viernes, 17 de junio de 2011

El Enterrador, de Thomas Lynch

18 de mayo de 2011

Mientras nuestro nuevo divo, el director supremo, veranea en Cannes y se codea con los que pisan la alfombra roja, los simples mortales seguimos nuestra vida normal. Yo leo y lo último que leí fue "El Enterrador" de Thomas Lynch, un libro al que le tenía ganas hace rato y no resultó como esperaba, pero me gustó leerlo.

No resultó como esperaba porque no sé por qué me imaginé que era más relato y son en realidad ensayos (literarios si se quiere) escritos por Lynch, que es un poeta que como todos los poetas no vive de lo que escribe y el oficio que lo mantiene es una funeraria familiar en su pueblo Milford, en Michigan, en la que atiende velorios y entierros de más o menos 200 vecinos al año. Los ensayos son sobre la muerte, los cadáveres, el suicidio, la muerte de un ser querido, de niños, etc... todos con mucha cotidianidad, humor y sarcasmo.


Acá van algunas frases:

Los muertos eran casi siempre decepcionantes. Ningún muerto se sentó en su ataúd. Nadie vio un fantasma. Nunca pude confirmar si las uñas y el pelo seguían creciendo.

Cualquier existencia que tengan los muertos, la tienen sólo por la fe de los vivos.

Los funerales son la forma en que cerramos la brecha entre la muerte que sucede y la muerte que importa.

El inodoro de cadena, más que cualquier otro invento, nos ha "civilizado" de una manera que ni la religión ni el derecho lograron jamás. Se acabó el oficio matinal de la bacinilla o la letrina que permitía que la vista, los sonidos y los olores nos recordaran que la carne es corruptible.

Es igual con nuestros muertos. Nos avergüenzan de la misma manera en que nos avergonzamos de un inodoro que se atasca la noche en que tenemos compañía. Es una emergencia. Llamamos al fontanero.

Cuando enterramos a los viejos, enterramos el pasado conocido, el pasado que a veces imaginamos mejor de lo que fue, pero el pasado al fin y al cabo, habitado en parte por nosotros. El recuerdo es el tema inevitable, el consuelo final.
Pero cuando enterramos recién nacidos, enterramos el futuro, inmanejable y dseconocido, lleno de promesas y posibilidades, de logros teñidos de esperanzas color de rosa. El dolor no tiene fronteras, no tiene límites, no tiene final sabido, y las pequeñas tumbas de bebés que bordean las esquinas y las cercas de todos los cementerios nunca son tan grandes como para contener ese dolor. Algunas tristezas son permanentes. Los bebés muertos no nos dejan recuerdos. Nos dejan sueños.

La prima pobre del miedo es la rabia.

Y entre los dones de Dios, el mejor de todos es el lenguaje, el poder de nombrar y proclamar e identificar, de construir palabras de la ruidosa nada para los pájaros del aire, los peces de los mares, lo que crece en la pradera; y para el desprecio y el afecto, el placer y el dolor, la belleza y el orden y la ausencia de los dos.

Es más fácil llorar la pérdida que vemos que la que imaginamos.

En mi época parece haber una relación inversamente proporcional entre el tamaño de las pantallas de los televisores y el espacio que les dejamos a los muertos en nuestras vidas y paisajes.

La geografía del sabor no tiene fronteras para un hombre, así como el cielo no tiene límites para las bandadas de pájaros.

La comprensión de que Dios podía ser mujer exigía considerar que el Diablo también podía serlo.

Los viejos siempre están mirando con nostalgia hacia atrás, mientras que los jóvenes, con la misma nostalgia, miran hacia delante. Un hombre recuerda lo que otro imagina.

Recuerdo a la familia de esa pobre niña: todos se preguntaban qué sería lo que hicieron o dejaron de hacer o podrían haber hecho o debían haber hecho o seguramente habrían hecho, sólo si supieran qué fue lo que la impulsó a subir y luego bajar. condenados si hicieron o si no hicieron, después de eso cada uno siguió su camino, solo.

Hubo una época en la que era más fácil cambiar de cueva que arrastrar el muerto hacia fuera. Hoy en día no es tan fácil. Está la cercanía a la oficina de correos, el mobiliario, lo que se ha pagado por la casa. Ahora hay que sacar al muerto.

Vélenme. Permitan que los que quieran vengan y miren. Tendrán sus razones. ustedes tendrán las suyas. Y si alguien dice: "!se ve muy natural!", no se ofendan. Tienen razón. Porque siempre estuvo en mi naturaleza. Está en la de ustedes.

El Enterrador, la vida vista desde el oficio fúnebre
Thomas Lynch
Editorial Alfaguara
Escrito en 1997
Edición 2004-Madrid, España
258 páginas

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