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miércoles, 12 de abril de 2023

Plaga, de Juliana Javierre

Plaga es una novela corta estructurada en capítulos cortos (algunos de apenas un párrafo) en la que la autora presenta a una adolescente negra llamada Emilia, a su madre, "Mamá Carmela" y a la madre de ésta, la "Abuela Josefa". 

La historia se cuenta de manera lineal aunque es una narración simbólica, metafórica, en la que el lector debe hacer su trabajo. En Sopinga (el antiguo nombre de La Virginia, Risaralda) aparece una plaga de moscas. Emilia se tragó (o dice haberse tragado) una mosca que empieza a crecer y ensancharse en su barriga. El inspector del pueblo soluciona la plaga de moscas con una invasión de sapos, y a esta segunda plaga se suma otra aún más amenazante: los rapaces, que llegan armados, siembran miedo y hacen flotar cadáveres sobre el río.

Plaga es una novela en la que importa lo que no se nombra: no se habla del abuso sexual, de la fecundación, el embarazo o la maternidad, que es lo que le está sucediendo al cuerpo adolescente de Emilia; no se habla de los paramilitares ni sus lazos con el Ingenio cercano, pero aparecen los rapaces, los cuerpos en el río y un ambiente tan hostil que la casa se presenta como un útero protector. No se habla tampoco de los hombres de la familia, porque no existen: el abuelo murió, del padre de Emilia no sabemos y Esteban, el novio de Emilia, se fue del pueblo, o desapareció, que como dice la autora, es una forma bonita de llamar a la muerte. 

Plaga tiene algunos puntos comunes con Siete veces Lucía: la presencia permanente del vómito, el interés de la autora por el cuerpo y la muerte que ronda espectral, con personajes que parecen vivos pero están muertos, o mueren en vida como la abuela. 

No obstante, y a diferencia de Siete veces Lucía, Plaga es una novela más clara para el lector, tanto en su estructura como en su temática, sin que esto signifique que sea complaciente: todo lo contrario, es una lectura exigente, crítica, original y perturbadora.


Algunos subrayados:

Más hambre. Vomitar es un lujo que no deberían permitirse los pobres, pensó (p. 11). 

"¡Estos hijueputas blancos!", decía, en lugar de decir "¡Estas hijueputas moscas!", sabiendo que las moscas eran negras (p. 17). 

La carretera era una promesa, la promesa de abrir la jaula (p. 47). 

El amor, decía el Padre en sus incansables sermones, todo lo puede, todo lo soporta, todo lo perdona. Este amor mío, Esteban, hace rato te odia. 

Los blancos son igualitos a las moscas alegó, sin atender a lo que decía Emilia—: se meten en todas partes sin que nadie los invite (p. 53). 

En el pueblo todos sabían que desaparecer era una forma bonita de decir morir. (p. 81).

Es como arder en fuego y no sentir dolor, o ser el dolor mismo. Buscamos el Paraíso, pero por alguna razón llegamos siempre al Infierno. (p. 83). 

Mientras les sucediera a otros, el mal no debía quitarles el sueño (p. 106). 

Por qué no pidió ayuda para sacársela antes de que se reprodujera; por qué, cuando la reproducción era inevitable, no tomó acciones severas; por qué quedar mal a la luz de las personas del pueblo y ante sí misma (p. 109). 

—Usted no tiene que buscar un hombre, Emilia —solía decirle la Abuela en sus momentos de reflexión—. Es la abeja la que busca la flor (p. 112). 


Plaga
Juliana Javierre
Editorial Seix Barral
Bogotá, 2021
138 páginas

domingo, 9 de abril de 2023

Siete veces Lucía, de Juliana Javierre

Carlos está en silla de ruedas desde que su papá le pegó un tiro en la espalda que le lesionó una vértebra. Ocurrió cuando Carlos lo iba a atacar con un cuchillo porque sentía el deber de defender a Carmen, su mamá, de los golpes frecuentes que le daba su papá, y además de las infidelidades del padre con la tía Julia, que cada día se parece más a Carmen, hasta parecer suplantarla. Carlos es gay y en el hospital desea a Raúl el enfermero, pero además, habla con Lucía. Lucía escribe en un periódico en el que le ordenan investigar el caso de El Farmaceuta, que se llama Cesar Gaviria y es un estafador. Carlos está enamorado de Lucía, la desea, la espera. Lucía a veces piensa en su hijo Emanuel y otras veces piensa en su abuelo muerto. Lucía, Carlos y el diario de Carlos nos cuentan esta historia a manera de rompecabezas fragmentado en dos planos temporales, pero con una estructura compleja y unas voces oníricas cuesta identificar qué de lo que narran es real y qué ocurre en el sueño, la consciencia o la perturbación de la mente enferma. En últimas, es posible que todo sea una alucinación o que todos estén muertos, como si se tratara de un Pedro Páramo contemporáneo. 

"Siete veces Lucía" es la primera novela de Juliana Javierre y en algunos apartes se parece a "La Casa Rosada", la primera novela de Orlando Mejía Rivera: hay un sanatorio, hay voces de pacientes que desde sus mentes perturbadas narran su percepción de la realidad y hay, sobre todo, una omnipresencia de la muerte que se mezcla con un deseo de quien escribe por explorar los múltiples recursos que ofrece el lenguaje y esa exploración conduce a una novela experimental. 

Siete veces Lucía es una novela que no ofrece una lectura fácil ni una estructura lineal. Hay reflexiones en torno a la circularidad del tiempo y un trabajo poético del lenguaje. Hay alusiones al doble, desde los espejos hasta la oveja Dolly y Carmen, la madre, que se duplica en Julia, la tía. Hay también alusiones muy remotas a la muerte de Galán, de Garzón y la caída del Muro de Berlín, que permiten anclar la novela a algunos hitos históricos, aunque en realidad eso poco importa: el texto ocurre en la cabeza de los personajes y quizás por eso hay tan poca alusión a la calle, el barrio, la ciudad o el mundo exterior.

Algunos subrayados
De pronto, una arruga en el rostro o una mancha que ya no desaparece nos hacen saber que el tiempo ha dejado su huella, que no somos más que arena, que tan fácil cobra forma como se derrumba. Vamos muriendo (p. 56).

Entre lo que sé y lo que adivino, un abismo (p. 76).

Qué tal si ella no fuera más que un muerto hablando con muertos (p. 81).

Si ella fuera una de esas diosas de múltiples brazos de la mitología india, no necesitaría en absoluto de los hombres para procurarse placer (p. 85).

Ella había dejado de vivir en su cuerpo, pero había empezado a vivir en las cosas: los cuadros en la pared, la disposición de los muebles en la sala, el orden o el desorden de la cocina, todo era reflejo de su estado interior y, por tanto, de partir no podría reconstruirse (p. 94). 

Yo no sé cómo, en este país, hay cosas que nos sorprenden. Se supone que si uno solo conoce la oscuridad no tiene por qué anhelar la luz (p. 116).

su olvido es una forma de resistencia (p. 117).

Si no hay nadie a quien deba corresponder con la obligación de vivir; si nadie ha de llorar cuando ella falte, como si algún día hubiera estado; si no hay propósito ni meta, ¿para qué quedarse? Camina, sin saber a dónde. Va por la vida buscando excusas para no irse tan pronto, para no sentir que consume recursos sin fin alguno. Hay formas de hacerse anclas: tener hijos, fundar una empresa, obtener un crédito, amar (¿pero amar a quién?). Lucía apenas se encuentra, tras mucho preguntarse sin llegar a nada, una razón para seguir estando (p. 127). 

lo que nos resulta bello en el otro no es la perfección, sino el defecto: el lunar en el rostro, una cicatriz tras la que se esconde una historia pasada, el caminar torpe (p. 155). 

Acaso hay realidades que ignoro, acaso el enfermo soy yo (p. 162).

Uno siempre se está muriendo, ¿no? (p. 165)


Siete veces Lucía
Juliana Javierre
Alcaldía de Pereira, Secretaría de Cultura
Pereira, 2018
178 páginas