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lunes, 17 de noviembre de 2025

Noche negra, de Pilar Quintana

Los lectores habituales de Pilar Quintana ya sabíamos de Rosa y Gene. Rosa, la protagonista de Noche negra es la esposa de Gene, el protagonista de "La rumba, son, palo muerdo", un cuento que Pilar publicó en 2017 en el primer volumen de Puñalada trapera, la antología de cuento colombiano contemporáneo de Rey Naranjo Editores. 

El cuento ocurre muchos años después de Noche negra y entonces la novela funciona como una especie de precuela. Rosa es una mujer de clase media-alta, publicista, vive en una gran ciudad y trabaja en una agencia, hasta que conoce a Gene y decide abandonar todo para irse a vivir a una casa en el Océano Pacífico, lejos de todo. Esa biografía inicial se parece a la de la autora, y el entorno de esa casa se parece al escenario de La Perra, su primera novela. 

Rosa vive con Gene en una casa a medio construir. Él debe viajar unos días a un trámite de su pasaporte y Rosa queda sola en la casa, por donde a veces pasan a saludarla-visitarla-cuidarla-coquetearle-intimidarla algunos vecinos.

En "La casa tomada", de Cortázar, el narrador muestra un espacio que va siendo ocupado por algo desconocido que obliga a clausurar espacios, hasta que al final los hermanos deben abandonar la casa. Esta casa de Rosa se parece a la casa tomada de Cortázar: hay un murciélago, una tarántula, una gallina que desaparece... hay misterio, suspenso y una amenaza. Pero no sabemos si la casa tomada es la construcción de madera que está a orillas de un acantilado en el Pacífico, o si es la mente de Rosa, tomada por temores, celos, intuiciones e inseguridades. ¿Qué tan infundados son sus temores? ¿Qué tan peligrosa puede ser la imaginación? Hay peligros reales pero quizás el mayor peligro puede ser perder la razón y sucumbir ante el miedo y la zozobra.


Algunos subrayados
Su seguridad es el punto herido. Ahora lo sabe y por el agujero abierto se le irriga, líquida y ponzoñosa, la negra idea de que ella ha comenzado a molestarle a su marido (p. 21).

la aterraba ese destino, el prospecto de terminar como ellas, convertida en una carga para los otros, tonta y sin memoria, vacía de recuerdos (p. 53).

Siempre en movimiento, el mar. Adentro y afuera, como si estuviera respirando. Es una cosa viva, piensa, una cosa extraña como el órgano de un cuerpo que sin el todo no podemos comprender, una parte de algo tan grande que nosotros, insignificantes, no tenemos la capacidad de vislumbrar (p. 94). 

La asombra su violencia. Su capacidad para llevarla a cabo sin vacilar (p. 141). 

Preferible muerto que desaparecido (p. 186). 

había salido con suficientes hombres para saber que muchos justificaban su irresponsabilidad y falta de compromiso con la idea del amor libre (p. 193).

El rencor era un parásito que le crecía por dentro mientras alimentaba su cerebro (p. 211). 

No es que la fuerza pública no sea capaz de hacer lo que ellos dicen que hicieron. Lo habrán hecho mil veces en este país de mierda. Matar indígenas, quemar casas, desplazar poblaciones, desaparecer gente (p. 226). 

No podía seguir viviendo con sus principios como bandera. No podía y no quería, admitió para sí misma, porque era muy difícil (p. 241). 

Al contemplar a la araña muerta en el suelo se pregunta si la mató para sentirse como se está sintiendo. Poderosa y violenta (p. 251). 



Noche negra
Pilar Quintana
Editorial Alfaguara
Bogotá
Agosto de 2025
268 páginas

sábado, 2 de diciembre de 2023

El oráculo térmico, de María Antonia León

Amanda es la menor de tres hermanos. Tomás le lleva 7 años y Teresa 6. Crecieron en una finca cafetera cerca de Chinchiná, con una padre silencioso, dedicado al campo, y una madre con artritis que habla así: 
Mamá, ¿usted es feliz? le dije una vez.
Mija, es mejor que no pregunte

La vida en la finca es la vida del pasado. El presente es noviembre de 1985. Amanda está embarazada, no quiere ser mamá pero no puede abortar. Huye y su huída coincide con la tragedia que se conoce como la avalancha de Armero, cuyo nombre recuerda a las más de 20.000 personas que murieron en ese municipio del Tolima, luego del deshielo del Volcán Nevado del Ruiz, pero deja en el olvido a las 3.000 que fallecieron en Caldas, principalmente en Chinchiná y Villamaría.

Esa avalancha de lodo que arrasó con todo es el contexto histórico en el que se desarrolla esta novela en la que la autora cuida cada línea y cada palabra, para narrar la vida de Amanda, a quien la maternidad no deseada le representa también una avalancha que arrasa con todo. A partir de frases muy cortas, con hondo sentido poético, y de capítulos breves que saltan en el tiempo, entre el pasado y el presente, María Antonia León (Manizales, 1985) presenta un retrato sobre la violencia contra las mujeres en la zona cafetera colombiana: hay violencia intrafamiliar, violencia sexual, un machismo feroz, una concepción de la maternidad como una obligación y el embarazo extramatrimonial como una verguenza. Esta visión de mundo, tan hostil y tan opresiva para las mujeres, crece silvestre y libre en medio de montañas verdes y hermosas, llenas de palos de café, con la bendición de la religión católica, que perpetúa un estado de cosas insostenible que se define con el nombre de "tradición".

Algunos subrayados

El burbujeo secreto de mis senos que, antes de este momento, solo se lo bebió un hombre (p. 21).

Cuando entro al baño me encuentro con un placer desconocido: el de un cuerpo solo (p. 22).

No puedo vivir de esta manera; tengo que buscar una vida que esté a la altura de mi desesperación (p. 24). 

¿Maternar?, no quiero llegar a ese nivel de intimidad con la vida: el seno abierto como un volcán activo. No quiero vivir suavemente y con dureza en el interior (p. 25). 

Habría querido vivir en un contexto donde abortar fuera un acto sencillo, aceptado. Un acto para abrazarnos diferente con la vida (p. 26).

No nacer, eso sí es un privilegio: el alma flotante ante las florescencias del universo y los universos hermanos, los universos padres (p. 26). 

Lactar es otra forma del llanto (p. 42).

A veces solo recuerdo el daño que hice y no el daño que me hicieron (p. 65).

La ternura es el único elemento capaz de hacer tolerable el tictac de una marcha fúnebre (p. 65). 

No puedo confiar en las palabras de un hombre que ya no me ama (p. 69). 

El dolor no se cura, se controlan sus estadios (p. 75). 

Mamá, ¿usted es feliz? le dije una vez.
Mija, es mejor que no pregunte (p. 111).

Mi papá me dijo una vez que las personas se suicidan cuando están cansadas de una misma situación (p. 131).

Lo repetí una vez más, con la música dulce de alguien a quien todavía peinaban de dos colitas, y una tercera vez, hasta que él se le quitó de encima y deó a Teresa hundida en el rebrujo de tierra; la combinación como una sábana que queda arrugada después de un sueño travieso y mi hermano arrodillado, a horcajadas sobre ella, mostrando los dientes rojos.
-Tragate esos ojos -me dijo.
Entonces salí corriendo para no verlos más. Corrí a través de los cafetales con los ojos casi cerrados, arrinconados en una nueva soledad (p. 136). 

Quizá ni Chinchiná existe, me gustaría que no existiera para no tener que volver (p. 138). 

Las rodillas son la parte más fea del cuerpo, por eso podían mostrarse. Aun así mi hermana se las tapaba porque nadie debía vernos nada.
Porque éramos sagradas, perfectas y puras, como el café (p. 147). 


El oráculo térmico
María Antonia León
Editorial Seix Barral
Bogotá, abril de 2023
148 páginas

domingo, 9 de abril de 2023

Siete veces Lucía, de Juliana Javierre

Carlos está en silla de ruedas desde que su papá le pegó un tiro en la espalda que le lesionó una vértebra. Ocurrió cuando Carlos lo iba a atacar con un cuchillo porque sentía el deber de defender a Carmen, su mamá, de los golpes frecuentes que le daba su papá, y además de las infidelidades del padre con la tía Julia, que cada día se parece más a Carmen, hasta parecer suplantarla. Carlos es gay y en el hospital desea a Raúl el enfermero, pero además, habla con Lucía. Lucía escribe en un periódico en el que le ordenan investigar el caso de El Farmaceuta, que se llama Cesar Gaviria y es un estafador. Carlos está enamorado de Lucía, la desea, la espera. Lucía a veces piensa en su hijo Emanuel y otras veces piensa en su abuelo muerto. Lucía, Carlos y el diario de Carlos nos cuentan esta historia a manera de rompecabezas fragmentado en dos planos temporales, pero con una estructura compleja y unas voces oníricas cuesta identificar qué de lo que narran es real y qué ocurre en el sueño, la consciencia o la perturbación de la mente enferma. En últimas, es posible que todo sea una alucinación o que todos estén muertos, como si se tratara de un Pedro Páramo contemporáneo. 

"Siete veces Lucía" es la primera novela de Juliana Javierre y en algunos apartes se parece a "La Casa Rosada", la primera novela de Orlando Mejía Rivera: hay un sanatorio, hay voces de pacientes que desde sus mentes perturbadas narran su percepción de la realidad y hay, sobre todo, una omnipresencia de la muerte que se mezcla con un deseo de quien escribe por explorar los múltiples recursos que ofrece el lenguaje y esa exploración conduce a una novela experimental. 

Siete veces Lucía es una novela que no ofrece una lectura fácil ni una estructura lineal. Hay reflexiones en torno a la circularidad del tiempo y un trabajo poético del lenguaje. Hay alusiones al doble, desde los espejos hasta la oveja Dolly y Carmen, la madre, que se duplica en Julia, la tía. Hay también alusiones muy remotas a la muerte de Galán, de Garzón y la caída del Muro de Berlín, que permiten anclar la novela a algunos hitos históricos, aunque en realidad eso poco importa: el texto ocurre en la cabeza de los personajes y quizás por eso hay tan poca alusión a la calle, el barrio, la ciudad o el mundo exterior.

Algunos subrayados
De pronto, una arruga en el rostro o una mancha que ya no desaparece nos hacen saber que el tiempo ha dejado su huella, que no somos más que arena, que tan fácil cobra forma como se derrumba. Vamos muriendo (p. 56).

Entre lo que sé y lo que adivino, un abismo (p. 76).

Qué tal si ella no fuera más que un muerto hablando con muertos (p. 81).

Si ella fuera una de esas diosas de múltiples brazos de la mitología india, no necesitaría en absoluto de los hombres para procurarse placer (p. 85).

Ella había dejado de vivir en su cuerpo, pero había empezado a vivir en las cosas: los cuadros en la pared, la disposición de los muebles en la sala, el orden o el desorden de la cocina, todo era reflejo de su estado interior y, por tanto, de partir no podría reconstruirse (p. 94). 

Yo no sé cómo, en este país, hay cosas que nos sorprenden. Se supone que si uno solo conoce la oscuridad no tiene por qué anhelar la luz (p. 116).

su olvido es una forma de resistencia (p. 117).

Si no hay nadie a quien deba corresponder con la obligación de vivir; si nadie ha de llorar cuando ella falte, como si algún día hubiera estado; si no hay propósito ni meta, ¿para qué quedarse? Camina, sin saber a dónde. Va por la vida buscando excusas para no irse tan pronto, para no sentir que consume recursos sin fin alguno. Hay formas de hacerse anclas: tener hijos, fundar una empresa, obtener un crédito, amar (¿pero amar a quién?). Lucía apenas se encuentra, tras mucho preguntarse sin llegar a nada, una razón para seguir estando (p. 127). 

lo que nos resulta bello en el otro no es la perfección, sino el defecto: el lunar en el rostro, una cicatriz tras la que se esconde una historia pasada, el caminar torpe (p. 155). 

Acaso hay realidades que ignoro, acaso el enfermo soy yo (p. 162).

Uno siempre se está muriendo, ¿no? (p. 165)


Siete veces Lucía
Juliana Javierre
Alcaldía de Pereira, Secretaría de Cultura
Pereira, 2018
178 páginas