miércoles, 1 de abril de 2026

Dos veces Alicia, de Albalucía Ángel

Como todas las novelas de Albalucía Ángel, Dos veces Alicia es una obra exigente para el lector, llena de intertextualidad y con una narración no lineal: la historia es una especie de misterio que el lector debe ir descifrando a medida que avanza.

La señora Alice Wilson vive en Londres y tiene un inquilinato por el que desfilan sus hijos, hijas, yernos, arrendatarios y amantes ocasionales. Una de esas es la narradora, quien con agudeza observa la cantidad de prejuicios que conviven en esa casa: el clasismo, el racismo, las apariencias sociales, la guerra, la difícil convivencia familiar, los secretos, la homosexualidad y, como si todo esto fuera poco, falta la nuez de la historia: hay un crimen, que al principio no se sabe no solo quién lo comente, sino además, quien es el/la víctima, y al final dudamos si en realidad hubo un crimen.

Dos veces Alicia juega con el doble, con los espejos, con la escritura dentro de la escritura y con las posibilidades que ofrece la hipertextualidad. A partir de Alicia en el país de las maravillas, su fantasía y sus personajes, Albalucía Ángel construye una fantasía situada en Londres en la segunda mitad del siglo XX.


Algunos subrayados

Del prólogo de Alejandra Jaramillo Morales e Ivonne Alonso-Mondragón:
No hablamos de una literatura testimonial —de hechos—, sino de una literatura testigo —de experiencias— (p. 13).

el género policial y detectivesco, así como la fantasía y la ciencia ficción, fueron considerados géneros literarios trabajados exclusivamente por hombres durante siglos. Por lo tanto, allí aparece una apuesta de apropiación de la literatura y la escritura (p. 19).

para Albalucía Ángel escribir es una suerte de testimonio (p. 20). 

De la novela:
También leí que, a lo mejor, te conviertes en un meteorito o en un planetoide. ¡Un meteorito...!, ¡qué hijos de la gran...!, eso sí que sería la aventura del siglo, convertirse en meteorito, oye, entonces quiere decir que uno no se muere nunca, o sea, que jamás te pueden comprobar si de veras estás muerto, ¿te imaginas eso?, piensa un poco en lo que dirán los doctores de la Iglesia: ¿están muertos o no?, ¿en el infierno o en el cielo?, ¿ah?, y entonces se armará el despelote, cada uno diciendo que sí, que sí está muerto, y los otros que no, que está dando vueltas per secula seculorum, que son tumbas errantes, lo que más me gusta es lo del nombre, ¿a ti no? A mi también. ¿Te gustaría ser astronauta? No sé, además, hay muy pocas mujeres astronautas, ¿no? ¿Y qué...? (p 53).

¿no te das cuenta de que llegará el día en que nadie se va a morir...? ¿Ah, no?, mira qué bien, ¿y eso también está escrito? No, pero lo van a escribir muy pronto, ya verás, y cuando el hombre rompa la barrera del tiempo será dueño y señor de la vida y la muerte, se morirá cuando le dé la pinche gana, eso está claro. ¡Pero entonces sería terrible! ¿El qué? Que nadie se muera. ¡Cretina¡, se muere el que le da la gana. Pero nadie va a querer morirse, ¿tú crees que sí? ¿Que nadie va a querer?, bueno, contigo es perder el tiempo, hablemos de otra cosa (p. 54). 

el mínimo rumor se escucha en los cuatro pisos con una nitidez que envidiaría el teatro griego (p. 63). 

Los árboles son el mejor invento de la naturaleza (p. 103).

algo de que comprendía las palabras pero no su significado, o mejor, su significado era obvio pero las palabras no existían, o mejor, lo que significaban las palabras no estaba de acuerdo con el texto, o mejor... no sabía cómo explicarlo (p. 131). 

jamás la he visto consultarlos, pues sufro de pereza mental apenas abro un libro, dice (p. 135).

la Elefanta, atragantada de mazapanes, me contó que lo habían mutilado a sangre fría con una cuchilla de afeitar para que confesara el escondite de otros judíos amigos suyos (p. 152)

porque yo creo que es amor
porque yo siento que es amor
porque yo quiero que sea amor
sé amor
dame amor
bebe amor
sueña amor (p. 154). 

hay que creer por lo menos en seis cosas imposibles antes del desayuno, insistió la reina Blanca (p. 157).

Los árboles sirven para que las hojas tengan de dónde aferrarse. Exacto, dijo la reina Blanca. Los árboles sirven para que la gente sepa dónde están los bosques. Exacto, corroboró la reina Roja. No soportaba ese par de sabiondas. Los árboles sirven para que la niebla se enrede en ellos y uno a su vez se enrede en la niebla neblina neblinosa (p. 158). 

todos los caminos conducen a donde uno quiere y uno camina por donde le da la gana y llega si quiere y si no quiere no (p. 172).

¿has sido bueno...?, preguntaban, ¿le has obedecido a mamá?, qué aburrimiento, la cantinela de siempre, y que tal si uno contesta, ¡no he sido bueno para nada y me importa un carajo...!, menuda cara la de papá Noel, y eso es lo que deberíamos de hacer, sí señor, desde pequeño, decir a la cara de papá Noel, y de quien sea, lo que pensamos, ¿por qué no? Porque no. Porque nos enseñaron a decir: sí he sido bueno, sí le he obedecido a mamá (p. 183).



Dos veces Alicia
Albalucía Ángel Marulanda
Ministerio de Cultura, Biblioteca de Escritoras Colombianas
2021 (primera edición Barral 1971.
Bogotá
192 páginas




Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón, de Albalucía Ángel

Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
 es una novela compleja en su estructura, que desde múltiples narradores y puntos de vista presenta un triple ejercicio de memoria: la memoria histórica nacional, la memoria regional de la colonización del Eje Cafetero y la memoria personal de Ana, desde su infancia hasta su juventud.

La memoria nacional parte desde la tragedia desatada a raíz de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, continúan con el período de La Violencia, la presidencia de Laureano Gómez, el golpe militar de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 y el posterior Frente Nacional, de 1958 a 1974, y que el libro define al final como "ni chicha ni limoná".

La historia regional se narra desde las vivencias de la dinastía Araque y su rol en la colonización antioqueña que en el siglo XIX partió del sur de Antioquia para, con hacha y machete, tumbar monte y fundar poblados en lo que hoy se conoce como el Eje Cafetero.

Esas dos historias, la nacional y la regional en un tiempo anterior, se mezclan con la memoria de Ana, quien recuerda su infancia en la finca, la muerte trágica de su amiga Julieta, el abuso sexual, su viaje a Bogotá y sus años universitarios. 

Al igual que en otras obras de la autora, su propuesta literaria consiste en una narración experimental, fragmentaria y magistral, que le exige al lector concentración y atención a los detalles. La pájara pinta es rica en datos históricos precisos y en referentes culturales que van desde las radionovelas hasta el inicio de la televisión en Colombia, pero así mismo amalgama esos hechos concretos con una ficción encarnada en Ana que le sirve para dejar un registro sobre las brechas de género y las múltiples violencias que sufren las mujeres, no solo en generaciones anteriores sino en el momento en el que se escribe la novela, cuando el Frente Nacional llega a su fin. 

Algunos subrayados
el valor de nuestro sexo está muy desprestigiado. Yo siempre he creído que somos iguales o másvalientes que los hombres. Y que no se diga que es tal vez porque no nos dábamos cuenta (p. 61).

¿Es de la pura Grecia? ¿Verdad viene de allá? Y donde queda eso, muy lejos, ¿no? En el carajoqueda. En los quintos infiernos ¿Y usted no ha ido, no? Qué voy a haber ido, sino me dejan ir más lejos que Cerritos o es que no entiendes lo que te estoy diciendo (p. 66).

Al día siguiente se entera todo el pueblo, por supuesto, ellas son como el radioperiódico, si el cura les dijera que hicieran lo de la gallina, eso de recoger pluma por pluma, las Aparicio no acabarían nunca, ni a los doscientos años, son capaces de seguir vivas a esa edad, viejas arpías (p. 68).

No puede ser que todo se repita. Que el tiempo ante y desande sin variar de camino (p. 73).

Cómo decir lo que no tiene nombre. Cómo narrar una historia que el viento se llevó pero esta vez sin Scarlett O´Hara ni Clark Gable, porque una muerte así, en un país de América Latina en esa época, no merecía ni tan siquiera un mal cortometraje de dieciséis milímetros. No estábamos de moda (p. 87).

La desaparición de la población indígena no se puede atribuir a la destrucción sistemática por parte de los españoles, aunque indudablemente en la lucha por defender sus dominios perecieron muchos... y yo no sé lo que quiere decir sistemática pero en la historia de los Aztecas que tiene mi tía dice que Cortés engañó a Moctezuma, que lo mató haciéndole trampa y que asesinó a íntegro el pueblo en una encerrona donde no quedaron ni niños ni viejos ni nada, exagerada, ¿no? (p. 97).

muy parecida a esas encopetadas que se sienten el ombligo del mundo porque viven en los barrios altos y su casa la perfuman con inciensos hindúes y las sábanas son Canon traídas de Miami y las camas de Artecto Ltda., y la casa la diseñó Obregón & Valenzuela, más o menos así, cuando ella me preguntó que qué pensaba hacer cuando saliera del colegio (p. 101).

como si la palabra de Valeria fuera el Corán (p. 103).

imaginándose al Hojarasquín del monte comiendo niños crudos y oyendo aullar la Patasola. Ana Feliz decía que si hacían cosas malas, la Patasola se enteraba, aunque uno creyera que nadie lo veía, pues era igual que Dios, la Patasola: estaba en todas partes (p. 105).

Saturia se reía, tun-tun, quién es, la vieja In,es y Ana muy tiesa, envarillada, mientras aquel calor le daba escalofríos porque sentía los dedos como algo electrizado que le pegara correntazos (p. 106).

y al otro día La Julia amaneció plagada de bandoleros, y a ellos les prohibieron que volvieran (p. 109).

Saturia chillaba ya no más, un poquitico no más, decía él, no seas mailita, te voy a regalar una muñeca grande desas que tiene don Severiano en la vitrina, y Saturia que no, que yo no quiero, y otra vez los gritos, y entonces el hombre le taponó la boca con la ruana (p. 110).

entre todos resolvieron que era mejor no irle a contar a nadie. Para qué. (p. 111).

él había oído decir a los arrieros que los bandidos perjudicaban a las mujeres y que a los hombres les cortaban el vergajo y que a los niños también los mataban a machetazo limpio y después los dejaban chamuscarse con casa y todo y esa gente no tenía corazón sino una víbora en el pecho y Ana pensó que qué sería perjudicar pero o se atrevió a preguntar nada porque a lo mejor si le contaban se lo iba a soñar esa noche (p. 112).

La cabuya eran unas pilas enormes de pelo largo, amarillento, que se sacaba de las matas de fique y que había que unir matojo por matojo y retorcer a mano tirando de las puntas con una rueca pequeña, hasta que se convertía en una especie de guasca trenzada que servía para enlazar las bestias, menear el ganado en los corrales, empacar los colchones, o vendérselas a los caminantes que se detenían a tomar su Freskola o su cerveza Póker, en la ventanilla del repostero que daba al camino, y que la gente llamaba la Fonda de las Álvarez (p. 115).

asegurando que había asistido a la muerte de don Jorge Robledo, a garrotazos, decretada por Sebastián de Belalcázar y que la gente comenzó a llamarlo el loco Belalcázar después de eso (p. 115).

ellas a duras penans recitan lo de Manecita rosadita y el hijo de Rana Rin-Rin Renacuajo salió esta mañana muy tieso y muy majo, pues no las dejan aprender sino de La Alegría de leer (p. 123).

La muerte es algo dulce, repitió muy segura. Un despertar en otra parte donde si quieres puedes ir a pasear a caballo por las nubes, a mí me gustaría... (p. 124).

Lo peor es que cualquier cosa que trate de escribir está sometido al lenguaje absurdo de la desesperación o sea: confuso, repetitivo, hasta me creo Proust (p. 127).

¿tú crees que la religión es la fuerza de los débiles o la debilidad de los fuertes? (p 130).

y me preguntó por qué me contentaba con escribir en una pinche página deportiva si me consideraba periodista (p. 130).

en esa época era un caído del zarzo que le hacía tragar a la gran masa de lectores todo lo que el jefe me hacía tragar a mí, pero no creas. Yo sabía que los americanos sólo consideran compatriotas a los negros cuando se trata de victorias olímpicas (p. 132).

Mejor mirar lo grandotota que era la catedral de Manizales. Es gótica. ¿Ah... sí?, como si fuera de maíz trillado, no entendían ni jota pero ya se sabía que si preguntaban de a mucho Tina no iba a parar con las palabras raras (p. 134). 

¿Es muy larga la muerte? le preguntó a Sabina y ella dijo que claro, que para casi siempre (p. 135).

y la radio no transmitía sino música cláica y boletines pero nada concreto (p. 141). 

Rézale a María Auxiliadora para que no vayan a ganar los godos (p. 144).

su papá se sentó en la mecedora muy callado y muy pálido, como el nueve de abril. A escuchar las noticias, que eran malas, muy malas (p. 145). 

No te absolvían los curas porque ser liberal era pecado, y si leías El Tiempo o El Espectador te excomulgaban (p. 146). 

Laureano Gómez ganó las elecciones y al otro día dedicó a Dios la victoria, por el radio (p. 148). 

en los corredores de la casa de las Álvarez pasaron muchas cosas. Armaban el pesebre todas las navidades, y por las noches la novena, y era una gran pachanga. Su mamá rezando Dulce Jesús mío mi Niño adorado y ellos con panderetas y maracas: ven a nuestras almas ven no tardes tanto; pensando sólo en los regalos que les iba a traer el veinticuatro. Las Álvarez hacían buñuelos y natilla y los dejaban estar despiertos quemando luces de Bengala y viendo elevar globos, casi hasta medianoche; pero lo más emocionante fue aquella vez que se metieron al monte a coger musgo, y se encontraron con el cipote de culebra (p. 149).

una felicidad parecida a la de comerse un mango biche en clase de aritmética (p. 149). 

Y no sé por qué la gente pierde la memoria. Se olvida. Pasan diez años y es como si no hubiera sido más que un aguacero aquel diluvio que nos dejó el país inundado tanto tiempo (p. 153). 

y se quedó callado, pensando de seguro en todos los cadáveres que flotan en los ríos. En los ancianos y niños fusilados. En el señor que el otro día le cortaron la lengua para que no volviera a gritar viva el Partido Liberal (p. 158). 

y ella pensó que pobres, ni para combinar colores tienen gusto (p. 160)

Quién sabe porqué la gente resolvió que hay que cubrir la muerte con flores a porfía. Con aromas que dentro de poco será también detritus fétidos, cadáveres de cosas, polvo. Por que esas letanías. Esos rezos tan lúgubres (p. 165). 

despilfarraba los billetes como si fueran Kleenex (p. 173). 

¿cómo es el mar?, quiso saber Jacinto, y Eleazar: es como eso, igualito; pero en vez de árboles, agua, del color de esas lomas (p. 192). 

cuando los cuarenta te están pisando los talones, ya el hombre se embromó (p. 209).

En realidad no sé en qué creo. Cómo quieres que lo sepa con tanto enredo. Si yo pudiera decir creo en Dios Padre Todopoderoso creador del cielo y de la tierra, con la misma inocencia con que lo decía a los ocho años, a lo mejor estaría salvado. Pero si hoy me están diciendo que la Alianza para el progreso es la única manera de salvar estos países que están de mierda hasta la coronilla, y yo empiezo a hacer números como cualquiera que sepa sumar y dividir y me doy cuenta de que no, que eso es sólo una trampa para ratones subdesarrollados, entonces tú dirás. La gente ya no sabe por dónde va la tabla (p. 230). 

el que inventó la cama fue un genio incomprendido (p. 266). 

Sería imposible escribir la historia del país en el orden civil y militar sin la figura siempre activa del estudiante colombiano (p. 276). 

la felicidad es siempre así: prestada por raticos (p. 280). 

Silbar no es cosa de niñas, nada en la vida es para niñas, definitivamente, cada vez que uno va a hacer algo ¡no es de niñas! y ni subirse a un árbol, ni ensuciarse el vestido, ni ponerse bluyines en el pueblo, ni jugar trompo por la calle, como si sólo los varones tuvieran permiso de hacer y deshacer, de dónde lo sacaron, ¿se los dio el Santo Padre? (p. 283)

andabas con la tranquilidad de quien no pertenece a los rebaños (p. 289).

Y qué mejor que un bosque para guardar un árbol (p. 311)

Lo peor fue la censura. Comenzaron a amordazar la opinión pública y a cerrar los periódicos. Porque dijeron, simplemente. Denunciaron y basta. La clausura de El Tiempo, después de aquella orden de a callarse, relacionada con la matanza de estudiantes, fue la piedra de toque (p. 312).

si esos curas predican la pobreza qué es lo que andan haciendo con tanto convento tan lujoso y tanta tierra de labrantío sin producir ni nada mientras que el pueblo que oye misa y comulga y cree en ellos y les paga tributo del sudor de su frente y los muy sinvergüenzas viviendo a la bartola dizque rezando dicen rogando por nosotros cuando más les valiera fijarse en esa viga que tienen en el ojo y no en las pajas ajenas ¿no es así como dicen? (p. 331).


Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón
Albalucía Ángel Marulanda
Ediciones B 
2015 (Primera edición 1975)
Bogotá
374 páginas

martes, 31 de marzo de 2026

Misiá señora, de Albalucía Ángel

Aunque la novela más conocida de Albalucía Ángel Marulanda es Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975), la escritora considera que su obra más lograda es Misiá señora (1982), un libro se publicó en España y tardó varias décadas para llegar a Colombia. Por eso, según Albalucía, nadie lo leyó.

Misiá señora tiene muchos puntos comunes con Estaba la pájara pinta: el lenguaje oral, la sexualidad femenina (el despertar sexual, la violación), la violencia política y una escritura fragmentada, no lineal, le le exige al lector construir la historia a partir de los fragmentos. Esta característica hace que para muchos lectores Albalucía sea una escritora "difícil": son libros que exigen una lectura atenta y que invitan a una participación activa del lector.

Misiá señora está dividida en tres partes que corresponden a tres generaciones. En la primera aparece Mariana, la hija menor de una familia aristocrática del Eje Cafetero. La segunda corresponde a Mariana, la mamá de Mariana, y la tercera parte tiene como protagonista a la abuela Mariana de Ontaneda y Álvarez del Pino, y ocurre en Quimbaya, Quindío, en los años 30.

En la escritura de Albalucía Ángel hay un manejo magistral de los diálogos, cargados de humor y de oralidad, de chispa e ingenio. Hay también un interés por narrar el mundo de las niñas, la violencia que padecen las niñas en mundos en los que los padres y hermanos ejercen control sobre sus cuerpos, y también el deseo sexual, que la Iglesia reprime y el cuerpo reclama. 

Misiá señora, como otros libros de Albalucía Ángel, es una novela que envejece muy bien, porque al momento de su publicación abordó asuntos adelantados para su momento, pero que hoy hacen parte de la agenda cultural contemporánea: el aborto, las relaciones lésbicas, el alcohol, la marihuana, las brechas de género y la violencia machista. Todo eso ella lo narra con un lenguaje deliberadamente literario, en el que la intención no es informativa sino artística. Es un lenguaje provocador, que mezcla referencias a Cuco Sánchez y Chavela Vargas con Vivaldi y el Nocturno de José Asunción Silva, y que se burla de la omnipresencia de la iglesia con frases que en su momento pudieron ser vistas como provocadoras blasfemias.

Algunos subrayados
Los hombres buscan siempre ese no sé qué que una mujer hermosa oculta en su sonrisa, y usar Pepsodent, claro, como locas (p. 37).

A mí un hombre en calzoncillos me da más bien vergüenza ajena (p. 46).

Cuando insinuó que haría bachillerato y a lo mejor seguía carrera, le armaron bochinche. ¿Vas a ser secretaria? (p. 47). 

misiá señora Piraquive que reparte consejo y mejorana pues es mejor la prevención que andar por ahí curando desgracias (p. 49). 

¿Te tocas por las noches cuando estás sola?, le preguntó en la confesión, tocarme dónde, se le ocurrió decirle (p. 51).

Le regalaron un equipo de gimnasia y se la pasa todo el día con las barras, a mí nunca me dejan porque eso es feo en las mujeres, se le ponen las piernas muy boludas y la espalda de nadadora, qué pereza, es el consejo de mi mamá, ¿a ti te gusta el tenis...?, pone bonita la figura, o el golf también, es un deporte suave y elegante, ¿de dónde sacas tantas maricadas?, yo juego fútbol y hago barras, y en realidad más bella no se puede, piernas torneadas, espalda redondita, senos de anón (p. 55).

Yasmina ya es mujer, eso se nota al rompe. no por trozuda, exuberante, sino por lo que piensa, cómo hará (p. 55). 

mieeeeércoles... llegó la menstruación, la oye de pronto y no se atreve a nada, como un tomate, le parece, nunca jamás hizo mención de esa palabra, estoy enferma, o mala, se decía, o me llegó la margarita, como inventó Disnarda, que se ponía como un tití cuando eso le venía, por lo poquito que me sirve ni que me va a servir, no pienso tener niños, con colico, además, maldita sea (p. 56). 

y te encontraste el hombre que se arrimó muy confianzudo y comenzó a decirte que qué muñeca tan bonita mientras te manoseaba y tú dejándolo bajarte los calzones, envarillada, tartajosa, contestando que sí, que tu primo Alciguel era ese niño con los bucles dorados que parecía una niña, o un ángel del pesebre (p. 64)

¿Ya está comiendo mocos otra vez...?
Sí, y qué. Y vuelvo mierda el overol, y qué. Y no soy niña juiciosa ni mucho menos un encanto qué maravilla qué belleza jamás seré como esas lamenalgas que apenas ven la ceja levantada vuelan a hacer mandados a la esquina a recoger juguetes a limpiarse los dientes no me jodan que doble esa camisa que no se ensucie los zapatos que ande derecha se va a volver como Elisenda gorobeta póngase así camine asá no hable tan duro no se suba a los árboles porque eso no es de niñas no juegue trompo con su hermano porque eso no es de niñas no silbe en el recreo porque eso no es de niñas no brinque así porque eso no es de niñas no diga groserías porque eso no es de niñas saque las manos del bolsillo porque eso no es de niñas no haga carrizo porque eso es cosa de hombres así se ven vulgares mujeres que tienen siempre que decir a dónde van con quién salieron a qué horas llegan y a quién vieron jampas tomar la iniciativa dejar que el hombre escoja. Que el hombre sea el que mande flores. Coquetee. Silbe en la calle. Dé la acera. Diga piropos. Manosee. Susurre obscenidades cuando te vea pasar. Se arreche. Se masturbe. Sea manirroto y se emborrache. lleve las serenatas. Te pegue las palizas. Busque una moza. Se acueste con las putas. Trabaje y dé la plata del mercado. Te vapulee en su casa porque eres la mujer y el que posee el mango, según San Pablo, es él, y tú sumisa, al sartén, a tener hijos para el cielo, mientras él, el supremo, se cree el ombligo del mundo pues le dijeron que su vergajo es oro en paño y que él es el rey midas, la imagen de mi Dios, el Amo, el Redentor, el que posee la vara y se le entiesa, para el goce absoluto de once mil o más vírgenes que se mueren por él (p. 71)

Yasmina nunca cambia. Ya va en segundo de medicina, contradiciendo a su mamá que reviró inmediatamente que más bonito es enfermera, más femenino, mejor dicho más lucido (p. 88). 

Es peor el hospital, cuando hacen los raspados. Son casi siempre jóvenes los médicos, y oyó contar mil veces que te espatarran como a vaca, te dan, si acaso, un analgésico, y empiezan: que ya vas a aprender a dárselo a los ingasueltas, ¿te lo gozaste chévere esa vez... no?, ¿cuántos más te comieron?, hurgándolas con saña, haciéndolas tasajo, la próxima convidas, ya debes ser muy buena en movimientos y en recalentamientos, yo prefieron morirme, hijos de puta (p. 107). 

¿Fumas ahora...? ¿Desde cuándo?
Desde que resolví que qué carajo, que el cáncer a la mierda (p. 112).

No sé, Pienso en Idaly, en que un aborto es espantoso, se puede uno morir... ¿verdad?
Si no lo haces como es. Un aborto es muy simple,  pero hay que hacerlo en una clínica, o con el Karman, no hay peligro, como sacar un diente. Pero me da coraje que las mujeres tengan que hacerlo así, ¡maldita sea...!, como si fuera un crimen. La ley de este país con las mujeres no sirve ni para tacos de escopeta, no ayuda ni un carajo, es una mierda... (p. 117).

O sea, las vomitonas, las maluqueras más horribles, el miedo, y esos sudores fríos, consumiéndote. Yo tenía horror de estar posesa. No lo entendí jamás, pero cuando sentía las pataditas me imaginaba un monstruo, a veces, y otras soñaba con mi madre, pariendo ella a la niña, que había nacido casi muerta (p.  163).

más amarrado que una casa de bahareque (p. 178)

¿Después de ese trabajo que fue lograr que un pereirano dijera al fin que sí, que la aceptara así: ¿de Manizales?
¿Se acuerdan de lo que fue el noviazgo de Lorencita...?
Como Montesco y Capuleto, yo me acuerdo... (p. 179).

Las guerras son angurria, también. Las necesitan. El poderoso para mostrar que es fuerte, el inseguro para ganar terreno hacia la izquierda o terreno a la derecha, el de al lado aprovecha para venderles armas, y hay uno que es el que siempre ayuda y manda tropas, para ganar honores y repartir después medallas a las viudas, fuera de que ganan amigos y prestigios en la ONU (p. 183).

Desde que el mundo es mundo los hombres descubrieron que el gran placer del matrimonio es acostarse con las otras (p. 189).

a echar pestes de una señora inglesa que habían canonizado pero que según él un bodrio inmarcesible, el escritor fue marido, un señor Woolf, que se pasó la vida publicando las cursiladas de esa vieja, y tragaba y hablaba al mismo tiempo, parecía más bien la Enciclopedia Espasa, atiborrado, de ron y arroz con coco. Marimachos, dedujo. Que había una prima de él que le había dado por creerse Balzac, como si eso de escribir fuera como soplar botellas, par boliones y listo (p. 226).

Cuando vuelva a nacer me gustaría ser hombre (p. 271)

Elisenda contaba que él era liberal pero iba a misa (p. 280). 


Misiá señora
Albalucía Ángel Marulanda
Primera edición: Editorial Argos Vergara, Barcelona, 1982.

Edición más reciente: 
Bogotá
2021
312 páginas

viernes, 13 de marzo de 2026

No es por aguar la fiesta..., de Antonio Caballero

Aunque murió el 10 de septiembre de 2021, Antonio Caballero está muy vivo, y para constatarlo basta con leerlo. 

Es usual que los columnistas publiquen libros con compilaciones de columnas. Yo he pensado hacerlo con las mías, y me lo han propuesto, pero me disuade de la idea leer otros libros de columnas: suelen ser malos por una razón simple: la columna es fruto de la coyuntura, de la actualidad, de la urgencia, y se escribe al calor del momento para un público que sabe cuál fue el titular de este martes o la noticia del jueves, y entonces no han necesidad de explicar quién es fulano y por qué lo destituyeron. Pero pasados unos años, todos esos contextos se evaporan, y por eso las columnas envejecen mal. Las que mejor lo hacen son las que no están atadas a la coyuntura, sino a la intimidad, al tono confesional, pero esas, al menos en mi caso, son las más escasas.

No sé si Antonio Caballero escribió alguna columna de esas íntimas o confesionales. No recuerdo haberla leído. Todas sus columnas eran fruto de la actualidad, la política y la guerra, que en Colombia suelen ser la misma cosa. Todas era lecturas del instante, que, no obstante, envejecen bien, o mejor dicho no envejecen: rejuvenecen, porque leer en 2026 lo que Caballero publicó en 1996 evidencia que este país avanza en círculos y que eso ya lo había dicho él, como todo. Cualquier idea sobre la actualidad política, Caballero la dijo primero.

"No es por aguar la fiesta..." es un libro publicado en 1999 que reúne 79 columnas de Caballero organizadas en varios bloques: "guerra y paz", que corresponden a la mitad del libro, y "droga", "política y país", "política exterior" y "mundo". Leerlo hoy es una delicia porque ese lenguaje suyo tan musical, tan lleno de humor, con las palabras precisas, sirve para constatar que él hablaba siempre de los mismos temas, como dijo varias veces, que llevaba años escribiendo la misma columna, porque en Colombia siempre se habla de los mismos temas: hoy y hace 30 años. De los mismos temas (la paz, la guerra, las drogas, la guerrilla, los partidos, los militares, la inexistente reforma agraria) y de la misma gente: Galán, Gaviria, Pastrana, Uribe. 

En la columna "Las causas de la guerra", del 20 de julio de 1998, Caballero escribe que "a la paz solo se llegará cuando hayan desaparecido las causas de la guerra" (p. 59) y esas causas, según él, son la lucha por la tierra, el desempleo, la "aberrante distribución de la riqueza y del ingreso" la inexistencia de la justicia y la represión política. En mayor o menor medida todas sus columnas tocan alguna de estas aristas. Machaca la idea de que el descarado intervencionismo gringo empuja a Colombia a una guerra que es ajena; que la impunidad y la corrupción alimentan la guerra; que a los militares les conviene el negocio de la guerra y que la guerrilla no puede defender ninguna idea política si usa como armas el secuestro y otras barbaridades que desdibujan su origen rural y campesino.

Las ideas de Caballero son claras y siguen vigentes, pero lo que lo hace un maestro es el virtuosismo con el lenguaje: su capacidad para hacer reír, para usar el sarcasmo, para afilar la ironía y encontrar la imagen precisa que desnuda al poderoso. Ese humor, sustentado en un profundo conocimiento de la historia universal y colombiana, hacen de Caballero el mejor columnista de prensa en Colombia. Qué le hace que esté muerto.



Algunos subrayados
De la columna "Ojo, comandante Bochica": "nada hay más cobarde que un secuestro, y nada que envilezca más un proyecto político" (p. 16).

De la columna "El salto militar": "cualquier país, por pobre que sea, encuentra siempre dinero para financiar la guerra, y la financiación de la guerra genera en todas partes, como es lógico, más guerra" (p. 20).

De la columna "La guerra: costo y beneficio": "Si en vez de sofocar la guerra mediante métodos políticos se escoge ganarla mediante métodos militares, resulta inevitable darles a los militares el poder político (p. 26).

De la columna "Historia y geografía": "para hacer la paz, como lo enseña la historia, se necesitan solamente dos cosas que poco tienen que ver con las virtudes cívicas, o con las teologales, o con las cardinales: decisión política y autoridad sobre los militares (p. 41).

De la columna "La tierra y la guerra": "En la historia de Colombia los ganaderos han sido, desde hace cinco siglos, los principales promotores de la guerra y sus más directos beneficiarios" (p. 43).

De la columna "Conversaciones en Maguncia": "No es que no tenga opinión, sino que la tengo propia. Y tengo además la suerte de que —en razón de mi oficio de "periodista de opinión"— mi opinión se publica en los periódicos. Lo cual no significa, sin embargo, ni mucho menos, que represente la opinión de esos periódicos; y ni siquiera la opinión de mis lectores, que a veces la comparten y a veces no, pero a quienes espero que les pueda servir de uno, entre varios, puntos de referencia. Y creo en consecuencia que mi función es ésa: la de opinar en público, y no la de participar en coloquios a puerta cerrada, por ancha que sea esa puerta" (p. 55).

De la columna "Las cuentas del campo": "La violencia actual, que tuvo sus primeros brotes en los años treinta, y después se politizó (se partidizó) en los cuarenta y cincuenta, y se volvió "subversiva" en los sesenta y setenta (y hasta hoy), hunde sus raíces en el conflicto por la propiedad agraria" (p. 90).

De la columna "Vana y torpe": "si estamos como estamos [en este país], es porque siempre se ha pretendido callar las opiniones discrepantes por la fuerza (p. 98).

De la columna "La intervención": "si algo nos enseña la historia, y en particular la historia de Estados Unidos, es que la estupidez acaba siempre por triunfar" (p. 114).

De la columna "La ley del Talión": "El miedo genera odio hacia quien nos inspira miedo, y el odio, miedo a quien nos odia y por odio puede matarnos. En la Colombia de hoy nos odiamos todos "(p. 118).

De la columna "Las risotadas de Frechette": "En esas listas de enemigos del gobierno de Estados Unidos no figura ningún narco, ni ha figurado nunca. y no figuran por la sencilla razón de que no son enemigos. ¿Cómo van a ser enemigos unos señores que manejan el negocio más rentable —más que el de las armas y que el del petróleo, dice la ONU— que han tenido jamás los bancos norteamericanos? Son amigos. Por eso les dan visa. (p. 138).

De la columna "Actos de fe": "Ninguna versión de las autoridades colombianas sobre casos con muerto ha sido nunca verosimil, tanto si el muerto es "malo", como Santacruz, como si es "bueno", como Galán, o incluso si no está muerto, como en cualquiera de las cien veces que han anunciado la muerte de Tirofijo" (p. 139).

De la columna "La ley hipócrita": la mitad de la economía y la mitad de la política del país reposan sobre dineros de origen turbio: no sólo del narcotráfico, sino del peculado, del secuestro, del contrabando, de la compraventa de votos, del atraco en carretera, o hasta del parricidio cometido por un hijo impaciente para lograr su herencia (p. 144).

De la columna "El eslabón más débil": "nunca cae preso ningún narco norteamericano: ni siquiera en el cine" (p. 146).
"Sólo a los imbéciles se les puede ocurrir que la mejor manera de perseguir un negocio que sólo vive de la prohibición consiste en mantener la prohibición, sin la cual el negocio no existiría. Pero además de imbecilidad hay codicia: de las colosales ganancias del negocio, el 95% se queda en Estados Unidos; y esas ganancias solo existen porque el negocio está prohibido (147).

De la columna "Sobre la extradición": "la extradición es el reconocimiento de la impotencia del Estado colombiano para impartir justicia; como, del mismo modo, la invención de las Convivir (otra monstruosidad) es el reconocimiento de su impotencia para mantener el orden" (p. 156).

De la columna "Insisto: es una guerra ajena": "De esa guerra, curiosamente, solo están excluidos el propio Estados Unidos, único país a quien nadie "descertifica" ni fumiga ni castiga a pesar de que es el primer consumidor de todo tipo de drogas en el mundo, el primer productor de marihuana y de "drogas de diseño" (éxtasis, etc.) del mundo, y el principal receptor y "lavador" del dinero negro de las drogas del mundo" (p. 164).

De la columna "Los inmortales": "el expresidente Barco, de quien durante todo su período presidencial se creyó que estaba muerto, acaba de resucitar para recibir un premio por los servicios prestados a su partido cuando ocupó la presidencia" (p. 206).

De la columna "Plata y plomo electorales": "el funcionamiento del sistema electoral hace que, naturalmente, los políticos que ganan elecciones sean los más corruptos. Y ése es el vicio original de lo que llamamos democracia en Colombia" (p. 209).

De la columna "No es por aguar la fiesta...": "En cuanto al Partido Liberal, no es un azar que sea el heredero directo de aquel que en el siglo pasado formó Florentino González, bajo el prometedor nombre de "partido de los partidarios del gobierno". Nunca, salvo cuando a la fuerza ha sido expulsado del festín burocrático, ha querido el Partido liberal hacer oposición: prefiere pedir puestos. (Lo mismo que el Partido Conservador, por otra parte: no en balde son idénticos)" (p 227).


No es por aguar la fiesta...
Antonio Caballero Holguín
Editorial Planeta
Bogotá
1999
280 páginas

jueves, 19 de febrero de 2026

Lo que sabe la señorita Kim, de Cho Nam-Joo

Después de leer a Han Kang, los 8 cuentos que Cho Nam-Joo publica bajo el título "Lo que sabe la señorita Kim", el nombre de uno de los relatos, ayudan a reafirmar esa imagen de la Corea contemporánea como una sociedad profundamente patriarcal, incluso más que la latinoamericana, lo cual ya es mucho decir.

Los ocho cuentos de este volumen son relativamente extensos. No hay cuentos de 1 ó 2 ó 3 páginas. Son cuentos que ocurren en Corea, en el presente, y en donde las mujeres son protagonistas y narradoras.

La vejez, la maternidad, las relaciones de pareja, la amistad, la familia y todos esos lazos íntimos en entornos próximos son los que la autora privilegia en sus relatos: una mujer que rompe con el novio que le propone matrimonio (Para Hyeonnam); una jubilada que viaja con su suegra de 80 años a ver la aurora boreal (Noche de aurora boreal), una estudiante de bachillerato que denuncia una situación de acoso escolar y le confía los detalles a su abuela antes que a su madre (Y la niña creció), la tensa relación con una profesora (Lo que sabe la señorita Kim), y una pareja de colegiales separada por el Covid (Primer amor, 2020) son algunos de los cuentos en los que la autora reflexiona y complejiza las relaciones cercanas.

El libro presenta una perspectiva feminista. Es decir: son relatos con mujeres como protagonistas pero, además, son relatos que muestran brechas de género en una sociedad como la coreana, en donde la figura del padre, el hermano mayor o el esposo tienen enorme incidencia en las decisiones familiares. 


Algunos subrayados

Bajo el ciruelo
¿O acaso el envejecimiento es una enfermedad? (p. 11).

Lo único que puedo hacer es mirar por la ventana y plantearme preguntas sobre el tiempo que me queda y sobre si algún día no me arrepentiré de haber dejado que transcurrieran tantas horas sin hacer nada (p. 14).

A estas alturas me parece que la vida era mejor cuando podía arriesgarme, intentar lo que fuera para sobrevivir (p. 20).

Intransigencia
Por primera vez tomé prestado un episodio de mi vida como material narrativo, traicionando lo que me había prometido empezar a escribir: no incluir experiencias personales y de no usar la escritura como medio para desahogar mis emociones (p. 52).

Lo que sabe la señorita Kim
—Convivimos bien como familia. ¿No es suficiente con eso? ¿También te tengo que amar? (p. 89)

Para Hyeonnam (estimado ex)
Por eso te pregunté si estabas enfadado, eso sí, con discreción, como si fuera la culpable de tu disgusto. No tardaste en gritarme que no, que no estabas enfadado (p. 117).

Tenía veinticinco años y me sentía una vieja, en parte por ti, que por entonces bromeabas diciendo que a los veinticinco se acababan los mejores años en la vida de una mujer (p. 123).

Mis comentarios sobre nuestros potenciales hijos me los reservé al oírte hablar de la paternidad como algo natural en la vida. Preguntabas cuántos prefería tener, en vez de qué pensaba sobre ser madre. no querías saber si estaba dispuesta a hacerme cargo del cuidado de los niños, sino durante cuánto tiempo estaría en casa dedicada a ellos (p. 128).

la mayoría del tiempo parecíamos una pareja mayor cuyos días transcurrían sin grandes eventos, entre comidas ordinarias, paseos al cine, copas de cerveza, sexo y nada más (p. 129).

Creí que podría verme con amigas que no te caían bien sin avisarte. Traté de ignorar tus desplantes y pensé que lo mejor era no entrar en conflicto contigo, a pesar de que siempre te salías con la tuya, incluso a la hora de pedir en los restaurantes. Sin embargo, poco a poco empecé a dudar de que mantuviéramos una relación sana (p. 130).

Noche de aurora boreal
Probabilidad no es igual a promesa, aunque nos permite aventurarnos (p. 132).

Mi percepción del extranjero era como una pintura abstracta, nada realista e incluso absurda, donde se mezclaban escenas de películas estadounidenses dobladas y anécdotas de una de mis tías que inmigró a otro país (p. 134).

Hay palabras que son como una navaja que jamás pierde el filo (p. 138).

en las ciudades actuales no había muchos espacios con tantos árboles y flores como las urbanizaciones con jardines artificiales (p. 141).

cuanto más vieja, más tienes que esforzarte por imitar a los jóvenes (p. 142).

a menudo los recuerdos que una se guarda para sí misma se evaporan sin poder seguir el ritmo de la vida, igual que las comas para el pelo que se meten en el cajón del pupitre o que se pierden debajo de la cama (p. 149).

Haz lo que te dé la gana mientras seas joven. Porque, con la edad, lo único que ganarás será cobardía y arrepentimientos (p. 159).

Desde que me casé, dos constantes en mi vida fueron la presión de que tenía que velar no solo por mi vida, sino por las vidas de otras dos personas, y la fatiga que me producía la carga que me había impuesto (p. 163).

Quiero vivir por muchos años más. Que me pongan respiradores artificiales y lo necesario para mantenerme con vida. ¿Qué diablos ganaré viéndome guapa al morir? No quiero ser guapa. Lo que deseo es tener una vida larga, respirar el aire de este mundo maravilloso todo lo que se pueda (p. 172).

Existen situaciones que escapan al alcance de los seres humanos. Y ante esta verdad irrefutable solo podemos esperar, prepararnos para el futuro, no caer en la desesperación y aceptar humildemente todas las oportunidades, dando gracias a la vida sin soberbia (p. 173).

Si por momentos me costaba creer que la hija que creció dentro de mí y que di a luz era tan distinta a mí, siempre me resignaba tratando de convencerme de que nuestras diferencias eran obvias, ya que después de vivir en mi vientre nueve meses, la niña había crecido fuera durante décadas hasta convertirse en mujer (p. 176).

Y la niña creció
¿De veras crees que una mujer puede vivir la vida que desea teniendo marido e hijos? (p. 186).

Lo que sabe la señorita Kim
Cho Nam-Joo
Traducción de Joo Hasun
Editorial Alfaguara
Bogotá, 2024 (primera edición coreana 2021).
228 páginas

sábado, 7 de febrero de 2026

El visitador, de Martha Patricia Meza

La aparición de una novela escrita por una mujer caldense es motivo de celebración para la literatura regional. 

Cuando publiqué El oído miope, en 2018, alguien me dijo que era la única novela publicada por una mujer caldense... ¿o cuál otra hay? Camposanto, de Marcela Villegas Gómez, salió un mes antes, pero salvo ese título me costaba mencionar otros. Por eso cambié de tema de tesis doctoral y me dediqué a investigar sobre las escritoras pioneras del Gran Caldas, para descubrir que claro que sí había otras novelistas.

Sí hay, pero no tantas. Por eso cada nueva novela escrita por una autora de esta región es una novedad que merece leerse y comentarse. 

Martha Patricia Meza es una poeta salamineña premiada en el departamento, que con El visitador incursiona por primera vez en la novela. Se trata de la historia de Pedro Santa, un carnicero que vive en Villa Otún (¿Pereira?) y se queda sin trabajo. Una excompañera de la carnicería, Adriana López, lo llama un día a contarle que lleva 11 meses en la cárcel y pregunta si él la puede visitar. Él va sin saber que acude a una visita conyugal por la que ella le paga. Así, él se convierte en el visitador de la cárcel, que cobra por satisfacer sexualmente a distintas reclusas.

La novela está estructurada en capítulos cortos y cada uno de ellos cuenta una historia concreta: el encuentro sexual con una reclusa, el proceso judicial de Adriana y, lentamente, cómo se va enredando un trabajo que inicialmente iba a ser solo de prostitución. En la cárcel conviven todos los delitos y es difícil entrar y salir permaneciendo al margen del narcotráfico, el sicariato y todo lo que allí ocurre. 


El visitador le propone al lector un vértigo cinematográfico: a Pedro Santa le pasan muchas cosas, viaja mucho, se mete en peligros y la narración avanza a ritmo rápido. Quizás demasiado rápido: algunos personajes quedan a medio esbozar y algunas situaciones lucen inverosímiles. Tiene, eso sí, coqueteos con la literatura erótica: la autora describe los encuentros sexuales de Pedro con sus clientas, con minucia y atención.

Algunos subrayados
Se dio cuenta de la escasez de hombres en el lugar. Los pocos que veía parecían tener vínculos familiares con ellas: hermanos, padres, tal vez. Muy pocos entraban con las mujeres a los cuchos, esos cuartos estrechos para las visitas conyugales (p. 15).

Era tal la prostitución en la cárcel de hombres que cuando visitaba a su papá vio catálogos de prostitutas. Muchas mujeres se quedaban adentro y salían a mitad de semana. Los poderosos pagaban fortunas por las visitas de modelos, reinas de belleza y hombres jóvenes. (p. 15).

Si uno deja caer el ánimo también deja caer la casa (p. 31).

A un man preso la familia no lo ve como un delincuente y hasta les debe parecer que está encerrado por ser héroe. Nadie les reprocha lo que hicieron y sus madres les perdonan lo que no están dispuestas a perdonarle a una hija (p. 35).

En su imaginación, las monjas eran habitantes de otro planeta, vírgenes intocables, incapaces de sentir deseo, y si lo sentían era entre mujeres a escondidas de Jesucristo (p. 107).


El visitador
Martha Patricia Meza
El Taller Blanco Ediciones
Bogotá
Mayo de 2025
200 páginas

viernes, 6 de febrero de 2026

Camilo Torres. El cura guerrillero, de Walter J. Broderick

Hay casualidades increíbles. Hace años, en una librería de usados, compré Camilo Torres, el cura guerrillero, en la edición de pasta dura de El círculo de lectores. Como tantos libros que compro, lo guardé para un día de estos... y ese día fueron meses y años. Hace poco lo empecé a leer y había avanzado un poco más de la mitad cuando una noticia inesperada irrumpió en todos los medios de comunicación: después de 60 años la Unidad de Búsqueda de Personas Desaparecidas encontró los restos del cura Camilo Torres. 

Y así, de pronto, la historia que estaba leyendo en la soledad de la casa saltó a cientos de pantallas. 

Walter Joe Broderick es un escritor australiano, afincado en Colombia, que comparte con Camilo su pasado como sacerdote. El libro sobre Camilo es una impresionante investigación que lo llevó a consultar múltiples fuentes, desde documentos del ejército, archivos de prensa y libros de historia, hasta testimonios de militares, guerrilleros, parientes y amigos de Camilo.

El resultado es una biografía extensa que, a través de la vida de Camilo, cuenta la historia de Colombia, con especial énfasis en los años del Frente Nacional. Se trata de una biografía documentada, con un narrador omnisciente y con entrecomillados que permiten identificar la voz del protagonista, pero es también una biografía en la que el autor deja claro su punto de vista: en Colombia los partidos tradicionales han representado a las oligarquías y el pueblo raso, sin posibilidad de acceso al poder político para transformar su vida precaria, se ve forzado a buscar vías violentas. Así, la decisión de Camilo se presenta como fatídica pero justificada, en una época en la que la Teología de la Liberación generó curas rojos en diversos países de América Latina. 


El libro cuenta la vida del cura desde su origen en una familia de clase alta de Bogotá, la relación con sus padres y hermanos, el divorcio de sus papás y las murmuraciones que eso suscitó y su decisión de dedicarse al sacerdocio en un hogar anticlerical. Al ordenarse viaja a Lovaina, en donde estudia sociología, y al regreso se vincula a la UNal como profesor, al lado de Orlando Fals Borda, y también como auxiliar en la capellanía universitaria. El trabajo social en barrios como Tunjuelito empieza a motivarlo para una acción más eficaz y así, en pocos años, el religioso Camilo se convierte en un hombre de compromiso político, que casa peleas fuertes con el cardenal Luis Concha y algunos obispos. La iglesia lo obliga a salir de la UNal y encuentra asiento en la Esap, en donde tiene fuertes encontrones con Alvaro Gómez Hurtado, miembro de la junta directiva. Luego es también forzado a salir de allí, pero ya la figura de Camilo ha crecido hasta ser un personaje reconocido a nivel nacional. En 1965 renuncia al sacerdocio y realiza una serie de giras por distintas ciudades de Colombia. Se enrola en el ELN "en comisión" en trabajo urbano, y allí recibe los nombres de Alfredo y Argemiro. En octubre Fabio Vásquez Castaño lo llama al monte. Está cuatro meses en un campamento guerrillero y en el primer combate con el ejército cae muerto, junto con otros compañeros guerrilleros.

La vida de Camilo Torres es fascinante, pero ha sido contada múltiples veces, en el teatro, el cine y la literatura. El valor de este libro imprescindible está en el rigor de los datos, la exhaustiva investigación y la vocación de totalidad: no se centra en un aspecto específico de la vida de Camilo, sino que abarca desde su nacimiento, en febrero de 1929, hasta su muerte, 37 años después.


Algunos subrayados
sembraron cafetales allí donde nadie creía posible un cultivo. Fundaron el departamento de Antioquia y sus nietos se convirtieron en los industriales y banqueros del siglo XX. Eran los únicos hombres poderosos en Colombia que, como grupo, tuvieron ciertamente algo del espíritu capitalista-burgués. Los otros, simples terratenientes, eran conservadores en el fondo, aun cuando algunos presumieran de liberales y se afiliaran al Partido Liberal (p. 19).

Tú no la conociste sino a través de los defectos que te eran molestos (p. 27).

El sindicalismo se desarrolló especialmente en el corazón del trópico colombiano, a orillas del gran río arteria, el Magdalena, donde estaba concentrado el grueso del transporte entre la costa atlántica y el interior —los ferrocarriles y las vías marítimas—, además de los pozos petroleros y los grandes cultivos de banano (p. 30).

(sobre Bogotá) la ciudad se construyó de tal manera que la clase adinerada no tenía contacto con los desposeídos (p. 32). 

"La inquietud periodística —dijo el joven Camilo— es la expresión lógica de la inquietud intelectual" (p. 39).

En Caldas, por entonces, aparecieron las primeras pandillas de los que más tarde se denominarían "pájaros", matones a sueldo organizados y entrenados por un respetabilísimo político conservador (p. 55).

En una palabra, el documento proponía la unión de los dos partidos. O sea, los mismos jefes que, hasta entonces, habían exhortado a sus partidarios a matar o morir por su partido, se encaramaban ahora encima de los cadáveres de casi medio millón de campesinos masacrados, y publicaban, desvergonzadamente, la noticia de su cordialísima reconciliación en un lejano balneario de España. Al sentir amenazados sus bolsillos, la oligarquía, tanto liberal como conservadora, había llegado al más perfecto acuerdo (p. 105).

en Colombia lo único que estaba en vías de desarrollo era el subdesarrollo mismo y a pasos alarmantes. La mayoría de los colombianos trabajaban como esclavos. Esto permitía a los norteamericanos y a clases altas de Colombia vivir como príncipes (p. 145).

Para un obispo colombiano, la neutralidad en materia política es mera ficción (p. 162).

al pintar como hampones a los agricultores que se defendían de la violencia y la opresión, los periódicos tergiversaban deliberadamente la verdad (p. 177).

"la función de las instituciones militares consistía en mantener el orden establecido". El ejército era "el instrumento de los grupos dominantes" (p. 182).

"El ejército tiene como función primordial mantener el orden interno, lo que, traducido al campo político, significa mantener las estructuras vigentes. El ejército guerrillero tiene por objeto precisamente lo contrario: transformar esas estructuras". (p. 188).

Lo que distinguía a Camilo era precisamente ese afán de acercarse a los trabajadores. Como intelectual, no era nada erudito; incompletos quedaban sus análisis, sus artículos y pronunciamientos casi siempre torpes, a veces hasta inexactos en algún detalle. Pero, eso sí, duros y desafiantes (p. 212). 

(Marquetalia) la operación representaba un "compromiso trascendental de liberar a las Repúblicas Independientes". Costaría unos treinta millones de dólares y movilizaría a dieciséis mil soldados del ejército (p. 219)...emplearía las más modernas técnicas norteamericanas: el napalm yla guerra bacteriológica (p. 219).

Camilo vio unas estadísticas que reflejaban el saldo total de la Operación Marquetalia. Con treinta millones de dólares, el gobierno colombiano y sus consejeros norteamericanos habían obtenido lo siguiente: cien fincas destruidas y sus cien ranchos incendiados; las tierras comunales de Marquetalia ocupadas; cien mil aves consumidas y aproximadamente el mismo número de reses; dos mil campesinos encarcelados, de los cuales doscientos fueron asesinados y quién sabe cuántos torturados. El daño causado en la zona se estimaba en dos millones de dólares y por parte de la gente de Marquetalia, la cifra total de los caídos en combate sumaba diecisiete: un guerrillero, una mujer y los quince niños que se refugiaron en la cueva (p. 223).

(propuesta de Camilo) una renuncia a la exclusividad de educación confesional y la aceptación del pluralismo; la eliminación de los factores sociales y psicológicos que impiden una adhesión consciente y personal a la Iglesia, tales como el poder económico de la Iglesia, y el poder político de la Iglesia: formal, mediante leyes y concordatos; informal, por medio de la intromisión del clero, con ánimo de dominio, en el terreno temporal (p. 261).

Los que fueron los más aguerridos revolucionarios durante los estudios, en muchas ocasiones comienzan a hacerse perdonar de las oligarquías sus devaneos juveniles. Por eso, frecuentemente los estudiantes más revoltosos se convierten en los profesionales que defienden con más ahínco los privilegios, los símbolos de prestigio y aun las formas exteriores de vida de las clases dirigentes (p. 272). 

"Mientras no seamos capaces de abandonar nuestro sistema de vida burgués, no podremos ser revolucionarios. El inconformismo cuesta, y cuesta caro. Cuesta descenso en el nivel de vida, cuesta destituciones de los empleos, cambiar y descender de ocupación, cambiar de barrio y de vestido. Puede ser que implique el paso a una actividad puramente manual..." (p. 273).

Entendió que tanto el Partido Liberal como el Conservador defendían los intereses de la oligarquía (p. 310).

"El aparato electoral —gritó desde la ducha— está en manos de la oligarquía y por eso el que escruta elige, el que cuenta los votos determina la victoria. Las elecciones se hacen más en las oficinas del gobierno oligárquico que en las mesas de votación (p. 320).

Cualquiera que participara en elecciones se estaba comprometiendo con el statu quo (p. 333).

...los casos de Marquetalia, Pato, Guayabero y Río Chiquito. Conocemos la similitud del desembarco de los marines en Santo Domingo con los desembarcos del ejército colombiano, dirigidos por la misión militar norteamericana en las "repúblicas independientes" (p. 345).

Eran capaces de soportan las raciones escasas, los entrenamientos constantes, el calor, los mosquitos, cualquier cosa menos la inercia (p. 362).

De pronto surgió un bulto. Un soldado. Que le apuntaba con su arma. E hizo fuego. Una terrible quemadura le abrasó el cuerpo. Cayó. Oyó gritos, tiros. Intentó levantarse pero no pudo. El calor estaba invadiendo su mente. Quería moverse, pero sus músculos no eran capaces. no respondían (p. 380).

Camilo Torres. El cura guerrillero
Walter J. Broderick
Círculo de lectores
Bogotá
1975
432 páginas