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lunes, 19 de agosto de 2024

Café y ciudad, de Dorian Hoyos Parra

El subtítulo de "Café y ciudad" dice "o la cotidianidad en la población cafetera de Manizales", y ese texto es una buena síntesis de la pretensión de Dorian Hoyos Parra con este libro: con ocasión de los 150 años de fundación de Manizales la autora escribe una historia de la ciudad, pero no desde los nombres y fechas de los colonizadores, los políticos o los "hombres ilustres" sino desde la cotidianidad de sus habitantes. Esa mirada convierte a este texto en una pieza singular, porque se trata de una historia escrita por una no-historiadora que narra con enfoque femenino, en donde lo que ocurre al interior de las casas tiene relevancia.

El libro no está dividido por capítulos. Se trata de un texto que pretende ser una conversación de un abuelo con su nieto Simón, que llega a pasar vacaciones en Manizales. Es curioso que la autora elija como narrador a una voz masculina, porque en lo que escribe se percibe un alter ego suyo. De hecho, salvo el artificio del diálogo abuelo-niño, el libro no tiene ficción y, al contrario, al comienzo la autora explica que su novela (la define así) es el fruto de un trabajo de 12 años de investigación en la Biblioteca Nacional de Colombia.

No se trata de una historia narrada cronológicamente sino de un "cuento" que un abuelo le cuenta a un nieto. Así, la historia brinca en décadas, va del campo a la ciudad y salta entre episodios, pero esta posible falta de rigor historicista permite que el relato sea breve y ameno y la autora lo enriquece con detalles de interés que no es fácil encontrar en otros libros. Por ejemplo menciona a los Colonizadores, la Esponsión de 1876 con Mosquera, los incendios de la década de los 20, el comienzo del Cable Aéreo y luego, en 1927, el arranque del ferrocarril de Occidente que iba hasta Buenaventura. Pero todo esto lo mezcla con su propia memoria, observación y vivencias. La autora nació en 1933 y entonces conoció de primera mano aspectos como la moda de hombres y mujeres en la ciudad en la primera mitad del siglo XX, cómo lavaban y planchaban la ropa, cómo conservaban la carne antes del uso de las neveras, cuál era la dieta tradicional, cómo era la vida en los colegios, los medios de transporte, los juegos infantiles, los noviazgos, la vida de las casadas y las viudas y otra cantidad de detalles que hacen de este libro una mezcla entre la historia de la ciudad y las memorias de la autora, aunque ela se abstenga de dar datos autobiográficos.

En algunos pasajes hay un tono moralizante en el que se culpa a la mujer, por su salida del hogar, de la decadencia de la familia contemporánea. No obstante, Dorian Hoyos Parra es una hija de su tiempo pero una hija crítica: el texto cuestiona la desigual distribución de la riqueza, la vida ostentosa de algunos obispos, el servicio militar, el servilismo de la educación, los cafetos que requieren químicos, promovidos desde la Federación de Cafeteros, y las ganancias que se llevan las multinacionales por el petróleo colombiano. Dorian Hoyos militó en el Partido Conservador, pero varias de las afirmaciones que hace en este libro lucen progresistas incluso hoy, a 25 años de su publicación.

Algunos subrayados
Esa joven ciudad de limpias costumbres, muy católica, fue habitada por soldados sin recato, sin Dios y sin ley. Manizales conoció el saqueo, el asesinato, las casas de lenocinio y las enfermedades venéreas. Las escuelas fueron cuarteles y hospitales (p. 14).

¡somos ricos en hidrocarburos! pero siempre la tecnología extranjera viene con su equipo humano y así seguimos en la periferia (p. 16).

¡dirigentes! nuestra educación y formación es servil (p. 16). 

antes de 1920 Manizales contaba con once bancos, muchas casas extranjeras tenían oficinas en la ciudad, la mercancía que se traía por el río Magdalena llegaba a Barranquilla desde Euroa, no sólo se quedaba en Manizales agluna parte, también seguía para el Cauca, los bueyes y las mulas se iban con cargas de café, las cuales se despachaban desde Honda por el mismo río hasta Barranquilla (p. 25).

Ya para los años cincuenta cambia, la mujer va a las oficinas, a las escuelas de comercio, a la universidad, reciben visitas del novio en las casas, ellos van a buscarlas a los lugares de trabajo o estudio y acompañarlas de regreso a sus casas (p. 27).

(a finales del siglo XIX) algunas mujeres trabajaban como escogedoras de café en las trilladoras del grano que había cogido impulso y el cual sería para las próximas cuatro décadas del siglo XX el eje de la economía, no sólo de Manizales sino del país (p. 33).

las coperas o las niñas de propiedad horizontal momentánea le escuchaban sus cuitas (p 34).

en sus laboratorios creó otras variedades y vendió la idea de utilizar insumos químicos que encarecieron la producción del grano; este último paso se iniciaba por los años cincuenta de este siglo (p. 36).

El escritor Adalberto Agudelo Duque dice que: "la modernización de la mujer se dio en gran medida porque se inventó la máquina de escribir que hizo que ella saliera de casa a trabajar, la toalla higiénica porque le dio más seguridad, los anticonceptivos porque le dieron más libertad sexual". Estas cosas revolucionaron el mundo. (p. 44). 

Contaba mi abuela que en 1860 una lluvia de ceniza opacó el cielo y cayeron muertos los pájaros por los caminos, en los solares y los bosques vecinos (p. 52)

todas las piezas para armar el cable aéreo habían sido traídas a lomo de buey y de mula desde el puerto de Honda, o por Buenaventura (p. 54). 

Eran también medio franceses los manizaleños de otra época, primero fueron Grecolatinos, así los bautizó la República de las letras (p. 58). 

Las mujeres son mal miradas y mal comentadas por trabajar fuera del hogar, en oficinas; algunos hombres se toman la libertad de decir que sólo las coperas trabajan fuera de la casa (p. 63). 

(luego de los incendios) Manizales tiene hospitales, casa de beneficencia, biblioteca pública, colegios, iglesias, bancos, de nuevo el comercio y la industria que contaba con veintisiete fábricas en 1927 (p. 79).

Colombia es un estado cantinero y en Manizales en cada casa o local del centro que desocupan ponen una sala de juego (p. 104).


Café y ciudad o la cotidianidad en la población cafetera de Manizales
Dorian Hoyos Parra
Fondo Mixto para la Promoción de la Cultura y las Artes de Caldas
Manizales
Mayo de 1999
112 páginas

miércoles, 17 de julio de 2024

Librovejero, de Álvaro Castillo Granada

Hay algo entrañable, amoroso y cómplice en los libros sobre libreros y librerías. A quienes nos gusta leer y amamos pasar tiempo en librerías, leer sobre estos espacios produce un doble placer que hace que las páginas se recorran con la misma sensación cálida de estar bajo una cobija suave que invita a permanecer ahí por largas horas.

Pienso por ejemplo en 84, Charing Cross Road, de Helene Hanff, o en La librería en la colina, de Alba Donati, y sumo ahora a este listado a Librovejero, de Álvaro Castillo Granada, un libro tan amable y afable como su autor. 

En el caso de este volumen no es posible separar la obra del artista, como se pregona ahora. Este libro es el artista. Se trata de 30 textos cortos, cada uno con título, a manera de crónica, en donde el escritor-lector-librero escribe sobre sus librerías y libreros amados, sobre sus lecturas y autores, su afición por los libros autografiados, su interpretación sobre los subrayados de los libros (con la que me identifico, porque yo también subrayo), y sobre toda esa vida que orbita alrededor del mundo de los libros: los clientes que le compran libros usados en San Librario, su librería en Bogotá; la gente a la que él se los compra en distintas partes del mundo; los autores que le gustan, los que conoce y los que quiso conocer. Una constelación de afectos que va desde el Centro Comercial Granahorrar en Bogotá, en donde tuvo su primer trabajo como librero, hasta calles y casas de Cuba, un país en el que pasa largas temporadas cada año y que es como su segundo hogar.

Álvaro Castillo podría presentarse como el librero de Gabriel García Márquez, el autor que lo bautizó como "Librovejero" (lo cual no es menor, teniendo en cuenta el cuidado con el que el Nobel asignaba los nombres de sus personajes, desde Pilar Ternera hasta Remedios La Bella), pero Castillo rebosa sencillez. Tiene amigos escritores, pero los menciona por su amistad y no por sus premios, y se refiere a escritores como Benedetti o Fina García desde el fervor que le producen sus textos. 

Librovejero reúne piezas de distinta intención narrativa y longitud. Algunas son perfiles, otras parecen crónicas, hay una preciosa nostalgia sobre el amor ido (Cinema Paradiso) y una del final se parece más a una conferencia. Unas cuantas anécdotas se repiten, aunque como cuando uno cuenta un cuento, siempre narra con detalles distintos o desde otra perspectiva. Librovejero se parece a las librerías de usados: esconde en su interior joyas insospechadas. Se trata de dejarse tentar. 


Algunos subrayados

Siempre me ha gustado mirar revistas, es más, me fascina (uno de los mejores regalos que me pueden hacer es revistas viejas). Nunca se sabe lo que se va a encontrar. Son como una caja de maravillas: puede aparecer desde la foto extraordinaria de una mujer que recortaré y pegaré en mi ejemplar de Rayuela (de la que después sabré su nombre y me enamoraré perdidamente) o un artículo sobre un escritor que hará parte del "archivo" que voy construyendo (p. 19).

Cada librería era un mundo en el caul se podían identificar no sólo los gustos literarios de sus propietarios sino, también, la ideología política a la que pertenecían. Y los libreros estaban en consonancia con ella. Hacían parte de esa posición (p. 25). 

A los libros les debo todo en mi vida. Soy un librero. Esta frase, que puede sonar extraña o exagerada, en mi caso es cierta. Totalmente. Sin el menor resquicio. En algún momento dejaron de ser los objetos detrás de los que escondía mi timidez (también para eso sirvieron, cómo no) para ser las rocas, los ladrillos, las cabillas, las tablas, las puntillas, las ventanas con las que fui construyendo (y lo sigo haciendo) al que soy. Al que está y habita en este mundo (p. 29). 

Cualquier colección es imposible de hacer en solitario, sin la complicidad y solidaridad de los demás (p. 37).

Cuando era niño hacía listas inmensas de libros que quería leer y tener. Estos dos verbos siempre han estado asociados en mí: solo me siento bien leyendo mis libros. Saber que puedo manosearlos y subrayarlos, dejar mi huella en ellos como un testimonio: un lector estuvo aquí (p. 43). 

Creo que cuando un librero se va, se transforma en una memoriaque habita los libros. Se hace un recuerdo, una historia, una leyenda, que va a sumarse al libro que se desprende y emprende su camino (p. 46). 

Para ese entonces ya tenía mi circuito de librerías en Buenos Aires. Es lo primero que hago cuando llego a una ciudad. Voy haciéndola a partir de las librerías que descubro en mi andar, las que se cruzan conmigo y las que otros como yo me recomiendan. Así también se comparte una ciudad (p. 54). 

Así es como escribo: me cuento una historia para que otros la vean (p. 61).

Ese es uno de los milagros de la poesía que no ocurre con frecuencia: encontrar una mirada que nos ilumina y unos hace mirar el mundo de otra manera, distinta pero familiar (p. 63).

En ese lugar, que era muchos y uno, empezaron a fiarme. A confiar en que "el niño aquel" que yo era iba a volver a los ocho días a pagar lo que había quedado pendiente (p. 110).

Eso es lo que es un librero: un hombre de palabra (p. 111).

Los subrayados también corresponden al que fui en ese momento. Los recorro de cuando en cuando. En algunos me reconozco. Otros no los entiendo. Sus libros hacen parte del rompecabezas de mi biblioteca que llevo en la mente: uno a uno van llegando, armando su rostro bonachón y valeroso (p. 122).

Benedetti es, caballero, el poeta de todos. Siempre he creído que esta antipatía por él y su obra se resume en una sola palabra: envidia (p. 123).

Entiendo por librero a aquella persona (hombre o mujer) que hace del vender y comprar libros una vocación y un destino (p. 128).

La lectura puede ser una opción de conocimiento y cambio no limitada por los caprichos del mercado. El librero se transforma así en un partícipe de la metamorfósis. Los ojos se abren, la mente se expande, el mundo es ancho mas no ajeno (p. 131).

La lectura, a pesar de ser un acto solitario, es un espacio de encuentro. De unión. (p. 133).

(citando a Cortázar) En realidad alguien dijo, no sé quién, que cuando uno subraya un libro se subraya a sí mismo, y es cierto. Yo subrayo con frecuencia frases que me interesan en un plano personal, pero creo también que subrayo aquellas que significan para mí un descubrimiento, una sorpresa, o a veces incluso una revelación y a veces también una discordancia (p. 143). 

Librovejero
Álvaro Castillo Granada
Fondo de Cultura Económica
Bogotá
2021
158 páginas

miércoles, 26 de junio de 2024

Mis recuerdos de colegio, de Rita Andrión de Mejía

Lo poco que se encuentra en Internet sobre Rita Andrión es que fue la esposa de Alfonso Mejía Robledo, el autor de Rosas de Francia. En unos cuantos textos académicos aparecen breves referencias a su libro "Mis recuerdos de colegio", pero siempre como una glosa al margen del análisis sobre la obra de su marido.

Mis recuerdos de colegio es un libro publicado en 1938 en Pereira en la Editorial Panoramas que fundó Alfonso Mejía. La introducción escrita por él informa que el libro corresponde a la compilación de textos publicados por ella en la Revista Panoramas, en los que fue recordando historias alrededor del colegio. Este dato es importante porque el libro está construido a partir de 25 relatos de anécdotas o episodios que al irse sumando dan estructura a un relato en el que la autora rememora aventuras y travesuras de sus años como interna en un colegio de monjas en Bélgica.

El libro no trae fechas así que no es fácil ubicar la época en la que ocurre el relato, pero sí es posible intuirlo. Rita Andrión nació en Panamá en 1893. Al comienzo del libro ella dice que llegó a Bélgica luego de estudiar un año en Estados Unidos y tres años en Curazao, o sea que sumaba al menos 4 años de formación fuera de su hogar. Al final del libro la autora indica que poco después de regresar de Europa empezó la "Gran guerra europea", que inicia en julio de 1914, y también regresa poco antes de la muerte de su padre. El registro de defunción de Benigno Andrión Tejada daría un dato más preciso, aunque es claro que el libro ocurre en una época que se ubica a comienzos de la segunda década del siglo XX o finales de la primera. Es decir que Rita Andrión escribe su obra al menos 25 años después de ocurridos los hechos que rememora, y quizás pueden ser más.

Aunque el libro describe la vida en un internado de monjas, las historias de Rita Andrión no son religiosas o místicas. Su texto se regodea en describir travesuras juveniles, escapadas, risas y acciones realizadas a escondidas. Hay también el relato del amor filial que ella siente por una docente religiosa, con la que intercambia notas y furtivos espacios. No hay insinuación de un amor lésbico juvenil aunque en un ambiente tan prohibitivo como el de aquellos años quizás el libro admita una lectura con ese enfoque. 

Otro ángulo de análisis es la literatura de viajes: aunque el libro transcurre en buena parte en el colegio, la autora narra el viaje desde su Panamá natal hasta Francia, el viaje de regreso en un trasatlántico y los viajes en tren de Francia a Bélgica. Así mismo recrea un viaje largo en compañía de compañeras de colegio a Londres.

La edición del libro se parece a la de "Memorias de un viaje", de María Botero Robledo: es un libro pequeño, ilustrado con fotografías de los lugares que se van narrando. Así mismo comparte con Uva Jaramillo Gaitán la narración similar de un suceso impactante: la muerte de un viajero dentro del trasatlántico y la imagen del cadáver que se arroja al mar. Aunque la descripción que aparece en Diario fugaz es mucho más detallada, hay similitud frente a lo que describe Rita Andrión.


Algunos subrayados
Muchas veces pensé que en el suntuoso colegio de Wavre Notre Dame no iba a ser feliz (p. 17)

Su belleza era virginal y sus modales de una distinción exquisita. Correspondía él nucstro cariño y se propuso ser una madre,cita angelical para cada una de nosotras (p. 20)

Estábamos en diciembre, el mes más bello del invierno. Ya habían caído varias nevadas y los árboles estaban cubiertos de nieve; el cielo bajo y gris. Otras veces, al mirarlo, me parecía que el hielo se me iba corazón adentro (p. 26).

pedimos a Madre Matilde que nos prestara unos hábitos para vestirnos de monjas, a lo que ella accedió gozosa. Mucho gozamos poniéndonos esos, para nosotras, molestosos ropajes y recuerdo yo que al verme en el pequeño espejo de mi tocador me pareció que aquello de mi apariencia monjil era una realidad y exclamé angustiada: -Nó, nó, núnca seré monja!. ..(p. 30).

en los países civilizados, de vieja cultura donde las gentes están acostumbradas e ver y a comprender el arte desde su niñez, nadie se extraña ni se altera ante un desnudo que representa una obra de arte (p. 32).

Traducíamos del inglés al francés los poetas y escritores ingleses; entre los difícles recuerdo el canto guerrero de Walter Scott, -The Lay of the last Minstre,.; -Harnlet- ,- «Julius Ceaser-, « Othelo » ; «The Comedy of Errors- de Shakespeare, y muchos otros de Dickens, .Wordwooth, Longfellow, etc (p. 43).

Rita es de un caracter alegre y franco y magnifica arruga; es muy buena o muy mala alumna, depende de la maestra. Si usted logra interesarla realmente, tendrá en ella la mejor alumna y una armga adicta» (p. 46).

la Reverenda Madre, María Josefa quiso que yo recitara en español y me enseñó, una bellísirna composición de Zorrilla (p. 47).

En cuanto a paisajes, el. belga tiene muy poco atractivo, porque es siempre igual; su suelo es llano, cultivado integralmente; tierras bajas, donde no se. puede admirar ni una pequeña montaña, ni siquiera una colina que valga la pena (p. 48).

Sin ofender la modestia, creo que puedo decir que las latino-americanas éramos siempre las más desprendidas y que las monjas, a la vez que se extrañaban sentían gozo marcado con nuestras dádivas (p. 67)

Otra vez ya me había contestado en forma semejante al contarle que me había robado unas manzanas del jardín: 
-Cuántas? 
-Tres, padre. 
-Mañana róbate seis! (p. 76).

Siempre había recordado la costumbre de mi abuelita materna que recibía en su casa todos los sábados a los pobres de los campos y les ayudaba a Curar de sus dolencias; ella misma les vendaba las heridas, les lavaba las úlceras, cte. y yo me recreaba pensando en el gozo de mi abuela cuando una de sus nietas pudiera ayudarla en sus uootcs tareas humanitarias (p. 97).

envidiaba a los hombres que podían ser médicos para curar a tanto desgraciado, para aliviar las infinitas dolencias corporales de las gentes, porque, aun cuando yo sabía ya que había algunas doctoras en medicina, nunca me pareció propia de la mujer esta noble profesión por considerar que la que a ella se dedica no puede cumplir a cabalidad con sus deberes profesionales o descuida la más importante y hermosa tarea que Dios le ha encomendado: la maternidad (p. 102)

yo decía que las medallas eran una responsabilidad que le daba a la vida de colegio una monotonía desesperante-, yo no quería tenerlas sin merecimientos y los merecimientos eran muy cansones, pues querían decir silencio a todas horas; jamás una escapada; abdicar de las amigas normalistas, seriedad y compostura! (p. 104) 

Quién me iba a decir también que pocos días después la gran guerra europea iba a azotar el país que yo dejaba y que mi hermoso colegio, convertido en Hospital de Sangre, iba a contemplar días de terrible fiereza y de terror sin medida! (p. 110).

Si nos ponemos a mirar hacia atrás en nuestra vida, encontramos que muchas veces se repiten en ellas algunos hechos como viajes y encuentros; entonces sino fuera porque nos duele una herida mal cicatrizada o viva aún, que lastima aquello mismo que volvemos a ver. creeríamos que el tiempo no había pasado y que jamás nos habíamos alejado de aquel s~- tío, o dejado de ver aquella persona. Y al sentir nuevamente la emoción lejana, nos parece que una daga misteriosa apuñalara nuestro corazón hasta hacerlo sangrar (p. 119). 

Amo el mar! Siento un íntimo deleite cuando voy descalza sobre la arena en busca de sus aguas tibias y acariciadoras; aspiro entonces el aire salobre que brinda alegria y ofrece salud; beben mis ojos el supremo paisaje de la infinita lejania; me tiendo gozosa sobre el lomo de la ola y siento que bulle en mí el sano deleite de vivir la vida intensamente (123) 
 


Mis recuerdos de colegio
Rita Andrión de Mejía
Pereira
Editorial Panoramas
1938
126 páginas

lunes, 11 de septiembre de 2023

Mi vida en estaciones, Helena Benítez de Zapata

Mi vida en estaciones es un libro que recoge las memorias de Helena Benítez de Zapata, una mujer que nació en Riosucio el 26 de junio de 1915 y murió en Cali el 5 de junio de 2009, después de haber dedicado su vida a la docencia y el periodismo, aunque también se reconoce como la primera mujer colombiana en haber ocupado la alcaldía de un municipio: fue alcaldesa de Riosucio entre 1956 y 1957, durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla.

Helena, de filiación conservadora, escribió este libro en 1987, en Cali, cuando tenía 72 años. "Mi vida en estaciones" es una canción que compuso cuando murió su madre y es también el título de este volumen, en el que estructura el relato de su propia vida en cuatro partes, una para cada estación: en la primavera rememora la niñez, en el verano la juventud, en el otoño los años más fructíferos de su vida laboral y el invierno corresponde a su vida en Cali y sus trabajos en periodismo y relaciones públicas en esa ciudad, aunque su actividad periodística comenzó en Manizales, tanto en La Patria como en Radio Manizales. El periodismo le venía de herencia porque su padre, Manuel Benítez, fue fundador y director del semanario "El Deber", en Riosucio.

El libro no tiene mayores pretensiones literarias y sin embargo está lleno de datos y frases valiosas. Por un lado, es útil para entender el contexto de la mujer escritora, periodista, docente, música y política entre los años 40 y 70 en Colombia. Helena Benítez escribe para sus allegados, en un tono casi confidencial, y eso la lleva a contar anécdotas personales y familiares que permiten adentrarse en la cotidianidad de las mujeres de su tiempo. Pero, de otro lado, se trata de una escritora hábil con el lenguaje, a quien se le notan los muchos años que ejerció el periodismo, y por eso su texto está lleno de frases conmovedoras y de descripciones vívidas. 

El prólogo, escrito por su primo Otto Morales Benítez, ayuda a ubicar la época y el contexto del legado de Helena Benítez de Zapata.

Algunos subrayados

era la calle del Mochilón, para mí el centro de donde partían todos los caminos del mundo (p. 28).

se vivía sin miedo. Ese miedo que acecha, desde hace tiempos, por los caminos detrás de los matorrales y hasta en la propia casa (p. 34).

(sobre viajar en carro) si alguien se mareaba, lo atribuían a una especie de alergia a la gasolina u otra enfermedad cualquiera. No se conocía el mareo (p. 57). 

esos pueblos nada ofrecían fuera de su aburridora monotonía. Todo permanecía en ellos igual y la vida era igual que las calles y las casas quietas sin el menor cambio. Uno se levantaba sabiendo a cuáles personas encontraría en cada sitio, en cada puerta, en cada esquina (p. 71). 

Cuando concebí a mi primer hijo, me parecía pequeño el mundo para que pudiera caber allí tanta dicha (p. 72). 

Mi esposo era liberal y en aquellos pueblos lo sabían, jamás fue activista, ni desempeñó cargo alguno en el gobierno, ni hizo parte de directorios o comités políticos. Pero en los pueblos se conoce de cualquier manera la identidad de todos. A Belén no pudo volver, y yo misma le pedí que se abstuviera de hacerlo (p. 79)

El boleteo y el secuestro son modalidades que vienen desde aquella infortunada época, porque en ellas encontró la guerrilla su mejor manera de financiarse, y de vivir en forma espléndida sin trabajar. Cualquier sitio que se toman queda devastado, pero no siembran un grano de maiz (p. 87).

ese estado de viudez para una mujer joven, que en razón de sus circunstancias económicas tiene que trabajar, la hacen a veces objetivo para rodearse de amigos espontáneos que con falsas intenciones buscan de manera especial una forma de acercarse a ella, declararle su admiración y hasta sus deseos de ayudarle, cuando en el fondo sus sentimientos son otros (p. 92).


Mi vida en estaciones
Helena Benítez de Zapata
Editorial Lealón
Medellín
Noviembre de 1990
178 páginas


martes, 2 de mayo de 2023

Por aquí pasamos, de Hernando Grillo Londoño

"Por aquí pasamos: relatos personales y familiares 1920-2000" es un libro de memorias y anécdotas familiares escrito por Hernando Grillo Londoño en el año 2000, con edición del autor y su familia. Aunque en PDF son 44 páginas, si tuviera una edición de libro convencional alcanzaría las 100, aproximadamente.

El libro recrea las vivencias del autor, quien en su niñez estudió en el colegio Juvenal Tejada (el papá de Luis Tejada) en Pereira, en su juventud estudió en Manizales, se casó en Santa Rosa de Cabal, vivió en Pereira y administró la enorme hacienda Bella Cruz, en el Magdalena Medio, con su sobrino Alberto Marulanda Grillo, antes de que fuera trístemente célebre por las historias de desplazamiento forzado y masacres. Una vida tan extensa e intensa interesa al lector ajeno a su familia por el contexto que ofrece sobre Pereira y Manizales en los años 30, así como el Magdalena Medio de mediados de siglo.

El autor fue sobrino nieto del escritor Max Grillo, quien aparece en alguna página y se presenta como un liberal convencido, que contradice a su hermano (abuelo del autor) por ser un conservador que solo lee el periódico El Tiempo.
También se narra una excursión al Nevado del Ruiz en 1937, así como conflictos de linderos que ayudan a entender a la luz de hoy los problemas agrarios que se incubaron en el siglo XX.

Es un libro que sin pretensiones de literatura o de historiografía, aporta datos y contexto a quienes se interesen por la primera mitad del siglo XX en el Eje Cafetero.


Por aquí pasamos: relatos personales y familiares 1920-2000
Hernando Grillo Londoño
Barranquilla, año 2000
Edición familiar
44 páginas

viernes, 14 de abril de 2023

Manizales de mi niñez 1907-1925, de Gilberto Jaramillo Montoya

El cable aéreo, el incendio de 1925, los primeros carros, juegos como el trompo y bombón, entre otros muchos tópicos hacen parte de este breve libro de relatos cortos en los que Gilberto Jaramillo Montoya (Relatos de Gil) rememora sus primeros años en Manizales, que coinciden con los primeros años del siglo XX.

Aunque tiene algunos datos útiles para historiadores, "Manizales de mi niñez 1907-1925" no es un libro escrito por un historiador ni tiene pretensiones de tipo académico. El libro compila una serie de textos cortos, como si fueran columnas de opinión, en los que el autor rememora con un lenguaje ameno algunas experiencias de la vida cotidiana de Manizales de comienzos de siglo: el menú de los almuerzos, las misas a las 5:00 am, la llegada del primer avión, las carreras de caballos y una buena cantidad de experiencias que hoy están desaparecidas y cuya consignación en formato de libro resulta hoy útil a manera de curiosidad. 


Algunos subrayados

Sobre Alejandro Gutiérrez, el primer gobernador de Caldas: "era un hombre de las tres C: católico, caballero y capitalista, y tuvo como primer Obispo a Monseñor Nacianceno Hoyos, cuando clero y gobierno actuaban de común acuerdo (p. 29). 

"A la primera misa (5 am) asistieron cumplidamente por muchos años las tres señoritas Cárdenas a las que inmortalizó en uno de sus cuadros el artista Alberto Arango Uribe (p. 36). 

En 1914-1915 el cemento era una novedad en Manizales, importado a precios altísimos (p. 45). 

Para 1922-1923 había más de 12 vehículos estacionados en la Plaza de Bolívar. La liberación femenina se presentó anticipadamente en la ciudad al ver la decisión de la bella joven Aura Escobar de tomar el volante en sus manos y conducir automóviles como todo un caballero por aquellas empinadas faldas (p. 77). 

En Manizales cuando se filmaba la novela Madre, de Samuel Velásquez, necesitó un galán, alto, moreno, bien parecido, que fuera un fiel representante de la raza antioqueña y lo encontraron justo en la ciudad: el escogido fue gabriel Gómez Pinzón, quien llenaba todos los requisitos (p. 81). 



Manizales de mi niñez 1907-1925
Gilberto Jaramillo Montoya (Relatos de Gil)
Alcaldía de Manizales-Instituto Caldense de Cultura
Manizales, 1999
130 páginas

jueves, 27 de mayo de 2021

Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha


Confiesa Rodrigo García Barcha al final de su testimonio: "sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad" (p. 91). Esa preocupación, la de un escritor dedicado al cine (guionista, director y productor), hijo a su vez de uno de los mitos de la literatura del siglo XX, seguramente atravesó la construcción de este libro: ¿cómo saber que el libro es bueno en sí mismo y no sólo porque revela detalles íntimos (chismosos, diría Mercedes) de los últimos días de la vida de Gabriel García Márquez?

Para los lectores de García Márquez el libro resulta revelador en la medida en que presenta una mirada distinta. El acercamiento al Nobel se hace normalmente desde su propia voz narrativa: desde lo que dejó escrito y también desde lo que dejó dicho en entrevistas en prensa, radio y televisión. Este libro permite acercarse desde un ángulo distinto: el de un autor que tiene acceso directo a un material privilegiado y lo narra desprovisto de la mitificación del personaje central. Rodrigo García no presenta al Nobel sino al padre enfermo y en irreversible deterioro hasta su muerte.

Se trata entonces de un ejercicio de desmitificación y humanización similar al que el propio Gabo hizo con Bolívar en "El general en su laberinto": ocuparse de narrar no las glorias sino la derrota final que significa el deterioro del cuerpo, la salud y la muerte. Rodrigo García presenta entonces a un anciano demente, que no reconoce a sus hijos y a veces tampoco reconoce a su esposa, al que las enfermeras deben incluso untarle crema en sus genitales para evitar que se queme y que en medio de su delirio solo desea regresar a su casa y con ese pedido, que hace desde su casa de México, se refiere al regreso a la casa de la infancia, la misma que narró en Vivir para contarla, su único libro autobiográfico.

"Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha" es un libro breve, en el que un tercio de las páginas se dedica a fotografías familiares y el resto se compone en capítulos cortos en los que el autor deja mencionados algunos asuntos espinosos: la posibilidad de practicar la eutanasia, lo patriarcal que resulta el apodo de "Gaba" o el tratamiento de "viuda de Gabo" para Mercedes, la tensión que implica para la familia hacer un duelo íntimo en medio de tanta gente y el alivio que llega con la muerte del escritor, que en razón de su enfermedad se había convertido en un peso cotidiano para la familia. 

Quienes quieran encontrar las claves de la literatura de García Márquez, sus rutinas de escritor, sus influencias y sus logros deben buscar otros libros. En este texto no aparece Gabo, aparece un padre, un abuelo viejo, enfermo y deteriorado, que quiere oír vallenatos para regresar a ese mundo antiguo en el que fue feliz. 


Algunas frases
"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta" (p.16).

"Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil" (p. 16).

"Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo" (p. 19).

"Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta" (p. 19).

"–¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
–Llorar.
–¿Llorar? Usted no está llorando.
–Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (p.19).

"Habla con una propiedad que hace olvidar, en la alegría del momento, que lleva años sumido en la demencia, y que el hombre con el que hablamos casi no está presente ni entiende nada, y apenas es él" (p. 25).

""Se está muriendo mucha gente que antes no se moría", y se divertía con la risa que provocaba" (p. 30). 

"Tal vez la única historia que vale la pena contar es la que nos haga reír" (p. 32).

"Casi todo lo que vale la pena saber se aprende todavía en casa" (p. 33).

"Cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir" (p. 35). 

"Consideraba que una enorme disciplina era una de las piedras angulares para escribir una novela, en particular cuando se trataba de estructurar la forma y los límites del relato" (p. 48).

"Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras" (p. 51).

"la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido" (p. 62).

"Un buen cuento siempre supera la verdad. Un buen cuento es la verdad" (P. 83).

"Mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta" (p. 87).

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir" (p. 91).

"Lamento no haberles preguntado más por los detalles de sus vidas, sus pensamientos más íntimos, sus mayores esperanzas y temores" (p. 103).

"Un hogar es un lugar muy diferente para cada uno de sus habitantes (p. 103).

"Con los años, la fragmentación continuará y la vida se sedimentará sobre las capas del mundo de mis padres y las capas de otras vidas vividas, hasta que llegue el día en que nadie en esta Tierra tenga memoria de su presencia física" (p. 104).

Gabo y Mercedes: una despedida
Rodrigo García Barcha
Editorial Random House
Bogotá, mayo de 2021
Traducción: Marta Mesa
138 páginas

viernes, 30 de marzo de 2018

Gabo periodista, antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez. Edición de Héctor Feliciano

En "Viaje a la semilla" la biografía autorizada de Gabriel García Márquez escrita por Dasso Saldívar, el autor señala que Gabo muchas veces confesó que "los años más fructíferos y deslumbrantes de su vida habían sido los tres o cuatro que pasó con sus amigos en aquella ciudad". Se refiere a a sus amigos del Grupo de Barranquilla en sus inicios como periodista. Por ello, Héctor Abad Faciolince señala en su ensayo para "Gabo Periodista" que "es extraño que no se lean con más cuidado sus columnas de entonces, los casi cuatrocientos artículos que escribió frenéticamente y varias veces a la semana durante los mil días que pasó en Barranquilla".

Gabo periodista es un homenaje de 512 páginas a la faceta periodística del Nobel García Márquez. El libro es rico en imágenes, tiene una diagramación generosa, que le permite incluir faccimiles de textos originales, fotografías de archivo y frases a manera de destacados que ocupan páginas completas.

El editor Héctor Feliciano, presenta la obra en su introducción y luego viene un texto histórico escrito por Gerald Martin. A continuación, el libro se despliega en textos originales de Gabo seleccionados por distintos periodistas y luego de cada paquete de artículos viene un ensayo o comentario escrito por el seleccionador: Héctor Abad Faciolince, Juan Villoro, Sergio Ramírez, Joaquín Estefanía, Martín Caparrós, María Jimena Duzán, Alex Grijelo, Jon Lee Anderson, Antonio Muñoz Molina, Alma Guillermo Prieto, Teodoro Petkof, María Elvira Samper, María Teresa Ronderos, José Salgar y Jean-Francois Fogel. Al final el editor Feliciano remata con una entrevista difícil a la parca Mercedes Barcha, y el libro se cierra con un epílogo de Jaime Abello.

Una antología construida por distintos autores puede tener textos desiguales, y así mismo es desigual la calidad y profundidad de los ensayos que los acompañan. Pero el conjunto de la selección permite hacer un recorrido por la cronología periodística de García Márquez, que él mismo la definió en los siguientes términos: "A los diecinueve años —siendo el peor estudiante de derecho— empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso".

La selección incluye textos desde 1948 en El universal de Cartagena, de 1950 a 1952 en El Heraldo de Barranquilla (las famosas "jirafas"), de 1955 a 1958 en El Espectador, en donde empezó a escribir reportajes, de 1958 en Cromos, de 1969 en la revista Momento, de Caracas, de 1959 en Cromos, de 1961 en la revista Novedades de México, de 1974 a 1978 en la revista Alternativa, de Bogotá, en la que se considera su época de mayor militancia política: de 1980 a 1987 en El Espectador y El país, y de 1999 en Revista Cambio. Entre los textos seleccionados está el primer capítulo de Noticia de un Secuestro, un fragmento de Relato de un Náufrago, el caso de Wilma Montesi, un aparte de la crónica De viaje por los países socialistas y sus perfiles sobre Hugo Chavez y Shakira, entre otros. Curiosamente el libro no incluye algunos de los textos periodísticos más famosos de García Márquez como La marquesita de la Sierpe, Caracas sin agua y el reportaje que escribió para El Espectador sobre manifestaciones en el Chocó (aparece un faccimil de la primera página del texto, pero no el texto completo).

Se trata de un libro útil para periodistas y lectores de la obra de García Márquez, pues su lectura lleva necesariamente a una conclusión: buena parte del universo narrativo que le dio fama a García Márquez por su obra de ficción tiene su semilla en su estética periodística: en los temas que elige y el lenguaje que utiliza.


Gabo periodista. Antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez.
Edición de Héctor Feliciano
Fundación Nuevo periodismo Iberoamericano FNPI
Cartagena, 2012
512 páginas

lunes, 9 de marzo de 2015

Diario de invierno, de Paul Auster

El entrañable libro de Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre, tiene como epígrafe el párrafo con el que Paul Auster abre su Diario de invierno: "Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro".

Así empieza Paul Auster a narrar su vida, en segunda persona, y en el desorden propio que toman los recuerdos que van y vienen en su memoria. No se trata de una autobiografía lineal que comienza cuando Auster nace en New Jersey, sino que es el "inventario de cicatrices" físicas y del alma, contadas a partir de saltos temporales, en una estructura narrativa en la que apenas dos o tres líneas en blanco sirven para separar una idea de otra. No hay capítulos ni secciones: se trata de un relato continuo hasta la última línea.

Que Paul Auster sea un escritor conocido y exitoso es un accidente en este libro. Su quehacer narrativo es prácticamente invisible en el texto. Quien busque Diario de invierno para encontrar la biografía en la que Auster revele sus métodos de escritura, sus influencias, lecturas, sus intereses creativos, pierde su tiempo. Acá se menciona que es escritor como pudo haber sido cualquier otra cosa, bombero o profesor... la vida de escritor no es lo importante. Lo que importa en este libro es su familia, su infancia, sus padres divorciados, su origen judío, la historia de su abuela que mató a su abuelo, los 21 sitios en los que ha vivido, sus angustias, miedos, alegrías y tristezas. La descripción de actos cotidianos simples, comunes a cualquier otra persona. Se trata, entonces, de la autobiografía íntima y sensible de un hombre corriente, que sabe que está empezando el invierno de su vida.

Además de Auster, el libro tiene un coprotagonista: las calles de Nueva York. Auster se ve a si mismo como una persona que camina y camina y camina, y su relato nos lleva desde el Upper East Side de Manhattan hasta Brooklyn, en una profusa y vívida descripción de ambientes y espacios alejados de los reflectores turísticos de la "Gran Manzana". La NY que aparece en Diario de invierno no es la de Times Square o el Central Park. Es la de apartamentos pequeños, fríos y costosos, o la de viviendas con problemas de chinches o de techos a punto de desplomarse. La Quinta Avenida no pasa por estas páginas.

Dedica pocas páginas a su actual esposa, su hijo y su hija. En cambio dedica buen espacio para rememorar a sus padres y su primera esposa. La escritura como ejercicio para mantener vivos momentos idos, parece estar detrás de ese aparente "desequilibrio" en el espacio dedicado a unos y otros.

Diario de invierno es una joya que a partir de anécdotas, enumeraciones y recuerdos, muestra que la juventud, la vitalidad y la energía se van agotando: Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, pero a todos nos pasa.

Algunas frases:
Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

Placeres sexuales antes que nada, pero también el placer de la comida y la bebida, el de reposar desnudo en un baño caliente, de rascarse un picor, de estornudar y peerse, de quedarse una hora más en la cama, de volver la cara hacia el sol en una templada tarde a finales de primavera o principios de verano y sentir el calor que se difunde por la piel. 

Qué hombre tan maravilloso sería tu padre... con que sólo fuera de otra manera

y ahí es donde comienza la historia, en tu cuerpo, en donde todo terminará también.

conduce a la defensiva; procede en el supuesto de que todos los que están en la carretera están locos y son idiotas; no des nada por sentado.

sobre todo la sensación de las aceras, porque así es como te ves a ti mismo siempre que te paras a pensar quién eres: un hombre que camina, un hombre que se ha pasado la vida andando por las calles de la ciudad.

decidiste que si ibas a vivir en una ciudad, tenía que ser colosal, la más grande, la que significaba que eras capaz de adoptar los extremos del más remoto enclave rural y el inmenso ámbito urbano, cosas ambas que te parecían inextinguibles, pero las ciudades medianas y pequeñas se agotaban demasiado pronto, y en el fondo te dejaban frío. Así que volviste a Nueva York.

Entorno espartano, sí, pero el ambiente nunca había tenido importancia en cuanto al trabajo se refería, pues el único espacio que ocupas al escribir tus libros es la página que tienes delante de la nariz, y el cuarto en el que estás sentado, las diversas habitaciones en que te has sentado en estos cuarenta años largos, te resultan invisibles cuando mueves la pluma a través de la página del cuaderno o transcribes a máquina lo que has escrito, con la misma máquina que utilizas desde que volviste de Francia en 1974, una Olympia portátil que compraste de segunda mano a un amigo por cuarenta dólares; una reliquia que sigue funcionando.

una forma de eliminar el asunto de la raza, a tu juicio un falso problema que sólo puede traer deshonor a la persona que lo saque a relucir, y por tanto ha decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior. 

¿Cómo es posible, te preguntas, que alguien parlotee tan deprisa como ella? Es como si se hubiera entrenado para no respirar mientras habla, soltando a borbotones párrafos enteros en una sola espiración ininterrumpida, largos y violentos flujos de verborrea sin puntuación ni necesidad de detenerse a tomar aire de vez en cuando. Debe de tener unos pulmones enormes, supones, los pulmones más grandes del mundo, y menuda tenacidad, qué obsesión tan vehemente por decir la última palabra sobre cada cuestión.

Se te humedecen los ojos al ver ciertas películas, te han caído lágrimas en las páginas de muchos libros, has llorado en momentos de inmensa tristeza personal, pero la muerte te desconecta y paraliza, secuestrándote toda emoción, todo cariño, todo contacto con tu propio corazón. Desde el principio mismo, te has quedado muerto frente a la muerte. 

aunque no fuese la mujer más bella del mundo, se comportaba como si lo fuera, y una mujer capaz de lograr eso hacía inevitablemente que la gente se volviera a mirarla.

En otras palabras, miedo a la muerte, que en el fondo no es probablemente distinto de decir: miedo a vivir.

Todos somos extraños para nosotros mismos, y si tenemos alguna sensación de quiénes somos, es sólo porque vivimos dentro de la mirada de los demás. 

(Ya no lees artículos sobre ti, ni tampoco críticas de tus libros, pero eso era entonces, y aún no sabías que ignorar lo que la dice la gente es beneficioso para la salud mental de un escritor.)

por no mencionar el cine basura que estamos realizando, la comida basura que estamos comiendo, los pensamientos basura que estamos cultivando.

Una noche te encuentras con una desconocida y te enamoras de ella; y ella de ti. No lo mereces, pero tampoco lo desmereces. Simplemente ocurrió, y nada puede explicarlo salvo la buena suerte.

El helado era el tabaco de tu infancia, la adicción que sigilosamente se introdujo en tu espíritu y te sedujo de forma incesante con sus encantos.

La inteligencia es una cualidad humana que no admite falsificaciones.

Hay que morir inspirando amor (si se puede): Joubert.

sólo puedes concluir que cada vida está marcada por una serie de accidentes fallidos, que todo aquel que haya llegado a tu edad ha eludido una serie de posibles muertes absurdas y sin sentido.

Escribir es una forma menor de la danza.

Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?
Se ha cerrado una puerta. Otra se ha abierto.
Has entrado en el invierno de tu vida.


Diario de invierno
Paul Auster
Barcelona
Seix Barral, 2012
223 páginas