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martes, 13 de mayo de 2025

Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince

El 27 de junio de 2023, cuando la invasión de Rusia a Ucrania ya completaba año y medio, tres colombianos, una escritora ucraniana y un fixer de ese país se reunieron para cenar en una pizería de Kramatorsk, una ciudad al oriente de Ucrania. Llevaban dos días recorriendo zonas afectadas por la invasión, a escasos 35 km de la línea de combate. En medio de la cena un misil cayó sobre el restaurante. Murieron 13 personas, entre ellas la escritora ucraniana Victoria Amelina, que estaba con el fixer y los tres colombianos.

Uno de esos colombianos era el escritor Héctor Abad Faciolince, quien acaba de publicar "Ahora y en la hora", libro que relata ese instante del atentado, los días previos, los posteriores y el quiebre que significó en su vida haberse expuesto a ese riesgo.

Se trata de un libro de no ficción, una crónica de viaje y guerra, aunque quizás la etiqueta de crónica tampoco le encaja bien porque al texto le falta reportería y le falta contexto para ser un libro realmente periodístico. Es más bien un testimonio en primera persona en el que Héctor Abad se ubica en el centro de la narración para contar lo que vivió y lo que vio, aunque el libro se presente como un homenaje a Victoria Amelina, que en realidad es una figura brumosa dentro del relato. 

Al comienzo Abad afirma:"el 24 de febrero (de 2022) marcó el comienzo del más devastador y mortífero conflicto bélico que ha habido en Europa en ochenta años, desde el final de la Segunda Guerra Mundial" (p. 17). La certeza de este dato depende de la fuente y la fecha de corte, porque para algunos la guerra de la antigua Yugoslavia dejó más muertos que los que ha dejado la invasión a Ucrania. Este podría ser un detalle menor en una obra literaria, pero tratándose de un libro de no ficción el rigor en los datos es imprescindible. 

Ahora y en la hora incluye introspección, poemas de Abad, algunos perfiles y una mezcla de textos que se cosen para construir un alegato a favor de Ucrania. El libro explica poco sobre el conflicto bélico, quizás porque para el autor la única explicación válida consiste en que Putin es un déspota que decidió invadir. Afirma que algunos amigos escritores no comparten su visión, pero tampoco desarrolla cuál es la visión de ellos. En una entrevista oí que el manuscrito original incluia una novela y las editoras depuraron la ficción, dejaron la no ficción y, en consecuencia, lo que llegó al lector es el fruto del trabajo que el autor no pudo terminar y dejó en manos de las editoras. Creo que eso se nota. 

 
Algunos subrayados

Mi más querido aliado, siempre, es el olvido (p. 13).

Cada libro que he escrito es tan radicalmente distinto a los anteriores que en todos ellos (en los publicados y en los que reposan en el sepulcro de mis intentos fallidos) he sentido lo mismo: que al abordarlos vuelvo a ser un aprendiz (p. 36). 

Mi cobardía habitual (enmascarada con el bello nombre de prudencia) (p. 37)

empezamos una de esas amistades a la inglesa, que —como dice Borges— excluyen las confidencias (p. 67).


es más fácil hacer el retrato de alguien a quien no conoces que el de alguien a quien conoces mucho o al menos crees conocer bastante. Es esto lo que explica que el retrato más difícil de hacer sea el de uno mismo (p. 76).

si hay quienes quieren tener la experiencia de cada instante tan intensamente como si fuera el último, estos son precisamente aquellos que sienten todo el tiempo su vida amenazada (p. 82).

La guerra es una especie de agujero negro que engulle vidas como si fueran átomos (p. 85). 

ya no tenía tiempo ni ganas de escribir ficción. La realidad era mucho más fuerte y rotunda que cualquier cosa que pudiera imaginar (p. 91). 

Cuando un escritor no ha leído a otro, la conversación entre ellos se hace ardua y es común que entre los dos se instale una especie de timidez teñida de culpa. Vamos a ciegas, los escritores, si no nos hemos leído. Al fin y al cabo, los escritores no somos casi nada, o mejor dicho, somos casi tan solo lo que hemos escrito (p. 99).

Su lema podría ser el de todos los periodistas de pura cepa: si-no-se-va-no-se-ve, los siete monosílabos que representan a los reporteros de verdad (p. 115). 

Me quedo aterrada cuando me dicen valiente en Colombia. Toda la gente que me rodea hace lo mismo que yo. No es raro. Es normal. Soy reportera, somos reporteros. No nos sentimos valientes. No le doy dimensiones extraordinarias. Pienso que me falta mucho por aprender; todavía lo hago muy mal. Una y otra vez pienso que la embarré. La vez siguiente lo hago mejor. Eso me mueve a seguir haciéndolo (p. 127). 

Después de una experiencia límite, uno no sabe de qué, pero se siente culpable, culpable de estar vivo, de tener que compartir el mundo con los que matan a tus amigos, a tus vecinos, a tu prójimo, y los siguen matando (p. 132). 

Al leer a los escritores nos volvemos sus amigos, a veces casi íntimos, porque nada se parece tanto a nosotros como lo que dejamos por escrito (p. 135). 

y los escritores —algunos por lo menos— aspiramos a que los libros (y hasta los fracasos que no editamos) nos representen cuando estemos muertos, en la ilusión de una forma de supervivencia (p. 158). 

sentir plenamente la felicidad de estar vivo (que consiste sobre todo en abrazar a las personas que uno más quiere) (p. 171).

Es una gran virtud morirse sin ganas de dejar la vida, amándola todavía a pesar de todo, a pesar del dolor y los achaques, a pesar de la vejez y el deterioro inevitable del cuerpo (p. 173). 

La muerte es eso: que la realidad cesa, que el mundo que amas (tus hijos, tu mujer, tu país, tus paisajes, tus cosas) se terminan de repente y pasan a no ser nada. (p. 179). 

A mi vida le han sobrado vida y muerte. De esa aparente abundancia proviene mi no saber qué hacer con el peso de las experiencias. Me doblegan, me derriban, me elevan, me exaltan, me asfixian (p. 187). 

el peor mal no es la propia muerte; el peor mal es la muerte de los seres queridos (p. 188). 

La religión no será el opio de los pueblos, pero sí de los padres; de los padres huérfanos de hijos (p. 194). 

casi todos los libros, incluido este que quisiera escribir en mi cuaderno negro, son libros de amor (p. 199).

Tres dedos sostienen la pluma, pero todo el cuerpo trabaja (p. 201).



Ahora y en la hora
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Mayo de 2025
222 páginas

domingo, 6 de noviembre de 2022

Salvo mi corazón, todo está bien, de Héctor Abad Faciolince


En Medellín hubo un cura que se llamó Luis Alberto Álvarez Córdoba, que escribía crítica de cine en El Colombiano, fundó la revista Kinetoscopio y murió a los 51 años durante una cirugía al corazón. Este personaje, querido por muchos, es la base que le sirve a Héctor Abad Faciolince (Héctor Joaquín es su nombre completo) para escribir Salvo mi corazón, todo está bien, una novela sobre Luis Córdoba narrada por Lelo, su compañero de sacerdocio durante más de 20 años, quien se pone en la tarea de apuntar memorias y recuerdos sobre Luis o El Gordo, estimulado por Joaquín, un amigo escritor que está enfermo del corazón y quiere escribir algo sobre el cura muerto. 

Este juego de ficción y realidad, de narradores y personajes vivos y muertos es el andamiaje a partir del cual Héctor Abad Faciolince escribe una novela que se lee también como una oportunidad personal para saldar asuntos pendientes: por un lado, ratificar su ateísmo y su desprecio por algunos jerarcas de la iglesia pero, al mismo tiempo, exaltar la figura de un cura bueno y a través de él la de los católicos creyentes e inteligentes, como su devota mamá, quien falleció recientemente. La novela es también la oportunidad de plasmar reflexiones y conocimientos alrededor del corazón, la falla cardiaca, los transplantes y sus riesgos, ya que no solo el protagonista de la obra sufre del corazón: el mismo autor escribe esta novela en vísperas de una cirugía de corazón abierto. Por otro lado, después de la publicación de Lo que fue presente, los descarnados diarios en los que Héctor Abad Faciolince desnuda sus infidelidades y su vida conyugal con la esposa que decide abandonar, esta novela se lee como una reivindicación de esa esposa abandonada, que acá se llama Teresa y que se presenta como una mujer culta, amorosa e injustamente tratada por su exmarido. 

Más allá de las necesidades personales del autor por reivindicar, aclarar o ajustar cuentas, la novela es el regreso del autor al campo de la narrativa de ficción, con Medellín como escenario de la trama y con la muerte como horizonte permanente. Sospecho que para lectores extranjeros la novela puede resultar en algunos apartes pesada, por la cantidad de referencias a la Iglesia Católica local, y porque algunas disertaciones sobre la religión están más cerca de la columna de opinión que de la literatura. En este sentido es un texto irregular, con algunos capítulos mejor logrados que otros. Dudo, eso sí, que a la Iglesia le guste esta novela, aunque se trate de un cura bueno: que el cura se enamore y tome la decisión de dejar el sacerdocio y vivir plenamente su sexualidad es también una declaración de principios porque da a entender que no es posible congeniear la vida religiosa y la bondad espiritual con el celibato. 


Hay un elemento de la novela que resulta notable y al mismo tiempo estremecedor: la irrupción de la muerte. La manera en la que se presenta un personaje enfermo pero vital, lúcido, con buen apetito, buen humor y en plena capacidad mental, que se entrega confiadamente a la anestesia y la ciencia médica. El terror del quirófano aparece en este libro detallado con precisión quirúrjica. No se le llama homicidio, pero es increible la mansedumbre con la que tantas personas acuden a la cita con su verdugo. 

Algunas frases
Hay que tener en cuenta que cualquier relato, cualquier película o cualquier novela, si se alarga lo suficiente, terminaría siempre de la misma manera, con la muerte de sus protagonistas e incluso de su mismo narrador (p. 20).

el final malogrado de una vida consiste en que esta se termine antes de tiempo (p. 20). 

Envejecer es duro, y mucho más para las actrices, casi ninguna envejece bien (p. 25).

el juicio estético es siempre precario e irremediablemente dudoso, inseguro, nunca definitivo y totalitario como la sentencia final de un juez supremo o de un Papa infalible (p. 55).

Luis me preguntaba si no serían los suicidas por completo inocentes al cometer su último acto, dictado por alguna extraña conexión neuronal o por un exceso o una carencia de neurotransmisores (p. 67).

A veces en la religión que profeso les pedimos mucho, quizás más de lo que pueden dar, a estos dos conceptos: el libre albedrío y la voluntad (p. 68). 

El arte, la belleza son una guerra declarada a la brutalidad y al desamor (p. 85).

Lo verdaderamente misterioso no es la enfermedad ni el mal, sino la salud, la bondad y la belleza (p. 85).

Lo único bueno de envejecer es que desaparece ese angustioso y terco e insaciable apetito sexual (p. 87).

Los agustinos recoletos tenían, quizá tengan aún, su seminario cerca de Manizales, en la vereda La Linda (p. 89).

La dictadura del amor uno la acepta con mucho gusto (p. 122).

En este país lo que más falta son padres (p. 127).

El mejor negocio que puede hacer un hombre es casarse con una mujer. Solo nosotras somos capaces de un sacrificio casi místico por amor (p. 130). 

El mismo viejo truco de poner nervioso al inferior, haciéndolo esperar (p. 141).

El problema de ustedes los paisas, don Luis, empieza por una cosa muy simple: por el miedo al cuerpo. Les da pena estar desnudos (p. 155). 

un sueño como aquel que solo experimentamos cuando estábamos muertos todavía, antes de nacer (p. 157).

tenía una belleza más discreta, menos llamativa, que no se le notaba tanto cuando estaba vestida (p. 159). 

No es verdad que el amor entre por los ojos; el amor entra por la boca (p. 161).

La tragedia de los malos cuando nos hacen una maldad es que esa maldad se convierte, tarde o temprano, en nuestra misma redención (p. 169). 

no le gustaba la pornografía porque para él ver gente teniendo sexo sin amor era como ver parejas bailando, pero sin música. El baile sin música y el sexo sin amor le resultaban toscos, ridículos (p. 183). 

lo que tiene es pereza, o miedo a no ser capaz de escribir un buen libro con este tema tan incorrecto para nuestra época: un cura bueno (p. 184).

Al volverlo a ver el amor real era mucho menos interesante que el amor que había idealizado (p. 190). 

Si todos fuéramos perfectos, nadie necesitaría a nadie. Cada carencia implica que alguien suple esa carencia y la mejora y la hace menos honda (p. 213). 

La vida es bella porque es siempre un borrador (p. 214). 

es el sexo el que todo lo baraja y lo complica. El sexo, por ejemplo, es un gran generador de celos (p. 217). 

El paraíso, insistía, tan solo puede ser temporal, intermitente, porque si no se vuelve como un postre perpetuo o un eterno domingo (p. 218). 

Hay sin duda dulzura y suavidad cuando se entra a formar parte de una familia; salir de ella, en cambio, es siempre una experiencia desgarradora, sobre todo cuando hay niños (...) Hace falta entusiasmopara entrar, pero tiene que sobrar valentía  -a veces maquillada de indolencia y cinismo- para irse (p. 223). 

Le gustaba también, y mucho, la forma en que educaba a sus hijos, más concentrada en estimular lo que estaba bien que en censurar lo que no le gustaba (p. 226). 

con los honores no hay nada que hacer. Uno queda mal si los recibe, y queda mucho peor si no los recibe. Y yo prefiero parecer bobo que arrogante (p. 238). 

Tengo miedo de lo que el presente, cuando sea pasado, me hará en el futuro (p. 268).

Anulé en mí la inteligencia, el análisis, y me dediqué a ser ingenioso (p. 274).

La verdadera dicha es una familia, vivir en familia (p. 286).

Últimamente los curas, y hasta el Papa, no hacen otra cosa que pedir perdón con humildad por todos los errores de la Iglesia en la historia, y cuanto más perdón piden, más los atacan y desprecian (p. 313). 

oigo lo que dicen esos cristianos evangélicos y siento una gran añoranza por los curas católicos (p. 314). 

La anestesia produce un sueño muchísimo más profundo que el sueño profundo, del cual, a los que sobreviven, no les queda ni percepción del tiempo transcurrido ni recuerdo alguno. Es la nada total, la nada de la muerte (p. 331). 

La muerte no le ocurre a quien se muere, que ni cuenta se da, sino a quienes quedamos vivos. La muerte es un asunto de los vivos y no de los muertos porque solo los vivos la sentimos y padecemos (p. 339). 

La muerte es todo aquello que se trunca y no podrá ser (p. 340). 

Quisiera tener el consuelo de creer en la resurrección, pero, aquí entre nos, no siempre creo en ella. Hay días en que sí y noches en que no (p. 341).

Paraeso nos juntamos; por eso somos seres sociales, no para sufrir, sino para disminuir el sufrimiento y, si se puede, aumentar la felicidad (p. 347).

Salvo mi corazón, todo está bien.
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Octubre de 2022
360 páginass

lunes, 5 de octubre de 2020

Lo que fue presente, de Héctor Abad Faciolince

"Eugenia: este cuaderno no es tuyo. No lo leas. No contiene secretos; no contiene traiciones reales ni imaginarias. No lo leas. No seas metida, no lo leas. Quita los ojos de aquí. Deja de leerlo en esta misma página". Eso escribe Héctor Abad Faciolince en su diario el 18 de octubre de 2001. Y yo, que ya llevo 510 páginas leídas, desde la primera entrada del 30 de diciembre de 1985, sigo leyendo porque no me llamo Eugenia.

Leer diarios tiene algo culposo. Es un ejercicio voyerista aunque se haga con la anuencia del autor, como en este caso. Escribirlos y publicarlos puede ser un acto de vanidad: pensar que la vida ordinaria en realidad tiene momentos extraordinarios con algún tipo de interés para otros. Pero no es vanidad mostrarse con cicatrices y miserias: un ser humano inseguro, pobre, infiel, mentiroso, paranoico, insensible, machista, impotente, silencioso, aburrido, con incapacidades para escribir, para el sexo y para la alegría.

Es un acierto que estos diarios terminen cuando el editor le dice al autor que publicará El olvido que seremos, porque esa novela lo lanzó a la fama, y supone uno, significó también el fin de las angustias económicas que tanto pesan en tantas páginas de este diario. Como el lector completa la obra del autor, estos diarios publicados se completan entonces con la imagen que el lector tiene del autor desde su vida pública, que es más pública después de la novela sobre el papá asesinado. Ese contraste entre un escritor famoso, exitoso, muy vendido, contrasta fuerte con la de un ser humano que no tiene cómo pagar sus cuentas, que corrige textos de la Andi y que, además, sufre de impotencia sexual con la mujer que desea.

No es un tono lastimero o de víctima. Es un tono sincero: el de la escritura como lugar para narrarse sin máscaras y en descarnada desnudez. En el diario no es "el hijo de" o "el autor de". Es un ser humano con inseguridades que recurre a sus cuadernos cuando las cosas no están bien. La vida que fluye feliz no aparece con tanta intensidad porque cuando está contento el autor se ocupa de vivir, no de escribir. 

Toda lectura es un pretexto, uno en el libro se lee a sí mismo, se refleja", escribe Héctor Abad y yo encuentro en estos diarios varios reflejos que son espejo: el del que quiere escribir pero tiene dudas (y deudas y falta de tiempo); el del amor desmedido por los hijos pero, al mismo tiempo, la culposa sensación de pensar que los hijos quitan tiempo o silencio, y las reflexiones sobre lo doloroso que es el divorcio pero, al mismo tiempo, lo difícil que resulta vivir en pareja después del tiempo del enamoramiento. Y también lo extraña que es la compañía de la familia, y lo sabroso que es caminar y perderse por ciudades nuevas, y la necesidad de soledad para poder pensar, pero, al mismo tiempo, la necesidad de tener alguien para compartir lo que se piensa. 

En fin, son 21 años de diarios y más de 600 páginas. Seguro que ustedes encuentran otro tipo de reflejos en esta lectura desigual, como la vida. 

Algunas frases:

"Para escribir necesito estar solo. "Escribir es hablar sin que a uno lo interrumpan", leí en alguna parte. Y basta una mirada para interrumpir el pensamiento y empezar a pensar en la mirada" (p. 20).

"El pensamiento es un caballo salvaje, loco, cerrero; la escritura es una forma de domarlo" (p. 23).

"Tener un hijo envejece" (p. 31).

"La religión dominical. Buena definición para el catolicismo. De lunes a sábado capitalismo, comunismo, sensualismo, armamentismo, mafia, cualquier otra cosa. La religión del viernes, islam; la religión del sábado, judaísmo. La religión del lunes, capitalismo" (p. 33).

"Dios es la más pura imaginación del hombre: lo más grande y lo más perfecto que no existe o existe solo en la fantasía nuestra, que es una manera privilegiada y muy real de existir" (p. 34).

"Quiero leer y leer y leer. Toda la vida, todo el tiempo, y lo que me dé la gana (¡todo!) solamente lo que me dé la gana. Retirarme, jubilarme, tener una casa sin polvo y ordenada a lo mejor en el campo. Y que las visitas vengan solo de vez en cuando, que no molesten tanto las visitas. Para poder leer y leer y no hacer otra cosa que leer" (p. 43.)

"Gente que no te llama, sino que te autoriza para que la llames: si estás mal, si necesitas algo..." (p. 68).

"Cuando estoy feliz, no escribo" (p. 79).

"Las palabras dichas repelen, excluyen a las palabras escritas. Las gastan. Mi lenguaje tiene fuerza solamente para una vez" (p. 84).

"Pero peor estaba Cervantes en los baños de Argel. Y escribió el Quijote después de los cincuenta, con una mano inútil" (p. 85).

"Leo, releo, logro adaptarme a libros prestados (¿ves?, algo aprendes), yo, que siempre quise comprar los libros que leía para poder rayarlos, guardarlos, releerlos. He descubierto a Simenon, vuelvo a Rulfo (p. 86).

"Pienso en la posición de mis manos dentro del ataúd" (p. 90).

"Creo que no quiero ser doctor. Si me vuelvo doctor, la academia será mi destino. Leo lo que quiero y no lo que debo" (p. 94).

"Yo no escribo para celebrar mis orgasmos, sino para conjurar mis impotencias. No me gusta el exhibicionismo de la danza de la victoria, sino el tímido rito propiciatorio que precede a la batalla. El dolor expiatorio que sigue a la derrota. Los rituales de purificación" (p. 97).

"Mi forma de amar es la añoranza, el deseo. La presencia, el otro, me importan menos, me alejan" (p. 98).

"A los hijos, si los queremos buenos, tenemos que hacerlos felices. La felicidad educa a la bondad" (p. 102).

"Este es el único sentido que le he encontrado al sufrimiento, a las tragedias: te da la dimensión exacta de los contratiempos. No hay que temer ningún contratiempo; solo hay que temer tragedias. Vivir con serenidad, casi con alegría, todo contratiempo, porque son parte de la vida feliz" (p. 114).

"Tener hijos es la condición que más cambia por dentro el carácter de una persona; más que ateos o religiosos, progresistas o reaccionarios, la gente se divide entre aquellos que tienen la experiencia de haber tenido hijos y los que no" (p. 129).

"Lo horrible no es el "yo no tengo quien me quiera". Peor es "yo no tengo a quien querer". La soledad fundamental, la más tremenda" (p. 174).

"¿Los hijos son una interferencia en la vida de un escritor? No, los hijos le hacen entender al escritor cómo es la vida verdadera" (p. 175).

"Si tuviera que definir la actitud de Irene ante lo que hago (que casi siempre es «lo que escribo»), tendría que decir: enfriadora, desestimulante.
Al terminar mi novela dice: «Me quedé empezada, a medias». Y eso es todo lo que dice, después de doscientas cincuenta páginas. Si oyera lo que me dijo Margaret, lo que me dijo Mario Jursich, lo que me dijo Consuelo. Lee un artículo que escribí para una revista: no dice que no le gusta, no lo critica, dice: «No sé esto para una revista...». «¿Y entonces para dónde?» «No sé».
Tener siempre al lado a una persona así, francotiradora de mi oficio, es desastroso, deprimente. Parecemos hechos de sustancias distintas" (Pág 197).

"Talento tiene cualquier imbécil. Lo difícil es encontrar a alguien con la suficiente voluntad como para hacer algo con él" (p. 201).

"pues es cierto que aspiro a esta curiosa obscenidad: durar después de la muerte mediante las huellas de mis letras: que este surco que trazo sobre las hojas sea alguna vez descifrado por ojos curiosos" (p. 223).

"la altiva Manizales, que tantas cosas se cree y no es ninguna de ellas" (p.228).

"No me gustan los poetas. Tienen ese aire, esa altivez de creer que su palabra es la salvación del mundo" (p.243).

"¿Por qué a veces queremos tan poco a las mujeres perfectas? (p. 269).

"Sufro dos idealizaciones de la cultura en la que me levanté: idealizo el arte (la literatura en mi caso) y el amor. Tal vez debería dedicarme a despojar de ese halo ideal a las dos cosas. Pero el entusiasmo se alimenta de un ideal irracional. Si no creo en esas mentiras, en esas dos ilusiones absolutas, la literatura y el amor, pierdo el entusiasmo. Y sin entusiasmo todo es deprimente. Hay que vivir en la ficción del entusiasmo" (p. 344).

"¿No te gustó mi novela? La leíste con sueño" (p. 361).

"pero a veces es inevitable que la franqueza nos suene brusca cuando nos duele un poco" (p. 364).

"un optimismo firme, radical, solo pueden tenerlo quienes hayan conocido a fondo la tristeza y, a pesar de ella, no hayan perdido la confianza". (p. 369).

"los malos libros son indispensables en cualquier biblioteca. Los malos escritores te enseñan a reconocer lo que no debes hacer nunca" (p. 401).

"A mí se me considera superficial porque soy fácil de comprender. Es cierto que muchas ideas profundas son difíciles de comprender. Pero profundidad no es sinónimo de dificultad" (p. 443).

"si uno no se acostumbra a esas molestias (y comete la ingenuidad de separarse) acaba por no aguantarse ni a sí mismo" (p. 468).

"La escritura exige una especie de monogamia absoluta: conmigo y nada más" (p. 488).

"Toda lectura es un pretexto, uno en el libro se lee a sí mismo, se refleja" (p. 494).


Lo que fue presente (Diarios 1985-2006)

Héctor Abad Faciolince

Editorial Alfaguara

2019, Bogotá

610 páginas

viernes, 30 de marzo de 2018

Gabo periodista, antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez. Edición de Héctor Feliciano

En "Viaje a la semilla" la biografía autorizada de Gabriel García Márquez escrita por Dasso Saldívar, el autor señala que Gabo muchas veces confesó que "los años más fructíferos y deslumbrantes de su vida habían sido los tres o cuatro que pasó con sus amigos en aquella ciudad". Se refiere a a sus amigos del Grupo de Barranquilla en sus inicios como periodista. Por ello, Héctor Abad Faciolince señala en su ensayo para "Gabo Periodista" que "es extraño que no se lean con más cuidado sus columnas de entonces, los casi cuatrocientos artículos que escribió frenéticamente y varias veces a la semana durante los mil días que pasó en Barranquilla".

Gabo periodista es un homenaje de 512 páginas a la faceta periodística del Nobel García Márquez. El libro es rico en imágenes, tiene una diagramación generosa, que le permite incluir faccimiles de textos originales, fotografías de archivo y frases a manera de destacados que ocupan páginas completas.

El editor Héctor Feliciano, presenta la obra en su introducción y luego viene un texto histórico escrito por Gerald Martin. A continuación, el libro se despliega en textos originales de Gabo seleccionados por distintos periodistas y luego de cada paquete de artículos viene un ensayo o comentario escrito por el seleccionador: Héctor Abad Faciolince, Juan Villoro, Sergio Ramírez, Joaquín Estefanía, Martín Caparrós, María Jimena Duzán, Alex Grijelo, Jon Lee Anderson, Antonio Muñoz Molina, Alma Guillermo Prieto, Teodoro Petkof, María Elvira Samper, María Teresa Ronderos, José Salgar y Jean-Francois Fogel. Al final el editor Feliciano remata con una entrevista difícil a la parca Mercedes Barcha, y el libro se cierra con un epílogo de Jaime Abello.

Una antología construida por distintos autores puede tener textos desiguales, y así mismo es desigual la calidad y profundidad de los ensayos que los acompañan. Pero el conjunto de la selección permite hacer un recorrido por la cronología periodística de García Márquez, que él mismo la definió en los siguientes términos: "A los diecinueve años —siendo el peor estudiante de derecho— empecé mi carrera como redactor de notas editoriales y fui subiendo poco a poco y con mucho trabajo por las escaleras de las diferentes secciones, hasta el máximo nivel de reportero raso".

La selección incluye textos desde 1948 en El universal de Cartagena, de 1950 a 1952 en El Heraldo de Barranquilla (las famosas "jirafas"), de 1955 a 1958 en El Espectador, en donde empezó a escribir reportajes, de 1958 en Cromos, de 1969 en la revista Momento, de Caracas, de 1959 en Cromos, de 1961 en la revista Novedades de México, de 1974 a 1978 en la revista Alternativa, de Bogotá, en la que se considera su época de mayor militancia política: de 1980 a 1987 en El Espectador y El país, y de 1999 en Revista Cambio. Entre los textos seleccionados está el primer capítulo de Noticia de un Secuestro, un fragmento de Relato de un Náufrago, el caso de Wilma Montesi, un aparte de la crónica De viaje por los países socialistas y sus perfiles sobre Hugo Chavez y Shakira, entre otros. Curiosamente el libro no incluye algunos de los textos periodísticos más famosos de García Márquez como La marquesita de la Sierpe, Caracas sin agua y el reportaje que escribió para El Espectador sobre manifestaciones en el Chocó (aparece un faccimil de la primera página del texto, pero no el texto completo).

Se trata de un libro útil para periodistas y lectores de la obra de García Márquez, pues su lectura lleva necesariamente a una conclusión: buena parte del universo narrativo que le dio fama a García Márquez por su obra de ficción tiene su semilla en su estética periodística: en los temas que elige y el lenguaje que utiliza.


Gabo periodista. Antología de textos periodísticos de Gabriel García Márquez.
Edición de Héctor Feliciano
Fundación Nuevo periodismo Iberoamericano FNPI
Cartagena, 2012
512 páginas

miércoles, 31 de diciembre de 2014

La Oculta, de Héctor Abad Faciolince

La Oculta es una finca en las montañas de Jericó. Tiene café, caballos, vacas, tecas y un lago oscuro en el que sus protagonistas nadan o descansan la mirada. La Oculta es un lugar paradisíaco aunque haya sido escenario de violencia y muerte: muerte natural, muerte política y muerte por razones del azar. 

La finca une a la familia de generación en generación. Desde los antepasados de origen judío que colonizaron la región y se hicieron a esta tierra, hasta las nuevas camadas que se reúnen allí para pasar la Navidad. 

La Oculta, el libro, es el monólogo de Antonio, Eva y Pilar, tres hermanos muy distintos que cuentan sus vidas, la historia de su familia, de la finca y del país, a partir de sus tres posiciones muy particulares: Pilar, la hija mayor, vive en la finca, la ama y no desearía venderla jamás. Eva odia la finca desde que unos paracos intentaron matarla allá y huyó nadando por el lago oscurecido por la noche. Antonio vive en Nueva York con su novio y tiene una foto de la finca como protector de pantalla en su computador. La Oculta es su patria.

En esta nueva novela de Héctor Abad reaparecen algunos temas presentes en El olvido que seremos: la familia, la unión familiar y esa obsesión tan paisa de vivir todos juntos y reunirse a menudo; la música y el violín, que tocaba la hermana muerta en El olvido que seremos y que acá interpreta Antonio el hermano ausente; el lenguaje antioqueño que sirve para nombrar, para hacer visibles, elementos de la cultura que van desde los fríjoles y la mazamorra, hasta el colerín calambroso. 

También acá, al igual que en El olvido que seremos, reaparece esa hipótesis según la cual la suerte juega un papel fundamental en la vida de la gente. El esfuerzo, la educación, la herencia y el talento trazan destinos, pero la suerte los trastoca de manera súbita.

En El olvido que seremos aparecía Alvaro Uribe como pretendiente de una hermana. Ella lo rechazó y él bautizó a una yegua con el nombre de la mujer esquiva "para poder montarla". En La Oculta aparecen los Uribe como mafiosos que negocian caballos, y más adelante, sin nombrarlo, aparece un ex presidentico malvado, ex novio de una hermana... un tipo mandón, mal amante y eyaculador precoz, con antepasados en Salgar, Antioquia, y con malquerencia por la gente a la que no le gusta madrugar. 

El libro se construye a partir de los monólogos de los 3 hermanos, quienes se alternan para contar la historia. El lenguaje es coloquial, sencillo, cercano al habla paisa, y se evidencia un especial cuidado en la frase que abre cada monólogo, por lo general una afirmación o sentencia que resume una posición frente a la vida o un asunto trascendental. 

La obra, si bien se trata de un relato de ficción, está llena de referencias históricas, desde la colonización del suoreste antioqueño hasta la guerrilla y los paramilitares, así como de referencias personales del autor y guiños sobre gustos y amistades. Se mencionan antepasados Abad y Faciolince, la finca La Inés que es propiedad de la familia del autor, y el primer maestro de Jericó es Jorge Orlando Melo "un señor que sabía de todo", como el ex director de la Biblioteca Luis Angel Arango, por citar solo algunos. 

Antonio, el hermano ausente, dedica su vida a estudiar los antecedentes familiares, la historia del apellido Angel, de origen judío, cómo llegó a Antioquia y cómo se extendió. Una colonización que representa una epopeya en la historia de Colombia, poco narrada en la literatura reciente (la colonización antioqueña en la zona cafetera ya fue objeto de este blog, en la reseña sobre 1851, Folletín de cabo roto, de Octavio Escobar Giraldo). Esa genealogía y lo que para la familia representa La Oculta, sintetizan el orgullo paisa: una familia, un origen y una tierra. Por eso resulta magistral que en las últimas páginas se ponga todo este anclaje en entredicho, al insinuar que posiblemente la familia no sea Ángel, de origen judío, sino fruto de una relación clandestina de una abuela con un palestino, un turco. Esta sospecha, suelta al azar, resulta relevante, porque pone a tambalear lo que se presenta como sólido a través de 334 páginas. Muestra que la vida, a veces, se construye sobre verdades que resultan ser las mentiras que nos creemos.


A continuación, como siempre, algunas citas:

Los hijos y los nietos girábamos a su alrededor como planetas de un sol tibio y benigno

La puse en Facebook, que es donde ahora se hacen los anuncios, los duelos y las visitas de pésame

Pilar es la mayor y ser la hija mayor tiene ventajas y desventajas. Hay responsabilidades con las que nadie más es capaz de cargar porque los otros hermanos son muy jóvenes. Pilar no se amilana ante ninguna dificultad; ella pasa por encima de lo que sea, sin rendirse nunca. Nada le da asco, nada le da vergüenza, nada le da miedo. Cuando hay algo casi imposible de resolver, en la casa pensamos: si no lo resuelve Pilar, no lo resuelve nadie.

Los muertos no hablan, los muertos no sienten, a los muertos no les importa que los vean desnudos, pálidos, demacrados, en el peor momento de su vida, por decirlo así. O quizás haya un momento aún peor, bajo tierra, o en el horno crematorio, pero ese ya casi nunca, por fortuna, lo tenemos que ver.

La verdadera vejez le había caído de repente desde el mismo momento en que había visto que mi mamá no respiraba.

Hay oficios raros en esta vida. Y uno de los más raros y difíciles es el oficio de hija mayor.

La hamaca es el mueble perfecto para leer, dice una amiga mía.

Recordar es como un abrazo que se les da a los fantasmas.

"Recuerden que no son más pero tampoco menos que nadie. Traten de vivir entre iguales; trabajen pero no manden, ni tampoco obedezcan".

Para él, la verdad acaba siendo las mentiras que se cree.

esos genes antiguos se le notan a ella todavía. Son como los lunares,como los tics y como las manías, que los heredamos de alguien aunque no sepamos bien de dónde vienen. 

dice que ya no está seguro de nada, y que las religiones van y vienen, como las modas, que hay más religiones muertas que religiones vivas, y más dioses muertos que dioses vivos, y que seguro faltan otras religiones y otros dioses todavía por nacer y morir. 

el cacao, de donde se saca la bebida más sabrosa del mundo, que antes solo tomaban los dioses, pero algún prometeo local se la robó en beneficio de los hombres.

para salir de Antioquia, que es un lugar con un encanto tosco, pero real, y al mismo tiempo un sitio asfixiante, clerical, intolerante, racista, homófobo, conservador, o por lo menos lo era hasta la médula cuando yo me vine. Ahora lo sigue siendo, aunque quizá un poco menos; incluso hasta Antioquia ha llegado la noticia de que el mundo cambia.

el ideal de hombre que tienen en mi tierra, un tipo de bigotes y sombrero, con espuela y zurriago, de pocas palabras y de lengua tajante, cortante, definitiva, y que al hablar no emite propuestas ni pensamientos sino sentencias. Ese modo de ser es el que yo más odio.

¿Por qué el bueno y el fuerte casi nunca coinciden en la misma persona? Tal vez porque el bueno nunca puede obligar, sólo convencer.

Las dulces delicias del alcohol, su euforia suave, cuando no es demasiado y simplemente sirve para que todos conversemos más sueltos y mejor, porque todo el mundo habla de los daños del trago, de sus estragos, que no son mentira, pero hay que mencionar también sus beneficios.

Creo que en esta vida es casi imposible sobrevivir sin mentiras,  al menos sin un poco de disimulo. 

Las desigualdades surgen por el esfuerzo o la astucia de algunos, incluso por la maldad; por los vicios o por la pereza o la simple mala suerte de otros. o por herencia, que es el caso mío, pero quién tenga hijos no quiere dejarles a ellos lo que recibió o lo que consiguió. A veces por la malicia, a veces por el mérito, a veces por la suerte. 

si le preguntaban se decía católico, y hasta oía la misa todos los domingos, se persignaba, le rezaba a Dios, a un dios que no sabía si existía o no, para no tener problemas con nadie, y para no ponerse a responder demasiadas preguntas, ni propias ni ajenas. 

No hay nada raro en que la gente se enamore. Lo raro es que haya algunas personas que no se desenamoran nunca. 

un día nos alejamos de la orgía perpetua, resolvimos que seríamos fieles y que nos dedicaríamos más al trabajo y a cuidarnos mutuamente, a tratar de ser felices en la moderación y no en el desenfreno.

Uno se acostumbra a un cuerpo como se acostumbra a una finca y a un paisaje: hay algo cómodo en ver siempre lo mismo cada día: hay un encanto en la rutina, así como se disfruta más una pieza para violín que has ensayado y oído muchas veces.

Los críticos deliran con lo que no se entiende, piensan que no han leído jamás una cosa más aguda y profunda sobre el arte.

La idea de esperar a la vejez para hacer al fin lo que uno quiere hacer, nunca me ha gustado.

La vida está colgada de un hilito, y en el aire hay tijeras que vuelan con el viento.

Nostalgias bobas de un pasado más difícil, que la gente, porque no sabe lo duro que era, idealiza.

Hay gente que no se casa y entonces siguen siendo como viudos el uno del otro el resto de su vida.

Mi papá decía que nuestro gran cerebro lo pagamos caro: con mucho dolor, muchos desgarros y mucha mortalidad al nacer, por las dimensiones exageradas de la cabeza. Y eso que nacemos antes de tiempo, sin acabar de gestarnos y eso hace tan larga la crianza y tan indefensas a las criaturas recién nacidas.

Lo único que se es que el año de mi muerte empieza por 10 y seguirán otras dos cifras, seguramente inferiores a 50.

En estas palabras que también son aire, que también son humo, tan solo las sombras del pensamiento, pero duran al menos un poco más que la carne y el aire del aliento.

Se nace creyendo que la gente es buena, hasta que la vida nos va desmintendo y nos demuestra que sí, que hay gente buena, pero a su lado hay montones de gente muy mala, con malas intenciones, calculadora, solapada y malagradecida. Gente con el corazón diminuto, no como un mango sino como una guayabita verde, agria.

 A veces las desgracias son así, no se espacian a través de los años, sino que se vienen todas juntas a la vez, como pasa también con las alegrías, una tras otra. La vida está hecha de rachas de alegrías y rachas de tristezas y largos años de calma, sin sobresaltos, que son los mejores. 

De un hombre mujeriego se dice que tiene éxito con las mujeres; yo podría decir más bien, que no ha tenido éxito con ninguna, porque lo bueno -supongo- es enamorarse y seguir enamorados. Toda la vida he sentido pesar de los donjuanes. 


Él, abogado, es de los que dicen pernoctar, y no pasar la noche, occiso en vez de muerto, condiscípulo en vez de compañero, corcel en lugar de caballo, institución educativa en vez de escuela, galeno en vez de médico y otras idioteces así. 

El campo embrutece, porque no hay cine, ni periódicos, ni bibliotecas, ni salas de conciertos, teatros, exposiciones, conferencias, universidades, o gente de todo tipo que va y viene y discute en los cafés. No hay conversación inteligente, informada, que es la mejor manera de dejar de ser brutos. 

Y esta especie de hijo, mis papeles y apuntes, los quiero como a un descendiente que hablará por mí cuando yo me haya muerto.

La gloria y la tragedia del amor son tan sencillas. Yo no me explico por qué les dan tantas vueltas los poetas, los psicólogos y los tratadistas, siendo un asunto tan simple, ue para mí es así: dos se aman, y sin dejar de amarse (sin dejar de amarse, lo subrayo), poco a poco, casi sin darse cuenta, se desaman hasta llegar a odiarse.

en este mundo extraño en el que basta una imprudencia o una casualidad para que toda una vida sea ya infeliz.

A veces parece que lo más importante sucede sin motivo y de repente, como caído del cielo, como una avalancha que se desprende de una montaña y te arrastra. Muchas cosas son así, bruscas y repentinas.

La Oculta
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
2014
334 páginas

viernes, 28 de diciembre de 2012

El Olvido Que Seremos, de Héctor Abad Faciolince

Carulla empezó a vender una serie de grandes éxitos literarios. El Olvido Que Seremos, de Héctor Abad Faciolince, es uno de esos grandes éxitos literarios que yo había aplazado y que terminé en dos sesiones de lectura.
Hace muchos años, desde que leí Drácula de Bram Stoker en español y Satanás de Mario Mendoza, no terminaba un libro tan rápidamente. Y se debió primero a la narrativa simple y acogedora de Héctor Abad así como a la disponibilidad de tiempo que tuve para terminar el libro.
Supongo que varios de los lectores de este blog ya habrán leído El Olvido Que Seremos, pero no puedo dejar de reseñarlo. Este es un ejercicio conmovedor de la memoria de un hombre cuyo padre fue asesinado. El retrato de la familia Abad es algo que puede parecer cercano a cualquier colombiano de clase media y es por eso que el crimen es tan conmovedor, porque puede sucederle a cualquiera de nosotros, a cualquiera que se atreva a pensar distinto o a denunciar que las cosas andan mal en una sociedad enferma como la colombiana en la que pareciera que lo criminal - lo punible, lo condenable - es ser justo y ser feliz.

Dejo, como es costumbre en este blog, unos fragmentos:

"Repetía mucho la siguiente frase, quizá citando a alguien que no recuerdo: "Aquellos a quienes los güelfos acusan de gibelinos, y los gibelinos acusan de güelfos, esos tienen la razón"."

"Sin decirme una sola palabra, sin obligarme a leer y sin echarme el sermón de lo sana para el espíritu que podía ser la música clásica, yo entendí, solo mirándolo, viendo en él los efectos benéficos de la música y de la lectura, que en la vida todos podíamos recibir un regalo, no muy caro y más o menos al alcance de la mano: los libros y los discos. Ese señor oscuro y malhumorado que había llegado de la calle con la cabeza cargada de las malas influencias y las tragedias y las injusticias de la realidad, había recuperado su mejor semblante, y la alegría, de la mano de los buenos poetas, de los grandes pensadores y de los grandes músicos."

"Hay un momento en que la vida de los seres humanos se vuelve más valiosa, y ese momento, creo yo, coincide con esa plenitud que trae el final de la adolescencia. Los padres han estado muchos años cuidando y modelando la persona que los va a representar y a reemplazar; al fin esta persona empieza a volar sola, y como en este caso, vuela bien, mucho mejor que ellos y todos los demás. La muerte de un recién nacido o de un viejo duelen menos. Hay como una curva creciente en el valor de la vida humana, y la cima, creo yo, está entre los quince y los treinta años; después la curva empieza, lenta, otra vez, a descender, hasta que a los cien años coincide con el feto y nos importa un pito."

"Al mediodía de ese martes, cuanta mi mamá, volviendo juntos de la oficina, mi papá quiso oír las noticias sobre el crimen de Luis Felipe Vélez, pero en todas las emisoras de radio no hablaban más que de fútbol. Para mi papá, el exceso de noticias deportivas era el nuevo opio del pueblo, lo que lo mantenía adormecido, sin nociones de lo que de verdad ocurría en la realidad, y así lo había escrito varias veces. Estando con mi mamá le dio un puñetazo al volante y comentó con rabia: "La ciudad se desbarata pero aquí no se habla sino de fútbol"."

"Mi papá no ve morir a su querido discípulo; en realidad, ya no ve nada; sangra, y en muy pocos instantes su corazón se detiene y su mente se apaga.
Está muerto y yo no lo sé. Está muerto y mi mamá no lo sabe, ni mis hermanas lo saben, ni él mismo lo sabe."



miércoles, 15 de febrero de 2012

Oriente empieza en El Cairo, de Héctor Abad Faciolince

Este es un libro de viajes, pero no sólo del viaje de Héctor Abad a El Cairo, sino también de las lecturas que Héctor Abad hizo sobre los viajes a Egipto de otros: Mark Twain, Flaubert, Kipling... 

Tal vez eso se siente más de la cuenta: no sé si sobran citas o referencias bibliográficas, pero sí creo que falta un poco más de anécdota local de El Cairo de hoy. No es que el libro no tenga historias sobre el Egipto actual, claro que sí, y de hecho el autor recorre cafés, calles, mercados, mezquitas, va a las pirámides, al Nilo... pero así como él dice que El Cairo está escondido tras una capa de polvo, así mismo la historia del viaje se esconde entre citas de otros y entre detalles personales de Héctor con las 2 mujeres que viaja. El libro puede tener muchos párrafos que demuestren lo contrario, anécdotas en hoteles y taxis, pero mi sensación general al terminar es que me quedé con ganas de oír más voces de los egipcios. Seguro es difícil conseguirlo (o seguramente ése sería otro libro) pero es el sabor que me quedó.

Aunque también puede ser otra cosa y es que como me han gustado tanto otros libros de Héctor Abad, esperaba mucho más de este libro y me quedé con ganas. La culpa en ese caso no es de un libro publicado hace 10 años sino de mi propia expectativa. 

Una anécdota: en varios pasajes el autor destaca la inmensa pobreza de El Cairo pero así mismo la tranquilidad y seguridad de la ciudad y en alguna parte señala que es difícil imaginar una revuelta o una manifestación social violenta como la que finalmente ocurrió el año pasado. Las revoluciones políticas ocurren cuando y donde menos se espera años atrás.

Me encantaría que algunos que ya han ido a El Cairo, como Laverde, leyeran el libro y me contaran qué piensan... no es lo mismo leer y juzgar un libro de viajes de un sitio que uno conoce, que de un sitio que apenas imagina por los libros de otros...

Oriente empieza en El Cairo es sobre cultura oriental y occidental, reflexión sobre las religiones, las mujeres, etc. y eso se nota en las frases que van a continuación:



“Sentimos una extraña nostalgia por lo nunca visto; nostalgia de todos los lugares menos el propio”.

“El viaje empieza mucho antes de partir, en el ensueño del viaje; lo que leemos y lo que imaginamos”.

“Me da igual. Todas las religiones son absurdas, y todos los dioses están tan muertos como los dioses del Egipto antiguo”.

“para ellos sigue siendo válido el retorcido silogismo del cabecilla musulmán que hizo incendiar la Biblioteca de Alejandría: Toda la sabiduría, toda la belleza y toda la bondad están contenidas en el Libro. Si otro libro es bello o sabio, su belleza y su sabiduría también están en el Corán. Si ya están en el Corán, no es necesario conservar esos libros. Si no están en el Corán, quiere decir que son malos y dañinos; en vez de leerlos, hay que destruirlos”.

“agradezco que el baile ya no sea tan serio y tan sangriento, como agradecería que a los toros de las corridas ya no los torturaran ni mataran. Lo agradezco, pero entiendo que lo que queda de las danzas antiguas es una mera pantomima, y que el toreo sin sangre sería, sí, más civilizado, pero perdería la mitad de su bárbaro encanto. Ya los bailes rituales no son más que remedos edulcorados de lo que fueron”.

“Todo lo que los puritanos critican de Occidente, la altanería de sus mujeres en minifalda, la arrogancia de sus pechos forrados y su pelo suelto, el desafío de su maquillaje, la coquetería de su moda traslúcida, todo eso que está quizá en la frontera de la vulgaridad, es también, a ratos, la felicidad”.

“Hay una sabiduría del ayuno que los occidentales no conocemos; no es el martirio lento de la dieta; es una abstinencia que resalta uno de los placeres más grandes de la existencia: la de suprimir una molestia, saciar un deseo, calmar un apetito. En Occidente, cada vez más, los deseos se cumplen demasiado pronto; somos una cultura sometida a una especie de ejaculatio praecox”

“Nuestro supuesto temor reverencial por los muertos, nuestro respeto a los antepasados, es una pía idea humana que casi nadie cumple. La regla es el saqueo, la destrucción, el robo, la apropiación de lo ajeno, la desacralización de lo que era para otros sagrado. Las nuevas religiones, fingiéndose más sabias, más sensatas y más santas, desalojan a las viejas a fuerza de codazos, de espaldas o de alfanjes”.

“Si hubiera dioses que miraran a los hombres, ellos nos adorarían, por este pertinaz e inútil esfuerzo nuestro por oponernos a la muerte, y por robarnos o ganarnos cualquier trozo de vida. Aunque a veces agobie su indiferente transparencia, el cielo es maravilloso, cuando miramos hacia arriba; pero mucho más variada e interesante es la tierra cuando la observamos desde el cielo, y cuando vemos abajo reflejado el paciente trabajo de los seres humanos”.

“La caridad cristiana ha tumbado más templos y borrado más mitos y ritos que todas las demás religiones juntas (supuestamente más bárbaras). Escombros en México, escombros en Guatemala, escombros en Colombia y Perú, escombros en Norteamérica, escombros en Egipto, eso han dejando las hordas cristianas (asesinas de dioses a nombre de otro Dios supuestamente menos furibundo) al entrar en contacto con otras religiones”.

“Los seres humanos no somos otra cosa que mamíferos con un cerebro más complejo. Esta complejidad nos da una ventaja de astucia contra los animales, que nos ha permitido esclavizarlos. Pero debería darnos también una ventaja moral: la compasión”.

“Los dioses, las religiones, nacen en Oriente, y en Occidente se mueren”.

Héctor Abad Faciolince
Oriente Empieza en El Cairo
Editorial Alfaguara
Bogotá
2002
211 páginas

sábado, 17 de diciembre de 2011

Testamento Involuntario, de Héctor Abad Faciolince

En la portada de este libro, aparece como autor "Héctor Abad", sin el Faciolince. El jueves pasado en una presentación de la obra en la Librería Prólogo, Carlos Gaviria le preguntó por qué se había quitado el apellido de la mamá y dijo que porque para publicar poesía él habría querido cambiarse el nombre por completo y aparecer con un seudónimo. Que le da mucho pudor, temor, y que por eso el libro se llama "Testamento": porque habría sido mejor si fuera un libro póstumo. (También explicó que en otros países se enredan con los 2 apellidos y ubican sus obras en la F de Faciolince).

Sin embargo, en estos pomas uno encuentra al mismo escritor de siempre, el del Olvido que seremos, el Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes... el mismo paisaje, la finca, las montañas, la misma familia, los temas recurrentes. Esto es poesía, no es novela ni cuento, pero la sensación al leerlo es similar a la que a mí me producen sus obras narrativas: "Yo habría podido escribir esto"... que no es la sensación que me queda luego de leer por ejemplo a William Ospina. Claramente yo no podría escribir media cuartilla como las de Ospina, y seguramente no podría tampoco escribir como Héctor Abad, pero la sensación que deja es que sí, que el lenguaje es sencillo, no hay grandes epopeyas, cuenta cosas que le pasan a personas como uno, que se mueve en el mismo entorno de uno y tiene los problemas que tiene uno... todo parece tan simple que hasta uno o cualquier otro podría ser escritor.

En su charla en Prólogo el autor dijo: "no creo en los pintores que no saben dibujar, así después pinten lo que quieran, como tampoco creo en los poetas que no saben escribir poesía formal". En este poemario aunque los versos hablen de sus hermanas, sus esposas y hasta Twitter, la construcción sí aspira  a la musicalidad inherente a la poesía.

Leyendo estos poemas recordé los de Darío Jaramillo Agudelo, tan bonitos y tan sencillos, aunque también tan criticados por cursis y melosos. Pero las referencias de Héctor Abad son otras: En el prólogo él señala como los "grandes poetas" a Juan de la Cruz, Pessoa, Kavafis, Machado, Szymborska y De Greiff. Además incluye un poema titulado "Ossip Maldestam", sobre el poeta ruso.

Hay poemas a sus ex mujeres, sus hermanas, su hijo, su hija, su papá, su amigo Alberto Aguirre, el escritor-cineasta, su tierra, otras ciudades. Parec una compilación de poemas escritos para su círculo cercano. Están organizados en 8 capítulos, de acuerdo con los temas: amor, familia, viajes, tierra, política... Hay algunos tristes, desesperanzados, y otros hasta "humorísticos" como el que se titula "Virginidad".

Creo que es un libro irregular. Hay poemas que quizás debieron quedarse en el estrecho espacio de la relación personal en medio de la cual surgieron.

Un comentario final merece la edición. Puntas redondeadas, un "caucho" para cerrar el libro, ilustraciones al comienzo de cada capítulo. Mucho cuidado en cada detalle para hacer lucir este libro como una libreta de apuntes. Como objeto, es un libro bonito.


Escribir "frases" de un libro de poesía implicaría transcribir poemas completos. Les dejo los versos finales de "Un mayordomo sículo", la primera parte del poema las "Dos Elegías Inglesas":

No todos ellos saben 
que su destino
es idéntico al mío
y al de todos los muertos y nacidos:
vagar con paso incierto
por la oscura región del olvido.


Héctor Abad
Testamento Involuntario
Editorial Alfaguara
Bogotá
2011
124 páginas

sábado, 24 de enero de 2009

Angosta, de Héctor Abad Faciolince

Acabo de terminar de leer Angosta, de Héctor Abad Faciolince, y creo que es uno de los libros que más me gusta de él, superado quizás solamente por El Olvido que seremos, aunque no del todo. Angosta es la obra más política de Héctor Abad... abiertamente política con críticas a todos los extremismos, los de aquí y los de por allá de Gaza o Guantánamo. Todas las violencias las junta en un solo espacio ficticio, una ciudad llamada Angosta, que es Medellín pero con un salto de suicidas como el Salto del Tequendama y un muro como el de Gaza, o el de la frontera entre USA y México.
Además es una obra muy personal, llena de guiños a escritores y a "amigos" de Héctor Abad... En fin, un libro bonito, con unos personajes que uno logra querer...

Acá van las frases:
"Quizá la única ceremonia de la religión de sus padres que para él guardaba todavía algún encanto: "acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir". Polvo. No alma, no espíritu o carne que resucita, sino la pura verdad a secas: polvo, ripio de estrellas, que es la sustancia de la que todos estamos hechos, sin ninguna esperanza de que el polvo vuelva a ordenarse hasta formar al único ser humano en que consiste cada uno".

"El golpe definitivo contra las piedras de la muerte coincidía con la entrada en el Averno, destino ineluctable de todos los suicidas, según nuestra amorosa religión verdadera. cuenta una leyenda angosteña que todos los suicidas, al caer, se convierten en arbustos o guijarros y luego en árboles, en pájaros o en piedras. Esta intuición poética obedece probablemente al hecho incontrovertible de que allí es imposible rescatar los cadáveres".

"Aquí todos somos café con leche; algunos con más café y otros con más leche, pero los ingredientes son siempre los mismos: Europa, América y África".

"pero en Angosta todo lo precario se vuelve definitivo, los decretos de excepción se vuelven leyes, y cuando uno menos lo piensa ya son artículos constitucionales".

"Un hijo que acabó aceptando el silencio como un derecho irrevocable de su padre, y adoptándolo él también a fuerza de voluntad e introspección. La lectura se convirtió cada vez más, para ambos, en una manera de oponer resistencia a la realidad".

"Desde que abrió el negocio se dio cuenta de que los libros perdían fascinación para él, se despojaban de su halo sagrado: habían dejado de ser unos objetos puros, maravillosos (la música callada, la voz de los muertos que se escucha con los ojos) y habían terminado por convertirse en algo con precio, es decir, sin valor: en una mercancía".

"No me gusta intercambiar ideas con nadie, porque salgo perdiendo. Con usted, en cambio, quedamos casi a la par, y a veces gano".

"En el transplante de cabeza es preferible donar el cerebro que recibirlo".

"El Estropeadito (así le dicen porque le falta una presa de todas las que tenemos repetidas: un ojo, una oreja, un brazo, varios dientes, una pierna, y gentes hay que dicen que hasta uno de los dos testigos de su masculinidad".

"Hasta el que menos se piensa, de un día para otro, puede volverse digno de publicación".

"Porque en los humanos la atracción inmediata se disfraza de detalles corteses".

"Hombre promedio, que vota por el Partido Conservador, pero que ha reemplazado la pasión política por el fanatismo deportivo. Toda su cultura proviene de la televisión".

"Los hombres piensan que serían felices si no estuvieran casados; las mujeres piensan que serían felices si tuvieran otro marido. Ese es el secreto del matrimonio: nos da la coartada perfecta para atribuirle una causa a nuestra infelicidad".

"Yo no soy bueno para vivir con. Es raro que en español no se puedan poner preposiciones al final de la frase, con lo cómodas que son".

"No era amor; eran ganas, pero a veces esas cosas se confunden, sobre todo a los ojos de los otros, que suponen que todos los abrazos son iguales".

"una oración enmarcada, Señor, haz de mí un instrumento de tu paz, hipócritas".

"la patria no es otra cosa que una lengua y una colección de recuerdos de infancia y juventud".

"Los padres de Candela habían llegado a la ciudad de abajo a finales de siglo, desplazados de un pueblo de la costa, Macondo, que había sido diezmado, primero por las matanzas oficiales y luego por las burradas de la guerrilla, las amenazas de los narcos y las masacres de los paramilitares. Lo habían perdido todo: la casa, la inocencia, el entusiasmo, la fantasía, la confianza en la magia y hasta la memoria. De su aldea de casas de barro y cañabrava, de los espejismos del hielo, la astrología y la alquimia, sólo recordaban la lluvia interminable o la sequía infinita en la parcela ardiente donde intentaban en vano cultivar raíces de yuca y de ñame para los sancochos sin carne. Habían llegado a Angosta con lo puesto, salvo un pescadito de oro que su madre había heredado de un bisabuelo, y lo cuidaba como la niña de sus ojos, después de un viaje a pie de veintiseis días por ciénagas, selvas, páramos y cañadas".

"La mayoría de la gente calentana, sin embargo, es pacífica y mansa, también solidaria, por lo desesperada, pero la gente mansa, por mucha que sea, casi ni se nota".

"No es extraño que los hijos de grandes lectores resulten iletrados, o con gustos opuestos a los de los padres, por lo que se deshacen de los libros del progenitor como de un fardo in{util, un lastre, la rémora que les impide respirar".

"Las bibliotecas de los críticos suelen ser estpuendas, primero por la inmensa cantidad de libros (no los compran, se los mandan de regalo las editoriales, con dedicatorias lambonas de los autores, que intentan pagar con halagos y por anticipado una reseña favorable) y segundo porque la mayoría de ellos permanecen intonsos, como nuevos, no teniendo el crítico ni tiempo ni ganas de leer los libros que reseña. En Angosta se sabía que el lema de Afamador era el siguiente: "reseño los libros antes de leerlos; así, cuando los leo, ya sé qué pensar de ellos".

"-Aquí viene otro de los que viven en F, Faciolince, el creído.
-?qué hay de él?
-Ese librito corto, la culinaria.
-No es malo -dijo Quiroz.
-Malo no, ridículo -dijo Jursich-. Parece que Isabel Allende o Marcela Serrano hubieran reencarnado en él. Es un libro de hombre escrito con alma de mujer. Una maricada.
-A mí me pareció todo lo contrario. Parece el canto de un jilguero, que usa sus trinos para conquistar muchachas.
-?Por qué lo odias tanto, Jacobo?
-Tal vez porque se parece mucho a mi.
-Aquí están también los Fragmentos y el Hidalgo.
-El Hidalgo es lo único bueno de él. Después se engolosinó con su propia felicidad; es un talento desperdiciado, y no pasa de ahí -dijo Jacobo.
-No sabe escribir diálogos. Yo creo que si les encargara los diálogos a otros escritores, acabaría escribiendo un buen libro. Vive en Paradiso, encerrado en su torre de marfil. Cuando va a la librería, siempre dice que tiene afán. Para mí que la mujer lo domina y no lo deja salir.
-Cambiemos de tema, no sé por qué se ensañan contra un autor menor. Sigamos, Jursich".

"Es el mayor producto de exportación de estos países: no café, petróleo o cocaína; lo que más se produce por estos lados es gente, gente pobre".

"Ponerse el collar de piedras de Cartier que ahora usaba su ex esposa era lo mismo que colgarse del cuello una cuerdecita de fique con mil billetes de cien dólares engarzados: transmitían de modo más escondido o más explícito un mensaje idéntico: yo tengo mucha plata, y me sobra tanta como para colgarme del cuello un capital".

"Una crónica sin remembranzas no tiene sabor".

Héctor Abad Faciolince
Angosta
2004
Editorial Seix Barral
400 páginas