sábado, 17 de diciembre de 2011

Testamento Involuntario, de Héctor Abad Faciolince

En la portada de este libro, aparece como autor "Héctor Abad", sin el Faciolince. El jueves pasado en una presentación de la obra en la Librería Prólogo, Carlos Gaviria le preguntó por qué se había quitado el apellido de la mamá y dijo que porque para publicar poesía él habría querido cambiarse el nombre por completo y aparecer con un seudónimo. Que le da mucho pudor, temor, y que por eso el libro se llama "Testamento": porque habría sido mejor si fuera un libro póstumo. (También explicó que en otros países se enredan con los 2 apellidos y ubican sus obras en la F de Faciolince).

Sin embargo, al leer los poemas, uno encuentra al mismo escritor de siempre, el del Olvido que seremos, el Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes... el mismo paisaje, la finca, las montañas, la misma familia, los temas recurrentes. Esto es poesía, no es novela ni cuento, pero la sensación al leerlo es similar a la que a mí me producen sus obras narrativas: "Yo habría podido escribir esto"... que no es la sensación que me queda luego de leer por ejemplo a William Ospina. Claramente yo no podría escribir media cuartilla como las de Ospina, y seguramente no podría tampoco escribir como Héctor Abad, pero la sensación que deja es que sí, que el lenguaje es sencillo, no hay grandes epopeyas, cuenta cosas que le pasan a personas como uno, que se mueve en el mismo entorno de uno y tiene los problemas que tiene uno... todo parece tan simple que hasta uno podría ser escritor.

Ahí está la trampa: La sencillez de palabra. En su charla en Prólogo él mismo dijo: "no creo en los pintores que no saben dibujar, así después pinten lo que quieran, como tampoco creo en los poetas que no saben escribir poesía formal". Y es que acá, aunque los versos hablen de sus hermanas, sus esposas y hasta Twitter, la construcción sí incluye la musicalidad inherente a la poesía.

Leyendo estos poemas recordé los de Darío Jaramillo Agudelo, tan bonitos y tan sencillos, aunque también tan criticados por cursis y melosos. Pero las referencias de Héctor Abad son otras: En el prólogo él señala como los "grandes poetas" a Juan de la Cruz, Pessoa, Kavafis, Machado, Szymborska y De Greiff. Además incluye un poema titulado "Ossip Maldestam", sobre el poeta ruso.

Hay poemas a sus ex mujeres, sus hermanas, su hijo, su hija, su papá, su amigo Alberto Aguirre, el escritor-cineasta, su tierra, otras ciudades. Parece a ratos una compilación de poemas escritos para su círculo cercano. Están organizados en 8 capítulos, de acuerdo con los temas: amor, familia, viajes, tierra, política... Hay algunos tristes, desesperanzados, y otros hasta "humorísticos" como el que se titula "Virginidad". Creo que el que se volverá más citado será "Bigamia", que me gustó, como también me gustaron "Vuelo", "El Nuevo Mundo" (que cita a Aguadas, Salamina, Pácora, Salento, Sonsón), "Conversación"  y "Matrimonio Alejandrino".

Sin embargo, es un libro irregular. Hay poemas que quizás debieron quedarse en el estrecho espacio de la relación personal en medio de la cual surgieron.

Un comentario final merece la edición. Puntas redondeadas, un "caucho" para cerrar el libro, ilustraciones al comienzo de cada capítulo. Mucho cuidado en cada detalle para hacer lucir este libro como una libreta de apuntes. No sólo es un libro bonito sino un objeto lindo.


Escribir "frases" de un libro de poesía implicaría transcribir poemas completos. Les dejo los versos finales de "Un mayordomo sículo", la primera parte del poema las "Dos Elegías Inglesas":

No todos ellos saben 
que su destino
es idéntico al mío
y al de todos los muertos y nacidos:
vagar con paso incierto
por la oscura región del olvido.


Héctor Abad
Testamento Involuntario
Editorial Alfaguara
Bogotá
2011
124 páginas

domingo, 11 de diciembre de 2011

Ursúa, de William Ospina

Cuando era chiquita (mi hermano diría que me quedé chiquita, pero esa es otra historia) mi abuelita nos llevaba a La Guaira, la finca que había sido de su papá. Para llegar había que ir hasta Pácora, luego coger un "bus escalera" hasta San Bartolomé, pasando por Castilla, y en San Bartolo, como le decíamos todos al pueblito, se cogía un willys hasta el Alto de Pozo, en donde nos esperaban "las bestias" para bajar a la finca por un caminito muy faldudo y estrecho. Abajo se veía el Río Cauca y llegábamos a la finca luego de 6 horas o más de haber salido de Manizales.

El plan en la finca era oír historias de guacas, de indios, de espantos, del Cacique Pipintá y de entierros, y entre todas las leyendas siempre salía a relucir la del Mariscal Jorge Robledo, el conquistador, al que mataron a garrote en el Alto de Pozo (aunque wikipedia cuente otra versión). Las historias incluían detalles sobre una espada con incrustaciones en esmeralda del conquistador y en mi cabeza no encajaba el lujo de la espada y la alcurnia de un personaje que aparecía en los libros de historia con la escenografía que yo veía: el Alto de Pozo era un caserío que quedaba lejos de todo, con una fonda en donde sólo sonaba música de carrilera desde temprano y vendían aguardiente a todas las horas del día.

Pues bien, toda esta historia del Mariscal Robledo y su muerte a garrote aparece en Ursúa, la novela de William Ospina que hace parte de la trilogía que también integra "El País de la Canela", que ya reseñé en este blog. Pedro de Ursúa llega de España a los 17 años y con mucha juventud e inexperiencia se convierte en un hombre poderoso, guerrero y ambicioso, que recorre buena parte de la geografía nacional, desde Santa Marta y Ciudad Perdida hasta "Neyva", pasando por Pamplona, la ciudad que fundó, Mompox, Tocaima, Santafé de Bogotá, Panamá y un largo etcétera.

En la novela (supongo que también en la "vida real") Ursúa es sanguinario. Comete masacres bárbaras contra indígenas y negros y tiene una muerte trágica que no se narra en detalle pero sí se insinúa.

Pero la novela no se centra únicamente en Ursúa sino que pinta un retrato de otros personajes históricos como Belalcázar, Pedro de Heredia, el Mariscal Robledo y su viuda La Mariscala María de Carvajal (que daría ella sola para otra novela). Unos personajes que recorren los mismos ríos y las mismas montañas que uno ha oído toda la vida, y quizás eso fue lo que más me gustó del libro: recorrer la geografía que uno conoce desde siempre, pero habitada por "extraños" de hace 5 siglos: los cerros al oriente de Bogotá, el Valle de Lilí, el Cabo de la Vela, "Barrancas bermejas". Al leer uno se siente en un viaje a otro tiempo e imagina el mismo río Magdalena o el mismo Río Cauca, los mismos montes y valles que uno ha visto, pero llenos de indígenas con flechas defendiéndose de españoles con pólvora y cañones. Y claro, al leer uno se pregunta qué historias se contarán de nosotros en 500 años, de estas montañas, ríos y nevados que persistirán cuando ya no estemos, y qué tan distinta lucirá esta geografía que ahora nos es tan familiar; hasta que límites inimaginables se habrá transformado nuestro actual entorno.

Las frases:
"A los aventureros no se les ocurría otra cosa que robar y esclavizar, y cuando tenían hambre no pensaban jamás en sembrar una espiga ni en empuñar un arado, sino en cargar sobre las poblaciones pacíficas que cultivaban algodón y maíz, y cifrar su salvación en la perdición de los otros".

"Quién nos dirá en qué momento el verdugo y la víctima, desde regiones muy distantes, empiezan a moverse hacia el sitio prefijado donde tendrá lugar el encuentro".

"y le ayudaron a descubrir algo que estaba en él desde siempre sin ser advertido, tal vez un viejo hábito de su casa o una honda necesidad de su sangre: el placer turbio de mandar a los otros".

"El sueño de la impaciencia produce disparates".

"Todo ser nuevo que encontramos viene de otro relato y es el puente que une dos leyendas y dos mundos".

"Siempre es que, realizadas por otros, nuestras mismas acciones parecen más sucias".

"Así son estas guerras: veinte muertos enemigos no compensan una muerte propia, pero la herida de la traición es la más honda, no sólo por el abatimiento que causa sino por la amenaza que proyecta".

"Cuando todo era silencio, les parecía sentir cosas que se extendían en la orilla, como si las plantas desdoblaran sus hojas enormes o como si diablos escondidos plegaran y desplegaran sus alas membranosas".

"Fue sin cesar leal conmigo todos los días de nuestra amistad, y sin embargo nunca estuve seguro de que me quisiera".

"No hay gran amistad que no comience por un largo intercambio de historias".

"Era un hombre monumental y soberbio, para quien todo había estado mal en el mundo antes de su llegada, que tomaba cada decisión como si fuera el comienzo de una reparación cósmica, y que atribuía a cada delito y a cada culpa, por pequeños que fueran, consecuencias desmesuradas. "Ahí va el juez Montaño con su cara de juicio final", decía Teresa de Peñalver".

"Nada es más útil para los gobernantes que tener un demonio al cual atribuir los desórdenes del reino, a quien señalar como el origen secreto de todos los fracasos de su administración".

"Si no los escribiera, los olvidaría, porque sólo soy capaz de recordar lo que se convierte en palabras".

"Sujeto a la peor acusación que pueda recibir un juez, la de haber sido injusto e indigno de sus códigos, y la peor que pueda recibir un gobernante: haber sido insensible al sufrimiento de aquellos que era su deber proteger"



William Ospina
Ursúa
Editorial Alfaguara
Bogotá
2005
478 páginas