lunes, 21 de noviembre de 2022

La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz



Óscar de León es un nerd negro, obeso, virgen, de familia dominicana que migró a Paterson, New Jersey, al frente de Nueba Yol. Lo dice así, lo escribe así y se siente así: al frente, al margen, viendo la vida pasar pero sin poder insertarse.

Óscar es el hermano menor de Lola. Los dos son hijos de Hypatía Beli Cabral y un padre ausente, que estuvo con su mamá menos de dos años. Beli es huérfana desde que estaba bebé: su papá, el médico Abelard Luis Cabral, fue detenido por Trujillo y murió en prisión, y su mamá Socorro Hernández Batista, murió arrollada por un carro. A sus dos hermanas mayores las asesinaron y entonces Beli fue vendida pero luego rescatada por La Inca, una prima de su papá. 


Esta constelación familiar determina los distintos narradores y períodos históricos que usa Junot Díaz para narrar La maravillosa vida breve de Óscar Wao. El autor utiliza pies de página, intertextualidad, referencias al cine, cómic, televisión (los Simpson, El planeta de los simios) a los libros de ciencia ficción (El señor de los anillos) y a una enorme cantidad de íconos de la cultura popular para acercar al lector al entorno de Óscar y de sus antepasados, con un lenguaje que muta según el narrador: desde la voz experimentada de La Inca, narrando desde República Dominicana los horrores de Trujillo, hasta la voz trabada de Yunior, el novio de Lola, que solo piensa en rapar (sexo) y que se burla de Óscar con una incorrección política que difícilmente puede pasar el filtro de la policía de la moral. 

El lenguaje carnavalesco, con un barroco tropical propio del Caribe, desarrolla con humor, abundancia e ingenio una vida trágica, marginal, ordinaria y con poco afecto, que sin embargo el título del libro presenta como "maravillosa". Que sea maravillosa o decadente es cuestión de ángulo: las vidas horribles también pueden contarse de forma maravillosa.

Algunas frases

Caminaba como si tuviera una campana por culo (p. 24). 

No hay nadie más opresor que el que ha sido oprimido (p. 33).

Era uno de esos nerds que usaban la biblioteca como escondite (p. 34). 

coño, ¿qué familia latina no se cree maldita? (p. 42).

Nunca son los cambios que queremos los que cambian todo (p. 59).

Los senos de tu mamá son inmensidades. Una de las maravillas del mundo. Los únicos que has visto más grandes se ven en las revistas pornográficas (p. 59). 

Temes las conversaciones con tu mamá. Siempre son regaños unilaterales (p 60). 

Cuando me sucedió lo que me sucedió a los ocho años y por fin le conté lo que él me había hecho, me dijo que me callara y dejara de llorar, y así lo hice (p. 63).

Era como todos los muchachos: hermoso e inexperto y, como un insecto, incapaz de estar tranquilo (p. 68).

La felicidad, cuando viene, es más fuerte que todas las muchachas insoportables de Santo Domingo juntas (p. 78). 

un malestar muy particular de Nueva Jersey: el deseo inextinguible de estar siempre en otro lugar (p. 81).

siempre dando vueltas, alérgica a la tranquilidad (p. 83). 

como ocurre muchas veces en estas situaciones, los muchachos de clase alta que ella tanto deseaba ni se enteraron de su existencia (p. 91). 

La sensación que la adolescencia reparte gratis y a toneladas: Vergüenza. 

al éxito le encanta tener testigos, pero el fracaso no puede existir sin ellos (p. 134). 

por mucho que viaje una mula, nunca se puede volver caballo (p. 157).

Me dio cuatro páginas de comentarios sobre un cuento de ocho (p. 164). 

Fría como Saturno (p. 171).

nunca se puede escapar. Jamás. La única salida está por dentro (p. 196).

algunas cosas (como la supremacióa blanca y el odio de la gente de color a sí misma) nunca cambian (p. 246).

Cuando uno tiene dieciéis años un cuerpo como este es gratis, pero cuando tiene cuarenta -¡pffft!- es un trabajo de tiempo completo (p. 265). 

uno de esos hombres muy malos que ni siquiera el postmodernismo puede explicar (p. 272).

lo que realmente lo sorprendió no fue el bam-bam-bam del sexo, sino las pequeñas intimidades que nunca en su vida había anticipado, como peinarle el pelo o bajar su ropa interior de la tendedera o verla caminar desnuda al baño o la manera en que se sentaba de repente en su regazo y ponía la cara en su cuello. Intimidades como escucharla hablar de su niñez y que él le dijera que había sido virgen toda su vida (p. 306). 

La maravillosa vida breve de Óscar Wao
Junot Díaz
Literatura Mondadori
2008
Barcelona
309 páginas

La buena letra, de Rafael Chirbes


En apenas 136 páginas, con letra grande y capítulos cortos que dejan en el libro muchos espacios en blanco, el español Rafael Chirbes construye en "La buena letra" una obra maestra, llena de melancolía y belleza, en la que lo que se insinúa es mucho más potente que lo que se muestra: Chirbes escribe una novela a partir de los silencios.

Al igual que Aura, de Carlos Fuentes, La buena letra es una novela narrada en esa forma extraña de la segunda persona del singular. Ana reconstruye su vida, o mejor, la vida al lado de su marido Tomás y la vida de la familia de éste, y hace el ejercicio de narrarla para contársela a su hijo, aunque en algún a parte dice que en realidad se la cuenta a sí misma. 

Ana habla poco de su familia, pero mucho de la de Tomás y, sobre todo, de Antonio, su cuñado, hermano de Tomás, quien estuvo preso durante la Guerra Civil y al recuperar la libertad llega a vivir con ellos, en una casa habitada por el miedo de ser rojos en medio de falangistas. En un ambiente de miseria, precariedad e incertidumbre, lentamente la familia recupera lentamente el ritmo vital e incluso Antonio vuelve a salir, a relacionarse, y se casa con Isabel. La relación entre las cuñadas Ana e Isabel marca el conflicto de La buena letra. 


Las diferencias de clases sociales, el arribismo, la fractura social que implica ser analfabeta, el matrimonio que se resquebraja y la vejez acompañada únicamente por la soledad de los recuerdos son algunos de los temas que atraviesan esta novela breve, escrita con un lenguaje claro y a la vez cargado de simbolismo, que obliga al lector a pensar en todo lo que el relato está dejando por fuera. 

Algunas frases
No es misión del tiempo corregir injusticias, sino más bien hacerlas más profundas (p. 10). 

Se trata, en su mayoría, de nombres que a ti nada te dicen y que sólo de vez en cuando has tenido ocasión de escuchar. Fueron mi vida. Gente a la que quise. Cada una de sus ausencias me ha llenado de sufrimiento y me ha quitado ganas de vivir (p. 21). 

Ni la muerte ni el miedo son limpios (p. 24). 

más que maldad, lo que tenía, lo que tuvo siempre, fue soledad (p. 39).

Los pobres seguimos siendo pobres aunque nos hagamos con dinero (p. 42). 

Empujábamos, ciegos y mudos, buscando sobrevivir, y a pesar de que nos dábamos todo unos a otros, era como si sólo el egoismo nos moviese. Ese egoismo se llamaba miseria. La necesidad no dejaba ningún resquicio para los sentimientos. Lo veíamos a nuestro alrededor (p. 49). 

recordaba las viejas canciones, no con desesperación, sino con una tristeza suave, la del tiempo ido; y los recuerdos no me mordían, sino que me calentaban y me humedecían los ojos con dulzura (p. 53).

Hay palabras que son de un vidrio tan delicado que si uno las usa una sola vez, se rompen y vierten su contenido y manchan (p. 68).  

Yo sólo sabía que no puede nombrarse lo que no existe. Y nada existía: sólo una certeza resbaladiza como un caracol, un aceite que se escapaba entre los dedos y dejaba manchas (p. 79). 

A tu hermana y a mí nos salvaba el cine de los domingos. Llorábamos con lo que les pasaba a los artistas del cine, y así ya no teníamos que llorar en casa (p. 82). 

Yo me decía que ahora no nos faltaba nada, pero ya había aprendido a desconfiar de la felicidad, que siempre se nos acababa escapando, y pensaba con frecuencia en qué iba a ser lo que viniera a romper el equilibrio de nuestras vidas, y sentía una enorme tristeza (p. 85). 

Por la tarde se sentaba a escribir cartas, y también unos cuadernos en los que anotaba -según ella misma me contó- canto le ocurría a lo largo del día. "Pero si, por suerte, no nos pasa nada", le decía yo, "¿de dónde puedes sacar tema para pasarte tanto tiempo escribiendo?" Nos reíamos las dos. (p. 89).

En cuanto las cosas se quedaban atrás, dejaban de ser verdad o mentira y se convertían sólo en confusos restos a merced de la memoria. No había nada que salvar. El tiempo lo deshacía todo, lo convertía en polvo, y luego soplaba el viento y se llevaba ese polvo (p. 103). 

Ahora no era suficiente la compasión, la entrega. La vida nos exigía algo más: otra cosa que no habíamos imaginado que iba a hacernos falta y que intuíamos que tenía que estar en algún lugar de nosotros mismos, pero que no sabíamos cuál era. Nos faltaba el plano que nos llevase hasta ese lugar secreto. Y vagábamos perdidos, sin encotnrarlo (p. 105). 

La buena letra es el disfraz de las mentiras (p. 133).

esta casa llena de goteras, con habitaciones que nada más abor para limpiar, y poblada de recuerdos que me persiguen (según vosotros), aunque yo sepa que también me identifican (p. 134). 

La buena letra
Rafael Chirbes
Editorial Anagrama, 2013 (primera edición 1992)
Barcelona
136 páginas


jueves, 17 de noviembre de 2022

Galería de muertes modernas, de Mario Armando Valencia


Galería de muertes modernas es un poemario en el que la palabra se potencia para construir imágenes que comuniquen reflexiones, estados emocionales y vivencias personales que trascienden la anécdota. La muerte, el amor, el lenguaje, la violencia son grandes temas literarios que atraviesan estas páginas, en las que aparecen como ráfagas los raptos líricos del autor:

Al lado de la sombra
está el otro lado, 
al otro lado
siempre está la luz.

El poemario está conformado por 38 poemas, que en su gran mayoría son versos libres de extensión variable, aunque en la penúltima sección hay algunos poemas en prosa. La obra está organizada en seis secciones: “Migraciones”, “Plegarias”, “Marinas”, “Parajes”, “Lengua de pájaros” y “Galería de fantasmas”. Los seis apartados que componen el libro proponen un viaje o tránsito por muertes que parecen despedidas, decadencias, viajes, abandonos, desamor, hasta la muerte final del niño, o la muerte y resurrección de un orgasmo. El dolor y el humor, la solemnidad y el sarcasmo concurren en este poemario que nombra calles, barrios y playas y, al mismo tiempo, se lee universal. Algunos poemas están acompañados, o mejor complementados, con fotografías tomadas por el mismo autor, que proponen una imagen visual que aterriza a un paisaje concreto la imagen poética construida.

Se trata de un poemario corto, bien diseñado, en el que la fotografía dinamiza visualmente la propuesta escrita. Popayán, Brasil, Cuba, las montañas y Manizales con sus lugares (Chipre, la Plaza de Bolívar, la Catedral, el Barrio Estrella y Villamaría desfilan en el poema “El último Concierto) aparecen en sus páginas, de manera a veces concreta y a veces ambigua: no es necesario haber estado en esos lugares para conmoverse ante las palabras escritas por Mario Valencia.

La luz de la playa, la luz del mar, y también la oscuridad de la noche, hacen parte de este misal pagano en el que Mario Valencia , en su poema “A todos los santos poetas” le reza a San Julio Cortázar, San Rafael Chaparro Madiedo, San Andrés Caicedo, San Reinaldo Arenas, San Raúl Gómez Jattin, San Roberto Arlt, Santa María Luisa Bombal, San Roque Dalton y San Roberto Bolaño, a quien de manera expresa le implora:
¡Sálvame de los escritores como Octavio Paz!

El humor, la ironía, la desacralización del gesto poético, son sin duda uno de los rasgos más entrañables de este libro, que ojalá encuentre sin afán a sus agradecidos lectores.


Algunos versos

Del poema: Canto de las velas número dos

Al lado de la sombra
está el otro lado,
al otro lado
siempre está la luz.



Del poema “Un jugador en la quince de Noviembre”

quizás me quede el camino de un perro
que se detiene a orinar
en una de las dos columnas jónicas
de la academia de letras


Del poema “El sol en la ventana del morro de las piedras”

debilidad es solo la palabra que se dice
para nombrar la forma triste de la fuerza.


Del poema “Ciudad jardín de las hortensias”

Felicidad
e infelicidad,
solo son estaciones.



Del poema “El otro”

Al lado de un amor
siempre vive otro amor



Galería de muertes modernas
Mario Armando Valencia Cardona
Editorial Ojo con la gota de TiNta
Popayán, 2018
97 páginas

domingo, 6 de noviembre de 2022

A puerta cerrada, de Mario Hernán López Becerra

Después de la mitad del libro escribe su autor esta explicación: "Para escapar de las nostalgias de la noche y de las pesadumbres del confinamiento, por sugerencia de mi hijo Juan Camilo escribí notas diarias (escolios, los llama Carlos Vélez; poemas, los rotula PabloVommaro; crónicas, William Hernández; columnas, Alicia Jaramillo; escritos, Dolman Rubio; Reflexiones, Alfredo Sarmiento), elaboradas a manera de pequeños registros indoloros del confinamiento. Han sido textos hechos para evocar los sonidos y ruidos de las cantinas mientras pasa el mal tiempo".

El mal tiempo al que se refiere es la pandemia por covid-19 y el confinamiento generalizado que declararon las autoridades en distintos países y que en Colombia comenzó en marzo de 2020. La multiplicidad de vocablos para explicar el ejercicio narrativo dan cuenta de la dificultad de asir en una sola palabra los textos que escribe Mario Hernán, en los que con brevedad y sensibilidad identifica emociones, imágenes y situaciones que emergen a raíz de la anomalía cotidiana provocada por el virus. Yo los llamaría "postales", aunque también podría denominarlos "colcha de retazos": son fragmentos tejidos de manera artesanal, con distintos colores y matices; algunas páginas reciclan textos publicados y otras corresponden a escritos fruto de la pandemia, pero todos tienen el elemento común de arropar al autor y también al lector, en medio de la crisis sanitaria. 


El libro está dividido en cuatro partes: "Cuando un virus llama a la puerta"; "Crónicas en pandemia: primera temporada", "Toque de queda: segunda temporada" e "Historias con cotros", que recoge textos escritos antes de la pandemia y publicados en Quehacer Cultural, Aleph y otras revistas. En general se trata de escritos en los que las reflexiones del autor sobre la pandemia, la geopolítica y la economía se mezclan con asuntos cotidianos como el gato, el vecino tendero o los teatreros, sin que resulte forzada la mezcla. El ejercicio que propone Mario Hernán consiste en últimas en aterrizar sus reflexiones académicas en el mundo que observa a través de su ventana, con odas a la amistad y a la música y los libros que le permiten sobrevivir al encierro. 

Algunas frases
El libro que el lector tiene ahora en sus manos recrea escenas que emergieron antes y durante el tiempo del confinamiento, atravesadas por las emociones de la vida (p. 17).

Dicen que un gato es todos los gatos (p. 35).

El pensamiento conspirativo —de peculiar aceptación académica y política— ahorra interpretaciones, moviliza voluntades y es abono efectivo para sembrar el odio como estrategia para alimentar y mantener poderes autoritarios (p. 38).

El país es raro y bipolar: mientras en la pandemia un sector de la sociedad busca fórmulas individuales o comunitarias para hacer menos dura la vida de los otros, algunos muy acomodados aprovechan la ocasión para sacar a pasear una elegante y bien vestida aporofobia (p. 40). 

al envejecer, el tiempo parece transcurrir más rápido: hay menos emociones intensas para fijar en la memoria (p. 47).

El tango ha sido expresión cultural igualadora en una sociedad clasista. Resulta curioso que la música porteña haya tenido tanta acogida en una ciudad pudorosa, encaramada en la zona central andina colombiana (p. 50).

El mejor homenaje que se le puede hacer a un amigo muerto es convertirlo en fantasma (p. 60). 

Mientras los científicos de sesenta laboratorios en el mundo corren para producir vacunas y tratamientos eficaces contra la pandemia, los vecinos del barrio organizan procesiones y rezan rosarios a todo volumen, combinando las formas de lucha para contener el virus (p. 68).

Al lado de zapatos cómodos
—reza un manual de góndola
la conversación es una de las cinco fórmulas probadas
en la alquimia de la felicidad (p. 75).

En los tiempos que corren en Colombia, el arte y la creación pueden contribuir a anunciar otras maneras de vivir (p. 97).

La fórmula más efectiva para mantenerse en el poder es sembrar desconfianza, administrar los conflictos y ver a los otros como extensiones del Yo. Asumir la vida en común como simple extensión del mercado provoca banalización, depresión y cansanció: la amistad es un antídoto (p.98). 

A puerta cerrada
Mario Hernán López Becerra (Fotografías de Carlos Pineda Nuñez)
Imageprinting
Manizales
abril de 2022
108 páginas




Salvo mi corazón, todo está bien, de Héctor Abad Faciolince


En Medellín hubo un cura que se llamó Luis Alberto Álvarez Córdoba, que escribía crítica de cine en El Colombiano, fundó la revista Kinetoscopio y murió a los 51 años durante una cirugía al corazón. Este personaje, querido por muchos, es la base que le sirve a Héctor Abad Faciolince (Héctor Joaquín es su nombre completo) para escribir Salvo mi corazón, todo está bien, una novela sobre Luis Córdoba narrada por Lelo, su compañero de sacerdocio durante más de 20 años, quien se pone en la tarea de apuntar memorias y recuerdos sobre Luis o El Gordo, estimulado por Joaquín, un amigo escritor que está enfermo del corazón y quiere escribir algo sobre el cura muerto. 

Este juego de ficción y realidad, de narradores y personajes vivos y muertos es el andamiaje a partir del cual Héctor Abad Faciolince escribe una novela que se lee también como una oportunidad personal para saldar asuntos pendientes: por un lado, ratificar su ateísmo y su desprecio por algunos jerarcas de la iglesia pero, al mismo tiempo, exaltar la figura de un cura bueno y a través de él la de los católicos creyentes e inteligentes, como su devota mamá, quien falleció recientemente. La novela es también la oportunidad de plasmar reflexiones y conocimientos alrededor del corazón, la falla cardiaca, los transplantes y sus riesgos, ya que no solo el protagonista de la obra sufre del corazón: el mismo autor escribe esta novela en vísperas de una cirugía de corazón abierto. Por otro lado, después de la publicación de Lo que fue presente, los descarnados diarios en los que Héctor Abad Faciolince desnuda sus infidelidades y su vida conyugal con la esposa que decide abandonar, esta novela se lee como una reivindicación de esa esposa abandonada, que acá se llama Teresa y que se presenta como una mujer culta, amorosa e injustamente tratada por su exmarido. 

Más allá de las necesidades personales del autor por reivindicar, aclarar o ajustar cuentas, la novela es el regreso del autor al campo de la narrativa de ficción, con Medellín como escenario de la trama y con la muerte como horizonte permanente. Sospecho que para lectores extranjeros la novela puede resultar en algunos apartes pesada, por la cantidad de referencias a la Iglesia Católica local, y porque algunas disertaciones sobre la religión están más cerca de la columna de opinión que de la literatura. En este sentido es un texto irregular, con algunos capítulos mejor logrados que otros. Dudo, eso sí, que a la Iglesia le guste esta novela, aunque se trate de un cura bueno: que el cura se enamore y tome la decisión de dejar el sacerdocio y vivir plenamente su sexualidad es también una declaración de principios porque da a entender que no es posible congeniear la vida religiosa y la bondad espiritual con el celibato. 


Hay un elemento de la novela que resulta notable y al mismo tiempo estremecedor: la irrupción de la muerte. La manera en la que se presenta un personaje enfermo pero vital, lúcido, con buen apetito, buen humor y en plena capacidad mental, que se entrega confiadamente a la anestesia y la ciencia médica. El terror del quirófano aparece en este libro detallado con precisión quirúrjica. No se le llama homicidio, pero es increible la mansedumbre con la que tantas personas acuden a la cita con su verdugo. 

Algunas frases
Hay que tener en cuenta que cualquier relato, cualquier película o cualquier novela, si se alarga lo suficiente, terminaría siempre de la misma manera, con la muerte de sus protagonistas e incluso de su mismo narrador (p. 20).

el final malogrado de una vida consiste en que esta se termine antes de tiempo (p. 20). 

Envejecer es duro, y mucho más para las actrices, casi ninguna envejece bien (p. 25).

el juicio estético es siempre precario e irremediablemente dudoso, inseguro, nunca definitivo y totalitario como la sentencia final de un juez supremo o de un Papa infalible (p. 55).

Luis me preguntaba si no serían los suicidas por completo inocentes al cometer su último acto, dictado por alguna extraña conexión neuronal o por un exceso o una carencia de neurotransmisores (p. 67).

A veces en la religión que profeso les pedimos mucho, quizás más de lo que pueden dar, a estos dos conceptos: el libre albedrío y la voluntad (p. 68). 

El arte, la belleza son una guerra declarada a la brutalidad y al desamor (p. 85).

Lo verdaderamente misterioso no es la enfermedad ni el mal, sino la salud, la bondad y la belleza (p. 85).

Lo único bueno de envejecer es que desaparece ese angustioso y terco e insaciable apetito sexual (p. 87).

Los agustinos recoletos tenían, quizá tengan aún, su seminario cerca de Manizales, en la vereda La Linda (p. 89).

La dictadura del amor uno la acepta con mucho gusto (p. 122).

En este país lo que más falta son padres (p. 127).

El mejor negocio que puede hacer un hombre es casarse con una mujer. Solo nosotras somos capaces de un sacrificio casi místico por amor (p. 130). 

El mismo viejo truco de poner nervioso al inferior, haciéndolo esperar (p. 141).

El problema de ustedes los paisas, don Luis, empieza por una cosa muy simple: por el miedo al cuerpo. Les da pena estar desnudos (p. 155). 

un sueño como aquel que solo experimentamos cuando estábamos muertos todavía, antes de nacer (p. 157).

tenía una belleza más discreta, menos llamativa, que no se le notaba tanto cuando estaba vestida (p. 159). 

No es verdad que el amor entre por los ojos; el amor entra por la boca (p. 161).

La tragedia de los malos cuando nos hacen una maldad es que esa maldad se convierte, tarde o temprano, en nuestra misma redención (p. 169). 

no le gustaba la pornografía porque para él ver gente teniendo sexo sin amor era como ver parejas bailando, pero sin música. El baile sin música y el sexo sin amor le resultaban toscos, ridículos (p. 183). 

lo que tiene es pereza, o miedo a no ser capaz de escribir un buen libro con este tema tan incorrecto para nuestra época: un cura bueno (p. 184).

Al volverlo a ver el amor real era mucho menos interesante que el amor que había idealizado (p. 190). 

Si todos fuéramos perfectos, nadie necesitaría a nadie. Cada carencia implica que alguien suple esa carencia y la mejora y la hace menos honda (p. 213). 

La vida es bella porque es siempre un borrador (p. 214). 

es el sexo el que todo lo baraja y lo complica. El sexo, por ejemplo, es un gran generador de celos (p. 217). 

El paraíso, insistía, tan solo puede ser temporal, intermitente, porque si no se vuelve como un postre perpetuo o un eterno domingo (p. 218). 

Hay sin duda dulzura y suavidad cuando se entra a formar parte de una familia; salir de ella, en cambio, es siempre una experiencia desgarradora, sobre todo cuando hay niños (...) Hace falta entusiasmopara entrar, pero tiene que sobrar valentía  -a veces maquillada de indolencia y cinismo- para irse (p. 223). 

Le gustaba también, y mucho, la forma en que educaba a sus hijos, más concentrada en estimular lo que estaba bien que en censurar lo que no le gustaba (p. 226). 

con los honores no hay nada que hacer. Uno queda mal si los recibe, y queda mucho peor si no los recibe. Y yo prefiero parecer bobo que arrogante (p. 238). 

Tengo miedo de lo que el presente, cuando sea pasado, me hará en el futuro (p. 268).

Anulé en mí la inteligencia, el análisis, y me dediqué a ser ingenioso (p. 274).

La verdadera dicha es una familia, vivir en familia (p. 286).

Últimamente los curas, y hasta el Papa, no hacen otra cosa que pedir perdón con humildad por todos los errores de la Iglesia en la historia, y cuanto más perdón piden, más los atacan y desprecian (p. 313). 

oigo lo que dicen esos cristianos evangélicos y siento una gran añoranza por los curas católicos (p. 314). 

La anestesia produce un sueño muchísimo más profundo que el sueño profundo, del cual, a los que sobreviven, no les queda ni percepción del tiempo transcurrido ni recuerdo alguno. Es la nada total, la nada de la muerte (p. 331). 

La muerte no le ocurre a quien se muere, que ni cuenta se da, sino a quienes quedamos vivos. La muerte es un asunto de los vivos y no de los muertos porque solo los vivos la sentimos y padecemos (p. 339). 

La muerte es todo aquello que se trunca y no podrá ser (p. 340). 

Quisiera tener el consuelo de creer en la resurrección, pero, aquí entre nos, no siempre creo en ella. Hay días en que sí y noches en que no (p. 341).

Paraeso nos juntamos; por eso somos seres sociales, no para sufrir, sino para disminuir el sufrimiento y, si se puede, aumentar la felicidad (p. 347).

Salvo mi corazón, todo está bien.
Héctor Abad Faciolince
Editorial Alfaguara
Bogotá
Octubre de 2022
360 páginass

jueves, 20 de octubre de 2022

Nueve noches con Violeta del Río, de Leonardo Padura



En las pocas páginas de este libro Leonardo Padura logra mostrar el desgarro vital que implica en las vidas privadas la Revolución Cubana: el narrador, un joven de pueblo que acaba de llegar a La Habana para estudiar, escucha en un bar a Violeta del Río, una cantante de boleros con la que se obsesiona. La mujer parece inaccesible, pero contra todo pronóstico él logra abordarla y vivir nueve noches con ella. El desenlace es el de tantos romances y familias en el marco de la Revolución.

La anécdota del cuento parece sencilla, pero la maestría de Padura es magistral: logra trasladar al lector a La Habana, el calor, el ambiente político y la imposibilidad del reencuentro. El desenlace resulta particularmente poético: el recuerdo emocionado contrasta con la realidad y el  inevitable paso del tiempo,que se siente como un enorme peso. 

El cuento tiene un elemento muy valioso: incorpora pasajes de los boleros que canta Victoria del Río: "Me recordarás, de Frank Domínguez; "Vete de mí", de Virgilio y Homero Expósito, y "La vida es un sueño", de Arsenio Rodríguez.

Nueve noches con Violeta del Río
Leonardo Padura (ilustraciones de Edu Molina)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2022
31 páginas


Subasta, de María Fernanda Ampuero


La subasta que nos presenta María Fernanda Ampuero es una subasta contemporánea, de personas que son secuestradas en la ciudad para ser vendidas al ladrón que presente una mejor oferta, para que haga negocio con ella: le desocupe su vivienda, sus cuentas bancarias, sus tarjetas de crédito, o haga uso de su cuerpo si así lo desea. Una subasta urbana que evoca las subastas de esclavos de la época colonial.

La narradora tiene un pasado difícil, en un ambiente de galleras y violencias, y esa experiencia previa le permite aprovechar su propio cuerpo, con sus fluidos y olores, para contrarrestar la amenaza que sobre ella se cierne. La chica a la que su papá descalificaba como "mujercita" es una mujer que conoce bien los puntos débiles del supuesto sexo fuerte.

Este cuento corto de María Fernanda Ampuero es perturbador. La historia que narra no se ubica en una ciudad específica y por ello se adapta a cualquier ciudad latinoamericana. El horror que describe en realidad puede ocurrir en cualquier parte y por eso la fuerza de la descripción en un espacio asfixiante resuena mucho rato después de haber terminado la lectura. 

Subasta
María Fernanda Ampuero (ilustraciones de Jessica Ocampo)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2019
21 páginas


viernes, 14 de octubre de 2022

Yo soy Fontanarrosa, de Juan Villoro

Vientos del pueblo es una colección popular del Fondo de Culura Económica, que reproduce textos breves en un formato de cartilla o fanzine, con papel periódico y edición económica, aunque ilustrada, de escritores reconocidos. Este volumen de Yo soy Fontanarrosa, escrito por Juan Villoro, me costó $3.000, es decir aproximadamente 6 centavos de dólar.

Yo soy Fontanarrosa es un cuento en el que Villoro narra un improbable partido de fútbol de un equipo conformado por policías, en el que cada uno lleva en la camiseta el nombre de algún autor reconocido, dentro de un programa de fomento de la lectura. Así, en la cancha están Kafka, Chéjov, Cortázar, Tolstoi, Kawabata, Hemingway y otros, y el narrador, detenido por orinar una estatua, entra a cubrir el hueco que falta con la camiseta de Fontanarrosa.

Se trata de un cuento corto, divertido, con mucho humor a partir de los referentes literarios y también de la vida urbana en Ciudad de México de la clase media trabajadora. Las ilustraciones de Ricardo Peláez le añaden comicidad a la experiencia lectora: sus trazos e intención guardan relación con la caricatura.

Yo soy Fontanarrosa
Juan Villoro (ilustración de Ricardo Peláez)
Fondo de Cultura Económica, colección Vientos del pueblo
México, 2019
29 páginas

lunes, 10 de octubre de 2022

Cartas abiertas, de Juan Esteban Constaín


Marcelino Quijano y Quadra es un payanés que desde niño tuvo gustos de viejo: su pijama infantil fue una bata de seda que mandó confeccionar por muestra de una que vio en una revista; coleccionaba recortes de periódicos viejos, era muy lector, jugaba ajedrez y cartas, en vez de deportes de contacto, y en general prefería la vida que leía en vez de la vida de las calles.

Juan Esteban Constaín explica que el nombre de este protagonista nació de otro Marcelino: un cartero de una provincia argentina al que le allanaron la casa buscando drogas y la policía encontró miles de cartgas abiertas para leerle a su suegra ciega, aficionada a las novelas. Un amigo le envió a Juan Esteban el recorte de prensa con esta noticia insólita, y aunque él escribió una columna en El Tiempo sobre el tema, sintió que en esa historia había quizás una novela, que años después se convirtió en Cartas abiertas, una obra en la que Marcelino es "un ladrón de cartas que, así descubría los destinos ajenos, para desviarlos con su mano providencial y hacerlos mejores y más felices, a veces, solo cuando se podía, en eso consiste el destino".

La novela está dividida en 12 capítulos. Los primeros son una especie de sucesión de aventuras, en la que los capítulos podrían titularse "Marcelino y el cura perverso", "Marcelino y los nazis" o "Marcelino en la posada solitaria", y así, uno por cada carta abierta, que lo embarca en un proyecto distinto. La segunda parte se concentra en una empresa de más largo aliento: el armisticio entre el Reino de Bélgica y el Estado Soberano de Boyacá, luego de una guerra declarada en el siglo XIX y que duró más de 120 años.

La novela ofrece un juego entre ficción y realidad, entre lo que es invención y los hechos históricos. "La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo" y para ello el texto refuerza su verosimilitud con recursos como recortes de prensa y fotos, que buscan darle fuerza histórica y documental al disparatado relato. 

Constaín utiliza un narrador muy invisible, que solo aparece un poco al final, y quien cuenta sin proponerse ser chistoso, hechos divertidos y risibles porque rayan con el ridículo. Ese tono contrasta con la atmósfera anacrónica, solemne, erudita y ceremoniosa, en la que el autor rinde homenaje a personajes como Alvaro Mutis, Nicolás Gómez Dávila, José Fernando Calle, Santiago Mutis Durán, Juan Gustavo Cobo Borda y otros señores viejos o fallecidos, por los que el autor siente particular fascinación y cariño. La presencia femenina, en contraste, es espectral: la única mujer con algo de protagonismo en el relato es Karina Garabundo, una argentina rica que se convierte en mentora de Marcelino Quijano y Quadra y muere poco tiempo después. Una mujer ciega. 


Algunas frases
Dos mujeres que tomaban vino al lado me sonrieron, yo las saludé a ellas; eran tan feas que temí por mi vida, la suya ya no tenía salvación. (p. 19).

Me decía que estaba cansada de viajar, que uno ve solo lo que quiere ver y para eso no se necesita salir de la casa... Le respondí que uno viaja es para eso, para no salir jamás de su casa; para extrañarla y querer volver cada día más, agotado del mundo. (p. 22). 

La nostalgia es que nos dé tristeza acordarnos de una alegría (p. 22).

La verdad, nacie es culpable de ser lo que es. (p. 35).

Todos cargamos en nuestra espalda, me dijo, con recuerdos que nos habría gustado no tener, no haberlos engendrado nunca. (p. 35).

En silencio, esas son las conversaciones más importantes de un matrimonio feliz. (p. 37).

El olor del tiempo: nada huele más que el tiempo (p. 65).

La fe es un acto de fe en la fe (p. 85).

Eso pasa un día cuando crecen nuestros hijos, que se vuelven nuestros contemporáneos (p. 86).

(Sobre Francia:) Esa antipatía que en ese país es un talento (p. 103).

Es la mejor forma de conocer el alma de la gente: ver los libros que cada cual tiene y ver también cómo trata cada quien a los humildes, ahí está dicho todo (p. 106).

De una u otra forma todos en algún momento de nuestra vida pertenecemos a una minoría, eso somos (p. 113).

Uno puede sobrevivirlo todo, pero nadie sobrevive al ridículo (p. 115).

A veces pasa así: que basta una mirada, basta una palabra, basta un gesto y ya sabemos cómo es y será esa persona a la que tenemos delante, sin conocerla siquiera, pero un instante nos revela su alma, nos une con ella para toda la vida (p. 122).

Había ganado, aunque nadie gana en la guerra (p. 135).

No hay nunca un plan descabellado ni absurdo ni malo ni nada, todo puede suceder si uno se lo propone. Pero hay que mantener la calma: que no se vean jamás las costuras de lo que urdimos, porque entonces se muere la magia, quedamos al descubierto (p. 146).

Las tragedias de la gente no se pueden comparar ni jerarquizar ni matizar porque para cada quien su tragedia es única y tiene un valor absoluto; eso es lo que las vuelve una tragedia, justo eso, su condición aplastante, devastadora, para el que la lleva a cuestas (p. 149).

Eso era lo otro: que en este mundo la gente se junta, que uno no puede hacer nunca nada bueno con gente normal. Esa era su premisa, trabajar y vivir solo con gente distinta (p. 158).

Nada podía ser normal; nada lo es, por eso lo mejor es estar cerca solo de quien tiene eso clarísimo (p. 158). 

La literatura suele ser mejor que la historia, porque en ella todo es verdad, basta contarlo (p. 177).

La historia, si uno prescinde de sus aspiraciones científicas, suele parecer un milagro (p. 236).

Creer hace posible que aquello en lo que creemos ocurra, la fe es un acto de fe en la fe (p. 243).

No había mejor mapa para visitar los sitios que los libros antiguos que hablaban de ellos; "nos libran de la plaga del turismo" (p. 251).

La mayor parte de la gente pasa por la vida resignada a sus rutinas, sus miserias, plegada a eso tan mezquino que se suele llamar la realidad (p. 273).

Ninguna muerte es prematura: la muerte ocurre cuando tiene que ocurrir, no antes ni después (p. 277).

Una cosa es la izquierda y otra el Gulag (p. 279).

Nunca se dio lujos ni aires, no presumía, no alardeaba, no humillaba. Y tenía clarísimo que esa era la clave de su éxito, ser anacrónico y discreto (p. 279).

La ficción es la forma más bella y tangible de la realidad (p. 280).

Como buen humorista, era un hombre muy serio (p. 282).


Cartas abiertas
Juan Esteban Constaín
Literatura Random House
Bogotá
Marzo de 2022
288 páginas

martes, 23 de agosto de 2022

Cada oscura tumba, de Octavio Escobar Giraldo


En 1995 Octavio Escobar publicó Saide, una novela policiaca que ocurre en Aguas Blancas, un municipio que se parece mucho a La Dorada (Caldas). En 2010 salió Destinos Intermedios, otra novela policiaca que es una precuela de Saide, y que se complementa con Cada oscura tumba, publicada en 2022 y en donde reaparecen no solo Aguas Blancas sino personajes como Paula Cristina, Melva Lucy o El Suave, de los que volvemos a tener noticias años después. 

Al igual que Destinos Intermedios, Cada oscura tumba está dividida en tres partes, con capítulos que avanzan de manera independiente hasta que en algún momento se conectan. El hecho que detona la acción de Cada oscura tumba son los mal llamados falsos positivos: en la primera página el narrador cuenta la muerte de Anderson, un joven de Buenaventura con una discapacidad mental, y lo que ocurre en las más de 200 páginas siguientes es la historia de su hermana Melva Lucy, su duelo y su búsqueda de reparación, y la historia de Gabriel Álvarez Cuadrado, un abogado defensor de derechos humanos.

Aunque el trasfondo del libro es la vergonzosa masacre a cuentagotas de las ejecuciones extrajudiciales cometidas por el Ejército, la narración está llena de humor y de personajes entrañables que a partir de sus vidas sencillas, ordinarias, se crecen para mostrar la complejidad humana cuando los hechos obligan a tomar decisiones impensadas, o cuando las circunstancias externas o políticas se inmiscuyen en las vidas privadas. 

Cada oscura tumba es una memoria de un momento doloroso de la historia colombiana, con el proceso de paz con las Farc como telón de fondo, que registra con vértigo y virtuosismo un capítulo triste que merecemos no olvidar. 

Algunas frases

"muy próspero, gracias a su falta de ética" (pag 15).

"Joven: No olvide que está bien pago quien queda satisfecho consigo mismo" (pag 16).

"Si las Farc tienen, por decir algo, nueve mil combatientes, divisámoslos en tres partes. Un tercio de ellos cree en sus ideales y sus sueños. Después del acuerdo se dedicará a hacer política. Otro tercio son campesinos, muchachos del montón, que se fueron para la guerrilla porque era su mejor opción laboral. Esos volverán al campo o, en el peor de los casos, buscarán trabajo en las ciudades. El último tercio son desadaptados, criminales, personas sin Dios ni Ley, bandoleros que, como están en la guerrilla, podrían estar en cualquier otra organización criminal. Esos seguirán en lo suyo: matando, secuestrando, robando"
-Si seis mil combatientes dejan de disparar y empiezan a participar en nuestra democracia y se integran a la sociedad, el proceso de paz vale la pena ¿no les parece? -concluyó". (pag 19).

"El sistema es muy hijueputa. Pasan y pasan los años y el hijueputa sistema no nos hace justicia" (pag 26).

"En cine odiaba a parlanchinas y comelonas" (pag 35).

"El dolor es lo más respetable del mundo y a veces la única forma de que se sepa que lo sientes es repetir y repetir que sientes ese dolor" (pag 37).

"Todos los autores creen que escriben como los dioses. Como Minerva. Nadie que piensa que merece que otros lo lean tiene un ego pequeño. Lo bueno es que la mayoría de los que nosotros publicamos ya están muertos" (pag 40).

"Hay gente que cree que está bien lo que pasó, que le cree ciegamente al ejército (pag 48).

"Lo habitual era que un reclutador comenzara a ir a un barrio popular, identificara a las posibles víctimas, ganara su confianza, les ofreciera un trabajo que pudiera llamarles la atención, sencillo y con buena paga, y cuando tenían todo listo, los subían a un transporte y se los llevaban a otra zona del país, donde nadie los conociera. Entonces los detenían en un retén, fingían un enfrentamiento o los asesinaban directamente. utilizaron muchos métodos, algunos tan poco sutiles que es vergonzoso que ninguna autoridad hiciera nada" (pag 61).

"Una insatisfacción, que se sumó a una mejor comprensión de la capital, a la certeza de que ofrece oportunidades pero con la misma velocidad las derrumba, y que en sus calles puede ser devastadora la sensación de caída" (pag 98).

"Si las autoridades no se ajustan a las leyes, se desautorizan a sí mismas" (pag 100).

"Era nuestro trabajo. Alguien tiene que lavar la ropa sucia. Siempre hay ropa sucia" (pag 110).

"Los conejos abortan habitualmente, como algo natural" (pag 115).

"-¿Mató a muchos?
-Uno es muchos"" (pag 116).

-"Alguna excompañera de colegio a la que la belleza se le multiplicaba en los quirófanos" (pag 123).

-"estar sola me gusta, siempre están los libros, pero quiero saber que alguien, alguien específico, va a contestar el celular cuando yo lo necesite, y va a salir corriendo cuando me queje, cuando me abrume el dolor. No me quiero sentir botada en una sala de urgencia" (pag 127). 

"¿Te das cuenta de que estás violando mi derecho a la coexistencia humana con la persona que más quiero?" (pag 156).

"Si ese hijueputa desde chiquito llega a las fincas en helicóptero" (pag166).

"La gente que siempre va de afán es un peligro" (pag 186).

"La guerra es buen negocio para muy poquitos" (pag 189).

"-¿Le puedo ofrecer algo?
-Un café estaría muy bien. -Revisó el estado de su corbata.
-Tengo instantáneo, pero del bueno.
-Marca Oxímoron, supongo. Le agradezco. Definición colombiana de oxímoron: candidato liberal independiente". (pag 193).

"Era un ejemplar de la rara especie de los hombres justos, de esos que piensan que las normas establecidas se cumplen o el mundo se acaba, de aquellos que consideran que no basta con proteger al inocente o condenar al culpable, sino que también hay que preservar los acuerdos universales de conovivencia y, en últimas, resguardar la civilización que los hombres han forjado una generación tras otra" (pag 213).

"El Ejército no es un lugar normal, si es que existen los lugares normales" (pag 220).

"Bien pagado queda el que queda satisfecho. Mi ánimo no ha sido nunca mercenario" (pag 222).

"No tengo mucho en qué gastar, ni con quién. Pero el dinero es el dinero. Da gusto tenerlo. (pag 232).

Cada oscura tumba
Octavio Escobar Giraldo
Seix Barral
Bogotá, 2022
257 páginas

viernes, 5 de agosto de 2022

Cogito, ergo ¡Pum! Un homenaje a Orlando Sierra Hernández, de Fernando Alonso Ramírez

Hay varias maneras de leer Cogito, ergo ¡Pum!, el homenaje con el que el periodista Fernando Alonso Ramírez honra la memoria de quien fuera su mentor en el diario La Patria, el subdirector Orlando Sierra Hernández, asesinado en 2002 por orden del político liberal Ferney Tapasco González.

En primer lugar este libro puede entenderse como un gran reportaje que busca abordar la historia del crimen de Orlando Sierra desde distintas aristas: quién fue Orlando, quién fue su asesino, cómo se vivió su muerte en La Patria, cuál fue el camino para evitar que el crimen quedara en la impunidad y cómo hoy, 20 años después, se mantiene viva la memoria del columnista más importante que ha tenido La Patria en sus 100 años de historia. Desde este enfoque resulta muy valioso el prólogo escrito por Pedro Vaca Villarreal, relator especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), quien explica la importancia de este caso emblemático dentro de la acostumbrada impunidad de crímenes contra periodistas, y agrega que "el mejor periodismo en Colombia está pasando ahóra, y una parte considerable de quienes lo hacen son de Manizales" y esa es una de las derrotas a los victimarios de Orlando.

Es también un libro de memoria testimonial: una obra que recoge voces de quienes recuerdan a Orlando, de lo que él escribió en La Patria, de lo que otros escribieron sobre él, y así la escritura se vuelve polifónica aunque el autor sea uno solo.

Por momentos, cuando se ocupa del crimen, el expediente y los sicarios, el libro toma un caracter policial, en el que el conocimiento jurídico del autor resulta útil para desenmarañar la cantidad de crímenes alrededor de la muerte del periodista asesinado.

Sin embargo la lectura que más me conmueve es la de abordar este libro como un ejercicio de duelo: como la tarea que emprende un pupilo tras el asesinato de su jefe y mentor. No existe palabra para denominar la orfandad en la que queda alguien que pierde la protección tutelar de su padrino, y al parecer tampoco hay palabras que le hagan justicia a ese dolor y ese duelo posterior. Quizás por eso el narrador de la historia es un periodista que se parapeta en los datos y en describir el sentimiento de los otros, ante la dificultad de nombrar aquello que resulta inaprensible y que le atraviesa el alma. Así, su forma de narrar este crimen tan cercano es tomando distancia: nos cuenta lo que él ve en los demás (en sus compañeros de redacción, en los expedientes, en las declaraciones de los otros periodistas) y es a partir de esas múltiples descripciones y voces que el lector intuye la dificulad que implica, tantos años después, desnudar el sentimiento personal. 

Así describe Fernando Alonso Ramírez cómo se vivió el crimen en la redacción: "Tardé unos segundos en caer en la cuenta de lo que sucedía. No era un atentado más en el centro de la ciudad, acababan de dispararle a Orlando Sierra Hernández, el hombre que todos los días dirigía nuestros consejos de Redacción, el poeta que me animaba a leer nuevos autores, el titulador creativo y el más importante columnista de la región (...) mientras las emociones nos agolpaban, lágrimas, madrazos, golpes sobre mesas y gritos mostraban nuestra impotencia y nuestra rabia. Era el momento de sacar adelante un periódico por Orlando y en honor a él". 

Y así, en el vértigo de tener que sacar adelante un periódico todos los días, todos los meses, todos los años, el tiempo para el duelo se evapora entre los consejos de redacción, las entrevistas, las noticias de última hora y la consulta de fuentes. 20 años más tarde este libro es ese duelo decantado en memoria para las nuevas generaciones de periodistas, que se perdieron la oportunidad de conocer a un hombre agudo y valiente, de carcajadas sonoras, pero que aún tienen la posibilidad de leerlo en los textos que se conservan en el archivo del periódico desde el que enfrentó al poder político-sicarial de Caldas.

Algunas frases
con el tiempo se supo que Partido Liberal y el paramilitarismo en Caldas llegaron a ser harina del mismo costal (p. 19). 

Las lágrimas de los periodistas mientras seguían haciendo su trabajo permanecen como una imagen imborrable en mi cabeza. (p. 19).

El Consejo de Redacción de La Patria es algo especial. Es un lugar sagrado en el que participan todos los integrantes de la Redacción en igualdad de condiciones. El Consejo era -es- una tertulia de aprendizaje, pues además del periódico se hablaba de otros temas (p. 27).

Sus lecciones se repiten cada día en el Consejo de Redacción por quienes alcanzamos a aprender de él y por quienes han escuchado sus relatos de boca de quienes lo vivimos, algunos de ellos tomados de grandes maestros: "Donde hay un adjetivo falta un dato", "un lid no puede arrancar con una negación", "si fueron hasta el lugar no pueden contar la noticia como si la hubieran reporteado por teléfono", "son mejores las fotografías que cuentan con elemento humano", "prefieran los primeros planos que los planos generales", "los datos son fríos, los nombres son cálidos", "vayan hasta el lugar de los hechos" y muchas más. (p. 28). 

Así surgió Punto de Encuentro, la tribuna desde donde Orlando, con un sentido del humor implacable, siempre fustigó a la clase dirigente. Esta columna se convirtió en la más influyente de la región. Sigue siendo para muchos el más importante columnista que ha tenido La Patria en toda su historia (p. 45). 

La decisión fue unánime y desde ahí lo que fue un secreto a voces, quién había dado la orden de matar a Orlando, dejó de ser una presunción para convertirse en una certeza: al subdirector de La Patria José Orlando Sierra Hernández lo mandó matar el expresidente del Partido Liberal de Caldas, Ferney Tapasco González (p. 89). 


Cogito, ergo ¡Pum! Pienso, luego ¡Pum! Un homenaje a Orlando Sierra Hernández
Fernando Alonso Ramírez Ramírez
Editorial La Patria
Manizales
Agosto de 2022
112 páginas



miércoles, 15 de junio de 2022

El cielo a tiros, de Jorge Franco

En El cielo a tiros todo es decadente. Larry es el hijo menor de Fernanda y Libardo: ella es exseñorita Medellín y él un mafioso al servicio de Pablo Escobar. Larry y su hermano Julio viven en una casa llena de lujos, guardaespaldas y miedo, en donde el ambiente enrarecido es su vida cotidiana. Claro que esa es la vida de antes; la presente es Larry devolviéndose de Londres en un avión, para recibir los restos de su papá desaparecido 12 años antes.

La novela está dividida en 78 capítulos cortos que ocurren en tres momentos distintos: la infancia y juventud de Larry, el presente de Larry en Medellín, el día de la Alborada, cuando llega a recoger los restos de su papá, y un pasado cercano, de hace unas pocas horas, que narra el viaje en avión de Londres a Medellín. Entre esos tres planos el autor teje una historia que da cuenta del drama de ser hijo de un narcotraficante: la soledad, la exclusión y la angustia de vivir una vida que no eligió y que lo marca desde el origen.

La vida que se narra en El cielo a tiros no es la de la opulencia del narcotráfico sino la de la resaca. Un ambiente sórdido en lo estético y lo emocional, con vacíos que evidencian lo que le falta a una familia que solo se tiene dinero: reguetón de fondo, pólvora, mucho ruido, mucho aguardiente, droga y un frenesí que no se detiene dan cuenta también de un vértigo vital en el que el silencio, la pausa y la belleza no tienen cabida. Los ambientes llenos de humo y saturación auditiva son metáfora de vidas intoxicadas, sin tiempo para el sosiego.  


Algunas frases

Por qué darle tanta importancia al cadáver si lo que duele es la ausencia (p. 83). 

Todo está justificado aquí. La pólvora, la violencia, las balas, los muertos... todos nuestros males tienen una excusa. Y del pretexto pasamos a la resignación, y de ahí a aceptarlo todo, como si fuera normal (p. 111).

Me molestaba que trataran de solucionarlo todo con un abrazo. Paños de agua tibia. Ningún abrazo ha salvado a nadie de una enfermedad mortal (p. 135). 

La muerte de alguien junta o separa, la soledad une y tal vez también el miedo, aunque creo que la incertidumbre a veces separa (p. 152). 

Cara periodista se inventa una historia para ganarse aplausos. Mariquitas que creen que porque tienen una máquina de escribir son los dueños del mundo, pero se van a tragar sus putas máquinas, sus cámaras y sus mentiras esos malparidos que andan pavoneándose los muy gonorreas (p. 159).

Él siempre creyó que la gente hermosa no sufría de soledad (p. 168).


El cielo a tiros

Editorial Alfaguara

Septiembre de 2018

Bogotá

382 páginas