe, sin embargo, por la corrección de trabajos, que me hacía descender al infierno de lo interminable. ¿Cuándo 3, cuándo 4, cuándo 5? Lo único sencillo era un 1 decidido y rabioso. Que era casi nunca, pero ejecutaba como un verdugo sin rastro de piedad (p. 167). 

La universidad está plagada de impostores. me retracto: tal vez no plagada pero sí salpicada de ellos, personajes a veces insignificantes, a veces siniestros, que logran embaucar a sus alumnos con lo que Natalia Ginzburg llama "ideas artificiosas". Las universidades los toleran porque hacen parte de su ecosistema, elementos naturales que crecen a expensas de las jergas del saber, como el moho en los alimentos (...) No hay impostor que pueda existir si no lo sostienen sus fanáticos (p. 168).

El humor inteligente de los intelectuales, capaz de la autoparodia, pero también de la acción ponzoñosa (p. 170).

Aniñar es una de las formas más bienintencionadas y nocivas del machismo, que nace de la idea de que somos "el sexo débil", como se le decía antes. Aniñar es, para los machos, sólo una forma de proteger (p. 189).

Aunque suene chato o rudo: sólo eres novelista cuando tu novela es publicada, pero, sobre todo, cuando alguien la lee y ya no es enteramente tuya (p. 204).

las emociones que un libro despierta son a la vez estéticas y políticas (p. 213).

Mis escritores preferidos son los que encuentro inimitables. Aquellos que me abruman con su inteligencia, con su capacidad metafórica, con la amplitud y complejidad de su mundo. Los que me deslumbran, porque me hacen sentir que jamás podré ser como ellos. Los demás me aburren (p. 227).

El lenguaje, las historias de ficción o de no ficción, las ideas que ha encontrado en los libros, tendrán siempre más fuerza para el lector que la conversación con el autor, por más que esta sea lúcida, original, vibrante (p. 230).

no evito casi nunca para apoyarme en un referente de autoridad. Lo hago para reconocer a esos que lo pensaron antes que yo, pero sobre todo que lo dijeron mejor que yo. Para agradecerles con humildad, porque dispararon mis propios fantasmas, mis emociones, mi memoria, que es una de las cosas que busco cuando leo (p. 236).

la puerta por la que dejamos entrar a gente desconocida se va achicando con el tiempo. Lo milagroso es lo contrario: que un desconocido llegue a nuestra vida, y permitamos que entre y se instale en ella de una manera totalmente natural, como un hermano al que nunca habíamos visto, pero en cuyos rasgos nos reconocemos, con alegría (p. 238).

El primer espejo es siempre la mirada de nuestra madre (p. 243). 


La mujer incierta
Piedad Bonnett
Penguin Random House
Bogotá
Agosto de 2024 
252 páginas

sábado, 4 de mayo de 2024

Fragmentos de vida, de Florence Thomas

Luego de escribir muchos libros sobre feminismo y artículos en tono académico, a sus 80 años Florence Thomas decide publicar un libro íntimo, fragmentario y autobiográfico en el que cuenta su vida a partir de jirones de recuerdos: desde su infancia en Ruan (Francia), sus años universitarios en París, su amor por un colombiano y el impacto de su nueva vida en Bogotá, su vinculación a la Universidad Nacional, la creación del Grupo Mujer y Sociedad, la maternidad, el divorcio, la militancia feminista por el derecho al aborto, la jubilación, las columnas periodísticas y la vida lenta de la vejez.

"Fragmentos de vida" es un libro cálido, honesto, cercano, en el que Florence Thomas narra su vida en primera persona sin protagonismos ni aspavientos. Es el testimonio de una mujer que por tener acento francés fue más escuchada que otras en su lucha feminista, y que comparte su visión del país, de la vida y las mujeres desde la sabiduría y la tranquilidad que le dan 80 años intensamente vividos.

Desde 1998 Florence escribe una columna en El Tiempo y algunos de los capítulos de este libro parecen columnas: textos más o menos breves, con título, que abordan un momento específico de su vida y se detienen en una época para narrar, más que una anécdota, un hecho vital que se teje con otros hasta completar una autobiografía. Florence advierte que no es escritora pero luego dice que la escritura femenina pasa por el cuerpo y que la escritura, a diferencia de la oralidad, permite corregir, borrar, editar. De esa consciencia se construye este libro: una obra sin pretensiones literarias, con un cuerpo femenino muy presente, con emociones narradas con un tono oral, como contando un cuento, pero con el trabajo de edición que hace que parezca fluido y fácil lo que toma trabajo tejerse. 

Una idea que se repite en el texto es la de "uno se vuelve feminista con su historia". Que Florence Thomas cuente su vida tiene valor por mostrarle intimidades personales a un público lector sino por tomarse ella misma como objeto de estudio para mirar la evolución íntima de una mujer que no nació feminista pero a partir de una familia, una profesora, un aborto, unas parejas patriarcales, unas amigas con enorme capacidad de escucha y unas lecturas a tiempo va convirtiéndose en una persona capaz de cuestionar los roles de género y las brechas existentes. La gracia del libro consiste en mostrar todo esto con ternura, calidez y una entrañable honestidad.


Algunos subrayados

Uno no puede conocerse, solo puede contarse (p. 11).

Uno se hace feminista con su historia, o por lo menos con muchos elementos de su historia (p. 13). 

(los carteros) Un oficion que no hubiera debido desaparecer porque hay noticias que necesitan tiempo para llegar a su destinatario, que son demasiado violentas para llegar de una o demasiado personales y amorosas para un frío mensaje de texto (p. 38).

Los mensajes de texto se borran, desaparecen de repente en esa fría pantalla de un teléfono celular, se pierden para siempre; las cartas se guardan como guardé las de mi madre (p. 38).

Francia es mi memoria, Colombia mi actuar cotidiano (p. 42).

La escritura permite siempre borrar la frase, borrar la palabra, buscar en ese diccionario de sinónimos y volver a ensayar con estas letras que no siempre se dejan domar. Siempre es posible leer, releer y volver a escribir al otro día (p. 43).  

no había llegado el tiempo de las mujeres, o más exactamente, de la escucha de las voces femeninas (p. 48). 

Ninguna mujer planea hacerse un aborto, solo se llega a él cuando no hay otra alternativa pues es siempre fruto de una situación inesperada (p. 55)

En mi vida nunca había sentido un temblor y tengo que confesar que me quedó una sensación de máxima vulnerabilidad nada agradable. Cincuenta y cinco años después, sigo temiendo a los temblores (p. 62). 

cuando llegué a Colombia no encontré mujeres, quiero decir, mujeres en cuanto sujetas de derechos, ciudadanas plenas, no encontré sino madres, madres acompañadas de muy pocos padres pero de muchos hombres, grandes machos y pequeños patriarcas (p. 65). 

en estos asuntos que todan a la dinámica del amor de pareja nada, absolutamente nada, es sencillo (p. 69). 

reafirmar que uno se vuelve feminista con su historia, pero también con sus emociones, sus encuentros, sus amores, sus lecturas y sus tropiezos (p. 88).

Mis recuerdos son los de un tiempo sin afanes y sin esas obligaciones que hoy tienen los profesores universitarios de publicar en revistas indexadas y, mas de una vez, según me cuenta la actual generación de profesores, aguantar el genio de los y las estudiantes quienes hoy son los que creen tener la verdad y las herramientas para exigir un mínimo de 4.0 con el fin de pasar la asignatura sin problema (p. 104).

aprendimos que la escritura de las mujeres pasa por el cuerpo y solo así se vuelve inaugural porque deja de ser la repetición del discurso paterno o sea del discurso del amo (p. 114). 

las redes sociales que les permiten una visibilidad política que mi generación o puede sino envidiar a pesar de algún riesgo de mucha diversidad y fragmentaciones que hacen difíciles a veces las articulaciones entre los centenares de grupos actuales. Son otros tiempos (p. 116). 

siempre he pensado que la relación madre-hijo es mucho más confortable, mucho menos compleja que la relación madre-hija (p. 127).

quitarse la ropa, no para representar un papel, sino siendo una misma, era una prueba muy confrontadora (p. 138).

esos tiempos de dictadura de una belleza estandarizada que enferma (p. 139).

esta revolución que nos permitió romper con la idea de que una mujer existe solo cuando existe la mirada o el deseo de un hombre (p. 139).

Feminizar la política fue también un tema que trabjé mucho, pues se había vuelto un tema de primera importancia cuando en estos tiempos la participación política de las mujeres era aún muy escasa (p. 144).

encontré siempre muy difícil hablar con mujeres de clase alta o mujeres empresarias. Difícil porque escuchando lo que significaba para ellas romper viejos moldes, sabían, entendían que tenían demasiado que perder (p. 145).

Teníamos que aprender día a día que militancia rimaba con resistencia (p. 148).

he conocido una generación de hombres que nunca fueron capaces de confesar su fragilidad o, más exactamente, su cansancio ante los roles que debían asumir (p. 170).

los hombres que amé fueron todos patriarcas vulnerables, hombres asustados ante una mujer que ya no se parecía a sus madres y que por consiguiente no reconocían, no conocían (p. 171). 

el amor era un imposible, una trampa mortal para las mujeres (p. 176).

preguntarme cómo las mujeres iban a reinventarse su lugar en el amor (p. 176).

este feminismo antes del feminismo, es decir, todas estas mujeres que nos abrieron camino, todas aquellas que permitieron que nuestras voces salieran de un largo, demasiado largo exilio (p. 189).

Vengo de una familia que leía y sé que esto me sitúa como una mujer privilegiada (p. 189).

la liberación de las mujeres pasa por una firme conviccion que se tiene que concretar en la acción, en la escritura, en la palabra (p. 191). 

el valor de la vida lenta es uno de los privilegios de la vejez (p. 196).

No sé si hay una edad razonable para pensionarse, pero uno debe tener ese derecho de proyectarse en otra vida, una vida lenta que le permita mirar el mundo sin precipitación (p. 196).

ese derecho a una pereza pensada (p. 196)

Fragmentos de vida. Ochenta años tejiendo recuerdos
Florence Thomas
Editorial Debate
Bogotá
abril de 2024
200 páginas