domingo, 25 de febrero de 2018

Críacuervo, de Orlando Echeverri Benedetti

Esta novela está dividida en dos partes: la primera ocurre entre Hamburgo y Berlín y tiene como protagonista a Adler. Todo el tiempo hace frío, cae nieve y el protagonista usa abrigo. La segunda parte transcurre entre Cartagena y La Guajira. Su protagonista es Klaus, el hermano mayor de Adler. Por supuesto, hace un calor sofocante.

Así como el contrapunto que plantean las dos partes es también la tensión dramática entre la vida de los dos hermanos, cara y cruz de una tragedia en el sentido griego del término: personas marcadas por un destino del que no pueden escapar. Ambos crecen juntos, luego se separan, pero los une además de la sangre y el interés por el reencuentro, el amor por una mujer, Cora, quien también está signada por su propio destino.

¿Es posible tomar decisiones? o al contrario ¿haga lo que haga, la vida de una persona ya viene con cartas marcadas? esa parece ser la pregunta que trasciende esta novela corta, contada en tercera persona y con una distancia fría, alemana, aunque el autor sea un ser caribe. Una novela que al principio parece policíaca y luego se transforma en un drama que deja una sensación de irrealidad y vacío.


Algunas frases:
A los diez años, Adler aprendió a sufrir y a rezar, y comprendería que toda plegaria es un grito bajo el agua.

Todos sus planes eran como platos enjabonados que se escurrían de sus manos y estallaban irremediablemente en el piso.

Ella no estaba acostumbrada al extraño mundo del glamour político, ese glamour que, comprendería tiempo después, era como una falda magnífica que ocultaba piernas carcomidas por la lepra. 


Críacuervo
Orlando Echeverri Benedetti
Editorial Angosta
Medellín, 2017
211 páginas

sábado, 24 de febrero de 2018

11 bombas antes de las cenizas, de Natalia Mejía Echeverry

Leer es viajar, pero así como una parte muy feliz del viaje es el regreso a casa, a veces también es muy grato cuando las letras leídas proponen un recorrido por las calles que habitamos a diario. La lectura se vuelve entonces una complicidad y también un redescubrimiento.


11 bombas antes de las cenizas es una novela corta de Natalia Mejía Echeverry, quien en un ejercicio de autoficción cuenta una biografía novelada que inicia en un recuerdo de infancia en la Plaza de Toros de Manizales. A la autora no le interesa el debate entre taurinos y antitaurinos. Se concentra en el lenguaje, en palabras como grana, gaonera, chicuelina y otras tantas que solo se pronuncian en ese sitio específico, y en determinada época del año.


La narración fluye natural de los toros hacia las rutinas de patinaje artístico en el Coliseo Mejor, en donde la protagonista practica con una disciplina férrea muchas horas de todas las semanas del año, hasta bien entrada la adolescencia. Luego la vida sigue, en otros sitios y con otras compañías.

La estructura del texto está fragmentada por permanentes digresiones en torno a la escritura, al ejercicio de escribir, tan distante e indiferente frente al de publicar. Natalia atraviesa su novela con una reflexión constante sobre la insignificancia de las palabras. 

Se trata de una novela ágil, diáfana, inteligente y cosmopolita, aunque esté anclada en una ciudad conservadora como Manizales y tenga como eje fundamental el tema de los lazos familiares.

Algunas frases
Vista desde afuera, la tauromaquia es un espectáculo sangriento. Desde adentro es pura sensualidad.

Soñar es cursi pero es privado, y gratis. Menos mal.

Puedo decir: soy escritora. Es irrefutable. Si digo: soy escritora, es como si dijera: soy mujer. ¿Quién puede negarlo? Quién va a decir: no Natalia, no lo eres. Y sin embargo ser, por sí sólo, no significa nada; no sirve para nada. Ser escritora no significa hacer lo que hace una escritora. 

Tampoco en la vida, las cosas suceden tan ordenadamente como en la escritura. 

Escribir para qué. En principio para capotear (...) Escribir para separar pedazos y recorrer líneas de fuga. 

Dijo algo que se aplica a la escritura: "La música clásica te gusta porque es una experiencia abisal. Morís, pero sin morir".

La escritura es una semilla y se hidrata invisible, germina en presencia ajena.

Para qué escribir: para sentir equilibrio. Equilibrar qué: la vida que acontece, con la vida que puedo hacer que acontezca. 


11 bombas antes de las cenizas

Natalia Mejía Echeverry
Editorial Malisia
La Plata, Argentina
2017
70 páginas

El sol y la rabia, de Natalia Mejía Echeverry

"Es un experimento bizarro medio en borrador". Así describe Natalia Mejía Echeverry este remolino de frases bipolares, sueltas, que sin embargo tienen una fuerza interna arrolladora y que unidas en medio de su caos construyen una novela corta fresca, ágil, arriesgada y contemporánea. Algunos podrían decir que posmoderna, aunque a estas alturas ese epíteto puede sonar vetusto para el ejercicio que la autora propone. 

Natalia nació en Manizales en 1986, estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad de Manizales y vivió 9 años en Buenos Aires, en donde estudió Dirección de Fotografía y Dramaturgia, trabajó en proyectos audiovisuales y se graduó de una Maestría en Escritura Creativa.

Esa cercanía con el mundo audiovisual se nota en su escritura de una manera particular. Normalmente la relación más obvia entre el cine y la escritura es la llamada "narración por escenas" de la que hablaba Tom Wolfe. Natalia no construye escenas, pero su texto tiene una estructura audiovisual: el vértigo narrativo de su prosa se emparenta de manera próxima con el de el videoclip.

El libro se enmarca en lo que algunos denominan autoficción. La protagonista del texto es una manizaleña que se llama Natalia Mejía, que vive en Buenos Aires. Las licencias narrativas de la historia son la maravillosa libertad que permite navegar por el terreno de la ficción, que en su relato viaja entre Buenos Aires, Manizales y San Andrés, y que insinúa de manera entrecortada una ruptura sentimental, un trastorno mental y una historia de violencia familiar. 

Algunas frases:
Nosotros pagamos fortunas para meternos a la piscina de un barco y reclamamos la falta de refrigerio.

Ya sabemos que de amor nadie se muere, no soy tan ridícula, pero cómo mierda se puede hablar de muerte si uno sólo se muere una vez, sin darse cuenta, y en cambio amar puede llegar a dos, tres, cuatro veces.

Vos tenés tiempo, yo palabras. Espero que lleguemos juntos, pero si no, quedate tranca que llegaré sola, sabré llegar. 

Mejor dicho puedo hablar desde la tristeza, que es entrecortada, que se agota pronto, que es tan poco fuerte, lábil. 

¿Quién ignora la tristeza? Es decir, quién no la conoce.

¿Qué pasó? Pasó lo que pasa siempre. Los humanos nacemos con un corazón palpitante, propenso a las tinieblas, que tira -todo tira- de un carro desbocado, deseoso, dispuesto a llegar hasta donde la mente quiera, hasta donde la mente lo permita. ¿Qué pasó? Al carro se le empezaron a desgastar las ruedas. 

El ego es una cucaracha y las cucarachas, además de ser rápidas, fueron capaces de sobrevivir a la bomba atómica. 

Señores: aunque no les guste, aunque no lo crean, cada una es dueña de su ingenuidad.


El sol y la rabia
Natalia Mejía Echeverry
Editorial Malisia
La Plata, Argentina
2017
60 páginas

jueves, 22 de febrero de 2018

Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla, de Alfonso Fuenmayor


Haciendo gala de una prosa deliciosa, exquisita, con dosis de humor y muchas anécdotas, Alfonso Fuenmayor presenta en este libro una compilación de 13 textos que orbitan alrededor del Grupo de Barranquilla, que conformaron Alejandro Obregón, Gabriel García Márquez, Germán Vargas Cantillo y el autor, entre otros.

Las crónicas de Alfonso Fuenmayor se construyen por lo general en torno a un personaje: El pintor Alejandro Obregón, el poeta León Felipe, el pintor Orlando Mejía "Figurita, Julio Mario Santodomingo, Alvaro Cepeda Samudio...

No se trata de un texto analítico que ofrezca crítica literaria o artística. Tampoco es una reconstrucción histórica. Se trata más bien de un anecdotario rico en detalles, y escrito con un lenguaje cuidado, elaborado, que obliga cada tanto a consultar el diccionario sin que por ello el texto resulte pedante.

Una pequeña joya que da pistas para entender por qué desde un pequeño lugar en Barranquilla un grupo, unido por la amistad, logró remover los cimientos más profundos de la literatura y la pintura en Colombia.


Algunas frases
El grupo empezó a formarse allá en mil novecientos cuarenta y tantos. Latente y subrepticio, el grupo "funcionaba" teniendo como cabezas cimeras a Ramón Vinyes y a José Félix Fuenmayor.

Alvaro Cepeda Samudio lo declaró sin tapujo y sin ambages: "Todos provenimos del viejo Fuenmayor".

Eran, entre otros autores, Cortázar -que para el grupo se inició con Los Reyes-, Felisberto Hernández, Borges, Kafka, Joyce, Virginia Woolf, Neruda, Sartre, Camus, Hemingway, Saroyan, Caldwell.

aquella frase del doctor Johnson, según la cual "nada mejor ha inventado el hombre para su felicidad que una buena taberna".

Para entonces la vulgaridad del plástico no había invadido este rincón del planeta.

¿te das cuenta de que esto de la felicidad es un cuento chino y que si existe dura poco?

Lo que seguirá sucediendo, si es que no se legisla a nivel universal como lo ha pedido Gabito, en el sentido de que se prohiban las metáforas y se castigue su uso hasta con la pena de muerte. "Una sanción más bien leve, comentaba el padre del Patriarca, para un delito tan atroz".

Los párrafos eran reiterativos, tautológicos. En fin, la materia prima con que están hechos los boleros. 

(Sobre Plinio Apuleyo Mendoza): Las orejas mostraban una cierta tendencia a separarse del sitio que ocupaban y parecían, como dijo un observador, que quisieran captar todos los sonidos del universo y hasta la pitagórica música de las esferas.

Los cartageneros se distinguen de la demás gente porque parecen desplazarse con un halo.


Crónicas sobre el Grupo de Barranquilla
Alfonso Fuenmayor
Instituto Colombiano de Cultura, Colcultura
Bogotá, 1981
210 páginas

martes, 20 de febrero de 2018

Sobre literatura colombiana, de Germán Vargas Cantillo


Aunque el título de esta compilación de textos (columnas, prólogos, reseñas, breves ensayos literarios) se llama "Sobre literatura colombiana", en realidad la mayoría de las páginas son sobre el Grupo de Barranquilla, bautizado así en El Tiempo por Próspero Morales Padilla, y del que hicieron parte el autor, Germán Vargas Cantillo, así como otros nombres destacados, encabezados por Gabriel García Márquez, y seguido por Alfonso Fuenmayor y Álvaro Cepeda Samudio.

En algún aprte del libro el autor aclara que ellos cuatro fueron los miembros permanentes del grupo, y que a su alrededor en distintas épocas estuvieron otros como el pintor Alejandro Obregón, el fotógrafo Enrique Scopell y otra serie de nombres.

Este libro, publicado en 1985, recoge distintos textos sobre literatura colombiana escritos por Germán Vargas Cantillo entre 1949 y 1983. Leerlo es hacer un viaje ameno por la historia de la literatura colombiana, en la que el autor destaca a Tomás Carrasquilla, Efe Gómez y José Estasio Rivera, entre los muy pocos nombres a resaltar antes de la irrupción de García Márquez y Cepeda Samudio, que le deben buena parte de su oficio narrador al escritor José Félix Fuenmayor.

El libro está dividido en tres partes y en total incluye 30 textos relativamente cortos sobre autores, libros, revistas literarias. Es muy llamativa la descripción que hace de un escritor desconocido, un tal Fermando Vallejo, "un autor de quien no se tienen mayores noticias, fuera de la que es un escritor antioqueño que vive en México y que investigó en forma exhaustiva, completísima, la vida y obra de Barba Jacob". Así mismo son memorables sus textos sobre el momento en el que García Márquez recibe la noticia del Nobel en México, y la posterior ceremonia de entrega en Estocolmo. Esos dos textos justifican plenamente el esfuerzo de conseguir este libro, que hace años dejó de circular.

Algunas frases
El país ha vivido, hasta ahora, si se apartan las obras de Efe Gómez, de lo que equivocadamente se califica como cuento "terrígeno", cuyo centro de producción se ha emplazado en la feraz comparca caldense. Los cuentistas de Manizales y de Riosucio, de Salamina y de Calarcá, se han entregado a una especie singularísima de cuento "nacionalista" que resulta tremendamente falso por el uso y el abuso de la retórica empalagosa y que, al fin y al cabo, viene a ser la negación de lo auténticamente nacional.

La obra de José Eustasio Rivera es una de las mejores novelas que se han escrito en Colombia, lo cual no es mucho decir. 

Toda la literatura colombiana de la violencia, escrita y publicada en los primeros años, cuando aún se vivía en forma permanente esa tremenda etapa, se leyó y pasó, sin que hoy merezca ser considerada literariamente como nada distinto de documentos de consulta.

Cepeda Samudio es, como podrá apreciarlo quien lea estos cuentos, un poeta, que es una de las mejores maneras de ser algo: un cuentista, un novelista, por ejemplo. Y es también -condición básica para quien escribe literatura y ficción- un periodista.

Con José Félix Fuenmayor irrumpe en la literatura colombiana la novela urbana, la ciudad de cuerpo entero. Un joven crítico colombiano, Juan Gustavo Cobo Borda ya dijo, con su habitual agudeza que Cosme es la primera novela urbana en Colombia.


Sobre literatura colombiana
Germán Vargas Cantillo
Fundación Simón y Lola Guberek
Editorial Lealón
Medellín 1985
251 páginas

domingo, 11 de febrero de 2018

La furia, de Humberto Jarrín Ballesteros


Escribe Humberto Jarrín B. en un aparte de La furia que “En últimas una novela muchas veces no es sino un pretexto para una tesis”. Eso se nota en esta obra. La furia es la Feria de Cali narrada en clave policiaca. Durante los festejos aparecen una serie de crímenes macabros, simbólicos. El protagonista, denominado “el Profeta” (profe+poeta) es invitado por un policía a participar en la investigación criminal. A partir de ahí el lector observa cómo la semiótica puede ayudar a resolver, o mejor a comprender, un homicidio, pero no sólo eso: los muertos son una excusa para entender mejor a la sociedad caleña.

Hace algunos años, en “La carroza de Bolívar” Evelio Rosero reconstruyó el Carnaval de Pasto como escenario narrativo para hablar sobre la historia de la capital nariñense. La Furia de Humberto Jarrín, puede ofrecer una lectura cruzada con la obra de Rosero. Jarrín retoma otra fiesta popular como telón para presentar la historia de esa ciudad y a partir de su pasado reflexionar sobre su presente.

Lo novedoso de la obra de Jarrín está en el género seleccionado: en alguna parte de la novela el autor refiere que en la narrativa caleña la literatura policíaca ha sido un género esquivo. Jarrín construye una trama policíaca que parece una parodia, porque su protagonista es un investigador imposible: un poeta que prefiere no salir de su casa y dedicar sus horas de asueto a releer “El Quijote”.
 
La Biblia, Kavafis, Eco, Jakobson, Borges, Cervantes, Cioran son algunos de los referentes que se mencionan en esta novela caleñísima en su geografía, que por fortuna tiene la claridad necesaria para que pueda ser comprendida por lectores ajenos a los sitios emblemáticos de esa ciudad, y a sus direcciones.

La estructura narrativa no es lineal. Buena parte del texto conserva una sucesión temporal pero algunos capítulos saltan en el tiempo, dentro del juego detectivesco que se le propone al lector. En cuanto al lenguaje, buena parte del libro está conformado por diálogos o conversaciones entre Humberto Jarrín V., el Profeta, y el Teniente Octavio Yépez, un policía no del todo verosímil porque dialoga sobre semiótica, literatura y filosofía en términos cercanos a los del Profeta. Sin embargo, como bien se dice en la novela, puede tratarse de un prejuicio frente a quienes conforman las fuerzas armadas.

La furia es una novela intelectual. Rica en digresiones que van desde los esfuerzos que hacen los catedráticos universitarios para sobrevivir todo el semestre con salarios de 4 meses, hasta reflexiones sobre los medios de comunicación, pasando por el suicidio, Marx y la soledad. Todo eso en un texto que es también una crónica sobre Cali, con una trama que, como obligan los textos policíacos, mantiene el suspenso hasta el final.

El libro fue publicado por la Alcaldía de Santiago de Cali por haber resultado ganador en el Premio Estímulos Cali 2017.

Algunas frases:
¡Yo los conocía!, ¿de dónde?, ¡claro!, habían sido alumnos míos. Sentí un escalofrío, porque con desazón me pregunté: “¿Esto era entonces lo que yo les había enseñado?”, si era así, ¡qué horror!, ¡mea culpa! Si no era así, más preocupante, ¿dónde estaban los muchachos pilos, los aventajados, los que en el campus, la cafetería, las oficinas de los profesores, seguían interesados en las cuestiones iniciadas en clase? ¿Por qué éstos no estaban allí, y en su lugar aparecían precisamente los más flojos e insulsos, los que aspiraban a ser figuritas de farándula o reinitas o modelos?

¿Puede alguien negarse a la Policía en un país como el nuestro, donde los que mandan son las fuerzas armadas sin importar de qué rama?

Alguna vez le escuché decir a alguien que el escritor en realidad sólo tiene dos patrias: su ciudad, ésa que Kavafis nos advierte que siempre nos perseguirá; y la otra, la lengua. (…) una tercera patria del hombre es la soledad.

Para mí la física era una extensión de la literatura, con sus mundos fantásticos y posibles.

Leyendo en estado de alerta se aprende a escribir.

El trabajo para los que nacimos sin herencia significa poner empeño en una carrera profesional sobre la cual organizar la vida personal y la supervivencia.

Las cifras son oficiales, se las pasamos nosotros, los periódicos no son sino nuestra correa de transmisión.

Para que la burla cause su efecto sancionatorio y cómico normalmente se hace en compañía de otros, que nuestra risa es siempre la risa de un grupo, pues ésta necesita de un eco.

Usted más que yo sabe que la ficción del periodista puede pasarse por verdadera y ser vendida de inmediato, porque en la calle hay un gran público a la espera de ella, a diferencia de las historias de ustedes los novelistas y poetas que, aunque digan la verdad para el gran público, sólo será imaginación del escritor, cuando no desvarío.

…cuerpo de mujer, nos persigue de continuo por el mundo a fin de que no logremos realizar una de nuestras más queridas hazañas, la de convivir en paz y sosiego con nuestra anhelada soledad.

El corazón tiene cuatro cavidades para albergar en ellas amores distintos, el amor erótico, el amor por uno, el amor por el arte en mi caso, y así. Y en la parte de mi corazón que te corresponde eres lo más importante. No me pidas todo el corazón y todo el tiempo y todos sus pulsos y todas sus mareas y ahogos sólo para ti…

Citar a autores de ahora y que están de moda, aunque sean malos, da prestigio, dice de quien los nombra ser un lector ávido y avezado y sobre todo actualizado.

¡Ay, los artistas, los escritores no tienen remedio! Tienen un ego de aquí hasta la luna, son unos incorregibles vanidosos, no es sino que les digan algo bueno de sus obras y allí mismo atienden con todas las orejas al que les habla.

Ante la urgencia de los fans no queda otro remedio que cantarlas ahí como puedan (después de todo el fan es un creyente, los oye de fe, siempre con el mismo oído).

La cuna de la especie humana es África, y en consecuencia todos somos afrodescendientes.


La furia
Humberto Jarrín B.
Alcaldía Santiago de Cali
Cali
2017

239 páginas

martes, 16 de enero de 2018

Tiempo muerto, de Margarita García Robayo

Tiempo muerto, la última novela corta de Margarita García Robayo, tiene pocos personajes y la autora logra que todos, en algún momento, nos caigan mal: Pablo, el esposo infiel y pusilánime; Lucía, la esposa fría y dura; los papás de ella, pedorros y ordinarios; Cindy la empleada, llenadora y bullosa; Rosa y Tomás, los hijos... hasta los niños, tan idealizados en toda la literatura, por no decir en toda la historia, aparecen acá como inoportunos, o cansones. Niños que viven pegados a las pantallas para que no estorben.


Cada línea de esta novela parece construida con escalpelo: es precisa en los cortes que produce. No es amable, no es condescendiente, no es dulce. La vida tampoco lo es y en particular las relaciones de pareja pueden llegar a niveles de crueldad inesperados en personas que se supone que son buenas, que se quieren. El matrimonio logra sacar también lo peor de cada cual y de eso se encarga esta novela: de narrar el derrumbe de una relación que viene rota de tiempo atrás.

Es una obra sobre el fin del matrimonio, pero también sobre la inmigración. La protagonizan unos colombianos que viven en New Haven, son vecinos de unos argentinos y Lucía, el eje del relato, parte de vacaciones con sus hijos a Miami en donde la atiende Cindy, una gringa de origen cubano. Toda esa mezcla de desarraigo y adaptación hace parte de la novela.

Así mismo es un relato sobre la maternidad: sobre el quiebre que producen los hijos en una pareja y también en las vidas individuales de los papás. "Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural", escribe la autora en una frase corta, que como todas las del libro, logra condensar en pocas líneas todo el drama de un desgarramiento que se vive con la aparente fortaleza de dos personajes que se niegan a llorar o a reflexionar sobre su fracaso. La vida es así. Punto. La vida tiene que seguir. Punto. Así son los personajes de esta novela contemporánea, que mezcla racismo, clasismo, arribismo y soledad en dosis pequeñas de ironía y sarcasmo, página tras página. Como quien administra veneno. 

Algunas frases
Estaba en crisis, era cierto, pero pensó Lucía y se llenó de furia: ¿quién no estaba en crisis?

Abría los ojos en la noche, sentía la turgencia en su barriga, el movimiento interno, y pensaba: mi cuerpo es una casa invadida por aliens.

Lucía era, con gran diferencia, la persona más inteligente que él conocía. Antes de parir era la persona más inteligente y más bondadosa que él conocía, y ahí estaba su falla, pero él no la vio, o no quiso verla: nadie podía ser las dos cosas en grado superlativo. La experiencia abundaba en casos de villanos brillantes y santos bobos.

Sus alumnos tenían la facultad de vaciarlo de criterio. De hacerle perder el entusiasmo por absolutamente todo. Y de convertir su mundo en un abismo.

Cuando mira a otras mujeres de su edad las ve viejas, porque lo son. Pero rara vez se piensa a sí misma dentro de ese conjunto.

pero un día te vas a dar cuenta de que un hombre sin raíces es un hombre muerto.

Lo raro no son las infidelidades. Lo verdaderamente raro es mirar al otro y preguntarse quién es, qué hace ahí, en qué momento le cambiaron tanto los rasgos de la cara. El desconocimiento es el saldo del tiempo acumulado, nadie puede decir con exactitud cuándo se planta la semilla. Empieza como un síntoma de desinterés, algo minúsculo que después se naturaliza y ambos dejan de preguntarse cómo es que siguen ahí, adobando la abulia frente al otro, asintiendo a lo que dice como un trámite: excediendo el período en el que aquello que decía te parecía interesante. O digno de ser escuchado. Hacía mucho que su relación estaba mal, pero hacía mucho también que había dejado de pensar en que debía hacer algo al respecto. 

A veces le parece que es otro el que habla por su boca. Ese otro, también, es el que escribe.

Eso tienen, aparte de hijos y ollas: asentamientos de tiempo muerto que ninguno se ha dignado a remover.

La espiaba con la intención de descubir si ella se habría arrepentido de tenerlos (a los niños). Era probable, pero tenía la decencia, y sobre todo, la piedad de no haberlo dicho nunca.

Hay cosas que elijo bien: las carteras, los duraznos; y otras que elijo mal: los maridos.

Lo mejor que hace por su familia es sembrarles en el estómago capas de colesterol.

prefiero cuatro millones de refrigeradores mal cerrados que la voz de mi marido o, peor, que el silencio de mi marido. Nada más ruidoso y violento que su silencio.

mantener los afectos es cuestión de disciplina.

es obvio que Cindy, como el resto del género humano, disfruta de la desgracia ajena porque la coloca mágicamente en un lugar de superioridad moral: estoy aquí para ayudarte.

una mujer inteligente jamás dejaría a un marido de tantos años. Preferiría una vida desgraciada pero cierta, a lo impredecible de la felicidad.

mucho menos de novelas realistas latinoamericanas que se escudan en dibujó comillas en el aire "la sugerencia estética" para esquivar la intención política. Yo me pregunto: si la intención es política, ¿por qué no hacerla explícita?, ¿por qué fingir que te caíste en ella accidentalmente, como en una alcantarilla destapada?

Estaban en un café al que iban antes. Antes de ser padres, antes de ser ellos: gente que se piensa en plural. 

la patria es eso que se muda contigo.

conversar con Lucía se ha vuelto eso: ir tanteando, virando el timón, pisando huevos. Buscar la reacción menos explosiva.

El mal gusto para la ropa es el último rasgo de pobreza que se va.

Era un tipo formado, pero tarde, cuando ya los vicios de crianza se le habían hecho costra dura en el cerebro.


Tiempo muerto
Margarita García Robayo
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2017
151 páginas

Soñamos que vendrían por el mar, de Juan Diego Mejía

Al comienzo de Soñamos que vendrían por el mar Juan Diego Mejía escribe la siguiente advertencia: "Quienes crean verse en estas páginas olvídenlo, todo es pura ficción". Puede ser un guiño para sus amigos, o para la gente de Medellín que vivió la movida política y teatral de los años 70 y 80. Sin embargo, para un lector ajeno a la realidad local en esa época, es difícil creer que todo lo que se lee es pura ficción: hay tantos detalles, tan minuciosamente contados, que resulta inevitable concluir que esta novela tiene un trasfondo autobiográfico concreto.

Soñamos que vendrían por el mar es la historia de un entusiasmo. Es prima hermana de la novela de Laura Restrepo, que narra el entusiasmo de hacer la revolución y conquistar el poder, que embriagó a muchos universitarios en los años 70. Juan Diego Mejía, el autor, fue uno de ellos. Salió de Medellín para convertirse en militante en Zona Bananera, en Magdalena. Esa geografía y esa experiencia nutren la mitad de la historia de Pável Vlasov, el protagonista de este libro, un joven estudiante de arquitectura que se dedica al teatro y abandona Medellín para irse de guerrillero. El teatrero Pável, que toma su nombre de un papel que interpretó en La madre, de Gorki, está inspirado en Rodrigo Saldarriaga, creador y director del Pequeño Teatro de Medellín, y líder del Polo Democrático en sus últimos años, según contó Juan Diego en una entrevista.


Así las cosas, Soñamos que vendrían por el mar podría leerse como la fusión de apartes de dos biografías: la de Juan Diego Mejía y la de Rodrigo Saldarriaga, en el personaje de Pável Vlasov. Sin embargo esa lectura resulta reduccionista frente a una obra que propone un abordaje literario particular del conflicto armado colombiano, contado desde un punto de vista poco frecuente en la narrativa colombiana: el testimonio del guerrillero, del combatiente, aunque decir combatiente en el caso de Pável resulta inexacto porque combates no hay: los guerrilleros de esta novela obedecen al título de la obra de Alvaro Cepeda Samudio Todos estábamos a la espera. La revolución acá es imaginaria, es lo que esperan que ocurra y que, como lo narra el libro con delicadeza, lentamente se descubre que no va a pasar. Cuando los sandinistas se toman el poder en Nicaragua Pável ve la noticia en televisión y concluye que Colombia todavía está muy lejos de algo parecido. La ilusión y el entusiasmo trasmutan en desesperanza o cansancio.

La novela ocurre en dos escenarios: Medellín y Zona Bananera y el contraste entre la época del relato (1978-1983) y la época actual es evidente. En Zona Bananera pocas cosas han cambiado, la gente sigue siendo pobre, sigue careciendo de lo más elemental. En Medellín, en cambio, permanecen algunos referentes puntuales como la cafetería Versalles, pero muchos otros de los espacios narrados ya no existen. La novela es la reconstrucción de un territorio ido. 

Pável el protagonista es un actor y director de teatro y ese rol resulta particularmente interesante en la trama, no solo por la cantidad de obras que su grupo, El Nuevo Teatro, monta a lo largo de la novela, y que revelan matices del personaje y la historia, sino también porque la novela narra la militancia política de teatreros y artistas, a finales de los 70, y plantea el debate entre el arte comprometido y el arte por el arte. Que Pável al final, regrese al teatro, evidencia la postura del autor frente a este tema.

Los lectores habituales de Juan Diego Mejía encontrarán en este libro ese tono pausado que caracteriza su obra. Esperar, desgranar los días, entender que lo importante es la rutina, lo que está ocurriendo hoy, así parezca mínimo, parece ser una apuesta común entre este y otros libros de Mejía, como El cine era mejor que la vida. Así mismo su cuento Esperando a Agustín, con el que ganó en 1982 el primero Concurso Nacional de Cuento de la Gobernación del Quindío, aparece reescrito en esta novela sutil, hermosa y necesaria.

Algunas frases:
Uno va definiendo su ideología de tanto oír hablar a los de las distintas corrientes. También juegan las simpatías personales.

El que piensa mucho se enreda mucho.

La vida  le va tendiendo trampas a uno.

"pero que sean obras que le sirvan al pueblo". "Este sí es bobo", pensé, y estuve a punto de decirlo. Todas las buenas obras le deben servir al pueblo, ¿o es que el pueblo no está formado por seres humanos?

Los pasajeros de los aviones que volaban muy alto sobre esa región nunca sabrían lo que era vivir abajo, en un pueblo. 

¿Vos creés en esas brujerías, pelao?
Compañero, a las masas hay que creerles.
Pero vos sos un marxista.
Bueno, digo, pero que las hay las hay.

Aprendí a tomar el café sin azúcar, a dormir sin cobijas y a andar bajo la lluvia, como una forma de prepararme para lo que vendría tarde o temprano.

Alguno de los que hablaron, junto a las mismas palabras de todos, al lado de "clase obrera", "imperialismo yanqui", "oligarquía colombiana", pronunció la palabra alondra. Fue una especie de abracadabra en medio del aguacero. "El canto de la alondra volverá a escucharse en Colombia", algo así dijo. "Le creo a este", pensé. Así sí me gusta la revolución, con imágenes. 

Se trataba de no quedarnos al margen de la fiesta. Sería imperdonable llegar a viejos y morir de aburrición tomando leche tibia en la cama.

A veces veía el proyectil que venía en el aire directo a mi frente. Abría un hueco en el hueso, entraba en el cerebro y cuando estaba bien adentro, en el lugar donde se mueven las ideas y descansan los recuerdos, explotaba como un Big Bang que creaba un nuevo universo.  El resto de mis órganos morían de a uno como un dominó que iba cayendo, hasta cuando quedaba quieto, en silencio, a oscuras, en paz. 

lo mismo que las mujeres humildes. Son dulces cuando no hablan de política. Son buenas amigas. Saben que a tipos como yo nos da pánico la soledad de los domingos por la tarde.

—Despréndase de esa culpas —me djio— La vida es sencilla.

no ambicionaba nada. Le gustaba viajar sin pensar. Irse lejos. No volver sobre los pasos andados.

un proyecto es un paso antes de la realidad.

era un viejo de esos duros que viven hasta los cien años porque se alimentan con aguardiente, con mentiras y con plata.

se acuestan al sol, se emborrachan, compran baratijas de contrabando, regresan sin un peso a sus casas con el consuelo de unas fotografías como testimonio de que un día fueron felices.


Soñamos que vendrían por el mar
Juan Diego Mejía
Alfaguara
Bogotá, 2016
272 páginas

lunes, 13 de noviembre de 2017

La perra, de Pilar Quintana


En La perra ninguna palabra sobra. 108 páginas le bastan a Pilar Quintana para recrear un universo sobrecogedor, en el que el paisaje tiene directa relación con la historia: la selva y el Océano Pacífico se ven hermosos pero son traicioneros. En las playas se bañan turistas pero en sus aguas se ahoga la gente y las tormentas torrenciales, que se ven bonitas en la lejanía, se cuelan entre los techos de las casas y causan inundaciones. Así es La perra: cualquier armonía se puede romper. 

La novela se ubica en Juanchaco, a una hora en lancha de Buenaventura. Damaris vive con su esposo Rogelio en un humilde rancho. La gente ya dejó de preguntar "para cuándo los bebés". Damaris quería ponerle Chirli a su hija, pero como no se pudo bautiza así a una cachorra que le regalan. Damaris trabaja haciendo oficio y Rogelio es pescador. A veces se va la luz, a veces no tienen cómo pagarle al tendero lo que les ha fiado. Hay múltiples violencias que han sido naturalizadas y hacen parte de la vida cotidiana. La escasez en la que viven contrasta con la exuberante naturaleza que los rodea: selva, mar, toneladas de pescado, animales de todo tipo.

Dice Hemingway en su teoría del iceberg, que todo relato refleja sólo una parte muy pequeña de la historia. Lo que soporta el texto está sumergido y le corresponde al lector encontrarlo, interpretarlo. La perra no es una historia críptica o confusa. Al contrario, es clara, directa y fuerte, pero todo el tiempo invita al lector a entender lo que no se cuenta o apenas se esboza y eso le da a la novela un aura de misterio y tensión creciente. El texto es sobrecogedor.

En La perra los personajes se transforman. No hay buenos ni malos. Hay gente corriente con la que el lector empatiza en unas páginas y más adelante ya no, o viceversa. Que la escritora logre esto con tan pocos diálogos y digresiones me parece un trabajo maestro: son las acciones cotidianas de los personajes las que revelan los rasgos ambiguos y densos de sus personalidades. 

Buena parte de la literatura contemporánea refleja la urbanización de la población. Hoy casi el 80% de la gente vive en ciudades y muchos cuentos y novelas que se publican en la actualidad narran historias que se ubican en centros urbanos. La perra es un relato contemporáneo (sus personajes usan celular, ven televisión), que ocurre en una región muy poco contada por la literatura colombiana: la selva del Pacífico. Ese entorno selvático es distinto al paisaje que hace un siglo narró José Eustasio Rivera en La vorágine, pero así como a Arturo Cova y Alicia se los tragó la selva, en La perra la naturaleza no es mero decorado. Puede ser, como lo dice la autora, el lugar más terrible.


Algunas frases:
"Él quería comprarse un nuevo trasmallo y un equipo de sonido grande con cuatro parlantes, pero Damaris llevaba un tiempo pensando cómo decirle que ella no había dejado de desear un hijo".

"Quiso huir, perderse, no decirle nada a nadie y que la selva se la tragara. Empezó a correr, se tropezó, cayó, se levantó y volvió a correr".

"No había viento. Las hojas de los árboles se habían quedado quietas y lo único que se oía era el mar. A Damaris le pareció que el tiempo se estiraba y que ella estaría ahí hasta hacerse adulta y luego vieja".

"La única ciudad que conocía era Buenaventura, que quedaba a una hora en lancha y no tenía grandes edificios. Tampoco conocía el frío de las montañas, pero por lo que veía en televisión y decía la gente, se figuraba que Bogotá debía ser como la oficina de Telecom luego de una semana de lluvia: un lugar oscuro, con ecos y que olía a humedad como las cuevas".

"Damaris pensó que seguro querrían mucho a la cachorra, pues ellos tampoco tenían hijos, y se preguntó si sería eso lo que los mantenía unidos".

"Así que eso era matar. Damaris pensó que no era difícil ni tomaba demasiado tiempo".


La perra
Pilar Quintana
Random House Mondadori
Bogotá, 2017
108 páginas

martes, 17 de octubre de 2017

Hasta que pase un huracán, de Margarita García Robayo

El escritor Héctor Abad Faciolince ha dicho que Medellín se mira mucho su propio ombligo entre otras cosas porque es una ciudad rodeada de montañas. Cuando los paisas divisan el horizonte, el más allá queda a pocos kilómetros y eso explica en parte, según él, esa tendencia tan propia de la gente de Medellín de creer que es mejor que todas las demás. Su ojo no está acostumbrado a mirar lejos.

Si se acepta esta hipótesis de Héctor Abad, entonces lo contrario ocurre en una ciudad costera: si se vive a orillas del mar la mirada se pierde en el horizonte y el permanente flujo de barcos invita a explorar otros mundos en donde la vida puede ser mejor.

Esa ilusión mueve a la protagonista sin nombre de Hasta que pase un huracán, una novela corta de Margarita García Robayo. La ciudad del relato no se nombra pero es posible identificarla como Cartagena, el sitio en el que nació la autora. Allí crece una chica de clase media que tampoco se nombra, que se ve a sí misma como pobre y que anhela con todas sus fuerzas vivir en Estados Unidos. Su hermano quiere lo mismo y su plan es casarse con una gringa. El de ella es convertirse en azafata y que alguien la embarace.

La vida consiste en eso: en soñar una vida distinta. Los días de la narradora se desgranan entre el tedio y pequeñas violencias normalizadas que no escandalizan a nadie, esperando que algún día pase algo. Y cuando pasa algo ella espera que pase algo distinto, algo más. Y en ese cúmulo de sueños minúsculos la protagonista crece, estudia, se empareja (es difícil decir que se enamora), trabaja y llena sus días de aburrimiento e insatisfacción, esperando el momento en que pase un huracán. 


Quizás haya quien catalogue a Hasta que pase un huracán como una novela feminista. Si el feminismo es la reivindicación del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio destino entonces lo es. Pero no se trata de una diatriba sino de un relato sutil, que no necesita la fuerza de un huracán para expresar claramente el desasosiego que plantea: le basta la suave brisa de la playa para lograr su cometido poético y político.


Algunas frases
A mi me preguntaban: ¿qué quieres ser cuando grande? Y yo decía: extranjera.

Si yo fuera rica no me querría ir, los ricos pueden vivir bien en cualquier parte.

La estética latinoamericana es la estética del cliché.

se pegará a mi espalda, me abrazará por la cintura y me dirá al oído: algún día saldremos de acá. Y yo: acá nos quedaremos hasta que pase un huracán.


Hasta que pase un huracán
Margarita García Robayo
Editorial Laguna Libros
Bogotá, enero de 2015 (primera edición en Editorial Tamarisco, Buenos Aires, 2012).
67 páginas