lunes, 5 de julio de 2021

Las noches todas, de Tomás González

Esteban Latorre es un profesor universitario jubilado, separado, padre de una hija que vive en el exterior. Lleva ya algún tiempo aislado del mundo en su apartamento en Bogotá y decide aislarse aún más, así que compra una casa en un pueblo de tierra caliente, por el que pasa un río cargado de muertos e inmundicias. Su casa colonial tiene un enorme solar que él desea convertir en un jardín en el que todo luzca como si fuera el azar de la naturaleza y no la mano del hombre quien hubiera intervenido cada rincón del amplio espacio.

El tiempo de Esteban gira en torno al jardín: los árboles, las flores, las piedras, las lajas y, luego, la intervención de Aurora, una mujer muy joven que llega a vivir a la casa en un doble y ambiguo rol de jardinera y compañera. Hay atracción, hay deseo, pero como dice Esteban "No estoy enamorado –a partir de cierta edad uno ya no se enamora".

El jardín como metáfora de la vida es lo que presenta Tomás González en esta novela dividida en capítulos cortos en los que la acción se concentra en pocos personajes y un espacio muy delimitado (el jardín) para evidenciar cómo el azar, el caos, la imprevisión, son consustanciales a la vida. 


Los Caballitos del Diablo, Verdor y La Historia de Horacio son otros títulos de Tomás González en los que el reino vegetal es protagonista. En Las noches todas aparece la sabiduría de la vejez, capaz de apreciar la belleza de lo simple y también la lentitud que entraña la vegetación: los tiempos desacelerados que exige esperar para ver crecer un árbol o para disfrutar una flor. 

Algunas frases

Con el pasar de días y meses que se hicieron casi idénticos los unos a los otros se me fue agotando la alegría inicial por la jubilación y el silencio, y empecé a aburrirme (p. 10).

El motor, les decía a mis estudiantes, la amplificación del sonido y la expansión urbana son tres grandes males que han venido deteriorando a fondo la calidad de vida de la especie humana desde hace más o menos ciento cincuenta años y que bien podrían ser la causa de su extinción (p. 12). 

Buscaba crear un lugar de mucha belleza, eso era todo, y ese impulso no tiene explicación (p. 38). 

El inevitable malgenio que producen los aguafiestas (p. 49). 

Se trataba de una de esas personas cuya alma, según mi amiga Lucía, tendía a ponerse amarilla como el papel guardado, por falta de contacto con el mundo, por falta de uso (p. 58).

Para mí no había existido contacto más intenso con el mundo, y de eso mi exmujer fue protagonista y testigo, ni un uso más exigente de mi alma, que ese temor, ese dulzor ese terror del amor, superado solamente –y ni siquiera hay que morirse para saberlo, pues el miedo ya es la prueba– por el tremendo contacto con la realidad, primero, y después con la falta de realidad que seguramente se produce en el instante de la muerte (p. 59). 

La vida me ha cobrado siempre, sin falta y con intereses, todos mis pecados de orgullo (p. 71). 

El malhumor y el insomnio venían ya alimentándose el uno del otro y se agravaron por la neuralgia (p. 75). 

Acabaría por hastiarme por segunda vez en la vida con aquella especie de representación teatral que eran las clases, aquella puesta en escena en la que había participado ya durante demasiados años (p. 83). 

Los discursos políticos, incluidos aquellos con los que estoy de acuerdo, me producen narcolepsia (p. 94). 

Mi ambición ahora, también exagerada, poco razonable, poco cuerda, era que las personas que recorrieran el jardín sintieran con toda claridad, o mejor, vieran, que la vegetación terminaría por alcanzar en aquel lugar, con el paso de los siglos, la destrucción completa de todo trazo humano y el regreso a la selva prístina, oscura, indivisible, original (p. 103). 

Y se me ocurre ahora que en el origen de todas las catástrofes está el hecho mismo de que haya mundo y no esté todo vacío y en paz (p. 111). 

Para mi gusto los humanos alcanzan toda su belleza física por allá por los treinta y cinco, cuarenta años de edad, cuando logran la máxima serenidad y el máximo vigor sin que la piel haya comenzado a arrugarse ni los dientes a ponerse amarillos (p. 122). 

Vivían en distintas ciudades, fincas y pueblos, pero con los teléfonos celulares la familia se desplazaba toda junta por la vida y por la muerte, como en un trasatlántico (p. 125). 

Al no tener vanidades literarias, en las transcripciones no había enredos que distrajeran al lector, y aquello que se quería transmitir aparecía en un grado alto de limpieza, sin las vueltas que algún escritor ambiciosillo o el mismo Misael habrían podido agregarle (p. 125). 

Tuteaba con paternalismo a las personas de clase social más baja, como los médicos al resto de la humanidad (p. 134). 

También nos elogió por haber acabado con los rincones desabridos. Eso era lo que él más temía, en materia de jardines y en todo lo demás de la vida (p. 137). 

Al estar las personas tan viejas y tan cerca de la muerte, pensaba yo, empezaban a dejar de ser ellas mismas; la pérdida de las ambiciones, primero, y de la memoria, después, iban borrando las culpas por las que habrían debido responder, y es así, supongo, como también yo iré regresando a la segunda infancia, y a través de ella, a la inocencia, que se volverá absoluta con la muerte (p. 154). 

Se me ocurrió, como muchas otras veces y como a muchas otras personas, que me habría gustado ser gavilán o gallinazo y dedicarme a volar sobre el planeta, mirando para abajo sin codicia hasta ver aparecer buenamente algún perro o algún ternero muerto (p. 162).

Muere entonces de un infarto fulminante la segunda de mis hermanas y tras ella empieza a morirse la gente por todas partes como granos de maíz pira reventando en una olla (...) Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo (p. 171). 

No estoy enamorado –a partir de cierta edad uno ya no se enamora, (p. 174). 

había decidido que al único entierro que asistiría a partir de ese momento sería al mío propio. Ojalá no tarde demasiado, pues la vida empieza a hacerse muy larga y duele cada vez más. Yo debería aprender a fumar y dejar de hacer yoga, pues al fin y al cabo nadie se muere de insomnio ni de quedarse mueco, y qué hago yo todo mueco, y todo desvelado y todo sano gracias al yoga (p. 187). 

Existía para mí la posibilidad de durar muchos años todavía, pensaba yo. En tal caso leería otra vez los libros de Dostoievski, de Conrad, de Balzac, de García Márquez, de Rulfo, que iban ya para la tercera ronda (...) Estarían además para la tercera ronda, Dumas, Faulkner, Defoe (p. 188). 

Mucha es la actividad que se puede adelantar y sobre todo observar con sólo una caja y mucho lo que se puede leer en las hamacas. La vida sin emprender nada es la muerte (p. 201).

Pequeños o grandes, los jardines son siempre infinitos y por eso decidí no medir ni un centímetro cuadrado o lineal más en la vida (p. 207). 

Pero años no es lo que hay. Mientras menos van quedando mayor es mi admiración por haber tenido uñas, pestañas, rótulas (p. 210).



Las noches todas
Tomás González
Seix Barral
Bogotá
Noviembre de 2018
210 páginas

lunes, 28 de junio de 2021

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère


"De vidas ajenas" es un título preciso. En esta obra de no ficción Emmanuel Carrère no se ocupa de su vida, como en "Una novela rusa" ni de una vida ajena en particular, como en "El adversario", sino de varias vidas ajenas que se presentan como la cara y el sello de una tragedia: los padres que pierden al hijo (la hija, en este caso) y las hijas que pierden a la madre. 

El libro está dividido en capítulos de aproximadamente 10 páginas cada uno en los que Carrère va cambiando el foco de atención, de manera que el relato se desplaza de unas vidas a otras: empieza en 2004 con el año nuevo en Sri Lanka y el gran tsunami que devastó la costa del Índico; luego viaja a Francia y se ocupa de la enfermedad y muerte de su cuñada Juliette; pero el relato sobre este cáncer se aborda primero desde el punto de vista de Étienne, un magistrado amigo, y luego desde la propia familia. Y como si fuera poco, en el interregno aparece un tema jurídico que ocupa la atención de Etienne y Juliette: la defensa de deudores morosos de crédito de consumo y la materialización del derecho a no pagar, y el telón de fondo son los altibajos de la relación de pareja de Carrère y Hélene, hermana de Juliette.
 

Carrère construye relatos muy visuales en los que es fácil ubicarse en el espacio, imaginar las escenas y recorrer con él como autor-narrador las distintas locaciones. Sin embargo quizás en este libro, más que en los anteriores, la lectura genera varias veces el interrogante de: "¿esta historia para dónde va?" porque se trata de un texto que se centra en personajes que luego se abandonan a su suerte para ocuparse de otros asuntos, como por ejemplo los temas jurídicos, que no habían sido anunciados previamente y que al final tampoco se resuelven con claridad. Para los acostumbrados a la narración con el esquema introducción-nudo-desenlace este libro resulta fallido. Pero quizás esa es la apuesta del autor: la vida propia y las vidas ajenas fluyen, y lo que en algún momento fue relevante o ocupó nuestra atención deja de estar tan presente con el paso del tiempo.


Algunas frases
Comprendió que no había llegado el fin del mundo, que estaba vivo y comenzaba la verdadera pesadilla (p. 380).

Ya no buscaba conquistar nada, sino tan solo saborear lo que había conquistado: la felicidad.

Esta mujer lo ha perdido todo porque lo tenía todo, al menos todo lo que importa. El amor, el deseo y la voluntad de hacer que dure y la confianza: durará (p. 399).

Para los padres de Héléne, como para los míos, la buena educación consiste, en primer lugar, en reservarte tus emociones (417).

A la gente que frecuento no le plantea problemas un libro que sea horrible: por el contrario, muchos ven en este hecho un mérito, una prueba de audacia que acredita la valía del autor. A los lectores más candorosos, como la madre de Patrice, les perturba. No juzgan que esté mal escribir estas cosas, pero de todos modos se preguntan por qué escribirlas. Se dicen que un tipo amable y bien educado, que les ayuda a cortar en rodajas los pepinos, que parece participar sinceramente en el duelo de la familia, debe ser, pese a todo, o muy retorcido o bien desgraciado, en cualquier caso debe haber en él algo anómalo (p. 421).

Nada me parecía más valioso que aquella seguridad, la certeza de poder descansar hasta el último instante en los brazos de alguien que te ama totalmente (p. 426). 

(citando Le livre de Pierre): "El peor sufrimiento es el que no se puede compartir. Y el enfermo de cáncer casi siempre experimenta este sufrimiento por partida doble. Doblemente porque, enfermo, no puede compartir con quienes le rodean la angustia que siente, porque debajo de este sufrimiento yace otro, más antiguo, que data de la infancia y que tampoco ha sido compartido ni observado por nadie. Pues bien, lo peor es eso: que nunca te hayan visto, que no te hayan reconocido nunca" (p. 460).

Me escandalizan tanto los que dicen que somos libres, que la felicidad se decide, que es una elección moral. Para esos profesores de la alegría la tristeza es una falta de gusto, la depresión una señal de pereza, la melancolía un pecado. Estoy de acuerdo, es un pecado, incluso un pecado mortal, pero hay personas que nacen pecadoras, que nacen condenadas, y a las que todos sus esfuerzos, todo su coraje y su buena voluntad no liberará de su condición (p. 462). 

Quiero recordar aquel que he sido y que son muchas otras personas (462). 

Descubría lo fácil que es convencer a los pobres de que, aun siendo pobres, pueden comprar una lavadora, un automóvil, una consola Nintendo para los niños o simplemente alimentos, que pagarán más adelante y que no les costará, como quien dice, nada más que si pagasen al contado (p. 475). 

Porque incluso cuando eres pobre tienes apetencias, ahí está el drama (p. 476).

Amaba el derecho, porque entre el débil y el fuerte está la ley que protege y la libertad que sojuzga (p. 499).

El dogma, para los suyos, es la discusión: se puede hablar de todo, se debe hablar de todo, de la discusión nace la luz (p. 499).

Tampoco se puede discutir con alguien que te dice que la Tierra es plana y que el Sol gira alrededor de ella. No hay dos opiniones dignas de ser tomadas en consideración, sino por un lado la gente que sabe y por el otro la que no sabe, y es inútil fingir que se enfrentan con armas iguales (p. 499). 

Soy ambicioso, inquieto, necesito creer que lo que escribo es excepcional, que será admirado, me exalto creyéndolo y me derrumbo cuando dejo de creerlo (p. 504). 

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2011
Traducción de Jaime Zulaika
200 páginas


sábado, 19 de junio de 2021

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère

Así como las matrioskas contienen una muñeca dentro de otra, Una novela rusa contiene varias historias aparentemente inconexas, que se articulan a partir del protagonista-personaje-narrador: Emmanuel Carrère.

Por un lado está la historia András Toma, un húngaro prisionero de la Segunda Guerra Mundial, que pasó 54 años sin hablar en un hospital psiquiátrico de Kotelnich, una ciudad rusa, hasta que fue repatriado a su país. Por otro lado está la historia del abuelo de Carrère, quien desapareció en Burdeos en 1944 durante la Guerra. Está también la historia de la madre de Carrère, quien perdió el rastro de su padre; la de Carrère, que viaja a filmar una película en Kotelnich; están los personajes del documental; hay una muerte violenta, y, por último, todo lo anterior aparece atravesado por la tortuosa relación de Carrère con Sophie, una historia de amor llena de conflicto. Y en medio del libro el autor reproduce un cuento erótico publicado en Le Monde.

Una novela rusa está narrada en la primerísima persona del singular. Es a través de los ojos de Carrère que conocemos el paisaje ruso, los trenes, La Rochelle, la isla de Re y París, los lugares en los que transcurre la historia. Es él el que decide presentarse ante el lector como un hombre clasista, egoísta, celoso, desconectado de sus hijos. Un hombre orgulloso de su sexualidad, que se deprime, se aburre, tiene relaciones difíciles con sus padres y su pareja y escribe a partir de allí.

Cuando Carrère publicó El Adversario le cayó el éxito encima: fue un libro superventas, se rodó una película con base en esa historia y su nombre saltó a la fama internacional. Luego vino la sequía narrativa y Una novela rusa es el libro que publicó siete años después. Sorprende en este el cambio de registro, de tono, de tema. En muchos sentidos parece un libro escrito por otra persona y, al mismo tiempo, tiene profundas conexiones con su antecesor: ambos se parapetan en la no ficción, en la narración de los hechos a partir de las vivencias y datos del autor, y en la honestidad del texto. Una novela rusa es (debió ser) un libro doloroso de escribir, pero al mismo tiempo escribir salva.

 
Algunas frases
No estaba en absoluto preso, ni siquiera enfermo: vivía aquí, esto era su casa y punto (p. 153).

Es un acto doloroso, pero psíquicamente indispensable: un desaparecido es un fantasma, fuente de una angustia sin nombre que puede contaminar varias generaciones, mientras que por un muerto se puede guardar luto, llorarlo, olvidarlo (p. 172). 

Kotelnich, para mí, es donde uno reside cuando ha desaparecido (p. 176). 

Una obra maestra de economía descriptiva: las montañas, dice el narrador, son tan altas que por mucho que levantes los ojos nunca ves a los pájaros recortándose en el fondo del cielo (p. 177). 

Decir que haces textos educativos o que atiendes la ventanilla de la Seguridad Social es decir: no lo he elegido, trabajo para ganarme la vida, estoy sometida a la ley de la necesidad (p. 181). 

Nabokov estaba seguro de sí mismo y de su genio; fueran cuales fuesen las pruebas que atravesó, vemos bien que se despertaba cada mañana dando gracias a Dios por el privilegio único de haber nacido en la piel de Vladimir Nabokov (p. 185). 

Amaba las ideas, los ensayos más que las novelas, y leer un libro equivalía para él a conversar con su autor (p. 186). 

Creo que sobre todo habría querido que le respetasen. Ser importante. Visible. Existir ante los demás. Que no le vieran como un fracasado, un pobre de solemnidad toda su vida. (p. 190). 

Esta será la regla de mi nueva vida: andar derecho hacia donde me lleven los pies, sin retorno ni pesar (p. 198). 

Todo el mundo, y yo el primero, me considera un compañero encantador. Me represento mi vida futura como una sucesión de dichas y de victorias (p. 203). 

Escribiré un libro sobre su padre. Pensé durante mucho tiempo que no lo haría mientras ella viviera, y al salir de la Academia aquel día pensé lo contrario: que debo escribirlo y publicarlo antes de que ella muera. Que lo escribo para ella. Para liberarla, y no solo para liberarme yo (p. 210).

Recuerdo una novela en la que el narrador se percataba maravillado de que en todas las circunstancias las mujeres están siempre desnudas debajo de la ropa. Compartí y aún comparto ese estupor. (p. 231). 

Si tuviese el valor, yo mismo escribiría al defensor (del lector) para recordarle esta regla elemental del periodismo: cuando a un lector le gusta un artículo escribe autor, cuando no le gusta escribe a la redacción (p. 316).

¿Hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? (p.323).

Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien (p. 323). 

Cuando dos personas que han atravesado una crisis semejante, en la que cada uno ha sido la imagen de la felicidad pero también la del miedo, entonces todo se vuelve posible, la confianza debe por fin explayarse (p. 33). 

Dice que descuidamos lo que creamos poseer, que esperamos a haberlo perdido para llorarlo (p. 354). 

piedad por el dolor intolerable que Nicolás afronta y va a afrontar hasta el final de su vida (p. 365). 

No hace falta tirarse por la ventana para morir, otros como tú mueren bien vivos (p. 367). 


Emmanuel Carrère
Una novela rusa
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2007
270 páginas

domingo, 13 de junio de 2021

El adversario, de Emmanuel Carrère

La mañana del 9 de enero de 1993 Jean-Claude Romand mató a su esposa, sus hijos y luego viajó para asesinar a sus padres. Todo esto lo cuenta Emmanuel Carrère al comienzo de El Adversario e internet ofrece múltiples detalles sobre el crimen que van desde fotos de las víctimas hasta la historia del juicio al asesino. 

Es decir: todo eso lo sabe el lector desde el comienzo y sin embargo, conociendo de antemano el desenlace, el libro tira página tras página para seguir leyendo, porque Carrère logra narrar un personaje tan singular y enigmático que el múltiple crimen es un dato más que se suma a una vida por completo inverosímil, y que sin embargo ocurrió con cada uno de los detalles que entrega el autor. 

El adversario remite a pensar en A sangre fría, ese clásico de Truman Capote sobre otro crimen horrendo. Pero mientras el énfasis de Capote está en construir lo que pasa con los asesinos después del homicidio y durante su paso por la prisión, el de Carrère está en contar la vida previa de Jean-Claude Romand para poder entender que lo llevó a matar a su familia. Su vida desde su infancia pero sobre todo los 18 años que pasaron antes del crimen y que Romand llevó no una doble vida sino una vida falsa, una vida de fachada detrás de la cual no había nada distinto al vacío y la soledad. Para ello hace un completo ejercicio de reportería que lo lleva a comunicarse no solo con el asesino sino con otra cantidad de fuentes, hasta construir un retrato del homicida-estafador-falso médico que, pese a todos los delitos que tiene encima, causa más curiosidad que miedo.

El adversario es un texto corto de no ficción dividido en capítulos breves que se construyen de una manera muy visual (fue adaptado al cine), con múltiples personajes y espacios, ubicados en la región fronteriza entre Francia y Suiza. El libro, publicado en el año 2000, tiene un ritmo vertiginoso, como de novela policiaca, aunque desde el principio es claro que no hay misterio por resolver, distinto al de los laberintos de la mente humana. Es un libro de no ficción que alude precisamente a esa frontera entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira, o entre lo real y lo imaginario. Y sobre la facilidad del engaño, cuando todo el mundo está predispuesto a creer. 

El libro, infortunadamente, lo leí en una traducción al español de España, con palabras y modismos que no corresponden al español latinoamericano y cortan la fluidez de la narración.

Algunas frases
"Una amistad semejante se cuenta entre las cosas preciosas de la vida, casi tan valiosas como el éxito en el matrimonio" (p. 12).

"Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida" (p. 12).

"Se había infiltrado una duda que únicamente el tiempo podía extirpar. Eso quería decir que les habían robado la infancia, tanto a los niños como a los padres" (p. 15). 

"Viéndolo no como alguien que ha hecho algo horrible, sino como a alguien a quien le ha sucedido algo espantoso, el juguete infortunado de fuerzas demoníacas" (p. 29).

"Es imposible pensar en esta historia sin decirse que hay un misterio y una explicación oculta. Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así" (p. 61) 

"Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand" (p. 64).

"Es notorio que los hombres más notables son también los más modestos, los que menos se preocupan de la opinión que se tiene de ellos". (p. 73).

"Por primera vez existía ante la mirada de alguien" (p. 75). 

"Era lo que pasaba por no haber hecho barrabasadas a los veinte años: cerca de los cuarenta uno se encuentra en plena crisis de la adolescencia" (p. 78).

"El silencio es el peor enemigo de las parejas. Una crisis superada, por el contrario, puede resultar su mejor aliado" (p. 78). 

"La certeza de que se suicidaría un día le dispensaba de hacerlo" (p. 85). 

"Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística" (p. 114). 

"La novela narcisista continúa en la cárcel, lo que permite a su protagonista evitar una vez más la depresión masiva con la que ha jugado al escondite durante toda su vida" (p. 114). 

"Esa imposibilidad que usted tiene de decir "yo" a propósito de mí procede en parte de mi propia dificultad de decir "yo" respecto a mí mismo" (p. 128). 

Emmanuel Carrère
El adversario
Editorial Anagrama
(Edición conjunta de El adversario, Una novela rusa y Vidas ajenas)
Traducción Jaime Zulaika
Barcelona, 2017
136 páginas.

martes, 8 de junio de 2021

Museo voraz, de Angélica Ávila Forero

La narradora está encerrada en su casa. La pandemia (de covid, aunque no se nombra) la tiene en cuarentena y como no puede salir viaja con la imaginación. Decide armar un museo a partir de obras de arte que roba a coleccionistas, galerías y en otros museos. Su objetivo es armar su propio museo, abierto al público, con piezas elaboradas por artistas colombianas (solo mujeres) en los últimos 100 años.

"Museo voraz" es una prosa de ficción, fruto de un riguroso trabajo de investigación. La autora selecciona las artistas, elige una obra de cada una y decide, como lo advierte al principio del libro, que no usará las siguientes palabras para hablar de arte: abstracción, academia, actualidad, anacrónico, apropiación, arquetipo... y eso solo por la A. La larga lista de palabras prohibidas termina en Vanguardia. 


El ejercicio que propone entonces, lejos del academicismo, es observar la pieza (el cuadro, la escultura, el performance) analizarla, ponerla en relación con otras y permitirse sentir a partir de lo que la obra propone. La decantación de todo eso son textos cortos que a veces son descripciones, otras evocaciones, otras son un poema, o una lista o una narración: una creación libre, tan libre como la obra que la origina.

Lucy Tejada, Emma Reyes, Hena Rodríguez, Karen Lamassonne, Doris Salcedo, Carolina Cárdenas, Beatriz González, Olga de Amaral, Débora Arango... en total son 71 obras de igual número de artistas las que la narradora va ubicando en salas de exposición imaginarias, abiertas a un público también imaginario. Se trata entonces de un museo mental, pero no de cualquier museo: es un museo voraz. La voracidad con la que observa, describe y se apropia de cada una de las obras ajenas que hace propias, es el elemento diferenciador de este libro. Podría haber sido un simple catálogo de artistas plásticas colombianas, pero lo que la escritora crea es una obra construida a partir de las palabras que salen de su cuerpo, luego de haber fagocitado no solo a cada una de las obras, sino también de sus creadoras. 



Algunas frases
Aprendió a decir que la chicha embrutece y a tomar té en vajillas delicadísimas, porque creía que eso era ser inglesa y que ser inglesa era lo mejor que se podía ser en Colombia (p. 21).

O no terminado, pero sí hecho. Porque cuando se empieza un dibujo, casi nunca se sabe cuándo ni cómo terminará (p. 41). 

Me consoló pensar en nuevos espacios. No tenía plata pero sí memoria, y escribir es más barato. No sé si durante la cuarentena los demás ladrones seguían ejerciendo, ni dónde estarían robando, pero yo decidí salir de caza (p. 49). 

Yo no soy curadora, soy una coleccionista que no se asesora (p. 87)

Lo que quería ser era una coleccionista de las que, antes de morir, le donan su colección al museo (p 89).

Lo que hace a un museo distinto de una colección son sus visitantes. EL museo atesora y muestra, mientras que la colección solo atesora. El contenido del museo no son solo las obras, sino también sus visitantes (p. 89).

Al final recordé que no todas tenemos que ser amigas, ni querernos, ni abrazarnos, y que eso está bien (p. 98). 

Hasta ahora caigo en la cuenta de que la balanza estaba terriblemente inclinada: no recuerdo que me hablaran de mujeres artistas en clase tanto como lo hicieron de los señores. Y cuando aparecían estaban desnudas y retratadas por un señor" (p. 101).

Imaginar que podía salir fue la única forma en la que pude evitar estar en mi casa durante el encierro. Así que salía de mi casa en mi mente. Estuve visitando las casas de otros, pero en vez de despertarlos para que tuviéramos una conversación, para que me dieran un abrazo y así yo no me sintiera tan sola, les robé. (p. 127). 

Escuché las conversaciones que tienen los personajes de todos los cuadros. Robé obras hechas por mujeres en mi país, y con sus obras me las robé a ellas también. Robé a mujeres, nos volví amigas y nos puse a hablar (p. 127).

Soñar e imaginar tienen en común que una puede hacer cosas que en la vida real no: pedir perdón, hacerse amigas, robar cosas imposibles –más imposibles que un novio– y hacerse un museo (p. 128).

El libro nombraba a veintitrés personas: veinte señores y tres mujeres –porque a este tipo de libros les gusta hacer ese tipo de cosas– (p. 148).

La sala del Amor nunca se concretó. El espacio que le había abierto quedó vacío. Lo puse en la entrada del museo y decidí que sería la sala de espera y también puse la taquilla ahí (p. 153).

Museo Voraz
Angélica Ávila Forero
Laguna libros
Bogotá
Octubre de 2020
208 páginas

jueves, 27 de mayo de 2021

Mediocristán es un país tranquilo, de Luis Noriega


Un bumangués que estudia en Bogotá y luego se radica en Barcelona es el narrador de esta novela, en la que a partir de capítulos cortos se cuentan sus coqueteos con el fracaso: su inestabilidad económica, su desinterés por el "éxito" o la estabilidad, su negativa rotunda a tener hijos y formar una familia y su comodidad en una relación de pareja sin compromisos, viendo tele y metiendo droga. Los altibajos más fuertes en su cotidianidad son los que proporciona el desempeño de su equipo de fútbol favorito. 

Mediocristán es su país pero también su vida: una medianía en la que es mejor vivir en un eterno presente. Garantizar el placer inmediato es la apuesta más segura para evitar hacerse preguntas sobre el futuro. 

A partir de anécdotas mínimas que suenan a experiencia autobiográfica, Noriega construye con humor ácido y sarcasmo un personaje que evidencia que desea prolongar la libertad de su adolescencia y se resiste a los estereotipos que se esperan de la adultez y ese protagonista es un buen álter ego de su país de origen: Mediocristán, un país en el que es un derecho fundamental tener a quién echarle la culpa.

El humor es un poderoso recurso para desnudar las fisuras del poder. Es a partir de allí, de la sátira y la ironía, que Noriega habla de la camisa de fuerza que representan la familia, el matrimonio y la paternidad, y las carencias normalizadas en un país violento y mediocre como Colombia, en el que una de las buenas alternativas que se le ofrecen a los jóvenes consiste en migrar. 


Algunas frases
"Tener a quién echarle la culpa es casi un derecho fundamental" (p.11)

"Las generaciones pasan.
La tierra permanece.
La memoria es frágil (p. 12).

"En ocasiones, tener un culpable es la mejor excusa" (p. 13).

"una generación que para tener a quién echarle la culpa ha tenido que abandonar la comodidad del ámbito familiar y tomar un curso rápido de política de cafetería sobre la falta de oportunidades y las mentiras del Estado del bienestar" (p. 13).

"El nombre impronunciable del abismo que existe entre nuestras aspiraciones y nuestros logros es "fracaso"" (p. 14).

"Las palabras son una medida de la vanidad" (p. 14). 

"Tal vez lo que te hace especial no sea ser lo que mal que bien has podido ser, léase nada, sino ser el padre de alguien cuya historia será completamente diferente de la tuya. Una historia esta-vez-sí" (P. 20).

"En Mediocristán procuramos no meternos en problemas: es la mejor forma de no perder inútilmente el tiempo intentando hallarles solución. Preferimos los crucigramas, los acertijos verbales, las novelas de intriga, los videojuegos" (p. 23).

"Mi única queja contra la sociedad de consumo, el imperio de lo efímero y demás, siempre ha sido que haya tanto con que enajenarse y tan poco tiempo" (p. 23)

"En otra época fui crédulo. Otros dirían "joven". Otros dirían "guevón".
Otros corregirán "todavía"" (p. 25).

"El razonamiento que puso fin a mi vocación política fue que yo no era nadie para luchar contra las venerables tradiciones nacionales del peculado, la repartición del pastel y la puñalada por la espalda" (p. 26).

"Entre Mediocristán y Fracaso hay estaciones bastante peores para los políticos de cafetería. La cárcel. El cementerio. El Congreso. Y eso solo por la C" (p. 26).

"La política, dice el poeta, es una afición reservada a los miembros mejor vestidos de las clases criminales" (p. 27).

"Cuando me canso del realismo, cambio de canal" (p. 28).

"Dentro y fuera de Mediocristán la ley de la vida es el autoengaño" (p. 31). 

"la familia, el monopolio de una Iglesia cuyo deporte preferido es organizar marchas por el derecho a la vida de todo puñado de células que pueda convertirse, de acuerdo con la voluntad de Dios y las leyes de la naturaleza, en carnecita de cura pedófilo" (p. 32).

"La felicidad es comer, beber y follar. La felicidad es comer, beber y meter. La felicidad es comer, beber y ver la tele. La felicidad es comer, beber, follar y meter mientras ves la tele. Etcétera" (p. 40).

"Los bancos no necesitan muchos argumentos para convencernos de que el crédito es una buena religión" (p. 40).

"El nacionalista mamerto es un vástago de la aristocracia local, cuyos privilegios ha rechazad para combatir el sistema atiborrándose de porros y resúmenes de Marx en un humilde piso de doscientos metros cuadrados mientras cobra el paro" (p. 66). 

"No hay sitio, por más maravilloso que sea, que puedas visitar sin cargar contigo mismo. Y en mi caso, aun cuando consigo viajar con la mejor versión de mí mismo, la resaca suele ser atroz" (p. 77).

"El lugar común acerca de las reuniones de ex alumnos es que se planean como grandes ocasiones para el recuerdo y terminan siendo reuniones de borrachos más o menos decepcionantes que nadie quiere repetir en mucho tiempo" (p. 139). 

"En Mediocristán me resulta doloroso reconocer, abundan los idiotas convencidos de que viven en otro país, cuando no en otro planeta" (p. 140).

"El Pasado es el país del que nunca te has dio, el país en el que siempre estás de vuelta" (p. 146). 

"Para ser un buen budista a veces solo se necesita dar con la combinación de drogas adecuada" (p. 164). 

Mediocristán es un país tranquilo
Luis Noriega
Editorial Random House
2014
Bogotá
168 páginas.

Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha


Confiesa Rodrigo García Barcha al final de su testimonio: "sé muy bien que cualquier cosa que escriba sobre sus últimos días puede llegar a publicarse fácilmente, sin importar su calidad" (p. 91). Esa preocupación, la de un escritor dedicado al cine (guionista, director y productor), hijo a su vez de uno de los mitos de la literatura del siglo XX, seguramente atravesó la construcción de este libro: ¿cómo saber que el libro es bueno en sí mismo y no sólo porque revela detalles íntimos (chismosos, diría Mercedes) de los últimos días de la vida de Gabriel García Márquez?

Para los lectores de García Márquez el libro resulta revelador en la medida en que presenta una mirada distinta. El acercamiento al Nobel se hace normalmente desde su propia voz narrativa: desde lo que dejó escrito y también desde lo que dejó dicho en entrevistas en prensa, radio y televisión. Este libro permite acercarse desde un ángulo distinto: el de un autor que tiene acceso directo a un material privilegiado y lo narra desprovisto de la mitificación del personaje central. Rodrigo García no presenta al Nobel sino al padre enfermo y en irreversible deterioro hasta su muerte.

Se trata entonces de un ejercicio de desmitificación y humanización similar al que el propio Gabo hizo con Bolívar en "El general en su laberinto": ocuparse de narrar no las glorias sino la derrota final que significa el deterioro del cuerpo, la salud y la muerte. Rodrigo García presenta entonces a un anciano demente, que no reconoce a sus hijos y a veces tampoco reconoce a su esposa, al que las enfermeras deben incluso untarle crema en sus genitales para evitar que se queme y que en medio de su delirio solo desea regresar a su casa y con ese pedido, que hace desde su casa de México, se refiere al regreso a la casa de la infancia, la misma que narró en Vivir para contarla, su único libro autobiográfico.

"Gabo y Mercedes: una despedida, de Rodrigo García Barcha" es un libro breve, en el que un tercio de las páginas se dedica a fotografías familiares y el resto se compone en capítulos cortos en los que el autor deja mencionados algunos asuntos espinosos: la posibilidad de practicar la eutanasia, lo patriarcal que resulta el apodo de "Gaba" o el tratamiento de "viuda de Gabo" para Mercedes, la tensión que implica para la familia hacer un duelo íntimo en medio de tanta gente y el alivio que llega con la muerte del escritor, que en razón de su enfermedad se había convertido en un peso cotidiano para la familia. 

Quienes quieran encontrar las claves de la literatura de García Márquez, sus rutinas de escritor, sus influencias y sus logros deben buscar otros libros. En este texto no aparece Gabo, aparece un padre, un abuelo viejo, enfermo y deteriorado, que quiere oír vallenatos para regresar a ese mundo antiguo en el que fue feliz. 


Algunas frases
"Escribir sobre la muerte de un ser querido debe ser casi tan antiguo como la escritura misma, y sin embargo, cuando me dispongo a hacerlo, instantáneamente se me hace un nudo en la garganta" (p.16).

"Como suele ocurrir con la escritura, el tema lo elige a uno, y toda resistencia sería inútil" (p. 16).

"Estoy perdiendo la memoria, pero por suerte se me olvida que la estoy perdiendo" (p. 19).

"Todos me tratan como si fuera un niño. Menos mal que me gusta" (p. 19).

"–¿Qué hace aquí afuera, don Gabriel?
–Llorar.
–¿Llorar? Usted no está llorando.
–Sí lloro, pero sin lágrimas. ¿No te das cuenta de que tengo la cabeza vuelta mierda? (p.19).

"Habla con una propiedad que hace olvidar, en la alegría del momento, que lleva años sumido en la demencia, y que el hombre con el que hablamos casi no está presente ni entiende nada, y apenas es él" (p. 25).

""Se está muriendo mucha gente que antes no se moría", y se divertía con la risa que provocaba" (p. 30). 

"Tal vez la única historia que vale la pena contar es la que nos haga reír" (p. 32).

"Casi todo lo que vale la pena saber se aprende todavía en casa" (p. 33).

"Cuando el momento llegue, si queremos acelerar las cosas, el goteo de líquidos de mi padre se puede interrumpir" (p. 35). 

"Consideraba que una enorme disciplina era una de las piedras angulares para escribir una novela, en particular cuando se trataba de estructurar la forma y los límites del relato" (p. 48).

"Mi papá admiraba y envidiaba muchísimo a los compositores de canciones por su habilidad para decir tanto y de manera tan elocuente en tan pocas palabras" (p. 51).

"la incredulidad de que un hombre tan vital y expansivo, siempre embriagado con la vida y los avatares de la existencia, se haya extinguido" (p. 62).

"Un buen cuento siempre supera la verdad. Un buen cuento es la verdad" (P. 83).

"Mi padre decía que todos tenemos tres vidas: la pública, la privada y la secreta" (p. 87).

"Mi padre se quejaba de que una de las cosas que más odiaba de la muerte era el hecho de que sería la única faceta de su vida sobre la que no podría escribir" (p. 91).

"Lamento no haberles preguntado más por los detalles de sus vidas, sus pensamientos más íntimos, sus mayores esperanzas y temores" (p. 103).

"Un hogar es un lugar muy diferente para cada uno de sus habitantes (p. 103).

"Con los años, la fragmentación continuará y la vida se sedimentará sobre las capas del mundo de mis padres y las capas de otras vidas vividas, hasta que llegue el día en que nadie en esta Tierra tenga memoria de su presencia física" (p. 104).

Gabo y Mercedes: una despedida
Rodrigo García Barcha
Editorial Random House
Bogotá, mayo de 2021
Traducción: Marta Mesa
138 páginas

jueves, 20 de mayo de 2021

La mata, de Eliana Hernández y María Isabel Rueda


Del 16 al 21 de febrero de 2000 los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia mataron a 105 personas en El Salado y las veredas aledañas, en el departamento de Bolívar. Luego de la masacre hubo un masivo desplazamiento forzado y quienes años después regresaron al pueblo narraron que las casas, cancha y en general las construcciones estaban cubiertas de vegetación.

La antropóloga Eliana Hernández leyó el informe que sobre esta masacre publicó en 2009 el Centro de Memoria Histórica. Con base en esa información y con la imagen de la vegetación cubriendo el espacio que habitó la muerte construyó el poema "La mata", en el que las voces de dos campesinos, Pablo y Ester, se unen a otras voces, como los investigadores y los testigos para contar desde múltiples ángulos y detalles el horror que allí se vivió. 

El resultado es un libro hermoso y doloroso: un largo poema con ecos de coro griego en donde la vida cotidiana empieza a abrirse lentamente para darle paso a la tragedia. El mundo particular de Pablo y Ester se enrarece con un helicóptero del que caen volantes que dicen "Cómanse las gallinas y los carneros y gocen todo lo que puedan este año porque no van a disfrutar más". Pablo Rodríguez, líder de la junta de acción comunal, sale de su casa para enterrar una caja con escrituras que prueban que es el dueño del terreno. Otras voces dicen "salgan, partida de guerrilleros, que todo el mundo se muere hoy" y así, narrando en diagonal, sin describir los vejámenes sino sus ecos, el poema acerca a una de las peores masacres cometidas en la historia de Colombia. 

Además del poema, el libro es hermoso como artefacto. Los dibujos de María Isabel Rueda funcionan como esos cuadernos artefacto de colegio en los que el paso rápido de las páginas permite crear la ilusión de movimiento a partir de múltiples imágenes con variaciones. La mata que dibuja María Isabel Rueda empieza como algo pequeño, unas cuantas hojas sobre lo que parece una casa, y a medida que avanza el poema la mata crece y crece hasta abarcar toda la página. Una simbiosis perfecta entre el poema y la imagen, en donde al final, se ofrece algo de esperanza: "para quienes volvieron: un manojo de flores de totumo", dice la autora al inicio de los últimos versos, en donde la fuerza de la naturaleza se ofrece como una posibilidad de vida después de la muerte. 

Algunas frases
El miedo se acomoda
como un gato en la garganta,
mejor hacer con ellos una bola,
tirarla al monte enfurecido (p. 19).

Me lo hicieron con un cuchillo, dice la mujer 
y señala una marca en el brazo. 
También me hicieron cosas peores
que no puedo decir (p. 29). 

Mejor no pensar. Mejor
enumerar las cosas que le gusta hacer:
echarle maíz a los pollos
podar el jardín
meter las manos
en la leche
fresca para el queso (p. 33). 

Cuando caen los cuerpos en la cancha,
elegidos al azar
quedan en las casas los patios,
las cocinas, las sábanas extendidas
recibiendo aún
la tibieza del sol (p. 49).

En sus huesos, 
en sus últimas formas palpables,
se condensan hasta extinguirse 
lo que alguna vez fueron:
lunares, masas,
luego humus, tierra, simple tejido
que con el peso de los días
se vuelve poco a poco
una capa de tierra transparente (p. 57).


La mata
Eliana Hernández (poema) y María Isabel Rueda (Ilustraciones)
Laguna Libros
Bogotá, septiembre de 2020
96 páginas

miércoles, 19 de mayo de 2021

Tefra, de Viviana Troya

Al final de tefra su autora Viviana Troya explica en qué consiste este término: "Tefra, como se le llama a las cosas fragmentadas que salen de un volcán" (p. 110), escribe en el relato "Los volcanes", y con esa definición queda aún más claro no solo el título del libro sino también su estructura: fragmentos íntimos que salen de un volcán que es la autora misma.

Viviana Troya nació en Pasto en 1992 y es artista plástica. Su tefra, los piroclastos que expone en este libro, son relatos cortos a manera de jirones de vida: el Carnaval de Blancos y Negros, la historia de Bolívar contada desde Pasto, las leyendas sobre el origen de la laguna de Cocha, el volcán Galeras, la familia, el río Guáitara, las relaciones de pareja (fragmentarias, temblorosas, con grietas, en zona de riesgo) y en general las fisuras de la vida cotidiana, los cráteres y las cenizas.

El libro incluye 60 relatos cortos, algunos de apenas un párrafo y otros de una o máximo dos páginas. No son cuentos, no son poemas, son relatos personales, a manera de postales en donde la autora describe una situación, un paisaje, hace una pequeña reflexión o cuenta una anécdota. Todo parece muy mínimo: el ejercicio consiste en ver la vida ordinaria a través de un microscopio que permite captar con sensibilidad los detalles que usualmente pasan inadvertidos. 

Con Tefra su autora ganó la "Beca para la publicación de obra inédita 2020" en la convocatoria del Ministerio de Cultura. 

Algunas frases
que desaparezcan siempre ha sido más doloroso que verlos muertos (p. 47).

lo contrario a ese temblor es tu valentía, tu valor, tu estabilidad, tu tranquilidad; si no tiembla hay calma, tu calma, y las cosas se quedan quietas (p. 56). 

el tiempo que no es más que un celular descargándose en tu bolsillo (p. 59).

eso sí lo hacían, darle bebés al volcán, y que era para calmarlo, cuando temblaba o había fumarola, y que con eso el volcán ya seguía durmiendo... (p. 68).

Las lámparas colgantes del comedor fueron las únicas que vi cuando salí corriendo de la casa. Pero todas las demás cosas estaban haciendo lo mismo: las cortinas, la ropa colgada, los cajones, las toallas, el agua del inodoro. Toda la casa temblando como yo mientras bajaba corriendo por las escaleras, rogando que pasara rápido, que las paredes no cedieran (p. 71).

Y una casa puede ser una mamá, tus abuelitos o una ciudad (p. 78).


Ella sabía que intentar podía ayudar a su relación, porque cuando alimentas un río, el río crece, pero no podía dejar de pensar que ese era el río equivocado. ¿Ya era tiempo? Volvió a pensar en el río, pero ese río era imaginario (p. 106).

Todos los volcanes son una ruptura, en donde el magma desde el centro de la tierra ha sido capaz de abrirse paso a través de grietas y fisuras hasta erupcionar en la superficie, con más o menos violencia (p. 110). 

No hay nada que temer, los volcanes son rupturas que necesitamos, sus erupciones nos recuerdan las cosas que están adentro (p. 113). 

Tefra
Viviana Troya
Laguna Libros
Febrero de 2021
Bogotá
120 páginas

martes, 18 de mayo de 2021

Sofoco, de Laura Ortiz Gómez

Nueve cuentos alrededor del conflicto armado colombiano componen "Sofoco", el hermoso libro con el que la autora bogotana Laura Ortiz Gómez ganó el premio de narrativa Elisa Mújica en 2020. 

Son cuentos que dialogan entre sí, pero no a partir de personajes o situaciones comunes sino desde la sensación de sofoco que los atraviesa. Los cuentos de Laura Ortiz ocurren en este "paisito de narcos", en el que los soldados cantan "sube sube guerrillero, que en la cima yo te espero con granadas y morteros" y que ella relata desde los márgenes. No aparecen en sus páginas las grandes ciudades ni los poderosos, sino los ríos, los pueblos, los animales y la gente que vive el ahogo del conflicto, la violencia y la pobreza: desplazamiento forzado, tortura, guerrilla, paramilitares, violencia sexual y racismo son algunos de los hechos victimizantes que reconstruye la autora, a partir de un ejercicio literario que mezcla datos y aguda observación con un manejo de voces y tiempos que le permiten construir atmósferas opresivas, asfixiantes. 

La muerte ronda por casi todas las páginas del libro. La muerte física de la guerra, pero también la muerte de los sueños, de la infancia y de la alegría. Los personajes de Sofoco son tristes pero no resignados: casi todos los cuentos traen un punto de giro en el que el personaje intenta darle una vuelta a su destino para liberarse del terror o el tedio. 

Los textos de Laura Ortiz están construidos a partir de frases cortas, como sentencias, y de imágenes precisas del entorno en el que transcurren las historias. La ubicación geográfica no ofrece nombres propios de ciudades, pueblos o veredas que se ubiquen en el mapa, pero la descripción del territorio permite identificar con claridad los espacios en los que ocurren los relatos: espacios muy colombianos, marcados por la ruralidad y el miedo. 

Los nueve cuentos incluidos en el libro son "Aíta la muerte", "Tigre americano, panthera onca", "Mingus el ardiente", "Esperar el alud", "El corazón del señorito", "La cajita de Avon", "El último Pibe Valderrama", "Un toro bien bonito" y "Parto de vaca". En varios de ellos la autora trabaja el giro animal como una forma de potenciar la atmósfera brutal, salvaje o enrarecida que describen sus historias

Sofoco aporta en la construcción de una memoria literaria del conflicto armado colombiano y lo hace sobre todo desde sus personajes femeninos que presentan puntos de vista diversos alrededor del impacto de la violencia (incluyendo la sexual) en sus vidas y sus familias. Es, sin duda, un libro valioso. 


Algunas frases

Aíta la muerte
Una diría que la guerra es como las películas de acción. Pero no. Es quieta. Más que quieta es monótona. A la gente la matan y la matan y la matan, pero la guerra sigue (p. 9).

La guerra no se trata de nada. Es un agujero que escupe muertos (p. 9).

El ruido es enemigo del recuerdo (p. 10).

El noviazgo de pueblo se consuma en cualquier rinconcito oscuro (p. 12).

La muerte es la única cosa respetable que nos queda (p. 12).

Cuando una mujer pasa de los cuarenta, los hombres ya ni se esfuerzan en ocultar que se sienten superiores (p. 14). 

Tigre Americano, Panthera Onca
Me pongo muy triste cuando pienso en todo lo bueno y bonito que era el mundo antes de que yo naciera (p. 24). 

Doña Cleo le toma la mano y le dice: A Luisa también. Y a la Mónica. No les vaya a decir que yo le conté, a ellas les da mucha vergüenza. Pero solo le cuento esto para que vea que usted no está sola. Que les ha pasado a muchas. Ellos no tienen alma y no se merecen nada. (p. 27). 

Mingus el ardiente
Los palenqueros ya estaban hartos de recoger yanquis, darles comida, aparecer en sus documentales independientes y nunca más saber de ellos (p. 38). 

Esperar el alud
El socialismo es un verso que alcanza solo para el sexo; el piso de tierra no, nunca, será amor (p. 55).

Solías decir: Estoy curado de espanto. No era cierto. De los espantos no se cura nadie. (p. 59). 

Entre tanto advenedizo quién es Dios (p. 60). 

Los suicidios no suelen tener testigos. Voy a cerrar los ojos por pudor (p. 61). 
 
El corazón del señorito
Todos quieren amor, pero nadie quiere lavar los platos (p. 66).

¿Cómo se dice cuando puedes ver la belleza de lo que ya estás perdiendo? ¿Cómo se dice, Ricardito, cuando hay nostalgia de algo que sucede en presente? (p. 76). 

El último Pibe Valderrama
Tampoco le gustaban los niños. Solía decir: Los hijos son pedos, solo se los aguanta el dueño (p. 91).

En mi casa éramos así, apilábamos secretos, unos sobre otros, minuciosamente, haciendo un exoesqueleto familiar. (p. 98).

Como de gente que quería la aprobación del padre mundial, para existir por fuera de la cara de Pablo Escobar (p. 99). 

Un toro bien bonito
Escribir sirve para conjurar fantasmas. Traer vida a lo que se ama y lo que se odia. (p. 105). 

Parto de vaca
Lo más cercano a parir es cagar (p. 111)

El paisaje es un lujo pa´los ricos que se sientan a ver (p. 111).

Ya estoy caminando, esquivando las miradas de los vecinos, que a su vez esquivan mis miradas. Aquí en Alto Bonito nos presentimos en diagonal (p. 112).


Sofoco
Laura Ortiz Gómez
Laguna Libros
Bogotá
Abril de 2021
121 páginas