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lunes, 2 de junio de 2025

La llamada, de Leila Guerriero

El 29 de diciembre de 1976 Silvia Labayru fue secuestrada en Buenos Aires por militares que la condujeron a la ESMA, en donde la torturaron: le aplicaron corriente eléctrica en sus pezones y otras partes de su cuerpo, la mantuvieron vendada y esposada y la obligaron a oír los gritos de pavor de otros compañeros que sufrían torturas similares. 

En ese momento ella tenía 20 años y 5 meses de embarazo, y la junta militar que había instalado una dictadura en Argentina apenas tenía unos meses en el poder. Su hija Vera nació en una camilla de la Esma y luego fue entregada a sus abuelos. Silvia estuvo recluida en la Esma 18 meses. Fue sometida a múltiples violaciones y la incorporaron a un supuesto programa de reeducación o de adaptación, que pretendía borrarle las ideas que había adquirido en la militancia montonera y rehabilitarla a la vida civil.
Se calcula que a la Esma entraron más de 5000 personas y solo 200 salieron con vida. Silvia fue una de ellas, pero a los sobrevivientes se les mira con sospecha: si conservaron su vida es porque algo hicieron o a alguien delataron, señalar familiares de víctimas y de desaparecidos. 

Esa, a grandes rasgos, es la historia de Silvia Labayru, pero el trabajo que hace Leila Guerriero en "La llamada" no es contar una vida "a grandes rasgos" sino adentrarse en las complejidades de un personaje difícil, contradictorio, sobre el que pueden existir múltiples versiones.
La llamada es una clase magistral de periodismo: muestra un minuicioso ejercicio de reportería que le tomó a la autora un año y 7 meses. Decenas de encuentros con la protagonista y con muchas otras fuentes que pueden aportar un dato, corroborarlo, matizar, agregar capas de sentido. 

Muestra también las tensiones de quien escribe: cómo abordar temas complejos como los detalles de las violaciones; cómo contrastar información contradictoria; cómo determinar cuál información es real; cómo mantener una relación cordial y a la vez profesional, con límites que no mezclen en rol de reportera con la amistad. 

Esa relación se refleja en una frase que Guerriero repite varias veces en el libro, a manera de leitmotiv: "Después, a lo largo de cierto tiempo, nos dedicamos a reconstruir las cosas que pasaron, y las cosas que tuvieron que pasar para que esas cosas pasaran, y las cosas que dejaron de pasar porque pasaron esas cosas. Al terminar, al irme, me pregunto cómo queda ella cuando el ruido de la conversación se acaba. Siempre me respondo lo mismo: "Está con el gato, pronto llegará Hugo". Cada vez que vuelvo a encontrarla no parece desolada sino repleta de determinación: "Voy a hacer esto, y lo voy a hacer contigo". Jamás le pregunto por qué. 

La llamada es un retrato sobre Silvia Labayru pero es también el retrato de una época: la de los años 70 en Argentina, con la dictadura militar y unos jóvenes llenos de ideales y de violencia, pero también la de los años posteriores, en Argentina y en España, en donde resulta muy difícil para las mujeres narrar las violencias sexuales e incluso identificar cuándo hay violencia sexual o qué condiciones debe tener el consentimiento libre e informado. Es un libro sobre la dictadura y la tortura, pero es también un libro sobre el patriarcado y los pesos que impone incluso en sociedades democráticas. Es un libro sobre la amistad, sobre el amor, la libertad sexual y la familia, y también sobre lo difíciles que son las relaciones entre padres e hijos, entre parejas y entre amigos. Sobre la fragilidad de algunos vínculos y lo fuertes y vitales que pueden ser otros. Es, en últimas, un libro sobre la complejidad de la vida y lo reduccionista que resulta juzgar a alguien a partir de un hecho o un momento específico: sobre las múltiples versiones que existen sobre cada uno de nosotros. 

Algunos subrayados

Hay una pregunta que hacen siempre: "¿por qué elige las historias, con qué criterio?", Quizás con el peor de todos. Una abstrusa y soberbia necesidad de complicarse la vida y, al final, vencer. O no" (p. 22).

Cometimos más errores que aciertos. Los milicos fueron peores. Porque tenían el Estado y tenían la obligación de reaccionar de otra manera. Pero nosotros no fuimos ningunos santitos (p. 47).

La gente que tiene hijos cree erróneamente que protege a los hijos. y lo primero que tiene que hacer alguien que tiene hijos es ser honerso: los hijos te protegen a vos. Te protegen del riesgo de no estar amarrado. La gente con hijos tiene la existencia fácil, casi no puede pensar en el suicidio durante años (...) Tengo hijos, no tengo preguntas sobre el sentido de la existencia (p. 76).

Éramos una banda de jóvenes entregados a una causa idealizada contra un aparato militar que se hizo cargo del Estado y llevó adelante un plan sistemático de secuestro, tortura y asesinato (p. 91).

tengo perfecta conciencia de que no entregué a nadie porque no me torturaron lo suficiente (p. 125). 

Entonces estos excompañeritos que militan tanto los derechos humanos prefieren que las violaciones queden impunes antes que este tema escabroso salga a la luz. Ellos mismos no las entienden como violaciones (p. 171). 

Yo desde el principio pensé que no tenía ninguna capacidad ni voluntad de juzgar lo que ella podría haber hecho, porque cuando uno no está en situaciones inimaginables no puede juzgar a partir de esa imaginación imposible (p. 239).

Octavio Paz define ese período, una ruptura de los jóvenes con el orden familiar y el orden social, con tres fenómenos simultáneos que son el hippismo, el Mayo francés y el guevarismo. Distintos tipos de intensidad y localización en su origen. Pero son muy parecidos, como estímulo a los jóvenes. Woodstock, 69; Mayo francés, 68; muerte del Che, 67. Bingo (p. 266).

La izquierda margina todo lo que está fuera de la norma. un puritanismo de "te machaco y te destrozo" (p. 273).

Seguimos así, sin esfuerzo, en esa clase de conversación sin rumbo que arroja cosas impensadas (p. 290).

Yo tengo una idea de cómo me gustaría morir. Como a todo el mundo, me gustaría no sufrir. Pero querría dejar mis cosas ordenadas. Tirar lo que no quisiera que nadie viera. Dejar los libros que me importaron, los de Marguerite Yourcenar, El cuarteto de Alejandría, decir: "Estos libros me hicieron". Decirle a alguien: "Esto me importó". Poder escribirles algo a Vera, a David. Poder despedirme en condiciones (p. 323).

y empiezas a tener conciencia de que lo único que quieres es tiempo. Yo lo único que quiero es tiempo. Tiempo. No necesito más que eso. Pero no queda mucho (p. 345). 

Todo puede ser verdad. Lo que ella percibe. Lo que ven los demás. ¿Cómo saber cuál es la versión correcta? Verdad es todo, ¿pero qué es lo real? (p. 404). 

Es que haber sido linda es un karma en la vejez, cuando perdés esa belleza (p. 427). 


La llamada. Un retrato
Leila Guerriero
Editorial Anagrama
2024
España
430 páginas

martes, 31 de diciembre de 2024

No es un río, de Selva Almada

Enero Rey, El Negro y Eusebio son amigos desde la infancia. Crecieron en el mismo barrio y ahora que están adultos salen a pescar en río que no sabemos cuál es pero es un río grande y profundo porque tiene islas y porque allí pescan rayas. Eusebio es el papá de Tilo, pero está separado de Diana Maciel, la mamá. Está separado al momento de su muerte, porque Eusebio murió y Tilo ya no es un niño sino un joven que va a pescar con Enero y El Negro, los amigos de su papá. 

"No es un río" relata en tres tiempos entremezclados el pasado de Enero, El Negro y Eusebio, el viaje de los dos amigos con Tilo a la isla, en donde conocen a Lucy y Mariela y lo que ocurre con ellas después. Pero la estructura del libro no está dividida en capítulos ni está armada de manera cronológica, de manera que el lector tiene la tarea de ir armando los fragmentos que la escritora tiene claros desde el comienzo y que para quien entra en este río son visibles apenas por trozos. 

Selva Almada construye una historia muy masculina, con frases cortas y diálogos escasos y breves. La descripción también es exigua. Los personajes se delinean a partir de sus acciones y sus silencios. La pesca exige paciencia, silencio y tiempo y así mismo la autora exige que el lector tenga paciencia, tiempo y concentración para que emerjan no solo la historia de violencia que narra (de varias violencias) sino también el perfil de cada personaje. 

La acción ocurre en un río y una isla sin nombre. El único referente espacial es la ciudad de Santa Fe y también al comienzo menciona Paraná. No hay tampoco referentes temporales o históricos precisos. Sólo el uso de palabras como bikini y la presencia de carros o de botes con motor de gasolina permiten ubicar la historia en un contexto contemporáneo. Si no fuera por esos anclajes, la acción podría ubicarse en tiempos más remotos. 

En el libro hace mucho calor. Hay un clima ardiente y hay además fuego en varias escenas. Este sopor que enrarece el aire se acentúa además con un enrarecimiento del lenguaje. Si la literatura es una afectación de la lengua en esta novela hay múltiples ejemplos de ello. Se trata de un libro en español, pero en un español de una zona específica ubicada al norte de Argentina, con la influencia guaraní paraguaya, y por eso el lector se encuentra con palabras como tanzas, gurises, yuyos, pilchas, chircas, chota, bambula, viyela, chúcara, porrón, picuí, aguaribay, sucucho, abichado, acaroína y muchas otras. En casi todas las páginas hay palabras que exigen ir al diccionario o deducir su sentido a partir del contexto. Esa afectación, sumada a las frases cortas, le da al texto una musicalidad singular, que hace de este libro una pieza única.

Algunos subrayados
Este hombre no es de este monte y el monte lo sabe. Pero lo deja. Que se meta, que se quede el tiempo que le lleve juntar la leña. Después, el propio monte va a escupirlo, los brazos llenos de ramas, otra vez hacia la orilla (p. 21).

Las hermanas eran evangélicas y para ellas todo lo que no era cosa de Dios era cosa del diablo (p. 30). 

A veces los sueños son ecos del futuro (p. 34). 

La casa está en silencio, de no ser por los pequeños quejidos que hacen las casas en verano. La chapa de cinc dilatándose por el calor. El ir y venir de los ararás que taladran las vigas de madera. El piso de cemento que cruje en alguna parte, el comienzo de una grieta nueva. La respiración pausada de su humanidad recién despierta (p. 86). 

¿Será que piensa tanto en la madre porque hijos no tuvo? ¿Será que la gente con familia propia ya no piensa tanto para atrás sino para adelante? (p. 87).

Una cosa es divertirse un rato y otra armar familia (p. 89). 

Algo le molestaba de su presente en ese lugar de mala muerte y algo de su pasado, como si fuera dos personas distintas que solamente se parecen en la incomodidad (p. 112). 

Mejor no hablar para no embarullarse (p. 120). 

Está contento como perro con dos colas (p. 122). 


No es un río
Selva Almada
Penguin Random House
Buenos Aires
2020
138 páginas

viernes, 19 de abril de 2024

Alfonsina Storni en 50 poemas (selección y prólogo de Silvia Miguens)

"Alfonsina sí vuelve" dice en la última página, en una sutil nota al pie, esta edición cuidada de Tres Cantos que trae de vuelta los versos de Alfonsina Storni, la gran y libre poeta Argentina que nació en 1892 y se suicidó en 1938.

El título anuncia 50 poemas de Alfonsina Storni, pero el volumen incluye varias sorpresas. Para empezar, un prólogo lúcido, completo y ameno de la profesora y escritora argentina Silvia Miguens, quien ofrece detalles de la vida de Alfonsina que sirven para desentrañar claves de sus poemas. El prólogo cuenta que Alfonsina fue una mujer tremendamente libre en una época en la que esto no era común: fue madre soltera, trabajó en distintos oficios, escribió y vivió de su escritura y cultivó contactos con escritores como Borges y Quiroga.

El prólogo da cuenta de un viaje en 1938, poco antes de morir y cuando ya estaba enferma de cáncer, a Colonia del Sacramento, a un encuentro 
 junto con Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral. En el público está la muy joven Idea Vilariño. También cuenta el profundo impacto que le causó el suicidio de Horacio Quiroga, quien se quitó la vida anticipándose a lo que ya estaba haciendo el cáncer. El poema "Presentimiento" y el poema dedicado a Horacio Quiroga e incluido en este volumen permiten ver cómo la idea del suicidio fue largamente contemplada por Alfonsina y no fue un impulso súbito con desenlace fatal.
Además del prólogo, el libro trae dos textos en prosa escritos por Alfonsina Storni. Al comienzo aparece ¿Quién soy? un autorretrato escrito poco antes de su muerte, y al final está "Breve explicación", un texto en el que ofrece algunas claves sobre su proceso de escritura. En medio de estas dos esquiciteses están los 50 poemas seleccionados por la profesora Silvia Miguens, tomados de "El dulce daño" (1918), "Irremediablemente" (1919), "Languidez" (1920), "Ocre" (1925), "Mundo de siete pozos (1934), "Mascarilla y trébol" (1938). Además se incluyen varias poesías que no fueron incluidas en libros. 

Por tratarse de una antología que incluye poemas de distintos libros, escritos en un lapso de 20 años, 50 poemas de Alfonsina Storni ofrece una mirada panorámica sobre la obra de la argentina. Es una selección de lo mejor de su obra y, en consecuencia, este libro es una buena puerta de entrada para conocer a una de las más grandes poetas hispanoamericanas de la primera mitad del siglo XX. Su nombre suele aparecer al lado de Juana de Ibarborou y Gabriela Mistral, pero quizás Alfonsina fue la más libre y feminista de las tres.

Algunos subrayados

Del prólogo:
"Alfonsina utiliza las secciones femeninas de las revistas, que alentaban la mansedumbre y el amor romántico. Se burla, rompe con el estereotipo de la mujer y el de la novela sentimental de la época, cuya característica era el conformismo" (p. 21).

De ¿Quién soy?
me agrada que las telas no se arruguen para no tener que plancharlas continuamente (p. 31).

Duermo unas once horas diarias para desarrugar la piel de la cara y los nervios (p. 32). 

De "Capricho"
bien se ve que tenemos adentro un mar oculto (p. 42)

De "¡Oh, tú!"
Yo quiero, Dios de dioses, que me hagan nueva toda.
Que me tejan con lirios; me sometan a poda
Las manos del Misterio; que me resten maleza.
Tus labios no se hicieron para curar tristeza (p. 47).

De "Tú me quieres blanca"
Tú me quieres alba,
Me quieres de espumas,
Me quieres de nácar.
Que sea azucena
Sobre todas, casta.
De perfume tenue. 
Corola cerrada (p. 48).

De "Presentimiento"
Para acabarme quiero una tarde sin nubes,
Bajo el límpido sol,
Nazca de un gran jazmín una víbora blanca
Que dulce, dulcemente, me pique el corazón (p. 52).

De "Silencio"
Un día estaré muerta, blanca como la nieve,
Dulce como los sueños en la tarde que llueve (p. 58).

De "Bien pudiera ser..."
A veces en mi madre apuntaron antojos
De liberarse, pero, se le subió a los ojos
Una honda amargura, y en la sombra lloró.

Y todo eso mordiente, vencido, mutilado,
Todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
Pienso que sin quererlo lo he libertado yo. (p. 66).

De "Cuando llegué a la vida"
-¡Vigiladme los ojos! Cuando cambian los vientos
El alma femenina se trastorna y varía...(p. 92)

De "Tú, que nunca serás"
Ah, me resisto, mas me tienes toda,
Tú, que nunca serás del todo mío (p. 93)

De "Pasión"
el hombre en cuya llama quisieras deshacerte
¡como al golpe de viento las columnas de humo! (p. 112)

De "A Horacio Quiroga"
No se vive en la selva impunemente (p. 120)

De "Breve explicación"
ya que escribí la mayoría en pocos minutos, a lápiz, en un lugar público, en un vehículo en movimiento o en mi lecho despertando a deshora; aunque cepillarlos me haya demandado meses (p. 126).

Alfonsina Storni en 50 poemas (selección y prólogo de Silvia Miguens)
Ediciones Tres Cantos
Pereira
Abril de 2024
128 páginas

miércoles, 13 de marzo de 2024

Intemperies, de Elvira Alejandra Quintero

La Real Academia de la Lengua define "intemperie" como "A cielo descubierto, sin techo nio otro reparo alguno". Técnicamente una playa está a la intemperie, pero no es una playa la imagen que llega a la mente cuando se escucha la palabra "intemperie". Al contrario, el vocablo se asocia con la lluvia, el abandono o el desamparo, con estar en soledad, desvalido y sin un techo protector.

Guillermo Eduardo Pilía, profesor de la Universidad Nacional de La Plata, de Argentina, escribe en el prólogo del poemario "Intemperie" que estos versos de Elira Alejandra Quintero parten del desamparo. De la desesperanza, y el dolor de la pérdida. La autora construye una poética del desgarro, en donde la mirada se detiene en la conciencia de habitar una desolación sin esperanza. 

"Intemperies" reúne 56 poemas, algunos de los cuales ya habían sido publicados previamente por la autora en otros libros. De hecho varios hacen parte de su breve poemario "Viento".  No obstante, hay un ejercicio cuidadoso de curaduría, que logra poner a dialogar estos poemas dispersos a partir de esa imagen de la intemperie, que le da título al último poema del libro y que atraviesa todo el volumen, desde sus primeras líneas en Cali hasta el final en Argentina.

En estos poemas narrativos Elvira Alejandra Quintero cuenta cosas: describe una Cali caliente y lluviosa, hay copiosos aguaceros, hay guayacanes florecidos, esquinas y andenes. Hay mucha calle y ciudad en sus poemas, y quizás por eso la imagen poética de la soledad y el desamparo se siente aún más potente: es la soledad contemporánea, que sucede en medio de la gente, la que recorre las páginas de este libro, que dialoga con Kavafis, pero también con Aurelio Arturo: los días que uno tras otro son la vida en "Intemperies" aparecen como días y noches con poca luz.


Algunos subrayados

De "Esquinas"
la soledad me habita en esta tarde 
y yo le madrugo al dolor 
de haber nacido.

De "Cambio de milenio"
Entonces miramos las fotografías premiadas en los diarios y decimos que somos un país extraño, donde sus habitantes pagan con la vida el hecho de haber nacido en la más hermosa de las tierras.


De "Con voz y voto"
Los nombres de las cosas que amo son los nombres de las cosas que anhelo.

De "Lluvias"
Eso no soy. 
Soy otra.
La que guarda su voz en el silencio de su escritura.

De "Fragmentos de vida"
cada cual pone su gota, su pequeño anhelo, su secreta felicidad, a orear como al viento los usados trapos viejos.

De "Domingo"
Me pregunto por los poemas que me había prometido escribir hace ya tantos años. 
Me dije, con el poeta, que a otra tierra iría, que otra ciudad mejor que esta encontraría. 
Y aquí sigo tal cual con mi ciudad adentro, debajo, detrás del árbol inmenso. 
Los poemas siguen guardados en el nudo de mi corazón.

De "Intemperie"
Vengo de un siglo estéril para la dicha y cruel para los que se aman 
y yo soy su símbolo y su vástago más fiel 
su hija.


Intemperies
Elvira Alejandra Quintero
Ediciones Hespérides
Buenos Aires, Argentina
Octubre de 2018
92 páginas

jueves, 27 de abril de 2023

Al oído de la cordillera, de Ignacio Piedrahíta

Al oído de la cordillera es un hermoso libro de viaje, escrito con un lenguaje poético, preciso y reposado, con palabras que permiten ver las distintas geografías que visita el narrador durante su recorrido desde el suroeste antioqueño, en la carretera que bordea el Río Cauca a la altura de Marmato, hasta Ushuaia, en la punta sur del continente.

El libro tiene algunos pasajes que coquetean con la novela, algunos personajes que acompañan momentáneamente al portagonista en su viaje solitario, pero esos figurantes son secundarios: sólo sirven para develar esa voz del narrador sin nombre, que se parece al geólogo escritor, y es a través de sus ojos, sus intereses y su saber que el lector ve belleza en las rocas corrientes y disfruta el paisaje verde de Colombia, la explosión de un volcán en Ecuador, el oasis de la Huacachina, en Perú, y las formaciones geológicas únicas al norte de Argentina, hasta llegar al Perito Moreno y descender hasta el estrecho de Beagle. 

Al oído de la cordillera es un libro poético en cuanto ejercicio de contemplación y deslumbramiento con la belleza. Se trata de una obra corta en la que en apariencia no pasa nada, o al menos nada distinto a un viajero que mira y cuenta lo que ve, que son espacios casi deshabitados o con poca interacción con los locales y con vidas lentas. Lo que importan son las rocas, las montañas, los fósiles y las formaciones geológicas que se cuentan en miles y millones de años, pero no como aparecerían en un atlas o en un libro de geografía, sino como las observa y siente un artista: ese paisaje bello, imponente y cambiante habla también del ser humano y sus transformaciones, sus erupciones y sus sedimentos. 


Algunos subrayados 

"Stock de Marmato". El término stock se refiere a un gran cuerpo de roca ígnea, y Marmato no es más que una población asentada en sus laderas, un asentamiento de mineros que durante siglos han buscado el oro alojado en las entrañas de la la montaña, en sus venas (p. 17).

Sé que esas muestras de erudición no son otra cosa que una carencia de recursos para ocultar de otra manera mi encanto por su silenciosa compañía (p. 18).

Me siento tentado a decirle que sigamos juntos, que no vale la pena separarnos tan pronto. Pero me detengo tal vez no haya cabida sino para ese momento, porque el viaje quizás sea precisamente eso: los encuentros, la vida segmentada que nos 
llega de repente y que, como un torrente sobre la arena, agita nuestro corazón. Ella debe irse tal como llegó, volando como atrapada por un sueño (p. 21).

La enormidad es a menudo invisible cuando se la tiene muy cerca, el volcán parece haberse propuesto reivindicar esa verdad a costa mía (p. 31). 

Es curioso que un volcán, que parece tan dueño de sí mismo, tenga también que someterse a las leyes de la vejez y de la inutilidad. En su juventud están plenos de materia incandescente que expulsan como si obedecieran a su propia y ostentosa iniciativa, pero después adquieren la apariencia de a maquinaria desechada y obsoleta (p. 31).

El hombre halla propicio vivir a los pies de los cráteres, pues la tierra que estos castigan hoy, mañana amanece fértil (p. 32).

Despojado del anhelo de una visión pretendidamente espectacular, comienzo a sentir que la fuerza del, volcán se halla justo bajo mis pies (p. 33).

El cráter del Pichincha, al igual que el de la mayoría de los volcanes andinos, es rebelde y tumultuosos para desgracia de los pueblos aledaños (p. 33). 

el volcán es en sí mismo una ventana al interior de la tierra, cuya misión no es la de castigar a los hombres ino la de proporcionar una salida al calor contenido en las profundidades (p. 36).

Dicha ceniza, sin embargo, no parece estar siendo expulsada, sino tranquilamente exhalada. El interior de la tierra fuma para mí en lo alto de la cordilelra (p. 40). 

el volcán es un cuadro en exceso portentoso para el hombre-, un hecho superior a la sensibilidad ante el cual el espíritu se siente inevitablemente sobrecogido, de modo que al mirarlo fija y empecinadamente se tenga la molesta sensación de que la imagen comienza a decaer. Sin embargo, se trata de una decadencia que no proviene del volcán sino de uno mismo, pues el ojo renuncia voluntariamente a seguir en busca de una perfección que ya se le ha revelado (p. 42).

Cuando esta mezcla está todavía bajo tierra se le llama magma, y una vez sale a la superficie se conoce como lava (p. 46).

dos corrientes de aire frío se encuentran para dejar sin agua la costa peruana. Una de estas proviene del mar, la otra de la cordillera. La primera tiene origen en la corriente marina de Humboldt, que surge cerca de la costa y enfría el aire que sopla sobre el desierto. La otra nace en las cumbres de las montañas de los Andes, y baja por sus flancos hasta encontrarse con lap rimera. Esta concentración de vientos fríos y húmedos es incapaz de elevarse para formar nubes y engendrar lluvias (p. 55).

El desierto no es sinónimo de muerte, sino de vida lenta y sosegada (p. 56).

Contrario a los asuntos de la vida cotidiana, donde los momentos se fijan por la repetición del día a día, en un viaje lo hacen precisamente por ser irrepetivles (p. 70). 

¿Qué hacen las piedras mientras la gente duerme? (p. 74)

¿Se puede escribir sobre las piedras, al igual que se las puede, por ejemplo, pintar? La tierra está compuesta por capas, como lo están la pintura y la escritura. El pintor echa una capa sobre otra para ir logrando su obra. Debajo de un color suele haber otro, y otro, porque los pigmentos se potencian al superponerse. Así mismo ocurre con la escritura: cada vez que el escritor pasa por párrafos que acaba de escribir -o que escribió ayer, la semana pasada, hace años-, va agregando, quitando, modificando, como si pasara un rodillo sobre una masa que en apariencia ya tiene suficiente (p, 77).

Al fósil, como ocurre con el alma de algunas personas, se le hace necesario visitar las profundidades para adquirir su carácter (p. 94). 

Pitágoras, quien decía que la Tierra es un ser vivo con pulmones que exhalan fuego a través de mil respiraderos (p. 102).

En aquel tiempo la geología estaba muy cerca de la poesía, lo cual me habría ahorrado muchas explicaciones al pasar de la una a la otra (p. 102). 

Sus fracturas, ahora más visibles, están lejos de imprimirle una idea de fragilidad; al contrario, acentúan su figura de igual manera que las cicatrices hacen parecer a un hombre más enigmático y no pocas veces más atractivo (p. 104).

Me parece que la actitud impasible del monte ocultaba de alguna manera cierta indiferencia hacia el resto de la cordilera, incluso, un ocio displicente hacia todo lo que lo rodea. Si desde el poblado lo he percibido como escéptico a la mirada del hombre, desde esta distancia es evidente que reclama esa mirada. no pide que se le apruebe, es cierto, pero sí que se le preste atención. ¿Hay en él, quizá, algún asomo de vanidad? (p. 104).

Mirando el mapa de abajo hacia arriba, como si el continente naciera en el sur y terminara en el trópico, su forma me recuerda a la del genio persa que sale de la lámpara de aceite (p. 124).

Curiosa metáfora del escritor, hombre con derecho a todo pero sin responsabilidad de nada, que dedica las horas a contar lo que otros hacen (p. 127).


Al oído de la cordillera
Ignacio Piedrahíta
Fondo Editorial Universidad Eafit
Medellín, 2011
142 páginas

miércoles, 14 de diciembre de 2022

La suma de todos los ruidos (The Hum), de Sebastián Krieger


El 2% de la población mundial padece de "The Hum", un zumbido que suena como a un avión muy alto que no termina de irse y que puede afectar a las personas de formas que van desde el insomnio hasta el suicidio.

Ese trastorno es el que padecen las mujeres de "La suma de todos los ruidos", la novela en la que Sebastián Krieger presenta un rompecabezas de tres vidas femeninas en tres momentos distintos, aunque pueden ser leídas también como la vida de una misma mujer en tres etapas diferentes. 

El primer relato, que ocupa dos tercios del libro, es la historia de Ale, una motociclista que deja Rosario (Argentina) para emprender un viaje por Suramérica. En capítulos cortos y organizados de una forma que no es cronológica, se presenta una especie de "road movie", muy visual, con descripciones muy bien logradas de parajes desérticos, de ciudades como Guayaquil, Salta o Chimbote, del Chimborazo y Atacama, en las que Ale acelera su motocicleta como huyendo de sí misma, para regresar al final al mismo apartamento de sus padres y ver su imagen reflejada en la ventana.

La segunda historia es la de Rebeca, una mujer que envejece mal en un ancianato de Montreal, y la tercera es una especie de "precuela", un diario de una chica de 15 años, que se presenta con un tipo de letra juvenil, a la que sus padres le notifican que deberán mudarse a Rosario (Argentina).

Al zumbido que escuchan las tres se suma otro elemento conector: el pensamiento más o menos permanente en la posibilidad del suicidio, como válvula de escape. Pensar en el suicidio, en que es posible cometerlo, se presenta como un seguro que permite atravesar momentos difíciles. "Si todo empeora, siempre será posible suicidarse", parece pensar la protagonista.

La soledad del viaje en motocicleta por parajes desérticos y solitarios del pacífico chileno o peruano son una imagen que sintetiza esta novela: un viaje que es una introspección por la soledad del alma de mujeres que se sienten incomprendidas o que no encajan en las instituciones que, más que paredes protectoras, sienten como cárceles: la familia, el anciano, el colegio. De ahí la necesidad de huir para buscar libertad.

Con muy pocos diálogos y un narrador omnisciente que muestra a Rebeca y Ale con distancia fría, el autor construye escenografías por las que transitan mujeres que se muestran desde un observador externo. Es llamativo que salvo en la última parte, en la que aparece el diario, durante mas de 100 páginas el lector vea todo el tiempo a mujeres a las que en muy pocas ocasiones se les escucha su voz. En esa decisión estética hay también un zumbido, un enrarecimiento, una constatación. 

Algunas frases

Más que el miedo a la muerte, a lo desconocido o el terror a la nada, lo que le había impedido lanzarse desde una ventana era la culpa. La vergüenza. Aunque en el fondo sabía que con eso podría vivir (p. 14).

El ronroneo, la oscilación inconfundible. Como la estela que deja un trueno pero que nunca termina de desaparecer, como la máquina lavadora detrás del muro aunque al lado no exista otro apartamento, como un tren infinito a la madrugada, un rumor lejano debajo de la almohada (p. 21).

El tiempo lo decoloraba todo, hasta el sabor de la nicotina, lástima (p. 25).

si querías ofender de verdad a alguien, el gentilicio debía acompañar el insulto. No importa si el fulano compartía tus genes y había nacido y crecido junto a ti. Por ejemplo: boliguayo huevón, colombiano malparido, brasuca hijodeputa, rata veneca, etcétera. Seguro los políticos y el fútbol eran los responsables de tanto odio, porque los individuos compartían más o menos la misma historia, la misma religión, el mismo idioma y hasta la misma pobreza. Ah, y todos coincidían en culpar siempre al otro de sus propias carencias (p. 37).

¿Cobardía o valentía? Un debate entre suicidas resultaría empatado siempre: todos igual de triunfadores e igual de vencidos (p. 42).

El peor día en moto es mejor que el mejor día en la oficina (p. 42).

Entendía a la perfección que era una carencia absoluta de sentido molerse los huesos y el cerebro para luego quedar sin tiempo para el deleite; o peor, para morir y dejar una fortuna que otros se peleen, roben o malgasten (p. 46). 

Terminar el viaje era dejar de existir. Y no sabía cómo más prolongar su agonía (p. 50).

Se preguntaría qué era lo más raro que le había ocurrido en la vida. Que de todas las mamás del mundo me hubiera tocado preciso la mía (p. 53).

Y fue justo cuando reconoció que se había apartado de la ansiedad, de la sensación de habitar el ojo de una tormenta que no llegaba, pero estaba cerca. Quiso prolongar el momento, respirar más hondo, relajar los hombros de nuevo, mirar al sol. Pero la culpa la había encontrado. Otra vez. La culpa de ser feliz; así fuera solo por un minuto de paz interior y un horizonte como fondo de pantalla. La felicidad era un pecado por el que tocaba sentirse culpable, así le habían enseñado a ella, a su madre, a sus abuelas y a todos sus antepasados (p. 60).

Una cosa era ser negativo, otra era ver solo el lado malo de todo, incluso de lo que era imposible que empeorara (p. 73).

¿Por qué, si se detestan, mamá y papá siguen juntos, se preguntó. ¿Por costumbre? ¿Por pereza a un largo pleito de divorcio o por miedo a quedar arruinados y encima íngrimos? ¿Por los comentarios ponsoñozos de su reducido grupo de conocidos o porque no concebían una existencia distinta? ¿Porque habían jurado en una iglesia mantenerse unidos hasta que la muerte los separe? ¿Todas o ninguna las anteriores? Sí y no. Más por cansancio que por haber encontrado una explicación satisfactoria a ese raudal de inquietudes, concluyó que era por simple adicción. Eran su droga mutua, la heroína que los consumía lento y sin la cual no tenía sentido sobrevivir. (p. 82). 

Reflexiona: el asunto, además de que today nadie lee ni revistas, es que no tiene sentido el esfuerzo de escribir. Ni un solo libro, ni siquiera el propio, ni como el aporte mínimo al cementerio universal de textos que nadie leerá (p. 97).

Pero en el corazón sabe que es lo correcto, que la que se extingue es ella y no su hija, que su mayor gesto de amor es excluirla de la impotencia frente a la espiral de decadencia de la que no escapará (p. 98). 

El maldito amor, la fascinante trampa de la naturaleza humana para continuarse, la paradisiaca sensación que venda el drama de existir, ese era el verdadero y maléfico verdugo. Sí, el amor es el malechor cobarde. (P. 105).

Nacer me jodió la vida (p. 107)

Este es el instante en el que lo más inteligente es resignarse, dejar de luchar, y reconocer que al final lo único seguro es que moriremos todos. Y que no quedará nada. Ni la memoria. Porque por más que nos esforcemos y queramos negarlo, el tiempo es inflexible. Como las olas indiferentes a los dibujos y castillos en la playa. No dejaremos huella (p. 109). 

A él le enseñaron que los hombres no lloran, solo cuando les entra un mugre en el ojo, qué estupidez (p. 119).

Me dio un abrazo y me dijo que siempre recordara que yo misma era mi propio castigo, pero también mi propio alivio (p. 149).


La suma de todos los ruidos (The Hum)
Sebastián Krieger
Calixta Editores
Bogotá, septiembre de 2022
156 páginas

miércoles, 13 de octubre de 2021

Beya (Le viste la cara a Dios), de Gabriela Cabezón Cámara e Iñaki Echeverría

La Bella Durmiente de este cuento es Beya, una prostituta que duerme poco porque su explotador la necesita despierta, trabajando y produciendo. Como el cuerpo se cansa y le pide dormir, entonces Beya snifa y se droga para no sentir, para aguantar, para sobrevivir. 

Por el puticlub de Lanús en el que permanece Beya día y noche desfilan policías, políticos, sacerdotes y muchos hombres viejos. La desgracia de Beya es ser prostituta en la era del viagra. 

El amor ni se menciona. El amor, el afecto y la ternura no caben en el mundo violento que habita esta mujer inteligente, que comprende los códigos y desde su situación diseña estrategias para recuperar el control de su mundo.

Beya es una novela gráfica con textos cortos, rítmicos y cercanos a la poesía, de Gabriela Cabezón Cámara, a partir de su novela Le viste la cara a Dios (2011) e ilustraciones crudas, en blanco y negro, con mucho pop, de Iñaki Echeverría. Una obra dolorosa, dura, cruda, que alude a la iconografía religiosa para denunciar una realidad de violencia y feminicidio que afecta a miles de mujeres en todo el continente.

Algunas frases

Le gustaría matarte
si no le gustara más
hacer guita con tu carne (p. 36)

La caricia del cafisho
y las sogas del cafisho
aniñan y así estás vos,
como una nena que duerme 
para que la paliza pase,
pero no sos una nena
y bien sabes que mañana
no va a venir tu papá
con tostadas con manteca
ni leche con chocolate
eso sí sabés que no,
que no lo hace ni el Dios (p. 44). 

Esto no lo olvidás nunca:
En la peor de las mazmorras
Se puede amar al que pega
Y eso es peor que darle entero
el propio espíritu al diablo (p. 49).

El odio puede habitarse
como se habitan también 
la adicción y la paliza (p. 57).

Durante algunas semanas
apenas te lamentás
porque te tocó ser puta
en la puta era del viagra (p. 59).

Después de meses sin ver
más cielo que el cielo raso (p. 94).

Le diste el beso en la boca 
que no le dabas a nadie
sin entender demasiado
y cuando entendiste un poco
empezaste a mirar bien
y entonces le viste entera
toda la cara a tu dios (p. 104).


Beya (Le viste la cara a Dios)
Gabriela Cabezón Cámara e Iñaki Echeverría
Editorial Eterna Cadencia
Buenos Aires, 2013
128 páginas





viernes, 31 de mayo de 2019

La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares


La carta de presentación más famosa de La invención de Morel, novela escrita en 1940 por Adolfo Bioy Casares, corresponde a la afirmación que hizo Jorge Luis Borges en el prólogo del libro: no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.

La invención de Morel es una novela de literatura fantástica. Ocurre en una isla, a la que arriba un venezolano que ha sido condenado por un crimen y huye de la justicia. La isla parece deshabitada (se supone que quienes viven allí empiezan a padecer una enfermedad mortal) pero el fugitivo empieza a ver turistas que recorren el museo y la parte alta de la colina. Entre esos personajes está Faustine, una mujer de la que el fugitivo se enamora aunque ella parece no verlo. Faustine conversa en francés con Morel, quien anuncia que inventó una máquina que graba y reproduce lo que los habitantes de la isla hacen durante una semana. Así, la máquina les da inmortalidad en las imágenes proyectadas, pero mata a los grabados. El fugitivo entonces comprende que lo que ve de Faustine es una proyección y no una mujer real.

La novela plantea, desde el terreno de lo fantástico, preguntas sobre la inmortalidad y sobre el flujo del tiempo: los personajes proyectados viven siempre en una misma semana. Así mismo interroga sobre la realidad y la fantasía, o el sueño y la alucinación, en un ambiente fantasmagórico y espectral.

Se trata de una lectura enigmática, hermética, que para develar los secretos construidos en el texto exige, o al menos provoca, una segunda lectura, que se facilita por la brevedad del texto, que funciona como un artefacto perfecto.

Los misterios de la invención de Morel ocurren en una isla. Leer este texto me hizo pensar en la serie de televisión Lost, en la que también ocurren cosas extraordinarias, en donde la ciencia y la tecnología crean pesadillas.

Algunas frases
Esta gente desaparecerá; tal vez he tenido alucinaciones.

Como si hubieran aparecido nada más que en mi vista o imaginación.

Fue como si los oídos que tenía no sirvieran para oír, como si los ojos no sirvieran para ver.

Como si hubiera estado en peligro de tocar un fantasma.

Este es un proyecto ridículo... pero las cursilerías, cuando son humildes, tienen todo el gobierno del corazón.

No tienen esa monstruosa urgencia en morirse.

Mi muerte en esta isla has desvelado.

Me alegraba ser un muerto insomne

La afición a presentarme como un ex muerto; el descubrimiento literario o cursi de que la muerte era imposible al lado de esa mujer.

Ya no estoy muerto: estoy enamorado.

La insalubridad extraordinaria de la parte sur de esta isla ha de haberme vuelto invisible.

-Esta no es hora para cuentos de fantasmas.

Lo que sucede no tiene explicación. La colina está deshabitada.

Hay dos hechos -un hecho y un recuerdo- que ahora veo juntos, proponiendo una explicación.

Seguían hablando con voz tranquila, como si no hubieran oído mis pasos, como si yo no estuviese.

Las conversaciones eran lánguidas. Morel propuso el tema de la inmortalidad. 

Hubiera llamado la atención un haz apagándose en un cuarto vacío.

me parecían rígidas y pesadas como las cortinas de piedra que hay en algunas tumbas.

Pienso, aunque parezca absurdo, que tal vez no me hayan visto en el museo.

Quinta hipótesis: los intrusos serían un grupo de muertos amigos: yo, un viajero, como Dante o Swedenborg, o si no otro muerto, de casta, en un momento diferente de su metamorfosis.

Pero yo estoy muerto, yo estoy fuera de alcance.

Acumulé pruebas que mostraban mi relación con los intrusos como una relación entre seres de distintos planos.

¡Que yo estuviera muerto! Cuánto me entusiasmó esta ocurrencia (vanidosamente, literariamente).

No estuve muerto hasta que aparecieron los intrusos; en la soledad es imposible estar muerto.

El hombre y la cópula no soportan largas intensidades.

Ahora parece que la verdadera situación no es la descrita en las páginas anteriores, que la situación que vivo no es la que yo creo vivir.

Mi abuso consiste en haberlos fotografiado sin autorización. Es claro que no es una fotografía como todas; es mi último invento. Nosotros viviremos en esa fotografía, siempre.

Esta es la primera parte de la máquina; la segunda graba; la tercera proyecta. No necesita pantallas ni papeles; sus proyecciones son bien acogidas por todo el espacio y no importa que sea día o noche.

“Tuve una sorpresa: después de mucho trabajo, al congregar esos datos armónicamente, me encontré con personas reconstituidas, que desaparecían si yo desconectaba el aparato proyector, sólo vivían los momentos pasados cuando se tomó la escena y al acabarlos volvían a repetirlos, como si fueran partes de un disco o de una película que al terminarse volviera a empezar, pero que, para nadie, podían distinguirse de las personas vivas (se ven como circulando en otro mundo, fortuitamente abordado por el nuestro). Si acordamos la conciencia, y todo lo que nos distingue de los objetos, a las personas que nos rodean, no podremos negárselos a las creadas por mis aparatos, con ningún argumento válido y exclusivo".

(pero es posible que no lo hubiera dicho, por primera vez, horas antes, sino algunos años atrás; lo repetía porque estaba en la semana, en el disco eterno).

Aquí estaremos eternamente —aunque mañana nos vayamos—repitiendo consecutivamente los momentos de la semana y sin poder salir nunca de la conciencia que tuvimos en cada uno de ellos, porque así nos tomaron los aparatos; esto nos permitirá sentirnos en una vida siempre nueva, porque no habrá otros recuerdos en cada momento de la proyección que los habidos en el correspondiente de la grabación, y porque el futuro, muchas veces dejado atrás, mantendrá siempre sus atributos.

La inmortalidad podrá germinar en todas las almas, en las descompuestas y en las actuales.

Puede pensarse que nuestra vida es como una semana de estas imágenes y que vuelve a repetirse en mundos contiguos.

Estas paredes —como Faustine, Morel, los peces del acuario, uno de los soles y una de las lunas, el tratado de Belidor—, son proyecciones de las máquinas. Coinciden con las paredes hechas por los albañiles (son las mismas paredes tomadas por las máquinas y después reflejadas sobre sí mismas). En donde yo he roto o suprimido la pared primera, queda la reflejada. Como es una proyección, ningún poder es capaz de cruzarla o suprimirla (mientras funcionen los motores).

La creencia de que al formarse la imagen de una persona el alma pasa a la imagen y la persona muere.

Significa que Faustine ha muerto; que no hay más Faustine que esta imagen, para la que no existo.

Entré en ese mundo; ya no puede suprimirse la imagen de Faustine sin que la mía desaparezca.



La invención de Morel
Adolfo Bioy Casares
1940
Editorial Losada
Buenos Aires
169 páginas


lunes, 5 de noviembre de 2018

Luna caliente, de Mempo Giardinelli


Mempo Giardinelli nació en Resistencia, una ciudad muy al norte de Argentina, en El Chaco, cerca de la frontera con Paraguay. 

En ese espacio caliente, muy caliente, y alejado de la gran ciudad, transcurre Luna caliente, una novela corta, vertiginosa, que navega entre el la realidad y el sueño, o mejor la pesadilla.

Ramiro Bernárdez es un joven abogado que acaba de regresar al Chaco luego de culminar su especialización en derecho administrativo en París (y la aparición de París no es casual porque remite al Hombre Lobo en París). Conoce a Araceli, una chica de 13 años. Lo que viene a continuación es una mezcla de triller y novela erótica, en donde la tensión entre eros y tanatos está está presente en cada página. 

La obra se publica en plena dictadura argentina y aunque el tema de la dictadura no sea el foco de atención de la novela, se respira en la atmósfera sofocante que el escritor construye, en la que hay presencia de policías y el temor a la posibilidad de la tortura, que siempre es una variable que debe contemplar cualquier civil de la época. 

Luna caliente remite a Lolita y a Las edades de lulú. Pero también remite al Doctor Jeckyl y Mr Hyde, y a las novelas de folletín con personajes monstruosos como el Hombre Lobo. 

Se trata de una novela sobre el bien, el mal y la culpa (el protagonista menciona a Dostoievski), que reflexiona sobre el machismo, pero también es una novela que describe una época y una región de Argentina que no es tan frecuente en la prolífica literatura de ese país.

Algunas frases:

Jamás había imaginado que un hombre, convertido involuntariamente en asesino, pudiera, de repente, vencer tantos prejuicios y tornarse! frío, inescrupuloso.

Quizá eso era el machismo, ese segundo de espanto que sentimos cuando enfrentamos a la mujer.

La condición humana también era esa maravillosa capacidad de afrontar cualquier situación. De modificarlo todo. 

No sabe nada de nada pero ella opina, siempre son los ignorantes los que!opinan.

La condición humana era la imbecilidad de la gente.


Luna caliente
Mempo Giardinelli
Seix Barral
Buenos Aires, 1999 (primera edición 1983).
114 páginas