lunes, 13 de septiembre de 2021

Cómo maté a mi padre, de Sara Jaramillo Klinkert

Sara Jaramillo Klinkert tenía 11 años, una mamá y cuatro hermanos cuando un sicario mató a su papá en Medellín. Ese segundo marca el quiebre entre un antes y un después en la vida de esta familia y los ecos de ese disparo todavía resuenan 30 años después.

Escribir es terapéutico, sana, cura. Los psicólogos hablan de la importancia de "verbalizar", de poner en palabras lo que uno siente o piensa porque solo cuando esos miedos o temores se vuelven lenguaje y empiezan a expresarse pueden salir de la mente y cobrar su justa dimensión.

Este libro tiene entonces esa primera dimensión: es un ejercicio honesto de la autora por matar a su padre. Como lo dice al final "te mato porque estoy cansada de intentar mantenerte vivo en mi cabeza" y dejarlo plasmado en un libro es sacarlo de la mente en la que ese muerto es un fardo muy pesado para cargar durante tantos años.

El libro está dividido en 30 capítulos cortos, con muy pocos diálogos. Son 30 escenas que se ensamblan con una cronología más o menos lineal para dar cuenta de la vida de la narradora, desde su infancia hasta hoy. Una narradora cuya voz evoluciona a medida que crece, aunque quizás la voz infantil se siente con algunos lugares comunes.


Para algunos lectores el libro puede representar un ejercicio de asomarse al duelo íntimo, tal vez demasiado personal, de una adolescente de clase alta de Medellín. Para otros el libro puede mostrar, a partir de un duelo individual, el impacto de la violencia urbana en la vida familiar. El texto ofrece muy pocos elementos de contexto político o histórico que permitan construir una mirada más macro de la época narrada. La apuesta de la autora no está en el entorno sino en fijar una lupa en la cotidianidad familiar y hogareña para mostrar la manera en que una única bala puede causar tantos destrozos continuados durante tantos años, y la paradoja que representa vivir en una sociedad que está llena de muertos y, sin embargo, aborda los duelos desde el silencio. 



Algunas frases

Cuando mi profesora de ciencias preguntara qué es un centímetro, diría que es la distancia que debe recorrer un dedo para tirar del gatillo (p. 21)

Toda partida sin adiós es inconclusa (p. 38).

Suele decir que lo más grave que pudo pasarle en la vida ya tuvo lugar, que nada peor puede ocurrir. Y es verdad. Creo que enfrentar una tragedia muy fuerte hace que cualquier otro problema parezca una tontería. Se altera el sentido de la gravedad (p. 59).

Uno quiere estar solo y abrazarse a su dolor. Familiarizarse con él. Hacerse a la idea de que estará dentro de uno durante toda la vida (p. 60).

Mii madre todo lo solucionaba con su medicina favorita: el "no-piense-en-eso". Si la cosa estaba grave ameritaba un Dolex. Y si estaba más que grave ameritaba dos. (p. 74).

Sus ojos brillaban de tantas lágrimas retenidas, pero llorar es un lujo que las mamás no pueden darse en ciertos momentos (p. 90).

Nosotros nos creíamos los fuertes, pero la única verdaderamente fuerte en la casa ha sido la mamá (p. 123).

Sabíamos que el silencio aturde más que los regaños y que el descontrol no puede combatirse a gritos (p. 124). 

Las plantas siempre han sido grandes maestras. Bastaba observarlas para entender el valor de la paciencia, para saber que el crecimiento solo ocurre cuando existen las condiciones adecuadas (p. 124). 

El único plan minuciosamente elaborado en toda mi vida ha sido evitar embarazarme. Nunca he bajado la guardia. Hago bien mis cuentas. Sé, desde hace mucho tiempo, que ni la muerte ni los hijos tienen reversa (p. 126). 

Si alguna vez quise morirme deseché la idea de solo pensar que los muertos no pueden leer. Y mientras más leía, más me daba cuenta de todos los que me faltaban. Era cosa de nunca acabar, necesitaría nacer mil veces más para poder hacerlo. Los libros me salvaron la vida (p. 133). 

No volvimos a mencionar el nombre del papá. No hablamos de lo que le pasó. Cuando alguien tocaba el tema, desviábamos la conversación. Lo matamos con la fuerza de nuestro propio silencio (p. 135). 

Hoy, por mi padre, siento más respeto que cariño (p. 136). 

Los niños que tienen una infancia feliz, crecen con la ingenua creencia de que así será el resto de la vida, porque la felicidad es algo que la mayoría de las veces solo se aprecia cuando ya no se tiene (p. 147). 

No quería verle la cara a nadie y que nadie le viera la cara y le dijera: "pobrecita, todo va a estar bien", "encomiéndese al de arriba", "mi Dios le dé fortaleza". No quería que nadie enviara flores ni que la llamara ni fuera a visitarla. Lo sé porque ya habíamos pasado por eso y no estábamos dispuestas a repetir el espectáculo (p. 187).

Una casa sin sus habitantes no es más que muros de ladrillo y tejas de barro tostadas por el sol y esculpidas por la lluvia. Nada más (p. 194).

Uno es de los lugares que extraña, no de los que habita (p. 203).

De un momento a otro empecé a pensar en él con compasión y no con odio. Me dio mucho pesar lo triste que debió ser su vida cargando con semejante insatisfacción durante tanto tiempo (p. 229).

Tengo talento para aburrirme, creo que aburrirse es una actividad infravalorada (p. 231).

Escribir no es para gente normal (p. 234).

Cuando escribo me desnudo sin quitarme ni una sola prenda (p. 236).

El silencio es precisamente lo que no lo deja a uno olvidar, pero cada cual tiene su propia forma de sobrellevar las penas (p. 245).

Te mato porque estoy cansada de intentar mantenerte vivo en mi cabeza (p. 252). 


Cómo maté a mi padre
Sara Jaramillo Klinkert
Editorial Angosta
Medellín 2019
256 páginas

jueves, 2 de septiembre de 2021

Tomar tu mano, de Claudia Hernández

Si se pasan rápido las páginas de este libro, a primera vista luce como un volumen de poesía, o el texto de una obra teatral llena de diálogos. La autora escribe frases cortas, oraciones de una línea o menos, y así, casi sin párrafos y a partir de una larga sucesión de sentencias, preguntas y respuestas, afirmaciones o enumeraciones breves, avanzan los 55 capítulos cortos de este relato en el que los personajes no tienen nombre porque pueden ser cualquiera: cualquier mujer campesina que se va joven y enamorada a vivir con su novio; cualquier hombre que se cansa pronto de su pareja y decide buscar otra y otra y otra; cualquier pariente que combina su trabajo campesino con encargos paramilitares nocturnos; cualquier joven o vieja que recibe golpes físicos y de los otros y debe vivir sometida a su pareja.

"Tomar tu mano" es un libro difícil de clasificar. Es un hondo grito de auxilio de mujeres que no quieren tener tantos hijos, que desean trabajar o estudiar, pero no pueden, y que viven sometidas a la violencia cotidiana que implica habitar una casa con una pareja que a la vez es su enemigo. Ante tanta violencia, la de las pandillas urbanas y los paramilitares en el campo se siente apenas como un eco que replica lo que ocurre de puertas para adentro.

La autora es salvadoreña y aunque en el libro se perciben las violencias de las guerras centroamericanas y las pandillas, no hay un referente geográfico ni temporal específico y por ello la historia puede trasladarse perfectamente a la geografía colombiana, en donde también hay  mujeres que sufren estas violencias y en donde las autoridades que imponen el orden en las calles no siempre son las estatales. 

Los celos, la falta de independencia económica, la violencia física, las armas y las redes de apoyo entre mujeres son algunos de los temas que atraviesan este libro coral en el que la autora demuestra gran dominio de las técnicas narrativas en los cambios de voces y narradores y en la construcción de personajes que se identifican sin necesidad de utilizar nombres. 

"Tomar tu mano" propone una mirada femenina a las violencias domésticas de las mujeres pobres del campo y de la ciudad. Es un libro áspero, rudo, que se construye desde los silencios y contrasta con el título que, además, cierra la historia. Es un libro que busca tomar la mano de mujeres que merecen y necesitan ternura, afecto y protección.

Algunas frases
Hay cosas que no deben ser sabidas (p. 11).

A veces es más valioso ser invisible, dice la madre (p. 12).

Las mujeres no entienden lo que quieren ni saben lo que dicen (p. 43). 

¿Cómo era estar embarazada?
Se sentía como si tuviera un gatito dentro (p. 55)

¿Para qué quería ella otro hombre?, preguntó.
¿Para qué quería ella alguno?, pensaba (p. 148).

Cualquiera estaría feliz de estar contigo.
Ella estaría más feliz si no tuviera que estar con ninguno (p. 149).

El tiempo total nunca se sabe (p. 181) 

Mientras, puede ayudar con cosas de la casa, dice la madre.
De ninguna manera, dice el padre.
Su hijo no va a hacer trabajo de mujer.
Necesitan la ayuda ahora que ella trabaja más horas.
Que le ayude su niña. (p. 192). 

La madre no quiere decirle que, a la edad que tiene y por el cuerpo que ya tiene, cualquier hombre en ese pueblo puede reclamarla como suya y llevársela, quiera ella o no.

Podía ser que, con tragos de más, alguno de los hombres ahí pensara que la niña y su habitación estaban también a disposición. (p. 225).

Las mujeres que dejan a sus maridos no regresan, le dice la madre. (p. 231).

La mujer que tenía lo ha dejado.
¿Por otro?
Por ella misma.
Prefiere estar sola. (P. 268).

La vida es lo que ya fue (p. 277). 


Tomar tu mano
Claudia Hernández
Laguna Libros
Bogotá, Junio de 2021
300 páginas

jueves, 12 de agosto de 2021

Los lugares habitados, de Alberto Saldarriaga Roa


Alberto Saldarriaga Roa es un arquitecto bogotano que nació en 1941, estudió en la Universidad Nacional, ha sido profesor de teoría e historia de la arquitectura, diseñador, experto en planeación urbana, dibujante, pintor, fotógrafo aficionado, autor de distintos libros y viajero.

Todo lo anterior es relevante para comprender esta obra de prosa breve y poética que no es una autobiografía en el sentido tradicional, pero sí presenta un recorrido personal por la vida e intereses del autor a partir de cuatro partes: "La memoria", "La arquitectura", "El viaje" y "Habitar".

El libro se divide entonces en cuatro grandes capítulos y cada uno está conformado de textos breves (una línea, un párrafo o máximo dos) acompañados en algunas ocasiones de fotografías o dibujos publicados en un formato pequeño, y de autoría del escritor.

La propuesta estética plantea un recorrido fragmentario, a partir de jirones, por los espacios habitados por Saldarriaga Roa, desde la casa en la que nació, su biblioteca o el comedor de la abuela hasta las ciudades y paisajes que ha recorrido (y querido), como Cartagena, Venecia, Nueva York, Teotihuacán, Chichen Itza, Machu Pichu, el desierto, el mar, la selva y el nevado. 

¿Qué es habitar? se habita en el tiempo y en el espacio y al habitar un lugar se transforma el sujeto. "El tema es habitar, lo demás son variaciones", plantea este arquitecto que escribe y que, como se evidencia en estas páginas-postales, lleva muchas décadas reflexionando sobre el espacio, la mirada, la luz, la escritura y las consecuencias de la transformación del paisaje. 

Un libro pequeño, íntimo, que insinúa provocaciones éticas y estéticas. En lo personal me resulta forzada o molesta la escritura en tercera persona para referirse a uno mismo, pero más allá de ese detalle veo en este libro un recorrido afectuoso por lugares físicos y mentales, en los que hay belleza y hay amor. Con sus textos, fotos y dibujos Saldarriaga construye ventanas que permiten asomarse a emociones entrañables.

Algunas frases:
Escribir es comprometerse con las palabras y también con la memoria y con lo sucedido. La experiencia personal no es literaria; se transforma en literatura cuando se cuenta, cuando se escribe (p. 12).

Las casas albergan las almas de quienes las habitaron y los espectros de los difuntos (p. 18)

El mundo penetraba en la casa a través del ojo anaranjado de la radio (p. 24).

La casa operaba como una primitiva "máquina de habitar" (p. 25). 

Salir de la casa era entrar a la ciudad. La puerta era el umbral. (p. 29).

Los colegios nacieron como la representación desagradable del dolor de conocer (p. 32).

El traslado del centro de Bogotá al barrio de Chapinero fue algo parecido a un cambio de continente (p. 46). 

Ir a la biblioteca era y es un signo más de crecimiento (p. 58).

Ciertas rutinas duran más que otras, los cambios parecen no percibirse. Cada año se cambia de salón en el colegio, hay libros y cuadernos nuevos. Cada cambio de casa trae consigo nuevas vivencias. Los viajes y las nuevas amistades abren ventanas antes desconocidas. Este ritmo de repeticiones y descubrimientos dura toda la vida. (p. 61).

La evocación es una dimensión poética de la memoria, es su dimensión afectiva (p. 70).

Aprender arquitectura es aprender otra forma de música (p. 78). 

Aprender a dibujar es el inicio de una toma de posesión del mundo (p. 84).

El dibujo es la extensión de la mirada guiada por la mente a través de la mano (p. 86).

Hay incertidumbres que solo se resuelven durante el transcurso de los estudios (p. 92). 

Las bibliotecas son lugares que se habitan con el ojo y con la mente (p. 94). 

Llegar a Nueva York es adquirir otro título en la existencia: el de haber pisado el lugar donde todo sucede (p. 146). 

Martín Heiddegger afirmó alguna vez que los humanos "habitamos en el lenguaje". Su afirmación permite pensar que se habita en un universo de palabras materializado en espacios y edificios. No es posible saber qué existió primero, si el hecho construido o la palabra que lo denominó. Esa pregunta ya no es relevante. (P. 184). 

Habitar en la ciudad significa –casi siempre– estar ocupado. El ocio es un privilegio del que se disfruta cuando no se trabaja. Sin embargo, hay ciudades para el ocio en las que muchos trabajan para que otros no hagan nada (p. 192). 

Los libros son también lugares de habitación. En ellos se viven momentos singulares, únicos. (p. 206).

Atrapar el tiempo y el espacio en las palabras es un trabajo interminable. Hay relatos memorables, relatos pasajeros. La experiencia de leer, sin embargo, es irreemplazable. (p. 206). 

Habitar la música es habitar en uno mismo. La música aloja el alma. (p. 218).

El tema es habitar, lo demás son variaciones (p. 219). 


Los lugares habitados
Alberto Saldarriaga Roa
Laguna libros (segunda edición)
Bogotá
Junio de 2021
224 páginas

sábado, 17 de julio de 2021

Rendición, de Ray Loriga

Un hombre y una mujer viven en una comarca en un sitio indefinido y en una época también indefinida. Sus dos hijos, Pablo y Augusto, partieron para la guerra y no se sabe nada de ellos. A la casa llega un niño de cerca de 9 años. El niño no habla y la pareja empieza a tratarlo como un hijo al que llaman Julio. Los tres son obligados a dejar la comarca, quemar la casa y partir hacia la Ciudad Transparente, en donde les hacen un proceso de cristalización luego del cual él, el narrador, empieza a notar que vive permanentemente tranquilo, contento, incapaz de sentir rabia o incomodidad.

Rendición es una distopía con la que el español Ray Loriga ganó el Premio Alfaguara 2017. Mientras lo leí pensé en La Carretera, de Cormac McCarthy, y en La hora gris, de Eduardo Otálora. Se trata de una metáfora potente sobre la transparencia, la visibilidad, la pérdida de vida privada y la presión para amoldarse, adaptarse y no rebelarse. Es también una reflexión sobre la paternidad, sobre las relaciones padre-hijo y lo transformador que puede ser ese amor.

La novela está dividida en tres partes que a su vez se subdividen en capítulos cortos. Sólo se mencionan tres nombres propios (los tres hijos) y sólo hay un diálogo, al final. El resto del libro está narrado en primera persona del singular desde la voz de Él y es notorio el trabajo del autor al construir un narrador potente, con visos de humor, con ingenuidad y humildad, que se siente inferior a su esposa que describe acciones y reflexiona sobre ellas y que se transforma con enorme maestría a lo largo del relato. La construcción de ese narrador es motivo suficiente para haberle concedido a Loriga el Premio Alfaguara. Pero además el libro tiene potentes imágenes que develan la experiencia cinematográfica de un autor que busca perturbar.

Algunas frases 
La guerra no cambia nada por sí misma, sólo nos recuerda, con su ruido, que todo cambia (p. 14).

Si algo he aprendido viendo morir nuestro jardín es que ni lo bueno ni lo malo se detiene a revisar nuestros cálculos, ni aprecia nuestros esfuerzos, simplemente sucede (p. 16).

Desde que empezó la guerra, las sospechas han hecho más daño que las balas (p. 18). 

Ella, como todas las mujeres, es más fuerte que los hombres, pero a veces se rompe y la abrazo (p. 28).

La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía (p. 32). 


Según me lo ha explicado ella, o según yo lo he entendido, se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida, la otra al parecer salva el alma (p. 42).

Aunque ya teníamos permiso para hablar, no se me ocurrió nada que decir (p. 49). 

saqué la conclusión de que no hay cosas muy distintas en ningún lugar del mundo y que por eso la gente se viste de colores diferentes y canta canciones distintas para soñar por un segundo que algo distinto son (p. 55). 

con imaginación todo se lleva mejor y no se condena uno tanto a las cosas que tiene delante (p. 78).

Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones y con más razón en las peores condiciones (p. 82).

a veces, sin saber por qué, a falta de gloria va uno y se la inventa (p. 84).

hasta que no te quedas sin olor no sabes lo extraño que te sientes cuando te lo arrebatan (p. 94).

sin afectos el trabajo se podía hacer monótono, aburrido y eterno (p. 105)

si algo sé es que no hay más gente que la gente y ésa es toda parecida en todas partes (p. 116).

Es curioso lo que une una comarca cuando se encuentran dos paisanos en un lugar extraño (p. 120).

Supongo que el miedo se quita más despacio que el olor, o nunca (p. 128).

El pasado y el futuro empezaron a apartar de mí la sombra siniestra de las nostalgias y las ambiciones, que son como manos capaces de ahogar a un hombre (p. 139).

sin miedo alguno se duerme bien pero se levanta uno extraño (p. 146).

Cómo es que un hombre pierde su propia naturaleza y con ella lo que da sentido a su pequeña inteligencia no sabría decirlo (p. 150).

Una vez que se admite que Dios no lo ha elegido a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir, con los pies y las manos dentro de un círculo marcado en la arena, sin pisar más allá de lo que te toca ni querer coger lo que no es tuyo (p 160).

Dicen que se puede sacar a un hombre de su comarca fácilmente, pero que es mucho más difícil sacar la comarca del interior de un hombre (p. 168).

¿Es suficiente con que te pongan la comida en el plato para soportarlo todo? (p. 185).

Un hombre debería poder viajar de un lugar a otro sin perder su alma (p. 187).


Rendición
Ray Loriga
Editorial Alfaguara
Barcelona
2017
210 páginas

sábado, 10 de julio de 2021

Los dormidos y los muertos, de Gustavo López Ramírez

Los dormidos y los muertos es una novela de 484 páginas y esa dimensión da cuenta de las pretensiones del autor: su objetivo no es el de la novela corta, rápida, sino el de una obra grande, ampulosa no solo en su tamaño sino también en su lenguaje y en la cantidad de datos históricos que desfilan por sus páginas.

La muy conservadora familia Almanza llega a Manizales huyendo de la violencia en Santander. En la capital de Caldas el peluquero Deogracias Almanza, junto con su esposa Adelaida, se ubican en una casona del barrio Los Agustinos y empiezan a criar a sus hijos Alvaro Pío, León Décimo, Antonieta, Elenita, Eccehomo y Laureano Ramón. La novela avanza mientras los hijos crecen y el desangre del país aumenta: el Bogotazo, Laureano "El monstruo", Rojas Pinilla, el Frente Nacional, Guillermo León Valencia, Tirofijo, los hermanos Fabio y Manuel Vásquez y Camilo Torres son algunos de los personajes que desfilan por las páginas de esta novela-libro de historia que narra la violencia política de los años 40, 50 y 60 a partir de las emociones, pasiones y animadversiones de sus protagonistas.

El autor utiliza un lenguaje recargado, rico en adjetivos, que le dan al libro un tono muy singular, en la medida en que las acciones se narran con precisión histórica pero, al mismo tiempo, con el aura de solemnidad que los mismos personajes creen tener. Se trata de 484 páginas llenas de detalles históricos de una época clave para entender el nacimiento de las guerrillas en Colombia, y pese a lo monumental de la obra, el libro se lee con agilidad e incluso con humor.
 
Algunas frases
"Manizales, la ciudad más conservadora y católica de este país católico y conservador" (p. 7). 

"El viejo barrio de los Agustinos, un vecindario de la pequeña burguesía local construido en bahareque y con grandes alerones de tejas de barro cocido (p. 8)

"¿Cómo era posible que aquel hombre tempestuoso y colérico despertara tal pasión en personas sensatas y decentes, a sabiendas de las sórdidas historias que de él y de sus aúlicos contaba todo el mundo? (p. 13. sobre Laureano).

"Jamás disparó un arma, jamás nadie murió por su propia mano, pero sus palabras, su vindicta y sus odios estaban en cada muerto de cada día, de cada recodo, de cada camino, de cada pueblo de esta nación levantada sobre un tapiz de muertos (p. 14). 

"sabían que la sinceridad, la lealtad y la honradez estaban proscritas de la política colombiana" (p. 23)

"comenzó la parte más temida de toda reunión nacional, aparte claro está de la conversación política: la declamadera" (p. 29)

"la ciudad, que había sido destruida dos veces por incendios en el año 25 y en el 26, estaba siendo levantada de nuevo por una compañía de arquitectos europeos a imagen y semejanza de las viñetas francesas de la Belle Époque, con quintas normandas rodeadas de sauces melancólicos, palacetes de columnas dóricas atiborrados de repostería ornamental y una catedral en concreto de un gótico indescifrable. La ciudad, levantada por siervos antioqueños a mediados del siglo XIX, se había convertido en una parada obligada entre la provincia del Cauca y Bogotá, y había prosperado de tal manera que se había dado el lujo de tener banco propio y construir el cable aéreo más largo del mundo. Todo esto lo habían hecho a punta de arriería y tráfico de mercancías. A la vuelta del tiempo los hijos de los fundadores se habían afrancesado, no se sabe cómo: escribían poesías vesperales, églogas y cántigas, y terminaban las tertulias cantando arias operáticas mientras pasaban el coñac con habanos Montecristo" (p. 34). 

"La ciudad se extendía de oriente a occidente ahorcajada sobre el filo de la cordillera y, agarradas de sus faldas, las casas luchaban contra el principio de la gravedad y el buen sentido de la topografía (p. 35). 

"los hijos se hacen en la casa o fuera de ella pero se hacen, esa es la naturaleza de los hombres, le dijo perentorio. A ella no le quedó más opción que doblegarse" (p. 43). 

"eran conservadores moderados, de los que se permitían leer El Tiempo. "Todos los que leen El Tiempo terminan masones o evangélicos", decía el tío" (p. 52.)

"–Padre, yo pecador me confieso que estoy leyendo El Tiempo, incluso los artículos del masón de Calibán" (p. 53). 

"Las familias se reunían todas las noches alrededor del radio, esperando que funcionara y los pudiera salvar de la zozobra. Y lo que la radio traía eran señales de pavor" (p. 56).

"Lo único que los salvaba de la muerte brutal y cotidiana era el drama radiofónico: ese drama era el nombre de la vida y la vida estaba hecha de lágrimas furtivas y promesas postergadas que iban y venían en el aire remecido del parlante" (p. 57). 

"Los horarios de visitas, las reuniones académicas, el inicio de las películas, todo tenía que sujetarse al tiempo de la radionovela" (p. 60).

"Lo único que tiene esa mujer es que como a todas le llegó la hora de cerrar edad" (p. 85).

"–No conozco el primer político que permita que dos o tres principios le dañen un buen cargo" (p. 111). 

"Si el código de las madres es la cantaleta, el de los hermanos es el encubrimiento" (p. 124). 

"Tú sabes cómo son los liberales: sin puestos no hay respaldo" (p. 152). 

"Usaba la morfina con generosidad sobre sí mismo para curar la adicción a la cocaína" (p. 187). 

"Estoy aprendiendo que unos callos en las manos y montar en bus almizclado nunca le hicieron mal a nadie. Debería ser una obligación para los intelectuales: contra la soberbia, bus" (p. 218). 

"Como dice el capellán de la Universidad Nacional, el padre Camilo Torres, el deber de todo cristiano es ser revolucionario y el deber de todo revolucionario es hacer la revolución (p. 224). 

"Bogotá, una ciudad hecha de chismorreo político, pavoneo social y difamación generalizada" (p. 246). 

"Optó por el único amor que le pareció que nunca lo iba a traicionar: los libros" (p. 268)

"–¿El precio de la historia, León? Dime, ¿cuánta historia vale una
vida? (p. 277).

"pensó que resultaba paradójico que uno tuviera que pagar para que lo declararan enfermo, le dictaran un regaño y le soltaran una sarta de prohibiciones, como solían hacer todos los médicos" (p. 317). 

"Lo que existe de peligroso en el mundo no es el vicio sino la virtud cuando es falsa" (p. 344).


Los dormidos y los muertos
Gustavo López Ramírez
Editorial Rey Naranjo
Bogotá
Septiembre de 2018
484 páginas


lunes, 5 de julio de 2021

Las noches todas, de Tomás González

Esteban Latorre es un profesor universitario jubilado, separado, padre de una hija que vive en el exterior. Lleva ya algún tiempo aislado del mundo en su apartamento en Bogotá y decide aislarse aún más, así que compra una casa en un pueblo de tierra caliente, por el que pasa un río cargado de muertos e inmundicias. Su casa colonial tiene un enorme solar que él desea convertir en un jardín en el que todo luzca como si fuera el azar de la naturaleza y no la mano del hombre quien hubiera intervenido cada rincón del amplio espacio.

El tiempo de Esteban gira en torno al jardín: los árboles, las flores, las piedras, las lajas y, luego, la intervención de Aurora, una mujer muy joven que llega a vivir a la casa en un doble y ambiguo rol de jardinera y compañera. Hay atracción, hay deseo, pero como dice Esteban "No estoy enamorado –a partir de cierta edad uno ya no se enamora".

El jardín como metáfora de la vida es lo que presenta Tomás González en esta novela dividida en capítulos cortos en los que la acción se concentra en pocos personajes y un espacio muy delimitado (el jardín) para evidenciar cómo el azar, el caos, la imprevisión, son consustanciales a la vida. 


Los Caballitos del Diablo, Verdor y La Historia de Horacio son otros títulos de Tomás González en los que el reino vegetal es protagonista. En Las noches todas aparece la sabiduría de la vejez, capaz de apreciar la belleza de lo simple y también la lentitud que entraña la vegetación: los tiempos desacelerados que exige esperar para ver crecer un árbol o para disfrutar una flor. 

Algunas frases

Con el pasar de días y meses que se hicieron casi idénticos los unos a los otros se me fue agotando la alegría inicial por la jubilación y el silencio, y empecé a aburrirme (p. 10).

El motor, les decía a mis estudiantes, la amplificación del sonido y la expansión urbana son tres grandes males que han venido deteriorando a fondo la calidad de vida de la especie humana desde hace más o menos ciento cincuenta años y que bien podrían ser la causa de su extinción (p. 12). 

Buscaba crear un lugar de mucha belleza, eso era todo, y ese impulso no tiene explicación (p. 38). 

El inevitable malgenio que producen los aguafiestas (p. 49). 

Se trataba de una de esas personas cuya alma, según mi amiga Lucía, tendía a ponerse amarilla como el papel guardado, por falta de contacto con el mundo, por falta de uso (p. 58).

Para mí no había existido contacto más intenso con el mundo, y de eso mi exmujer fue protagonista y testigo, ni un uso más exigente de mi alma, que ese temor, ese dulzor ese terror del amor, superado solamente –y ni siquiera hay que morirse para saberlo, pues el miedo ya es la prueba– por el tremendo contacto con la realidad, primero, y después con la falta de realidad que seguramente se produce en el instante de la muerte (p. 59). 

La vida me ha cobrado siempre, sin falta y con intereses, todos mis pecados de orgullo (p. 71). 

El malhumor y el insomnio venían ya alimentándose el uno del otro y se agravaron por la neuralgia (p. 75). 

Acabaría por hastiarme por segunda vez en la vida con aquella especie de representación teatral que eran las clases, aquella puesta en escena en la que había participado ya durante demasiados años (p. 83). 

Los discursos políticos, incluidos aquellos con los que estoy de acuerdo, me producen narcolepsia (p. 94). 

Mi ambición ahora, también exagerada, poco razonable, poco cuerda, era que las personas que recorrieran el jardín sintieran con toda claridad, o mejor, vieran, que la vegetación terminaría por alcanzar en aquel lugar, con el paso de los siglos, la destrucción completa de todo trazo humano y el regreso a la selva prístina, oscura, indivisible, original (p. 103). 

Y se me ocurre ahora que en el origen de todas las catástrofes está el hecho mismo de que haya mundo y no esté todo vacío y en paz (p. 111). 

Para mi gusto los humanos alcanzan toda su belleza física por allá por los treinta y cinco, cuarenta años de edad, cuando logran la máxima serenidad y el máximo vigor sin que la piel haya comenzado a arrugarse ni los dientes a ponerse amarillos (p. 122). 

Vivían en distintas ciudades, fincas y pueblos, pero con los teléfonos celulares la familia se desplazaba toda junta por la vida y por la muerte, como en un trasatlántico (p. 125). 

Al no tener vanidades literarias, en las transcripciones no había enredos que distrajeran al lector, y aquello que se quería transmitir aparecía en un grado alto de limpieza, sin las vueltas que algún escritor ambiciosillo o el mismo Misael habrían podido agregarle (p. 125). 

Tuteaba con paternalismo a las personas de clase social más baja, como los médicos al resto de la humanidad (p. 134). 

También nos elogió por haber acabado con los rincones desabridos. Eso era lo que él más temía, en materia de jardines y en todo lo demás de la vida (p. 137). 

Al estar las personas tan viejas y tan cerca de la muerte, pensaba yo, empezaban a dejar de ser ellas mismas; la pérdida de las ambiciones, primero, y de la memoria, después, iban borrando las culpas por las que habrían debido responder, y es así, supongo, como también yo iré regresando a la segunda infancia, y a través de ella, a la inocencia, que se volverá absoluta con la muerte (p. 154). 

Se me ocurrió, como muchas otras veces y como a muchas otras personas, que me habría gustado ser gavilán o gallinazo y dedicarme a volar sobre el planeta, mirando para abajo sin codicia hasta ver aparecer buenamente algún perro o algún ternero muerto (p. 162).

Muere entonces de un infarto fulminante la segunda de mis hermanas y tras ella empieza a morirse la gente por todas partes como granos de maíz pira reventando en una olla (...) Es el comienzo del despoblamiento de mi mundo (p. 171). 

No estoy enamorado –a partir de cierta edad uno ya no se enamora, (p. 174). 

había decidido que al único entierro que asistiría a partir de ese momento sería al mío propio. Ojalá no tarde demasiado, pues la vida empieza a hacerse muy larga y duele cada vez más. Yo debería aprender a fumar y dejar de hacer yoga, pues al fin y al cabo nadie se muere de insomnio ni de quedarse mueco, y qué hago yo todo mueco, y todo desvelado y todo sano gracias al yoga (p. 187). 

Existía para mí la posibilidad de durar muchos años todavía, pensaba yo. En tal caso leería otra vez los libros de Dostoievski, de Conrad, de Balzac, de García Márquez, de Rulfo, que iban ya para la tercera ronda (...) Estarían además para la tercera ronda, Dumas, Faulkner, Defoe (p. 188). 

Mucha es la actividad que se puede adelantar y sobre todo observar con sólo una caja y mucho lo que se puede leer en las hamacas. La vida sin emprender nada es la muerte (p. 201).

Pequeños o grandes, los jardines son siempre infinitos y por eso decidí no medir ni un centímetro cuadrado o lineal más en la vida (p. 207). 

Pero años no es lo que hay. Mientras menos van quedando mayor es mi admiración por haber tenido uñas, pestañas, rótulas (p. 210).



Las noches todas
Tomás González
Seix Barral
Bogotá
Noviembre de 2018
210 páginas

lunes, 28 de junio de 2021

De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère


"De vidas ajenas" es un título preciso. En esta obra de no ficción Emmanuel Carrère no se ocupa de su vida, como en "Una novela rusa" ni de una vida ajena en particular, como en "El adversario", sino de varias vidas ajenas que se presentan como la cara y el sello de una tragedia: los padres que pierden al hijo (la hija, en este caso) y las hijas que pierden a la madre. 

El libro está dividido en capítulos de aproximadamente 10 páginas cada uno en los que Carrère va cambiando el foco de atención, de manera que el relato se desplaza de unas vidas a otras: empieza en 2004 con el año nuevo en Sri Lanka y el gran tsunami que devastó la costa del Índico; luego viaja a Francia y se ocupa de la enfermedad y muerte de su cuñada Juliette; pero el relato sobre este cáncer se aborda primero desde el punto de vista de Étienne, un magistrado amigo, y luego desde la propia familia. Y como si fuera poco, en el interregno aparece un tema jurídico que ocupa la atención de Etienne y Juliette: la defensa de deudores morosos de crédito de consumo y la materialización del derecho a no pagar, y el telón de fondo son los altibajos de la relación de pareja de Carrère y Hélene, hermana de Juliette.
 

Carrère construye relatos muy visuales en los que es fácil ubicarse en el espacio, imaginar las escenas y recorrer con él como autor-narrador las distintas locaciones. Sin embargo quizás en este libro, más que en los anteriores, la lectura genera varias veces el interrogante de: "¿esta historia para dónde va?" porque se trata de un texto que se centra en personajes que luego se abandonan a su suerte para ocuparse de otros asuntos, como por ejemplo los temas jurídicos, que no habían sido anunciados previamente y que al final tampoco se resuelven con claridad. Para los acostumbrados a la narración con el esquema introducción-nudo-desenlace este libro resulta fallido. Pero quizás esa es la apuesta del autor: la vida propia y las vidas ajenas fluyen, y lo que en algún momento fue relevante o ocupó nuestra atención deja de estar tan presente con el paso del tiempo.


Algunas frases
Comprendió que no había llegado el fin del mundo, que estaba vivo y comenzaba la verdadera pesadilla (p. 380).

Ya no buscaba conquistar nada, sino tan solo saborear lo que había conquistado: la felicidad.

Esta mujer lo ha perdido todo porque lo tenía todo, al menos todo lo que importa. El amor, el deseo y la voluntad de hacer que dure y la confianza: durará (p. 399).

Para los padres de Héléne, como para los míos, la buena educación consiste, en primer lugar, en reservarte tus emociones (417).

A la gente que frecuento no le plantea problemas un libro que sea horrible: por el contrario, muchos ven en este hecho un mérito, una prueba de audacia que acredita la valía del autor. A los lectores más candorosos, como la madre de Patrice, les perturba. No juzgan que esté mal escribir estas cosas, pero de todos modos se preguntan por qué escribirlas. Se dicen que un tipo amable y bien educado, que les ayuda a cortar en rodajas los pepinos, que parece participar sinceramente en el duelo de la familia, debe ser, pese a todo, o muy retorcido o bien desgraciado, en cualquier caso debe haber en él algo anómalo (p. 421).

Nada me parecía más valioso que aquella seguridad, la certeza de poder descansar hasta el último instante en los brazos de alguien que te ama totalmente (p. 426). 

(citando Le livre de Pierre): "El peor sufrimiento es el que no se puede compartir. Y el enfermo de cáncer casi siempre experimenta este sufrimiento por partida doble. Doblemente porque, enfermo, no puede compartir con quienes le rodean la angustia que siente, porque debajo de este sufrimiento yace otro, más antiguo, que data de la infancia y que tampoco ha sido compartido ni observado por nadie. Pues bien, lo peor es eso: que nunca te hayan visto, que no te hayan reconocido nunca" (p. 460).

Me escandalizan tanto los que dicen que somos libres, que la felicidad se decide, que es una elección moral. Para esos profesores de la alegría la tristeza es una falta de gusto, la depresión una señal de pereza, la melancolía un pecado. Estoy de acuerdo, es un pecado, incluso un pecado mortal, pero hay personas que nacen pecadoras, que nacen condenadas, y a las que todos sus esfuerzos, todo su coraje y su buena voluntad no liberará de su condición (p. 462). 

Quiero recordar aquel que he sido y que son muchas otras personas (462). 

Descubría lo fácil que es convencer a los pobres de que, aun siendo pobres, pueden comprar una lavadora, un automóvil, una consola Nintendo para los niños o simplemente alimentos, que pagarán más adelante y que no les costará, como quien dice, nada más que si pagasen al contado (p. 475). 

Porque incluso cuando eres pobre tienes apetencias, ahí está el drama (p. 476).

Amaba el derecho, porque entre el débil y el fuerte está la ley que protege y la libertad que sojuzga (p. 499).

El dogma, para los suyos, es la discusión: se puede hablar de todo, se debe hablar de todo, de la discusión nace la luz (p. 499).

Tampoco se puede discutir con alguien que te dice que la Tierra es plana y que el Sol gira alrededor de ella. No hay dos opiniones dignas de ser tomadas en consideración, sino por un lado la gente que sabe y por el otro la que no sabe, y es inútil fingir que se enfrentan con armas iguales (p. 499). 

Soy ambicioso, inquieto, necesito creer que lo que escribo es excepcional, que será admirado, me exalto creyéndolo y me derrumbo cuando dejo de creerlo (p. 504). 

De vidas ajenas
Emmanuel Carrère
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2011
Traducción de Jaime Zulaika
200 páginas


sábado, 19 de junio de 2021

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère

Así como las matrioskas contienen una muñeca dentro de otra, Una novela rusa contiene varias historias aparentemente inconexas, que se articulan a partir del protagonista-personaje-narrador: Emmanuel Carrère.

Por un lado está la historia András Toma, un húngaro prisionero de la Segunda Guerra Mundial, que pasó 54 años sin hablar en un hospital psiquiátrico de Kotelnich, una ciudad rusa, hasta que fue repatriado a su país. Por otro lado está la historia del abuelo de Carrère, quien desapareció en Burdeos en 1944 durante la Guerra. Está también la historia de la madre de Carrère, quien perdió el rastro de su padre; la de Carrère, que viaja a filmar una película en Kotelnich; están los personajes del documental; hay una muerte violenta, y, por último, todo lo anterior aparece atravesado por la tortuosa relación de Carrère con Sophie, una historia de amor llena de conflicto. Y en medio del libro el autor reproduce un cuento erótico publicado en Le Monde.

Una novela rusa está narrada en la primerísima persona del singular. Es a través de los ojos de Carrère que conocemos el paisaje ruso, los trenes, La Rochelle, la isla de Re y París, los lugares en los que transcurre la historia. Es él el que decide presentarse ante el lector como un hombre clasista, egoísta, celoso, desconectado de sus hijos. Un hombre orgulloso de su sexualidad, que se deprime, se aburre, tiene relaciones difíciles con sus padres y su pareja y escribe a partir de allí.

Cuando Carrère publicó El Adversario le cayó el éxito encima: fue un libro superventas, se rodó una película con base en esa historia y su nombre saltó a la fama internacional. Luego vino la sequía narrativa y Una novela rusa es el libro que publicó siete años después. Sorprende en este el cambio de registro, de tono, de tema. En muchos sentidos parece un libro escrito por otra persona y, al mismo tiempo, tiene profundas conexiones con su antecesor: ambos se parapetan en la no ficción, en la narración de los hechos a partir de las vivencias y datos del autor, y en la honestidad del texto. Una novela rusa es (debió ser) un libro doloroso de escribir, pero al mismo tiempo escribir salva.

 
Algunas frases
No estaba en absoluto preso, ni siquiera enfermo: vivía aquí, esto era su casa y punto (p. 153).

Es un acto doloroso, pero psíquicamente indispensable: un desaparecido es un fantasma, fuente de una angustia sin nombre que puede contaminar varias generaciones, mientras que por un muerto se puede guardar luto, llorarlo, olvidarlo (p. 172). 

Kotelnich, para mí, es donde uno reside cuando ha desaparecido (p. 176). 

Una obra maestra de economía descriptiva: las montañas, dice el narrador, son tan altas que por mucho que levantes los ojos nunca ves a los pájaros recortándose en el fondo del cielo (p. 177). 

Decir que haces textos educativos o que atiendes la ventanilla de la Seguridad Social es decir: no lo he elegido, trabajo para ganarme la vida, estoy sometida a la ley de la necesidad (p. 181). 

Nabokov estaba seguro de sí mismo y de su genio; fueran cuales fuesen las pruebas que atravesó, vemos bien que se despertaba cada mañana dando gracias a Dios por el privilegio único de haber nacido en la piel de Vladimir Nabokov (p. 185). 

Amaba las ideas, los ensayos más que las novelas, y leer un libro equivalía para él a conversar con su autor (p. 186). 

Creo que sobre todo habría querido que le respetasen. Ser importante. Visible. Existir ante los demás. Que no le vieran como un fracasado, un pobre de solemnidad toda su vida. (p. 190). 

Esta será la regla de mi nueva vida: andar derecho hacia donde me lleven los pies, sin retorno ni pesar (p. 198). 

Todo el mundo, y yo el primero, me considera un compañero encantador. Me represento mi vida futura como una sucesión de dichas y de victorias (p. 203). 

Escribiré un libro sobre su padre. Pensé durante mucho tiempo que no lo haría mientras ella viviera, y al salir de la Academia aquel día pensé lo contrario: que debo escribirlo y publicarlo antes de que ella muera. Que lo escribo para ella. Para liberarla, y no solo para liberarme yo (p. 210).

Recuerdo una novela en la que el narrador se percataba maravillado de que en todas las circunstancias las mujeres están siempre desnudas debajo de la ropa. Compartí y aún comparto ese estupor. (p. 231). 

Si tuviese el valor, yo mismo escribiría al defensor (del lector) para recordarle esta regla elemental del periodismo: cuando a un lector le gusta un artículo escribe autor, cuando no le gusta escribe a la redacción (p. 316).

¿Hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? (p.323).

Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien (p. 323). 

Cuando dos personas que han atravesado una crisis semejante, en la que cada uno ha sido la imagen de la felicidad pero también la del miedo, entonces todo se vuelve posible, la confianza debe por fin explayarse (p. 33). 

Dice que descuidamos lo que creamos poseer, que esperamos a haberlo perdido para llorarlo (p. 354). 

piedad por el dolor intolerable que Nicolás afronta y va a afrontar hasta el final de su vida (p. 365). 

No hace falta tirarse por la ventana para morir, otros como tú mueren bien vivos (p. 367). 


Emmanuel Carrère
Una novela rusa
Editorial Anagrama (Compendium)
Barcelona, 2007
270 páginas

domingo, 13 de junio de 2021

El adversario, de Emmanuel Carrère

La mañana del 9 de enero de 1993 Jean-Claude Romand mató a su esposa, sus hijos y luego viajó para asesinar a sus padres. Todo esto lo cuenta Emmanuel Carrère al comienzo de El Adversario e internet ofrece múltiples detalles sobre el crimen que van desde fotos de las víctimas hasta la historia del juicio al asesino. 

Es decir: todo eso lo sabe el lector desde el comienzo y sin embargo, conociendo de antemano el desenlace, el libro tira página tras página para seguir leyendo, porque Carrère logra narrar un personaje tan singular y enigmático que el múltiple crimen es un dato más que se suma a una vida por completo inverosímil, y que sin embargo ocurrió con cada uno de los detalles que entrega el autor. 

El adversario remite a pensar en A sangre fría, ese clásico de Truman Capote sobre otro crimen horrendo. Pero mientras el énfasis de Capote está en construir lo que pasa con los asesinos después del homicidio y durante su paso por la prisión, el de Carrère está en contar la vida previa de Jean-Claude Romand para poder entender que lo llevó a matar a su familia. Su vida desde su infancia pero sobre todo los 18 años que pasaron antes del crimen y que Romand llevó no una doble vida sino una vida falsa, una vida de fachada detrás de la cual no había nada distinto al vacío y la soledad. Para ello hace un completo ejercicio de reportería que lo lleva a comunicarse no solo con el asesino sino con otra cantidad de fuentes, hasta construir un retrato del homicida-estafador-falso médico que, pese a todos los delitos que tiene encima, causa más curiosidad que miedo.

El adversario es un texto corto de no ficción dividido en capítulos breves que se construyen de una manera muy visual (fue adaptado al cine), con múltiples personajes y espacios, ubicados en la región fronteriza entre Francia y Suiza. El libro, publicado en el año 2000, tiene un ritmo vertiginoso, como de novela policiaca, aunque desde el principio es claro que no hay misterio por resolver, distinto al de los laberintos de la mente humana. Es un libro de no ficción que alude precisamente a esa frontera entre la realidad y la ficción, entre la verdad y la mentira, o entre lo real y lo imaginario. Y sobre la facilidad del engaño, cuando todo el mundo está predispuesto a creer. 

El libro, infortunadamente, lo leí en una traducción al español de España, con palabras y modismos que no corresponden al español latinoamericano y cortan la fluidez de la narración.

Algunas frases
"Una amistad semejante se cuenta entre las cosas preciosas de la vida, casi tan valiosas como el éxito en el matrimonio" (p. 12).

"Un amigo, un verdadero amigo, es también un testigo, alguien cuya mirada permite evaluar mejor la propia vida" (p. 12).

"Se había infiltrado una duda que únicamente el tiempo podía extirpar. Eso quería decir que les habían robado la infancia, tanto a los niños como a los padres" (p. 15). 

"Viéndolo no como alguien que ha hecho algo horrible, sino como a alguien a quien le ha sucedido algo espantoso, el juguete infortunado de fuerzas demoníacas" (p. 29).

"Es imposible pensar en esta historia sin decirse que hay un misterio y una explicación oculta. Pero el misterio consiste en que no hay explicación y en que, por inverosímil que parezca, las cosas fueron así" (p. 61) 

"Una mentira, normalmente, sirve para encubrir una verdad, algo vergonzoso, quizá, pero real. La suya no encubría nada. Bajo el falso doctor Romand no había un auténtico Jean-Claude Romand" (p. 64).

"Es notorio que los hombres más notables son también los más modestos, los que menos se preocupan de la opinión que se tiene de ellos". (p. 73).

"Por primera vez existía ante la mirada de alguien" (p. 75). 

"Era lo que pasaba por no haber hecho barrabasadas a los veinte años: cerca de los cuarenta uno se encuentra en plena crisis de la adolescencia" (p. 78).

"El silencio es el peor enemigo de las parejas. Una crisis superada, por el contrario, puede resultar su mejor aliado" (p. 78). 

"La certeza de que se suicidaría un día le dispensaba de hacerlo" (p. 85). 

"Al personaje del investigador respetado suplanta el no menos gratificante de gran criminal en el camino de la redención mística" (p. 114). 

"La novela narcisista continúa en la cárcel, lo que permite a su protagonista evitar una vez más la depresión masiva con la que ha jugado al escondite durante toda su vida" (p. 114). 

"Esa imposibilidad que usted tiene de decir "yo" a propósito de mí procede en parte de mi propia dificultad de decir "yo" respecto a mí mismo" (p. 128). 

Emmanuel Carrère
El adversario
Editorial Anagrama
(Edición conjunta de El adversario, Una novela rusa y Vidas ajenas)
Traducción Jaime Zulaika
Barcelona, 2017
136 páginas.

martes, 8 de junio de 2021

Museo voraz, de Angélica Ávila Forero

La narradora está encerrada en su casa. La pandemia (de covid, aunque no se nombra) la tiene en cuarentena y como no puede salir viaja con la imaginación. Decide armar un museo a partir de obras de arte que roba a coleccionistas, galerías y en otros museos. Su objetivo es armar su propio museo, abierto al público, con piezas elaboradas por artistas colombianas (solo mujeres) en los últimos 100 años.

"Museo voraz" es una prosa de ficción, fruto de un riguroso trabajo de investigación. La autora selecciona las artistas, elige una obra de cada una y decide, como lo advierte al principio del libro, que no usará las siguientes palabras para hablar de arte: abstracción, academia, actualidad, anacrónico, apropiación, arquetipo... y eso solo por la A. La larga lista de palabras prohibidas termina en Vanguardia. 


El ejercicio que propone entonces, lejos del academicismo, es observar la pieza (el cuadro, la escultura, el performance) analizarla, ponerla en relación con otras y permitirse sentir a partir de lo que la obra propone. La decantación de todo eso son textos cortos que a veces son descripciones, otras evocaciones, otras son un poema, o una lista o una narración: una creación libre, tan libre como la obra que la origina.

Lucy Tejada, Emma Reyes, Hena Rodríguez, Karen Lamassonne, Doris Salcedo, Carolina Cárdenas, Beatriz González, Olga de Amaral, Débora Arango... en total son 71 obras de igual número de artistas las que la narradora va ubicando en salas de exposición imaginarias, abiertas a un público también imaginario. Se trata entonces de un museo mental, pero no de cualquier museo: es un museo voraz. La voracidad con la que observa, describe y se apropia de cada una de las obras ajenas que hace propias, es el elemento diferenciador de este libro. Podría haber sido un simple catálogo de artistas plásticas colombianas, pero lo que la escritora crea es una obra construida a partir de las palabras que salen de su cuerpo, luego de haber fagocitado no solo a cada una de las obras, sino también de sus creadoras. 



Algunas frases
Aprendió a decir que la chicha embrutece y a tomar té en vajillas delicadísimas, porque creía que eso era ser inglesa y que ser inglesa era lo mejor que se podía ser en Colombia (p. 21).

O no terminado, pero sí hecho. Porque cuando se empieza un dibujo, casi nunca se sabe cuándo ni cómo terminará (p. 41). 

Me consoló pensar en nuevos espacios. No tenía plata pero sí memoria, y escribir es más barato. No sé si durante la cuarentena los demás ladrones seguían ejerciendo, ni dónde estarían robando, pero yo decidí salir de caza (p. 49). 

Yo no soy curadora, soy una coleccionista que no se asesora (p. 87)

Lo que quería ser era una coleccionista de las que, antes de morir, le donan su colección al museo (p 89).

Lo que hace a un museo distinto de una colección son sus visitantes. EL museo atesora y muestra, mientras que la colección solo atesora. El contenido del museo no son solo las obras, sino también sus visitantes (p. 89).

Al final recordé que no todas tenemos que ser amigas, ni querernos, ni abrazarnos, y que eso está bien (p. 98). 

Hasta ahora caigo en la cuenta de que la balanza estaba terriblemente inclinada: no recuerdo que me hablaran de mujeres artistas en clase tanto como lo hicieron de los señores. Y cuando aparecían estaban desnudas y retratadas por un señor" (p. 101).

Imaginar que podía salir fue la única forma en la que pude evitar estar en mi casa durante el encierro. Así que salía de mi casa en mi mente. Estuve visitando las casas de otros, pero en vez de despertarlos para que tuviéramos una conversación, para que me dieran un abrazo y así yo no me sintiera tan sola, les robé. (p. 127). 

Escuché las conversaciones que tienen los personajes de todos los cuadros. Robé obras hechas por mujeres en mi país, y con sus obras me las robé a ellas también. Robé a mujeres, nos volví amigas y nos puse a hablar (p. 127).

Soñar e imaginar tienen en común que una puede hacer cosas que en la vida real no: pedir perdón, hacerse amigas, robar cosas imposibles –más imposibles que un novio– y hacerse un museo (p. 128).

El libro nombraba a veintitrés personas: veinte señores y tres mujeres –porque a este tipo de libros les gusta hacer ese tipo de cosas– (p. 148).

La sala del Amor nunca se concretó. El espacio que le había abierto quedó vacío. Lo puse en la entrada del museo y decidí que sería la sala de espera y también puse la taquilla ahí (p. 153).

Museo Voraz
Angélica Ávila Forero
Laguna libros
Bogotá
Octubre de 2020
208 páginas