sábado, 28 de abril de 2012

La carretera, de Cormac McCarthy


Llegué a La carretera, digámoslo así, por un impulso equívoco. Supe que un amigo la estaba leyendo y se la pedí prestada de inmediato, pues Miguel Ángel Bastenier nos la había recomendado a quienes participamos en un taller con él. Aunque bueno, la equivocación estaba ahí: el libro que sugirió Bastenier fue En la carretera (On the road), de Jack Kerouac.

Una confusión que terminó en una bella experiencia. Este libro narra el recorrido de un padre con su hijo por la carretera interestatal estadounidense, al parecer un tiempo futuro y después de un suceso apocalíptico que el autor nunca nombra ni define. Solo hace referencia a sus consecuencias, como un sempiterno reguero de ceniza, pueblos destrozados, cadáveres, caníbales de cuando en vez y un frío incesante.

El viaje tampoco tiene un destino marcado, algo así como la meta de llegar a un lugar donde estarán mejor. En cambio, todo se pone cada vez más lúgubre y desesperanzador para ambos, que caminan en medio de conversaciones que llegan a ser estremecedoras, sobre todo por las preguntas y respuestas del niño. Él nunca ha conocido un mundo diferente, al contrario de su padre, del que nos dejan conocer algunos recuerdos de infancia.

En medio de todo esto se teje un discurso sobre los dilemas que se pone de relieve la lucha por sobrevivir en un mundo donde es difícil hacerlo. Por ejemplo, el desdibujamiento de los conceptos del bien y del mal. Me recordó el Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, aunque aquí hay una menor truculencia, si se quiere menos acción, y el discurso corre más por cuenta de lo que los personajes hablan y piensan.

También es conmovedora la relación padre e hijo, un punto para el que me quedaría corto en esta reflexión. Solo quisiera hacer mención al calificativo de poco creíble que le dio un comentarista a esa relación, según él, por el talante de los diálogos. Supongo que piensa así precisamente por lo que indiqué anteriormente sobre los dilemas que el niño planteaba. Al contrario: se me hace lógico si entendemos el proceso de pérdida de inocencia del pequeño que nos hace ver McCarthy. Una aterradora realidad se le abre de par en par cuando apenas comienza a abrir los ojos.

(Al final les dejo el trailer de la película).

Aquí las frases:

Ella le tenía la mano cogida sobre el regazo y él notaba la parte superior de sus medias a través de la fina tela de su vestido de verano. Congela este fotograma. Ahora maldice tu oscuridad y tu frío y maldícete.

Duda. ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue?
Pensaba que en la historia del mundo tal vez incluso había más castigo que crimen. Pero ese era un magro consuelo.

Todas las cosas bellas y armónicas que uno conserva en su corazón tienen una procedencia común en el dolor. El hecho de nacer en la aflicción y la ceniza. Bueno, susurró para el chico que dormía. Yo te tengo a ti.

(Después de que el padre mata a otro hombre por defender a su hijo)
Querías saber qué pinta tenían los malos. Pues ya lo sabes. Podría ocurrir otra vez. Mi deber es cuidar de ti. Dios me asignó esa tarea. Mataré a cualquiera que te ponga la mano encima. ¿Lo entiendes?
Sí. (…) ¿Todavía somos buenos?, dijo.
Sí. Todavía somos buenos.

Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él había pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad.

Cuando estás vivo siempre tienes la muerte ahí adelante.

Dios no existe y nosotros somos sus profetas.

¿Eres muy valiente?
Regular.
¿Qué es lo más valiente que has hecho?
Escupió en la carretera una flema sanguinolenta. Levantarme esta mañana, dijo.

El hombre le cogió la mano, resollando. Tendrás que seguir tú solo, dijo. Yo no puedo ir contigo. Tienes que seguir adelante. No se sabe lo que puede deparar la carretera. Siempre hemos tenido suerte.

La carretera (The road)
Cormac McCarthy
Editorial Debolsillo.
2006

miércoles, 18 de abril de 2012

Maracas en la ópera, de Ramón Illán Bacca



Al final de esta novela se cuenta que Zaira, uno de los muchos personajes que aparecen, planea escribir una historia sobre la vida nocturna de Barranquilla, cuyo título sería "Entre lo barroco y lo chévere". Ese título sirve también para describir en qué consiste Maracas en la ópera. 

Así como lo barroco y lo chévere parecen "opuestos", así también lo son unas maracas en una ópera. La novela puede ser descrita de muchas maneras: como una novela muy caribe, muy macondiana, muy atiborrada de cosas, o como una novela de una saga familiar que cuenta en desorden la historia de un Oreste Segundo Antonelli-Colonna Palacio, su papá Domingo y su abuelo Amadeo (y sus esposas, amigos, socios, amantes, enemigos, vecinos, etc.), o como una novela histórica que en escasas páginas habla de la Guerra de los Mil Días, la Batalla de Palonegro, la Masacre de las Bananeras, Gaitán, Jaime Bateman y otros hechos. 

No sé cuántos personajes aparecen. Muchos. Hay un ambiente carnavalesco en el que pasan muchas cosas todo el tiempo. En Italia, en Panamá, en La Guajira, en Barranquilla, en Cartagena. Como un circo de tres pistas. La historia de la última generación ocurre en torno a Villa Bratislava, una casa decadente de Barranquilla (como la familia) que pasó de restaurante a burdel y de burdel a inquilinato, o algo así. El abuelo era un inmigrante italiano, tenor, y ese talento lo heredan su hijo y su nieto, quienes cantan ópera en el baño o en sitios non sanctos, pero tienen sensibilidad para la música. Por eso todo el libro está lleno de referencias musicales, así como algunas sobre cine. Todo esto mezclado con humor, con apuntes divertidos que llegan en forma de avalancha. Es una novela densa y divertida, con la que el samario Ramón Illán Bacca ganó el Tercer Concurso Literario Cámara de Comercio de Medellín en 1996. Sin duda vale la pena leerla.

Las frases:
"En esos instantes sabía que estaba disfrutando de los catorce momentos de felicidad que, ni uno más, según el califa Abderramán, nos da la vida".

"fue perfecto, como dedo de fraile en culo de monja".

"Esa noche hicieron el amor tan maravillosamente que Bratislava le confesó que "por un momento me provocó levantarme y ponerme a aplaudir"".
"su patria era el hombre que amaba".

"De nuestro padre sólo heredamos el apellido y la prepotencia que, además, cultivamos".

"El obispo dijo en el sermón dominical que no había mayor refutación al comunismo que una madre".

"y yo le contesté lo mismo que Eugenia de Montijo a Napoleón Tercero: "El camino a mi alcoba pasa por la iglesia"".

"aquí en la costa tenemos hermanos legítimos, medios, de crianza y de leche, y todos son de la gran familia".

"La clientela mermó mucho y ni siquiera los bailes de Férica Constelación, que a semejanza de los de Londres, consistían en que cada una de las parejas llevaba sus audífonos así que cada cual bailaba un ritmo distinto, logró revivir el esplendor de Villa Brasitlava".

"El resultado fue que en ella se desató un inmenso amor por él, como sólo saben hacerlo las mujeres solitarias e inválidas".

"-Si bien el pescado ayuda al cerebro, usted necesitaría una ballena diaria".

"y sintió de nuevo esa felicidad rosadita como de andar sobre nubes, como de escuchar a Mozart, como de volver de nuevo al primer jardín de la infancia".

"se dio cuenta de lo que sintió Eva cuando supo que hacer sexo era el único deleite que no se había quedado en el paraíso".

"la vieja fórmula leguleya de los tres tiempos: lento, más lento y parado".

"las declaraciones son como los cheques, su credibilidad depende de quién los emita".



Ramón Illán Bacca
Maracas en la ópera
Espasa Narrativa, Editorial Planeta
Bogotá
1999
172 páginas

domingo, 15 de abril de 2012

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

La referencia más famosa que existe hoy de El corazón de las tinieblas es la película Apocalypse Now, de Francis Ford Copola, en la que un capitán es enviado a un viaje en río en plena Guerra de Vietnam para rescatar al Coronel Kurtz.

La película de 1979 está basada en este libro de 1902, ambientado en el Congo Belga, el mismo entorno de horror que Mario Vargas Llosa describe en "El sueño del Celta". La diferencia está en que Conrad fue marino, viajó al Congo en 1890 y conoció de primera mano la barbarie a la que eran sometidos los esclavos africanos por parte de los colonizadores belgas, y ese conocimiento es el que sirve como base para esta corta novela.

La obra está dividida en tres partes: en la primera el marinero Charlie Marlow, el narrador, cuenta a varios compañeros de su barco cómo años atrás emprendió un viaje de Londres al Congo, contratado por una empresa mercante. En la segunda parte narra el viaje por el Río Congo, selva adentro, para encontrar a Kurtz, empleado de la empresa que se ha hecho próspero con la explotación de marfil pero al parecer ha enloquecido y se encuentra enfermo. En la tercera parte Marlow narra el viaje de regreso.

El valor del libro, a mi modo de ver, no está en el viaje en sí, sino en el aura de misterio que envuelve todo el relato. Marlow insinúa escenas de horror, pero no es explícito en detalles. Viaja por un río oscuro, misterioso... en cualquier momento el barco se puede hundir porque los troncos lo golpean, pero los troncos no se ven. En la orilla se adivinan ojos de nativos que quizás los quieren atacar o quizás no, los nativos no se ven bien. Se intuyen peligros por los ruidos, por las sombras, pero todo el ambiente es oscuro, brumoso, nocturno y entonces el temor surge de las cosas que se presienten pero no se evidencian.

Kurtz está en El corazón de las tinieblas. La tiniebla es la selva espesa, impenetrable, enigmática. Kurtz llegó hasta allí y conquistó ese corazón. Ahora los nativos lo idolatran. Pero al parecer es la tiniebla la que conquistó a Kurtz, que ahora perdió la razón, está enfermo y finalmente no logra abandonar la jungla. Todo en el relato es simbólico, cargado de metáfora.

Las frases:

"Los marinos llevan, por así decirlo, una vida sedentaria. Sus espíritus permanecen en casa y puede decirse que su hogar -el barco- va siempre con ellos; así como su país, el mar. Un barco es muy parecido a otro y el mar es siempre el mismo".

"Evite usted la irritación más que los rayos solares".

"Sentí que me comenzaba a convertir en algo científicamente interesante".

"Producía una sensación de inquietud. ¡Eso era! Inquietud. No una desconfianza definida, sólo inquietud, nada más. Y no podéis figuraros cuán efectiva puede ser tal... tal... facultad".

"Una salud triunfante en medio de la derrota general de los organismos constituye por sí misma una especie de poder".

"Me parece que estoy tratando de contar un sueño... que estoy haciendo un vano esfuerzo, porque el relato de un sueño no puede transmitir la sensación que produce esa mezcla de absurdo, de sorpresa y aturdimiento en un rumor de revuelta y rechazo, esa noción de ser capturados por lo increible que es la misma esencia de los sueños".

"Remontar aquel río era como volver a los inicios de la creación cuando la vegetación estalló sobre la faz de la tierra y los árboles se convirtieron en reyes".

"Más de una vez tuvo que vadear un poco, con veinte caníbales chapoteando alrededor de él y empujando. Durante el viaje habíamos enganchado una tripulación con algunos de esos muchachos. ¡Excelentes tipos aquellos caníbales! Eran hombres con los que se podía trabajar, y aún hoy les estoy agradecido. Y, después de todo, no se devoraban los unos a los otros en mi presencia; llevaban consigo una provisión de carne de hipopótamo, que una vez podrida hizo llegar a mis narices todo el misterio de la selva".

"Hasta el dolor más agudo puede al fin desahogarse en violencia, aunque por lo general tome la forma de apatía...".

"Ese olvido que es la última palabra de nuestro destino común".





Joseph Conrad
El corazón de las tinieblas
Random House Mondadori
Barcelona
2003 (escrito en 1902)
172 páginas (incluyendo prólogo de Mario Vargas Llosa y Diario del Congo de Joseph Conrad).

jueves, 22 de marzo de 2012

La carroza de Bolívar, de Evelio Rosero

El protagonista de esta novela tiene el improbable nombre de Justo Pastor Proceso López, está casado con Primavera Pinzón, es padre de Luz de Luna y Floridita, y es vecino de Arcángel de los Ríos.

Así como los nombres es esta novela: recargada, barroca. Una novela en un estilo contrario o al menos distinto de las novelas que se escriben ahora, tan urbanas, tan simples, tan cotidianas, en las que no pasa mayor cosa. 

Acá pasa de todo, entre otras cosas porque son al menos dos novelas unidas en una. Como las capas de la cebolla, una está contenida en la otra. Por un lado está la historia de Justo Pastor, médico ginecólogo que vive mal con su esposa, tiene amantes, sus hijas lo odian, se prepara para el Carnaval de Pasto y decide patrocinar una carroza que revele la verdad sobre el Libertador. Y por otro lado está la historia de Bolívar que se quiere revelar: la que contaron sobre él Carlos Marx y el historiador José  Rafael Sañudo. A esas dos historias se suma la de un grupito de universitarios que aspira ser célula guerrillera urbana en Pasto, en los años 60.

Uno no sabe si el autor quería hacer una novela sobre el Carnaval de Pasto, o quería hacer una novela sobre Bolívar, o quería hacer dos novelas distintas y de pronto decidió juntarlas con la disculpa de la carroza. El caso es que aunque está bien escrita y la historia es clara, la segunda de las tres partes en que se divide la novela, que es la que se centra en Bolívar, se siente como incrustada artificialmente en  el relato del Carnaval.

En la descripción del Carnaval Rosero es prolífico en enumerar barrios de Pasto por los que corren los personajes, lo cual resulta útil para la cartografía literaria de la ciudad y sin duda es un referente claro para quienes habitan o conocen bien esa región del país. El resto de los lectores, más que nombres de barrios, habríamos agradecido un poco más de descripción del territorio para ubicar mejor el escenario.

Con todo y lo anterior, es una novela amena, con unos personajes claros y pintorescos y con un afán por contar una historia sobre Bolívar que no nos han contado y que refresca un poco el panorama de tanta loa al Libertador que se vio con motivo del Bicentenario. Acá Bolívar aparece como un sanguinario matarife, interesado en raptar jovencitas de 13 años y en "ganar indulgencias con padrenuestros ajenos", ya que el autor lo describe como un oportunista y un cobarde en el campo de batalla. Las traiciones a Miranda y a Piar, que William Ospina muestra en "En busca de Bolívar" (libro que ya reseñé en este blog), como los hechos inexplicables de un hombre adelantado a su tiempo, Rosero los muestra como actos de barbarie sin justificación alguna. 

A continuación las frases. Rosero es un maestro del aforismo, de las frases cortas y lapidarias: 
"con seguridad la devota me odia desde que dije que Dios era otro mal invento de los hombres".

"la broma vuela cerca de la maledicencia, es el viento con su mentira cargada de acusación, una broma  -o su burla- podía resultar más despiadada que un susto de muerte, era preferible un susto cualquiera a una broma cualquiera".

"él y su mujer no tenían que ver ni en la cama ni en la tierra ni en el aire: el más penoso aburrimiento, el que soporta cargas de odio se cernía sobre ellos, hacía tiempos".

"hay tantas maneras de amar con resignación".

"lo único redimidor de la vejez es que uno va envejeciendo al tiempo que los amigos".

"el infierno es el aburrimiento".

"no hay hombre, por más viejo que sea, que no crea poder vivir otro día".

(Bolívar) "realmente fue un creativo publicitario y se inventó un genio, él. Fue el auténtico pionero de la publicidad política contemporánea, a partir de una única agencia: él en su caballo dictando folletines de grandiosidad a sus amanuenses, que debían ser relevados, extenuados de la epopeya interminable que el héroe inventado dictaba de sí mismo".

"Seguramente cerró los ojos y cumplió órdenes, porque eso de "cumplir órdenes" era y es la excusa universal de las matanzas".

"el doctor decía que los niños eran felices porque no conocían el amor. Y no conocen sobre todo la vejez, completó el joven".

"mi problema no era estar solo sino conmigo".

"las piernas de las mujeres son en realidad tijeras: tú ya sabes qué te cortarán".

"A usted ni la ciencia la podría explicar".



Evelio Rosero
La carroza de Bolívar
Editorial Tusquets
México
2012
388 páginas

lunes, 5 de marzo de 2012

Tokio blues, Norwegian Wood, de Haruki Murakami

Voy a empezar por el final, es decir por la conclusión que quisiera que quedara de esta reseña: Este libro hay que leerlo. Si sólo van a leer un libro este año, que sea éste.

Esta es una novela con banda sonora y trasfondo culinario, literario y cinematográfico. Watanabe, el narrador de la historia, nos cuenta qué está leyendo, que está oyendo, qué película vio o qué comió en distintos episodios del libro, y esas elecciones no son gratuitas. Para un lector occidental se pueden escapar muchos guiños de la cocina japonesa, pero las claves literarias y musicales, al menos esas dos, son clarísimas: Norwegian wood, el subtítulo del libro, es una canción de los Beattles que habla de una ocasión en la que al "cantante" lo invitan a pasar una noche en una cabaña rústica y él espera todo el tiempo "el momento adecuado", pero tarde en la noche la anfitriona le anuncia que es la hora de dormir. Por su parte, el narrador lee varias obras (menciona a Truman Capote, John Updike, Scott Fitzgerald, Raymond Chandler, Eurípides, Balzac, Dante, Joseph Conrad, Dickens) pero buena parte del tiempo lo dedica a La Montaña Mágica de Thomas Mann, ese lugar maravilloso, frío, rodeado de aire saludable, al que acuden enfermos terminales en busca de mejoría. En otra parte habla de El Guardián entre el Centeno, el clásico de Salinger sobre un joven incomprendido y errante. Junten esas historias, la de la canción y las de los libros de Thomas Mann y Salinger, y ya tienen al menos parte de la historia.

Pero no se necesita haber oído a los Beattles o haber leído La Montaña Mágica, para leer el libro. Al contrario, Murakami tiene una prosa clara, vertiginosa, que le impide al lector soltar el libro. Mezcla muy hábilmente drama con suspenso y humor. La historia ocurre en Tokio entre 1968 y 1970, en un Tokio bastante occidentalizado y parecido a cualquier otra ciudad grande. Los personajes principales son estudiantes universitarios que rondan los 20 años y entre las clases, la poca plata, los romances y el sexo van describiendo de forma magistral la fragilidad de la vida, el valor de los instantes, lo grabados que se quedan en la memoria pequeños detalles de situaciones que no se repetirán.

Así como a veces uno queda tarareando varios días una canción que le gustó, o queda con escenas grabadas de películas que le gustaron y que regresan a la mente de un momento a otro, así mismo pasa con los personajes de esta obra: Naoko, Kizuki, Midori, Reiko, Watanabe... de pronto uno se sorprende pensando todavía en ellos, muchos días después de haber cerrado la última página del libro.

En alguna parte de "Era lunes cuando cayó del cielo", la novela que ya les comenté de Juan Diego Mejía, dice que cualquier escritor que vaya a hablar del suicidio debe leer "Tokio Blues", de Murakami. Tiene razón.

Las frases (ojo a la última):

"pensé en la infinidad  de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían".

"Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo".

"La muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella".

"Leía muchísimo más que yo, pero tenía por principio no adentrarse en una obra hasta que hubieran transcurrido treinta años de la muerte del autor. "Sólo me fío de estos libros", decía.
- No es que no crea en la literatura contemporánea, pero no quiero perder un tiempo precioso leyendo libros que no hayan sido bautizados por el paso del tiempo ¿Sabes?, la vida es corta".

"Llegué a la conclusión de que la educación universitaria no tenía ningún sentido. Y decidí tomármelo como un período de aprendizaje del tedio".

"Me explicó que no estamos aquí para corregir nuestras deformaciones, sino para acostumbrarnos a ellas. Afirmó que uno de nuestros problemas es la incapacidad de reconocerlas y aceptarlas".

"Bañado por la suave luz de la luna, su cuerpo tenía el lustre de la carne recién nacida, y casi despertaba compasión".

"En este mundo hay gente que, a pesar de estar dotadas de un talento excepcional, son incapaces de realizar el esfuerzo necesario para sistematizarlo, y su talento se acaba malogrando".

"Las personas, al morirnos, dejamos atrás unos pequeños y extraños recuerdos".

"Cuando uno está rodeado de tinieblas, la única alternativa es permanecer inmóvil hasta que sus ojos se acostumbren a la oscuridad".

"Entre las sábanas, oyendo cómo caía la lluvia, unimos nuestros labios y hablamos de todo lo imaginable, desde la formación del universo hasta cómo nos gustaban los huevos duros".

"Tranquilo, Watanabe. No es más que la muerte. No te preocupes".

"El conocimiento de la verdad no alivia la tristeza que sentimos al perder a un ser querido. Ni la verdad, ni la sinceridad, ni la fuerza, ni el cariño son capaces de curar esta tristeza. Lo único que puede hacerse es atravesar este dolor esperando aprender algo de él, aunque todo lo que uno haya aprendido no le sirva para nada la próxima vez que la tristeza lo visite de improviso".


Haruki Murakami
Tokio blues, Norwegian wood
Editorial Tusquets
Barcelona
1987
381 páginas

domingo, 4 de marzo de 2012

El cine era mejor que la vida, de Juan Diego Mejía

Esta novela de Juan Diego Mejía tiene el sabor de la nostalgia porque ocurre en una ciudad que ya no existe. Pasa en Medellín, pero en el Medellín de antes del metro, antes de Pablo Escobar, antes del narcotráfico y las bombas. El narrador es un niño de 8 años que vive en un caserón del barrio Manrique, con su mamá Laura y su papá Mejía, que trabaja en El Caballero, un almacén de ropa, zapatos y variedades en Guayaquil. 

Esta novela ganó en 1996 el Premio de Novela de Colcultura y es quizás el libro más conocido del autor.  Recrea el mundo infantil del narrador, con sus juegos de vaqueros, sus lecturas de piratas, su interés por el fútbol y su gusto por el cine, pero también desde la mirada del niño se cuentan las angustias familiares por la plata que no alcanza, el negocio que no prospera, el papá que bebe más de la cuenta. Tiene un lenguaje preciso, lleno de imágenes, con poca digresión y en cambio muchas escenas que muestran las situaciones en vez de explicarlas. 

Las frases:
"Por un instante no hubo un solo ruido en el universo. El viento pasaba en oleadas silenciosas".

"Es una pequeña vieja que usa pulseras de imanes para controlar los dolores del reumatismo, y en el esfuerzo por escuchar el reacomodamiento del polvo de sus huesos se olvidó de oír los sonidos del resto del mundo. Doña Elisa es sorda como una piedra".

"Yo creo que Mejía buscaba algo y se pasó toda su vida tratando de encontrarlo sin saber exactamente que era. Nunca lo vi completamente feliz".

"Mejía se retira a su escritorio al fondo de la nave. Desde allí los mira moverse como hormiguitas. Los escucha aplaudir y cantar en coro la palabra "alaordensiga", "alaordensiga", que se convierte en el abracadabra de El Caballero, y la gente empieza a entrar como sonámbula".


Juan Diego Mejía
El cine era mejor que la vida
Ediciones Pluma de Mompox SA
Cartagena
2011 (1 ed 1997)
128 páginas

domingo, 26 de febrero de 2012

Era lunes cuando cayó del cielo, de Juan Diego Mejía

Aunque fue publicada en 2008, uno lee esta novela hoy y no puede evitar pensar en Lina Marulanda, la exitosa modelo paisa, bonita, elegante, seductora, que decidió lanzarse al vacío desde un quinto piso en mayo de 2010.

La modelo que protagoniza este libro es Lucía, también es paisa, bonita, elegante, seductora. Ella se lanza al vacío desde un piso 19 de un edificio ubicado frente al hotel Dann en el Poblado, en Medellín, en mayo de un año indeterminado, en la década del 2000.

Mejía la describe como una modelo de permanente mirada triste, enigmática. Es una mujer callada de la que se sabe poco, y lo poco que se sabe lo averigua o especula Mejía, el narrador de la obra, luego de la muerte de Lucía. Y así nos enteramos de su origen humilde, de su adolescencia sin papá, de sus amigos sicarios, de su cambio de vida con el amor que encuentra en Marcelo, director de comerciales y amigo de Mejía, de su decadencia ahora que va a cumplir 30 años y ya no la llaman para hacer desfiles.

Es una novela que se lee rápido, que ambienta la Medellín post-Pablo Escobar y recrea el entorno de las productoras de televisión y comerciales, espacio que Juan Diego Mejía conoce bien, pues además de escritor y alumno de Manuel Mejía Vallejo, fue director durante varios años de Telemedellín. Es una novela bonita que encierra el enigma del suicidio, del porqué se suicida alguien, y tiene la delicadeza de no dar demasiadas explicaciones sobre el asunto y mucho menos juzgar a ninguno de los personajes de la historia.

Las frases:

"Entró en la categoría de mujeres Casablanca. Ingrid Bergmans modernas. Una clase de mujeres elegantes que viajan solas, se les ve en aeropuertos, en restaurantes, en oficinas públicas. Algunas llevan niños y equipaje, pero se defienden bien, no piden ayuda. Son mujeres que andan solas temporalmente, es decir, no son las clásicas solteras acostumbradas a gozarse el mundo y a que les coqueteen en todas partes. Son mujeres de alguien que ahora no está con ellas. En sus miradas hay cierto desamparo que disfrazan con dureza. Así reemplazan a su marido y se lo hacen saber a todo el mundo".

"Volví a recorrer el barrio y esta vez me pasó lo mismo que me pasa cuando regreso a lugares que tengo en la memoria. Me pareció más pequeño, más estrechas las calles, las casas más tristes".

"Medicina Legal, el sitio adonde llevan a todos los muertos que mueren por bala, cuchillo, atropellados por carros, todos los cadáveres que no debían morir todavía pero se adelantaron".


Juan Diego Mejía
Era lunes cuando cayó del cielo
Editorial Alfaguara
Bogotá
2008
218 páginas

sábado, 25 de febrero de 2012

Alto Voltaje, de Germán Sierra

Leí Alto Voltaje de Germán Sierra por recomendación de Misael Peralta, quien muy comedidamente también me prestó el libro. Lo hizo a manera de impulso a mi deseo de escribir cuentos y me parece vergonzoso haberme tardado más de seis meses en leer un libro que condensa 14 cuentos en poco más de 120 páginas.
A pesar de lo que indicaría la tardanza, Alto Voltaje es un libro muy entretenido y la narrativa de Sierra cuenta historias aparentemente cotidianas que en unos 50 años o 100 años serán perfectamente entendibles a pesar de  hablar de situaciones actuales, como el trabajo de un periodista investigativo en un pequeño pueblo, la historia de una pareja que trata de revitalizar su matrimonio visitando un bar swinger, la desesperación de un hombre que pierde a veces su memoria de corto plazo o la forma inexplicable en que funciona una campaña publicitaria.
Germán Sierra es un médico español nacido en 1960. Es profesor de bioquímica y biología molecular (según Wikipedia) y este libro fue publicado por Mondadori en 2004.
Aquí, algunos fragmentos:

"Llevas tres meses trabajando en la empresa. recibes un buen sueldo para una persona de tu edad, has alquilado un apartamento y te has comprado ropa nueva, de un estilo parecido al del resto de los creativos."

"Cuando tenía tu edad no podía pensar más que en chicas y eso, acepta mi consejo, el lo peor que se puede hacer. Las chicas vienen a ti cuando dejas de pensar en ellas."

"Cuando era niño, las líneas de alta tensión me fascinaban. Aquellas torres gigantescas de metal, como robots descomunales con los brazos en alto, me recordaban los molinos del Quijote y a monstruos venidos del espacio, una hilera de colosos a quienes enfrentarse en un arrebato de locura o heroicidad."

"El torero no va a vencer, sino a representar un papel en el que asume un riesgo. El animal, por cierto, es también un actor, y de él se espera que actúe como tal. Se trata de una ópera con un final probable pero incierto, y es precisamente la asimetría de los actores contendientes lo que le proporciona su interés."

"El inquilino -  que debió ser creyente o querer parecerlo, o sencillamente demostrar fidelidad a una tradición decorativa - dejó impresa la huella de un crucifijo como una sombra en negativo. Una cruz blanca en el centro de una pared sucia, velada con mugre, tostada por el humo del tabaco, oscurecida por la degradación de la pintura, moteada con antiguas huellas de moscas y fragmentos de telarañas enredadas; la acción, en resumen, del tiempo y el descuido."



Germán Sierra
Alto voltaje
Editorial Mondadori
2004

miércoles, 15 de febrero de 2012

Oriente empieza en El Cairo, de Héctor Abad Faciolince

Este es un libro de viajes, pero no sólo del viaje de Héctor Abad a El Cairo, sino también de las lecturas que Héctor Abad hizo sobre los viajes a Egipto de otros: Mark Twain, Flaubert, Kipling... 

Tal vez eso se siente más de la cuenta: no sé si sobran citas o referencias bibliográficas, pero sí creo que falta un poco más de anécdota local de El Cairo de hoy. No es que el libro no tenga historias sobre el Egipto actual, claro que sí, y de hecho el autor recorre cafés, calles, mercados, mezquitas, va a las pirámides, al Nilo... pero así como él dice que El Cairo está escondido tras una capa de polvo, así mismo la historia del viaje se esconde entre citas de otros y entre detalles personales de Héctor con las 2 mujeres que viaja. El libro puede tener muchos párrafos que demuestren lo contrario, anécdotas en hoteles y taxis, pero mi sensación general al terminar es que me quedé con ganas de oír más voces de los egipcios. Seguro es difícil conseguirlo (o seguramente ése sería otro libro) pero es el sabor que me quedó.

Aunque también puede ser otra cosa y es que como me han gustado tanto otros libros de Héctor Abad, esperaba mucho más de este libro y me quedé con ganas. La culpa en ese caso no es de un libro publicado hace 10 años sino de mi propia expectativa. 

Una anécdota: en varios pasajes el autor destaca la inmensa pobreza de El Cairo pero así mismo la tranquilidad y seguridad de la ciudad y en alguna parte señala que es difícil imaginar una revuelta o una manifestación social violenta como la que finalmente ocurrió el año pasado. Las revoluciones políticas ocurren cuando y donde menos se espera años atrás.

Me encantaría que algunos que ya han ido a El Cairo, como Laverde, leyeran el libro y me contaran qué piensan... no es lo mismo leer y juzgar un libro de viajes de un sitio que uno conoce, que de un sitio que apenas imagina por los libros de otros...

Oriente empieza en El Cairo es sobre cultura oriental y occidental, reflexión sobre las religiones, las mujeres, etc. y eso se nota en las frases que van a continuación:



“Sentimos una extraña nostalgia por lo nunca visto; nostalgia de todos los lugares menos el propio”.

“El viaje empieza mucho antes de partir, en el ensueño del viaje; lo que leemos y lo que imaginamos”.

“Me da igual. Todas las religiones son absurdas, y todos los dioses están tan muertos como los dioses del Egipto antiguo”.

“para ellos sigue siendo válido el retorcido silogismo del cabecilla musulmán que hizo incendiar la Biblioteca de Alejandría: Toda la sabiduría, toda la belleza y toda la bondad están contenidas en el Libro. Si otro libro es bello o sabio, su belleza y su sabiduría también están en el Corán. Si ya están en el Corán, no es necesario conservar esos libros. Si no están en el Corán, quiere decir que son malos y dañinos; en vez de leerlos, hay que destruirlos”.

“agradezco que el baile ya no sea tan serio y tan sangriento, como agradecería que a los toros de las corridas ya no los torturaran ni mataran. Lo agradezco, pero entiendo que lo que queda de las danzas antiguas es una mera pantomima, y que el toreo sin sangre sería, sí, más civilizado, pero perdería la mitad de su bárbaro encanto. Ya los bailes rituales no son más que remedos edulcorados de lo que fueron”.

“Todo lo que los puritanos critican de Occidente, la altanería de sus mujeres en minifalda, la arrogancia de sus pechos forrados y su pelo suelto, el desafío de su maquillaje, la coquetería de su moda traslúcida, todo eso que está quizá en la frontera de la vulgaridad, es también, a ratos, la felicidad”.

“Hay una sabiduría del ayuno que los occidentales no conocemos; no es el martirio lento de la dieta; es una abstinencia que resalta uno de los placeres más grandes de la existencia: la de suprimir una molestia, saciar un deseo, calmar un apetito. En Occidente, cada vez más, los deseos se cumplen demasiado pronto; somos una cultura sometida a una especie de ejaculatio praecox”

“Nuestro supuesto temor reverencial por los muertos, nuestro respeto a los antepasados, es una pía idea humana que casi nadie cumple. La regla es el saqueo, la destrucción, el robo, la apropiación de lo ajeno, la desacralización de lo que era para otros sagrado. Las nuevas religiones, fingiéndose más sabias, más sensatas y más santas, desalojan a las viejas a fuerza de codazos, de espaldas o de alfanjes”.

“Si hubiera dioses que miraran a los hombres, ellos nos adorarían, por este pertinaz e inútil esfuerzo nuestro por oponernos a la muerte, y por robarnos o ganarnos cualquier trozo de vida. Aunque a veces agobie su indiferente transparencia, el cielo es maravilloso, cuando miramos hacia arriba; pero mucho más variada e interesante es la tierra cuando la observamos desde el cielo, y cuando vemos abajo reflejado el paciente trabajo de los seres humanos”.

“La caridad cristiana ha tumbado más templos y borrado más mitos y ritos que todas las demás religiones juntas (supuestamente más bárbaras). Escombros en México, escombros en Guatemala, escombros en Colombia y Perú, escombros en Norteamérica, escombros en Egipto, eso han dejando las hordas cristianas (asesinas de dioses a nombre de otro Dios supuestamente menos furibundo) al entrar en contacto con otras religiones”.

“Los seres humanos no somos otra cosa que mamíferos con un cerebro más complejo. Esta complejidad nos da una ventaja de astucia contra los animales, que nos ha permitido esclavizarlos. Pero debería darnos también una ventaja moral: la compasión”.

“Los dioses, las religiones, nacen en Oriente, y en Occidente se mueren”.

Héctor Abad Faciolince
Oriente Empieza en El Cairo
Editorial Alfaguara
Bogotá
2002
211 páginas

jueves, 2 de febrero de 2012

Del montón, de Wislawa Szymborska

Hola
Como este blog se creó para enviar frases, partes de textos literarios que nos gustan, hoy les envío un poema de Wislawa Szymborska, la polaca premio Nobel de Literatura en 1996, que murió ayer.


Del montón

Soy la que soy,
casualidad inconcebible
como todas las casualidades.
Otros antepasados
podrían haber sido los míos
y yo habría abandonado
otro nido,
o me habría arrastrado cubierta de escamas
de debajo de algún árbol.
En el vestuario de la naturaleza
hay muchos trajes.
Traje de araña, de gaviota, de ratón de monte.
Cada uno, como hecho a medida,
se lleva dócilmente
hasta que se hace tiras.
Yo tampoco he elegido,
pero no me quejo.
Pude haber sido alguien
mucho menos personal.
Parte de un banco de peces, de un hormiguero, de un enjambre,
partícula del paisaje sacudido por el viento.
Alguien mucho menos feliz
criado para un abrigo de pieles
o para una mesa navideña,
algo que se mueve bajo un cristal de microscopio.
Árbol clavado en la tierra,
al que se aproxima un incendio.
Hierba arrollada
por el correr de incomprensibles sucesos.
Un tipo de mala estrella
que para algunos brilla.
¿Y si despertara miedo en la gente,
o solo asco,
o sólo compasión?
¿Y si hubiera nacido no en la tribu debida
y se cerraran ante mí los caminos?
El destino hasta ahora ,
ha sido benévolo conmigo.
Pudo no haberme sido dado
recordar buenos momentos.
Se me pudo haber privado
de la tendencia a comparar.
Pude haber sido yo misma, pero sin que me sorprendiera,
lo que habría significado
ser alguien totalmente diferente.

domingo, 29 de enero de 2012

La historia de Horacio, de Tomás González

Esta novela es la historia de una familia, de los miembros de una familia, como lo es Cien años de soledad, pero La historia de Horacio puede ser la antítesis de Cien años de soledad: acá no hay realismo mágico, no hay personajes que se vayan volando al cielo ni mariposas amarillas. No pasa nada extraordinario, excepto la vida misma, cotidiana y natural, que pasa a través de las páginas en donde aparentemente no ocurre nada: Horacio tiene una vaca que queda preñada, luego otra; a la primera se le muere el ternero en el parto, la otra sí logra tenerlo. Horacio compra un Volkswagen, se lo decomisan; su cuñada Martica vende cremas a las amigas en su casa y todas se hacen mascarillas; Horacio va de visita a las casas de Elías y Álvaro sus hermanos, o a la de Eladio su cuñado, y éstos a su vez lo visitan a él; Horacio patea al perro Cupido, Jerónimo su hijo dice palabrotas y se va a jugar con caucheras con su primo David. Carlina la empleada de la casa amanece con un trapo rojo en la frente porque tiene dolor de cabeza; Horacio compra antiguedades que acumula en el garaje; Jerónimo otra vez pierde el año. Horacio fuma mucho y se preocupa demasiado por todo lo que ocurre.


Y así, entre hermanos, vacas, perros, árboles, primos y cuñadas, fluye la vida de Horacio directo a la muerte. Porque La historia de Horacio es la historia de la muerte de Horacio, el menor de los hermanos, papá de 1 hijo y un reguero de hijas, lleno de vida, fumador empedernido, que no sobrevive al cuarto infarto y muere con menos de 50 años. 


El autor desde el comienzo va anunciando la muerte que se avecina, pero no como la gran tragedia que es, sino como algo natural, tan normal como el ternero que se muere o el carro que decomisan. Cosas que pasan en las familias y mientras ocurren hay un tránsito permanente de gente en la casa y una cantidad enorme de conversaciones y de pequeñas diligencias cotidianas que no dan tiempo ni ocasión para grandes muestras de afecto o concienzudas cavilaciones sobre la vida, la muerte o la felicidad. No: la vida y la felicidad es lo que pasa en cada una de las páginas y la muerte es algo natural que puede ocurrir antes o después del almuerzo, en medio del barullo.


Es una novela entrañable, con un lenguaje simple, lleno de groserías y dichos paisas que sirven para contar una historia sencilla ubicada en los años 60 en una casa rural de Antioquia. Es un libro biográfico en el que Tomás González se representa a sí mismo en David, el primo de Jerónimo el "boquisucio", e incluye a su vez a su tío, el escritor Fernando González, en el personaje de Elías. Una novela que se lee con afecto por cada uno de los personajes.


Acá van las frases:


"Y explicame, ¿para qué da tanta vueltas, si todo está tan claro? Dios es Dios; Satanás es jodido, cojea y tiene rabio prensil. Y uno hace lo que puede".


"A Horacio la muerte siempre lo había obsesionado. A veces solo, a veces con Elías, acostumbraba asistir a entierros, muchas veces de gente desconocida. La imagen de la viuda arrojándose al cajón para impedir que atornillaran la tapa, la de la negrura ilimitada del hueco que precedía al último ladrillo o la de los huérfanos gritando "!mamia, mamita, no nos abandonés, mamita" tenían un poder para electrizarlo que no parecía menguar".


"Cuando entraba a la casa, por ejemplo, podía ir a la cocina y tocarle las nalgas a Carlina para que lo persiguiera con una escoba por todos los cuartos; o iba al cuarto de las niñas y se tiraba un pedo enorme, aunque ficticio; o les ponía en las almohadas vómitos de caucho o excrementos de caucho en las sillas del comedor...
Elías y Horacio sonreían.
- Traen su fríjol y todo las tales mierdas, hombre Elías. Y su par de moscas".


"Perder otra vez el año le importó muy poco, sin embargo.
- Años hay muchos -dijo".


" - Maestro, ¿Colombia, en su desarrollo total, se encuentra en la niñez, en la madurez o en la decadencia?  -preguntaron.
(...)
- Se encuentra en la sima del hoyo -les dijo Elías. 
(...)
- Los gobernantes la han prostituido con empréstitos y regalos de sus amantes ricos, y cada vez la prostituyen más. Ha progresado mucho, cierto, hacia la sima -dijo Elías".


"Llovía a cántaros y el mundo estaba mohoso y desapacible, como si ya fueran a empezar a bajar los ángeles del Juicio".


"A esa no se le arrima ni el paludismo".


"Con Martica cualquier cosa podía pasar en cualquier momento. Una vez contó, por ejemplo, que una amiga pensaba hacer un viaje primero a París y de allí por tierra a Londres. Si uno sabía esperar y la dejaba hablar resultaba casi inevitable que saliera con algo grande".


"-La vida le llega demasiado intensa -dijo Elías-. Y lo está matando".


"La muerte del hombre que se ha gastado bien, como leño a fuego, es apacible", escribió en su libreta. "Del cuerpo viejo y consumido, el alma se eleva como el sol por la mañana. Pero la de aquel que todavía está demasiado vivo es lo más horroroso que pueda presenciarse sobre la tierra".


"Las mujeres condenadas a padecer a cierto tipo de hombres estrafalarios cumplen tanto su destino maternal que nunca envejecen".


"Los tres hermanos, todos con propensión al infarto, uno convaleciente de infarto, esperaban, fumando, al hijo de Belcebú".


"le había aconsejado que viviera bien cada segundo, que cuando leyera el periódico sólo leyera el periódico y no pensara en nada más, que cuando le picara plátano a las vacas no pensara en otras cosas, que se mantuviera enteramente presente en cada instante y no moriría jamás".


"las mujeres lo miraban como mira el ganado pasar a la gente que camina por los pastos".


"oíste Margarita, ¿a vos no te parece que los muertos de corbata se ven como muy güevones? ¿Qué creen los parientes? ¿Que los están mandando a gerenciar un banco? Más vale que le pongan a uno la piyama y la levantadora".




.






Tomás González
La historia de Horacio
Punto de Lectura
Bogotá
1997
203 páginas

domingo, 15 de enero de 2012

El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez

Un minuto antes que ocurra un accidente aéreo lo más probable es que los pasajeros no sepan lo que va a ocurrir. El ruido de las cosas al caer, el enorme estrépito que produce un accidente de avión, es impredecible pocos segundos antes, cuando la nave viaja en el silencio del cielo.


Esa metáfora es la que propone Juan Gabriel Vásquez en esta novela, que fue Premio Alfaguara 2011. Así como los pasajeros que murieron en el avión de American Airlines que cubría la ruta Miami-Cali no presintieron su muerte en la víspera de Navidad, tampoco esta sociedad vio (u oyó) las señales que anunciaban el enorme estrépito que se produciría años después, cuando a comienzos de los 70 empezó el tráfico de marihuana a USA. El ruido de las cosas al caer es el ruido de un accidente, de una sociedad que se derrumba o de una vida personal que se destruye sin que nos demos cuenta.


Aunque tiene 259 páginas, esta novela se lee prácticamente de una sola sentada. Agarra desde el comienzo porque apela a hechos conocidos para toda una generación de colombianos, pero también porque tiene una buena dosis de suspenso y a medida que avanza el lector quiere descubrir junto al narrador, Antonio Yammara, quien era en realidad Ricardo Laverde, qué ocurrió en su vida y por qué lo mataron, porque como dice Antonio, al comienzo del libro, "Este hombre no ha sido siempre este hombre, este hombre era otro antes".


La historia ocurre entre los billares junto a la Universidad del Rosario en Bogotá, el barrio La Candelaria, y el paisaje del Magdalena Medio, entre La Dorada, Doradal y Guarinocito. Es la historia de una familia, pero también la de un país que perdió su inocencia y su paz con el narcotráfico. Es la novela de una época: la de los años 70s, 80s y 90s.


Las frases:
"con qué presteza y dedicación nos entregamos al dañino ejercicio de la memoria, que a fin de cuentas nada trae de bueno y sólo sirve para entorpecer nuestro normal funcionamiento".


"somos pésimos jueces del momento presente, tal vez porque el presente no existe en realidad: todo es recuerdo, esta frase que acabo de escribir ya es recuerdo, es recuerdo esta palabra que usted, lector, acaba de leer".


"Bogotá, como todas las capitales latinoamericanas, es una ciudad móvil y cambiante, un elemento inestable de siete u ocho millones de habitantes: aquí uno cierra los ojos demasiado tiempo y puede muy bien que al abrirlos se encuentre rodeado de otro mundo (una ferretería donde ayer vendían sombreros de fieltro, el chance donde despachaba un zapatero remendón), como si la ciudad entera fuera el plató de uno de esos programas bromistas donde la víctima va al baño del restaurante y regresa no a un restaurante, sino a un cuarto de hotel".


"No hay nada tan obsceno como espiar los últimos segundos de un hombre: deberían ser secretos, inviolables, deberían morir con quien muere".


"La experiencia, eso que llamamos experiencia, no es el inventario de nuestros dolores, sino la simpatía aprendida hacia los dolores ajenos".


"Su cara era como una fiesta de la cual ya se han ido todos".


"Estaba sola, me había quedado sola, ya no había nadie entre mi muerte y yo. Ser huérfano es eso: no hay nadie por delante, uno es el siguiente en la línea. Es su turno".


"Había visto casos similares varias veces en la vida: familias de buen pasado que un día se dan cuenta de que el pasado no da dinero".


"Y luego se quejaba de que en Colombia todos los ciudadanos fueran políticos pero ningún político quisiera hacer nada por los ciudadanos".


(sobre el embarazo): "comenzó a estar consciente de su cuerpo, que dejó de ser silencioso y discreto y se empeñó de un día para el otro en llamar la atención desesperadamente sobre sí mismo, como un adolescente problemático, como un borracho".


 "La edad adulta trae consigo la ilusión perniciosa del control, y acaso dependa de ella. Quiero decir que es ese espejismo de dominio sobre nuestra propia vida lo que nos permite sentirnos adultos, pues asociamos la adultez con la autonomía, el soberano derecho a determinar lo que va a sucedernos enseguida. El desengaño viene más pronto que tarde, pero viene siempre, no falta a la cita, nunca lo ha hecho".


"En la oscuridad del cuarto pensé en eso, aunque pensar en la oscuridad no es conveniente: las cosas parecen más grandes o más graves en la oscuridad, las enfermedades más destructivas, la presencia del mal más cercana, el desamor más intenso, la soledad más profunda".


Juan Gabriel Vásquez
El ruido de las cosas al caer
Editorial Alfaguara
Bogotá
2011
259 páginas

sábado, 14 de enero de 2012

La bala vendida, de Rafael Baena

Hace unos meses reseñé "¡Vuelvan Caras, Carajo!", sobre el lancero Juan José Rondón, y "Tanta sangre vista", sobre las guerras civiles del Siglo XIX. "La bala vendida", el último libro de Rafael Baena, publicado a finales del año pasado, narra la historia de los cuatro hermanos Orduz Azuero: Marcial, Débora, Vicente y Micaela, durante la Guerra de los Mil Días, y lo que ésta le deja a cada uno de ellos: locura, viudez, derrota y humillación, respectivamente. 


Se trata, como las otras dos obras mencionadas, de un libro de guerras y guerrillas en el que aparecen personajes de la historia colombiana como el general Uribe Uribe, y batallas reales como la de Peralonso, pero los hechos se narran a partir de los cuatro hermanos que van y vuelven de su hacienda Saia, al sur de Bucaramanga.


La novedad de este libro frente a los anteriores es que acá las protagonistas son las mujeres, encargadas en la guerra de servir de espías, de atender hospitales y de garantizar que la hacienda y la familia sigan funcionando con normalidad para cuando regresen los esposos y los hijos del campo de batalla.


De los tres libros de Rafael Baena sobre las guerras del Siglo XIX me quedo con ¡Vuelvan Caras, Carajo! por su tono de epopeya. En "La bala vendida" quizás algunos personajes se desdibujan con el paso de las páginas o simplemente desaparecen, o dan giros en sus vidas un poco inverosímiles. Aunque no "agarra" al lector como las otras, tiene el valor de narrar épocas poco contadas en nuestra literatura y de ambientar un paisaje inexistente en la actualidad.


Acá van las frases:


"Lo mejor era no contar con los hombres, concluyeron ambas en un mudo diálogo de miradas que ratificaba la atávica certeza femenina según la cual ciertos comportamientos masculinos no tienen remedio. Así era y había sido siempre, desde el inicio de los tiempos, y no había poder humano que modificara tal cosa".


 "dándole la espalda a la realidad de un país que sé consideraba aletargado por la falsedad y la mentira, desprovisto de orgullo nacional, persuadido por el curato para permanecer arrodillado frente a una clase gobernante y corrupta contra la cual habría que levantarse, aunque si mal no recuerdo ya nos levantamos mil veces y ya los malparidos nos dieron por el culo otras tantas, al son de los responsos de su banda militar, maldita sea".


"La búsqueda de cambios en la sociedad, aunque sonara católico y apostólico, debía ser un asunto de cada cual, de individuos, no una empresa colectiva; entre otras cosas porque bastaba examinar un poco la historia para saber que la mayoría de las veces las dictaduras eran hijas de las revoluciones".


"conocía a las terratenientes de su tipo: ricas de nacimiento, no conocían las privaciones ni frustraciones, esperaban que todos sus deseos se cumplieran en el término de la distancia y, en general, asumían que la razón de existir del resto de los mortales era someterse a su voluntad, quizá porque en las memorias de sus familias estaba arraigada la conciencia de haber poseído esclavos. Ya no usaban látigos, pero los habían reemplazado por lenguas afiladas y mordaces".


"un cadáver es un adversario dado de baja, pero un herido grave necesita al menos de dos camaradas para poder salir de la zona de batalla, con lo cual una buena herida representaba tres bajas. Pequeños trucos de guerra".


"y lo odió por eso, por malagradecido, por ser tan hombre, tan masculinamente capaz de estar presente, y sin embargo, no representar ninguna compañía".


"tendría que irse con su corruptela para el infierno, si es que el diablo era lo suficientemente estúpido como para abrirles el portón y arriesgarse a que le robaran todos sus calderos".


Rafael Baena
La bala vendida
Editorial Alfaguara
Bogotá
2011
278 páginas

sábado, 17 de diciembre de 2011

Testamento Involuntario, de Héctor Abad Faciolince

En la portada de este libro, aparece como autor "Héctor Abad", sin el Faciolince. El jueves pasado en una presentación de la obra en la Librería Prólogo, Carlos Gaviria le preguntó por qué se había quitado el apellido de la mamá y dijo que porque para publicar poesía él habría querido cambiarse el nombre por completo y aparecer con un seudónimo. Que le da mucho pudor, temor, y que por eso el libro se llama "Testamento": porque habría sido mejor si fuera un libro póstumo. (También explicó que en otros países se enredan con los 2 apellidos y ubican sus obras en la F de Faciolince).

Sin embargo, en estos pomas uno encuentra al mismo escritor de siempre, el del Olvido que seremos, el Tratado de Culinaria para Mujeres Tristes... el mismo paisaje, la finca, las montañas, la misma familia, los temas recurrentes. Esto es poesía, no es novela ni cuento, pero la sensación al leerlo es similar a la que a mí me producen sus obras narrativas: "Yo habría podido escribir esto"... que no es la sensación que me queda luego de leer por ejemplo a William Ospina. Claramente yo no podría escribir media cuartilla como las de Ospina, y seguramente no podría tampoco escribir como Héctor Abad, pero la sensación que deja es que sí, que el lenguaje es sencillo, no hay grandes epopeyas, cuenta cosas que le pasan a personas como uno, que se mueve en el mismo entorno de uno y tiene los problemas que tiene uno... todo parece tan simple que hasta uno o cualquier otro podría ser escritor.

En su charla en Prólogo el autor dijo: "no creo en los pintores que no saben dibujar, así después pinten lo que quieran, como tampoco creo en los poetas que no saben escribir poesía formal". En este poemario aunque los versos hablen de sus hermanas, sus esposas y hasta Twitter, la construcción sí aspira  a la musicalidad inherente a la poesía.

Leyendo estos poemas recordé los de Darío Jaramillo Agudelo, tan bonitos y tan sencillos, aunque también tan criticados por cursis y melosos. Pero las referencias de Héctor Abad son otras: En el prólogo él señala como los "grandes poetas" a Juan de la Cruz, Pessoa, Kavafis, Machado, Szymborska y De Greiff. Además incluye un poema titulado "Ossip Maldestam", sobre el poeta ruso.

Hay poemas a sus ex mujeres, sus hermanas, su hijo, su hija, su papá, su amigo Alberto Aguirre, el escritor-cineasta, su tierra, otras ciudades. Parec una compilación de poemas escritos para su círculo cercano. Están organizados en 8 capítulos, de acuerdo con los temas: amor, familia, viajes, tierra, política... Hay algunos tristes, desesperanzados, y otros hasta "humorísticos" como el que se titula "Virginidad".

Creo que es un libro irregular. Hay poemas que quizás debieron quedarse en el estrecho espacio de la relación personal en medio de la cual surgieron.

Un comentario final merece la edición. Puntas redondeadas, un "caucho" para cerrar el libro, ilustraciones al comienzo de cada capítulo. Mucho cuidado en cada detalle para hacer lucir este libro como una libreta de apuntes. Como objeto, es un libro bonito.


Escribir "frases" de un libro de poesía implicaría transcribir poemas completos. Les dejo los versos finales de "Un mayordomo sículo", la primera parte del poema las "Dos Elegías Inglesas":

No todos ellos saben 
que su destino
es idéntico al mío
y al de todos los muertos y nacidos:
vagar con paso incierto
por la oscura región del olvido.


Héctor Abad
Testamento Involuntario
Editorial Alfaguara
Bogotá
2011
124 páginas