Diez años después de su primera edición, Jaravela, la editorial de Manizales, reedita Grandes borrachos colombianos, en versión corregida y aumentada, casi al doble, porque de las cuatro crónicas iniciales publicadas por ediciones El Malpensante, el libro ahora trae tres crónicas más, más un epílogo escrito por el autor y un prólogo de Luis Miguel Rivas. El libro original ("la cartilla", le decía Pablo Rolando), tenía 86 páginas. Esta edición, en un formato más grande, trae 122.
En su momento escribí sobre la primera edición que los relatos que componen este volumen tienen en común el aguardiente, el ambiente de cantina, la música de carrilera, el guayabo y las ganas de volver a tomar. Tienen también otro elemento común: la muerte. Tres de los cuatro relatos iniciales tienen como protagonistas a célebres borrachos fallecidos, y el detonante del texto es precisamente la muerte de los personajes, de manera que las crónicas se convierten en elegías sobre sus vidas, incluyendo sus borracheras.
Las tres crónicas adicionales que entraron en esta segunda edición no tienen a la muerte como eje, y de hecho tienen un tono desigual, en donde el humor ya no está tan presente. Hay una sobre borrachos indigentes que beben alcohol antiséptico en el Parque Caldas de Manizales (y Pablo Rolando los acompaña en la bebeta), otra sobre la historia de la cerveza, y una más, la mejor lograda, sobre sus días internado en una clínica de reposo, en medio de su proceso de desintoxicación.
También es valioso el epílogo. Allí Pablo Rolando Arango cuenta con ironía que corre el riesgo de empezar a hablar con un predicador evangélico, porque es un alcohólico que lleva 10 años (casi) sin emborracharse.
Estos textos a medio camino entre el ensayo, la crónica, la reflexión filosófica y el periodismo gonzo, son importantes en estos tiempos. Colombia lleva años desangrándose en la tal "guerra contra las drogas" y Pablo Rolando muestra, sin sermonear, que el licor es una droga mucho más fuerte y adictiva que algunas de las perseguidas. La diferencia no está en los efectos (o mejor, en los daños) sino en el estigma social construido desde el estado: el licor nutre las rentas departamentales y por lo tanto no es perseguido ni estigmatizado, a diferencia de la marihuana, la cocaína y otras sustancias.
Grandes borrachos colombianos (segunda edición)
Pablo Rolando Arango
Jaravela Editores
Manizales
Septiembre de 2026
122 páginas


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