miércoles, 28 de marzo de 2018

Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal

Risaralda, la obra publicada en 1935 por Bernardo Arias Trujillo fue considerada "La novela del Gran Caldas" en el Siglo XX, hasta que en 1985 Editorial Planeta publicó Una y muchas guerras, de Alonso Aristizábal.

Los rankings o escalafones sobre las mejores novelas de la década, o de la literatura caldense, o de la literatura de la violencia resultan odiosos por las exclusiones que hacen, pero en todos ellos figura con sobrados méritos la primera novela de Alonso Aristizábal, que leída más de 30 años después de haber sido publicada resiste muy bien el paso del tiempo, quizás porque, por tratarse de una novela histórica, el autor fue consciente del reto que tenía para construir un texto verosímil sobre una época pretérita, y esa reconstrucción del pasado quedó tan bien armada que sigue sólida aunque pasen décadas.

El relato se ocupa de Rubelio Aristizábal, su esposa Sola, sus hijos, sus padres y su vida en Pensilvania a mediados de los años 30. Un primer valor de esta novela es recordarle al lector que antes de La Violencia desatada en 1948 con El Bogotazo ya había violencia, y mucha, entre liberales y conservadores. Pero el autor no se ocupa de los muertos sino del miedo en el que viven los vivos: zozobra porque los pueden matar y angustia por la precariedad económica que implica vivir en un pueblo en el que el gran empleador es el Estado y la Alcaldía puede cambiar de bando en cualquier momento.

En la obra de Aristizábal hay zaguanes, aguapanela, chuchas que corren sobre los zarzos, mujeres que rezan el rosario e hijos que sueñan con ser monaguillos. Hay una vida anterior a la radio, la televisión y el teléfono, en la que la prensa escrita es la que conecta la cotidianidad con el mundo que hay más allá de las montañas. Hay mulas, cafés, aguardiente, billares, gallos y peleas. Hay discursos, tedio y miedo. Mucho miedo de puertas para adentro en una época en que la filiación política y la religión marcan el destino familiar.

Hay también un contraste narrativo entre la vida en Pensilvania y la vida posterior en Bogotá, una urbe que aparece antes y después del Bogotazo. Bogotá se presenta como una ciudad hostil, dura para el inmigrante, con un clima frío y una vida más costosa y limitada que la que se tiene en los pueblos.

La prosa de Alonso Airstizábal es cuidada. En su relato aparecen sombras y espectros que evocan a Rulfo, pero también hay homenajes a otros autores clásicos, empezando por Virgilio, alter ego del autor, que evoca a Dante.

Algunas frases
¡Muévanse eternidades!

Este es un pueblo miserable donde la gente no está pensando sino en matarse los unos a los otros.

Tenían el rostro amargo del que hace una guerra

Interminable como un mareo.

(cuando casó a la hija) con certeza comprendía que aquél era el primer día de su vejez.

Concluyó que cada cosa tiene su historia y que cada lugar u objeto guarda un pasado.

La sucesión infinita de instantes iguales a cajones vacíos.

Él se negaba a terminar el libro en el cual leía uno de esos pasajes deslumbrantes por los que se puede cambiar el mundo.

Por ello prefería no compararse en fotografías porque no se encontraba consigo mismo, sino con todos los hombres que había sido.

Los hijos nacen con dolor, no hacen más que dolerle a uno cuando crecen y le duelen y lo matan cuando se van de la casa.

Penas como silencios discurriendo por sus venas. 

Y hablaba solo para decir que aún no entendía por qué la gente tenía que abandonar los pueblos.

Insistía en mostrar un rostro amargo y casi bohemio de los que no toman trago sino que se emborrachan a costa de sentimientos.

Escribir es revivir a sus papás en el fondo de los años.


Una y muchas guerras
Alonso Aristizábal Escobar
Editorial Planeta
Bogotá, 1985
233 páginas

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