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sábado, 2 de mayo de 2026

Quince años de mal agüero, de Antonio Caballero

"Quince años de mal agüero" reúne una selección de columnas publicadas por Antonio Caballero entre 1981 y 1996 en El Espectador, Semana y Cambio 16. Es decir: se trata de textos anteriores a los publicados en "No es por aguar la fiesta", su libro de 1999.

Leer estas columnas 30 años después (o más) de haber sido publicadas es constatar la lucidez de Antonio Caballero: su capacidad para conectar hechos y ofrecer una visión panorámica e independiente, en medio del fragor del conflicto armado. Sus columnas, en medio de la balacera, advierten sobre las relaciones entre paramilitares y militares, sobre las torturas que ocurren en el Cantón Norte, sobre la irracionalidad de los secuestros que cometen los grupos guerrilleros y sobre el inmenso problema económico, político y social que representa el narcotráfico. 

Caballero critica a los medios (a El Tiempo, al Grupo Santodomingo), a los militares, a todos los presidentes (Barco, Gaviria, Samper) a la guerrilla, a los paramilitares y a la clase política arrodillada ante Estados Unidos, que es el verdadero jefe de todos.

Critica con argumentos (también con generalizaciones) pero sobre todo con humor. Es un maestro en el uso del lenguaje y usa la sátira ácida para mostrar los remiendos del poder. Cita clásicos, sin ser pesado ni posar de erudito, y mezcla política con temas populares. Fue en su momento el mejor columnista de Colombia y hoy, cinco años después de muerto, lo sigue siendo.


Algunos subrayados 

Colgadores de lápidas (El Espectador, diciembre 17 de 1987)
Tal vez no sobra tampoco, en vista de que estamos en Colombia, resumir mi pensamiento en un pleonasmo: me parecen criminales los crímenes. Los que cometen los guerrilleros, los que cometen los paramilitares y los que cometen los criminales sueltos. Creo además que denunciarlos es mi oficio de periodista y, mi deber de ciudadano, aunque esto suene algo grotesco en la Colombia en que vivimos (p. 61).

Constituyente y revolución (Semana, noviembre 27 de 1990)
Siempre ha sido un cuerpo constituyente el que consagra el vuelco revolucionario de una sociedad, y lo encauza en nuevas instituciones (p. 67).

No se pierde puñalada (Semana, febrero 11 de 1992)
no es un azar si El Tiempo y el Grupo [Santodomingo] son las dos instituciones más temidas, además de odiadas, del país. A las dos las caracteriza esa "mal disimulada prepotencia" que menciona Enrique Santos al hablar del Grupo (p. 78).

"La propiedad no es buena ni mala: lo que cuenta son los principios". Yo digo, es al revés: los principios no son buenos ni malos: lo que cuenta es la propiedad (p. 79).

El amo: me paga este artículo Semana de los López, que en Caracol son socios de Santo Domingo. Pero también me paga Cambio 16, hoy socio de Santo Domingo, propiedad de un antiguo empleado de los Santos, que son socios, en la televisión por cable, de Santo Domingo. Me pagan además los Cano de El Espectador, rivales de los Santos, y deudores de Santo Domingo y los Santos a su vez me pagaron durante años y me deben todavía un artículo publicado en la revista Credencial. Parece mucho, ya lo sé. Pero todos me pagan mal: el capitalismo consiste en que las ganancias van a los dueños del capital y no a los del trabajo.
Y eso es lo que tenemos (p. 81)

Los Santos inocentes (Cambio 16 Colombia, enero 16 de 1995)
De el diario El Tiempo podría decirse con justicia lo mismo que decían de un gobernante español: que "sólo acierta cuando se rectifica" (p. 82).

El Tiempo pone presidentes, y los quita; hace o deshace reputaciones —de estadistas, de intelectuales, de generales, de toreros, inclusive de obispos—; nombra diplomáticos, corona poetas, escoge reinas de belleza, fija tipos de interés, traza pautas de comercio exterior (a veces se da el gusto de designar directamente a los ministros de Comercio Exterior. Despierta más lambonerías, y suscita más irritaciones que cualquier otra institución colombiana: más que la Iglesia, más que las Fuerzas Armadas, más que la primera dama (p. 82).

El Tiempo es un gobierno paralelo —cuando no es, ni más, el gobierno— (p. 83). 

El hoyo y el bobo (Semana, mayo 28 de 1996)
Ese debería ser el símbolo de la nacionalidad colombiana: el hoy. Ese hoyo abierto al lado del montón de problemas para enterrar en él los problemas que no tienen solución. La violencia que se resuelve con más violencia, la sangre derramada que se oculta derramando más sangre (p. 86).

La prensa y la crisis (Semana, agosto 13 de 1996)
El periodismo ha sido siempre y lo seguirá siendo, político: un instrumento para hacer política. En todas partes, pero tal vez en Colombia más que en ninguna (p. 88).

Quién hace prensa hace política consciente o no, del mismo modo en que aquel personaje de Moliére "escribía prosa sin saberlo" (p. 89).

La plata de los mafiosos (El Espectador, julio 18 de 1983)
Si de verdad se quiere hacer una caracterización correcta de los políticos colombianos por sus lecturas, hay que partir de la base de que ninguno ha leído nunca un libro, salvo la propia izquierda, que ha leído muy pocos, y siempre los mismos (p. 93).

¿Cuál gobernabilidad? (Semana, febrero 6 de 1996)
La gobernabilidad en Colombia la tiene cualquiera que se deje gobernar por los Estados Unidos. Y el que no, no. Aunque se le derrumbe el país entre las manos, como se les derrumba a todos (p. 126).

Los gringos y nosotros (Cambio 16 Colombia, enero 30 de 1995)
Ya es demasiado el hecho de aceptar —y encima, pidiendo perdón— que del inmenso negocio de las drogas los gringos lo tengan todo, salvo la culpa (p. 232). 

Por etapas (Cambio 16 Colombia, junio 19 de 1995)
Solo hay dos oficios rentables hoy en Colombia: el de narcotraficante y el de delator de narcotraficantes (para lo cual, claro está, se necesita también ser narcotraficante). (p. 239).

Como el cangrejo (Semana, diciembre 11 de 1990)
todos los ejércitos latinoamericanos se siguen rigiendo (y rigen a sus países) por la doctrina norteamericana de la Seguridad Nacional: el único enemigo que hay es el "enemigo interno". Son, en consecuencia, ejércitos de golpe de Estado o de guerra civil (p. 286).


Quince años de mal agüero
Antonio Caballero
La Hoja
Medellín
Noviembre de 1996
324 páginas

viernes, 13 de marzo de 2026

No es por aguar la fiesta..., de Antonio Caballero

Aunque murió el 10 de septiembre de 2021, Antonio Caballero está muy vivo, y para constatarlo basta con leerlo. 

Es usual que los columnistas publiquen libros con compilaciones de columnas. Yo he pensado hacerlo con las mías, y me lo han propuesto, pero me disuade de la idea leer otros libros de columnas: suelen ser malos por una razón simple: la columna es fruto de la coyuntura, de la actualidad, de la urgencia, y se escribe al calor del momento para un público que sabe cuál fue el titular de este martes o la noticia del jueves, y entonces no han necesidad de explicar quién es fulano y por qué lo destituyeron. Pero pasados unos años, todos esos contextos se evaporan, y por eso las columnas envejecen mal. Las que mejor lo hacen son las que no están atadas a la coyuntura, sino a la intimidad, al tono confesional, pero esas, al menos en mi caso, son las más escasas.

No sé si Antonio Caballero escribió alguna columna de esas íntimas o confesionales. No recuerdo haberla leído. Todas sus columnas eran fruto de la actualidad, la política y la guerra, que en Colombia suelen ser la misma cosa. Todas era lecturas del instante, que, no obstante, envejecen bien, o mejor dicho no envejecen: rejuvenecen, porque leer en 2026 lo que Caballero publicó en 1996 evidencia que este país avanza en círculos y que eso ya lo había dicho él, como todo. Cualquier idea sobre la actualidad política, Caballero la dijo primero.

"No es por aguar la fiesta..." es un libro publicado en 1999 que reúne 79 columnas de Caballero organizadas en varios bloques: "guerra y paz", que corresponden a la mitad del libro, y "droga", "política y país", "política exterior" y "mundo". Leerlo hoy es una delicia porque ese lenguaje suyo tan musical, tan lleno de humor, con las palabras precisas, sirve para constatar que él hablaba siempre de los mismos temas, como dijo varias veces, que llevaba años escribiendo la misma columna, porque en Colombia siempre se habla de los mismos temas: hoy y hace 30 años. De los mismos temas (la paz, la guerra, las drogas, la guerrilla, los partidos, los militares, la inexistente reforma agraria) y de la misma gente: Galán, Gaviria, Pastrana, Uribe. 

En la columna "Las causas de la guerra", del 20 de julio de 1998, Caballero escribe que "a la paz solo se llegará cuando hayan desaparecido las causas de la guerra" (p. 59) y esas causas, según él, son la lucha por la tierra, el desempleo, la "aberrante distribución de la riqueza y del ingreso" la inexistencia de la justicia y la represión política. En mayor o menor medida todas sus columnas tocan alguna de estas aristas. Machaca la idea de que el descarado intervencionismo gringo empuja a Colombia a una guerra que es ajena; que la impunidad y la corrupción alimentan la guerra; que a los militares les conviene el negocio de la guerra y que la guerrilla no puede defender ninguna idea política si usa como armas el secuestro y otras barbaridades que desdibujan su origen rural y campesino.

Las ideas de Caballero son claras y siguen vigentes, pero lo que lo hace un maestro es el virtuosismo con el lenguaje: su capacidad para hacer reír, para usar el sarcasmo, para afilar la ironía y encontrar la imagen precisa que desnuda al poderoso. Ese humor, sustentado en un profundo conocimiento de la historia universal y colombiana, hacen de Caballero el mejor columnista de prensa en Colombia. Qué le hace que esté muerto.



Algunos subrayados
De la columna "Ojo, comandante Bochica": "nada hay más cobarde que un secuestro, y nada que envilezca más un proyecto político" (p. 16).

De la columna "El salto militar": "cualquier país, por pobre que sea, encuentra siempre dinero para financiar la guerra, y la financiación de la guerra genera en todas partes, como es lógico, más guerra" (p. 20).

De la columna "La guerra: costo y beneficio": "Si en vez de sofocar la guerra mediante métodos políticos se escoge ganarla mediante métodos militares, resulta inevitable darles a los militares el poder político (p. 26).

De la columna "Historia y geografía": "para hacer la paz, como lo enseña la historia, se necesitan solamente dos cosas que poco tienen que ver con las virtudes cívicas, o con las teologales, o con las cardinales: decisión política y autoridad sobre los militares (p. 41).

De la columna "La tierra y la guerra": "En la historia de Colombia los ganaderos han sido, desde hace cinco siglos, los principales promotores de la guerra y sus más directos beneficiarios" (p. 43).

De la columna "Conversaciones en Maguncia": "No es que no tenga opinión, sino que la tengo propia. Y tengo además la suerte de que —en razón de mi oficio de "periodista de opinión"— mi opinión se publica en los periódicos. Lo cual no significa, sin embargo, ni mucho menos, que represente la opinión de esos periódicos; y ni siquiera la opinión de mis lectores, que a veces la comparten y a veces no, pero a quienes espero que les pueda servir de uno, entre varios, puntos de referencia. Y creo en consecuencia que mi función es ésa: la de opinar en público, y no la de participar en coloquios a puerta cerrada, por ancha que sea esa puerta" (p. 55).

De la columna "Las cuentas del campo": "La violencia actual, que tuvo sus primeros brotes en los años treinta, y después se politizó (se partidizó) en los cuarenta y cincuenta, y se volvió "subversiva" en los sesenta y setenta (y hasta hoy), hunde sus raíces en el conflicto por la propiedad agraria" (p. 90).

De la columna "Vana y torpe": "si estamos como estamos [en este país], es porque siempre se ha pretendido callar las opiniones discrepantes por la fuerza (p. 98).

De la columna "La intervención": "si algo nos enseña la historia, y en particular la historia de Estados Unidos, es que la estupidez acaba siempre por triunfar" (p. 114).

De la columna "La ley del Talión": "El miedo genera odio hacia quien nos inspira miedo, y el odio, miedo a quien nos odia y por odio puede matarnos. En la Colombia de hoy nos odiamos todos "(p. 118).

De la columna "Las risotadas de Frechette": "En esas listas de enemigos del gobierno de Estados Unidos no figura ningún narco, ni ha figurado nunca. y no figuran por la sencilla razón de que no son enemigos. ¿Cómo van a ser enemigos unos señores que manejan el negocio más rentable —más que el de las armas y que el del petróleo, dice la ONU— que han tenido jamás los bancos norteamericanos? Son amigos. Por eso les dan visa. (p. 138).

De la columna "Actos de fe": "Ninguna versión de las autoridades colombianas sobre casos con muerto ha sido nunca verosimil, tanto si el muerto es "malo", como Santacruz, como si es "bueno", como Galán, o incluso si no está muerto, como en cualquiera de las cien veces que han anunciado la muerte de Tirofijo" (p. 139).

De la columna "La ley hipócrita": la mitad de la economía y la mitad de la política del país reposan sobre dineros de origen turbio: no sólo del narcotráfico, sino del peculado, del secuestro, del contrabando, de la compraventa de votos, del atraco en carretera, o hasta del parricidio cometido por un hijo impaciente para lograr su herencia (p. 144).

De la columna "El eslabón más débil": "nunca cae preso ningún narco norteamericano: ni siquiera en el cine" (p. 146).
"Sólo a los imbéciles se les puede ocurrir que la mejor manera de perseguir un negocio que sólo vive de la prohibición consiste en mantener la prohibición, sin la cual el negocio no existiría. Pero además de imbecilidad hay codicia: de las colosales ganancias del negocio, el 95% se queda en Estados Unidos; y esas ganancias solo existen porque el negocio está prohibido (147).

De la columna "Sobre la extradición": "la extradición es el reconocimiento de la impotencia del Estado colombiano para impartir justicia; como, del mismo modo, la invención de las Convivir (otra monstruosidad) es el reconocimiento de su impotencia para mantener el orden" (p. 156).

De la columna "Insisto: es una guerra ajena": "De esa guerra, curiosamente, solo están excluidos el propio Estados Unidos, único país a quien nadie "descertifica" ni fumiga ni castiga a pesar de que es el primer consumidor de todo tipo de drogas en el mundo, el primer productor de marihuana y de "drogas de diseño" (éxtasis, etc.) del mundo, y el principal receptor y "lavador" del dinero negro de las drogas del mundo" (p. 164).

De la columna "Los inmortales": "el expresidente Barco, de quien durante todo su período presidencial se creyó que estaba muerto, acaba de resucitar para recibir un premio por los servicios prestados a su partido cuando ocupó la presidencia" (p. 206).

De la columna "Plata y plomo electorales": "el funcionamiento del sistema electoral hace que, naturalmente, los políticos que ganan elecciones sean los más corruptos. Y ése es el vicio original de lo que llamamos democracia en Colombia" (p. 209).

De la columna "No es por aguar la fiesta...": "En cuanto al Partido Liberal, no es un azar que sea el heredero directo de aquel que en el siglo pasado formó Florentino González, bajo el prometedor nombre de "partido de los partidarios del gobierno". Nunca, salvo cuando a la fuerza ha sido expulsado del festín burocrático, ha querido el Partido liberal hacer oposición: prefiere pedir puestos. (Lo mismo que el Partido Conservador, por otra parte: no en balde son idénticos)" (p 227).


No es por aguar la fiesta...
Antonio Caballero Holguín
Editorial Planeta
Bogotá
1999
280 páginas

sábado, 27 de abril de 2024

Contra la revolución, de Jorge Iván Cuervo y Diego Jaramillo Mutis (editores)

"Contra la revolución" es un libro académico que reúne 13 textos de distintos profesores colombianos que reflexionan alrededor del pensamiento reaccionario en Colombia, desde las guerras de independencia en el siglo XIX hasta el presente.

El libro tiene un ensayo introductorio, un ensayo intermedio, un posfacio y 10 capítulos que analizan en detalle igual número de momentos o personajes o enfoques para abordar la sensibilidad reaccionaria en Colombia. Así, hay dos capítulos dedicados a la Iglesia Católica, uno más centrado en el siglo XIX y otro en la República liberal; un capítulo sobre los hermanos Julio y Sergio Arboleda, otro sobre Miguel Antonio Caro; uno sobre los Leopardos, con Silvio Villegas y su heredero ideológico, Gilberto Alzate Avendaño; otro sobre las mujeres que, como Emilia Pardo Umaña, se oponían al sufragio femenino; uno sobre Laureano Gómez; otro sobre su hijo Álvaro y uno de cierre dedicado al escritor Nicolás Gómez Dávila.

Algunos ensayos tienen un tono más academicista que otros, pero en general son textos que se dejan leer por un público no iniciado en la historia de las ideas políticas. En cada ensayo los autores explican que no es posible confundir pensamiento reaccionario con ideas conservadoras, porque el reaccionario no desea conservar nada del presente: quiere girar hacia atrás la rueda de la historia, como diría Marx, y para hacerlo está dispuesto a usar o justificar la violencia y a actuar con vehemencia, una actitud distante de la prudencia conservadora. 

Así mismo, aunque el pensamiento reaccionario suele asimilarse con la derecha, el libro reitera que existen también reaccionarios de izquierda, que se asemejan a los reaccionarios de derecha en su intransigencia y en sus formas argumentativas. 

Resulta interesante el recuento histórico de las distintas olas del pensamiento reaccionario, que empezaron con el ánimo de volver a un estado de cosas anterior a la revolución francesa, y cómo hoy, en el Siglo XXI, ese pensamiento reaccionario se relaciona con personas antiderechos que desean desmontar lo conquistado por el feminismo y las minorías sexuales y étnicas. En Colombia ese pensamiento reaccionario se relaciona con quienes abogan por derogar la Constitución Política de 1991.

Este libro resulta valioso porque ofrece un viaje por la historia de Colombia y por la historia de las ideas políticas desde el ángulo de las ideas reaccionarias, que siguen muy vigentes en el debate político contemporáneo. En particular, considero valioso el análisis sobre el impacto de la Iglesia Católica en la persecusión a liberales en el siglo XIX y comunistas en el siglo XX, y quizás esa sea una veta para observar el giro a la derecha que en el siglo XXI se observa en comunidades con fuerte presencia de iglesias evangélicas.

Algunos subrayados

De "Estudio introductorio" de Jorge Iván Cuervo

No es lo mismo ser reaccionario que ser conservador, conservador radical, antimoderno o antiliberal (p. 14).

Ser reaccionario no necesariamente implica ubicarse en el espectro de la derecha política, porque es claro que también existe pensamiento reaccionario de izquierda, con unas características claras en cuanto al tipo de retórica y de valores que defiende (p. 14).

si no se es cuidadoso y no se especifican bien los rasgos del reaccionario, se puede incurrir en el error de incluir en esta categoría a todo autor que tenga una postura antiliberal o antidemocrática -dos rasgos esenciales de los reaccionarios- (p. 15).

En la historia y en la filosofía política hizo carrera que lo opuesto a la postura reaccionaria es la postura revolucionaria y lo opuesto a lo conservador es lo progresista (p. 17). 

El reaccionario auténtico, del que habla Gómez Dávila, se caracteriza por un modo de ser combativo, de una retórica incendiaria, de un discurso con matices, de una voluntad férrea para denostar la reforma y la revolución y volver al antiguo régimen (p. 19).

Para el marxismo la revolución proletaria es la única posibilidad de progreso para la humanidad y todo aquel que se opone a esto es un reaccionario (p. 23). 

muy pocas personas aceptan en el debate público ser reaccionarios, razón por la cual muy pocos salen a defender dichas ideas, lo que ha limitado su desarrollo y contradicción con otros discursos (p. 39).

una característica notable de los reaccionarios es que tienden a confundir liberalismo y socialismo (p. 43). 


De "El discurso reaccionario de la Iglesia católica frente a los "enemigos" del catolicismo" de José David Cortés y Helwar Figueroa 

(Hegemonía conservadora) En este período parece existir un consenso entre el clero colombiano para atacar por todos los medios al liberalismo, considerado como hereje y en estado de error (p. 79).

Las palabras dichas por los curas en sociedades de talante confesional pueden crear emociones traducidas en acciones de todo tipo, en este caso, violentas (p. 88).


De "¿Ecos de reacción en tiempos de revolución?" de Arnovy Fajardo Barragán
Se crearon tres argumentos: el primero consistió en la reconstrucción de la figura del rey como fuente de autoridad y de orden; el segundo fue el intento de deslegitimar la revolución misma y a sus líderes; el último fue la defensa de la religión católica y la condena a la Ilustración (p. 116). 

De "Ya están aquí los bárbaros" de Diego Jaramillo Mutis
La república era feliz en 1839 (Julio Arboleda, 1850). 

La nostalgia por el pasado es uno de los rasgos fundamentales de los reaccionarios (162).

El discurso conservador de estos años se enfocó en la defensa de la propiedad, en este sentido fue más antisocialista que antiliberal (p. 169).

De "A la derecha de la derecha" de Mauricio Uribe López
La retórica reaccionaria no se siente cómoda con el presente: mira hacia el pasado buscando restaruar un paraíso perdido (...) la retórica reaccionaria es incendiaria y no admite discrepancia (...) alienta la violencia y la justifica para precipitar el cambio (p. 205).

Lo que unía a los fascistas, a los reaccionarios tradicionales y a la Iglesia católica era su fervorosa animadversión hacia la Ilustración, la democracia, el liberalismo y el "comunismo ateo" (p. 209). 

La virulencia de los conservadores, desplegada en la pluma y la oratoria de Los Leopardos, Gilberto Alzate Avendaño y Laurean Gómez, atizó con vigor el fuego de una guerra que en algunos aspectos tenía ribetes religiosos (p. 226). 

(Monseñor Builes) "no es posible conservar la doble posición de católico y de liberal" (p. 231). 

Hay al menos dos principios conservadores que ellos (los Leopardos) ignoraron radicalmente: el de la prudencia y el freno a las pasiones (p. 237).

De "Reaccionarias bogotanas" de Natalia León Soler
Entre 1930 y 1943, con matices de manifestaciones a inicios del siglo XX, se registran los primeros grupos femeninos organizados con el fin de abrir espacios civiles a la mujer; para el período de 1944 a 1948 hay una ampliación del movimiento en el que el reconocimiento a sus derechos civiles fue más allá de la educación, la cultura, mejores condiciones laborales (en especial para las obreras) y la administración de sus bienes. Así, el derecho al voto se convierte en la bandera más importante de todo el movimiento: el derecho a elegir y a ser elegida. Ya para el período de 1949 a 1957 fue la puja por ese derecho y los avatares que pasaron para lograr su aprobación (p. 247). 

Las representaciones sobre la feminidad se basarán en fomentar los valores del matrimonio, la maternidad, los hijos, el hogar. Educar a la mujer para la vida útil de esposa y madre para convertirla o, mejor aún, representarla como el "ángel del hogar" en el que el espacio privado era su lugar legítimo (p. 251). 

la buena esposa es la reina del hogar, a diferencia del feminismo, que parte de su origen se asocia a la izquierda y a la subversión política, lo cual resulta peligroso para el orden establecido (p. 253). 

El hecho de que muchas niñas entre los 6 y 15 años estuvieran en clausura permitía que se acostumbraran a la mansedumbre. Entraban en este tipo de retiro educativo no solo para su formación en valores, en la fe católica y a la vez se preparaban para su trabajo en el manejo del hogar practicando las labores propias de ese ámbito. Una especie de iniciación al espacio doméstico, a ese bendecido espacio privado (p. 256).

Vale preguntarse si son las mujeres reaccionarias entre ellas. Al parecer sí y cada vez con más fuerza que los hombres hacia ellas. Para godos, algunos liberales, antifeministas y antisufragistas, algunas sí lo son (p. 296).

De "¿Progreso o retorno?" de José Daniel Parra
en contraste con el hombre reaccionario, el hombre progresista siente que se va liberando históricamente de sus cadenas. El hombre progresista no ve el pasado con nostalgia; por el contrario, siente orgullo ante la certeza positiva de sus conquistas históricas. No está, sin embargo, satisfecho con el presente, espera mayor progreso en el futuro (p. 307).

El "mecanismo emocional" clave en la Biblia no es el orgullo magnánimo y digno por el mérito propio, sino el reconocimiento interior de caída, arrepentimiento y necesidad de redención (p. 319). 

De "La cruzada por la destorcida" de Tania Luna Blanco
el discurso anticomunista se volvió vital para marcar el fin de los liberales en el máximo cargo del Estado y la Iglesia católica contribuyó con todo su andamiaje y poder, material y simbólico, a vehiculizarlo, siendo, además, el punto de encuentro de conservadurismos diversos (p. 350).

De "Cuatro posturas reaccionarias de Laureano Gómez" de Arnovy Fajardo Barragán
El capitalismo fue presentado como la culminación del proceso de destrucción de la libertad, la fraternidad y la igualdad por cuenta del liberalismo (411).

Hay absoluta incompatibilidad entre el concepto de la vida cristiana y la vida comunista (p. 413). 

Se trataba de crear una sociedad basada en la familia, no en el individuo, articulada en torno a la vida municipal, guiada bajo una moral católica y orientada por una idea de la política como realización del bien común (p. 418). 

De "Crítica de la proclividad revolucionaria" de Nicolás Figueroa García-Herreros
Como lo muestra Jorge Orlando Melo (1990), tras la independencia y durante todo el siglo XIX, las élites colombianas actuaron bajo un consenso amplio, inspirado en los ejemplos de Inglaterra y Estados Unidos, que apuntaba a adoptar en el país un sistema político liberal basado en el principio de la soberanía popular y un sistema económico capitalista (p. 450)

el conservatismo nos invita a concebir las tradiciones e instituciones existentes como repositorios de un conocimiento que se ha mostrado eficiente a lo largo del tiempo (p. 464) 

De "La figura del reaccionario y la noción de pensamiento reaccionario" de Juan Fernando Mejía Mosquera
el pensamiento reaccionario es el Texto Implícito que Gómez Dávila comentó durante toda su vida (p. 477).

Algún día será posible escribir con bastante exactitud la historia de los últimos ciento cincuenta años no porque se tengan estadísticas, periódicos, películas cinematográficas, múltiples documentos de índole diversa, sino, ante todo, quizás tan solo porque ha existido una abundante producción de novelas. La novela mediocre es un documento de gran valor histórico, porque en ella se reflejan las minucias de la vida cotidiana, tal como aparecen a los contemporáneos. Los diversos utensilios que estudia la arqueología requieren una interpretación, mientras que la novela nos transmite un significado (p. 498). 

(De Nicolás Gómez Dávila): "Derecho es la regla de conducta que nace del convenio. Justicia es la observancia de la regla del derecho. Estado es la regla del derecho que asegura la observancia" (p. 516).

(De Nicolás Gómez Dávila): "La prolijidad no es exceso de palabras, sino escasez de ideas" (p. 524). 

De "Camisas negras y de todos los grises" de Jorge Giraldo Ramírez
Las similitudes entre las formas argumentativas de los reaccionarios y las de los progresistas fueron las que sorprendieron a Hirschman" (543).


Contra la revolución
Jorge Iván Cuervo y Diego Jaramillo Mutis (editores)
Universidad Externado de Colombia - Editorial Planeta
Bogotá
Enero de 2024
564 páginas
 

lunes, 3 de julio de 2023

Magdalena, Historias de Colombia, de Wade Davis

"Magdalena" es un libro de 480 páginas, tan caudaloso y denso como el río que le da origen. Wade Davis, un antropólogo, etnobotánico, fotógrafo y escritor enamorado de Colombia, emprende el ejercicio de recorrer toda la cuenca del Río Magdalena, desde el Páramo de las Papas hasta Bocas de Ceniza y sus alrededores. 

Los alrededores son importantes. El libro no se limita a las orillas del río, sino que se adentra en sus cuencas para contar "Historias de Colombia", que a veces suenan más vinculadas al río y a veces se alejan de su cauce. Así, aparecen la historia de la coca, la Conquista Española, los conflictos entre Bolívar y Santander, la época dura de Pablo Escobar en Medellín, la tragedia de Armero, el paramilitarismo que convirtió al Magdalena en un cementerio de desaparecidos, la cumbia y las músicas que se escuchan en el Bajo Magdalena, y otra cantidad de relatos que avanzan a medida que el autor recorre el Yuma, con curiosidad y asombro. 

El libro está dividido en tres partes, que corresponden a la división geográfica del río: Alto Magdalena, entre el Páramo de las Papas y Honda, Medio Magdalena, entre Honda y La Gloria, y Bajo Magdalena, desde La Gloria hasta la desembocadura. Cada parte, a su vez, está compuesta por distintos capítulos que, desde un punto determinado de la geografía de la cuenca del Magdalena, le sirven al autor para contar variadas "Historias de Colombia", como lo señala el subtítulo de la obra.

"Magdalena" es una obra difícil de encasillar: puede leerse como un libro de viajes, como un libro de historia de Colombia, como una compilación de crónicas de espacios y personajes, como una documentada guía turística o como una carta de amor hacia la naturaleza colombiana. Es un libro que tiene como hilo conductor el Río Magdalena, pero que salta de tema en tema porque al autor le interesan múltiples cosas: las comunidades indígenas, la botánica, la fauna, la historia política de Colombia, el transporte, la música y por ello el libro recoge una amplia lista de voces, que van desde pescadores hasta expresidentes.

Si bien en algunos pasajes suena condescendiente o benigno frente a personajes como Álvaro Uribe, también resulta interesante esa mirada extranjera que le da valor y esperanza a lo que ve en Colombia. Los pasajes que dedica a Humboldt y su expedición por la Gran Colombia, el asombro de Humbold y su aporte al espíritu de la independencia, conectan bien con ese esfuerzo que hace Wade Davis por investigar, documentar y mostrar riquezas que están aquí pero parecen ocultas, ignoradas o despreciadas para el grueso de la población.


Algunos subrayados

No hay un lugar en Colombia que esté a más de un día de todos los hábitats naturales que hay en el mundo (p. 24).

En la cuenca dlMagdalena viven cuatro de cada cinco colombianos. Es la fuente del ochenta por ciento de la riqueza económica del país (p. 26).

Si toda el agua del mundo se vertiera en un recipiente equivalente a un galón, lo que podríamos beber apenas llenaría una cucharita (p. 38). 

Ya existían, por supuesto, otros nombres para el río: Yuma, Guaca-Hayo, Karakalí, Kariguaña (p. 41). 

Quizás porque el país alberga más de la mitad de todos los páramos del mundo, muchos colombianos no saben apreciar la rareza de estos exóticos y misteriosos ecosistemas y su fundamental importancia en el ciclo hidrológico (p. 49). 

...a diferencia de los científicos y académicos de hoy, condenados a saber cada vez más y más sobre menos y menos (p. 51).

La coca no es cocaína, así como la papa no es vodka (p. 58). 

es muy poco probable que Colombia pueda llegar a eliminar el cultivo de coca (p. 61).

Si se comerciara como té, o como suplemento nutritivo, la coca podría volverse el mejor regalo de Colombia para el mundo, atenunado el éxito comercial de su café. No es que el café tenga nada de malo, claro está, pero es que su origen está en la lejana Abisinia. La coca, en cambio, nació en Colombia (p. 62). 

Los extranjeros que viajaron por estas estrechas carreteras se sorprendían de que una nación tan moderna pudiera tener un sistema de transporte tan precario (p. 63). 

Todo se movía gracias a la fuerza, habilidad y resiliencia de los arrieros y sus animales. Era una cultura de vivir al aire libre, de niños y hombres cuyo único arraigo era la tierra que pisaban, y cuyas pasiones y sentimientos los diferenciaban por completo del vaquero tradicional (p. 64).

(Sobre la Conquista) Los hombres, desesperados por la falta de sal, peleaban entre ellos por la carne de aquellos que ya habían perecido (p. 73). 

Los muiscas de las montañas llamaban al río Magdalena el río Yuma, es decir, el Río del País Amigo (p. 74). 

Los muiscas eran una comunidad de más de un millón de habitantes (p. 77). 

La cultura muisca se fue desvaneciendo, hasta que incluso su lengua desapareció a comienzos del siglo dieciocho (p. 80). 

la gente solo sobrevive si cultiva el gusto por el silencio (p. 83). 

Y por más riqueza que hubiera salido del Perú, fue Colombia la que más oro puso en las arcas de la Corona Española, además de costales llenos de esmeraldas y pierdas preciosas (p. 84). 

La Ciudad Perdida, la antigua metrópoli de los taironas en la Sierra Nevada de Santa Marta, fue descubierta por los guaqueros apenas en 1972. Los arqueólogos solo comenzaron su labor de investigación allí en 1976. Construida seiscientos cincuenta años antes que Macchu Picchu, Teyuna, como la conocen los koguis y los arahuacos, es un monumento igual o más imponente que cualquier otro que se pueda encontrar en América. Aún más asombroso que las maravillas de la Ciudad Perdida, tanto en tamaño como en importancia, es San Agustiín, el sitio arqueológico más amplio y misterioso de toda Colombia (p. 86)... más que quinientas figuras esparcidas por sus linderos (p. 87). 

San Agustín no estaba en absoluto aislado, más bien era el epicentro de una red extensa y compleja de rutas que conectaban comercialmente distintas partes del sur de Colombia (p. 90). 

En muchos casos, las figuras tienen cachetes abultados que sugieren mandíbulas mascando hojas de hayo. Estas son las representaciones más antiguas del ritual de la coca y las primeras evidencias de que la lanta gozaba de veneración en las antiguas civilizaciones de los Andes (p. 93).

El elemento central en todos los monumentos megalíticos de San Agustín es la transformación (p. 95)

Cuando comenzó el período colonial y el sistema de encomienda redujo a todos los nativos a la servidumbre, el destino de las comunidades indígenas que quedaban fue sobrellevar una vida de sufrimiento: varicela, masacres, flagelaciones, peonaje por deudas o la cárcel, todo aprobado por la bondad y la gracia de la Iglesia Católica (p. 105). 

En la medida en que todavía hoy se siguen descubriendo nuevas especies de peces -van ocho tan solo desde el 2013-, nadie sabe con certeza cuántas alcanzaron a coexistir en el río, pero la cifra oscila entre doscientos veinte y doscientos noventa. Más de la mitad son especies endémicas, es decir, que no existen en ningún otro entorno natural (p. 111). 

el champán era todo un logro, pues redujo el trayecto de Cartagena a Honda de dos meses en una piragua a apenas treinta y cinco días (p. 121). 

En Colombia, por el contrario, algunos cálculos sugieren que hasta el noventa por ciento de la tierra cultivable -aparte de la que es propiedad del Estado- está en manos de apenas el cinco por ciento de la población (p. 127). 

La Tatacoa produce una sensación de estar fuera del planeta Tierra. Es como si Dios, habiendo decidido darle a Colombia un poco de todo, hubiera seguido su capricho hasta el final, colocando a la sombra pluviométrica de la cordillera Central un terreno sacado directamente de la superficie de Marte (p. 128). 

La guerra (de los Mil Días) estalló cuando los cafeteros, apegados al compromiso liberal con el mercado libre y el comercio internacional, se rebelaron contra un gobierno conservador que asfixiaba el crecimiento con tarifas punitivas y aranceles de exportación que hacían que los cafeteros operaran a pérdida (p. 131). 

(en 1915) el deslizador hizo su viaje inaugural en los últimos meses del año, y fue de Barranquilla a Girardot en apenas cuatro días. Cuatro años después, tras varias modificaciones y mejoras que dieron luz a un deslizador de segunda generación, el Luz I logró hacer el trayecto de Honda a Barranquilla en tan solo veinticuatro horas (p. 132). 

El 19 de octubre de 1920 el (avión) Colombia despegó de Barranquilla camino a Girardot (133). 

Colombia también fue pionero en el envío de cartas y paquetes por avión (p. 134). 

el Magdalena ha servido como cementerio de la nación, al llevarse sus muertos anónimos (p. 141). 

(Sobre la tragedia del Ruiz en 1985) La avalancha que se abrió paso por el valle de Chinchiná destruyó más de cuatrocientos hogares y enterró vivas a mil ochocientas personas en la ciudad de Chinchiná (...) Fue el peor desastre natural en la historia de Suramérica (160). 

Un amigo colombiano describió alguna vez el Medio Magdalena, esa franja larga del río que se extiende entre honda y El Banco, como el patio trasero del país (171).

Desde la perspectiva de las capitales departamentales, esos pueblos eran puestos de comercio lejanos y aislados, en los que la gente se gobernaba a sí misma y las autoridades nacionales eran, en el mejor de los casos, una presencia muda (p. 172). 

En la década de 1880, un viaje en barco de vapor entre Barranquilla y Honda tomaba noventa horas, y el regreso a la costa, apenas cuarenta y ocho, lo que implicaba un consumo aproximado de cuatrocientos "burros de leña" para un solo viaje de ida y vuelta (...) Para comienzos del nuevo siglo, los vapores del Magdalena ya habían quemado alrededor de treinta millones de metros cúbicos de invaluables maderas como el caimito, el comino, el cedro, el sangretoro, el abarco y el suán (p. 176). 

Estoy de acuerdo con que no olvidar es importante. Pero olvidar también es importante. No para negar lo sucedido, sino para poder avanzar (p. 226). 

(Pablo) Escobar les dio todo su apoyo a los paramilitares, financiando sus operativos y aconsejándoles que se metieran en el negocio de la cocaína. Incluso contrató a mercenarios israelís y británicos para que los entrenaran (p. 242). 

Puerto Boyacá estaba bajo el mando de Ramón Isaza Arango, el padrino, según Juan, de toda la causa paramilitar (p. 244). 

Pocos en la izquierda confiaban en Uribe, un prominente terrateniente que había sido de los primeros en promover y brindar apoyo al movimiento paramilitar (p. 247).

En los ocho años entre el 2002 y 2010, las Farc perdieron a la mitad de sus miembros. Para el 2010, momento en que Santos asumió la Presidencia, sus filas habían quedado reducidas a apenas ocho mil combatientes (p. 248). 

Por ejemplo, un kilo de panela -los bloques de azúcar morena que extraían con mucho trabajo de la capa- se vendía en seiscientos o, en el mejor de los casos, ochocientos pesos, aproximadamente veintisiete centavos de dólar. Ese mismo peso en hojas de coca les dejaba a los campesinos cuatrocientos mil pesos y, si la procesaban para que quedara en pasta, la primera etapa de la producción de la cocaina, esa cifra ascendía a ochocientos mil pesos (p. 263). 

Puerto Berrío, una ciudad pequeña, cuya mejor descripción es la de un lugar en el que sucedieron cosas importantes, pero hace mucho tiempo (p. 274). 

la pérdida en 1961 del David Arango (...). Para 1969, el número total de pasajeros había disminuido a 22.688 y la era del transporte fluvial era cosa del pasado (276).

el manatí es el único mamífero marino que vive debajo del agua y puede permanecer sumergido hasta quince minutos entre una respiración y otra (302). 

Cuando los españoles se abrieron paso por la inmensa planicie de la Costa Caribe, documentaron no menos de cincuenta lenguas indígenas diferentes (p. 317). 

De las mil cuatrocientas lenguas habladas en Suramérica antes de la llegada de Colón, más de mil terminarían desapareciendo, muchas apenas décadas después de entrar en contacto con los europeos (p. 318). 

Transcurridos apenas 150 años desde la llegada de Colón, la población nativa de América pasó de 70 a 3,5 millones (p. 320). 

Quinientos años después de la Conquista, Colombia sigue siendo el hogar de más de ochenta naciones indígenas diversas y vibrantes (...) estos pueblos suman casi dos millones de personas, más o menos el mismo número de habitantes que se cree que vivían en Colombia a la llegada de los europeos (321). 

Hoy día hay más de setecientos resguardos o zonas indígenas autónomas, que ocupan casi el treinta por ciento del territorio colombiano, una cifra que no se compara con lo que ocurre en ningún otro país (p. 324). 

La verdad es que Mompox es uno de los tesoros más valiosos de América Latina (p. 365). 

(sobre el origen de USA) Las Trece Colonias fueron ocupadas por quienes buscaban libertad de culto,pero a su vez, y quizás hasta en cantidades aún mayores, por aquellos en busca de un lugar donde practicar su propia forma de intolerancia religiosa (p. 379).

solo una nación de tontos elegiría a los rangos más altos de su ejército por voto popular. Pero para que un país no fuera gobernado por generales y clérigos, sino por leyes, el gobierno republicano implicaba y exigía la participación activa del pueblo, argumentaba Santander (p. 413). 


 
Magdalena, Historias de Colombia
Wade Davis
Editorial Planeta
Bogotá
2021
480 páginas

domingo, 11 de junio de 2023

Crónica de una guerrilla perdida, de Darío Villamizar Herrera

Darío Villamizar fue miembro del M-19, vivió en Ecuador y luego de la desmovilización de esa guerrilla se dedicó a la vida académica y a escribir libros en los que ha documentado la historia de las guerrillas en Colombia, y la del M-19 en particular.

 

Crónica de una guerrilla perdida es, como su título lo señala, una crónica. No es un ensayo ni un texto académico ni una memoria personal. El libro está escrito en tercera persona y cuenta hechos que el autor investigó a partir de documentos y de numerosas entrevistas, hasta lograr reconstruir una historia desconocida en Colombia, por haberse tratado de una operación secreta.

 

El libro inicia con una breve historia sobre el origen del M-19, el robo de la espada de Bolívar, el hurto a las armas del Cantón Norte, el Estatuto de Seguridad de Turbay y la toma de la Embajada de República Dominicana en Bogotá, una acción de dos meses entre febrero y abril de 1980, en la que la guerrillera Carmenza Cardona Londoño "La Chiqui" actuó como negociadora, y que concluyó con la liberación de los rehenes y el traslado de todos los guerrilleros que participaron en la toma a Cuba. 

 

Ahí, en Cuba, empieza a fraguarse la operación que narra Villamizar: en Cuba los guerrilleros recibieron entrenamiento militar por instructores cubanos, en un lugar que ellos coloquialmente llamaban "Villa Chumbimba". Se trató de un curso corto, luego del cual se armaron dos grupos que partieron desde Panamá hacia Colombia: uno, de más de 80 guerrilleros, llegó por barco hasta Tumaco y su misión era llegar a Caquetá, pero las armas que transportaban fueron decomisadas y casi todos los guerrilleros fueron capturados en Ecuador. El segundo grupo, el de esta crónica que narra Villamizar, corrió con peor suerte. 

 

Desembarcaron en febrero de 1981 en la Ensenada de Utría, en el Chocó, y las condiciones topográficas y climáticas eran tan difíciles que a su primer campamento lo llamaron "Campo Pantano". Eran 40 combatientes a los que luego se unieron otros 5. Con lluvia permanente, sin conocimiento del terreno, con hambre, paludismo, leishmaniasis y roces entre el grupo, avanzaron muy lentamente. Su propósito era llegar a los límites entre Antioquia, Risaralda y Chocó para montar un campamento base allí. No obstante, entre las deserciones y los combates el grupo se fue diezmando y al final de los 45 sólo sobrevivieron 13: once porque fueron capturados o desertaron y solo 2 que lograron permanecer vivos y en libertad hasta el final. 

 

Aunque la literatura colombiana tiene numerosos títulos que abordan aspectos del conflicto armado, son relativamente escasos los textos que narran el conflicto desde el punto de vista de los insurgentes. Este libro, bien investigado, bien documentado y bien escrito, aporta datos desconocidos sobre la Columna Calarcá, pero sobre todo permite acercarse a la precariedad, el hambre y la incertidumbre de la vida guerrillera. Un relato que humaniza la vida guerrillera y, en consecuencia, resulta útil como aporte a la reconciliación.

 

Algunos subrayados

 

 

Una de las primeras medidas del régimen de Turbay fue el nombramiento del general Luis Carlos Camacho Leyva en la cartera de Defensa, un fiel exponente de las doctrinas de seguridad nacional, tan en boga entonces en el continente, donde trece de los diecinueve países eran gobernados por dictaduras militares (p. 33).

 

...hicieron que el Flaco convocara, en marzo de 1979, a una reunión de la dirección para evaluar lo que ocurría y definir los pasos siguientes. La cita fue en una zona montañosa entre los municipios de Riosucio y Supía, al noroccidente del departamento de Caldas, a donde concurrieron una docena de dirigentes nacionales y regionales (p. 44). 

 

El viaje (de Bateman y Toledo a Centroamérica) lo hicieron con apoyos por la ruta Bogotá-Manizales, donde durmieron la primera noche (p. 49)

.

 

simularon unas pequeñas granadas con pepas de mango (p. 95).

 

Fernando y la Chiqui, que en alguna oportunidad estuvieron en actividades con indígenas embera-chamí por los lados de Anserma y Riosucio, en el departamento de Caldas (p. 117) 

 

Los integrantes del M-19 tenían la moral muy en alto, venían de "ganar" en la Embajada de la República Dominicana y en otros combates; en muchos momentos sobrevaloraban sus propias fuerzas y el "¡hágale, compa!" suplía la necesidad de planeación (p. 131).

 

Eran dos "blancos" en un pueblo de negros... "Todo el que no sea negro es sospechoso de pertenecer a los bandoleros" (p. 190).

 

No todos los afrodescendientes ni todos los indígenas estaban dispuestos a apoyar una causa que les resultaba ajena, promovida por "extraños" a quienes, muchas veces, ni entendían, así esta asegurara interpretar sus más preciados intereses y reivindicaciones en los planos económicos, culturales y sociales. La mitificación y sacralización de lo popular (p. 284).

 

Del diario de la Chiqui: "vino el informe de noticias no muy buenas, dicen que han detenido a un grupo nuestro en el sur, dicen haber detenido a Toledo, a Pacho y a un numeroso grupo, además dicen que a mí me han matado en un combate, pienso que si todas las noticias son así de ciertas, hay que poner en duda todas" (p. 352).

 

 

Crónica de una guerrilla perdida. La historia inédita de la columna del M-19 que desapareció en la selva del Chocó.

Darío Villamizar Herrera

Editorial Debate

Bogotá

Enero de 2022

390 páginas

 


miércoles, 28 de diciembre de 2022

Gaitán vive bajo los puentes, de Cristian Valencia

Dentro de la serie "Vientos del pueblo" (libros cortos en ediciones económicas e ilustradas, editados por el Fondo de Cultura Económica) fue publicada la crónica de Cristian Valencia "Gaitán vive bajo los puentes", un texto que viaja entre el presente y el pasado: el pasado del 9 de abril de 1948 cuando fue asesinado Jorge Eliécer Gaitán, y el presente de Colombia, en donde la figura de Gaitán sigue vigente porque las exclusiones que denunciaba todavía persisten.

El autor describe el barrio Las Cruces, de Bogotá, en donde nació Gaitán; el Museo de Gaitán, en donde a juicio del autor no solo está muerto el caudillo sino todo lo que allí se exhibe, los barrios que se llaman "Gaitán" en distintas zonas del país, e intercala esto con fragmentos de discursos de Gaitán, que gracias a una cuidada selección se leen hoy con absoluta actualidad.


Gaitán vive bajo los puentes
Cristian Valencia (ilustraciones de Daniel Silva Páramo)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2021
32 páginas
 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Pistas para investigar las rutas de la corrupción, de Juan David Laverde, Ignacio Gómez, Dora Montero y Tatiana Velásquez Archibold

Desde hace varios años la organización Consejo de Redacción viene publicando una serie de libros escritos por reporteros, en los que bajo el título de "pistas para..." enseñan a cubrir periodísticamente las elecciones, la formulación del plan de ordenamiento territorial, la migración, el conflicto armado y las historias sobre medio ambiente, entre otros temas. Ahora el turno fue para la corrupción, uno de los temas omnipresentes en las agendas mediáticas de Colombia.

El libro trae un prólogo del editor, Yamit Palacio Villa, y luego desarrolla cuatro capítulos: en el primero, Juan David Laverde construye una breve historia de los escándalos de corrupción en Colombia, desde el Guavio, en los años 80, hasta los más recientes del siglo XXI. En la deshonrosa lista aparece el despartamento de Caldas con la red de corrupción del senador liberal Mario Castaño, capturado en 2022.

En el segundo capítulo Ignacio Gómez ofrece algunos tips para optimizar las búsquedas de información a través de Google y otros motores de búsqueda. El tercero es una detallada guía de Dora Montero, que enseña a detectar alertas rojas en cada una de las etapas de los procesos de contratación estatal, y el cuarto es un inventario completo, construido por Tatiana Velásquez Archibold, de bases de datos abiertas, que se pueden consultar en línea, y que permiten encontrar datos oficiales y actualizados para investigar.

Este libro resulta útil para periodistas pero no solo para este gremio. Como lo señala Ignacio Gómez, las nuevas ciudadanías digitales pueden ejercer control ciudadano desde la veeduría y ese rol se ejerce principalmente en línea.Conocer todos los recursos al alcance de un clic resulta útil para fortalecer los mecanismos de control

Pistas para investigar las rutas de la corrupción
Juan David Laverde, Ignacio Gómez, Dora Montero y Tatiana Velásquez Archibold
Consejo de Redacción
Bogotá, diciembre de 2022
216 páginas

sábado, 10 de julio de 2021

Los dormidos y los muertos, de Gustavo López Ramírez

Los dormidos y los muertos es una novela de 484 páginas y esa dimensión da cuenta de las pretensiones del autor: su objetivo no es el de la novela corta, rápida, sino el de una obra grande, ampulosa no solo en su tamaño sino también en su lenguaje y en la cantidad de datos históricos que desfilan por sus páginas.

La muy conservadora familia Almanza llega a Manizales huyendo de la violencia en Santander. En la capital de Caldas el peluquero Deogracias Almanza, junto con su esposa Adelaida, se ubican en una casona del barrio Los Agustinos y empiezan a criar a sus hijos Alvaro Pío, León Décimo, Antonieta, Elenita, Eccehomo y Laureano Ramón. La novela avanza mientras los hijos crecen y el desangre del país aumenta: el Bogotazo, Laureano "El monstruo", Rojas Pinilla, el Frente Nacional, Guillermo León Valencia, Tirofijo, los hermanos Fabio y Manuel Vásquez y Camilo Torres son algunos de los personajes que desfilan por las páginas de esta novela-libro de historia que narra la violencia política de los años 40, 50 y 60 a partir de las emociones, pasiones y animadversiones de sus protagonistas.

El autor utiliza un lenguaje recargado, rico en adjetivos, que le dan al libro un tono muy singular, en la medida en que las acciones se narran con precisión histórica pero, al mismo tiempo, con el aura de solemnidad que los mismos personajes creen tener. Se trata de 484 páginas llenas de detalles históricos de una época clave para entender el nacimiento de las guerrillas en Colombia, y pese a lo monumental de la obra, el libro se lee con agilidad e incluso con humor.
 
Algunas frases
"Manizales, la ciudad más conservadora y católica de este país católico y conservador" (p. 7). 

"El viejo barrio de los Agustinos, un vecindario de la pequeña burguesía local construido en bahareque y con grandes alerones de tejas de barro cocido (p. 8)

"¿Cómo era posible que aquel hombre tempestuoso y colérico despertara tal pasión en personas sensatas y decentes, a sabiendas de las sórdidas historias que de él y de sus aúlicos contaba todo el mundo? (p. 13. sobre Laureano).

"Jamás disparó un arma, jamás nadie murió por su propia mano, pero sus palabras, su vindicta y sus odios estaban en cada muerto de cada día, de cada recodo, de cada camino, de cada pueblo de esta nación levantada sobre un tapiz de muertos (p. 14). 

"sabían que la sinceridad, la lealtad y la honradez estaban proscritas de la política colombiana" (p. 23)

"comenzó la parte más temida de toda reunión nacional, aparte claro está de la conversación política: la declamadera" (p. 29)

"la ciudad, que había sido destruida dos veces por incendios en el año 25 y en el 26, estaba siendo levantada de nuevo por una compañía de arquitectos europeos a imagen y semejanza de las viñetas francesas de la Belle Époque, con quintas normandas rodeadas de sauces melancólicos, palacetes de columnas dóricas atiborrados de repostería ornamental y una catedral en concreto de un gótico indescifrable. La ciudad, levantada por siervos antioqueños a mediados del siglo XIX, se había convertido en una parada obligada entre la provincia del Cauca y Bogotá, y había prosperado de tal manera que se había dado el lujo de tener banco propio y construir el cable aéreo más largo del mundo. Todo esto lo habían hecho a punta de arriería y tráfico de mercancías. A la vuelta del tiempo los hijos de los fundadores se habían afrancesado, no se sabe cómo: escribían poesías vesperales, églogas y cántigas, y terminaban las tertulias cantando arias operáticas mientras pasaban el coñac con habanos Montecristo" (p. 34). 

"La ciudad se extendía de oriente a occidente ahorcajada sobre el filo de la cordillera y, agarradas de sus faldas, las casas luchaban contra el principio de la gravedad y el buen sentido de la topografía (p. 35). 

"los hijos se hacen en la casa o fuera de ella pero se hacen, esa es la naturaleza de los hombres, le dijo perentorio. A ella no le quedó más opción que doblegarse" (p. 43). 

"eran conservadores moderados, de los que se permitían leer El Tiempo. "Todos los que leen El Tiempo terminan masones o evangélicos", decía el tío" (p. 52.)

"–Padre, yo pecador me confieso que estoy leyendo El Tiempo, incluso los artículos del masón de Calibán" (p. 53). 

"Las familias se reunían todas las noches alrededor del radio, esperando que funcionara y los pudiera salvar de la zozobra. Y lo que la radio traía eran señales de pavor" (p. 56).

"Lo único que los salvaba de la muerte brutal y cotidiana era el drama radiofónico: ese drama era el nombre de la vida y la vida estaba hecha de lágrimas furtivas y promesas postergadas que iban y venían en el aire remecido del parlante" (p. 57). 

"Los horarios de visitas, las reuniones académicas, el inicio de las películas, todo tenía que sujetarse al tiempo de la radionovela" (p. 60).

"Lo único que tiene esa mujer es que como a todas le llegó la hora de cerrar edad" (p. 85).

"–No conozco el primer político que permita que dos o tres principios le dañen un buen cargo" (p. 111). 

"Si el código de las madres es la cantaleta, el de los hermanos es el encubrimiento" (p. 124). 

"Tú sabes cómo son los liberales: sin puestos no hay respaldo" (p. 152). 

"Usaba la morfina con generosidad sobre sí mismo para curar la adicción a la cocaína" (p. 187). 

"Estoy aprendiendo que unos callos en las manos y montar en bus almizclado nunca le hicieron mal a nadie. Debería ser una obligación para los intelectuales: contra la soberbia, bus" (p. 218). 

"Como dice el capellán de la Universidad Nacional, el padre Camilo Torres, el deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución (p. 224). 

"Bogotá, una ciudad hecha de chismorreo político, pavoneo social y difamación generalizada" (p. 246). 

"Optó por el único amor que le pareció que nunca lo iba a traicionar: los libros" (p. 268)

"–¿El precio de la historia, León? Dime, ¿cuánta historia vale una
vida? (p. 277).

"pensó que resultaba paradójico que uno tuviera que pagar para que lo declararan enfermo, le dictaran un regaño y le soltaran una sarta de prohibiciones, como solían hacer todos los médicos" (p. 317). 

"Lo que existe de peligroso en el mundo no es el vicio sino la virtud cuando es falsa" (p. 344).


Los dormidos y los muertos
Gustavo López Ramírez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
Septiembre de 2018
484 páginas