¿Cómo hacer humor a partir de la reflexión literaria? ¿Se pueden releer los clásicos como Ana Karenina, de Tolstoi; La Metamorfosis, de Kafka, o El Aleph, de Borges, desde Choachí o desde Ciudad Montes, en Bogotá?
Que pase lo peor, de Antonio García Ángel, puede ser leído como una mamadera de gallo de 318 páginas o como una genialidad psicodélica, a medio camino entre lo erudito y lo popular. O como ambas cosas. O también como una novela distópica que incluye la destrucción de Bogotá (pensé en Cassiani, de Octavio Escobar Giraldo), o como una reflexión descarnada sobre lo difícil que es sobrevivir desde la literatura, con trabajos mal remunerados y la preocupación constante por reunir la plata para poder pagar el alquiler. Es también una crónica sobre Bogotá, sobre el Park Way y el sur poco literario de la zona de Ciudad Montes, y es un homenaje a los años 80 y 90 punketos, con lugares y bandas que hoy ya nadie recuerda.
Podría escribir en qué consiste el argumento de Que pase lo peor, pero es tan disparatado que tiene poco sentido resumirlo en tres líneas. El personaje principal, Nelson Camargo Acevedo, es un escritor fracasado al que acaban de despedir de su trabajo como profesor. Conoce a Reynaldo Mestizo, un vendedor de telas que desea lanzarse como concejal, a quien le sobra en plata lo que le falta en conocimiento. Mestizo contrata a Nelson para que le redacte un perfil y sus propuestas políticas y ahí comienza una cadena de sucesos hilarantes, que incluyen al segundo mejor lugar del mundo para comer chuleta y a Kafka; a los termales de Choachí y a los cachos de Ana Karenina; a las chocolatinas jet, el chocorramo y el periodismo cutre de Vicky Dávila, que en la novela se llama Chiqui Ávila.
Más allá de la risa, de la mucha risa que hay en estas páginas, Nelson Camargo es un personaje honesto: verosímil (a pesar de las situaciones absurdas que vive) y fracasado, que al final de la novela se asoma a rincones oscuros que lo habitan y que ni él sospechaba que existían.
Que pase lo peor es una novela llena de intertextualidad, de referencias que van desde la alta literatura hasta la música de plancha, y que se burla de todo, empezando por el propio escritor y su círculo de amigos, con humor desenfadado.
Algunos subrayados
Hay dos formas sin éxito y con cierta vergüenza, y la rimbaudiana, la que se reserva la pluma apenas para asuntos prácticos como firmar o hacer una lista del supermercado (p. 19).
—Así que usted es el escritor —dijo—. ¿Y uno qué estudia para volverse escritor?
—Literatura. O nada: escribe y ya.
—Ah. (p. 22).
—Uy, yo soy malísimo para cobrar.
—Y yo soy buenísimo para pagar poquito (p. 25).
recordé las pintorescas flores de ignorancia y corrupción que han retoñado en el fango de la política nacional (p. 27).
"Deja en paz a la literatura, ella no te ha hecho nada malo, no merece tus parrafitos de mierda" (p. 31).
La ortografía le daba al texto un aire de español medieval: "La ciudad nesesita soluciones" (p. 74).
he sido incapaz de bañarme con agua fría en el calor ígneo de Honda, en el amazónico clima de Leticia y en Cereté, donde hay dos estaciones: verano e infierno (p. 131).
No sabía hasta qué punto podían considerarse amistades esas relaciones cordiales, tibias, carentes de intimidad y casi nunca presenciales (p. 148).
Tampoco extrañaba las redes sociales, esa vitrina de las miserias humanas, mundillo de celebridades de gama baja, melting pot del odio, la pose y la superioridad , cloaca de la opinión, sumidero de la inteligencia, venero de venenos, camposanto de la verdad, cilicio con el que se victimizan los victimarios y hoguera en que los savanarolas del teclado hacen sus purgas morales (p. 158).
mis conocimientos en jardinería consistían en haber bailado "El jardinero", de Wilfrido Vargas, en fiestas del siglo XX (p. 186).
Un signo unívoco de mi soledad era que había empezado a narrarme las cosas en voz alta: "bueno, llegó la hora de dormir", "voy a comerme esta piña", "va a llover" (p. 190).
Ya no tengo sueños. Y no me refiero a los de cada noche. Sueños de futuro, proyectos. Mi sueño quizá es estar tranquilo. No es lo mismo que ser feliz pero me conformo con eso (p. 198).
Para mí, los cincuenta eran el umbral de la vejez, el momento de cosechar lo sembrado, pero mi cultivo vital era un triste rastrojo que me auguraba pobreza y soledad (p. 207).
Que pase lo peor
Antonio García Ángel
Editorial Random House
Bogotá
Julio de 2025
318 páginas


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