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sábado, 2 de diciembre de 2023

Autorretrato en el jardín, de Juliana Muñoz Toro

La portada de "Autorretrato de un jardín" es la fotografía de un bordado en el que aparecen un hombre y una mujer desnudos, como en el Edén. Él cabalga sobre un pájaro de pico largo y hay una gran flor roja y naranja sobre la que se posa una mariposa. El bordado es detallado, minucioso, pulido. Mezcla distintas puntadas, colores y elementos, en un cuadro que resulta delicado y bello. Es un bordado elaborado por Juliana Muñoz Toro, la escritora de este libro.

Ese bordado de la portada coincide con lo que hay al interior del libro: una mezcla de distintos textos, temas y asuntos, que tienen como hilo conductor el interés por el cultivo de los jardines. Es un texto tejido con delicadeza, maestría y lentitud, así como los jardines requieren de paciencia para que puedan emerger en su orden indomable.

Autorretrato en el jardín es un libro dividido en seis partes, aunque la primera y la última son cortas. Las cuatro partes centrales reunen textos breves (algunos de menos de una página, otros de 3 o 4) en los que la autora pasea al lector por Virgina Woolf, Emily Dickinson, el jardín del Edén, los jardines japoneses, el jardín botánico de Brooklyn, los textos que distintos autores han escrito sobre el oficio de la jardinería, los jardines de su infancia y las matas que cultiva Oliverio, su esposo, mientras ella teje y escribe. Tejer, escribir y cultivar exigen paciencia y el mismo interés por el detalle, aunque quien hace bien alguna de estas actividades puede tener nulo talento para las otras.

Un jardín invita a la contemplación, a saltar la mirada de una flor a un árbol, de una enredadera a una mariposa fugaz. Esa es la estructura que propone este libro: leerlo a pedacitos, contemplarlo, detenerse en algún momento de deleite y dejarse llevar por la brisa de la tarde. 

Algunos subrayados

El jardín es un paraíso en síntesis. Es la idea del origen del mundo y la del final del mismo. Allá queremos llegar cuando esto haya terminado (p. 20).

El día en que no cambie (un jardín) es porque está muerto o el día en que uno no quiera cambiarlo es porque uno es el muerto (p. 20).

Se recuerda a sí misma que lo hermoso se desvanece y que en esa partida no es necesario el dolor, siempre regresa la primavera (p. 35). 

Tengo el corazón de mi madre, no soy ella, y aunque sienta sus penas no es necesario cargarlas (p. 60).

(De Clea Danaan) Una semilla es el epítome de la esperanza (...) usamos semillas como oraciones, pequeñas promesas de lo que está por venir (p. 77).

(De Santiago Beruete) para que un jardín sea más bello, sublime, debe provocar estremecimiento (p. 87).

Quien ama quiere todos los caminos con el ser amado. Al final, para no perderse en este laberinto de posibilidades, el que ama o el que crea debe escoger un destino y el resto, imaginarlo (p. 90). 

Los que se aman se buscan y cuando se encuentran comienzan a despedirse (p. 98).

No hay una academia que le enseñe a un hombre o a una mujer a escuchar a las plantas. Hay que tener un oído para el silencio (p. 103).

Durante el año, el jardinero se dará cuenta de que una cosa es la que quiere y otra la que logrará hacer. El jardín es más veloz que él (p. 113).

El jardinero vive en el futuro, espera que el tiempo le traiga algo aparte de rosas... Habrá que esperar otro año (p. 113).

Cuando un hombre se ha cansado de luchar, querrá ser el jardinero de un solo jardín. (p. 122).

Un jardinero necesita tierra y una semilla para reconstruir el mundo. Incluso a sí mismo (p. 126). 

Sabremos que hemos conquistado el espacio cuando haya crecido el primer jardín, allá, en algún otro lugar (p. 128). 

Si el amor es la capacidad de cuidar a alguien, lo que he hecho es trasladar mi capacidad de amor y cuidado hacia las matas. Y ellas responden a ese amor (p. 131).

(de May Sarton) la jardinería es uno de los goces tardíos, ya que la juventud es demasiado impaciente y está demasiado absorta en sí misma y, por lo general, carece del suficiente anhelo de arraigo como para crear un jardín (p. 136).

De ahí que algunos prefiramos cuidar suculentas y cactus, grandes sobrevivientes de sequías. Son plantas para distraídos, o para enamorados, que es lo mismo (p. 138).

la única pregunta debería ser: ¿quién regará mis matas cuando me vaya? Y no preocuparse más (p. 139)

La belleza es promesa de felicidad (p. 145). 



Autorretrato en el jardín
Juliana Muñoz Toro
Tusquets Editores
Bogotá, junio de 2023
200 páginas

martes, 3 de enero de 2023

El acontecimiento, de Annie Ernaux

En 1999 Annie Ernaux escribe sobre algo que le ocurrió en octubre de 1963, cuando era estudiante universitaria en Ruen: quedó embarazada y aunque quería abortar el aborto no estaba permitido en su país, así que debía hacerse de manera clandestina.

En esta novela corta, escrita sin sentimentalismo ni digresión, ateniéndose a las pruebas, como ella las denomina, es decir a su diario y a la memoria de datos, fechas, nombres y lugares, Ernaux reconstruye con precisión lo que vivió entre el momento en el que confirma que está embarazada, y mediados de enero, cuando finalmente se practica el aborto. Pero lo más interesante no es la descripción fría del hecho sino la constancia política de para qué lo cuenta tanto tiempo después: para convertir su cuerpo en escritura y que ese acontecimiento se disuelva en la cabeza del lector. 


Algunas frases
El hecho de que la forma en la que yo viví la experiencia del aborto, la clandestinidad, forme parte del pasado no me parece un motivo válido para que se siga ocultando (p. 24). 

Sor Sonrisa forma parte de esas mujeres a las que nunca conocí y con las que, vivas o muertas, reales o ficticias, y a pesar de todas las diferencias, siento que tengo algo en común (p. 41).

Como la mayoría de los padres, los míos se imaginaban que podían detectar de forma infalible a primera vista la más mínima señal de descarrío. Para tranquilizarlos, bastaba con ir a verlos regularmente (con una sonrisa en los labios y la cara lavada), llevarles la ropa sucia e irse de allí cargada de provisiones (p. 53).

si no cuento esta experiencia hasta el final, contriburé a oscurecer la realidad de las mujeres y me pondré del lado de la dominación masculina del mundo (p. 55). 

Ver con la imaginación o volver a ver por medio de la memoria es el patrimonio de la escritura (p. 59).

Hacíamos poco el amor y con prisas, sin sacar partido de la ventaja que nos procuraba mi estado el mal ya estaba hecho, de la misma manera que el parado no aprovecha el tiempo y la libertad que le proporciona el hecho de no tener trabajo; o el enfermo desahuciado no aprovecha el permiso para comer y beber de todo (p. 67). 

Siempre que escribo me planteo la cuestión de las pruebas (...) La única y auténtica memoria es material (p. 69).

Todavía no sé qué palabras utilizaré para escribir sobre aquello. No sé qué me deparará la escritura. Me gustaría retrasar ese momento, permanecer todavía a la espera. Quizá tenga miedo de que la escritura disuelva las imágenes (p. 71).

Me aliviaba el hecho de decir que tenía miedo (p. 75).

Hoy en día se persigue a los traficantes de personas y se deplora su existencia de la misma forma que hace treinta años se deploraba a las personas que practicaban abortos. Pero no se cuestionan las leyes ni el orden mundial que provocan este fenómeno. Y seguramente entre los traficantes de inmigrantes, como antes entre las aborteras, debe de haber algunos más serios que otros (p. 85).

Me he quitado de encima la única culpablidad que he sentido en mi vida a propósito de este acontecimiento; el haberlo vivido y no haber hecho nada con él. Como si hubiera recibido un don y lo hubiera dilapidado. Porque por encima de todas las razones sociales y psicológicas que pueda encontrar a lo que viví, hay una de la cual estoy totalmente segura: esas cosas me ocurrieron para que diera cuenta de ellas. Y quizás el verdadero objetivo de mi vida sea este: que mi cuerpo, mis sensaciones y mis pensamientos se conviertan en escritura, es decir, en algo inteligible y general, y que mi existencia pase a disolverse completamente en la cabeza y la vida de los otros (p. 115).


El acontecimiento
Annie Ernaux
Editorial Tusquets
Bogotá 2022 (primera edición 2001)
119 páginas


domingo, 13 de agosto de 2017

Los almuerzos, de Evelio Rosero

Los almuerzos es una novela corta publicada inicialmente por la Universidad de Antioquia en 2001 y reeditada en 2009 por Editorial Tusquets.

Es una novela corta y contenida. Corta por su brevedad (136 páginas) y contenida porque la trama se desarrolla con pocos personajes, en un único espacio y en el curso de una tarde, la noche y la mañana siguiente. Leyéndola se imagina uno su puesta en escena en una obra de teatro. 

La iglesia del Padre Juan Pablo Almida reparte almuerzos como obra de caridad: los lunes a la putas, los martes a los martes a los ciegos, los miércoles a los gamines, los jueves a los ancianos... una obra posible gracias al trabajo de las tres Lilias, que se encargan de cocinar grandes cantidades de comida, todos los días de la vida, y a Tancredo, el jorobado ayudante que sirve, limpia, recoge y reprime su miedo de convertirse en un animal.

El Padre Almida gana indulgencias con padrenuestros ajenos: el esfuerzo lo hacen sus ayudantes y gracias a ese trabajo el padre, con el apoyo del sacristán Celeste Machado recibe dinero de origen no muy claro que le da un benefactor. Un día el sacristán y el padre visitan a su benefactor y en reemplazo llega el padre Matamoros, quien con su mera presencia trastoca el orden establecido.

En la casa cural de la parroquia, contigua a la iglesia, viven el Padre Almida, el jorobado Tancredo, las tres Lilias, el sacristán Celeste y su sobrina Sabina. Entre esos pocos personajes y en el estrecho espacio de la iglesia y la casa cural transcurre la novela de Rosero, una obra en la que se cruzan odios, injusticias y tensiones, bajo el manto protector de la iglesia. 

La narrativa de Evelio Rosero tiene elementos carnavalescos, de acuerdo con la categoría utilizada por Mijail Bajtin. No se trata de la presencia manifiesta del carnaval, como ocurre en su obra La carroza de Bolívar, sino de la creación de una atmósfera bufa, ambivalente, en la que los personajes no son lo que aparentan ser y en donde se transgreden los moldes de la jerarquía social, empezando por el omnipresente poder de la Iglesia Católica, tan preocupada por los asuntos divinos y tan untada de las bajezas mundanas. 

Lolita Bosch escribió en Babelia, de El País, de España, que Los almuerzos es "un libro a puerta cerrada" que habla de "un mundo que podría no necesitar al lector. Quizás se deba al entorno religioso en el que todo sucede y a los extraños personajes que lo habitan, que convierten el entorno de la novela en un mundo voluntariosamente enrarecido. Un lugar que no podría ser el nuestro". Estoy de acuerdo: es una novela que se siente lejana, anacrónica y artificiosa. Pero quizás por eso mismo ha sido tan estudiada en los programas de literatura: porque tiene un mecanismo interno de perfecta relojería, al que no le sobra una sola línea o personaje. Es una obra construida de una manera deliberadamente racional para llegar hasta el desenlace que se empieza a plantear desde el comienzo. Una novela-artefacto en donde todas las piezas encajan.

Algunas frases:
Nada es peor que la vejez, nada más deplorable y digno de compasión.

La comida empieza por los ojos, los antojos están a los ojos, sólo hay que extender la mano y traerlos a la boca.

No hay pareja más feliz que un niño y un perro.

Toda la vida sirviendo sin otro horizonte que toda la vida sirviendo.


Los almuerzos
Evelio Rosero
Editorial Tusquets
2009 (primera edición: 2001)
México
136 páginas

domingo, 1 de septiembre de 2013

Nombre de perro, de Elmer Mendoza

Nombre de perro es la tercera novela de una trilogía policiaca que tiene como protagonista a Edgar "El Zurdo" Mendieta, un policía bueno pero no tanto, pilo pero no tanto, sagaz aunque a ratos.

Como en toda novela policiaca clásica, acá hay un crimen, un misterio por resolver, piezas que faltan y un investigador tratando de armar el rompecabezas.
El autor es de Sinaloa, México, y la novela tiene como trasfondo la "guerra contra el narcotráfico" y la guerra entre carteles. Mucho se ha hablado de la "colombianización" de México, con sus secuestros, masacres, sicarios, amenazas a periodistas, etc. y esta novela podría leerse como un capítulo más de esa "colombianización" ya que acá hace 20 años tuvimos nuestra sicaresca antioqueña, con Rosario Tijeras, La virgen de los sicarios, El pelaíto que no duró nada, No nacimos pa semilla, y otras.
Sin embargo, más allá de una radiografía de la violencia urbana del norte de México, esta novela también tiene valor por su propuesta narrativa: diálogos de ritmo vertiginoso, sin guiones, con distintas voces separadas apenas por comas, al "estilo Saramago". Un lenguaje lleno de jerga local en el que un lector colombiano puede entender palabras como "órale" o " chingada" pero debe esforzarse para comprender otras 50 ó 100 que aparecen en el libro.

También hay historia de amor, sexo, balas. Podría perfectamente hacerse una película de esta novela muy urbana, muy contemporánea. Hay quienes dicen que un libro tiene la obligación de entretener, de no aburrir. Éste logra ese cometido.

Las frases:
El alcohol es el único consejero que todo lo resuelve con dados.

Tengo que llamar a Ortega para que me explique qué onda, ¿de qué habla un padre con su hijo, adónde lo invita, en qué lo orienta?

Espero que traigas los de corazoncitos, Brigitte, son los que mejor te quedan. Me puse los que me regalaste en mi cumple, Alaincito, o sea: nada.

Un hijo es un infierno, cabrón, te hace pagar todos tus pecados, los del pasado y los que vas a cometer dentro de cien años, pero sólo lo sabe el que lo tiene; y si son tres son tres infiernos, si no es que más.

Cuando las novedades son las mismas, no hay novedad; eso le pareció: doce cadáveres en diversos puntos del estado, el Ejército patrullando, la policía atemorizada, los políticos declarando que no se preocuparan, que sólo jugaban a los vaqueros y el país ardiendo. Se hará costumbre, y las costumbres no inducen a reflexionar.

En este tiempo todo es previsible, lo mismo la lluvia que una balacera o una boda.


¿Los que prohibieron furmar pensarían en esta situación? Deben haber sido personas muy seguras de sí mismas, expulsó una nube de su boca, ¿cómo vivirían esta circunstancia? A lo mejor es gente sola, o que se casó joven, o que sólo piensa en el cáncer y le importa un carajo momentos como este en que no sabes si la muerte de Supermán te ha afectado o es la ausencia del Llanero Solitario.

Un día quiero ser chef, otro modelo y al siguiente aeromoza, ¿y tú? Carpintero para tener un hijo Dios.

El jefe lleva cargas que sólo él sabe y hay días en que le cuesta soportarlas, pero para eso es el jefe, para ser duro, experto en sufrir en silencio y firme en sus decisiones.

Todo homicidio posee una historia que implica un misterio

Si un asesino habla demasiado quiere humillar, tiene miedo o es un cínico.

Toda venganza es absurda, pero la venganza por amor es una estupidez.


Elmer Mendoza
Nombre de perro
Tusquets Editores
2012
209 páginas

jueves, 22 de marzo de 2012

La carroza de Bolívar, de Evelio Rosero

El protagonista de esta novela tiene el improbable nombre de Justo Pastor Proceso López, está casado con Primavera Pinzón, es padre de Luz de Luna y Floridita, y es vecino de Arcángel de los Ríos.

Así como los nombres es esta novela: recargada, barroca. Una novela en un estilo contrario o al menos distinto de las novelas que se escriben ahora, tan urbanas, tan simples, tan cotidianas, en las que no pasa mayor cosa. 

Acá pasa de todo, entre otras cosas porque son al menos dos novelas unidas en una. Como las capas de la cebolla, una está contenida en la otra. Por un lado está la historia de Justo Pastor, médico ginecólogo que vive mal con su esposa, tiene amantes, sus hijas lo odian, se prepara para el Carnaval de Pasto y decide patrocinar una carroza que revele la verdad sobre el Libertador. Y por otro lado está la historia de Bolívar que se quiere revelar: la que contaron sobre él Carlos Marx y el historiador José  Rafael Sañudo. A esas dos historias se suma la de un grupito de universitarios que aspira ser célula guerrillera urbana en Pasto, en los años 60.

Uno no sabe si el autor quería hacer una novela sobre el Carnaval de Pasto, o quería hacer una novela sobre Bolívar, o quería hacer dos novelas distintas y de pronto decidió juntarlas con la disculpa de la carroza. El caso es que aunque está bien escrita y la historia es clara, la segunda de las tres partes en que se divide la novela, que es la que se centra en Bolívar, se siente como incrustada artificialmente en  el relato del Carnaval.

En la descripción del Carnaval Rosero es prolífico en enumerar barrios de Pasto por los que corren los personajes, lo cual resulta útil para la cartografía literaria de la ciudad y sin duda es un referente claro para quienes habitan o conocen bien esa región del país. El resto de los lectores, más que nombres de barrios, habríamos agradecido un poco más de descripción del territorio para ubicar mejor el escenario.

Con todo y lo anterior, es una novela amena, con unos personajes claros y pintorescos y con un afán por contar una historia sobre Bolívar que no nos han contado y que refresca un poco el panorama de tanta loa al Libertador que se vio con motivo del Bicentenario. Acá Bolívar aparece como un sanguinario matarife, interesado en raptar jovencitas de 13 años y en "ganar indulgencias con padrenuestros ajenos", ya que el autor lo describe como un oportunista y un cobarde en el campo de batalla. Las traiciones a Miranda y a Piar, que William Ospina muestra en "En busca de Bolívar" (libro que ya reseñé en este blog), como los hechos inexplicables de un hombre adelantado a su tiempo, Rosero los muestra como actos de barbarie sin justificación alguna. 

A continuación las frases. Rosero es un maestro del aforismo, de las frases cortas y lapidarias: 
"con seguridad la devota me odia desde que dije que Dios era otro mal invento de los hombres".

"la broma vuela cerca de la maledicencia, es el viento con su mentira cargada de acusación, una broma  -o su burla- podía resultar más despiadada que un susto de muerte, era preferible un susto cualquiera a una broma cualquiera".

"él y su mujer no tenían que ver ni en la cama ni en la tierra ni en el aire: el más penoso aburrimiento, el que soporta cargas de odio se cernía sobre ellos, hacía tiempos".

"hay tantas maneras de amar con resignación".

"lo único redimidor de la vejez es que uno va envejeciendo al tiempo que los amigos".

"el infierno es el aburrimiento".

"no hay hombre, por más viejo que sea, que no crea poder vivir otro día".

(Bolívar) "realmente fue un creativo publicitario y se inventó un genio, él. Fue el auténtico pionero de la publicidad política contemporánea, a partir de una única agencia: él en su caballo dictando folletines de grandiosidad a sus amanuenses, que debían ser relevados, extenuados de la epopeya interminable que el héroe inventado dictaba de sí mismo".

"Seguramente cerró los ojos y cumplió órdenes, porque eso de "cumplir órdenes" era y es la excusa universal de las matanzas".

"el doctor decía que los niños eran felices porque no conocían el amor. Y no conocen sobre todo la vejez, completó el joven".

"mi problema no era estar solo sino conmigo".

"las piernas de las mujeres son en realidad tijeras: tú ya sabes qué te cortarán".

"A usted ni la ciencia la podría explicar".



Evelio Rosero
La carroza de Bolívar
Editorial Tusquets
México
2012
388 páginas

lunes, 5 de marzo de 2012

Tokio blues, Norwegian Wood, de Haruki Murakami

Voy a empezar por el final, es decir por la conclusión que quisiera que quedara de esta reseña: Este libro hay que leerlo. Si sólo van a leer un libro este año, que sea éste.

Esta es una novela con banda sonora y trasfondo culinario, literario y cinematográfico. Watanabe, el narrador de la historia, nos cuenta qué está leyendo, que está oyendo, qué película vio o qué comió en distintos episodios del libro, y esas elecciones no son gratuitas. Para un lector occidental se pueden escapar muchos guiños de la cocina japonesa, pero las claves literarias y musicales, al menos esas dos, son clarísimas: Norwegian wood, el subtítulo del libro, es una canción de los Beattles que habla de una ocasión en la que al "cantante" lo invitan a pasar una noche en una cabaña rústica y él espera todo el tiempo "el momento adecuado", pero tarde en la noche la anfitriona le anuncia que es la hora de dormir. Por su parte, el narrador lee varias obras (menciona a Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, Eurípides, Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens) pero buena parte del tiempo lo dedica a La Montaña Mágica de Thomas Mann, ese lugar maravilloso, frío, rodeado de aire saludable, al que acuden enfermos terminales en busca de mejoría. En otra parte habla de El Guardián entre el Centeno, el clásico de Salinger sobre un joven incomprendido y errante. Junten esas historias, la de la canción y las de los libros de Thomas Mann y Salinger, y ya tienen al menos parte de la historia.

Pero no se necesita haber oído a los Beattles o haber leído La Montaña Mágica, para leer el libro. Al contrario, Murakami tiene una prosa clara, vertiginosa, que le impide al lector soltar el libro. Mezcla muy hábilmente drama con suspenso y humor. La historia ocurre en Tokio entre 1968 y 1970, en un Tokio bastante occidentalizado y parecido a cualquier otra ciudad grande. Los personajes principales son estudiantes universitarios que rondan los 20 años y entre las clases, la poca plata, los romances y el sexo van describiendo de forma magistral la fragilidad de la vida, el valor de los instantes, lo grabados que se quedan en la memoria pequeños detalles de situaciones que no se repetirán.

Así como a veces uno queda tarareando varios días una canción que le gustó, o queda con escenas grabadas de películas que le gustaron y que regresan a la mente de un momento a otro, así mismo pasa con los personajes de esta obra: Naoko, Kizuki, Midori, Reiko, Watanabe... de pronto uno se sorprende pensando todavía en ellos, muchos días después de haber cerrado la última página del libro.

En alguna parte de "Era lunes cuando cayó del cielo", la novela que ya les comenté de Juan Diego Mejía, dice que cualquier escritor que vaya a hablar del suicidio debe leer "Tokio Blues", de Murakami. Tiene razón.

Las frases (ojo a la última):

"pensé en la infinidad  de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían".

"Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo".

"La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella".

"Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. "Sólo me fío de estos libros", decía.
- No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo ¿Sabes?, la vida es corta".

"Llegué a la conclusión de que la educación universitaria no tenía ningún sentido. Y decidí tomármelo como un período de aprendizaje del tedio".

"Me explicó que no estamos aquí para corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas".

"Bañado por la suave luz de la luna, su cuerpo tenía el lustre de la carne recién nacida, y casi despertaba compasión".

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando".

"Las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos".

"Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad".

"Entre las sábanas, oyendo cómo caía la lluvia, unimos nuestros labios y hablamos de todo lo imaginable, desde la formación del universo hasta cómo nos gustaban los huevos duros".

"Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes".

"El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso".


Haruki Murakami
Tokio blues, Norwegian wood
Editorial Tusquets
Barcelona
1987
381 páginas

jueves, 28 de julio de 2011

Los Ejércitos, de Evelio Rosero

Leí Los Ejércitos, de Evelio Rosero, y para ir al grano sin dar muchas vueltas mi resumen es: tienen que leerla. En medio de tanta novela urbana, esta historia tan colombiana, tan actual, ubicada en algún pueblo montañoso y frío del Huila o de cualquier otro lugar del país, resume de manera magistral la violencia de los últimos tiempos contada desde el terror que viven las víctimas.

El lenguaje es contenido, cuidado. No le sobra ni una coma. Cada frase está pensada, pulida, corregida. Es una historia contada en primera persona, desde la voz de Ismael, un profesor viejo que toda la vida ha vivido en el pueblo y que ve como al principio de manera imperceptible, y luego como un huracán, los distintos ejércitos arrasan con todo.

Les transcribo pocas frases pues el libro no se detiene en elucubraciones o digresiones. Narra, describe todo el tiempo lo que pasa ante los ojos de Ismael, y uno como lector sólo ve aumentar la zozobra, la angustia, hasta la última línea.

Es posible que me equivoque porque me falta mucho por leer, pero de lo que he leído pienso que "Los Ejércitos" es "La Novela Colombiana" de la violencia reciente.



"No estaba loco y decía las cosas de verdad, con la verdad que sólo da la desesperación, como las dice el que sabe que va a morir, ¿para qué mentir?, el hombre que miente a la hora de morir no es un hombre".

"Hay cosas que no debemos decir en voz alta, ni siquiera a los que más nos quieren. Son las cosas que hacen que las paredes oigan".

"Pensar que no hace mucho me jactaba de mi memoria, un día de éstos voy a olvidarme de mí mismo, me dejaré escondido en un rincón de la casa, sin sacarme a pasear".

"Se van, me quedo, ¿hay en realidad alguna diferencia? Irán a ninguna parte, a un sitio que no es de ellos, que no será nunca de ellos, como me ocurre a mí, que me quedo en un pueblo que ya no es mío".

Evelio Rosero
Los Ejércitos
Tusquets Editores
Barcelona
2007
203 páginas