jueves, 20 de octubre de 2022

Nueve noches con Violeta del Río, de Leonardo Padura



En las pocas páginas de este libro Leonardo Padura logra mostrar el desgarro vital que implica en las vidas privadas la Revolución Cubana: el narrador, un joven de pueblo que acaba de llegar a La Habana para estudiar, escucha en un bar a Violeta del Río, una cantante de boleros con la que se obsesiona. La mujer parece inaccesible, pero contra todo pronóstico él logra abordarla y vivir nueve noches con ella. El desenlace es el de tantos romances y familias en el marco de la Revolución.

La anécdota del cuento parece sencilla, pero la maestría de Padura es magistral: logra trasladar al lector a La Habana, el calor, el ambiente político y la imposibilidad del reencuentro. El desenlace resulta particularmente poético: el recuerdo emocionado contrasta con la realidad y el  inevitable paso del tiempo,que se siente como un enorme peso. 

El cuento tiene un elemento muy valioso: incorpora pasajes de los boleros que canta Victoria del Río: "Me recordarás, de Frank Domínguez; "Vete de mí", de Virgilio y Homero Expósito, y "La vida es un sueño", de Arsenio Rodríguez.

Nueve noches con Violeta del Río
Leonardo Padura (ilustraciones de Edu Molina)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2022
31 páginas


Subasta, de María Fernanda Ampuero


La subasta que nos presenta María Fernanda Ampuero es una subasta contemporánea, de personas que son secuestradas en la ciudad para ser vendidas al ladrón que presente una mejor oferta, para que haga negocio con ella: le desocupe su vivienda, sus cuentas bancarias, sus tarjetas de crédito, o haga uso de su cuerpo si así lo desea. Una subasta urbana que evoca las subastas de esclavos de la época colonial.

La narradora tiene un pasado difícil, en un ambiente de galleras y violencias, y esa experiencia previa le permite aprovechar su propio cuerpo, con sus fluidos y olores, para contrarrestar la amenaza que sobre ella se cierne. La chica a la que su papá descalificaba como "mujercita" es una mujer que conoce bien los puntos débiles del supuesto sexo fuerte.

Este cuento corto de María Fernanda Ampuero es perturbador. La historia que narra no se ubica en una ciudad específica y por ello se adapta a cualquier ciudad latinoamericana. El horror que describe en realidad puede ocurrir en cualquier parte y por eso la fuerza de la descripción en un espacio asfixiante resuena mucho rato después de haber terminado la lectura. 

Subasta
María Fernanda Ampuero (ilustraciones de Jessica Ocampo)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2019
21 páginas


viernes, 14 de octubre de 2022

Yo soy Fontanarrosa, de Juan Villoro

Vientos del pueblo es una colección popular del Fondo de Culura Económica, que reproduce textos breves en un formato de cartilla o fanzine, con papel periódico y edición económica, aunque ilustrada, de escritores reconocidos. Este volumen de Yo soy Fontanarrosa, escrito por Juan Villoro, me costó $3.000, es decir aproximadamente 6 centavos de dólar.

Yo soy Fontanarrosa es un cuento en el que Villoro narra un improbable partido de fútbol de un equipo conformado por policías, en el que cada uno lleva en la camiseta el nombre de algún autor reconocido, dentro de un programa de fomento de la lectura. Así, en la cancha están Kafka, Chéjov, Cortázar, Tolstoi, Kawabata, Hemingway y otros, y el narrador, detenido por orinar una estatua, entra a cubrir el hueco que falta con la camiseta de Fontanarrosa.

Se trata de un cuento corto, divertido, con mucho humor a partir de los referentes literarios y también de la vida urbana en Ciudad de México de la clase media trabajadora. Las ilustraciones de Ricardo Peláez le añaden comicidad a la experiencia lectora: sus trazos e intención guardan relación con la caricatura.

Yo soy Fontanarrosa
Juan Villoro (ilustración de Ricardo Peláez)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2019
29 páginas

lunes, 10 de octubre de 2022

Cartas abiertas, de Juan Esteban Constaín


Marcelino Quijano y Quadra es un payanés que desde niño tuvo gustos de viejo: su pijama infantil fue una bata de seda que mandó confeccionar por muestra de una que vio en una revista; coleccionaba recortes de periódicos viejos, era muy lector, jugaba ajedrez y cartas, en vez de deportes de contacto, y en general prefería la vida que leía en vez de la vida de las calles.

Juan Esteban Constaín explica que el nombre de este protagonista nació de otro Marcelino: un cartero de una provincia argentina al que le allanaron la casa buscando drogas y la policía encontró miles de cartgas abiertas para leerle a su suegra ciega, aficionada a las novelas. Un amigo le envió a Juan Esteban el recorte de prensa con esta noticia insólita, y aunque él escribió una columna en El Tiempo sobre el tema, sintió que en esa historia había quizás una novela, que años después se convirtió en Cartas abiertas, una obra en la que Marcelino es "un ladrón de cartas que, así descubría los destinos ajenos, para desviarlos con su mano providencial y hacerlos mejores y más felices, a veces, solo cuando se podía, en eso consiste el destino".

La novela está dividida en 12 capítulos. Los primeros son una especie de sucesión de aventuras, en la que los capítulos podrían titularse "Marcelino y el cura perverso", "Marcelino y los nazis" o "Marcelino en la posada solitaria", y así, uno por cada carta abierta, que lo embarca en un proyecto distinto. La segunda parte se concentra en una empresa de más largo aliento: el armisticio entre el Reino de Bélgica y el Estado Soberano de Boyacá, luego de una guerra declarada en el siglo XIX y que duró más de 120 años.

La novela ofrece un juego entre ficción y realidad, entre lo que es invención y los hechos históricos. "La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo" y para ello el texto refuerza su verosimilitud con recursos como recortes de prensa y fotos, que buscan darle fuerza histórica y documental al disparatado relato. 

Constaín utiliza un narrador muy invisible, que solo aparece un poco al final, y quien cuenta sin proponerse ser chistoso, hechos divertidos y risibles porque rayan con el ridículo. Ese tono contrasta con la atmósfera anacrónica, solemne, erudita y ceremoniosa, en la que el autor rinde homenaje a personajes como Alvaro Mutis, Nicolás Gómez Dávila, José Fernando Calle, Santiago Mutis Durán, Juan Gustavo Cobo Borda y otros señores viejos o fallecidos, por los que el autor siente particular fascinación y cariño. La presencia femenina, en contraste, es espectral: la única mujer con algo de protagonismo en el relato es Karina Garabundo, una argentina rica que se convierte en mentora de Marcelino Quijano y Quadra y muere poco tiempo después. Una mujer ciega. 


Algunas frases
Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. (p. 19).

Me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y para eso no se necesita salir de la casa... Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa; para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. (p. 22). 

La nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría (p. 22).

La verdad, nacie es culpable de ser lo que es. (p. 35).

Todos cargamos en nuestra espalda, me dijo, con recuerdos que nos habría gustado no tener, no haberlos engendrado nunca. (p. 35).

En silencio, esas son las conversaciones más importantes de un matrimonio feliz. (p. 37).

El olor del tiempo: nada huele más que el tiempo (p. 65).

La fe es un acto de fe en la fe (p. 85).

Eso pasa un día cuando crecen nuestros hijos, que se vuelven nuestros contemporáneos (p. 86).

(Sobre Francia:) Esa antipatía que en ese país es un talento (p. 103).

Es la mejor forma de conocer el alma de la gente: ver los libros que cada cual tiene y ver también cómo trata cada quien a los humildes, ahí está dicho todo (p. 106).

De una u otra forma todos en algún momento de nuestra vida pertenecemos a una minoría, eso somos (p. 113).

Uno puede sobrevivirlo todo, pero nadie sobrevive al ridículo (p. 115).

A veces pasa así: que basta una mirada, basta una palabra, basta un gesto y ya sabemos cómo es y será esa persona a la que tenemos delante, sin conocerla siquiera, pero un instante nos revela su alma, nos une con ella para toda la vida (p. 122).

Había ganado, aunque nadie gana en la guerra (p. 135).

No hay nunca un plan descabellado ni absurdo ni malo ni nada, todo puede suceder si uno se lo propone. Pero hay que mantener la calma: que no se vean jamás las costuras de lo que urdimos, porque entonces se muere la magia, quedamos al descubierto (p. 146).

Las tragedias de la gente no se pueden comparar ni jerarquizar ni matizar porque para cada quien su tragedia es única y tiene un valor absoluto; eso es lo que las vuelve una tragedia, justo eso, su condición aplastante, devastadora, para el que la lleva a cuestas (p. 149).

Eso era lo otro: que en este mundo la gente se junta, que uno no puede hacer nunca nada bueno con gente normal. Esa era su premisa, trabajar y vivir solo con gente distinta (p. 158).

Nada podía ser normal; nada lo es, por eso lo mejor es estar cerca solo de quien tiene eso clarísimo (p. 158). 

La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo (p. 177).

La historia, si uno prescinde de sus aspiraciones científicas, suele parecer un milagro (p. 236).

Creer hace posible que aquello en lo que creemos ocurra, la fe es un acto de fe en la fe (p. 243).

No había mejor mapa para visitar los sitios que los libros antiguos que hablaban de ellos; "nos libran de la plaga del turismo" (p. 251).

La mayor parte de la gente pasa por la vida resignada a sus rutinas, sus miserias, plegada a eso tan mezquino que se suele llamar la realidad (p. 273).

Ninguna muerte es prematura: la muerte ocurre cuando tiene que ocurrir, no antes ni después (p. 277).

Una cosa es la izquierda y otra el Gulag (p. 279).

Nunca se dio lujos ni aires, no presumía, no alardeaba, no humillaba. Y tenía clarísimo que esa era la clave de su éxito, ser anacrónico y discreto (p. 279).

La ficción es la forma más bella y tangible de la realidad (p. 280).

Como buen humorista, era un hombre muy serio (p. 282).


Cartas abiertas
Juan Esteban Constaín
Literatura Random House
Bogotá
Marzo de 2022
288 páginas

martes, 23 de agosto de 2022

Cada oscura tumba, de Octavio Escobar Giraldo


En 1995 Octavio Escobar publicó Saide, una novela policiaca que ocurre en Aguas Blancas, un municipio que se parece mucho a La Dorada (Caldas). En 2010 salió Destinos Intermedios, otra novela policiaca que es una precuela de Saide, y que se complementa con Cada oscura tumba, publicada en 2022 y en donde reaparecen no solo Aguas Blancas sino personajes como Paula Cristina, Melva Lucy o El Suave, de los que volvemos a tener noticias años después. 

Al igual que Destinos Intermedios, Cada oscura tumba está dividida en tres partes, con capítulos que avanzan de manera independiente hasta que en algún momento se conectan. El hecho que detona la acción de Cada oscura tumba son los mal llamados falsos positivos: en la primera página el narrador cuenta la muerte de Anderson, un joven de Buenaventura con una discapacidad mental, y lo que ocurre en las más de 200 páginas siguientes es la historia de su hermana Melva Lucy, su duelo y su búsqueda de reparación, y la historia de Gabriel Álvarez Cuadrado, un abogado defensor de derechos humanos.

Aunque el trasfondo del libro es la vergonzosa masacre a cuentagotas de las ejecuciones extrajudiciales cometidas por el Ejército, la narración está llena de humor y de personajes entrañables que a partir de sus vidas sencillas, ordinarias, se crecen para mostrar la complejidad humana cuando los hechos obligan a tomar decisiones impensadas, o cuando las circunstancias externas o políticas se inmiscuyen en las vidas privadas. 

Cada oscura tumba es una memoria de un momento doloroso de la historia colombiana, con el proceso de paz con las Farc como telón de fondo, que registra con vértigo y virtuosismo un capítulo triste que merecemos no olvidar. 

Algunas frases

"muy próspero, gracias a su falta de ética" (pag 15).

"Joven: No olvide que está bien pago quien queda satisfecho consigo mismo" (pag 16).

"Si las Farc tienen, por decir algo, nueve mil combatientes, divisámoslos en tres partes. Un tercio de ellos cree en sus ideales y sus sueños. Después del acuerdo se dedicará a hacer política. Otro tercio son campesinos, muchachos del montón, que se fueron para la guerrilla porque era su mejor opción laboral. Esos volverán al campo o, en el peor de los casos, buscarán trabajo en las ciudades. El último tercio son desadaptados, criminales, personas sin Dios ni Ley, bandoleros que, como están en la guerrilla, podrían estar en cualquier otra organización criminal. Esos seguirán en lo suyo: matando, secuestrando, robando"
-Si seis mil combatientes dejan de disparar y empiezan a participar en nuestra democracia y se integran a la sociedad, el proceso de paz vale la pena ¿no les parece? -concluyó". (pag 19).

"El sistema es muy hijueputa. Pasan y pasan los años y el hijueputa sistema no nos hace justicia" (pag 26).

"En cine odiaba a parlanchinas y comelonas" (pag 35).

"El dolor es lo más respetable del mundo y a veces la única forma de que se sepa que lo sientes es repetir y repetir que sientes ese dolor" (pag 37).

"Todos los autores creen que escriben como los dioses. Como Minerva. Nadie que piensa que merece que otros lo lean tiene un ego pequeño. Lo bueno es que la mayoría de los que nosotros publicamos ya están muertos" (pag 40).

"Hay gente que cree que está bien lo que pasó, que le cree ciegamente al ejército (pag 48).

"Lo habitual era que un reclutador comenzara a ir a un barrio popular, identificara a las posibles víctimas, ganara su confianza, les ofreciera un trabajo que pudiera llamarles la atención, sencillo y con buena paga, y cuando tenían todo listo, los subían a un transporte y se los llevaban a otra zona del país, donde nadie los conociera. Entonces los detenían en un retén, fingían un enfrentamiento o los asesinaban directamente. utilizaron muchos métodos, algunos tan poco sutiles que es vergonzoso que ninguna autoridad hiciera nada" (pag 61).

"Una insatisfacción, que se sumó a una mejor comprensión de la capital, a la certeza de que ofrece oportunidades pero con la misma velocidad las derrumba, y que en sus calles puede ser devastadora la sensación de caída" (pag 98).

"Si las autoridades no se ajustan a las leyes, se desautorizan a sí mismas" (pag 100).

"Era nuestro trabajo. Alguien tiene que lavar la ropa sucia. Siempre hay ropa sucia" (pag 110).

"Los conejos abortan habitualmente, como algo natural" (pag 115).

"-¿Mató a muchos?
-Uno es muchos"" (pag 116).

-"Alguna excompañera de colegio a la que la belleza se le multiplicaba en los quirófanos" (pag 123).

-"estar sola me gusta, siempre están los libros, pero quiero saber que alguien, alguien específico, va a contestar el celular cuando yo lo necesite, y va a salir corriendo cuando me queje, cuando me abrume el dolor. No me quiero sentir botada en una sala de urgencia" (pag 127). 

"¿Te das cuenta de que estás violando mi derecho a la coexistencia humana con la persona que más quiero?" (pag 156).

"Si ese hijueputa desde chiquito llega a las fincas en helicóptero" (pag166).

"La gente que siempre va de afán es un peligro" (pag 186).

"La guerra es buen negocio para muy poquitos" (pag 189).

"-¿Le puedo ofrecer algo?
-Un café estaría muy bien. -Revisó el estado de su corbata.
-Tengo instantáneo, pero del bueno.
-Marca Oxímoron, supongo. Le agradezco. Definición colombiana de oxímoron: candidato liberal independiente". (pag 193).

"Era un ejemplar de la rara especie de los hombres justos, de esos que piensan que las normas establecidas se cumplen o el mundo se acaba, de aquellos que consideran que no basta con proteger al inocente o condenar al culpable, sino que también hay que preservar los acuerdos universales de conovivencia y, en últimas, resguardar la civilización que los hombres han forjado una generación tras otra" (pag 213).

"El Ejército no es un lugar normal, si es que existen los lugares normales" (pag 220).

"Bien pagado queda el que queda satisfecho. Mi ánimo no ha sido nunca mercenario" (pag 222).

"No tengo mucho en qué gastar, ni con quién. Pero el dinero es el dinero. Da gusto tenerlo. (pag 232).

Cada oscura tumba
Octavio Escobar Giraldo
Seix Barral
Bogotá, 2022
257 páginas

viernes, 5 de agosto de 2022

Cogito, ergo ¡Pum! Un homenaje a Orlando Sierra Hernández, de Fernando Alonso Ramírez

Hay varias maneras de leer Cogito, ergo ¡Pum!, el homenaje con el que el periodista Fernando Alonso Ramírez honra la memoria de quien fuera su mentor en el diario La Patria, el subdirector Orlando Sierra Hernández, asesinado en 2002 por orden del político liberal Ferney Tapasco González.

En primer lugar este libro puede entenderse como un gran reportaje que busca abordar la historia del crimen de Orlando Sierra desde distintas aristas: quién fue Orlando, quién fue su asesino, cómo se vivió su muerte en La Patria, cuál fue el camino para evitar que el crimen quedara en la impunidad y cómo hoy, 20 años después, se mantiene viva la memoria del columnista más importante que ha tenido La Patria en sus 100 años de historia. Desde este enfoque resulta muy valioso el prólogo escrito por Pedro Vaca Villarreal, relator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), quien explica la importancia de este caso emblemático dentro de la acostumbrada impunidad de crímenes contra periodistas, y agrega que "el mejor periodismo en Colombia está pasando ahóra, y una parte considerable de quienes lo hacen son de Manizales" y esa es una de las derrotas a los victimarios de Orlando.

Es también un libro de memoria testimonial: una obra que recoge voces de quienes recuerdan a Orlando, de lo que él escribió en La Patria, de lo que otros escribieron sobre él, y así la escritura se vuelve polifónica aunque el autor sea uno solo.

Por momentos, cuando se ocupa del crimen, el expediente y los sicarios, el libro toma un caracter policial, en el que el conocimiento jurídico del autor resulta útil para desenmarañar la cantidad de crímenes alrededor de la muerte del periodista asesinado.

Sin embargo la lectura que más me conmueve es la de abordar este libro como un ejercicio de duelo: como la tarea que emprende un pupilo tras el asesinato de su jefe y mentor. No existe palabra para denominar la orfandad en la que queda alguien que pierde la protección tutelar de su padrino, y al parecer tampoco hay palabras que le hagan justicia a ese dolor y ese duelo posterior. Quizás por eso el narrador de la historia es un periodista que se parapeta en los datos y en describir el sentimiento de los otros, ante la dificultad de nombrar aquello que resulta inaprensible y que le atraviesa el alma. Así, su forma de narrar este crimen tan cercano es tomando distancia: nos cuenta lo que él ve en los demás (en sus compañeros de redacción, en los expedientes, en las declaraciones de los otros periodistas) y es a partir de esas múltiples descripciones y voces que el lector intuye la dificulad que implica, tantos años después, desnudar el sentimiento personal. 

Así describe Fernando Alonso Ramírez cómo se vivió el crimen en la redacción: "Tardé unos segundos en caer en la cuenta de lo que sucedía. No era un atentado más en el centro de la ciudad, acababan de dispararle a Orlando Sierra Hernández, el hombre que todos los días dirigía nuestros consejos de Redacción, el poeta que me animaba a leer nuevos autores, el titulador creativo y el más importante columnista de la región (...) mientras las emociones nos agolpaban, lágrimas, madrazos, golpes sobre mesas y gritos mostraban nuestra impotencia y nuestra rabia. Era el momento de sacar adelante un periódico por Orlando y en honor a él". 

Y así, en el vértigo de tener que sacar adelante un periódico todos los días, todos los meses, todos los años, el tiempo para el duelo se evapora entre los consejos de redacción, las entrevistas, las noticias de última hora y la consulta de fuentes. 20 años más tarde este libro es ese duelo decantado en memoria para las nuevas generaciones de periodistas, que se perdieron la oportunidad de conocer a un hombre agudo y valiente, de carcajadas sonoras, pero que aún tienen la posibilidad de leerlo en los textos que se conservan en el archivo del periódico desde el que enfrentó al poder político-sicarial de Caldas.

Algunas frases
con el tiempo se supo que Partido Liberal y el paramilitarismo en Caldas llegaron a ser harina del mismo costal (p. 19). 

Las lágrimas de los periodistas mientras seguían haciendo su trabajo permanecen como una imagen imborrable en mi cabeza. (p. 19).

El Consejo de Redacción de La Patria es algo especial. Es un lugar sagrado en el que participan todos los integrantes de la Redacción en igualdad de condiciones. El Consejo era -es- una tertulia de aprendizaje, pues además del periódico se hablaba de otros temas (p. 27).

Sus lecciones se repiten cada día en el Consejo de Redacción por quienes alcanzamos a aprender de él y por quienes han escuchado sus relatos de boca de quienes lo vivimos, algunos de ellos tomados de grandes maestros: "Donde hay un adjetivo falta un dato", "un lid no puede arrancar con una negación", "si fueron hasta el lugar no pueden contar la noticia como si la hubieran reporteado por teléfono", "son mejores las fotografías que cuentan con elemento humano", "prefieran los primeros planos que los planos generales", "los datos son fríos, los nombres son cálidos", "vayan hasta el lugar de los hechos" y muchas más. (p. 28). 

Así surgió Punto de Encuentro, la tribuna desde donde Orlando, con un sentido del humor implacable, siempre fustigó a la clase dirigente. Esta columna se convirtió en la más influyente de la región. Sigue siendo para muchos el más importante columnista que ha tenido La Patria en toda su historia (p. 45). 

La decisión fue unánime y desde ahí lo que fue un secreto a voces, quién había dado la orden de matar a Orlando, dejó de ser una presunción para convertirse en una certeza: al subdirector de La Patria José Orlando Sierra Hernández lo mandó matar el expresidente del Partido Liberal de Caldas, Ferney Tapasco González (p. 89). 


Cogito, ergo ¡Pum! Pienso, luego ¡Pum! Un homenaje a Orlando Sierra Hernández
Fernando Alonso Ramírez Ramírez
Editorial La Patria
Manizales
Agosto de 2022
112 páginas



miércoles, 15 de junio de 2022

El cielo a tiros, de Jorge Franco

En El cielo a tiros todo es decadente. Larry es el hijo menor de Fernanda y Libardo: ella es exseñorita Medellín y él un mafioso al servicio de Pablo Escobar. Larry y su hermano Julio viven en una casa llena de lujos, guardaespaldas y miedo, en donde el ambiente enrarecido es su vida cotidiana. Claro que esa es la vida de antes; la presente es Larry devolviéndose de Londres en un avión, para recibir los restos de su papá desaparecido 12 años antes.

La novela está dividida en 78 capítulos cortos que ocurren en tres momentos distintos: la infancia y juventud de Larry, el presente de Larry en Medellín, el día de la Alborada, cuando llega a recoger los restos de su papá, y un pasado cercano, de hace unas pocas horas, que narra el viaje en avión de Londres a Medellín. Entre esos tres planos el autor teje una historia que da cuenta del drama de ser hijo de un narcotraficante: la soledad, la exclusión y la angustia de vivir una vida que no eligió y que lo marca desde el origen.

La vida que se narra en El cielo a tiros no es la de la opulencia del narcotráfico sino la de la resaca. Un ambiente sórdido en lo estético y lo emocional, con vacíos que evidencian lo que le falta a una familia que solo se tiene dinero: reguetón de fondo, pólvora, mucho ruido, mucho aguardiente, droga y un frenesí que no se detiene dan cuenta también de un vértigo vital en el que el silencio, la pausa y la belleza no tienen cabida. Los ambientes llenos de humo y saturación auditiva son metáfora de vidas intoxicadas, sin tiempo para el sosiego.  


Algunas frases

Por qué darle tanta importancia al cadáver si lo que duele es la ausencia (p. 83). 

Todo está justificado aquí. La pólvora, la violencia, las balas, los muertos... todos nuestros males tienen una excusa. Y del pretexto pasamos a la resignación, y de ahí a aceptarlo todo, como si fuera normal (p. 111).

Me molestaba que trataran de solucionarlo todo con un abrazo. Paños de agua tibia. Ningún abrazo ha salvado a nadie de una enfermedad mortal (p. 135). 

La muerte de alguien junta o separa, la soledad une y tal vez también el miedo, aunque creo que la incertidumbre a veces separa (p. 152). 

Cara periodista se inventa una historia para ganarse aplausos. Mariquitas que creen que porque tienen una máquina de escribir son los dueños del mundo, pero se van a tragar sus putas máquinas, sus cámaras y sus mentiras esos malparidos que andan pavoneándose los muy gonorreas (p. 159).

Él siempre creyó que la gente hermosa no sufría de soledad (p. 168).


El cielo a tiros

Editorial Alfaguara

Septiembre de 2018

Bogotá

382 páginas

jueves, 10 de marzo de 2022

Libro de hallazgos, de Yessica Chiquillo Vilardi

Este libro es un objeto hermoso. Está editado con amor, con cuidado en el diseño de cada página, en las ilustraciones, en los insertos que trae y en los juegos con los tipos de letra, plegados y estampados que convierten el texto en un artefacto juguetón. 

Eso, la concepción del libro como un producto físico que puede ser tocado, desdoblado y contemplado, es quizás el mayor valor de "Libro de hallazgos", un texto escrito a manera de diario, en el que una bibliotecaria de colegio narra el día a día de su trabajo, que incluye sugerirle libros a niños interesados en otra cosa, hacer inventarios, catalogar y luchar contra el comején.

El libro está escrito a partir de fragmentos cortos en los que cada entrada corresponde a un día del año. A veces introduce párrafos de las lecturas de la bibliotecaria, o imágenes de lo que ve, en un espacio que puede tornarse tedioso o repetitivo para quien no ama los libros y no siente que en una biblioteca se está en la mejor compañía, como señala al cierre de la obra.

Libro de hallazgos no es una novela, no alcanza a desarrollar personajes o una trama, pero tampoco es un libro de cuentos porque el diario relata una vida de manera cronológica durante un período que va de julio a diciembre. 

Pasan pocas cosas, no hay grandes conflictos ni grandes hallazgos. Es un libro sencillo, escrito con mucho cuidado, en el que la narradora, con una voz ingenua y curiosa, describe un micromundo que ella encuentra fascinante.
 
Algunas frases
Encontré en el suelo un libro de cuentos colombianos. Al respaldo dice: "Una visión crítica y desapasionada de la gran literatura de hoy y de siempre". ¿Por qué censurar la crítica apasionada? Hay que dar todo de sí mismos en cualquier texto que produzcamos. Si no lo sentimos, si no nos hace vibrar el tema, entonces par aqué lanzarnos al mar de palabras, para qué ofrecerle a los lectores líneas muertas, incapaces de sobrevivir al olvido (p. 16). 

Todas las descripciones biográficas deberían ser como la de los árboles, de principio a fin: desde el suelo que nos vio nacer por primera vez, hasta los lugares donde hemos ido esparciendo semillas y seguimos dando frutos (p. 18). 

(De Francisco Umbral) "Mejor que tener inspiración es tener encargos. El encargo nos da el tema hecho, que es lo más difícil, y la seguridad de confort profesional de que estamos trabajando para alguien, cuando uno se ha pasado la vida escribiendo en el vacío, sin saber para qué ni para quién. El libro de encargo es un matrimonio de conveniencia y por eso sale mejor" (p 47).

Uno nunca está lo suficientemente solo en un lugar. Menos en una biblioteca (p. 90).


Libro de hallazgos
Yessica Chiquillo Vilardi (autora) Sebastián Cadavid (ilustrador).
Editorial Animal Extinto
Bogotá, 2019
104 páginas

jueves, 3 de febrero de 2022

La conmoción de los encuentros, de Marcela Villegas

Leí una reseña sobre La conmoción de los encuentros que clasifica este libro como una colección de relatos. No estoy segura de que sea una etiqueta precisa, pero tampoco estoy segura de lo contrario: el libro trae una tabla de contenido con 10 títulos, como los libros de cuentos, y todos estos relatos podrían tener vida independiente. Pero en conjunto, que es como están presentados, narran de forma cronológica la historia de una familia desde la voz de la mamá. Así, más que 10  relatos, las 10 partes pueden entenderse como capítulos de un único relato.

La familia está compuesta por Laura Echeverri, quien narra en primera persona, su esposo Daniel y sus hijos Martín y Luciana. Una familia colombiana que vive en California durante la primera parte del libro y luego en Miami, durante la otra media mitad. Una familia que se parece mucho a la de la autora, manizaleña radicada en Miami, aunque la cantidad mayor o menor de biografía o de ficción que hay en su texto resulta irrelevante: se trata de una obra autosuficiente, que se explica en sí misma con solidez y con ternura. 

La migración, la adaptación de los latinos al entorno gringo, los prejuicios y las renuncias son algunos de los temas que atraviesan esta novela. Los otros están relacionados con la maternidad (lo que cuesta ser madre, los juicios a la madre, lo que se espera de una buena madre) y el cáncer que se lanza como una bomba atómica inesperada en medio de un relato que iba de otra cosa, de la misma manera en que la noticia del cáncer irrumpe sobre una vida que tenía otros planes. O como la muerte, que es el otro tema que sutilmente atraviesa por casi todos estos textos.

Esa voz amorosa, con frases cuidadas y con escenas nítidas que aparece en Camposanto, la primera novela de Marcela Villegas, regresa a La conmoción de los encuentros con una prosa desnuda, desprovista de adjetivos o descripciones exahustivas. Marcela Villegas perfila sus personajes e historias a partir de detalles que iluminan cada párrafo, con precisión y sin sentimentalismo. Cada capítulo (o relato) incluye tensión entre el mundo de adentro y el mundo de afuera: entre la vida doméstica y el entorno político, social o ambiental, que transforma las vidas privadas e impacta la cotidianidad de sus protagonistas. Uno de los méritos de esta obra consiste en que la autora logra identificar la belleza en pequeñas minucias de la vida cotidiana. 

Algunas frases

De "Grupo de juego":
Éramos expertas en esquivar temas que pudieran traer conflictos: no hablábamos de política, raza o religió o de cuánto ganaban nuestros maridos. También evitábamos opinar sobre los modos de crianza de las demás (p. 17).

A veces hablábamos de lo pobre que se había vuelto el sexo después de la llegada de los hijos o de cómo lo que éramos se disolvía para poder cumplir con las exigencias sin fin de los niños y nuestras propias expectativas sobre la crianza (p. 17).

De "Perritos de pradera":
Tal vez, pensé, eso era lo que buscaba: la blandura tibia que a veces tiene lo doméstico (p. 37). 

A diferencia de las mujeres, los hombres tienen la capacidad de ser muy amigos sin hablar de sus vidas íntimas (p. 40). 

De "Parto":
Me enfurecía que fuera casi imposible encontrar un tono verosímil para expresar el dolor cuando se es mujer (p. 45).

Me sentí culpable por traer hijos a este mundo que ardía, o se derrumbaba, o estallaba, o masticaba gente, culpable por obedecer los mandatos ciegos de mi biología y reproducirme (p. 50). 

De "En todas partes y en ninguna"
Siempre llega el día en el que termina la mudanza y se empieza a vivir el nuevo orden (p. 54). 

La muerte era esa contrariedad menor que estaba próxima a sucederles (p. 63).

La muerte era una ocurrencia afortunada si llegaba para salvarlos de la demencia senil o las secuelas de la apoplejía; de convertirse en "viejos viejos" así decían, en viejos invisibles languideciendo en un asilo (p. 63). 

No sabía eu escribía poemas.
No escribo poemas; esto es un ejercicio.
Todo lo que uno escribe es un ejercicio, querid a (p. 66). 

De "Peregrinaje"
Hay lugares que solo pueden disfrutarse si se está borracho (p. 73).

Estábamos en ese momento, común a todas las vacaciones en familia, en que la armonía pende de un hilo y es mejor cuidarse de no romperlo (p. 74).

De "Invasiones"
Mi marido, que tiene el don de morirse cada noche, roncaba impávido (p. 77).

La reina de los bandidos
Luego me enfermé. El diagnóstico, que recibí sin haber experimentado un solo síntoma, fue cáncer de ovarios avanzado. Me sometí a varias cirugías y numerosos ciclos de quimioterapias sabiendo que las probabilidades de sanarme eran, en el mejor de los casos, modestas. Durante meses perdí de vista casi todo: solo podía quedarme en la cama, con los ojos cerrados y sin dormir, sintiendo mi cuerpo devastado, reducido a tres cuartos de su peso (p. 95).



La conmoción de los encuentros
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Marzo de 2021
110 páginas 

lunes, 17 de enero de 2022

El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza

Hay libros que uno quiere que otras personas lean porque son entretenidos, porque son sorprendentes, porque están muy bien escritos, porque narran cosas con las que uno se identifica o porque tocan fibras sensibles. El invencible verano de Liliana es una obra de no ficción que muchos deberían leer, por todo eso, pero principalmente por razones políticas y estéticas. En esta obra Cristina Rivera Garza hace una labor periodística dentro de su familia y otras personas para reconstruir la vida y la muerte de su hermana menor, Liliana, asesinada el 16 de julio de 1990 en ciudad de México por su ex pareja. Tenía 20 años.

Al comienzo del libro la autora dice "uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje" y esa idea se repite. En los 90 no existía la palabra feminicidio; durante muchos años el machismo ha sido invisible a los ojos de muchas (algo que no se nombra) y también los duelos están llenos de silencios, de falta de lenguaje. Este libro es una construcción lingüística que permite a los dolientes (ellos y nosotros) comprender la dimensión física del riesgo, el tamaño de la pérdida y elaborar el duelo en compañía.

El invencible verano de Liliana se publica 30 años después de la muerte de la protagonista pero es un libro urgente que debería estar en bibliotecas y leerse en los colegios. Es útil para aprender a identificar esas microviolencias cotidianas que pueden desencadenar en una tragedia, para reconocer los riesgos del amor posesivo, que no es amor, y para desestigmatizar la violencia intrafamiliar como un problema exclusivo de clases bajas e iletradas. 

Pero el libro no es solo eso. No es un informe académico o pericial. Es el testimonio de una autora que domina los mecanismos del lenguaje y logra estructurar una obra polifónica, con distintos registros (incluso distintas tipografías) en la que incluye un plano arquitectónico, fotos, textos de prensa, informes judiciales y voces de amigos y parientes. El resultado es una relato que parece un rompecabezas en el que muchas fichas tratan de armar un retrato al que le faltan las piezas centrales: lel asesino fugitivo y todo lo que calla Liliana, que aparece con su voz en las notas que escribió en vida, pero que claramente solo muestran fragmentos de su vida y ocultan aquellos aspectos más oscuros de su relación. 

Es también un retrato de familia, un libro sobre la vida universitaria, una crónica de la ciudad de México, una obra sobre mujeres adolescentes y un relato del amor entre hermanas. Hay mucha vida y mucho vértigo en estas 302 páginas atravesadas por la muerte y, al mismo tiempo, tan llenas de Liliana. 

Algunas frases
A veces es necesario un poco de silencio para que las palabras se junten todas sobre la lengua y, ya reunidas, se atrevan a saltar al mismo tiempo (p. 13). 

Es fácil amar una ciudad donde todo pasa al mismo tiempo. Donde todo tiempo es tiempo real. (P. 16).

¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? (p. 24).

Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo (p. 25). 

Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora (p. 41). 

Uno nunca está más inerme que cuando no tiene lenguaje (p. 42).

La infancia termina con un beso. El sueño no es el sueño de cien años y la boca abierta no es la del príncipe azul, pero ese puro esperar que es la niñez finalmente llega a su fin con un beso. Labios sobre labios. Dientes. Saliva. La respiración entrecortada. Los ojos abiertos. La infancia termina con la instauración del secreto (p. 47). 

Se ha requerido el trabajo de generaciones enteras, por ejemplo, para que el piropo callejero, visto con enfermiza frecuencia como un mero acto natural, cuando no como un halago, sea denunciado como una instancia cotidiana de acoso en el espacio público. (p. 52).

Llamar a las cosas por su nombre requiere, a menudo, de inventar nuevos nombres (p. 52). 

Que se desesperaran los otros. Que los otros azotaran puertas cuando no podían usar la inteligencia o la capacidad de observación, o la paciencia. Que los otros perdieran el tiempo y desperdiciaran sus talentos porque nosotros que lo venceríamos todo, teníamos cosas que hacer (p. 62).

Tal vez no existan en el mundo cartas de amor más ardientes que las que se hacen llegar, ya por correo o ya en persona, las adolescentes (p. 63). 

La capacidad del lenguaje para descubrir y encubrir al mismo tiempo. Ventana y cortina. Telescopio y niebla (p. 74). 

¿qué será de este pobre mundo si uno no se callara algunas cosas? ¿si todo se dijera? ¿Sin misterio? Qué aburrido, ¿no? (p. 79).

Vivir en duelo es esto: nunca estar sola. Invisible pero patente de muchas formas, la presencia de los muertos nos acompaña en todos los minúsculos intersticios de los días. Por sobre el hombro, a un lado de la voz, en el eco de cada paso. Arriba de las ventanas, en el filo del horizonte, entre las sombras de los árboles. Siempre están allá y siempre están aquí, con y adentro de nosotros, y afuera, envolviéndonos con su calidez, protegiéndonos de la interperie. Éste es el trabajo del duelo: reconocer su presencia, decirle que sí a su presencia (p. 118). 

El duelo es el fin de la soledad (p. 118). 

Los intrincados vericuetos de la justicia, que son los vericuetos infinitos de la impunidad (p. 119). 

Siempre es extraño poner los pies en los espacios de los muertos (p. 123). 

Ni Liliana, ni los que la quisimos, tuvimos a nuestra disposición un lenguaje que nos permitiera identificar las señales del peligro. Esa ceguera, que nunca fue voluntaria sino social, ha contribuido al asesinato de cientos de miles de mujeres en México y en el mundo (p. 196). 

El aborto es y ha sido un riesgo enorme para las chicas embarazadas porque es ilegal (p. 202). 

Los abortos siguen existiendo y, aunque una parte de la sociedad mojigata y conservadora, aliada sempiterna del machismo, los considera todavía como una cuestión moral, es cada vez más aceptado que los abortos son asuntos de salud pública en los que la decisión final corresponde tomarla a las mujeres. (p. 204).

Los sobrevivientes suelen culparse a sí mismos, a su negligencia o su ceguera, con una dureza inaudita. No protegieron lo que más querían; no notaron lo que debió haber sido claro ante sus ojos; no detuvieron al depredador (p. 276).

...elaboran esa línea moral que divide el nosotros del ustedes. Ésta en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante de que se culpe a la víctima y de que te inculpes con ella. Está en la exigencia imperiosa, ineludible, apabullante, de exonerar al asesino a toda costa. 
Uno no aprende a callar; uno es forzado a callarse.
A uno le callan la boca (p. 277). 

La libertad no es el problema. El problema son los hombres (p. 289).



El invencible verano de Liliana
Cristina Rivera Garza
Literatura Random House
Bogotá
Abril, 2021
303 páginas

viernes, 7 de enero de 2022

Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez

 
Al final del libro, en la "nota del autor", Juan Gabriel Vásquez explica que "Volver la vista atrás es una obra de ficción pero no hay en ella episodios imaginarios". Es una novela en la que cuenta los primeros años de la vida de Sergio Cabrera, su hermana Marianella, sus padres Fausto y Luz Elena y la infancia y juventud de Fausto, huyendo de la Guerra Civil Española. 

La novela se divide en tres partes: la primera ocurre en España con la Guerra Civil como marco que define la vida de la familia del niño Fausto Cabrera. Su madre muere joven, un tío es militar republicano y junto a él, su padre domingo y sus hermanos huyen a Francia y desde allí a República Dominicana. Fausto llega a Colombia luego de una temporada en Venezuela. 

La segunda parte transcurre con Fausto como un consagrado director de teatro y exitoso actor de televisión, casado y con dos hijos, que decide radicarse en la China de Mao como profesor de español. Allí sus hijos inician una formación política y filosófica, viven una vida cotidiana diametralmente distinta a la que tenían en Bogotá y en determinado momento los padres regresan a Colombia y dejan a sus hijos de 14 y 12 años al cuidado de la revolución.

La tercera parte describe los más de tres años y medio que Sergio y su hermana Marianella militaron como guerrilleros en el Ejército de Liberación Popular EPL, hasta su salida de la guerrilla y el regreso a China, desde donde Sergio viaja a Londres para estudiar cine. 

La vida de Sergio Cabrera es trepidante pero la maestría del escritor está en vertir esa suscesión de hechos increibles a las páginas de una novela rica en detalles, que se lee con velocidad y avidez. La obra de Juan Gabriel Vásquez ha indagado por distintas aristas de la historia nacional colombiana que en determinado momento se cruza y marca las vidas privadas de sus personajes, y con esta novela logra otro hito en ese proyecto personal, relevante para la literatura colombiana porque permite acercarse desde otras miradas a las causas y actores de la violencia colombiana.

Esta novela en particular creo que además aporta un elemento interesante a la narrativa colombiana: cuenta desde adentro la vida cotidiana en una guerrilla, sus odios, envidias, jerarquías y penurias. Quizás en el futuro surgirán nuevos textos de excombatientes que ayuden a los lectores a acercarse a ese tipo de vida, pero hasta ahora los materiales verosímiles siguen siendo muy escasos.

Algunas frases
Las rencillas ocultas o nunca expresadas que hay en todas las familias, los malentendidos y las palabras que no se dicen o se dicen a destiempo, la falsa idea que nos hacemos de lo que sucede en la cabeza o en el alma del otro: esa compleja red de silencios conspiraba ahora contra la serenidad (p. 25).

Vive la vida de suerte que viva quede en la muerte (p. 42).

(sobre Bogotá) fundar una ciudad bajo estos cielos crises, en este invierno permanente donde llovía todos los días, sin excepción, donde los hombres de las calles andaban con guantes y paraguas y ceños fruncidos, y donde las mujeres rara vez salían de sus casas, casi siempre para comprar comida y buscar un rayo de sol como gatos perdidos (p. 60). 

Si esos poemas no sirven para combatir, lo más probable es que no sirvan para nada (p. 66).

sólo le importaba a la gente que estaba en el campo: a los de la ciudad todos esos muertos les quedaban lejos (p. 74). 

Una guerra civil no es lo mismo que una batalla cultural, es cierto, pero los principios son los principios (...) Pues aguantaremos lo que se pueda, pero yo babosadas no voy a hacer. (p. 93). 

Lo único más testarudo que la promiscuidad de su padre era el talento de su madre para descubrirlo (p. 98). 

(la ropa sucia se lava en casa) ¿Y qué pasa si en la casa no hay lavadero? (p. 140).

La destrucción de lo que llamaban "los cuatro viejos": viejas costumbres, vieja cultura, viejos hábitos, viejas ideas (p. 182). 

Marianella lloró lágrimas de adolescente enamorada, pero se dijo que no había nada más contrarrevolucionario que dejarse distraer por el amor (p. 188). 

hay que escoger amigos y amigas positivas, en lo político, moral e intelectual. Esto no quiere decir que tengan que ser perfectos, no, pero sí es indispensable que tengan un aceptable nivel político, que sean sanos moralmente y que tengan una mentalidad proletaria, aun cuando, naturalmente tengan defectos, los cuales ustedes pueden ayudarles a corregir, y ellos los de ustedes (p. 192). 

Los enemigos nos definen más que los amigos. Dime quién te ataca y te diré quién eres (p. 227). 

Los años lo habían acostumbrado a dudar y a cuestionar y a informarse antes de tomar una decisión. Pero allí, arrastrado por las emociones de la acción colectiva, pensó que era indigno o desleal tratar de encontrarle peros a un suceso que estaba sacudiendo el mundo (p. 228). 

Mire, señorita, la diferencia es muy clara: ustedes, en su país, tienen un Dios muerto. Nuestro Dios está vivo (p. 246). 

El ejército de Estados Unidos había fracasado contra el pueblo heróico de Vietnam, decía Castro. Hoy en día, nadie lo dudaba. Aquél era uno de los grandes servicios que el pueblo de Vietnam le había prestado al mundo (p. 259). 

aprendió que la cobardía es, más que un defecto de carácter, un error estratégico: el que tiene miedo no dispara, y permite por lo tanto que le apunten. En otras palabras, el que dispara está evitando que le apunten los demás (p. 271). 

las convicciones ideológicas no siempre iban de la mano con el talento artístico (p. 281). 

¡Qué difícil era imaginar una historia sobre un hombre real que además hemos conocido! (p. 301). 

nadie lograba entender que un país que lleva medio siglo en guerra hubiera votado en contra de acabarla (p. 308). 

sintió fugazmente que el cariño de sus hijos era lo único firme que le quedaba en la vida (p. 309). 

la única manera de hacer la paz es así, raspando las heridas (p. 312). 

La revolución era inseparable de un cierto puritanismo (p. 326). 

lo que más me gusta de la noche es que hace desaparecer el verde (p. 350). 

¿en qué momento llegan unos padres a la convicción de que la revolución puede educar a sus hijos mejor que ellos mismos? (p. 356). 

De manera que esto era la burguesía: la posibilidad de andar impunemente por la ciudad entera, la garantía de que las puertas se abrirían sin problemas (p. 359). 

el ejército revolucionario de Colombia, donde Mao era un rumor, un conjunto de refranes: una figura hecha de palabras (p. 368). 

nada frustraba más a los obreros que la sensación de estar metidos en una obra infinita (...) Es importante saber que tu camino tiene un punto de llegada (p. 373). 

hay personas así, con las que no nos tomaríamos un aguardiente pero a las cuales, en cambio, les confiaríamos nuestros hijos (p. 376)

Cuando falta la luz y todo es oscuro, solía decir, la única forma de no perder el rumbo es mirar hacia atrás. Así, viendo la luz que hemos dejado, podemos confirar en que otra nos espera (p. 386). 

de que esto no es amor sino agradecimiento. Y eso no es suficiente para sacar una vida adelante. (p. 412). 

Sergio sólo podía pensar que había dedicado todos los años de su adolescencia, todos los de su adultez incipiente, a prepararse para algo que no había tenido lugar (p. 431).

Un padre y un hijo que viven vidas separadas en ciudades distantes y que ahora se han encontrado para decirse cuánto se quieren y cuánto se extrañan de la manera más vieja de todas: contando historias (p. 437). 

A veces los hombres que van juntos a la vatalla se detestan más entre ellos que al enemigo común (Vida y destino, de Vasili Grossman). (p. 439).

El plan de venir a China fue tuyo, no nuestro. El plan de unirse al EPL fue tuyo, no nuestro. Toda la vida. Toda la vida nos has hecho creer que lo decidíamos nosotros, pero no es verdad: lo decidías tú. Toda la vida he hecho lo que tú querías, toda la vida la he pasado callado, tratando de complacerte. Pero ya me he dado cuenta, papá. Me he dado cuenta de que callar no es una cuestión de temperamento: es una enfermedad. (p. 467). 

Ordenar un pasado ajeno fue la manera más eficaz de lidiar con el desorden de mi presente (p. 474).


Volver la vista atrás
Juan Gabriel Vásquez
Editorial Alfaguara
Bogotá
2020
480 páginas

jueves, 16 de diciembre de 2021

Camposanto, de Marcela Villegas Gómez

Amalia es la hija de Ignacio y Elena, una pareja profesional que se separó hace años y rehizo su vida cada cual por su lado. Elena no tiene aún 60 años, es independiente y autónoma pero de un tiempo para acá tiene comportamientos extraños. Se olvida de cosas, su aspecto está descuidado... nada que parezca grave aunque en realidad lo es: está desarrollando Alzheimer y Amalia tendrá que hacerse cargo de ella.

Ese es en síntesis el comienzo de esta novela corta en la que la relación madre-hija es protagonista. La hija es antropóloga forense y se dedica a rastrear fosas comunes para identificar desaparecidos. ¿qué tan desaparecida está su mamá en su mente? ¿es posible identificarla? las huellas de la violencia política aparecen como ecos lejanos en esta obra en la que los dramas íntimos ocupan el primer plano. 

Con capítulos cortos y humor Marcela Villegas se acerca a una realidad cruda. Así como Amalia, la protagonista, toma uno por uno los huesos que encuentra y los limpia con espátulas y pinceles hasta lograr dejarlos como quiere, así mismo se percibe el trabajo minuicioso de la autora con cada frase y cada párrafo. Las palabras de Camposanto están cuidadas de manera que permiten condensar en pocas páginas una atmósfera familiar y amorosa, en la que también la impotencia y cansancio a veces nublan la esperanza. 

Algunas frases
La compasión más auténtica es la de los desconocidos (p. 12). 

Después de tanto tiempo aún me asombra encontrarme con el horror entre la belleza del paisaje (p. 16).

Uno pensaría que los asesinos recuerdan dónde enterraron a sus víctimas, pero el olvido no siempre distingue lo nimio de lo importante (p. 16).

Un día despedí el sentido del humor de mi mamá, otro, su buena memoria, otro más, su control sobre lo cotidiano. Hoy, que estoy enterrando su independencia, siento que he parido una hija vieja que me entrega no una enfermera sino un neurólogo. Y he de cuidarla y no verla crecer, sino encogerse o diluirse (p. 16). 

Siempre hemos detestado participar de esa peregrinación semanal de los bogotanos acomodados que regresa al final de la tarde indigesta y melancólica en un atasco de tráfico aun peor que el viaje de ida (p. 25). 

Ellos ven el tiempo del paciente como una sucesión ordenada de procedimientos que ocurre en un universo paralelo. Uno, en cambio, sabe que está en una carrera contra el deterioro y que la enfermedad avanza cada minuto que pasa. 

¿Cómo voy a despedir a Elena? ¿Cómo se celebra el velorio de un vivo que se muere a pedazos? (p 33).

Se queja de que la enfermera la trata como a una niña. "No aguanto un diminutivo más: "la pastillita", "el vasito de agua","la comidita"... Quiero que se vaya a la mierdita". (p. 34). 

Tal vez todo es más grande en la memoria (p. 37). 

Casi siempre lo más importante de un cuadro es lo que no se ve (p. 44)

A lo largo de la historia casi siempre han sido las mujeres las encargadas de lavar y amortajar a los muertos. "Nos traen al mundo y nos despiden". (p. 55). 

Estoy perdiendo la capacidad de recordar, pero los recuerdos me visitan vivos y vuelvo a sentirlos como si los sucesos ocurrieran ahora. (p. 59). 

Ella siempre detestó a los puritanos y su temor a la felicidad ajena (p. 63). 

Ahora sé que los padres amorosos también pueden ser asesinos despiadados (p. 73).

El aprendizaje más difícil en esta profesión no es entrenarse para convivir con la muerte y la descomposición del cuerpo. Es aprender a conservar el temple ante las revelaciones que hacen los muertos sobre los vivos (p. 73). 

Para el neurólogo existo como una colección de síntomas que corroboran sus conocimientos y confirman su posición de privilegio (p. 76)

Oigo la risa de bebé de Amalia y daría todos los sonidos del mundo a cambio de ese (p. 86). 

Uno no educa a los hijos como debe sino como puede (p. 96). 

Nunca nos escribimos porque nos avergonzábamos demasiado de nuestras emociones como para dejarlas por escrito (p. 102) 

Siempre me he preguntado cómo aprendemos a vivir entre las ruinas, a volverlas habitables (p. 117). 

Me da rabia este cuerpo que no se resigna a vivir sin que lo toquen (p. 118). 

Camposanto
Marcela Villegas Gómez
Sílaba Editores
Medellín
Enero de 2018
134 páginas